Novela completa: Intransparente. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela Intransparente. Escribirla fue una aventura muy particular, espero que algo de ese viaje se transmita en su lectura.

Para todos los índices pueden visitar el Menú superior de la página. También pueden consultar la sección Acerca de mí. De esta manera comienza Intransparente:

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior…

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: Intransparente, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Gabriel Quiroga.

Suerte al zombi. Primer capítulo + Índice novela completa.

Adrián Gastón Fares autor de Suerte al Zombi convertido en Zombie

1. LOS HOMBRES DE TRAJE

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su ex compañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El colectivero esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El  chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el colectivero le preguntó adónde iba.

 

por Adrián Gastón Fares

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice de capítulos siguientes:

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 10. Daimón.

10. DAIMON

Luis se encontró con el viejo daimon en una de las cuadras cercanas al boliche. Éste estaba sentado en la vereda de un negocio, reclinado contra la persiana de hierro y tenía dos armas, una en cada mano, apoyadas en el piso, con los cañones apuntando directamente al cielo. Las manos del daimon eran grandes, con uñas que serían la envidia de algunas mujeres.

Levantó la cabeza y miró a Luis por unos segundos. Entonces las palabras fluyeron de su boca:

—¡Luis Marte necesita un arma!—Remarcaba cada una de las palabras con voz de falsete—. Debe cuidarse de los asesinos. Antes que me preguntés, te voy a decir que soy un daimon, viejo pero vivito y coleando. Y a continuación, paso a leerte lo que quiere decir—Metió la mano en su tapado, sacó un libro grueso y empezó a pasar las páginas—. A ver…, acá está…, esperá, eh… —Sus labios se abrieron para dejar pasar a una risa nerviosa—. Acá—Empezó a deslizar su dedo por una página amarilla—. ¡Sí!…—Se aclaró la garganta escupiendo al piso— “…todo lo que es daimónico es intermediario entre el dios y el mortal…, el daimon se ocupa de transmitir a los dioses todo lo que procede de los hombres y a los hombres lo que procede de los dioses”—Suspiró y deslizó su dedo hasta el pie de página—Acá dice que hasta el amor es un daimon…, ¿qué me contás, eh?… ¡Sí que somos famosos!—Guardó el libro en el traje.

—El problema es que no sé a que clase de dios vos servís…

El daimon soltó una risita histérica.

—Me cagaste, hermano: Yo tampoco lo sé, pero me estoy entrenando para descubrirlo y vos vas a ayudarme. En el libro dice que los daimones conducimos a las almas en su viaje al Hades y no dejamos que se pierdan. Por lo tanto, soy tu guía. Te debo advertir, también, que no soy ningún Hermes, eh. Muchos me han confundido.

Luis se quedó parado, escuchando las palabras del demacrado engendro. Miraba abajo, tratando de encontrar los ojos del daimon, pero éste miraba el piso y su larga cabellera negra y grasosa le impedía a Luis unir las facciones para hacerse un bosquejo de su aspecto.

El daimon tenía forma humana; despatarrado en la vereda, de cuerpo fláccido, cubría sus pies con unas alpargatas destrozadas y llevaba un viejo tapado marrón descolorido y agujereado, bajo el cual una camisa, que alguna vez había sido blanca, se abría para dejar salir a los hirsutos pelos que le crecían en el pecho. Su aspecto era el de un pordiosero, un vagabundo que se alimentaba de bolsas de basura.

Seguía lloviendo y el engendro abrió la boca, dejando que gotas de lluvia bañaran su garganta. Luis descubrió con fascinación que en lugar de ojos tenía dos ombligos, pequeños y hundidos, con pequeñas pestañas que se cerraban para protegerlos. Su cara era flaca y larga, como todo su cuerpo, con una pequeña boca que se movía rápidamente. Su nariz, casi imperceptible.

Mientras Luis seguía maravillado observando el aspecto del daimon, éste cerró la boca y movió su cara para mirarlo con sus dos ombligos. Habló mientras escupía el agua que había tragado.

—¡Luis Marte necesita una pistola!—Su voz más chillona aún—. Y yo tengo dos. Unas treinta y ocho común y corriente, pero funcionan.

Luis estaba pensando que aquel daimon tenía una manera de hablar parecida a la del abuelo de Los Simpsons, cuando el desgraciado levantó la pistola de su mano derecha, apuntó rápidamente y disparó. El joven vio como un gato que estaba durmiendo arriba de unas bolsas de basura, caía, se retorcía y quedaba en el piso en una caprichosa postura. Enseguida, el daimon levantó la otra pistola y se escuchó un nuevo disparo. Luis se dio vuelta para ver qué animal había tenido mala suerte en esa oportunidad, pero la bala debió de haberse perdido en la sabana gris.

Al darse vuelta, el daimon se reía a carcajadas, dejando salir de su garganta un chirrido metálico.

—Perdoná—Se llevó una mano a la cara dejando el arma a un costado y se cubrió los dos ombligos con sus largos dedos. En una instante tapaba sus “ojos” y en otro separaba los dedos frenéticamente, espiando a Luis y soltando carcajadas— ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!…, perdoname, por favor. Esta noche estoy más estúpido que de costumbre. Puede ser que tu olor a mierda me embelezca. O que tu estado me impresiona. Por eso no soy amigo de la muerte. ¡Mirá lo que te hizo a vos!

Señaló a Luis con una de las armas y se levantó, agarrando la que había dejado en el piso. Era alto, muy alto, tenía piernas largas y, de pie, su cuerpo parecía un escarbadientes ataviado. Se acercó a Luis apuntándole a la cabeza con las dos armas.

—¿Vas a perdonarme lo de las rodillas o te disparo en la cabeza?—dijo irónicamente y acercó los cañones a los ojos de Luis— Puedo hacer que las mujeres digan que tenés dos luceros muy hermosos, que alumbran con todo su…—Se agachó como si se le hubiera ocurrido el mejor chiste del mundo y escupió una risa—. ¡Sangre! ¡Ji!, ¡Ji!, ¡Ji!

“Me tocó el daimon más estúpido del universo”, pensó un confundido Luis. El idiota apuntó nuevamente y le preguntó lo mismo… ¿Rodillas? Luis miró sus piernas y se desplomó. Tenía sangre en su pantalón negro y aunque no sentía ningún dolor, al verla cayó, dándose cuenta que el daimon, al disparar por segunda vez, le había dado en su rodilla izquierda.

Lo que le pareció gracioso a Luis y lo hizo sonreír, era que no se había caído hasta darse cuenta que estaba malherido. Esto y el hecho de que tres veces había dado su cara contra el pavimento desde que había dejado el velatorio. ¿Sería que la tierra lo reclamaba? Después de todo, él debía de estar bajo tierra hacía casi un día. Era una ley acatada por todo el mundo y él la había desobedecido.

El daimon reía sin parar. “Éste es un boludo”, pensó Luis mientras trataba sin éxito de levantarse.

—¿Me perdonás, asqueroso Luis?—Le volvió a poner las dos pistolas en los ojos, esta vez apretándolas contra las cuencas—. Decí que sí y seguirás así, decí que no y vas a ser un muerto ciego… y rengo.

Luis se vio a sí mismo personificando a una de las albóndigas vivientes que arrastraban las piernas en aquellas películas de George Romero. Esta visión fue la que lo hizo gritar:

—¡Te perdono!…Sí que te perdono demonio estúpido y logúrrr…

Iba a decir loco pero una de sus cuerdas vocales saltó, como cuando se corta la de una guitarra, y le salió ese extraño gruñido de su garganta. Luis cerró los ojos. Así que se le estaban pudriendo las cuerdas vocales; era algo en lo que no había pensado. Simplemente no se veía a sí mismo mudo. Ni ciego. Ni rengo.

En ese momento sintió cómo lo levantaban. El daimon lo agarró de las axilas y lo apoyó contra la persiana metálica de aquel negocio, sosteniéndolo con sus fuertes manos para que no cayera. Luego acercó su faz a la de Luis y le susurró:

—Te voy a recomponer la pierna porque fue mi culpa.

Se agachó, pasó su pistola a la mano derecha junto con la otra y metió la izquierda dentro del orificio que había en el pantalón de Luis, removiendo la carne. Cerró la herida dando vuelta a aquella carne como la abuelita de Luis a la masa cuando preparaba ravioles. Luego, acarició el orificio quemado en el pantalón y éste se cosió inmediatamente. Soltó a Luis. Éste se mantuvo parado por su cuenta.

—¡Ya está!—dijo el daimon, mientras limpiaba su mano ensangrentada en el mohoso saco, luego miró a Luis— ¿Somos amigos de vuelta?…Amigos son los amigos: ¿Te acordás de eso, Luis?. Carlín Calvo. Pablo Rago. ¿Y si jugamos a que yo soy Carlín y vos sos Pablito, amiguito?

Luis maldijo al dios o, mejor dicho, demonio —sí es que había alguna diferencia entre los dos— que le había mandado aquel daimon. Se apartó de la silueta expectante y empezó a caminar. La pierna no le traía ningún problema. Habló casi para sí mismo, susurrando:

— ¿Cuál es el trato que vas a tener que hacer con mi alma para descubrir a tu dios?

El engendro le sonrió a Luis sarcásticamente.

—¿Trato?. Ninguno. Sólo voy a presentarte a algunos amigos—contestó.

El daimon estaba erguido con las dos pistolas colgando de sus manos. Luis lo enfrentaba. Hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la razón de la vida?

—La muerte— contestó el daimon.

—Entonces… ¿por qué no estoy muerto totalmente?

—Porque la muerte no es la razón de tu vida. Y porque te rebelaste.

—¿A quién me rebele?—Luis había levantado un poco su tono de voz.

—Al culo de tu vieja, idiota—El daimon reía—. ¿Quién te creés que soy yo? ¿Un Yoda? No sé nada. Todo lo que te dije fueron inventos. Escuchame—Levantó su largo brazo derecho y le tendió el arma a Luis—. Sólo vine a darte esto.

Luis titubeó por un momento y luego agarró el arma. El daimon levantó su tapado y le hizo seña con el arma que todavía conservaba para que Luis guarde la suya. Éste así lo hizo. El cinturón la mantuvo entre el pantalón y la camisa blanca. Luego se acomodó el saco de vuelta.

—Te estás pudriendo, Luisito—dijo el daimon—. Voy a presentarte a un par de chicos que muy pronto van a estar tan podridos como vos. Ya vienen… —El daimon sonrió, mostrando sus dientes amarillos—. Te retuve este tiempo charlando y hablando pavadas tan sólo para que vieras a unos amigos y si querés seguirlos…

Luis escuchó el retumbe de frenéticas pisadas. Los ruidos estaban cerca. Debían ser tres o cuatro personas las que se acercaban a tropezones y corriendo. El daimon lo abofeteó para que Luis volviera a mirarlo y luego parpadeó, ocultando y mostrando nuevamente sus dos ombligos.

—Ahora usá el arma por primera vez conmigo, Luis. Dicen que traigo suerte.

Luis no dudó. Llevó su mano debajo del traje y agarró el arma atrapada en su cinturón. Se acercó dos pasos más al daimon y apuntó la treinta y ocho a la cabeza. El engendro mantuvo su arma apuntando al piso y Luis apretó tres veces el gatillo, dando de lleno en la cabeza del daimon mientras éste sonreía como un payaso de circo. Cuando la última bala penetró en el cráneo y éste se abrió dejando caer su contenido dentro de un negocio —los sesos atravesaron las persianas de hierro oxidado con forma de rombos— el daimon desapareció dejando su arma tirada en el lugar donde había estado parado.

Luis gatilló una vez más, pero el cargador estaba vacío. Los pasos se escuchaban ahora mucho más cerca y había también voces que gritaban exhaustas en la carrera. No había duda. Se acercaban hacia donde él estaba. Estarían a la vuelta de la esquina y aparecerían en ésta en cualquier momento. La lluvia cesó. Los pasos resonaron.

Luis tiró el arma usada. Se agachó y tomo el arma que había dejado el daimon en el suelo, cuando el grupo que venía corriendo alcanzaba la esquina.

Estaban desenfrenados. Eran tres jóvenes y corrían gritándose entre ellos y mirando para atrás. Sí, asustados y desesperados. Alguien o algo los corría. Luis agradeció al daimon que le hubiese dejado su pistola… —dio vuelta el cargador verificando el contenido— cargada. Y se sintió más vivo que nunca.

por Adrián Gastón Fares

Pd: (La ilustración es una que hice para otro daimon, está vez en un árbol, para uno de los poemas del joven pálido)

El nombre del pueblo. Novela.

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018.jpg

Llegó la hora!

La hora de compartir El nombre del pueblo (110 páginas, Adrián Gastón Fares, 2018), una novela que he escrito a través de los años (como se escriben las cosas, ¿no?)

Comencé a escribirla antes de Intransparente y luego se fue reescribiendo hasta ahora que la comparto en exclusiva con ustedes en este espacio.

¿Qué van a encontrar?

Hay dos Sinopsis.

Copiaré aquí una:

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

La otra está dentro del libro.

La novela tiene unas 110 páginas, así que es mucho más corta que Intransparente.

Se despacha en una noche o dos, según el ritmo de lectura, porque la trama es intensa.

Me hice un botón de pago por si alguno le gusta la novela y quiere colaborar conmigo.

Estoy muy atribulado con otras narrativas como la de Mr. Time, en cuya carpeta de presentación trabajo a tiempo completo (más las vicisitudes del quehacer de Gualicho, que darían para otra novela de, por lo menos, 200 páginas…)

Así que disfruten esta novela, que nació como un guión hace muchos años, y que fui reescribiendo a través del tiempo.

Ya me dirán qué les parece.

El nombre del pueblo, por Adrián Gastón Fares.

Género: Novela, Ficción, Intriga, Policial (y unas gotas de fantasía)

Con los links que siguen pueden leerlo online grátis (PDF)

El archivo AZW3, EPUB (que es el formato original y recomendado, junto con el PDF) o el MOBI se descargan de manera automática y así pueden transferirlo a su lector de libros electrónicos favorito (eBook), según el formato que más les convenga o guste (incluyo la conversión para el Kindle) Sólo tienen que cliquear los Links.

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La ilustración que utilice para la portada es un boceto del inmenso dibujante Sebastián Cabrol, que me pareció que iba perfecto para los vaivenes de esta trama macabra.

Saludos!

Adrián Gastón Fares