Aniversario: 14 años del blog.

Siempre olvido que creé el blog para estas fechas.

Pero WordPress me lo recuerda, claro.

14 años desde que iniciamos elsabanon o adriangastonfares.com una tarde o noche que ya no recuerdo (es una más entre tantas).

Así que bueno, sigamos…

¡Gracias por leerme, y saludos!

Adrián Gastón Fares, 26 de octubre 2020.

Ayuda.

Publicando Suerte al zombi, compenetrado en eso, en este blog, en la novela, se me pasó pasarles este enlace para que puedan firmar y compartir.

Me acompañó alguien de Change.org que apareció de la nada para pedirme que me sacara esa fotografía que me costó mucho sacarme (ya había hecho yo la petición). Me dijo que un cartel ayudaría y entre fibras y pizarras, me salió esto:

Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho
Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho

El texto lo había escrito y esa persona me ayudó a dejarlo más claro, así que lo agradezco.

Estamos hablando de un logro, de diversidad, de inclusión y de todas esas cosas que hacen bien en vez de mal.

De una película en la creó firmemente porque la desarrollé durante muchísimos años y cuyo guión no estaría dispuesto a vender a nadie para dirigirlo más que yo.

Luego de desarrollar todo Gualicho (storyboard, guión, historia original, casting, locaciones, propuesta estética; eso ganó Blood Window Internacional) creé Mr. Time, que creo que tiene el mismo valor cultural y comercial que Gualicho. Me gusta. Me convence. Me atrae. La quiero hacer, tanto como Gualicho. No necesito un jurado para que me diga eso, como fue en el caso de Gualicho, que resultó ganadora de una concurso de Óperas Primas. Pero para que eso ocurra, para que pueda dirigir otras, primero tengo que hacer la valiosa e ineludible Gualicho (Walicho, o Walichu)

Firmen esta petición y compartanla si pueden porque es tan válida como todo el trabajo gratificante que vendo desarollando en este blog desde hace tantos años.

Es fácil de compartir porque el vínculo está simplificado.

Es así.

change.org/gualicho

o aquí

change.org/gualicho

o acá

Firmar petición Change.org para Adrián Gastón Fares

Ya ha sido firmada por muchos directores y directoras de argentina, entre otras personas que me conocen, y algunas que no.

Es todo un camino recorrido, entre cortos que filmé, el documental Mundo tributo, entre otras cosas, que me llevaron a esto. Ayuden a que no quede truncado esto, porque perdemos una nueva película, un nuevo guionista, y un nuevo director. Y eso no debe ocurrir.

Gracias y saludos,

Adrián Gastón Fares

Escritor, Director de Cine, Guionista

 

Los cara cambiante.

Es poco sabido pero los escritores argentinos que escribieron los primeros relatos fantásticos en el siglo XIX se autocensuraron por el contexto de la época y dejaron las historias más frescas y jugosas en los hoteles donde se alojaban, en sus casas de campo, pensiones, etcétera. Tal es el caso de Juana Manuela Gorriti, quien dejó olvidados varios relatos en un desaparecido hotel del microcentro porteño.

La paradoja es que también eran jesuitas los que escribían relatos fantásticos. Es una paradoja sostenida, ya que en la última Ventana Sur, cuando di una charla sobre la película que estoy realizando, dije en broma que me parecía gracioso que una charla de cine fantástico estuviéramos rodeados de cruces. El mercado de cine fantástico Blood Window se emplaza en el corazón de la Universidad Católica Argentina. Los curas y los demonios siempre estuvieron cerca. Por otro lado, hay un libro de Fernando Peña, que fue mi profesor en la Universidad de Buenos Aires, que cuenta como era un padre jesuita el que traía de sus viajes las copias de Drácula, y otras películas menos apreciadas, que eran programadas en las formadoras tardes del Sábado de Super Acción de Telefé (por algo el canal se llama Tele, aún hoy en día) y ciclos parecidos, que evitaron que murieran de aburrimiento muchos niños de mi generación. Tal vez el cine argentino hubiera arrancado con otras historias sobrenaturales si se hubieran encontrado estos primeros relatos más osados que los publicados. Los primeros esfuerzos, alejados de la simple tarea milenaria de contar un cuento que asuste, dedicados a acercarse a lo extraño en la hoja impresa, a lo conocido pero no sabido, son pocos en este país en los inicios de la narrativa, pocos y, lo que es peor, de resultados poco inspiradores. Tal vez sean más interesante la historia de cómo fueron escritos que lo que contienen. Como es el caso de los de Manuela Gorriti. Hay un aura de lo que pudo ser y no fue, como un amor malgastado, en los cuentos publicados de esta mujer, y en los de otros escritores.

Por suerte, para no desesperar, a veces aparecen cuentos inéditos y alimentan la raquítica literatura fantástica argentina de mediados del siglo XIX. En la mente cansada de libreros y la chispeante de otros autores se refugiaron estos relatos leídos tras ser descubiertos en cajones con doble fondo y en algunos armarios olvidados.

No siguen las reglas que Poe propuso para los cuentos. Tampoco las que rompieron el resto de los narradores para ajustarse a sus monólogos internos. No todos quieren crear un efecto perdurable. No buscan el efímero placer de las palabras bien elegidas. Su contenido y ciertamente no su forma son bastante notables. Y lo que cuentan, se dice, no es inventado. Son hechos que sucedieron y que hoy en día estarían escondidos en los rincones más oscuros de la Fosa de las Marianas. No hablo del océano pacífico, sino de un lugar impenetrable, no se sabe si real o no, de la Deep Web o Red Oscura.

Tuve la suerte de encontrar en un hotel de la costa, en Mar del Plata, un cuaderno con cuentos superiores a la producción narrativa que correspondía a aquella época. Los cuentos me sorprendieron por su estilo pero más que nada por su contenido. Pertenecían a una escritora. En esa época, como casi siempre, las escritoras eran de una clase social privilegiada. No era fácil que los hombres te dejaran tomar un bocado.

Casualmente hoy en día protegen esos cuentos, en su mayoría por mujeres, un círculo de escritores que conocen su existencia pero prefieren que permanezcan ocultos para siempre. El Argentum Hermeticum Fantástico es un breviario interesante que solamente circula en grupos reducidos de amantes de lo extraño. La hermandad, algunos alcohólicos, otros sedientos de poder, protege con cuidado la entrada a ese mundo que pondría en jaque cualquier teoría de evolución literaria.

En el Argentum Hermeticum existen muchos cuentos que señalan la costa atlántica, o la costa, como la llamamos, como un lugar plagado de hechos increíbles y entidades de otras dimensiones o directamente diabólicas. Antes era la pampa a secas que terminó siendo el Allá lejos y hace tiempo, donde tal vez esté sugerido, de pasada, un buen relato fantástico.

El siguiente relato, si bien no pertenece a ese cuerpo hermético del que sólo he leído algunos cuentos porque los escritores no lo dejan tocar, lo escuché de primera mano de un conocido. Pero al enterarme de los cuentos que señalan el lugar cercano al mar, cuyos caracoles eran más grandes y sonoros en la época de los primeros narradores argentinos, como establecimiento de entidades sobrenaturales, no puedo más que escribirlo como otra anécdota que podría reposar en esas hojas amarillas, conquistadas por las pulgas y comidas por las ratas.

Mi conocido estaba de vacaciones en el partido de la costa atlántica bonaerense, en la localidad X, no diré cuál, no quiero que los alquileres bajen de precio y las casas se devalúen, ni que ocurra lo contrario por culpa de exponer esta historia. La literatura nunca modificó la economía y este tampoco será el caso.

Cuando se cierran las sombrillas, se devuelve la arena a los agujeros que sirven para que las mismas no se vuelen y terminen clavadas en la garganta de algún desprevenido, como ya ha ocurrido, cuando todo vuelve a ser normal, cuando nos rascamos la arena de los dedos de los pies, pensamos qué haremos al alejarnos del mar.

Lo común es comprar algo, la playa da hambre, mucho, y más si uno se zambulle al mar, uno inconscientemente siempre hace fuerza para que el mar no lo arrastre, aunque a veces la tranquilidad está en mirar el sol mientras flotamos, esa paz que se pierde a la vuelta, cuando volvemos al departamento, a la casa, al hotel, a la carpa. Qué placer meterse al mar en la mañana donde el mar de aquí parece otro mar que luego se transforma a la tarde de la peor manera posible.

Pero sigamos sin opiniones personales. A mi conocido no le gustaban las ferias hippies, las calles céntricas, las caracolas con vírgenes que predicen el tiempo según sus colores,  los libros que parecen haber sido lanzados desde mediados del siglo pasado por una embarcación a punto de naufragar a las librerías de saldos, y ninguna de las alternativas que la noche de la costa puede brindar, que no sea mirar las estrellas, reposar, leer, dormir o preparar un asado.

Mi conocido solo pensaba en retornar a su departamento con su mujer. A sus años, que no eran pocos, ya estaba acostumbrado a la dinámica de la costa, de la playa, de las sombrillas, de las banderas que señalan el mar peligroso o inofensivo.

Mientras arrastraba la sombrilla a sus espaldas como si fuera un pequeño cohete inútil, pensó que lo más aventurero sería volver a su transitorio hogar por una calle no habitual poco transitada, que no le hiciera recordar que otros volvían como él de la playa con sus cohetes inútiles en sus espaldas. Dobló por la costanera y enfrentó una calle no tan arbolada como él hubiera deseado, pero desierta.

A la mitad de su caminata, entre tantos chalet californianos,mi conocido tropezó con un desnivel en la vereda de uno de ellos. Se rompió la cara. La sangre brotó de su frente. Su mejor pegó un grito.

Mientras eran observados, sin saberlo, por una pareja como ellos, pero cuyos integrantes eran más jóvenes, un hombre y una mujer que estaban sentados plácidamente en la pared baja del jardín delantero.

Lo próximo que recuerda mi conocido es el agua cayendo en su cabeza en la pileta de los testigos de su accidente y los dueños de la casa. Cuando giró la cabeza en el lavabo para observarlos de perfil, en el baño, los rasgos faciales de la pareja se deformaron con una pequeña latencia para convertirse en saturninos semblantes con ofídicas pupilas que lo miraban con fijeza.

Por lo tanto, mi conocido trató de salir rajando del lugar cuanto antes, dejando en claro que el golpe no le había causado nada grave. De hecho, la herida le dolía y mucho me confesó. Volvió a su casa con la frente tan hinchada y la nariz algo partida.

A la noche, en su habitación, mi conocido le dijo a su mujer que si bien era el deber de la pareja ayudarlo porque la vereda peligrosa era de la propiedad de ellos, en verdad habían sido muy amables en dejarlo entrar en su baño, y socorrerlo con una venda y el agua.

Pero antes de dormirse recordó el detalle alarmante: los ojos de los integrantes de la pareja se habían transformado frente a él. ¿Por qué? Esas cosas no pasaban.

Decidió retornar al otro día a la casa de sus auxiliadores para regalarles una caja de alfajores y verlos otra vez para cerciorarse de que no tuvieran una cara cambiante.

El chalet brillaba bajo el sol, ya que era la hora de estar en la playa. Mi conocido era consciente de que había sido una accidente agradable; la excusa perfecta para armar otro plan que no sea ir a la playa con su esposa.

Con la caja de alfajores en un brazo, golpeó la puerta con el otro y esperó. Nada.

Oyó un crujido, una especie de respiración jadeante que provenía de adentro, y pensó que tal vez los dueños de la casa estuviesen haciendo algo que parecía más humano que ellos. Eso lo calmó un poco y dio media vuelta, volvió sobre su paso, con la idea de comerse los alfajores a la noche con un café, después de todo, eran ricos, los más ricos de ese paraje de la costa atlántica.

Entonces sintió un escalofrío a sus espaldas.

La puerta de entrada bajo la galería exterior se estaba abriendo sola. Escuchó el sonido inconfundible de la oportunidad, el aire fresco que venía de adentro de esa casa golpeó su cuello, y supo que la puerta se abría para que él entrara al vestíbulo.

Era un vestíbulo de casa de inmigrante italiano, con dos sillones enfrentados y una mesita en el medio, como si pasaran los antiguos dueños la tarde ahí esperando una visita o levantándose, apoyados en su andador, para mirar a la calle a través de los sucios cristales de sus ventanas.

Primero, creyó que estaba vacío. Que no había nadie en esa habitación de la casa en la que no había reparado el día anterior.

Pero no era así, la pareja estaba sentada en los antiguos y duros sillones, rígidos, como si fueran autómatas, perdidos en los sueños que sugerían sus ojos cerrados. Sus manos estaban cerradas en sus regazos como en una plegaria. Enfrentados, cada uno en su pequeño sillón, la pareja parecía más separada que nunca.

Mi conocido tosió dos veces. Los ojos de sus auxiliadores se abrieron sin apuro, lentamente y se clavaron cada uno a su turno, primero los de la mujer, luego el del hombre, en los suyos. El sol se apagó detrás de la espalda de mi conocido en cuanto la pareja despertó de su trance. El día se volvió gris.  Comenzó a llover.

Mi conocido entregó la caja de alfajores a la mujer, que la recibió con unas manos de uñas largas y grises, demasiado largas y demasiado grises. Intentó conversar con ellos para saber si eran turistas o residentes pero se mostraron reticentes y molestos. Y cada tanto los dos bañaban sus labios con la saliva de sus lenguas. Por lo tanto mi conocido, en ese momento recordó que en el baño había notado lo mismo el día anterior mientras su sangre se mezclaba con el agua de la canilla del lavabo. Entonces, si bien los ojos no eran ofídicos como lo recordaba, mi conocido se dio cuenta que los habitantes de la casa tenían una cara cambiante, bastante difícil de clasificar. No podía asimilar las facciones. Eso lo hizo zozobrar, como si estuviera en el borde de la terraza de una casa, en vez de en la costa atlántica en la casa de unos posibles turistas extraños.

Al otro día, mi conocido decidió volver a la playa cuanto antes y seguir el recorrido por el que había terminado en el suelo de una vereda dos días atrás.

Su esposa lo acompañó, preocupada por lo salud mental de su compañero. La noche anterior había hablado de más. De cosas negativas. Le molestaba a ella cuando él se ponía tan serio y negativo. En general, discutían por ese tema. En realidad la que percibía lo negativo era ella, para él no eran negativas si no relatos que le gustaba contar para no aburrirse y jugar con las emociones. Después de todo, a mi conocido, como los primeros relatores de lo fantástico, le encantaba contar historias, y no todas podían ser alegres.

A la altura de la casa tuvo que bajar el cordón de la vereda y alejarse de la misma para observarlo todo desde el medio de la calle.

Había un cartel grande que decía: En Venta. Y tenía una pegatina cruzada que decía Vendida. Las puertas estaban cruzadas por maderas nuevas. Las ventanas también. El pasto había crecido por la lluvia del día anterior. Estaba demasiado alto. Le pareció que el día anterior la casa no estaba en venta. Su esposa opinó que tal vez estaban tan preocupados por el golpe que se dio que simplemente no lo habían notado.

Lo cierto era que de un día para el otro, los ocupantes se habían marchado a otras playas, a otras ciudades, vaya saber. Mi conocido jamás podría reconocerlos pero me aseguró que no eran gente ordinaria, que ni siquiera eran gente, que podían ser otro tipo de seres en los que nunca había creído del todo. Y que para que nadie sospechara nada extraño, habían agregado ese cartel que decía En Venta y Vendido a la vez. Después de todo, la gente de ese lugar está acostumbrada a una subsistencia inexplicable para ellos mismos si se les pregunta bien, y cada vez más, a la gente para ellos rara de la ciudad que escapa del bullicio para establecerse cerca del mar.

Este subgénero del cuento fantástico, que llamaré de los cara cambiante, se repite en algunos relatos que encontré en las narraciones de los primeros cuentistas argentinos, donde yace inexplorada el esplendor de la verdadera narrativa del cuento sobrenatural argentino del siglo XIX.

 

por Adrián Gastón Fares, 27 de Enero de 2019.

 

Los dominantes

Cuando la ciudad se despertó con la niebla alta y el horizonte bajo, cuando la luna se tiñó de naranja por una semana, y otros rayos que no eran del sol alcanzaron la tierra, ellos surgieron. En ese verano yo tenía siete años y estaba jugando en la calle con mis amigos. La gente gritó tanto, que algunos se quedaron mudos para siempre.

Ese día, el mundo se pobló de fantasmas. Ahora, luego de la revolución, han encontrado esa manera tan horrible de hacerlos desaparecer otra vez, de atraparlos en esa dimensión que no es la nuestra ni era la de ellos.

Los maltrataron desde el principio ¿Qué esperaban? ¿Que fueran pacíficos?

Pero esto no es sobre lo que todos saben bien, sino sobre lo que yo viví cuando, muchos años después de esa tarde en que por primera vez se manifestaron, me encomendaron un trabajo de investigación con uno de los dominantes, Lady.

Cuando cumplí los tres años en la policía, me llamaron un día para presentarme a mi nueva compañera, una chica translúcida de unos veinte años, con frente amplia y ojos grandes, que prefería que la llamaran Lady, porque ya no era la que fue (con el tiempo averigüé que la forma dominante se había llamado Ana y que había muerto al ser arrollada por un colectivo; el vehículo la había empujado nada más, pero eso bastó para que Ana se rompiera la cabeza contra el asfalto)

Lady había sido criada en una comunidad de fantasmas en las afueras de Buenos Aires. Deben conocer una cuantas, pero estas tenían todas las tradiciones de ese tipo de comunidades; los espejos no existían en sus casas, la temperatura era siempre baja, se comunicaban con telepatía, y el silencio era tal, que se escuchaba a las ratas comer las raíces de los arbustos secos. Recién después de años de trabajar juntos, Lady me llevó a conocer a sus padres; nunca me sentí tan tranquilo como en ese lugar, con el murmullo de las copas de los pinos y esa gente transparente que, por más que fueran tantos en uno, te dejaban ver siempre lo que había detrás de ellos.

Lady apenas hablaba, como era común en la mayoría de los aparecidos, y si lo hacía su voz no parecía provenir de ella si no de algún parlante invisible ubicado en sus hombros. Así se escuchaba la voz telepática de los dominantes con más energía como el caso de Lady, que sonaba a Ana entera pero no era Ana nada más, según Lady me explicó.

Su voz era un chirrido como de silla arrastrada de punta a punta de la habitación. Es sabido que las almas hacen un esfuerzo para conservar la apariencia terrenal que alguna vez tuvieron, y el esfuerzo de Ana por ser Lady, o de Lady por quedarse en Ana, era tal que rara vez sus facciones de desfiguraban, y si lo hacían era para asustar, o para dejar ver la amalgama de espíritus que era ella, varios que ya se habían ido, hombres y mujeres, que eran comandados por Lady pero no la dominaban, por eso la forma que había conservado era la de una chica con pantalones de jean cortos, remera ajustada, pelo castaño que apenas rozaba sus hombros, y campera de cuero.

Así. Lady.

Ramón, nuestro comisario, nos encomendó visitar una casa donde los humanos estaban torturando a un espíritu común. Si no son policías, no van a saber cómo es este procedimiento, pero cuando un espíritu de la casa, de los llamados cautivos, que son sólo entes con la apariencia humana que tuvieron en vida, y que no son una amalgama de varios espíritus de atributos similares, como Lady, o sea el típico fantasma de otros tiempos, se siente amenazado por los humanos manda un mensaje de auxilio telepático a la comisaría a uno de mis superiores amalgamados. El subcomisario Jacinto, que fue el que metió en la policía a Lady, era un amalgamado; un dominante. Había entrado en la policía un año después de ese verano en que la tierra se volvió transparente y toda clase de entes comenzaron a aparecer. Era de los primeros, y como tal, nadie se atrevía a entrar a su despacho, ni siquiera el comisario Ramón, que era su jefe, pero que le tenía un terror reverencial al amable, pero horripilante, Jacinto.

Imagínense un espíritu dominante en un cuerpo explotado por una bomba en la guerra de Malvinas. Sostenía la cabeza en una mano, otras a veces rodaba la cabeza hasta sus pies y desde ahí repetía las órdenes que Ramón les daba. La oficina de Jacinto era una habitación repleta de trofeos de torneos de caza, de cascos de guerra y armas antiguas, de pieles de animales muertos, de comida pútrida que el hombre se empecinaba en comer aunque sabía que era un espíritu y no podía. Y otros espíritus luchaban por deformar su apariencia, varios compañeros de esa guerra e incluso soldados que habían levantado sus armas en otra época, cientos de años antes. El hombre realmente estaba en conflicto consigo mismo. Y con muchos otros.

Para ese primer caso, el amalgamado más horripilante de todos contactó de alguna manera con el compañero más etéreo de todos, el que realmente parecía una doncella salida de un cuento gótico de terror, o un hada malvada pero bella, por qué no: Lady.

Ramón nos pidió que nos mantuviéramos cerca de la casa de los Delano. Flavia Delano era un espíritu común que había muerto en un escape de gas junto a sus dos hijos. Los dos niños lograron formar parte de otros espíritus amalgamados, pero Flavia, con la culpa encima, quedó para siempre atrapada en la casa donde había muerto, cuyos nuevos propietarios habían transgredido la ley que decía que si había un fantasma común en la casa la convivencia debía ser pacífica, no se debía salpicar al espíritu de agua bendita, ni traer a religiosos, ni atacarlo con invocaciones desfavorables al alma sacadas de libros de dudosa procedencia. Todo eso habían logrado los dominantes para sus primos más cercanos y sufridos; los espectros a secas.

La soledad de este tipo de espíritus es tan grande, porque hay finas capas de realidad que los separan de los humanos y no tienen la fuerza de muchos que tienen los dominantes. Habrán visto alguno y espero que, si no era agresivo, lo hayan cuidado, porque si bien los amalgamados ya no están entre nosotros, sé que sigue habiendo espectros simples que habitan nuestras casas y otros que duermen en los estadios de fútbol, donde se sienten protegidos porque están acompañados por varios que sufrieron la misma suerte. Los que logran escapar de las casas que los limitan eligen los estadios porque cualquier otra casa los atrapa.

Cuando extraño a Lady, ahora, logro meterme en un estadio, prendo las luces, salgo al campo y cierro los ojos. Y ellos me hacen sentir su presencia. Es como si el estadio estuviera lleno de amapolas de muchos colores, que eran las flores que le gustaban a Lady. Pero ellos no son dominantes. Y no son Lady.

Aquel día, el primero para nosotros, estacionamos el auto en la puerta de la excasa de Flavia, un chalet californiano de esos que abundan en la costa, y Lady me pidió que le trajera una lagartija. Se estaba debilitando. Cualquiera de los otros espíritus que conformaban a Lady, y especialmente Astor, el más agresivo de todos, podría poseerla y tomar el control de su apariencia y de su accionar. Me mostró un lunar en la mejilla que Ana no tenía y que me aseguró que era de Astor. Nunca observé algo tan hermoso, un lunar iridiscente. Así que salí con el frasco, atrapé una lagartija, tarea bastante fácil en estos tiempos en Buenos Aires, y Lady logró clavarle una de sus uñas, la más larga, la de Ana. En un segundo la lagartija se desinfló y quedó reseca como esos sapos aplastados en la ruta.

En general los amalgamados pueden tocar a los seres materiales con algún miembro de su cuerpo y en Lady este era el dedo anular, con una uña larga, pintada de negra y partida. Ese dedo era la parte y el todo de Ana, más que la vestimenta y lo demás. El problema se da cuando tienen los sentidos intercambiados, y sólo tienen tacto en los párpados por ejemplo y, en cambio, ven a través de la epidermis de su torsos. Hubo casos así, difíciles, donde tuvimos que enfrentar a otros, temibles, amalgamados. Esa escuela infectada, por ejemplo. No quiero ni pensar en eso. Puede ser que allí hayan comenzado el fin de los dominantes. Mejor sigo en ese primer día que patrullamos la calle con Lady.

Cuando Lady se repuso, nos acercamos al chalet sin más dilación, ella adelante, yo detrás con una mano en la empuñadura de mi pistola, aunque no había peligro, pero tenía una familia en ese entonces, una nena hermosa de tres años, y mi mujer me dejaba verla todos los fines de semana, y quería seguir haciendo eso hasta que se terminara el mundo o me convirtiera yo también en un amalgamado o en un alma errante como la que íbamos pronto a conocer.

Lady levantó la palma de su mano; me detuve en seco. Ella siguió caminando hasta la casa. Una de las ventanas estaba abierta, se apreciaba la luz cálida de una pantalla roja de un velador, y una forma abultada, que coincidía con el aspecto del hombre de la familia de los nuevos ocupantes, un rechoncho médico. Lo que sabíamos era que Flavia había logrado pasar desapercibida hasta hacía poco, dos meses, cuando vio algo tan repugnante en la casa que su forma de espectro fue avistada por los niños.

En pocos días, había desaparecido un libro de exorcismos de una de las bibliotecas del barrio, y parecía ser que Flavia estaba siendo escupida y torturada de mil maneras por los nuevos habitantes de la casa donde había vivido y muerto junto a sus queridos niños.

Mientras Lady se acercaba a la casa, recordé que me había sonreído al conocerme, y fantaseé con que ella tenía miedo de que Astor lograra dominarla si se asustaba y yo saliera herido si eso ocurría. Los espíritus funestos como Astor son muy peligrosos, y más cuando están tratando de sobresalir y vencer a un dominante.

Observé a Lady como en cámara lenta; su pantalón azul desteñido, los contornos de sus piernas que en vez de piel dejaban ver unos malvones rojos y blancos que habían plantado en el frente del chalet, sus zapatillas lisas.

Me ordenó silencio, porque yo estaba masticando un chicle y lo hago de manera ruidosa, más cuando estoy nervioso. Lo tiré y me quedé mirando a Lady que pegó la cara contra el vidrio de la ventana para observar mejor al hombre.

Luego de un minuto, Lady me hizo una seña para que me acercara. Una mujer, que parecía ser la esposa del hombre, una rubia flaca, estaba entre los pies del hombre, cuyo cuerpo estaba reclinado hacia atrás. La mujer recuperó su altura normal, se sentó a horcajadas del hombre, que comenzó a levantarla y a bajarla como si fuera un juguete. Le dije a Lady que era nada más que sexo, que no era tan malo eso. Pero Lady alargó su mano para que la siguiera y me llevó hasta la ventana que estaba del otro lado de la puerta principal.

Se podía ver una habitación con dos sillones alrededor de una mesa ratona. En el piso estaban los niños del ingeniero, leyendo un libro que reposaba sobre la mesa. Comenté que todo estaba bien. Pero Lady negó con la cabeza. En ese momento vi como el lunar que ella atribuía a Astor brillaba. Me quedé mirando a los niños hasta que un golpe fuerte me hizo mirar hacia la ventana donde los adultos seguían teniendo sexo. Al girar la cabeza, y mirar a través de la ventana a los niños otra vez, escuché un grito horripilante y una cara deforme de mujer se pegó al vidrio.

En lugar de ojos Flavia, el espectro de la casa, tenía en cada una de sus cuencas nidos de araña, de esos que son como una cuevita, en los que de chico yo ponía un bicho bolita para que la araña apareciera y luego arrastrara a la oscuridad a su presa. A veces yo creía que esos nidos comunicaban a otro mundo, que lo que surgiera podía ser el doble de grande de lo que yo esperaba, yo creía que podía salir la pata de araña más grande que se hubiera visto jamás para tragarse entera a mi ofrenda. Ahora era como si después de años de esperar con paciencia que lo maravilloso asomara la cabeza, lo hubiera hecho con Lady, ese espectro que eran miles, y que yo tenía de compañero.

Lady me dijo que no temiera y me obligó a caminar hasta la ventana donde los padres de los niños estaban en plena culminación de su acto sexual. Los gritos del clímax de la mujer podían escucharse en la quietud de la noche de ese suburbio. Le dije a Lady que la puerta que daba a la habitación de los niños estaba cerrada. Pero Lady volvió a hacerme callar. De repente, otra vez apareció esa cara deforme, opaca, de espíritu común, con esos ojos anidados con telarañas. La cara de Flavia se dio vuelta, observó a la pareja y luego a nosotros. De uno de los agujeros de su cara donde debían estar los ojos salió una araña que quedó colgando frente a su boca, balanceándose para un costado y para el otro. La boca de Flavia escupía baba. Los labios apretados sugerían que el fantasma estaba llorando.

Lady se dio vuelta, compungida y debilitada porque había perdido esa energía que le daba coherencia como ente único, con poder sobre los demás que la conformaban, y traspasó con su cuerpo la ventana para posicionarse detrás de Flavia. Se arrodilló junto al espectro. Abrazó a Flavia. La contuvo. Por un momento, no supe si eran dos o una,

Salieron de la habitación y traspasaron la puerta hasta el living donde estaban los niños. El niño de más edad estaba leyendo un libro de gran tamaño y hojas amarillentas. Seguía con el dedo unas letras de estilo gótico y repetía en voz alta, cada vez más rápido, un sortilegio. Lady se quedó escondida detrás de una de las cortinas y Flavia no tuvo más opción que asomar su cara entre la de los dos de los niños, que empezaron a burlarse del fantasma. Habían logrado su objetivo. Que Flavia se materializara frente a ellos para echarle la culpa de la muerte de sus dos hijos.

La veían pasar. Reflejada en los espejos. Pero no les alcanzaba. Con el sortilegio congelaban al fantasma e impedían que se escondiera en el ropero o donde más le gustara. Ese mecanismo era la tortura que le inferían a Flavia. Y se reían en su cara, o por lo menos en lo que quedaba de ella, porque había olvidado la llave del gas abierta y los cerebros y los corazones de sus pequeños hijos, como el de ella, habían dejado de funcionar.

Lady con una mirada me contó que eso lo habían aprendido de sus padres. Quienes también la usaban a Flavia para que los observara durante el sexo. Y que la mujer se excitaba más cuanto más arañas salieran de las diminutas cuevas que eran los dos ojos del pobre fantasma.

Luego, mi compañera apartó a Flavia de los dos niños, no le costó dejar que otro ente la poseyera, yo creo que fue Astor porque el lunar parecía más grande y más vistoso, y la casa comenzó a temblar.

Las puertas se abrieron y cerraron de golpe. Los cuadros se dieron vuelta. Los sillones salieron como lanzados hacia las paredes. La lámpara roja del velador de la habitación donde habían tenido sexo los padres se desplegó y voló como si fuera un mapa escarlata hacia la pareja. La lamparita, desnuda, explotó. La mujer y el hombre se destrenzaron del abrazo que los unía, y fueron a constatar que sus niños estuviesen a salvo.

Con Lady escuchamos que les prohibían jugar con Flavia y les ordenaban que dejaran descansar a la pobre fantasma.

El ingeniero les quitó ese libro grueso que él mismo había robado de la biblioteca y entregado a sus dos pequeños. Lady tranquilizó a Flavia, que volvió a su armario.

Retornamos a la comisaría. Por debajo de la oficina de Jacinto se colaba una luz púrpura que indicaba que el hombre estaba luchando contra sus demonios. No entramos.

Mi compañera se sentía impotente por no haber alejado a Flavia de esa casa tan oscura en la que había quedado atrapada. Yo le comenté que eso significaría convertirla en dominante. Y ella asintió con la cabeza y me pidió que le trajera otra lagartija para aplacar a sus espíritus.

Así lo hice. Extraño las aventuras con Lady. Un detective con prosopagnosia, ese defecto que hace que no pueda reconocer las caras, no es lo más fiable del mundo y Lady me ayudaba con eso, hacía que yo no mezclara las caras, me advertía de mis errores. Y era una buena compañera.

Incluso un día conoció a mi hija. Pero eso ahora no se puede contar.

Por Adrián Gastón Fares

 

 

Llegar a Mr. Time

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

En una de las últimas elecciones de este país fui a votar a un colegio como suele pasar. En mi mente ya estaba el germen de Mr. Time (Señor Tiempo) una historia más clásica que Gualicho, pero tan motivadora para mí, y original, como el guión que ganó el premio Blood Window Ópera Prima Largometraje de Ficción Género Fanstástico 2017 del Instituto de Cine Argentino (INCAA)

Mientras esperaba en la fila del colegio, que queda a la vuelta de mi departamento, comencé a fijarme en los cuadros con fotografías antiguas. Esta es la que más me llamó la atención. Así que saqué mi teléfono y tomé la foto.

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires
Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Esta fotografía tal vez sea más acorde a la secuela o precuela de Mr. Time que a lo que quedó finalmente escrito.Poster-Mister-Time-by-Adrian-Gaston-Fares-New-685x1024.jpg

Esto es sólo el afiche de producción de Mr. Time. Faltan muchos personajes ahí que ya agregaremos si vuelvo a colaborar con Santiago Caruso.

Las ganas de escribirla como novela rondan seguido. Hacer esa adaptación que me han sugerido. Ya veremos.

¡Feliz semana de brujas!

¡Saludos!

Adrián Gastón Fares

PD: Ayer me llegó esta noticia de WordPress. Doce años que estoy escribiendo y llevando adelante este blog, sitio, como quieran llamarlo.

12 años en WordPress Adrian Gaston Fares El sabañon.jpg

 

11 años

Cuando me preguntan suelo no recordar bien cuándo empecé a escribir en este sitio (o a publicar mejor dicho) Siempre me pareció que hacía más de 10 años.

WordPress ayer zanjó el asunto cuando recibí este anuncio, junto con otro de la semana pasada que decía que este blog, El sabañon digamos, tiene más de 1000 me gusta (1000 likes) La última noticia será para el ego, porque no sé para otra cosa será. La primera para la nostalgia:

Blog Escritor Logro Adrián Gastón Fares

Hace mucho que nació Kong, El joven pálido, los relatos de  mi alter ego (¿será?) Robert o Roberto, los cuentos. Hice una especie de círculo entiendo, y el último cuento publicado, Los tendederos, se parece mucho al primero Las hermanas, que en su momento, esto sí hace más de diez años, fue rescatado por Pablo de Santis como uno de los mejores míos que le hice leer (en el transcurso de una Clínica de Obra en el Rojas)

Yo no me tenía fe como escritor. Y recuerdo que De Santis, en su carta de devolución de mi trabajo en la clínica (una carta muy personal a cada escritor, estábamos Selva Almada, Marcelo Guerrieri, y otros escritoras y escritores cuyo talento era tan visible) decía que dependía de mí tener fe en mi trabajo. Con el tiempo, como con la cámara, esa fe fue apareciendo.

Tenía que ver con escribir mucho más, aprender y experimentar, como todo en la vida.

El tiempo pasó, a veces me pregunto para qué sigo escribiendo acá, no lo voy a negar; qué sentido tiene, como me pregunto tantas otras cosas. Pero bueno aquí estoy.

No creo que pueda publicar tan frecuentemente como antes porque tengo mucho trabajo. Me ocupo de muchas cosas a la vez, soy una especie de productor, guionista director, distribuidor, diseñador de producción, como es por ahora el asunto en el cine argentino independiente.

Lo que escribo como literatura va quedando en papel por ahora, en anotadores. Aunque pronto debería salir una nueva entrega de Kong.

Además de pasarme los días trabajando, sin ver un peso todavía, en Gualicho, la película por la que gané (como director y guionista de la misma) un premio este año de estímulo al cine fantástico, estoy tras otro guión de terror, fantástico.

Tengo una road movie por escribir, cuya sinopsis y tratamiento ya está hecho, y además, Las órdenes, el guión de suspenso y drama por el que viajé a Colombia el año pasado, seleccionado por el LabGuión, al que seguramente le haré algunos cambios ni bien pueda. Y le sumo una serie de TV (podría pasar por una historia de nohéroes, cercana a las de superhéroes pero también al terror de no saber quiénes son), que escribí hace años y cuya biblia, así le dicen, debería completar.

Para el blog está el proyecto Las cartas negras, por ahora no lo he publicado, sería una novela epistolar, pero todavía estamos con Von Kong y los cuentos. Alguna vez reescribiré el poemario El joven pálido y espero poder llegar a completarlo.

Un saludo para todo el mundo (como dije alguna vez a mis dieciocho años entre la nieve argentina cuando nos grabaron para el VHS del viaje de egresados)

Adrián Gastón Fares

PD: Si no lo hicieron los invito a ver Mundo tributo, la película documental independiente, sobre la vida de algunos que imitan en mi país (aunque hay también chilenos y brasileños en el film) a grandes bandas de rock, que hicimos en Corso Films y que recorrió buena parte del mundo. Actualmente está disponible en Filmin.

Link: https://www.filmin.es/pelicula/mundo-tributo