Kong 25.

Querido Adrián

Entiendo tu preocupación por tu tía, tu abuelo, que hayas eliminado lo escrito incluso por temor al pasado y sus formas, pero no hay manera de arreglar ciertas cosas ni con una máquina del tiempo, que dicho sea de paso hasta ahora no han dado señales de vida.

Y tu mensaje me caló tan hondo que he decidido contarte la verdad. Ya era hora, de cualquier manera.

No soy un hombre del futuro.

No me llamo Von Kong.

Nunca tuve en mis manos una impresora Rivera.

Tal vez tenga el poder de leer tu mente. Te conocí desde que eras muy chico.

Soy médico. Mi especialización: otorrino. Pertenezco a un grupo de médicos que no hacemos lo que tenemos que hacer, con fines científicos (y admito que a veces recreativos)

Simple. Deduje tu pérdida de audición desde que leí como naciste en esa clínica en el barrio de Once. Me las arreglé para que te trajeran a mi consultorio cuando ya tenías cinco años.

Para eso tuve que dejar afuera del camino a otros médicos de este grupo secreto de experimentadores.

Una vez detectado tu problema y confirmado que hasta tu adolescencia el límite entre escuchar o no seria difuso opté por dejarte sin tratamiento.

Archive tu defectuosa audiometria y tu fantasmal potencial evocado.

Quise ver qué pasaba con tu adaptación. Hasta dónde llegabas para descubrir la verdad. Y como llegabas. Cuantos golpes te darías. Que pasaría con tu gente cercana. Como irían actuando ellos. Sabia que el Estado no te serviría de nada, así que que agradeceme que no te metí en trámites molestos desde temprano.

Hace poco coincidimos en un bar céntrico. Tocaba un DJ. Yo te observaba desde mi mesa. Noté tu cara tensa ante los ruidos fuertes amplificados por los audífonos, tu urgencia de salir de ese lugar luego de una hora de charlar con tus amigos. Pensé en cómo te estarías sintiendo. Y te compadecí. Nunca sentí nada parecido en mi vida.

Esto va con doble copia, una al Colegio de médicos para que me quiten la licencia (voy a sacarle su licencia para matar, dice una canción de Bob Dylan)

Ya estoy viejo, de cualquier manera. No tanto, todavía puedo jugar al golf con estos médicos amigos a quienes les importa poco y nada los procedimientos formales como a mí.

Nunca existió una Taka. Es el personaje femenino de un personaje de la película El último samurai. Ni yo sabía de donde había sacado ese nombre hasta que di en el cable Premium con una emisión de dicho film.

Nunca tuve a ningún No ser que eliminar o apresar.

No existen.

A raíz de una nota en una revista de divulgación científica creé ese mundo de impresoras genéticas. Craig Venter fue una inspiración.

Te escribí para darte confianza todo este tiempo. Que pensaras que eras un elegido por un detective del futuro. Creo que nunca lo creíste del todo, pero espero que haya mitigado la falta de un tratamiento adecuado. No siempre pude mantener el sentimiento de culpa a raya.

Hay una teoría que dice que todo nace de la culpa. Así nació Von Kong.

También te he enviado alguna que otra ayuda, gente de mi comunidad que te acompañó un poco; ya no están ni deben estar porque están atendiendo otros de mis conscientes deslices.

No sos el único con el que he experimentado.

Lamento tener que decirte la verdad recién ahora.

Tomo la precaución de no decirte mi nombre real para que no me persigas.

Cuelgo mi guardapolvo y pienso dedicarme a mi esposa y a mis tres hijos.

Espero que dejar mi profesión sacie tu sed de venganza si es que la hubiere.

Pronto te llegará una caja de cartón con todos los libros de ciencia ficción que he leído para crear a Von Kong y su pequeño mundo.

Agradezco que hayas contestado mis misivas. Que hasta me hayas pedido que conteste una encuesta por vos. Me he divertido un poco con la culpa.

Von Kong está vacante de ahora en más. En algún lugar de mi neuronas sigue persiguiendo a No seres que el mismo ha creado.

Si en tus sueños te diriges a esa Buenos Aires de colores, de un futuro lejano, donde un hombre persigue a las mascotas desmadradas y monstruosas de la ciudad con su ayudante No ser oriental llamada Taka podes tomar la forma de Kong. Incautar Impresoras Riviera.

También admito que me harías un favor olvidándolo todo.

He redactado un informe sobre tu vida. Lo he dejado en mano de una colega.

Por supuesto, tu nombre no está escrito en esas hojas.

Te he protegido. No soy tan desalmado.

Siento que, en parte, eres mi creación.

Pero como en este tipo de historias, te has terminado rebelando; te has proporcionado por tu cuenta lo que yo no quise darte.

Creí que te ibas a perder mucho antes. Que al descubrir la verdad te vendrías abajo como un edificio cuyas columnas son de goma. No tuve en cuenta entonces el poder de la elasticidad.

En el futuro tal vez reconozcan mi trabajo de investigación.

Eso espero.

Otra cosa no me importa.

Estoy conforme con mi trabajo.

Hasta siempre,

Doctor E

Maestre 15

06 de Febrero de 2019

 

Kong Completo – Índice

Kong 1

Kong 2

Kong 3

Kong 4

Kong 5

Kong 6

Kong 7

Kong 8

Kong 9

Kong 10

Kong 11

Kong 12

Kong 13

Kong 14

Kong 15

Kong 16

Kong 17

Kong 18

Kong 19

Kong 20

Kong 21

Kong 22

Kong 23

Kong 24 (no publicada en blog)

Kong 25

Deslizate en el fuego. Cuento.

Parecía un decorado. El receptáculo blanco, con forma de molusco, que contenía a su antepasado, con trazos grises en los contornos, podía ser un dibujo en la pared. Pero no, era macizo y real. Dentro de ese hangar, en ese edificio magnánimo, descansaba un ser que había sido necesario para que él lo estuviera observando en ese instante. Sin ese ser, Oliverio nunca hubiera sido. El pensamiento lo mareó un poco. El lugar daba para ponerse a cavilar porque no había mucho que mirar. Salvo la pantalla, pero no quería que absorbiera su atención.

La habitación donde tenían a su antepasado era única. Estaba separada de la que contenía al resto de los receptáculos porque la familia de Oliverio había acumulado mucho dinero desde que el primer inmigrante italiano pisó el suelo del país, varios siglos atrás, allá por el 1900.

A Oliverio no le gustaban los números ni pensar en ellos. Con cierto desdén, aunque con un interés que no supo disimular ante el empleado de la empresa, confirmó que según el cronómetro del receptáculo faltaban tres días para que volvieran a la vida a su antepasado.

La ley exigía que un descendiente estuviera presente en el momento de la reanimación. El resto de su familia no quería hacerse cargo. Su padre, de vacaciones, tampoco hubiera existido sin la cosa que ahora flotaba en la máquina.

A Bautista lo habían criogenizado a los noventa años. El viejo se había empecinado. Al despertar su condena habría terminado. Pronto estaría libre. Lo había calculado.

Cómo odiaba los números, pensaba Oliverio. Esos números que eran tan vitales para el miembro de su estirpe.

El molusco no permitía ver las facciones de Bautista Segundo. El ser inspiraba y expiraba a través de dos tentáculos. Oliverio tenía grabada en su mente una fotografía del que estaba adentro de la caja. El ex jefe de la policía estaba en un zoológico y alzaba en sus brazos a un niño ¿Quién era ese otro antepasado?

Le daba igual a Oliverio. En la pantalla ubicada en el plexo solar del molusco podía ver las imágenes que proyectaba el ser que estaba adentro. Bautista estaba recordando como una mujer lo afeitaba frente a un espejo. Tenía que reconocer que las facciones de Bautista eran más afiladas que las suyas, su mentón más firme. Gracias a esa succión de recuerdos que demandaba la pantalla, la mente del congelado se mantenía activa. De otra manera, los recuerdos podían perderse y el que resucitara sería un ser sin pasado, con la memoria de un bebé.

La memoria era importante. El pasado. Lo que a Oliverio lo atraía de la situación era su trasfondo maléfico. Una búsqueda rápida de datos había dado como resultado lo que sus padres no quisieron nunca reconocer.

Bautista Segundo no había dudado en torturar a los que lideraban organizaciones religiosas cuando la revolución así lo había pedido. Su antepasado había mandado a asesinar a miembros de todas las religiones.

Oliverio no sabía mucho de historia pero la consigna había sido clara: exterminar las religiones organizadas. Se habían vuelto un peligro para el mundo. Su antepasado tenía un prontuario notable, incluso había practicado los últimos exorcismos, que eran una parodia de los reales, que terminaban en violaciones, estupros y asesinatos. Había sido una de las caras visibles del exterminio. La secularización había terminado con todas las creencias. Sólo algunos esperaban sin esperanza la aparición de vida extraterrestre.

Los gendarmes y la ciencia habían arrasado con todo. Era por la ciencia que Bautista estaba en ese cajón mágico y que no era una piedra, un puñado de polvo, o con suerte un par de huesos en una urna de un cementerio.

Dejó el edificio de la empresa, se subió a su motocicleta y volvió a su casa. Era la segunda vez que veía el receptáculo. En la primera había notado que otra persona lo miraba desde el otro lado de la pared de vidrio. El chico desapareció rápido.

Oliverio aceleraba mientras pensaba que la velocidad hacía que se olvidara de los números mejor. En una pisada podía pasar de 200 a 300 kilómetros por hora. Era imposible contar ese cambio en un período de tiempo tan corto. Eso lo alegraba y despreocupaba.

Pronto otra motocicleta lo alcanzó. Se le pegó y trató de desestabilizarlo para que chocara contra un camión. Oliverio traspaso el camión y aceleró, pero la motocicleta volvió a alcanzarlo con el objetivo claro de hacerlo despistar. Su motocicleta se ladeó hacia la derecha pero logró estabilizarla y esta vez alcanzó al otro motoquero. Le tiró su moto encima. A diferencia de él, su perseguidor tenía un casco, es lo que llego a ver mientras la motocicleta se metía entre las malezas a la vera de la ruta y el conductor salía expelido.

Oliverio detuvo su motocicleta y caminó hasta el tipo de casco. La motocicleta del desconocido se había arruinado pero el traje de grafeno que llevaba el motoquero lo había salvado. Oliverio buscó en su bolsillo el cuchillo y lo esgrimió contra el desconocido.

Él no se hacía problema, no llevaba casco ni nada. No le preocupaba estrellarse. El motoquero caído se quitó el caso. Oliverio reconoció al mismo chico que lo estaba espiado en la empresa.

El chico escupió y le dijo a Oliverio que no iba a permitir que despertara a ese monstruo asesino.

Oliverio, que no estaba seguro de si quería conocer o no a su antepasado, ante este exabrupto que lo ponía entre dos aguas, sintió que su vida tenía una razón y contestó.

–Es el derecho de Bautista volver. Él lo pidió. Pagó por eso.

–Pagó con la plata que le sacó a los que mató, Oliverio. Te conozco. Conozco a tu familia.

–Si seguís hablando así–contestó con seguridad Oliverio–­. Voy a clavarte esto en el ojo. Y te voy a meter ese casco caro en el culo.

El chico se levantó y le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el traje que llevaba.

–Dale, hacélo.

–¿Quién sos?–. Le preguntó Oliverio.

–No tenemos la misma sangre. Pero vengo de la familia de la hermana de tu antepasado. Bautista mató a mis precursores, unos pastores evangelistas, y entregó al bebé que tenían a su hermana.

A Oliverio le importaba poco y nada el asunto. Lo que agregó el desconocido que afirmaba ser su familiar lo hizo reaccionar.

–No voy a permitir que levanten a ese viejo.

–Bueno–dijo Oliverio–. Eso se verá en tres días.

Se subió a su motocicleta y abandonó al extraño.

La satisfacción por haber encontrado un oponente apasionado, alguien que tal vez creyera con firmeza en algo, lo hacía pisar el acelerador a fondo.

Volvió a su apartamento, un piso ubicado en la esquina de la Avenida Santa Fe y la calle Talcahuano. Durmió un día entero. Al despertar contactó a su padre. Desde una playa y con la nuca sobre los duros pechos de una joven su padre le encomendó, con la promesa de retribuirle con dinero, el resguardo de la vuelta a la vida de Bautista.

Ya tenía dos incentivos. La estupidez del desconocido y el dinero de su padre.

Entrada la noche volvió a la empresa. Tenía que firmar el contrato donde certificaba que no demandaría a la empresa si la reanimación fallaba. Por otro lado, se sorprendió cuando la empleada del turno noche le explicó que se había puesto en marcha el rejuvenecimiento que había exigido Bautista.

Que no esperase ver salir a un anciano de la máquina. Si todo iba bien Bautista saldría con unos cuarenta años, que era lo que tenía, más o menos, cuando había cumplido con sus nefastas funciones.

Oliverio se sentó en una silla y se pasó la noche mirando los recuerdos de su ascendente.

Bautista levantaba a un niño. Corría por la costa bonaerense, debía ser Mar del Plata, donde ahora estaba la ruina que había sido la casa que el viejo tenía. En otra imágenes, Bautista, con la mirada acerada, enfrenta a una junta de jueces. Margarita O., una joven, declara que Bautista había matado a sus padres a sangre fría. Eran inocentes.  Sólo organizaban reuniones evangelistas. Su objetivo era mejorar el mundo, no destruirlo. No tenían nada que ver con los fanáticos religiosos que habían iniciado esa persecución despiadada. Bautista no contesta pero aclara que seguía órdenes.

Luego, ya viejo, está solo en una habitación, intenta salir, pero hay un policía en la puerta que lo detiene, vuelve sobre sus pasos, y se sienta apesadumbrado pero con la mirada altiva.

Oliverio buscó a la empleada y le preguntó si tenía criogenizado a un descendiente de Margarita O.

–Es una de las primeras junto con Bautista, Oli–. La empleada tenía el deber de llamarlo con su diminutivo, ser cariñosa, como en las tiendas de comida–. Ahora te voy a llevar a ver a la hija de Margarita O, está en la fosa común, si no te molesta entrar ahí claro, te llevo.

Filas de esos moluscos mecánicos se sucedían hasta casi el infinito. Oliverio se puso a ver la pantallita de la hija de Margarita. Sofía, se había llamado y se seguiría llamando.

El receptáculo, como el de su abuelo, había sido reforzado, modernizado y refaccionado a través de los siglos. No parecían simples heladeras como los primeros. Para apreciar el contraste sólo hacía falta mirar hacia el fondo.

Ahí estaban los receptáculos cuyos dueños no habían pagado lo suficiente para el mantenimiento. Eran unas cajas metálicas antiguas, tipo freezer comercial, medio oxidadas. Los ocupantes tal vez seguirían adentro hasta el fin de los tiempos. Oliverio había escuchado que algunos que salían de esas cajas vivían un día y morían. Un día para ver el futuro, qué locura.

Pero no sería el caso de Sofía, que estaba sumergida en un receptáculo actualizado y bien mantenido. Por lo que podía verse, siendo aún joven, y recién enterada de la criogenización de Bautista, la chica había desembolsado lo que había cobrado de indemnización su madre por el crimen de sus progenitores para asegurarse que dos días después de que volviera a la vida Bautista, ella también lo hiciera.

En las imágenes de Sofía se la veía junto a su madre de bebé succionando la teta en un calabozo. Luego con otra mujer, que vagamente le recordaba su padre a Oliverio, Sofía daba sus primeros pasos en la calle. Ya crecida, la hija de Margarita O., patina sobre hielo y es ovacionada por una multitud. No debía haberle costado el cambio, ese exilio en la máquina, pensó Oliverio.

Siguen imágenes de juicios. Sofía llora de alegría ante policías, de mirada preocupada, más jóvenes que Bautista. Esta vez, con esa mirada esperanzadora, estúpidamente triunfal, Oliverio la encontró parecida al motoquero que lo había perseguido.

Terminó teniendo sexo con la empleada en la cocina de la empresa. Sintió que se enamoraba. ¿Era eso? ¿Así nomás? ¿Cómo se atrevía hacerlo sentir de esa manera?

El amor era tan peligroso. Si bien las religiones habían desaparecido ante los avances vertiginosos de la ciencia, el amor seguía pujando y era la próxima cruzada de los humanos. Oliverio estaba de acuerdo en que era mejor la relación que su padre tenía con ese par de tetas de plástico que la que podía generar ese sentimiento pegajoso, irresponsable, que nacía en la panza y terminaba en los labios y que el común de los humanos llamaba amor.

¿Cómo era que una idea inventada por los humanos producía cambios químicos en el cuerpo? La creencia en la precognición de algunos retrógrados estaba basada en que era un instrumento para el amor. Las pruebas se habían sumado. Las coincidencias y los augurios debían ser atendidos. Lo único que había sido capaz de atentar contra la solidez del grafeno era lo que acababa de sentir cuando introducía parte de su carne en la carne de la empleada. Se olió la mano. Ese hedor…

Volvió a su casa, le temía más volver a encontrase con la empleada que enfrentar a ese chico que quería venganza. Desde el ventanal, observó la calle vacía y los vehículos que pasaban. Un par de zapatillas expuesto en una vidriera brillaba. Con lo que le pagaría su padre podía comprarse uno de esos y pagar las expensas a la vez. Era lo único que le importaba. Con un traje de grafeno y ese par de zapatillas podría esquiar sobre lava volcánica en las vacaciones. Deslizarse en el fuego. Eso era vivir. No quería atarse a nadie, ni siquiera a esa chica y mucho menos a ese ser que irrumpiría en su mundo en poco tiempo, con el que al fin y al cabo no tenía ninguna obligación más que asegurar su venida, porque lo único que le importaba era subir a esa montaña.

Sacaron uno a una las agarraderas que mantenían unidas las tapas del molusco dentro del cual flotaba Bautista.

Oliverio, como los dos técnicos presentes, llevaba barbijo y guardapolvos blancos. La resucitación ya estaba en marcha. La tapa comenzaba a levantarse. Salía humo. El olor era parecido al formol y lo prefería al otro que le había quedado pegado a sus manos.

Escuchó unos tiros y vio que entraba ese chico que lo había perseguido. Le disparó a los dos técnicos. Las paredes blancas se rayaron de grumos de sangre. Oliverio logró sacar su cuchillo y lo clavó en el cuello del chico que cayó redondo al piso. Mucho no le había servido el traje negro de grafeno al muy estúpido, pensó Oliverio. Fue lo último que pensó, porque desde el suelo el chico sacó otra pistola y le disparó un tiro que voló a Oliverio del mundo.

El día estaba nublado. El cielo arrastraba estrías blancuzcas. El edificio de la empresa, una masa gris con una puerta enorme, se recortaba contra el horizonte como si fuera el último refugio de la humanidad.

La puerta se abrió y salió caminando un hombre de unos cuarenta años con un portafolio negro. Con paso firme, marcial, dejó el predio y se adentró en la ciudad.

por Adrián Gastón Fares

La máquina de hacer llover universos

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Hace unos años empecé con esta trama. Iba a ser un relato largo de ciencia ficción y aventuras, con varios protagonistas que eran enviados a un mundo paralelo, donde el protagonista iba viviendo situaciones que tenían que ver con la historia del mundo, como si hubiera algo programado que hiciera que cualquiera en determinado camino para llegar a una meta debiera pasar por estos escalones y desatar estos nudos argumentales. En el medio habría traiciones y pérdida terribles. Quería escribir algo de aventuras un poco dark. La cosa es que para esa época la tarea era demasiado. Me la pasaba corriendo de aquí para allá entregando cochecitos de bebé al correo en mi trabajo, y mi mente estaba luchando contra la tristeza de una ruptura, y a la vez, apuntando de vuelta al cine, desafiándolo.

Fueron momentos difíciles para mí y esta trama quedó frenada. En vez de seguirla, retomé la escritura de cuentos, desarrollé tres proyectos de largometrajes (o cuatro, mejor dicho, sin contar una serie de tv ), reescribí la novela Intransparente y luego hice lo mismo con otra más corta, El nombre del pueblo.

Hace unos días un conocido me contó que se había devorado El nombre del pueblo (que no está editada) de principio a fin en una noche. La trama de esa novela de misterio es bastante inquietante.

Aquí publico hasta donde llegué con este relato largo, entonces, que puede llamarse La máquina de hacer llover universos.

Por Adrián Gastón Fares

 

I

El concepto de evolución que en nuestro planeta mejoró un naturalista inglés en Mingus era religión. La conciencia había evolucionado y las almas eran los dioses. Como si fluyera sangre por las venas y las arterias de nuestro pasado mitológico. Los enemigos son eternos. Los amigos también. Las guerras invisibles son moneda corriente. Si encuentra el camino, o si la encuentran, el alma retorna al clan familiar. Ya sea para ayudar. O para vengarse.

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

—Cómo te llamás?

—Héctor.

Le señalé el camino con la mano.

—Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

—Cómo se llamaba el dueño del reloj?

—nAn

—Es un relator.

—Así es, señor.

—¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

—Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

—En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

—nAn le va a pagar.

—¿Dónde está nAn?

—Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

—Yo no sé nada.

—Debería, señor—. Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

—Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

—Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

IV

Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.

Los Endos. Cuento.

A través de la ventana la nieve cae afuera de Los Galgos, decorado en su interior a tono con la cercanía de la Navidad. Manuel posa su mirada en la mujer que tiene enfrente, de belleza andrógina, alta, flaca, ancha espalda, con unos pechos apenas insinuados y apenas caídos debajo del vestido gris sin corpiño que la hacen más deseable. Una chica retira sus vasos.

–Hay mucho ruido en este lugar.

–Sí, es molesto.

–¿No te gustaría ir a mi casa? Es más tranquilo.

–Dale, sí.

Sigue leyendo “Los Endos. Cuento.”

Lemuria, o el fin del viaje

Lemuria, o el fin del viaje

Avanzamos por la costa de Manakara, donde las elevaciones se abrieron para ofrecernos el océano, que está ahí frente a nosotros, como una exhalación del pasado ya. En el borde de la escollera, a dos pasos del agua, esperamos que el mar se abra también, pero nada ocurre (el tiempo se detiene otra vez y nos reconocemos; sabíamos que estábamos perdidos, pero no tanto); es posible que mañana al levantarnos en la oscura roca, nos vean desde el cielo mientras se alejen y se pregunten qué hacemos acá, como nosotros nos preguntaremos por ellos, más que nada por todos esos nenes que abrirán sus ojos en otro mundo, que no sabrán que huyeron.

A las miradas escrutadoras (¿habrá alguna?; ignoramos si desde los cohetes la tierra se verá) les contaremos que seguimos al lémur y que el animalito nos paseó por vastas regiones que hasta el momento creíamos inexistentes, no por imposibles sino porque jamás las habíamos soñado en nuestra cómoda seguridad. El lémur nos mira con sus brillantes ojos, retrocede y se rasca la cabeza, mientras su cola anillada serpentea a ras del suelo.

Y nos dormimos, mirando al animalito que nos recuerda que no hay otra, que los últimos cohetes ya salen y los pobres e ingenuos quedamos afuera, qué le vamos a hacer; esta destrucción será el principio de otra evolución, la nueva selección nos apartó de los demás y nos dejó sobre esta roca fría, donde nuestras pisadas son lavadas sin asco por el agua constante, en latigazos helados que nos dejan tiritando frente al lémur.

En el sueño recordamos nuestro tránsito, las vueltas que nos llevaron por rocas y más rocas, como si éstas fueran un símbolo secreto que huyó del azar para encontrarnos a nosotros y dejarnos pensativos y confundidos frente al itinerario del lémur; el estrecho desfiladero que nos reveló Petra (el lémur husmeó con énfasis y desechó muchas grietas), el recinto del Gran Zimbabue, donde el animalito pareció por un momento encontrar lo que buscaba en la torre cónica. Recordamos nuestro suspiro y el escepticismo que nos había noqueado ya antes de que el lémur saliera de la torre y se alejara de nosotros para desandar el camino.

En el sueño visitamos las alcantarillas de Mohenjo-Daro, donde encontramos al lémur con ese aire de seguridad en la búsqueda que a todos nos faltaba. Decidimos seguirlo. Mucho tiempo después, y también en el sueño, cruzábamos en una barcaza el Canal de Mozambique, porque el lémur se encaprichó con la embarcación.

Despertamos con el ruido de las primeras explosiones; los ojos del animalito desesperan. Los cohetes nos abandonan, los niños amanecerán mañana en un nuevo hogar. Miramos al lémur, reconociendo el fin de nuestro recorrido; otra explosión (otro cohete sale al espacio, las explosiones hacen que quieran abandonar el planeta lo antes posible) y el animal corre hasta la punta de la lengua de tierra que nos sostiene y da tres alocados saltos; nosotros lo tomamos más tranquilos, ni el sueño nos repuso del escape y estamos muy cansados.

El lémur vuelve, da otro salto y reconoce una grieta, una separación en la roca tan insignificante que apenas pasaría su cuerpito. Nos acercamos y, vencidos, rodeamos al animal, mientras otra explosión hace que más cohetes se lancen al espacio. Mientras escuchamos el final de todo, la cola del lémur se tensa en un espasmo de alegría y lo perdemos en la grieta, donde se mete dichoso de encontrar la roca sumergida, el continente que siempre supimos que buscaba, pero que está vedado justo para nosotros.

Adrián Fares