El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 12 / final de la Primera parte.

12.

Muchas cosas intrigaban a Elortis, en especial las que le hacían pensar que había posibles conspiraciones para captar su atención. Por ejemplo, le parecía raro encontrar, por esos días, canciones enteras grabadas en su contestador. Primero, Sultans of swing, y después una canción más rebuscada, ochentosa, de Carly Simon, llamada Coming Around Again. A veces música electrónica, pero cuando era música electrónica era menos interesante porque no podía reconocerla, para tratar de interpretar qué le habían querido decir con el título; y ni siquiera tenía letra. La de Carly Simon la adivinó, era la canción de una película que se llamaba en castellano El difícil arte de amar. Aunque había pensado que el que actuaba era Robert De Niro, cuando en realidad, según averiguo en el IMDb, era Jack Nicholson. La confundía con otra en que los amantes se cruzaban en el subte. A ésta la había visto solo en un cine. Y Miranda le había contado que la vio en televisión, antes de conocerlo, con su tío. Tal vez en un hotel alojamiento, pensaba Elortis.

Sin embargo, él sabía que, por suerte, no podía ser Miranda la que lo hacía escuchar temas completos en el teléfono. Sospechaba que lo de música electrónica era el encargado de relaciones públicas de un boliche, por el que a veces pasaba con Romualdo, que estaba implementado una técnica de marketing de persuasión subliminal. Para él, ese mismo tema lo pasaban en el boliche, y así le recordaban a los clientes, que tenían en la base de datos, que esa noche se dieran una vuelta por el lugar.

Otro día me salió con que para él Sofía, la bailarina o stripper, nunca estaba claro, era una asistente social, como él hace años atrás con ese chico, Andrés, enviada por el Gobierno de la Ciudad para estar al tanto de lo que hacía encerrado en su departamento. Para él existía la posibilidad de que nuestras charlas en Internet fueran leídas por funcionarios que desconfiaban de él porque sabían que hablaba con una chica tan joven, casi una menor. Lo decía medio en broma, agregando unos jaja que ahondaban el carácter obsesivo y patético de sus palabras. ¿Qué stripper andaría buscando libros por Recoleta? Cuando se veían llegaba siempre tarde, como si fuera más una obligación (que cumplía con mucho placer, se preocupó de aclararme Elortis; siempre tan arrogante) que una decisión propia. También podía ser que Sofía adivinara el día que la conoció en Avellaneda, por su mirada de perro, la difícil situación que estaba pasando y, como era una chica de buen corazón, decidiera ayudarlo.

No pude evitar comentarle que para mí llegaba tarde porque atendía a sus clientes, perdón Elortis, o tardaba en vestirse cuando bajaba del caño. A Elortis le parecío raro que el bailantero le pidiera que la llevara, mucha casualidad decía. La policía pasaba siempre por la zona donde trabajaba Sofía, y él había escuchado que encargaban trabajos a civiles que cambiaban por otros favores, como dejarlos hacer su actividad ilegal sin molestarlos, o no enviarlos de vuelta a sus países si eran extranjeros indocumentados. Las ciudades estaban cada vez más controladas en el mundo, y no eran cámaras las que nos seguían sino personas que interpretaban nuestros actos según modelos de conducta sociales… Claramente, las sospechas sobre el pasado de su padre lo estaban trastornando.

Una de las razones por la que pensaba que Sofía era una enviada para controlarlo era que trabajaba en Recoleta, cerca de donde había vuelto a ver al hombre de equipo deportivo. Se preguntaba qué hacía sentado en la vereda de un bar de la calle Quintana, oteando el horizonte, palabras textuales de Elortis, a las cuatro de la tarde. Él apuró el paso hasta la avenida Alvear. Igual, le gustaba caminar rápido, decía que le hacía bien a sus piernas, que eran lo menos que ejercitaba en el gimnasio. La frutilla del postre era que cuando volvió a su edificio, treinta cuadras atrás, encontró a su amigo de gorra —¿la tendría pegada a la cabeza?— y jogging sentado en el sillón de la recepción. Justo entraba una vecina con sus dos nenes, y Elortis los empujó para subir corriendo por las escaleras.

Después, otro día, me reveló que si salía a caminar un poco, a las dos cuadras volvía a paso rápido para evitar que el hombre de gorrita violentara la puerta de su departamento para revisarle los papeles. Aunque sabía que estaban atrás suyo por algo, a ciencia cierta no podía saber a qué se debía. Tal vez temían que en un próximo libro ventilara algunas conexiones. Mal que mal, él era un escritor que había tenido algo de exposición. Algunos periodistas se interesarían en su nueva obra. Por eso prefería andar con cuidado, y pasar los días en su departamento, conversando conmigo o respondiendo a los vendedores y encuestadores telefónicos que lo llamaban.

Eran el colmo para Elortis; unas personas sin alma tomaban esos trabajos dañinos y se dedicaban a arruinarle las tardes a los muy jóvenes, viejos, o desempleados, o que trabajaban en sus casas, con todo tipo de preguntas y propuestas molestas; cuando no llamaban los del servicio telefónico para ofrecer alguna promoción fantasma, por la que te podían tener media hora, eran los bancos que ofrecían seguros por accidente o muerte, seguro que a usted le preocupa el futuro de sus seres queridos, o, directamente, los cementerios que ofrecían sus parcelas porque, aunque todavía es joven, conviene tener en cuenta todas las posibilidades.

Las encuestas de rating eran lo más digerible porque al ser electrónicas, grabadas, uno no pensaba que era una llamada importante y cortaba al instante. Pero más seguido escuchaba la voz, no menos mecánica, de esos agentes encargados de vender cualquier cosa a cualquier precio. La frialdad de una persona que llamaba a la tarde para ofrecer una parcela en un cementerio a otra, encima en esos cementerios que parecen una escenografía del paraíso, era el signo, para Elortis, de que existía la maldad encarnada en el mundo. Y los de las encuestas de ingresos: ¿querían que les contara que pagaba las expensas del departamento donde vivía con lo que sacaba del alquiler del de su padre? Prefería a esos personajes sospechosos que habían aparecido en su vida antes que las voces en el teléfono. Y eso que estaba seguro que a Sofía le gustaban más las mujeres que los hombres. Por eso mismo era tan buena en complacerlo.

En fin, para mí toda esta desconfianza, estas vueltas, solamente demostraban el miedo de Elortis a relacionarse con la gente. Se ve que, en el fondo, me animé a comentarle, él nunca había confiado en Miranda, ni en su padre. Sin embargo, él estaba seguro que sus sospechas eran fundadas, por lo menos en esencia, agregaba… Nunca hay que subestimar las intuiciones que tenemos; ya decía su padre que era lo más parecido al lenguaje adámico. Para darle una nueva meta a su vida, como él quería, primero tenía que entender al mundo, buscarle el dobladillo, y sostenía que cuando uno empezaba a hacer eso, a salirse del camino que nos tenía preparado la sociedad, aparecían estas casualidades sutiles que nos obligaban a definir una forma de pensar, y por lo tanto, de actuar; Orson Welles decía que el que no sabe bailar le echa la culpa al piso, y así le había ido. Muy bien al principio, y después lo habían abandonado, aunque era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 11.

11.

El Callicebus no era un mono más; Baldomero creía que entre su nueva mascota y él había una conexión ancestral. A Elortis le gustaba contarle a la gente que su padre tenía un mono amazónico en su departamento. Le dije la verdad, me parecía medio grasa, hasta perros y gatos está bien, pero no me gustan esas personas que mantienen reptiles, loros, hurones, arañas. Elortis decía que a los conocidos les encantaba el mono, tanto en la casa de su padre, como en el tiempo que estuvo en la suya; aún hoy seguían preguntando por el destino de Albarracín. Según mi punto de vista, a la gente le gustaba reírse de los excéntricos que tienen bichos raros. Y éste no era muy común, me confirmó; había averiguado recientemente en Internet, que esa subespecie de mono tití, que tenía la parte inferior de la cara, y también las rodillas, cubiertas de pelo rojizo, era un Bernhardi, un mono tití que recién fue descubierto a principios de este siglo por un primatólogo alemán que vivía en el Amazonas, y recibiría ese nombre en honor del príncipe Bernardo de Holanda.

Su padre había ubicado la jaula del mono en el lavadero, justo al lado de una ventana de vidrio esmerilado que daba a la calle. Las primeras semanas, al llegar de la universidad, Baldomero ponía una banqueta frente a la jaula y pasaba horas, bañado en una luz amarillenta tenue, observando al mono Albarracín. Antes, claro, retiraba la bandeja inferior de la jaula para reemplazar las piedritas sanitarias, le cambiaba el agua, y le ponía comida. El mono nunca hacía nada de otro mundo, más que nada saltaba de reja en reja, y rompía las cáscaras de los maníes, pero a Baldomero le gustaba mirar a Albarracín; decía que lo relajaba. La madre de Elortis pensaba que Baldomero simplemente se había dado el gusto de tener un mono, y que la costumbre era la excusa para conservarlo. No veía que obtuviera alguna conclusión sobre el tipo de comunicación básica, pero esencial, que, según él, el mono manejaba.

Lo peor de todo era que el animalito era muy agresivo. Baldomero no lo tocaba nunca, pero Elortis lo quiso agarrar un día, y terminó con el dedo sangrando. Albarracín estaba siempre mostrando los dientes, y con los ojos inyectados en sangre; ¿qué tipo de información intentaba sacar su padre de una bestia del Amazonas como Albarracín? A ciencia cierta, nadie lo sabía.

Llegó el día que a su padre se le ocurrió llevar a Albarracín a una de sus clases. Para eso, primero, había que meterlo en una jaulita más chica que había comprado especialmente. Baldomero usó una toalla, para poder apresarlo dentro de la jaula sin que le sacara el dedo. Sin embargo, Albarracín empujó con la cabeza hasta que logró salirse de la especie de bolsa que Baldomero había hecho con la toalla, y atravesó el living, arrastrando la toalla porque se le había quedado enganchada en una uña. Baldomero lo seguía de cerca, pero el mono se daba vuelta, y lo amenazaba con chillidos desesperados y amenazantes. Finalmente, el mono se detuvo para desengancharse la toalla con sus manitos, y su padre aprovechó para empujarlo dentro de la jaulita. Sí, Baldomero se había dado el gusto de divagar sobre psicología comparada con el mono al lado. No había razones para que este animal de ojos chispeantes y barba roja estuviera presente; sin embargo, cuando volvió a su casa le dijo a su esposa que los alumnos habían prestado más atención que nunca.

Al principio, Albarracín estaba como loco, y saltaba y chillaba sin parar, pero después se serenó de una manera nunca vista, y se quedó mirando a los alumnos, consciente —según su padre—  de que estaba siendo observado por mentes obtusas. Después sí, les había explicado a sus alumnos que creía que ese mono, un animal que venía directo, sin escalas, de la selva amazónica a la ciudad, no una mascota dócil y acostumbrada al trato diario con humanos, o un bicho mecanizado como los que veíamos en los zoológicos, escondía una verdad, refractaria a nuestra mente acostumbrada a lo complejo, que por lo tanto sólo podía ser reconocida luego de horas de paciente observación. Acto seguido, les aclaró que él todavía no había alcanzado a comprender esa verdad, pero que podía notar que Albarracín estaba acostumbrado a comunicarse con simpleza con el ambiente que lo rodeaba, y que un animal así era más inconsciencia que otra cosa; un sueño. Un animal así, decía enfervorizado Baldomero, debía recordarnos a Nietzche, cuando decía que la función de la conciencia era restarnos lo individual para volvernos útiles a la sociedad. También les dijo que había llegado a la conclusión que los humanos teníamos tres conciencias: una social, una íntima y otra natural. Ninguna bien desarrollada. A diferencia, su mono Albarracín era un todo indivisible, una especie de dios, un ser completo. Lo que sugería era bastante controvertido. El profesor pregonaba una vuelta a la brutalidad, lo enfrentó una alumna. Pero lo que en realidad quería, explicó Baldomero, era encontrar el camino de vuelta de las palabras, ver si había otra forma más práctica de comunicar las cosas, porque el lenguaje que utilizaba el hombre, cada vez más desvirtuado, no cumplía con su función de facilitar el entendimiento entre los humanos. Un alumno le preguntó si él estaba hablando a favor de la telepatía y la parapsicología, pero Baldomero le dejó en claro que esas eran palabras que ya tenían un significado muy marcado para usarlas; él tan solo quería encontrar la manera de que las personas se entendieran sin malentendidos, de que los sentimientos pudieran comunicarse sin expresiones ambiguas que pervertían la realidad. Descreía que las palabras fueran un buen medio de comunicación. Le preocupaba que hubiera tantos momentos, sentimientos, ideas y pensamientos huérfanos de formas adecuadas de expresarlos. Cada vez que decíamos algo, menospreciábamos a la idea que nos había hecho abrir la boca. El soplido que hacía circular la vida, el viento ancestral, se perdía en corredores sin salidas. Ahora él estaba buscando, con su querido mono Albarracín enjaulado a su lado, la corriente de aire que volaba hacia el prado ventoso donde pacían las esencias del mundo.

Un alumno aplaudió, y  gritó que un tornado se lo iba a llevar puesto. Baldomero no prestó atención a la interrupción. Redobló la apuesta: dio a entender que los animales callaban porque comprendían más que nosotros, que eran seres de una categoría superior, que se dejaban utilizar por la esencia natural del universo. Por eso saltaban, por eso volaban, por eso nadaban, con tanta facilidad; mientras que nosotros, cada vez más anquilosados, nos habíamos dedicado a perdernos en lenguajes imprecisos. Las palabras nos habían apresado; para Baldomero estábamos ciegos, y teníamos el cuerpo atrofiado. A esa altura, la mitad de la clase liberaba sus carcajadas, otros directamente no prestaban atención, como si no fuera un profesor al que tenían enfrente, sino a uno de esos desquiciados que enviaban de los loqueros para vender artículos que no sabían ofrecer, decía Elortis, que presenció la clase porque había ido para ayudarlo a meter después la jaula con el mono en un taxi; pero unos pocos miraban a su padre con tímida admiración. De cualquier manera, Diego le había contado que en la universidad, cuando un profesor se iba por las ramas, decían que estaba dando la clase del loco, refiriéndose a aquella tarde del mono y Baldomero.

Ahora bien, esa clase terminó de unir a Baldomero con el Callicebus, el objeto de su estudio, y su padre se dedicaba a observarlo con la mano en el mentón, como si notara matices cada vez más interesantes en el comportamiento, para Elortis totalmente monótono y regular, de Albarracín. Parecía rumiar, frente al mono, con los ojos achinados y masticando una sonrisa de autosuficiencia, las palabras sabias que les había transmitido a sus alumnos. Al final del discurso les había dicho que, tal como estaban las cosas, en el futuro las ciudades se verían invadidas por las alimañas y las bestias, una visión opuesta a esas pos-apocalípticas que vemos en películas y en videoclips hoy en día. Para Baldomero, los pájaros y las plantas volverían a ganar, de a poco, el terreno perdido.

Elortis estaba bastante de acuerdo; el verano anterior, acostado en su sillón mientras caía la tarde veía, a través de su persiana americana, según el día, benteveos, carpinteros, chingolos, palomas gigantes —averiguó que en realidad se llamaban tórtolas turcas—, horneros, calandrias, un picaflor, torcazas, y muchos zorzales que se dedicaban a remover la tierra de las macetas del balcón y le pegaban las pulgas a Motor. Al anochecer, aparecían por las ramas del gomero —que también como el aguacatero pertenecía al hotel vecino—, unas siluetas alargadas: Ratas.

Algunas se deslizaban por la gruesa medianera del hotel hacia su ventana, pero no importaba, Elortis las miraba con simpatía desde la oscuridad. La visión de tanta naturaleza en el medio de la ciudad no podía molestarle. Incluso una tardecita, había encontrado a un pájaro durmiendo en una rama larga que se metía en su balcón. Primero, no había prendido la luz de afuera y, maravillado por el descubrimiento, en vez de creer que era una hoja del árbol con forma de ave, se le dio por pensar que alguien, tal vez la empleada doméstica que venía una vez por semana, había colgado un figura, recortada por su nena seguro, con la forma de un pájaro, con un objetivo enigmático e indescifrable. También pensó que era el mono Albarracín, que había retornado. Sin embargo, por suerte, era un pajarito de verdad, con la cabeza metida abajo del ala.

Generalmente se la pasaba sentado a la computadora esperando que yo apareciera —en aquel momento hacía bastante que hablábamos— o que se conectara Romualdo, según decía, y mientras buscaba libros usados, o leía críticas de cine, o bajaba música; pero aquel anochecer se quedó dormido en el sillón de su estudio. Tal vez se le había ido la mano, aquella tarde, con la rutina de ejercicios en el gimnasio —siempre vacío a la hora que iba, me había dicho en otra conversación. Pero cambiar la rutina por cualquier razón, decía Elortis como acordándose, tal vez reprochándome, ese día que yo no había aparecido, daba buenos resultados.

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y llegaba a otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos.

Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina.

Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

En la época del mono Albarracín, y a pesar de la concentración que observarlo parecía requerirle, Baldomero se hacía algunas escapadas de fin de semana a pescar con amigos, seguramente con el capitán. Su padre no era de esas personas que abandonaban a sus amigos en cuanto otra meta se les cruzaba, le gustaba jugarse por la gente que apreciaba, y sus amistades prevalecían, sin duda, por sobre su familia y algunas de sus ocupaciones.

Uno de aquellos viajes de Baldomero a la costa coincidió con el momento en que Elortis estaba planeando irse a vivir solo; trataría de hacerse cargo de los gastos de un departamento que su familia tenía desocupado.

A la noche, cuando volvía de la facultad, Elortis veía al mono Albarracín colgando de las rejas de la jaula, esperando con una expresión desconcertada. Debía extrañar la mirada atenta de su padre. Sin embargo, cuando él se acercaba al resplandor amarillento, el mono empezaba a rascarse la cabeza, y enseguida convertía la acción en un acto frenético en el que parecía arrancarse los pelitos blancos que tenía en las orejas. Baldomero volvió de la costa con varios libros sobre el comportamiento animal que le habían prestado, entre ellos uno de Wolfgang Köhler. Otra casualidad, que para Elortis, que no creía en el azar, hacía más sospechoso a su padre: se creía que los experimentos con chimpancés que Köhler realizaba junto a su esposa Eva en Tenerife, en el lugar que llamaban La Casa Amarilla, eran una pantalla para encubrir sus actividades de espionaje para Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

Baldomero intentó hacer reaccionar a Albarracín a diversos estímulos, para clasificar sus modelos fijos de movimiento y sus taxias.  Luego de fracasar con los más sutiles, como pretender que con un palito chino, que le tiró en la jaula, el mono alcanzara unos maníes que le había dejado sobre una silla que ubicó bien cerca de la jaula —el mono sólo revoleaba el palito, a veces fuera la jaula—, pasó a probar los más drásticos, como encenderle un fósforo en la cara y después sólo sacar otro de la cajita para ver su reacción. Como resultado, en el invierno el mono se agarraba la cabecita cada vez que prendían la estufa del lavadero con fósforos. Sin embargo, una vez que la explosión inicial pasaba y la llama empezaba a consumir la madera, Albarracín se quedaba mirando obnubilado la llamita. Según Baldomero, el hábitat del mono en el Amazonas estaba intacto y jamás había visto arder el fuego. Siguió probando con otros trucos, pero no recibía ninguna respuesta alentadora.

El descubrimiento vino por una casualidad. Percibió que el mono se contagiaba de sus bostezos. Creyó que en el bostezo acariciábamos alguna glándula telepática. Su padre decía que hasta el zumbido en los oídos que tenía se le apaciguaba cuando bostezaba y la mente se le aclaraba. Comenté que todos sabemos que bostezar es un acto contagioso. Pero Elortis dijo que se ignoraban las razones, y agregó que de saber, a saber de verdad hay una gran diferencia. Su padre había llegado a una pregunta interesante. Cuando Baldomero hacía que bostezaba, un simulacro del bostezo, el mono no reaccionaba al estímulo y se quedaba pasándose las manitos por los pelos blancos: ¿el bostezo sería un resto, mal interpretado, de la lengua adámica que intentó rastrear toda su vida? Quién sabe qué se escapa cuando bostezamos, afirmaba por esos días Baldomero sin inmutarse en las sobremesas de la universidad, según pudo saber Elortis a través de las averiguaciones de Diego. Su padre decía que era una acción muy parecida a la de abrir los esfínteres. Tal vez sea exactamente lo contrario, pensaba Baldomero adelante de los otros profesores y ayudantes que lo escuchaban, y al bostezar estamos liberando al mundo una materia sin densidad, pura, con algún tipo de información sin procesar. No creía que fuera una manera de sincronizar las horas de sueño, como pensaban algunos. Si el mito era un producto accesorio del lenguaje, una enfermedad de la palabra, entonces el bostezo podía ser el antídoto, o tener aunque sea algunos ingredientes de la receta. Y entonces Elortis se imaginaba a su padre levantando la voz, como le había contado Diego, para aclarar sus pensamientos, que, para mi mala suerte, me iba a repetir.

Él no era un psicólogo más; estaba hecho de la misma madera que August Schleicher, Otto Jespersen y Guillermo de Humboldt, pero a diferencia de este último, no tenía un hermano que hiciera el trabajo de campo para él. Tenía que ensuciarse las manos. Costearse viajes y ayudantes para ver qué perspectiva cósmica tenía impregnada cada pueblo en su lengua estaba fuera de sus posibilidades económicas. Ni siquiera tenía plata para comprarse una buena edición de la gramática sánscrita del indio Panini, sólo tenía esas anotaciones milenarias en fotocopias que le habían prestado, y ¡cómo querían que encontrara en una fotocopia rastros del problema de origen del lenguaje! Si las lenguas eran una copia del único lenguaje, entonces alguna tenía que ser más fiel al  original; en aquel entonces no existía la reproducción en serie, que no lo olvidaran, y el sánscrito siempre había estado en el centro de todas las miradas. Diego tenía la paciencia de reproducirle estos discursos de su padre. Elortis tenía miedo que fueran invenciones de este novelista en ciernes. Según Diego, Baldomero apenas se detenía para respirar cuando hablaba. Elortis iba anotando en su cuaderno:

Su padre no entendía cómo los conceptos se habían juntado con las imágenes acústicas, y cómo estas decisiones terminaban en pueblos sistematizados. Algunos de estos pueblos, como el nuestro, nunca habían abandonado la manía de clasificar todo, etiquetaban a las personas en cuanto las veían; que tuvieran cuidado porque eso les estaban enseñando a los alumnos en las demás cátedras. ¿¡Y la energeia dónde quedaba!? Basta de despistar a la gente de lo elemental. Se habían olvidado de los sonidos emotivos de Demócrito, por eso a él le gustaba tanto escuchar esas milongas y a Shumann; expresarse a través de su lengua como lo estaba haciendo en ese momento era pragmatismo sucio de políticos y sofistas. Había que dar un paso atrás y encontrar a los filósofos chinos, el caballo blanco que no es un caballo de Gongsun Long, la rectificación de los nombres del confucionismo; en lo posible ir mas allá todavía, cruzar el mito para caer en la nada misma primigenia. A ver si entendían algo de lo que somos. Por algo Schleicher pasó de Hegel a sir Darwin. Basta de copias e imitaciones señores. Había que separar lo verdadero, el etymon, la forma original de cada término; y más todavía, escuchar la música que producían las esencias del universo, sin contar los compases, como le hubiera gustado a Johan Mattheson (esto lo decía con voz meliflua, le aclaraba Diego a Elortis, ya medio arrepentido de todo el discurso que había dado; su padre ya se sentía menospreciado por los que lo escuchaban)

Diego averiguó que los demás profesores tampoco dudaban en explicar la vuelta a las raíces que intentaba Baldomero como producto del niño resentido y solitario que había sido. Y para algunos era una forma de acabar con el tiempo, y estacionar una y otra vez su mente en una niñez que no había disfrutado, donde todavía no había palabras significativas para contar, y por lo tanto hacer realidad, su desgraciada historia. Elortis sabía que él había tenido una buena infancia, que podía aflojar las riendas de su pasado porque no tiraba tanto para atrás como el de su padre. Pero ahora estaba sufriendo, y no encontraba la manera de relacionarse con las personas; todos se habían vuelto una amenaza porque no sabía explicarles su objetivo en esta vida —le parecía que no tenía metas claras en ese momento. Lo primero que quieren saber es en qué andás.

Veía poco a Miranda y era más que obvio que estaba necesitado de compañía femenina, de una mujer que lo tranquilizara y consolara un poco. Unos días después iba por la calle Quintana, y encontró a Sofía, la bailarina, mirando la vidriera de una librería. Se asombró al reconocerlo, y dijo que había ido especialmente para ver si conseguía Los árboles transparentes, aunque cuando la abordó estaba mirando con cariño el cartel de promoción de un libro de autoayuda escrito por un periodista. Elortis tuvo un lindo gesto; le compró su libro, y también el del periodista. También la invitó a tomar un café. Fueron a La Biela; Elortis se imaginaba a Bioy almorzando con algunas de sus amigas, era la primera vez que se metía en ese lugar.

Me advirtió que no me iba a ocultar cosas. De ahí fueron a su departamento. Ella le mostró algunos videos de Lambada que estaban en Internet, había un tal Berg que, enfundado en unos pantalones blancos, bailaba muy bien; revoleaba a las chicas de acá para allá, según Elortis. Intentó que él aprendiera los pasos, pero no hubo caso, mi amigo era de madera para bailar, coordinar los movimientos no era lo suyo. En una de las vueltas Elortis la besó. Sofía se quedó a dormir. Le gustó que lo retara porque no había bolsita en el tachito que hay al lado del inodoro, y que se tomara el trabajo de ponerle la que le habían dado con los libros. En realidad, me aclaraba, todo esto fue porque a la mitad de la noche la chica se indispuso. Elortis no me quiso dar más detalles. Al otro día, apenas se fue Sofía, a pesar de estar menos tensionado, según sus propias palabras, su espíritu fue inundado por un gran pesar. Para él, ese tipo de acto amoroso, sin enamoramiento previo, a veces era como el acto en el vacío que describía Lorenz en uno de los libros sobre el comportamiento animal que tenía Baldomero. En alemán el término era difícil de repetir; mejor en inglés: vacuum activities. Actos reflejos para compensar la falta de estímulos externos reales. Lorenz lo había notado en un pájaro que, a falta de bichos para cazar, se encaramaba al respaldo de una silla al acecho de bichos invisibles. Elortis lo había visto en Motor, cuando salía corriendo como loco por todos lados, como si hubiera algo de lo que esconderse o perseguir. Y en él mismo, cuando últimamente se acostaba con alguna chica. Vacuum activity. Sofía no tenía la culpa, era linda y a ella le gustaba afirmar que tenía responsabilidad afectiva.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 10.

10.

Cansado de que los acontecimientos lo llevaran, sin sentido, de un lado para el otro, a Elortis le pareció necesario seguir entrevistando a viejos conocidos de su padre. La carta había borrado su apellido de los medios, y todavía quería encontrar al benefactor de la memoria de Baldomero. Intercambió algunos e-mails con Lito, el alumno que le había ayudado a conseguir al mono Albarracín. Lito le contaba alegremente que trabajaba en una oficina del gobierno, y le decía que fuera a verlo cuando quisiera. Elortis no tenía nada que hacer al otro día, y pasar la tarde encerrado en su departamento no le hacía bien. Aunque en la calle se sentía más solo y descarriado. Empezaba a pensar que había sido de muy mala suerte tener éxito con el libro porque lo llevó a tomarse en serio lo que él quería hacer en la vida, y eso significaba a veces alejarse de los demás. Todavía no sabía bien qué era lo próximo que iba a hacer pero estaba claro que en la calle, en los bares, rodeado de mentes ocupadas en tantas cosas, no lo iba a encontrar. Creía que mientras esperaba que hirviera el agua de la pava en su departamento, sus pensamientos se amoldaban a lo que estaba buscando. A veces en el silencio escuchaba que un vecino de un piso inferior abría la ventana. Le llegaba el olor dulce del tabaco. Él había dejado el vicio, y le molestaba el humo. Además se imaginaba a la persona que fumaba triste; ahora uno fuma si está triste, o borracho, o las dos cosas a la vez, decía. Eso era lo que hacía él, se ve, y ponía a todos en la misma bolsa.

Al otro día se fue caminando hasta la oficina de Lito. No quedó contento con la reunión. Un policía lo había acompañado hasta el cuarto piso del edificio, casi desamueblado si no fuera por el detalle de un sillón de cuero marrón largo en el medio. El policía se quedó sentado en una banqueta. Antes, le pidió que esperara a Lito en el sillón. Pasó media hora. Ya no sabía cómo ubicarse, el sillón era mullido, pero no había llevado  ningún libro, y le daba vergüenza estar ahí sentado sin hacer nada. El policía se la pasaba hablando con el celular. Al parecer tenían un asado esa noche con otros miembros de la fuerza y le pedía a otro si podía ir un poco antes a prender el fuego porque él no iba a llegar temprano, antes tenía que ver a una tal Nancy. En la red social que usaba, Elortis tenía a un policía, un ex compañero de la secundaria. El padre del futuro policía lo pasaba a buscar a las seis de la mañana todos los días para ir al colegio. Era curioso, decía, pero el policía no ponía fotos con armas verdaderas en su perfil. En cambio, tenía algunas fotos en ese juego en que los participantes se disparan con cartuchos de pintura. También Elortis tenía como amigo a un empleado de seguridad, de esos que cuidan las cadenas de farmacias o los supermercados, un familiar de Miranda, y ése sí llevaba una escopeta en la foto del perfil. La gente siempre quiere lo que no tiene, reflexionaba Elortis mientras esperaba que Lito se desocupara y lo atendiera. Y apareció, se veía mucho más viejo que él, medio quemado este Lito, decía Elortis. Aunque se movía con agilidad en el recinto vacío. Le hizo una broma al policía, y después se metió en una de las oficinas que daban al ambiente principal. Salió con unos caramelos, y obligó a Elortis a que aceptara uno antes de sentarse a su lado.

Lo primero que dijo fue que extrañaba muchísimo a Baldomero, aunque hablaban poco y nada, le gustaba saber que podía levantar el teléfono y llamarlo cuando tenía dudas existenciales. Elortis estaba acostumbrado a esas cosas. Aunque en sus últimos tiempos su padre se fue sumiendo en un silencio que sólo interrumpía para maldecir al mono Albarracín, aún hoy la persona que alquilaba su departamento se quejaba porque seguía recibiendo llamados de alumnos que querían discutir algún problema emocional con el profesor Ortiz. Una mujer llegó a dejar un mensaje donde contaba que estaba al borde del suicidio porque había vuelto su hermana de España, y ahora su esposo terminaría de enamorarse de ella. Eso fue lo que había entendido el inquilino de Elortis.

Lito decía que, sinceramente, no sabía bien qué función cumplía en ese edificio; creía que se encargaba de coordinar a los empleados. En un momento entró su jefe, un político desconocido para Elortis, y Lito se levantó para estrecharle la mano. Estaba asombrado de que Elortis no lo conociera; además de diputado nacional, era el abogado que había difundido la lista del batallón 601 de inteligencia civil militar. Mi amigo había escuchado la noticia, pero no le prestó mucha atención. Algunos de los nombres de los espías civiles se podían ver en una lista disponible en Internet. Lito le aseguró, guiñando el ojo, que la lista había sido manipulada antes de la publicación. Elortis quedó asombrado al escuchar eso en boca de Lito, porque recordó que siempre se había sospechado que su hermano, cuya muerte violenta en la época de la última dictadura nunca se había aclarado, era uno de los espías. Le llamaba la atención que Lito trabajara con el que había ayudado a que esa lista se difundiera. Decía que todavía era demasiado ingenuo como para caer en ese tipo de asombro. Se le ocurrió que podía ser el hermano de Lito el que había metido a Baldomero en esa fuerza. Claro que no había nada que lo señalara; Elortis todavía no había visto ninguna de las listas.

El padre de Lito era el que, mientras trabajaba en Puerto Iguazú, le había mandado el Callicebus a Baldomero en una camioneta. Elortis no podía olvidarse de ese día porque cuando bajó a recibir al mono, que había viajado en una caja apenas agujereada, vio que el vehículo estaba repleto de otras alimañas, más que nada reptiles varios en jaulas, aunque había una pecera con unas arañas negras ovilladas, y hasta una cajita que decía cucarachas de Madagascar, cuyo nombre científico es Gromphadorhina portentosa, especificó. Baldomero no se detuvo hasta conseguir que le vendieran, por unos cuantos pesos, dos ejemplares de estas cucarachas, que observó en una pecera un par de días, hasta que la madre de Elortis se cansó de cubrir el recipiente con una revista para no tener que verlas mientras su esposo no estaba, y las tiró por el inodoro. Le comenté a Elortis que estos insectos no eran tan difíciles de conseguir, yo misma los había visto en una veterinaria de la calle Callao, cerca de mi casa. Elortis agregó que ahora se conseguía cualquier bicho en las inmediaciones de la feria de Pompeya, que el visitaba de chico con Baldomero, dicho sea de paso. Él era hijo único, por lo tanto caprichoso, cuando no le compraban algo, se ponía a pellizcar el brazo del que lo llevaba de la mano.

Una tarde que fueron a esa feria a ver algunos pájaros en los que Baldomero tenía interés, el niño Elortis empezó a hablar peste contra su padre porque no le había comprado unos pececitos que se le metieron en la cabeza. Baldomero estacionó el auto frente a la iglesia de Pompeya, y lo llevó a rastras, de un brazo, hasta el altar, donde le pidió a la Virgen del Rosario que expulsara el demonio que su hijo tenía adentro. Le cayó muy mal el intento de purificación; detestó que su padre hiciera toda esa pantomina, si nunca iba a misa. Elortis se había confesado muchas veces, y sabía que la Iglesia generaba estos vaivenes emocionales; o te dejaba tranquilo y satisfecho como después de una confesión sin penitencia (pensaba que tal vez había empezado a ser escritor, aunque ahora relataba cosas no tan ficticias, en el confesionario; cuando era chico no sabía qué pecados contarle al cura, él se tenía por un santo, y entonces inventaba peleas con sus familiares, malas contestaciones y celos), o salías malhumorado porque te habían mandado a rezar diez avemarías. Pero que te trataran de exorcizar frente a la Virgen era otra cosa.

El niño Elortis se había ido con un nudo en el estómago, y sintiéndose también un poco culpable porque en el fondo sabía que algunas fuerzas ocultas lo hacían desear todo lo que veía, y, aquel día, los cabeza de león tenían que ser suyos a toda costa. Sus tardes, en especial la de los fines de semana, eran muy aburridas, se excusa Elortis; no tenía muchos amigos, y los animales lo distraían. Su padre, aunque cada tanto le hacía alguna broma, o le permitía cambiarle el agua y darle de comer a los pajaritos que tenía en el balcón, siempre estaba metido en lo suyo, con el ceño fruncido y sacudiendo la cabeza, como si pensara en algún problema que se le hubiera escapado durante la semana. ¿Pensaría en qué nombres poner en la lista negra que le pasaba a sus jefes? ¿en algunas de sus amantes? ¿la pelirroja inteligente con la que debía compartir interesantes conversaciones de sobrecama? ¿o sería que la japonesa lo tenía a mal traer con su idea de que con el tiempo los hombres recibían lo merecido cuando engañaban a la esposa?

Podía comprender que engañara a su madre, pero no que soplara lo que hablaban determinadas personas a otras que después se dedicaban a hacerlos humo. Los nombres de los alumnos y profesores estaban pintados en una bandera gigante en el patio central de la universidad, en cuyas aulas Elortis había aprendido una profesión que nunca ejercería y se había enamorado inútilmente de alguna compañera. Sin embargo, vino a descubrir que Baldomero, que aparentemente andaba contándole a unos desconocidos, o no tanto, seguro, qué inclinaciones políticas tenían los demás ahí, había seducido a su alumna pelirroja y quién sabe cuántas más.

Lito le dio a entender que era una posibilidad que Baldomero colaborara con su hermano, aunque no sabía quién había metido a quién en esos negocios. A Elortis le llamó la atención que llamara negocio a lo que hacía su hermano. Aunque lo que estaba haciendo ahora Lito en esa habitación desamueblada tampoco tenía un nombre más claro. Había encontrado su lugar en un tipo de panal, esa mosca lo llamaba Elortis, en el que no importaba que produjeras miel; esos lugares estaban rotulados desde siempre por amiguismos y favores devueltos, incluso para apaciguar y contentar a algunos que, desocupados, empezaban a molestar. Por eso la comunidad que se juntaba en esos lugares era tan heterogénea.

Elortis volvió con un peso extra en su espalda, el de sentirse tan cómodo, e incluso reírse de los chistes que contaba ese alegre personaje. De vuelta en su departamento, no podía estar quieto. Motor estaba más raro que nunca, se le erizaba la espalda, y lo miraba como si él fuera un ser peligroso, que estuviera pensando en hacer una locura.

No sé si ya lo dije, pero a Elortis le encantaban las paltas. Dio la casualidad que las ramas de un aguacatero, plantado en el patio del hotel de al lado, daban al contrafrente de su departamento. Las paltas estaban maduras, y Elortis escuchaba cómo se estrellaban contra el techo alambrado del patio de su edificio. Ese sonido grave lo ponía nervioso. Además no llegaba a las ramas del árbol para salvarlas de esa caída, y después comérselas.

Se sentó en la computadora y buscó la lista que había mencionado Lito. Enseguida la encontró, y la bajó en un PDF. Nómina del personal civil de inteligencia que prestó servicios en el destacamento de inteligencia 601 entre los años 1976 y 1983, tenía como título.

Los empleados estaban clasificados según el nombre completo y la especialidad. Había dactilógrafos, agentes de reunión de información, conductores de vehículos, cocineros, auxiliares de personal, fotógrafos, mozos, radiooperadores, contadores, agentes de seguridad, peones, electricistas, perfograboverificadores, mecánicos, agentes de operaciones especiales y agentes de censura, entre otros a los que no prestó atención. No había ningún Ortiz, claro. Leyó la lista de nuevo fijándose sólo en los nombres, y ahí vio que uno de los agentes de reunión se llamaba Álvaro. El segundo nombre era Daniel, y el apellido Albarracín. El nombre completo de su padre era Baldomero Álvaro Ortiz.

Mientras, cuenta Elortis, las paltas maduras sonaban como disparos al estrellarse. Le empezaron a zumbar los oídos. De algún lugar tenía que haber sacado su padre, años después, ese nombre insólito para un mono tití: Albarracín.

Igual, todo le parecía muy llevado de los pelos, no había otro indicio que señalara que el Alvaro Albarracín de la lista (al que bien le podían decir el Mono también, ya que tenía entendido que entre estos agentes era común llamarse por un sobrenombre, que señalaba alguna virtud, defecto, o característica física del portador), fuera su padre. Eso sí, en la época en que Baldomero se dejaba la barba parecía un mono sagrado de la India. Sin embargo, nada probaba que el psicólogo Baldomero Ortiz fuera el agente Álvaro Albarracín.

Elortis borró la lista de su computadora, y se dedicó a acariciar a Motor que dormitaba en el sillón; ya estaba menos arisco que cuando volvió de su experiencia independiente en la costa. Y sentado ahí, acariciando a su gato, le dieron ganas de reírse. Y lo hizo, no podía creerse del todo que Baldomero fuera un espía; sí lo veía como una reaccionario que andaba gritándole a la gente su versión de la realidad en la universidad. Todas esas casualidades que estaba encontrando tenían que estar dirigidas, diría Pascal, decía Elortis, por un sentimiento.

No había entendido del todo a Baldomero, no sabía bien quién había sido, creía que lo había engañado a él y a su madre, pero lo había hecho para salir adelante. A diferencia de él, Baldomero venía de la nada, cuando su padre, el abuelo de Elortis, se murió, muy joven, su madre lo internó por un tiempo en un colegio pupilo porque tenía que salir a trabajar y no podía ocuparse del chico.

Vivían en un departamento prestado por un tío español que era letrista de tangos y los ayudaba cada tanto con algún dinero. Al poco tiempo también la madre se murió de un infarto. Le costaba contar estas cosas a Elortis pero no podía parar. Su padre se las había revelado muy de a poco. No le gustaba hablar de su infancia. Baldomero vivió un tiempo con otro familiar de la madre, un portero español que trabajaba en el edificio donde vivía una familia adinerada, los Ramos Mejía. Detrás del edificio había una cancha de tenis y Baldomero veía por la ventana a otro chico que lo miraba como invitándolo a jugar con él, pero el padre del chico se lo llevaba y Baldomero, como años después su hijo, se pasaba las tardes revolviendo las cosas que el portero español recibía de los dueños del edificio. Tiraban muchas cosas, entre ellas esculturas, cuadros y libros, y Bautista, como se llamaba el portero, se quedaba con la mayoría. Baldomero se entretenía con esos bártulos y leía muchos libros, más que nada de historia. Con el tiempo el tío español le consiguió un buen trabajo en una empresa multinacional, y Baldomero pudo estudiar y salir adelante por sí mismo.

Las cosas para Elortis habían sido mucho más fáciles en la primera infancia y la culpa que sentía por eso hacía que mucho no le entusiasmara ponerse a analizar el pasado lejano de su padre. Por eso prefería ver en su mente la imagen todavía fresca del mono enjaulado al que se había dedicado a observar detenidamente Baldomero en sus últimos años. Sin embargo, esa imagen era también inquietante.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 9.

9.

 Justo unos días después de la última conversación salió a cenar con su amigo y la esposa, quienes le dieron la noticia de que se venía el bautismo del hijo que tenían. Por supuesto que estaba invitado, pero le pedían que armara un librito que ellos se encargarían de imprimir. Constaría de entrevistas y textos de producción propia sobre cómo veían a Jorguito, el bebé, sus familiares. Querían que cuando fuera grande, el chico pudiera leer las primeras impresiones que dejaba en este mundo, por si se desviaba del camino. Le dijeron que pusiera un precio y, aunque necesitaba la plata, Elortis no se animó a presupuestar el trabajo.

Aunque no dijo nada, estaba furioso por lo que su amigo le estaba pidiendo. Era como pasarle la pala a un moribundo para que cavara su propia tumba. Ni tenía fuerzas para hacer lo que le pedían, ni era justo que un escritor en ciernes se dedicara a tales asuntos. Para colmo, al otro día de la cena la suegra de su amigo lo llamó —la hija le había pasado el número— para pedirle que grabara con una cámara de video las entrevistas. Le dejó en claro que ella intentaría resaltar las raíces griegas de su familia. Quería que le dijera cuándo podían juntarse en su casa para organizar el tema del video. Elortis puso varias excusas para evitar la reunión, pero después se arrepintió, no quería quedar mal, y le escribió un e-mail para arreglar el encuentro.

Mientras tomaba una coca con la suegra de su amigo y comía la torta de manzana exquisita que le había preparado, Elortis notó que se entusiasmaba con la propuesta para el video, aunque no podía dejar de odiar a los padres de Jorguito por haberle encargado el trabajo. Después de todo, me dijo, de esas contracasualidades está hecha la vida. Esas vueltas extrañas, inesperadas, terminaban encausando las cosas a veces. Era natural. Le estaban pidiendo que hiciera lo que ellos entendían que él hacía o podía hacer. Podía disfrutarlo. Qué seríamos sin estas sorpresas, decía, notablemente molesto y avergonzado por la propuesta.

La mujer, una odontóloga, quería que escribieran juntos el guión con las apariciones de cada miembro de la familia. Por suerte, Elortis pudo convencerla de que sería mejor improvisar algo. Pero no confiaba en él, y pensaba que los iba a hacer quedar a todos como unos payasos.

Su idea era hacer una pequeña introducción en la que bailarían, dando vueltas agarradas de los hombros, el hasapiko con la madre de Jorguito, su otra hija, su consuegra y unas amigas. Luego leería en voz alta un poema que escribiría para su nieto. Elortis recordó que el hasapiko era originalmente la danza de los carniceros y que iba bien para la ocasión. Tal vez Jorguito, en el futuro, pensara que era un mensaje cifrado para convencerlo de que adoptara ese oficio. En manos de estos locos alegres no necesitaría muchos consejos, no se desviaría de ninguna senda. Aunque no se podía saber en qué se convertiría Jorguito, y qué clase de procesos mentales terminaría usando para descifrar los mensajes del librito.

Resultó que la vieja tenía preparados otros numeritos. El centenario bisabuelo del nene, por ejemplo, le dedicaría una canzonetta con su acordeón. El cuñado de Richard, chef especializado en comida oriental, le enseñaría a cocinar su primer chow fun y, mientras tanto, le daría otros consejos culinarios. Elortis le dijo que no había problemas con esas cosas, que se podían hacer tranquilamente, pero que juntaran en una misma casa a los restantes familiares del nene así despachaban los demás numeritos en un día. Tampoco iba a perder tanto tiempo, me dijo.

No sabía que estaba desencadenando una pelea en el seno de esa familia, por lo menos en apariencia, tan unida. Enseguida la madre de su amigo lo llamó para compartir su desacuerdo. ¿Cómo iban a hacer para que don Antonio agarrara el acordeón? Si apenas podía moverse. En la fiesta del bautismo, después de la proyección, los terminarían criticando. No había que olvidar que estaban invitados unos cuantos mandamases de la fábrica de gaseosas. ¿Qué iban a pensar de esa familia, mitad italiana y mitad griega, que se disfrazaban, y actuaban para un simple bautismo? ¿Con qué objetivo lo hacían? ¿No era demasiado pretencioso? Ellos aceptaban hablar a la cámara, pero no veían con buenos ojos que un miembro de la familia apareciera bailando, les parecía demasiado bizarro. De cualquier manera, la suegra de Richard, de tanto insistir, se salió con la suya.

Arreglaron la fecha y, dos semanas después, Elortis quedó muy contento con el resultado de los videos. Se puso a editarlos en su computadora con la ayuda de Diego, a quien a cambio le rebajaría el precio de las clases, y estaba preparando un extenso prólogo, un resumen de las entrevistas, que agregarían al souvenir con forma de librito — texto más DVD— que se llevarían los invitados en la fiesta del bautismo. Una edición especial, que incluiría fragmentos de Los árboles transparentes, sería guardada, para entregarla al nene cuando cumpliera dieciocho años.

Elortis sabía que la esposa de su amigo estaba del lado de Miranda y pensaba que él era un inconformista, o un descerebrado en todo caso. Richard también apreciaba a su ex novia.

Ya separados, Elortis y Miranda habían ido juntos a la clínica donde nació Jorguito, en Temperley. Le llevaron un regalito que compraron juntos —en realidad lo había pagado Miranda, Elortis le quedó debiendo la plata—, un gimnasio para bebés, mucho más práctico que el souvenir con consejos para el futuro que estaba preparando ahora.

Era chocante, recuerda Elortis, esperar en la recepción de la clínica donde nació el bebé al lado de otras familias que tenían los ojos rojos de llorar por alguna desgracia. También había sido incomodo presentarse con su ex, aunque la alegría que tenía por el nacimiento del hijo de Richard atenuara lo demás.

En la habitación donde estaba el bebé, el sol del otoño entraba por una ventana que daba a las vías del tren. Elortis no recuerda haber visto un lugar artificial tan agradable y cálido como ése. Sin embargo, pronto empezó a sentir que se le encendían las mejillas y le faltaba el aire. La habitación estaba poco ventilada para proteger a Jorguito de las posibles bacterias del exterior. También le habían pedido al entrar que se lavara las manos con alcohol en gel. Ver las manitos rosadas de Jorguito, todavía cerradas al mundo decía, lo hizo pensar. Estamos tan acostumbrados a encontrar motivos de desprecio en las personas que nos cruzamos que no podemos ver bien la cara de un bebé. ¿Cómo había que mirarlo? Tal vez eran sus únicos momentos de inocencia; al otro día Jorguito entendería en qué mundo se encontraba, empezaría a adaptarse al lugar y a las personas.

En el pasillo su amigo le comentó que le molestaba que sus familiares, que eran muchos, aparecieran a cualquier hora de la noche, con peluches, flores, juguetes y bombones; se armaba lío porque en la recepción no los dejaban pasar. En el fondo lloraba una mujer, Elortis no quiso saber por qué. Miranda estaba como loca, quería que imitaran a sus amigos, y tuvieran otro hijo, separados y todo.

La madre de Jorguito le dedicó algunas miradas de reproche cuando le preguntó cómo andaba. Para ella, Elortis no había sabido apreciar la belleza y la bondad de Miranda. Le decía en broma, mientras Miranda tenía en brazos al bebé, que ya se iba a dar cuenta de lo que había perdido. A mí me llamaba la atención que Elortis le diera la razón y, sin embargo, hubiera sido el causante de la separación. Se notaba que había cosas que no le gustaban de Miranda, además de su historia con Oscar. Pero, a la vez, dos años después de la separación seguía solo, sin darles importancia a las demás mujeres que había conocido. No me causaba gracia que hablara de sus historias enroscadas, pero quería saber, y a veces lo indagaba. Intrigada por la idea de que un sentimiento de culpa le impidiera alejarse de su ex pareja, le pregunté si había sido fiel. Me contestó que la había engañado seriamente una vez. No sé qué quiso decir con la palabra seriamente, pero debió ser alguna forma de darle seriedad a la mentira de que fue una única vez.

La chica, una misionera, hacía poco que estaba en Buenos Aires. Elortis se había mudado a vivir solo y deambulaba en los cibercafés en las noches de la semana, y también salía bastante con Romualdo. La había conocido en un bar irlandés del Bajo, donde intercambiaron sus e-mails. Era una instructora de Pilates. Hacía poco, antes de venirse a Buenos Aires, que se había separado de su novio correntino. Castaña de piel oscura y ojos verdes. Se veían los domingos por la noche, y algunos días de la semana, no tenía que olvidar, me recalcaba Elortis, que él estaba muy solo en esa época; el padre de Miranda no la dejaba quedarse a dormir en su departamento. Miranda trabajaba casi todo el día, tomaba clases de tenis y después iba a la facultad. Elortis pasaba algunas de sus noches solitarias con la misionera. En esa época un amigo le había conseguido un trabajo temporario de data-entry en una empresa de recursos humanos, y no tenía mucho tiempo. Tanto que no pudo disfrutar bien de esta relación paralela, no tenía tiempo entre el trabajo, la facultad y el noviazgo, ya algo desteñido, con Miranda. Aunque pronto vendría Martín, y por un tiempo todo cambiaría.

 Al principio a la misionera la trataba como a cualquier otra, y casi se estaba olvidando de ella, pero un día fue al cine con el chico al que tenía a su cargo en una asistencia social, y notó que la actriz principal de la película se parecía a ella. Arrellanado en la butaca se dio cuenta que la misionera revolvía algo en su interior. No le pasaba con Miranda, ni con ninguna otra que hubiera conocido antes. Salió del cine dispuesto a arreglar su vida. La madre del chico al que acompañaba le preguntó qué le pasaba que estaba tan contento cuando abrió la puerta de su departamento. Andrés, uno de los primeros bipolares, ya que en esa época el término no se usaba mucho, le dijo a su madre que los dos estaban enamorados de la actriz de la película que habían visto.

Camino a su casa, el chico le había confesado que no sabía cómo iba a conseguir novia algún día porque era muy tímido. Elortis le contestó que no se preocupara, que cuando estuviera en la facultad, o en el trabajo, algunas oportunidades iba a tener. Le pidió si en el próximo encuentro podía ayudarlo a encontrar chicas que se parecieran a la actriz de la película; Elortis no se pudo negar.  Al otro día se encontró con Miranda y le pidió un tiempo. Después se citó con la misionera, a la que no veía hacía bastante, pero resultó que había empezado a salir con un estudiante de medicina. En fin, el estudiante de medicina viajaba a ver a sus padres seguido, y no era algo serio, pero ella se había enamorado. Pagó el café y la misionera se perdió entre la gente. No sé por qué me contó esto pero una noche, cuando se veían más o menos seguido, la misionera le había pedido que le hiciera el amor en la cama donde lo hacía con Miranda. Sin embargo, ahora había aparecido un futuro médico, que tal vez le hizo ver que había un futuro mejor.

Después, Miranda le había llorado un rato en una plaza, y él accedió a reanudar la relación. De pronto, Elortis se encontró soñando con la misionera, a la que ya no tenía. Me nombró a Kierkegaard, me dijo que empezaba a entender lo que demostraba este danés en su libro sobre el tema de la repetición; cuando la había conocido esa chica parecía demasiado lejana a él, sin embargo, la tuvo pero, de repente, volvía a ser un chico anhelante; que era lo que en realidad siempre había sido. ¿Sería que la repetición era la corrección de una mala interpretación?, ¿o había entendido mal a Kierkegaard? No importa, la misionera le había advertido que las del norte eran payeras, refiriéndose al payé guaraní, la magia que usaban para asegurarse el amor de un hombre, entre otras cosas. Concluía que su payé era fuerte, mandándose la parte, pero no tan fuerte como el de esta chica, a la que había quedado prendado. Elortis era muy joven entonces y pensó que no sería tan difícil encontrar otras chicas que lo enamoraran y, más importante todavía, que aguantaran al inseguro estudiante eterno de psicología que tenía pocos amigos, y casi nunca un peso para salir con ellos. De cualquier manera, pronto Miranda quedaría embarazada y se mudaría a su departamento. Veo que le dejé en claro en esta conversación, por las dudas, que a mí la plata no me importaba. En realidad, yo no sabía qué era lo que me importaba todavía.

La pregunta sobre la fidelidad me dejó en claro que él estaba mezclando todas estas cosas de su pasado reciente, y como vemos no tan reciente, porque no sabía si arrancarse del todo o no la costra de Miranda. Según sus propias palabras, temía que al desprenderse la cascarita la sangre no parara de salir. También sabía que ahora tenía que hacer otra cosa, un segundo libro en lo posible, y si tenía un poco más de suerte que con el primero, se convertiría en un escritor de verdad. Había intentado ser una persona común, pero no le salía. Y para seguir adelante, podía remover en el pasado la figura de su padre, eso le parecía algo literario e inofensivo incluso, ya transitado, pero redefinir a Miranda tenía un sabor peligroso que no le convenía. Veo que ese día, también, me intentó convencer de que dejara la abogacía, y me decantara por la pintura; sabía que yo dibujaba garabatos en los ratos libres.

Estaba nervioso porque tenía que reunirse con Sabatini y el empresario bailantero de televisión para las ventas de los derechos del libro, tema que ni habían tocado en la reunión fallida. El programa del empresario sobre el mundo de la bailanta tenía muy buen rating. También administraba otros negocios, un boliche en Constitución y otro en Avellaneda, donde en el restaurante Pertutti se encontraron.

Elortis no podía pasar cerca de la plaza Mitre sin acordarse de la enanita. En realidad, mientras escuchaba a Al Certoni, el empresario, pensaba en la enanita, que según le contaba, saltaba con su amiga el palo de escoba que le tiraba el cuidador de la plaza cuando salían corriendo con las flores robadas. En ese entonces era una nena como cualquier otra, claro que no había nacido con la parálisis de la mitad del cuerpo.

Cuando tenía unos cinco años a Elortis lo habían paseado por varios consultorios porque renqueaba de un pie. Ningún médico daba en la tecla. Tenía una de las piernas más corta que la otra, una asimetría corporal, algo muy común. Pensaban que ese problema era la causa de la renquera hasta que un traumatólogo de la avenida Santa Fe lo observó caminar un rato. Le dijo a sus padres que no se preocuparan más, qué su hijo tenía la llamada renguera del perro. Elortis salió caminando normalmente del consultorio. Parece ser que imitaba a la enanita en su modo de caminar. El doctor les había preguntado a sus padres si había alguien en la familia que renqueara.

Como bien sabía, él se pasaba las tardes escuchando las historias de la enanita. Era uno de los pocos ejemplos que tenía, ¿por qué no copiarlo? Pero hace poco, mientras anotaba el recuerdo en su cuaderno, descubrió que la copiaba porque en ese tiempo la enanita muchas veces recibía las visitas de otro chico que la escuchaba pacientemente, un chico más grande, adoptado, según ella misma le había dicho. A Elortis apenas lo saludaba el chico cuando se cruzaban. La enanita le contaría, años más adelante, cuando este familiar lejano suyo dejara de visitarla, que también estaba hipnotizado por sus historias, que era tan sufrido como el Mono, pero educado e inteligente. Elortis se dio cuenta que renqueaba para ganarse el respeto de este chico.

Al Certoni, el empresario bailantero, era otro representante del barrio de la enanita. Su idea era meter el proyecto de Los árboles transparentes en el Instituto de Cine, y hacer la película con el crédito de esta entidad; para eso tenía a un amigo ubicado en el comité de selección de proyectos. Estaba dispuesto a comprarles los derechos del libro y prefería, por suerte para Elortis y Sabatini, que el guión lo adaptase un conocido guionista de televisión. Sabatini exigió a cambio de los derechos del libro no sólo el dinero correspondiente, sino también aparecer como productores y llevarse un veinte por ciento de lo que recaudara la película. Elortis, sorprendido por la viveza de su amigo, asintió con la cabeza, apoyando la decisión, aunque no se la hubiera consultado a él antes. El bailantero protestaba porque lo estaba esperando, fumando en la esquina, una chica  enfundada en unos jeans ajustados, que iba y venía, según podían ver. Elortis se disculpa porque tenía que agregar que hacía mucho que no veía a una mujer con tan buen físico.

Cuando salieron del bar, Al Certoni le entregó un sobre a la chica, que debía ser la paga por algún show. Después, se le quedó mirando el culo un rato; Elortis dice que debía ser un reflejo del empresario por haber soltado la plata que se ve que le debía a la chica. Al Certoni intercambió algunas palabras con ella, y se acercó a Elortis para preguntarle si podía alcanzar a Sofía, como se llamaba la bailarina, hasta el centro. Durante el viaje, Sofía le contó que se había especializado en la lambada y en el baile del caño. Tenía amigas, le dijo, estudiantes que vivían cerca de él, algunas con profesiones normales, que se habían hecho instalar un caño en su departamento, y se ejercitaban en el baile diariamente. A Elortis todo eso le parecía muy prometedor.

Le recordé que a él le gustaban las mujeres salvajes que corrían por los praderas ancestrales. Retrucó que subir y bajar de un caño no parecía algo muy civilizado, y que a algo parecido se dedicaba el mono Albarracín. Dejó a Sofía en un bar de Recoleta, cerca del cementerio. Intercambiaron los teléfonos; a ella le gustaba hablar cada tanto con hombres instruidos y sensibles.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 8.

8.

 Por mi parte, durante esa época tuve mi primera entrevista laboral. Fui a ver a una amiga de mi papá, charlé con ella en su estudio y me dijo que necesitaba una secretaria. Se dedicaba más que nada a jubilaciones. Yo me quedaría en el estudio para atender el teléfono y contestar los emails, mientras ella salía a entrevistar a los posibles clientes.

El trabajo y las charlas con Elortis resultaron ser demasiado para mi amiga Agos. Empezó a darse más con sus amigas de facultad y a dejarme de lado. Mis nervios se alteraron, y mi jefa me recomendó reiki.

Una vez por semana me acostaba en una camilla y cerraba los ojos. Trataba de poner la mente en blanco pero me descubría pensando en Elortis. ¿Estaría revolcándose con alguna? Aunque me había dicho que últimamente no podía hacer otra cosa más que anotar sus recuerdos en un cuaderno, en el mismo donde tomaba notas sobre su padre. No quería escribir en el cuaderno sobre Sabatini porque tenía que verlo en esos días por un posible negocio con el libro, y no tenía intenciones de ir mal predispuesto al encuentro.    Resultó que se juntaron en un bar de Monserrat, que les quedaba a mitad de camino de donde vivía cada uno, para definir si vendían o no los derechos cinematográficos de Los árboles transparentes a un productor de televisión interesado en el cine —aunque al momento sólo había producido un conocido programa de bailanta.

Elortis irradiaba alegría ese día, satisfecho con los progresos del único alumno de su taller literario, y menos ansioso gracias al hábito de escribir sus pensamientos en el cuaderno. Sabatini empezó a hablarle de lo bien que lo habían pasado juntos trabajando en el libro, poniendo énfasis en la buena sociedad que habían formado en el pasado, que se había destruido, más que nada, y en eso coincidían los dos, por los problemas económicos. Elortis aseguró que si no fuera por las malas cuentas, hubieran seguido trabajando, y divirtiéndose, más que nada con el objetivo de hacer sentir culpable a Sabatini por no haber perseverado. Él, tomando revancha, le contó que ahora tenía más pacientes y que, sumados a los que atendía su mujer, estaban ganando bien.

Sabía que, si bien las ventas del libro les había dejado buena plata al principio, que ya habían repartido entre los dos, lo que entraba actualmente por Los árboles transparentes no alcanzaba para pagar las expensas y los gastos mensuales de una oficina. Consiguió hacerle decir a Elortis que, si seguía con lo suyo, que para él mismo era hacer nada, o mejor dicho tratar de ver en qué proyecto iba a invertir su tiempo en el futuro, era porque vivía del alquiler del departamento de sus padres. Pero algo le molestaba a Sabatini, adivinó Elortis; su revancha era imperfecta, él no sabía qué hacer con su vida y se sentía miserable escuchando diariamente a sus pacientes. Cuando él hizo un comentario sobre la simpleza de hacer lo que a uno le gusta, y saber conformarse con eso, Sabatini se sacó, y le echó en cara su insoportable arrogancia. Para ahondar el ataque, le preguntó si él pensaba que le debía algo del tiempo en que trabajaban juntos; pago de viáticos, impuestos de la oficina, y esas cosas. Elortis había comprado las computadoras, y los últimos meses se encargó de pagar también el alquiler de la oficina, pero decidió no recordarlo.

Ahora bien, Sabatini tenía un as en la manga; le confesó que uno de los personajes del libro, la cleptómana, lo había llamado para organizar nuevas entrevistas con él, y proyectar juntos Los árboles transparentes 2. En la continuación de la novela ella sería la protagonista, en vez de un personaje más de las historias del anterior, y Sabatini le dejó en claro a Elortis que como esta mujer era paciente de un amigo suyo, o sea que él la había conseguido para el libro, esta vez se iba a encargar de todo el trabajo. Así que transcribiría las entrevistas y redactaría la novela que, tal vez, llevaría como segundo título el nombre de la cleptómana. Acto seguido, dijo que aunque Elortis tenía dotes notorias para escarbar en las historias ajenas, reconocer lo que había en común entre los demás y él, jamás aceptaría que volvieran a trabajar juntos; el tiempo no vuelve atrás.

A Elortis, además de darle mucha vergüenza, le molestó que los demás clientes del bar fueran testigos del giro imprevisto de esa reunión, que había empezado con abrazos, como un cordial reencuentro. Asqueado por la trampa que le había tendido Sabatini, llamó al mozo y le pidió la cuenta. Afuera, le dejó en claro a su amigo que a él le hubiera gustado que siguieran trabajando juntos pero que ahora lo había desilusionado, y que intuía las razones de su bronca. Igual, después se volvieron a abrazar, antes de separarse. Elortis más que nada dejó caer los hombros sobre los de Sabatini. Son las personas que más lo conocen a uno las que suelen convertirse en enemigos, me dijo. Y agregó: por suerte. Después, envió el iconito de la carita sonriendo, para no hacer tan densa la conversación. Debía tener miedo que le pusiera que me iba de golpe, como hice tantas veces… Pero a mí me interesaba el tema Sabatini.

Aparentemente, su amigo tenía envidia de que a Elortis le estuviera yendo bien por su lado; le molestaba que mantuviera ese aire de alegre seguridad que lo caracterizaba, que no lo abandonara el ánimo de seguir haciendo lo que le gustaba; en resumen, que no se tirara a su pies para rogarle que volvieran a grabar libros. Pero él tenía una nueva fe, la de los que tenían muy pocas cosas que perder, me explicaba exagerando; y hasta se manejaba bien en las entrevistas. Al principio, y en Mar del Plata, cuando eran entrevistados le cedía la palabra a Sabatini. Su amigo era el que mejor se llevaba con las personas, porque su energía no estaba dirigida al trabajo sino que la concentraba en relacionarse con los demás. Con un encanto muy singular, había que aceptarlo.

A que lo atendieran en el calle cuando iba a su casa,  ahora le sumaba esta ofensa pública, ya que Sabatini había terminado a los gritos en el bar; con el objetivo de desanimarlo para ubicarlo a su lado, en el camino de los pollerudos crónicos, pero que saben bien quién les da de comer, se acordaba Elortis de Soult, y de Diego. Porqué será que a veces los temas que encontramos y la realidad son afines y parece que marchan juntos. ¿Y si el único sentido de la realidad es querer demostrarnos algo?

Le daba la impresión que su amigo había abandonado esa unión fructífera y trascendente para satisfacer los mandatos de Ornella —como administrarle un tratamiento carísimo con células jóvenes al pastor belga viejo que tenían—, y como no podía perdonarse haber actuado de esa forma, le tiraba toda la bronca a él. En parte lo entendía, porque ni los libros audibles ni escribir novelas a dos manos habían demostrado ser redituables a la larga, y hoy en día una persona que no tiene plata no le quedaba otra que apartarse de la sociedad. Antes se podía hablar, decía Elortis. Ahora todo son acciones. Viajar, conocer, comprar, probar, experimentar.

A Sabatini le gustaba hacerse el payaso, y ser el centro de atención, sin eso no era nada. Pero no podía perdonarle que tratara de desestabilizar su ánimo con ese ataque neurótico en el bar. Él quedó destruido y se apoyó en Miranda, aunque dudaba que su ex novia lo comprendiera de verdad. En resumen, quedó claro que su amigo lo odiaba porque estaba tratando de salir adelante solo, por su cuenta. Para colmo, por esos días, apareció una demanda de indemnización de Tony, el ciego que tenían contratado en la empresa de libros audibles. Aparentemente lo había convencido de ir a la justicia una de las maestras con las que andaba. Al principio lo esperaba sentado en una banqueta que le pedía al encargado del estacionamiento de enfrente del edificio donde vivía Elortis, y cuando lo veía salir se le echaba al humo para pedirle la plata que la maestra, su nena, como la llamaba, le había sugerido. Se ve que como Elortis nunca le dio un peso, la maestra le había conseguido un abogado. Si el proceso seguía adelante se llevaría aproximadamente la mitad de las regalías de Los árboles transparentes.

Tony tenía planes de casarse con la maestra, y seguía vendiendo en las escuelas las copias de los libros audibles que habían quedado en su poder. Días antes de que llegara la carta documento, dos tipos empujaron a Elortis en la puerta de su edificio. Por suerte, apareció el portero, que había trabajado en una empresa de seguridad, y apaciguó a los agresores. Tony se las arregló para que estos tipos, que trabajaban en una empresa de deudores incobrables, le siguieran los pasos durante un par de días, hasta que llegó el cartero con la intimación. La posibilidad de tener que achicar más sus gastos lo ponía muy nervioso. Ya era demasiado aceptar que Miranda le pagara sus gustos o le regalara ropa.

Lo raro de todo esto, es que un día le pareció ver a Sabatini y a Tony sentados en un bar. Aunque no estaba seguro porque iba conduciendo. Para él, había algún arreglo entre los dos, ya que la empresa de libros audibles estaba a su nombre, y aunque su ex socio estaba dispuesto a pagar la mitad de lo que pedía el ciego, todavía no habían llegado a esa instancia.

Elortis desconfiaba cada vez más de las personas que lo rodeaban. No creía que una persona cambiase con los años, sino que básicamente hay dos o tres hechos que nos marcaban en la infancia, tal vez en el vientre materno, y que a partir de ahí uno sale medio iluso como él o vivaz como las personas adaptadas a este mundo. La ausencia de flexibilidad hacía que terminara viendo a todos los demás como unos trogloditas dispuestos a ponerle el pie en cuanto se descuidara. Obvio que hay personas distintas, que se manejan de otras maneras a la de uno. Sin embargo, él creía que la sociedad le había machacado la mente a la mayoría y era difícil cambiarlos. En cualquier ámbito, enseñaban a sacar ventaja de todo sin ninguna reflexión. Según Kant, había que darle importancia al medio que usábamos para conseguir determinado fin. Era una de las máximas de Elortis; el zhong chino. Y también, después de leer a Foucault, trataba de cuidarse a sí mismo. Le gustaba dar nombres ilustres con la esperanza de que yo los buscara en Internet. Gracias a Foucault, evitaba exponerse a situaciones incómodas, y juntarse con personas que pudieran hacerle daño. Por eso le había molestado tanto lo de Sabatini aquel día. Trataba siempre de hacerme leer, pero en ese tiempo yo estaba más interesada en las letras de Ricky Martin, o Cristián Castro, entre otros, que en abrir libros. Después me interesé un poco más en la lectura. Augustiniano tiene bastante que ver con eso también. En el fondo se hubiera llevado bien con Elortis, si lo hubiera conocido.

Decía que cuando una persona estaba en dificultades tenía que sentarse a reflexionar sobre el mundo. Abdicar de una porción de la vida diaria. Siguiendo esta regla de oro, se le había ocurrido una hipótesis —aunque después me reveló que la había pensado originalmente para un trabajo práctico de una materia que cursaba Miranda.

Según él, las guerras impersonales del siglo pasado habían educado a las personas para que aceptaran con facilidad una ética alejada de la de Kant y cercana a la de Maquiavelo. Éste le hablaba a los príncipes pero esas ideas ahora las usaban los subordinados. Los políticos habían declarado guerras a base de estadísticas, y establecieron objetivos poco visibles, lejanos, a diferencia de otros siglos.

Como resultado, fortalecieron el viejo cuento de la obligación de ganarse el pan de cada día de manera brutal y violenta; las personas dejaron sus tierras, perdiendo conexión con la realidad, y se juntaron en las ciudades para ofrendar sus vidas, casi gratis, por un dudoso progreso. Terminaban abandonando sus primeras aspiraciones. Aceptando el maltrato y el sacrificio como realidad, obligaban a los demás a sumarse, y, por lo tanto, inflaron de sentido diariamente a la estructura que al explotar, en la actualidad, ya se había tragado a varias generaciones. Que culparan a las ametralladoras y a los aviones bombarderos.

Ahora, había que ver cómo la amenaza más invisible del terrorismo iba a cambiar nuestras relaciones. Suponía que las personas ya no se veían a sí mismas como blancos, sino también como posibles detonantes. En este sentido, la psicología seguiría en ebullición, más en países castigados como el nuestro. Cualquier nimiedad hacía que uno se sintiera mal, culpable. Sin embargo, las personas no se dedicaban a cambiar la realidad. Lo único que hacían era comentarla con amigos y analistas. Y esto tenía consecuencias, algunas más ridículas que importantes. Por suerte, Elortis ya se había ido por las ramas; como profesor sería un fiasco.

Sin ir más lejos, su otro amigo, el que a veces se unía a las salidas con Romualdo, visitaba a su psicóloga semanalmente. Después llegaba al departamento de Elortis, tomaban cerveza, discutían algún tema mientras picaban algo con Romualdo, y salían de bares. Era unos cuantos años más joven que los otros dos, y el menos tímido del grupo; sin embargo las mujeres lo obviaban. En realidad, él se desanimaba en cuanto encontraba la mínima oposición. Nunca estaba a la altura de los demás. Otro ejemplo de culpa. La psicóloga le recomendó que dejase de encarar mujeres. Que se quedara en el molde, y ellas se acercaran. Y que ni se le ocurra fijarse en las lindas. Así cualquiera se repone, conveníamos con Elortis. Los peligros del psicoanálisis eran ciertos analistas.

El que no necesitaba consejos era su amigo de la infancia, el ingeniero. Richard había conquistado a su futura esposa una noche que salió con Elortis, cuando eran todavía muy jóvenes. La pareja anterior de la chica la había engañado, y ella no quería saber nada con los hombres. Ni siquiera le pasó el número al amigo de Elortis, pero le indicó más o menos por dónde trabajaba, en un local de ropa.  Richard ya estaba al otro día rondando la zona del local con su auto. Aunque sus pensamientos estaban domesticados en las demás áreas, en ésta decidió entregarse a sus impulsos. Era una persona simple. Se había criado con mayoría de familia italiana, como Elortis, pero más unida y alegre. Richard no había dudado en cortejar a la chica durante año y medio. Miranda se reía al verlos a los dos ir de la mano sin haberse dado ni siquiera un beso todavía, porque ella no quería. Su amigo terminó de conquistar a la chica diciéndole que para él, ella era como el juguete que no le quisieron regalar cuando era chico. Para Elortis, Richard no hubiera desentonado como mafioso, sería uno de esos que seguían los códigos antiguos, y tendría algunos problemas para entenderse con los políticos de hoy en día; pero se las hubiera arreglado para salir adelante. Sin embargo, tenía un puesto administrativo en una conocida fábrica de gasesosas. Siempre estaba pensando en hacer negocios paralelos para no depender del trabajo diario en un futuro cercano. Cuando tocaba el tema, repetía que le gustaba llenar el changuito con todo lo que veía en el supermercado; darse los gustos. Para ahorrar el sueldo de la fábrica, compraba aceite de Oliva que fraccionaba y, con la ayuda de un sobrino, después revendía por el barrio. Hasta se consiguió un enorme castillo inflable, que habían probado con Elortis una tarde en el jardín de su casa, y salía en su camioneta a entregarlo a cumpleaños los fines de semana. Todo suma, le había dicho a Elortis mientras esperaban que se inflara el pelotero. Ahora estaba por invertir en un auto para ponerlo a trabajar en una remisería.

Un día Richard le estaba contando a Elortis lo bien que se ganaba en la fábrica, y como Elortis en ese momento no tenía trabajo le sugirió que podría ser operario. Estaba dispuesto a conseguirle una entrevista. Elortis trataba de evitar las entrevistas laborales. Era en lo último que pensaba. Esa era la diferencia entre su generación y la de su padre.  Ya intuían que te usaban, te hacían un bolllito y te tiraban.

Entonces las personas descartadas empezaban a hacer de todo para desaparecer, aburridos y desilusionados del mundo, se encerraban y empezaban a mover la cabeza de un lado para el otro, como negando una realidad intuida hacía mucho tiempo que podía haberles cambiado el rumbo. Habían formado buenas familias, con gente que se hacía querer; ése había sido su mérito más grande, pero algunos de ellos, tal vez los mejores, ya no estaban para disfrutarlas. Sin embargo, para Baldomero era importante que su hijo entablara relaciones comerciales. No se cansaba de decir que sin contactos no llegabas a ninguna parte.

Yo le decía que algo de razón tenía; sin la ayuda de mi papá, por ejemplo, yo no hubiera conseguido mi primer trabajo. Elortis decía que yo no necesitaba trabajar a mi edad, que podría haber aprovechado ese tiempo para estudiar y hacer cosas más importantes. Incluso hacerle compañía a él. Le envíe una carita de desdén, boca fruncida.

¿Quería invitarme a su casa? ¿No sería uno de estos locos que se aprovechaban de las menores de edad? No era la primera vez que lo pensaba. Yo ya no era menor, pero se notaba qué lo atraía de mí.

No le dio importancia a la carita y siguió hablando del tema de los contactos en el mundo laboral. Cuando Baldomero había sacado el tema esa tarde, él le dijo que dedicarse a hacer contactos era una perdida de tiempo porque las personas tenían un caparazón infiltrable, y lo único que sabían hacer era arrastrarte a sus metas. Antes se podía hablar de trabajo en grupo para llegar a algo, pero ahora todo estaba dado vuelta, las palabras no significaban nunca lo que debían significar.

A su padre le gustó eso, porque él había dirigido su vida a buscar una nueva forma de comunicarse o, mejor dicho, a encontrar la verdadera forma de comunicarse, perdida en una selva amazónica o africana. Le chispearon los ojos; empezó a preguntarle cosas a Richard, y a hacerle comentarios graciosos sobre las relaciones laborales. Casi siempre estaba serio, o rezongando, pero sabía como ganarse a las personas. Si no eran las bromas, entonces eran las noticias funestas. A quién le habían disparado para robarle el auto, qué conocido había quedado ciego de un ojo de repente, qué otro había ido al médico para salir contando los días que le quedaban, cuántas víctimas se había cobrado el descarrilamiento de un tren. Un verdadero catálogo de truculencias y hechos nefastos. En estos casos, casi siempre terminaba con una protesta de las personas que lo escuchaban. En cambio, las bromas y las anécdotas sobre personajes históricos eran los latiguillos que usaba su padre para apuntalar la comunicación, y ganarse la simpatía de los demás. Sólo a él lo trataba con severidad, tal vez porque no le prestaba mucha atención cuando hablaba. Elortis siempre creyó tener una meta y, aunque no sabía bien cuál era, no quería que le impusieran otra.

En fin, mi amigo no aceptó la sugerencia de trabajar de operario. Trabajó unos meses en el área administrativa de la universidad donde enseñaba su padre, hasta que llegó el verano. Richard nunca entendió a qué se dedicaba Elortis, y por eso mismo no lo podía tomar en serio del todo. Sin embargo, eso no impedía que se divirtieran cuando estaban juntos.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 7.

7.

 Una tarde Elortis tomaba notas en su cuaderno con un café con leche a un costado, en un restaurante de la calle Guido, cuando notó que un tipo no le sacaba la vista de encima. Después, caminaba por la vereda de la heladería de la esquina, frente al cementerio, y vio que lo seguía. De negro y gorra el tipo, con un pantalón y una campera deportiva con rayas blancas. Elortis se sentó en uno de los bancos y el otro se acomodó en el que estaba cerca, perpendicular al suyo, así que sólo podía observarlo girando la cabeza. No obstante, pudo ver que llevaba una bolsa de nylon blanca, grande, cuya abertura estaba enrollada a su mano derecha. Algo pesado llevaba adentro. Envalentonado por una bronca irracional, dejó el banco para encararlo, iba a preguntarle alguna nimiedad para que supiera que no le tenía miedo, pero al instante el tipo se levantó y se fue caminando rápido. Elortis lo siguió a distancia hasta el piletón de la plaza Urquiza, donde el hombre saludó a otros que no soltaban sus radiocontroles, despeinó a un nene, y descubrió al buquecito que llevaba en la bolsa. Elortis se quedó mirando cómo paseaba a su prototipo entre los veleros y yates. Vio a una chica con un perro que parecía recogido de la calle que le interesó mucho —no sé para qué me cuenta esas cosas.

Después apareció otro de esos personajes, esta vez con una lanchita que andaba rápido y levantaba mucha agua. También había una pareja tirada en el pasto del otro lado del vallado de rejas, y mi amigo se sentía miserable observando a los tipos que se divertían más que sus hijos con el yatemodelismo. Atrás suyo, unas mujeres seguían con binoculares a las lanchitas, que tenían pequeños tripulantes y todo, mientras comían facturas y tomaban mates. Al darse vuelta, notó que el hombre de vestimenta deportiva simulaba mirar con binoculares a la lanchita mientras su buque iba a la deriva hacia los bordes del estanque; pero en realidad lo estaba mirando a él. Se ve que lo había descubierto. Después el tipo agarró el radiocontrol y el buquecito dio media vuelta. Elortis se hizo el desentendido y aprovechó para seguir con la mirada a la chica que volvía a pasar con el perro pero enseguida, cuando volvió a mirar, se encontró con el buquecito avanzando a toda marcha hacia donde él estaba sentado. Dio una vuelta brusca antes del borde del piletón y llegó a salpicarlo.

Trató de que el tipo de campera deportiva viera la expresión de amenaza y disgusto que le dedicó, pero estaba cuchicheando con el que estaba a su lado, el dueño de la lanchita, que inmediatamente dirigió a su prototipo hacia donde él estaba a máxima velocidad. Se levantó, y decidió irse, antes que se divirtieran más tiempo gratis con él. Pero el episodio del hombre de campera deportiva lo volvió más paranoico. Sospechaba que podía llegar a ser un agente encubierto que en el pasado trabajaba con su padre. Alguien que tuviera órdenes de seguirlo para informar a sus jefes en caso que averiguara lo que no debía.

Le hice notar que él no estaba investigando nada, que parecía que solamente quería saber más de su padre y que para mí estaba tan a la deriva como los veleritos que flotaban en ese piletón. Me fui a dormir, Elortis. Las buenas noches de siempre.

Más adelante, volvería a hablarme de este tipo de vestimenta deportiva y gorra que, según él, lo perseguía. A los pocos días, recibió el llamado de una de las hijas del ex capitán Heller para invitarlo a tomar algo; quería conocer a uno de los autores de Los árboles transparentes, el dueño de ese gatito hermoso que había visto en la casa de su padre, y de paso le contaría una anécdota relacionada con Baldomero. La mujer tenía más o menos su edad, pero ya había perdido la belleza que había apreciado en la fotografía en que posaba con su, más linda aún, hermana. Ahora, era una rubia rellenita; eso sí, con lindos ojos, chispeantes, y un flequillo que intentaba luchar, por momentos con éxito, admitía Elortis, contra el paso del tiempo.

En cuanto me hablaba de mujeres yo le pedía detalles y él me los daba; en general, las descalificaba con la ayuda de cualquier arista de su fisonomía o carácter para darme a entender que no quería saber nada con ellas. Con esta mujer, Alicia se llamaba, se tomaron un café con leche espumoso en la vereda soleada, y muy transitada, del bar Troilo. Hacía unos días que ella había vuelto de Miami. Antes que nada, le pidió que le firmara un ejemplar de su libro.

Los árboles transparentes era lo que estaba esperando; se había visto reflejada en las manías de los casos investigados y expuestos —¡cuántos personajes originales!—, y en la relectura descubrió los lazos profundos que la habían acercado a ciertas personas durante el transcurso de su vida. A Elortis le pareció de mal gusto que insistiera durante la charla con que no dudara en contactarla si la editorial decidía lanzar una edición ilustrada del libro. A riesgo de parecer naif, confesó que era fanática de John Tenniel y Gustave Doré. Para ella en nuestros días lo ingenuo era más ofensivo que lo obsceno.

En Miami hablaban todo el tiempo de sexo. Dos conocidas le habían propuesto compartir a su novio, un fotógrafo que tenía mucho trabajo en nuestro país. Allá las mujeres encaraban a los hombres a la misma velocidad a que manejaban sus autos último modelo. Las argentinas eran muy mojigatas, histéricas, en comparación. La pareja de Alicia, unos cuantos años menor que ella, lamentó que ella no hubiera aceptado el menage, pero volvió muy contento porque había conseguido unas consolas de videojuegos viejísimas para agrandar su colección. También se había traído unos muñecos de He-man que tenían más valor por estar intactos en su caja original. Entre ellos, una She-ra. Elortis se quiere hacer el vivo y me dice que esos muñecos eran más o menos como yo. Muy chistoso… Daba bronca cuando salía con cosas fuera de contexto. Desubicado.

La hermana de Alicia era una modelo en retirada, ahora se había convertido en la DJ residente de un boliche y ciertos eventos, y conducía programas de rejuntes de otros programas en la tele. Elortis me recordó que era una pena que no las hubiera conocido cuando era adolescente. Tenía la gracia y la belleza cruzando la plaza y, aunque siempre las había intuido —a veces salía con estas cosas enigmáticas—, nunca las había encontrado. Alicia lo citaba para conocerlo porque le había gustado su libro, pero también  quería contarle el buen recuerdo que tenía de Baldomero.

Una noche tormentosa, cuando ella tenía siete años, más o menos, había visto entrar empapados a su padre y al de Elortis. Asustada por un trueno, estaba apoyada en el quicio de la puerta cuando los vio entrar, encapuchados, y con tres tachos repletos de langostinos y cornalitos. Su padre la dejó sentarse a la mesa con ellos un rato, mientras le servía un whisky a Baldomero. Según contaría años después, esa noche el mar estaba revuelto como nunca. Ella preguntó de dónde venían, enojada porque no la habían llevado. Baldomero le dijo que habían ido a cazar tiburones pero que era chica para acompañarlos. Como ella se quedó con la boca abierta, a medio sonreír, con la cara que ponen los chicos cuando creen que los están cargando cuando en realidad les están diciendo la verdad lisa y llana, Baldomero salió corriendo hacia la puerta y se metió de cabeza en la lluvia. Volvió a aparecer con una tenaza en la mano, y en la punta de los dedos un diente de tiburón. Alicia, lejos de impresionarse, se guardó el diente en el bolsillo del camisón y corrió a su dormitorio, como para que no se arrepintieran, y se lo sacaran.

Elortis nunca había recibido ningún diente de tiburón por parte de su padre. Aunque en la casa de la costa colgaba la mandíbula de uno. Baldomero le había puesto nombre y todo, se llamaba Tito, y antes que cerraran la puerta de la casa para volver a Buenos Aires, comentaba como al pasar que, si le iba mal en la escuela, Tito se lo comería cuando volviera. Jamás se llevó una materia. Eso sí, una vez le pegó una trompada a un compañero que le hacía un constante bullying y lo quiso despeinar. Desborde de tensiones acumuladas.

En una cena de fin de año en su casa, cuando rozaba los treinta años y todavía estaba con Miranda, se había peleado con su madre porque había puesto la botella de vino que él había traído en el freezer (ya conocía a Sabatini y para él eso era algo sacrílego). Toda la familia estaba empecinaba en que Elortis no tomara ni una copa de alcohol (él que había tomado poco y nada, ¿no podía tener esa alegría?)

Con Miranda, nunca pasaban las fiestas juntos porque ella prefería hacerlo con su familia —seguro que estaba el tío Oscar— y él con la suya. Al final terminó derribando de una patada un ventilador de pie y diciendo incoherencias gangosas a su padre y a los vecinos que siempre pasaban a saludar y que, enterados por su madre de lo que había pasado, lo miraban asombrados —tan bueno y juicioso que parecía— y con creciente desconfianza. Su abuela materna se puso a llorar.

A mí me estaba aburriendo ya con estos cuentos de idas y vueltas con su familia, aunque me interesaba el tema Miranda, pero ahora quería saber si le había gustado Alicia para algo más o si le iba a presentar a la hermana. No, sólo quedaron en tomar una cerveza, alguna vez: él no era de los que se iban con la primera que se le cruzaba.

Pero no estaba del todo solo; seguía viendo a Miranda.  Cada tanto se encontraban en un café de las Lomitas o en una heladería de Adrogué, donde ella había vuelto a vivir después de la separación. Aunque Elortis era muy vago para viajar, y casi siempre su ex novia se acercaba al centro. Se llevaban mejor separados que cuando estaban juntos.

Elortis hasta aguantaba que Miranda le hablara seguido del tío Oscar, a quien le costaba arrancar con una empresa de construcción de muebles. Ella lo ayudaba con la contabilidad. A cambio, Oscar se había ofrecido para hacerle una mesita de luz para el dormitorio… También le contó que en las vacaciones pasadas, Oscar le había enseñado a andar en cuatri a sus chiquitos en Pinamar. Y que la esposa, íntima amiga ahora de Miranda, no era celosa para nada y tomaba con gracia que el marido piropeara a las cincuentonas operadas que jugaban al tenis en el club.

Elortis tomó el papel de un adulto que hacía rato había cortado la cuerda que lo ataba a sus obsesiones. En parte porque ahora estaba lejos de su familia postiza, la de Miranda, y no estaba seguro si volvería a acercarse. Mientras tanto su ex lo controlaba diariamente para saber por dónde andaba y con quién. Tenía un sexto sentido Miranda para estas cosas y cuando Elortis estaba cerca de alguna mujer, su alarma interna sonaba. Lo había interrumpido dos veces mientras hablaba con Alicia para preguntarle si quería ir al cine primero y después para decirle que no daban la película en el complejo al que habitualmente iban. A Elortis le molestaban estos aprietes pero, en cuanto le pedía que abandonara esta práctica extorsiva, Miranda se ponía a llorar. Las mujeres se daban cuenta del peso que tenía su ex pareja en su vida y se alejaban. La dulzura que le demostraba con su interés lo hacía retroceder a su lado cada vez que intentaba distanciarse de ella.

Aunque para Elortis era desinteresada en general, cuando se separaron Miranda no dudó en llevarse todo lo que le pertenecía, hasta el lavarropas, para ubicarlo en su departamento, cerca de sus padres. Pero eso sí, cada tanto le compraba algún libro caro que andaba buscando. Esas atenciones ayudaban a que los demás señalaran a Elortis, que no sabía o no le interesaba remarcar las pocas virtudes que tenía, según sus propias palabras, claro, como el culpable de la ruptura.

Para su amigo de la infancia, el ingeniero mecánico Richard, había desaprovechado a una buena chica. Con él y su esposa salían a comer y hacían algunos viajes, casi siempre a la costa argentina o uruguaya. En cambio, los amigos de Miranda, algunos también amigos del tío Oscar y su esposa porque jugaban al tenis en el mismo club, no pasaban para nada al taciturno muchacho que odiaba las frívolas charlas de sobremesa en las que casi siempre hablaban del viaje que el grupo había realizado, o de los juegos impresionantes que alguno había visto en Orlando, de las películas que se veían mejor en el shopping en zona norte,  aunque tuvieran que irse a la otra punta de la provincia para eso, de los cortes de pelo que estaban de moda, porque el novio de una de las chicas era peluquero, y todo esto condimentado con un humor de vuelo alto y parejo, muy irónico, que para Elortis funciona muy bien en ciertos dibujitos actuales, imponiendo una risa que tiene que completarse con otros comentarios del estilo para sostenerse y aguantarse, que se suceden largo rato, sin que la conversación despegara nunca. Era muy inmaduro en aquel tiempo, y aguantaba todo esto con el inútil consuelo de sentirse superior a estos personajes desagradables. Después de todo, se veía a sí mismo como un payaso al que le pasaban cosas que sólo le podían pasar a uno de estos integrantes del circo; a veces parecía que cuando pensabas de una manera, te pasaban cosas contrarias a esa manera de pensar; ¿o no? Yo no lo sabía, y Elortis no estaba seguro, pero sí contento de haberse alejado de esas personas.

Y encima estaba el padre de Miranda, que pretendía que los sábados devolviera a su hija al corral antes de las cinco de la mañana para que al otro día fuera a jugar al tenis con el tío Oscar y compañía. El padre de Miranda era el único del barrio, por Valentín Alsina, que había completado sus estudios en la universidad, sólo para despatarrarse en su frío sillón de cuero, detrás de un escritorio en su estudio de abogacía. Elortis decía que la ignorancia académica era la nueva amenaza de la humanidad, lo decía refiriéndose a mis estudios y también cuando hablaba de su alumno, Diego. No había manera de hacerle ver a Diego que las cosas eran más simples que como se las presentaban sus profesores. También decía que su alumno no podía soltarse para escribir porque le habían atado el pensamiento a una cadena oxidada. Cada tanto Diego escuchaba el tintineo de la cadena pesada, y sentía el tirón que le impedía avanzar. De cualquier manera, el chico últimamente lo estaba sorprendiendo.

Diego escribía una novela cuyo personaje principal era el mariscal Soult, general de Napoleón que despojaba de cuadros y reliquias históricas a los bandos vencidos en sus batallas, atraído por la infundada fe en sí mismo que había llevado al mariscal a intentar ser rey de Portugal. A Elortis esta vaporosa figura le interesaba por otros motivos.

Baldomero había vuelto cambiado de su viaje a Europa. En la catedral de Sevilla, La Visión de San Antonio de Padua lo había hecho entrar en trance. Elortis pensaba que en su caso, con la gigantofobia o como pudiera llamar al miedo generado por lo gigante, hubiera salido corriendo del retablo de la catedral. Pero Baldomero había vivido una experiencia única. Para Elortis no era casual que su alumno se interesara por el mariscal Soult, que había intentado a toda costa llevarse ese cuadro con la mandorla de ángeles. Me explicó que una mandorla es el óvalo que queda si borramos el resto de la intersección entre dos círculos, y que tiene muchos significados, y uno de ellos es la unión de los opuestos, de lo inmanente y lo trascendente, que también podían ser reemplazados por Eros y Ágape, pero, por raro que pareciera, no quería extenderse mucho más en el tema. Así y todo, tuve que ver la foto que me pasó de la tapa del pozo de aguas sanadoras de Chalice Well, un altar celta en Glastonbury. Daba la impresión que había investigado mucho más y que rehuía de las explicaciones simplistas.

Al volver del viaje, Baldomero ordenó impedir el paso de sus amigos a su casa, dejó las clases a cargo de sus ayudantes, y se encerró en su habitación a pensar el tema primigenio —como él llamaba al problema de la lengua adámica. Sólo salía cada tanto para picar algo de la cocina. Mediando el día almorzaba, y cenaba ya a la medianoche. Al finalizar esa semana, abrió la puerta cerca de la  hora de la cena habitual de viernes con algunos de sus ex ayudantes y profesores de su cátedra, que no llegó a sacrificar, y hojeó, tal vez para que su esposa viera lo que había estado haciendo, un cuaderno repleto de anotaciones que una vez cerrado tiró al fuego del hogar. La madre de Elortis fue testigo de la satisfacción creciente de su esposo mientras atizaba las cenizas del cuaderno. El fuego iluminaba la sonrisa de dientes apretados de Baldomero, como si esa sonrisa no fuera toda distensión, sino que la resolución parcial del problema anunciaba nuevos trabajos para los que Baldomero guardaba las energías. Cuando volvió de la cena le anunció a la familia, ya que Elortis había vuelto y estaba escuchando música con Miranda, que pronto iban a tener una nueva mascota, un mono amazónico, más específicamente un Callicebus, que era conocido también como mono tití. Su primera intención había sido ir directo al grano y ver las posibilidades de que un amigo del capitán Heller le contrabandeara un sifaka, pero le parecía demasiado obvio estudiar a un pre-simio. El tití se lo conseguiría el padre de un ex alumno que tenía contactos en la triple frontera y traficaba serpientes, arañas pollitos y otros bichos, entre otras cosas, aparentemente. Ya Elortis se había referido a este mono, al que llamaba Albarracín, en otras conversaciones.

Pero bueno, Diego estaba escribiendo sobre Soult, y Soult había tratado de llevarse a Francia el cuadro de Murillo que también le había llamado la atención a Baldomero. Para convencerlo de que no se lo llevara le ofrecieron el Nacimiento de la Virgen. Elortis quería que su alumno utilizara los días finales del mariscal, retirado en su castillo, rodeado de su colección de pinturas expropiadas, maravillado de cómo había logrado sobrevivir, después de haberse adaptado a tantos cambios políticos y haciendo la suya siempre, mientras otros menos afortunados como sus enemigos Ney y Murat se habían dejado retorcer por la muerte. Tal vez los pelos del Cid Campeador, que guardaba en una ágata azul hueca, eran los beneficiarios de su suerte. Elortis quería que Diego, para crear el personaje, construyera un paralelismo entre el chanta de Soult, funcionario siempre dispuesto que se había hecho lugar en la monarquía y en la república, y algunos políticos argentinos que sabían nadar en cualquier tipo de aguas. Diego había desechado esta idea, que a mí tampoco me gustó, según veo en mi respuesta, pero utilizó la de hacer caminar al viejo Soult por los corredores de su castillo lleno de obras ilustres. Describiría el día final de la batalla de Elviña, en que no se supo con certeza si ganaron los ingleses o los franceses. Crearía el personaje de un soldado que perdía la memoria por un golpe durante una caída al desenvainar en la batalla, y al volver en sí afirmaba ser un enviado del futuro, según convinieron la tarde que pensaron juntos los momentos claves de la novela a los que tendría que llegar Diego a través de otros episodios de invención propia.

Lo importante era que este soldado era el que relataba, con toda clase de prejuicios fuera de época e ideas posconcebidas, la historia del viejo Soult, que, paranoico, recorría los pasillos de su última morada esperando que algún sicario viniera a ultimarlo para quitarle los tesoros artísticos que él guardaba. Su alumno ya había escrito algunas páginas, donde el mariscal, ya un viejo decrépito que arrastraba los pies por los corredores del pasillo mientras se detenía a observar sus pinturas, pensaba que hubiera sido mejor ser panadero, hacer saltar harina por los aires, lo que más le gustaba y mejor le salía allá por la lejana en el tiempo casa de sus padres, que haberse metido en tantos líos. ¿Qué habría sido de la chica del sur con la que corría a esos pájaros zancudos? Lo único que había ganado era que esos brutos llamaran con su nombre a sus perros —la única forma que tenían los españoles de vengarse, me explicó Elortis. Si tan sólo se hubiera quedado en su pueblo…

La imposibilidad de vencerse a sí misma del alma humana era el tema difuso de la novela. Diego, que no tenía plata y vivía en un departamento de un ambiente a la vuelta del Pasaje la Piedad, una vez que supo que había sido una visita a la casa de sus padres la que tentó a Soult de hacerse panadero, decidió que de ahí en más no se quedaría más de un día en la de los suyos, en Campana, para no correr el riesgo de convertirse ferretero. O, por motivos más oscuros, en autista, como su hermano. A Diego le encantaban los tornillos y podía estar horas ubicando las piezas en los cajoncitos rotulados. Soult en vez de panadero, intentaría ser rey de Portugal.

Para Elortis, que también había investigado un poco con Diego, el mariscal era un maestro del discurso. Nuestras balas no son de algodón, le había contestado a Napoleón en un hospital, rodeados de piernas y brazos amputados, cuando intentaban contrarrestar la avanzada de los rusos en Elylau. En fin, lo que se dice un personaje. En una búsqueda más a fondo, Diego había encontrado una anécdota curiosa.

Cuando el hijo de Soult intentó dejar a su esposa acomodada, el mariscal le comentó a un amigo que el hombre es el único animal que no sabe quién le da de comer. Está muy bien eso, decía Elortis. Diego inventaría que la frase sólo podía haber sido dicha en esa época por alguien que tuvo afinidad con un hombre del futuro, su narrador. Como vemos, Elortis se divertía con Diego y no lo usaba solamente de espía del pasado en los asuntos amorosos de su padre con la profesora pelirroja de la universidad. De a poco su alumno le estaba dando forma a la novela de Soult. Tenía ese poder Elortis cuando se ponía de lleno a generar algo.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 6.

6.

 Por fin empezaba a sincerarse conmigo, a mostrar sus debilidades, y a contarme las situaciones que lo habían llevado al estado de indecisión en que se encontraba. La acusación contra Baldomero molestaba, pero en el conjunto era menos importante de lo que parecía; me da la impresión que a Elortis no le preocupaba tanto el pasado, sino que no sabía cómo encarar la vida por las dudas que le producían las personas que lo rodeaban. ¿Iba a seguir hundiéndose en terreno pantanoso? Ahora conocía a pocas personas, y se quejaba de que la única que le importaba podía ser, tranquilamente, un mono, un travesti, o un agente de la CIA, vaya a saber quién lo interpretaba adelante de la otra computadora.

Yo tenía todo el tiempo del mundo para conocerlo y no me preocupaba que empezara a mostrar signos de querer trasladar a otro ámbito nuestra relación. Me eliminó un par de veces para evitar hablarme y ahí sí me asusté. No lo vi conectado por unos cuantos días. Le escribí para saber por qué estaba tan desaparecido. Al otro día se volvió a conectar y nos quedamos hasta las cuatro de la mañana. Averigüe el lugar en que nació, la hora exacta, y por supuesto, el día. Le explique que estos pormenores eran para calcular nuestra sinastria. En una página de Internet cargabas estos datos personales de una pareja. Obtenías como resultado la comparación de las cartas natales y la compatibilidad de la unión según en qué casa estaba el sol cuando nació cada uno. Algo así. Resultó que, a pesar de que nuestros signos eran opuestos por naturaleza, nuestra sinastria auguraba una relación llena de entendimiento, un choque promisorio de influencias planetarias, que se convertiría en un estímulo para su trabajo creativo. A su vez, Elortis promovería en mí los pensamientos espirituales y profundos típicos de mi signo. Aunque podía haber roces; nada que la paciencia y la compresión mutua no pudieran solucionar.

A Elortis le gustaron mis preguntas. Puso que se sentía bien conmigo. Yo le mandé una carita sonrojada, seguida de otra pestañeando.

Que descanses y sueñes con los angelitos, adiós, nos hablamos.

En el próximo registro leo que para matar el tiempo se dedicó a grabar con su propia voz algunos de los poemas de Ricardo Zelarrayán y un par de cuentos de Chesterton. Me lo imagino leyendo en voz alta en la soledad de su departamento, no tan lejos de donde yo vivía con mi madre. Por ese tiempo, me llamaba maestrita irónicamente, y a veces maestrita cabeceadora. Estas referencias le gustaban a él nada más.

Un día Augustiniano me fue a buscar a la facultad y me encontró sonriendo frente a la computadora del centro de cómputos. Desde ese día en adelante, fue el único que supo de Elortis y lo odió para siempre. Los celos que tenía Augustiniano eran enfermizos, en su mente Elortis era un perverso que quería aprovecharse de mí supuesta inocencia. Y como le conté la historia bastante completa, pensaba que mi amigo quería redimirse conmigo de la desilusión que le había dado su ex novia al brindarse antes a su tío. O, tal vez, peor, su plan era usarme para vengarse de la sociedad, al andar con una chica mucho más joven, casi una adolescente, igualito que el tío Oscar. La víctima pronto se convierte en victimario, más si no tiene suerte, afirmaba Augustiniano, y así crece la perfidia en el mundo.

Pero mi medio hermano exageraba; también veía con malos ojos que yo mantuviera conversaciones con otros amigos, mi argumento de que lo hacía para conocer mejor el carácter general de los hombres no lo convencía. Al igual que a Elortis; ahora me doy cuenta que los dos en el fondo eran muy parecidos.

Les gustaba tirar de los hilitos que colgaban de los pensamientos prefabricados de la gente. Yo estaba preparada para vivir, no andaba levantando las piedras como ellos para ver qué bichos encontraba abajo. Observar, describir e investigar los ecosistemas que hacían posible la vida en la tierra no era lo mío. Elortis afirmaba como su padre que no creía en los signos; sin embargo, los buscaba día y noche, se la pasaba haciendo eso en vez de disfrutar la vida de otra manera. Releía a Aristófanes y creía con Mnesíloco, y con su padre, que nos habían hecho en forma de embudo los oídos —¡un laberinto!, Elortis— para que la realidad fuera inaprensible.

Después de leer un poco de Las Tesmoforias para darle el gusto a Elortis, le comenté a Augustiniano que yo debía ser una especie de Eurípides pero a la inversa, una infiltrada, haciéndome amiga de un hombre maduro, entre comillas le aclaré, para conocer las vueltas del pensamiento masculino. Pero cuanto más conversaba con Elortis, más me daba cuenta que los hombres no tenían ningún misterio, o tenían menos que las mujeres, ellos eran los descifradores y se pasaban los días en las nubes. Hasta él reconocía que eso de que la mujer era una esfinge sin secreto sólo podía haber sido dicho por alguien que no se sentía atraído realmente por ellas como su querido Oscar Wilde.

Ya que Elortis me enseñaba algunas cosas, yo lo retribuía aconsejándole sobre los productos de limpieza que le convenía comprar en el supermercado (él también me recomendó un negocio chino donde comprar pastas integrales, jengibre y tofu entre otras cosas, aunque yo prefería las hamburguesas: para qué dietética, siempre fui flaquísima, una morocha lánguida para Elortis, de esas que nada más existen en nuestro país) y le sugería pubs o boliches con onda, para sus salidas con Romualdo, donde encontraría personas de todas las edades.

Antes Elortis tenía una amiga con la que hablaba diariamente como conmigo y se le ocurrió presentársela a su amigo para que se divirtiera un poco. Romualdo agarró viaje y terminó de novio con la chica. Elortis cortó las charlas porque de ahí en más prefería que fuera la novia de Romualdo y no su amiga. La chica se enojó. En uno de los cumpleaños de Romualdo ni siquiera lo saludó. Miranda, con la que todavía estaba de novia en ese tiempo y había ido con él a la fiesta, quiso saber por qué Romualdo no se las había presentado. No convenía armar parejas entre amigos, sugiere.

Más allá de este episodio desagradable, él respetaba a Romualdo y lo tenía por un amigo alegre y fiel, de esos que da gusto tener. Tenían códigos entre ellos que no compartían con los demás. Yo con mi amiga Agos, igual.

Cuando Elortis volvió a pedirme que nos viéramos, le pregunté si no le molestaba que fuera con ella. También lo cargaba con mi supuesta ambigüedad sexual, como si me gustaran las mujeres y por eso fuera imposible que me interesara alguna vez por él. Elortis se reía un poco con estos juegos pero enseguida se hastiaba. Algunas bromas, esas que se hacían para evadir un asunto, no le gustaban. La ironía para él era una epidemia. Sólo lo patético lo convencía y lo hacía reír espontáneamente porque iba directo al grano.

Cada tanto algún periodista lo llamaba para invitarlo a un programa de chimentos y matar dos pájaros de un tiro: que hablara de su programa y a la vez diera su versión sobre el caso Baldomero Ortiz, profesor emérito y facho. Lo bien que le hubiera venido aceptar esa plata, me decía. Pero en vez de dedicarse a algo que aumentara sus ingresos se la pasaba buscando personas que hubieran tratado a su padre. A muchos los encontraba de casualidad. Él decía que no podía hacer varias cosas a la vez y que ahora tenía que ocuparse de ver si su padre había sido un agente civil de la dictadura, o un profesor controvertido, diletante, lengua larga, provocador; o todo junto.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 4.

4.

Más o menos por esos días, cuando me enteré de lo de mi ex y creí ver a Elortis, apareció en los diarios el artículo que salvaría la reputación de su padre. Alguien había mandado a los principales medios una carta manuscrita firmada por el mismo Baldomero Ortiz, cuyo contenido era una crítica severa a los métodos del último gobierno militar. En la carta Baldomero consideraba el exilio y se proponía buscar una ubicación en una universidad de Estados Unidos. Pero, ¿esa carta había sido escrita verdaderamente por su padre?

Elortis estaba desconcertado. La letra era más rígida, los términos demasiado académicos para su estilo, y él nunca había tenido noticia de que pensara mudarse a otro país, más bien había escuchado a Baldomero decir que ser inmigrante era el peor de los destinos. Repetía las palabras en dialecto italiano de su suegra, cuando le rogaba no cometer el error de meter las valijas en un barco como ellos para terminar en un país desconocido. Eso que su abuela había sido una agradecida del país, a diferencia de la tía abuela de Elortis que odiaba el lugar donde había venido a parar. Para esta mujer, que vivía adelante de la casucha de la enanita —de ascendencia española— y era la dueña del terreno, los médicos eran la encarnación de la maldad argentina. En las consultas se burlaban de su cerrado dialecto y la manoseaban. Finalmente, tras operarla de un simple quiste, como a mí, le extirparon los ovarios por equivocación y la volvieron a coser como un matambre. Por lo tanto, ella y su esposo, el padrino de Elortis, no habían tenido descendencia. Pero eran visitados por muchos paisanos, que sí hablaban de la guerra, no como su padrino, y también por otros amigos argentinos; personajes que a veces Elortis se cruzaba cuando iba a visitar a la enanita.

En fin, Elortis dudaba de la carta y empezó a averiguar quién podría ser la persona que la había enviado a los diarios. ¿Sería posible que fuera el ex capitán Heller? ¿Susana P.? ¿un tío por parte de su madre? Sabía que este hombre, dueño de una curtiembre, varios años menor que su hermana, había apreciado a su padre. Pero no lo veía desde que su madre había muerto, años antes que Baldomero. Vía e-mail, intentó convencer a los jefes de redacción de algunos diarios, sin que pudiera sacar nada.

¿Quién había ayudado a su padre? ¿qué motivos tendría? Tal vez en esa época estaba tan necesitado de amistad que creyó que esa persona podría contrastar el desdén que le producían sus semejantes.

Lo cierto es que, en vez de ponerse a pensar en una idea para otro libro, dedicó unas semanas a buscar en vano al salvador de la figura de Baldomero, era lo único que llenaba su tiempo y lo alejaba de otras preocupaciones más acuciantes, tal vez, como su futuro amoroso.

Pero no encontró una respuesta ni en el cura que visitó en la iglesia de Las Esclavas, que jugaba a las damas con su padre, ni en la empleada pintarrajeada del Registro Civil, a la que Baldomero solía llevar masas secas por haberle simplificado un trámite años atrás, ni en el hijo del dueño de la pizzería donde Baldomero compraba los palos de Jacob para el postre.

La carta no logró borrar la imagen nueva que se había formado de su padre luego del primer artículo en los diarios. Lo contrario de la existencia tranquila, correcta, que él había llevado hasta el momento; un pasar libre de sobresaltos, de decisiones impensadas y apuestas fuertes, aunque se había jugado con Sabatini y, después de la edición del libro, su ánimo reflejó por un tiempo una sensación de bienestar y plenitud que no fue duradera. Pero resultó que Baldomero había logrado mantener a un séquito de tímidos defensores, aun con sus locuras. ¿De qué le habían servido las suyas?

Cuando decidió separarse de Miranda ya era tarde. Había llegado a tener un hijo con ella. Pobre Martín, se apiadaba. ¿Para qué si nunca había estado enamorado?

Tuvo que aguantar que sus amigos le advirtieran que dejar a Miranda era un error. Lo mismo cuando abandonó la práctica de su profesión para invertir su tiempo en tareas poco convenientes. Pero, por lo menos, no fue en teoría como su padre —que pasaba más tiempo hablando de Madagascar que preparando seriamente esa imposible beca— sino que se había metido de lleno en terreno desconocido, y sólo por casualidad le había ido bien. Él era inestable —lo contrario de la estabilidad emocional de Baldomero, cuyos tornillos estaban constantemente flojos y no producían contradicciones en su carácter, siempre ecuánime, bondadoso y gentil con los demás, hasta que se cerraba la puerta o le atacaban sus ideas.

Así y todo, para algunos su padre había sido un agente civil de la dictadura militar, un delator. Le dije que enfocara su atención en el presente, el pasado ya no está y el futuro no se sabe. Nuestro futuro es incierto, Elortis, todo podía ocurrir… Y si no encontrábamos a nadie nos quedaba el monasterio. Eso le gustó.

Nada mejor que el talante de un monje, un modelo de virtud y equilibrio con el entorno, para describir el estado anímico en que lo dejó por contraposición la figura maléfica paterna construida por los medios hasta que apareció la carta que instauró la duda sobre las acusaciones. Había sido capaz de sonreír con sinceridad, de ayudar a las personas sin interés y le dieron ganas, como a mí más seguido, de hacer algún tipo de trabajo comunitario. Se ve que en el fondo la culpa y la vergüenza lo corroían. Pero ese lastre que habían venido a descubrir en su progenitor lo dejaba a él en la vereda de enfrente, libre y bueno, la mayoría comentaba que un hijo no debe responder por las acciones de su padre.

No pesaban los errores que había cometido él en su vida; una trayectoria irregular en lo laboral, incierta en lo amoroso. De última, Elortis era bueno para convencerse a sí mismo, sus únicos errores habían sido engañar a su novia de tantos años y haber traído, justo con esa persona, un hijo a este mundo tramposo.

Si al principio había intentado engancharme a Martín era porque mi supuesta pureza, o mi egoísmo que reflejaba una naturaleza sincera y firme, lo habían atraído a él primero y pensó que con una chica como yo su hijo no caería en una confusión como la suya en su primera y decisiva relación. A sus ojos yo era toda posibilidad y conquista, un símbolo de otra época traído a esta de los pelos pero visible y consistente, la novia comprensiva y pura que le hubiera gustado tener en el secundario.

Su encuentro con el sexo había sido abrupto, en una fiesta del colegio conoció a una chica que parecía angelical pero resultó ser que a los diecisiete años ya había tenido una relación y, encima, incestuosa, con un tío postizo. Y esta chica no tuvo la mejor idea que contarle su iniciación sexual a Elortis la noche que se acostaron juntos por primera vez. No precisó, pero parece que cuando le propuso a la chica determinada postura en el acto amoroso, ella se asustó por las experiencias que había tenido antes… Él no tenía esas intenciones. Por algo debió recordarme alguna vez que Baldomero no se preocupó por educarlo sexualmente.

Como consecuencia, arrastró el trauma por un tiempo largo, aunque la sensación de desilusión en lo amoroso no lo abandonó en su vida adulta. ¿Cómo era que el padre de su noviecita le exigía, cuando salían, que la trajera de vuelta antes de la cinco de la mañana? Si la había dejado irse de vacaciones con la familia del tío Oscar. En ese entonces, esta familia era solamente la hermana de su suegro, y también iban con una pareja amiga. Todos compañeros de tenis de la adolescente Miranda. ¿Por qué sólo para él activaban los principios de la sociedad cuando debía haber sido tan evidente para la familia de su novia que el otro se los salteaba?

Le comenté a Elortis que tan visible no sería el asunto, sino el padre de su ex novia hubiera actuado, pero él contestó que, más allá de que los demás se movían por la apariencia, llevar o no el peso del sentido común corría por nuestra cuenta, y que si bien es un gran esfuerzo sacárselo de encima, no podemos echarle a nadie la culpa de nuestra falta de compromiso con nosotros mismos.

La familia de su ex novia se había enriquecido rápido en los noventa y en casos así los prejuicios se multiplicaban a la par que el dinero. Para Elortis eran gente maleducada, que no hacían más que darse aires y desconocían a los espíritus sensibles y elevados. Pero, ¿dónde estaban en Elortis las virtudes que pretendía que encontraran en él? Bien ocultas para que los idiotas no se confundieran, respondió. Después, me aclaró que también podía ser que él fuera un mal llevado y que actuara de incomprendido para echarle en cara a los demás su propia falta de méritos. Tal vez su indecisión lo hacía desconocer quién era para los demás, no veía en qué lugar estaba parado y cuáles eran las afrentas a las que respondía. Y por momentos su megalomanía era tan notoria como la de su padre.

Estando de novio le había tocado irse de vacaciones con la familia de Miranda —usaba el primer nombre para referirse a su ex novia, que la chica detestaba y suprimía por Laura, el segundo— y la de su tío Oscar. Tuvo que compartir asados, baños helados en la playa, y partidos de fútbol con el tío y el padre de la novia. No podía evitar darle vueltas en su cabeza a la pesadilla real que significaba para él que aquel hombre alto, fornido y orgulloso de la falta de pelo en todo su cuerpo, fuera el primer amante de Miranda.

Sin embargo, ella le había asegurado que lo suyo con Oscar no había durado mucho, unas veces nada más, que era algo irrelevante, una pavada… Aunque después le reveló que el asunto se había prolongado durante un año. Siempre antes de conocerlo a él, eh, aclaraba Elortis.

Fue una noche de esas vacaciones, mientras volvían caminando solos por la playa de la fiesta de los guardavidas. Había empezado a indagar sobre la relación y obtuvo esa respuesta. Reaccionó diciéndole de todo a su novia y le echó en cara la tortura diaria que le hacía vivir, dejando en claro que para él no era más que una loca que se había dejado seducir por un gigante lampiño que la doblaba en edad y, para colmo, era su propio tío. Al notar que Miranda había dejado de caminar para entregarse al llanto, Elortis apretó el paso, y ya bastante adelantado y casi perdiendo de vista a su novia, decidió meterse al mar. Mientras apuraba las brazadas para alejarse más de la costa hasta perderse definitivamente en la negrura, descubrió que ya no hacía pie y en la desesperación empezó a tragar agua.

El miedo le duró un momento y cuando dejó de luchar para entregarse a lo peor se dio cuenta que estaba haciendo la plancha y pensó que podría flotar boca arriba en la oscuridad hasta que la marea lo devolviera a tierra o decidiera chuparlo a los profundidades. Agradeciendo al cielo que lo dejase flotar, en las puertas de su libertad, se convirtió en un animalito más de esos que tanto le gustaba tener, como después  Motor, o todos lo que había adoptado desde que era chico y habían terminado sucumbiendo a sus cuidados.

En vez de rebobinar en su mente los hechos más importantes de su vida, ya siendo él otra criatura endeble a la deriva, vio la cara de todos los animales que había torturado, las de los conejos que reventaba de cariño en la casa de su abuela —sus familiares decían que unos días después de su visita se morían debido a sus apretones—, la gomosa y cornuda del oxolote que se secó al evaporarse totalmente el agua de la pecera y las imprecisas cabezas de las luciérnagas que atrapaba en frascos. Que lo perdonaran.

De repente, fue arrancado de todos estos pensamientos por la fuerza de unos brazos firmes que lo arrastraron poco a poco hasta la orilla. No era otro que el tío Oscar que, ante los gritos descarnados de Miranda, se había metido en el agua con un amigo para rescatarlo. Parece ser que el agua lo había arrastrado cerca de la fiesta de los guardavidas y la mitad de los invitados estaba presente, aplaudiendo medio en serio, medio creyendo que era una imitación de salvamento inspirada por el alcohol.

Elortis confiesa que, del susto y la vergüenza, pensó que le agarraría un ataque al corazón de tanto que lo sentía latir en el pecho cuando Oscar y el amigo lo dejaron en la playa, y que, aunque siguió tomando muchísimo, esa noche no había podido emborracharse. Al otro día no pudo evitar reírse de sí mismo y de la situación absurda en la que se encontraba.

Esto me hizo pensar que el día que vi a Elortis podía ser que se hubiera metido en la tienda de ropa de mujer para comprar algún regalo a su ex, ya que se seguían viendo, la mayoría de las veces sin Martín, y él nunca me negaba que algún día pudiera volver con ella, aunque le parecía improbable. Por lo menos en ese momento de nuestras charlas. Parecía una relación obsesiva pero feliz, fundada en esa desilusión inicial que a la vez lo atraía de manera morbosa, y que como era habitual, solamente la rutina se había encargado de empañar.

En cambio, Baldomero rara vez hablaba con su esposa, a la que trataba como un apéndice dedicado a higienizar y a organizar su existencia, a alejarlo de la búsqueda constante de otras mujeres en las que saciar su ego y su apetito sexual para poder dedicarse, y esto sí parecía loable, y digno de imitación para Elortis, a la reflexión, con la que intentaba conocerse a sí mismo, y al pensamiento, con el que pretendía contribuir a la cultura cuando encontrara la manera de enriquecer la comunicación destronando a ese elemento impreciso que era el lenguaje heredado.

Para eso buscó toda su vida la cultura milenaria que le transmitiría el conocimiento necesario a través de los signos unívocos de lo real, antes de que las civilizaciones siguientes lo desvirtuara al proponerse expresarlo por otros medios.  Y este tipo de actividad, que lo convertía sin dudas en un charlatán, la desarrollaba en las charlas informales de la facultad.

Por lo tanto, a Elortis se le ocurrió dar con el posible benefactor de la memoria de su padre entre sus colegas profesores. Como estaban casi todos muertos y los que no lo estaban son los que lo habían denunciado, haciendo referencia a los almuerzos en los que Baldomero apoyaba la represión, decidió hacer el experimento de hacerse pasar por un profesor suplente y comer con los demás facultativos para enterarse de qué hablaban y, más que nada, ver si alguno nombraba a su padre. Así, también, esperaba inaugurar un período de decisiones intuitivas, cercanas a lo irracional, en su vida. Aunque las pocas veces que les parecía haberlas tomado, últimamente por mujeres, no le había ido muy bien. Por suerte uno de los profesores había trabajado en la época de su padre.

A pesar de ser un viejo demacrado y que en conjunto parecía estar en las diez de última, reveló que su físico y su mente se mantenían vigorosos gracias a los beneficios de una dieta casi mediterránea a base de uvas, pan con cereales, chocolate negro y nueces, sin olvidar su copa de vino por las noches. Elortis le había dado ochenta y tantos pero el licenciado Pascual tenía noventa y seis. Y todavía dictaba, una vez al mes, clases en su cátedra. Sacó el tema de los inventores y los profesores más jóvenes lo miraban con una mezcla de reverencia y suspicacia, para Elortis era como si fueran cowboys diestros y tuvieran las manos en los cinturones para desenfundar en cuanto vieran la senilidad aparecer en cualquier desvarío vergonzoso.

El casi centenario profesor había hecho más de lo que ellos pretendían para sus vidas y todavía estaba ahí sentado, un rejunte de costumbres solidificadas, dispuesto a rebatir cualquier juicio inexperto. Además de jefe de la cátedra de Introducción a la Psicología, era pintor y venía de presentar una exposición de su obras en Londres, viaje que había aprovechado para conocer Escocia, donde visitó la casa de Graham Bell. Se hizo evidente para Elortis que ese viejo había logrado lo que Baldomero buscaba; ser respetado y que le paguen por sus caprichos.

Pascual dijo que los inventores en general no eran buenas personas, y que sería muy interesante investigar las similitudes en la educación que terminaban brindando a la sociedad esos soñadores exitosos. Agregó que todo era muy lindo pero: ¿a quién le gustaría ser el perro de Graham Bell? —algo que Elortis ya había oído en boca de su padre.

Parece que Graham Bell experimentaba con las cuerdas vocales de su perro para hacerle reproducir algunas palabras. Baldomero también decía que el perro era el precursor del teléfono. ¿No sería ese viejo el redentor de la figura de Baldomero?

Elortis acariciaba la idea, cuando una profesora de unos cincuenta años, pelirroja y todavía atractiva, confesó que Pascual le recordaba cada vez más a Baldomero Ortiz. El viejo se quedó con los ojos muy abiertos y, mientras Elortis trataba de tragar el pedazo de omelette que se había pedido y miraba fijamente la mesa para pasar desapercibido, el ayudante que estaba sentado a su lado le comentó a los presentes que tenían la suerte de estar con el creador de Los árboles transparentes, hijo del profesor Ortiz. Elortis, que no sabía dónde meterse, sonrió como un idiota y cometió el error de limpiarse la boca con una servilleta ya usada por otro. Encaró sin vueltas a la pelirroja y le preguntó por qué se había acordado de su padre. Mariana había sido alumna de su padre y, por la forma en que todos apartaron la mirada mientras le respondía, notó que la relación siguió más allá de las aulas. Envidiaba a Baldomero por sus amantes.

Explicó que se había tomado el atrevimiento de acompañarlos en la comida porque estaba investigando sobre la figura de su padre. Algunos profesores se levantaron, disculpándose, y sólo quedó Mariana, el ayudante, que se llamaba Diego, y el profesor Pascual, todavía sorprendido, no sabía Elortis si por su enigmática presencia en ese almuerzo o porque habían descubierto el origen de la anécdota que había contado.

Mariana pensaba que los medios habían tratado con excesiva crueldad a la figura de su padre y no podía entender cómo todos los importantes amigos que tenía no lo salieron a defender. ¡Amigos importantes! Elortis dudaba de que su padre hubiera tenido alguna vez ese tipo de amistades.

Pascual agregó que prefería mantener el silencio sobre las simpatías políticas de su antiguo amigo, pero que si había sido un infiltrado de la dictadura de los milicos en la facultad lo había hecho muy sutilmente porque nadie se había enterado. Que decía ese tipo de barbaridades en los almuerzos era mentira. Los alumnos lo evadían por ser muy estricto en los exámenes pero todos los recordaban por su parloteo en los pasillos sobre temas muy poco académicos, casi parapsicológicos en el sentido cabal de la palabra, como su proyecto de viajar a Madagascar para tratar de entender mediante la observación del ecosistema la verdad de una civilización perdida, que pensaba encontrar en algún momento. Esa verdad se refería a algo difuso y contradictorio; cómo eran los primeros pensamientos antes de que los gestos y después el lenguaje hablado los empobrecieran creando la conciencia.

El punto era, interrumpió el ayudante, que había muchos alumnos y profesores desaparecidos, y que algunos señalaban a Baldomero como uno de los posibles entregadores.

Nadie sabía quién había escrito la carta anónima, pero el viejo reconoció que el ex profesor que armó el escándalo y los demás que se sumaron no estimaban a Baldomero. Estos psicólogos no le encontraban la vuelta al asunto de rescatar su legado académico, ya que era recordado como un irracional, peligroso para la profesión, y que el aula magna llevara su nombre —Elortis sabía bien que ese homenaje tardío no había significado mucho para su padre— los preocupaba más que las acusaciones. Pascual aseguró que en esa época había profesores peligrosos, que no sólo se dedicaban a enseñar sino que invertían parte de su tiempo en movilizar a los alumnos con otros fines y que la bronca hacia su padre debía venir por los temas insustanciales, y pocos comprometidos, a los que se dedicaba.

Para Mariana, Baldomero hacía notar, muy cada tanto, sus preferencias conservadoras, pero no las imponía, prefería molestar a los psicólogos con la indiferencia y las teorías esotéricas.

Elortis se siente incómodo y decide agradecer a los presentes por sus palabras y alejarse cuanto antes, pero no logra sacarse de encima a Diego, el joven ayudante. Mientras lo acompaña al coche, Diego le confirma que Baldomero y Mariana habían sido amantes, lo felicita por su libro y le pregunta si podía darle clases de escritura.

Ahora bien, Elortis manejó a la vuelta ese día pensando en los colgantes que llevaba Mariana, entre los que había una vaquita de San Antonio, de oro. ¿No tenía su madre una igual?

Cuando llegó a su departamento buscó la caja de madera donde su padre guardaba los recuerdos del matrimonio, y otras cosas macabras como el diente de la abuela de Elortis, y estaba todo lo que esperaba encontrar, menos la vaquita que él recordaba haberle visto a su madre en algunas fiestas. Era tan cabezadura que no paró hasta encontrar en un álbum de fotografías a su madre luciendo el dije y despegó la foto para dejarla a mano. Elortis se sintió solo y un poco viejo.

Así que Baldomero había alcanzado el agape griego, esa unión suprema amorosa, con su alumna pelirroja, tal vez interesada en temas tan elevados como los suyos. Sabía que Baldomero tenía la seguridad que a él le faltaba para llevar adelante sus asuntos, una manera de esconderse a sí mismo el lado oscuro de sus actos, útil para no acobardarse y cumplir ciertos objetivos.

No sé por qué, pero me empezó a parecer que yo era uno de los objetivos del hijo de Baldomero.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 3.

3.

Durante la convalecencia que siguió a la operación, no dejé de pensar en Elortis, mi querido amigo virtual, y lo que fuera que estuviera haciendo en esos momentos. Le comenté al pasar que necesitaba dadores de sangre. Se presentó al día siguiente, aunque no lo aceptaron. Dijo que porque había dicho la verdad en todas las preguntas del cuestionario. Seguro que, como un conocido, andaba con más de una y por eso lo rebotaron.

Cargándolo, le pregunte si iba a ir a visitarme a la clínica; dijo que sí pero no cumplió, aunque llegó un mensajito de él para preguntar cómo me había ido, tres horas después de que me sacaran del quirófano. Estaba mi mamá y no pude evitar la sonrisa. Le dije a Elortis que me vendrían bien algunos de sus libros audibles para la noche. Ahora no puedo evitar imaginármelo diciendo mi nombre a la enfermera, y después sentado en la sala de espera de dadores de sangre, antes que lo llamaran para llenar el formulario.

Sus audiolibros no hubieran sido muy interesantes para mí, como ya dije eran libros viejos, por esa época yo leía poco y nada —¡con todos los textos que me daban en la facultad!—, pero estaba enganchada con esos de vampiros enamorados y un tiempo estuve con los otros de tipos que van atrás de símbolos secretos. Ahora cada tanto me compro algunas novelas más interesantes que me recomiendan en el trabajo.

Sabatini y Ortiz se ocupaban de todo Jack London, Martin Eden incluido, Elortis precisa; de la obra completa de Lewis Carroll, los Cuadernos Norteamericanos de Hawthorne, las cartas de Flaubert, Allá lejos y hace tiempo, los Viajes de Marco Polo; Wilde, pero el argentino no el que había hecho envejecer a un retrato, porque no se habían animado a leerlo en voz alta. Hubo una fuerte discusión para ver quién hacía de Flaubert en las cartas, ya que siempre eran sus voces las que interpretaban las lecturas. Si eras vecino de su oficina en esa época podías escuchar la voz de Sabatini como Flaubert y la de Ortiz como Turgueniev o Maupassant. Casi se van a las manos para ver quién era el señor de Balantry y cumplieron el deseo de Borges de dividir en dos actores al señor Jeckyll y Mister Hyde. ¿A que no saben quién se ocupa de los párrafos en que aparece Hyde en la grabación? Lamento informarles que Elortis no quiso revelarlo. Y es imposible averiguarlo porque, aunque algunas grabaciones circulan, ésa se perdió en un disco rígido defectuoso.

Si se divertían tanto; ¿por qué se separaron esos dos? La culpa, tal vez, la tuvo el libro que escribieron a dos manos.

Algunos días después de mi operación, tuve una charla rápida con Elortis. Don Luciano, el vecino que le cuidaba la casa de la costa, tenía noticias de Motor, mucho no le quiso decir aunque le pidió que viajara cuanto antes. Se haría una escapada al otro día.

Ya de vuelta, en una charla más distendida, me cuenta cómo le fue. Apenas llegó, después de un viaje rápido y sin inconvenientes, aunque la soledad de la ruta lo había adormecido mediando la mañana fría y nublada de principios de otoño, Don Luciano lo acompañó hasta la casa de un vecino.

Cruzaron la plaza, un colchón de agujas de pinos (esos árboles habían crecido desde que Baldomero plantara él mismo los primeros ejemplares de la variedad pinus brutia, según había investigado recientemente mi amigo, un pino de gran altura, natural de zonas mediterráneas), hasta una casa blanca de madera donde el señor Heller, ex capitán de fragata y compañero de pesca de tiburones de su padre, pasaba la mayor parte del año, gracias a una jubilación de privilegio que, según don Luciano, ningún proceso judicial había logrado quitarle.

Ni bien entró, Elortis se fijó en los muebles pesados que tenía la casa, en las vitrinas repletas de soldados de plomo de la Segunda Guerra Mundial, iguales a los que su padre compraba en el Pasaje Obelisco —tal vez el ejemplo de su amigo había dado el puntapié inicial a su afán por coleccionarlos— y en las pieles de animales salvajes que colgaban de las paredes, particularmente en la cabeza de un tigre de Bengala, colocada arriba del hogar, adelante del cual se extendía por el piso la piel blanca del mismo animal, rodeada de un par de sillones largos tapizados en cuero negro. La piel terminó de impresionar a Elortis.

Don Luciano, entusiasmado, revelando su camaradería habitual con el propietario, lo invitó a que se sentara en el sillón frente al ya repantigado Heller. Elortis dijo que nunca probó un whisky tan bueno como el de ese hombre. Aparentemente, un marinero le regalaba lo que quedaba en el fondo de los barriles escoceses, un líquido asentado y espeso.

En esa casa, con el fragor de las ramas de los árboles que se clavaban en el cielo, mi amigo intuyó dos veces una presencia que le soplaba la nuca, y se le ocurrió, mientras don Luciano y Heller intercambiaban opiniones sobre el clima político y personajes de la farándula en la temporada de verano de Mar del Plata, que bien el ex capitán podría tener una chica enterrada en el fondo cuyo espíritu viniera a pedirle una revancha, un rescate, si es que se podía rescatar a alguien ya muerto le digo yo, pero Elortis me dice que se tiene que poder.

Por un momento, creyó ser la señora Marple, vaso de whisky en mano en vez de té, en la historia que se llamaba Némesis si mal no se acordaba, donde la heroína tenía que visitar jardines ingleses para dar con el asesino, y entonces el ex cazador de tiburoncitos fue el cómplice de un terrible crimen compartido con Baldomero. Justo apareció Motor, dio unas pisadas sobre la piel de ese otro felino, pero muerto y gigante, y saltó a la falda del señor Heller que, sonriendo, dejo reposar su mano sobre el gato.

Heller le contó que Motor se había portado de maravillas, y pasó a explicarle porqué los gatos eran sagrados para los egipcios; una razón muy práctica: la eliminación de las ratas. Elortis, al contestarle, no se sintió la señorita Marple sino su padre, por la entonación grave, calculada; también es verdad lo contrario, dijo, inventamos fundamentos prácticos para llevar a cabo las decisiones más alocadas.

No podía sacar los ojos del fondo largo, con esos árboles y un tobogán, y le echó en cara a su padre muerto no haberlo traído de chico a jugar a lo del capitán, más cuando descubrió a esas dos nenas que le sonreían desde una foto en la mesita ratona. La casa cruzando la plaza, antes un terreno con algunos arbolitos dispersos y una inscripción tímida en el cantero del medio que inauguraba un futuro espacio público, había pasado desapercibida en sus tardes solitarias.

Igual, de repente se olvidó de lo demás, y le preguntó a Heller si se animaba a escribir una nota a favor de su padre, que sería enviada a los diarios. Le contestó que con gusto escribiría una, pero le extrañaba que no supiera que una carta firmada por él comprometería más a Baldomero, aunque estaba dispuesto a desligarlo, mediante sus palabras, de cualquier sospecha. ¿Qué habría querido decir con eso?, se preguntaba Elortis; ¿sólo de palabra podía desligarlo? ¿habría algo verdadero en la acusación? Prefirió no seguir insistiendo en el pedido.

Volvió a cruzar la plaza con Motor en sus brazos y el cada vez más viejo don Luciano, quien se atrevió a contarle que Heller y Baldomero solían escaparse a Mar del Plata con la excusa de ir a pescar, pero que en realidad hacían de las suyas como cualquier hombre de antes, lo que hizo que se acordara del interés de Heller en la farándula marplatense, y también de la ex vedette Susana P. Apenas subió al auto, notó que Motor estaba un poco arisco. Cuando le preguntó sobre sus aventuras independientes, le contestó con un maullido seco, más ronquido que otra cosa, y no dejó de encorvar la espalda cada tanto durante el viaje, como echándole en cara que lo hubiera perdido.

Ya de vuelta en su departamento, con el gato recién alimentado en sus faldas, y todavía sorprendido y asqueado por las pulgas que le descubrió en el cuello y en el lomo, vio la respuesta de Sabatini; se negaba a colaborar en el prefacio de la nueva edición del libro que escribieron.

Lo de Los árboles transparentes había empezado como un chiste, una paradia. Cuando notaron que vender libros audibles no era ningún negocio se propusieron hacer un libro a manera de imitación de tantos psicoanalistas devenidos escritores. Para eso, Sabatini se encargó de seleccionar a varios conocidos, en su mayoría antiguos pacientes suyos, que darían testimonio sobre relaciones truncadas, amorosas, familiares, laborales. En el libro daban a entender que las relaciones se desgastaban por causas exteriores naturales y no por problemas inherentes a la personalidad de cada persona, idea que lo hacía parecer más una crítica al psicoanálisis que uno de esos best-sellers de autoayuda que fomentaban la profesión, y terminaba dejando a los psicoanalistas algo mal parados.        Pero, para decir la verdad, no era el medio, me decía Elortis, lo que impedía que las personas fueran felices; eran los prejuicios, las opiniones infundadas y el resto de las configuraciones mentales que el sistema cada vez más invisible y amigable en que vivíamos nos implantaba para aislarnos y conservarnos como una célula cada vez más eficiente, sin tener en cuenta las consecuencias. Las personas afines se terminaban desencontrando. La incomunicación y la soledad hacían de las suyas.

Me pareció que lo decía a propósito, pensando en mi supuesta inapetencia sexual, cuando agregó que hacía rato que la represión sexual y de los sentimientos —la que más le preocupaba— no provenía de la religión sino de las metas falsas que nos imponían. La libertad había sido manipulada tanto en los últimos tiempos y ahora era una trampa cada vez más transparente.

Sabatini fue un gran artífice del libro, preguntando sin vueltas a sus ex pacientes los secretos más íntimos de sus relaciones. Elortis escuchaba las entrevistas y se dedicaba a inventar una historia que reflejara la situación de cada entrevistado. Tengo una amiga que se sabe de memoria, y hasta copia en su mensajero, algunas de las frases de Los árboles transparentes.

El título se debe a la metáfora de Elortis de un bosque repleto de árboles que no pueden verse los unos a los otros, solamente creen percibir algún que otro reflejo, casi siempre erróneo, de una presencia ajena a la suya. Según, Elortis, que como vemos no era muy amable con su obra, es esta especie de crítica light a la sociedad la que aseguró las ventas del libro. Sin embargo, más de un crítico literario agradeció la imagen de este páramo que en realidad era un bosque.

Los árboles crecen en altura porque piensan que así podrán ver otras especies a lo lejos pero en realidad nunca ven nada y la soledad empieza a torcerlos, a doblegarlos, hasta que el bosque se vuelve además de invisible, tenebroso.

Noches después que mi amiga me hablara del libro, soñé que pisaba el bosque de árboles invisibles con pasos cada vez más rápidos que terminaban en una corrida. Mis manos rozaban cálidas y ásperas cortezas translúcidas. De repente, me dominó una alergia terrible que debía provenir del polen oculto que lanzaban al azar esos gigantes y me desperté estornudando —gracioso, pero acabo de estornudar a la mitad de la frase.

Según mi amiga —la primera vez que intenté alejarme un tiempo de Elortis, cuando las charlas se volvieron más frecuentes, me prometí no leer nunca el libro— el caso más interesante que encontró la dupla Ortiz-Sabatini era el de Roberta Catani.

Esta mujer era una histérica cleptómana, por lo tanto mitómana, así que mejor tomar con pinzas algunos detalles de su relato, también lo aclaraban en el libro, que se enamoraba, y era correspondida, de un compañero de trabajo.

La relación prospera, y los novios pasaban cada vez más tiempo juntos —en el call center donde trabajaban y en la casa— hasta que Catani descubrió que le faltaban algunos libros en su biblioteca. Otra vez, no encontraba el juego de cubiertos de plata heredado de su abuela y, finalmente, desapareció el frasco donde dejaba las monedas que separaba para el colectivo. Roberta rompía con su novio en cuanto corroboraba que era un deleznable y mentiroso ladrón, pero a la semana el muchacho la citaba para reclamar un reloj pulsera, la estilográfica que le había regalado su madre cuando terminó la secundaria, y hasta una esponja exfoliadora. Ya reconciliados, vivían felices hasta que, en un confuso episodio en una farmacia, un policía mataba de un tiro al novio.

Estos Bonnie y Clyde de sillón de psicoanalista calaron hondo en la opinión pública. A mi amiga le brillaban los ojos mientras me lo contaba.

Dos personas con individualidades complejas pero que aprendieron a compartir sus debilidades, que a la vez, como en muchos casos, comentamos con Agos, eran sus placeres ocultos.

Ninguna relación parecía tan feliz como la de Catani y su novio del call center, y la cleptómana pronto fue una invitada habitual, como Susana P. después, de los programas de chimentos. Aunque Ortiz y Sabatini trataran de convencerla al principio para que no aceptara esas invitaciones.

Ya sabía lo demás me dijo Elortis: el libro gustó, se vendió bien, y ellos también se expusieron y viajaron a Mar del Plata para dar esa charla de literatura de verano en Villa Victoria y participar del famoso almuerzo televisivo de la famosa señora. Sin embargo, Sabatini se resintió en cuanto vio que las preguntas de la prensa iban dirigidas a Elortis y cada vez que mi amigo aclaraba, condescendiente, que había escrito el libro a dos manos, no podía evitar sentirse un impostor, lo que ahondaba su bronca.  Por otro lado, el tiempo que habían trabajado en el libro con las cuentas justas, sin poder darse ningún lujo, con sus respectivas parejas manteniéndolos, y recriminándoles el desbaratado camino que había tomado la sociedad, hizo que en las etapas finales de la escritura los, hasta aquel momento, entrañables amigos de aventuras empezaran a tener algunos roces.

Elortis le había echado en cara a Sabatini que no trajera víveres para subsistir en la oficina —siempre le comía las mermeladas que él llevaba y le vaciaba sus cajitas de té— y no le perdonaba que cada día apareciera más tarde porque había empezado a atender pacientes en su domicilio por la mañana, antes que su esposa lo usara para lo mismo. La relación de estos hombres intrépidos —palabras de Elortis—, que habían intentado distanciarse del resto de su camada al ocuparse de trabajos más afines a sus gustos, empezó a desgastarse de esta manera. Tengo que admitir que a mí me molestaban estas salidas de Elortis, tanto hacerse el revolucionario, y en cuanto empecé a trabajar en el estudio de abogacía sus opiniones se hicieron cada vez más ácidas e inaguantables.

Y acá pensó que venía al caso una de las historias que contaba la enanita. Me llevó al sur otra vez, a la casucha de dos por dos donde la enanita le había contado sobre el matón Ruggiero o Ruggierito. La relación entre Ruggiero y su compinche Baigorria venía mal, desconfiaban el uno del otro. La enanita presenció la historia que relata, mientras paseaba un domingo con su amiga. Ruggiero y Baigorria salieron de una galería, donde habían ido a “cobrarle” personalmente a una joyería, y caminaban alegres con las joyas que les regalarían esa noche a sus mujeres en sus bolsillos. De un momento a otro el cielo se llenaba de nubes y el aire se tensaba en espera del inminente chaparrón. Mientras Baigorria se acomodaba el mechón de pelo que el viento le hacía caer en la cara, Ruggiero se paró en seco. Creyó ver que el canillita parado en la esquina inclinaba hacia atrás su sombrero en señal de peligro. Andaban con cuidado porque unos matones radicales se las tenían jurada. De repente, un ruido seco y sordo hizo que los dos desenfundaran sus pistolas. Por un instante, cada uno apuntaba al cuerpo del otro, aunque enseguida rectificaban el impulso y buscaban con sus armas más allá de sus espaldas, transformando la posible traición en un acto de arrojo. Rezagados, los dos matones que los acompañaban a todos lados también desenfundaban y rastreaban con sus armas al agresor hasta que se daban cuenta que el estruendo era causado por un ventarrón que había derribado al cartel de chapa de la puerta de la galería. Así y todo, la relación de Ruggierito y Baigorria ya no sería la misma después del episodio patético de la caída del cartel y el primero mandaría tiempo después a eliminar al segundo.

El éxito del libro acentuó las diferencias entre Ortiz y Sabatini. El tiempo que pasaron juntos para crearlo logró que cada uno reconociera la previsible forma de actuar del otro. Ya no había sorpresas ni risas. Le sugerí a Elortis que tal vez él no fuera tan macho como creía ser y le pregunté, medio en broma, si alguna vez no se había sentido atraído por alguna persona de su mismo sexo. Responde, típico, que no lo descarta en el futuro porque estaba algo cansado de las mujeres pero que ese detalle iba mejor para la historia de Ruggierito y Baigorria y de cómo se cuidaban las espaldas, a pesar de recelarse, el uno al otro.

Y tenía otras historias que le contaba la enanita, pero por suerte apareció mi mamá y me preguntó qué hacía tan tarde en la computadora y pude desearle las buenas noches a Elortis. No es que me fuera a retar, pero aproveché para tomar un café con ella. Nos hablamos, Elortis, que sueñes con los angelitos, adiós, le decía, siempre así.

El día después de esa charla me enteré que mi ex se había puesto de novio y a la noche se lo conté a Elortis, que trató de consolarme. Le dije que nunca había querido de verdad a mi ex y que por lo tanto no me interesaba lo que hiciera de su vida, aunque esperaba que le fuera bien. Era una posibilidad, como decía Elortis, que Santiago no aguantara mis reiteradas negativas a tener sexo pero en realidad yo no estaba preparada y no soportaba la idea de entregarme a él por completo.

También, por esa época fue que iba caminando por Callao y me pareció ver a Elortis —si era fiel a su fisonomía la foto que mostraba— bajarse de un taxi y correr con un paraguas hacia una tienda de ropa de mujer. ¿Sería? ¿Entró en la tienda de ropa o en la librería de al lado? No quise preguntarle al otro día, porque si era él, debería haberlo saludado.

Elortis decía haberme visto en tres ocasiones, y en una la pegó, era yo y era él, los dos caminando rápido en direcciones opuestas, yo con una musculosa negra y un rodete en el pelo y él con una camisa a cuadros arremangada. Por un segundo nuestras miradas se encontraron y el corazón me dio un vuelco, pero seguí caminando más rápido y me perdí con una sonrisa en la bajada del subte.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 1.

PRIMERA PARTE

 1.

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior. Hola, ciudad sumergida, saludás, y empezás a rearmar tu vida como si todo fuera nuevo y el peso no pesara, pero es que tus músculos ya están entrenados. Y ahí empieza lo bueno.

Amaba a las mujeres, no podía estar sin ellas, aunque eran unas manipuladoras de nacimiento las minas, decía Ortiz muy seguro de sí mismo, y esa seguridad era a la que me prendía las noches que hablábamos hasta las cinco de la mañana, increíble. Ortiz la tenía tan clara, y decía que por eso el mundo se le venía encima cada vez que abría la boca. No tardé en descubrir que hablaba conmigo porque era la única que lo respetaba. Y eso que, por lo que decía, mujeres no le faltaban. Por la foto parecía de treinta y tantos. En realidad, tenía cuarenta largos. Era lindo y se mantenía en forma. Y aunque era inteligente, entusiasta y decidido, estaba perdido. No lo deduzco yo, que estaba perdido. Él lo repetía seguido en nuestras primeras conversaciones. Y como en ese momento yo también estaba perdida en la vida, nos entendíamos. Como ya dije, no estoy muy segura de lo que pude haber ganado al conocer a Ortiz. Y como, más que nada, extraño sus opiniones, y como guardé las conversaciones que tenía con él, se me ocurrió ir leyéndolas a ver si logro entender algo de esa época de mi vida. Ahora, por ejemplo, puedo leer que en la primera charla decía casi a los gritos, en mayúscula, que estaba triste, cuando le pregunte por qué, me respondió que los hombres ya no iban a encontrar un lugar donde las mujeres estuvieran en estado salvaje, y que como a él le gustaban las castañas de ojos claros, encontrar a una castaña de ojos claros en estado salvaje, de espaldas, bañándose en un río, era muy improbable. A lo sumo habría alguna comunidad perdida en el Amazonas decía Ortiz, pero serían todas negritas y la sociedad lo había acostumbrado a las casi rubias. Las rubias del todo, las platinadas, no le gustaban. Claramente, él no creció con el furor latino en Hollywood y en las películas pornos, como mis compañeros de trabajo. Ahora la mayoría no se fija en las rubias. Mejor para mí. Pero él estaba triste, al hombre le habían robado para siempre el correr por los pastos altos con una rubia salvaje. Y encima, ante mi disconformidad hacia sus palabras, carita de decepción, los ojos bien abiertos y por boca una línea, agregó que los hombres habían preservado la esencia de su sexualidad, el contenido iracundo, irracional y volátil, pero que las mujeres habían evolucionado hacia una nueva perversión. Nos hacíamos las buenitas con todos. No quería más amigas. Yo pensaba que ese tipo era un viejo irresponsable, baboso, condenado a la soledad por lo mujeriego que era, y estaba, un poco por lo menos, equivocada.

Ortiz había estudiado psicología, aunque nunca ejerció, y mucho tiempo después, casi por casualidad, se convirtió en escritor. La embocó con un libro que escribió sobre casos psicoanalíticos. La intención había sido divertirse y, si tenían suerte, hacer algo de plata, pero a diferencia de ese tipo de libros, creó –a partir de la misma realidad– dos o tres personajes fuertes, únicos y la gente ahora apodaba a los amigos con los nombres de esos personajes. Los suplementos culturales de los diarios Clarín, La Nación, Página 12 y Perfil escribieron notas sobre el libro y también salió una entrevista a los autores en la Rolling Stone. La investigación para el libro la había realizado su socio y amigo, Emiliano Sabatini, el psicólogo con el que tenía una empresa de libros audibles. Cuando lo conocí, Ortiz acababa de volver con su socio de Mar del Plata, donde habían sido invitados para participar, en una mesa de escritores, en el programa de televisión de Mirtha Legrand. Ortiz y Sabatini se habían negado primero, pero después pensaron que la mini gira de verano, que incluía un encuentro sobre literatura y psicoanálisis en Villa Victoria, favorecería las ventas del libro, y finalmente aceptaron viajar con todo pago.

Al principio, y después de esa noche que dijimos más formalidades que otra cosa, salvo por el comentario desubicado de Ortiz de las mujeres salvajes casi rubias, hablábamos más de música y salidas. Aunque no lo crean, Ortiz seguía saliendo con su amigo de la universidad, Romualdo. A veces iban a boliches, con intención de divertirse entre amigos más que nada, recalcaba… Hacía más de un año que los dos, con pocos meses de diferencia, casualmente, se habían separado de sus novias. Como ya dije, yo estaba embarullada; también me había separado hacía poco. Ortiz había estado ocupado terminando el libro y cuando se vio con un poco de tiempo, aburrido y solo en las noches, me encontró. Con sus salidas a los boliches y todo, estaba fuera de época. Algunos de su edad seguían de fiesta pero no se comprometían; él se aferraba a algunas personas y, aunque no le gustaran demasiado, después no podía dejarlas.

Muchas veces deliraba Ortiz; por ejemplo, declaraba de la nada que a él le gustaba mirar los árboles porque, a pesar de que pensábamos que no tenían conciencia, eran seres tan concentrados en lo suyo que no gastaban energías de más. Por eso los chicos temían a los árboles gigantes. Pero a él lo asustaban las imágenes grandes de animales. De chico había entrado en una carpa que proyectaba un documental de la selva en tres dimensiones, que en aquel entonces eran unas pantallas puestas en semicírculo, y todavía no podía sacarse de encima la impresión. Lo mismo le había pasado cuando sus padres lo llevaron a uno de los primeros centros comerciales. Se escapó por los pasillos y, al doblar en uno, encontró la réplica en tamaño real de un elefante. En muchas cosas era como un nene que perdió el tren, Elortis, querido, como yo le decía cuando lo saludaba y él esperaba un rato para responder, haciéndose el interesante.

La cosa es que, al momento de conocerlo, Ortiz estaba por tropezar con un problema en su relativamente tranquila existencia. Ya se había metido en otro al dejar a su pareja, eso era algo que estaba bastante claro y que me dolía cada vez que lo pensaba; fácil descubrir los hilos que me habían llevado hasta Ortiz, aunque si la hubiera dejado antes, y también me hubiera encontrado, yo hubiera sido una nena para él. La diferencia de edad se notaba en que la conversación a veces caía en lagunas insalvables, seriedades y reflexiones oscuras sobre la vida, yo podía remontarla haciéndole alguna broma sobre sus años, preguntándole sobre la música que escuchaba, incluso echándole en cara, y exagerando, la locura que era hablar con él, otras veces abriéndome y contándole mis problemas, mis inseguridades, mostrándome de moral ambigua por momentos; no hay nada como ser voluble al principio para ganarse a una persona.

Parecía gustarle que yo, a pesar de haber tenido novio y tener casi veinte años, fuera virgen. Lo había notado la vez que hablamos directamente del tema: no lo podía creer; me dijo que lo entendía pero que le parecía muy extraño; esa perseverancia podía llevar a la desesperación a un hombre y no la aprobaba para nada… Un amigo suyo, ex novio de una chica que pensaba mantenerse intacta hasta el matrimonio, un día que había tomado de más le reveló que era capaz de provocar orgasmos a las mujeres con masajes estratégicos. Gracias, no, paso, decía Ortiz. Le expliqué que no era que yo nunca hubiera hecho nada, sino que deliberadamente no había llegado hasta ahí, no estaba segura con la relación. Más adelante, me comparó a mí con un nuevo tipo de mujer fatal siglo veintiuno, cuyas características nunca precisó.

Encuentro que se tomaba tiempo para hablarme de las clases de té que tomaba. El té verde era su preferido, por ser más fresco, sin tanto proceso y sin fermentar, pero cuando se aburría tenía siempre disponibles cantidades de té negro y rojo; de jazmín, que era como un aplauso de aroma enfrente de su cara y funcionaba como un ejercicio de budismo zen; africano, una mezcla de té negro, chocolate y jengibre, té oolong, té blanco, y cuanta infusión encontrara en la tienda china que visitaba una vez por semana, a veces con el único objetivo de tener alguna razón para salir de su departamento, según más adelante pude saber.

Otro de sus temas favoritos, que yo detestaba, era su niñez. Si le contaba de mis amistades o una discusión familiar, Ortiz me hacía viajar con él en el tiempo para enseñarme a los seres que lo habían rodeado en el pasado. Me llevaba al sur, a algún lugar entre Lanús y Banfield, a una casa de frente blanco, con un patio largo y un fondo todavía más largo, fondo y no jardín, decía, porque estaba cultivado por su padrino, un italiano flaco y con los nervios de punta, y los zapallos, los tomates y las radichetas lo llenaban. Cuando entrábamos nos esperaba, en algún lugar entre el patio y el fondo, con la pava en el fuego y las galletitas de agua con rebanadas de queso fuerte, un viejita muy petisa, casi enana, jorobada, coja y con la mano izquierda paralizada, que se había casado con el hermano de la tía abuela de Ortiz y, ya viuda, seguía viviendo en esa casa chorizo. Hacía muchos años que la enanita no salía más que hasta la puerta.

Fue la primera persona que lo hizo reír. Y para él reír quería decir encontrarle algún gusto al mundo. Antes había sonreído seguramente, como todos, con los sonajeros y las morisquetas típicas de los mayores, pero un día sus padres lo dejaron solo con esa viejita, pensó que iba a aburrirse, pero enseguida estaba mirando cómo los repasadores se habían convertido en personajes que cantaban y bailaban, igual que la enanita, al son de la milonga o el chamamé que salía de una radio enorme. Pronto descubrió que esos trapos estaban llenos de historias porque la enanita, que era de Avellaneda aclaraba Ortiz, cerca de la plaza Mitre, había conocido a muchos personajes interesantes. Se hizo costumbre dejar la casa alta en la que vivía en aquel entonces para meterse en la casucha a mitad de cuadra. Ahí conoció al Mono y a los matones de Avellaneda, que captaban su interés porque eran lo que nunca fue Ortiz, gente de la calle.

Y ahora menos que nunca; después de separarse de su novia de siempre, que era también la madre de su único hijo, y del viaje a Mar del Plata, mi amigo virtual pasaba cada vez más tiempo encerrado en su departamento, cerca del Colegio Benito Bautista (¡ahí cursé la secundaría, Elortis!). A pesar de que las mujeres lo habían rodeado desde chico, y que las prefería a los hombres, últimamente lo tenían a mal traer. Me hizo creer que se había separado de su mujer porque la relación estaba desgastada, pero a veces surgía la sombra de otra mujer, una misionera. Este tipo de charla quedó relegada cuando me confesó que estaba pasando un momento difícil por otros motivos.

Se sospechaba que el padre de Ortiz había colaborado con el secuestro de profesores y alumnos durante la última dictadura de nuestro país. Un ex profesor de psicología de la Universidad de Buenos Aires había declarado en una entrevista de un importante diario que su par, Baldomero Ortiz, era un funcionario civil del gobierno militar. Otro compañero salió a afirmar al mismo medio que en las charlas en el comedor de la facultad el profesor Ortiz relacionaba la psicología con la corrección de mentes obtusas dedicadas a la subversión. Después de que me revelara este asunto, perdí su rastro por unos días. Lo esperaba por las noches en la computadora, pero si se conectaba, volvía a desconectarse enseguida. Tal vez lo hacía sólo para ver si había cambiado mi subnick (con el tiempo supe que le prestaba atención a los pedazos de canciones que yo ponía de mensaje personal). Mientras tanto, aproveché para investigar sobre la represión y la tortura en la Argentina del siglo pasado y, por un truco de mi imaginación, lo veía al Ortiz que yo conocía, al hijo, en un centro de detención clandestino, tratando de lavarle la mente a las personas, y tachando con rojo en un lista a los más caprichosos, o directamente empujando a personas encapuchadas de los aviones. Después me enteré que aquellos días Ortiz los había pasado buscando entre los papeles de su padre algún escrito que pudiera presentar a los medios para negar la acusación. Su padre no podía defenderse. Había muerto cinco años atrás.

A los pocos días mi nuevo amigo reapareció; muy alegre me contó que su hijo se había recibido de abogado, en tiempo récord, y ahora podría ayudarlo si tenía más problemas con las rémoras que lo perseguían por el pasado de Baldomero, aunque no confiaba mucho en él porque recién estaba conociendo a las mujeres y estaba muy distraído. En la cena en un restaurante del puerto de Olivos, donde habían ido para festejar con el  graduado, Martín anunció que se tomaría un año sabático; quería viajar de mochilero por Sudamérica. Ortiz estaba seguro que su hijo intentaba olvidar a la compañera de facultad que le gustaba. Era buen padre, conocía bien a Martín. A diferencia de Baldomero, que nunca tuvo tiempo para él; se había criado con lo que encontraba al paso en la casa del sur de Buenos Aires, más que nada libros viejos con las hojas cortadas a cuchillo, pilas de revistas polvorientas, y la cajita de metal repleta de monedas antiguas —su padre le enseñaba de qué lugar procedía cada una. Pero otras cosas no había sabido o no había querido trasmitirle. No lo preparó para vivir, para relacionarse con las personas. Baldomero pasaba el tiempo al principio con sus pacientes, y después con sus amigotes, a los que mantenía lejos de la familia. Cuando le pregunté si las acusaciones eran justas, Ortiz se desconectó, y desapareció por otros tantos días.

En la próxima charla a Elortis —como lo llamaba por su nick y como a esta altura ya debería llamarlo en estos escritos— se lo nota cambiado, esta vez espera a que yo lo salude, y me contesta al instante, eufórico, con un signo de exclamación. Quería saber si yo pensaba en mi ex novio, si seguía viéndolo y me confesó que estaba muy triste por mi separación. Dijo que una noche, con la cabeza pegada a la almohada, se había puesto a pensar en mí, después de un primer noviazgo sola en el mundo, y se largó a llorar como un nene.

Yo no estaba tan sola, pero tenía algunas dudas con respecto a la moral de las personas que me habían creado. Sospechaba que mis padres no eran lo que aparentaban. Cualquiera que haya crecido con sus progenitores puede darse cuenta del tipo de zozobra que sentía mientras mis pensamientos maduraban. Me sentía culpable de que mis padres se siguieran viendo después de tantos años de separación, era una farsa sin sentido. Se lo conté a Elortis, le dije que necesitaba desprenderme de la tierra, serruchar raíces. Abrirme de esa forma lo descolocó. Hasta ese momento él pensaría que yo era una chica del montón, tal vez un poco más avispada que las demás, pero a partir de ahí algo cambió en la forma de hablarme. ¿Por qué?

Para mí se dio cuenta que podía llegar a engancharse conmigo. Enseguida hizo la broma, repetida después, en los momentos en que se encontraba en una posición de debilidad con respecto a mí, de que sería un buen partido para su hijo. Lo había visto en una foto vieja del perfil de Elortis, era un chico bastante lindo, un poco desgarbado y de mirada insegura, no tenía los ojos azules del padre, la nariz era un poco más perfecta, pero nada de la mandíbula cuadrada y el perfil de actor de serie norteamericana que lograban que te interesaras por Elortis a primera vista, con esa especie de desconfianza que generan, en algunos casos, los lindos.

Elortis, además, hacía natación y estiramientos diarios que, evidentemente, habían mantenido en buen estado su físico. En fin, cualquier chica se habría interesado por él de primera; conocerlo hacía que la relación se volviera, al comienzo, más distante porque se notaba que no era un tipo como los demás. Costaba encasillarlo, encontrarle la vuelta, saber quién era en realidad y qué lo movía. Yo, que tenía bastante experiencia en este tipo de amistades, tuve que aceptar que Elortis me divertía como ninguno y su trato me hacía descubrir algunas cosas que pasaban desapercibidas para mí antes de conocerlo.

Le gustaba contarme lo que hacía en detalle, para mi sufrimiento. Había tenido que ir a la casa de la costa de su padre, el lugar donde pasaban los veranos cuando era chico. Hizo el viaje con Motor, su hermoso gato blanco y negro. La verdad que me hubiese gustado conocerlo. Daban ganas de apachurrar a ese gatito, por lo que había visto en una de sus fotos. Me gustan mucho los animales.

A Elortis también le gustaban. Llegó a tener  a un mono araña en su departamento. Pero eso me lo contó más adelante, sigamos con la conversación de ese día. Elortis había ido a aquella casa, en Mar de Ajó Norte, un lugar reverenciado por su padre por la tranquilidad y porque podía cazar tiburones cada vez que se le antojaba. Le dije que me parecía muy rara la imagen de un psicólogo pescando tiburones. Me explicó que su padre no era un psicólogo en esencia, que tenía amistades que lo habían llevado por otros caminos; que tal vez por el descuido de Baldomero hacia la actividad que había elegido, él se empecinó en estudiar lo mismo; quién hubiera dicho que Ortiz Jr. también iba a terminar dando un paso al costado. Sin embargo, tal vez fuera ése el ejemplo que había seguido. Hacía poco, lo que rescataba de su padre era que nunca se había apoyado en su profesión para explicar quién era; ahora ese desinterés parecía el resultado natural de la doble vida que le adjudicaban.

En cuatro horas llegó a Mar de Ajó, le dio comida a Motor, y se dedicó a revolver los muebles, armarios, alacenas, cajones, y hasta las tablas de madera de las paredes de la casa para tratar de encontrar alguna carta que pudiera limpiar el nombre de Baldomero. Nada por aquí. Nada por allá. Lo que encontró fueron ediciones viejas de la National Geographic. Baldomero había estado suscripto de por vida a la revista. Decía que se había cruzado con la nena de la famosa portada en una de sus caminatas. Que la nena, ahora toda una mujer, había emigrado de su Afganistán natal a nuestro país. Después, cuando finalmente la revista logró encontrarla, su padre siguió afirmando que la había cruzado cerca del Palacio Alvear. Era encantador cuando inventaba esos misterios que ponían a volar la imaginación de un chico, recordaba Elortis. En lo demás, en apariencia se desentendía de él y dejaba que se las arreglara solo aunque, dosificando los halagos y las críticas, ejercía un control de sus impulsos e inclinaciones. Apenas le había prestado atención cuando le dijo que quería seguir su profesión.

Elortis terminó de revolverlo todo, aceptó la derrota en la búsqueda y decidió pasar el fin de semana leyendo viejos números de la National Geographic en el fondo de la casa, aunque veía una foto y leía el copete de los artículos más que nada y después miraba los árboles y se dejaba asombrar por los colibríes que también asombraban a su padre en sus visitas. Cuando se cansó de hojear la pila de revistas, empezó a buscar a Motor por la casa y no lo pudo encontrar. Salió a la calle.

Tocó el timbre de los viejos de al lado —siempre rodeado de viejos, decía Elortis, porque sus vecinos de piso también eran todos muy mayores—, que se pusieron muy contentos de verlo después de tanto tiempo, pero su gato no estaba por ningún lado. Se volvió, doblemente triste: no había encontrado ni un papelito que pudiera salvar la reputación de su padre y había perdido a la mascota que dormía con él por las noches. Ahora daba vueltas en la cama. ¡Qué sería de Motor en los fondos de esas casas deshabitadas, y cuando no, con perros guardianes y dueños hábiles en el manejo de pistolas de aire comprimido!

Era sensible con los animales. Al principio pensé que fingía para quedar bien conmigo, yo soy capaz de dar la vida por cualquier perrito de la calle. Pero después me di cuenta que el interés era sincero. Decía que era una tara que su padre le había transmitido. Baldomero creía que los hombres eran inferiores a las demás especies. El viejo Ortiz pensaba que el uso constante del lenguaje hablado había terminado por perder para siempre al hombre y que no era una evolución sino, más bien, un error lamentable. Tal vez por eso sus últimos años los pasó casi en silencio, decía Elortis.

Tengo que admitir que me asustaba la figura de Baldomero Ortiz. A Elortis no le conté, porque temí que no se soltara más conmigo, pero un día había visto la foto de Ortiz padre en el diario, un viejo en sillas de ruedas y aferrado con saña a un lustroso bastón. Daba una indefinida sensación de respeto. Pensé que si su afán era eliminar el lenguaje,  tal vez sin querer, había puesto todas sus energías en expresarse sin él. La mata de cabello oscuro, el físico robusto aún en la vejez y la discapacidad, la mirada resoluta, la mueca arrogante de la boca, la inclinación cortés de la cabeza, podrían ser los signos que lanzara al mundo. ¡Ay, de quien los viera, de quien supiera decodificarlos! Tal vez se volvería tan loco como él. Baldomero podría tener la pinta de esos viejos que invitan a las nenas a sentarse en sus faldas, si no fuera porque en sus ojos refulgía una tranquilidad y una sinceridad que lo alejaban de lo terrenal y lo rejuvenecían hasta iluminar al hombre apuesto que seguramente había sido.

por Adrián Gastón Fares.