Lo poco que queda de nosotros, I. Novela.

En el medio de la calle, con el sol golpeando las fachadas de los edificios, el hombre de bata se encontró con la niña calva. La niña tenía en la cabeza una cicatriz muy marcada que parecía el cierre de una cartuchera de cuero. El hombre de bata estaba flaco y pálido. Los dos cruzaron sus miradas. No entendían cómo la ciudad podía estar tan vacía. El hombre de bata había abierto los ojos en la habitación del sanatorio en la que dormía en coma profundo. Luego había concentrado su mirada en las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol. No era el polvo habitual, parecían ser pequeños copos de nieve pero estaban dentro de la habitación.

Estaba mareado. Si cerraba los ojos veía nubes lechosas pero se obligó a estar despierto. Luego se arrancó los cables y tubos y salió al pasillo.

Estaba desierto, a no ser por una anciana ciega que miraba otro rayo de sol repleto de esas partículas tan sugerentes. Le habló a la mujer, pero parecía perdida en alguna ensoñación así que siguió caminando, vio que la niña calva tomaba el camino de las escaleras y se encaminó hacia ellas, siguiéndole el rastro. Así que no era extraño que sus miradas se cruzaran en el medio de la avenida Corrientes.

Más allá, el obelisco cuya punta estaba manchada con sangre, como si la sangre hubiera sido derramada desde las ventanillas que se veían en lo alto. La niña tenía la mirada medio perdida. Primero pensó que había muerto, pero después se dijo que era demasiado inteligente para creer que el paraíso era la avenida Corrientes vacía.

Doblaron en la esquina de Uruguay. La niña se acercó a un coche estacionado frente a un café. Miró en su interior y apartó rápido su mirada.

Está muerto, no mirés.

El hombre le advirtió a la niña y luego la apartó para mirar mejor el interior del auto. El conductor parecía una momia. Los bigotes pegados a los dientes sobresalidos y la piel cuarteada y amarillenta; los ojos se habían deslizado por las mejillas hasta resecarse en el borde de los pómulos.

Los dos se dieron vuelta juntos y al observar otra vez la esquina y las calles, notaron que volaban pequeñas partículas, no era nieve, no hacía frío, no podía ser, así que la niña calva, atrapando una en su mano dijo:
Parecen pedazos de piel. De piel de serpiente.

Escaras.

La niña lo observó confundida:

Es piel que se desarma cuando el cuerpo está demasiado tiempo acostado o en la misma posición, cuando los huesos golpean contra la piel destruyéndola, cortándola, en finas tiritas como si fueran afilados cuchillos. No deberías preguntarte demasiado qué es.

A mí todo me interesa.

Ya veo. Murió de inanición el del auto.

La niña se llevó la mano a su camisón celeste, pero no encontró lo que buscaba.

¿Qué es inanición? No tengo el celular

Es porque dejó de comer.

Ah, entiendo, claro.

Eso quiere decir que no hay comida como en esas películas del futuro.

El hombre se acercó a un quiosco que estaba abierto y le tiró una bolsita de maíz inflado a la niña.

Parece que no es así.

¿Entonces?

El hombre miró adentro del quiosco y observó a un viejo cuya panza empujaba y deshilachaba una camisa rosada por las secreciones que el cuerpo emanaba. El hombre apenas respiraba y sus manos estaban entrelazadas, con las uñas largas clavadas en la piel. El quiosquero intentaba chiflar pero solo caía saliva de sus labios finos y resecos.
Los dos tosieron al unísono, el hombre de bata y la niña calva. Las escaras que volaban se metían en sus narices y no había nada que hacer para remediarlo.

Debería volver.

Volver…

Al sanatorio

¿Para…?

Mi celular está ahí.

¿Y tus papás?

No estaban cuando desperté.

¿Por qué estabas en el Sanatorio? ¿Qué tenés?

Me llevaron. Para morir.

Pero no estás muerta.

Ah, no sé. Creo que no.

No estás muerta, ése está muerto, dijo el hombre de bata señalando a la especie de maniquí que estaba adentro del coche.

El viento jugaba con las escaras, esos pedazos de piel traslúcidos que revoloteaban alrededor de las luces de los semáforos, algunos todavía funcionando y otros no.

Siguieron caminando, cruzaron la 9 de Julio y bajaron las escaleras del subterráneo. No salía ese polvo molesto de la boca del subte y además les pareció que podrían encontrar a algunas personas que se hubieran guarecido de lo que fuera que había dejado sin instinto de vida a los de la superficie de Buenos Aires.

Cuando dejaron el último escalón atrás se encontraron con que el andén estaba vacío y el vagón estacionado. La niña se adelantó y se acercó a una de las ventanas del vagón. El hombre de bata la tomó del hombro, alejándola de la ventana. Lo que se veía era perturbador.

El vagón parecía ser un enorme tarro de mermelada de frambuesa. Grumos espesos y coágulos de un líquido rojizo impedían ver el interior. Lo único que se podía observar eran una dentadura pegada al vidrio, el cabello de una calavera que estaba diseminado entre los litros de grumosa sangre, pedazos de dedos, y las pómulos resecos de lo que había sido una mejilla con las muelas salidas, porque otra cosa no podía ser esa aglomeración de cartílagos casi invisibles por el dominio del rojo.

La niña miró las puertas del vagón que estaban cerradas, pero por los bordes se escapaba el mismo líquido espeso y rojizo que había llenado el vagón, como si los cuerpos que viajaban dentro hubieran quedado atrapados y el tiempo y la putrefacción se hubieran encargado del resto.

Si esa puerta llega abrirse, advirtió el hombre.

Uno de los cristales de las ventanas del vagón parecía estar combado como si lo rojo pudiera hacerla estallar. De repente notaron el olor, era nauseabundo, el olor de lo que antecede a la nada, con la particularidad de que tenía un dejo dulzón, como si fuera el olor de las flores que se marchitan y atraen a ciertos insectos en verano. No lo habían notado antes porque el hedor era tan fuerte ahí abajo como arriba, en la calle. La niña calva se alejó hacia la escalera y los dos pronto estuvieron fuera del subterráneo.

La niña se aferro a la mano del hombre porque tenía miedo que la escalera mecánica se activara. Se mareaba fácilmente. No en vano la habían operado. Aparentemente, lo que molestaba en su cerebro ya no estaba. Se soltó de la muñeca del hombre frente al puesto de diario que estaba casi pegado a la salida del subte.

Las portadas de las revistas estaban quemadas por el sol detrás de los cristales y los diarios eran de Febrero de 2019. Según los cálculos y el reloj que le habían dejado en su muñeca, eso había sido hacía unos tres meses. Parecía no haber nadie, pero cuando el hombre de bata se asomó para constatarlo vio a una tarima en la que estaba sentado un especie de ogro que había sido un ser humano, pero que por la falta de alimentación, había perdido la apariencia humana para convertirse en otra momia, más pequeña que la del coche, como si la gravedad hubiera aplastado el gran cráneo del revistero contra el también generoso estómago. Resonó un grito.

El hombre se dio vuelta alarmado. La niña estaba cerca de un cochecito de bebé que estaba cruzado en la vereda, frente a un teatro. Cuando el hombre la alcanzó la nena ya había soltado el maíz inflado que había comido y estaba dominando las últimas arcadas. Adentro del cochecito flotaba en un líquido acuoso, ocre, el cráneo de un bebé que al hombre de bata le pareció que era una muñeca de esas antiguas con esos párpados que se cerraban al moverlas; pero no era un muñeca, era lo que quedaba del niño que flotaba en esa piscina inmunda que se había convertido su cochecito. Cerca, en el cemento había unas relucientes tibias y el cráneo de profuso cabello largo y rubio que acariciaba el suelo y que una paloma estaba picoteando. Sin saber por qué, el hombre pateó a la paloma, que dio un salto y siguió picoteando lo que quedaba de piel del cráneo. El resto de la piel que no era engullida por el ave flotaba y se juntaba con las otras escaras que formaban esa especie de nieve que difuminaba la luz del sol dando una apariencia mágica a esa mañana en la que el hombre de bata y la niña calva se habían conocido.

El hombre de bata esta vez apuntó bien y le propinó un puntapié con sus chinelas a la paloma, que salió volando, pero aterrizo cerca, como dispuesta a continuar su tarea.

La niña calva, todavía doblada en dos por las arcadas, miró con preocupación al hombre de bata.

Más vale que no andes mirando donde no te conviene.

Necesito que me acompañe a lo de mi padre.

¿Cuanto tenés, ocho, nueve?

Casi nueve.

¿No podés ir sola?

No me sé bien el camino, además estoy… perdida. Pero no es lejos, y ahí tengo la tablet.

La tablet… No seré de mucha ayuda si sos tan curiosa. A veces es mejor cerrar los ojos.

No importa. No tengo el celular ni la tablet y mi papá ni vino a la operación. Le tengo que mostrar que estoy bien. Mi madre estaba en el hospital pero no la vi; ¿donde van las madres cuándo operan a sus hijas?

Ni idea. Es raro que tu papá no estuviera. ¿Están separados?

Un sombra muy oscura cruzó por la mirada de la niña calva.

No te preocupes. Yo tampoco tengo celular. Nunca tuve tablet.

Vamos. Mi padre tiene la oficina en el Barolo.

¿Tiene plata tu papá?

La niña frunció los labios y abrió los ojos, dando a entender que no sabía la respuesta.
Luego se acercó al hombre de bata y lo miró como esperando que la guiara.

Por Adrián Gastón Fares.

(+_+) Exhaustación. Lo poco que queda de nosotros. Derechos reservados.

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Intransparente. Novela. Extracto.

 

Ya en Buenos Aires, había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de la Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina. A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Ítaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder. Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en la Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las braquiocefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo. Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza. Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido. Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Por Adrián Gastón Fares

Novela Intransparente

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La casa del temor

Antes que ellos muchos hicieron lo mismo. En la historia de la medicina hay algo en común entre los zapatos de los grandes caminantes, los cuernos de los unicornios, los polvillos de momias egipcias, las heces de los cocodrilos, y otros remedios que nunca fueron tales, que lo fueron como tantos otros que lo son y no dan resultados positivos, pero que han sido utilizados para que los pacientes se aferraran a una esperanza y se murieran más rápido.

Antes que ellos muchos buscaron medicamentos increíbles, valiosos por su rareza, su inexistencia –el cuerno de un unicornio solía ser el de un no menos increíble rinoceronte–, por esa creencia de que los objetos conservan propiedades de sus afortunados usuarios, de que un zapato puede contener la fuerza para caminar tres kilómetros por día, una posesión benigna del calzado que traspasaba al rico noble de turno el poder del pobre al que se lo habían quitado.

En nuestra época existen menos nobles que ricos, y en este sur de un continente donde los aborígenes escasean entre matorrales lejanos, cruzando algún lago casi desconocido, donde hubieron menos guerras que desastres políticos, donde la sangre está contenida en los ataúdes de los muertos cobrados por la economía y las personas que se sientan a decidir por los demás, donde las experiencias de vida en comunidad han fracasado lamentablemente, la familia, como antesala al poder, sigue siendo lo que siempre fue y será, un instrumento perfecto de tortura. Y por lo tanto una buena exportadora de heridas, males físicos y mentales.

Mis vecinos, los Vivillos Javier, no eran elegidos de los dioses, ni tenían mucho dinero, ni poder, eran de clase media, apuntando a alta pero sin dar en el blanco, algunos dirían, algunos que no son yo que no pertenezco a ninguna clase porque me he dedicado a vivir de rentas y de dar clases baratas de castellano a los pocos extranjeros que se mudan a este barrio no cerrado de mi querida Buenos Aires.

Desde que llegaron por la manera de hablar se notaba que no eran de dinero, Jorge era contador, María era profesora de Latín, pero nunca he conocido a una profesora de Latín que le importe menos el idioma y los libros que a esa mujer, había llegado a esa época de la vida donde todo lo hacía de manera mecánica, enseñar, venir a presentarse como lo hicieron el día que llegaron, con un vino bajo el brazo; y él, Jorge, podía tanto llevar las cuentas, como hacer crucigramas o jugar al solitario, ejercer su oficio para él era lo mismo que pavonear con las últimas páginas del diario. A los padres les había sacado la ficha bastante rápido, pero los hijos parecían ser agradables, Miranda Vivillo de unos ocho años, una morochita triste, de pelo corto negro, con unos ojos que se te clavaban en la boca, porque era sorda y no quitaba la mirada de ahí, Guido, de unos cinco años, flaco y de pelo más claro que su hermana menor, y Johana, la mayor, de unos veintitrés años, la única con ojos verdes, desvaídos, que parecían reflejar el agua sucia de mi pecera, ojos teñidos por la necesidad sexual, la falta de cariño y de esperanza. Pero esta no es la historia de una familia sola. Es la historia de una familia y de una casa.

Y la casa estaba enfrente de la mía. Era más bien tétrica y estaba catalogada como maldita. La causa eran los habitantes anteriores, otra familia en la que la hermana mayor, de la misma edad que Johana, un mal día había enloquecido, y con un cuchillo de carnicero había matado a sus hermanos menores y a sus progenitores, para luego ir a la cabañita de madera donde jugaba de niña, y cercenarse de cuajo las manos. La sangre corrió tanto que tiñó el piso de madera de la casa de los juegos.

Pronto la compraron los Vivillo Javier. Y enseguida, Johana, la hija mayor, empezó a pasar las tardes en mi dormitorio, sudada, con sus miembros en las posiciones más inverosímiles en las que yo los acomodaba para llegar más adentro de ella, tanto como pudiera. Y en uno de esos días, mientras estaba en eso, llegué a sentir que amaba a esa joven, que su lengua me pertenecía, que hacerme uno con ella era lo mío, y ella terminó llorando en mis brazos. Me di cuenta que algo parecido al amor había comenzado cuando dejé de atender los llamados de otra mujer.

Al principio nos veíamos cada tanto. Mejor dicho, cada vez que había una pelea en su casa, que su padre venía frustrado del trabajo, que su madre le alzaba la voz y la mandaba a trabajar, que los gritos desarticulados o el silencio de su hermanita la cansaba, que su hermano se burlaba de ella porque tenía el pecho más plano que él, Johana venía a mi casa y se sacaba las ganas conmigo. Luego yo la acompañaba a la puerta para que se fuera, a veces sin cruzar ninguna palabra una vez concluido nuestro juego sexual. Eso, claro, antes de que el amor arribara, después nos saludábamos con un beso en la mejilla.

Nunca tuve la exigencia que tienen otros hombres con las mujeres, siempre me gustaron flacas y simples, más bien discretas, jamás me iban a ver en la calle girando la cabeza para mirar el trasero de una chica o la delantera de otra, no era eso lo que me interesaba y lo digo con el orgullo de mi masculinidad vapuleada en esta época, ubicada en esa bolsa de gatos en que se convirtió ser varón, desvaída por otros que no son como yo y que esconden sus atrocidades cotidianas debajo del brillo del parquet, del cemento, de la tierra o el suelo que nos irguió como seres humanos.

Como el profesor de facultad de Johana. Un día me contó que su jefe de cátedra –una  eminencia en Biología– había abusado de ella. Arreglada como nunca, con tacos aguja y un vestido ceñido a su cuerpo, me confesó que había dejado también la facultad, que le mentía a sus padres, que pensaban que seguía yendo. En realidad, las tardes las pasaba conmigo, este cincuentón que sigue mirando a través de su persiana baja la calle vacía.

El sexo seguía ocurriendo del mismo modo, a la misma hora y lugar, pero ella había comenzado a hablar más. Me contaba de su pasado, de sus padres, y uno de los días llegué a juntar la información necesaria –y el resentimiento justo– para escribir esto.

Me enteré que los Vivillo Javier se habían mudado a esa casa porque la familia no tenía suerte. La madre había perdido a la mayoría de los alumnos, su padre no iba a ser ascendido hasta que se jubilara y ahí ascendiera, pero las escaleras de la casa pequeña en otro barrio hasta su dormitorio, donde completaría sus crucigramas, su hermano menor tenía un problema serio de conducta, de esos catalogados en los manuales de psiquiatría, y su hermanita vivía enferma cada dos por tres, además de la sordera. Por su parte, sus padres no podían creer que ella todavía no hubiera terminado la facultad, que no hubiera tenido novio, que fuera bisexual, que estuviera tan extraviada en la vida; para molestarlos les había dicho que no sabía si le gustaban los hombres.

Su familia estaba en picada. La mudanza no había alejado la mala suerte que los perseguía. Sus progenitores no podían creer que nada cambiara, que el hogar nuevo donde pasaban sus días, compartiendo más momentos de inestabilidad que de paz con su bella y maldita progenie, no hubiera servido para cambiarles la vida.

El problema siempre había sido que se la pasaban peleando. El padre con la madre, los hermanos menores entre ellos, ella contra los padres o al revés. Pero si era ella la peleadora todo terminaba con su padre abriendo la puerta para que escucharan los vecinos, para avergonzarla y que quedara en claro que no era él si no su hija, y hasta decía su padre dijo Johana, para que escuchen los vecinos, eso decía, me dijo negando la cabeza como perturbada. Era lo que hacía su padre en la casa anterior y la misma situación de la que fui testigo yo una noche, detrás de mi persiana baja, cuando todavía no había intimado con Johana y la observaba sentada en el borde de la vereda con su cara amarillenta por la luz del farol de la calle.

Para evitar esas peleas, habían ido a terapeutas familiares, a psicólogos, a psiquiatras, a curanderos y a curas católicos, y lo único que se ganó de eso Johana, fue el abuso de un curandero, que le toqueteo los genitales en un horrible rito. Y el último psicólogo la había despachado sin más ni menos; le dijo que su terapia había concluido y ella con orgullo jamás volvió a buscar esa ayuda necesaria que ahora exigía a sus padres.

Una de las noches que el padre volvió a abrir la puerta para avergonzar a su hija en la casa anterior, el hombre tuvo la fuerza necesaria para cerrarla y comunicarles a todos que ya había encontrado la solución. Que necesitaban aire nuevo. Que había encontrado la casa ideal para que pudieran vivir mejor, usó esa expresión decía Johana, vivir mejor, para decir que se iban a acabar esas peleas tan terribles, incluso sostenidas ante su abuelo paterno, que estaba tan viejo y enfermo que un día iba a quedar seco de un ataque al corazón en el medio de las trifulcas.

Así conocí la versión de Johana de cómo llegaron los Vivillo Javier a este barrio. Acá podían ver el cielo. Podían mirar la luna y sus cráteres. Pero ver el cielo no ocultaba el infierno. Las peleas siguieron. Incluso empeoraron. La tranquilidad del barrio, el silencio más augusto de la casa, el aire de construcción sobria y equilibrada por el estilo industrial moderno, desmechado en la fachada por el peso del follaje denso e inamovible en los hombros de los sauces jóvenes que crecían en la vereda, no evitaban que la grisácea casa diera miedo, pero a la vez hacían que la familia se relajara y que sus integrantes tuvieran más fuerzas para encarar los repetidos enfrentamientos. Las peleas comenzaron a ser esporádicas pero cuando ocurrían eran prolongadas y temibles. Guido llegó a comerse el implante coclear de la hermana discapacitada para dejarla más indefensa. El padre le arrancó los pelos a la madre un día –Johana agregó que guardaba en un libro el pelo de su madre, que lo había recuperado cuando su padre los arrojó al tacho de basura del baño. La madre le tiró el agua hirviendo de la tetera al padre, agua tibia fue por suerte, porque la pelea había empezó a la mitad de la sobremesa y duró todavía más que las otras.

Cualquier diferencia en las opiniones, una frase oída al azar y sacada de contexto hacían que elevaran la voz y discutieran a veces dos o tres horas, y el padre de Johana volvió a abrir la puerta para que los nuevos vecinos escucharan al coro terrible de sus nefastos hijos, ya no sólo a ella sino a esos pequeños demonios que estaban cada vez más fortalecidos. Y cuando una noche se dio cuenta que no había nadie, que no pasaban coches, que el único que estaba atento era yo, me dijo Johana, una sombra detrás de la ventana, que los demás vecinos estaban inmersos en sus televisores anchos, en sus juegos, o en otras casas más caras de fin de semana, el padre cerró la puerta y comenzó a llorar como un niño, apoyado contra la arcada que daba al comedor. Murmuró que estaba vencido, que no había manera de evitar esas peleas familiares, que lo había intentado todo.

El señor Vivillo Javier, como el culpable desenmascarado en una novela policial, se quebró y contó que había comprado la casa con el ánimo que los espíritus que decían que vivían en ella, de niños violentados, de la hermana asesina, que hasta había dicho que nombró a Lucifer como inspiración de sus crímenes, que esos espectros que deberían estar y no estaban, los atormentaran tanto que extinguieran las peleas. Que sus hijos estuvieran tan asustados, horrorizados, desgastados, doloridos, sufriendo tanto que no pudieran pelear más ni meterse en problemas, que él estuviera tan destruido por sus hijos que deberían estar en una semana como mucho poseídos, alienados, preocupados, y que también la culpa y la aprensión lo hiciera menos beligerante con ellos.

Él entonces hubiera podido aprender a quererlos, a dejar de pelearlos, y logrado su fin; que fueran una familia normal, de una vez por todas.

Y esta vez, me siguió contando Johana, el padre cerró la puerta principal y los guió en la oscuridad a la cabañita prefabricada, la de los juegos de los habitantes anteriores, donde les reveló a todos sus hijos –su esposa ya lo sabía– que se había desangrado la joven asesina.

El padre tenía la esperanza que vieran un demonio, un fantasma, una sombra, aunque sea de una rata, que escucharan un crujido, un trueno, un quejido, grito, el aleteo de un murciélago en la oscuridad, pero nada de nada, y el resto de la casa, incluso el sótano que fue alumbrado con una linterna por su padre porque así podría atraer más fantasmas, esos fantasmas por los que él había hipotecado su vida, no estaba embrujada. Buscaron atemorizarse con los restos de los niños muertos, pelos, un pedazo de un vestido, una uña, cristales rotos, algo cuyo grado de morbosidad los perturbara tanto que tuviera el increíble poder de hacer cesar las discusiones más triviales; pero la casa estaba impoluta. Hasta las manchas de sangre de la joven asesina habían desaparecido del piso de madera de la casucha del jardín.

Johana me contó que en la oscuridad, la familia entera había subido la escalera detrás de su madre, que había apoyado la idea del esposo de comprar la casa para que los fenómenos paranormales taparan a los normales, y lo hizo, su madre, con una vela encendida con la que iba iluminando los cuartos, donde esperaban encontrar una cara blanca con la boca abierta, pero sólo iluminó la mochila que llevaba a la facultad Johana, que estaba abierta como si fuera la dentadura de un tiburón muerto, las cartucheras de los niños también abiertas que parecían las fauces vengadoras de los espíritus de los niños que no había, y que sus padres esperaban encontrar al elegir esa casa de pasado no tan único.

Aquel día terminaron con un vacío que los unió en la desesperación. Y si bien ciertamente no existían en la casa nueva los esperados demonios y fantasmas del pasado por los que la había comprado su belicoso padre, terminó su relato Johana, cuando pronto la abandonaran, los que la habitaran en el futuro no iban a librarse de las voces desengañadas y arrepentidas con la que ellos la habían poblado.

por Adrián Gastón Fares

 

 

El Buscavidas. Cuento.

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

Por Adrián Gastón Fares

Los tendederos. Cuento.

Vamos con Los tendederos. Para este Viernes 13. 

Ahora que estoy retocando el guión de Gualicho para el rodaje que se avecina (Shooting Script podríamos llamar a lo que estoy haciendo, aunque ya tenía hecho el guión técnico antes del literario; así es como nacen mis películas) recuerdo la atmósfera de este cuento con resonancias de un tema que comparte con mi largometraje: la familia (y sus desviaciones)

Estoy sorprendido con lo que intuyo que será Gualicho y muy ansioso por ponerme a trabajar luego en la dirección de Mr. Time, otra película que desarrollé desde cero y escribí cuya historia es: tre-men-da.

Tremendo viene del latín y significa lo que es digno de suscitar temblores. No solamente el miedo los suscita sino también embarcarse en una aventura, paladear el misterio. Son algunos ejemplos.

Gualicho y Mr. Time me emocionan, como esta historia corta, pensada para otro lenguaje, como es el literario, que se llama:

Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Sigue leyendo “Los tendederos. Cuento.”

La madrastra

 

Bocetos de Sebastián Asato para Mr. Time.
Diseño de personajes. Bocetos Mr. Time, de Adrián Gastón Fares. Ilustración de Sebastián Asato.

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi pranaestá bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

El animal sumergido

 

Este cuento fue publicado con el nombre: Agua en movimiento.  Creo que el título El animal sumergido, le hace más justicia al cuento. Salpica una gota de ironía.

El animal sumergido

Cuando la sombra gigante llega, Lucía despega el dedo índice del vidrio y retrocede. Gira la cabeza para ofrecerle a él, cruzado de brazos, una sonrisa temerosa. Una empleada la agarra de la mano y se la lleva a recorrer el parque.

Ahora Guillermo está  sólo con Juana, la sombra. Piensa que en unas horas tiene que dejar a Lucía en la casa de su ex esposa. Nunca en la vida se le había ocurrido que una serie de situaciones desafortunadas iban a terminar en la separación. El golpe del sinsentido, de la suma de hechos que deshacen algo, era como recibir una piedra en la cabeza. ¿De dónde había caído? Produce la nada por un tiempo largo. Y la nada pesa.

Era como si la anduviera arrastrando por toda la ciudad. Nada por aquí. Nada por allá. La nada en sus ojos. La nada reflejada en los ojos de los demás. Reconocemos tu nada. Otra cosa era detenerse y ponerse a juntar los pedazos del derrumbe. Se volaban. Algunos se los alcanzaban, pero él sabía que no eran los suyos. Pertenecían a otra destrucción.

Lo único real que Guillermo veía, además de la lucha con su nada, era esa orca, maciza y resbalosa. Siempre había extraído de su trabajo las fuerzas para aguantar este tipo de contienda. Observar a estos animales que en la antigüedad eran, probablemente, los seres fabulosos de otras culturas extintas: sirenas, krakenes, leviatanes.  Conversar con ellos en su idioma oculto. ¡Qué privilegio! Ser invitado, con todo pago, al castillo del rey Ryujin.  Pocos pueden tolerar que otros tengan una profesión tan maravillosa, pensaba Guillermo.

Tenía que descubrir por qué ese animal, cuyo ojo pétreo lo observaba embutido en un cuerpo suspendido como por hilos transparentes desde la superficie, había matado a una entrenadora.

Había ido a la casa de los padres de la joven fallecida. Averiguó que era soltera, sin hijos, egresada de varias carreras, que incluían las artes circenses, los arreglos florales, la cerámica, fotografía, la administración hotelera y el turismo, y finalmente la escuela de entrenamiento de mamíferos marinos. Había nacido ciega de un ojo. Su madre dijo que siempre la trataron como si tuviera los dos sanos. Hacía diez años que la chica no tenía novio, para su hija habían terminado de común acuerdo, pero él se había alejado. Era un buen muchacho, fueron las últimas palabras de la madre, antes de largarse a llorar.

En estos momentos donde los derechos y las necesidades físicas y psicológicas de los animales se defienden en las redes sociales más que las de los seres humanos, a Guillermo le sorprendía que las medidas reglamentarias del tanque que contenía al animal no se hubieran respetado. Era la única explicación posible, mensurable. Eso, y el detalle de que un entrenador anterior la había sobre exigido. No la premiaba por las piruetas simples y demandaba que hiciera saltos imposibles.

El gerente del parque le había asegurado que los tiempos del entrenamiento del animal habían sido respetados. Juana sobresalía en inteligencia. Habían comprobado que su memoria era superior a la de otras orcas encerradas en parques marinos. En los atardeceres era un placer verla jugar con los perros.  En su tanque flotaban varias pelotas pero ella le lanzaba a cada uno la misma. Al dogo, la roja; al mestizo, la azul; a Cande, la ovejera, la naranja. También era sinéstata, si un entrenador le mostraba un número, el animal se sumergía para tocar en el piso del piletón una lámina de un determinado color. Por ejemplo:  7-naranja, 10-azul, 3 verde.

Ahora él, como perito psicológico de animales en cautiverio, debía decidir si la sacrificarían. Siente que le tiran de la manga de la remera, se da vuelta y descubre a su hija.

–¿Dónde está?

–En la otra punta de la pileta… la vez…ahí… al final del pasillo…

Lucía sale corriendo por el pasillo gris para ir a encontrarse con Juana. Aparece una terapeuta holística, una de las precursoras en el uso de esta práctica para la terapia con animales. Lo saluda y camina hasta el fondo del pasillo, hasta situarse al lado de su hija, a la que da un beso. La alza y la deja a la altura de la flotante Juana. Lucía grita, no se sabe si de alegría o de terror.  Con los compases de la La belle Hélène de Offenbach inundando el parque desde los parlantes del subsuelo, la profesora posa las palmas de sus manos sobre el vidrio, como si estuviera empujando un camión, pero sin esfuerzo.

Al minuto, la orca se aleja del vidrio, pega un salto en la mitad del tanque, que deja entrar un rayo de sol al romper el agua, y luego nada velozmente hacia Guillermo, que pensaba en la madre de Lucía, y ahora no puede creer que le hubieran encargado juzgar a ese animal.

Lucía lo llama. Guillermo camina por el pasillo hasta la otra punta del mirador del tanque. La bestia negra vuelve para dejarse imponer las manos de la terapeuta. Su hija sale corriendo, y estirando los brazos, posa las palmas de sus manos contra el vidrio como si fuera una ventosa. Pega una mejilla. Cierra y aprieta los ojos.

 

por Adrián Gastón Fares