Seré Nada / Serenade. Capítulo 3. Novela.

Leyendo el Capítulo 3 de Seré Nada / Serenade, mi nueva novela! Pueden escucharlo ya mismo o bien leerlo en esta entrada.
Leyendo el Capítulo 3 de Serenade. Resumen Podcast: Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

3.

Era sábado y como era costumbre esperaron que llegaran todos para ingresar juntos al café. Mientras llegaban las tazas y las medialunas, Manuel sacó un mazo de cartas de su mochila. Supergirls. La suerte dependía de la cantidad de superheroínas o supervillanas que tocaban. Todas las cartas tenían especificaciones físicas como altura, peso, fuerza, velocidad, pero la información más decisiva era el número de peleas ganadas. Si juntabas más chicas malas que buenas perdías. Silvina sugirió que prefería tirar las del Tarot.

Cuando se veían en persona, a diferencia de cuando chateaban, nunca hablaban del tema de que eran personas sordas, de que Silvina escuchaba menos que Ersatz, por eso gritaba un poco cuando hablaba y por eso su voz sonaba un poco desafinada, como si le tiraran de las cuerdas vocales y se cansaba rápido al escuchar, y de que Manuel tenía un resto de audición parecido al de Ersatz. Pero solían repetir estos datos en las conversaciones en línea como para no olvidar quienes eran.

En las mesas compartidas ya daban por sabido que los tres tenían sordera de moderada a severa, poslocutiva, no dominaban el lenguaje de señas ni lo habían aprendido, salvo Silvina que sabía, pero poco, y por sobretodo se arreglaban leyendo los labios y con los audífonos que usaban, marca Widex. Debían cuidarlos al extremo porque la Widex a la que iban a repararlos y calibrarlos en la calle Tucumán, como otras sedes de empresas, se había mudado al norte de la región.

Terminaron la partida de cartas de Supergirls. Como si tuviera que recuperar la madurez de golpe, Silvina, que había ganado, confesó, luego de clavar la mirada en una mujer que soplaba el chocolate caliente de su hijo antes de entregárselo, que su madre nunca habría hecho lo mismo. En cambio, tras una discusión, a los dieciséis años le había arrojado café caliente, casi hirviendo, para echarla de la casa.

Por eso se había preocupado toda la vida por la salud mental de las personas y como sabía que la psicología era un camino engañoso, porque su madre pertenecía al rubro, se había acercado a la meditación y al profesorado de yoga.

En ese momento, no tenía muchos alumnos y se la pasaba meditando sola en su departamento.

Manuel había vivido una relación enfermiza en su adolescencia con un cocinero que lo maltrataba, un empleado del delivery de pizzas de su padre. Luego había hecho un curso de vigilante de seguridad. No era un trabajo muy grato para él. En el mini mercado le preguntaban por qué vivía solo, por qué nunca lo esperaba una chica a la salida y como, en realidad, ya sabían la razón, los compañeros solían almorzar lejos de él.

Mientras se contaban los pesares los tres amigos lanzaban, cada uno a su turno, miradas lastimeras a las personas calladas de los grupos de otras mesas.

A Ersatz la soledad le hacía mal. No estaba seguro de que dejar ese trabajo vacío lo hubiera llenado. Confesó que en la oscuridad de su departamento algunas imágenes habían vuelto. Sufrió, o sufría, de estrés postraumático porque también había vivido algo terrible que nunca había contado.

En la época de la secundaria, un compañero, Ramoncito, se había levantado en la mitad de una clase para borrar de la tierra con una pistola a tres de sus amigos y a una monja. En el momento de disparar, Ramoncito había declarado a viva voz: No soy Pantriste. Lo había mirado a los ojos, Ramoncito, antes de quitarse la vida.

Estaban tan acostumbrados a que tomaran a la ligera temas que eran importantes para ellos, como el oír menos y el sentirse diferentes, que luego de las confesiones pasaron a otro tema como solían hacer las personas sin ninguna discapacidad que conocían cuando ellos exponían la condición que los unía.

Manuel, avergonzado, tiró el mazo de cartas en la boca abierta de su mochila. Ersatz comentó algo sobre una película y Silvina irguió la espalda en la silla, juntó las palmas en el aire y se estiró hacia atrás como si quisiera alejarse de la atmósfera que el grupo había creado.

Fue un segundo en el que las tres miradas se encontraron, justo cuando el brillo de cada una bajaba de intensidad. Luego aceitaron los engranajes por un momento trabados de la mecánica habitual de sus conversaciones en persona.

Silvina, que era delgada, castaña, pelo largo, rizado, solía animar a Ersatz a que hablara de sus relaciones amorosas. Ersatz no tenía nada que contar. No quería saber nada de eso. Y ella tampoco. Manuel era atlético, canoso, de la misma altura que Ersatz y tampoco estaba interesado en el sexo ni en las relaciones amorosas.

Sin embargo, entre ellos hacían bromas al respecto y se animaban unos a otros a cruzar la línea.

Silvina decía que Ersatz parecía un chico de veinte años, a pesar de que como ella y Manuel había traspasado los cuarenta, y que su mandíbula cuadrada y sus ojos azules derretirían a unas cuantas y Ersatz decía que los rulos y la elasticidad del cuerpo de Silvina atraerían a cualquier hombre. En cuanto a Manuel, convenían que podía elegir al hombre que quisiera por sus músculos y su bondad y los dos lo animaban a que tratara de conquistar a un compañero de trabajo.

Entonces, las razones de honrar la castidad variaban según el día. En ese, Ersatz ponderó el valor de no haber tenido descendencia en un mundo tan cambiante, Manuel agradeció el estar alejado de los vaivenes emocionales producidos por las relaciones amorosas y tener la libertad de irse al gimnasio cuando tuviera ganas, y Silvina, de paso, agregó que ella alababa la fuerza física y la concentración que la abstinencia sexual generaba.

En realidad, tenían ganas de que alguno de los tres ampliara, de la manera que fuera, el grupo. Nunca habían sabido lo que era formar parte de una comunidad. Pero a los tres les costaba abrirse, acercarse a otras personas.

Silvina se frustraba fácilmente, Manuel era vulnerable a las críticas, decía que, por la sordera parcial, su subjetividad no se había formado del todo. El punto débil de Ersatz era que no toleraba muy bien las tensiones.

Estaban ofuscados y molestos con las cartas que les había tocado en la vida. Al final de la misma cháchara de siempre, que los alejó de lo que habían confesado antes, Silvina propuso que hicieran un viaje juntos.

Manuel y Ersatz dejaron en claro que no querían saber nada del norte de Argentina, nada de RUNSA. La República Unida de Naciones de Suramérica, agregó Ersatz, estaba comandada por un gobierno que manejaba computadoras en el Amazonas y no Ysa, esa mujer que decían que había salido de un pueblo perdido en lo profundo en la selva.

Silvina rogó que no le tocaran a Ysa, aunque tenía sus dudas de que fuera realmente una sacerdotisa de un pueblo perdido del Amazonas y lo que parecía era que había bajado por la escalerilla del avión de una superpotencia mundial. Manuel pensaba que Ysa era hermosa y un símbolo intocable de la unión entre los pueblos, pero opinaba como Ersatz que en realidad era un títere de Norteamérica o de China, desde donde manejaban RUNSA, RUNCA, las Repúblicas Unidas de Centroamérica y todas las demás repúblicas unidas del mundo.

Entonces, la mujer que había soplado la bebida del niño elevó el dedo índice en señal de que se detuvieran.

En el televisor Ysa daba un discurso desde lo alto de una pirámide en ruinas. La mujer en la pantalla, con ojos achinados, nariz recta y pómulos tirantes, casi brillantes, resplandecía de belleza, irradiaba paz. Hablaba en el español neutro que siempre decía que le había costado aprender.

Ellos no entendían nada. Los subtítulos no aparecieron. Buscaron en los costados de la pantalla gigante a la intérprete de señas que, aunque no les serviría, tampoco estaba.

La multitud rodeaba a Ysa desde los escalones más cercanos de la pirámide, descendía y crecía hasta perderse en el llano.

—¿Dónde están los árboles? —murmuró Ersatz.

Silvina movió la cabeza. No convenía que los escucharan los de las otras mesas.

El sonido de los vítores, incluso de los cercanos, los que no provenían del televisor, disminuyó para ellos porque bajaron el volumen de las prótesis auditivas. Tanto ruido era molesto.

—Entendieron mal, nunca pensaría ir al norte —susurró Silvina remarcando las vocales con los labios para que pudieran entenderla. Se inclinó, sin dejar de mostrarles su rostro de frente—: Estoy investigando sobre las comunidades de sordos.

A Manuel y a Ersatz les cambió la cara. No sabían que existían esas comunidades.

Silvina les dejó en claro que ellos no sabían nada de cultura sorda. Las comunidades de sordos eran fundadas para mejorar la accesibilidad y para que las personas sordas vivieran como… sordas, no como querían los oyentes. En el mundo había varias, como la antigua de Martha´s Vineyard, la de Bengkala o la más reciente de Laurent City.

—Pero si no sabemos lenguaje de señas —les recordó Manuel.

—Yo, ni un poco —dijo Ersatz.

—En una comunidad así van a aprender —dijo Silvina.

—¿Y de qué vas a vivir ahí? Yo no puedo… —dijo Manuel.

—¿Dejar el gimnasio? —interrumpió Silvina.

Manuel clavó la mirada en la pantalla y trató de escuchar lo que decía Ysa. No había manera. Ersatz que estaba tratando de lograr lo mismo con el mismo resultado, dejó de mirar la pantalla y miró a Silvina levantando el mentón:

—Nunca pagué un gimnasio… Lo demás… —hizo repicar las uñas en la madera de la mesa—. Ya saben. Disponible.

Silvina, pensativa, le sostuvo la mirada.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Resumen del capítulo 3 de Serenade:

Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

Seré nada. 1. Nueva novela.

Seré Nada, la nueva novela tiene como protagonistas a hipoacúsicos en una historia de terror, ciencia ficción y drama y algo más.

Empiezo a publicar mi nueva novela. Serenade o Seré Nada en mi sitio adriangastonfares.com
Mi intención es poblar un poco la narrativa de ficción oscura fantástica con personas con sordera o hipoacusicas y que la trama no sea la sordera nada más. Creo que vale la pena que la lean. #serenade #serenada #novela #blog #terror #cienciaficcion  #diversidad #libros

Como me conozco, sé que voy a publicar un capítulo por día sin detenerme. Y como son 200 páginas terminaremos en Enero 2021. Si el mundo sigue en pie. A. G. F.

Leyendo el Prólogo y Capítulo 1 de Seré Nada o Serenade, mi nueva novela. Pueden escucharla ya mismo o bien leerla en esta entrada.
Podcast en Spotify donde iré leyendo Seré nada / Serenade. Están disponibles episodios (capítulos) 1 y 2.

Seré Nada.

Prólogo.

El sol era una mancha anaranjada rodeada de nubes plomizas que parecían superpuestas, creando una sensación de profundidad y distancia que a Ersatz lo tranquilizaba mientras vigilaba a los nuevos vecinos. En los techos, escaleras y terrazas, los veía, erguidos, sus cabezas apuntando al noroeste. A lo lejos, el único pino del barrio arañaba el cielo con sus temblorosos dedos.

Todavía no había llovido.

Ersatz se preguntaba si todo seguiría igual después de la tormenta.

1.

Lo que hacía el bicho en la cabeza era, por lo menos, revolucionario.

La enfermedad no tenía síntomas. Sólo consecuencias. Pero con el microscopio se veían los quistes de los primeros que fueron llevados de las orejas por sus familiares a los hospitales.

¿Regalar negocios y propiedades? ¿Quemar el dinero que tanto esfuerzo había costado ganar? ¿Airear secretos familiares?

Esta vez, el boca en boca fue más veloz que Internet. Las familias se marcharon o se desarmaron.

Las víctimas desaparecieron. No había manera de encontrarlas ni identificarlas. Algunos decían que las habían secuestrado difusas células políticas formadas en la oscuridad de las encrucijadas de los barrios más conservadores de Buenos Aires. Otros sostenían que nunca existieron porque el gobierno argentino había inventado la epidemia para redistribuir la población, repartir terrenos, y cumplir con un plan de traslado de la Capital al norte del territorio.

La teoría de la conspiración algo de lógica tenía. Pero hubo focos en varios países del mundo así que era imposible que la enfermedad fuera orquestada por un único gobierno.

Para colmo, apenas desaparecieron los casos, o mejor dicho las personas enfermas, desde el corazón del Amazonas peruano, había surgido Ysa, una aborigen de ojos claros. En lo profundo de la selva, rodeada de un séquito de hiladoras, pronunció una conferencia, transmitida por Internet, donde reafirmaba su profesión, chamana, y su intención de reunir a los latinoamericanos. Ysa aportó más de lo que parece a que los habitantes se establecieran cada vez más cerca del límite norte del país.

La capital siguió siendo la Capital, pero quedó bastante vacía. El resto de Buenos Aires se despobló. Y los barrios del sur más.

El primer caso de Tyson21 había surgido en Adrogué.

En 2023, los de capital ni se preguntaban qué había más allá del puente Alsina. Para el resto del país la zona sur de Gran Buenos Aires era un mal recuerdo.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

El libro sumergido. Poema.

(Nota: La Lavoza es un personaje que creé para Mr. Time. Este poema por lo tanto es una introducción que escribí para ese proyecto cinematográfico) El nombre, El libro sumergido surge de la pre historia, de Mr. Time)

El libro sumergido.

De nuestra especie es
unir ciertas estrellas con la vista en la mente
Y llamarlas centaurides
Pero no podemos espolearlas para que nos galopen el universo
Sin embargo
Los ojos rastreros de las Lavozas no podían
Mirar tan lejos
Y descubrieron esas blancas pupilas
En el agua calma del río
Así llegaron a la luna
Antes que nuestras naves
Así se convirtieron en nadadoras
Y tocaron lo más hondo
Dónde reina lo que no vemos
Y no existen las interpretaciones
Ni los juicios
Así saben que no sirve pensar cuando
No se Escucha
Ni se puede Mirar
En lo recóndito de lo negro
No existe la culpa
Ni la angustia
Que arruinan a los que quisieron ser humanos
Saben que solo hay que mantener la horizontalidad heredada
Las que no repiten palabras
Las que evitan las variedades
Buscan el tiempo
Mudan nuestros caminos
Aplastadas como una hoja de papel
Dejan que la gravedad escriba sobre ellas
Solo cuando un maremoto
Admite una bocanada de luz
Se curvan
Y leen los signos en su cuerpo
Luego esperan
Siguen aplastadas hasta que
Otro milagro llega
Y un astro de los que perseguían
Hace millones de años cuando se
Lanzaron a lo ignoto
Cae con tanta fuerza
Que roza lo profundo
Recuperan su volumen
Parten en dos a las mares costeros
Respiran hondo en el suelo que queda más allá de lo profundo y estiran sus piernas, sus espaldas, sus brazos
Lejos de donde ellas eran tan singulares
Que hasta se daban el lujo de repetirse
Dóciles, dejaron que les escriban todas las aventuras que vivimos
En vano si no nos animamos
a dar el segundo paso
A seguir su plateado guion
Cuando ahora miramos a los cielos
Con nuestra vista tan entrenada
No son las estrellas lo que vemos
Son las tachuelas de plata
Tras las que ellas se zambulleron
Lavozas
De canto aguado
Sus pies de barros y algas
Son a veces cercenados por los hombres
Luego besados y orados en secretos altares
En Julio y otros meses he escrito sobre lo que una Lavoza
Es capaz de hacer despegada del fondo del mar
Para cambiar lo malo
Por lo que piensa bueno
Dejo a ustedes la decisión
De recibir o no la historia
Antes de que ellas mojen mis papeles
Con sus uñas húmedas
Y los lancen al cercano río
Para que el menos abisal de los peces abisales deje el testimonio de las victorias de sus madres en el libro sumergido que van compilando sus repetidas hijas.

por Adrián Gastón Fares.

Boda negra. Lanzamiento. Cortometraje.

Boda Negra. Cortometraje. 2020. Producido por Bombay Films. Escrito por Matías Donda y Adrián Gastón Fares.

En la pandemia de 1918, según el libro de Laura Spinney, El jinete pálido, se organizaban bodas negras para sanar a los infectados.

Este corto está inspirado en parte en el libro de Laura Spinney y ciertas situaciones en las videollamadas.

Bombay Films, creadora de Motorhome y otras molestias parecidas, volvió.

Durante la cuarentena hicimos este cortito. Fue un placer colaborar con los actores; Eloísa Colussi, Jonatan Jairo Nugnes, Paula Brasca, Lu García, Robertino Grosso.

Y la participación especial de Alfredo Casero.

Con la música original de Juanma Prats.


Fue un gran trabajo de Matías Donda también, con quien siempre es un placer hablar de cine y tratar de hacerlo. El corto fue subido y estrenado online la semana pasada.

Cómo Prólogo al cortito:

La siguiente es una cita del libro El jinete pálido, de la periodista investigadora Laura Spinney que cuenta el derrotero de la gripe mal llamada española: la pandemia de influenza A de 1918. Parte del corto está inspirado en las bodas negras de Odessa.

Recomiendo el libro.

En palabras de Laura Spinney:

Un shvartze khasene, en yidis, es un antiguo ritual judío para protegerse de las epidemias mortales y consiste en casar a una pareja en un cementerio. De acuerdo con la tradición, se debe elegir a la novia y al novio entre los más desfavorecidos de la sociedad, «entre los tullidos más espantosos, los indigentes más degradados y los inútiles más lamentables que hubiera en el distrito», según explicaba Mendele Mocher Sforim, un escritor odesano del siglo XIX, al describir en la ficción una de estas bodas.
Tras una oleada de bodas negras en Kiev y en otras ciudades, un grupo de comerciantes de Odesa se reunió en septiembre, mientras arreciaban las epidemias de cólera e ispanka, y decidió organizar la suya. Algunos miembros de la comunidad judía desaprobaban rotundamente lo que consideraban una práctica pagana e incluso blasfema, pero el rabino de la ciudad dio el visto bueno y también el alcalde, quien consideró que no constituía una amenaza para el orden público. Enviaron exploradores a los cementerios judíos para buscar a dos candidatos entre los mendigos que los frecuentaban y eligieron a un novio y a una novia debidamente pintorescos y desaliñados. Una vez que estos accedieron a casarse en su «lugar de trabajo», los comerciantes comenzaron a recaudar fondos para sufragar la celebración.
Miles de personas se congregaron para presenciar la ceremonia, que se celebró a las tres de la tarde en el primer cementerio judío. A continuación, el cortejo se dirigió hacia el centro de la ciudad acompañado por músicos. Cuando llegó al salón donde se iba a celebrar el banquete, había tal cantidad de gente presionando para poder ver a los recién casados, que estos no pudieron bajar del carruaje. Finalmente, la multitud retrocedió y la pareja pudo entrar en el salón, donde se celebraron las nupcias con un banquete y colmaron de regalos caros a los recién casados.

Debido a mi labor imparable y constante de escritura desde que empezó todo esto (terminé un nuevo guión de largometraje y una nueva novela), todavía no pude hacerle los Closed Caption para personas sordas.

Sepan disculpar entonces por eso, ya vendrán, espero…

Es difícil trabajar sin ningún tipo de estímulo y apoyo.

Pero allí vamos, como siempre.

Adrián Gastón Fares

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 5.

5.

Y un día me salió hablando otra vez de la enanita. Estaba terminando las notas para Jorguito que ya tenía que mandar a imprimir para el inminente bautismo y se le ocurrió agregarle una de las historias que ella le contaba, para que el chico se divirtiera un poco cuando a los dieciocho años abriera ese librito; si es que no lo tiraba a la basura antes.

Cerca del barrio de la enanita había un loco que perseguía a la gente incansablemente. Te veía venir caminando, cruzaba de vereda y se ponía detrás, casi  a un paso, y te seguía hasta que te metías en algún lugar o tomabas el tranvía. La enanita había sufrido en carne propia este suplicio. Apareció el loco y la persiguió tres cuadras. Al otro día la acompañó el hermano, pero el loco debía estar ocupado persiguiendo a otro; no hacía más que eso, pero no se sabía cuándo podía volverse loco del todo. Por suerte, un día cayó en la casa de la enanita el amigo de su hermano que se disfrazaba del actor Sandrini para animar fiestas (Elortis me explicó que ese actor cómico en aquel tiempo era famoso por un personaje que inventó en la radio llamado Felipe, caracterizado en varias películas con un sombrero, corbata rayada y bastón) y le pasó la fórmula mágica para confundir al loco. La enanita tomaba el tranvía sin problemas hasta que un día volvió a cruzarse el loco de vereda para ponerse detrás, y empezar con su locura. Dejó que la siguiera esa cuadra, como para que los que miraban aprendieran, y cuando estaba llegando a la esquina se paró en seco. El loco se detuvo al instante y se cruzó para seguir a una chica que venía caminando por la vereda de enfrente.

Elortis borró la historia después de escribirla; tenía miedo que Jorguito lo tomara de tarado cuando la leyera. Pero al final la volvió a agregar, no sabía qué decirle al hijo de su amigo a los dieciocho años, sus familiares —salvo el abuelo que tocaba el acordeón— le habían dado consejos relacionados con las mujeres, el trabajo y los amigos; él le regalaba, además de la transcripción y resumen de lo que decían sus familiares en el video, esta historia que le había contado la enanita para divertirlo un rato.

Ya tenía todo listo para el bautismo. Estaba conforme con la edición del video y se la mostró a Diego para que opinara. Mandó a imprimir los ciento veinte libritos, más la edición especial, que constaba del texto más el DVD para Jorguito, y que proyectarían durante la fiesta.

El bautismo fue en una iglesia de La Plata. La noche anterior Elortis se quedó en la computadora hasta tarde, según él escribiendo, aunque para mí que esperaba que yo le hablara, y cuando logró encontrar la calle ya todos se dirigían al salón infantil donde los esperaban mesas con saladitos y dulces. Por suerte, sus amigos tuvieron la delicadeza de no invitar a Miranda. Elortis no quería sentarse con desconocidos y se alegró cuando lo invitaron a la mesa de la familia. A causa del librito había muchos que lo conocían y lo felicitaban de antemano por el trabajo que había hecho. Richard había formado otro grupo de amigos en La Plata, y se sacaba fotos con ellos mientras las mujeres se quedaban con los nenes jugando. ¿Qué otra cosa podían hacer?, decía Elortis; ellas tenían esa excusa para no ponerse a hablar triviliadades con personas desconocidas.

Había un fotógrafo y un camarógrafo en un costado, aburridos porque no estaban disparando ni grabando. El camarógrafo enfundado en una campera de cuero ochentosa y el fotógrafo con una camisa arremangada, miraban hacia lugares opuestos, con sus instrumentos de trabajo colgando. Elortis se sentía incómodo pero contento, aunque notaba que le faltaba algo. Se acordó que hacía poco había ido al velorio del padre de Richard, el que lo llamaba por su nombre de manera particular. El nietito estaba en los brazos de una de las tías, que le hacía morisquetas, pero parecía serio. No era de esos bebés que se ríen de cualquier cosa, sus ojos vagaban a la deriva como esperando que la gracia lo encontrara. Era un bebé enorme, rollizo y tenía los mismos ojos redondos del abuelo, la misma cabezota con cachetes rellenos. No era un bebé expresivo.

Elortis agarró un sandwich de miga de jamón y queso, y cuando levantó la cabeza vio, por un segundo, que el bebé le estaba guiñando el ojo. Pensó en contárselo a la hermana de la madre que estaba al lado; ¿cómo un bebé tan apático de repente se le daba por hacer ese gesto? ¿lo había visto? Otra vez Elortis me dijo que, como decía la canción de Luca Prodan, mejor no hablar de ciertas cosas. El abuelo de Jorguito reposaba bajo una capa de pasto sintético en un cementerio de los escenográficos, con árboles de todo tipo repletos de pájaros; él mismo había visto en el entierro algunas cotorras volar de una copa a otra. El guiño, eso sí, lo hizo pensar en que hay un momento donde de muy chicos recibimos una conciencia ajena que no sabemos de dónde viene. Pero él no creía en cosas raras…

En realidad, no sabía qué significaba ese guiño de ojos, debía ser una casualidad, pero lo ayudó a mantenerse contento en la fiestita. Después pasaron el video que había grabado con su cámara. La madre de su amigo lloró al principio, cuando vio a su esposo, pero después todos se descostillaron de la risa con el baile griego y el acordeón del bisabuelo italiano de Jorguito. Richard les aclaró a los invitados que no sabían que el video lo había realizado Elortis, y todos lo aplaudieron. Algunos se levantaron a darle la mano. Al rato, deslizaron hasta el centro del salón a un mono gigante que estaba colgado del techo: la piñata. Los chicos se mataban por agarrar los caramelos blandos que cayeron de la panza del mono. Una nena agachada se puso a llorar porque no podía agarrar todos los caramelos juntos y parecía que no le gustaba que se los alcanzaran tampoco. Elortis dio una vuelta por el lugar y encontró a dos invitados que estaban sentados en las mesitas de afuera conversando con expresión seria. Trató de imaginar que hablaban de proveedores de automóviles pero estaba seguro que era una conversación sobre mujeres. Ahora, influenciado por el descubrimiento de Miranda, todos los hombres para él ocultaban relaciones sórdidas que comentaban con sus amigos más cercanos. Seguramente era un invento suyo, se desdijo, en esta época no es necesario esconder las cosas, este tipo de secretos son muy perjudiciales. Sí, Elortis, ya lo sé, no me quedaba otra que responder.

Por calcular mal, él no se pudo quedar con ningún souvenir. Pero se quedó mirando con alegría cómo la gente pasaba las hojas, entre desconfiada y extrañada, de los libritos que se llevaban. La tarde de esta conversación pensé en decirle si quería pasar a saludarme, porque a la noche iría con mis amigas a ese bar del subsuelo. No quería ver a Elortis sola, me daba terror no saber qué decirle, o que fuera una persona diferente a la que imaginaba, y caer en sus redes de una vez y para siempre y después qué. Mis padres no lo aceptarían; ¿cómo iba a salir con un tipo que me doblaba en edad? Al final, le di a entender que saldría a un bar cercano; él sabía dónde encontrarme si quería. Pero no apareció aquella noche. Me pareció que cada vez salía menos de su departamento.

Cuando le pedía que me contara qué estaba haciendo, daba rodeos y me decía que estaba ordenando su estudio, hirviendo el agua para sus infusiones, o comiendo chocolate negro; también me decía que estaba con sus proyectos, entre comillas, como si estuviera más que nada organizando su vida, o pensando por dónde podía volver a entrar a la mentira a la que la mayoría se amoldaba sin problemas, según sus propias palabras. Sabatini se estaba encargando de supervisar el guion de Los árboles transparentes y le mandaba cada tanto por e-mail lo que el guionista escribía. Tanto Diego como Elortis repudiaron la primera versión del guion, pero no se animó a decirle a Sabatini que no le gustaba; después de todo era una película comercial y quería que el bailantero recuperara la inversión, y que ellos pudieran llevarse lo suyo. Sin embargo, Los árboles transparentes nunca se filmaría; el bailantero aparecería muerto tiempo después de esta conversación con Elortis, y los peritos dictaminarían que se había suicidado. La esposa y los amigos no estaban convencidos.

Al Certoni era una persona alegre y no tenía motivos para quitarse la vida. Me enteré por el diario que mi mamá compraba los domingos porque para esa época ya casi no hablaba con Elortis. Casualmente en el mismo diario, pero en otra sección, mi amigo comenzaba a publicar una novela en entregas, el desarrollo de unas entrevistas a personas que habían trabajado en puestos claves en empresas y gobiernos, que se dedicaban a proteger secretos importantes. La nota sobre una mujer encargada de la seguridad de los secretos industriales de una importante empresa, en cuyas manos estaba la confección de los contratos de confidencialidad con los trabajadores, empezaba con un epígrafe de John Stuart Mill: If a person is charged with a murder, it rests with those who accuse him to give proof of his guilt, not with himself to prove his innocence. Elortis investigaba qué motivos llevaban a las personas a tomar este tipo de trabajos, y el relato, según la mayoría de los críticos, era impecable; el escritor le daba al tema el tratamiento y la forma que merecía. En cuanto a la muerte de Al Certoni, todo era sospechoso, la nota de despedida estaba escrita a máquina y encontraron varios pagares en los estantes superiores de un ropero de su casa expedidos por un hombre que tenía un puesto clave en la policía de la provincia de Buenos Aires,  pero no pudieron probar nada y la caratula del caso quedó rotulada como suicidio.

Pero en la época que todavía conversábamos con Elortis, Sabatini no sólo supervisaba el guión de la película del libro; también trabajaba con la cleptómana en la continuación de Los árboles transparentes. Elortis, que lo único que hacía era anotar cosas en su cuaderno, me decía que a veces prendía el micrófono que usaban para grabar los libros audibles con Sabatini, agarraba algún volumen de la biblioteca y se ponía a leer en voz baja, pero igual lo grababa en el disco rígido de su computadora. Cada tanto lo visitaba Sofía, y cuando permitía que se quedara toda la noche, él esperaba que ella se durmiera para cerrar la puerta con llave y esconderla. Temía que la bailarina se escapara con algunas de sus pertenencias o le abriera a algún amigo que le vaciaría el departamento.

Su hijo Martín se había vuelto a ir de viaje, esta vez a recorrer el sur del país con un amigo, hacía rato que no escribía, ahora estaba en una cabaña a orillas de un lago. Terminó de darse cuenta que no le gustaba lo que había estudiado y esta vez sintió la necesidad de retirarse a pensar cuál era su verdadera vocación.

Elortis me aclaró que lo entendía, había demasiadas profesiones ficticias hoy en día, cada día inventaban una nueva, hasta querían poner una carrera de organizador de vidas virtuales (como un filtro humano dedicado a organizar y filtrar la información que una persona recibía y enviaba en Internet). Le parecía bien que su hijo pensara a qué le gustaría dedicarse. Por suerte, su abuela se hacía cargo de los gastos del viaje.

Elortis no se sentía culpable, al lado de la plata que llevaba gastada la vieja en operaciones y viajes propios, el costo de ese regalo para su nieto era insignificante. Él también estaba encerrado como su hijo. La diferencia era que él solamente tenía esos árboles, lindos para la ciudad, pero infestados de ratas y pájaros pulgosos. En cambio, Martín cuando se cansaba de mirar el fuego podía salir a pisar las hojas secas del bosque silencioso. Elortis no aguantaba el zumbido de tonalidad grave del aire acondicionado que tenía frente a su balcón.

No sabía a qué se dedicaban en esas instalaciones que le oscurecían el contrafrente; veía la pecera con un pececito rechoncho naranja y unas plantas verdes sumergidas deshilachadas, y también a una persona con rasgos orientales, que a veces se paseaba sin hacer nada por la habitación. ¿Sería la gerencia de la farmacia de la vuelta? ¿o un laboratorio? ¿para qué necesitaban mantener el frío constante día y noche? Los oídos de Elortis imitaban el zumbido.

Aunque casi nunca salía, cuando iba a hacer las compras o a buscar algún libro a la librería de saldos de la vuelta, le costaba entender lo que el vendedor le decía —casi siempre le preguntaba si quería una bolsita. A Elortis le daba lo mismo llevar los libros con bolsita o no, aunque a veces usaba las bolsitas para un tachito que tenía arriba de la mesada de la cocina donde tiraba la basura chica y los deshechos del té verde —las hojas de té verde, secas y fruncidas, que se inflaban y rejuvenecían con el agua caliente— y desde que Sofía lo retó, trataba de poner una también en el otro tachito, el del baño.

Una tarde se le metió en la cabeza agarrar el auto y salir a la ruta para caerle de sorpresa a Martín, pero no tenía experiencia en este tipo de viajes largos —en su caso era un milagro que se animara a manejar— y además él era un hombre grande ya, aunque parezca un pibe, jaja, y no aguantaría esa soledad compartida con los dos chicos, cada tanto necesitaba una Sofía que le acariciara la espalda a la noche. Aparentemente ella le hacía masajes en la espalda, en los dedos de la mano y en la cabeza, y él se iba quedando dormido mientras suspiraba (aunque al rato se despertaba otra vez para asegurarse que ella también estuviera dormida, según me había dicho unos días atrás)

Esto lo repetía, seguro para recordarme de aquella vez que hablamos en broma de dormir juntos (Vivíamos a menos de diez cuadras el uno del otro, y después del tiempo que nos conocíamos para su edad lo natural era que ya me hubiera metido en su casa hacía rato)

Sofía estaba resentida con él porque no la tomaba en serio como pareja. La bailarina no volvió a aparecer después de la noche en que le contó los detalles de cómo había terminado su relación con Miranda. No le habrá gustado la idea de Elortis abriendo e-mails ajenos, aunque él decía que su misma ex novia le había revelado cómo entrar a su cuenta; en fin, las cosas que son difíciles de explicar no convencían, Elortis.

Él no la volvió a llamar, quería aprovechar la soledad para pensar y en lo posible encontrar una relación que significara algo distinto y nuevo, y me ponía puntos suspensivos como si una de las posibilidades fuera que esa relación dependiera de mí, que yo fuera la parte que faltaba, aunque no se atrevía a decirlo directamente, contaba conmigo para arrancar otra vez desde cero, una chica joven, con el entusiasmo a salvo, no tan influenciada por la sociedad todavía, a la que se podía amoldar a gusto; yo me había dado cuenta.

Además  desde el principio le gustaba que le diera mi opinión sobre sus asuntos, se reía con mis contestaciones. Y no era sólo mi carácter el que le gustaba; no guardaba las conversaciones que teníamos pero sí las fotos que yo le había pasado en nuestras primeras conversaciones. Una con mi ex en el cumpleaños de papá, otra abrazada con las compañeras de secundario, hay una que estoy haciendo una coreografía en el colegio que también le pasé ahora que me acuerdo, y otra que estaba apoyada en la puerta de una casa en la costa, en bikini, con el pelo atado. En la primera de todas que le pasé, mi amiga y yo estamos inflando los cachetes. Por supuesto que su preferida era la de la costa en bikini (le gustaban mi altura y mis piernas). También le había gustado el primer plano de mi mano con las uñas pintadas de rojo y mis dedos largos y finos separados. Yo quería saber si también tenía dedos finos como yo y según él, que no me mandó fotos —sólo veía las que iba poniendo en su perfil— sus dedos eran delicados y su madre, que tocaba el piano, se los envidiaba.

Aparentemente el e-mail que usaba conmigo al principio ni siquiera era el oficial, una vez que se desengañó del todo de Miranda lo adoptaría definitivamente; me di cuenta porque después lo agregó en el perfil de la red social que usaba (cuando empezó a escribir en el diario desapareció su perfil de la red social).

Se ve que de alguna forma se animó a volver a salir a la calle, y hacer algo que lo hiciera sentir útil, aunque él sólo quería dedicarse a escribir libros o a lo sumo a leer los que le gustaban en voz alta para su disco rígido. Pero las anotaciones que tenía lo habrán llevado a algún lado, imagino que un día se levantó con las energías que le faltaban y aspiró un aire distinto, renovado, que le permitió armarse una nueva estrategia de sobrevivencia.

No pudo saber si su padre era o no lo que decían que era, y como estaba muerto no valía de mucho saberlo, me dijo una vez; si tuviera el poder de ese niño encantado de los evangelios apócrifos que cuando lo habían acusado de matar a un chico, fue y lo revivió para que dejara en claro su inocencia, eso sí hubiera servido de algo, pero como no era el caso, descubrir que su padre era algo que él no quería que fuera nunca, no le convenía.

Pero la duda lo trabajaba, era como una línea que dividía en dos su campo para un juego donde él tenía que desdoblarse para enfrentarse a sí mismo porque no había nadie más con quien jugar.

Eso era la vida, agregaba; menos mal que podía contarme algunas cosas a mí.

Así es, Elortis.

por Adrián Gastón Fares.

Los incómodos, de Elizabeth Aimar.

Después de leerlo un poco en la librería acabo de comprar el libro “Los incómodos”, Derechos y Realidades de las personas con discapacidad en la Argentina, de Elizabeth Aimar, que recomiendo.
Recién editado, Junio de 2019. Ojalá hubiera más libros sobre la temática en Argentina. Es una de las pocas brújulas que hay al respecto en el país.
Se consigue en Cúspide y otras librerías en papel y también se puede optar por la versión digital, online (como BajaLibros.com). por Adrián Gastón Fares.
Pueden adquirirlo, por ejemplo, en este link:
Editorial Paidós.
Copio la introducción, las palabras de la autora:
Son ellos, los que se alejan, los que sufren, los que no entienden, los que no pueden hablar.
Son ellos, los que no pueden preguntar, los que no llevaron el regalo porque pensaron que quizá no sobrevivía.
Que no pudieron invitarlo más a las reuniones del club porque les duele ver que el hijo de su amigo no pueda jugar a la pelota igual que los suyos.
Es ella, que no pudo visitarlo más porque no soportó el ruido de respirador y pensó que molestaba.
Es él, que faltó a la fiesta de 15 porque no sabía qué regalarle. Él, que no visita a la abuela porque no soporta que no lo reconozca más que de a ratos.
Es ella, que no se animó a decirle a su mejor amiga que su hijo se había recibido de ingeniero y se había casado, porque tenía miedo de que se pusiera triste.
Ella, que no se animó a dar el ingreso a la escuela a ese joven porque tiene síndrome de Down y no sabe cómo tratarlo.
Él, que durante años trabajó en la misma oficina y nunca se animó a preguntarle por qué está en la silla de ruedas.
Desde el título, este libro pretende interpelar la mirada social sobre la discapacidad. Sabemos que quienes conviven con ella tienen una vida más incómoda, sí, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la incomodidad que la discapacidad genera en los demás, allí donde irrumpe.
Tal vez por eso durante tanto tiempo fue ocultada, disimulada, silenciada.
Incluso en una época en la que predomina el discurso inclusivo, son muchos los que se sintieron, se sienten o se sentirán incómodos con la discapacidad.
En este libro los invitamos a conocer nuestras vidas, porque solo el conocimiento les hará perder el miedo y quizá dejen de sentirse incómodos. por Elizabeth Aimar.
Los incómodos de Elizabeth Aimar

Los tendederos. Libro de cuentos.

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares