Seré nada / Serenade. 28. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 28. Misterio. Terror. Ciencia ficción en Seré nada. ¿De qué trata? Seré nada es la historia de un grupo de amigos con sordera que viajan en busca de una mítica comunidad sorda del Gran Buenos Aires. Pero en vez de eso, como suele ocurrir en esto que se nos dio por llamar vida, dan con algo inesperado.

28.

Cuando despertaron el día se había nublado. Refulgió un relámpago. Por un segundo, Ersatz vio las sonrientes caras de esa ensalada de peluches que era el cuarto donde vivía Gema.

Las bocas parecían moverse un poco, la acción sedante y el efecto alucinógeno de los serenados seguían actuando en su mente.

En la de Silvina también, ya que tenía la mitad de la cabeza metida en la oreja gigante de una coneja rosada.

A Ersatz le pareció tan gracioso que se le escapó una risa.

Hacía mucho que no reía. Era un pequeño milagro reírse.

Se deslizó hasta Silvina y le tiró del pelo. Silvina se dio vuelta, con una sonrisa atontada, y le empezó a acariciar la cara con las manos que tenían el aroma agrio, y a la vez cítrico, de la orina que manchaba algunos de los muñecos.

Los poros de la piel de Silvina parecían exudar gotas microscópicas de un líquido tornasolado.

Los dos giraron las cabezas y vieron cómo la mano de Gema sobresalía, lánguida, del montón de peluches. Pensaron que debía haberse quedado dormida debajo de su colección de muñecos.

Ersatz logró ponerse de pie y tomó de la mano a Silvina para ayudarla a levantarse. Salieron para sentir la lluvia, que otra vez caía a raudales en la calle, y disfrutar del efecto residual de la picadura de Gema.

El agua llegaba casi hasta la mitad de la calle desde las zanjas.

Silvina le dijo que tenía que orinar y en vez de subir a la casa de los padres de Ersatz, corrió hasta la esquina y dobló.

Ersatz chapoteaba con sus zapatillas en el agua sucia.

De pronto, se detuvo, el frío que sintió le había quitado un poco el velo mental del efecto placentero del veneno de Gema. Estiró el brazo derecho y lo giró.

Esta vez, menos desesperada, la mujer había succionado en la superficie posterior del antebrazo.

No ardía ni dolía en lo más mínimo, pero la herida estaba un poco morada y había dos orificios rojizos que, aunque parecían raspaduras más que agujeros delataban los colmillos de Gema.

Silvina volvió corriendo. Mientras con una mano levantaba su remera, con la otra se tocaba el estómago. Arriba del ombligo tenía una marca morada y otra pinchadura.

—Basta que no se reproduzcan de esta manera —dijo con ironía.

Ersatz escuchó el chirrido, proveniente desde lo alto, de una ventana al correrse. Arriba estaba Gema. Era tan alta que se veían solo su boca y la mano que los llamaba.

Mientras subieron, Gema a su vez salió al descanso de la escalera y se agachó en una maceta que estaba bajo un techo.

Cortó tres rosas enanas y se las dio a Ersatz, que seguía algo mareado y pensó que las había tomado, pero en realidad habían volado y, abajo, el agua se las estaba llevando.

Gema cortó más y empezó a bajar la escalera, protegiendo a las flores en el hueco de su mano, como si llevara una vela con una llama que no quería que el agua apagase. A Silvina le pareció que el hueco de la mano de Gema resplandecía con un color anaranjado.

Gema fue directo a la casa de Ersatz. Subió las escaleras, seguida por Ersatz y Silvina, y caminó hacia la estufa adosada a la pared.

Las rosas que había en la Virgen negra se habían secado. Gema dejó caer a las nuevas, frescas, al pie de la estatua. Luego hizo una reverencia y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. A sus espaldas estaba la estantería de madera oscura que llegaba hasta el techo, repleta de vasijas azules y otros adornos. Ersatz prendió el velador que estaba en uno de los estantes del mueble. Tenía una bombilla cálida, amarillenta.

Silvina y Ersatz se sentaron frente a Gema.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Ersatz.

Gema levantó las manos, juntó las dos palmas e inclinó la cabeza hasta pegarlas a ellas.

—¿Duermen mucho? —dijo Silvina.

La mujer asintió rápidamente, como si fuera una niña.

—Quería pedirles que… —Por un momento a Ersatz se le puso la mente en blanco—. Pedirles si podrían enterrar a nuestro amigo en la esquina… —tragó saliva—, en la huerta, digo.

Gema asintió, esta vez con lentitud. Aspiró largo por la nariz. De pronto, a pesar del bronceado, sus mejillas se tornaron rojizas. Parecía que se iba a ahogar. Sus ojos se abrieron. Estornudó. Algo de la mucosidad incolora expulsada por los orificios de la nariz de la serenada quedó colgando de la punta de una de las zapatillas de Ersatz.

Los dos se miraron, sin ganas de reírse. Ya se les había ido el efecto psicoactivo de lo que fuera que les había inoculado Gema.

—¿Por qué los abandonaron? ¿De dónde…? —Ersatz pareció elegir palabras más amables de las que había pensado para concluir su pregunta—. ¿De dónde son ustedes?

Gema inclinó su cuerpo y rebuscó detrás de la estufa de chapa sobre la que estaba la estatua de la Virgen. Extrajo algo del hueco que la separaba de la pared. Era un libro de ajadas tapas marrones. Lo apoyó sobre su regazo y lo abrió.

Las hojas tenían dibujos. Las hizo correr, buscando algo. Luego enderezó el libro y estiró las manos para que vieran una. Era el dibujo, bastante bien hecho, de un tipo alto con una remera negra con una inscripción ilegible y anillos en los dedos largos. Roger, pensaron. Gema volvió hacia ella el libro y pasó las hojas. Luego lo apoyó otra vez en sus piernas y lo giró hacia ellos.

Había tres personas dibujadas.

Estaba dibujada una chica de pelo largo con los ojos pintados de azul entremedio de dos gigantes cuyas cabezas casi arañaban el borde de la hoja. Uno de los gigantes era Gema y el otro, algo más bajo, era Roger.

En realidad, pensaron, la chica era casi tan alta como Roger, aunque no tanto como Gema.

Ersatz y Silvina quedaron confundidos.

Al mostrarles esa representación, ¿Gema les quería decir que había una relación familiar entre Roger, la chica y ella?

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 27. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 27. Un grupo de sordos busca en el Gran Buenos Aires una comunidad soñada de sordos, pero en vez de eso encuentran otro tipo de enjambre. 
Seré nada tiene 200 páginas y es mi cuarta novela. Se suma a Intransparente, El nombre del pueblo, ¡Suerte al zombi! y el libro de cuentos de terror Los tendederos.

27.

Por los agujeros de la lona negra que cubría la ventana de la habitación se colaba la luz del amanecer, generando sombras redondas y puntiagudas.

El interior estaba repleto de raídos peluches.

Osos panda, muñecas, jirafas, leones, con las colas hacia arriba, ladeados, con las cabezas sobresalientes, todos formaban un montículo que llenaba el cuarto y que crecía hacia las paredes. Era imposible que Gema estuviera ahí y, sin embargo, Silvina la invocó.

—Gema, te necesitamos —dijo mientras se pasaba la mano por la frente y suspiraba.

—¡Gema! —Al instante, Ersatz, tuvo ganas de salir corriendo al baño. Suspiró y contuvo el dolor de estómago.

Los peluches comenzaron a moverse como si hubiera un animal de verdad debajo de ellos, tres o cuatro rodaron sobre otros y pudieron ver la cabeza de Gema sobresalir del montículo de felpa. Vieron que algunos de los muñecos todavía tenían la etiqueta.

Gema fruncía y desfruncía el ceño como si estuviera perdida y tampoco fuera inmune a lo que habían vivido ese día.

Silvina se arrodilló sobre el suelo blando conformado por los muñecos.

Gema estiró una mano. Medio ida, parecía rozar con los dedos un recuerdo que flotaba en el aire y que temía alcanzar.

Lo miró a Ersatz y luego a Silvina mientras con la otra mano tiraba del hilo sucio de la etiqueta de un oso que alguna vez había sido blanco.

Ersatz se agachó a su vez y leyó con Silvina las palabras escritas en el anverso de la etiqueta:

Pronto vas a volver con nosotros. Abuela Mery. PD: Hacele caso a los médicos.

Gema sacó su celular y escribió sobre sus rodillas.

Ospital. Abandonaron. Fueron Se.

Gema achinó los ojos mientras intentaba mover la boca para llamar la atención a ese lugar de su anatomía. Escribió.

Esto.

Silvina, consternada, asintió con la cabeza.

—¿Viven cerca los que mataron a nuestro amigo? —Ersatz sintió que el estómago le ardía.

Gema asintió con la cabeza y se puso a escribir.

—Mejor que la ayudemos a mantener cargado esto —dijo Ersatz fijándose si había algún enchufe en ese tugurio. Se tranquilizó, había por lo menos cuatro zapatillas eléctricas cuyos cables estaban enrollados peligrosamente entre los peluches

Avenidas Muchos.

Leyó Ersatz en la pantalla de Gema.

—¿La de delantal también?

Gema dobló la mano para mostrar lo que había escrito en la pantalla de su celular. Decía:

Evelyn. Medicina Es. Colejio Todos.

Ersatz volvió a sentir una punzada en el estómago, seguida de ganas de evacuar todo lo que había comido. El olor agrio, debía ser algodón húmedo, no ayudaba. Respiró hondo. Se dobló y apoyó sus manos en las rodillas.

Silvina estiró su melena hacia atrás ofreciéndole a Gema el cuello.

El gruñido que salía del pecho de Gema fue creciendo en intensidad.

Prefirieron no mirar mientras la cara se alargaba y desfiguraba en el esfuerzo que estaba haciendo.

Sabían que la mujer esta vez lo hacía por ellos.

Esperaron, arrodillados entre los peluches, a que Gema se deslizara hacia ellos.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenada. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos y el proyecto El señor tiempo (Mr. time). Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos. Mi novela Intransparente también puede leerse en edición digital o descargarse siguiendo el link a Corso Films: http://www.corsofilms.com/intransparente.pdf Tengo una petición activa para lograr filmar mi proyecto Gualicho change.org/gualicho que ganó el premio Blood Window Género Fantástico y Terror en 2017.

Seré nada / Serenade. 26. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 26. Terror. Misterio. Drama. ¿De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

26.

Ersatz caminaba por el medio de la calle entre la llovizna. No sabía cómo llevar la escopeta. Primero la apuntaba hacia abajo, después la sostenía con las palmas de las manos a la altura del abdomen como si fuera una ofrenda que iba a entregar a la iglesia del barrio. Recordó que una ofrenda parecida era la que había usado Ramoncito. No le gustaban las armas, pero había visto el cuerpo sin vida de Manuel.

Mientras evitaba hundir sus zapatillas de montaña en los charcos de agua pensó que los hombres que habían matado a Manuel, los eugenistas, como había escrito Gema, debían haberlos visto llegar.

Estarían cerca ya que no habían usado vehículos y no parecían ser el tipo de personas que les faltaran.

Si estaban ahí eran fanáticos. Decían que las pocas personas que se habían quedado en los antiguos barrios eran gente brava que habían preferido enfrentar la supuesta locura del parásito para defender el lugar donde sus abuelos o padres habían vivido. Incluso rescatar lo que se decía que habían regalado o abandonado.

También decían que no aceptaban la conjunción de su país con otros latinoamericanos. Discriminaban a los bolivianos, peruanos, a los paraguayos. ¿Qué iban a hacer con unos chupasangres deformes? Eliminarlos, depurar su raza, se dijo Ersatz.

Eso significaba eugenesia, recordó con desagrado.

Y apretó un poco la escopeta porque había conocido a muchas personas que se parecían al que había visto disparar sobre Manuel.

No usaban armas de fuego, sus herramientas eran el acoso psicológico, las palabras denigrantes, las metáforas hirientes.

Salió de sus pensamientos cuando alguien lo llevó por delante en una esquina. La escopeta voló y el cañón se hundió en el barro. El alumbrado público tenía luces amarillentas, de las antiguas, en esa cuadra. Ersatz cayó al piso y observó la sombra de destellos dorados que se inclinaba hacia él.

Era Silvina.

Ersatz trató de levantarse. Ella lo ayudó. Él se largó a llorar.

Silvina lo abrazó fuerte y también se largó a llorar. Se apretó más a él cuando repasaba en su mente la imagen de la última mirada que le había dirigido Manuel. Lo había hecho por ella, lo sabía.

—Es mi culpa —dijo Silvina.

—No es tu culpa. Es culpa de esos descerebrados. —Ersatz se separó de Silvina para agacharse.

—Mejor dejá esa escopeta antes de que hagas alguna cagada. No sabés usarla.

—No es mucha ciencia. Mi tío abuelo me enseñó a limpiarlas.

—Qué cosas lindas te enseñaba tu tío abuelo.

Silvina se restregó los ojos y retrocedió unos pasos, perdida.

—Fue la loca esa…

—¿Qué…? Parecía una médica. Gema dijo que son eugenistas.

—Son unos hijos de puta. —Silvina se llevaba la mano a una de sus orejas—. Perdí un audífono.

—Te lo robaron. Ya vi.

Ersatz se llevó las manos a las orejas y comprobó que sus audífonos estuvieran ahí.

—Er, yo no hablaba de la ladrona de audífonos. Decía por la chica de ojos claros. Creo que ella les avisó.

—¿Por qué se fueron? No los podía encontrar.

—Intentamos despertarte, pero no pudimos. Fuimos de Roger. Está… —Silvina negó con la cabeza, como si no aceptara invocar la palabra otra vez en su mente.

—Ya sé. Mejor volvamos.

Miraron hacia las luces rojas de la torre de Interama que brillaban a través de la neblina. Empezaron a caminar en esa dirección. Silvina sostenía la mirada en lo alto como si en vez de volver a la casa estuviera dispuesta a caminar la gran distancia que los separaba del antiguo parque de diversiones.

—La chica esa estaba atrás de la puerta —dijo Silvina mientras avanzaban—, y no la vimos. Tenía el celular en la mano y la jeringa en la otra. Se me tiró encima… ¿Estoy hablando bien? ¿Se escucha? ¿Alto o bajo?

—Estás hablando bien —le aseguró Ersatz, que cada tanto giraba la cabeza y miraba sobre sus hombros.

—Salió corriendo con el celular en la mano y la seguimos hasta la vuelta —siguió Silvina—. La perdimos. Y cuando volvíamos a buscarte aparecieron esos tipos con la de delantal.

Ya estaban por la misma altura de la calle donde Manuel había sido abatido.

—¿No habrá quedado por acá tu audífono?

—Creo que se lo guardó.

—¿Seguro? Por ahí cuando salió corriendo… —dijo Ersatz mirando de refilón a los cuerpos abandonados en la calle.

—No quiero saber nada —gritó Silvina mientras miraba para el otro lado. —Puedo sobrevivir con uno solo.

—¿Sabés lo que te va a costar conseguir otro?

—Lo sé.

Ya habían superado el lugar donde estaban diseminados los cuerpos. No había indicios de Gema ni de los demás serenados.

Silvina se detuvo en seco y volvió sobre sus pasos. Ersatz la siguió.

Rodearon a los cuerpos, que estaban desnudos, y tratando de no mirar a Manuel se agacharon para observar el cemento en el lugar donde ella había estado arrodillada. Silvina prendió la linterna de su celular, aunque por la luz potente no hacía falta. No encontraban nada.

La llovizna caía sobre la sangre. Silvina susurró una maldición incomprensible y se alejó. Ersatz juntó fuerzas y miró los cuerpos.

Los ojos de Manuel miraban fijos a la llovizna que caía.

Ersatz se acercó y le cerró los párpados. Luego se agachó, le quitó los audífonos de las orejas y abrió el compartimiento de la batería de cada uno. Cuando iba a guardarse las baterías y los audífonos se dio cuenta que todo eso tenía que quedar con su amigo. De cualquier modo, Silvina no iba a aceptarlos. Los dejó en la mano izquierda de Manuel y le cerró el puño para que los apretara.

Vio que además del disparo en el pecho que tenía el cadáver de Manuel, no había indicios de que lo hubieran lastimado en otros lugares. Los serenados se habían alimentado del daño que hicieron las armas a los cuerpos. Las manchas de sangre tenían forma de manos, y de caras que se habían pegado al cuerpo para succionar.

Era mucha sangre y Ersatz estuvo a punto de resbalar y caerse cuando intentó rebuscar en los pantalones de Manuel que estaban a un costado. El celular no aparecía. No importaba.

Se alejó rápido y alcanzó a Silvina, que seguía caminando, y decía, con su celular en alto:

—Rastreé el audífono.

En la pantalla estaba el mapa de la zona. El audífono derecho de Silvina estaba en el colegio secundario en el que había estudiado Ersatz. Lo que faltaba, fue lo primero que pensó.

—Me alegra que esos dos no puedan disfrutar del beneficio de haber sido devorados —dijo Silvina.

—¿Qué veneno será el de esos colmillos? ¿Radiación? —preguntó Ersatz.

—¿Plasma solar…? No sé, pero es lo más maravilloso que sentí en mi vida —afirmó Silvina.

Estaban doblando en la esquina de la casa de los padres de Ersatz. No había señales de los serenados por ningún lugar. Llegaron a la casa, subieron la escalera y encontraron una cacerola caliente con un guiso con pollo y papas.

Estaban congelados por la llovizna así que lo primero que hicieron fue comer para calentarse el estómago.

A Silvina le dolía la cabeza por el estrés que había acumulado.

Ersatz tenía retortijones, siempre era el estómago donde sentía las últimas consecuencias de los nervios.

Cenar no había sido lo mejor.

Estaban agotados y confundidos, pero no tanto como para no saber qué era lo que realmente necesitaban.

Salieron de la casa, cruzaron la calle hacia la escalera metálica negra mientras las luces del alumbrado público se apagaban. Esperaban encontrar a Gema. Más arriba, la luz del amanecer pintaba de dorado la alta pared de ladrillos de la fábrica.

Silvina empujó la puerta. Ersatz miró por encima de ella.

Se sobresaltaron. El pequeño cuarto estaba lleno de sombras de cabezas gigantes.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos y el proyecto El señor tiempo (Mr. time). Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos. Mi novela Intransparente también puede leerse en edición digital o descargarse siguiendo el link a Corso Films: http://www.corsofilms.com/intransparente.pdf Tengo una petición activa para lograr filmar mi proyecto Gualicho change.org/gualicho que ganó el premio Blood Window Género Fantástico y Terror en 2017.

Seré nada / Serenade. 25. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 25. Terror. Misterio. Drama. ¿De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

25.

Sus amigos estaban acorralados por esos hombres con gorras y pistolas que reflejaban el frío y potente alumbrado de las calles. A través de la neblina, observó que resaltaba el buzo amarillo de uno y la campera deportiva celeste y blanca del otro. Detrás de los hombres había una mujer pelirroja con el pelo lacio corto a la altura de los hombros, jeans y un delantal blanco.

—Abrí la boca —gritaba el de buzo amarillo.

Silvina abrió la boca. La mujer se acercó a ella.

—Muy bien, nena —dijo la mujer.

Alguien le tocó el hombro. Ersatz se sobresaltó y giró la cabeza.

Gema estaba detrás suyo, sentada con las piernas cruzadas y la escopeta arriba. Escribía algo en el celular. Notó que estaba nerviosa porque intentaba separar los labios. Tenía las órbitas de sus ojos tan abiertas que su frente parecía sobresalir más de lo común.

Un líquido incoloro cayó de la nariz de Gema y terminó en la pantalla del celular. Así y todo, Ersatz lo tomó.

Eu je nistas. Dicho Ha Roger.

Decía.

Nasionalestes.

Había escrito más abajo.

Ersatz asintió. Se asomó y vio que la de delantal se había inclinado y tenía las manos hundidas en el pelo de su amiga.

—Miren lo que encontré.

La mujer sostenía entre los dedos algo que brillaba en la punta. Ersatz se dio cuenta de que era un audífono.

—Perdón, pero en la situación en que estamos dos es un lujo. —Se volvió para mirar a los dos hombres—. El hijo de Clara está de suerte.

Qué hija de puta, pensó Ersatz.

Se volvió para mirar a Gema. Tenía el dedo índice pegado a los labios, que ahora bajo la luz potente se veían sin separación. Eran unos vestigios de labios, sólo pliegues, débilmente marcados y sin arrugas. En la nariz podía verse de vez en cuando la sombra de algo blancuzco, que parecía ser un cartílago. Aunque eso no importaba ahora. Ersatz escuchó:

—A ver, el marica este… —dijo el tipo de campera blanca y celeste.

Obligó a Manuel a abrir la boca. Su amigo se abalanzó sobre el tipo. Resonó un disparo.

Ersatz vio a Silvina correr por la calle, hacia la avenida San Martín.

La de delantal blanco salió tras ella, también hacia la avenida, y los dos hombres clavaron la mirada cerca de Ersatz, en la mitad de la calle.

No escuchó ningún ruido, pero vio a Gema que avanzaba por la calle con la escopeta en alto. Resonó un disparo. El chasis de la camioneta rechinó. Gema disparó a su vez. Ersatz se ovilló detrás del parachoques. Luego, tomado de la chapa, se volvió a asomar.

Gema apuntó y volvió a disparar. Le dio de lleno al de buzo amarillo en el pecho. El otro volvió a apuntar, la tenía en la mira a Gema que estaba a su vez avanzando mientras recargaba la escopeta y se disponía a dar otro disparo.

En el cruce de calles apareció una figura negra corriendo y se arrojó contra el de campera deportiva.

La pistola voló, cayeron los dos y rodaron por el suelo.

Ersatz vio que el hombre de campera deportiva escapaba hacia la avenida. El que había aparecido recogió la pistola, lo siguió y disparó desde la mitad de la calle.

El de campera deportiva cayó en una vereda. El hombre que había aparecido seguía teniendo el arma en alto. Ersatz vio que era el de polar negro, que movió el brazo como si gatillara otra vez, pero no se escuchó nada. Luego arrojó el arma lejos.

Ersatz salió de atrás de la camioneta.

Gema ahora estaba al lado del que había abatido. Más allá, el hombre de polar negro traía hacia ella, arrastrándolo de los pies, al que había matado.

A lo lejos, Silvina había desaparecido. Tampoco había rastros de la mujer de delantal blanco.

Los disparos habían intensificado los zumbidos en los oídos de Ersatz. Así y todo, mientras veía como Gema y el hombre de polar negro se doblaban sobre el cuerpo del hombre de buzo amarillo, Ersatz se llevó la mano a los botones de control de sus audífonos para subir el volumen.

El gruñido que quería salir del pecho era claramente audible entre el silencio. Sonaban los dos al unísono, como si fueran gatos gigantes ronroneando.

En un momento, Gema dejó el cuerpo del primer abatido al de polar y se acercó al cuerpo de Manuel. Por un segundo, lo miró a Ersatz con la cabeza torcida y luego se agachó.

Aparecieron los otros, la mujer de rodete y los gemelos. Parecían una manada distribuyéndose los cuerpos para saciarse cuanto antes. Por lo que Ersatz sabía, eso iba a llevar tiempo.

Los gruñidos ahora eran un sonido grave que seguía creciendo hasta acariciar los oídos de Ersatz. A diferencia del sonido molesto de los disparos, este sonido, un grito de parto encajonado, lo llenaba de una ternura que en ese momento necesitaba más que nunca.

La mirada clavada en él de Gema lo había dicho todo. La calma que producía el ronroneo conjunto de los serenados no logró evitar que un nudo se le formara en la garganta por Manuel. Sintió bronca.

Caminó hasta la escopeta abandonada en el suelo, la agarró, vio que Gema, con la cara deformada y manchada de sangre lo miraba otra vez y luego, como si confiara en él, volvía a su tarea de pegar su cara contra el cuerpo de Manuel.

Ella y uno de los gemelos estaban sobre el cuerpo de Manuel y los demás inclinados sobre los otros. Ersatz siguió caminando hacia donde se había perdido Silvina. Tenía que tener cuidado porque la mujer de delantal podía haber pedido refuerzos, se dijo.

Pensó que los eugenistas habían creído que los serenados estaban débiles por la lluvia, esperando otra vez que salga el sol para poder alimentarse. Ellos tres les habían dado las fuerzas que nunca habían tenido cuando en los días oscuros los atacaban.

Mientras volvía a lloviznar, intentaba avanzar sin que la escopeta se deslizara de sus manos temblorosas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos y el proyecto El señor tiempo (Mr. time). Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos. Mi novela Intransparente también puede leerse en edición digital o descargarse siguiendo el link a Corso Films: http://www.corsofilms.com/intransparente.pdf Tengo una petición activa para lograr filmar mi proyecto Gualicho change.org/gualicho que ganó el premio Blood Window Género Fantástico y Terror en 2017.

Seré nada / Serenade. 24. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 24. Terror. Misterio. Drama. De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

24.

Ersatz entreabrió los ojos.

Silvina estaba sentada a su lado pasándole un trapo mojado por la frente que enjugaba en la cacerola que les había dejado la mujer de rodete.

Ersatz notó que la picadura de Gema seguía haciendo efecto. Sentía un placer y una paz fuera de lo común, como si no tuviera que levantarse para nada.

Silvina parecía la mujer más hermosa que hubiera visto en su vida. ¿Cómo no lo había notado antes?

Los lunares de su piel translúcida, los tiernos ojos marrones.

Manuel arrodillado a su lado, era Superman, musculoso, pero con los ojos como de un niño recién despierto. Sintió que su amigo le decía con la mirada: No es nada, Er.

Ese aroma cítrico que había en la habitación lo seguía mareando.

Era como acercar la nariz a un limón verde. Pero entre ese olor había otro mezclado, viscoso, agrio.

Boca arriba, antes de que le volvieran a pesar los párpados, recordó que los gemelos se habían orinado al succionar las muñecas de Manuel.

Silvina le acarició la frente, comprensiva, hasta que volvió a dormirse.

Después de un tiempo que no pudo precisar, Ersatz se despertó en su dormitorio. Miró inmediatamente hacia el costado para cerciorarse de que Gema no estuviera compartiendo su cama. Al verla vacía, en vez de sentir tranquilidad, se sintió solo.

Salió de su dormitorio y caminó dando vueltas sobre la alfombra del living.

En la televisión estaban los dibujitos del Correcaminos.

¿Dónde se habían metido esos dos?

Antes de salir entró al baño para inspeccionar su cuello. La sangre estaba seca. Sus facultades mentales estaban otra vez dentro del rango monótono en el que había vivido toda la vida. Al instante de notarlo, pensó: desafortunadamente.

Bajó las escaleras. Salió a la calle. El día estaba nublado, el piso mojado, pero en ese momento no llovía. La escalera metálica de Gema le pareció de un negro azulado. Caminó hasta el auto donde habían visto por primera vez a Gema. No había nadie.

Medio perdido, siguió hasta la casa de Roger, abrió la reja y subió la escalera. Cruzó el descanso, empujó la puerta y entró al dormitorio de Roger. Se estremeció.

En la cama estaba Jesucristo muerto, la barba cobriza, las mejillas sobresalientes, los ojos blancos abiertos clavados en algo que ya no veía. El metalero estaba pudriéndose en su cama.

Se acercó para mirarlo de cerca, pero le pareció estar masticando un pedazo de carne pútrida y se alejó rápidamente. Antes de salir de la habitación, en su retina quedó grabada la imagen de la boca abierta de Roger, con los hilos que parecían seguir tirando de los labios para juntarlos.

Le hizo pensar que sin dudas trataba de imitar a Gema y a los otros. ¿Con qué objetivo?, se preguntaba. Pero ahí estaba la jeringa que había contenido hierro, vacía. ¿Qué quería? ¿Vivir del sol?

Vivir del sol, repitió en su mente Ersatz. Sabía que había yoguis que afirmaban poder lograrlo. Pero los vecinos de Roger no eran yoguis. Eran seres con las bocas siempre cerradas, inalterables, con los labios pegados…

Notó que un tubo de neón, ennegrecido en las puntas, chisporroteaba en el techo. Ersatz sostuvo la mirada en el resplandor blanquecino que titilaba en el tubo moribundo.

La adoración del sol por esa tribu del conurbano bonaerense sugería que se alimentaban de la radiación, los rayos directos. Cuando estos faltaban, como en las semanas de lluvias, tenían que recurrir a otros métodos para mantener su abastecimiento de energía y para poder subsistir.

¿Pero qué eran?

Ersatz se pasó la mano por el cuello.

Bajó la escalerita lo más rápido que pudo, sin hacer mucho ruido. El miedo lo había vuelto a invadir. No llegó a ver si los serenados habían clavado sus dientes afilados en el cuerpo de Roger. Por lo delgado que ya estaba antes parecía haberse muerto de inanición.

El accidente en el techo había sido desafortunado para alguien que dependía de los rayos solares y de una jeringa. ¿Por qué no lo había ayudado esa chica que huyó al verlos?

 ¿Y los demás? ¿Sólo porque no era como ellos lo habían abandonado? Vaya a saber qué reglas tenían para convivir los que hacían tanto esfuerzo para sacar los dientes. Debían ser un poco más complicadas que las de ellos…

¿Ellos? ¿Dónde estaban sus amigos?

Volvió a la casa de sus padres. Volvió a recorrer las habitaciones. Se fijó en el garaje. Nada.

Salió, vio que la puerta de la casa de Gema estaba cerrada. La ventana oscura. El instinto le dijo que no se acercara. Siguió caminando.

Llegó a la altura de la casa donde habían recogido los frutos. Empujó la ventanita de la puerta y miró hacia dentro pero sólo vio yuyos altos que ensombrecían tomates, que a esa hora y con ese día parecían negros.

Dejó la casa, cruzó, giró a la derecha y tomó la vasta calle Marco Avellaneda. En la mitad de la primera cuadra parpadearon las luces del alumbrado público y se prendieron. Debían ser las seis de la tarde ya…

Cruzó una esquina y siguió caminando, con un andar medio destartalado. A lo lejos, dos figuras aparecieron en la neblina. Apuró el paso.

Ya por la segunda cuadra desde su casa notó que eran Silvina y Manuel de espaldas que hablaban con tres figuras que no pudo reconocer.

De pronto, vio que dos de las tres figuras irreconocibles sacaban algo de sus ropas. Silvina y Manuel se arrodillaron, con los brazos detrás de las nucas. Vio que los otros les estaban apuntando con pistolas.

Ersatz se escondió detrás de una camioneta roja abandonada y sacó la cabeza para espiar desde el parachoques.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos y el proyecto El señor tiempo (Mr. time). Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos. Mi novela Intransparente también puede leerse en edición digital o descargarse siguiendo el link a Corso Films: http://www.corsofilms.com/intransparente.pdf Tengo una petición activa para lograr filmar mi proyecto Gualicho change.org/gualicho que ganó el premio Blood Window Género Fantástico y Terror en 2017.

Seré nada / Serenade. 23. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 23. Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

23.

Ersatz abrió los ojos en su habitación. No había soñado y le agradeció a su mente o a lo que fuera que creara los sueños porque a veces lo perseguían durante todo el día. Sabía que podía quitarse al despertar la manta que lo cubría, pero la de las pesadillas era muy difícil sacársela de encima.

Se dio vuelta para mirar hacia la persiana, de donde entraba una luz tenue, lo que aseguraba otro día nublado. Se había quitado los audífonos antes de acostarse, así que no sabía si seguía lloviendo. Mientras se preguntaba por el clima notó que había una forma que estaba a su lado, casi pegada a él, pero sin tocarlo. La frente prominente, los ojos concentrados en el cielo raso, la boca impertérrita.

Gema. Acostada boca arriba.

Ersatz siguió la mirada de Gema. La poca claridad que entraba había cargado las estrellas fluorescentes. La boca de conejo dibujada en el techo parecía más cercana. El brillo desvaído de las pegatinas se intensificó. La galaxia entera empezó a girar. Ersatz pestañeó y se pasó una mano por los ojos. Las estrellas volvieron a ser una cara quieta.

Una cara quieta, pero con una boca abierta que gritaba en silencio.

Ersatz giró la cabeza y miró los labios cerrados de la mujer que tenía al lado.

Se levantó de golpe y se quedó sentado en la cama observándola. Estiró la mano hacia la mesa de noche y se colocó los audífonos. Ahí estaba, ese gruñido que había oído en el tanque de agua y también en la habitación de Roger. La mujer y la chica producían el mismo, agresivo, sonido.

Notó que el pecho de Gema se inflaba como si tratara de hacer fuerza para lograr movilizar algo de su cuerpo y le fuera imposible.

Era su boca.

Trataba de abrirla, pero no había caso, las comisuras de los labios seguían pegadas. Parecía una anciana sin dientes por un momento. En otro momento una niña. Sus labios no se separaban. Sólo se movían juntos de lugar en su rostro.

Mientras tenía la mirada clavada en el techo, de su garganta salía ese gruñido soterrado, como si el aire pasara con dificultad por la glotis.

Gema movía la piel de su rostro y producía ese gruñido que cuando arrugaba la nariz parecía a veces un quejido y otras un jadeo.

Ersatz vio que un cartílago o hueso se desplazaba hacia afuera de uno de los orificios nasales de Gema.

Parecía ser un colmillo.

La mujer tenía los talones torcidos y el empeine sobresalía cada vez más del pie de la cama. Era como si tomara impulso con los pies.

Entonces, sobresalió el segundo colmillo del otro orificio de la nariz. Algo brillaba en las afiladas puntas de color marfil, un líquido pegajoso. Al instante, los colmillos desaparecieron tan rápido como habían aparecido. La nariz y la boca volvieron a estar en su lugar. Los pies de Gema se replegaron y su barriga se hundió.

Ersatz no tenía ganas de moverse. Pero se levantó en calzoncillos y se dirigió al baño.

Estaba mareado. En el camino, vio, o creyó ver, las caras borrosas de Silvina y Manuel.

Abrió la puerta del baño. El resplandor de las cerámicas rosadas, iluminadas por el haz de luz que entraba por la claraboya, le hizo cerrar los ojos.

Los abrió lo más que pudo y se miró al espejo.

Tenía la marca de un colmillo clavada en el cuello. Era un rasguño como de un gato del que había caído algo de sangre. Pero la herida parecía superficial. Se sacó la remera.

Observó su pecho y su espalda en el botiquín de tres espejos del lavabo y no encontró otras heridas.

Silvina estaba esperando afuera del baño, tapándose con una mano el cuello. Ersatz vio que la herida de ella chorreaba sangre.

Silvina se desplomó con las manos en el mármol del lavamanos, con el pelo caído sobre la frente y luego juntó fuerzas para erguirse y mirarse al espejo. Su herida era un pequeño cráter.

—No duele —murmuró.

La cara de Silvina se difuminó por un momento y luego volvió a estar en el foco de la mirada de Ersatz. Vio que su amiga giraba la cabeza. Vio otra herida como la suya.

—Fue la mujer del rodete, estaba en mi cama… —dijo Silvina—, Dios mío—. Miró hacia el pasillo—. ¡Manuel!

Fueron hasta el dormitorio de Manuel y abrieron la puerta. Los gemelos estaban encaramados en la cama, con las bocas, o mejor dicho las narices, pegadas a las muñecas de su amigo. En las entrepiernas de los pantalones deportivos tenían manchas oscuras, como si se hubieran orinado.

Silvina gritó.

Los gemelos giraron sus cabezas hacia ellos. Tenían colmillos afilados que salían de sus narices. Pero, a diferencia de Gema, pensó Ersatz, parecían no estar haciendo tanto esfuerzo para mantenerlos ahí.

Uno de los gemelos, el de conjunto gris claro, estaba aletargado, la pera y la boca diminuta no parecían pesarle en la cara estirada, pero tenía uno de los orificios de la nariz tapado por una burbuja de sangre que se inflaba y desinflaba.

Manuel parecía estar en trance, tenía los ojos achinados, jadeaba, y respiraba regularmente con satisfacción.

Ersatz se acercó al gemelo de gris claro y le pegó una patada en la cabeza que lo tiró al suelo. El gemelo de ropa oscura gruñó y se estiró hasta que se aferró de la pierna de Ersatz, que logró liberarse. Retrocedió.

Enseguida, las imágenes se multiplicaron, no sólo los rostros deformes de los gemelos, sino también la mirada extasiada de Manuel. ¿Dónde estaba Silvina?

Ersatz trastabilló. Desde el suelo, oyó lo que decía Manuel:

—Déjenlos.

Logró ver a Silvina, que se tambaleaba. Su amiga trabó los ojos, los puso en blanco y se desmoronó sobre la cama.

Ersatz apoyó los codos y trató de levantarse para ayudarla. No podía. Las piernas no pesaban nada. ¿Cómo podía moverlas? Además, el suelo parecía muy cómodo

De pronto, sintió que el sueño que lo iba a vencer era de lo más placentero.

El claroscuro del dormitorio desapareció para convertirse en una difusa penumbra gris en la que estallaron pimpollos de rosas de color negro azabache. Adentro de la flor, los pétalos menores eran de un violeta plateado, luego anaranjado brillante, luego rojo profundo.

Ersatz intentaba ver a sus amigos a través de las flores, pero era imposible. Percibió un olor dulce. Después ácido. Según los pétalos iban cambiando de color el aroma también variaba.

Oyó voces agudas desconocidas y murmullos que cantaban una serena y tierna canción.

La melodía lo envolvió junto con la oleada de colores, olores, aromas, que ahora no podía diferenciar.

Ersatz desplazó los codos y, poco a poco, ya no percibió nada. Como sus amigos, se hundió en una suave oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos y el proyecto El señor tiempo (Mr. time). Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos. Mi novela Intransparente también puede leerse en edición digital o descargarse siguiendo el link a Corso Films: http://www.corsofilms.com/intransparente.pdf Tengo una petición activa para lograr filmar mi proyecto Gualicho change.org/gualicho que ganó el premio Blood Window Género Fantástico y Terror en 2017.

Seré nada / Serenade. 22. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 22. ¿De qué trata Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

22.

Se detuvieron en la esquina. Ersatz esperaba que estuviera inundado en Marco Avellaneda. Pero no se imaginaba los anegamientos de las demás calles.

El agua se metía por los pastos altos y llegaba hasta los garajes de las casas.

No había manera de tomar el camino por el que habían llegado.

Seguía lloviendo, y aunque habían rescatado unos paraguas viejos de la casa, estaban empapados de pie a cabezas, por lo que los tiraron y volvieron para probar por la otra esquina de la cuadra.

Hicieron dos cuadras por 1 de Mayo hacia la avenida y no pudieron seguir avanzando.

Manuel, que fue el que más se aventuró, recibió una descarga eléctrica al sumergir la mitad del cuerpo en el agua. Hacer tantas cuadras con la mitad del cuerpo sumergido, entre cables de electricidad, hierros y escombro, les parecía un peligro mayor que la incertidumbre que les daba ese barrio de locos.

Al mediodía estaban otra vez en la casa, cansados y decididos a esperar que bajara el agua para partir a pesar de la advertencia de Roger.

Ni bien entraron a la casa de Ersatz subieron a la terraza para ver qué encontraban. Antes se cercioraron de que Gema no estuviera erguida en el tanque. Al llegar al enrejado notaron que, aunque la lluvia había cesado, no había ninguna persona en las terrazas. El cielo estaba plomizo y no había señales de que fuera a salir el sol. Las chimeneas metálicas de la fábrica parecían coloridas entre el cielo grisáceo y el portón pintado de negro.

Bajaron. Silvina se remangó el pantalón y la remera.

Manuel se desnudó, se puso una remera ajustada blanca con escote en V y un jean que le quedaba apretado de un exnovio de la hermana de Ersatz que encontraron en un ropero. Zapatillas no había para nadie y era mejor quedarse con las que tenían puestas por las dudas. Ersatz no quiso saber nada con su antigua ropa. Escurrió su remera y volvió a ponérsela.

Volvieron a trabar todas las puertas con muebles y se pusieron a ver una copia VHS que había en la casa de La Quimera de Oro y luego pasaron a un western crepuscular de Sam Peckinpah, Duelo en Alta Sierra.

Se identificaron bastante con los personajes de la última, ya no tenían nada que perder. Les hubiera gustado dejarse llevar por sus caballos de un lado para el otro, entre sol y sol, dejando huellas en los valles. Siguió El hombre que pudo reinar.

Si tan sólo hubiera un rey que derrocar… Y más lágrimas que verter, pensaba Silvina, animada por la película.

Por la mitad de la tarde, golpearon en la puerta de la casa. Espiaron por la ventana. La que estaba afuera era la mujer de rodete. Podían verle el rodete cuando se alejaba porque de cerca era tan alta que sólo veían el cuello.

Silvina se dio vuelta frente a la abertura de la ventana para preguntarles si le abrirían. Manuel la corrió para volver a mirar él y vio que la mujer sostenía en alto, como una ofrenda, una cacerola que humeaba. Ersatz miró a su vez y los ojos de la mujer le parecieron de lo más bondadosos. No tenía sentido estar escondidos ahí como si les hubieran hecho algún mal. Roger parecía no estar en sus cabales. Además, tenían hambre.

Corrieron la máquina de coser que habían puesto para bloquear la puerta. Ersatz tomó de las asas la cacerola caliente.

Vieron que era polenta con salsa y queso derretido.

Comieron hasta saciarse.

Sabían que había algo que los unía más que la pérdida de audición. El pico de estrés les bajaba las defensas y no les dejaba pensar bien. Cada uno de ellos sabía cuánto podía soportar. Se los había enseñado Silvina, que lo había descubierto sola.

En cuanto sentían aburrimiento, desgano y desazón sabían que el vaso de la tensión que soportaban se estaba llenando.

Si se llenaba más, la copa desbordada generaba diferencias, gritos y peleas.

Intentar escapar sin éxito del barrio los había agotado.

Necesitaban descansar para pensar bien y ver las cosas de otra manera. Ni siquiera toleraban más películas porque movían las emociones hasta dejarlas a flor de piel.

Mientras afuera lloviznaba, se aseguraron de que las aberturas de la casa estuvieran bien bloqueadas. Luego, se retiraron a sus dormitorios.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenada. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! yEl nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos.

Seré nada / Serenade. 21. Nueva novela.

Leyendo Capítulo 21 de mi novela Seré nada, que trata de tres #personassordas que, luego de una nueva #pandemia , salen en búsqueda del #mito suburbano de una colonia sorda. Pero las cosas no parecen estar saliendo como pensaban y lo que encuentran puede cambiarles la #vida para siempre.

21.

Volvieron, Silvina con los hombros bajos, Ersatz apurando el paso por si cruzaban alguno de los nuevos vecinos.

Por suerte, el aroma que había en la casa les despertó el apetito.

Manuel había terminado de hacer la pizza en la parrilla, el horno no servía, se apagaba, y como había mucha humedad y hacía calor, comieron en silencio debajo del olivo.

Al terminar la cena le contaron lo que habían averiguado a Manuel que hasta ese momento pensaba que no habían encontrado a Roger.

—Lo que habrá hecho ese Roger para que lo echaran de un colegio… —comentó Manuel—. ¡¿Problemas con autoridades escolares…?! Fue un sueño la colonia de sordos. Esto es un asentamiento de delincuentes —aseguró.

Ersatz asintió y dijo:

—Silvina es capaz de llevarle un pedazo de pizza al rayado ese antes de aceptarlo.

Silvina rompió a llorar y subió corriendo a su dormitorio, donde empezó a armarse la mochila casi mecánicamente para no pensar.

Manuel miró a Ersatz con recelo por intensificar el dolor que podía haberle causado a Silvina con su comentario tajante. Le dio la espalda y terminó de apagar el fuego.

Pusieron más muebles delante de las entradas y se aseguraron de que fuera difícil entrar a la casa. Mucho más no podían hacer.

Manuel y Ersatz también hicieron sus mochilas y dejaron todo preparado para partir otra vez hacia sus departamentos en la ciudad al día siguiente.

Cada uno se encerró en su dormitorio.

Ersatz apagó la luz y se quedó mirando la galaxia de las estrellas en el techo. ¿Qué era? ¿Un mapa? Le pareció una espiral como la de los caracoles.

Mientras miraba resonó el primer trueno.

Imposible, hacía meses que no llovía, pensó. Luego del segundo trueno la lluvia empezó a caer a raudales. La puerta se abrió. Silvina, asustada, se acostó a su lado.

Miraban el cielo raso cuando resonó el tercer trueno.

Silvina se pegó más a Ersatz.

—Hay una cara en el techo —dijo Silvina.

Entonces Ersatz también la vio.

Desde que habían llegado, había estado todo el tiempo arriba suyo, gritándole con el silencio de las formas que la casa había sido intervenida como el resto del barrio. Nada era igual a lo conocido.

En el techo había un rostro, brillante, verdoso, de bordes indefinidos, formado con algunas estrellas menores, y con las mayores remarcando una boca abierta. La falsa luna era la nariz de la que parecían salir unos dientes de conejo formados por más pegatinas luminosas. Las espirales formadas por estrellas eran los ojos dementes de esa cara.

Llamaron a Manuel, que se quedó mirando el techo cruzado de brazos sin abrir la boca para no molestar más a Silvina.

Durmieron los tres juntos, sin quitarse los audífonos, escuchando la lluvia que no paraba de caer.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 20. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 20 (con acotaciones para en la narración oral entender el entrecomillado del texto cuando Roger escribe en el celular, innecesarias en la lectura) ¿De qué trata Seré nada? Es la historia de un grupo de sordos que parten en busca de una colonia de personas sordas en el Gran Buenos Aires. Resulta que dan con una colonia silente, pero no parecen ser sordos; ¿qué son? Lo que encuentran parece bastante peligroso y podría cambiarles el destino.

20.

La calle estaba desierta y el alumbrado público resplandecía. Más allá, doblando en la esquina, un poste con una luz vieja pintaba de dorado las medianeras.

Ersatz estaba seguro de que la casa de Roger era la que seguía a la de sus exvecinos, los Tacuta. Estaba sobre 1 de Mayo, hacia la avenida. Era un garaje, que había sido un taller mecánico, con una habitación arriba a la que se llegaba por una escalera. Una casa sobre el intento de otra cosa, parecida a todas las de ese barrio, incluso la de sus padres.

Abrieron la reja, subieron la escalera y vieron que la puerta estaba entreabierta. Ersatz posó la mano sobre la chapa oxidada de la puerta y la empujó.

Roger, con ese pelo largo y la delgadez extrema, parecía un Cristo en la cama.

Ersatz, que de chico le tenía miedo a la imagen de Jesucristo sangrando en la cruz, con la corona de espinas, que había visto en las películas por televisión, tuvo que apartar la mirada un momento de la cara del metalero.

La luz amarillenta que entraba por la claraboya que había al lado de la puerta resaltaba las huesudas mejillas y, a la vez, acentuaba la concavidad oscura en la que estaban hundidos los ojos claros de ese gigante.

La habitación parecía ordenada. En la mesita de noche, pegada a la cama, estaba el celular de Roger y una jeringa.

Roger se despertó y señaló la jeringa. Silvina la tomó.

—¿Qué es? —Silvina miraba el líquido azulado de la jeringa.

Roger estiró una mano temblorosa, agarró el celular y escribió:

Hierro.

—¿Para qué lo usan?

Roger escribió que él lo necesitaba.

—¿Qué son?

Yo no. Ellos… Cuando llegué ya estaban.

A pesar de que se lo veía tan débil, Roger escribía rapidísimo con las dos manos.

—¿Dónde está Riannon? —Silvina dejó la jeringa donde estaba sin dejar de mirarlo—. ¿Por qué no usan prótesis si son sordos?

Los ojos de Roger brillaron como si intentara reírse sin despegar los labios.

La tal Riannon siguió de largo acá. Dicen que en Cañuelas. Pero no estoy seguro.

—¿Y qué comunidad de sordos es esta? —preguntó Silvina.

No es una comunidad de sordos.

Leer eso fue como si le clavaran un puñal a Silvina. Se llevó las manos a sus orejas y luego al estómago.

—¿No?

No.

Mientras leía, Ersatz vio como Silvina se ponía pálida y el celular de Roger le temblaba en las manos. Le apoyó una mano en el hombro para tranquilizarla.

—¿Qué son entonces…? —preguntó Ersatz—. ¿Qué sos vos?

Antropólogo. Enseñaba literatura en un colegio. Tuve un problema con las autoridades. Desde acá escribí algunos artículos sobre Serenade. Alguien mezcló todo. Lo que intenté compartir con el mundo fue que eran personas que parecían sordomudas, pero no sabía bien. Aún hoy, hay cosas que no sé bien.

—¿Son humanos? —el impaciente ahora era Ersatz.

Roger lo miró como si fuera un idiota.

Fueron abandonados.

—¿Por qué no abren nunca la boca? —Ersatz parecía tener muy presente el error de Perceval.

Nacieron así. Se adaptaron. Y me enseñaron a mí. Me hicieron ver lo bueno.

Los ojos de Roger brillaban, esta vez con añoranza.

—¿Qué es lo bueno? —preguntó Silvina.

El metalero cerró los ojos como si se fuera a desmayar. Se tocó el brazo izquierdo, huesudo y pinchado. Giró la cabeza y clavó la mirada en la jeringa.

Por favor, escribió.

Silvina tomó la jeringa. No le costó encontrar el lugar donde debía inyectarla. El metalero tenía ronchas, algunas recientes y otras ya cicatrizadas.

Mientras su cuerpo recibía el líquido, Roger cerró los ojos por un momento. Luego aspiró el aire como si fuera una bendición y exhaló lentamente por los agujeros de la peluda nariz. Luego les escribió:

Este lugar no es para ustedes. Váyanse antes de la lluvia, por favor. ¡VAYANSE DE ESTE BARRIO!

—¿Por qué? —Silvina había dejado, un poco asqueada, la jeringa en la mesita.

Roger abrió más los ojos y pareció mirar entremedio de Ersatz y Silvina.

Se dieron vuelta. Desde el descanso de la escalera los observaba la adolescente con campera de cuero que habían visto el primer día al lado de Roger en lo alto.

El brillo de ira que despedían los ojos claros de la chica era acompañado por un gruñido de baja frecuencia, parecido al de Gema en el tanque, que llegó hasta los audífonos de Ersatz y Silvina desde la lejana boca apretada. A ellos los asustó todavía más los acoples que produjeron sus propias prótesis auditivas.

La adolescente clavó su mirada, ahora despechada, en Roger, giró la cabeza y desapareció por la escalera.

Roger cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia un costado. Dormía otra vez.

O había muerto…

Ersatz y Silvina se miraron un momento, perplejos. Luego Silvina, entristecida, bajó la cabeza.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 19. Nueva novela.

Leyendo Capítulo 19 de mi novela Seré nada, que trata de tres #personassordas que, luego de una nueva #pandemia , salen en búsqueda del #mito suburbano de una colonia sorda. Pero las cosas no parecen estar saliendo como pensaban y lo que encuentran puede cambiarles la #vida para siempre.

19.

Cuando bajó Silvina, el metalero estaba dormido.

Silvina aprovechó para quitarle el celular. Seguida por los otros dos se detuvo en la oscuridad del pasillo que daba a los dormitorios. Los tres inclinaron las cabezas para mirar la pantalla.

El celular no estaba bloqueado. Roger tenía instalada tres aplicaciones. Una de ellas era el mensajero. No tenía ningún mensaje guardado. Estaba programado para que se borraran.

Las otras dos aplicaciones eran una brújula que también precisaba la hora exacta del amanecer, del atardecer y del crepúsculo, y un lector de libros digitales. Los libros que tenía en el estante de la biblioteca digital eran el Mahabharata, seguido del Popol Vul y de Perceval o el cuento del Grial.

Silvina retornó al sofá. Introdujo con cuidado el borde inferior del celular en el bolsillo raído de los jeans de Roger, tratando de no despertarlo.

Volvió al pasillo y los tres entraron en silencio al dormitorio de Ersatz.

Cerraron la puerta.

Silvina y Manuel se sentaron en el piso. Ersatz en la cama, apoyando la espalda en la pared y mirando la habitación como si la desconociera. Silvina, que parecía agotada, se acariciaba los hombros. Dijo que no se alarmaran, que el dolor había desaparecido. Ersatz no sabía cómo no se había lastimado al caer de esa altura.

¿Para qué había aceptado esa idea de traerla a ese barrio? Miró las estrellas pegadas por su hermana en el techo y luego bajó la vista para mirar por sobre las cabezas de sus amigos. La habitación estaba en penumbras.

Recordó que él también había leído un libro que trataba del Grial, y decía que todo había comenzado con el libro que tenía Roger en el celular, la novela cortés de Chrétien de Troyes, quien prácticamente había inventado esa leyenda. Luego otros habían buscado el Grial como si fuera un objeto real.

En esa historia todos los problemas que tenía que enfrentar Perceval se debían a haber abandonado un castillo en el que había visto desfilar ante su mirada objetos extraños sin haber preguntado qué significaban. Eso lo había llevado al caballero medieval a muchas peripecias en el relato de Troyes y todo era por: ¡no preguntar! ¿Cuántas cosas nunca vamos a saber por no preguntarlas?, pensó Ersatz.

Compartió sus pensamientos con Silvina y Manuel. Lo miraron con preocupación y un brillo tenue en los ojos. No pudo evitar sentirse un niño al que le iban a leer un libro para que se durmiera. Necesitaba hablar para quitarse de encima ese velo que parecía haber caído sobre ellos desde que habían llegado.

—¿No estaremos enloqueciendo por el parásito? —preguntó mirando la colcha rosada de la cama.

—Er, no, por favor, eso sí que es un cuento —dijo Manuel.

—Sabés muy bien que no creemos en el Tyson21. Si no, yo también me hubiera ido de Buenos Aires —afirmó Silvina y agregó—: No hay pruebas fehacientes.

—Si Perceval le hubiera preguntado al Rey Pescador…  —comentó Ersatz, suspiró y miró a Silvina a los ojos—. Necesitaba preguntarles qué pensaban, perdón… ¿Qué es lo que hacía esa mujer en el techo?

—No se comunica mucho como para saberlo —dijo Manuel, pensativo.

—Y ese… —Ersatz señaló a través de la pared con su dedo índice—. Tiene los labios cosidos —susurró.

—Por ahí lo operaron de algo, andá a saber —comentó Silvina.

—Ahora lo van a tener que operar de algo… Y no sé dónde —dijo Ersatz.

Silvina bajó la mirada.

Manuel iba a aportar su teoría, cuando golpearon en la puerta del dormitorio.

Eran los gemelos otra vez, les dejaron dos paquetes de harina y un pedazo grande de queso fresco sobre el arrimadero que había pertenecido a la hermana de Ersatz. Luego dieron la vuelta y desaparecieron. Por esa razón Gema les había dicho que no se preocuparan…

Manuel pensó que habían interrumpido la teoría que iba a formular porque era verdadera. Murmuró que lo que pasaba ahí era que eran una secta, no una comunidad de sordos y que tal vez la colonia de Riannon había degenerado en eso al morir la fundadora.

—No me convence —dijo Silvina con la mirada clavada en el queso.

—¿El queso o lo que dije?

—Las dos cosas. Ya saben que el queso no me parece un alimento bueno.

—Es lo que hay —dijo Manuel.

—No seas desagradecida —bromeó Ersatz.

—Lo mejor va a ser que despertemos al metalero ese y le hagamos escribir un poco más —propuso Silvina—, leer le gusta así que… —agregó poniéndose de pie.

Pero cuando los tres salieron del dormitorio Roger ya no estaba.

Se lo debían haber llevado los gemelos, pensaron. No podía haber ido muy lejos con la escalera de por medio y el pie torcido. De cualquier manera, les pareció un alivio.

Manuel usó la harina para hacer la masa para dos pizzas. Separó algunos cherrys y rúcula. El queso olía bien, aunque era bastante cremoso. Lo cortó en fetas y se comió algunas, mientras esperaba que elevara la masa. Luego tomó su linterna, se agachó y abrió el horno. Tenía que poder arreglarlo.

Mientras tanto, Ersatz y Silvina salieron a la calle para buscar a Roger.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 18. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 18. Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

18.

El hombre no podía levantarse. Seguía mirando el cielo azul con los ojos abiertos ante la indiferencia de Gema que seguía en su trance.

Ersatz y Manuel lo miraban desde una distancia prudente. No sabían qué hacer. Silvina sabía algo de anatomía por el yoga, pero no podía calcular el daño que podrían causarle si lo movían del lugar en que había caído.

Tampoco sabía si el hombre la había querido ayudar al interceder para evitar que tomara el celular de la que parecía ser la cabeza de esa colonia de meditadores compulsivos.

Tal vez, era la mujer, Gema, el problema. Después de todo, seguía ahí arriba, en lo alto, como si nada hubiese ocurrido a su alrededor.

De a poco, Manuel y Ersatz se acercaron. Arrodillados al lado del largo y flaco cuerpo, vieron que uno de los pies del hombre estaba torcido.

El hombre apretaba los labios por el dolor, y aunque sus mejillas parecían dos piedras puntiagudas, no los separaba.

No había perdido el conocimiento, pestañeaba y movía los dedos largos de su mano como si quisiera levantarse con esa mínima ayuda.

Trajeron una manta, lo movieron sin que se quejara, y entre los tres lo bajaron por la escalera con cuidado.

Lo dejaron en el sofá donde Manuel había estado mirando la película, que daba la espalda a la mesa.

El metalero, con el pie más torcido, clavó la mirada en la televisión, parecía interesarle ese monstruo gigante que parecía una araña atrapado en una pantalla.

Levantó una mano grande y larga, que tenía el dedo índice con dos anillos, uno con una calavera y otro con la muerte y la hoz, y señaló a la terraza.

—¿Estás bien? —le preguntó Silvina.

El metalero metió la mano en el bolsillo delantero de sus jeans y sacó un celular, enfundado con una carcasa rojiza de Iron Maiden, en el que logró escribir lo siguiente:

No molesten a Gema.

Tenía algunos pelos blancos en la barba y varias arrugas alrededor de los ojos. Parecía ser un poco mayor que ellos y Gema.

—¿Cómo te llamás? —quiso saber Manuel.

Roger, escribió el metalero.

Hizo un gesto de dolor. Intentó separar los labios, pero por un segundo, un momento que pareció no existir, los tres vieron cómo unos hilos amarillentos que los unían le impedían hacerlo. Tenía pequeñas marcas en las comisuras de los labios. Estaban cosidos.

Cerró los ojos y negó con la cabeza como si hubiera cometido un error que quisiera remediar. Ahora, la boca estaba tan apretada como antes. Levantó la cabeza y escribió.

No quería que Gema se enoje con ustedes.

Silvina ahora se sentía un poco más culpable.

—¿Por qué? —preguntó Ersatz.

Se acerca la lluvia. Necesita sol.

Debajo había escrito el símbolo del agua, las tres rayas ondulantes, que habían visto el primer día en el celular de Gema.

Silvina volvió a la terraza. Gema ya no estaba.

El sol se había dispersado en una línea anaranjada detrás de la torre espacial de Interama.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! yEl nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 17. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 17. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

17.

Silvina, impaciente, decidió subir a la terraza para encontrar a la estatua de Gema cerca del tanque.

Caminó hasta sobrepasarla, subió los peldaños del cuarto hasta lograr asomar la cabeza en la plataforma del tanque y miró la espalda rígida de Gema. Cerca de los pies descalzos de la mujer estaba su celular.

Silvina pensó que no debían querer ninguna distracción mientras hacían su meditación diaria. En silencio, se ayudó con los brazos y logró encaramarse al techo. Caminó hasta el hueco que había debajo del tanque del agua. Ahí estaba el celular de Gema.

Estaba por agacharse para tomarlo cuando sintió que la arrastraban hacia atrás. Se sobresaltó y se inclinó hacia delante por instinto. Cerca de caer al vacío, sintió que la retenían del brazo. Por miedo a que se arrojara o de que cayeran juntos, la mano que la había tomado la dejó por un momento.

Silvina se volvió y vio que era el hombre con la remera de Megadeth. Silvina iba a gritarle a Gema. El hombre se abalanzó sobre ella. Le tapó la boca con la mano.

Eran tan largos sus brazos que la tomaba con uno solo, con el otro hacía la señal de silencio.

Pensó que quería apoyarle el bulto, ese impresentable, y trató de clavarle el codo para que retrocediera, pero era inamovible. Era extraño el olor del hombre. Una transpiración agria que le hizo recordar a la de su padrastro. Le mordió la mano.

El hombre trastabilló con el último peldaño de la escalera. Cayeron desde tres metros de altura. Por suerte, ella dio contra el cuerpo del hombre.

En el piso se deshizo del metalero, rodando dos metros para hacer fuerzas con las manos y ponerse de pie. Desde ahí, inclinada, vio que Gema seguía impertérrita.

En cambio, el metalero se había torcido el pie, y por como respiraba por la nariz, parecía que alguna costilla estaba rota.

Silvina pensó que se podían haber matado. Bajó los escalones de la escalera lo más rápido que pudo, sintiendo una punzada de dolor en el hombro.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 16. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 16. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

16.

Ersatz se despertó más temprano, como si estuviera en alerta. La luz del sol se filtraba a través de la persiana, bamboleante, mecida por el movimiento de las ramas del árbol. Observó las partículas de polvo que flotaban cerca de la ventana francesa. Pensó en que debía haber sido Gema la que mantenía limpios los pisos, las alfombras, las superficies de los muebles y los adornos de la casa, de otra manera todo debería haberlo encontrado con una capa de espeso polvo.

Se levantó, entró al baño y recordó que debía ir a llenar el balde de agua primero. Al cruzar el comedor le llegó un olor desagradable que venía de la cocina. Se acercó y vio la hinchada bolsa de residuos.

Mientras bajaba hacia el fondo, pensaba que tal vez Manuel pudiera arreglar el motor del tanque.

Volvió al baño, lo usó y al salir Silvina lo estaba esperando, arrugando la nariz, con la bolsa de residuos a sus pies.

Manuel los miraba desde su habitación, medio dormido, sentado a los pies de la cama. Ersatz agarró la bolsa. Silvina bajó adelante para correr el viejo sillón de la puerta.

Ya afuera, Manuel los alcanzó comiendo una manzana. El sol refulgía en la bolsa de residuos negra que Ersatz llevaba al hombro como en las oscuras y brillantes escaleras de la casa de Gema y en la chapa del portón de la fábrica.

—¡¿Tenés hambre?! —le preguntó Silvina.

—¿Vos no?

Silvina y Ersatz lo miraron como si estuviera loco mientras se alejaban calle abajo. El aire fresco les vino bien a los tres. El pollo había dejado un olor a carne putrefacta en toda la casa.

—¿Qué le darán de comer a esos bichos? —preguntó Ersatz.

Querían tirar sus residuos donde no les molestaran a los demás vecinos. Así que caminaron unas cuadras hacia el oeste para dejar caer la bolsa en un matorral.

A la vuelta, miraban hacia el sol cada tanto como si escondiera alguna respuesta. Alejados, a seis cuadras de la casa, constataron que en esa zona tampoco había cabezas en las terrazas apuntando al sol.

Mientras se iban acercando empezaron a aparecer en lo alto.

La mujer con el rodete en el mismo lugar y apuntando hacia la misma dirección que el día anterior. El de pelo largo entrecano con la remera colorida, estampada con un dibujo que decía Megadeth, haciendo lo mismo. Los gemelos en su techo. El del polar en la terraza del antiguo almacén. Notaron que faltaba la chica que habían visto antes al lado del metalero, como habían apodado al de remera roquera.

Al cruzar la esquina de la cuadra en la que estaba la casa de los padres de Ersatz miraron hacia la derecha para ver si Gema estaba de pie, erguida, sobre el auto. Pero no había nadie.

Cruzaron algunos gatos famélicos que se dirigían en dirección contraria a la de ellos, parecían haber olido ya la basura. También les pareció ver un carancho, y no estaban seguros si iba tras la basura o tras los gatos.

Hacia la izquierda, en el pastizal de la esquina, se veían mariposas lecheras rondando las flores de color violeta plateado de los cardos.

Antes de almorzar subieron a la terraza. Los tres vieron que los habitantes del barrio seguían en sus puestos con la cara apuntando al sol. No podían estar seguros, pero parecían tener, a diferencia de Gema el día anterior, los ojos abiertos, como si el sol no les molestara.

Ellos apenas podían mirar unos segundos hacia lo alto con ese sol tan fuerte. Se acercaron a la baranda de hierro de la terraza para ver si veían a Gema vagando por las calles o la podían distinguir entre los arbustos de algún fondo.

Estaban en eso cuando oyeron un gruñido. Silvina debía estar muy concentrada en encontrar a lo que buscaba ya que no se dio vuelta. En cambio, Ersatz lo hizo de inmediato y Manuel también. No podían creerlo.

En la terraza de la casa de Ersatz había una habitación pequeña en la que sus padres guardaban muebles viejos, una construcción con peldaños de hierro adosados que permitían subir al techo en el cual había cuatro columnas que sostenían al tanque de agua de cemento, enorme y cuadrado, que su abuelo había construido. A su vez, para llegar a la tapa del tanque había que subir por una pequeña escalera de metal. En el vértice de la plataforma que a la vez era techo de la habitación y sostén del tanque de agua, Gema estaba clavada de espaldas mirando al sol.

Manuel tiró de la remera de mangas largas de Silvina para que se volteara. Silvina se sobresaltó.

Los tres caminaron hasta sobrepasar a Gema y la observaron de frente. Tenía los ojos bien abiertos. Estaba incólume, adorando al sol como si fuera a desaparecer de un momento a otro.

La espalda erguida, su remera negra flotaba sobre su ombligo, donde tenía un dije con una piedra que brillaba como un diamante.

Siguieron la mirada de Gema para constatar que no había nada extraño en el horizonte.

Luego volvieron a mirarla, sorprendidos por el poder de concentración de la mujer. Estaba demasiado cerca del vacío. Si se mareaba, ni siquiera alcanzaría a manotear la escalerilla.

Notaron que Gema tenía un poco de barriga, como si estuviera en los primeros meses de un embarazo.

Silvina se despegó del grupo para mirar a los otros que estaban en las demás terrazas haciendo lo mismo que Gema. Seguían inmutables.

Para Silvina, era desesperante. ¿Por eso había alentado a sus amigos a viajar a una comunidad donde esperaba compartir la vida con nuevas personas, personas que deberían ser parecidos a ellos? ¿Qué era lo que hacían?

—No sé qué hace —murmuró Manuel.

Silvina se acercó otra vez al tanque.

—¡Gema! —le gritó.

Ni un músculo de la cara de la mujer se movió. El labio superior parecía pegado con cemento al inferior.

—¡Hola! —insistió Silvina.

Gema parpadeó y giró la cabeza lentamente para mirar a Silvina con un menosprecio que impidió que nadie dijera nada más. Su mirada imploraba que desaparecieran de su vista.

Estuvieron media hora esperando para ver si Gema cambiaba de posición. Aunque Manuel a los quince minutos se aburrió y bajó por las escaleras.

Lo encontraron en el comedor, arrellanado en el sofá mirando la televisión de tubos de 29 pulgadas que habían dejado los padres de Ersatz. Se las había arreglado para encontrar unos VHS y estaba mirando Brain Dead.

—Es la segunda película de Jackson esa, creo —le explicó Ersatz.

—¿No tenías alguna de Batman? ¿Superman?

—No vendían de esas en los videoclubs en quiebra.

—¿Todavía sigue ahí? —preguntó Manuel.

Ersatz asintió y se sentó a mirar la película con su amigo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Para más información: https://adriangastonfares.com/acerca-de-mi/

Seré nada / Serenade. 15. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 15. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos.

Seré nada / Serenade. 14. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Pueden escuchar la lectura del Capítulo 14.

14.

Gema estaba en el descanso de la escalera pintada de color negro de la casa de enfrente. Silvina le hablaba, mirando hacia arriba. Luego se inclinó para recoger un papel que la mujer había dejado caer. Giró y se acercó a los dos. Les dio el nuevo mensaje de Gema. Pudieron descubrir la escritura temblorosa que habían visto en la hoja con la que se presentó, parecía la de un niño.

No preocuparse. Decía.

—Le pregunté dónde podíamos comprar algo para comer —contó Silvina.

Los tres subieron a la terraza y observaron desde arriba para ver si había árboles frutales a la vista. Descubrieron unos limoneros en lo que parecía ser el fondo de una casa vecina. En otra casa, un naranjo. Más allá, un manzano.

Ersatz comentó que la dueña de la casa del manzano solía regalarle también quinotos a su madre con la que ella hacía una rica mermelada. Silvina frunció los labios y dijo que prefería las manzanas. Por lo que sabía Ersatz, la casa estaba abandonada desde antes de que se fueran sus padres. Silvina propuso que cuanto antes fueran a recoger los frutos.

La casa quedaba en la misma cuadra, cerca de la esquina más alejada. Caminaron rápido y mirando hacia todos lados hasta que Ersatz los detuvo en una fachada con cerámicas blancas y negras. En donde debería haber estado el timbre había un hueco con cables finos enrollados. Manuel golpeó la puerta de chapa blanca. No hubo respuesta. Ersatz negó con la cabeza. Intentaron mirar por la ventana rectangular de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta, pero se veía todo borroso. El agujero de la cerradura estaba a la vista. Faltaba la manija metálica. Manuel empujó la puerta. No se abrió. Sobre sus cabezas, vieron una fila de vidrios de botellas partidas, cementadas de punta a punta en el bordillo de la fachada.

Ersatz no pudo evitar recordar que había entrado a recoger los frutos más altos con Felipe, uno de sus amigos. Antes de que Ramoncito lo hiciera desaparecer de la tierra.

Silvina y Manuel retrocedieron unos pasos para observar las casas vecinas. Tal vez podrían colarse por las medianeras. Ersatz sintió que la piel del cuello se le erizaba. ¿Qué pasaría en el barrio? ¿Una muda pelada que dijo no ser sorda? ¿Personas erguidas en los techos?

Silvina movía la cabeza. Manuel se acercó y revoleó una patada a la puerta. Nada. Ersatz se quedó mirando a su amigo.

—Yo no pienso entrar —dijo.

¿Por qué le pasaba en la vida cosas raras? ¿No era raro estar otra vez ahí en la puerta de la vieja esa? Nunca sabía si las cosas que le ocurrían eran para reír o para llorar.

Cuando en el chat, meses atrás, habían discutido sobre ese tema, los tres convinieron en que las cosas raras que le pasaban a Ersatz tenían que ver con la sordera. No era el único. A los otros dos también, por ejemplo, se les acercaban personas que habían sido rechazadas por la sociedad para buscar refugio en una comprensión que sabían que iban a obtener con ellos. Tenían como un imán para eso. Silvina decía que era la energía, pero Ersatz no creía en eso. No creía, pero sabía por experiencia que cuando las cosas se ponen feas uno cree en cualquier cosa.

En la penúltima epidemia, la de gripe —no la del parásito—, recordaba haber chateado en una aplicación de citas con una chica que estaba eufórica porque una antena había captado una señal que, supuestamente, confirmaba la existencia de un universo paralelo al nuestro. Él también se había puesto contento. Pero nunca se comprobó. Todavía la noticia era falsa, no habían podido encontrar nada real fuera de algunas fórmulas matemáticas.

¿Por qué las personas ansiaban un mundo paralelo? ¿Qué había sido de este que, por lo menos, parecía realmente existir? Un golpe sordo lo alejó de sus pensamientos.

Manuel había vuelto a golpear con el hombro la chapa de la puerta. No cedía. Silvina le comentó a Ersatz que los nuevos dueños podrían ser sordos y por eso no los habían escuchado llamar. Ersatz los arengó diciendo que iban a necesitar alimentarse. Manuel retrocedió hasta el pórtico de la casa anterior, se encaramó a la reja y de ahí pasó a la medianera que no tenía pedazos de botellas de vidrio. Luego dio un salto.

Silvina y Ersatz esperaron, atentos por si aparecía alguien doblando en la esquina cercana o, del otro lado, bajando los escalones de la casa donde parecía vivir Gema.

Manuel abrió la ventana de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta de la casa.

—Es una selva —dijo.

Ersatz sabía que ese terreno tenía cañas de azúcar y que era el más agreste de toda la manzana.

—No hay casa —agregó Manuel.

—Creo que la mujer se la había vendido a unos bolivianos. —Ersatz se dio vuelta para mirar a Silvina—. Si es así tenemos suerte, la querían de terreno, porque tenían una verdulería.

—Hay muchos tomates—. Manuel volvió a perderse detrás de la ventanita.

Silvina suspiró. Una buena noticia, por lo menos. Seguía preocupada y avergonzada pero la perspectiva de una huerta orgánica la había animado. Ersatz tenía clavada la mirada en la casa de Gema.

—¡Vamos! —pidió Manuel.

Por la ventana de la puerta les pasaron las bolsas. Mientras esperaban, se adelantaron hacia la esquina para ver si podían descubrir alguna persona nueva en las terrazas de la siguiente cuadra. Nada.

Ersatz no pudo dejar de apreciar el tener a Silvina al lado. ¿Cuántas chicas había traído a conocer a su familia y al barrio? Tres, por lo menos. Todas se habían perdido en la vorágine de la vida y jamás las había vuelvo a ver. Silvina tenía esa particularidad de hacerlo sentir tranquilo. No estaba nervioso como cuando visitaba el barrio con las otras. Debía ser porque eran sólo amigos, pensó.

Manuel los llamó, desde la medianera les arrojó las bolsas anudadas y repletas. Luego descendió hasta la reja y pegó un salto. Apenas estuvo abajo, abrió una de las bolsas como si fuera un tesoro y les mostró que estaba llena de tomates comunes, cherrys, manzanas y varios manojos de rúcula.

Estaban por la mitad de la cuadra cuando aparecieron en la esquina los dos hombres con conjuntos deportivos que habían visto la noche anterior en uno de los techos. Altos, esmirriados como los otros. Pelo crespo, corto y negro. En sus rostros ovalados, de ojos grandes, no se podía leer ninguna emoción. Eran iguales, gemelos. Lo único que los diferenciaba era el color de la ropa, gris claro en uno y negra en el otro.  Las zapatillas de los dos alguna vez habían sido blancas.

—Hola —dijo Silvina.

Manuel saludó con la mano. Ersatz los miró de lleno.

Los gemelos no contestaron. Siguieron caminando y los dejaron atrás, como si ninguno de los tres existiera.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. 13. Nueva novela.

Leyendo el capítulo 13 de Seré nada por Adrián Gastón Fares. Audio completo.

13.

La invitaron a sentarse a la mesa. Con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, muy erguida y con los hombros separados, Gema los miró con una mirada vacía.

Le convidaron una manzana. Negó con la cabeza.

Tenía la cara y el cuello bronceados por el sol. Dieron por sentado que era lampiña, más que rasurada, los pelos de las cejas parecían rubios, pero dos o tres y no había rastros de pelusas en su labio superior ni cabello en ninguna parte de su rostro, antebrazos y manos.

No era tan alta como parecían ser algunos de los demás que habían visto en las terrazas. Parecía ser de la misma altura que Manuel, que medía un metro ochenta y cinco.

Silvina no anduvo con muchas vueltas:

—¿Conoce a Riannon?

Gema levantó y sacudió su dedo índice.

—¿Dónde está? —insistió Silvina bajando las cejas y clavando la mirada en los ojos de la mujer como si tuviera que resolver un crimen.

Gema hurgó en la parte superior de su calza, sacó su celular y escribió algo.

Decía: No Rano.

Silvina escribió en el bloc de notas de su celular el nombre Riannon y se lo mostró a Gema, sosteniendo la mirada en la inclinada pelada de la mujer, que en seguida levantó la cabeza y la sacudió fervientemente, como para terminar con las preguntas.

—¿Cuántos son en la colonia de sordomudos? —preguntó Manuel.

Gema volvió a escribir en su teléfono con rapidez: No sordomudos.

—¿Sordos? —dijo Silvina.

Gema escribió y les mostró la pantalla de su celular: NadaNo, decía, así, sin puntuación ni separación entre las palabras como si la mujer ya quisiera sacárselos de encima.

—¿Personas sordas? —intentó Ersatz.

Gema no movió la cabeza y no contestó la pregunta. Un rayo de sol traspasó las hojas del olivo y marcó su cara. Cerró los ojos.

El teléfono de Manuel vibró. Lo tomó. Era un mensaje de Silvina que había escrito al grupo La Oreja.

Ersatz, sentado a la punta de la mesa cercana a la puerta de la escalera trasera, no podía quitar los ojos del perfil estoico de Gema; estaba pensando si se parecía a alguna ex vecina.  No recordaba a ninguna con ese rostro… Vio el mensaje de Silvina, pero no le dio importancia.

El mensaje decía:

No tiene nada en el oído.

Manuel frunció la boca, como no dándole importancia a ese detalle.

—¿No usan ninguna prótesis? ¿Lengua de señas para comunicarse? —preguntó Silvina.

Gema abrió los ojos, los achinó, por primera vez cambiando un poco la expresión de su rostro, y escribió, ya medio cansada de las preguntas:

Esto.

Se quedó con la cabeza inclinada observando su celular.

De repente, el teléfono vibró y apareció un mensaje. En negrita vieron que el remitente era un tal Roger. Debajo se veían dos símbolos, separados por varias palabras. Los símbolos no eran emoticones, no tenían color; eran simples símbolos alfanuméricos. Gema levantó su celular y contestó el mensaje.

Silvina, que de repente parecía competir con Gema en velocidad de tipeo, escribió en el grupo La Oreja:

¿Vieron algo? ¿Qué decía?

Manuel leyó el mensaje y la miró, perplejo. Ersatz vio el mensaje, apretó los labios y miró hacia abajo.

Silvina quitó la mirada y la dejó caer más allá de la espalda de Gema, como perdiendo la paciencia y a la vez buscando una explicación que se ajustara a lo que había pensado que ocurriría cuando Riannon los recibiera.

Luego, todos miraron de lleno a Gema, que seguía tecleando en el celular, aparentemente despreocupada. Las uñas que tenía eran bastante largas y estaban un poco sucias.

Gema se levantó de la silla, se acercó a la estufa en el vértice de la habitación, se agachó para juntar una de las rosas enanas que estaba en el piso, la ubicó al pie de la Virgen negra con las otras y juntó las palmas de las manos. Hizo una reverencia. Giró en redondo y caminó hacia la escalera por donde descendió sin apuro.

Los tres se miraron desconcertados.

—¿Dónde encontraste esa nota que nos pasaste? —preguntó Ersatz.

—En Internet. ¿Dónde va a ser? —dijo Silvina.

—Pensé que te la había recomendado alguna del foro.

—No.

Ersatz sonrió. Manuel lo siguió. Silvina apretó la boca y cerró los ojos, molesta.

—Yo vi el símbolo del sol —dijo Silvina—. El signo astrológico del sol, un círculo con un punto. Estoy segura. Y entremedio era castellano mal escrito. Después había algo más que no vi.

—A mí me pareció ver un jeroglífico egipcio… En serio digo, eh —dijo Ersatz.

—No estoy seguro… —dijo Manuel.

—Pensé que aunque sea nos iba a pasar el número de teléfono —se lamentó Silvina.

—No nos conocen todavía… —comentó Manuel.

—¿Nadie entendió la oración completa?  —preguntó Silvina.

—Yo vi algo que parecían tres alambres; uno arriba de otro —dijo Manuel.

—Ése digo yo… Es el que me pareció un jeroglífico. —Ersatz miraba los libros que había en los estantes superiores del mueble que separaba el vestíbulo de la cocina. Uno, de tapa grande, se llamaba Los misterios del Nilo.

Silvina siguió la mirada de Ersatz.

—Nada de Egipto.

—¿Maya? —preguntó Ersatz.

—Y después decís que yo creo en cosas raras… Nada de eso… Eran símbolos simples. Y el resto, palabras, castellano, basta. —Silvina fue tajante.

Convinieron en que era imposible descifrar las pocas palabras que habían visto en el celular de Gema.

Silvina, que seguía empecinada en demostrar que no se había equivocado, aunque no había signos de Riannon ni de comunidad sorda, se levantó y bajó corriendo a la calle por las escaleras.

Ersatz y Manuel la siguieron.

por Adrián Gastón Fares

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 12. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 12.

12.

El sol se colaba por las persianas. Aunque Ersatz pensó en seguir durmiendo, debía levantarse. Se colocó las prótesis auditivas en los oídos, salió del dormitorio y cruzó el pasillo.

Encontró a Silvina preparando un desayuno con las frutas y el café instantáneo que había traído. Manuel simulaba leer una hoja de un diario como si fuera su padre. Habían levantado la persiana.

Ninguno de los tres usaba los audífonos al despertar en la soledad de sus casas, no tenía sentido, pero esa mañana, como estaban juntos, se los habían colocado y parecían estar más distendidos y comunicativos.

—Vamos que llegamos tarde al colegio, Er —dijo Manuel.

—¡Cómo dormiste! Por ahora no hay señales de tu vecina —dijo Silvina.

—Son las pastillas —contestó, Ersatz—. El problema es que muchas no me quedan, voy a tener que partirlas.

—Tengo algunas parecidas —dijo Silvina y agregó—: No hay ningún negocio abierto. El almacén está cerrado.

—¿Qué esperabas? —comentó Ersatz, medio dormido todavía.

Bebió el café y comió la mitad de una manzana, mientras los rayos de sol atravesaban las hojas del olivo. Luego, salieron los tres juntos rumbo al oeste. En la terraza sobre el almacén, que como había dicho Silvina estaba cerrado y tenía las persianas oxidadas y bajas resaltaba contra el cielo límpido la figura de un espantapájaros negro.

Eso pensaron, pero al cruzar la calle y estar en la vereda del negocio, quedó claro que era un hombre con un polar negro. Les daba la espalda y estaba en una posición bastante erguida para estar apoyado contra una pared. Tenía el pelo oscuro corto, rapado en los costados de la cabeza y en la nuca. El sol hacía brillar algo en una de sus orejas. Parecía ser un aro plateado, en vez de un audífono. Su cara estaba apuntando directamente al sol.

—¡Señor! ¡Hola! ¡Señor! —gritó Silvina.

El hombre siguió erguido sin girar la cabeza ni inmutarse en lo más mínimo. Manuel codeó a Silvina. Ersatz creyó que eso quería decir que el hombre era una persona sorda, más sordo que ellos, y que por lo tanto era una señal de que estaban en Serenade.

—Ya habrá tiempo para hacer sociales. —Ersatz hizo una seña para que siguieran caminando.

Los tres pasaron por la casa de la abuela de Ersatz, que no se tomó el tiempo esta vez de explicar que esa había sido la casa de su abuela. No tenía ganas de hacerlo. Por esa puerta había salido miles de veces para subirse al colectivo escolar.

Llegaron a la esquina, donde estaba el quiosco de la bruja. Era una mujer que antaño abría una ventanita cuando él iba a comprar caramelos y tenía las uñas largas, el pelo largo, arácnido, y la cara afilada. La ventanita seguía estando, cerrada, detrás de unos tupidos helechos. Ersatz tampoco dijo nada, pero los hizo doblar a la izquierda y cruzar para ver si seguía abierto el supermercado chino.

En la esquina opuesta al quiosco, vieron unos escalones entre unos matorrales que subían hasta un altar. La estatua de Gauchito Gil apenas se veía entre los arbustos.

La entrada del supermercado era una pared ahora. El cartel estaba apoyado contra el cemento. La garita de seguridad tenía los cristales sucios. Manuel se asomó para mirar y movió la cabeza. Ersatz comentó que en la penúltima epidemia los chinos les tomaban la temperatura a los clientes antes de dejarlos pasar. No sabía dónde iban a comprar alimentos, pero no dijo nada para no impacientar a sus amigos, que parecían más esperanzados que él.

Hicieron cuatro cuadras hacia la avenida San Martín, la misma por la que habían llegado, y no se cruzaron con nadie. Sólo un gato de pelaje amarillento y grasoso se deslizó ante ellos para esconderse. Más casas y coches abandonados en las veredas, cortando el paso. Caminaron una cuadra por la avenida desierta y volvieron por la calle que desembocaba en la esquina de la casa que ocupaban.

Casi al final del camino de vuelta, escucharon a unas cotorras que parecían haber descendido sobre un plátano y levantaron las cabezas. Debía ser cerca del mediodía. El sol brillaba fuerte. Tanto que no dejaba mirar al cielo con los ojos abiertos. Pero al girar las cabezas, entre los manchones rojizos que les produjo el sol, vieron otras de mujeres y hombres con los cuerpos erguidos en las terrazas. Los rostros apuntaban hacia el mismo lugar. Las manchas rojizas desaparecieron y pudieron ver mejor.

En una terraza había un hombre con pelo largo entrecano y una remera negra con una inscripción colorida acompañado de una adolescente con una campera de cuero. Dos hombres con conjuntos deportivos con la misma complexión física, compartían un techo. La mujer de rodete y vestido oscuro despuntaba en el techo en que la habían visto la noche anterior. Todos eran muy altos, extremadamente delgados, casi raquíticos. Más allá, sobre el almacén, les daba la espalda el hombre de polar oscuro que habían visto al principio de la caminata. Notaron que era casi tan alto como los demás. Con la vista cansada, bajaron las cabezas.

En la esquina de donde estaban parando, había una mujer con la cabeza rapada que estaba haciendo lo mismo que el resto de las personas avistadas, pero en este caso sobre el techo de un descolorido coche abandonado. Vestía de negro, calzas y remera, parecía no tener frío y cuando rodearon el coche para verla de frente, descubrieron que tenía los ojos cerrados y las palmas de las manos expuestas, como los otros, hacia el sol.

Los tres buscaron con la mirada detrás de las orejas de la mujer alguna prótesis auditiva, audífono, implante o lo que fuera. Nada.

Silvina, que había dado por sentado que la mujer era sorda, dijo que era Tadasana, la postura de la montaña, que ella intercalaba en sus clases de yoga.

Todos notaron que la mujer, como los demás en lo alto, salvo la adolescente, parecían ser de la misma edad. La misma que la de ellos o un poco más jóvenes.

—Perdón que la moleste —dijo Silvina.

La mujer ni se inmutó.

—Señora —agregó—, estamos buscando un lugar para comprar comida. ¿Podría ayudarnos?

Ersatz creyó ver que las líneas de las comisuras de los labios de la mujer se alargaban.

Sea como fuera, reaccionó, entreabrió los ojos, sin despegar los labios y estiró el brazo con los dedos de la mano abiertos como pidiendo que no la distraigan.

—¿Sabe si estamos en Serenade? —insistió Silvina.

La mujer levantó más la mano y siguió erguida sin contestar la pregunta de Silvina.

Esperaron, pero no hubo caso. Ella y los demás seguían en lo mismo, imperturbables.

Volvieron a la casa. Subieron con los hombros caídos y comieron más frutas. Evitaban mirarse a los ojos para no profundizar el sentimiento de incertidumbre con preguntas, cuando, de repente, detrás de Silvina, apareció en el descanso de la escalera la mujer rapada.

Silvina se dio vuelta rápidamente porque vio la cara sorprendida de los otros dos.

Tenía un papel que decía: Hola Gema.

Luego lo dio vuelta para mostrarles lo que había escrito en el anverso:

Serenade Es.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 11. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 11.

11.

La otra cosa inexplicable, además de ese altar pagano que parecían conformar la mandíbula pintada de negro del tiburón y la oscurecida Virgen debajo, sobre la tapa de una estufa empotrada a la pared, era que todos los adornos estaban limpios, libres del polvo que solía acumularse en las casas abandonadas. Sólo la alfombra del amplio vestíbulo tenía una mancha color bordó, seguramente una quemadura del sol, que entraría por alguna persiana rota de día. Las persianas estaban totalmente bajas por lo que la oscuridad sin las linternas era total.

Silvina enfocó a la Virgen con su linterna. La estatua era de un negro terroso, natural, como si la piedra en la que la hierática virgen había sido tallada se hubiera ennegrecido hacía mucho tiempo. Pero negro al fin.

—Santos y Budas tenían. Vírgenes ninguna… —dijo Ersatz.

La luz del pasillo que daba al baño y a los dormitorios funcionaba. Las máscaras hindúes les dieron la bienvenida mientras Ersatz le decía a Silvina que ella ocuparía la habitación de sus padres. Tendría la cama más amplia y cómoda. Vieron que la cubría colchas raídas pero que parecían limpias. A Manuel le ofreció la suya, convertida por la familia en una especie de desván que todavía tenía sillas y escritorios viejos. Él dormiría en la habitación de su hermana, donde ella había pegado unas estrellas fotoluminiscentes que de noche formaban una constelación de estrellas verdosas, un sistema solar único, según recordaba.

Dejaron las mochilas y se encaminaron hacia el comedor con las linternas. Ersatz probó una llave en la puerta que daba al descanso de la escalera trasera. La puerta se abrió, crujiendo. Por esta escalera se descendía al jardín y se subía a la terraza.

Detrás de las rejas de la escalera observaron el jardín. El olivo estaba en su lugar, había crecido muchísimo y estaba casi pegado a la ventana. Apuntaron las linternas hacia abajo. Casi no había césped, las hojas amarillas del olivo habían tapado todo. En los canteros la planta de la moneda parecía un tótem muy alto y los helechos y las palmeras pequeñas habían dominado lo demás.

Los haces de luz de la linterna de los tres barrían el fondo. Manuel iluminó lo que parecía ser la oquedad del caparazón de una tortuga. Ersatz pensó que sus padres no podían haber abandonado a Tila, aunque no lo sabía. Si era su mascota, desde la última vez que la había visto había tenido tiempo para crecer mucho y para un día quedar boca arriba para siempre.

Subieron a la terraza para observar el barrio desde arriba. A lo lejos se distinguían cuadras iluminadas por lámparas viejas, amarillentas, diferentes a la fría que los iluminaba.

Todo parecía desierto y silencioso. En los otros techos y terrazas, sólo se veían antenas antiguas de televisión digital, aparatos de aire acondicionado y tanques de agua. Ersatz notó que una parrilla con la chimenea vencida contra una medianera más baja sobresalía y parecía el capirote de un enano. Los tanques, en cambio, eran pulgares hinchados de gigantes. Pensó que en su infancia en ese barrio había sido vital tener algo de imaginación.

La terraza donde estaban ellos era algo más alta, pero en las demás se podía pasar de una a otra sólo dando un salto. En general, sólo un pasillo delgado las separaba.

Cuando llegaron al enrejado que daba a la calle vieron en una de las terrazas de la manzana de enfrente a una mujer cerca de un tanque de un tono azulado. Como estaba varios metros por encima de los faroles de la calle, no llegaban a verle la cara. Se veía que tenía el pelo atado, formando un rodete y que tenía un vestido oscuro que el viento arremolinaba. Parecía tener un balde en la mano. Manuel comentó que debía estar juntando agua de alguna canilla que debía tener el tanque.

Silvina lo tomó del brazo a Ersatz y se apretó contra él. Entendió que su amiga pensaba que podría ser la mítica Riannon, la fundadora de Serenade.

Manuel preguntó cómo les decían a los pobladores de Serenade y Silvina respondió que no sabía, que tal vez les decían serenados. Ersatz, precavido, les recordó que podía ser una vecina que se hubiera quedado en el barrio solo para ir a la contra del resto de los vecinos. Le hicieron señas con las manos a la mujer, pero ahora estaba agachada al lado del balde. Luego se giró y desapareció como si hubiera caído en un agujero en la terraza. ¿Se había escondido de ellos?

Giraron hacia el norte y miraron a ver si veían a otras personas. Las luces de la Torre Interama seguían titilando de manera intermitente, tres rojas y una blanca en la punta. Entonces, el cielo les robó la atención.

Más allá de la línea rosada hundida en el horizonte donde estaba perdido el sol, las estrellas y la luna, menguante, ya podían verse.

Hacía tanto tiempo que no veían algo así, que se quedaron sin aliento, mirándose de reojo entre ellos.

Luego convinieron en que era hora de descansar para levantarse temprano al otro día y tratar por lo menos de hablar con esa mujer.

Bajaron las escaleras, entraron, cerraron la puerta y cada uno se fue a sus nuevos aposentos. Estaban cansados por el viaje a pie, pero el sueño no llegaba fácilmente.

Silvina pensaba en cenas al aire libre con otros sordos entre parras y vasos de vino. Manuel se veía corriendo con jóvenes sordos por las calles silenciosas. Ersatz no podía conectar con sus sentimientos, era un resabio de lo duro y desapegado que se había convertido con el tiempo.

Había llorado demasiado, incluso en esa casa, enrollado en el suelo del garaje cuando se había juntado el diagnóstico tardío de sordera y la partida a otro país de una novia de ese entonces. Fue demasiado para él, y nunca volvió a ser el mismo, lo había acumulado en su alma y según su punto de vista, había trascendido esa realidad enfrentando a sus padres y a sí mismo. Sentía como si el feto lloroso del garaje fuera él, pero a la vez no fuera él. Y eso era lo mejor que podía pasarle, se dijo. Aunque siempre pensaba en qué significaba ese creciente desapego. Recordó que no había tomado la pastilla.

Encendió la luz, rebuscó en su mochila, y se tragó el sedante. Frente a la cama había un estante con pequeñas muñecas y castillos de cerámica. Una torre estaba caída. La levantó. Luego apagó la luz y volvió a tirarse en la cama.

De pronto, el universo cobró vida en la oscuridad. Las estrellas de su hermana se habían cargado de energía. Ersatz contempló el techo, pero había algo que no cuajaba.

La luna parecía estar más alejada, como si la hubieran usado para marcar un planeta más grande y distante, y ya no ocupara el lugar de un satélite. Las estrellas formaban espirales. La cosmografía parecía haber cambiado desde el lejano feriado en que había dormido en esa cama.

En un momento se mareó, tuvo que dejar de mirar las estrellas. Se dio vuelta en la cama y se quedó dormido.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 10. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 10. Resumen: El grupo logra entrar a la que fuera la casa de los padres de Ersatz. Notan que un particular adorno está pintado de negro azabache. Y a los pies de una inesperada estatua descubren una ofrenda.

10.

Ersatz introdujo la llave en la cerradura y la giró dos veces. La puerta no se abría. Silvina probó y comentó que estaba trabada. La puerta se había hinchado… Manuel los apartó y la abrió con un golpe de hombro. Ersatz lo miró con reproche, pero no quería retar a su amigo en un momento tan importante como la llegada a su antigua casa.

Sabía que adentro debía actuar con más frialdad. Que no debía dejar que los recuerdos duros lo alcanzaran. Ya había pasado por ahí en la penúltima epidemia, antes de que todos se fueran. Ya había tenido tiempo para repasar su vida mucho antes, las otras veces que había vuelto a la casa de sus padres. Como en ese feriado donde había enfrentado al fantasma del otro adolescente que había sido, ese que no sabía que tenía sordera e iba a un secundario con chicos que no sabían que podían escuchar normalmente. Era otra manera de pensarlo, se dijo.

Para él estaban frente a una casa a la que había vuelto ahora por esas cosas raras que tenía la vida. Estaba con sus dos mejores amigos, personas en las que se veía reflejado y con las que se entendía casi sin hablar.

Palpó la rugosa pared en la oscuridad. Prendió el interruptor de la luz. Ante ellos se iluminó la larga y empinada escalera que llevaba a la planta alta. Ersatz les dijo que subieran mientras extraía su linterna de la mochila y se metía por una puerta al costado, dejando la luz cálida recién encendida para hacer una pausa en la penumbra. Esa planta, más allá del garaje donde su madre enseñaba música, había quedado sin construir. Buscó con el haz de luz al piano hasta que recordó que sus padres lo habían regalado. Por suerte, había sido mucho antes del Tyson21, si no tal vez los hubieran diagnosticado.

Encontró cucarachas muertas dispersas. Se detuvo a mirar a uno de los insectos muertos que, en su eternidad boca arriba, parecía sonreír.

Sin el lustre de correoso bronce que hace que una cucaracha parezca un bicho pegajoso, el que le erizaba la piel a Ersatz que las detestaba, la cucaracha era un insecto amigable, que parecía haber muerto feliz, con sus ojos sobresalientes y su estómago hundido y blanco. Ersatz no sabía si la costra blancuzca era por la putrefacción o si eran rastros del veneno que la había matado…

Silvina y Manuel lo estaban esperado arriba. Las luces del vestíbulo y del comedor no encendían. Manuel alumbró todos los adornos que habían dejado los padres de Ersatz, unos leones chinos, un sol azteca, jarrones y platos cerámicos en la pared. Todos, incluso Ersatz, se sobresaltaron cuando iluminaron a la dentadura del tiburón que estaba colgada en la pared del comedor, al lado de la ventana que daba al fondo.

Ersatz los tranquilizó explicándoles que sus padres habían traído ese pequeño adorno de su viaje de luna de miel en Punta del Diablo… pero también les dijo que no se explicaba la intervención que le habían hecho.

El cartílago de la mandíbula del tiburón antes había sido de un color blanco amarillento. Ahora estaba pintado de negro azabache y los dientes replegados no parecían pertenecer a una criatura muerta de este planeta. Debajo del esqueleto del escualo, había otra cosa oscura. Una Virgen de unos veinte centímetros. A sus pies tenía un colchón de pétalos de rosas enanas, parecidas a las que habían visto en el vivero.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Serenade / Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Capítulo 8. Nueva Novela.

Seré Nada. Leyendo el Capítulo 8. Resumen: Ersatz, Silvina y Manuel llegan a la avenida San Martín, en Lanús y aunque el barrio parece deshabitado encuentran una esperanza, un indicio de la supuesta colonia Serenade, en una peluquería. Toman el camino hacia la casa donde Ersatz creció.

8.

Más allá de la primera corchea, lo que conocía de antaño Ersatz estaba clausurado, las puertas tapiadas y los cristales de las ventanas rotos. Las casas de fiestas tenían fachadas pintadas de un tono negro hollín y parecían más velatorios que otra cosa. Un colectivo de la línea 20 estaba recubierto de musgo y óxido en partes iguales. Los árboles quebrados y los troncos con ramas secas caídos sobre techos de comercios. Ersatz recordó que hacía rato que no llovía por lo que se esperaba tiempo inestable.

Se sentaron en la parada del cartel de colectivo que había en la heladería Carlos and Charlie´s para comer los sándwiches que se habían preparado. El enrejado de la persiana estaba aserruchado. Ersatz se acercó a los tachos de helado, que estaban repletos de cucarachas muertas. Tuvo arcadas y sostuvo el vómito. Silvina lo alentó diciéndole que ya estaban cerca.

Los supermercados chinos daban algo de color amarillo o rojo a la avenida, aunque las puertas de chapa deslizantes estaban cerradas con candados. En esa zona había más casas de repuestos de autos por todos lados, con carteles blanqueados por el tiempo. También, más recientes, remiserías cerradas pero que conservaban el cartel de Tomo auto. Negocios de venta de membranas. Edificios con ladrillos a la vista y sin fachadas aún, signo del progreso urbanístico detenido.

Concesionarias con autos abandonados en la vereda. Fábricas con el portal de entrada de vehículos cerrado, y oficinas superiores con vidrios sucios. El verde de algunos árboles jóvenes se mezclaba con el color ocre de los viejos y secos.

La A de la Asociación de Amigos de la calle Coronal D´elía seguía tan herrumbrosa como siempre. El árbol que la acompañaba había perdido todas las hojas y la casa blanca con puerta celeste antigua de la esquina parecía una pulpería abandonada en el medio de la pampa.

En ese lugar había otra única corchea, esta vez era un grafiti sobre las pesadas persianas metálicas cerradas. Un cartel estaba tirado en el piso, doblado, Manuel lo dio vuelta con el pie. Vieron que decía Compostura de Calzado.

Del otro lado de la calle, había un camión largo cruzado en zigzag como una lombriz muerta y calcificada por el sol. Más edificios nuevos abandonados en la primera planta, algunos en los cimientos. Una pancarta de tela rafia blanca, deshilachada, dormía sobre uno de los palos de luz que la sostenía, como si fuera una bandera caída que les daba la bienvenida a Serenade. Pero se llegaba a leer English World: Curso de Inglés. Otra estación de servicio. Fue Silvina la que recordó que estaban cerca de la zona clave.

Ersatz les explicó que en la concesionaria que tenían enfrente, un edificio con algunos autos con chapas oxidadas detrás de rejas, había pasado una noche con su tío abuelo que era guardia de seguridad. A Ersatz le había dado mucho miedo los trofeos de cabezas de animales que estaban colgados adentro. Silvina, mirando su celular, comentó que estaban pisando el signo de la paz que se veía desde lo alto.

Debajo del cartel de chapa con el símbolo del sol que daba la bienvenida al Rotary Club Pompeo, observaron una veterinaria con peceras tan algosas que no pudieron discernir el contenido, otro pasacalle de English World enroscándose sólo en la calle por el viento, fruterías y verdulerías con los cajones de madera todavía apilados en la calle y algunas bolsas de cebollas negras.

Recién en el palo de luz cercano al antiguo puesto de diario, que tenía las revistas con las hojas quemadas por el sol, encontraron dos corcheas consecutivas. Silvina afirmó que faltaba una más. Ersatz contestó que si le habían errado él prefería que se quedaran en su antigua casa para continuar la búsqueda. No se iba a sentir seguro en otras. Cruzaron un estacionamiento en 25 de Mayo.

En Yerbal se enfrentaron con un comercio de muebles de algarrobo. Estacionado en la puerta había un camión de succión de aguas residuales que era el vehículo mejor conservado de los que habían visto; el azul del chasis casi brillaba.

Ersatz se volvió y reconoció a la peluquería París. No tenía rejas. El taburete en el que se había sentado tantas veces en la adolescencia estaba ocupado por un gato de pelaje oscuro y grasoso. No sabía si muerto o vivo. En las persianas bajas de los otros negocios había grafitis con nombres y corazones. Pero ya ningún nombre lograba entenderse.

Ersatz les dijo a Silvina que si ahí no estaba el corazón del asentamiento Serenade no iba a estar cerca de la casa de sus padres. Agregó que se encontraban cerca de la iglesia, y del colegio donde había estudiado.

Manuel corrió hasta la esquina siguiente y negaba con la cabeza desde ahí, ofuscado porque no había ningún ser humano además de ellos.

Ersatz entró a la peluquería, apartando esqueletos de ratas con la punta de sus zapatillas. El gato abrió los ojos, de un color verde esmeralda, dio un salto y escapó. Ersatz se sentó en el taburete donde antiguamente se miraba al espejo en silencio, esperando que el peluquero hiciera su trabajo. Ahora el espejo estaba partido, pero había algo más… Se sobresaltó y llamó a los otros con urgencia.

Fuera, Manuel y Silvina se acercaron corriendo para mirar desde detrás de Ersatz el espejo de la peluquería.

En la pared de color crema reflejada en el espejo, arriba del sillón largo de espera, huían las inclinadas figuras musicales. Las tres corcheas, que primero vieron al revés, estaban pintadas con descuido. ¿Y ahora?

El sol empezaba a caer. Ersatz los convenció de doblar en la esquina. El camino que había visto tomar al gato era el que más rápido los dejaría en su casa.

A lo lejos resaltaba en el cielo la torre espacial de Interama. Ersatz les explicó que la estructura, de color ceniciento, formaba parte de un parque de diversiones abandonado que en los ochenta había tenido las montañas rusas más altas de Latinoamérica.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 7. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Resumen Capítulo 7: Ersatz, Silvina y Manuel continúan caminando, entre las ruinas de un gran Buenos Aires aparentemente abandonado, hacia Lanús Oeste, el lugar en zona sur donde indican que puede hallarse Serenade.

7.

Hacía no mucho tiempo, una parte del supermercado Makro había explotado. Detrás de la valla vieron un rectángulo de pastos altos y más allá, en el estacionamiento, entre las chapas caídas del techo del supermercado, observaron cajas de alimentos, cajeros metálicos clavados en el cemento, pedazos de pantallas de televisores y latas doradas que todavía brillaban.

Doblaron en Freire y siguieron hasta cruzar el garaje de los Bomberos Voluntarios de Avellaneda, ya por Bernardino Rivadavia que luego se convirtió en Cabildo. Ahí, como si el cansancio atizara la voluntad del grupo, comenzaron a caminar más rápido. Además, no había seres humanos para detener las miradas.

Las dejaban caer en algunos palos de luz que tenían atados pañuelos rojos, manchados de hollín y agujereados, como si fueran altares de viejos accidentes. Nada de las corcheas, por ahora.

Los tres sabían que las corcheas se usaban en los sistemas de subtítulos cerrados para las personas sordas o con problemas de audición. También eran llamadas leyendas. Las leyendas aún no aparecían. Pero todavía no estaban en la zona señalada en el blog. Faltaba menos, les avisó Ersatz.

Ya ni sentían las mochilas en sus espaldas, algo parecía tomarlos de las entrañas y el andar del grupo, que formaba una V por la calle con Manuel por delante parecía uniforme y coordinado.

Con ritmo sostenido y la mirada cada vez más clavada en lo alto, como si anduvieran en trance, pronto estuvieron en el cruce de las avenidas Quindimil y José de San Martín. Esta última nacía angosta y se ampliaba en la línea del horizonte.

En esa esquina, el cartel del Banco Patagonia lucía tenebroso, los bordes de las letras blancas con el nombre estaban tan cagados por las palomas torcazas que parecían inscripciones de una mano gigante y temblorosa. Había un colectivo 179 volcado, sin ruedas. El semáforo tenía los vidrios de las luces partidos.

El vivero El Hormiguero estaba repleto de rosas enanas, como si alguien lo mantuviera a pesar de los pastos altos y descuidados de la vereda. Enfrente, en lo alto, sobre un camión de chasis amarillo con un contenedor de carga de pollos que emanaba un aroma rancio, observaron, desde una distancia prudente del vehículo, un cartel blanquecino que casi llegaba hasta la mitad de la calle. Tenía dibujado en el medio una corchea de color gris ceniza.

Oyeron el chirrido de unos gorriones proveniente de los rosales enanos y como si eso fuera otra señal, se volvieron y caminaron hacia el matorral del vivero, donde encontraron otra solitaria corchea pintada en la mohosa pared a una altura que superaba a un helecho gigante.

Silvina aseguró que habían encontrado el límite norte de la colonia Serenade. Y les recordó que una corchea significaba uno de los límites pero que el centro de la colonia debía estar marcado con dos, y luego tres seguidas, como si los colonos de Serenade hubieran remarcado la intensidad de la canción de su cercanía con la acumulación de estas figuras musicales. Ersatz pensó que, más allá de los pájaros, el silencio en el que se adentraban no parecía tener partituras.

Continuaron subiendo por la avenida. Las sombras de las casas llegaban hasta la mitad de la calle a esa hora de la tarde. Los cordones de las veredas estaban sepultados entre matorrales. Carnicerías, tapicerías, cada tanto algún chalet californiano fuera de tono entre tantos comercios. A veces debían evitar los cables de las líneas de luz, algunos estaban cortados y los más finos se bamboleaban por el viento.

Esperaban ver más signos, todos los que pudieran y no sólo corcheas.

Por favor; más signos que proyectaran la música que llevaban en las miradas esperanzadas, encendidas por la adrenalina del ejercicio de caminar, el acorde noble y repetido en los pasos, como si fuera una canción olvidada pero rescatada en versión para dormir niños, con esa estructura simple de coincidencias melódicas que casi podían escuchar.

Al principio, la habían escuchado pero los pensamientos de las personas en la ciudad la habían desvirtuado hasta marearlos y agotarlos incluso antes de tiempo. Ahora, la quietud que reinaba hacía que la canción resonara con más brillo y claridad.

Sabían que se estaban acercando a lo que fuera que los había removido de los gastados asientos de sus casas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 5. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada, por Adrián Gastón Fares. Resumen Episodio 5: Se comenta el extraño blog creado por Joseph, quien cuenta de que una tal Riannon creó una controversial comunidad de sordos e hipoacúsicos en el sur del Gran Buenos Aires. Ilusionados, Manuel, Silvina y Ersatz no pueden dormir esa noche.

5.

El artículo del blog decía que cerca de Villa Caraza, donde Ersatz había crecido, donde Ramoncito había matado a sus compañeros de clase, existía una colonia de sordos e hipoacúsicos llamada Serenade. Había hasta fotografías de los símbolos que iban marcando la cercanía de la colonia. Corcheas pintadas en postes de luz. Eran tres fotografías consecutivas en las que en una aparecía una corchea pintada con un negro acrílico, en la segunda dos, una al lado de la otra, y en la tercera eran tres arracimadas.

El autor, que firmaba como Joseph, contaba que una mujer llamada Riannon había emigrado de Martha´s Vineyard, una de las primeras comunidades de no oyentes, para enseñar la lengua de señas americana por todo Latinoamérica.

Se decía que la habían despreciado y menospreciado en cada una de las ciudades en las que intentó lograr su objetivo, educar ella misma a las personas sordas que habían sido criadas en la tradición oralista y religiosa, y que, cansada de rebotar de un lugar a otro, eligió el sur de Argentina y luego el de Buenos Aires para afincarse con los alumnos, un séquito que había rescatado de la tiranía de la voz de Dios y de los normoyentes.

Y se decía, también, que su método era controvertido y estricto.

Joseph dejaba en claro que contaba lo que había escuchado de boca de terceros en su peregrinaje por el sur del Gran Buenos Aires que parecía haber tenido lugar durante la Tyson21.

Según algunas personas, Riannon había logrado mejorar la calidad de vida de las personas con sordera. El compañerismo en su colonia era tan grande que les cambiaba la vida para bien a quienes se acercaban a los espacios educativos que había formado, donde enseñaba una lengua de señas refinada, que hasta había ampliado la comprensión no sólo del mundo sino también del universo de quienes la aprendían y luego adoptaban.

La nota no era pródiga en fotografías además de esas corcheas que indicaban la ruta a la comunidad.

Silvina les envío otro enlace que llevaba a una nota cuyo texto repetía lo de la primera pero que aportaba dos fotografías más que les hicieron brillar los ojos al grupo disperso en la oscuridad de cada uno de sus departamentos.

Una era difusa. Un fogón con personas reunidas alrededor. En la otra se veía a mujer canosa, con la cara lavada por un rayo de sol, de pie, en el centro de un grupo de jóvenes con ropas coloridas que parecían estar danzando. En el pie de la foto decía: Un baile sin música.

Esa noche no pudieron dormir.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 4. Nueva novela.

Serenade. Capítulo 4. Grupo de chat “La oreja” Resumen: Silvina les cuenta de Serenade, una supuesta comunidad de sordos. ubicada en Lanús, a sus amigos Manuel y Ersatz.

4.

Grupo de Chat La Oreja

Silvina

¿Escucharon hablar de Serenade?

Er

¿Qué?

Silvina

Serenade.

En un blog dice que es una colonia de personas… como nosotros.

Manuel

¿Superhéroes?

Er

Hipoacúsicos, sordos…

Silvina

Personas con sordera. Hay comunidades así. ¿Qué dije ayer? No me escuchan nunca.

Perdón.

Er

La del Próvolo era una colonia de sordos…

Me sale esa.

Silvina

Siempre escabroso.

Manuel

Los mellizos estudiaron en California, en una escuela de sordos.

Fremont.

Er

¿Los del subtitulado?

Manuel

Sí, los del foro.

Silvina

Esta que digo no es una escuela. Es una comunidad en Lanús. ¿No eras de ahí, Er?

Er

Sí.

Silvina

Dice más allá de las calles Carlos Tejedor y la Avenida San Martín. Busqué en Maps y parece un signo de la paz desde arriba, tiene sentido…

Er

¿Signo de la paz?

Lanús es. Pero ya no me acuerdo de esas calles.

Manuel

Esperen que se me va a escapar uno que se quiere llevar un queso.

Silvina

Dejalo, que se lo lleve, che…

Ahí les envíe el artículo por email…

Manuel

Claro, después me lo descuentan a mí.

Silvina

Creo que llegó un alumno.

Er

¿El japonés?

Silvina

Debe ser.

Er

¿Hace bien el saludo al sol?

Silvina

Perfecto.

Me cambiaron de tema… La colonia no puede estar lejos de tu antiguo barrio.

Er

¿Vos me querés hacer volver a Lanús? ¿Es un chiste?

Silvina

Habías dicho que la casa sigue ahí. No sabés ni si está tomada.

Er

No creo. Si no hay nadie por esa zona.

Te gusta cazar fantasmas, Silvina.

Te gusta la chatarra espacial…

Silvina

Claro… Y los viajes en el tiempo.

Manuel

Ya tengo el queso en mis manos.

Silvina

¿No les gustaría ir?

A ver, aunque sea.

Er

Mail recibido.

Manuel

Igual. Gracias, Silvina.

A la noche lo leo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Capítulo 3. Novela.

Leyendo el Capítulo 3 de Seré Nada / Serenade, mi nueva novela! Pueden escucharlo ya mismo o bien leerlo en esta entrada.
Leyendo el Capítulo 3 de Serenade. Resumen Podcast: Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

3.

Era sábado y como era costumbre esperaron que llegaran todos para ingresar juntos al café. Mientras llegaban las tazas y las medialunas, Manuel sacó un mazo de cartas de su mochila. Supergirls. La suerte dependía de la cantidad de superheroínas o supervillanas que tocaban. Todas las cartas tenían especificaciones físicas como altura, peso, fuerza, velocidad, pero la información más decisiva era el número de peleas ganadas. Si juntabas más chicas malas que buenas perdías. Silvina sugirió que prefería tirar las del Tarot.

Cuando se veían en persona, a diferencia de cuando chateaban, nunca hablaban del tema de que eran personas sordas, de que Silvina escuchaba menos que Ersatz, por eso gritaba un poco cuando hablaba y por eso su voz sonaba un poco desafinada, como si le tiraran de las cuerdas vocales y se cansaba rápido al escuchar, y de que Manuel tenía un resto de audición parecido al de Ersatz. Pero solían repetir estos datos en las conversaciones en línea como para no olvidar quienes eran.

En las mesas compartidas ya daban por sabido que los tres tenían sordera de moderada a severa, poslocutiva, no dominaban el lenguaje de señas ni lo habían aprendido, salvo Silvina que sabía, pero poco, y por sobretodo se arreglaban leyendo los labios y con los audífonos que usaban, marca Widex. Debían cuidarlos al extremo porque la Widex a la que iban a repararlos y calibrarlos en la calle Tucumán, como otras sedes de empresas, se había mudado al norte de la región.

Terminaron la partida de cartas de Supergirls. Como si tuviera que recuperar la madurez de golpe, Silvina, que había ganado, confesó, luego de clavar la mirada en una mujer que soplaba el chocolate caliente de su hijo antes de entregárselo, que su madre nunca habría hecho lo mismo. En cambio, tras una discusión, a los dieciséis años le había arrojado café caliente, casi hirviendo, para echarla de la casa.

Por eso se había preocupado toda la vida por la salud mental de las personas y como sabía que la psicología era un camino engañoso, porque su madre pertenecía al rubro, se había acercado a la meditación y al profesorado de yoga.

En ese momento, no tenía muchos alumnos y se la pasaba meditando sola en su departamento.

Manuel había vivido una relación enfermiza en su adolescencia con un cocinero que lo maltrataba, un empleado del delivery de pizzas de su padre. Luego había hecho un curso de vigilante de seguridad. No era un trabajo muy grato para él. En el mini mercado le preguntaban por qué vivía solo, por qué nunca lo esperaba una chica a la salida y como, en realidad, ya sabían la razón, los compañeros solían almorzar lejos de él.

Mientras se contaban los pesares los tres amigos lanzaban, cada uno a su turno, miradas lastimeras a las personas calladas de los grupos de otras mesas.

A Ersatz la soledad le hacía mal. No estaba seguro de que dejar ese trabajo vacío lo hubiera llenado. Confesó que en la oscuridad de su departamento algunas imágenes habían vuelto. Sufrió, o sufría, de estrés postraumático porque también había vivido algo terrible que nunca había contado.

En la época de la secundaria, un compañero, Ramoncito, se había levantado en la mitad de una clase para borrar de la tierra con una pistola a tres de sus amigos y a una monja. En el momento de disparar, Ramoncito había declarado a viva voz: No soy Pantriste. Lo había mirado a los ojos, Ramoncito, antes de quitarse la vida.

Estaban tan acostumbrados a que tomaran a la ligera temas que eran importantes para ellos, como el oír menos y el sentirse diferentes, que luego de las confesiones pasaron a otro tema como solían hacer las personas sin ninguna discapacidad que conocían cuando ellos exponían la condición que los unía.

Manuel, avergonzado, tiró el mazo de cartas en la boca abierta de su mochila. Ersatz comentó algo sobre una película y Silvina irguió la espalda en la silla, juntó las palmas en el aire y se estiró hacia atrás como si quisiera alejarse de la atmósfera que el grupo había creado.

Fue un segundo en el que las tres miradas se encontraron, justo cuando el brillo de cada una bajaba de intensidad. Luego aceitaron los engranajes por un momento trabados de la mecánica habitual de sus conversaciones en persona.

Silvina, que era delgada, castaña, pelo largo, rizado, solía animar a Ersatz a que hablara de sus relaciones amorosas. Ersatz no tenía nada que contar. No quería saber nada de eso. Y ella tampoco. Manuel era atlético, canoso, de la misma altura que Ersatz y tampoco estaba interesado en el sexo ni en las relaciones amorosas.

Sin embargo, entre ellos hacían bromas al respecto y se animaban unos a otros a cruzar la línea.

Silvina decía que Ersatz parecía un chico de veinte años, a pesar de que como ella y Manuel había traspasado los cuarenta, y que su mandíbula cuadrada y sus ojos azules derretirían a unas cuantas y Ersatz decía que los rulos y la elasticidad del cuerpo de Silvina atraerían a cualquier hombre. En cuanto a Manuel, convenían que podía elegir al hombre que quisiera por sus músculos y su bondad y los dos lo animaban a que tratara de conquistar a un compañero de trabajo.

Entonces, las razones de honrar la castidad variaban según el día. En ese, Ersatz ponderó el valor de no haber tenido descendencia en un mundo tan cambiante, Manuel agradeció el estar alejado de los vaivenes emocionales producidos por las relaciones amorosas y tener la libertad de irse al gimnasio cuando tuviera ganas, y Silvina, de paso, agregó que ella alababa la fuerza física y la concentración que la abstinencia sexual generaba.

En realidad, tenían ganas de que alguno de los tres ampliara, de la manera que fuera, el grupo. Nunca habían sabido lo que era formar parte de una comunidad. Pero a los tres les costaba abrirse, acercarse a otras personas.

Silvina se frustraba fácilmente, Manuel era vulnerable a las críticas, decía que, por la sordera parcial, su subjetividad no se había formado del todo. El punto débil de Ersatz era que no toleraba muy bien las tensiones.

Estaban ofuscados y molestos con las cartas que les había tocado en la vida. Al final de la misma cháchara de siempre, que los alejó de lo que habían confesado antes, Silvina propuso que hicieran un viaje juntos.

Manuel y Ersatz dejaron en claro que no querían saber nada del norte de Argentina, nada de RUNSA. La República Unida de Naciones de Suramérica, agregó Ersatz, estaba comandada por un gobierno que manejaba computadoras en el Amazonas y no Ysa, esa mujer que decían que había salido de un pueblo perdido en lo profundo en la selva.

Silvina rogó que no le tocaran a Ysa, aunque tenía sus dudas de que fuera realmente una sacerdotisa de un pueblo perdido del Amazonas y lo que parecía era que había bajado por la escalerilla del avión de una superpotencia mundial. Manuel pensaba que Ysa era hermosa y un símbolo intocable de la unión entre los pueblos, pero opinaba como Ersatz que en realidad era un títere de Norteamérica o de China, desde donde manejaban RUNSA, RUNCA, las Repúblicas Unidas de Centroamérica y todas las demás repúblicas unidas del mundo.

Entonces, la mujer que había soplado la bebida del niño elevó el dedo índice en señal de que se detuvieran.

En el televisor Ysa daba un discurso desde lo alto de una pirámide en ruinas. La mujer en la pantalla, con ojos achinados, nariz recta y pómulos tirantes, casi brillantes, resplandecía de belleza, irradiaba paz. Hablaba en el español neutro que siempre decía que le había costado aprender.

Ellos no entendían nada. Los subtítulos no aparecieron. Buscaron en los costados de la pantalla gigante a la intérprete de señas que, aunque no les serviría, tampoco estaba.

La multitud rodeaba a Ysa desde los escalones más cercanos de la pirámide, descendía y crecía hasta perderse en el llano.

—¿Dónde están los árboles? —murmuró Ersatz.

Silvina movió la cabeza. No convenía que los escucharan los de las otras mesas.

El sonido de los vítores, incluso de los cercanos, los que no provenían del televisor, disminuyó para ellos porque bajaron el volumen de las prótesis auditivas. Tanto ruido era molesto.

—Entendieron mal, nunca pensaría ir al norte —susurró Silvina remarcando las vocales con los labios para que pudieran entenderla. Se inclinó, sin dejar de mostrarles su rostro de frente—: Estoy investigando sobre las comunidades de sordos.

A Manuel y a Ersatz les cambió la cara. No sabían que existían esas comunidades.

Silvina les dejó en claro que ellos no sabían nada de cultura sorda. Las comunidades de sordos eran fundadas para mejorar la accesibilidad y para que las personas sordas vivieran como… sordas, no como querían los oyentes. En el mundo había varias, como la antigua de Martha´s Vineyard, la de Bengkala o la más reciente de Laurent City.

—Pero si no sabemos lenguaje de señas —les recordó Manuel.

—Yo, ni un poco —dijo Ersatz.

—En una comunidad así van a aprender —dijo Silvina.

—¿Y de qué vas a vivir ahí? Yo no puedo… —dijo Manuel.

—¿Dejar el gimnasio? —interrumpió Silvina.

Manuel clavó la mirada en la pantalla y trató de escuchar lo que decía Ysa. No había manera. Ersatz que estaba tratando de lograr lo mismo con el mismo resultado, dejó de mirar la pantalla y miró a Silvina levantando el mentón:

—Nunca pagué un gimnasio… Lo demás… —hizo repicar las uñas en la madera de la mesa—. Ya saben. Disponible.

Silvina, pensativa, le sostuvo la mirada.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Resumen del capítulo 3 de Serenade:

Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

Seré Nada. Capítulo 2. Nueva Novela.

Leyendo el Capítulo 2 de Seré Nada / Serenade, mi nueva novela. Pueden escucharlo ya mismo o bien leerlo en esta entrada.
Podcast en Spotify donde iré a de a poco leyendo Seré nada / Serenade. Están disponibles Capítulo 1 y 2.

2.

En la ciudad de Buenos Aires no había mucho para hacer.

Ersatz trabajaba en una obra social. Llevaba encomiendas al correo, más que nada cajas de útiles para los niños de los beneficiarios. Recogía de la imprenta cajas con formularios con la carretilla de carga. Y, el colmo, pagaba las cuentas de los servicios básicos de sus superiores. Un lunes lo acusaron de no llevar unos sellos que debía duplicar… durante sus vacaciones. Recién llegado de unas vacaciones en que se las pasó escribiendo en su departamento, y con esa acusación injustificada, Ersatz decidió partir.

Guardó su termo en una bolsa con el resto de las cosas para el mate, borró toda la información que había en su computadora —también llenaba plantillas de datos y había filmado algunos eventos culturales—, metió los cuentos que había escrito en el pendrive que siempre llevaba en su mochila, saludó al único compañero que respetaba y desapareció.

Le quedaban algunos alumnos online de escritura de guiones con los que podría arañar la suma total del pago del alquiler. De última, se habían devaluado las propiedades y era fácil cambiar de casa. Pero estaba cómodo ahí. Sabía dónde estaban los negocios con los mejores precios. Llevaba tiempo descubrir un barrio nuevo. Lo único que no le gustaba de su departamento de un ambiente era que nunca daba el sol. No le parecía sano.

Haciendo trámites recibía los rayos de sol necesarios para diferenciar el día de la noche sin proponérselo. Ahora que no tenía excusa para salir lo hacía igual inventándose alguna compra urgente en negocios lejanos en los que al llegar se limitaba a mirar la vidriera para cerciorarse de que su producto elegido todavía siguiera disponible. Por lo general, la tristeza era real las pocas veces que otro producto reemplazaba al elegido o sólo quedaba el espacio vacío entre los otros.

Si eran unos auriculares inalámbricos nuevos, cuyas revisiones positivas venía siguiendo en Internet, desandaba los pasos con los hombros caídos hacia el edificio donde vivía.

En un día así, descargaba su frustración en conversaciones sobre temas aleatorios con los dos hipoacúsicos como él que conocía, como la duración de las baterías de los audífonos de cada uno, las películas que se estrenaban en los cines de Lavalle —que habían vuelto a abrir porque los evangelistas que los llenaban también desaparecieron de la ciudad—, y sobre la búsqueda eterna de encontrar o reproducir el zumbido que escuchaban, él de manera continua, pero Silvina y Manuel intermitente. Las palabras cuando tocaban este tema eran acompañadas de enlaces a YouTube con grabaciones de frecuencias extrañas. Y de elucubraciones por lo menos sospechosas, como que el zumbido, el pitido, el tinnitus, era en realidad alguna señal proveniente de los primeros satélites lanzados, que seguían dando vueltas en nuestro sistema solar o de alguna nave, propiedad de la humanidad o no, que andaba rondando el espacio interestelar.

En esas ocasiones, en el grupo de chat La Oreja, los mensajes iban y venían. Eso fogueaba la amistad que habían iniciado en un foro virtual y luego ampliado en algunos espacios más reales como antiguos cafés. Ese día notaron la incertidumbre de Ersatz y convinieron en reunirse el fin de semana.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Seré nada. 1. Nueva novela.

Seré Nada, la nueva novela tiene como protagonistas a hipoacúsicos en una historia de terror, ciencia ficción y drama y algo más.

Empiezo a publicar mi nueva novela. Serenade o Seré Nada en mi sitio adriangastonfares.com
Mi intención es poblar un poco la narrativa de ficción oscura fantástica con personas con sordera o hipoacusicas y que la trama no sea la sordera nada más. Creo que vale la pena que la lean. #serenade #serenada #novela #blog #terror #cienciaficcion  #diversidad #libros

Como me conozco, sé que voy a publicar un capítulo por día sin detenerme. Y como son 200 páginas terminaremos en Enero 2021. Si el mundo sigue en pie. A. G. F.

Leyendo el Prólogo y Capítulo 1 de Seré Nada o Serenade, mi nueva novela. Pueden escucharla ya mismo o bien leerla en esta entrada.
Podcast en Spotify donde iré leyendo Seré nada / Serenade. Están disponibles episodios (capítulos) 1 y 2.

Seré Nada.

Prólogo.

El sol era una mancha anaranjada rodeada de nubes plomizas que parecían superpuestas, creando una sensación de profundidad y distancia que a Ersatz lo tranquilizaba mientras vigilaba a los nuevos vecinos. En los techos, escaleras y terrazas, los veía, erguidos, sus cabezas apuntando al noroeste. A lo lejos, el único pino del barrio arañaba el cielo con sus temblorosos dedos.

Todavía no había llovido.

Ersatz se preguntaba si todo seguiría igual después de la tormenta.

1.

Lo que hacía el bicho en la cabeza era, por lo menos, revolucionario.

La enfermedad no tenía síntomas. Sólo consecuencias. Pero con el microscopio se veían los quistes de los primeros que fueron llevados de las orejas por sus familiares a los hospitales.

¿Regalar negocios y propiedades? ¿Quemar el dinero que tanto esfuerzo había costado ganar? ¿Airear secretos familiares?

Esta vez, el boca en boca fue más veloz que Internet. Las familias se marcharon o se desarmaron.

Las víctimas desaparecieron. No había manera de encontrarlas ni identificarlas. Algunos decían que las habían secuestrado difusas células políticas formadas en la oscuridad de las encrucijadas de los barrios más conservadores de Buenos Aires. Otros sostenían que nunca existieron porque el gobierno argentino había inventado la epidemia para redistribuir la población, repartir terrenos, y cumplir con un plan de traslado de la Capital al norte del territorio.

La teoría de la conspiración algo de lógica tenía. Pero hubo focos en varios países del mundo así que era imposible que la enfermedad fuera orquestada por un único gobierno.

Para colmo, apenas desaparecieron los casos, o mejor dicho las personas enfermas, desde el corazón del Amazonas peruano, había surgido Ysa, una aborigen de ojos claros. En lo profundo de la selva, rodeada de un séquito de hiladoras, pronunció una conferencia, transmitida por Internet, donde reafirmaba su profesión, chamana, y su intención de reunir a los latinoamericanos. Ysa aportó más de lo que parece a que los habitantes se establecieran cada vez más cerca del límite norte del país.

La capital siguió siendo la Capital, pero quedó bastante vacía. El resto de Buenos Aires se despobló. Y los barrios del sur más.

El primer caso de Tyson21 había surgido en Adrogué.

En 2023, los de capital ni se preguntaban qué había más allá del puente Alsina. Para el resto del país la zona sur de Gran Buenos Aires era un mal recuerdo.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Los tendederos. Relato.

Ilustración boceto de Sebastián Cabrol para Gualicho

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.

Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.

El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.

Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.

A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.

Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares.

PD:

En la página de Inicio pueden encontrar el link al PDF de mi antología homónima de cuentos de terror y ciencia ficción.

O, con más libertad, pueden leer este y otros cuentos del blog en el Índice de cuentos de este blog:

https://adriangastonfares.com/cuentos/

Los tendederos, edición digital en pdf. de mi antología de cuentos de ciencia ficción y terror. Y algunos comentarios sobre el hacer del escritor.

Con lo que fueron escribiendo sobre los cuentos en los comentarios del blog, comentarios por email, más algunas otras cosas que entreví al leerlo y me comentan amigas y amigos, y conocidxs, hice una introducción o presentación a mi antología de cuentos de ciencia ficción, ficción oscura y terror llamada Los tendederos.

Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser.
Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas semi-policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes
.

Contrariamente a lo que vengo leyendo en algunos foros últimamente, estos cuentos fueron pensados para la literatura y no para el cine, ni mucho menos las series.

No se me cruzaría por la cabeza pedir una adaptación a serie o cine de ninguno porque justamente se escribieron para que no sean audiovisual y sí sean literatura (o sean leídos, son letras, párrafos, son historias entreveradas con el lenguaje literario)

Así que me cuesta entender a lxs que se desviven porque adapten sus trabajos literarios, novelas o cuentos, a series más que nada. Que es la tendencia actual que veo en ciertos foros.

Entiendo que la vida es cara, pero a veces nos la hacemos más cara, sin saberlo, pidiendo estas cosas.

En los foros los guionistas experimentados suelen bromear con los que escriben “tengo una novela que sería buenísima para una serie” o “tengo un cuento que sería ideal para serie” y siempre hay un alma empática o comprensiva que desarma la discusión aclarando que está bien que el autor crea en sí mismo. Que lo dejen en paz. Que es tiempo y procesos, agrego yo. Y sí, es así: es madurez, es tiempo y procesos que hay que vivir. Pero la condición es vivirlos.

Veo como positivo que el autor crea en sí mismo pero como negativo esas ganas de monetizar de un día para el otro, y como sea, lo que uno escribe. Cuando uno quiere “pegarla”, como decimos en argentina, o sea tener éxito de un día para el otro, lo más común es que se “pegue” a sí mismo o se dé contra la pared. Y suele ser que no existe otra manera de aprender que darse contra la pared, más en una sociedad que no le interesa prever el darse contra la pared y que no tiene ya tiempo para casi nada.

Y ya que estamos con el tiempo. Vivimos en uno en el que no alcanzaría todo internet para analizar los cambios que están sucediendo. Por otro lado, antes de ponerse a eso, se necesita revisar toda la epistemología al respecto. Cuando cambian las fichas con las que uno juega, debería cambiar el tablero también (sí, vi el primer capítulo de Gambito de Dama y está muy bien dirigido, agrego, debe ser por eso y por una mesa vieja de cemento y cerámica con un tablero de ajedrez en el medio que encontré en esta casa que manoteo la metáfora)

Sigo.

Los cuentos pueden leerlos en este blog de manera cronológica usando el Índice en el Menú Superior (aunque hay muchos más que los seleccionados por mí sólo para Los tendederos por considerarlos los que más me gustan o mejor me salieron) o directamente la selección que hice siguiendo el link gratuito al final de esta entrada de este blog.

Tal vez sería bueno inventar el término de fixión-terror para esa mezcla de ciencia ficción y terror y ficción oscura. ¿O Fusión terror? No sé.

Ya fue.

En todo caso, considero que la mezcla de géneros es vital y necesaria hoy en día y que podría mejorarse el nombre que indica la mezcla de estos géneros. El tiempo ya lo dirá, suponemos.

Cliquear para leer Los tendederos.

Saludos,

Adrián Gastón Fares.

Interviniendo el tiempo desde el terror, la ciencia ficción y la aventura.

El primer afiche de concepto para Mr. Time por Santiago Caruso en 2017. Ese concepto creció. Gracias, Flor Florencia Acher por recomendarme tan buenos ilustradores como Santiago Caruso (Mr. Time) y como Sebastián Cabrol (Gualicho) Si alguien compra el cuadro que me lo done, je.

Aquí el link al Instagram de Santiago Caruso donde se pueden comprar sus obras:

Estreno cortometraje. Anzur. Bombay Films.

Este es Anzur, un cortometraje argentino independiente de terror y comedia.

En estos últimos días, luego de un año que fue intenso en lo creativo, por decirlo de alguna manera, ya les contaré, y recién mudado y trabajando en la mudanza, creamos este cortito con el staff de Bombay Films. En este caso lo escribí y dirigí con mi ex compañero de facultad y amigo, Matías. Y luego nos ayudó con las redes sociales Gabriel Quiroga, otro colaborador de Bombay Films.

Tuvimos el gusto de trabajar con un excelente elenco.

La increíble Roxana Randon, las fantásticas María Eugenia Rigon y Cecilia Heroiina y los muy buenos muchachos: Sebastián Berta Muñiz y Robertino Grosso.

Fueron pocos días y la meta era estrenarlo sí o sí el 31 de Octubre.

En ese sentido, lo logramos.

Les dejo Anzur. Ya vendrán más cosas…

Afiche de Anzur, cortometraje.

https://youtu.be/ETcUJrUoK2Y

Adrián Gastón Fares.

Sobre el estreno de Anzur. El caso de Natalia Mulching.

Este sábado a las 20:30 Bombay Films Argentina estrena Anzur, un cortometraje de cine independiente.

El cortometraje, de terror, cuándo no, está inspirado en el poemario Crónica de un exorcismo secreto de Jimena Golguev y en el caso de Natalia Mulching.

Anzur, el caso de Natalia Mulching.

Jimena Golguev tiene 26 años, estudió agronomía en la UBA y escribió un poemario dedicado al amor sapiosexual llamado Yo nunca leí a Thomas Bernhard. La autoedicion en cartón corrugado conoció muchas manos. Cada tanto arma poemas que son atrapasueños sobre el supuesto exorcismo practicado a su ex amante y amiga, Natalia Mulching.

Como este:


Natalia está muy rara.
Esto desafia mis creencias.
Convoqué a un buen psicólogo.
No es de esos que creen en cosas raras y sabe escuchar.
No confío de Beatriz la madre de Jimena, de repente me salió con un cura.
Natalia no quiere curas.
Yo tampoco.
Pero escuchar lo del hombre polilla de boca de ella llama la atención…
Se leyó todos los libros de John Alva Keel.
Y dice que estuvo vagando por los bosques y que una presencia le habló.
Eso de irse a Córdoba en cuarentena no fue una buena idea.
El hombre polilla.
Es como un búho gigante.
Algunas personas tatuadas son en realidad sombras del hombre polilla que nunca más se van… Y las esconden con más tatuajes hasta que las mismas personas se desdibujan. Y chau.

Por eso dicen que los tatuados, yeta.


(Toco madera y teta piercing)

De dónde saca esas cosas Nati?
Su imaginación parece más fermentada que fértil
Pero fermentada con qué?

Si casi no come y no toma más que agua con Romero
Le pega el Romero?


Le habrá contado a Beatriz lo del hombre polilla y apareció este cura que investiga a la variedad Anzur de hombre polilla.

Las cosas raras tienen variedades como todo en la naturaleza, me explicó Nati.

Según Natalia, Anzur no solo se aparece sino que también posee a las personas. Pero para ella no es un demonio…

Es un ser de las estrellas, ultraterreno.
Eso dice.
Ya no parece la chica de la que me enamoré mirando células cada una a su turno en el microscopio de la facu.

Ella no quiso saber nada igual. Un revolcón justo yo que cero toco y me voy. Pero de repente estábamos ahí lame lame en la mesa..


Ahora ella está bajo el microscopio…

Que es esta cámara si no?


Me preocupa lo que puedan hacerle para limpiar el nombre familiar. Para… resetearla.


Las personas se están volviendo muy… mecánicas.

No es lo mismo ablandarse que aceitar más la guillotina que corta los brotes salvajes como el de mi querida Nati.

Del diario de Jimena Golgue. 2020.

Anzur cuenta con un gran elenco. Maria Eugenia Rigon como Natalia Mulching. Roxana Randon como Beatriz (la madre) Cecilia Heroiina como Jimena. Robertino Grosso como el cura exorcista y Sebastián Berta Muniz como el Psicólogo Urquiaga.

Pueden verlo en el IGTV de Bombay Films @ bombayfilmsar (Instagram)

Y en el canal de YouTube de Bombay Films.

Dicen que todos los días son el día del terror por eso está de más recordar esta fecha pero nosotros la recordamos igual subiendo un cortometraje.

Fue un placer contar con un gran elenco y compartir guión y dirección con mi ex compañero de facultad, Matías.

Se disfrutó mucho la escritura y todavía más el trabajo con las actrices y actores.

Adrián Gastón Fares

Afiche de Anzur, cortometraje.

¡Suerte al zombi! Capítulo más enlaces: Pueblo chico, casa grande.

Aquí el capítulo 28 del último lanzamiento de este blog: Suerte al zombi.

Si les gusta, pueden descargar la novela directamente desde el siguiente link:
Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares
Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares
en PDF (alojado en este sitio web):
Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

28. Pueblo chico, casa grande.

La silueta se acercaba lentamente, llevando el cuerpo entre sus brazos.

La mano de la joven colgaba y se mecía en el aire al compás de los destartalados pasos de Garrafa.

La finca había ido creciendo delante de él en la última media hora, desde que había tomado el viejo camino. El camino serpenteaba a lo largo de zanjones para terminar en un callejón aparentemente sin salida. Sin embargo, el camino doblaba a la izquierda y se convertía en una pequeña senda bordeada de largos yuyos y dispersos arbustos. Garrafa caminaba conteniendo la respiración, ya que el aire fresco de la noche pampeana no impedía que el putrefacto olor que el cuerpo despedía se inmiscuyera en sus fosas nasales y le hiciera desear abandonarlo en el camino. Cada tanto, bajaba la cabeza, ponía los extremos de los labios hacia fuera, exhalaba, y reacomodaba en sus brazos el cuerpo de la chica. Odiaba lo que iba a hacer, pero si alguien tenía que hacer negocios con el cementerio, entonces el más indicado era él.

Su espalda era la que se había doblado tantas veces para clavar la punta de la pala en la tierra, su espíritu el que sufría en las noches de soledad en el medio del campo santo, y su vida entera había sido como una ofrenda a las almas de los muertos que moraban en el cementerio; sin embargo —la vida siempre tiene un puñado de estos sin-embargo—, los familiares de los cadáveres a los que él había dedicado su existencia no reconocían el sacrificado trabajo que había estado llevando a cabo para mantener lo que quedaba de la estirpe de todo aquel pueblo y continuar así con la labor desempeñada por su padre. Lo que llevaba en sus manos, el cuerpo de aquella joven, no era más que la muestra de que su paciencia había cedido y de que había puesto nuevas reglas en el estatuto de sus muertos.

Simplemente los trataría como si todavía estuvieran con vida. Si así fuera actuarían como sus familiares vivos; olvidándose de la labor del sepulturero de Mundo viejo. Se había cansado de que los habitantes del pueblo lo usaran y lo que estaba haciendo era una procesión dedicada a sí mismo en la que dejaba claro que, mientras él estuviera vivo, los cuerpos de los muertos le darían la merecida propina que nunca le habían dado en vida.

Lo único que ahora le molestaba era tener que ver el semblante de ese pálido tipo que se sombreaba los párpados, alargaba las pestañas como las mujeres y vestía siempre de negro. ¡¿Qué clase de payaso era ese gilún?!, se preguntaba Garrafa mientras cruzaba la cerca que llevaba a la mansión.

Sus ojos se perdieron entre el resplandor de las rosas que bajo los rayos de la luna reflejaban un tenue carmín, y luego se encontraron con extrañas plantas exóticas cuyos agobiantes perfumes llegaban hasta él por encima del olor que el cuerpo despedía. Garrafa empezó a caminar por un pasillo iluminado por dos faroles de una fuerte luz blanca. En este tramo insólitas flores amarillas y violetas desfilaban a la sombra de una exuberante enredadera que, decorada por arbustos de cuyas ramas colgaban como guirnaldas pequeños frutos rojos, formaba un pasaje que conducía hasta una bruñida puerta de ébano. En la mitad del pasillo, las flores violetas y amarillas eran suplantadas por amapolas rojas, cuyos pétalos se movían acariciados por el fuerte viento que había comenzado a soplar. Los pétalos desprendidos se lanzaban a la ventisca, y daban vueltas por el aire, pasando por delante de la nerviosa mirada de Garrafa. La cabeza de la joven colgaba del brazo de éste y una de las flores se posó en la pálida mejilla, donde quedó adherida. Cuando estaba ya cerca de la puerta, ésta se abrió lentamente.

Un joven pálido, de facciones afiladas, sonrió desde la sombra que producía el marco y lamió sus labios con su rosada lengua al posar los tristes ojos negros en el cadáver que Garrafa le ofrecía.

por Adrián Gastón Fares.

Si les gusta, pueden descargar GRATUITAMENTE la novela directamente desde el siguiente link:
en PDF (alojado en este sitio web):
Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

Por otro lado, si quieren colaborar con que puedan llegarles otros trabajos míos del género terror (o ficción oscura, como me gusta llamarlo) pueden firmar esta petición para mi querida película Gualicho (Walichu): change.org/gualicho Hay otras historias esperando y es importante dar este paso…

Boda negra. Lanzamiento. Cortometraje.

Boda Negra. Cortometraje. 2020. Producido por Bombay Films. Escrito por Matías Donda y Adrián Gastón Fares.

En la pandemia de 1918, según el libro de Laura Spinney, El jinete pálido, se organizaban bodas negras para sanar a los infectados.

Este corto está inspirado en parte en el libro de Laura Spinney y ciertas situaciones en las videollamadas.

Bombay Films, creadora de Motorhome y otras molestias parecidas, volvió.

Durante la cuarentena hicimos este cortito. Fue un placer colaborar con los actores; Eloísa Colussi, Jonatan Jairo Nugnes, Paula Brasca, Lu García, Robertino Grosso.

Y la participación especial de Alfredo Casero.

Con la música original de Juanma Prats.


Fue un gran trabajo de Matías Donda también, con quien siempre es un placer hablar de cine y tratar de hacerlo. El corto fue subido y estrenado online la semana pasada.

Cómo Prólogo al cortito:

La siguiente es una cita del libro El jinete pálido, de la periodista investigadora Laura Spinney que cuenta el derrotero de la gripe mal llamada española: la pandemia de influenza A de 1918. Parte del corto está inspirado en las bodas negras de Odessa.

Recomiendo el libro.

En palabras de Laura Spinney:

Un shvartze khasene, en yidis, es un antiguo ritual judío para protegerse de las epidemias mortales y consiste en casar a una pareja en un cementerio. De acuerdo con la tradición, se debe elegir a la novia y al novio entre los más desfavorecidos de la sociedad, «entre los tullidos más espantosos, los indigentes más degradados y los inútiles más lamentables que hubiera en el distrito», según explicaba Mendele Mocher Sforim, un escritor odesano del siglo XIX, al describir en la ficción una de estas bodas.
Tras una oleada de bodas negras en Kiev y en otras ciudades, un grupo de comerciantes de Odesa se reunió en septiembre, mientras arreciaban las epidemias de cólera e ispanka, y decidió organizar la suya. Algunos miembros de la comunidad judía desaprobaban rotundamente lo que consideraban una práctica pagana e incluso blasfema, pero el rabino de la ciudad dio el visto bueno y también el alcalde, quien consideró que no constituía una amenaza para el orden público. Enviaron exploradores a los cementerios judíos para buscar a dos candidatos entre los mendigos que los frecuentaban y eligieron a un novio y a una novia debidamente pintorescos y desaliñados. Una vez que estos accedieron a casarse en su «lugar de trabajo», los comerciantes comenzaron a recaudar fondos para sufragar la celebración.
Miles de personas se congregaron para presenciar la ceremonia, que se celebró a las tres de la tarde en el primer cementerio judío. A continuación, el cortejo se dirigió hacia el centro de la ciudad acompañado por músicos. Cuando llegó al salón donde se iba a celebrar el banquete, había tal cantidad de gente presionando para poder ver a los recién casados, que estos no pudieron bajar del carruaje. Finalmente, la multitud retrocedió y la pareja pudo entrar en el salón, donde se celebraron las nupcias con un banquete y colmaron de regalos caros a los recién casados.

Debido a mi labor imparable y constante de escritura desde que empezó todo esto (terminé un nuevo guión de largometraje y una nueva novela), todavía no pude hacerle los Closed Caption para personas sordas.

Sepan disculpar entonces por eso, ya vendrán, espero…

Es difícil trabajar sin ningún tipo de estímulo y apoyo.

Pero allí vamos, como siempre.

Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. Primer capítulo + Índice novela completa.

Adrián Gastón Fares autor de Suerte al Zombi convertido en Zombie

1. LOS HOMBRES DE TRAJE

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su ex compañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El colectivero esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El  chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el colectivero le preguntó adónde iba.

 

por Adrián Gastón Fares

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice de capítulos siguientes:

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.