Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

Luego de estrenar, digamos, Los cara cambiante, vuelvo a publicar Lo que algunos no quieren contar para los que todavía no lo descubrieron.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Los dominantes

Cuando la ciudad se despertó con la niebla alta y el horizonte bajo, cuando la luna se tiñó de naranja por una semana, y otros rayos que no eran del sol alcanzaron la tierra, ellos surgieron. En ese verano yo tenía siete años y estaba jugando en la calle con mis amigos. La gente gritó tanto, que algunos se quedaron mudos para siempre.

Ese día, el mundo se pobló de fantasmas. Ahora, luego de la revolución, han encontrado esa manera tan horrible de hacerlos desaparecer otra vez, de atraparlos en esa dimensión que no es la nuestra ni era la de ellos.

Los maltrataron desde el principio ¿Qué esperaban? ¿Que fueran pacíficos?

Pero esto no es sobre lo que todos saben bien, sino sobre lo que yo viví cuando, muchos años después de esa tarde en que por primera vez se manifestaron, me encomendaron un trabajo de investigación con uno de los dominantes, Lady.

Cuando cumplí los tres años en la policía, me llamaron un día para presentarme a mi nueva compañera, una chica translúcida de unos veinte años, con frente amplia y ojos grandes, que prefería que la llamaran Lady, porque ya no era la que fue (con el tiempo averigüé que la forma dominante se había llamado Ana y que había muerto al ser arrollada por un colectivo; el vehículo la había empujado nada más, pero eso bastó para que Ana se rompiera la cabeza contra el asfalto)

Lady había sido criada en una comunidad de fantasmas en las afueras de Buenos Aires. Deben conocer una cuantas, pero estas tenían todas las tradiciones de ese tipo de comunidades; los espejos no existían en sus casas, la temperatura era siempre baja, se comunicaban con telepatía, y el silencio era tal, que se escuchaba a las ratas comer las raíces de los arbustos secos. Recién después de años de trabajar juntos, Lady me llevó a conocer a sus padres; nunca me sentí tan tranquilo como en ese lugar, con el murmullo de las copas de los pinos y esa gente transparente que, por más que fueran tantos en uno, te dejaban ver siempre lo que había detrás de ellos.

Lady apenas hablaba, como era común en la mayoría de los aparecidos, y si lo hacía su voz no parecía provenir de ella si no de algún parlante invisible ubicado en sus hombros. Así se escuchaba la voz telepática de los dominantes con más energía como el caso de Lady, que sonaba a Ana entera pero no era Ana nada más, según Lady me explicó.

Su voz era un chirrido como de silla arrastrada de punta a punta de la habitación. Es sabido que las almas hacen un esfuerzo para conservar la apariencia terrenal que alguna vez tuvieron, y el esfuerzo de Ana por ser Lady, o de Lady por quedarse en Ana, era tal que rara vez sus facciones de desfiguraban, y si lo hacían era para asustar, o para dejar ver la amalgama de espíritus que era ella, varios que ya se habían ido, hombres y mujeres, que eran comandados por Lady pero no la dominaban, por eso la forma que había conservado era la de una chica con pantalones de jean cortos, remera ajustada, pelo castaño que apenas rozaba sus hombros, y campera de cuero.

Así. Lady.

Ramón, nuestro comisario, nos encomendó visitar una casa donde los humanos estaban torturando a un espíritu común. Si no son policías, no van a saber cómo es este procedimiento, pero cuando un espíritu de la casa, de los llamados cautivos, que son sólo entes con la apariencia humana que tuvieron en vida, y que no son una amalgama de varios espíritus de atributos similares, como Lady, o sea el típico fantasma de otros tiempos, se siente amenazado por los humanos manda un mensaje de auxilio telepático a la comisaría a uno de mis superiores amalgamados. El subcomisario Jacinto, que fue el que metió en la policía a Lady, era un amalgamado; un dominante. Había entrado en la policía un año después de ese verano en que la tierra se volvió transparente y toda clase de entes comenzaron a aparecer. Era de los primeros, y como tal, nadie se atrevía a entrar a su despacho, ni siquiera el comisario Ramón, que era su jefe, pero que le tenía un terror reverencial al amable, pero horripilante, Jacinto.

Imagínense un espíritu dominante en un cuerpo explotado por una bomba en la guerra de Malvinas. Sostenía la cabeza en una mano, otras a veces rodaba la cabeza hasta sus pies y desde ahí repetía las órdenes que Ramón les daba. La oficina de Jacinto era una habitación repleta de trofeos de torneos de caza, de cascos de guerra y armas antiguas, de pieles de animales muertos, de comida pútrida que el hombre se empecinaba en comer aunque sabía que era un espíritu y no podía. Y otros espíritus luchaban por deformar su apariencia, varios compañeros de esa guerra e incluso soldados que habían levantado sus armas en otra época, cientos de años antes. El hombre realmente estaba en conflicto consigo mismo. Y con muchos otros.

Para ese primer caso, el amalgamado más horripilante de todos contactó de alguna manera con el compañero más etéreo de todos, el que realmente parecía una doncella salida de un cuento gótico de terror, o un hada malvada pero bella, por qué no: Lady.

Ramón nos pidió que nos mantuviéramos cerca de la casa de los Delano. Flavia Delano era un espíritu común que había muerto en un escape de gas junto a sus dos hijos. Los dos niños lograron formar parte de otros espíritus amalgamados, pero Flavia, con la culpa encima, quedó para siempre atrapada en la casa donde había muerto, cuyos nuevos propietarios habían transgredido la ley que decía que si había un fantasma común en la casa la convivencia debía ser pacífica, no se debía salpicar al espíritu de agua bendita, ni traer a religiosos, ni atacarlo con invocaciones desfavorables al alma sacadas de libros de dudosa procedencia. Todo eso habían logrado los dominantes para sus primos más cercanos y sufridos; los espectros a secas.

La soledad de este tipo de espíritus es tan grande, porque hay finas capas de realidad que los separan de los humanos y no tienen la fuerza de muchos que tienen los dominantes. Habrán visto alguno y espero que, si no era agresivo, lo hayan cuidado, porque si bien los amalgamados ya no están entre nosotros, sé que sigue habiendo espectros simples que habitan nuestras casas y otros que duermen en los estadios de fútbol, donde se sienten protegidos porque están acompañados por varios que sufrieron la misma suerte. Los que logran escapar de las casas que los limitan eligen los estadios porque cualquier otra casa los atrapa.

Cuando extraño a Lady, ahora, logro meterme en un estadio, prendo las luces, salgo al campo y cierro los ojos. Y ellos me hacen sentir su presencia. Es como si el estadio estuviera lleno de amapolas de muchos colores, que eran las flores que le gustaban a Lady. Pero ellos no son dominantes. Y no son Lady.

Aquel día, el primero para nosotros, estacionamos el auto en la puerta de la excasa de Flavia, un chalet californiano de esos que abundan en la costa, y Lady me pidió que le trajera una lagartija. Se estaba debilitando. Cualquiera de los otros espíritus que conformaban a Lady, y especialmente Astor, el más agresivo de todos, podría poseerla y tomar el control de su apariencia y de su accionar. Me mostró un lunar en la mejilla que Ana no tenía y que me aseguró que era de Astor. Nunca observé algo tan hermoso, un lunar iridiscente. Así que salí con el frasco, atrapé una lagartija, tarea bastante fácil en estos tiempos en Buenos Aires, y Lady logró clavarle una de sus uñas, la más larga, la de Ana. En un segundo la lagartija se desinfló y quedó reseca como esos sapos aplastados en la ruta.

En general los amalgamados pueden tocar a los seres materiales con algún miembro de su cuerpo y en Lady este era el dedo anular, con una uña larga, pintada de negra y partida. Ese dedo era la parte y el todo de Ana, más que la vestimenta y lo demás. El problema se da cuando tienen los sentidos intercambiados, y sólo tienen tacto en los párpados por ejemplo y, en cambio, ven a través de la epidermis de su torsos. Hubo casos así, difíciles, donde tuvimos que enfrentar a otros, temibles, amalgamados. Esa escuela infectada, por ejemplo. No quiero ni pensar en eso. Puede ser que allí hayan comenzado el fin de los dominantes. Mejor sigo en ese primer día que patrullamos la calle con Lady.

Cuando Lady se repuso, nos acercamos al chalet sin más dilación, ella adelante, yo detrás con una mano en la empuñadura de mi pistola, aunque no había peligro, pero tenía una familia en ese entonces, una nena hermosa de tres años, y mi mujer me dejaba verla todos los fines de semana, y quería seguir haciendo eso hasta que se terminara el mundo o me convirtiera yo también en un amalgamado o en un alma errante como la que íbamos pronto a conocer.

Lady levantó la palma de su mano; me detuve en seco. Ella siguió caminando hasta la casa. Una de las ventanas estaba abierta, se apreciaba la luz cálida de una pantalla roja de un velador, y una forma abultada, que coincidía con el aspecto del hombre de la familia de los nuevos ocupantes, un rechoncho médico. Lo que sabíamos era que Flavia había logrado pasar desapercibida hasta hacía poco, dos meses, cuando vio algo tan repugnante en la casa que su forma de espectro fue avistada por los niños.

En pocos días, había desaparecido un libro de exorcismos de una de las bibliotecas del barrio, y parecía ser que Flavia estaba siendo escupida y torturada de mil maneras por los nuevos habitantes de la casa donde había vivido y muerto junto a sus queridos niños.

Mientras Lady se acercaba a la casa, recordé que me había sonreído al conocerme, y fantaseé con que ella tenía miedo de que Astor lograra dominarla si se asustaba y yo saliera herido si eso ocurría. Los espíritus funestos como Astor son muy peligrosos, y más cuando están tratando de sobresalir y vencer a un dominante.

Observé a Lady como en cámara lenta; su pantalón azul desteñido, los contornos de sus piernas que en vez de piel dejaban ver unos malvones rojos y blancos que habían plantado en el frente del chalet, sus zapatillas lisas.

Me ordenó silencio, porque yo estaba masticando un chicle y lo hago de manera ruidosa, más cuando estoy nervioso. Lo tiré y me quedé mirando a Lady que pegó la cara contra el vidrio de la ventana para observar mejor al hombre.

Luego de un minuto, Lady me hizo una seña para que me acercara. Una mujer, que parecía ser la esposa del hombre, una rubia flaca, estaba entre los pies del hombre, cuyo cuerpo estaba reclinado hacia atrás. La mujer recuperó su altura normal, se sentó a horcajadas del hombre, que comenzó a levantarla y a bajarla como si fuera un juguete. Le dije a Lady que era nada más que sexo, que no era tan malo eso. Pero Lady alargó su mano para que la siguiera y me llevó hasta la ventana que estaba del otro lado de la puerta principal.

Se podía ver una habitación con dos sillones alrededor de una mesa ratona. En el piso estaban los niños del ingeniero, leyendo un libro que reposaba sobre la mesa. Comenté que todo estaba bien. Pero Lady negó con la cabeza. En ese momento vi como el lunar que ella atribuía a Astor brillaba. Me quedé mirando a los niños hasta que un golpe fuerte me hizo mirar hacia la ventana donde los adultos seguían teniendo sexo. Al girar la cabeza, y mirar a través de la ventana a los niños otra vez, escuché un grito horripilante y una cara deforme de mujer se pegó al vidrio.

En lugar de ojos Flavia, el espectro de la casa, tenía en cada una de sus cuencas nidos de araña, de esos que son como una cuevita, en los que de chico yo ponía un bicho bolita para que la araña apareciera y luego arrastrara a la oscuridad a su presa. A veces yo creía que esos nidos comunicaban a otro mundo, que lo que surgiera podía ser el doble de grande de lo que yo esperaba, yo creía que podía salir la pata de araña más grande que se hubiera visto jamás para tragarse entera a mi ofrenda. Ahora era como si después de años de esperar con paciencia que lo maravilloso asomara la cabeza, lo hubiera hecho con Lady, ese espectro que eran miles, y que yo tenía de compañero.

Lady me dijo que no temiera y me obligó a caminar hasta la ventana donde los padres de los niños estaban en plena culminación de su acto sexual. Los gritos del clímax de la mujer podían escucharse en la quietud de la noche de ese suburbio. Le dije a Lady que la puerta que daba a la habitación de los niños estaba cerrada. Pero Lady volvió a hacerme callar. De repente, otra vez apareció esa cara deforme, opaca, de espíritu común, con esos ojos anidados con telarañas. La cara de Flavia se dio vuelta, observó a la pareja y luego a nosotros. De uno de los agujeros de su cara donde debían estar los ojos salió una araña que quedó colgando frente a su boca, balanceándose para un costado y para el otro. La boca de Flavia escupía baba. Los labios apretados sugerían que el fantasma estaba llorando.

Lady se dio vuelta, compungida y debilitada porque había perdido esa energía que le daba coherencia como ente único, con poder sobre los demás que la conformaban, y traspasó con su cuerpo la ventana para posicionarse detrás de Flavia. Se arrodilló junto al espectro. Abrazó a Flavia. La contuvo. Por un momento, no supe si eran dos o una,

Salieron de la habitación y traspasaron la puerta hasta el living donde estaban los niños. El niño de más edad estaba leyendo un libro de gran tamaño y hojas amarillentas. Seguía con el dedo unas letras de estilo gótico y repetía en voz alta, cada vez más rápido, un sortilegio. Lady se quedó escondida detrás de una de las cortinas y Flavia no tuvo más opción que asomar su cara entre la de los dos de los niños, que empezaron a burlarse del fantasma. Habían logrado su objetivo. Que Flavia se materializara frente a ellos para echarle la culpa de la muerte de sus dos hijos.

La veían pasar. Reflejada en los espejos. Pero no les alcanzaba. Con el sortilegio congelaban al fantasma e impedían que se escondiera en el ropero o donde más le gustara. Ese mecanismo era la tortura que le inferían a Flavia. Y se reían en su cara, o por lo menos en lo que quedaba de ella, porque había olvidado la llave del gas abierta y los cerebros y los corazones de sus pequeños hijos, como el de ella, habían dejado de funcionar.

Lady con una mirada me contó que eso lo habían aprendido de sus padres. Quienes también la usaban a Flavia para que los observara durante el sexo. Y que la mujer se excitaba más cuanto más arañas salieran de las diminutas cuevas que eran los dos ojos del pobre fantasma.

Luego, mi compañera apartó a Flavia de los dos niños, no le costó dejar que otro ente la poseyera, yo creo que fue Astor porque el lunar parecía más grande y más vistoso, y la casa comenzó a temblar.

Las puertas se abrieron y cerraron de golpe. Los cuadros se dieron vuelta. Los sillones salieron como lanzados hacia las paredes. La lámpara roja del velador de la habitación donde habían tenido sexo los padres se desplegó y voló como si fuera un mapa escarlata hacia la pareja. La lamparita, desnuda, explotó. La mujer y el hombre se destrenzaron del abrazo que los unía, y fueron a constatar que sus niños estuviesen a salvo.

Con Lady escuchamos que les prohibían jugar con Flavia y les ordenaban que dejaran descansar a la pobre fantasma.

El ingeniero les quitó ese libro grueso que él mismo había robado de la biblioteca y entregado a sus dos pequeños. Lady tranquilizó a Flavia, que volvió a su armario.

Retornamos a la comisaría. Por debajo de la oficina de Jacinto se colaba una luz púrpura que indicaba que el hombre estaba luchando contra sus demonios. No entramos.

Mi compañera se sentía impotente por no haber alejado a Flavia de esa casa tan oscura en la que había quedado atrapada. Yo le comenté que eso significaría convertirla en dominante. Y ella asintió con la cabeza y me pidió que le trajera otra lagartija para aplacar a sus espíritus.

Así lo hice. Extraño las aventuras con Lady. Un detective con prosopagnosia, ese defecto que hace que no pueda reconocer las caras, no es lo más fiable del mundo y Lady me ayudaba con eso, hacía que yo no mezclara las caras, me advertía de mis errores. Y era una buena compañera.

Incluso un día conoció a mi hija. Pero eso ahora no se puede contar.

Por Adrián Gastón Fares

 

 

El nombre del pueblo. Novela.

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018.jpg

Llegó la hora!

La hora de compartir El nombre del pueblo (110 páginas, Adrián Gastón Fares, 2018), una novela que he escrito a través de los años (como se escriben las cosas, ¿no?)

Comencé a escribirla antes de Intransparente y luego se fue reescribiendo hasta ahora que la comparto en exclusiva con ustedes en este espacio.

¿Qué van a encontrar?

Hay dos Sinopsis.

Copiaré aquí una:

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

La otra está dentro del libro.

La novela tiene unas 110 páginas, así que es mucho más corta que Intransparente.

Se despacha en una noche o dos, según el ritmo de lectura, porque la trama es intensa.

Me hice un botón de pago por si alguno le gusta la novela y quiere colaborar conmigo.

Estoy muy atribulado con otras narrativas como la de Mr. Time, en cuya carpeta de presentación trabajo a tiempo completo (más las vicisitudes del quehacer de Gualicho, que darían para otra novela de, por lo menos, 200 páginas…)

Así que disfruten esta novela, que nació como un guión hace muchos años, y que fui reescribiendo a través del tiempo.

Ya me dirán qué les parece.

El nombre del pueblo, por Adrián Gastón Fares.

Género: Novela, Ficción, Intriga, Policial (y unas gotas de fantasía)

Con los links que siguen pueden leerlo online grátis (PDF)

El archivo AZW3, EPUB (que es el formato original y recomendado, junto con el PDF) o el MOBI se descargan de manera automática y así pueden transferirlo a su lector de libros electrónicos favorito (eBook), según el formato que más les convenga o guste (incluyo la conversión para el Kindle) Sólo tienen que cliquear los Links.

Descargar Gratis / Free Download:

El nombre del pueblo, Adrian Gaston Fares PDF

El nombre del pueblo, Adrián Gastón Fares AZW3

El nombre del pueblo, Adrián Gastón Fares EPUB

El nombre del pueblo, Adrián Gastón Fares Mobi (Kindle)

La ilustración que utilice para la portada es un boceto del inmenso dibujante Sebastián Cabrol, que me pareció que iba perfecto para los vaivenes de esta trama macabra.

Saludos!

Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre Intransparente (Novela)

 

Resalto otra vez esta novela que creo que merece una leída de los que siguen este sitio (y de los que no también) Pueden comentar lo que gusten.

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

Bajar / Download Intransparente Automáticamente a tu PC / Móvil / Dispositivo:

Bajar Epub Novela Intransparente

Bajar Mobi Novela Intransparente

Leer PDF Novela Intransparente

PREFACIO

Aquí publico gratuitamente mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que bajen con confianza.

PD: Dado a las complicaciones y placeres de mis problemas de audición, solucionado sí con audífonos, pero viejos (no desesperen ya me darán los nuevos, supongo, y sino los compraré afuera porque las Instituciones en este país no existen; hace 5 años que los pedí a la Obra Social (OSPESA) y ni la Obra Social ni la Superintendencia de Salud dieron un paso, a pesar de la cantidad de trámites que hice, para que los tuviera) y a un Premio por el que todavía no vi un centavo a los que le guste mi novela y quieran ayudar para que me compre unas pilas para los audífonos o sumar algún centavo para que siga comprando anotadores para escribir pueden donar aquí:  PayPal.Me/adrianfares

Otra aclaración: La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Adrián Gastón Fares

Novela Intransparente

InstransparenteWEBIntransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE.jpg

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

Bajar / Download Intransparente Automáticamente a tu PC / Móvil / Dispositivo:

Bajar Epub Novela Intransparente

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PREFACIO

Aquí publico gratuitamente, en exclusiva en este blog, mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que bajen con confianza.

Como estuve abocado al trabajo arduo y tan gratificante de mi nueva creación, Mr. Time, (que a diferencia de esta novela, es guion, por lo menos por ahora, y es de género fantástico y terror) se me ocurrió publicar directamente en este blog la última COSA larga que escribí (después de Gualicho/Walichu, claro, que también es guion) Otro motivo es que el trabajo de Diseño de producción y Dirección que llevo adelante para Gualicho, no me deja mucho tiempo para seguir escribiendo los cuentos que luego transcribo en este blog.

Agrego que Intransparente es bastante virgen de lectores, dado que, por lo menos que yo sepa, pocas manos han rozado sus hojas virtuales.

Una de ellas fue la de Marcelo Guerrieri, escritor, antropólogo y profesor argentino al que agradezco el estímulo para que le buscara un editor, algo a lo que nunca me dediqué, y el de Lorena, una amiga de infancia, investigadora y profesora de Historia del Joaquín V. González, que insistió con que esta novela era buena e incluso vio en ella cosas que yo no había visto.

Supongo que Intransparente será un eufemismo para Opaco. Pero a mí no me suena lo mismo. La Intransparencia connota una intención que la opacidad no. Y es esa intención, y los hechos que vengo viviendo, y viendo, en este país, Argentina claro, hace años, que me llevaron a este nombre con el que espero que la novela se sienta más identificada.

Intransparente (la RAE prefiere transparente a trasparente, por lo menos hasta lo que sé) tiene dos o tres racimos del los que el lector puede -espero- disfrutar.

El primero es la trama principal. El hijo de Baldomero intentará saber la verdad sobre su padre, un psicólogo que los medios vinculan, luego de su muerte, con la última dictadura militar argentina. Como en el guión por el que fui seleccionado para un Laboratorio en Colombia, Intransparente trata el tema de la última dictadura militar argentina. Pero a diferencia de ese guión, en Intransparente, la dictadura militar no es el único tema.

Aclaro, por que me lo han preguntado en Colombia, que no soy hijo de desaparecidos, ni tengo en mi familia ningún pariente militar o relacionado con la última dictadura militar. Lo que pude investigar del tema me dejó una impresión muy dolorosa, donde los descendientes de ex militares procesados llevan una dura mochila. Lo mismo, ya sabemos, con las víctimas directas e indirectas. Es una herida abierta que Argentina no ha cerrado aún. Y que a mí personalmente, sin haberlo vivido directamente, me produce un profundo dolor.

Sigamos.

O sea, la historia es una invención mía a partir de la pregunta que uno se hace muchas veces: ¿de quiénes venimos? Ya que de dónde venimos me parece una pregunta que no tiene respuesta es mejor dilucidar la del párrafo anterior.

Lo mismo ocurre con los personajes, no hay ninguno basado en personas de la vida real (y las historias son todas distorsiones e invenciones mías) salvo la enanita con la que el protagonista pasaba sus tardes de infancia en Lanús. Diré sin rodeos que esa sí es mi Tía María, una mujer, una de las fosforeras de Avellaneda, con secuelas físicas tal vez de su trabajo, o no, que me ahorraré de describir, a la que yo visitaba diariamente de chico en una casa chorizo igual a la de la novela, y que me contaba historias de su Avellaneda de antaño, algunas de las cuales traspuse en esta novela. Así que las historias que cuenta esa mujer en su casucha, incluso las que parecen más fantásticas, son cuentos de sus cuentos, y hasta lo que yo sé, han ocurrido o han pertenecido a este mundo y no son enteramente invención mía, sino de esa mujer alegre a la que perdimos hace mucho tiempo, y a la que extraño cuando llueve y no hay otro lugar para ir a tomar mate ni otra persona que me cuente historias de la manera que ella contaba.

El segundo racimo pertenece a las noches que pasé investigando específicamente para escribir la novela, cuya manifestación más clara está en la Tercera Parte de la misma.

En la Tercera Parte se exponen una teorías que tienen que ver con los colores, la procedencia de las tinturas, y el poder. A modo de parodia de otros libros afines escribí sobre el anterior asunto y me quemé las pestañas leyendo textos sobre el poder de ciertos hongos, caracoles y pociones, releyendo La Odisea, Los Mitos Griegos y La Diosa Blanca de Robert Graves, más vaya uno a recordar qué otros textos más incorpóreos, para que el protagonista exponga una teoría del color púrpura, de los campos unificados, y de la posibilidad de que los grandes relatos fantásticos ancestrales no sean una mera invención sino una realidad sentida y contada.

Los comentarios sobre Intransparente, públicos o privados, serán más que bienvenidos.

PD: Dado a las complicaciones y placeres de mis problemas de audición, solucionado sí con audífonos, pero viejos (no desesperen ya me darán los nuevos, supongo) y a un Premio por el que todavía no vi un centavo los que le gusta mi novela y quieran comprarme unas pilas para los audífonos o un café pueden donar aquí:  PayPal.Me/adrianfares

Otra aclaración: La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Adrián Gastón Fares