El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4.

Todo empezó la noche que mi hermano se encontró con el pescador en el restaurante. Nosotros estábamos en un bar cercano, esperando que don Isidoro termine de hacer su trabajo para que nos cuente la reacción de Miguel.

Cuando entendí que éste creía de verdad que Castillo estaba en el pueblo, y que era un viejo que había empeñado un medallón, caminé por la playa tratando de encontrar a ese hombre. Como no me fue posible, le pregunté a don Isidoro si había visto a un vagabundo. Ahí me contó la historia del viejo que vivía en el faro. Se me ocurrió, entonces, citar al pescador con mi hermano en el restaurante y que lo convenciera de visitarlo. Así sabría que aquel hombre era un pobre vagabundo. Esto coincidió con la muerte violenta de Amanda, pensé que mi hermano todavía no se había convencido de la identidad del asesino.

Don Isidoro estaba, como siempre necesitado de dinero y volvió al bar muy contento, pidió ginebra y nos contó que había impresionado a mi hermano y que sin ninguna duda iría a ver quién era el zaparrastroso del faro. Luego contó los billetes que le habíamos dado y se fue. El Ruso tenía una cita en el restaurante y dejó el bar.

Me quedé solo, pensando en nada, revolviendo un café que no quería tomar. El bar estaba muy concurrido, ya que a esa hora servían chocolate y el frío y la lluvia propiciaban su consumo. Tanto que, apartando mi café, me pedí uno dispuesto a no ver nada más que a la barra derretirse lentamente.

Cerca de mi mesa, un nene reía mientras su madre le pasaba una servilleta por la boca. Esa risa hizo que se me pasara el mal humor que tenía. Si bien un chico que llora puede hacernos caer en la más acerba desesperación, uno que ríe nos hace felices. Imaginaba a mi esposa sonriendo con un bebé en brazos y pensé lo feliz que toda la gente sería si las cosas ocurriesen como esperaban. Poco a poco, algo se fue esparciendo en mi memoria como el chocolate en la leche. Y el recuerdo era tan oscuro y extraño, que las imágenes acudían a mi mente poco iluminadas y vaporosas, y no podía ordenarlas porque casi no podía ver lo que eran.

Sin embargo, ahí estaba mi madre. De pie, frente al espejo del baño, alisaba con un cepillo las ondas de su pelo. Y había alguien frente a ella, un chico casi tan bajito como yo en la época del recuerdo. Estaba parado delante de la puerta del baño y alzaba la cabeza mirando cómo mi madre se peinaba. La cabellera rubia se movía y brillaba. Miguel estaba quieto y abstraído en aquello que observaba. Yo bajaba la vista y seguía leyendo el libro de estudios sobre la mesa de la cocina, la levantaba de nuevo y Miguel seguía ahí. En algún momento mi madre se daba vuelta súbitamente y le hacía una morisqueta a mi hermano, que reía y salía corriendo a su pieza. Entonces, mientras seguía alisando su pelo, yo escuchaba la risa clara de la mujer.

Tan enfrascado estaba en mi recuerdo que no me di cuenta que miraba fijamente al nene que estaba con la madre. El mocoso me mostraba la lengua muy enojado. En ese momento recordé que aquella noche tenía una fiesta en lo de Mario y lo mejor era que fuese a prepararme.

Más tarde discutí con mi esposa porque ella no quería ir a la fiesta. Una amiga le había contado un rumor sobre mí, que mi mujer ya había confirmado hacía tiempo, y estaba muy enojada. La dejé sola y llamé al Ruso para que pasara a buscarme con su coche. Ahí conocí a la mujer con la que el Ruso se había citado en el restaurante. Iba en el asiento del acompañante y cada tanto se daba vuelta y me sonreía. No era muy linda, pero su cabellera oscura y ondulada me atraía.

¡Cómo se besaban esos dos! Por un momento temí que fuéramos a chocar. Me sentía solo y tonto, estaba contento de que mi mujer no hubiese venido, pero me veía explicándoles a todos que estaba descompuesta y les mandaba saludos.

No podía evitar mirarle el pelo a aquella chica. Había algo que me perturbaba: era como saber lo que otros no saben y, por cortesía, callarse. Era no animarse a mirar por segunda vez a alguien que parece conocido, y sin embargo, quedarse para siempre con la duda.

La fiesta estaba muy alegre. Habíamos llegado un poco tarde y ya todos bailaban. La orquesta tocaba milongas y ni bien entré me ofrecieron whisky. Mientras hablaba con los invitados tomaba como nunca. Tanto que noté que varias veces Mario me miraba fijamente. Después de la comida sirvieron champán y no pude negarme. Pronto bailaba con una morena. Había muchos invitados bailando junto a mí. A un costado, la mujer de Mario intentaba convencer a su marido de que se sumara al grupo.

Mientras bailaba con la morena, yo no podía sacar los ojos de la novia del Ruso. Todo ese pelo hamacándose sobre sus hombros. Y entonces fue como si los que bailaban en esa habitación cayeran encima de mí. Recuerdo haber apoyado la mejilla en la de la morena. Cerré los ojos… (continuará)

Por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 13.

Hoy a la ocho recibí a mi hermano. Se lo veía muy preocupado por mi salud. Le dijeron que yo andaba hablando pavadas por el pueblo, que asusté a unos nenes con supersticiones. Nada puedo reprocharle a Juan, él no sabe que Castillo está entre nosotros, que camina por el centro como si fuera un hombre más. Dice que un fantasma no puede envejecer, que tendría que verlo tan joven como cuando murió. Son pavadas, un fantasma hace lo que quiere, nosotros lo vemos como a él más le gusta y pienso que pasar desapercibido en la tierra le debe gustar; por qué no ser un viejo, al que se olvida fácilmente.

Juan también está enojado. Debe ser muy inoportuno que justo ahora, cuando tiene todo a su favor para salir electo, yo le salga con todo esto que pasa en el pueblo. Y cómo no contarle que volví a ver al viejo y que lo perseguí por las calles sin animarme a abordarlo. Aunque dos veces mis manos rozaron los hombros del extraño, en el último momento no tuve valor. Ahora mi hermano cree que estoy más loco que antes.

Sin embargo, las calles del pueblo siguen embarradas por la persistente llovizna. Para demostrar a Castillo que no temo su maldición y que el dios que lo secunda no es más que un marginado del cielo que, aburrido, nos molesta, abro en los atardeceres la puerta y le gritó a la lluvia.

Volví a la comisaría. Falcón me confirmó que a Lorena el asesino le hizo lo mismo que a Martita. La encontró don Isidoro.

Al anochecer, el pescador fue a la laguna a juntar carnada –el comisario dijo que intentaba agarrar un cisne para cocinarlo, porque encontraron a uno bastante desplumado, casi muerto– y al acercarse a la orilla le llamó la atención un cisne que parecía levitar sobre el agua. Isidoro contó que se asustó al recordar las cosas raras que estaban pasando en el pueblo y tuvo ganas de salir corriendo. Enseguida notó que el cisne estaba posado sobre el vientre de un cuerpo femenino que flotaba entre los nenúfares. El viejo empezó a vadear la orilla y el cisne volvió al agua. Cuando llegó al cuerpo reconoció a Lorena.

Don Trefe aseguró que mientras él cerraba la panadería, su hija le había dicho que iba a visitarme a mí. Le pregunté a Falcón por qué yo no era el principal sospechoso y me dijo que, además de que Kaufman casi se había declarado culpable, él no creía que yo fuera sospechoso nada más que de estupidez –me dijo lo que pensaba de mis esperas en la playa– y que era imposible –miraba el titular de un diario con una encuesta electoral– que yo hubiera matado a alguien. Agregó que no me preocupase porque, si bien ellos no tenían ninguna pista que encaminara la investigación, el loco, que él también pensaba que no era el pobre Kaufman, pronto cometería un error y sería ajusticiado.

Entonces me contó la historia del asesino de Obel. Falcón explicó que tenía dos amigos en una comisaría del pueblo vecino que a él lo querían como un hermano y le pasaban información.

El comisario dijo que de las cosas que en este mundo no tenían explicación ésa era una de las más extrañas. El asesino de asesino seriales, así lo llaman en Obel, actúa de la siguiente manera: cuando se cometen dos asesinatos que tienen características parecidas, entonces él se acerca y mata al culpable antes de que cometa el tercero. En Obel creen que lo hace por la deficiente justicia que ejercen las autoridades, pero Falcón dice que acá no ve la razón –afirma que él siempre resuelve sus casos–. Después se quedó pensando y, desilusionado, agregó que era muy probable que el asesino de asesinos se suicidara antes de cometer otro crimen: él también era un asesino serial.

De cualquier modo, según el comisario debemos esperar porque, si todo el asunto es verdad y el asesino no se considera un asesino más, el hombre estará viajando al pueblo y cuando vaya a cometer el tercer crimen nuestro asesino, entonces él lo eliminará y nosotros vamos a salvarnos del juicio. No hubo caso. Por más que le expliqué que a un fantasma no se lo puede matar, no lo quiso entender. Él dice que un espectro no necesita hacer las cosas que nuestro asesino hace, que es muy humano y por eso necesita matar. Terminó repitiendo que lo mejor era esperar y que, mientras tanto, iba a mandar a mi casa a una oficial de civil de anzuelo porque tenía serias razones para sospechar que al asesino no le agradaba que yo tuviera compañía femenina. Él no quiere creer en la maldición, está ciego, no ve que Castillo necesita prolongar su venganza hasta el fin de los tiempos y que eligió a nuestras jóvenes para eso.

Hoy recibí otra vez a la mujer, a esa policía de civil. Se llama Daniela y es muy fea. Hace que añore la mirada de Martita y la gracia de Lorena. Tiene sarpullidos en la cara y una voz demasiado estridente. Le gusta hablar de ejercicios gimnásticos y de cómo se murió su gato. Ya me contó por lo menos cinco veces la agonía de este pobre animal.

A pesar de la muerte de Lorena, el lunes me vinieron a buscar de la escuela para que me presente a dar clases. No sé cómo insisten con un hombre como yo. Claro que mi hermano habrá arreglado todo. Ahora que será gobernador de nuestro pueblo, no tiene más objetivos que limpiar el nombre de la familia. Soy, estoy seguro, su peor pesadilla.

Entonces, el lunes fui a dar clases. Conocí a la directora y me hice amigo de su hija, que me vino a felicitar por el programa que les dicté. Ella está muy triste, dice que nunca va a poder demostrar lo que sabe en esta escuela porque todos los profesores la tratan demasiado bien. Yo le hice un chiste: la traté muy mal toda la clase, cosa que no me fue tan difícil por el ánimo que tenía ese día. A pesar de todo, uno de los alumnos quiso saber cómo era posible que un vendedor de gansos medio sordo fuera profesor y ella me defendió alegando que esas cosas no eran importantes. Luciana, ése es su nombre, es muy divertida y poco supersticiosa, cree que la tormenta se debe a los insoportables calores del verano pasado. Yo trato de hacer mi papel de profesor y dejo que esta quinceañera diga lo que yo mismo diría si no supiera ciertas cosas.

El resfrío no me abandona, así que es mejor que cierre este cuaderno y descanse un poco.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 9.

El primer descubrimiento del día fue al despertarme: tenía un resfrío tremendo. De todas formas, fui a buscar más gansos y cumplí la jornada. La tarde pasó sin que el resfrío me hostigase el ánimo. Caminé mucho bajo la lluvia —que amainó un poco; hoy fue una llovizna persistente y fría—y siempre sintiéndome muy bien. Después de la cena me empezaron a zumbar los oídos. Estos zumbidos me comenzaron a molestar a los veinticinco años, son constantes aunque de intensidad variable. El médico los llamó zumbidos catastróficos. Y como tales, no los podía tolerar, a pesar de que los enmascaran los audífonos un poco porque fijan mi atención en otros sonidos, me cobijé en la cama, sin las lombrices mecánicas en los oídos, claro, que quedaron en la mesa de luz, y me dispuse a escribir lo que pasó esta tarde concentrandome en la escritura y no en lo que una vecina del pueblo llamó hace poco como “el ruido maravilloso del universo en tu cabeza”. La mujer, que no tenía ninguna maldad sino explicar algo que no entendía, me causó gracia con su percepción del tinnitus. Yo, que ya no recuerdo como es no oír nada, porque a pesar de que no entiendo muchas palabras, ni oigo la lluvia, estas sibilantes compañeras que tocan el arpa en mis dos orejas, nunca me dejan. Nunca podré decirle como Elías a Acab: Levántate, come y bebe, porque ya oigo el sonido de lluvia fuerte.

Pero qué bello también es soñar voces, me ha pasado, y se escuchan sin el zumbido, sin el ruido del universo como si no existiera ni el ruido ni el universo, incluso voces de personas que ya no están. Cristalinas, uno se despierta luego como si le hubieran dado una ducha caliente en una bañera o le hubieran lavado la cabellera alguna ninfa o ogresa imposible. Mejor no pensar mucho en el acúfeno, zumbido, tinnitus o como quieran que lo llamen en esta vía láctea. El trabajo es trabajo. Como llenar una página donde soy, más o menos, libre.

El de vender gansos requiere cierta táctica. Se trata de hacer lo mismo que los agricultores con el campo: rotar los cultivos y dejar descansar el suelo. Sabía que no convenía vender en el barrio residencial hoy porque había vendido ahí antes y todos ya habían comprado sus gansos. Entonces, me encaminé al centro comercial con la esperanza de concretar dos propósitos: vender las aves y ver a Lorena.

Rosa salió de su negocio en la galería y me compró un ganso. Don Mario detuvo su bicicleta y me pidió otro. Estuve parado una hora en una esquina, bajo el alero de un quiosco, ofreciendo gansos a todos los que pasaban pero no vendí ninguno más. Me disponía a irme cuando vi pasar a un anciano alto, de copiosa y encanecida barba. Llamaba la atención la roña que tenía. Su cara parecía frotada con hollín y su traje atacado por una jauría de perros rabiosos. El hombre avanzaba rápido y a sacudones, como molesto por las personas que pasaban a su alrededor. Jamás lo había visto.

Me interesó lo que llevaba. Los dedos finos y largos de su mano izquierda se cerraban en torno a un brillo que me pareció conocido. Nada más puedo decir. Entreví ese brillo y decidí seguir al viejo. De cualquier manera, yo debía ir para el lado que él había tomado. Eran las cuatro y Lorena debía estar por abrir la panadería.

Lo vi tomar una manzana y masticarla. También pararse en una peluquería y mirar con persistencia al barbero mientras atendía a un cliente. Al llegar al negocio de antigüedades se detuvo bruscamente y entró. Esperé un momento y lo seguí.

Don Humberto le estaba entregando dinero, no pude ver cuánto porque mi interés se concentró en un objeto que el dependiente guardó bajo el mostrador. Yo había dado unos pasos, asombrado por lo que había visto, cuando el hombre me rozó el hombro y salió de la tienda tan bruscamente como había entrado. ¿Era posible que el viejo hubiera vendido un medallón, uno que tenía dos unicornios que se enfrentaban en un salto? Eso fue lo que me pareció ver en las manos del anticuario.

Es más, estoy seguro que eso fue lo que vi. De otra manera me hubiera atrevido a pedirle a don Humberto que me mostrara su reciente adquisición. Creo que al abandonar la tienda tuve demasiado miedo de confirmar lo que ya sabía. Tal vez pueda volver a la casa de antigüedades, pero sé que siempre voy a tener preparada una excusa para no ir. A veces creo que existe en mí una especie de perversión en ese sentido. Las dudas que alimento se convierten con el tiempo en misterios, corroborados por otras circunstancias dudosas, y creo que son la más deliciosa tortura que un hombre puede enfrentar. Es extraño también saber que esos misterios se pueden resolver con una pregunta, una visita en un día cualquiera, pero más extraño es todavía tener al mismo tiempo la absoluta seguridad de que el tiempo pasará y que nunca me animaré a ese alivio.

Más allá del medallón, la verdadera respuesta desapareció en la calle. Cuando salí, el viejo ya no estaba y el viento sopló en mis oídos una pregunta. ¿Quién si no Castillo, el vengador, el asesino, era ese viejo que tenía el medallón? ¿A quién otro se lo había visto desde aquella tarde tormentosa en la playa?

Desde que la embarcación apareció no me tropecé más que con preguntas. La verdad debe ser tímida y cómoda, nunca sale de su casa, pretende que siempre la sorprendamos con una visita. Pero sólo me atreví a molestar a la hija del panadero.

Dejé la caña con los gansos apoyada contra la pared de la panadería. Lorena salió con una bolsa en la cabeza para no mojarse y me dijo que había rechazado a Kaufman y que lo único que quería era divertirse a la noche. Me acordé que los martes después de las siete en el cine hay teatro. La cartelera anunciaba “Las nueve tías de Apolo”. Lorena aceptó acompañarme, y me dio un beso en la mejilla.

Sólo una vez en la vida me emborraché. No sé por qué pero al enfrentar las calles mi cabeza daba vueltas como si hubiera bebido demasiado. Ya aquí me di cuenta que no era sólo mi enamoramiento: el resfrío me había abrazado y tenía fiebre. Así y todo, a las ocho arrostré la lluvia y le avisé a Lorena que no podríamos ir a la función.

“Loco”, me gritó, “no vamos a salir porque estás enfermo y me lo venís a decir todo mojado” Salió con una manta, un paraguas —yo llevaba ese cuero que encontré en un galpón— y me envolvió y me acompañó hasta mi casa. La invité a entrar y se negó diciendo que tenía que hacerle el café a su padre. Postergamos la salida esperando que mi salud mejore el sábado.

Ya aquí, releí este diario desde el comienzo y me pregunté qué clase de peces abisales micróscopicos nadaran en el café oscuro y tibio de Don Trefe. Me dije que el padre de Lorena, tan amante de la oscuridad, bien podría ser el primer sospechoso de una novela de detectives. Y su hija como sus queridos peces de las profundidades aprendió a brillar con luz propia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Hoy (ayer) rodeé el cementerio de Recoleta, un guitarrista cantaba Aleluya (Hallelujah), de Leonard Cohen, pegado a la pared del cementerio, di una vuelta, caminé un poco más, y una violonchelista tocaba Aleluya de Leonard Cohen, más pegada a esa pared que guarda lo que no se puede guardar. Más tarde, salí otra vez, caminé por Corrientes y una vocalista cantaba Aleluya, de Leonard Cohen. La cuarta, la quinta, la menor cae y la mayor aparece… dice. El mundo, a veces, es difuminante, imitativo. Estas cosas van más para la entropía y una novela de Thomas Pynchon que para la realidad. Pero parece que la realidad imita al arte a esta altura de los años y los siglos. Y por eso hacemos cosas. (Y también por eso no las hacemos, un poco de amor es necesario, empatía -palabra que repiten y yo también-, reconocer, dejarse ir, hemos perdido el camino a lo irreal que es lo que nos hizo seres humanos)

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.