Lo poco que queda de nosotros. VII.

La niña calva se adelantó con el arma que le había quitado al hombre de bata y le apuntó directamente a su padre. Su boca temblaba pero su mano estaba firme. El hombre gordo se interpuso entre la niña calva y su padre. Tenía las palmas de las manos extendidas en una señal de contención.

Hijo de puta, me abandonaste, le gritó a su padre.

Nadie contestó.

Pensá, primero, pero haz tu voluntad, le dijo el hombre gordo.

El hombre de bata estaba congelado. La niña calva apretó el gatillo. Silencio. Su padre seguía sentado dándole la espalda al escritorio. La niña calva se volteó y miró al hombre de bata, que no sabía qué decir. Entonces, asombrada, apuntó al hombre gordo.

Dale, apretá. Date el gusto. En la vida hay que darse los gustos.

El hombre gordo esperó el disparo. La niña calva temblaba tanto que la pistola se le escurrió de sus manos.

No hay que llorar. Llorar un poco está bien pero un día hay que parar. Les traje esto, les pertenece.

Eran dos anteojos con marcos circulares de cristal amarillo.

Mientras la niña calva seguía llorando el hombre de bata se puso los anteojos. Salió de la habitación. Encontró una ventana en el pasillo y se asomó a mirar. Negaba con la cabeza. La niña calva detuvo su llanto y observó la situación. Se ubicó los anteojos, temblando, y miró hacia donde había estado su padre.

¿Donde está?, pregunto al hombre gordo.

Tu padre nunca estuvo aquí.

Pero recién estaba.

No está.

¿Dónde está?

De vacaciones. En el Caribe..

La niña calva intento recoger la pistola. No estaba en el piso. Ahora estaba en las manos del hombre de bata. Que apuntaba hacia el hombre gordo.

¿Qué es lo que pasa? ¿Usted quién es?, preguntó el hombre de bata.

Soy el Dr. Herzium. No se acuerdan de mí, calculo.

No, dijo la niña calva.

¿Por qué si me saco los anteojos esta mi papá y si no… no?

Tiene razón ahora no está el viejo ese.. digo tu padre.

Lo que ocurre es que ustedes iban a morir.

Estábamos al tanto de eso, dijo el hombre de bata.

Pero sus familiares han firmado un permiso para hacer un pequeño experimento científico para salvarlos. Tuvimos algunos problemas de presupuesto. Hicimos lo que pudimos. Justo al final los problemas. Pero los salvamos, como verán.

¿Y en qué consistió el experimento?

¿Probaron en ratas antes? Sinverguenzas, maltratadores de animales, gritó la niña calva.

No. Probamos con ustedes. Esas pruebas las hicieron otros antes.

¿Qué me hicieron?, preguntó el hombre calvo.

Les hicimos. No deje a la nena afuera.  Lo que hicimos fue desconectar sus cerebros de sus cuerpos. Operar directamente sobre la materia gris. Reemplazarla por un receptor de señales bluetooth conectado a su columna vertebral. Básicamente.

¿Y el resultado?

Sobrevivieron. Sus cuerpos conservaron las funciones motoras. Pero sus mentes ven la realidad de una manera distinta a los demás. Es como una alucinación compartida.

¿Cómo?

Ustedes no se conocían. Nunca se habían visto ni habían hablado. Pero al despertar empezaron a ver como dice esa película… Gente muerta.

Zombis que no se alimentan, no comen, que están como estúpidos hasta que mueren, dijo la niña calva, Es terrible.

Claro, es terrible, pero no existe, sentenció el hombre de bata. No existe para otras personas que no sean ustedes dos.

¿Como empezó eso?, preguntó el hombre de bata.

No empezó. Eso que ven. El futuro postapocaliptico, digamos, está en sus mentes. En la de los dos. No existe, acabo de decir.

No entiendo, contestó el hombre de bata.

Sáquese los anteojos, señorita.

La niña calva, confundida, obedeció.

Papá. Soy yo. No quería hacerte mal…

No va a contestar. No está. Está en su mente. No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos, pero tengo planes con ustedes, saben, yo empecé como psicólogo, luego psiquiatría, luego neurobiología. Me gusta tanto. Es mi pasión, sonrío el hombre gordo.

Ya vemos que le gusta, dijo el hombre de bata.

Pero al no tener fondos mi investigación quedó por la mitad. Es terrible, ¿no? Cosas de política y eso… Ya saben donde vivimos. El país…

Está destruido hace bastante, ciertamente, dijo el hombre de bata. Pero usted está mas resentido que mi amiguita con su papá.

Perdone a la niña, siempre digo que el mundo es injusto, muy injusto. Y además. No se haga el que no está resentido con su novia.

¿Donde está esa mujer?, preguntó el hombre de bata.

Se fugó con su amigo apenas entró usted a la clínica. Bueno, no sé si es su amigo. Sé poco de fútbol pero era su principal oponente futbolístico, tengo entendido. Equipos contrarios.

Ese tarado. Sí, es mi amigo. ¿Y quién acepto que experimentaran conmigo? La firma digo:  ¿quién la puso?

Su madre.

Mi madre. Está muy ida. A veces se pierde.

Claro.

¿Y en mi caso?, quiso saber la niña calva.

El hombre que usted ve pero que no está.

Qué hijo de puta.

Pero tengo buenas noticias, siguió el hombre gordo:

Como este experimento sigue en pie. Necesitamos estudiar cómo reaccionan sus cerebros a sus miedos primordiales. Necesitamos que se conecten del todo, que vean la misma realidad que todos los demás.

¿O sea que existen los demás?, dudó la niña calva.

Claramente, señorita. Describa el mundo que vio afuera.

Muertos, moscas, gente sin comer, desnutrida.

Eso está en su mente. Los demás, ciertamente, existen, pero no así. El mundo sigue normal. Bueno, como antes digamos… esa normalidad.

Qué cagada, dijo la niña calva.

Por eso como científico tengo la manera, y el deber antes que nada, de que arreglen su visión del mundo. Lo que deben tratar es un viejo truco del psiconálisis: enfrentar sus miedos.

¿Miedos?, preguntaron al unísono.

Hay un cuarto en una casa de Banfield donde usted cree que existe un ser que controla el agua.

Barleta.

Eso, busque a su novia. Busque a ese tal Berreta.

Barleta, el fantasma de Barleta.

Bueno, a Berleta (sic), búsquelo. Ya veremos qué ocurre.

Yo no tengo miedos, levantó la frente la niña calva.

¿Usted? Tiene que ir a su casa. Entrar a ese departamento oscuro y acercarse a un cuarto, un cuarto donde se escuchan ruidos que usted no soporta ni comprende.

La niña calva estaba con lágrimas en los ojos como cuando sostenía el arma contra su padre.

¿Quién se quedó a cuidarlo?, preguntó

¿A su hermanastro? Nadie. Por eso.

Lleven los anteojos para guiarse en el mundo y por favor no tomen comida sin pagarla. Tuvimos que seguirlos para que los comerciantes no los denunciaran. El arma era una pistola de carnaval, igual no les servía de mucho. Acá tienen lo necesario.

El hombre gordo le pasó una mochila roja al hombre de bata y otra azul a la niña calva.

Es el momento de la verdad, agregó.

por Adrián Gastón Fares

Nota 1: Tal vez continúe Lo poco que queda de nosotros; es una novela, por ahora, no puedo asergurarlo, sé para donde va, pero hay otras cosas para hacer.

Nota 2:

Agradezco si pueden difundir y firmar esta petición que hicieron por lo que estoy viviendo con el premio de mi película Gualicho y el INCAA (Instituto de Cine Argentino)

No hace falta que la firmen si no pueden entrar a la página de Change.org (tal vez sea molesto) pero sí que difundan lo que dice en el cuerpo de ella. Creo que es importante, tanto como lo que he contado en otras entradas en este blog sobre la situación negligente institucional de mi película Gualicho, INCAA y la productora presentante de la misma, y que también pueden leer en mi Facebook. Difundir es importante.

Saludos. A. G. F.

Link a la petición de comprensión:

http://chng.it/GrXc4CLV

 

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros. V.

Mientras caminaban por la Avenida de Mayo y dejaban atrás al grupo de turistas pútridos, los dos sobrevivientes sintieron hambre. El hombre de bata le tiró unas Pringles a la niña calva. Ella se fijó en la etiqueta, de queso, decía, las abrió y comenzó a masticarlas. Se detuve frente a una heladería, sabiendo que el helado estaba descongelado dentro de las heladeras. Era triste. La tristeza se estiraba hasta que la niña calva se llevaba otra papa frita a la boca. La alegraba comer esa porquería. Sabía que era una porquería porque sus padres le tenían prohibido comerla. De repente, la niña calva, extrañó a su amiga, esa chica con la que iba a comer helados a Burger King. Su amiga, que se llamaba Ema, siempre llevaba puesta una remera de The Walking Dead. Ella nunca había visto la serie. No hacía falta porque su amiga se la había contado. Su amiga decía que su padre, que era psicólogo, decía que la serie era muy útil para explicarles cómo funcionaba la sociedad a sus alumnos de la facultad. Ninguna de las dos entendía por qué. Le parecía que el padre de su amiga estaba un poco loco. Más que el suyo. Y eso era ya mucho decir.

Cuando la niña calva se dio vuelta, el hombre de bata estaba arrojándose a la boca cereales de una caja que recíen había abierto.

¿Tiene pasas?

Sí.

Pasame el otro.

El hombre de bata le tiró la caja de los cereales rosados. La niña calva arrojó el paquete de Pringles y se abocó a devorarlos.

Siguieron caminando. En una esquina había una policía de tránsito. Como estaba en el medio de la calle, los cables de tensión habían hecho que la acumulación de palomas sobre su cabeza atrajeran un montón de cagadas sobre sus hombros y cabellos. La policía de tránsito parecía el hombre de las nieves. Estalactitas blancas de cagadas. Todavía respiraba y parecía alimentarse de las moscas que atraía la deposición de las aves. La niña calva la miró con pena. No había nada que hacer. La boca, como la del hombre de portafolio, se cerraba cada tanto, como si fuera una planta carnívora, sobre las moscas y mosquitos que rondaban. Daba asco. Pero la niña calva no podía permitirse pedirle al hombre de bata la pistola. Sabía que la necesitaría más adelante y pedírsela ahora para terminar con el sufrimiento de esa mujer sería un claro signo de que tramaba algo. Su padre afirmaba cuando miraba los partidos que los futbolistas de ahora eran menos hábiles pero también menos estúpidos que los de antes. Así que sabía que el hombre de bata no era un hombre de las cavernas por jugar al fútbol. Es más, ella también jugaba al fúbtol y sabía que para jugar bien había que tener la cancha en la cabeza. Cuánto más grande era la cancha más complicado era. Como cualquier otra cosa en la vida.

Ema también le había enseñado que lo que movía al ser humano era el poder. Su padre psicólogo decía eso. Y ellas dos habían llegado a la conclusión de que había un poder malo y otro bueno. Y aunque todavía no sabían mucho de sexo, más allá de algunos besos furtivos con los compañeros, las dos sabían que también el deseo era comandado por el poder. Lo mismo sabían los compañeros del colegio semi católico donde iban. Era como una intuición que se aprendía de alguna forma u otra.

La niña se dio vuelta. El mosquito no estaba más.

¿Me querés decir dónde fue Mateo?

¿Mateo?

El mosquito.

El hombre de bata frunció los labios. Era obvio que le había cortado el hilo.

¿Vos me alejaste a Mateo?

¿Vos llamabas Mateo a esa cosa horrible que podía comerte en cualquiera momento, sacarte los ojos como hizo con el viejo ese?

Sí. Era mi mascota. Mateo.

Bueno. Tenés que buscar otra.

La niña calva asintió. ¿Quién era ese tipo que le había tocado de acompañante en el fin del mundo? Un futbolista. Justo. Ella quería ser bióloga. ¿Qué la unía a un futbolista más allá de algunas coordenadas que había que tener en cuenta cuando una jugaba? La vida no era un juego. Mejor llevarle la corriente.

¿Y tus hijos?

¿Tan viejo parezco? No tengo hijos. Un gato nada más.

¿Cómo se llama?

Motor.

Lindo nombre para un gato.

¿Y a vos te gusta alguno del colegio?

¿Algún qué?

Algún compañero.

¿Si me gusta?

Sí. A mí a tu edad me gustaba una.

A la niña calva se le cruzaron algunas nubes en la mirada. No estaban en el cielo. Así que el hombre de bata, que no era tan estúpido, se dio cuenta que alguno le gustaba.

No.

¿No hablás más con uno que con otro?

No. Pero hay un chino que me hace reir.

¿Un chino?

Sí.

Seguían avanzando por Avenida de Mayo, el hombre de bata quería llegar al Barolo, aunque sabía que debía dirigirse a zona sur a buscar a su novia, pero no quería saber nada con el tema; le había parecido raro que no estuviera en el hospital. Sentía en el pecho algo muy raro cuando pensaba en ella. Era como si tuviera un Alien y le estuviera por salir del pecho. Pero esa imagen que en la película tenía nombre era una sensación que no podía nombrar. ¿Qué podía hacer con eso que en cualquier momento iba a salir de su pecho pero que no sabía nombrar?

Tenía que seguir a la niña calva, porque tal vez ella, como el director técnico, tuviera la respuesta. Y tenía que mantener la pistola alejada de ella, porque no sabía muy bien para qué quería usarla. Ninguno de los dos. ¿Ella había dicho que estaba poseída? Tal vez lo estuviera. Su novia creía en esas cosas.

Una vez le había dicho que en la casa de Banfield el agua salía de la rejilla porque un espíritu la expulsaba. También su novia creía que en el baño había un fantasma. Energías, cosas así, que se activaban más que nada cuando él perdía algún partido y su sueldo parecía peligrar. El fantasma que vivía en el baño tenía una amistad con la madre de su novia, que parecía promover las creencias fantasmales de su hija. Hasta le había puesto nombre al fantasma que vivía en el baño de su casa. Barleta.

El fantasma de Barleta era bastante insidioso y era capaz de derramar el agua de las alcantarillas, no era el pelo de su hija que se caía porque comía poco y nada para mantener la figura; era el fantasma de Barleta. Al hombre de bata le hubiera gustado que el fantasma de Barleta apareciera delante de él. Le hubiera gustado presentarle el fantasma de Barleta a la niña calva. Pero esa cosa estaba en Banfield. En su baño. Y en su debido momento, cuando ya hubiera cumplido con lo que esa niña le había pedido, iba a tratar de que lo acompañara a buscar a su novia. Y ahí se iban a encontrar, quieran o no, pensaba él, con Barleta. Tal vez la pistola sirviera para eso.

La niña calva se reía.

¿Qué es lo gracioso?

El chino dice que su papá mató a un loro.

¿Mató al loro?

Sí, tenía un loro y el papá un día se enojó porque el loro gritaba mucho y le clavó un cuchillo.

Pero estaba loco ese chino.

Dijo que también mató a la hermana.

¿A la hermana?

Dice que le nació una hermana al chino y ese día el padre la mató, porque no quería tener una hija.

El hombre de bata se reía porque no sabía si era verdad o mentira lo que contaba la niña calva y no sabía cómo reaccionar.

Ese chinito es muy mentiroso.

Dice que es verdad.

¿Lo del loro y la hermana?

Sí.

Entonces el padre es un asesino.

Es un loco.

¿El papá?

Sí, es loco.

Son inventos.

La niña calva se quedó con la mirada perdida, ahora sus ojos estaban clavados en el pasado, en el chino y los cuentos que le contaba en el aula del colegio.

De repente, una bandada de palomas cruzó el cielo formando una especie de V.

¿Ahí queda el edificio, no?

¿Dónde? ¿Qué edificio?

Donde trabaja mi papá.

¿El Barolo?

El hombre de bata no contestó. Tenía ganas de llegar de una vez por todas a ese edificio oscuro. Iba a estar vacío y el padre de la niña podrido y entonces, ¿qué? Iba a tener que consolarla. Abrazarla.

Si no quedaba nadie más en el mundo, iba a tener que criarla. Era una cargada del destino. Ahora que ya no habían partidos donde una niña lo pudiera ver jugar, ahora cuando su novia se había esfumado, de repente le habían dejado una niña a su cargo. Cualquier otra hubiera servido antes. Los dos, su novia y él se hubieran arreglado para formar un nido, hacerla crecer, mimarla, ilusionarla, pero ahora estaba sólo, y al mirarse en el reflejo en un vidrio de un zapatero cuyos huesos estaban amontonados en el banco casi en el borde de la acera, notó que su mirada era la de un niño. Mayor que la niña, pero la diferencia no era tan grande.

Está hecho polvo, dijo la niña calva.

El hombre de bata, con los ojos clavados en el espejito, no agregó nada.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

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