El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Hoy (ayer) rodeé el cementerio de Recoleta, un guitarrista cantaba Aleluya (Hallelujah), de Leonard Cohen, pegado a la pared del cementerio, di una vuelta, caminé un poco más, y una violonchelista tocaba Aleluya de Leonard Cohen, más pegada a esa pared que guarda lo que no se puede guardar. Más tarde, salí otra vez, caminé por Corrientes y una vocalista cantaba Aleluya, de Leonard Cohen. La cuarta, la quinta, la menor cae y la mayor aparece… dice. El mundo, a veces, es difuminante, imitativo. Estas cosas van más para la entropía y una novela de Thomas Pynchon que para la realidad. Pero parece que la realidad imita al arte a esta altura de los años y los siglos. Y por eso hacemos cosas. (Y también por eso no las hacemos, un poco de amor es necesario, empatía -palabra que repiten y yo también-, reconocer, dejarse ir, hemos perdido el camino a lo irreal que es lo que nos hizo seres humanos)

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 6.

Falcón me mandó a llamar para que dé el testimonio de lo que sabía sobre Martita. En la comisaría, mientras un ayudante escribía a máquina, pude escucharme relatar lo del teléfono y la espera. Mi mente estaba en otro lado, recorriendo junto a Malva el sendero que conduce al lago. No sé cómo me pasan estas cosas, pero tiendo a distraerme del mundo demasiado seguido. Más tarde, mientras dejaba la comisaría, tropecé con la razón de mi ensueño.

Recordé lo que ayer soñé. Estaba en el fondo de mi casa en el amanecer, y veía a muchas personas que entraban y se ponían a conversar. Entre ellas estaba Malva, pero apartada y con cara de aburrida. Yo trataba de acercarme a ella y sólo me alejaba. Un paso adelante significaba varios hacia atrás en ese sueño. No recuerdo dónde lo abandoné, sólo un insoportable difuminar de la figura de Malva hasta el vértigo.

El sabor que nos dejan los sueños se adueña de las impresiones del día. Nuestro carácter está dominado por las experiencias oníricas de la noche, somos caballeros o desatentos, esperanzados o tristes, osados o pusilánimes, geniales o absurdos según lo que hayamos soñado. Lo soñado nos lanza un velo, imposible de evadir, que filtra la realidad.

Caminaba hacia mi casa con el velo que me impedía asir la realidad. Mientras oscurecía, las calles vacías eran más hermosas que las conocidas y cada paso que daba extrañaba aún más mi entorno. De repente, mis ojos se humedecieron ante la ventisca fría y las hojas se reunieron alrededor de mis zapatos. Me vi súbitamente detenido por el remolino de hojas, que se alzaba hasta mi cintura. Y, mientras me agachaba para dispersarlas, fui tragado literalmente por ellas.

De la oscuridad me vi lanzado a otra calle, tal vez otra noche, donde una mansión se levantaba. La reja de la entrada, abierta, invitaba a transitar la senda circundada de arbustos que terminaba en una escalera de mármol. Mientras subía con el objeto de alcanzar una inmensa y oscura puerta de madera, en cuyo centro un león mordía eternamente una argolla resbalé.

Al abrir los ojos, la punzada en la frente era insoportable. Mi sangre brillaba en el escalón. Desde allí pude ver cómo, delante de los cactus largos del jardín delantero, dos chicos me señalaban y reían.

Iba a levantarme para enfrentarlos cuando las hojas que pisaban los chicos se izaron en el aire y volaron hacia mí, envolviéndome en el acto y devolviéndome a los verdaderos caminos de este mundo, a las calles de mi pueblo.

Por lo visto, había entrado en el ensueño bruscamente. Debo reconocer que, después, al cruzar la calle, sentí una especie de escalofrío ante un pequeño remolino de hojas que había delante de un sauce.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo que lean esa enorme novela que es Más que humano, de Theodore Sturgeon, escritor de otro género que este libro, pero que no se nota, me gusta cuando el género no se nota, precedió a Bradbury y otros admirados, pero la humanidad, la sensibilidad, y el talento de Sturgeon se lee en cada párrafo de Más que humano. Y, más que nada, gracias a la persona que me la recomendó.

El nombre del pueblo. El nombre. 5.

Dudo que logre escribir esta noche. Pero es la única manera de volver a mí. Si termino esta página tal vez recupere mi templanza; de lo contrario, estas notas testificarán mi perdición. Referiré los hechos tal como ocurrieron.

El día amaneció tan oscuro como el anterior. En el camino a la comisaría volvió a llover a raudales. Al entrar encontré a Falcón leyendo el diario. Murmuró que no le contara a nadie dónde habíamos cavado. Si los pescadores se enteraban de lo hicimos nos colgarían: la tormenta había impedido que los más valientes se embarcaran.

Falcón estaba muy nervioso y no hice bien en recordarle lo que habíamos firmado en el cementerio. Me dijo que ese papel no servía para nada y que él no era supersticioso. Dijo que lo que pasaba era extraño pero que todo en el mundo lo era. Dios sabe que iba a preguntarle por Martita cuando sonó el teléfono.

El comisario atendió y vi cómo su cara se transformaba. La voz en el teléfono sonaba aterrada y los gritos llegaron hasta mí. Al colgar, Falcón se puso el camperón que tenía colgado en la silla y llamó a un tal Marcelo, que apareció tranquilo por una de las puertas que dan a los fondos. Yo miraba azorado y no me animaba a preguntar qué pasaba. Falcón le dijo al oficial que Martita estaba en peligro. Alguien la perseguía en la calle catorce. Corrieron a la patrulla y me dejaron solo.

Estaba en el umbral de la comisaría, mirando la lluvia, escuchándola –antes de que me pusieran las prótesis auditivas no podía escucharla–, protegido de la ansiedad que el llamado de Martita me había producido gracias a la curiosidad de mi oídos, que intentaban absorber sonidos nuevos interesantes y descartar otros superfluos y molestos, como los bocinazos de los choches que pasaban, cuando el teléfono volvió a sonar a mis espaldas.

Me acerqué lentamente y esperé que algún oficial apareciera. Temo atender el teléfono porque el audífono no me permite entender bien y no sé qué contestar. Descubrí que es mejor quitármelo para mantener una conversación normal en lo posible. Aunque siempre me han dado algo de miedo los teléfonos.

Miré la habitación y me di cuenta que no había nadie en ese edificio. Me quité el audífono derecho y atendí, pero un segundo antes el teléfono dejó de sonar.

Pasé un rato largo sentado en un escalón de la entrada. La lluvia fue amainando. Las gotas habían dejado de caer cuando vi perfilarse a la patrulla. Detrás venía una ambulancia. Falcón se bajó y cuando le pregunté qué había pasado me contestó algo que no logré comprender. Volví a preguntar. “Nos la mataron”, había dicho.

Mientras bajaban el cuerpo para alojarlo en la morgue le pregunté cómo había sido. Me tuve que enterar, entonces, de los terribles pormenores.

La habían apuñalado por la espalda. La encontraron muerta junto a un teléfono público descolgado mientras la lluvia lavaba las huellas de sangre. No había rastros del asesino. Sólo puedo agregar que Falcón espera que la autopsia nos ayude.

En el vacío al que me dirijo vive la locura, que se codea con su amiga: la casualidad. Si no qué otra cosa pudo hacer que ignore para siempre lo que Martita quería decirme.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 4.

¡Qué día! Nunca vi llover tanto.

No entiendo por qué salí si sabía que Kaufman me iba a echar a patadas. Dos días sin presentarme. Me miró como si fuera la muerte y dijo que me quedaba sin trabajo. Gritó que yo era un tonto, un desgraciado, vago, estúpido, inservible, idiota, inútil y otras cosas más. No pienso acercarme a esa granja nunca más ni por casualidad.

Volví empapado y mientras mateaba golpearon la puerta. Me acordé del día y pensé que era Amanda. Hoy no estaba de ánimo para eso.

Pero no era ella. Al abrir la puerta me encontré con Martita o mejor dicho con su paraguas. Lo cerró mientras me preguntaba si podía pasar.

Le convidé mate y hablamos pavadas del tiempo, de la preocupación de que hubiera otro remolino de hojas. Asociamos la tormenta con la maldición. Temimos que la nube hubiera llegado para quedarse y que la oscuridad fuera eterna. Repentinamente, me preguntó si seguiría esperando a Malva. Miré sus ojos negros y no contesté. Sabía que tenía que hablar pero no pude. Entonces dijo que tenía que contarme algo importante, pero que antes yo debía jurarle que no le diría a nadie que ella me lo había dicho. Martita iba a hablar, cuando escuché unos rasguños en la puerta. Me preguntó por qué ponía mala cara. Le dije que esperaba a alguien. Que debía irse y que podía contarme eso en otro momento.

La dejé salir por la puerta que da a la huerta y le abrí la principal a Amanda. Estaba empapada e intenté no mirar sus senos que casi se le escapaban de la camisa. Hablé más de lo común: le pregunté por su paraguas. Contesto que tenía calor y que estaba bien mojarse.

Cuando se fue Amanda, me acordé de Martita y tuve una linda sensación.

Por primera vez en mi vida había entrado una mujer de verdad en mi casa. Es extraño que ella, una mujer tan delicada, ande con ese uniforme. Quiero decir que no parece una mujer para ese tipo de vida.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 2.

Falcón me invitó a reunirme con él en la comisaría para poder transcribir el manuscrito antes de entregarlo al estudio de los expertos de la Municipalidad. Dejó claro que era un favor que me concedía por mi consabido interés en el tema.

El mate que cebaba era un mate de policía. Los paraguayos largos que flotaban me dieron ganas de que la pava se vaciara pronto. Me prohibió que tocara el manuscrito antes de haber tomado, por lo menos, cinco mates. Al sexto, dijo que podíamos empezar, que su estómago ya estaba caliente.

Abrió el cuaderno, lo hojeó y me lo pasó. Señaló una máquina de escribir antigua y me ordenó que lo transcribiera. Comencé a hojear el diario y Falcón se disculpó porque tenía otros asuntos que atender. Se llevó la pava y el mate y cerró la puerta de la oficina.

No pude contener mi emoción y ataqué el cuaderno con mis dedos, que temblaban mientras corrían por la hoja. Tuve una desilusión: el diario era muy corto y no daba suficiente información sobre el carácter de Malva. En dos horas había terminado el trabajo encomendado. Las tristezas de Malva llenaron veinte hojas mecanografiadas en mayúscula. Transcribo el resumen que pensé mientras volvía a casa y que releo en mi memoria desde que llegué.

Malva relata el abordaje al bergantín San Tormes y su tristeza al contemplar cómo se alejaba de su patria. Hace referencia a nuestro pueblo y a encontrarse con gente de su sangre. Dedica dos páginas a don Hugo, su tío, el capitán del que me habló mi madre, recalcando lo bueno que era y expone las aventuras fantásticas que le contaba, en las que él era una especie de intrépido explorador. Malva creía todo esto, que le hacía olvidar su terrible destino.

Eran amables y divertidos. Malva jugaba con los dos chicos de los Gracián. Eduardo, de chispeantes ojos negros y risa contagiosa y Josefa, cuyos apacibles ojos celestes hacían recordar los de su madre y, a pesar de que una deformidad en la planta del pie izquierdo la condenaba a renquear de por vida, su carácter alegre al señor Gracián.

En el segundo día de viaje Malva jugaba con Josefa en cubierta cuando advirtió que un hombre la espiaba entre las mantas con que se tapaba para dormir. Al hombre ya lo había visto acercarse lentamente a ella y dudar en el último momento, como si quisiera abordarla pero un lazo invisible se lo impidiese. Dormía sobre cubierta como los demás y, a diferencia del resto, llevaba un extraño acompañante: un perro del que sólo se veían los pelos negros que sobresalían de la manta con la que lo arropaba. Este animal no se movía nunca. Sólo cuando el pasajero extraño lo acariciaba se oía un lastimero ronquido, una especie de gruñido agónico, que los demás tripulantes no sabían si atribuir al perro o al hombre. Después de pasarse un rato apaciguando a la mascota, el hombre agarraba un cuaderno y se ponía a escribir con inusitado fervor. Los ojos de Malva se encontraron de nuevo con los del extraño esa tarde y ella reconoció un fulgor que sólo había visto una vez: en los ojos de un violador a punto de ser ahorcado en una plaza. Cuando le confesó a su tío lo que temía, el capitán comentó que sus peores sospechas se estaban confirmando.

Don Hugo interpeló al hombre y al volver estuvo meditabundo toda la tarde. Al anochecer mi prima lo vio conversar con su ayudante. Esa noche la habitación de Malva estuvo custodiada por dos hombres a los que el capitán Hugo había dado una suma generosa de dinero. Ésta fue la causa del desvelo que mantuvo a Malva pegada a la ventanilla que daba a cubierta.

Pasada la medianoche vio que dos sombras se acercaban a los guardias y les hablaban en murmullos. No pude entender lo que decían pero reconoció a su tío y al ayudante. Al terminar de hablar el capitán se dio vuelta y fue directo a proa acompañado por los tres hombres.

Rodearon al sospechoso que dormía en cubierta con el perro y uno de los hombres le pegó una patada en el estómago. El perro chilló e intentó escaparse. Era una bola de pelo flaca con un hocico puntiagudo y uñas largas y afiladas. Malva pensó que era una rata gigante.

Los otros dos hombres, con la ayuda de don Hugo, arrojaron primero al perro al agua y luego lanzaron al hombre. Recién cuando los gritos de socorro del pordiosero cesaron, Don Hugo le explicó a Malva que era el hombre que había jurado vengarse y que estaba en el barco para matarla. Mi prima lloró toda la noche.

El diario sufre aquí una interrupción de diez días y cuando se reanuda mi prima parece otra. El relato es ahora el de una persona obsesionada con la personalidad de su verdugo. Dice que pudo sonsacarle a don Hugo las últimas palabras del vagabundo mientras se ahogaba. Fueron: ¡Seguirá! ¡La venganza seguirá!

Días después, una mañana Malva paseaba por cubierta cuando Josefa se le acercó. La cojera de la chica se había intensificado tras el incidente con el vagabundo. Los gritos agónicos del hombre le habían estropeado los nervios. Josefa sonrió y le dijo que había algo que sólo ella tenía en el mundo. Malva, como es común en estas situaciones, le siguió el apunte. Entonces se dio cuenta que la chica hablaba en serio y que creía poseer un gran secreto. Josefa quería que Malva le prometiese que si se lo mostraba no se lo robaría. Malva juró y la chica salió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno. Se lo tendió a mi prima, advirtiéndole que era de su propiedad. Malva lo hojeó.

Estaba escrito en imprenta, en letras de trazos gruesos, como si el escritor repasara las letras con el lápiz. El autor no era otro que el vagabundo.

La pluma de mi prima transcribe las palabras de ese diario. Primero nos cuenta que hizo un trato con Josefa. Si le entregaba el diario ella le regalaría un anillo. Anillo que tenía engarzada una piedra roja, tan brillante como falsa. Malva le aseguró que bajo la piedra vivía un duende, también rojo y brillante, que se ocuparía de que Josefa fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi prima se arrepintió de haber dicho lo último. Recordó que en estas promesas suele haber siempre algo de verdad, que las monedas aparecen bajo la almohada por el favor de los padres a cambio de los dientes perdidos, y que una niña que no cojea siempre puede transformarse en una bella mujer.

El vagabundo firmó una de las entradas del diario con el nombre de Castillo. El hombre contaba su vida. Era huérfano, se había enamorado de una pastora, a la que había perseguido noche y día, hasta que en una fuente le declaró su amor, al hacerle descubrir un anillo de oro posado en el fondo, que lo había arrojado él con el propósito de regalárselo. Para asegurarse un oficio y formar una familia, fue aprendiz de herrero durante cinco años. Luego describe su casamiento y el nacimiento de su hija única, a la que adoraba tanto como a su esposa. Los trazos gruesos terminaban el día que el padre de Malva mató sin querer a su hija y comenzaba de nuevo, con ligeras variaciones, como si el hombre quisiera recuperar su felicidad al escribirla una y otra vez. La letra se va haciendo más chica mientras menos hojas le quedan, hasta que es casi ilegible su repetición de su tragedia y felicidad.

En los márgenes del diario, anotaciones onomatopéyicas. Amenazas. “Te mataré, joven virgen, y todas las que me recuerden a ti conocerán el filo de mi puñal”.

Otra. Mi puñal será como los relámpagos, que una y otra vez vuelven a hundirse en la misma nube. Y la siguiente, terrible: “Polvo nuevo serás en la nueva tierra”

Malva se apiada del alma del asesino. Recuerda que era un padre deshecho por la muerte de su hija. Pero en otra página anota que la tenía preocupada la desaparición en su camarote de un retrato suyo. Cree que Castillo abordaba el bergantín en las noches y que en una de sus visitas se lo sustrajo. Más adelante escribe que guardaría su diario en una de las cajitas de oro que había en el camarote del capitán. Si algo le ocurría, entonces las personas que la esperaban en su nuevo hogar sabrían la verdad. De ahí en más, aparecen dos anotaciones.

Una describe la inesperada muerte del señor Gracián de un infarto. El cuerpo fue encontrado en cubierta y las facciones desencajadas hacían suponer que había visto algo que lo sorprendió. La otra, exhibe, con trazos apurados, los temores de que Castillo no hubiese muerto. Después, páginas en blanco.

Ahora sé quién era el hombre que vi ese día en la playa. La sangre que humedecía el puñal no era otra que la temida. Ignoro cómo pudo saciar su venganza. Imagino que habrá nadado hasta nuestras costas y allí los habrá esperado. El estuche encadenado al mástil debió haber sido la estrategia de mi prima para evitar que el fantasma de Castillo, que ella creía que entraba por las noches en su camarote para extraerle sus pertenencias, le arrebatara el diario.

Mañana hablaré con Falcón. Le pediré que me acompañe a revisar una de las tumbas del cementerio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 1.

Saccopharynx es el nombre de un pez, parecido a una anguila, que vive en las profundidades abismales de los océanos. Son casi ciegos, sus ojos están muy poco desarrollados porque viven en la oscuridad. Es raro que Don Trefe no lo tenga en sus vidrieras.

Lo descubrí hojeando una enciclopedia hace unos días y soñé varias noches que era uno de estos peces. Era insoportable tener tanta agua sobre mí y estar ciego en esa profundidad. El océano clavaba sus uñas en mis escamas para hundirme más y obligarme a otros cambios físicos relacionados con la evolución. Me volví más finito y mis ojos brillaban en la oscuridad. Luego me transformé en una ballena, grande y blanca, y sentí que me cansaba pero ya no me acuerdo.

¿Cómo será el cansancio de las ballenas?

Yo no estoy ciego. Pero me fui quedando sordo. Hace un año que el doctor López, otorrinolaringólogo, se dio cuenta del error que cometió el fallecido doctor Roitman. Decía que mi problema tenía que ver con un nivel de autismo. En cambio, mi sordera congénita era progresiva. Me pusieron unos audífonos, que bien podrían ser peces abisales por su forma agusanada.

Cuando me los quito a la noche, en mi mesita de luz, los agarres para la orejas de plástico parecen querer estirarse como si fueran la extensión de lombrices acuáticas y buscaran la manera de volver a su medio idóneo. Mis orejas.

El día que salí de la consulta, con los aparatos pagados por mi hermano Juan, repasé mi vida. Mi personalidad estuvo signada por la falta de tratamiento para mi problema. ¿Qué podía esperar en un pueblo como este? En Obel hubieran dado con la solución para mi mal mucho tiempo antes. López había consultado con médicos del pueblo para construir mi diagnóstico.

Ante el médano que tantas veces había subido, sin animarme a dar un paso súbitamente me encontré en una encrucijada. La espera fue un espejismo al que me fui acercando cada vez más. Lo sabía. Pero los espejismos son fenómenos reales. Suceden por algo. Empecé a entender quien era, a ver lo que había atrás de los médanos y no adelante.

Comprendí mi aislamiento.

Me vi de chico, en el colegio, estirando el cuello para poder leer los labios de los profesores. No entendía bien lo que pasaba alrededor. Las bromas de los compañeros. La burla de uno que me decía que me acercaba demasiado a su cara cuando hablábamos en el recreo. En las salidas con Juan y sus amigos, me abstraía mirando el paisaje. De cualquier modo, por las palabras que agarraba al vuelo, sabía que ellos comentaban sus hazañas deportivas y criticaban o alababan a determinadas mujeres.

Yo siempre en mi mundo.

¿Fui egoísta, terco, obsesivo por iluso? como decía mi hermano, Juan, como siempre decía y repetía cuando me difamaba adelante de otras personas hasta que lograba que mi mirada se clavara en otro lado, en el suelo que aún en invierno parecía menos frío que él. ¿Es por culpa de mi sordera o mi sordera una consecuencia de mi carácter?

Él me daba a entender que yo no servía para alguna cosa u la otra. Sólo para lo que a él le convenía.

Para él yo no daba resultados.

Lo tengo en claro. Aunque ya no era lo mismo para mí, seguí cruzando el médano y sentándome en la playa. Después de todo, era lo único que sabía hacer.

Y hace unos días, cuando ya no esperaba nada, encontré los restos del barco. La costumbre de repente es perserverancia.

La costumbre inútil de repente es perserverancia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 12.

Durante la noche la tormenta se disipó, y el alba descubrió a un grupo de hombres que rodeaban los restos del bergantín. Venían de la comisaría del pueblo y asentían demasiado con sus cabezas y parecían muy disgustados.

Miguel, que se había levantado al oír el primer gallo, espió tras los médanos y, después de considerarlo un momento, avanzó lentamente hasta el grupo. Pretendieron no verlo mientras se acercaba y cuando le tendió la mano, Augusto Falcón, el comisario, se la estrechó.

—¿Se cayó de la cama, amigo? —. Era un hombre alto, flaco, morocho, con la cabeza llena de rulos, que el viento fuerte apenas despeinaba. Vestía, como los tres policías, un camperón gris que le llegaba hasta la rodilla. Lo único que lo diferenciaba de los demás era su mirada, entre sagaz y burlona.

Miguel se adelantó.

—Yo descubrí esto —informó, abarcando con sus manos las cuadernas.

Falcón miró a los policías y volvió a Miguel.

—¿Y con eso qué quiere decir?

—Que me gustaría que me digan de qué se trata.

—¿De qué se trata? —murmuró el comisario y apretó los labios y volvió a pasar la mirada por los demás para concluir en su interlocutor—. De un naufragio, amigo. ¿No ve? —. Sonrió—. Y usted es el testigo que necesitamos para seguir con nuestras investigaciones.

—Si no es molestia, me gustaría ver qué hay adentro de esa cajita—dijo Miguel, adelantándose.

—Justamente, no podíamos dar ese paso sin un testigo como usted. Carlos, tómele los datos por favor.

Miguel firmó un papel y después avanzó unos pasos hacia el estuche, que seguía colgando de la madera que parecía ser un mástil y que apuntaba al cielo. El mar había retrocedido y sus zapatos se hundieron en la arena húmeda. Falcón siguió a Miguel y le tocó el hombro.

—Señor, no lo haga. Es tarea de Ernesto —Miguel se detuvo en seco.

Ernesto era un policía morocho y de baja estatura, que avanzó rápidamente hacia el mástil. Lo estuvo mirando un rato. Se dio vuelta y miró a Falcón.

—No tenemos la llave —dijo.

El comisario revolvió en los bolsillos del camperón gris que llevaba y sacó una aguja de borde ligeramente dentado, tan larga como el dedo índice que la sostenía. Miguel la miró extrañado mientras Ernesto la recibía. Al levantar la cabeza se encontró con los ojos chispeantes de Falcón.

—Bien usada es una especie de llave universal —explicó el comisario.

Ernesto, en punta de pies, introdujo la llave en la cerradura. La giro y el estuche se abrió: una caja de metal opaco, que contrastaba demasiado con la resplandeciente que la contenía, cayó y se hundió en la arena.

Los policías asintieron con sus cabezas, con aire de augures satisfechos. Falcón cruzó los brazos.

—Es verdad que es extraño, pero todo en el mundo lo es… Ernesto, si es necesario meta la lleva en la nueva cerradura.

El policía se agachó, trató en vano de abrir la cajita, introdujo la llave en la ranura y suavemente giró hacia la derecha. La tapa saltó.

En el fondo había un cuaderno con tapa forrada de cuero negro. Ernesto se levantó con el tomo en sus manos y se lo pasó a Falcón. Miguel se acercó al comisario.

La tapa tenía grabada una M dorada en el ángulo de la esquina derecha inferior. La mano de Falcón la desplazó. Quedó al descubierto una escritura de tinta negra, de letras inclinadas y redondas.

—Amigo… —susurró—. Es increíble pero la caja es impermeable.

Y cerró el libro y les ordenó a los tres policías que notificaran el hallazgo a la Municipalidad.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 11.

Los continuos relámpagos hacían brillar las maderas, negras y carcomidas, que sobresalían medio metro de la negra arena en dos filas enfrentadas. Miguel avanzó y el agua mojó sus zapatos. Se los quito y los tomo con la mano derecha, el izquierdo con el dedo índice hundido en el empeine y el derecho con el dedo medio. Iba a seguir avanzando cuando tropezó con algo y cayó. Llegó a poner las manos adelante, evitando que su frente chocara contra una madera que surgía de las cuadernas y se extendía hasta donde él había caído. Después buscó los zapatos, los encontró gracias al inesperado asomo de la luna, y se adentró en el agua hasta alcanzar la primera cuaderna.

Agachado tocó la madera, pasando suavemente la mano por la superficie áspera y teniendo cuidado de no pincharse con un clavo largo, forjado a mano. Una ola rompió cerca y el agua salpicó sus manos y le llegó hasta los tobillos. Se limpió las astillas de la palma de la mano y retrocedió para buscar un ángulo que le permitiera ver con claridad el conjunto.

Se preguntaba cuánto tenía de alto el casco de aquella embarcación, cuánto había enterrado ahí abajo, cuando empezó a llover. Los zapatos se mojaban en sus manos. Dejó caer a uno cuando vio una aguda forma negra que emergía del agua cerca de lo que debía ser la popa y lo levantó sin dejar de mirar hacia delante.

Era otro mástil del bergantín, creyó que eso era la embarcación, que surgía oblicuo al agua y apuntaba hacia él. De la punta colgaba algo que brillaba hasta en la penumbra. Avanzó a través de las cuadernas, como si éstas fueran los canteros de un jardín y marcaran el sendero que concluía en la punta sobresaliente del enterrado mástil, donde refulgía algo dorado. Chapoteaba mientras avanzaba, ya que el agua le llegaba hasta los tobillos. Vio que un estuche estaba encadenado al mástil, que llegaba hasta sus hombros, y tuvo que agacharse un poco para mirarlo mejor.

Los dos unicornios grabados en el estuche se enfrentaban en un salto.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 10.

Esa noche tuvo extraños sueños y al otro día necesitó pasear para despejarlos. Eran las dos de la tarde y caminaba cerca de la laguna cuando un hombre lo paró y le ofreció trabajo. El hombre criaba gansos y le dijo que le daría una comisión por cada uno que vendiese. A la gente del pueblo siempre le gustaban las aves, que rellenaba con nueces y pasas de uvas y aprovechaba en las sopas. Miguel sonrió tímidamente, se rascó la nariz y aceptó.

Después de leer un poco junto al lago, cortó dos cañas, que unió en su casa con hilo, y probó la cosa atando cuatro gallinas de las patas. Se mecieron en el aire y chillaron tanto que tuvo que desatarlas y dos se le escaparon. Con las que quedaban zarandeándose pasó el palo por arriba de sus hombros y empezó a gritar: “¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos”. Entonces se dio cuenta que era una pavada decir pelaos cuando él hablaba como se debía siempre. Pero sabía que lo miraban raro cuando decía la palabra sanguches. Para él sanguche era sambuche. En este caso, en el que no estaba comprando sino vendiendo, siguió imitando algo que sabía que estaba mal.

—¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos.

Más tarde fue a buscar los gansos a la granja de Kaufman, diez minutos en bicicleta hacia el sur de su casa. Kaufman era un hombre que sonreía con facilidad y que gritaba demasiado. Pelirrojo y ancho de hombros, le gustaba palmear en la espalda a toda persona que tuviera delante. Remarcaba sus palabras con esas palmeadas que harían tambalear a un elefante.

Miguel estrechó la mano del hombre, que inmediatamente fue a buscar una caja repleta de gansos pelados y la amarró con sogas en el asiento trasero de la bicicleta. Después sonrió, palmeó a Miguel en la espalda y le explicó a cuánto debía venderlos y cuándo debía traerle lo recaudado. Palmeó a Miguel nuevamente y lo miró pedalear por un buen rato mientras dudaba de haberle dado una responsabilidad. Pero tenía sus razones: el hermano del hombre se lo había pedido y no convenía desilusionar a un candidato a gobernador.

Ya en su casa, Miguel se preguntó si debía devolver o no los gansos a Kaufman. Creía que le dejaría menos tiempo para leer y que vender gansos no era algo digno. Más que nada, pensaba así porque debía gritar y la gente lo escuchaba. En cambio, cuando llevaba zapallos calladito de punta a punta del pueblo para el verdulero, otra de sus changas, pasaba desapercibido.

Estuvo apoyado con los codos en la mesa, el mentón sobre las manos y la mirada perdida más allá de la ventana hasta que se cansó de pensar y se levantó. Concluyó que ya se había aburrido de los zapallos y esto era por lo menos algo nuevo.

Ató los gansos al palo, tres empezando de cada punta, se lo pasó por encima de los hombros y dejó la tranquera camino al barrio más cercano.

“Gaaansoos, Gaaaansos, baratos y pelaos”, gritaba mientras miraba de reojo a las fachadas de las casas. Nadie salía ni nadie lo llamaba. Repetía la frase y se acomodaba en los hombros el palo, tratando de que le raspase lo menos posible el cuello. En una de las cuadras un nene jugaba pateando una pelota de cuero contra un paredón. Al verlo agarró la pelota y se metió en una casa. Miguel giró la cabeza por arriba del palo de cañas, y vio cómo una mujer lo miraba desde la puerta donde el nene había entrado.

En una esquina descansó sentado en un banco rectangular de cemento, frente a un quiosco. Un perro, gris y sarnoso, se acercó con ganas a la caña. Miguel decidió seguir caminando.

Esa tarde vendió dos gansos y volvió a su casa con la caña ladeada hacia un costado y totalmente empapado por una repentina llovizna, fría y persistente. Al otro día debía volver a lo de Kaufman para darle lo ganado, recibir su parte y cargar más gansos.

Descansó un buen rato. Después a eso de las siete, salió de su casa caminando lentamente. Le dolía el cuello. Cuando llegó al médano había dejado de llover pero tronaba y el cielo estaba tan negro que le dio miedo quedarse ahí parado. Los relámpagos se ramificaban. Eran los más largos que había visto en mucho tiempo.

Metió la mano en el bolsillo y acarició el relieve de los fríos unicornios. Subió al médano y lo bajó trastabillando y descubriendo un mar enfurecido. Las olas reventaban contra la playa. Parecían que estuvieran a punto de perderse en el revuelto azul y que, desesperadas, estiraran sus oscuros brazos para asirse a la costa.

No se sentó y contempló extasiado el espectáculo. Un relámpago estalló en el cielo, ganándole a todos los demás en intensidad y fulgor. Iluminó la superficie del mar unos segundos y Miguel creyó ver, después de la retirada de la ola, una confusa forma negra. La luz del relámpago se extinguió.

Cerró los ojos y los volvió a abrir y vio nuevamente a la cosa negra yacente en la arena.

Comenzó a avanzar rápidamente hacia el objeto, cuando un relámpago menor al anterior alcanzó para que viera que era una palo renegrido que la marea ocultaba al subir.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 9.

Al otro día caminó otra vez hasta la playa. Había sido una hermosa tarde y el sol sabía hacerse respetar en el horizonte. Casi no había viento. Sentado en la arena, miró el océano y rescató el medallón de su bolsillo. Estuvo pensativo, con las cejas arqueadas y la frente arrugada. Algunas voces llegaron hasta él. Se dio vuelta y vio cómo dos policías bajaban los médanos. Tuvo que apartar la mirada para borrar de su mente una imagen que súbitamente lo había embargado.

Su madre en la orilla, el cuerpo hinchado y las uñas oscuras. Unas chicas mirando estupefactas y susurrándose al oído. Su padre rascándose la nuca y mirando, sin ver, la arena. Los policías cargando el cuerpo. A pesar de que no había estado ahí cuando lo encontraron, siempre se veía junto a su padre en el lugar, haciéndoles muchas preguntas a los policías.

Los de ahora bajaban charlando, cuidando de que la arena no se les metiera en los zapatos. A pesar de la humedad, vestían trajes azules de pana y llevaban una gorra con la inicial R (Raimundo Demás: el primer comisario del pueblo)

Avanzaron unos pasos más allá del médano y se detuvieron bruscamente. Se quedaron mirando el mar y asintiendo y negando con las cabezas mientras hablaban.

Miguel se sintió incómodo al descubrir que lo miraban de reojo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 8.

—Hasta el miércoles, Amanda.

Se quedó mirando cómo la mujer gorda se alejaba. El sauce estaba repleto de cotorras y el perro les ladró hasta que se levantó un ventarrón y todas volaron. Amanda caminaba lentamente y el vestido se pegaba a su cuerpo y después se despegaba y se alzaba hasta dejar ver la ropa interior, y su pelo negro se arremolinaba y ella trataba de asentarlo y también el vestido. En vano porque siempre llegaba tarde a alguno.

Miguel entró en la casa, se sentó y contó los billetes que le había dejado la mujer sobre la mesa. Después caminó hasta la cocina, abrió un cofrecito de cobre y depositó la plata. Tenía mucho cambio y todo lo que había juntado le serviría para sobrevivir hasta el mes próximo.

Ese día no fue a la playa.

Cuando venía la Garzón nunca iba.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 7.

Esperaba que se hicieran las tortas fritas; el mate en la mano y la mirada lavada como la yerba que succionaba. Su madre sabía hacerlas exquisitas. Las sacaba del horno y las traía en una fuente de cristal. Recordó que cuando ella traía las tortas fritas y se sentaba a la mesa él miraba alternadamente la cara satisfecha de su madre y las manos de dedos finos y largos que se posaban una encima de la otra. Como si ella acariciara sus manos y eso fuera lo que enternecía tanto su mirada.

Succionó largo rato la bombilla, hasta que la superficie de la yerba empezó a ahuecarse. Levantó la mirada y se acercó a la cocina. Alguien golpeó la puerta.

—¿Sí?

—¡Miguel! —gritó una voz aguda.

Apagó la hornalla, cerró la garrafa y se acercó a la puerta. Algo raspaba la madera cerca del suelo. Abrió la puerta y el perro precedió a la mujer gorda.

—¿Cómo anda, Amanda?

La mujer sonreía mientras miraba a su mascota, un amarronado pequinés de bigotes largos, que se lanzó hacia la cocina y se sentó erigiendo el dorso y señalando con la cabeza el lugar donde estaban las tortas fritas.

—Y a usted, Miguel: ¿Cómo le va?

—Igual que siempre… —Miguel abrió una de las puertas del aparador, agarró una fuente de chapa, en cuyo centro destacaba el dibujo de un ramillete de flores azules, y dejó caer las tortas fritas. Después buscó un frasco de vidrio, lo destapó y las espolvoreó con azúcar. La mujer se había sentado y lo miraba. Miguel se acercó a la fuente, la apoyó en la mesa y se sentó.

—Lo extrañé —dijo Amanda mientras se levantaba del asiento y acomodaba los pliegues de su vestido rosado.

Miguel asintió y miró las baldosas bordó del piso. Levantó rápidamente la cabeza y vio que la mujer lo miraba fijo. Entonces sintió que algo lo tocaba del otro lado y se sobresaltó. Siempre le pasaba, aunque estaba acostumbrado.

El perro gruñía y le rasguñaba la camisa. Miguel le sirvió un mate a la mujer y se lo pasó. El gruñido subió en intensidad junto con los rasguños. El hombre se corrió un poco en su silla, miró al perro fijamente y después agarró una torta frita y la arrojó al suelo. El perro saltó, la engulló y volvió a subir a la silla desde donde siguió gruñendo.

La mujer no dejaba de mirar fijamente a Miguel. La mirada iba dirigida al pecho, hacia el lugar donde la camisa se abría y algunos pelos enrulados asomaban. Vio cómo las pestañas falsas de la mujer se cerraban lentamente y volvían a abrirse. También cómo los labios se desplazaban hacia delante.

—¿Vendió mucho? —preguntó Miguel mientras tiraba otra torta frita al perro. Amanda Garzón era una vendedora de cosméticos.

—No, no… mucho, no. Nos tienen envidia, Miguel. Estoy segura. Obel está moribundo, tambaléandose y no soportan a las personas de Acá.

—Por lo menos tiene nombre —dijo Miguel, sonrió para sí y miró al suelo.

—Con el nombre ése cómo no nos van a envidiar.

Miguel no agregó nada y los dos estuvieron callados. El perro zarandeaba un pedazo de torta frita en el piso. La mujer gorda levantó la mirada de la que ella comía, se limpió con el dedo índice el azúcar de sus labios, sonrió y dijo:

—¡Tampoco tienen un hombre tan buen mozo como usted! —. Y sus labios rojos se expandieron ansiosos.

El hombre siguió mirando el suelo. Como si nadie hubiese hablado jamás en esa habitación. Amanda había dejado el mate junto a la fláccida piel que desparramaba su brazo por la mesa. Miguel miró de reojo, alargó su brazo y manoteó el mate. Agarró la pava y sirvió hasta que el agua mojó el borde superior. Sorbió detenidamente y vio una hormiga colorada avanzar hacia su mano, que estaba posada cerca del mate. La aplastó con el índice y apretó hasta que la circulación se cortó y el dedo se puso rojo.

—Qué hermosos dedos tiene usted, Miguel. ¿Alguna vez se lo dijeron?

Miguel presionó menos y deslizó lo que quedaba de la hormiga hasta que cayó por el borde de la mesa. Levantó la mirada y la posó sobre la de la mujer. Sus ojos brillaban. Los gigantes senos que dejaba entrever el vértice del escote del vestido subían y bajaban. Entonces Miguel sintió que bajo la mesa algo se metía entre sus pantalones. Buscó con la vista y encontró al perro; estaba oliendo algo en el piso, lejos de él y de la mesa. Sintió otra vez algo frío que subía y bajaba por su tobillo derecho. Aclaró la garganta y tragó saliva. Iba a hablar pero vio lo que hacía la mujer y calló. La lengua estaba fuera de la boca y se movía hacia los costados lentamente. Luego, ahuecando las mejillas y haciendo sobresalir los labios, le lanzó un sonoro beso.

Entonces Amanda subió una mano por el aire, pareció saborear la vista de todos sus dedos, y la bajó hasta el escote. Metió la mano a través del vestido y empezó a frotarse mientras observaba a Miguel, que había bajado la mirada y permanecía encorvado, ahora con las dos piernas cruzadas y el brazo derecho extendido encima daba vueltas y miraba el anillo que tenía en el dedo índice. La forma tallada en la piedra negra le recordaba el ojo de una cerradura.

La mujer alborotó el escote con su mano derecha y del vestido sacó un portentoso seno que se desbordó del apriete. Después lo dejó caer y, mientras tenía los ojos clavados en la mirada esquiva de Miguel, siguió bajando la mano. Empezó a suspirar levemente. Pronto los suspiros estallaron en jadeos. Miguel levantó la vista y vio cómo la mujer sacaba la lengua y la movía hacia atrás y delante. Después siguió mirando el anillo mientras escuchaba toda esa respiración.

Se sobresaltó cuando algo lo tocó en la espalda y se dio vuelta para encontrar al pequinés con las patas anteriores en el borde de la silla. El animal tenía la lengua afuera y respiraba con esa intermitencia desesperada de los perros mientras raspaba a Miguel con una pata.

Le tiró la última torta frita.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 6.

En el pueblo sin nombre había un barrio pobre donde las casas eran bajas, grises y todas bastante parecidas. De cemento, cuadradas, no tenían ningún atractivo más allá de su desconcertante uniformidad. El barrio de los adinerados era un poco más vistoso. Como la de Juan Vergara, ahí las casas tenían jardines y techos a dos aguas cubiertos de tejas brillantes.

A unas veinte cuadras de la vivienda de su hermano menor, justo donde el pueblo empezaba a confundirse con el campo, vivía Miguel en una casa cuadrada de cemento a la vista.

Cerca de su casa empezaba la avenida que, cruzando todo el pueblo, llevaba a la calle comercial o principal: un camino de tierra ceñido de elevados y frondosos sauces. En otoño, cuando se levantaba una ventisca, era imposible avanzar por el camino porque las hojas se abalanzaban sobre uno hasta cortar la visión.

Siempre que había un temporal, los pobladores no salían de sus casas. Dos otoños atrás un niño y un anciano habían muerto ahogados en un torbellino de hojas. Los lugareños temían estas inclemencias del tiempo, que arruinaban sus esfuerzos con tractores, azadones y rastrillos y suspendían sus incursiones marítimas en busca de langostas, tiburones, corvinas y rayas.

Los pescadores aprovechaban la demanda de Obel, el pueblo vecino que, alejado de la costa, dependía tanto del pueblo sin nombre que sus envidiosos pobladores lo odiaban. El excedente iba a parar a las dos pescaderías de la calle principal. En esa calle había también dos carnicerías, tres verdulerías, una mueblería, dos tiendas de vestir, dos jugueterías y un teatro, que hacía las veces de cinematógrafo. Las tiendas más pintorescas eran las jugueterías de don Trefe, un pescador jubilado, obsesionado con los juguetes con forma de pescado. Una de sus vidrieras estaba decorada con horribles muñecos de peces abismales de alambre que rodeaban a un pulpo gigante de trapo, de ojos saltones pegados al vidrio y largos tentáculos —de la punta de cada uno colgada un muñeco—, que atemorizaba diariamente a los chicos. Don Trefe era, además, dueño de una ostentosa panadería, de piso de cerámica rosada con rombos negros y dos columnas con cariátides en las que había mandado a esculpir el rostro de las dos mujeres a las que había sobrevivido. En esa panadería don Trefe vendía sus famosas fresas italianas preparadas para comer —pan duro salpicado con aceite, orégano y con dos rodajas de tomate— con las que se ganaba a sus clientes.

Frente a la panadería estaba la estación de servicio que tenía dos surtidores, amarillos y oxidados. Y más allá la rotonda donde habían construido la plazoleta en el medio de la cual se erguía el cartel con la inscripción: Bienvenidos a —es evidente que los primeros pobladores pensaron que habría un nombre. Acompañando al cartel, apoyada dentro de un cantero de cemento repleto de piedras marinas, se erguía la pequeña ancla que completaba el humilladero. Era uno de los restos de la embarcación que hacía ciento cincuenta años había chocado contra la Lengua, así llamaban los pobladores a la escollera que se adentraba doscientos metros en el mar. Perpendicular a la calle comercial, enfrente de la plazoleta, corría la avenida de médanos que separaba a la playa del resto del pueblo. Si lo recorríamos empezando por el mojón de la plazoleta, pasando por el centro comercial, cruzando la avenida De los Sauces, llegábamos a la plaza principal —única—. Allí, la Municipalidad compartía edificio con la escuela. El primario y el secundario se daban de mañana y pasado el mediodía comenzaba a atender Ester, coqueta —para algunos pintarrajeada— secretaria, que se ocupaba de los impuestos y de delegar los demás asuntos a los empleados. Del otro lado de la plaza principal y única, estaba la comisaría. Allí mandaba el comisario Falcón a veinte suboficiales tan leales y honestos como ineptos.

Formando un triángulo equilátero con los dos edificios mencionados, cuyo relleno era el espacio faroleado e infestado de árboles llamado “la placita”, se levantaba la iglesia. Mezcla de estilo románico y gótico, conservaba unos interesantes ventanales coloreados que contrastaban con la precariedad de la fachada, de barro cocido. El pantocrátor era una escultura de hierro, informe, caprichosa, un Cristo que más que bendecir parecía sojuzgar. En los entreveros del hierro anidaban las palomas. Don Ramón, el cura que vivía en la iglesia, prevenía siempre a sus feligreses de la comparación con el Cristo entreverado y decía que el verdadero era un tipo común, que hacía tiempo vivía en el cielo pero pensaba en la tierra. Nadie entendía en verdad lo que el cura quería decir y disimulaban con rezos. Lo cierto es que, gracias a las digresiones teológicas de Ramón, cada vez había más tablas vacías en la iglesia. Las que se ocupaban eran las del cinematógrafo.

Párrafo aparte merecen las fiestas, a las que se acercaba casi todo el pueblo. Frente a la iglesia se armaba un escenario con unas tablas y desde allí se daban discursos y organizaban juegos ecuestres y bailes. En realidad, el pueblo tenía fama de anticuado. Hábilmente los pobladores de Obel habían alimentado este mote para contrarrestar su inferioridad en recursos naturales.

Hay que decir que no había mucha imaginación en el pueblo sin nombre y que todo era parecido. Por ejemplo, veíamos un almacén entre la comisaría y la Municipalidad sobre una vereda elevada; subiendo unos derruidos escalones nos encontrábamos con una puerta de madera de dos hojas, más arriba un cartel de madera que decía Almacén en talladas letras con firuletes, y más arriba todavía un farol. Al mirar a los costados, veías las paredes amarillentas, sucias y con grietas llenas de telarañas, más allá una ventana alta y larga, con rejas que parecían formadas por un rejunte de flechas de metal. Si antes de entrar te dabas vuelta sobre el último escalón, entonces veías al mismo almacén del otro lado de la plaza; si eras un viajero te acercabas extrañado y confirmabas los mismos escalones, el mismo cartel y farol y las mismas paredes y grietas con telarañas parecidas. Nadie sabía quién había imitado a quién. Sí sabían quién había copiado al pulpo de don Trefe, una réplica chica y desgraciada —no asustaba— podía verse en una juguetería apartada del centro comercial.

La falta de variedad se notaba también en la elección de los vehículos. La mayoría eran lentos, rojos o blancos, y de faroles grandes. Las bicicletas los aventajaban siempre.

En verano había una banda de adolescentes que le gustaba correr picadas con sus bicicletas por el centro comercial hasta la laguna ubicada a dos kilómetros de la plaza. Si los veían quienes iban en coche ya sabían quiénes eran y les cedían el paso. Después de bañarse, los chicos se tiraban en el pasto y miraban desde ahí a las aves zancudas negras, parecidas a los cisnes pero de una familia sin nombre, que de vez en cuando sumergían las cabezas en el agua.

Más tarde los chicos volvían pedaleando y se separaban en el cruce con la avenida De los Sauces. Por lo general, cuando esto pasaba las estrellas ya se animaban en el horizonte y si esperabas un rato se hacía de noche y no podías levantar la vista sin empacharte de puntitos blancos. Y si te quedabas un rato ahí parado, entonces podías escuchar como en un sueño un tintineo metálico y después ver acercarse algo negro que pronto sería un buey, un cabestro envejecido y triste pero siempre conforme con su cencerro ladeándose de un lado a otro. El dueño lo dejaba pasear a aquella hora y podías mirarlo hasta que se esfumaba en la oscuridad.

Y si desandabas un poco el camino de los chicos y pasabas la noche en la plaza, con la cabeza descansando en el regazo de la hija del verdulero por ejemplo, o en los brazos de doña Alberta, siempre amable con los jóvenes —incluso los de corazón, decían—; o si estabas solo, expectante entre las mil sombras de la luna y hamacado por susurros, acodado en uno de los siete bancos, podías ver cómo los gatos jugaban en el pasto; si había uno negro no podías darte cuenta si era la noche la que lo tragaba lentamente o si era la forma oscura del gato la que te ensombrecía con todo lo demás.

A esas horas Miguel ya había vuelto de la playa y se escabullía en su casa. Le temía a la noche y raramente salía solo después de las ocho. Creía que en la oscuridad todas las cosas se multiplicaban sin orden; eso lo aterraba. Imaginaba que estar despierto después de determinada hora era mortal. Sabía que el poder de todos sus libros, que eran pocos, se desvanecía después del atardecer. Estaba seguro que pasado cierto límite de oscuridad, cuando las cosas negras eran la noche y la noche era lo negro, si no dormías el sueño tenía sus guardianes que venían a buscarte donde quiera que estuvieras, en la playa, en el campo o en la plaza, y que entonces estabas perdido: si te atrapaban vivirías eternamente un sueño.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 5.

Cuatro hombres esperaban sentados en el mejor restaurante del pueblo sin nombre. Como el pueblo, tampoco tenía nombre. En el cartel decía simplemente: Restorán.

No era un pueblo recién establecido. Sin embargo, nunca había tenido nombre. Al principio, nadie se había preocupado por dárselo. Los pobladores lo llamaban “acá”, “este pueblocho” o, a secas, “donde vinimos a parar”

Hacía unos años —y éste era uno de los asuntos en los que se había lucido el partido político al que pertenecían los reunidos— una familia había decidido dejar sin nombre a su primogénito. Sus vecinos los imitaron y tampoco nombraron a sus hijos. Luego, muchos lo hicieron a modo de protesta contra la gestión del señor Schlieman. Un grupo de vecinos se juntaba en las plazas para gritar que su descendencia llevaba el nombre del pueblo, o sea ninguno. En adelante habría mayor justicia ya que cada persona valdría por sus actos.

Entonces fue cuando Mariano Percusi, el fundador del partido “Trabajadores unidos de acá” y opositor de Schlieman, dio su discurso memorable. Los sublevados reconocieron su error y empezaron a preguntar nombres. Sin embargo, muchos de los detractores de nombres nunca se preocuparon por nombrar a sus hijos y cuando estos alcanzaron la mayoría de edad debieron bautizarse por sí mismos. En el restaurante se encontraba, ya que formaba parte del partido “Trabajadores unidos de acá”, uno de los innombrables de antaño. Cuando tuvo edad suficiente eligió llamarse Alberto.

Señaló a Juan que cerraba la puerta y, enemigo del bochinche, dejaba caer suavemente la cortina metálica. La conversación mantenida amainó y el silencio esperaba el comentario del recién llegado.

—¿Y…? —preguntó Mario Cardone.

Era el dirigente del partido, un hombre que distribuía su gordura en un metro cincuenta, rostro mancillado por cicatrices que nunca nadie sabía cómo se las ganaba y muy callado. Sólo hablaba para señalar errores. Hacía dos años que Cardone había invertido tiempo y dinero para impulsar la candidatura a gobernador de su querido amigo Juan Vergara.

—No hay caso, no quiere saber nada —contestó Juan bajando su cabeza como si súbitamente le pesara más.

Mario enrojeció y mordió una pata de pollo con avidez. El Ruso apoyó el vaso, se limpió la boca con la servilleta y dijo:

—No puede ser.

—¿Por qué no se olvida del asunto? —dijo Iván, un tipo de mucha gomina y poco pelo.

—Va porque para él es una especie de ritual, como para otros ir a la iglesia —dijo Juan.

—Che, no compares… —recomendó el Ruso.

Mario siguió comiendo, mirando de vez en cuando fijamente, pero con ojos serenos, a los que lo rodeaban.

—Piensa que ella va a aparecer un día —dijo Alberto.

—Tiene esa esperanza —murmuró Juan.

La cortina metálica de la puerta de calle estaba compuesta por abalorios de varios colores, que formaban en el medio el dibujo de un pavo real de cola desplegada. Cuando alguien entraba el pavo real desaparecía y los abalorios se entrechocaban produciendo un irritante sonido. Como en aquel momento, cuando apareció una rubia acompañada de un joven apuesto que había dejado el partido hacía un tiempo porque estaba disconforme con la presidencia de Cardone. Toda la mesa se dio vuelta para mirar con envidia al joven y con admiración y deseo a la esbelta muchacha.

Juan pidió un whisky. Mientras humedecía sus labios pensó que en el pueblo todos estaban locos. Apoyó el vaso en la mesa y preguntó:

—¿No estarán todos locos Acá y le echamos la culpa a mi hermano?

—¿Acá-acá decís? —preguntó Alberto.

—En este pueblo.

—Aburridos, pero locos no —interrumpió el Ruso.

—Preguntaba porque en Obel dicen que en los demás lugares no son así. Que acá todo es distinto.

El Ruso se quedó pensando y después dijo:

—Es que somos particulares.

Alberto levantó la cabeza:

—Ahí tenés un nombre para el pueblo: “Bienvenidos a Particular”… Si el proyecto del nombre sigue adelante yo abogo por ése.

Mario miró fijo y sereno a Alberto. El que una vez no había tenido nombre pestañeó varias veces. El Ruso, que siempre decía las cosas obvias que a Juan no le interesaba decir, se levantó y declamó:

—La gente quiere un nombre. Está con nosotros. Estoy seguro que Juan va a ganar. Y para ayudar a que eso pase estamos hoy acá. No se trata de poner el pecho nada más, sino de hacer las cosas con seguridad, dedicación y… amor. Vamos a ayudar a este pueblo a encontrar su identidad. Juan será el gobernador de un pueblo digno, con un nombre y un futuro.

Todos aplaudieron, salvo el aludido que seguía pensativo, acariciando una servilleta, como si quisiera escribir en ella una palabra.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 4.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 3.

Ahora Miguel seguía sentado en la playa. Pensaba en lo que su madre les había contado. Las gaviotas se acercaban al agua y se alejaban.

En su ensueño avistaba una embarcación. El barco surgía después de una ola descomunal y su prima bajaba acompañada de Hugo, el tío de Malva y capitán del bergantín.

“Enamoró a la descendiente de una princesa. Después la abandonó para lanzarse al mar con una tripulación de jóvenes fuertes que había reunido con el fin de llegar a las regiones del mundo que estuvieran en peligro. Mi hermana, la madre de Malva, me contó de él en sus cartas. En la última recibida, me mandó este medallón con la foto de su hija y me informó de la tragedia”, había dicho su madre.

“Llegarán al atardecer. Prométanme que nunca le van a decir nada a papá. Piensa que lo inventé todo. Cuando conozca a Malva me va a pedir perdón” Los ojos de su madre se humedecían en las pausas. Domaba las lágrimas y seguía. “Vos, Miguel, por ser el mayor, siempre tenés que llevar el medallón para que al desembarcar ella sepa quiénes son. Cuando llegue el bergantín, ayúdenla con las valijas”

Hacía dos meses que su madre les había hablado de Malva y el capitán. Al mes, Miguel había visto al hombre con el puñal ensangrentado y los días siguientes no encontró más que a los pescadores de siempre.

—¿Para qué viene Malva? —le había preguntado a su madre.

—Es mi sobrina. Está en peligro.

—¿Qué le pasó?

—Su padre… murió. Lo mataron.

—¿Por qué?

—Un hombre por venganza.

—¡Lo mataron! —repitieron juntos él y Juan.

—Sí, y Malva escapa del asesino de su padre. Les voy a contar cómo fue…

A su madre le gustaba hablar. Durante media hora les contó la historia del padre de Malva. Cómo había matado a la hija única de un herrero sin querer, por un disparo que se le escapó del revolver mientras perseguía a un ladrón que le había robado un reloj de oro de la vitrina de su negocio. El herrero estaba en su taller trabajando y escuchó el grito de su hija. Se acercó al padre de Malva, arrodillado al lado del cuerpo de la joven, y lo mató a golpes con su tenaza. En la cárcel juró que cuando lo liberaran mataría a la hija del relojero. Poco tiempo antes de que el hombre terminara su condena, la madre de Malva la encomendó al amigo de su padre, el capitán Hugo, para que la alejara de su tierra.

Miguel tuvo pesadillas aquella noche. A la mañana siguiente le preguntó a su madre cómo iba a desembarcar una embarcación en el pueblo si no había ningún puerto. Ella sonrió y le dijo que Hugo era un capitán experimentado: anclaría y se acercarían a la playa en un bote.

Al ver al hombre más allá del médano tuvo la certeza de que era el herrero y que, al hundir el cuchillo en el pecho de Malva, había consumado su venganza. No obstante, le pidió el diario a su padre y en sus páginas no encontró ninguna noticia sobre la llegada de un bergantín y la aparición del cuerpo de una joven en la playa.

Él mismo había buscado en los médanos, entre los arbustos y las rocas, sin ningún resultado. Si su prima no había muerto en manos de aquel hombre al desembarcar, quedaban dos desgraciadas posibilidades. O estaba atrapada sobre el océano, en una calma chicha, o el barco había naufragado. La duda lo empezó a carcomer y unas semanas después, muchos notaron su pérdida de peso. Algunos sospecharon del cuidado de su madre.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 2.

Unos días antes, estaba parado al lado de la puerta de su habitación con la mirada clavada en la cerradura. A sus espaldas, en una de las camas, Juan ojeaba sin ganas La narración de Arthur Gordon Pym.

Miguel escuchó los pasos, luego el tintineó de las llaves. Al abrirse la puerta apareció Nadia, rubia, de pelo lacio, ojos negros y mejillas encendidas. Les sonrió, acercó el dedo índice a su boca, y se apartó de la puerta para dejarlos pasar.

Cruzaron sigilosamente el comedor. Juan sacó la cabeza. En un costado del jardín, más allá de cosmos, rosas y azucenas, su padre trabajaba la tierra con una zapa. Bajaron los tres escalones de madera. El segundo crujió —siempre a punto de partirse—. Caminaron hasta la cerca, sorprendidos por un trueno. Osvaldo, el padre, dejó la zapa. Miraba el cielo ennegrecido y negaba con la cabeza mientras sus hijos abrían la puerta de la cerca y salían al camino.

La tormenta los alcanzó al pasar por el rancho de don Isidoro, el iracundo pescador que se nombraba hijo del mar porque había nacido en una barca mientras su padre lanzaba las redes. Entonces corrieron más rápido.

Llegaron al médano y lo subieron. Miguel, que había precedido a Juan, resbaló y con el mentón sobre la arena miró el horizonte.

Un hombre estaba parado frente al mar donde el médano se confundía con la playa. Empapados el pantalón negro y la capa del mismo color, su perfil parecía obviar el monstruoso choque de las aguas. Tampoco lo asustaba el cielo ardiente, iluminado por relámpagos que se ramificaban hasta la línea del horizonte.

Miguel, sin apartar la mirada de la figura del extraño, trató de levantarse cuando un trueno hizo que un cosquilleo le corriera por la nuca. Entonces el hombre se dio vuelta, y el chico estuvo a punto de ensuciar sus pantalones.

De la barba negra goteaba agua. Al ver los ojos inyectados en sangre, Miguel dio un grito, eclipsado por otro trueno. Chorreando agua por su frente y mejillas, el hombre profirió unas palabras, extendió su brazo y blandió un puñal hacia Miguel, que al ver el ensangrentado doble filo empezó a temblar. Iba a darse vuelta para correr, pero vio algo que brillaba sobre la arena.

Reconoció el medallón de los unicornios y se llevó rápidamente la mano al bolsillo. Trató de entender. Miró el puñal describiendo círculos en el aire, luego al medallón que había rescatado de su bolsillo y comprendió, pero tuvo miedo, mucho miedo.

Su hermano alcanzó la cima del médano y al ver al hombre empuñar el puñal empezó a bajar. Volvió y tiró de la remera de Miguel, que finalmente se dejó llevar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 1.

TAMBIÉN fueron ese día a la playa.

Miguel más cerca del mar, todavía exaltado. Enfrentaba el horizonte como si hubiera algo que descifrar en el oscuro verde.

—El viento no empujaría una hoja —dijo Juan.

— ¿Y si los agarró una tempestad? —murmuró Miguel.

—Si nada se mueve.

—¿Sabés lo que basta para dar vuelta una barcaza? —Sonrió nervioso a Juan, que empezó a gritar:

—Están estancados en alta mar… Los cuerpos pudriéndose sobre las tablas…—Estremecida su cara en un rictus que pretendía ser terrorífico — Los ojos resbalando por sus mejillas… Las uñas de ella más largas…

Cayó, embestido por Miguel.

Dieron vuelta por la arena. Juan, el hermano menor, logró zafarse, y se alejó agitado. Desde unos metros gritó:

— ¡Si la esperé más que vos! Tenés que pensar. Hace dos meses que tenía que haber llegado. Todo esto fue un invento de mamá. No te diste cuenta. Malva no existe.

Miguel miraba a su hermano con ojos húmedos y perdidos.

—Papá hizo bien en encerrarnos —agregó Juan. Miguel levantó la mirada, apartó el flequillo que ocultaba sus lágrimas y susurró:

—¿Y si el tipo la mató? ¿Si mató a todos los tripulantes? ¡Viste cómo nos miraba!

—Te estás pareciendo a mamá.

—¿Qué hacía con un medallón igual?

Juan puso los ojos en blanco y agitó la melena.

—Siempre inventás algo nuevo. —Hundió sus pies en la arena. Empezó a alejarse.

Miguel se acostó en la arena húmeda. Sacó de sus raídos pantalones un medallón de oro adornado con dos unicornios negros que chocaban sus cuerpos en un salto a manera de espadachines. Clavó la mirada en las nubes anaranjadas. Levantó el medallón. Hizo saltar los goznes de la tapa.

Una chica pálida de oscuro pelo rizado sonreía.

por Adrián Gastón Fares.

Intrasparente. Índice.

Tardé un poco, pero armé el índice de Intransparente o Intrasparente (parece que las dos grafías dan lo mismo; de cualquier manera el término Instrasparente no existe) Pueden encontrar mi novela sin problemas, rápido y simple, en este blog y más fácil siguiendo este índice:

INTRASPARENTE – ÍNDICE.

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

 

 

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 4.

4.

En ese tiempo rondaba por mi barrio, que era el mismo que el de Elortis, un abusador serial que había violado a varias chicas. Augustiniano me dijo que anduviera con cuidado. Un día mi papá apareció en mi casa con un regalo: un spray con gas paralizante. Igual, cuando dijimos lo de encontrarnos al mediodía, ya habían apresado al violador. Y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser Elortis…  Decían que venía de otro barrio y que, después de seguirte por varias cuadras, lograba su objetivo en el hall del edificio o al compartir el ascensor con la víctima.

Por lo que me decía Elortis, él últimamente permanecía encerrado en su departamento, y además era demasiado paranoico para convertirse en un victimario con móviles sexuales. Espero que nunca sepa que relacioné con él este asunto policial.

En una de las últimas conversaciones me comentó que a su amigo Romualdo se le había ocurrido un plan para sacarlo del departamento. Quería implementar un servicio de medición de radiaciones de microondas para los consorcios de los edificios, a través de un conocido suyo que trabajaba en la seguridad del Ministerio de Educación, en el palacio Pizzurno, donde guardaban, sin usar, la instrumentación necesaria para este tipo de emprendimiento. Como Romualdo trabajaba full-time administrando sus peluquerías, lo que Elortis tenía que hacer era salir por las inmediaciones de su departamento con una libretita para anotar la dirección de los edificios que tenían esa antena gigante con forma de araña patona muerta en la terraza. Con esos datos, Romualdo redactaría las cartas que después entregarían a los consorcios de la zona. Así podrían armar un emprendimiento conjunto, como Elortis siempre había querido, ganar unos pesos, y de paso Elortis pasearía y disfrutaría del sol que tanto le gustaba. Romualdo pensó en encomendarle el trabajo a su hermana, una solterona depresiva, que su familia internaba en un loquero cada tanto, pero le parecía mejor empezar con él. Elortis fingió que tomaba en serio la propuesta de su amigo. Pero para su asombro llegaría a cumplir con uno de los recorridos.

El día anterior a la charla registrada venía de caminar, con libretita anillada en mano, la calle Vicente López hasta la Recoleta para hacer un relevamiento de los edificios que tenían esas antenas, que según algunos estudios eran peligrosas para la salud. Mientras observaba uno de esas arañas metálicas, se acordó de su padre; si cumplía con el trabajo del que lo habían acusado, debía dar una imagen parecida a la de él ese día por las calles, apretando el paso para camuflarse entre la multitud cuando visitaba el edificio donde entregaba sus relevamientos, por lo que dio medio vuelta y desanduvo el trayecto hasta su edificio. Y ahí se quedó, sentado en su sillón, con una taza de té en la mano, mirando los árboles a través de la persiana americana.

Su padre le decía a los demás psicólogos que se fueran a trabajar con los arqueólogos si querían entender algo del mundo en que vivimos. Y también estaba interesado en las excavaciones del Golfo de México. De algún modo, el encuentro con Ponen parecía encajar en los planes de Baldomero, tal vez el viejo en el fondo quería que su hijo continuara la osada labor que había comenzado. Si Baldomero había sido uno de los batidores, un soplón de la dictadura, como había dicho un profesor en la nota de un diario, no era su culpa. Estaba contento porque mientras tomaba el té se había acordado de aquel día de verano con el sol radiante en el que salió, como era costumbre después de merendar con la enanita, a ver el fondo largo y se lo encontró lleno de unas plantitas con flores violetas. Apenas se metió entre las radichetas y los tomates para cortar una de esas flores que lo atraían tanto apareció su tía abuela gritando ¡tinta mía!, esa alerta siciliana o calabresa irreproducible que escuchó tantas veces de las bocas de esa mujer y su abuela, y le ordenó que se alejara de esos yuyos peliquerosos que crecían en su fondo. Eran amapolas y después de un tiempo, de tanto que sus familiares las arrancaban para exterminarlas, desaparecieron.

por Adrián Gastón Fares (2011)

 

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 3.

3.

Esta relación de los enteógenos con el poder en la antigüedad, y con el color, que para él era una consecuencia secundaria, lo tuvo sin dormir un par de noches a Elortis; en la charla siguiente me confesó que mientras me hablaba empezó a tejer mejor lo que le había dicho Ponen con lo que se le había ocurrido en la cocina, más lo que había buscado en Internet para explicármelo a mí y eso le había trastornado un poco los nervios. Saber que en el rito regio destinado a producir la lluvia el rey usaba una máscara de badana granate, una imitación de la de Zeus para subir a los cielos y que mucho más adelante, en la época de Constantino, la adoratio purpurae era permitida solamente a unos elegidos, funcionarios de alto rango, que eran los únicos que podían besar el extremo inferior de la túnica púrpura del rey. ¿Sería un error creer que era una mera convención cuando en realidad el carácter religioso, palabra que viene de religar, aclaraba Elortis, de la acción estaba más presente que nunca?

La verdad que me estaba cansando este discurso y le pregunté en qué andaba, con una carita amarilla con una ceja levantada y otra con la línea de la boca ondulante se lo dejé claro, me parecían medio sospechosas tantas deducciones infundadas; le pedí que por favor volviera a Mar del Plata, a Sabatini y a Ponen, al bar de los mojitos, y así lo hizo. Antes que nada me quería dejar en claro que la receta de la púrpura de Tiro, saber que el colorante rojizo era ordeñado de los Murex y otros caracoles parecidos, se había perdido en Occidente cerca de la mitad del milenio pasado cuando el Imperio Otomano conquistó Constantinopla y recién en 1856 un zoólogo francés dio con el secreto al observar a un pescador que teñía su camisa con un caracol. ¡Bue, basta Elortis, por favor!

Ponen contaba que en otro de sus viajes ayahuasqueros interceptó una ciudad cuyos edificios estaban inundados de carteles publicitarios brillantes de diversos tamaños, aunque la mayoría eran enormes y no quedaba otra que sobrecogerse ante la precisión de las coloridas imágenes luminosas. Pudo notar que el motivo que se repetía en los carteles era el de una sirena tomando algún tipo de bebida con un enroscado sorbete fluorescente. Al otro día, se asombró cuando apareció en el campamento un vendedor ofreciendo grabados en madera de… sirenas. Ponen creía que en su viaje se había conectado con la mente del escultor, mientras la noche anterior viajaba hacia su campamento con la idea de vender las esculturas. Era muy importante para Ponen qué lugar elegías para viajar porque para él lo que hacía esa bebida sagrada espiritual era desligar tu mente con lo habitual y conectarla con lo esencial del ambiente en el que estabas.

En algún momento, Ponen cortó su discurso para saludar al productor que lo había invitado a la radio, parece que de casualidad estaba ahí, cerca de la barra cumpliendo con el ritual del after office con otros compinches. Este rubio parlanchín, como lo llamaba Elortis, enseguida se sentó con ellos, confesándose fanático de Los árboles transparentes, y les pidió por favor a Sabatini y compañía que escribieran otro libro ante el sorprendido Ponen, que solamente quería seguir hablando de su experiencia en la selva. El rubio productor de la radio se dio cuenta que estaban en medio de una conversación trascendental y fijó la atención en Ponen; algo sabía del asunto porque, cada tanto, asentía con la cabeza. El norteamericano no paraba de hablar, decía que la ayahuasca favorecía la comunicación con el entorno, era la única manera de explicar que las visiones correspondieran a las características del lugar de la sesión. Sabatini no le sacaba la vista de encima a Ponen, lo había hipnotizado con la visión de la fábrica de colchones con almohadones de plumas multicolores y la premonición de las sirenas. Elortis también creía estar frente a una persona con una capacidad singular para asociar sus experiencias. Mojar los labios en su trago a Ponen lo había soltado y hablaba con la desesperación de los aficionados que intentan demostrar que son algo más que eso.

Para el biólogo Rupert Sheldrake, existía un campo hipotético que vendría a explicar la evolución simultánea de una función adaptativa en poblaciones biológicas distantes. Para corroborarlo, un tal Watson convivió con una colonia de monos que se negaban a comer papas sucias, hasta que a una de las monas se le ocurrió lavarlas en el río. A partir de ahí, Watson descubrió que las comunidades de monos del resto del mundo seguían la conducta revolucionaria de la monita predecesora. Según Ponen, el viaje hacía más patente la conexión con el campo morfogenético, algo que también nos pasaba en los sueños —especialmente los de la mañana, antes de despertarnos, cuando la mente está limpia— y en algunos otros momentos de claridad mental en la vigilia. Reprendió a Elortis por haber puesto cara de desconfianza (a él todo esto le hacía recordar a Paulo Coelho, perdonen, pero tenía sus prejucios también y su cara no era de piedra). El productor rubio, que estaba sentado al lado de Ponen, miraba embobado. Sabatini sonreía con cara de haber descubierto un mundo nuevo.

Alexander les recordó que ellos dos, por ser psicólogos, tenían que entenderlo fácilmente; Jung había hablado del tema muchas veces, aportando las nociones de inconsciente colectivo y sincronismo. Elortis le contestó que Jung nunca fue su especialidad, y Sabatini asintió para dar a entender que tampoco era la suya. Gran decepción para Ponen, que había hecho una pausa en su discurso para retomar fuerzas. Resulta que los científicos ya habían comprobado lo del campo morfogenético con la ayuda de una oruga a la que le cortaron uno de los segmentos del cuerpo para injertarlo en el de otra para obtener como resultado una mariposa, aunque con la antena en el ala en vez de en la cabeza, por ejemplo.

Y también estaba, por otro lado, el señor Bell y su teorema que había venido a proponer que la física cuántica no pegaba con las variables ocultas de los elementos. La paradoja de Einstein, Podolwsky y Rosen (no sé si importa, pero recordé que Augustiniano llevaba en esa época un pin-up de fondo amarillo con la cara blanca de Einstein), la influencia que podía tener una partícula sobre otra en el momento de ser observada que le cambiaba instantáneamente la dirección, lo había hecho salir a Bell con el teorema que lleva su nombre, que para Ponen era un hito en la ciencia que abrió las puertas a una nueva interpretación de la relación de los elementos del universo.

John Bell, un físico irlándes que según Ponen había estado presente en una conferencia que dictó el Maharishi en 1978 y que tomaba puntualmente su té de verbena a las cuatro de la tarde (vendría a ser té de cedrón, según Elortis, que también se anotó mentalmente al recordar este detalle conseguirlo en la tienda de los chinos), dejó en claro que debíamos elegir entre la mecánica cuántica o el enlace subcuántico oculto que conectaba a partículas distantes y las hacía cambiar de dirección cuando dos personas, que sabían que estaban haciendo lo mismo, las estaban observando en un experimento, por ejemplo, porque una de las bases de la mecánica cuántica es justamente la teoría de la relatividad que postula que nada puede ir más rápido que la luz (Ponen había dicho transferencia supralumínica de información)

Por lo tanto para Ponen la teoría de Einstein era una errata a la que había que tenerle respeto, claro y ese respeto era el teorema de Bell, un hombre respetuoso este Bell, decía riéndose. En fin, había investigado todo eso gracias a la Banisteriosis caapi, esa mezcla de jugos selváticos de color rojizo ocre que, a la vez, lo había convertido en una persona de sentimientos compasivos, eliminó su ansiedad y potenció su creatividad para la recepción de las artes (según él, claro)

A Elortis le molestaba un poco que Ponen hablara como un publicista de dietética, sería por los años de trabajo marketinero en la discográfica. Alexander les advirtió que la ciencia no debería molestar a los animales. Eso de estudiarlos era peligroso. Ya con comerlos era demasiado.

Entonces, Elortis se acordó del mono Albarracín, chillando y dándose la cabeza contra las rejas de la juala, y también se permitió pensar que ese comportamiento salvaje era debido al cambio de hábitat, palabra demasiado generosa para describir al entorno que lo rodeaba en el departamento. Ponen lo miraba serio, mientras pensaba seguramente en otras cosas para afianzar sus teorías, y Elortis se atrevió a confesar que, más allá de los chamanes, los campos mórficos y la teoría de Bell, él creía que, simplemente, la generación actual había absorbido por evolución genética algunas experiencias reveladoras del siglo pasado, se refería a la contracultura de los sesenta; y que la música había acompañado un renacimiento de los sentidos.

Por lo tanto, ya no hacían falta las glándulas de los pobres sapos (tal vez nunca hizo falta, se corregía ahora Elortis) ni la tintura de los caracoles, o las lianas de la selva, para mirar de reojo alrededor con los ojos cerrados. Mientras tanto el productor rubio intercambiaba algunas palabras en voz baja con Ponen, mientras Sabatini lo miraba medio sorprendido a Elortis por su conclusión.

De repente, decidieron que irían en la combi del productor de la radio a la playa a probar una pócima que Ponen tenía en la mochila de hilo. Elortis hubiera preferido seguir bebiendo en otro bar, después de todo los escritores suelen beber en habitaciones de cuatro por cuatro y no comerse lianas de la selva; no sabía cómo escapar de la propuesta de Ponen. Sabatini estaba muy entusiasmado con la iniciación. Elortis fue al baño, y cuando volvió ya se habían ido. Salió a buscarlos.

Ya estaban los tres a media cuadra de distancia; Sabatini les hablaba sin parar, también había tomado demasiado.

Estacionaron cerca de la playa, salieron de la combi, y Ponen sacó una petaca con un líquido rojizo; les advirtió que, a pesar de que estaban al aire libre, en un lugar adecuado, habían tomado alcohol y no estaban limpios como para aprovechar la situación.

La intención era esperar en silencio que la preparación hiciera lo suyo, pero en vez de eso Sabatini le pidió a Ponen que le comentara a Elortis lo que había dicho mientras estaba en el baño. Ponen se limitó a sonreír. Sabatini comentó que para Ponen, Elortis había crecido en una familia muy represiva. ¡Para qué!; Elortis, que no compartía esa opinión (y menos mal que todavía no estaba enterado, decía, del posible pasado de Baldomero, si no la paranoia lo habría hecho maldecir a todos y volverse solo por la playa) dijo, de mala manera, que estaban equivocados, ¿de dónde sacaban eso? Después, Sabatini le dijo que tal vez Ponen lo había notado tenso por Miranda; él pensaba que esa mujer nunca había sido para él; eran diferentes. Ponen les pidió que no hablaran tanto, y que si no se llevaba bien con su pareja —aunque Elortis ya se había separado— se concentrara en eso, tal vez encontraba la respuesta a su problema.

De más está decir que me dio ganas de dejarlo a Elortis en medio de su experiencia con las drogas amazónicas, pero tenía la necesidad de quedarme, como si las confesiones más terrenales de Elortis fueran el desengaño que estaba buscando para olvidarme de él —lo mismo me pasaba cuando me hablaba de la bailarina Sofía. En realidad, quería quedarme y leer sus palabras porque parecía que tenía algo importante que decirme…

Se quedaron mirando un rato el mar callados y después, como les dio frío, se guarecieron en la combi. Sabatini y el productor rubio comentaron sus visiones, eufóricos; Ponen y Elortis se quedaron callados. Alexander la tenía clara y no dijo nada. Pero Elortis no había visto nada, se había mareado un poco y la boca se le había empastado. El productor tuvo la gentileza de dejarlos en el hotel (cuyo nombre era un anagrama de la dirección de mi casilla de e-mail, aunque en aquel momento no pudiera saberlo, decía Elortis).

Mientras Sabatini se despedía de Ponen en el asiento posterior, con la combi estacionada en la puerta del hotel, en esa calle que daba al mar, Elortis creyó que veía mal pero vio que el cielo del mar era de un negro compacto y brillante; un sobrecogimiento lo inundó, el negro se esparcía en el mar y bañaba la arena de la playa; escuchó que Sabatini cuchicheaba atrás con Ponen, asombrando porque a Elortis se le había retardado el efecto. Él estaba esperando que apareciera el monstruo de la laguna negra, que saliera del mar como Godzilla, ese monstruo japonés, para acercarse a la combi y arrastrarlos a todos hacia el agua; pero no había otra cosa más que el cielo negro chorreante e infranqueable.

Después de ese minuto eterno, se despidió, malhumorado, de Ponen y del productor, que lo miraba como diciendo a éste que le pasa, y subió en el ascensor con Sabatini. En el pasillo de la habitación del hotel, le dijo a Sabatini que había hecho mal en hablar de su vida privada con desconocidos, y le dejó en claro que no tenía derecho en meterse con Miranda, menos después de que se hiciera rogar tanto para acompañarlo. Sabatini lo mandó a cagar.

Entendieron que ahora sí estaban peleados y al otro día desayunaron serios en la misma mesa, sin decir un palabra; por suerte una periodista vino a hacerles una nota y dejaron de lado el silencio por un rato. Su amistad había sufrido un nuevo traspié, esta vez decisivo, decía Elortis.

En el encuentro literario en Villa Victoria respondieron de mala gana las preguntas del escaso público. El cielo negro, sin nubes, el monstruoso mar, decía Elortis, podía ser la falta de perspectiva que iba a tener su vida por un tiempo prolongado después de esa experiencia, o algo más, algo que no podía distinguir aún. En aquel momento se negó a ser observado por las imágenes que le llegaban y vió, a falta de espejos luminosos, al esqueleto del mundo en su más cruda realidad.

No lo sabía, pero quería ahorrarme las deducciones. Nada peor que esconder los significados. Ahora le parecía que ese día se había escapado de sí mismo.

En la combi lo tenían cercado, ya lo habían descubierto y habían seguido sus pasos, los que lo querían y lo conocían, representados por Sabatini, hasta el borde del océano. Su visión subrayaba lo que había pensado aquel día. Que en nuestra generación disfrutamos la experiencia del redescubrimiento en la anterior de la experiencia enteogénica, es algo que se lleva en la sangre desde chicos, como todos los monos ya saben pelar las papas, si había entendido bien las vagas teorías de Ponen. Los místicos eran siempre de derecha pero ahora, menos mal, ya no hablamos de misticismo, sino de la naturaleza, del problema de lo natural, o como me gustara llamarlo. Que le diera a sus palabras el beneficio de la duda. Como si hiciera falta que lo digas, Elortis.

Recuerdo que se largó a llover hacia el final de esa larga conversación. Parecía el fin del mundo. Le dije que él era un mago y que yo era una bruja, dos potencias contrarias y enemigas. Ok, brujita. No hablamos durante una semana. Lo veía conectado pero no lo saludaba; me irritaba que su orgullo le impidiera iniciar una conversación.

Cuando finalmente me saludó, al principio acordamos que iríamos a comer una hamburguesa en la hora de almuerzo que me daban en el trabajo, pero Elortis no parecía muy entusiasmado con la idea, tal vez prefería que nos viéramos en otro momento y lugar, y al final terminamos posponiendo ese encuentro.

Con las cosas que pasan yo no tenía ganas de encontrarme a la noche con alguien que en en realidad no conocía, y en una charla anterior cuando se había tocado el tema le propuse que nos podríamos ver con la condición de que estuviera presente, por lo menos, una amiga en común. Se enojó; no entendía cómo le daba tantas vueltas.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 2.

2.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 1.

1.

Una semana sin hablar, y a la otra me salió con el rollo de Mar del Plata. Nunca me lo había contado del todo. Sentía la falta de Sabatini, sin lugar a dudas. Estaba demasiado encerrado, recordando. Salía a comprar cosas que no necesitaba para intercambiar algunas palabras con los empleados del supermercado, que como eran chinos no pasaban del chau, muchas gracias, amigo eso le alcanzaba, y a la vuelta podía encerrarse otra vez porque se sentía renovado. Igual, la mayor parte del tiempo, salvo cuando escribía en su cuaderno, leía o hacía ejercicio —se había comprado un sillón de pesas para evitar el gimnasio—, no se sentía cómodo en su departamento.

Cuando sonaba el teléfono lo atendía frente al espejo del baño o en los lugares cercanos a la pared de la medianera; si no tenía la sensación que los vecinos escuchaban lo que hablaba. Iba y venía con el teléfono mientras hablaba con el padre de Jorguito, que era el único que lo llamaba. Ahora estaba más de su lado que del de Miranda, su amigo era muy machista y descubrir que su ex lo engañaba con el tío Oscar, al que conocía por los relatos que su esposa le contaba, no le había causado gracia. Así son los hombres.

Claramente, Elortis tampoco era un santo…

El que desconfió siempre de Miranda era Sabatini; en la costa le había dado a entender que ella no le caía bien. Eso lo había hecho apreciar más la intuición de su amigo, y empezó a recordar los detalles del viaje a Mar del Plata. Aunque parezca mentira, Elortis no conocía esta ciudad cuando lo invitaron al programa de Mirtha Legrand. También pensaba que el programa no existía más; si hasta lo miraba su abuela mientras de chico él esperaba los dibujitos.

Pero llegó el llamado de la producción y tuvieron que decidir si viajaban o no al almuerzo de la señora. Lo pensaron bien y, aunque aterrados, aceptaron porque convendría para promocionar el libro. Pero días después, Sabatini le informó vía e-mail que no estaba seguro de ir al almuerzo de la diva y tampoco de participar de la charla literaria en Villa Victoria. En el próximo e-mail, sin explicaciones, le confirmaba que no iría. Elortis le pidió a Miranda que lo acompañara, en ese momento estaban separados, pero se veían, claro; y todo estaba arreglado hasta que a último momento Sabatini volvió a prenderse en el viaje. A Miranda no le cayó muy bien la noticia, porque le hubiera gustado acompañarlo en ese momento importante, y de paso, seguirle los pasos para evitar que conociera a otra mujer. Al final, los ex socios pasarían en la ciudad veraniega cuatro días, darían entrevistas en algunas radios, el segundo día estarían en el almuerzo de Mirtha Legrand y el cuarto día darían una charla sobre el proceso de escritura de Los árboles transparentes en Villa Victoria.

Aunque estaban distanciados, y los dos tenían pensamientos poco claros sobre el otro que le daban un aire difuso a la amistad, desde que salieron de Retiro hasta que bajaron en la terminal estuvieron charlando, contándose historias de sus respectivos amigos y recordando algunas anécdotas de la escritura del libro. No estaban muy nerviosos por lo de la entrevista en el programa. Elortis no estaba seguro de poder masticar bien en la tevé —me aclara que después del programa tuvo algunos problemas digestivos.

Bajaron distendidos del bus y haciéndose bromas mutuamente, como si empezara una aventura, y Elortis caminó descalzo por las calles de Mar del Plata, el aire fresco en los pies lo amigó al instante con la ciudad; pocos días tan claros en su memoria como aquel día.

Observaron la estatua de Florentino Ameghino y después se sentaron frente a la playa, a desayunar unos tragos del licor de anís casero que Sabatini tenía en la mochila, mientras veían a unos skaters rondar la estatua ecuestre de San Martín.

Tomaron la habitación compartida del hotel de cuatro estrellas, ubicado a una cuadra de la playa, y se pusieron a mirar videos viejos de los ochenta en el televisor; se quedaron dormidos y fueron despertados por la llamada de una periodista cordobesa que los esperaba para entrevistarlos en el comedor del hotel.

Ya abajo hicieron una simulación del almuerzo televisivo con la periodista de La Voz del Interior, que mientras no paraba de comer, les preguntó muchas cosas, sobre todo sobre la ladrona compulsiva. En ese momento los llamaron de la Rock and Pop marplatense porque querían entrevistarlos a la tarde en la emisora. Era final de temporada y, aunque a la mañana había sol, al mediodía se largó a llover. Por suerte, la chica de la Rock and Pop que los llamó quedó en pasarlos a buscar. Cuando llegaron,  la chica, una flacucha con flequillo, se desentendió de ellos y los dejó parados en la recepción del piso en que estaba la radio, avisándoles antes que irían después de la tanda.

Ahí parado con ellos, entre cuadros de rockeros y tapas de discos, estaba un tipo que se presento como Alexander. Saldría al aire después de ellos y lo entrevistarían durante el resto de la emisión. Apenas entraron, intercambió algunas palabras con Sabatini en castellano correcto, aunque por la pronunciación se notaba que era extranjero.

Era un productor de discos estadounidense que estaba de casualidad en Mar del Plata; en la radio se habían enterado, y lo invitaron a ese programa.

Alexander había producido a varias bandas de rock independientes del oeste norteamericano. Conocía poco rock argentino. Nombró a  Sumo, Soda Stereo y Los Fabulosos Cadillacs. El productor que lo había traído, un rubio que estaba por ahí dando vueltas abriendo y cerrando la tapita de un celular, entusiasmado, les explicó que Alexander Ponen había descubierto a Nirvana antes que nadie.

Por mí, Elortis, todo bien porque de Nirvana no sé nada; Augustiniano era fanático pero esa música ruidosa y negativa no la soporto. Elortis me comentó que la cultura oriental había entrado de forma masiva en la occidental a través de la distorsión repetitiva del grunge y el rock alternativo, por eso le pareció interesante la figura de Ponen, venido de la costa oeste norteamericana.

Una vez le dije a Elortis que el rock te llevaba a hacer locuras, para escandalizarlo. A él le gustaban muchas bandas de las ruidosas y oscuras, escuchaba todo tipo de música. El rock cuando era bueno lo hacía entrar en trance. Que no le criticaran a Genesis, a los Rolling Stones, a Jimi Hendrix más que nada, oh padre Hendrix, decía Elortis, que por otro lado Alexander Ponen reconocía como guía espiritual de la música que él había producido. Ponen insinuó que estaba solo esa noche, no sabía qué hacer, y a Elortis se le ocurrió invitarlo a que fuera a cenar con ellos.

Después, en la entrevista radial estuvieron algo nerviosos. Elortis rara vez contestaba lo que le preguntaban. Sabatini empezaba bien, para terminar incoherente y empantanado. Cuando salieron, aliviados del peso de hablar frente al micrófono, Ponen estaba de pie todavía —no tenían sillones en la recepción—, aunque con los ojos cerrados: parecía dormido, o en trance.  No los saludó, pero ya habían intercambiado sus teléfonos. Pero esa noche estaban cansados del viaje y nerviosos, y pasaron la salida para el día después de la entrevista en lo de Mirtha Legrand.

Era una mesa heterogénea con gente de diversas profesiones que habían escrito libros más o menos exitosos. Al lado de Elortis sentaron a un morocha muy linda, una modelo conocida que Elortis no recordaba cómo se llamaba, después estaba un periodista deportivo, un cura, un humorista y un crítico de cine. A Elortis lo ponían nerviosos las sirvientas que iban y venían en las pausas. La vieja las trataba muy bien, todo lo contrario a lo que había visto una vez en la televisión. A esta gente le gusta exagerar en cámara, decía Elortis. Sin embargo, le tenía miedo a la diva de los almuerzos; ¿y si algún televidente le enviaba una pregunta relacionada con su vida privada y la anfitriona lo obligaba a responderla? Pero anduvo todo bien.

Con Sabatini la hicieron reír muchas veces a Mirtha, y la modelo hasta lo codeó a Elortis mientras se reía de los chistes más picantes del humorista. ¿Cómo era que no se le había ocurrido pedirle el mail?, me decía Elortis. Esas oportunidades no se pierden, después uno termina hablando con una pendeja todas las noches. Qué gracioso, Elortis.

¿Por qué dejaba todo para después en su vida? Si no siempre sabía adónde iba… Romualdo le hubiera dicho que no se dejaban pasar oportunidades como esas. Sabatini también quedó como loco con la modelo, y decía que se había fijado en él.

Lindo tipo de hombre Sabatini, por lo que pude ver en Internet, y según Elortis tenía un encanto particular. Él había notado que algunas mujeres se dedicaban a perseguir a su amigo. Elortis era más inseguro en esas cosas y como Sabatini era el mayor, respetaba sus iniciativas; por eso parecía todavía más indeciso cuando estaba con él. Igual, después del champán cada invitado se fue por su lado, y a la modelo no la volvieron a ver.

El que llamó por la noche fue Alexander Ponen; lo citaron en el hotel, y después tomaron un taxi hasta un bar donde les habían dicho que hacían mojitos, aunque a Ponen no lo convencía mucho tomar alcohol. De cualquier manera, enseguida los tres se pusieron muy locuaces. Sabatini le dejó en claro al norteamericano lo mucho que habían disfrutado escribiendo el libro a dos manos y que sólo empezaron a tener roces por el tema económico.

Elortis confesó que sin el entusiasmo y el empuje de Sabatini, Los árboles transparentes no existiría. Estaban emocionados y, mientras hablaban, chocaban cada tanto las copas verdosas. Al norteamericano le gustó esa súbita efusión de sincera amistad. Él también se había separado de sus socios en la discográfica, cada uno había tomado su camino, incluso uno se había quedado con algunas de las bandas que él había seleccionado y las manejaba muy bien decía, pero a él no le interesaba esa variante del trabajo de oficina; él buscaba en el arte lo novedoso, lo incierto, lo eminente, lo trascendental —algunos adjetivos los decía en inglés pero se manejaba bien con el español, decía Elortis—, por eso le gustaba  viajar y conocer otras culturas.

En realidad, se había desilusionado de la industria de la música, viendo como los músicos más talentosos se censuraban y etiquetaban a sí mismos para vender; finalmente, decidió renunciar a la exitosa discográfica que había fundado. Ahora había abandonado la tarea de promocionar bandas de rock. La mitad del año la pasaba con su mujer y su nena de dos años en una comunidad ecológica en la isla de San Juan.

También le encantaba Sudamérica y ahora se sentía más conectado que nunca con nosotros gracias a un chaman del Amazonas Peruano, que lo había terminado de introducir en el mundo de la ayahuasca. Lo asombró que a dos horas de Iquitos estuviera lleno de chicos con remeras Nike y que en los negocios pasaran hip-hop. Pero en Yushintaita, el campamento donde lo esperaba el chamán don Sebastián, te olvidabas de todo.

Ya había probado la ayahuasca en su país pero hacía rato que tenía ganas de experimentar en su lugar de origen. Don Sebastián era un hombre con una personalidad magnética, un curador, un mago. Cada tanto, Sabatini, entusiasmado, golpeaba por debajo de la mesa la rodilla de Elortis con la suya, como avisándole que habían encontrado un gran personaje.

Para don Sebastián, primero había que liberarse de las toxinas acumuladas en nuestro cuerpo; así que antes que nada los futuros iniciados pasaban por un proceso de reflexión y purificación que duraba cinco días. Si no las toxinas podían arruinar el viaje. En el segundo día unos ayudantes les pasaban por el cuerpo una mezcla llamada huito, que en realidad es la mezcla de la fruta de ese árbol con arcilla; la usaban también para teñirse los pelos, por eso no veías nativos canosos en la selva, y también como repelente de mosquitos. El huito, que según Ponen te dejaba de color azulado, servía para matar a los ácaros y otros parásitos externos que vivían en la piel.

Ahí Sabatini había dicho que era como un spa selvático. Ponen no le prestó atención a la interrupción y agregó que el proceso debía acompañarse con una dieta saludable, vegetariana y rica en fibras. Y que, aunque les pareciera mentira, los chamanes llevaban una dieta mucho más rigurosa de yuca y arroz. Elortis había pensado en las yucas pinchudas que su padre tenía en el fondo de la casa de la costa y se le revolvió el estómago. Más cuando recordó a los bichitos de un anaranjado fluorescente que atacaban las flores blancas en algunas temporadas. Había que tener espíritu para sacarle el jugo a un vegetal tan desagradable, sin lugar a dudas los chamanes escondían alguna  verdad, no andaban tomando vino y repartiendo circulitos de harina como los curas; primero se tragaban unos cuantos pedazos de yucas antes de pedirte que te ensuciaras con el huito. Se parecían más a los curas medievales que se quedaban jorobados y ciegos leyendo.

Elortis quiso saber cómo era físicamente don Sebastián. Ponen le contó que era un morocho arrugado con anteojos, túnica blanca y bigote oscuro; imposible deducir cuántos años tenía. El problema, pensaba Elortis, es que un tipo así a él le hubiera parecido un cómico; estas contradicciones son insalvables. Lo que sí hubiera hecho con gusto era comer mucha fruta —Elortis se la pasaba comiendo frutas, parece, más que nada uvas, kinotos, mandarinas y bananas.

Después de eso, Ponen contó que don Sebastián les hacía tragar una leche caliente, la savia del árbol Ojé, un látex blanquecino que depuraba la sangre y los intestinos. Los nativos usaban este líquido para curar la uta, la enfermedad de la selva. Los frutos son un buen mnemónico, estimulan la memoria, decía Elortis, que ya en Buenos Aires trató, sin éxito, de conseguir Ojé en gotitas en la dietética china. Ponen les aclaró que todo esto evitaba que te encontraran las chirinkas, unas moscas verdes que según los nativos vivían en los cuerpos de los muertos, y les gustaba enturbiar las visiones de los vivos. Pero ese líquido viscoso más que nada atraía a los parásitos internos, que después eran evacuados hasta que el intestino quedaba completamente limpio. Mientras tanto, don Sebastián les hacía tomar litros de agua caliente. Cuando terminaba este proceso, el chamán analizaba con un microscopio los excrementos, y separaba a los parásitos para mostrárselos a los principiantes. Sabatini estaba cada vez más interesado en el tema, ya había dejado de golpearlo con su rodilla a Elortis.

Las sesiones había que hacerlas en la noche para apreciar mejor las visiones. El chaman los llevaba a un templo con bancos enfrentados y los hacía sentar, aunque era mejor ponerse de pie una vez que comenzaba la sesión, sabía que algunos no lo lograban. Entonces se ponía a cantar los ícaros, ya que don Sebastián decía que era un terapista musical antes que nada, y con esas canciones llenas de amor y compasión lograba el efecto catártico necesario para que la ayahuasca prendiera en la conciencia. Ponen decía que lo más importante de todo era la preparación —el proceso de purificación— y el contexto; era preferible que la sesión se hiciera de noche y en la naturaleza. Lo demás dependía de eso porque lo que para él hacía la ayahuasca era conectarte con el entorno.

Por eso era necesario estar en un lugar natural como ese campamento en la selva, con aire puro, nada de smog, aunque los ayudantes de Don Sebastián purificaban el aire con humo de tabaco, y sin electricidad, porque usarían la energía de las presencias de la selva y la que ellos mismos generaban, y cualquier otro tipo de energía distinta podría interferir. La dieta sana y la música delicada hacían que la información fluyera sin ninguna traba y, si se respetaban las reglas, el flujo de visiones nítidas comenzaba a llegar.

Los cánticos, que también eran para comunicarse verbalmente con los espíritus de la selva, se intensificaban, y Don Sebastián empezaba a repartir la comunión. Entonces, silencio, y al rato se apagaban las velas, y una música suave empezaba a hacer que te subiera la pócima a la cabeza.

Ponen había visto la imagen, muy nítida, de una fábrica con personas moviendo pesados mecanismos; mientras recorría la fábrica, no precisó si volando o caminando, apreciaba el empeño y la fuerza con que los hombres agotados accionaban las máquinas, y sintió una compasión profunda por cada una de esas personas. Después encontró a los capataces, y también a los jefes sentados en sus gruesos sillones de cuero, y siguió a una secretaria por un pasillo angosto que desembocó en una inmensa sala repleta de impecables colchones con sus respectivos almohadones. ¡Una fábrica de colchones!, todavía se asombraba Ponen.

Entonces esa hermosa secretaria de los cincuenta, se fijó bien que nadie la siguiera —aunque Ponen estaba detrás de ella, no estaba realmente ahí— , y atravesó la sala, haciendo retumbar sus tacos, por uno de los pasillos que formaban las filas de colchones, hasta el final, donde se tiró a dormir en uno. Ponen se acercó, vio que dormía plácidamente, e intentó hacer lo mismo en otro colchón; pero en cuanto hundió la cabeza en la almohada suave, notó que una pluma se escapaba de la costura, y al tirar de ésta descubrió que en realidad era una pluma bastante grande verde, como la de un papagayo. Entonces se levantó, y empezó a sacudir la almohada hasta que su colchón se llenó de plumas verdes, rojas y azuladas, y pensaba qué hermoso sería que los tipos del taller también vieran esa lluvia de plumas coloridas, y también intentaba que la secretaria despertara y lo viera darle belleza a ese lugar gris, pero entonces apareció un tipo fornido en la punta de la sala y enfiló directo hasta la cama que ocupaba la secretaria para despertarla con un beso, y acostarse con ella, y Ponen se desconectó de esas imágenes, que, sin embargo, recordaba con alegría.

En esta sesión se vio inundado por una sensación de amor verdadero, calidez y aceptación. Sabía que otras personas habían tenido experiencias negativas; un amigo suyo sintió que lo tiraban escaleras abajo en la oscuridad como al padre Merrin de El Exorcista, pero era porque se le había ocurrido probar la ayahuasca en el garage de su casa a las tres de la tarde;  había que tener en cuenta el entorno porque existía algo llamado campo morfogenético.

Ponen ya les explicaría de qué se trataba. Yo no sabía adónde me quería llevar Elortis con todo este cuento. Augustiniano tenía amigos que habían probado hongos en un viaje en subte en España, y tuvieron la sensación de que el recorrido era vertical en vez de horizontal.

A mí no me interesan esas cosas, Elortis.

En esa época le daba, y todavía le sigo dando, a la música y al fernet-cola para alcanzar algunos estados alterados, de intachable felicidad.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Capítulo 6, final de la Segunda Parte.

6.

Al otro día, mi amigo del cursor y las palabras estaba deshauciado.

No era su padre ahora el sospechoso, no era su padre el abatido. No era su padre el que había caído. Tampoco él.

Era Martín, su hijo. Esta vez no corrían tan rápidas las palabras que se iban formando en el mensajero.

Salvo cuando copiaba y pegaba.

Martín, nunca me lo había dicho, se estaba quedando ciego (ni cuando habló de Andrés el ciego que tenían empleado en la empresa de audiolibros aceptó que su hijo, al que me quería enganchar, había perdido la mayor parte de su vista) Antes de ir al Amazonas, y ahora cerraba más todo, tuvo que sacar el certificado de discapacidad, y aceptar unos tratamientos en los que le pinchaban los globos oculares. Momentáneamente, y acompañado por esa empresa más parecida a la que siempre quizo realizar su abuelo, y también sintiéndose enamorado de una chica (la que quedó en el Amazonas con el cuasi chamán, Fernando, me dijo Elortis) su hijo se sintió más seguro y olvidó un poco esa problemática.

Ahora bien, en los últimos días su hijo se arrancó de la cercanía de los fuegos mapuches, en la bella Nonthue, para ser internado por su propia decisión en una clínica mental cercana, en San Martín de los Andes. No quería que lo visitara le había escrito. Simplemente no había tolerado lo que ocurrió.

¿Qué era, Elortis, por favor? Contá las cosas más rápido. El tiempo se nos acaba, le hice notar.

Resultó que la chica del Amazonas, Bonita (se llamaba Vonisol, pero bueno le decían Voni o Bonita) le había escrito un email a su hijo Martín. Parece ser que se había cansado del viejo de la selva. En realidad ya venía escribiéndole desde antes. Martín había quedado shockeado por esa separación tan singular y no se animaba a escribirle, aunque había tratado de que supiera de ese shock a través de terceros. Pero ella le había escrito un e-mail, dos meses luego de que se separaran.  Figuraba lo siguiente de esta manera:

Hola Martino (ella le decía Martino a su hijo, cariñosamente, parece) Te pido perdón, nunca fue mi intención lastimarte. Como vos bien dijiste, tuvimos dificultad en la comunicación, la percepción y la comprensión y eso acarreó que no pudimos protegernos. Fallamos como pareja pero no significa que no nos divertimos y pasado bien (copia textual, decía Elortis) el tiempo que estuvimos juntos. Yo no estoy enojada con vos, sino al contrario, te aprecio por todo lo que compartiste conmigo. Espero que estés mejor y te deseo todo lo mejor. (Te escribo con una flor en la mano, no sé qué variedad es, Fernando tampoco lo sabe)

Este e-mail amable y dentro de todo esperanzador, medio mal escrito, pero se entiende, son e-mails de finalizar una relación, de algo que termina y deja estelas, decía Elortis, no representaba una amenaza para Martín. Parece ser que pasado el tiempo, Martín se había empecinado a hacerle saber por terceros a Bonita que había actuado mal engañándolo con el viejo chamán. También le dijo que él nunca había creído que enterrar un cuerno de vaca en la humus terroso podría fortalecer la fertilidad del suelo y que estaba en total desacuerdo con esta cuestión con el viejo Fernando. Agregó que creer en eso no hablaba bien de la salud mental del viejo. Se lo contó a una amiga en común que tenían que llegó hasta la selva y entregó el mensaje, no sabe cuán bien decía Martín, dice Elortis.

Ahora, tanto tiempo después, le había llegado otro email, pero acá Elortis dice que hay que diferenciar e-mail de carta por extensión, en esta carta felicitándolo porque había seguido adelante con sus viajes por selvas y bosques. Pero la carta cambiaba de tema abruptamente para expresar lo siguiente.

Aprovecho esta ocasión para aclararte que no quise seguir viajando con vos, porque siempre sentí que no nos entendemos. Y esa incomunicación, más teniendo en cuenta que estábamos en la selva, un lugar donde la comunicación debería fluir mejor, me generó un desgaste mental y físico. Sos una persona muy complicada de tratar; sos obsesivo, autoritario, pero lo peor es cuando te ponés violento porque no podés controlar la situación (como cuando te dije que Fernando era una buena persona, que nunca haría daño a nadie)

Al principio de la relación, en Buenos Aires, pensé que era cuestión de adaptación, porque yo estaba estudiando y trabajando, y eso te irritaba porque para vos era poco el tiempo que le podía dedicar a la relación. Los sábados trabajaba todo el día y me parecía lógico que de vez en cuando estabas malhumorado. Yo estaba agradecida que aun así me tenías paciencia y que querías estar conmigo.

Las cosas fueron avanzando, y yo, decidí viajar con vos, porque insistías que te hubiera gustado cumplir los sueños de tu abuelo, Baldomero. Muchas discusiones tuvimos en nuestro camino final al hogar de Fernando y siempre la única manera de tranquilizarte era hacerlo a tu manera. Eso me hizo sentir que no me comprendías y que no querías compartir las cosas con una persona porque siempre tenía que ser como vos decís y hacerse como vos lo hacés. Mi rol en tu vida no era más que una muñeca de trapo ya que no podía NI opinar de qué caminos íbamos a tomar para llegar a nuestro destino, ni hablar de nuestro destino como pareja.

Aun así, estaba al lado tuyo porque te quería, porque sabía que esta relación era muy compleja por tu problema de ceguera. Durante todo ese tiempo tuve que tener mucha paciencia para comprenderte y entender que sos una persona egoísta, poco observador de la realidad, obsesivo y astuto solamente para lo que te conviene, es (sic, dice Elortis) porque está relacionado a estas cuestiones sin resolver.

Pero Martín (Bonita dejaba de hablar con el sobrenombre que le había puesto, mala señal, dijo Elortis) el gran problema por la (sic) me alejé de vos no es por tu visión reducida, ni siquiera por si tenés o no un trabajo fijo y estable (siempre me hacías notar la diferencia de poder entre Fernando y vos; Fernando siempre pudo subsistir curando almas y plantando manzanas con el dinero de su padre, antes; eso es lo que aprecié en el momento decisivo) Creo que sabés bien cuál es el problema y no lo querés aceptar. Porque enfrentar problemas requiere mucha valentía y fuerza de uno mismo, y en general, es más cómodo estar metido en tus problemas que salir de ellas (sic, aclara otra vez, Elortis).

Yo tuve la paciencia, hasta traté de ayudarte a aliviar de alguna forma tus problemas (¿te acordás cuando te dije que vayas a un psicólogo de la escuela del gran Rudolf Steiner o que tengo el corazón puesto en la biodinámica?; bueno, no quisiste aceptar eso)

Pero fue mi error. Vos nunca quisiste salir de ese espacio cómodo. Aunque insistiera en aprender de lo que a mí me gustaba.

Y cuándo te enfrentaba en la selva diciéndote eso, que no querías alejarte de tu espacio cómodo, aunque estuvieramos en un lugar tan grande, o que quería pasar la noche con Fernando, te molestaba mucho, porque sabías que significaba que no podías controlar más la situación conmigo.

Entonces, tu última opción fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello, aunque no veías bien y tal vez quisiste agarrarme la boca para que dejara de gritarte, como dijiste, fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello pensé que esa situación iba a ser la única. Un momento de descontrol y nada más.  Pero resultó que se repitió tres veces (si es que no hubo muchas más)

Cuando pasó la segunda o la tercera ya no quise estar más con vos, pero como sabía que estabas en una situación vulnerable pensé en aguantar de decírtelo hasta que llegáramos a otro destino en nuestro viaje. Que no te sacaras de quicio por cualquier cosa. Quería que se terminara esa pesadilla en la selva.

La situación se fue al carajo, creo que me quisiste matar una vez que me agarraste el cuello mientras te gritaba que eras un inútil y que no podía ser que no vieras lo que yo era y tampoco lo que era Fernando y sus seguidoras. Su hermosa alma.

El día que yo te clavé las uñas y el otro que vos me doblaste la mano me perdiste completamente porque dejé de confiar en vos. La situación se fue al carajo y decidí aceptar algo que venía creciendo en mí mucho tiempo. El ser libre con los demás. Abrazar la biodinámica de Fernando, gran discípulo de Steiner (incluso en las cartas astrales que armaba él me advertía sobre lo que pasaría)

Repito, necesitás ayuda de un profesional. Yo no creo en este momento poder darte la ayuda que tal vez necesites. Por eso espero que sigas yendo al médico (en realidad no te vendría mal tomar antisicóticos; tal vez seas como el de Una mente brillante, como ya te dije una vez, sabés que me gusta Rusell Crowe). Seguir manteniendo esa posición de que el causante de estos problemas y la separación era el estrés de la selva y tu ceguera incipiente que no te dejaba ver, es ignorar la verdadera causa e ignorar todo lo que sufrí este tiempo.

Separarme de vos y de todo lo que estábamos haciendo juntos, fue muy difícil, pero lo que aprendí y viví con vos, siempre va a estar conmigo. Por eso, a pesar de todo lo que pasó, siempre voy a estar agradecida por abrirme tus puertas y por el viaje que emprendimos sin saber cómo iba a terminar.

Te deseo lo mejor con mucha fuerza.

Elortis estaba casi tan devastado como su hijo. Martín no pudo procesar como la carta lo había llevado, con esa narración tan fría, a hacerlo sentir la peor persona del mundo, un nefasto, un violento por naturaleza que había intentado tomarla del cuello mientras ella, contaba Martín, le gritaba que él no sabía cómo plantar una batata en la plantación que habían improvisado con el viejo Fernando o una de los naranjos que él creaba.

Era la misma manera que tenía de tratarlo Baldomero a él, agregó Elortis. Igualito.

Para Martín, que confesó que seguía amando a esta chica hasta que llegó la carta, porque añoraba el verde que se iba volviendo oscuro ante sus ojos, los loros amazónicos y todo lo demás colorido que había visto y cada vez menos veía, y que ya iba a terapia, la carta lo había afectado muchísimo.

Mucho tiempo después me enteré que Martín, que nunca había sido violento en su vida, según refrendaba su padre en las últimas conversaciones, terminaría suicidándose colgándose de un árbol, oscuro, opaco, helado, en San Martín de los Andes. En las declaraciones a los medios, Elortis admitió que su hijo le pedía la eutanasia desde Neuquén. Que él había tenido que explicarle que en este país no existía y que recién se estaba empezando a tratar el tema. No estamos en Holanda, Martín. Y que no podía contrariar la decisión de su hijo de no poder sobrellevar la ceguera más el contexto o entorno duro que había tenido. Lo sentía mucho por la madre de su hijo, Miranda, declaraba, que todavía no caía en lo que había ocurrido.

La carta la había enviado su compañera de la selva, recalcó Elortis en la charla en que me copió lo que le copiaba desesperadamente su hijo. No era una persona cualquiera para Martín. Después de todo, él era psicólogo, y le parecía que el e-mail que, por lo menos, era raro. Y había sido enviado por Bonita desde Nueva York.

Ese día, aunque nunca hubiera previsto el final de Martín, fui yo la que humedeció la almohada, pensando en mi amigo y en su lastimado hijo. Y en la mitad de la noche, mientras mi madre dormía, me deslicé descalza por el parquet del living, con una remera y un short, para salir al pasillo de mi edificio y recorrerlo hasta el ascensor.

Iba a ir a buscar a ese hombre porque estaba segura que podía ser capaz de evitar algo inmitente. Incluso bajé así en el ascensor, dispuesta a preguntarle la dirección exacta cuando alcanzara la calle, pero algo me detuvo.

En la mitad de mi caminata, noté que estaba casi desnuda, que el short era mi ropa interior y no short, que la remera era transparente y se me notaba todo. Me vi en el espejo grande del hall del edificio. De cuerpo entero, alta, morocha y flaca como era. Mi cuerpo. Mi cara.

Inmediatamente, giré y corrí hacia arriba por las escaleras para aminorar la velocidad y sigilosamente volver a mi cuarto mientras un viento repentino abría las hojas de una de las ventanas. Y ahí volví a correr hasta encerrarme en mi cuarto. Donde me ovillé al lado de la puerta. Luego, me tranquilicé y pude arrastrarme a la cama.

Cuando quité las sábanas, salió volando una damisela, o caballito del diablo, azulado, iridiscente. Seguramente el viento y la tormenta que se acercaba lo habían perdido en la oscuridad. Me tapé la cara con la sábana ligera, mientras, sudada, lo veía alejarse, a través de la tela, desenfocado y brillante como si fuera una luciérnaga, volando hacia el cielo raso. Al otro día, no pude encontrarlo.

Pero esa noche soñé que el insecto era mucho más grande, con el cuerpo esponjoso y de color púrpura, y que volaba desde la ciudad hasta el bosque de árboles y que el resplandor que generaba entre las cortezas y las hojas hacía que, por vez primera, algunos de los árboles transparentes, incluso los más lejanos, se descubrieran, se comunicaran, a través de una intuición y un alfabeto que nadie más podía entender.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 5.

5.

Y un día me salió hablando otra vez de la enanita. Estaba terminando las notas para Jorguito que ya tenía que mandar a imprimir para el inminente bautismo y se le ocurrió agregarle una de las historias que ella le contaba, para que el chico se divirtiera un poco cuando a los dieciocho años abriera ese librito; si es que no lo tiraba a la basura antes.

Cerca del barrio de la enanita había un loco que perseguía a la gente incansablemente. Te veía venir caminando, cruzaba de vereda y se ponía detrás, casi  a un paso, y te seguía hasta que te metías en algún lugar o tomabas el tranvía. La enanita había sufrido en carne propia este suplicio. Apareció el loco y la persiguió tres cuadras. Al otro día la acompañó el hermano, pero el loco debía estar ocupado persiguiendo a otro; no hacía más que eso, pero no se sabía cuándo podía volverse loco del todo. Por suerte, un día cayó en la casa de la enanita el amigo de su hermano que se disfrazaba del actor Sandrini para animar fiestas (Elortis me explicó que ese actor cómico en aquel tiempo era famoso por un personaje que inventó en la radio llamado Felipe, caracterizado en varias películas con un sombrero, corbata rayada y bastón) y le pasó la fórmula mágica para confundir al loco. La enanita tomaba el tranvía sin problemas hasta que un día volvió a cruzarse el loco de vereda para ponerse detrás, y empezar con su locura. Dejó que la siguiera esa cuadra, como para que los que miraban aprendieran, y cuando estaba llegando a la esquina se paró en seco. El loco se detuvo al instante y se cruzó para seguir a una chica que venía caminando por la vereda de enfrente.

Elortis borró la historia después de escribirla; tenía miedo que Jorguito lo tomara de tarado cuando la leyera. Pero al final la volvió a agregar, no sabía qué decirle al hijo de su amigo a los dieciocho años, sus familiares —salvo el abuelo que tocaba el acordeón— le habían dado consejos relacionados con las mujeres, el trabajo y los amigos; él le regalaba, además de la transcripción y resumen de lo que decían sus familiares en el video, esta historia que le había contado la enanita para divertirlo un rato.

Ya tenía todo listo para el bautismo. Estaba conforme con la edición del video y se la mostró a Diego para que opinara. Mandó a imprimir los ciento veinte libritos, más la edición especial, que constaba del texto más el DVD para Jorguito, y que proyectarían durante la fiesta.

El bautismo fue en una iglesia de La Plata. La noche anterior Elortis se quedó en la computadora hasta tarde, según él escribiendo, aunque para mí que esperaba que yo le hablara, y cuando logró encontrar la calle ya todos se dirigían al salón infantil donde los esperaban mesas con saladitos y dulces. Por suerte, sus amigos tuvieron la delicadeza de no invitar a Miranda. Elortis no quería sentarse con desconocidos y se alegró cuando lo invitaron a la mesa de la familia. A causa del librito había muchos que lo conocían y lo felicitaban de antemano por el trabajo que había hecho. Richard había formado otro grupo de amigos en La Plata, y se sacaba fotos con ellos mientras las mujeres se quedaban con los nenes jugando. ¿Qué otra cosa podían hacer?, decía Elortis; ellas tenían esa excusa para no ponerse a hablar triviliadades con personas desconocidas.

Había un fotógrafo y un camarógrafo en un costado, aburridos porque no estaban disparando ni grabando. El camarógrafo enfundado en una campera de cuero ochentosa y el fotógrafo con una camisa arremangada, miraban hacia lugares opuestos, con sus instrumentos de trabajo colgando. Elortis se sentía incómodo pero contento, aunque notaba que le faltaba algo. Se acordó que hacía poco había ido al velorio del padre de Richard, el que lo llamaba por su nombre de manera particular. El nietito estaba en los brazos de una de las tías, que le hacía morisquetas, pero parecía serio. No era de esos bebés que se ríen de cualquier cosa, sus ojos vagaban a la deriva como esperando que la gracia lo encontrara. Era un bebé enorme, rollizo y tenía los mismos ojos redondos del abuelo, la misma cabezota con cachetes rellenos. No era un bebé expresivo.

Elortis agarró un sandwich de miga de jamón y queso, y cuando levantó la cabeza vio, por un segundo, que el bebé le estaba guiñando el ojo. Pensó en contárselo a la hermana de la madre que estaba al lado; ¿cómo un bebé tan apático de repente se le daba por hacer ese gesto? ¿lo había visto? Otra vez Elortis me dijo que, como decía la canción de Luca Prodan, mejor no hablar de ciertas cosas. El abuelo de Jorguito reposaba bajo una capa de pasto sintético en un cementerio de los escenográficos, con árboles de todo tipo repletos de pájaros; él mismo había visto en el entierro algunas cotorras volar de una copa a otra. El guiño, eso sí, lo hizo pensar en que hay un momento donde de muy chicos recibimos una conciencia ajena que no sabemos de dónde viene. Pero él no creía en cosas raras…

En realidad, no sabía qué significaba ese guiño de ojos, debía ser una casualidad, pero lo ayudó a mantenerse contento en la fiestita. Después pasaron el video que había grabado con su cámara. La madre de su amigo lloró al principio, cuando vio a su esposo, pero después todos se descostillaron de la risa con el baile griego y el acordeón del bisabuelo italiano de Jorguito. Richard les aclaró a los invitados que no sabían que el video lo había realizado Elortis, y todos lo aplaudieron. Algunos se levantaron a darle la mano. Al rato, deslizaron hasta el centro del salón a un mono gigante que estaba colgado del techo: la piñata. Los chicos se mataban por agarrar los caramelos blandos que cayeron de la panza del mono. Una nena agachada se puso a llorar porque no podía agarrar todos los caramelos juntos y parecía que no le gustaba que se los alcanzaran tampoco. Elortis dio una vuelta por el lugar y encontró a dos invitados que estaban sentados en las mesitas de afuera conversando con expresión seria. Trató de imaginar que hablaban de proveedores de automóviles pero estaba seguro que era una conversación sobre mujeres. Ahora, influenciado por el descubrimiento de Miranda, todos los hombres para él ocultaban relaciones sórdidas que comentaban con sus amigos más cercanos. Seguramente era un invento suyo, se desdijo, en esta época no es necesario esconder las cosas, este tipo de secretos son muy perjudiciales. Sí, Elortis, ya lo sé, no me quedaba otra que responder.

Por calcular mal, él no se pudo quedar con ningún souvenir. Pero se quedó mirando con alegría cómo la gente pasaba las hojas, entre desconfiada y extrañada, de los libritos que se llevaban. La tarde de esta conversación pensé en decirle si quería pasar a saludarme, porque a la noche iría con mis amigas a ese bar del subsuelo. No quería ver a Elortis sola, me daba terror no saber qué decirle, o que fuera una persona diferente a la que imaginaba, y caer en sus redes de una vez y para siempre y después qué. Mis padres no lo aceptarían; ¿cómo iba a salir con un tipo que me doblaba en edad? Al final, le di a entender que saldría a un bar cercano; él sabía dónde encontrarme si quería. Pero no apareció aquella noche. Me pareció que cada vez salía menos de su departamento.

Cuando le pedía que me contara qué estaba haciendo, daba rodeos y me decía que estaba ordenando su estudio, hirviendo el agua para sus infusiones, o comiendo chocolate negro; también me decía que estaba con sus proyectos, entre comillas, como si estuviera más que nada organizando su vida, o pensando por dónde podía volver a entrar a la mentira a la que la mayoría se amoldaba sin problemas, según sus propias palabras. Sabatini se estaba encargando de supervisar el guion de Los árboles transparentes y le mandaba cada tanto por e-mail lo que el guionista escribía. Tanto Diego como Elortis repudiaron la primera versión del guion, pero no se animó a decirle a Sabatini que no le gustaba; después de todo era una película comercial y quería que el bailantero recuperara la inversión, y que ellos pudieran llevarse lo suyo. Sin embargo, Los árboles transparentes nunca se filmaría; el bailantero aparecería muerto tiempo después de esta conversación con Elortis, y los peritos dictaminarían que se había suicidado. La esposa y los amigos no estaban convencidos.

Al Certoni era una persona alegre y no tenía motivos para quitarse la vida. Me enteré por el diario que mi mamá compraba los domingos porque para esa época ya casi no hablaba con Elortis. Casualmente en el mismo diario, pero en otra sección, mi amigo comenzaba a publicar una novela en entregas, el desarrollo de unas entrevistas a personas que habían trabajado en puestos claves en empresas y gobiernos, que se dedicaban a proteger secretos importantes. La nota sobre una mujer encargada de la seguridad de los secretos industriales de una importante empresa, en cuyas manos estaba la confección de los contratos de confidencialidad con los trabajadores, empezaba con un epígrafe de John Stuart Mill: If a person is charged with a murder, it rests with those who accuse him to give proof of his guilt, not with himself to prove his innocence. Elortis investigaba qué motivos llevaban a las personas a tomar este tipo de trabajos, y el relato, según la mayoría de los críticos, era impecable; el escritor le daba al tema el tratamiento y la forma que merecía. En cuanto a la muerte de Al Certoni, todo era sospechoso, la nota de despedida estaba escrita a máquina y encontraron varios pagares en los estantes superiores de un ropero de su casa expedidos por un hombre que tenía un puesto clave en la policía de la provincia de Buenos Aires,  pero no pudieron probar nada y la caratula del caso quedó rotulada como suicidio.

Pero en la época que todavía conversábamos con Elortis, Sabatini no sólo supervisaba el guión de la película del libro; también trabajaba con la cleptómana en la continuación de Los árboles transparentes. Elortis, que lo único que hacía era anotar cosas en su cuaderno, me decía que a veces prendía el micrófono que usaban para grabar los libros audibles con Sabatini, agarraba algún volumen de la biblioteca y se ponía a leer en voz baja, pero igual lo grababa en el disco rígido de su computadora. Cada tanto lo visitaba Sofía, y cuando permitía que se quedara toda la noche, él esperaba que ella se durmiera para cerrar la puerta con llave y esconderla. Temía que la bailarina se escapara con algunas de sus pertenencias o le abriera a algún amigo que le vaciaría el departamento.

Su hijo Martín se había vuelto a ir de viaje, esta vez a recorrer el sur del país con un amigo, hacía rato que no escribía, ahora estaba en una cabaña a orillas de un lago. Terminó de darse cuenta que no le gustaba lo que había estudiado y esta vez sintió la necesidad de retirarse a pensar cuál era su verdadera vocación.

Elortis me aclaró que lo entendía, había demasiadas profesiones ficticias hoy en día, cada día inventaban una nueva, hasta querían poner una carrera de organizador de vidas virtuales (como un filtro humano dedicado a organizar y filtrar la información que una persona recibía y enviaba en Internet). Le parecía bien que su hijo pensara a qué le gustaría dedicarse. Por suerte, su abuela se hacía cargo de los gastos del viaje.

Elortis no se sentía culpable, al lado de la plata que llevaba gastada la vieja en operaciones y viajes propios, el costo de ese regalo para su nieto era insignificante. Él también estaba encerrado como su hijo. La diferencia era que él solamente tenía esos árboles, lindos para la ciudad, pero infestados de ratas y pájaros pulgosos. En cambio, Martín cuando se cansaba de mirar el fuego podía salir a pisar las hojas secas del bosque silencioso. Elortis no aguantaba el zumbido de tonalidad grave del aire acondicionado que tenía frente a su balcón.

No sabía a qué se dedicaban en esas instalaciones que le oscurecían el contrafrente; veía la pecera con un pececito rechoncho naranja y unas plantas verdes sumergidas deshilachadas, y también a una persona con rasgos orientales, que a veces se paseaba sin hacer nada por la habitación. ¿Sería la gerencia de la farmacia de la vuelta? ¿o un laboratorio? ¿para qué necesitaban mantener el frío constante día y noche? Los oídos de Elortis imitaban el zumbido.

Aunque casi nunca salía, cuando iba a hacer las compras o a buscar algún libro a la librería de saldos de la vuelta, le costaba entender lo que el vendedor le decía —casi siempre le preguntaba si quería una bolsita. A Elortis le daba lo mismo llevar los libros con bolsita o no, aunque a veces usaba las bolsitas para un tachito que tenía arriba de la mesada de la cocina donde tiraba la basura chica y los deshechos del té verde —las hojas de té verde, secas y fruncidas, que se inflaban y rejuvenecían con el agua caliente— y desde que Sofía lo retó, trataba de poner una también en el otro tachito, el del baño.

Una tarde se le metió en la cabeza agarrar el auto y salir a la ruta para caerle de sorpresa a Martín, pero no tenía experiencia en este tipo de viajes largos —en su caso era un milagro que se animara a manejar— y además él era un hombre grande ya, aunque parezca un pibe, jaja, y no aguantaría esa soledad compartida con los dos chicos, cada tanto necesitaba una Sofía que le acariciara la espalda a la noche. Aparentemente ella le hacía masajes en la espalda, en los dedos de la mano y en la cabeza, y él se iba quedando dormido mientras suspiraba (aunque al rato se despertaba otra vez para asegurarse que ella también estuviera dormida, según me había dicho unos días atrás)

Esto lo repetía, seguro para recordarme de aquella vez que hablamos en broma de dormir juntos (Vivíamos a menos de diez cuadras el uno del otro, y después del tiempo que nos conocíamos para su edad lo natural era que ya me hubiera metido en su casa hacía rato)

Sofía estaba resentida con él porque no la tomaba en serio como pareja. La bailarina no volvió a aparecer después de la noche en que le contó los detalles de cómo había terminado su relación con Miranda. No le habrá gustado la idea de Elortis abriendo e-mails ajenos, aunque él decía que su misma ex novia le había revelado cómo entrar a su cuenta; en fin, las cosas que son difíciles de explicar no convencían, Elortis.

Él no la volvió a llamar, quería aprovechar la soledad para pensar y en lo posible encontrar una relación que significara algo distinto y nuevo, y me ponía puntos suspensivos como si una de las posibilidades fuera que esa relación dependiera de mí, que yo fuera la parte que faltaba, aunque no se atrevía a decirlo directamente, contaba conmigo para arrancar otra vez desde cero, una chica joven, con el entusiasmo a salvo, no tan influenciada por la sociedad todavía, a la que se podía amoldar a gusto; yo me había dado cuenta.

Además  desde el principio le gustaba que le diera mi opinión sobre sus asuntos, se reía con mis contestaciones. Y no era sólo mi carácter el que le gustaba; no guardaba las conversaciones que teníamos pero sí las fotos que yo le había pasado en nuestras primeras conversaciones. Una con mi ex en el cumpleaños de papá, otra abrazada con las compañeras de secundario, hay una que estoy haciendo una coreografía en el colegio que también le pasé ahora que me acuerdo, y otra que estaba apoyada en la puerta de una casa en la costa, en bikini, con el pelo atado. En la primera de todas que le pasé, mi amiga y yo estamos inflando los cachetes. Por supuesto que su preferida era la de la costa en bikini (le gustaban mi altura y mis piernas). También le había gustado el primer plano de mi mano con las uñas pintadas de rojo y mis dedos largos y finos separados. Yo quería saber si también tenía dedos finos como yo y según él, que no me mandó fotos —sólo veía las que iba poniendo en su perfil— sus dedos eran delicados y su madre, que tocaba el piano, se los envidiaba.

Aparentemente el e-mail que usaba conmigo al principio ni siquiera era el oficial, una vez que se desengañó del todo de Miranda lo adoptaría definitivamente; me di cuenta porque después lo agregó en el perfil de la red social que usaba (cuando empezó a escribir en el diario desapareció su perfil de la red social).

Se ve que de alguna forma se animó a volver a salir a la calle, y hacer algo que lo hiciera sentir útil, aunque él sólo quería dedicarse a escribir libros o a lo sumo a leer los que le gustaban en voz alta para su disco rígido. Pero las anotaciones que tenía lo habrán llevado a algún lado, imagino que un día se levantó con las energías que le faltaban y aspiró un aire distinto, renovado, que le permitió armarse una nueva estrategia de sobrevivencia.

No pudo saber si su padre era o no lo que decían que era, y como estaba muerto no valía de mucho saberlo, me dijo una vez; si tuviera el poder de ese niño encantado de los evangelios apócrifos que cuando lo habían acusado de matar a un chico, fue y lo revivió para que dejara en claro su inocencia, eso sí hubiera servido de algo, pero como no era el caso, descubrir que su padre era algo que él no quería que fuera nunca, no le convenía.

Pero la duda lo trabajaba, era como una línea que dividía en dos su campo para un juego donde él tenía que desdoblarse para enfrentarse a sí mismo porque no había nadie más con quien jugar.

Eso era la vida, agregaba; menos mal que podía contarme algunas cosas a mí.

Así es, Elortis.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 4.

 

4.

Ahora pienso; ¿qué persona adulta actual, ocupada, con actividades sociales, deportivas y culturales programadas, los días sellados a fuego contra la soledad, perdería tiempo en una amistad virtual con un tipo como Elortis? Yo en aquel tiempo estaba sola, sola como cuando decidí en estas vacaciones revisar los archivos para darle forma a esta especie de pregunta sobre Elortis.

La ciudad está casi vacía, ayer fui a tomar mate con una amiga a la placita que está en Cabrera; hoy, con el sol, agarré Callao hasta Quintana y me fui caminando hasta Plaza Francia, escuchando música, mascando un chicle por los nervios. En Recoleta vive la chica a la que le compro los cosméticos, pero es domingo y no podía pasar a buscar la crema que le encargué. En una esquina me crucé con una viejita en silla de ruedas empujada por una sirvienta negra. Tenía ganas de cruzarme con una persona en especial, tal vez por eso salí a caminar.

Mis amigas me dicen que vaya al psicólogo. Piensan que tiene que ver con la historia de mi padre. Pero últimamente tengo la cabeza puesto en esto que estoy escribiendo. Hay un chico, Hernán, con el que estoy saliendo. Me pasa a buscar en auto por mi casa y vamos a cenar. Siempre llega un poco tarde, y los fines de semana la pasa con sus amigos o visita a su madre. Para mí, mucho mejor. A mamá le cayó bien porque su padre trabaja en el Gobierno de la Ciudad. Hernán ahora se fue a recorrer el sudeste asiático y Nueva Zelanda con los amigos. Me escribe mensajes diariamente. Subió fotos de koalas, qué ternura, y de bicicletas de todo tipo, más que nada esas con techito. En otra, Hernán está en un barco de madera frente a un islote en la Ciudad Prohibida —Purple Forbidden City, puso él en las descripción de la foto.

También estuvo en Vietnam (donde vi algo que no me gustó ni medio; lo vi nadando con los amigos y un grupo de chicas, entre ellas una rubia que aparece abrazándolo en otra foto) y Camboya (paseando por una feria y frente a unos minaretes que se reflejaban en un laguito oscuro; en otra foto dice que es el templo de Angkar). También vi templos abiertos entre los árboles gigantes y hasta una estatua de cara sonriente ubicada en los huecos de una raíz enorme. Aparentemente, las raíces y los árboles dominan todo en Camboya, se derraman por todos lados.

Siempre en ojotas —yo no sé cómo hace para  recorrer tanto en ojotas— y en cuero. Le gusta mostrar los músculos. En Tailandia aparece otra vez con la rubia compartiendo nada menos que la montura de un elefante. Aparece solo delante de templos budistas dorados, y en una canoa mirando otra canoa, repleta de verduras, frutas y hortalizas. En otra mira, sonriente, como un monje abraza a un tigre encadenado. Impresionante, el agua turquesa del viaje a Ko Phi Phi.  Las últimas fotos que subió fueron las del Templo de los Monos, un lugar que sería la delicia del padre de Elortis, supongo. Ahora él y su grupo están en camino a Nueva Zelanda. A la vuelta tiene que preparar unos finales.

Augustiniano, está de novio con una amiga que conoció en mi cumpleaños, aunque creo que sigue enganchado conmigo. El año pasado seguí yendo con los compañeros de trabajo a ese bar que está en un subsuelo, más yanqui que irlandés, que se llena de extranjeros. Ahí nos habíamos cruzado con Elortis por única vez. En los televisores juegan al rugby, pasan lucha libre, boxeo o fútbol americano. Llenan jarras de cerveza mala (leyenda urbana: corre el rumor que la alteran con algunas sustancias para mantener dispuesta a la clientela femenina).

Cuando yo recién empezaba a conocer ese bar, quise que Elortis captara el mensaje subliminal de mi subnickte espero donde nadie oye mi voz—, tal día Elortis, tal día en tal lugar voy a estar yo con mis amigas, ese lugar que te comenté en una conversación, que apenas se podía hablar por el volumen alto de la música, sentada en una mesita, con la jarra de cerveza en el medio Elortis, riendo medio tensa porque vos podés aparecer en cualquier momento, y no sé si voy a poder hablar. ¿Por dónde empezar? Si ya nos hablamos todo, o por lo menos vos te hablaste todo.

Sin embargo, ahí terminé conociendo a Hernán, que es compañero de comercio internacional del novio de Agos. Ahora, a veces tengo esa sensación a la que se refería Elortis de olvidarse algo, más que nada cuando llego del trabajo y ceno con mi mamá o estoy con Hernán, es como si tratara de cerrar una puerta pesada. Confío en que este libro me ayudará a cerrarla, aunque tengo que admitir que por ahora no hizo más que hacerla batiente. Por lo menos, airea mis pensamientos.

Soy una persona feliz, de eso no me caben dudas. Sin embargo, un día le advertí a Elortis, para agregar un poco de drama al asunto, que yo no pasaría de los cuarenta años, que me veía muriendo joven como Marylin (incluso usé un tiempo de foto de perfil a una de Marylin sonriendo —los labios separados, como dejando escapar el hálito vital que le enciende los ojos. Después de todo, me resfrío fácilmente y los huesos me duelen seguido, además de la operación que tuve; por suerte las cicatrices ya se fueron.

En una conversación, Elortis se acordaba que durante la primaria fue a un asalto —de una compañera que tenía un tero suelto en el fondo de la casa—, y al principio él tenía vergüenza y se mantenía distante, pero al rato estaba haciendo chistes y bailando, me dijo, pero justo empezaron a caer los grandes para buscar a los invitados, y la fiesta se terminó. La muerte debería ser así, conveníamos, en lo mejor de la fiesta te vienen a buscar. Juancito, vinieron a buscarte.

Un día Elortis se puso en el recuadro del mensajero una foto cortada a la mitad, se notaba que había suprimido a alguien más que lo abrazaba por la cintura o por lo menos una silueta bastante pegada a él, más que seguro Miranda. Estaba sonriendo. No aguanté más. Lo saludé: Elortis, qué te hacés con esa foto. Graciosa la foto, parecía canchero y ridículo a la vez, bronceado y con el pelo revuelto porque era en la playa. Retomamos la comunicación.

Venía de comprar un repuesto para la lapicera papermate que usaba para escribir. De paso, se había traído algunos tés nuevos para probar: té abu, una cucharadita de esas semillas en medio litro de agua y hervir quince minutos como reemplazante del café (pero no le gustó mucho el sabor, y el olor era medio nauseabundo como de chino transpirado, aunque nunca olió a un chino que lo perdonaran, o a salsa de soja recalentada) té blanco que sí le gusto, té banchá, concentrado y refrescante (el empleado, muy amanerado y amable, le explicó también que, a diferencia del té verde común, el banchá se deja tres años en la planta antes de cosechar), té de vainilla, miel y manzanilla para cuando tuviera ganas de algo más dulce, y té de jengibre de Singapur. Y ya que estaba se llevó una raíz de jengibre para condimentar, y echarle al mate. También se compró un paquetito con nueces, pistachos, almendras y pasas de uva que devoró al instante porque estaba nervioso.  Al empezar la semana, se le había ocurrido llamar a la misionera para ver si estaba sola e invitarla a salir. Ahora que no estaba con Miranda se sentía libre y fuerte para hacer este tipo de locuras. Estaba pensando mucho en los ojos verdes de la misionera (¡justo se me tenía que ocurrir hablarle!)

A pesar de los años, le reconoció la voz al instante. Estaba con amigas y le pidió disculpas por no poder hablar. Elortis escuchó que alguien se reía sarcásticamente del otro lado de la línea, y se le ocurrió que tal vez ella estaba con el estudiante de medicina y, al ver que la llamaba otro hombre, un desconocido, el tipo habría decidido dar un portazo de celos. Porque eso había escuchado: un portazo. Después ella dijo que se le había escapado el perrito caniche que tenía y cortó la comunicación. Elortis, que desde que había ido a Mar del Plata con Sabatini no probaba un cigarrillo, necesitó fumar súbitamente. No podía ser que hiciera esas locuras, y además se sintió despreciado por la mujer que le gustaba. Salió disparado hacia el ascensor, y mientras caminaba por el largo pasillo advirtió que se había olvidado la llave. La única que tenía una copia de sus llaves era Miranda y no pensaba llamarla.

La puerta del edificio estaba cerrada, así que se quedó sentando en el silloncito del hall; eran casi las doce y no aparecía nadie que le pudiera abrir. No había movimiento en el estacionamiento de enfrente. Al rato escuchó el ruido del ascensor. Le pareció que tardaba mil años en llegar a planta baja y otros mil en correrse la puerta metálica. ¿Y quién había salido del ascensor con aire para nada distraído? ¡El hombre de equipo deportivo! Esta vez sin la gorrita, era medio pelado, y lo miró de reojo mientras atravesaba el hall hacia la calle. No podía aprovechar la ocasión para salir. Ya en la vereda el tipo prendió un cigarrillo, y después retrocedió para apoyar la espalda en la pared del edificio y empezar a fumarlo tranquilamente, mientras miraba hacia el fin de la calle, como si esperara que apareciera un taxi o un colectivo. Para Elortis era demasiada casualidad que bajara casi al mismo tiempo que él. Se le fueron las ganas de fumar. El miedo le dio la solución: podría pasar a través del balcón de los vecinos, una pareja de viejitos amables.

Ya me había hablado de ellos una vez. Con el alquiler de la casa con piscina que tenían en Pilar pagaban el alquiler y los gastos de su departamento. El hijo, que venía cada tanto, se ocupaba del campo que había comprado donde criaba corderos que vendía en negro a mitad de precio. A los viejitos apenas le alcanzaba con la jubilación para darse algunos gustos. Compartían con Elortis el servicio de cable. Aunque usaban más la radio, que escuchaban por la mañana temprano y a la tarde, y cuando la empleada doméstica sin querer desplazaba el dial de su emisora preferida, el viejo iba a golpear la puerta de Elortis para pedirle que le sintonizara la frecuencia. Tenía un sillón mullido al lado de la radio donde Elortis se hundía para apretar los botones. A él, que dormía hasta tarde, lo deprimía escuchar desde su cama la cortina musical del noticiero.

El día que Miranda se había llevado algunas de sus pertenencias antes de la mudanza en sí, la de los muebles y electrodomésticos más pesados que eran de ella, Elortis estaba esperando en el hall de su edificio con una bolsa a sus pies —zapatos y ropa— mientras el hermano de su ex llevaba un televisor hasta el coche que había dejado a la vuelta. Justo bajó su vecina, la vieja, y le preguntó qué estaba haciendo ahí parado, como un fantasma. Respondió que se iba a separar, que su novia se estaba llevando algunas cosas. Elortis no quería explayarse mucho —el hermano de Miranda volvería en cualquier momento. La vieja le dijo que hacía muy bien, era joven, para qué perder el tiempo en una relación que no funcionaba —se ve que Miranda nunca le había caído bien— y, de paso, le aconsejó fervientemente que no se casara nunca —debía tener algunos problemas con el viejo. Mientras Elortis escuchaba a la vieja, la puerta del ascensor se abrió y salió una rubia alta, caminando con la mirada más alta todavía, que pasó por su lado sin verlo ni tampoco reconocerlo —estaba barbudo en aquel momento. La que salió del ascensor, que era apto para profesionales y por lo tanto tenía varias oficinas, no era otra que una de las más lindas de sus compañeras de secundario. La chica, ahora una mujer claro, se mantenía muy bien. Se acordó que era la que le gustaba. No entendí bien a qué apuntaba, pero me dijo que no sabía qué mecanismos de la realidad podían llevar a un encuentro de este tipo. Prefería callar al respecto, no podía revelar los detalles que, después rememorados, vaticinaban ese encuentro. Para colmo, en un momento difícil de su vida. Mejor no hacerse el vivo con estas cosas. No sé si volvió a cruzar a su compañera del secundario. Por lo menos, no habló más del tema. Pero dijo que ese inesperado encuentro le había hecho pensar que él era inocente al dejar a Miranda y, cuando finalmente se enteró que su ex novia seguía viendo al tío Oscar, que era algo así como el hombre de su vida, lo interpretó como un signo precioso.

El fin de semana volvería el hermano de Miranda para seguir mudando cosas, y después terminarían los tres en el primer piso del McDonald’s  de la calle Uruguay, entre tomos jurídicos de yeso que decoraban las paredes (no sabía qué era ese edificio antes, pero estaba a tono con la zona cercana de tribunales). Separarse era muy doloroso; no dejaba de besar la espalda de Miranda la última noche que durmieron uno al lado del otro, aunque no la quisiera (Mmm…, Elortis) habían crecido juntos.

En fin, sin llaves, Elortis golpeó la puerta de sus vecinos, los viejitos, y a los quince minutos notó que se prendía una luz del otro lado y que preguntaban con voz dispersa y ronca quién era. Explicó que se había quedado afuera mientras el viejo, con los pelos blancos pegados a la cabeza, aparecía tras la puerta. Parecía tener cien años más. La vieja era una presencia espectral; se asomaba desde el dormitorio, con una mueca de hastío porque la había despertado. Después, Elortis se encaramó cuidadosamente a la baranda del balcón, sin soltar el panel de acrílico que separaba los balcones, y empujando con su cabeza las ramas del árbol, logró pasar primero una pierna y después la otra. Los viejos querían saber si estaba seguro que había dejado la ventana abierta y si ya había podido entrar, pero Elortis no contestó; entre los helechos de su balcón había visto a un bulto peludo que, saltando desde las barandas a las que estaba prendido, al instante se deslizó y perdió, con movimientos rápidos y precisos, por las ramas del árbol.

O la emoción del peligro de pasarse de balcón a balcón le había hecho subir la presión y como consecuencia alterado la visión o la carita que lo miró un segundo era la del mono Albarracín. Si era el mono, había crecido; era una sombra angulosa, pero bastante grande, con dos pelotitas brillantes, inexpresivas, por ojos. Si no era el mono, Elortis no podía creer que una alimaña de ese tamaño viviera en el medio de la ciudad, escondida en esos árboles. Llegó a pensar que la sombra había salido de adentro de su pieza. Pero, a pesar de todo, no podía precisar si en realidad lo había visto. Encontró todo ordenado y en su lugar, salvo un lapicero derribado en su estudio; las lapiceras, los dos sacapuntas, y los lápices esparcidos en la alfombra. Podía haber sido el viento o Motor. Aunque el gato dormía profundamente sobre un almohadón.

Al otro día escuchó la voz de la misionera en el contestador. Llegó a atender y, aunque estaba asombrada de que se acordara de ella después de tantos años, acordaron en verse por la noche; se había comprado un celular nuevo, con muchas prestaciones y no sabía cómo conectarlo a la computadora. Elortis se acordó que a la misionera siempre se le rompía algo como excusa para que él fuera a su departamento. A la noche ella estaba tan linda como siempre, a pesar de los años que pasaron desde la última vez que la había visto, y Elortis de los nervios y la emoción no podía desentrañar cómo conectar el aparatito a la computadora; el sistema operativo no lo reconocía. La misionera quiso saber qué había pasado con Miranda, y Elortis no supo explicarse bien tampoco. Le brillaban los ojos y lo miraba fijo, como evaluándolo y seduciéndolo a la vez. Su mirada, como siempre, le tiraba de las entrañas.

En el sillón tenía un peluche, un osito que le había regalado el estudiante de medicina, que a esa altura sería médico recibido ya, aunque Elortis no quiso preguntar. Igualmente, ella le comentó con tristeza que habían vivido juntos en otro lugar y ahora se habían tomado un tiempo.

Mientras Elortis trataba de que la computadora reconociera el aparatito para pasarle unos Mp3, la mujer se sentó a su lado y buscó su boca como un animal que le levantaba la cabeza a otro. Los labios de la misionera —Elortis se vengaba de que yo nunca lo saludaba— eran esponjosos y dulces, y él cerró los ojos. Pero ella no quiso acostarse con Elortis después, tal vez porque mientras lo miraba tirada boca abajo en su sillón largo, él trataba en vano de que el celular se comunicara con la computadora. Habría pensado que era un inútil o que era un mal presagio que no pudiera solucionarle el problema. Antes, cuando engañaba a Miranda con ella, le llevaba chocolates, y los comían después de hacer el amor. Aunque a ella le gustaba tomar Coca Cola cuando terminaban. Pero volviendo a los chocolates, aquel día, siguiendo la costumbre, Elortis le había llevado un chocolatín —un Jack. Aunque a Elortis no le gustaban Los Simpsons, el chocolate venía con muñequitos sorpresas de esa serie animada, y cuando ella, que sí le gustaban, lo abrió, puso cara de mal gusto al descubrir a ese empresario flaquito y jorobado: Mr. Burns. Entre tantos Jacks de la pila, ¿por qué había elegido justo ése?; si era el que estaba abajo del primero.

También me tenía que contar que antes, cuando él engañaba a Miranda con ella, su amigo —palabras de Elortis— a veces no le funcionaba como debería. Ella le gustaba mucho y se ponía nervioso, o era porque estaba actuando mal, o había algo que entre ellos no congeniaba; o eran las tres posibilidades juntas. Después de separarse de Miranda, había estado con una chica con la que le pasó lo mismo, y ella, por suerte, le confesó que siempre que se acostaba con alguien, la primera vez tenía ese problema. Como las dos mujeres tenían complejos por tener senos pequeños, y le impedían a él el acceso libre a sus pectorales, Elortis relacionaba su súbita impotencia a este tipo femenino, que debía evitar de alguna forma, aunque eran las que más le gustaban… Lo que molestaba era el complejo, algo que él no entendía porque no se fijaba en el tamaño de los senos. En cambio, le llamaban la atención las piernas, las caderas y los traseros. Y en esto último la misionera era una modelo, decía.

Nunca se le había ocurrido tomar Viagra, pero antes de ir a ver a la misionera se informó y habló por celular con un tipo llamado Tomás, que le recomendó los masticables; al rato recibía, en manos de un motoquero, un sobre de papel madera herméticamente cerrado; Elortis lo pagó sin revisar el contenido mientras el portero fingía no interesarse en ese intercambio extraño de dinero y mercadería. Hacía mucho tiempo había hecho lo mismo con el software trucho, ahora ya se podían bajar los programas por Internet.  A mí no me sorprendió lo del Viagra, porque los chicos de la oficina jodían con eso todo el tiempo y algunos confesaron tomar cada tanto. Elortis me aclaró que con las demás mujeres nunca había tenido problemas, pero había que ser precavido; los cuerpos y las mentes eran cada vez más artificiales, y eso lo afectaba.

Antes de despedirlo con un beso, la misionera le dijo que no sabía si se volverían a ver, que tenía que hacer un viaje a sus pagos. Sus padres la iban a asistir durante la operación que se haría para arreglar una imperfección. Al principio dijo que eran unas venitas en las piernas, pero después le confesó que en realidad quería las lolas. Como decía, Elortis había notado que ella anulaba esa parte de su cuerpo (o no dejaba que le sacaran el corpiño, o no parecía sentir nada cuando la besaban ahí —¡Elortisss!—; no era el único caso decía mi amigo) Por suerte, yo no tengo mucho pero estoy conforme con lo mío.

Al final, cuando ella volvió de Misiones, Elortis me contaría que habían ido al cine y a la vuelta no lo invitó a pasar; se ve que había vuelto otra vez con el médico —efectivamente, ya se había recibido. Hacía tiempo que la misionera había decidido que él no era un buen partido; ¿para qué insistir? Ella quería al médico y esperaba por la eternidad que él se decidiera a formalizar con ella. Antes, cuando la conoció, le decía terrible cuando engañaba a Miranda con ella, pero lo amaba; terrible debe significar amor terreno, aclara Elortis. Ahora le dijo que era tierno y bueno, y lo mandó de vuelta a su casa. Así que las ignotas tetas que se había puesto la misionera estaban dedicadas al médico. A Elortis le dio bronca, aunque confesó que se desenamoró muy rápido de ella; en el fondo, no se entendían. Tal vez ella había aparecido en su vida sólo para alejarlo de Miranda. Aunque todavía le gustaba porque se parecía a la actriz de la película, y no era muy distinta de las castañas que él quería encontrar en estado salvaje. Se ve que Elortis sabía engañarse a sí mismo cuando no lo querían.

Decía que las operaciones estéticas se cruzaban en la historia de su vida para darle un aire más patético. Otro ejemplo; la única vez que los padres de Miranda visitaron el departamento donde se había mudado su hija para convivir con el novio fue el día que la madre tuvo que revisarse en una clínica cercana las tetas que se había puesto. Elortis no sabía qué decir, si hacer alguna broma o no. Su suegro parecía bastante contento. Era la influencia de las amigas del club, su suegra lo aceptaba; una se hacía una operación y las demás la seguían; la sociedad era muy demandante; más adelante se haría una lipo. A Elortis no le gustaban particularmente las mujeres tetonas, pero si tenerlas chicas o caídas era un problema para ellas, en fin. Con respecto a su suegra, siempre estaba bronceada y, a veces, lo atraía más que Miranda.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 3.

3.

A mí lo que me había dejado en claro todo esto, el descubrimiento de Elortis, que para él había sido facilitado por su propia ex novia desde que le había revelado lo de las contraseñas intercambiables, fue que yo estaba celosa de Miranda; por algo había seguido apegado, no era tan así como me decía a mí que no le gustaba y no la quería. Todo este tiempo él había estado buscando una razón para acercarse a ella con una pasión renovada. ¿Qué hubiera sido de mí si me hubiera jugado por él? ¿no sería ahora una Miranda con otro secreto que esconder? La culpa era de él, decía, por haber aceptado el inmoral juego del noviazgo. Empecé a no contestarle cuando me saludaba, a hacerme la linda, como él decía. Como no le gustaba insistir con las mujeres, tampoco me saludaba. Estábamos ahí, conectados, cada uno en su mundo, a veces hasta altas horas, y yo a veces le mandaba algunos mensajes subliminales en los subnicks, pedacitos de canciones con letras esperanzadoras, de reencuentro y vuelta a los orígenes.

Cuando por fin, después de varias semanas, retomamos la charla, fue porque me dieron ganas de contarle que finalmente había vuelto a aparecer mi ex, era verdad que se había peleado con la chica que salía y necesitaba hablar con una buena persona, según me dijo, para convencerme de que volviera a hablar con él. Elortis, que cuando lo conocí había llorado al saber que había quedado sola, se puso furioso. Dijo que no me convenía volver a tener contacto con alguien que se había alejado de mí antes, dar pasos atrás era un error grave cuyas consecuencias se descubrían sólo con el tiempo, las cosas terminaban por algo, y un largo etcétera de cuidados que quería que yo tuviera para no caer otra vez en las garras de Santi. Más que nada no le parecía bien, ahora que él había dejado de tener contacto con Miranda, que yo hablara en el mensajero con mi ex, creía que tenía que cortar cualquier lazo porque no existía la amistad entre el hombre y la mujer; ese cuento a él no se lo vendían más.

En fin, dejé de hablarle por otro tiempo, esta vez más largo. Cuando volvimos a hablarnos, Elortis me salió con otra de las historias de la enanita. Al sur otra vez, entonces, a la casucha en esa especie de conventillo donde él tomaba mates con la viejita encorvada.

Todo porque me aclaró que estaba dispuesto a convertirse en monje, quería alejarse de la sociedad para desintoxicarse de su influencia negativa.

Pensaba, como el escritor Maugham dijo, que las malas experiencias empeoran, envilecen a las personas al contrario de lo que se dice. Listo, Elortis, si vos lo decís por algo será. Dijo que iba a hacer la gran Pancho Sierra, que después de un traspié sentimental se retiró al campo a reflexionar sobre la vida y terminó siendo un sanador, un santo informal entre tantos otros santos informales. A Pancho Sierra se lo había presentado la enanita y el personaje le caía particularmente simpático.

Cerca del barrio de la enanita había una casa de dos plantas. Ahí vivía un médico y su familia. El médico había heredado de su padre alemán un Stradivarius auténtico, que guardaba en una vitrina del salón de esa casa, a la que sólo había entrado una amiga de la enanita porque salía con el hijo, un descarriado que jugaba en Independiente —en ese tiempo los futbolistas jugaban por amor al arte, así que este tipo era un mantenido. Uno de los hermanos era médico como el padre y el otro se había metido en la política, lo que en esa época, como en ésta —eso sí que no cambió—  quería decir que tenía conexiones mafiosas, así que siempre estaba bien ubicado por una serie de devolución de lealtades. Pero el futbolista embarazó a la amiga de la enanita, su percanta, a la que sólo hacía entrar a su casa cuando se iban todos, y no le quedaba otra que juntar plata para pagar un aborto. Tiempo atrás el abuelo del futbolista había muerto y en el testamento decía que el violín le correspondería al nieto que demostrara ser el mejor en lo suyo. Al médico todavía no lo convencía ninguno de sus hijos, como para cumplir el deseo de su padre. El que había seguido sus pasos en la medicina parecía ser el adecuado, era el mejor de la clase, aunque el político había hecho conocer el nombre de la familia y traía masitas, bombones, vinos y otras exquisiteces en la cenas familiares que lo hacían merecedor del violín; el futbolista quedaba último en la lista, se la pasaba en las esquinas con los amigos, le silbaba a las chicas cuando pasaban, y varias noches volvía borracho de las farras que tenía con los muchachos del club. Pero era el que más lo necesitaba para venderlo y pagar la operación, así que empezó a buscar el medio de hacerse con el violín.

La amiga de la enanita conocía a un tipo que vivía en una piecita arriba de una tintorería que decía ser espiritista. Lo fueron a ver y el hombre, un tipo de  una copiosa barba blanca que parecía más de utilería que real, decía la enanita porque ella también lo había visto varias veces caminar con la mirada ausente por las calles, le preguntó a la chica —porque el hijo del futbolista no quería saber nada con que lo vieran entrar ahí— cuál era el problema, y la chica le mostró la panza en crecimiento. El manosanta, que se llamaba Ponchilo Barracas, le preguntó a la amiga de la enanita si no le permitía realizar el procedimiento habitual. Le pidió que se pusiera de pie, y él se arrodilló e inclinó la cabeza hasta la altura del ombligo de la chica. Se quedó mirando fijo un rato sin parpadear. Había visto cuatro ojos, lo que significaba que iba a tener mellizos. La amiga de la enanita casi se desmaya, y pasó a contarle el plan para el que lo necesitaban.

El hijo del futbolista le diría a su padre que se había hecho amigo de un espiritista que podía comunicarse con los muertos y arreglaría una reunión en la que Ponchilo Barracas entraría en contacto con el alma de su abuelo para que dirimiera la cuestión del violín. Ponchilo cerró el trato al escuchar que le darían un porcentaje de la venta del preciado instrumento. El futbolista se las arregló para que toda la familia estuviera presente el día de la sesión de espiritismo, y ubicó un velador en el medio de la mesa grande del salón. Una vela iluminaba la cara de Ponchilo Barracas, que les contó a las demás siluetas oscuras cómo había empezado su camino espiritual.

Mientras caminaba por la avenida Mitre una tarde, se cruzó con un hombre de larga barba blanca y pelo largo que iba con la cabeza gacha. En aquel momento, no le dio mucha importancia al encuentro, aunque quedó impresionado por la altura y la palidez del hombre. Lo vio varias veces, siempre con la cabeza baja, concentrado en el piso. Volvió a cruzarlo, esta vez él iba acompañado de una dama, a la que se lo señaló para que conociera al extraño personaje que encontraba habitualmente en sus caminatas. Resultó que la chica no veía a ninguna persona en el lugar señalado, y en ese mismo momento el hombre de barba blanca levantó la mirada del piso y la clavó en Ponchilo. En cuanto lo perdieron de vista, la chica le pidió que le describiera al personaje que había visto. Cuando Ponchilo, que en ese momento se llamaba Ernesto, terminó la descripción, la chica ahogó un gritito con las manos, y le dijo que ese no era otro que el mismísimo Pancho Sierra.

La chica le aseguró que si lo veía era porque le quería transferir su misión. A partir de ese día, Ernesto dejó de ver a la chica, se recluyó en su piecita de arriba de la tintorería, donde mantuvo un fluido diálogo con diversos personajes y alimañas que se le presentaron, a lo san Atanasio y, poco a poco, empezó a ejercer su tarea de interpretar almas en tránsito, ya sean terrenales o etéreas. Al rato los tenía a todos agarrados de la manos, y cuando lo poseyó el abuelo del futbolista, fue para dejar en claro que el violín era propiedad del nieto que había aportado a que el club de sus amores creciera, el que hacía posible que les descargaran cada tanto carretillas de bosta en la cancha del club contrario. El violín fue entregado al futbolista esa misma noche y la enanita nunca supo con certeza si serían o no mellizos los que iba a tener su amiga en aquel momento, aunque dio la casualidad que muchos años después la chica cumplió la profecía de Ponchilo.

El espiritista intervenía en otra historia relacionada con la familia del alemán. Tiempo después del episodio del violín varias empleadas de la fábrica de fósforos donde trabajaba la enanita fueron atacadas con el mismo patrón de conducta  (mi amigo se preguntaba si ese trabajo insalubre no sería la causa de la parálisis de medio cuerpo de la enanita; ya Marx comparaba los horrores de la industria fosforera con la descripción de Dante del infierno). Además de aguantar el trabajo arduo controlado por un capataz español severo y el frío que calaba en los huesos en las instalaciones, empezó a correr el rumor entre las fosforeras de que a la salida del trabajo algunas chicas habían sido violentadas por una silueta negra, un homínido oscuro, que descendía de los árboles. El hombre, que llevaba la cabeza encapuchada, al principio se aprovechaba de ellas, pero después empezó a quitarles sus pertenencias y a robarles el insignificante pero valioso sueldo. Ahí fue que la historia empezó a difundirse.

Como los policías no lograban dar con el delincuente, y en la fábrica se decía que era una presencia sobrenatural, un sátiro que vivía en los árboles, algunas empleadas, entre las que estaban la enanita, juntaron unos pesos y se presentaron en la habitación de arriba de la tintorería para que Ponchilo Barracas pusiera fin al asunto de una vez por todas.

El espiritista esta vez pidió observar unos minutos a una de las chicas que había sido atacada por la fuerza de los árboles, como se refirió al maleante, aunque les aseguró a todas que era una persona común y corriente. Repitió la operación de mirar fijamente el ombligo de su cliente, pero esta vez subido a una mesa. Las chicas se reían de Ponchilo, agazapado como un animal sobre la mesita que usaba para atender a las personas y tomar mate. Después se paró en el medio de la habitación, cerró los ojos, y esta vez le pidió a la fosforera, que todavía tenía desabotonada la camisa y el ombligo al aire, que se acercara para soplarle en la cara. Luego garabateó unas palabras en un papel y les pidió a las chicas que lo entregaran en la comisaría cuanto antes.

Al anochecer dos policías veían salir de la casa de dos plantas a uno de los hijos del médico, el estudiante de medicina, y lo seguían de lejos. En cuanto lo vieron encarar una calle arbolada se detuvieron; mientras el estudiante aceleraba el paso, venía una chica alta y muy abrigada. En ese momento los policías se quedaron boquiabiertos, porque en un segundo de descuido perdieron al estudiante de vista y la calle apareció desierta, solamente la chica abrigada de paso torpe la atravesaba lentamente.

A mitad de cuadra la fuerza de los árboles cayó sobre la chica e intentó maniatarla. Cosa imposible porque en realidad la chica era un macizo policía disfrazado de fosforera que hizo volar al estudiante contra el tronco del árbol, donde le sacó la capucha frente a los dos policías de refuerzo. Luego corrió el rumor de que robaba los sueldos, que guardaba en una caja de cobre que no tocaba en la casa, para desviar las sospechas; quién podría pensar que el hijo del acaudalado médico necesitaba el dinero. El policía tenía experiencia en disfrazarse de mujer porque antes de ser policía lo hacía para los carnavales, hasta algunos decían que lo siguió haciendo, que era una especie de infiltrado en el corso. Era amigo de Carlitos, un travesti de la comparsa de Avellaneda, un tipo flaco y sin dientes que aparecería muerto tiempo después. En cuanto al hijo del médico, a la semana quedó libre; el hermano que se dedicaba a la política apretó con la ayuda de sus amigos mafiosos al comisario. Ponchilo no había tenido en cuenta las consecuencias de su intervención y tuvo que irse a vivir a Córdoba por un tiempo. Cuando volvió a su habitación de arriba de la tintorería tenía una barba que no parecía falsa para nada.

A mi amigo le hubiera gustado saber más de Ponchilo Barracas, pero la enanita sólo le había revelado esas dos historias. Menos mal, Elortis: ya me voy a dormir.

Augustiniano todavía no quería saber nada con Elortis, aunque yo notaba que en el fondo lo apreciaba; decía que Los árboles transparentes era un libro inclasificable. En la agencia de publicidad donde trabajaba no lo había comprado nadie y eso aumentaba su valor, no era un best-seller de esos que leía en los tiempos libres la diseñadora gráfica. Sin embargo, para él no era más que un abusador de chicas jóvenes, dispuesto a abalanzarse sobre mí en cuando pudiera. Que recordara que me había invitado a su departamento y que sólo se había rectificado en cuanto vio que yo no tomaba en serio su invitación. También creía que Elortis exageraba la historia de su padre para tener conversación.

En mi nuevo trabajo salíamos a comer puntualmente a las dos y media. A Elortis nunca lo veía conectado antes de las doce. Se ve que trasnochaba. Yo me seguía preguntando qué se quedaba haciendo por las noches, tal vez se había conseguido una reemplazante que le prestara atención. Por una charla anterior, supe que antes de conocerme había mantenido una amistad virtual con una metalera que le hizo conocer las variantes de la música que escuchaba, me las enumeró de memoria: heavy metal, trash metal, death metal, doom metal, black metal, folk metal, gothic metal, progressive metal, glam metal y hasta metal vikingo. Elortis escuchaba a volumen bajo estos pedacitos de canciones que la chica le mandaba por el mensajero, temiendo que sus vecinos pensaran que estaba poseído por el demonio. Por suerte, decía, el folk metal y el metal vikingo eran variantes bastantes alegres. También, la joven le hizo conocer algunas bandas argentinas que se dedicaban al metal; por ejemplo, la chacarera metal.

por Adrián Gastón Fares

 

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 2.

 2.

Se venía el invierno y empecé a notar que Elortis pasaba más tiempo conectado. Aunque la mayoría de las veces ni siquiera me saludaba, por sus palabras de reproche cuando después de ese intervalo volvimos a hablar me di cuenta que le hubiera gustado que yo iniciara la conversación. Tan grande y todavía no entendía a las mujeres. Aunque no lo hiciera notar, a mí me intrigaba lo que pudiera estar haciendo solo en su casa.

Según me constaba, veía poco y nada a Miranda, que había vuelto a rehacer la vida que llevaba antes con sus amigos de zona sur, con Sabatini se mantenía en contacto sólo por e-mail para saber si había novedades de la producción de la película de Los árboles transparentes; ahora tenía a la misionera en el mensajero, ella había aceptado su invitación para tenerla entre sus contactos, y había visto que andaba con un tipo alto que usaba una camisa rosada, por lo menos era el que la abrazaba en la fotito y hermano ella no tenía; éste debía ser el estudiante de medicina que con el tiempo había aflojado, tal vez se habían casado como correspondía según su edad —aunque Elortis le llevaba algunos años. A todo esto, había perdido el rastro de Diego, que se había encerrado a trabajar en la novela sobre Soult. Su único alumno decía que otra cosa no podía hacer; no salía con mujeres, apenas veía a sus amigos y asistía solamente a las clases indispensables de la universidad. A la bailarina Sofía la había dejado de ver por el tema del acto en el vacío. ¿Me lo había contado? Sí, sí, Elortis.

Yo empecé a distanciarme porque me había dado cuenta que hablar con él no era un juego inofensivo para mí. Aunque me mostraba fría, impasible, y esquiva con Elortis, era la persona que más me conocía en aquel tiempo; sabía, según cómo le contestaba, si estaba preocupada por alguna amiga que no me trataba como me hubiera gustado o pensando en algún chico, aunque hacía rato que pensaba en un hombre más que nada… Sabía que verlo sería mi perdición e intentaba, sin éxito, no imaginarme el encuentro. Además, había empezado a pensar otra vez en mi ex novio, un amigo en común me contó que parecía que se estaba separando de su actual novia. Sabía que lo había perdido, no por ser inflexible por el tema de la virginidad como le dije a Elortis, tampoco era una santa y con mi ex de alguna manera nos arreglábamos, sino porque me había encontrado en una actitud sospechosa con un amigo en el comedor de mi casa.

Este chico, que formaba parte del grupo de amigos que tenía en Rosario cuando iba con mi papá a visitar a unos amigos, se había aparecido súbitamente en mi casa cuando no estaba mi mamá. Dijo que había viajado para ver a sus abuelos, y aprovechaba para pasar a saludarme. Lo hice pasar, le di algo de tomar, y de repente me empezó a mirar raro y me encajó un beso en la boca. Al otro día, aunque no pasó más que eso, se lo conté a Santi, que pateó la pared de mi edificio, y corrió a tomarse el 152 para su casa. Aunque aquel día no pasó más que eso, yo había tenido algo con mi amigo rosarino cuando era más chica. Hacía tiempo que Santi estaba enfermo de celos por este chico. Empezaba a extrañar a mi ex, aunque mientras estaba conmigo ya debía andar con otra chica, porque enseguida volvió a ponerse de novio. Por eso preferí dejar de hablar tanto con Elortis; cuando me preguntaba le decía que estaba embarullada.

Pero mi amigo virtual una noche me invitó descaradamente a su casa. Veo que logró captar otra vez mi atención. Primero, me preguntó si era de las que desarmaba la cama al dormir, y yo le contesté que peor, que mis amigas decían que yo tiraba patadas por las noches, pero hacía eso nada más cuando estaba nerviosa, sino dormía como un angelito. En un arranque de sinceridad me confesó que le gustaría dormir conmigo, que esas palabras tenían una carga sexual que me asustaba y lo condenaba, pero que solamente quería tenerme a su lado un rato. Hasta me preguntó si solía tener los pies fríos. Su imaginación volaba y, de alguna manera, lo volví a a sentir cerca. Y en el estudio de abogacía, como había muy pocos llamados, yo me la pasaba escuchando canciones que me hacían pensar en él.

Uno de los fines de semana, otro de aquellos sábados que hablábamos hasta muy tarde, me puse a hacerle escuchar algunas de estas canciones, que tenía en mi computadora. Como sólo le pasaba los trozos de canciones a través de un plug-in del mensajero, se quejaba de que yo no hablaba. Reaccionaba con deferencia ante algunas, como si él tuviera una cultura musical mucho más amplia, se notaba que no significaban nada para él o que no las pasaban en los boliches que frecuentaba en sus salidas con Romualdo, pero con otras reaccionaba de otra forma; enseguida enviaba una serie de respuestas exaltadas. Se ve que esas canciones despertaban en él recuerdos todavía frescos. Más que nada reaccionaba así con las retro —como Gloria o la de Flashdance. Repetí la experiencia otra noche, y obtuve los mismos resultados. Elortis protestaba porque yo estaba monosílabica, apenas contestaba, nada más le pasaba los trocitos de canciones para que opinara. A veces me devolvía comentarios lindos sobre las canciones, como respondiendo al título que tenían las que podía adivinar cuáles eran —¡nada nos va a detener!, por ejemplo, con la canción de Mannequin o con Don´t Dream it´s Over; ¡sabemos que no van a ganar!—, ya que el plug-in no revelaba el nombre de las canciones enviadas. Yo le contestaba con el iconito que pestañaba, que tanto le gustaba.

Sabía que algunas chicas de mi edad, como una amiga de Agos, salían con tipos grandes, pero el miedo que tenía de conocer a Elortis y desilusionarme, y a la vez la seguridad de que más adelante, cuando estuviera algo más madura, podía intentar algo con él si quería, eran más fuertes. Mientras tanto, me estancaba en sus palabras, en sus largas contestaciones, revisando el registro de cada conversación, como ahora, y después me animaba a poner esos subnicks alusivos a lo nuestro pero totalmente refractarios a la idea de consumación de lo que podíamos llegar a tener en el momento, cosas como que el tiempo dirá o que el futuro es nuestro.

Justo por aquella época la profesora de Derecho Internacional de la facultad se asoció a un prestigioso estudio de abogacía y nos ofreció a mí, y a otras dos compañeras,  trabajar en ese lugar como pasantes. No lo pensé dos veces, y dejé el pequeño estudio donde más que nada pasaba la tarde mientras mi jefa salía a atender a los clientes, ver a su ex marido, y tal vez, quién sabe, a mi padre también. La psicóloga me dijo que puedo escribir todas estas cosas, que ya no es mi responsabilidad los mantener secretos de nadie. En este estudio sigo trabajando actualmente, hay días que salgo a las once de la noche.

Entre el gimnasio, yoga, los cursos de capacitación de los fines de semana, natación y reiki no me queda tiempo para nada. Mis amigas del colegio también están muy ocupadas con sus ocupaciones y sus novios. A veces salimos todos juntos a algún after hours con los chicos del estudio, o nos juntamos a ver series o a jugar a la Wii, después de las capacitaciones. A Augustiniano le va muy bien, lo veo muy cada tanto porque trabaja en una productora de publicidad, y por las noches enseña Historia del cine en una universidad.

Veo que cuando empecé con el nuevo trabajo, Elortis trataba de mejorar el video del bautismo del hijo de su amigo. Mientras lo editaban, Diego le había transmitido algunas nociones del programa de computación que dominaba. Igual no podía concentrarse, estaba muy triste porque el padre de Richard había muerto de un ataque al corazón días atrás. Era un viejo que no hablaba mucho pero que siempre estaba alegre, de buen ánimo, hasta que cayó en una depresión que empezó muchos años atrás cuando lo habían echado de la empresa de electrodomésticos en la que trabajó toda su vida. Por lo menos, lo tenía sonriendo en ese video que había grabado con tanta antelación al bautismo. Pero a Elortis le dolió la desaparición de ese viejo porque le gustaba la manera en que pronunciaba su nombre para preguntarle cómo iban sus cosas, era el único que le hacía recordar quién era con esa pronunciación marcada de su nombre para llamarle la atención y enseguida hacerle la misma pregunta de siempre, un cómo va todo, qué tal  Miranda, o cómo anda Motor. Por lo demás, era otro de los que pensaban que había cometido un error al separarse de Miranda y últimamente también le preguntaba por ella con aire socarrón en la mirada. Richard estaba devastado, pero al otro día del entierro tuvo que trabajar igual porque había mucha demanda de gaseosas. Elortis intentó escribir un digno texto elegíaco, que incluiría en el souvenir-librito del bautismo, pero no se le ocurría qué poner, las palabras no llegaban. Finalmente, le puso a Jorguito que ya entendería quién había sido su abuelo por las palabras de sus familiares, y que por lo menos podía escuchar a su abuelo diciendo su nombre en el video, eso le serviría para entender muchas cosas.

Un fin de semana cuando había ido a buscar otro cuaderno para escribir algunas notas que quería agregar sobre Baldomero (ahora usaba estos cuadernos también para recopilar frases que se le ocurrían para el librito del bautismo de Jorguito) encontró una de las cartas de Miranda. Era de la época que él vivía sólo, y ella iba a Económicas. Me la copió textualmente. Estaba haciendo tiempo, después de que le suspendieran una clase, para encontrarse con Elortis. Decía así:

Te voy a relatar lo que pienso ahora. No me estoy volviendo loca, solamente es para pasar el tiempo. Tiempo de mi vida que pierdo acá. Me aburro, ya no sé qué hacer. No tengo nada para estudiar. Se me acabó la batería del Iphone. Antes de venir a este Mac para tomarme este café horrible, estuve como una hora dando vueltas en Coto y después media hora en Farmacity. Encima compré cosas que no necesitaba (acá dice Elortis que hay unos mamarrachitos dibujados hasta terminar la línea de la hoja arrancada de un cuaderno anillado de los chiquitos).

Al lado mío se sentaron dos personas que en vez de sentarse lejos para hablar de lo que querían sin ser escuchados, hablan despacio para que no los escuche. No puedo estar acá sin hacer absolutamente nada. Por eso escribo. Igual ya conté todo lo que hice y no puedo escribir más.

 ¡Me aburro!! ¿Cuándo venís, bebé? Ya no aguanto más, estoy al límite del mal humor. No aguanto a estos tarados de al lado. Me dijiste cinco minutos y ya pasó como media hora.

Odio las personas que trabajan juntas y se toman un café para criticar a otros. Seguramente mañana en el trabajo saludan a esas personas re bien. ¡¡Qué falsos!! 

No sé qué más escribir para disimular que soy una tarada perdiendo el tiempo acá. No me animo a salir a la calle porque hay un montón de gente pidiendo y me da miedo que me quieran robar. Aparte de eso, hace mucho frío y me parece que me estoy por resfríar.

¡¡Me quiero ir!! Me gustaría que estos dos se callen y que todo el mundo se vaya. Me gustaría tirarme en un sillón, estar cómoda. No soporto este lugar lleno de gente que está con amigos y que me miran como si fuera un bicho. Me quiero ir, mi amor. Cuanta veces lo puedo escribir? Por favor, vení antes porque no sé qué más hacer. Por favor, bebé. Te imagino caminando hacia acá. Solamente quiero que falte poco porque no aguanto más la espera. Y Martincito ya debe estar llorando en lo de tu mamá.

Por favor, vení. (Y más abajo hay otro mamarrachito, según Elortis, que representa a él caminando, con la leyenda: negrito —como también lo llamaba— viniendo hacia acá. También había flores dibujadas, estrellas, arbolitos, unas especies de clave de sol con las puntas espiraladas hasta el infinito, ramas florecidas y una casa echando humo por la chimenea frente a una vía de tren)

Encontrar esta carta ablandó un poco la memoria de Elortis, que al principio temió seguir revolviendo los cajones de su casa, porque guardaban muchos más recuerdos de Miranda. Pero en su encierro voluntario, o no tanto porque decía que igual nadie lo llamaba, se le ocurrió ordenar todo. Miranda había aprovechado un fin de semana largo para irse cuatro días a la costa con sus amigos, era lo último que sabía de ella y se había llevado también a Martín y a su nueva amiga. Se alegraba que su hijo hubiera encontrado a esa chica después de la desilusión de la mochilera. Pero empezó a pensar que si era el grupo de amigos de tenis seguro que había ido con el tío Oscar y su esposa. Esta mujer debía ser muy distraída o poco celosa. A Martín le caía bien el tío Oscar porque lo llevaba a andar cada tanto en cuatriciclo cuando era chico. En su soledad, Elortis se imaginaba a una Miranda adolescente corriendo por las mañanas por la costa con el tío Oscar —que en su imaginación aparecía cada vez más viejo y todavía lampiño.

En esos días se acordaba mucho del mono Albarracín. ¿Por dónde andaría?, se preguntaba; ¿lo habrían atrapado los de las veterinaria de la vuelta? ¿y si el portero se lo había llevado a su Tucumán natal? Se sentía culpable del destino del mono. Cuando el estado de salud de su padre empeoró, discutió con Miranda, que no quería saber nada con tenerlo en su departamento, sobre el destino de Albarracín. El portero del edificio donde vivía su padre no aceptó quedárselo cuando los había llamado para pedirles que hicieran algo con el mono por los chillidos que daba desde que su padre estaba hospitalizado. Cuando finalmente Baldomero murió, y Miranda fue a buscar los papeles que requería la empresa funeraria al departamento, encontró al mono en silencio, con la mirada serena.

No les había quedado otra que llevárselo con ellos, y ubicaron la jaula en un hueco del living. Una vez que volvieron de cenar afuera, lo encontraron en el piso de la jaula con las manitos unidas y la mirada oscurecida. Recién cuando golpearon por tercera vez la jaula el mono salió del trance para abalanzarse ferozmente contra las rejas. La próxima vez que dejaron la casa sola en ese verano caluroso, encontraron la puertita abierta y la jaula vacía. La ventana estaba, como siempre, entreabierta. Las ramas de los árboles se movían por el viento, pero no había rastros de Albarracín, ni afuera, ni adentro, contaba Elortis. Su padre lo hubiera estrangulado con sus propias manos. El mono se le había escapado a él.

Ahora creía que era un sueño la duda de si Baldomero era o no un agente encubierto. La vida más allá de su departamento era algo nebuloso, donde pasaban sucesos inesperados que no podía controlar por culpa de las fuerzas corruptoras del mundo. Mejor era abrir los cajones, separar las cosas que había juntado durante todos estos años, guardar algunas y tirar las demás. Y ahí encontró más cartas de Miranda y varias fotos. Entre ellas, algunas de un viaje a Colonia con los futuros padres de Jorguito.

La típica; abrazados en la Calle de los Suspiros, una con el faro en el fondo, otra en la puerta de la muralla, una más frente a la Plaza de los Toros mostrando el mate que le compraron a un viejito, y otra más a orillas del río Uruguay. Parte de la playa había sido inundada y dividida por el río, y Miranda se había empecinado en seguir caminando hasta cruzar el vado. Llevaban mochilas y avanzaban con el agua hasta las rodillas. Elortis notó que podían quedar atrapados si el resto del trayecto era más profundo y crecía el río a sus espaldas. En el medio del vado discutió con Miranda frente a sus amigos y la convenció de volver sobre sus pasos hacia la playa seca y sucia. Ahí se sacaron otra foto sentados en la herrumbrada escalera que bajaba a la playa. Otra de las fotos, que nada tenía que ver con este viaje a Colonia, enterneció la memoria de Elortis. Le hizo pensar que podía reanudar la relación con su ex novia sin que fuera un error volver atrás. También había sido feliz con ella.

En otra que me pasó estaban en Temaiken, el bioparque, una tarde de invierno, mucho frío, con camperas y bufandas, habían peleado antes pero se habían amigado y cuando empezó a irse la luz le pidieron a un grupo de chicos que tomaran esa foto. Se veía el fogonazo del flash, que había rebotado contra el vidrio del habitáculo, y detrás de ellos, a la derecha, como ubicado idealmente en la composición, apenas se adivinaba la silueta difusa de un tigre de Bengala. Esa foto anochecida en el zoológico, lo atraía fuertemente por una razón desconocida. ¿La habrían tomado el día más corto del año?, se preguntaba Elortis.

Me di cuenta que había pensado seriamente en volver con Miranda, aunque sin que lo abandonara esa repulsión persistente hacia ella, esa manera de tratarla como a una extraña, ante la que sólo retrocedía para defenderla cuando los demás la criticaban. Elortis nunca hablaba mal de ella, solamente daba a entender que no podía amarla. Sin embargo, su mente se negaba a cortar el lazo que los unía. Había más fotos de viajes y paseos, y él las guardó todas entre las hojas de un cuaderno de tapa dura azul; el que usaba para las notas sobre Baldomero, los recuerdos y los mensajes para Jorguito era igual pero rojo.

Poco tiempo después aparece en el mensajero algo más temprano que de costumbre. La fotito de la ventanita había sido reemplazada por la de un árbol con una enredadera en el tronco. Le pregunté dónde era y no me dio precisiones, solamente dijo: la costa. Insistí: quería que me contara qué le había pasado. El día después de encontrar las fotos se había levantado con la firme convicción de que debía seguir buscando algo por su casa.

Revolvió los armarios, alacenas y cajones sin encontrar nada que le llamara la atención y después se dio cuenta que se estaba olvidando de un lugar con más posibilidades de búsqueda: la computadora. En los discos rígidos donde todavía estaban guardados los últimos trabajos prácticos de Miranda no encontró nada interesante. No había nada que lo ayudara a sacar conclusiones sobre lo que debía hacer con ella en el futuro. Entonces se acordó que su ex le había dicho una vez, para certificarle que no le ocultaba nada y podía estar tranquilo con respecto a su fidelidad, que con su amiga Paula intercambiaban contraseñas de e-mails con el nombre completo de sus parejas. O sea que la contraseña del correo de Paula sería el nombre completo de Elortis. La de Miranda debía ser el nombre completo de ese policía que echaba cada tanto a la insoportable y descerebrada Paula a la calle. Cuando pasaba eso, Paula llamaba al celular de Miranda, pero gordi esto, pero gordi lo otro; hasta una vez Miranda había tenido que irse a las corridas del centro al sur para tomarse un café con su amiga en un bar porque el novio la había dejado afuera de la casa. Al otro día se arreglaba con el tipo y poco tiempo después volvía a sonar el teléfono.

Bueno, pero como Elortis no sabía cuál era el nombre del policía, o no se acordaba, decidió probar suerte con la contraseña del e-mail de Paula; lo sabía porque estaba en su lista de correo y cada tanto esta mujer le mandaba documentos con proyecciones de fotos de la India, Egipto, hoteles en Dubai, flores exóticas, secretos del mar, y otros para juntar firmas contra un tipo que se dedicaba a colgar perros de un gancho en su tiempo libre. El hombre más odiado del mundo virtual, decía Elortis.  Ciertamente, la contraseña del e-mail de esta amiga de Miranda era el nombre y apellido de Elortis. Leyendo los mensajes, un nudo de bronca se le empezó a formar en el estómago y le subió por la garganta. Uno era el más esclarecedor. Cervantes se había tomado el trabajo de intercalar la antigua historia del curioso impertinente en el Quijote para algo. Sin embargo, él no había mandado a ningún amigo a encontrarse con la verdad, siempre la entrevistó inconscientemente y ahora la arrastraba al aire libre como si fuera una bolsa llena de cacharros viejos, entre los que había, sin dudas,  algo polvoso de valor. Miranda le comentaba a su amiga que, aunque seguía amando mucho a Elortis, al que no podía dejar, no se había encontrado a tomar algo con otro hombre que había conocido, porque no le gustaba el tono con el que se lo había propuesto. Eso estaba bien, claro que no le molestaba que conociera a otros hombres, hacía bastante que estaban separados y cada uno podía hacer su vida. Pero en la otra línea, Miranda respondía a la otra pregunta que le había hecho su amiga, tras recomendarle que dejara de ver a Elortis porque no le convenía como hombre. Ya sabía lo que ella pensaba de su ex novio, decía Paula. Le daba mucha bronca a mi amigo; por qué tenía que dar lástima, haciéndose la abandonada, la pobrecita, Miranda, y denigrarlo a él ante los demás como una persona fría y desagradable que se había negado a casarse con ella, como hubiera hecho cualquier buen hijo de vecino, después de tantos años de noviazgo y un hijo. Seguramente les contaba a sus amigos que su novio no era cariñoso, que no la agarraba de la mano cuando iban por la calle, que se reía de lo que ella miraba por televisión o se quedaba en la computadora cuando ella se metía en la cama. Cuando él era, en realidad dulce y atento. Nada más que tenía sus mañas…Y una de ellas era el tío Oscar. Después de decirle lo que pensaba de Elortis, Paula le recomendaba también, palabras textuales, que cortara las cosas con Oscarcito, y dejara de acostarse con su tío.

Elortis se acordó de la cantidad de veces que este hombre había llamado para interrumpirlo cuando él estaba con Miranda, durante la separación y antes también, incluso mientras hacían el amor; para hacerle alguna pregunta insignificante, ella explicaba, sobre trámites. No hacía mucho, un sábado que Miranda se quedó a dormir en lo de Elortis, el tío Oscar, que ya tenía cincuenta años largos, la llamó tres veces seguidas una misma mañana, su novia le respondía con risas, y entre llamada y llamada, le contó a él que la controlaba porque Oscar y el grupo de amigos de tenis no estaban de acuerdo en que se vieran si no tenían una relación formal; quería cuidarla nada más, que no perdiera el tiempo con una relación pasada.

Ahora Elortis se daba cuenta que Oscar la llamaba a su sobrina los sábados a la mañana para ver si estaba sola y así pasar sin contratiempos por su departamento para acostarse con ella. Era muy simple; y él que había comprado la historia de los celos y del tío cuida. Las veces que lo había visto a Oscar, no le sacaba los ojos del culo de cuanta mujer pasara. Era de esos tipos que le compran un skate a sus hijos y después lo usan más ellos para sacarse fotos que después suben a las redes sociales. Oscar le decía a su esposa que salía a entregar muebles los sábados por la mañana, el ancestral recorrido de los hombres para arreglar sus asuntos con los clientes que los esperaban, pero antes chequeaba si su sobrina estaba disponible.

Y ahora: ¿cuántas situaciones tenía que correr de lugar, volver a acomodar, darle vueltas y observarlas para sacarle lustre a la humillación de la que, con el consentimiento de todos, incluso los padres de Miranda y el grupo de amigos, y también Richard y su esposa —que algo tenían que sospechar—, lo habían hecho objeto? No quería caer en eso. Él siempre había sospechado la verdad. El instinto le había dicho que no podía amar a esa jovencita que era en su momento Miranda, por más que le gustara. Había algo falso en ella, fuera de lugar. Él podía notar fácilmente la trampa; que ella no pensaba bien; por ejemplo, una vez lo había amenazado con suicidarse si la dejaba tomando varias cajas de aspirinas… Desde el principio Elortis quiso desprenderse de Miranda, pero no lo había  hecho porque caía una y otra vez en el error de apiadarse de ella por considerar que no merecía el amor que —ella se lo demostraba diariamente— sentía por él. Otra vez Kierkegaard: no se podía juzgar a las mujeres porque primero se engañaban a sí mismas; qué bien decía Elortis; qué pensador. Primero vivía, para después escribir, y te hacía experimentar, sin revelarlo antes, lo que él había entrevisto en el paso por el mundo. Elortis sabía que también la comodidad había impedido que dejara a Miranda y la comodidad, como cualquier vicio, siempre tiene consecuencias imprevisibles.

El e-mail seguía, y Miranda lamentaba la decisión del tío Oscar de encargar a su esposa el manejo administrativo de la empresa de construcción de muebles, con la que su tío dejaría de pasar, para llevarle los papeles, por el estudio contable donde ella trabajaba. Se ve que Oscar había decidido frenar la relación con su sobrina, o por lo menos atenuarla, ahora que ella estaba soltera y le estaba más encima, para evitar que su familia y la de ella no tuvieran otra posibilidad más que descubrir esta relación sórdida.

¿Qué sacaba en limpio de todo esto?, le pregunté; ya le había recomendado que dejara definitivamente a su ex novia. La respuesta no llegó. En cambio, me respondió que él sabía, por lo que a Miranda le gustaba o no en la cama cuando empezaron a salir, las cosas que Oscar le había hecho cuando ella era todavía una nena…  —normales, pero algo molestas, especialmente para el pensamiento de un novio celoso.

En su adultez,  intentó desarticular este tipo de pensamiento retrógrado, pero terminó descubriendo que una vez que ciertas ilusiones inundan a un hombre en la primera juventud, no hay manera de arrancárselas. La cultura no hacía más que ahondar los caminos de la intuición inicial, con las mentes ilustres elegidas para acompañarnos y las frases subrayadas. Oscar se había interpuesto, sin quererlo tal vez, pero disfrutándolo seguro, en su camino, y también lo había modificado a él físicamente; si prefería algunas cosas a otras en la cama, era por culpa de este tipo.

Escuchar estas cosas eran demasiado para mí. No quise averiguar mucho más, aunque me pareció entender de lo que hablaba. No lo habían privado nada más de las rubias salvajes, también de tener una primera novia sin una historia tan densa y sórdida.

En el mismo instante del descubrimiento, Miranda, agraciada con los dones de la telepatía y la adivinación (cuando dormían juntos se levantaba y le decía que había soñado con los ojos de una mujer que lo miraban, y al día siguiente era fijo que él se cruzaba con esos ojos que lo hacían reconsiderar todo como los de la misionera), lo llamó para preguntarle por dónde andaba y si quería ir al cine, pero en realidad sabía que acababa de descubrir el secreto que ella le había ocultado tanto tiempo: nunca había dejado al tío Oscar.

Elortis le dijo que no podía perdonarla porque el problema era que le había mentido desde un principio; el tío Oscar era indispensable para ella. Y después de algunas explicaciones, le cortó. Me aclaró que no le perdonaría nunca que lo hubiera arrastrado al grupo de tenis de Oscar, al principio de la relación, sabiendo que había algo entre ellos. Y que lo hiciera ir a cenar tantas veces con él y su familia. Ella siempre hizo el papel de estar loca por Elortis, pero a él ahora le parecía que lo había usado para darle celos a Oscar, a ver si reaccionaba, y dejaba a su esposa. Elortis se acordaba de la vez que lo conoció en la cancha de tenis de Temperley, cuando Oscar le estrechó fuerte las manos. Ella quería, a toda costa, que lo conociera. Y él había sospechado que Miranda había quedado enganchada con su tío, pero le tomó más de treinta años descubrirlo. Entendió que nunca la quiso, siempre había sido para él una chica ingenua arrebatada por un tipo descerebrado. Aunque también pensaba que podía ser el entusiasmo de ella por la relación oscura con Oscar lo que había mantenido la suya, como si hubiera algo que, de manera morbosa, a él le gustara observar en su ex novia.

Es que cuando discutían, Miranda llegaba a llamar al tío Oscar para que opinara. Le pedía a su esposa que le pasara con él. Claro que discutían porque Elortis no quería entender que su novia había estado con su tío, un hombre mayor. Sabía que la revolución que quería llevar adelante él ya no tenía adeptos, nadie se asombraba por nada, pero cuando uno no estaba tranquilo por algo era, me decía Elortis (me acuerdo que durante esa conversación no me mandaba los mensajes enseguida, el mensajero contaba y descontaba los caracteres mientras reescribía sus frases, borrando y añadiendo). Ella lo llamaba a Oscar como una manera de hacerlo responsable de las peleas, de que se siguieran viendo. No era una sobrina llamando a su tío para que la fuera a rescatar de las garras del novio intolerante que tenía.

Entonces, ¿lo amaba su ex novia?, le pregunté. Claramente, me respondió imitando mi manera de hablar; pero eso no tenía nada que ver. Insistí: ¿por qué no la había dejado para irse con la misionera? ¿o antes, mejor, para recuperar algún amor primigenio como el de la secundaria que una vez me había contado? Para él su ex novia estaba loca y lo había arrastrado a su locura. Aunque es una locura bastante común, Elortis, agregué yo, las mujeres escondemos cosas; ya deberías saberlo. Y el me dijo que mejor era esconderlas bien o decirlas sin ningún problema. Ser transparente.

Esa noche volví a soñar con el bosque. El bosque de árboles translúcidos, brillantes y solitarios.

por Adrián Gastón Fares

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 1.

  1.

Por suerte yo, entre la carrera y el trabajo, en el que no hacía mucho la verdad, tenía textos o llamadas para estar ocupada, y enseguida olvidaba algunos detalles de las largas conversaciones con Elortis. Si no, mientras él me escribía sin parar, yo chusmeaba mi red social, o hablaba con mis amigas. También conversaba con Augustiniano y con otros amigos que íbamos conociendo en las salidas. Igual, Elortis lograba captar mi atención cuando decía que había escuchado por la calle o en algún negocio a la canción de Madonna o Ricky Martin que me gustaba, como diciendo que lo habían hecho pensar en mí —a ti que juegas a ganarme, cuando sabes bien que lo he perdido todo, era el subnick que yo usaba durante nuestras primeras conversaciones, creo, aunque ya no me acuerdo bien, que en referencia a mi ex; después usé mucho tiempo: te pido que me acompañes a cambiar de aire, pero bue… También me gustaba cuando hacía esos comentarios medio esotéricos y le prestaba mucha atención cuando hablaba de Baldomero porque me hacía acordar a los sentimientos encontrados que yo tenía hacia mi padre. Tengo que admitir que muchas veces me conectaba para hablar con él nada más o, mejor dicho, para que él hablara.

A veces se acordaba de Andrés, su trabajo de asistencia social. Ahora debía rondar los treinta, pero cuando lo conoció era un chico muy callado y reservado. Como Andrés no salía nunca de su casa y tampoco hacía amigos en el secundario, que recién había empezado, sus padres decidieron que necesitaba ayuda para salir adelante. En realidad, Baldomero le había conseguido el trabajo de asistente social de este chico porque hablaba con la madre cuando iba a comprar a la feria de la avenida Córdoba llegando a Callao. Andrés estaba enamorado de la hija del verdulero, pero cuando la chica se acercaba a hablar con su madre él no sacaba la vista del piso, y si decía algo tartamudeaba. Baldomero era buen observador, y le recomendó a la madre que le pusiera un tutor a su hijo, que se veía que era muy inteligente para su edad y tenía problemas de adaptación.

A Elortis le cayó del cielo este trabajo, aunque al principio lo odiaba porque a él le pasaba lo mismo que a Andrés; se sentía solo y apartado del mundo que lo rodeaba y tenía serios problemas para comunicarse con las mujeres en aquel entonces. Llevaba a Andrés a bares donde se sentaban a hablar de cine, música y libros. Aunque, en realidad, al principio rara vez hablaban. Elortis mostraba un libro que había conseguido en la librería de viejo a la que iba una vez por semana por lo menos, dejándolo sin ganas arriba de la mesa, y Andrés se limitaba a asentir con la cabeza, o a lo sumo a darlo vuelta y leer la contratapa. Elortis encontraba libros tan necesarios en ese momento, que llegó a pensar que alguien le dejaba esos libros apenas usados, casi nuevos, para él. Sin embargo, nunca le gustó hablar de estas cosas, no tocaba el tema con aquel chico y tampoco lo haría conmigo, me dejaba en claro. Con Andrés, después se dedicaban a mirar a la gente pasar. Tenían identificados a unos cuantos, decía Elortis, con horror, al darse cuenta que podría haber heredado la supuesta vocación espía de su padre que recién ahora, tantos años después, venía a descubrir.

Andrés parecía antipático, parco y antisocial pero pronto te dabas cuenta que era una máscara que usaba porque los demás se reían de lo ingenuo que era. Miraba el mundo de reojo pero captaba más que los que miraban de frente. Esos pensamientos que acumulaba, soltados muy de vez en cuando, lo convertían en una persona tensa pero pacífica. Su secreto era que hablaba nada más para decir las cosas que le gustaban mucho y tenía miedo que a los demás le parecieran estúpidas. Para Elortis, tenía la gracia de la torpeza hasta cuando agarraba un vaso de gaseosa y lo chocaba contra sus dientes superiores antes de inclinarlo más para tomar. Su cara estaba siempre impávida, pero por debajo de la mesa no dejaba de mover los pies. Tomaba vitaminas y un suplemento de magnesio; decía que era necesario para fijar su alma al cuerpo, para aplacar los nervios y evitar los ataques de pánico que sufría por las noches.

Para Elortis debía tener razón, porque usaban el polvo de magnesio en el gimnasio para agarrar con firmeza las pesas. Andrés sabía, por un experimento escolar, que los soportes metálicos de los sacapuntas eran de magnesio y que tenían la función de proteger la hojita de acero de la oxidación. Aparentemente el contacto entre dos metales hacía que uno protegiera al otro, en este caso el que liberaba hidrógeno era el soporte de magnesio; te dabas cuenta cuando lo sumergías. En fin, los dos llegaron a la conclusión que las burbujas no sólo señalaban la oxidación a la que se exponía el magnesio para resguardar al acero sino que también eran las imágenes más claras del paso del tiempo.

Con este tipo de charlas pasaban sus tardes. Algunos días Andrés brillaba más porque se notaba que estaba enamorado de alguna compañera. Aparecía con la mochila más pesada que de costumbre, la dejaba en el piso y sacaba los cantos de Leopardi, por ejemplo, o una antología de poemas chinos amorosos, o una selección del primer Rilke, y los dejaba reposar, uno sobre otro, en la mesa para que Elortis comentara algo. Con el tiempo, empezó a hablar más y Elortis descubrió que también tenía debilidad por las castañas de ojos claros, que era una compañera con estas características la que le gustaba, y que no se animaba a hablarle porque el único amigo —no se daba con ningún otro, aparte del preceptor— que tenía en el colegio andaba atrás de la misma chica. Vivía en un mundo de lealtades mosqueterianas. Y también cristianas, que eran las que, para Elortis, lo tenían más confundido. Andrés creía que no escuchaba nada de los sermones de los curas del colegio al que iba pero en realidad todo quedaba grabado en su cabeza.

Un día los compañeros lo habían perseguido para darle una manteada; Andrés se encajonó contra una esquina con los brazos estirados y las manos en la pared, como si estuviera esperando que unos policías lo revisaran, y les ordenó que hicieran lo que tenían que hacer. Por un momento quedaron estupefactos, se rieron, y después cumplieron con su objetivo. Según Elortis, al que se la había mostrado en el encuentro semanal, la espalda le había quedado deshecha. El chico tenía ese tipo de comportamientos, de entrega desinteresada que no podía evitar. ¿Yo le gustaba porque le recordaba a su querido Andrés?; me lo pregunto nada más. Los colegios católicos sacan  personas iguales a veces. A mí cada tanto me daban ganas de dejarlo todo para hacer caridad; se lo  había dicho a Elortis.

El gran desengaño de Andrés con el catolicismo tenía que ver con un acto impulsivo. Una mañana, en que súbitamente le había faltado el aire, corrió de un manotazo la hoja de la ventana del aula, con la mala suerte de que se salió de la guía para caer, desde los tres pisos, a la vereda del colegio. Al asomarse, los chicos presentes vieron a un hombre parado a un lado del marco metálico, sorprendido por haberse salvado de recibir el objeto en la cabeza. Andrés se quedó esperando, junto a sus compañeros, a que fuera a buscarlo algún tipo de ley divina, porque sabía que actuó por bronca acumulada, o, más excusable, por algún problema perceptivo que no le dejaba escuchar el deslizamiento de la hoja, le había contado a Elortis una vez que tomó confianza.

No había aguantado el recreo, el patio lleno de chicos y chicas que parecían que se fijaban en él para reírse, entonces había vuelto antes al aula, a quedarse tranquilo ahí, y esperar que volvieran los compañeros, tal vez cruzaba a la chica que le gustaba, pasaba algo inusual, pero cuando los demás empezaron a entrar, le agarró esa falta de aire, de percepción, que lo llevó a querer abrir la ventana. La cosa es que una vez que la hoja cayó, no apareció ningún superior y todos corrieron hacia las escaleras, algunos para desentenderse del incidente, y Andrés para encontrarse en la entrada con la directora, una monja brasileña que era una maravilla de las relaciones públicas, se disfrazaba y bailaba en las fiestas del colegio. Pero en ese momento estaba agarrándose la cabeza. Venía de rezar en la capilla para agradecer que Andrés no había matado a nadie (poco tiempo después la monja sería acusada de abusar de otras monjas, tristemente)

Lo suspendió por lo que restaba de la semana. Gracias a ese incidente, pondrían rejas a las ventanas del colegio que, casualmente, sería el mismo al que iría su hijo Martín. De ahí en más, a su amigo Andrés le quedó una especie de renuencia a actuar, un miedo que lo trabajaba por dentro, y un resentimiento hacia las instituciones, más que nada la católica. Al chico le había molestado que un representante de la religión que le enseñaba a poner la otra mejilla lo tratara de manera tan dura. Elortis notaba que su amiguito no tenía tan claro lo que había pasado.

En el bar, cuando Andrés se abría a él, no paraba de relacionar los hechos y nunca llegaba a ninguna conclusión. Elortis prefería los días que el chico aparecía con el carácter meditabundo habitual, y se quedaba callado mientras tomaba el café con leche. Entonces aprovechaba el silencio y le contaba de Miranda, del vacío que sentía, como si se hubiera olvidado algo, cuando volvía de la facultad a su casa y la encontraba esperándolo en la puerta, ¿no sería la sensación de haber dejado pasar algunas chicas que le gustaban de la época en que tenía su edad? En aquella época, enfrente de Andrés y su café con leche, sacudía la cabeza mientras hablaba, como terminando de borrar las realidades paralelas que se le ocurrían.

Elortis me aclaró que una cosa era negar con la cabeza por una ocasión perdida, pero hacerlo por un infortunio era uno de los peores síntomas que se podían encontrar en una persona, como si al hacerlo cavara en el aire, separando las partículas flotantes, su propia tumba. Por ese entonces lo había observado en un amigo de Baldomero, un profesor que murió poco tiempo después de jubilarse. Tal vez afectado por este suceso, por este hombre que visitaba su casa los fines de semana y que por algún motivo un día decidió empezar a sustraerse de la vida con ese movimiento, casi imperceptible por momentos, de la cabeza, siempre le había aconsejado a Andrés que hiciera un esfuerzo por abrirse a los demás, por contar las cosas que le pasaban y no guardárselas, por convertirlas con el tiempo en inofensivas pavadas, en derrotas pasajeras. Era más fácil empezar de chico.

Quería, por estúpido que pareciera, que Andrés fuera más avispado que el joven Elortis —lo que después intentó hacer, sin mucho éxito, con Martín—  y se largara a conquistar a las mujeres que le gustaban. Y tratando de salir un poco de lo teórico, le parecía que sería útil que Andrés debutara con alguna chica, eso alejaría falsos ideales de su cabeza y lo pondría en acción, aunque no pensaba ayudarlo con el tema. Si Baldomero se enteraba que Elortis aconsejaba de esa forma al hijo de su amiga lo hubiera desheredado.

Como le había prometido a Andrés que lo ayudaría a buscar una chica parecida a la de la película, empezó a sugerirle algunas que pasaban por la vereda del bar. A su joven amigo ninguna le gustaba, le encontraba defectos a todas; no se parecían ni remotamente a la gitana de ojos claros hollywoodense. Hasta que una vez Elortis se encontró con la misionera, justo cuando cruzaba la calle para entrar al bar donde lo esperaba Andrés. Sólo intercambiaron algunas palabras triviales; Elortis sabía que ella seguía enganchada con el estudiante de medicina. Cuando finalmente entró al bar, encontró a Andrés impresionado, buscando las palabras adecuadas para decirle que lo había visto mantener una conversación con el doble de la chica de la película. Este episodio terminó de sellar su amor por la misionera. Pero a la vez no quedó ninguna duda de que ella tenía a otra persona en la cabeza. Andrés lo alentó a olvidarla y a que tratara de ser feliz con Miranda; además tenía que acordarse que tenía un hijo que lo necesitaba.

Elortis le terminó contando la historia de Miranda y el tío Oscar, que ahora juraban ser sólo amigos, o mejor dicho parientes, y Andrés mantuvo un extraño silencio. Tal vez había llegado a la conclusión de que Elortis no era la persona adecuada para hacerlo más sociable. Después de esta confesión, Andrés empezó a faltar a los encuentros, y más adelante la madre lo llamó para avisarle que dejaría de ser el asistente social de su hijo porque había notado algunos cambios; Elortis no supo si para bien o para mal, pero las veces que se cruzó con el chico lo encontró más canchero, lo miraba como si él fuera un mamarracho del pasado, uno de esos profesores torpes de los que, sin embargo, aprendíamos algo elemental.

por Adrián Gastón Fares (2011)

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 12 / final de la Primera parte.

12.

Muchas cosas intrigaban a Elortis, en especial las que le hacían pensar que había posibles conspiraciones para captar su atención. Por ejemplo, le parecía raro encontrar, por esos días, canciones enteras grabadas en su contestador. Primero, Sultans of swing, y después una canción más rebuscada, ochentosa, de Carly Simon, llamada Coming Around Again. A veces música electrónica, pero cuando era música electrónica era menos interesante porque no podía reconocerla, para tratar de interpretar qué le habían querido decir con el título; y ni siquiera tenía letra. La de Carly Simon la adivinó, era la canción de una película que se llamaba en castellano El difícil arte de amar. Aunque había pensado que el que actuaba era Robert De Niro, cuando en realidad, según averiguo en el IMDb, era Jack Nicholson. La confundía con otra en que los amantes se cruzaban en el subte. A ésta la había visto solo en un cine. Y Miranda le había contado que la vio en televisión, antes de conocerlo, con su tío. Tal vez en un hotel alojamiento, pensaba Elortis.

Sin embargo, él sabía que, por suerte, no podía ser Miranda la que lo hacía escuchar temas completos en el teléfono. Sospechaba que lo de música electrónica era el encargado de relaciones públicas de un boliche, por el que a veces pasaba con Romualdo, que estaba implementado una técnica de marketing de persuasión subliminal. Para él, ese mismo tema lo pasaban en el boliche, y así le recordaban a los clientes, que tenían en la base de datos, que esa noche se dieran una vuelta por el lugar.

Otro día me salió con que para él Sofía, la bailarina o stripper, nunca estaba claro, era una asistente social, como él hace años atrás con ese chico, Andrés, enviada por el Gobierno de la Ciudad para estar al tanto de lo que hacía encerrado en su departamento. Para él existía la posibilidad de que nuestras charlas en Internet fueran leídas por funcionarios que desconfiaban de él porque sabían que hablaba con una chica tan joven, casi una menor. Lo decía medio en broma, agregando unos jaja que ahondaban el carácter obsesivo y patético de sus palabras. ¿Qué stripper andaría buscando libros por Recoleta? Cuando se veían llegaba siempre tarde, como si fuera más una obligación (que cumplía con mucho placer, se preocupó de aclararme Elortis; siempre tan arrogante) que una decisión propia. También podía ser que Sofía adivinara el día que la conoció en Avellaneda, por su mirada de perro, la difícil situación que estaba pasando y, como era una chica de buen corazón, decidiera ayudarlo.

No pude evitar comentarle que para mí llegaba tarde porque atendía a sus clientes, perdón Elortis, o tardaba en vestirse cuando bajaba del caño. A Elortis le parecío raro que el bailantero le pidiera que la llevara, mucha casualidad decía. La policía pasaba siempre por la zona donde trabajaba Sofía, y él había escuchado que encargaban trabajos a civiles que cambiaban por otros favores, como dejarlos hacer su actividad ilegal sin molestarlos, o no enviarlos de vuelta a sus países si eran extranjeros indocumentados. Las ciudades estaban cada vez más controladas en el mundo, y no eran cámaras las que nos seguían sino personas que interpretaban nuestros actos según modelos de conducta sociales… Claramente, las sospechas sobre el pasado de su padre lo estaban trastornando.

Una de las razones por la que pensaba que Sofía era una enviada para controlarlo era que trabajaba en Recoleta, cerca de donde había vuelto a ver al hombre de equipo deportivo. Se preguntaba qué hacía sentado en la vereda de un bar de la calle Quintana, oteando el horizonte, palabras textuales de Elortis, a las cuatro de la tarde. Él apuró el paso hasta la avenida Alvear. Igual, le gustaba caminar rápido, decía que le hacía bien a sus piernas, que eran lo menos que ejercitaba en el gimnasio. La frutilla del postre era que cuando volvió a su edificio, treinta cuadras atrás, encontró a su amigo de gorra —¿la tendría pegada a la cabeza?— y jogging sentado en el sillón de la recepción. Justo entraba una vecina con sus dos nenes, y Elortis los empujó para subir corriendo por las escaleras.

Después, otro día, me reveló que si salía a caminar un poco, a las dos cuadras volvía a paso rápido para evitar que el hombre de gorrita violentara la puerta de su departamento para revisarle los papeles. Aunque sabía que estaban atrás suyo por algo, a ciencia cierta no podía saber a qué se debía. Tal vez temían que en un próximo libro ventilara algunas conexiones. Mal que mal, él era un escritor que había tenido algo de exposición. Algunos periodistas se interesarían en su nueva obra. Por eso prefería andar con cuidado, y pasar los días en su departamento, conversando conmigo o respondiendo a los vendedores y encuestadores telefónicos que lo llamaban.

Eran el colmo para Elortis; unas personas sin alma tomaban esos trabajos dañinos y se dedicaban a arruinarle las tardes a los muy jóvenes, viejos, o desempleados, o que trabajaban en sus casas, con todo tipo de preguntas y propuestas molestas; cuando no llamaban los del servicio telefónico para ofrecer alguna promoción fantasma, por la que te podían tener media hora, eran los bancos que ofrecían seguros por accidente o muerte, seguro que a usted le preocupa el futuro de sus seres queridos, o, directamente, los cementerios que ofrecían sus parcelas porque, aunque todavía es joven, conviene tener en cuenta todas las posibilidades.

Las encuestas de rating eran lo más digerible porque al ser electrónicas, grabadas, uno no pensaba que era una llamada importante y cortaba al instante. Pero más seguido escuchaba la voz, no menos mecánica, de esos agentes encargados de vender cualquier cosa a cualquier precio. La frialdad de una persona que llamaba a la tarde para ofrecer una parcela en un cementerio a otra, encima en esos cementerios que parecen una escenografía del paraíso, era el signo, para Elortis, de que existía la maldad encarnada en el mundo. Y los de las encuestas de ingresos: ¿querían que les contara que pagaba las expensas del departamento donde vivía con lo que sacaba del alquiler del de su padre? Prefería a esos personajes sospechosos que habían aparecido en su vida antes que las voces en el teléfono. Y eso que estaba seguro que a Sofía le gustaban más las mujeres que los hombres. Por eso mismo era tan buena en complacerlo.

En fin, para mí toda esta desconfianza, estas vueltas, solamente demostraban el miedo de Elortis a relacionarse con la gente. Se ve que, en el fondo, me animé a comentarle, él nunca había confiado en Miranda, ni en su padre. Sin embargo, él estaba seguro que sus sospechas eran fundadas, por lo menos en esencia, agregaba… Nunca hay que subestimar las intuiciones que tenemos; ya decía su padre que era lo más parecido al lenguaje adámico. Para darle una nueva meta a su vida, como él quería, primero tenía que entender al mundo, buscarle el dobladillo, y sostenía que cuando uno empezaba a hacer eso, a salirse del camino que nos tenía preparado la sociedad, aparecían estas casualidades sutiles que nos obligaban a definir una forma de pensar, y por lo tanto, de actuar; Orson Welles decía que el que no sabe bailar le echa la culpa al piso, y así le había ido. Muy bien al principio, y después lo habían abandonado, aunque era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 11.

11.

El Callicebus no era un mono más; Baldomero creía que entre su nueva mascota y él había una conexión ancestral. A Elortis le gustaba contarle a la gente que su padre tenía un mono amazónico en su departamento. Le dije la verdad, me parecía medio grasa, hasta perros y gatos está bien, pero no me gustan esas personas que mantienen reptiles, loros, hurones, arañas. Elortis decía que a los conocidos les encantaba el mono, tanto en la casa de su padre, como en el tiempo que estuvo en la suya; aún hoy seguían preguntando por el destino de Albarracín. Según mi punto de vista, a la gente le gustaba reírse de los excéntricos que tienen bichos raros. Y éste no era muy común, me confirmó; había averiguado recientemente en Internet, que esa subespecie de mono tití, que tenía la parte inferior de la cara, y también las rodillas, cubiertas de pelo rojizo, era un Bernhardi, un mono tití que recién fue descubierto a principios de este siglo por un primatólogo alemán que vivía en el Amazonas, y recibiría ese nombre en honor del príncipe Bernardo de Holanda.

Su padre había ubicado la jaula del mono en el lavadero, justo al lado de una ventana de vidrio esmerilado que daba a la calle. Las primeras semanas, al llegar de la universidad, Baldomero ponía una banqueta frente a la jaula y pasaba horas, bañado en una luz amarillenta tenue, observando al mono Albarracín. Antes, claro, retiraba la bandeja inferior de la jaula para reemplazar las piedritas sanitarias, le cambiaba el agua, y le ponía comida. El mono nunca hacía nada de otro mundo, más que nada saltaba de reja en reja, y rompía las cáscaras de los maníes, pero a Baldomero le gustaba mirar a Albarracín; decía que lo relajaba. La madre de Elortis pensaba que Baldomero simplemente se había dado el gusto de tener un mono, y que la costumbre era la excusa para conservarlo. No veía que obtuviera alguna conclusión sobre el tipo de comunicación básica, pero esencial, que, según él, el mono manejaba.

Lo peor de todo era que el animalito era muy agresivo. Baldomero no lo tocaba nunca, pero Elortis lo quiso agarrar un día, y terminó con el dedo sangrando. Albarracín estaba siempre mostrando los dientes, y con los ojos inyectados en sangre; ¿qué tipo de información intentaba sacar su padre de una bestia del Amazonas como Albarracín? A ciencia cierta, nadie lo sabía.

Llegó el día que a su padre se le ocurrió llevar a Albarracín a una de sus clases. Para eso, primero, había que meterlo en una jaulita más chica que había comprado especialmente. Baldomero usó una toalla, para poder apresarlo dentro de la jaula sin que le sacara el dedo. Sin embargo, Albarracín empujó con la cabeza hasta que logró salirse de la especie de bolsa que Baldomero había hecho con la toalla, y atravesó el living, arrastrando la toalla porque se le había quedado enganchada en una uña. Baldomero lo seguía de cerca, pero el mono se daba vuelta, y lo amenazaba con chillidos desesperados y amenazantes. Finalmente, el mono se detuvo para desengancharse la toalla con sus manitos, y su padre aprovechó para empujarlo dentro de la jaulita. Sí, Baldomero se había dado el gusto de divagar sobre psicología comparada con el mono al lado. No había razones para que este animal de ojos chispeantes y barba roja estuviera presente; sin embargo, cuando volvió a su casa le dijo a su esposa que los alumnos habían prestado más atención que nunca.

Al principio, Albarracín estaba como loco, y saltaba y chillaba sin parar, pero después se serenó de una manera nunca vista, y se quedó mirando a los alumnos, consciente —según su padre—  de que estaba siendo observado por mentes obtusas. Después sí, les había explicado a sus alumnos que creía que ese mono, un animal que venía directo, sin escalas, de la selva amazónica a la ciudad, no una mascota dócil y acostumbrada al trato diario con humanos, o un bicho mecanizado como los que veíamos en los zoológicos, escondía una verdad, refractaria a nuestra mente acostumbrada a lo complejo, que por lo tanto sólo podía ser reconocida luego de horas de paciente observación. Acto seguido, les aclaró que él todavía no había alcanzado a comprender esa verdad, pero que podía notar que Albarracín estaba acostumbrado a comunicarse con simpleza con el ambiente que lo rodeaba, y que un animal así era más inconsciencia que otra cosa; un sueño. Un animal así, decía enfervorizado Baldomero, debía recordarnos a Nietzche, cuando decía que la función de la conciencia era restarnos lo individual para volvernos útiles a la sociedad. También les dijo que había llegado a la conclusión que los humanos teníamos tres conciencias: una social, una íntima y otra natural. Ninguna bien desarrollada. A diferencia, su mono Albarracín era un todo indivisible, una especie de dios, un ser completo. Lo que sugería era bastante controvertido. El profesor pregonaba una vuelta a la brutalidad, lo enfrentó una alumna. Pero lo que en realidad quería, explicó Baldomero, era encontrar el camino de vuelta de las palabras, ver si había otra forma más práctica de comunicar las cosas, porque el lenguaje que utilizaba el hombre, cada vez más desvirtuado, no cumplía con su función de facilitar el entendimiento entre los humanos. Un alumno le preguntó si él estaba hablando a favor de la telepatía y la parapsicología, pero Baldomero le dejó en claro que esas eran palabras que ya tenían un significado muy marcado para usarlas; él tan solo quería encontrar la manera de que las personas se entendieran sin malentendidos, de que los sentimientos pudieran comunicarse sin expresiones ambiguas que pervertían la realidad. Descreía que las palabras fueran un buen medio de comunicación. Le preocupaba que hubiera tantos momentos, sentimientos, ideas y pensamientos huérfanos de formas adecuadas de expresarlos. Cada vez que decíamos algo, menospreciábamos a la idea que nos había hecho abrir la boca. El soplido que hacía circular la vida, el viento ancestral, se perdía en corredores sin salidas. Ahora él estaba buscando, con su querido mono Albarracín enjaulado a su lado, la corriente de aire que volaba hacia el prado ventoso donde pacían las esencias del mundo.

Un alumno aplaudió, y  gritó que un tornado se lo iba a llevar puesto. Baldomero no prestó atención a la interrupción. Redobló la apuesta: dio a entender que los animales callaban porque comprendían más que nosotros, que eran seres de una categoría superior, que se dejaban utilizar por la esencia natural del universo. Por eso saltaban, por eso volaban, por eso nadaban, con tanta facilidad; mientras que nosotros, cada vez más anquilosados, nos habíamos dedicado a perdernos en lenguajes imprecisos. Las palabras nos habían apresado; para Baldomero estábamos ciegos, y teníamos el cuerpo atrofiado. A esa altura, la mitad de la clase liberaba sus carcajadas, otros directamente no prestaban atención, como si no fuera un profesor al que tenían enfrente, sino a uno de esos desquiciados que enviaban de los loqueros para vender artículos que no sabían ofrecer, decía Elortis, que presenció la clase porque había ido para ayudarlo a meter después la jaula con el mono en un taxi; pero unos pocos miraban a su padre con tímida admiración. De cualquier manera, Diego le había contado que en la universidad, cuando un profesor se iba por las ramas, decían que estaba dando la clase del loco, refiriéndose a aquella tarde del mono y Baldomero.

Ahora bien, esa clase terminó de unir a Baldomero con el Callicebus, el objeto de su estudio, y su padre se dedicaba a observarlo con la mano en el mentón, como si notara matices cada vez más interesantes en el comportamiento, para Elortis totalmente monótono y regular, de Albarracín. Parecía rumiar, frente al mono, con los ojos achinados y masticando una sonrisa de autosuficiencia, las palabras sabias que les había transmitido a sus alumnos. Al final del discurso les había dicho que, tal como estaban las cosas, en el futuro las ciudades se verían invadidas por las alimañas y las bestias, una visión opuesta a esas pos-apocalípticas que vemos en películas y en videoclips hoy en día. Para Baldomero, los pájaros y las plantas volverían a ganar, de a poco, el terreno perdido.

Elortis estaba bastante de acuerdo; el verano anterior, acostado en su sillón mientras caía la tarde veía, a través de su persiana americana, según el día, benteveos, carpinteros, chingolos, palomas gigantes —averiguó que en realidad se llamaban tórtolas turcas—, horneros, calandrias, un picaflor, torcazas, y muchos zorzales que se dedicaban a remover la tierra de las macetas del balcón y le pegaban las pulgas a Motor. Al anochecer, aparecían por las ramas del gomero —que también como el aguacatero pertenecía al hotel vecino—, unas siluetas alargadas: Ratas.

Algunas se deslizaban por la gruesa medianera del hotel hacia su ventana, pero no importaba, Elortis las miraba con simpatía desde la oscuridad. La visión de tanta naturaleza en el medio de la ciudad no podía molestarle. Incluso una tardecita, había encontrado a un pájaro durmiendo en una rama larga que se metía en su balcón. Primero, no había prendido la luz de afuera y, maravillado por el descubrimiento, en vez de creer que era una hoja del árbol con forma de ave, se le dio por pensar que alguien, tal vez la empleada doméstica que venía una vez por semana, había colgado un figura, recortada por su nena seguro, con la forma de un pájaro, con un objetivo enigmático e indescifrable. También pensó que era el mono Albarracín, que había retornado. Sin embargo, por suerte, era un pajarito de verdad, con la cabeza metida abajo del ala.

Generalmente se la pasaba sentado a la computadora esperando que yo apareciera —en aquel momento hacía bastante que hablábamos— o que se conectara Romualdo, según decía, y mientras buscaba libros usados, o leía críticas de cine, o bajaba música; pero aquel anochecer se quedó dormido en el sillón de su estudio. Tal vez se le había ido la mano, aquella tarde, con la rutina de ejercicios en el gimnasio —siempre vacío a la hora que iba, me había dicho en otra conversación. Pero cambiar la rutina por cualquier razón, decía Elortis como acordándose, tal vez reprochándome, ese día que yo no había aparecido, daba buenos resultados.

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y llegaba a otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos.

Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina.

Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

En la época del mono Albarracín, y a pesar de la concentración que observarlo parecía requerirle, Baldomero se hacía algunas escapadas de fin de semana a pescar con amigos, seguramente con el capitán. Su padre no era de esas personas que abandonaban a sus amigos en cuanto otra meta se les cruzaba, le gustaba jugarse por la gente que apreciaba, y sus amistades prevalecían, sin duda, por sobre su familia y algunas de sus ocupaciones.

Uno de aquellos viajes de Baldomero a la costa coincidió con el momento en que Elortis estaba planeando irse a vivir solo; trataría de hacerse cargo de los gastos de un departamento que su familia tenía desocupado.

A la noche, cuando volvía de la facultad, Elortis veía al mono Albarracín colgando de las rejas de la jaula, esperando con una expresión desconcertada. Debía extrañar la mirada atenta de su padre. Sin embargo, cuando él se acercaba al resplandor amarillento, el mono empezaba a rascarse la cabeza, y enseguida convertía la acción en un acto frenético en el que parecía arrancarse los pelitos blancos que tenía en las orejas. Baldomero volvió de la costa con varios libros sobre el comportamiento animal que le habían prestado, entre ellos uno de Wolfgang Köhler. Otra casualidad, que para Elortis, que no creía en el azar, hacía más sospechoso a su padre: se creía que los experimentos con chimpancés que Köhler realizaba junto a su esposa Eva en Tenerife, en el lugar que llamaban La Casa Amarilla, eran una pantalla para encubrir sus actividades de espionaje para Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

Baldomero intentó hacer reaccionar a Albarracín a diversos estímulos, para clasificar sus modelos fijos de movimiento y sus taxias.  Luego de fracasar con los más sutiles, como pretender que con un palito chino, que le tiró en la jaula, el mono alcanzara unos maníes que le había dejado sobre una silla que ubicó bien cerca de la jaula —el mono sólo revoleaba el palito, a veces fuera la jaula—, pasó a probar los más drásticos, como encenderle un fósforo en la cara y después sólo sacar otro de la cajita para ver su reacción. Como resultado, en el invierno el mono se agarraba la cabecita cada vez que prendían la estufa del lavadero con fósforos. Sin embargo, una vez que la explosión inicial pasaba y la llama empezaba a consumir la madera, Albarracín se quedaba mirando obnubilado la llamita. Según Baldomero, el hábitat del mono en el Amazonas estaba intacto y jamás había visto arder el fuego. Siguió probando con otros trucos, pero no recibía ninguna respuesta alentadora.

El descubrimiento vino por una casualidad. Percibió que el mono se contagiaba de sus bostezos. Creyó que en el bostezo acariciábamos alguna glándula telepática. Su padre decía que hasta el zumbido en los oídos que tenía se le apaciguaba cuando bostezaba y la mente se le aclaraba. Comenté que todos sabemos que bostezar es un acto contagioso. Pero Elortis dijo que se ignoraban las razones, y agregó que de saber, a saber de verdad hay una gran diferencia. Su padre había llegado a una pregunta interesante. Cuando Baldomero hacía que bostezaba, un simulacro del bostezo, el mono no reaccionaba al estímulo y se quedaba pasándose las manitos por los pelos blancos: ¿el bostezo sería un resto, mal interpretado, de la lengua adámica que intentó rastrear toda su vida? Quién sabe qué se escapa cuando bostezamos, afirmaba por esos días Baldomero sin inmutarse en las sobremesas de la universidad, según pudo saber Elortis a través de las averiguaciones de Diego. Su padre decía que era una acción muy parecida a la de abrir los esfínteres. Tal vez sea exactamente lo contrario, pensaba Baldomero adelante de los otros profesores y ayudantes que lo escuchaban, y al bostezar estamos liberando al mundo una materia sin densidad, pura, con algún tipo de información sin procesar. No creía que fuera una manera de sincronizar las horas de sueño, como pensaban algunos. Si el mito era un producto accesorio del lenguaje, una enfermedad de la palabra, entonces el bostezo podía ser el antídoto, o tener aunque sea algunos ingredientes de la receta. Y entonces Elortis se imaginaba a su padre levantando la voz, como le había contado Diego, para aclarar sus pensamientos, que, para mi mala suerte, me iba a repetir.

Él no era un psicólogo más; estaba hecho de la misma madera que August Schleicher, Otto Jespersen y Guillermo de Humboldt, pero a diferencia de este último, no tenía un hermano que hiciera el trabajo de campo para él. Tenía que ensuciarse las manos. Costearse viajes y ayudantes para ver qué perspectiva cósmica tenía impregnada cada pueblo en su lengua estaba fuera de sus posibilidades económicas. Ni siquiera tenía plata para comprarse una buena edición de la gramática sánscrita del indio Panini, sólo tenía esas anotaciones milenarias en fotocopias que le habían prestado, y ¡cómo querían que encontrara en una fotocopia rastros del problema de origen del lenguaje! Si las lenguas eran una copia del único lenguaje, entonces alguna tenía que ser más fiel al  original; en aquel entonces no existía la reproducción en serie, que no lo olvidaran, y el sánscrito siempre había estado en el centro de todas las miradas. Diego tenía la paciencia de reproducirle estos discursos de su padre. Elortis tenía miedo que fueran invenciones de este novelista en ciernes. Según Diego, Baldomero apenas se detenía para respirar cuando hablaba. Elortis iba anotando en su cuaderno:

Su padre no entendía cómo los conceptos se habían juntado con las imágenes acústicas, y cómo estas decisiones terminaban en pueblos sistematizados. Algunos de estos pueblos, como el nuestro, nunca habían abandonado la manía de clasificar todo, etiquetaban a las personas en cuanto las veían; que tuvieran cuidado porque eso les estaban enseñando a los alumnos en las demás cátedras. ¿¡Y la energeia dónde quedaba!? Basta de despistar a la gente de lo elemental. Se habían olvidado de los sonidos emotivos de Demócrito, por eso a él le gustaba tanto escuchar esas milongas y a Shumann; expresarse a través de su lengua como lo estaba haciendo en ese momento era pragmatismo sucio de políticos y sofistas. Había que dar un paso atrás y encontrar a los filósofos chinos, el caballo blanco que no es un caballo de Gongsun Long, la rectificación de los nombres del confucionismo; en lo posible ir mas allá todavía, cruzar el mito para caer en la nada misma primigenia. A ver si entendían algo de lo que somos. Por algo Schleicher pasó de Hegel a sir Darwin. Basta de copias e imitaciones señores. Había que separar lo verdadero, el etymon, la forma original de cada término; y más todavía, escuchar la música que producían las esencias del universo, sin contar los compases, como le hubiera gustado a Johan Mattheson (esto lo decía con voz meliflua, le aclaraba Diego a Elortis, ya medio arrepentido de todo el discurso que había dado; su padre ya se sentía menospreciado por los que lo escuchaban)

Diego averiguó que los demás profesores tampoco dudaban en explicar la vuelta a las raíces que intentaba Baldomero como producto del niño resentido y solitario que había sido. Y para algunos era una forma de acabar con el tiempo, y estacionar una y otra vez su mente en una niñez que no había disfrutado, donde todavía no había palabras significativas para contar, y por lo tanto hacer realidad, su desgraciada historia. Elortis sabía que él había tenido una buena infancia, que podía aflojar las riendas de su pasado porque no tiraba tanto para atrás como el de su padre. Pero ahora estaba sufriendo, y no encontraba la manera de relacionarse con las personas; todos se habían vuelto una amenaza porque no sabía explicarles su objetivo en esta vida —le parecía que no tenía metas claras en ese momento. Lo primero que quieren saber es en qué andás.

Veía poco a Miranda y era más que obvio que estaba necesitado de compañía femenina, de una mujer que lo tranquilizara y consolara un poco. Unos días después iba por la calle Quintana, y encontró a Sofía, la bailarina, mirando la vidriera de una librería. Se asombró al reconocerlo, y dijo que había ido especialmente para ver si conseguía Los árboles transparentes, aunque cuando la abordó estaba mirando con cariño el cartel de promoción de un libro de autoayuda escrito por un periodista. Elortis tuvo un lindo gesto; le compró su libro, y también el del periodista. También la invitó a tomar un café. Fueron a La Biela; Elortis se imaginaba a Bioy almorzando con algunas de sus amigas, era la primera vez que se metía en ese lugar.

Me advirtió que no me iba a ocultar cosas. De ahí fueron a su departamento. Ella le mostró algunos videos de Lambada que estaban en Internet, había un tal Berg que, enfundado en unos pantalones blancos, bailaba muy bien; revoleaba a las chicas de acá para allá, según Elortis. Intentó que él aprendiera los pasos, pero no hubo caso, mi amigo era de madera para bailar, coordinar los movimientos no era lo suyo. En una de las vueltas Elortis la besó. Sofía se quedó a dormir. Le gustó que lo retara porque no había bolsita en el tachito que hay al lado del inodoro, y que se tomara el trabajo de ponerle la que le habían dado con los libros. En realidad, me aclaraba, todo esto fue porque a la mitad de la noche la chica se indispuso. Elortis no me quiso dar más detalles. Al otro día, apenas se fue Sofía, a pesar de estar menos tensionado, según sus propias palabras, su espíritu fue inundado por un gran pesar. Para él, ese tipo de acto amoroso, sin enamoramiento previo, a veces era como el acto en el vacío que describía Lorenz en uno de los libros sobre el comportamiento animal que tenía Baldomero. En alemán el término era difícil de repetir; mejor en inglés: vacuum activities. Actos reflejos para compensar la falta de estímulos externos reales. Lorenz lo había notado en un pájaro que, a falta de bichos para cazar, se encaramaba al respaldo de una silla al acecho de bichos invisibles. Elortis lo había visto en Motor, cuando salía corriendo como loco por todos lados, como si hubiera algo de lo que esconderse o perseguir. Y en él mismo, cuando últimamente se acostaba con alguna chica. Vacuum activity. Sofía no tenía la culpa, era linda y a ella le gustaba afirmar que tenía responsabilidad afectiva.

por Adrián Gastón Fares.