Lo poco que queda de nosotros. VII.

La niña calva se adelantó con el arma que le había quitado al hombre de bata y le apuntó directamente a su padre. Su boca temblaba pero su mano estaba firme. El hombre gordo se interpuso entre la niña calva y su padre. Tenía las palmas de las manos extendidas en una señal de contención.

Hijo de puta, me abandonaste, le gritó a su padre.

Nadie contestó.

Pensá, primero, pero haz tu voluntad, le dijo el hombre gordo.

El hombre de bata estaba congelado. La niña calva apretó el gatillo. Silencio. Su padre seguía sentado dándole la espalda al escritorio. La niña calva se volteó y miró al hombre de bata, que no sabía qué decir. Entonces, asombrada, apuntó al hombre gordo.

Dale, apretá. Date el gusto. En la vida hay que darse los gustos.

El hombre gordo esperó el disparo. La niña calva temblaba tanto que la pistola se le escurrió de sus manos.

No hay que llorar. Llorar un poco está bien pero un día hay que parar. Les traje esto, les pertenece.

Eran dos anteojos con marcos circulares de cristal amarillo.

Mientras la niña calva seguía llorando el hombre de bata se puso los anteojos. Salió de la habitación. Encontró una ventana en el pasillo y se asomó a mirar. Negaba con la cabeza. La niña calva detuvo su llanto y observó la situación. Se ubicó los anteojos, temblando, y miró hacia donde había estado su padre.

¿Donde está?, pregunto al hombre gordo.

Tu padre nunca estuvo aquí.

Pero recién estaba.

No está.

¿Dónde está?

De vacaciones. En el Caribe..

La niña calva intento recoger la pistola. No estaba en el piso. Ahora estaba en las manos del hombre de bata. Que apuntaba hacia el hombre gordo.

¿Qué es lo que pasa? ¿Usted quién es?, preguntó el hombre de bata.

Soy el Dr. Herzium. No se acuerdan de mí, calculo.

No, dijo la niña calva.

¿Por qué si me saco los anteojos esta mi papá y si no… no?

Tiene razón ahora no está el viejo ese.. digo tu padre.

Lo que ocurre es que ustedes iban a morir.

Estábamos al tanto de eso, dijo el hombre de bata.

Pero sus familiares han firmado un permiso para hacer un pequeño experimento científico para salvarlos. Tuvimos algunos problemas de presupuesto. Hicimos lo que pudimos. Justo al final los problemas. Pero los salvamos, como verán.

¿Y en qué consistió el experimento?

¿Probaron en ratas antes? Sinverguenzas, maltratadores de animales, gritó la niña calva.

No. Probamos con ustedes. Esas pruebas las hicieron otros antes.

¿Qué me hicieron?, preguntó el hombre calvo.

Les hicimos. No deje a la nena afuera.  Lo que hicimos fue desconectar sus cerebros de sus cuerpos. Operar directamente sobre la materia gris. Reemplazarla por un receptor de señales bluetooth conectado a su columna vertebral. Básicamente.

¿Y el resultado?

Sobrevivieron. Sus cuerpos conservaron las funciones motoras. Pero sus mentes ven la realidad de una manera distinta a los demáss. Es como una alucinación compartida.

¿Cómo?

Ustedes no se conocían. Nunca se habían visto ni habían hablado. Pero al despertar empezaron a ver como dice esa película… Gente muerta.

Zombis que no se alimentan, no comen, que están como estúpidos hasta que mueren, dijo la niña calva, Es terrible.

Claro, es terrible, pero no existe, sentenció el hombre de bata. No existe para otras personas que no sean ustedes dos.

¿Como empezó eso?, preguntó el hombre de bata.

No empezó. Eso que ven. El futuro postapocaliptico, digamos, está en sus mentes. En la de los dos. No existe, acabo de decir.

No entiendo, contestó el hombre de bata.

Sáquese los anteojos, señorita.

La niña calva, confundida, obedeció.

Papá. Soy yo. No quería hacerte mal…

No va a contestar. No está. Está en su mente. No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos, pero tengo planes con ustedes, saben, yo empecé como psicólogo, luego psiquiatría, luego neurobiología. Me gusta tanto. Es mi pasión, sonrío el hombre gordo.

Ya vemos que le gusta, dijo el hombre de bata.

Pero al no tener fondos mi investigación quedó por la mitad. Es terrible, ¿no? Cosas de política y eso… Ya saben donde vivimos. El país…

Está destruido hace bastante, ciertamente, dijo el hombre de bata. Pero usted está mas resentido que mi amiguita con su papá.

Perdone a la niña, siempre digo que el mundo es injusto, muy injusto. Y además. No se haga el que no está resentido con su novia.

¿Donde está esa mujer?, preguntó el hombre de bata.

Se fugó con su amigo apenas entró usted a la clínica. Bueno, no sé si es su amigo. Sé poco de fútbol pero era su principal oponente futbolístico, tengo entendido. Equipos contrarios.

Ese tarado. Sí, es mi amigo. ¿Y quién acepto que experimentaran conmigo? La firma digo:  ¿quién la puso?

Su madre.

Mi madre. Está muy ida. A veces se pierde.

Claro.

¿Y en mi caso?, quiso saber la niña calva.

El hombre que usted ve pero que no está.

Qué hijo de puta.

Pero tengo buenas noticias, siguió el hombre gordo:

Como este experimento sigue en pie. Necesitamos estudiar cómo reaccionan sus cerebros a sus miedos primordiales. Necesitamos que se conecten del todo, que vean la misma realidad que todos los demás.

¿O sea que existen los demás?, dudó la niña calva.

Claramente, señorita. Describa el mundo que vio afuera.

Muertos, moscas, gente sin comer, desnutrida.

Eso está en su mente. Los demás, ciertamente, existen, pero no así. El mundo sigue normal. Bueno, como antes digamos… esa normalidad.

Qué cagada, dijo la niña calva.

Por eso como científico tengo la manera, y el deber antes que nada, de que arreglen su visión del mundo. Lo que deben tratar es un viejo truco del psiconálisis: enfrentar sus miedos.

¿Miedos?, preguntaron al unísono.

Hay un cuarto en una casa de Banfield donde usted cree que existe un ser que controla el agua.

Barleta.

Eso, busque a su novia. Busque a ese tal Berreta.

Barleta, el fantasma de Barleta.

Bueno, a Berleta (sic), búsquelo. Ya veremos qué ocurre.

Yo no tengo miedos, levantó la frente la niña calva.

¿Usted? Tiene que ir a su casa. Entrar a ese departamento oscuro y acercarse a un cuarto, un cuarto donde se escuchan ruidos que usted no soporta ni comprende.

La niña calva estaba con lágrimas en los ojos como cuando sostenía el arma contra su padre.

¿Quién se quedó a cuidarlo?, preguntó

¿A su hermanastro? Nadie. Por eso.

Lleven los anteojos para guiarse en el mundo y por favor no tomen comida sin pagarla. Tuvimos que seguirlos para que los comerciantes no los denunciaran. El arma era una pistola de carnaval, igual no les servía de mucho. Acá tienen lo necesario.

El hombre gordo le pasó una mochila roja al hombre de bata y otra azul a la niña calva.

Es el momento de la verdad, agregó.

por Adrián Gastón Fares

Nota 1: Tal vez continúe Lo poco que queda de nosotros; es una novela, por ahora, no puedo asergurarlo, sé para donde va, pero hay otras cosas para hacer.

Nota 2:

Agradezco si pueden difundir y firmar esta petición que hicieron por lo que estoy viviendo con el premio de mi película Gualicho y el INCAA (Instituto de Cine Argentino)

No hace falta que la firmen si no pueden entrar a la página de Change.org (tal vez sea molesto) pero sí que difundan lo que dice en el cuerpo de ella. Creo que es importante, tanto como lo que he contado en otras entradas en este blog sobre la situación negligente institucional de mi película Gualicho, INCAA y la productora presentante de la misma, y que también pueden leer en mi Facebook. Difundir es importante.

Saludos. A. G. F.

Link a la petición de comprensión:

http://chng.it/GrXc4CLV

 

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Pueden adquirir y leer mis dos novelas en Amazon para leer en Kindle y otros dispositivos para leer libros electrónicos.

Intransparente

Sinopsis

Una veinteañera pasa en limpio sus conversaciones en el mensajero con un hombre maduro, Elortis, el hijo del psicólogo Baldomero Ortiz. El hombre destapa la crisis que atraviesa, alimentada por la ruptura con su expareja y las dudas sobre la verdadera ocupación de su padre, pero también iluminada por revelaciones importantes sobre su vida y el mundo que lo rodea. La novela comienza cuando Elortis y su exsocio Sabatini vuelven de Mar del Plata, donde participaron en el programa televisivo de Mirtha Legrand.

 

El nombre del pueblo

Sinopsis

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

 

Por otro lado, aquí pueden leer mi recolección de cuentos llamada Los tendederos

Los tendederos

Sinopsis

Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.

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Saludos

Adrián Gastón Fares

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

Nota: Como verán, han vuelto las publicidades al blog; perdón, pero no pude pagar los dólares necesarios del plan para quitarlas esta vez.

Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

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Lo poco que queda de nosotros, III. Novela.

Dentro del colectivo la luz atravesaba unos repasadores colgados en las ventanillas. El hedor era fuerte. Pero no era olor a podrido. Era el aroma artificial de vaporizadores de esencias. Una mezcla de aromas frutales difíciles de definir con un puntapié de vainilla que lo enviaba directo a las fosas nasales. Había uno en cada asiento. El hombre de bata inspiró hondo. La niña calva tosió.

¡Huelan lo que logré!, dijo el hombre de bufanda.

Por encima del aroma frutal avainillado flotaba un olor a desinfectantes apenas disimulado.
La niña calva siguió tosiendo y arrugó la nariz.

En vez de toser, escuchá. Agradecé. No tomen agua que no sea de botella. Quedan pocas en los supermercados pero toda la demás está enviciada.

¿Por qué enviciada?, preguntó el hombre de bata.

Probá a poner a un muerto en una pelopincho a ver lo que pasa. Acá no es un muerto. Son miles de personas pudriéndose. El peligro para nosotros es el agua y los insectos.

¿Qué es una pelopincho?, preguntó la niña calva.

Una pileta, nena.

¿De natación?

¡No!, esta pendeja no entiende nada. Tiene algún problema en la cabeza.

Tenía, dijo la niña calva, palpando el ciempiés de hilos que suturaba el corte de la operación.

Lo que importa es que todo está enviciado y que los alimentos en mal estado y los bichos nos matan a los sobrevivientes, pero no atacan a todos, es según la sangre, remató el hombre de bufanda. La mía les gusta, cómo no les va a gustar, agregó, orgulloso.

Luego, para disminuir la agresividad de sus palabras, señaló el vidrio del parabrisas. Las patas de unos diez centímetros de una especie de mosquito nadaban en un pequeño lago de sangre.

También las enfermedades evolucionaron en un segundo, dijo el hombre de bufanda y seguía pisando el acelerador a fondo.

Mientras la niña calva miraba el interior del colectivo, el hombre de bufanda ya había llegado a Avenida de Mayo, perorando y todo. Frenó en la esquina porque había una persona en una bicicleta en el medio de la calle. Tanto la bicicleta como la persona parecían estar oxidadas. Una escultura casi ecuestre en la intersección de Cerrito y Avenida de Mayo.

Nos bajamos acá, dijo el hombre de bata.

No, quiero que vean el árbol.

Tengo que llevar a la niña al Barolo.

No, estamos cerca del árbol. No hay trato. Primero el árbol y luego los dejo.

Pisó el acelerador, desintegró con el golpe del paragolpes a la bicicleta-persona que estaba en el medio de la calle y siguió de largo. Luego, estacionó cerca de edificio del Ministerio de Obras Públicas. El hombre de bufanda inspiró hondo y señaló el mural de Evita representado en una de las fachadas del edificio.

Justo acá tenía que salir. Enfrente de Ella. Cuándo no.

El hombre de bata y la niña calva giraron la cabeza para mirar hacia donde señalaba el hombre de bufanda. Detrás del edificio del Ministerio de Obras Públicas, cruzando la calle, había habido otro edificio público. El árbol gigante que había crecido en ese lugar, en vez de frutos tenía partes de oficinas colgando. Varios empleados estaban la puerta. O sea sobre los escombros y sobre las raíces. Uno sostenía un cigarrillo apagado con la mano temblando, cadavérica, la piel de los dedos cuarteada por donde se veían las falanges. Otros empleados habían quedado colgados del árbol y parecían seguir trabajando en sus sillas. Algunos movían las piernas todavía. Había una rechoncha que había partido una de las ramas por su peso, caído y estaba desplegada en el piso, ya muerta, con un agujero en el estómago del que picoteaban varias palomas sucias. La mayoría eran apenas cadáveres visibles entre las fuertes ramas del árbol cuya raíz había destruido el cemento.

Bajen, dijo el hombre de bufanda.

Así lo hicieron. El árbol desde el suelo parecía todavía más grande. Como si fuera una Magnolia desproporcionada, prehistórica.

¿Qué árbol es?, preguntó el hombre de bata.

Un Evito.

¿Qué?

Así le puse en honor a ella. El hombre de bufanda se dio vuelta otra vez, señaló el mural con forma de mujer en el edificio e inspiró hondo, para luego toser entre tanto hedor.

Veo que la política es muy importante para usted, dijo el hombre de bata, mirando con asco al hombre de bufanda.

¿Qué hace?, preguntó la niña calva.

El hombre de bufanda se estaba rociando insecticida sobre el cuerpo. Tenía un rociador en cada bolsillo de su camisón celeste. Empuñaba a los dos mientras rociaba su cuello, sus brazos y su estómago.

Mirá para otro lado, le dijo el hombre de bata a la niña calva.

El hombre de bufanda se levantó el camisón y roció con insecticida sus genitales.

Cuidado con los insectos. No me queda tanto para prestarles. Que dios los ayude. Además pichón, parece que no te caen muy simpáticos mis gustos políticos, jodete. Para ella hay.

La niña calva pareció tragarse las palabras que iba a pronunciar. El hombre de bufanda se acercó al colectivo y retornó con un pote pequeño de crema insecticida. La niña calva seguía mirando asombrada el árbol y cuando vio el pote, negó con la cabeza, rechazándolo.

Soy alérgica a eso.

Bueno, tomá vos entonces. El pote terminó en las manos del hombre de bata que se pasó la crema rápidamente por el cuerpo.

Luego, los tres se quedaron mirando las flores amarillas del árbol, que en sus ramas tenía visibles espinas. El hombre de bufanda miró su reloj.

En unos minutos escupe la porquería que causó todo esto, dijo, mirando hacia una adolescente que estaba de pie cerca.

Había estado de pie mucho tiempo, como los que estaban cerca de las raíces del árbol inmenso. La chica estaba ensangrentada del torso para abajo, se notaba que no se había movido en meses de su lugar frente al árbol. Las piernas estaban embutidas en un charco de sangre oscura. La niña calva se dijo que eso era la menstruación. Deseaba que nunca le llegara. El hombre de bata se giró para vomitar, pero aguantó por la niña.
La piel de la chica estaba negra. La niña se acercó para verla mejor. La adolescente tenía la mirada perdida y respiraba de manera intermitente. El aire salía con un resoplido por el pequeño cráter que tenía en la mejilla por dónde se veían sus muelas. La niña pegó un grito. Un gusano se asomó por el cráter de la mejilla de la adolescente y volvió a esconderse.

Esto es lo que dejó boludos a todos, dijo el viejo señalando el árbol. Nosotros somos elegidos. Yo doblemente elegido porque además de peroncho, pude sobrevivir como ustedes. Llega el momento, miren.

¿Peroncho?, preguntó la niña calva.

Que sigue a Perón, peronista, aclaró el hombre de bata.

Los tres giraron la cabeza a la vez. Las ramas del árbol se doblaron como por un viento inexistente. Las hojas, que parecían estar siendo sopladas por un gigante invisible, se separaron en la copa y acompañaron con su movimiento la expulsión silenciosa de un gas que parecía estar siendo diseminado desde varios orificios del tronco. El hombre de bata y la niña calva retrocedieron tres pasos hacia atrás, alejándose del árbol.

No tengan miedo, si están acá son elegidos como yo, no les hace nada. Bueno, no como yo, pero casi.

El gas bajaba y estaba por bañar a la adolescente. Antes de que llegara a rodearla, el hombre de bufanda se acercó a ella. Sacó un espejito pequeño, lo puso delante de la boca entreabierta de la joven. El espejo quedó empañado por la respiración débil que salía de la boca de la adolescente. El viejo se llevó las manos a su camisón, sacó una pistola y la disparó en la cabeza de la adolescente.

Adiós, gusanos, qué asco; así y todo estaba viva todavía, dijo.

Luego se volvió para enfrentar a la niña calva y al hombre de bata.

Un mosquito del tamaño de una tarántula volaba por el aire hacia el hombre de bufanda.

Cuidado, dijo la niña calva.

El hombre de bufanda, levantó su pistola y descargó un tiró que hizo explotar al mosquito dispersando oscura sangre negra que contrastaba con las partículas amarillas que parecía haber rociado el árbol gigante. Las escaras que volaban entre el polvo resaltaban más entre el líquido amarillo que había expulsado el árbol.

Vuelvan al colectivo, por favor.

¿Este arbolito causó todo el desastre?, preguntó el hombre de bata, antes.

Otra cosa rara no vi, debe ser. Además enfrente de la compañera, dijo el hombre de bata señalando el edificio de Obras Públicas. ¿Por qué los jóvenes le andan buscando causas a todo?

¿Me podría prestar la pistola?

La niña calva trataba de endulzar su mirada mientras estiraba su mano para recibir la pistola que pretendía tener.

¿Qué? ¿Para qué? ¡Una niña! ¿Una dama con pistola?

Por si alguno de estos monstruos quiere atacar a mi padre.

¿Monstruos?, dijo el hombre de bufanda señalando al cadáver de la adolescente. ¿Qué van a hacer estas mierdas? Siguen respirando después de meses, es increíble lo que sobrevive un ser humano cuando no se mueve. Sin agua ni alimento. Incluso algunos abren la boca cuando llueven. Así tiran más tiempo.

No hablaba de las personas, dijo la niña calva, que señalaba con el dedo la mejilla del hombre de bufanda.

Otro mosquito, más grande, se posó sobre la mejilla del viejo, clavó su aguijón y empezó a succionar con tal fuerza que los ojos del hombre de bufanda se desinflaron y en un segundo pasaron a formar parte del estómago abultado del insecto. El hombre de bufanda, ciego, disparó hacia cualquier lado. Ante la sorpresa del ataque, la pistola cayó al suelo. El viejo corrió hasta el colectivo, subió, logró cerrar la puerta y aceleró al máximo. El colectivo dio media vuelta alrededor del edificio de Obras Públicas. Luego se escuchó una frenada y una explosión. Las llamas del fuego se veían desde del costado de la fachada del edificio. La niña calva se acercó rápidamente a la pistola. El hombre de bata la pisó cuando ella iba a agarrarla.

Olvidate. Es mía, dijo el hombre de bata mientras la tomaba, se cercioraba de cuántas balas quedaban y la mantenía al costado de su cuerpo, mientras su bata flotaba en el viento. Ahora parecía un superhéroe caído en desgracia.

¿Los futbolistas saben usar armas?

Hay secuestros, tuve que aprender.

Bueno, no importa, cosa tuya. Yo te pedí que me llevaras a lo de mi padre, por favor.

No tengo la culpa que el loco ese nos quiso presentar a su Evito.

Yo tampoco. Necesito encontrar a mi padre.

Bueno, nena, a caminar, vamos. Tenemos que volver por lo que queda de Cerrito hasta Avenida de Mayo.

Los dos comenzaron a alejarse del árbol gigante. Un mosquito se acercó a la niña calva, pero ella, sin asustarse, lo alejó con la mano. El mosquito la siguió pero sin animarse a atacarla. El hombre de bata no se dio cuenta que con cada paso que daba, la expresión de la niña se tensaba, como si tuviera mucha, pero mucha, bronca.

por Adrián Gastón Fares, 2019.

Lo poco que queda de nosotros. II. Novela.

La niña calva y el hombre de bata caminaron por Cerrito. El hombre de bata había elegido el camino más largo hacia el Barolo a propósito; luego deberían doblar en Avenida de Mayo. Quería inspeccionar la zona. Había estado casi dos años en coma en el Sanatorio. Las piernas le pesaban. Los brazos le dolían. Pero su cerebro parecía funcionar bien.

Su interés estaba puesto ahora en observar al mundo otra vez. En cambio, el interés de la niña calva era ir a buscar a su padre. Todo se había invertido. Para ella, era su padre el que debió haberla ido a ver antes que la operaran. Esperaba que fuera a ver su cuerpo muerto porque no tenía fe en que la operación saliera bien. No era tonta. Sin embargo, ahora era ella la que casi dirigía la expedición al estudio de Abogados donde trabajaba su padre. Quería demostrarle que estaba viva. Quería decirle que lo que había destruído a ella no la había afectado. Era una doble ganadora.

El hombre de bata recordaba que había tenido alguna vida, había sido futbolista, le llegaban esas imágenes, jugaba para Lanús, lo habían lesionado en la cabeza en un partido contra Banfield, Apolonio, uno de los mejores jugadores de ese equipo. Le asombraba que la niña calva no lo reconociera porque era bastante famoso antes de terminar en el Sanatorio. ¿Dónde estaría su novia?, pensaba. ¿Por qué no estaba en el Sanatorio cuando despertó del coma?

La niña le señaló a las personas que estaban sentadas en esos bancos de cemento que parecen de cuero, parecían ser una estatua. ¿Parece Olmedo no?, le preguntó el hombre de bata. La niña calva no sabía quién era Olmedo.

¿Quién era Olmedo?, preguntó la niña.

Un cómico argentino.

¿Cómo German Garmendia?

No sé quién es German Garmendia, pero no suena argentino.

Yo no sé quién es Olmedo.

No viste la estatua esa en la esquina, sobre Corrientes.

¿La estatua de esos dos viejos?

Uno de esos viejos es Olmedo, el otro no me acuerdo el nombre.

Ni idea.

El hombre de bata trató de explicarle que esa mujer que estaba sentada en un banco parecía otra estatua igual a las que estaban diseminadas por la calle Corrientes, una estatua grisácea, con la tez cuarteada, los huesos casi apareciendo entre la carne. Se acercaron. La niña retrocedió. La mujer parecía estar pudriéndose. A su lado había un montículo que parecía ser una pequeña pirámede negra. Pero la pirámede negra tenía cara de niña, y lo negra era su cuerpo. Debía ser una niña de tres o cuatro años. La niña giró rápidamente para no observar. De la pirámede negra salía un hilo que tenía atado un globo en forma de corazón que una vez había tenido gas y estaba aplastado en el piso. La niña casi rompe a llorar. El hombre de bata soplo a la pirámede negra. El polvo voló, los dientes de lo que había sido una niña se deshacieron en el aire, juntándose con el resto de las escaras y el polvo que volaban en ese mediodía.
Lo raro era que no estaba llena la calle de personas. El hombre de bata pensó que debían estar en otro lugar. Lo que quedaba era el resto de algunas, las que habían muerto y las que no también. Las que no habían muerto estaban cerca de los árboles, con un perro famélico tirando de una soga una joven, por ejemplo. La joven estaba flaca, raquítica, la remera sucia, los ojos casi saliéndose de la cara que más parecía una calavera. El estómago retraído, pechos inexistentes, los brazos como ramas secas a punto de partirse. Es más, a diferencia de la mujer muerta, el hombre de bata le dijo a la niña calva que no se acercara a la joven.
El perro, un bulldog francés, tiraba de la correa y ladraba enloquecido por el hambre. Los ladridos eran tenues porque el animal estaba famélico y necesitaba alimentarse. Tiraba dentelladas al aire comiendo las moscas que volaban entre las escaras grisáceas. No había heces alrededor porque se veía que el perro al no comer no cagaba. Alguien le había dejado un tarro con agua, lo que quería decir que no eran los únicos.
De hecho a lo lejos, cruzando los carriles de los colectivos, del otro lado de la 9 de Julio, cada tanto observaban a personas con camisones blancos, otros que parecían haberse escapado de instituciones, hospitales, pero que rápidamente se subían a algún auto estacionado y desaparecían. No había mucho que hacer. Pasaban tan pocos autos que cuando un colectivo se detuvo y abrió la puerta, manejado por un viejo de uniforme médico celeste y bufanda roja, se asustaron mucho.
El viejo de bufanda les preguntó si sabían algo de la enfermedad.

¿De qué enfermedad?, preguntó la niña calva.

La del árbol gigante y frondoso.

¿El árbol gigante y qué?, pregunto el hombre de bata.

Frondoso, ¿sos sordo?

Que yo sepa no, pero no conozco esa…

El viejo de bufanda se quedó mirando al hombre de bata.

¿Pero vos no sos el que hizo mierda Apolonio?

El hombre de bata se dio vuelta. No le gustaba que la primer persona que lo reconociera luego de despertar le dijera eso.

Te apoyo pichón, tu novia hizo cualquiera, te cagó mal, vos quedaste en coma y ella ahí de joda con tu amigo.

Sin darse vuelta el hombre de bata dijo:

No tengo amigos en el fúbtol. Son compañeros. Compañeros, señor. Más respeto no soy un bruto, soy un jugador del deporte más importante del mundo.

Gran deporte, pichón. ¿Y esa nena?

No sé, estábamos en el mismo Sanatorio.

¿Quieren que los alcance? ¿O sea que no vieron el árbol gigante y frondoso?

No, los únicos árboles que vimos son estos.

Los jacarandas y las tipas de la avenida estaban repletos de pájaros carroñeros, caranchos, aguiluchos, y otros que el hombre de bata no supo reconocer.

Es un árbol tan lindo el que yo digo, contestó el hombre de bufanda roja, pero tan malo.

¿Lindo y malo?, preguntó la niña calva.

¿No quieren que los acerquen donde van? ¡¿A dónde van?!

A buscar a mi padre.

El padre no se quedó cuando la operaban, explicó el hombre de bata al hombre de bufanda señalando los puntos en la cabeza de la niña calva.

El hombre de bufanda negó con la cabeza.

¿Adónde van?, volvió a preguntar.

Al Barolo.

Suban, vamos. Pero después me tienen que acompañar a ver al árbol gigante y frondoso.
Bueno, dijo la niña calva tomando de la mano al hombre de bata y subiéndolo casi a la fuerza al vehículo conducido por el viejo.

por Adrián Gastón Fares

2019 Todos los derechos reservados.

Lo poco que queda de nosotros, I. Novela.

En el medio de la calle, con el sol golpeando las fachadas de los edificios, el hombre de bata se encontró con la niña calva. La niña tenía en la cabeza una cicatriz muy marcada que parecía el cierre de una cartuchera de cuero. El hombre de bata estaba flaco y pálido. Los dos cruzaron sus miradas. No entendían cómo la ciudad podía estar tan vacía. El hombre de bata había abierto los ojos en la habitación del sanatorio en la que dormía en coma profundo. Luego había concentrado su mirada en las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol. No era el polvo habitual, parecían ser pequeños copos de nieve pero estaban dentro de la habitación.

Estaba mareado. Si cerraba los ojos veía nubes lechosas pero se obligó a estar despierto. Luego se arrancó los cables y tubos y salió al pasillo.

Estaba desierto, a no ser por una anciana ciega que miraba otro rayo de sol repleto de esas partículas tan sugerentes. Le habló a la mujer, pero parecía perdida en alguna ensoñación así que siguió caminando, vio que la niña calva tomaba el camino de las escaleras y se encaminó hacia ellas, siguiéndole el rastro. Así que no era extraño que sus miradas se cruzaran en el medio de la avenida Corrientes.

Más allá, el obelisco cuya punta estaba manchada con sangre, como si la sangre hubiera sido derramada desde las ventanillas que se veían en lo alto. La niña tenía la mirada medio perdida. Primero pensó que había muerto, pero después se dijo que era demasiado inteligente para creer que el paraíso era la avenida Corrientes vacía.

Doblaron en la esquina de Uruguay. La niña se acercó a un coche estacionado frente a un café. Miró en su interior y apartó rápido su mirada.

Está muerto, no mirés.

El hombre le advirtió a la niña y luego la apartó para mirar mejor el interior del auto. El conductor parecía una momia. Los bigotes pegados a los dientes sobresalidos y la piel cuarteada y amarillenta; los ojos se habían deslizado por las mejillas hasta resecarse en el borde de los pómulos.

Los dos se dieron vuelta juntos y al observar otra vez la esquina y las calles, notaron que volaban pequeñas partículas, no era nieve, no hacía frío, no podía ser, así que la niña calva, atrapando una en su mano dijo:
Parecen pedazos de piel. De piel de serpiente.

Escaras.

La niña lo observó confundida:

Es piel que se desarma cuando el cuerpo está demasiado tiempo acostado o en la misma posición, cuando los huesos golpean contra la piel destruyéndola, cortándola, en finas tiritas como si fueran afilados cuchillos. No deberías preguntarte demasiado qué es.

A mí todo me interesa.

Ya veo. Murió de inanición el del auto.

La niña se llevó la mano a su camisón celeste, pero no encontró lo que buscaba.

¿Qué es inanición? No tengo el celular

Es porque dejó de comer.

Ah, entiendo, claro.

Eso quiere decir que no hay comida como en esas películas del futuro.

El hombre se acercó a un quiosco que estaba abierto y le tiró una bolsita de maíz inflado a la niña.

Parece que no es así.

¿Entonces?

El hombre miró adentro del quiosco y observó a un viejo cuya panza empujaba y deshilachaba una camisa rosada por las secreciones que el cuerpo emanaba. El hombre apenas respiraba y sus manos estaban entrelazadas, con las uñas largas clavadas en la piel. El quiosquero intentaba chiflar pero solo caía saliva de sus labios finos y resecos.
Los dos tosieron al unísono, el hombre de bata y la niña calva. Las escaras que volaban se metían en sus narices y no había nada que hacer para remediarlo.

Debería volver.

Volver…

Al sanatorio

¿Para…?

Mi celular está ahí.

¿Y tus papás?

No estaban cuando desperté.

¿Por qué estabas en el Sanatorio? ¿Qué tenés?

Me llevaron. Para morir.

Pero no estás muerta.

Ah, no sé. Creo que no.

No estás muerta, ése está muerto, dijo el hombre de bata señalando a la especie de maniquí que estaba adentro del coche.

El viento jugaba con las escaras, esos pedazos de piel traslúcidos que revoloteaban alrededor de las luces de los semáforos, algunos todavía funcionando y otros no.

Siguieron caminando, cruzaron la 9 de Julio y bajaron las escaleras del subterráneo. No salía ese polvo molesto de la boca del subte y además les pareció que podrían encontrar a algunas personas que se hubieran guarecido de lo que fuera que había dejado sin instinto de vida a los de la superficie de Buenos Aires.

Cuando dejaron el último escalón atrás se encontraron con que el andén estaba vacío y el vagón estacionado. La niña se adelantó y se acercó a una de las ventanas del vagón. El hombre de bata la tomó del hombro, alejándola de la ventana. Lo que se veía era perturbador.

El vagón parecía ser un enorme tarro de mermelada de frambuesa. Grumos espesos y coágulos de un líquido rojizo impedían ver el interior. Lo único que se podía observar eran una dentadura pegada al vidrio, el cabello de una calavera que estaba diseminado entre los litros de grumosa sangre, pedazos de dedos, y las pómulos resecos de lo que había sido una mejilla con las muelas salidas, porque otra cosa no podía ser esa aglomeración de cartílagos casi invisibles por el dominio del rojo.

La niña miró las puertas del vagón que estaban cerradas, pero por los bordes se escapaba el mismo líquido espeso y rojizo que había llenado el vagón, como si los cuerpos que viajaban dentro hubieran quedado atrapados y el tiempo y la putrefacción se hubieran encargado del resto.

Si esa puerta llega abrirse, advirtió el hombre.

Uno de los cristales de las ventanas del vagón parecía estar combado como si lo rojo pudiera hacerla estallar. De repente notaron el olor, era nauseabundo, el olor de lo que antecede a la nada, con la particularidad de que tenía un dejo dulzón, como si fuera el olor de las flores que se marchitan y atraen a ciertos insectos en verano. No lo habían notado antes porque el hedor era tan fuerte ahí abajo como arriba, en la calle. La niña calva se alejó hacia la escalera y los dos pronto estuvieron fuera del subterráneo.

La niña se aferro a la mano del hombre porque tenía miedo que la escalera mecánica se activara. Se mareaba fácilmente. No en vano la habían operado. Aparentemente, lo que molestaba en su cerebro ya no estaba. Se soltó de la muñeca del hombre frente al puesto de diario que estaba casi pegado a la salida del subte.

Las portadas de las revistas estaban quemadas por el sol detrás de los cristales y los diarios eran de Febrero de 2019. Según los cálculos y el reloj que le habían dejado en su muñeca, eso había sido hacía unos tres meses. Parecía no haber nadie, pero cuando el hombre de bata se asomó para constatarlo vio a una tarima en la que estaba sentado un especie de ogro que había sido un ser humano, pero que por la falta de alimentación, había perdido la apariencia humana para convertirse en otra momia, más pequeña que la del coche, como si la gravedad hubiera aplastado el gran cráneo del revistero contra el también generoso estómago. Resonó un grito.

El hombre se dio vuelta alarmado. La niña estaba cerca de un cochecito de bebé que estaba cruzado en la vereda, frente a un teatro. Cuando el hombre la alcanzó la nena ya había soltado el maíz inflado que había comido y estaba dominando las últimas arcadas. Adentro del cochecito flotaba en un líquido acuoso, ocre, el cráneo de un bebé que al hombre de bata le pareció que era una muñeca de esas antiguas con esos párpados que se cerraban al moverlas; pero no era un muñeca, era lo que quedaba del niño que flotaba en esa piscina inmunda que se había convertido su cochecito. Cerca, en el cemento había unas relucientes tibias y el cráneo de profuso cabello largo y rubio que acariciaba el suelo y que una paloma estaba picoteando. Sin saber por qué, el hombre pateó a la paloma, que dio un salto y siguió picoteando lo que quedaba de piel del cráneo. El resto de la piel que no era engullida por el ave flotaba y se juntaba con las otras escaras que formaban esa especie de nieve que difuminaba la luz del sol dando una apariencia mágica a esa mañana en la que el hombre de bata y la niña calva se habían conocido.

El hombre de bata esta vez apuntó bien y le propinó un puntapié con sus chinelas a la paloma, que salió volando, pero aterrizo cerca, como dispuesta a continuar su tarea.

La niña calva, todavía doblada en dos por las arcadas, miró con preocupación al hombre de bata.

Más vale que no andes mirando donde no te conviene.

Necesito que me acompañe a lo de mi padre.

¿Cuanto tenés, ocho, nueve?

Casi nueve.

¿No podés ir sola?

No me sé bien el camino, además estoy… perdida. Pero no es lejos, y ahí tengo la tablet.

La tablet… No seré de mucha ayuda si sos tan curiosa. A veces es mejor cerrar los ojos.

No importa. No tengo el celular ni la tablet y mi papá ni vino a la operación. Le tengo que mostrar que estoy bien. Mi madre estaba en el hospital pero no la vi; ¿donde van las madres cuándo operan a sus hijas?

Ni idea. Es raro que tu papá no estuviera. ¿Están separados?

Un sombra muy oscura cruzó por la mirada de la niña calva.

No te preocupes. Yo tampoco tengo celular. Nunca tuve tablet.

Vamos. Mi padre tiene la oficina en el Barolo.

¿Tiene plata tu papá?

La niña frunció los labios y abrió los ojos, dando a entender que no sabía la respuesta.
Luego se acercó al hombre de bata y lo miró como esperando que la guiara.

Por Adrián Gastón Fares.

(+_+) Exhaustación. Lo poco que queda de nosotros. Derechos reservados.

Kong. El comienzo.

Estimado Adrián:

Vuelvo a escribirte desde el año 2084. A ver si esta vez te hacés cargo y me respondés. Tené en cuenta que mandarte un mensaje me sale un cuarto de mi sueldo más o menos, entre el tiempo que tardo en concentrarme y la energía.

Pero bueno, mal no está que te cuente todo otra vez. La gente de tu época es medio lenta, y vos no serás la excepción.

Antes que nada, quiero dejarte en claro cuál es mi ocupación. Formo parte del plantel de inspectores de una empresa dedicada a monitorear el uso de las impresoras Rivera. En mis días una persona puede programar codigos genéticos. Para hacerlos realidad necesita nuestras máquinas. Las impresoras Rivera son las líderes en este tipo de impresión a nivel mundial y yo trabajo para la firma que las representa en el país. No te creas que gano mucha plata, Adrián, aunque sé que más que vos seguro; no tengo muy en claro si sos escritor o cineasta, pero sé que hiciste una película con un amigo sobre tipos ridículos que se disfrazan de otros tipos ridículos.  Me encantó.  Muy bizarra. No sé qué estás haciendo ahora, pero espero que tengas tiempo libre para leerme.

Aunque resolví varios casos, en mi época mis méritos pasan desapercibidos (hay muchos inspectores) Así que decidí escribirle al pasado para a) no aburrirme entre caso y caso b) revolucionar un poquito las cosas. Y también debería agregar: c) divertirme un poco. Tendrías que asombrarte con lo que te cuento. Espero que también te diviertas.

Vamos al grano otra vez. Ya te conté en el e-mail anterior todo esto, pero parece que no te das cuenta que no es spam ni una joda ni matufia; no soy una africana en las diez de última necesitada de una cuenta donde depositar su herencia multimillonaria. Aunque tengo ascendecia africana. En serio.

En fin. Otra vez: fuiste elegido entre millones de personas para emprender la tarea de leer estas crónicas del futuro. Tampoco te la creas, porque en realidad cualquier picaflor (libador), como le decimos en nuestra época a los artistas, podría servirme. Bueno, no cualquiera en general, pero sí cualquiera de los de tu clase.  Sin embargo, como vi que sos una persona bastante desinteresada en lo económico, aunque fervorosa y fiel a sus ideales, pensé que te interesaría leer a una persona adelantada (en el tiempo; yo tampoco me la creo)

En nuestros días hay una ley, cuyo nombre no viene al caso, que reglamenta lo que otra persona puede crear. Por ejemplo, si sos un nerd que se la pasa en el garaje de su casa todo el día pensando y creando noseres, antes tenés que sacar un registro para poder hacerlo (recién después de los 13 años) Y te hacen leer un libraco donde explican los límites del jueguito. Digamos que no se puede crear cualquier cosa… No podés inventar animales con dientes ni garras afiladas (ahora te voy a impresionar un poquito; en nuestra época los incisivos de los seres humanos son el doble de afilados que en la tuya y las orejas se fueron haciendo un poco puntiagudas; por ahora no puedo contarte nada más, pero no hay cambios muy significativos, salvo en algunas costumbres…; las formas cambiaron rápidamente, los pensamientos no)

Bien, volvamos a lo nuestro. Resulta que con un programita se puede combinar genes y construir monstruitos a gusto. Más que nada los usan los padres para crear juguetes para sus hijos. Pero cada tanto lo agarra algún loco que te crea cada criatura peligrosa… Por lo general, se escapan y ahí me mandan a mí para rastrearla, por eso te digo que soy una especie de detective. O las hacen pasar por personas, o las esconden en la casa en el tacho de la ropa sucia, en los roperos, no sé… Ustedes, mis antepasados, no se imaginaban hasta donde las historias más increíbles son verdaderas. O sabían pero se hacían los tontos. Pero bueno, de a poco todo retornó a los tiempos primordiales.  Después que el miedo a la violencia sistemática del siglo XX empezara a olvidarse, o por lo menos a mezclarse en la mente de la humanidad con los pensamientos libres abandonados en el camino. Espero que me entiendas. Odio explicar las cosas. Tampoco me gustan los misterios. Si a un detective le gustan los misterios o es un tarado o un inútil.

Te cuento que no es una tarea muy agradable tener que separar a estas criaturas de sus creadores; a veces se encariñan. Las más horribles suelen ser muy tranquilas. Aunque no en todos los casos… Para el secuestro tengo a mi ayudante, la japonesa Taka. El único problema con Taka es que es muy callada. No sabés lo que era cuando empezó. Ahora habla un poco más, pero así y todo, generalmente repite discursos que escucha en la calle o en la red. Igual me gusta porque es tranquila y no te altera los nervios. También es muy inteligente.

La semana pasada, por ejemplo, tuve que ir a lo de un dentista. La secretaria, muy tímida, nos dejó pasar, y nos indicó con la mirada baja los sillones. Se podía escuchar el ruido del torno (ahora el dentista es como un peluquero de tu época, cada tanto las personas se emparejan los dientes para evitar algunos accidentes)  Noté que la recepcionista no cambiaba mucho de expresión. Tuve que soplarle en la cara, para darme de cuenta que era un Noser 0156. Este tipo de creación, cuando uno le sopla en la cara, saca la lengua y vuelve a guardarla rápidamente. Los crean las personas solitarias…

Ahí hice la Prueba Número 2. Consiste en pedirle al ente sospechoso que sonría, para verle los dientes. La secretaria se negó y tuve que recurrir a las cosquillas. La cavidad bucal olía a frutillas y la dentadura estaba perfecta. Pero lo más importante de todo es siempre la forma de las piezas dentales. En este caso correspondían con la dentadura ideal de tu época; dientes más o menos parejos pero sin puntas TAN marcadas.

Veredicto: sin dudas un Noser, creado para fines claramente sexuales. Como te imaginarás, los dientes afilados son molestos para el sexo oral, entre otras cosas, así que su creador decidió suprimirlos. También en el cóctel de genes metió un poco de los de la frutilla para que su juguete sexual olieara siempre bien. Me puse a escribir la multa frente a la secretaria, que todavía no había cerrado la boca. El dentista salió y me dijo de todo. Que el Noser que él había creado cumplía todas las normas y no hacía mal a nadie. Pero no se pueden crear noseres con fines sexuales, le tuve que explicar. Me comí unas cuantas puteadas. Taka se llevo al Noser en una jaula.

Como verás, mi trabajo es más o menos monótomo y a nadie le interesa. Para una persona de tu época sería una aventura diaria. Por eso decidí romper algunas convenciones y escribirte.

Espero que sigas bien,

Von Kong (es un seudónimo; también el de mi asistente japonesa)

Intransparente. Novela. Extracto.

 

Ya en Buenos Aires, había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de la Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina. A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Ítaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder. Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en la Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las braquiocefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo. Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza. Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido. Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Por Adrián Gastón Fares

Novela Intransparente

PDF: Intransparente, leer online en PDF.

Llegar a Mr. Time

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

En una de las últimas elecciones de este país fui a votar a un colegio como suele pasar. En mi mente ya estaba el germen de Mr. Time (Señor Tiempo) una historia más clásica que Gualicho, pero tan motivadora para mí, y original, como el guión que ganó el premio Blood Window Ópera Prima Largometraje de Ficción Género Fanstástico 2017 del Instituto de Cine Argentino (INCAA)

Mientras esperaba en la fila del colegio, que queda a la vuelta de mi departamento, comencé a fijarme en los cuadros con fotografías antiguas. Esta es la que más me llamó la atención. Así que saqué mi teléfono y tomé la foto.

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires
Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Esta fotografía tal vez sea más acorde a la secuela o precuela de Mr. Time que a lo que quedó finalmente escrito.Poster-Mister-Time-by-Adrian-Gaston-Fares-New-685x1024.jpg

Esto es sólo el afiche de producción de Mr. Time. Faltan muchos personajes ahí que ya agregaremos si vuelvo a colaborar con Santiago Caruso.

Las ganas de escribirla como novela rondan seguido. Hacer esa adaptación que me han sugerido. Ya veremos.

¡Feliz semana de brujas!

¡Saludos!

Adrián Gastón Fares

PD: Ayer me llegó esta noticia de WordPress. Doce años que estoy escribiendo y llevando adelante este blog, sitio, como quieran llamarlo.

12 años en WordPress Adrian Gaston Fares El sabañon.jpg

 

El nombre del pueblo. Novela.

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018.jpg

Llegó la hora!

La hora de compartir El nombre del pueblo (110 páginas, Adrián Gastón Fares, 2018), una novela que he escrito a través de los años (como se escriben las cosas, ¿no?)

Comencé a escribirla antes de Intransparente y luego se fue reescribiendo hasta ahora que la comparto en exclusiva con ustedes en este espacio.

¿Qué van a encontrar?

Hay dos Sinopsis.

Copiaré aquí una:

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

La otra está dentro del libro.

La novela tiene unas 110 páginas, así que es mucho más corta que Intransparente.

Se despacha en una noche o dos, según el ritmo de lectura, porque la trama es intensa.

Me hice un botón de pago por si alguno le gusta la novela y quiere colaborar conmigo.

Estoy muy atribulado con otras narrativas como la de Mr. Time, en cuya carpeta de presentación trabajo a tiempo completo (más las vicisitudes del quehacer de Gualicho, que darían para otra novela de, por lo menos, 200 páginas…)

Así que disfruten esta novela, que nació como un guión hace muchos años, y que fui reescribiendo a través del tiempo.

Ya me dirán qué les parece.

El nombre del pueblo, por Adrián Gastón Fares.

Género: Novela, Ficción, Intriga, Policial (y unas gotas de fantasía)

Con los links que siguen pueden leerlo online grátis (PDF)

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El nombre del pueblo, Adrian Gaston Fares PDF

El nombre del pueblo, Adrián Gastón Fares AZW3

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La ilustración que utilice para la portada es un boceto del inmenso dibujante Sebastián Cabrol, que me pareció que iba perfecto para los vaivenes de esta trama macabra.

Saludos!

Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La máquina de hacer llover universos

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Hace unos años empecé con esta trama. Iba a ser un relato largo de ciencia ficción y aventuras, con varios protagonistas que eran enviados a un mundo paralelo, donde el protagonista iba viviendo situaciones que tenían que ver con la historia del mundo, como si hubiera algo programado que hiciera que cualquiera en determinado camino para llegar a una meta debiera pasar por estos escalones y desatar estos nudos argumentales. En el medio habría traiciones y pérdida terribles. Quería escribir algo de aventuras un poco dark. La cosa es que para esa época la tarea era demasiado. Me la pasaba corriendo de aquí para allá entregando cochecitos de bebé al correo en mi trabajo, y mi mente estaba luchando contra la tristeza de una ruptura, y a la vez, apuntando de vuelta al cine, desafiándolo.

Fueron momentos difíciles para mí y esta trama quedó frenada. En vez de seguirla, retomé la escritura de cuentos, desarrollé tres proyectos de largometrajes (o cuatro, mejor dicho, sin contar una serie de tv ), reescribí la novela Intransparente y luego hice lo mismo con otra más corta, El nombre del pueblo.

Hace unos días un conocido me contó que se había devorado El nombre del pueblo (que no está editada) de principio a fin en una noche. La trama de esa novela de misterio es bastante inquietante.

Aquí publico hasta donde llegué con este relato largo, entonces, que puede llamarse La máquina de hacer llover universos.

Por Adrián Gastón Fares

 

I

El concepto de evolución que en nuestro planeta mejoró un naturalista inglés en Mingus era religión. La conciencia había evolucionado y las almas eran los dioses. Como si fluyera sangre por las venas y las arterias de nuestro pasado mitológico. Los enemigos son eternos. Los amigos también. Las guerras invisibles son moneda corriente. Si encuentra el camino, o si la encuentran, el alma retorna al clan familiar. Ya sea para ayudar. O para vengarse.

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

—Cómo te llamás?

—Héctor.

Le señalé el camino con la mano.

—Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

—Cómo se llamaba el dueño del reloj?

—nAn

—Es un relator.

—Así es, señor.

—¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

—Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

—En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

—nAn le va a pagar.

—¿Dónde está nAn?

—Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

—Yo no sé nada.

—Debería, señor—. Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

—Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

—Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

IV

Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.

Sobre Intransparente (Novela)

 

Resalto otra vez esta novela que creo que merece una leída de los que siguen este sitio (y de los que no también) Pueden comentar lo que gusten.

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

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PREFACIO

Aquí publico gratuitamente mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que bajen con confianza.

PD: Dado a las complicaciones y placeres de mis problemas de audición, solucionado sí con audífonos, pero viejos (no desesperen ya me darán los nuevos, supongo, y sino los compraré afuera porque las Instituciones en este país no existen; hace 5 años que los pedí a la Obra Social (OSPESA) y ni la Obra Social ni la Superintendencia de Salud dieron un paso, a pesar de la cantidad de trámites que hice, para que los tuviera) y a un Premio por el que todavía no vi un centavo a los que le guste mi novela y quieran ayudar para que me compre unas pilas para los audífonos o sumar algún centavo para que siga comprando anotadores para escribir pueden donar aquí:  PayPal.Me/adrianfares

Otra aclaración: La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Adrián Gastón Fares

Señor Nada

Extraído de mi novela, El nombre del pueblo. (La ilustración es un boceto de Sebastian Cabrol)

La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los yuyos seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta. “¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?” Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía. Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy esos chicos.

Adrián Gaston Fares

PD: Hace poco me escribieron para decirme que El nombre del pueblo atrapa y no suelta.

Novela Intransparente

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Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

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PREFACIO

Aquí publico gratuitamente, en exclusiva en este blog, mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que bajen con confianza.

Como estuve abocado al trabajo arduo y tan gratificante de mi nueva creación, Mr. Time, (que a diferencia de esta novela, es guion, por lo menos por ahora, y es de género fantástico y terror) se me ocurrió publicar directamente en este blog la última COSA larga que escribí (después de Gualicho/Walichu, claro, que también es guion) Otro motivo es que el trabajo de Diseño de producción y Dirección que llevo adelante para Gualicho, no me deja mucho tiempo para seguir escribiendo los cuentos que luego transcribo en este blog.

Agrego que Intransparente es bastante virgen de lectores, dado que, por lo menos que yo sepa, pocas manos han rozado sus hojas virtuales.

Una de ellas fue la de Marcelo Guerrieri, escritor, antropólogo y profesor argentino al que agradezco el estímulo para que le buscara un editor, algo a lo que nunca me dediqué, y el de Lorena, una amiga de infancia, investigadora y profesora de Historia del Joaquín V. González, que insistió con que esta novela era buena e incluso vio en ella cosas que yo no había visto.

Supongo que Intransparente será un eufemismo para Opaco. Pero a mí no me suena lo mismo. La Intransparencia connota una intención que la opacidad no. Y es esa intención, y los hechos que vengo viviendo, y viendo, en este país, Argentina claro, hace años, que me llevaron a este nombre con el que espero que la novela se sienta más identificada.

Intransparente (la RAE prefiere transparente a trasparente, por lo menos hasta lo que sé) tiene dos o tres racimos del los que el lector puede -espero- disfrutar.

El primero es la trama principal. El hijo de Baldomero intentará saber la verdad sobre su padre, un psicólogo que los medios vinculan, luego de su muerte, con la última dictadura militar argentina. Como en el guión por el que fui seleccionado para un Laboratorio en Colombia, Intransparente trata el tema de la última dictadura militar argentina. Pero a diferencia de ese guión, en Intransparente, la dictadura militar no es el único tema.

Aclaro, por que me lo han preguntado en Colombia, que no soy hijo de desaparecidos, ni tengo en mi familia ningún pariente militar o relacionado con la última dictadura militar. Lo que pude investigar del tema me dejó una impresión muy dolorosa, donde los descendientes de ex militares procesados llevan una dura mochila. Lo mismo, ya sabemos, con las víctimas directas e indirectas. Es una herida abierta que Argentina no ha cerrado aún. Y que a mí personalmente, sin haberlo vivido directamente, me produce un profundo dolor.

Sigamos.

O sea, la historia es una invención mía a partir de la pregunta que uno se hace muchas veces: ¿de quiénes venimos? Ya que de dónde venimos me parece una pregunta que no tiene respuesta es mejor dilucidar la del párrafo anterior.

Lo mismo ocurre con los personajes, no hay ninguno basado en personas de la vida real (y las historias son todas distorsiones e invenciones mías) salvo la enanita con la que el protagonista pasaba sus tardes de infancia en Lanús. Diré sin rodeos que esa sí es mi Tía María, una mujer, una de las fosforeras de Avellaneda, con secuelas físicas tal vez de su trabajo, o no, que me ahorraré de describir, a la que yo visitaba diariamente de chico en una casa chorizo igual a la de la novela, y que me contaba historias de su Avellaneda de antaño, algunas de las cuales traspuse en esta novela. Así que las historias que cuenta esa mujer en su casucha, incluso las que parecen más fantásticas, son cuentos de sus cuentos, y hasta lo que yo sé, han ocurrido o han pertenecido a este mundo y no son enteramente invención mía, sino de esa mujer alegre a la que perdimos hace mucho tiempo, y a la que extraño cuando llueve y no hay otro lugar para ir a tomar mate ni otra persona que me cuente historias de la manera que ella contaba.

El segundo racimo pertenece a las noches que pasé investigando específicamente para escribir la novela, cuya manifestación más clara está en la Tercera Parte de la misma.

En la Tercera Parte se exponen una teorías que tienen que ver con los colores, la procedencia de las tinturas, y el poder. A modo de parodia de otros libros afines escribí sobre el anterior asunto y me quemé las pestañas leyendo textos sobre el poder de ciertos hongos, caracoles y pociones, releyendo La Odisea, Los Mitos Griegos y La Diosa Blanca de Robert Graves, más vaya uno a recordar qué otros textos más incorpóreos, para que el protagonista exponga una teoría del color púrpura, de los campos unificados, y de la posibilidad de que los grandes relatos fantásticos ancestrales no sean una mera invención sino una realidad sentida y contada.

Los comentarios sobre Intransparente, públicos o privados, serán más que bienvenidos.

PD: Dado a las complicaciones y placeres de mis problemas de audición, solucionado sí con audífonos, pero viejos (no desesperen ya me darán los nuevos, supongo) y a un Premio por el que todavía no vi un centavo, incluí en este blog como pude un botón para Donar (Al final del sitio dice Buy Now), pero si entran verán que es para donar a gusto. También hay un link a mi PayPal.me en esta entrada. Link PayPal.Me:  PayPal.Me/adrianfares

Otra aclaración: La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Adrián Gastón Fares

Elortis (extracto)

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y derivaba en otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos. Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de la afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina. Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

A. F.

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Elortis (extracto)

Cuando volvimos a hablarnos, Elortis me salió con otra de las historias de la enanita. Al sur otra vez, entonces, a la casucha en esa especie de conventillo donde él tomaba mates con la viejita encorvada. Todo porque me aclaró que estaba dispuesto a convertirse en monje, quería alejarse de la sociedad para desintoxicarse de su influencia negativa. Pensaba, como el escritor Maugham dijo, que las malas experiencias empeoran, envilecen a las personas al contrario de lo que se dice. Listo, Elortis, si vos lo decís por algo será. Dijo que iba a hacer la gran Pancho Sierra, que después de un traspié sentimental se retiró al campo a reflexionar sobre la vida y terminó siendo un sanador, un santo informal entre tantos otros santos informales. A Pancho Sierra se lo había presentado la enanita y el personaje le caía particularmente simpático.

Cerca del barrio de la enanita había una casa de dos plantas. Ahí vivía un médico y su familia. El médico había heredado de su padre alemán un Stradivarius auténtico, que guardaba en una vitrina del salón de esa casa, a la que sólo había entrado una amiga de la enanita porque salía con el hijo, un descarriado que jugaba en Independiente —en ese tiempo los futbolistas jugaban por amor al arte, así que este tipo era un mantenido. Uno de los hermanos era médico como el padre y el otro se había metido en la política, lo que en esa época, como en ésta —eso sí que no cambió— quería decir que tenía conexiones mafiosas, así que siempre estaba bien ubicado por una serie de devolución de lealtades. Pero el futbolista embarazó a la amiga de la enanita, su percanta, a la que sólo hacía entrar a su casa cuando se iban todos, y no le quedaba otra que juntar plata para pagar un aborto. Tiempo atrás el abuelo del futbolista había muerto y en el testamento decía que el violín le correspondería al nieto que demostrara ser el mejor en lo suyo. Al médico todavía no lo convencía ninguno de sus hijos, como para cumplir el deseo de su padre. El que había seguido sus pasos en la medicina parecía ser el adecuado, era el mejor de la clase, aunque el político había hecho conocer el nombre de la familia y traía masitas, bombones, vinos y otras exquisiteces en la cenas familiares que lo hacían merecedor del violín; el futbolista quedaba último en la lista, se la pasaba en las esquinas con los amigos, le silbaba a las chicas cuando pasaban, y varias noches volvía borracho de las farras que tenía con los muchachos del club. Pero era el que más lo necesitaba para venderlo y pagar la operación, así que empezó a buscar el medio de hacerse con el violín. La amiga de la enanita conocía a un tipo que vivía en una piecita arriba de una tintorería que decía ser espiritista. Lo fueron a ver y el hombre, un tipo de una copiosa barba blanca que parecía más de utilería que real, decía la enanita porque ella también lo había visto varias veces caminar con la mirada ausente por las calles, le preguntó a la chica —porque el hijo del futbolista no quería saber nada con que lo vieran entrar ahí— cuál era el problema, y la chica le mostró la panza en crecimiento. El manosanta, que se llamaba Ponchilo Barracas, le preguntó a la amiga de la enanita si no permitía realizar el procedimiento habitual. Le pidió que se pusiera de pie, y él se arrodilló e inclinó la cabeza hasta la altura del ombligo de la chica. Se quedó mirando fijo un rato sin parpadear. Le dijo que había visto cuatro ojos, lo que significaba que iba a tener mellizos. La amiga de la enanita casi se desmaya, y pasó a contarle el plan para el que lo necesitaban. El hijo del futbolista le diría a su padre que se había hecho amigo de un espiritista que podía comunicarse con los muertos y arreglaría una reunión en la que Ponchilo Barracas entraría en contacto con el alma de su abuelo para que dirimiera la cuestión del violín. Ponchilo cerró el trato al escuchar que le darían un porcentaje de la venta del preciado instrumento. El futbolista se las arregló para que toda la familia estuviera presente el día de la sesión de espiritismo, y ubicó un velador en el medio de la mesa grande del salón. Una vela iluminaba la cara de Ponchilo Barracas, que les contó a las demás siluetas oscuras cómo había empezado su camino espiritual. Mientras caminaba por la avenida Mitre una tarde, se cruzó con un hombre de larga barba blanca y pelo largo del mismo color que iba con la cabeza gacha. En aquel momento, no le dio mucha importancia al encuentro, aunque quedó impresionado por altura y la palidez del hombre. Lo vio varias veces, siempre con la cabeza baja, concentrado en el piso. Volvió a cruzarlo, esta vez él iba acompañado de una dama, a la que se lo señaló para que conociera al extraño personaje que encontraba habitualmente en sus caminatas. Resultó que la chica no veía a ninguna persona en el lugar señalado, y en ese mismo momento el hombre de barba blanca levantó la mirada del piso y la clavó en Ponchilo. En cuanto lo perdieron de vista, la chica le pidió que le describiera al personaje que había visto. Cuando Ponchilo, que en ese momento se llamaba Ernesto, terminó la descripción, la chica ahogó un gritito con las manos, y le dijo que ese no era otro que el mismísimo Pancho Sierra. La chica le aseguró que si lo veía era porque le quería transferir su misión. A partir de ese día, Ernesto dejó de ver a la chica, se recluyó en su piecita de arriba de la tintorería, donde mantuvo un fluido diálogo con diversos personajes y alimañas que se le presentaron, y, poco a poco, empezó a ejercer su tarea de interpretar almas en tránsito, ya sean terrenales o etéreas. Al rato los tenía a todos agarrados de la manos, y cuando lo poseyó el abuelo del futbolista, fue para dejar en claro que el violín era propiedad del nieto que había aportado a que el club de sus amores creciera, el que hacía posible que les descargaran cada tanto carretillas de bosta en la cancha del club contrario. El violín fue entregado al futbolista esa misma noche y la enanita nunca supo con certeza si serían o no mellizos los que iba a tener su amiga en aquel momento, aunque dio la casualidad que muchos años después la chica cumplió la profecía de Ponchilo.

El espiritista intervenía en otra historia relacionada con la familia del alemán. Tiempo después del episodio del violín varias empleadas de la fábrica de fósforos donde trabajaba la enanita fueron atacadas con el mismo patrón de conducta (mi amigo se preguntaba si ese trabajo insalubre no sería la causa de la parálisis de medio cuerpo de la enanita; ya Marx comparaba los horrores de la industria fosforera con la descripción de Dante del infierno). Además de aguantar el trabajo arduo controlado por un capataz español severo y el frío que calaba en los huesos en las instalaciones, empezó a correr el rumor entre las fosforeras de que a la salida del trabajo algunas chicas habían sido violentadas por una silueta negra, un homínido oscuro, que descendía de los árboles. El hombre, que llevaba la cabeza encapuchada, al principio se aprovechaba de ellas, pero después empezó a quitarles sus pertenencias y a robarles el insignificante pero valioso sueldo. Ahí fue que la historia empezó a difundirse. Como los policías no lograban dar con el delincuente, y en la fábrica se decía que era una presencia sobrenatural, un sátiro que vivía en los árboles, algunas empleadas, entre las que estaban la enanita, juntaron unos pesos y se presentaron en la habitación de arriba de la tintorería para que Ponchilo Barracas pusiera fin al asunto de una vez por todas. El espiritista esta vez pidió observar unos minutos a una de las chicas que había sido atacada por la fuerza de los árboles, como se refirió al maleante, aunque les aseguró a todas que era una persona común y corriente. Repitió la operación de mirar fijamente el ombligo de su cliente, pero esta vez subido a una mesa. Las chicas se reían de Ponchilo, agazapado como un animal sobre la mesita que usaba para atender a las personas y tomar mate. Después se paró en el medio de la habitación, cerró los ojos, y esta vez le pidió a la fosforera, que todavía tenía desabotonada la camisa y el ombligo al aire, que se acercara para soplarle en la cara. Luego garabateó unas palabras en un papel y les pidió a las chicas que lo entregaran en la comisaría cuanto antes. Al anochecer dos policías veían salir de la casa de dos plantas a uno de los hijos del médico, el estudiante de medicina, y lo seguían de lejos. En cuanto lo vieron encarar una calle arbolada se detuvieron; mientras el estudiante aceleraba el paso, venía una chica alta y muy abrigada. En ese momento los policías se quedaron boquiabiertos, porque en un segundo de descuido perdieron al estudiante de vista y la calle apareció desierta, solamente la chica abrigada de paso torpe la atravesaba lentamente. A mitad de cuadra la fuerza de los árboles cayó sobre la chica e intentó maniatarla en el suelo. Cosa imposible porque en realidad la chica era un macizo policía disfrazado de fosforera que hizo volar al estudiante contra el tronco del árbol, donde le sacó la capucha frente a los dos policías de refuerzo. Luego corrió el rumor de que robaba los sueldos, que guardaba en una caja de cobre que no tocaba en la casa, para desviar las sospechas; quién podría pensar que el hijo del acaudalado médico necesitaba el dinero. El policía tenía experiencia en disfrazarse de mujer porque antes de ser policía lo hacía para los carnavales, hasta algunos decían que lo siguió haciendo, que era una especie de infiltrado en el corso. Era amigo de Carlitos, un travesti de la comparsa de Avellaneda, un tipo flaco y sin dientes que aparecería muerto tiempo después. En cuanto al hijo del médico, a la semana quedó libre; el hermano que se dedicaba a la política apretó con la ayuda de sus amigos mafiosos al comisario.

Ponchilo no había tenido en cuenta las consecuencias de su intervención y tuvo que irse a vivir a Córdoba por un tiempo. Cuando volvió a su habitación de arriba de la tintorería tenía una barba que no parecía falsa para nada. A mi amigo le hubiera gustado saber más de Ponchilo Barracas, pero la enanita sólo le había revelado esas dos historias. Menos mal, Elortis: ya me voy a dormir.

Augustiniano todavía no quería saber nada con Elortis, aunque yo notaba que en el fondo lo apreciaba; decía que Los árboles transparentes era un libro inclasificable. En la agencia de publicidad donde trabajaba no lo había comprado nadie y eso aumentaba su
valor, no era un best-seller de esos que leía en los tiempos libres la diseñadora gráfica.

A. F.

 

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