Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 3.

3.

A mí lo que me había dejado en claro todo esto, el descubrimiento de Elortis, que para él había sido facilitado por su propia ex novia desde que le había revelado lo de las contraseñas intercambiables, fue que yo estaba celosa de Miranda; por algo había seguido apegado, no era tan así como me decía a mí que no le gustaba y no la quería. Todo este tiempo él había estado buscando una razón para acercarse a ella con una pasión renovada. ¿Qué hubiera sido de mí si me hubiera jugado por él? ¿no sería ahora una Miranda con otro secreto que esconder? La culpa era de él, decía, por haber aceptado el inmoral juego del noviazgo. Empecé a no contestarle cuando me saludaba, a hacerme la linda, como él decía. Como no le gustaba insistir con las mujeres, tampoco me saludaba. Estábamos ahí, conectados, cada uno en su mundo, a veces hasta altas horas, y yo a veces le mandaba algunos mensajes subliminales en los subnicks, pedacitos de canciones con letras esperanzadoras, de reencuentro y vuelta a los orígenes.

Cuando por fin, después de varias semanas, retomamos la charla, fue porque me dieron ganas de contarle que finalmente había vuelto a aparecer mi ex, era verdad que se había peleado con la chica que salía y necesitaba hablar con una buena persona, según me dijo, para convencerme de que volviera a hablar con él. Elortis, que cuando lo conocí había llorado al saber que había quedado sola, se puso furioso. Dijo que no me convenía volver a tener contacto con alguien que se había alejado de mí antes, dar pasos atrás era un error grave cuyas consecuencias se descubrían sólo con el tiempo, las cosas terminaban por algo, y un largo etcétera de cuidados que quería que yo tuviera para no caer otra vez en las garras de Santi. Más que nada no le parecía bien, ahora que él había dejado de tener contacto con Miranda, que yo hablara en el mensajero con mi ex, creía que tenía que cortar cualquier lazo porque no existía la amistad entre el hombre y la mujer; ese cuento a él no se lo vendían más.

En fin, dejé de hablarle por otro tiempo, esta vez más largo. Cuando volvimos a hablarnos, Elortis me salió con otra de las historias de la enanita. Al sur otra vez, entonces, a la casucha en esa especie de conventillo donde él tomaba mates con la viejita encorvada.

Todo porque me aclaró que estaba dispuesto a convertirse en monje, quería alejarse de la sociedad para desintoxicarse de su influencia negativa.

Pensaba, como el escritor Maugham dijo, que las malas experiencias empeoran, envilecen a las personas al contrario de lo que se dice. Listo, Elortis, si vos lo decís por algo será. Dijo que iba a hacer la gran Pancho Sierra, que después de un traspié sentimental se retiró al campo a reflexionar sobre la vida y terminó siendo un sanador, un santo informal entre tantos otros santos informales. A Pancho Sierra se lo había presentado la enanita y el personaje le caía particularmente simpático.

Cerca del barrio de la enanita había una casa de dos plantas. Ahí vivía un médico y su familia. El médico había heredado de su padre alemán un Stradivarius auténtico, que guardaba en una vitrina del salón de esa casa, a la que sólo había entrado una amiga de la enanita porque salía con el hijo, un descarriado que jugaba en Independiente —en ese tiempo los futbolistas jugaban por amor al arte, así que este tipo era un mantenido. Uno de los hermanos era médico como el padre y el otro se había metido en la política, lo que en esa época, como en ésta —eso sí que no cambió—  quería decir que tenía conexiones mafiosas, así que siempre estaba bien ubicado por una serie de devolución de lealtades. Pero el futbolista embarazó a la amiga de la enanita, su percanta, a la que sólo hacía entrar a su casa cuando se iban todos, y no le quedaba otra que juntar plata para pagar un aborto. Tiempo atrás el abuelo del futbolista había muerto y en el testamento decía que el violín le correspondería al nieto que demostrara ser el mejor en lo suyo. Al médico todavía no lo convencía ninguno de sus hijos, como para cumplir el deseo de su padre. El que había seguido sus pasos en la medicina parecía ser el adecuado, era el mejor de la clase, aunque el político había hecho conocer el nombre de la familia y traía masitas, bombones, vinos y otras exquisiteces en la cenas familiares que lo hacían merecedor del violín; el futbolista quedaba último en la lista, se la pasaba en las esquinas con los amigos, le silbaba a las chicas cuando pasaban, y varias noches volvía borracho de las farras que tenía con los muchachos del club. Pero era el que más lo necesitaba para venderlo y pagar la operación, así que empezó a buscar el medio de hacerse con el violín.

La amiga de la enanita conocía a un tipo que vivía en una piecita arriba de una tintorería que decía ser espiritista. Lo fueron a ver y el hombre, un tipo de  una copiosa barba blanca que parecía más de utilería que real, decía la enanita porque ella también lo había visto varias veces caminar con la mirada ausente por las calles, le preguntó a la chica —porque el hijo del futbolista no quería saber nada con que lo vieran entrar ahí— cuál era el problema, y la chica le mostró la panza en crecimiento. El manosanta, que se llamaba Ponchilo Barracas, le preguntó a la amiga de la enanita si no le permitía realizar el procedimiento habitual. Le pidió que se pusiera de pie, y él se arrodilló e inclinó la cabeza hasta la altura del ombligo de la chica. Se quedó mirando fijo un rato sin parpadear. Había visto cuatro ojos, lo que significaba que iba a tener mellizos. La amiga de la enanita casi se desmaya, y pasó a contarle el plan para el que lo necesitaban.

El hijo del futbolista le diría a su padre que se había hecho amigo de un espiritista que podía comunicarse con los muertos y arreglaría una reunión en la que Ponchilo Barracas entraría en contacto con el alma de su abuelo para que dirimiera la cuestión del violín. Ponchilo cerró el trato al escuchar que le darían un porcentaje de la venta del preciado instrumento. El futbolista se las arregló para que toda la familia estuviera presente el día de la sesión de espiritismo, y ubicó un velador en el medio de la mesa grande del salón. Una vela iluminaba la cara de Ponchilo Barracas, que les contó a las demás siluetas oscuras cómo había empezado su camino espiritual.

Mientras caminaba por la avenida Mitre una tarde, se cruzó con un hombre de larga barba blanca y pelo largo que iba con la cabeza gacha. En aquel momento, no le dio mucha importancia al encuentro, aunque quedó impresionado por la altura y la palidez del hombre. Lo vio varias veces, siempre con la cabeza baja, concentrado en el piso. Volvió a cruzarlo, esta vez él iba acompañado de una dama, a la que se lo señaló para que conociera al extraño personaje que encontraba habitualmente en sus caminatas. Resultó que la chica no veía a ninguna persona en el lugar señalado, y en ese mismo momento el hombre de barba blanca levantó la mirada del piso y la clavó en Ponchilo. En cuanto lo perdieron de vista, la chica le pidió que le describiera al personaje que había visto. Cuando Ponchilo, que en ese momento se llamaba Ernesto, terminó la descripción, la chica ahogó un gritito con las manos, y le dijo que ese no era otro que el mismísimo Pancho Sierra.

La chica le aseguró que si lo veía era porque le quería transferir su misión. A partir de ese día, Ernesto dejó de ver a la chica, se recluyó en su piecita de arriba de la tintorería, donde mantuvo un fluido diálogo con diversos personajes y alimañas que se le presentaron, a lo san Atanasio y, poco a poco, empezó a ejercer su tarea de interpretar almas en tránsito, ya sean terrenales o etéreas. Al rato los tenía a todos agarrados de la manos, y cuando lo poseyó el abuelo del futbolista, fue para dejar en claro que el violín era propiedad del nieto que había aportado a que el club de sus amores creciera, el que hacía posible que les descargaran cada tanto carretillas de bosta en la cancha del club contrario. El violín fue entregado al futbolista esa misma noche y la enanita nunca supo con certeza si serían o no mellizos los que iba a tener su amiga en aquel momento, aunque dio la casualidad que muchos años después la chica cumplió la profecía de Ponchilo.

El espiritista intervenía en otra historia relacionada con la familia del alemán. Tiempo después del episodio del violín varias empleadas de la fábrica de fósforos donde trabajaba la enanita fueron atacadas con el mismo patrón de conducta  (mi amigo se preguntaba si ese trabajo insalubre no sería la causa de la parálisis de medio cuerpo de la enanita; ya Marx comparaba los horrores de la industria fosforera con la descripción de Dante del infierno). Además de aguantar el trabajo arduo controlado por un capataz español severo y el frío que calaba en los huesos en las instalaciones, empezó a correr el rumor entre las fosforeras de que a la salida del trabajo algunas chicas habían sido violentadas por una silueta negra, un homínido oscuro, que descendía de los árboles. El hombre, que llevaba la cabeza encapuchada, al principio se aprovechaba de ellas, pero después empezó a quitarles sus pertenencias y a robarles el insignificante pero valioso sueldo. Ahí fue que la historia empezó a difundirse.

Como los policías no lograban dar con el delincuente, y en la fábrica se decía que era una presencia sobrenatural, un sátiro que vivía en los árboles, algunas empleadas, entre las que estaban la enanita, juntaron unos pesos y se presentaron en la habitación de arriba de la tintorería para que Ponchilo Barracas pusiera fin al asunto de una vez por todas.

El espiritista esta vez pidió observar unos minutos a una de las chicas que había sido atacada por la fuerza de los árboles, como se refirió al maleante, aunque les aseguró a todas que era una persona común y corriente. Repitió la operación de mirar fijamente el ombligo de su cliente, pero esta vez subido a una mesa. Las chicas se reían de Ponchilo, agazapado como un animal sobre la mesita que usaba para atender a las personas y tomar mate. Después se paró en el medio de la habitación, cerró los ojos, y esta vez le pidió a la fosforera, que todavía tenía desabotonada la camisa y el ombligo al aire, que se acercara para soplarle en la cara. Luego garabateó unas palabras en un papel y les pidió a las chicas que lo entregaran en la comisaría cuanto antes.

Al anochecer dos policías veían salir de la casa de dos plantas a uno de los hijos del médico, el estudiante de medicina, y lo seguían de lejos. En cuanto lo vieron encarar una calle arbolada se detuvieron; mientras el estudiante aceleraba el paso, venía una chica alta y muy abrigada. En ese momento los policías se quedaron boquiabiertos, porque en un segundo de descuido perdieron al estudiante de vista y la calle apareció desierta, solamente la chica abrigada de paso torpe la atravesaba lentamente.

A mitad de cuadra la fuerza de los árboles cayó sobre la chica e intentó maniatarla. Cosa imposible porque en realidad la chica era un macizo policía disfrazado de fosforera que hizo volar al estudiante contra el tronco del árbol, donde le sacó la capucha frente a los dos policías de refuerzo. Luego corrió el rumor de que robaba los sueldos, que guardaba en una caja de cobre que no tocaba en la casa, para desviar las sospechas; quién podría pensar que el hijo del acaudalado médico necesitaba el dinero. El policía tenía experiencia en disfrazarse de mujer porque antes de ser policía lo hacía para los carnavales, hasta algunos decían que lo siguió haciendo, que era una especie de infiltrado en el corso. Era amigo de Carlitos, un travesti de la comparsa de Avellaneda, un tipo flaco y sin dientes que aparecería muerto tiempo después. En cuanto al hijo del médico, a la semana quedó libre; el hermano que se dedicaba a la política apretó con la ayuda de sus amigos mafiosos al comisario. Ponchilo no había tenido en cuenta las consecuencias de su intervención y tuvo que irse a vivir a Córdoba por un tiempo. Cuando volvió a su habitación de arriba de la tintorería tenía una barba que no parecía falsa para nada.

A mi amigo le hubiera gustado saber más de Ponchilo Barracas, pero la enanita sólo le había revelado esas dos historias. Menos mal, Elortis: ya me voy a dormir.

Augustiniano todavía no quería saber nada con Elortis, aunque yo notaba que en el fondo lo apreciaba; decía que Los árboles transparentes era un libro inclasificable. En la agencia de publicidad donde trabajaba no lo había comprado nadie y eso aumentaba su valor, no era un best-seller de esos que leía en los tiempos libres la diseñadora gráfica. Sin embargo, para él no era más que un abusador de chicas jóvenes, dispuesto a abalanzarse sobre mí en cuando pudiera. Que recordara que me había invitado a su departamento y que sólo se había rectificado en cuanto vio que yo no tomaba en serio su invitación. También creía que Elortis exageraba la historia de su padre para tener conversación.

En mi nuevo trabajo salíamos a comer puntualmente a las dos y media. A Elortis nunca lo veía conectado antes de las doce. Se ve que trasnochaba. Yo me seguía preguntando qué se quedaba haciendo por las noches, tal vez se había conseguido una reemplazante que le prestara atención. Por una charla anterior, supe que antes de conocerme había mantenido una amistad virtual con una metalera que le hizo conocer las variantes de la música que escuchaba, me las enumeró de memoria: heavy metal, trash metal, death metal, doom metal, black metal, folk metal, gothic metal, progressive metal, glam metal y hasta metal vikingo. Elortis escuchaba a volumen bajo estos pedacitos de canciones que la chica le mandaba por el mensajero, temiendo que sus vecinos pensaran que estaba poseído por el demonio. Por suerte, decía, el folk metal y el metal vikingo eran variantes bastantes alegres. También, la joven le hizo conocer algunas bandas argentinas que se dedicaban al metal; por ejemplo, la chacarera metal.

por Adrián Gastón Fares

 

No es humo. Cuento.

Hubo un tiempo en que mirábamos la forma de las nubes y un día no pudimos entender cómo lo hacíamos. Eran nubes. Y sabemos que las nubes tienen muchas formas. Buscamos las palabras adecuadas para nombrarlas. Pero son nubes, deshilachadas, apretadas, compactas, estiradas, manchadas. Inasibles. Nubes que pasan.

En cambio, nos habíamos aferrado al alcohol, cuando nos reuníamos a las cinco de la tarde a comer un queso duro con un vino tinto y la reunión seguía hasta altas horas de la noche y terminaba en algún boliche donde nos agarraba el bajón.

Las personas buscan lugares para acomodar sus ilusiones. A veces puede ser el gimnasio —llegué a sentirme mal por faltar un día—, la comida, el café, los amores, y la meditación. Son vicios. Según como se vea, el alcohol y apagar la luz a la misma hora todas las noches son vicios que tienen consecuencias, beneficios y desventajas, y que sirven para sermonear a los demás. Lo que algunos llaman obsesión, otros lo hacen pasar por amor. Lo que algunos creen que es delirio, otros lo catalogan como obra de arte. Sin una mujer o un hombre obsesionado el mundo estaría vacío. El vicio y la obsesión van de la mano, y si bien aprendimos que podíamos vivir sin mirar las nubes para encontrarle formas, estoy bien seguro que no podemos vivir sin nuestros quehaceres, sin nuestras obsesiones, sin nuestros vicios, sanos o malsanos, dignificantes o nefastos, menores o mayores, agradables o asquerosos.

Martín tenía uno de los vicios que fueron importados de este lugar en el mapa, el Nuevo Mundo. Fue considerado un remedio, un anestésico, curador de todos los males, un relajante, una panacea para la amistad y el pensamiento, y luego denostado por los médicos del siglo veinte y los muertos que no pueden hablar. El tabaco.

No se la agarró con el tabaco de chico.

Un día, estábamos pasando las vacaciones en Miramar y mi hermano se había dejado un atado de cigarrillos arriba de la heladera. Estábamos medio borrachos. Martín, que tendría unos veintitrés años, tomó el paquete, sacó un cigarrillo y lo prendió. No tosió ni nada. Lo fumó. Su primer cigarrillo. Su primera humareda. Algunos asan carne y maíz, otros fuman o hacen las dos cosas. Era para demostrar la hombría, la rebeldía de la mujer, lo que fuera que nunca se hubiera imaginado el cura que llevó el tabaco a Europa y los médicos que por más de cien años dijeron que era un remedio.

El caso es que con el tiempo, con las vueltas jodidas de la vida, Martín se volvió bastante adicto al remedio indígena-colombino, el tabaco. Hasta hace un año los armaba, compraba papel, filtros y tabaco suelto, natural, orgánico, y con una maquinita hacía sus propios cigarrillos que fumaba casi uno tras otro. Yamila, que no fumaba, lo odiaba por eso. Pero también lo quería. Y no fue el cigarrillo por lo que lo dejó. Martín había renunciado a su trabajo, y otra vez estaba intentando convertirse en un periodista deportivo. Había estudiado eso y en vez de relatar partidos, lo que hacía era pasarse las tardes sentado en una oficina oscura, sin baño (estaban en el pasillo) ni comedor. Sin el verde de la cancha, decía.

Al principio Yamila aplaudió la iniciativa de Martín, pero cuando vio que las cenas en restoranes escaseaban, que Martín ya no podía pagar en el supermercado como antes y que contestaba con evasivas sobre el futuro, aunque quería construir una casa, quería tener una familia, como me decía él a mi también, bueno, ella dijo que se iba a llevar lo suyo y que se iba. Acto seguido, lo dejó.

Después de que ella se llevara las cosas fui a visitarlo. Lo encontré sentado al borde de la cama. No estaba muy triste. Estaba preocupado y más que nada derrumbado, resentido, de la manera más ingenua, como era él, como un nene, porque esa mujer lo había dejado. No daba resultados, ella le había dicho. No lo podía creer.

Le dije que lo tome como más le venga, pero que no se pusiera triste y mal como con la anterior. Martín había estado mucho tiempo melancólico y deprimido antes. La culpa casi lo destroza. En un hombre que no está demente la culpa mata. Los locos malos, como les digo yo a los psicópatas, no sienten culpa, y si la sienten, es una buena imitación.

Para Martín en la relación anterior, no con Yamila sino con la otra, como decíamos, todo lo había hecho mal. En la ruptura amorosa es común que empecemos a revisar nuestro pasado para descubrir dónde fallamos. Él había errado en todo. O por lo menos en muchas cosas que los demás le habían hecho ver que era así, en especial su exnovia. Eso casi lo mata.

Pero salió adelante, se buscó otro trabajo, consiguió otra novia sin muchas vueltas. Venían a mi casa a tomar cerveza. Mi gata se sentía bastante cómoda con Yamila. En cambio, el que estaba incómodo era Martín, porque en el fondo debía saber que Yamila no lo quería como a mi gata. O peor aún, que Yamila no podía querer, como yo le dije una vez.

Soy psicoanalista, mi padre es psicoanalista también. Mi familia atesora muchos libros, más que la de Martín que fue el que se puso a escribir de verdad cuando se dio cuenta que nunca iba a ser un gran jugador de fútbol. No le daba la cabeza para eso, decía, con una sonrisa.

Me asombró no oler el olor rancio del tabaco ni en su apartamento, ni en su ropa, no verlo con un cigarrillo en la mano. En cambio, tenía un cacharro metalizado sobre la mesa de luz. Brillaba. Yo ya los conocía porque mis compañeros en el hospital salen afuera a recibir los pedidos de líquidos que hacen, de resistencias, alambres, y muchas otras cosas para mantenerse entretenidos. Cigarrillo electrónico.

Lo agarró como si fuera una botella, pegó una calada honda, expulsó el humo (el vapor me corrigió él enseguida) y su habitación quedó grisácea. No le sentí olor, pero me picaba la nariz. Soy bastante sensible, veo poco, huelo mucho.

Ese día terminamos con unas cuantas cervezas encima. Al final del día, noté opaca la mirada de Martín. Era por el humo del cigarrillo electrónico, pero también porque se había dado cuenta que ahora tendría que estar solo. Y a conocer mujeres en esa aplicación de mierda. Prefería la soledad, dijo. Y así lo dejé.

Hubo varios problemas en el hospital esa semana. Un compañero se deprimió porque perdió sus ahorros, otro empleado fue también abandonado por su esposa, mi amiga Marita era maltratada verbalmente por su esposo alcohólico, al que igual amaba hasta la muerte, según ella, y puedo afirmarlo porque nunca accedió a salir conmigo y por eso terminamos siendo amigos.

El fin de semana llevé un vino a lo de Martín, que festejaba su cumpleaños número treinta y ocho, y hablamos toda la noche, hasta que por el vapor del cigarrillo electrónico apenas nos veíamos. El aparato parecía un arma. Ahora parece un presagio. Pero en ese momento pensé, lo sostiene como si fuera un arma, con el atomizador —Martín me enseño todo sobre el vapeo— sobresaliendo del Mod que quedaba apretujado como si fuera una naranja de las que a mí me gustan exprimir a medianoche.

Cuando estábamos bastante borrachos, Martín aseguró que veía cosas raras.  Yo le contesté que no veía mucho por el humo que me estaba tirando. Un poco para embromarlo. Y se quedó mirando el vapor espeso —glicerina y propilenglicol, y un aroma a canela mezclado con algo dulzón— y me contestó que no era joda. Que veía fantasmas. Que había estado toda la semana perfeccionando la manera de verlos.

Giré la cabeza para mirar al vapor que daba vueltas gracias al aire que entraba por la persiana baja. Comprobé que no veía ningún fantasma sino espirales de humo que en un momento estaban juntas y luego se separaban para fundirse con el resto del universo —una polilla que dormía en el techo del comedor de Martín.

Martín me dijo que no los veía (¿qué cosa?, pregunté yo; a ellos respondió) porque faltaba más humo, más vapor. El líquido que estaba usando tenía poca glicerina vegetal por lo tanto era menos denso y además debía comprarse un atomizador más potente y un Mod que permitiera vapear con temperatura o por lo menos que le diera más margen de wattage. Me pidió que no lo dejara solo. Pero que tratara de volver pronto.

El miércoles que siguió a ese fin de semana fui a lo de Martín, después de aguantar a Marita llorando porque su marido parece que encima de maltratarla andaba con otra, y de que no aceptara caer en mis brazos como compensación a su infortunio. Quería hablarle de Marita a Martín. Pero no me dejó. Me dijo que los había avistado otra vez como si se tratara de marcianos. Usó esa palabra y me explicó que era porque tenía que estar relajado, tenía que hacer una gran vaporada, la más grande que pudiera, con las resistencias adecuadas. Y empezó a hablar de ohmeaje, de las resistencias que armaba, mientras desenroscaba unos alambras que tenía en la pieza, entre los libros, como si un alambre llevara al universo de Bernhard y el otro conectara con el de Salgari. Tenía un enjambre sin avispas construido por nichrome ochenta veinte, chromalfe, y acero inoxidable. En algunos extremos de los alambres colgaba una etiqueta que describía sus milímetros y qué tipo de alambres eran.

A ellos los había descubierto probando el atomizador de su equipo de vapeo con una resistencia de cero coma veinticinco ohms. Como no entendí porque estaba al tanto de ese mundo pero no era un experto, me explicó que según las vueltas que daba a su alambre la resistencia era más alta o baja y que había tratado de armar la más baja posible para hacer más vapor y que ellos aparecieran. Lo más cercano a cero que aguantara. Los extremos se tocan, la nada y la materia, lo visible y lo que creemos inexistente pero que está ahí existiendo, proclamó como si me estuviera enseñando.

A esa altura, confundido como estaba yo con Marita y el sermón sobre vapeo de Martín, que había terminado en lo metafísico, como entienden lo metafísico mis colegas, digo, tenía ganas de rajarme de su casa cuanto antes. Para colmo, Martín pegó una humareda que me dejó rápidamente atrás y con la vista clavada a mis espaldas afirmó que ahí estaban. Cuando me di vuelta, ya era tarde, ellos habían desaparecido. Lo saqué de la casa. Fuimos a la cervecería.

Le pedí que me contará todo lo que veía. Le dije una mentira, que yo creía en fantasmas, que los había visto de niño y que por eso me había dedicado al psicoanálisis. Él me contestó que pensó que era porque mi tío se había suicidado, pero lo negué. Eran los fantasmas. La amistad se construye viviendo aventuras y no con información. Empezó a sonar Wigwan y me creí más vivo de lo que soy. Quería oírlo todo, le dije. Martín me dijo que no quería contarlo pero que lo iba a contar. Que la gente se pensaba que había que leer ese poema Sí…  de Kipling y ser estoico pero que eso se debía a que no habían leído a todo Kipling, que no habían leído Algo de mi mismo, y como Kipling criticaba a medio a mundo ahí y era terrible, bien terrible. Los poemas son nada más que poemas, y un buen partido es un buen partido, zanjó uniendo al país y a los charlatanes del mundo.

Al segundo día de estar encerrado en su casa, sin encontrar el camino para convertirse en periodista deportivo, ningún amigo de la facultad lo pudo ayudar a que encontrara su trabajo soñado, ni él tampoco, admitió, porque no le habían contestado ningún email de los doscientos que había enviado, tranquilo, comenzó a usar su aparato de hacer vapor. Fumaba —vapeaba me corregiría él— y se iba relajando. Había empezado con nicotina, pero se había pasado a cero miligramos, para que las nubes fueran más espesas y para sentir más el sabor de la cereza de uno de los líquidos que decía que lo inspiraba para que ellos aparecieran, para verlos.

Le pregunté qué eran. Me contestó que eran lo que yo había visto de chico. Dos fantasmas. Quise saber de quienes. Y me dijo que no sabía, que en otros apartamentos de su edificio había muerto gente, pero que en el suyo, según el portero, nadie. Le dije que tal vez habían muerto antes de que entrara a trabajar el portero actual. Contestó que podía ser.

Le pedí que me describiera a sus fantasmas, como si estuviera en mi consultorio en el peor de mis días. Abrió la boca y se quedó con la boca abierta. Trató de abrirla más pero no pudo.

Eso. Veía una boca. Como la del disco de The Wall, me decía, pero con dientes afilados y ojos serpiente. La vio cuando expelió el humo en el baño y se quedó mirándose al espejo. Estaba ahí. A sus espaldas. Esa boca enorme que quería engullirlo dijo y que salió volando por la ventana del baño. Suspiré, ya medio borracho pero entretenido más que preocupado por la historia que se había armado Martín. Lo dije, algunos se entretienen pegando estampillas, armando pulseras con semillas, coleccionado imanes que pegan en las heladeras, y Martín se había evadido con la ayuda de esos alambres que decoraban su potente biblioteca y con los líquidos que calentaban esas resistencias armadas por él mismo. Quise saber qué más tenía para contarme.

Afirmó que eran dos.

Que paseaban por su casa. Que se movían en el suelo, sobre el parquet a veces, como si estuvieran frotándose el uno al otro, que salían al balcón a mirar las flores ahora marchitas en el cantero de plástico abandonado cuando él también lo hacía, que parecían flotar sobre las cenas que él se preparaba como admirándolas, que querían tomar su vino; eran dos. Intenté que los describiera. Y me dijo que la mujer tenía pelo corto y que el hombre era parecido a él, de la misma estatura y con ese tipo de barba puntiaguda que él había tenido y ya no tenía.

En ese momento se me acabó la paciencia y le dije que se callara la boca, que lo que estaba viendo era a Yamila. Me dijo que Yamila no tenía pelo corto. Y para qué, porque dijo que tal vez no veía el pelo de la mujer porque le faltaba vapor.

La mujer era alta y tenía las manos largas. Parecía más esos extraterrestres que vemos en las películas me dijo. Recordé que ET no era alto. Él no quiso oír y sólo contestó que el hombre tenía una sonrisa que le molestaba muchísimo. Y la mujer solía abrir la boca para gritar. Que debía ser la mujer lo que vio atrás suyo frente al lavabo a través del espejo.

Esa noche terminé en su casa entre abultadas nubes amarillentas de vapor. En un momento creía ver una forma en espiral que parecía una rosa y una mano que la sostenía, pero no era más que mi imaginación. Martín dejó en claro que conmigo no querían aparecer. Me fui a mi casa. Al rato me llamó para pedirme permiso para pasar la noche. Acepté su propuesta pero con la condición de que sólo tirara humo en el balcón.

Vapeó por todos lados, no vio ningún fantasma, ni yo tampoco. Y se levantó a las cinco de la mañana a los gritos. Me acerqué al sillón en el que dormía y me dijo que lo que había visto en su apartamento era tremendo. Que al abrir la bañera había observado a dos formas compuestas de vapor que se abrazaban, que se convertían en una y que una forma más pequeña, de un metro, parecía salir de los dos con la mano tendida como para que él la despegara de las otras dos formas oscuras.

El vapor en la cantidad justa los hacía sobresalir. Siempre habían estado ahí para él. La glicerina resaltaba sus contornos, los acariciaba, los llenaba, en fin, los formaba en sus desplazamientos porque eran aire y eran pasado o futuro, no sabía qué eran pero estaban ahí en el presente gracias a esa resistencia y al algodón orgánico que los desnudaba como si fueran el primer hombre y la primera mujer.

Volví al hospital, a aguantar a los pacientes con los dedos amarillos que me daban ganas de comprarles a todos esos vapeadores del demonio, y a mí mismo. Tenía ganas de tomarme un vodka con Marita que amaba más que nunca a su marido. El hijo de puta estaba intentando dejar la bebida. Me había afectado un poco el estado de mi amigo, tenía miedo de que volviera a caer en la anomia de la separación amorosa anterior, será por eso que les puse a los pacientes una película donde el protagonista se termina suicidando. Por suerte, mis superiores la habían aprobado, y la familia de los pacientes en general venía poco y nada, así que no pasó nada. Dos pacientes me cancelaron esa semana. Así que no tenía mucho que hacer después del trabajo más pesado. Le avisé a Martín que iba para su casa con un vino tinto, que él preparara una picada.

La puerta estaba entreabierta y me costó encontrarlo al principio. El vapor llenaba todo el comedor. Me pareció entrever a dos personas que se elevaban desde el suelo al techo como si estuvieran saltando, pero con más gracia, con un movimiento de saludar al sol o como quiera que llamara la profesora de yoga que venía al hospital a esa postura. Era el humo, el vapor.

Entre la grisácea y densa nube con destellos cálidos de luz estaba mi amigo con su vapeador en la mano, exhalando el humo, con la boca abierta como la del espectro que él había visto en ese apartamento, en el baño.  Las dos formas, una que parecía un Martín más joven y otra que parecía otra forma conocida por mí pero olvidada, flotaban por arriba de su cabeza con una sonrisa que se iba estirando en aherrojadas nubes que se deshicieron en el techo. Ahí me di cuenta que no era el cigarrillo electrónico lo que tenía en la mano.

Era una pistola. El aire grisáceo se tiñó de rojo. Las partículas de sangre volaron a través de su boca abierta para estrellarse en el vidrio de la ventana balcón a su espalda. Martín siguió de pie, sin entender nada, como si la sorpresa lo superara.

Y es que el disparo había traspasado su boca pero no lo había matado. No había exterminado su delirio, ni sus penas, ni su dolor que escondía mejor que esas historias alucinantes. Lo llevé como pude a una clínica.

Cuando me ayudó a sacarlo, el portero nocturno, al que le brillaban los ojos,  me confesó que nunca pensó que Martín iba a terminar así, que había visto tantas cosas. En sus ojos se reflejaba una impotencia más alta que el edificio en el que pasaba sus noches. Por mi amigo. Y por los otros.

No era para tanto.

Martín se repuso y se mudó a una provincia de este país generoso, como dicen algunos, para dedicarse a escribir libros de divulgación sobre el deporte de las culturas aborígenes y otros, más legibles, sobre las formas exhaladas que él sólo puede ver.

por Adrián Gastón Fares

Inextinguible. Cortometraje. Terror. (Horror, short-film) 3′

 

 

Quiero compartir este cortometraje de terror. En su estreno fue reseñado y destacado en el sitio Horror Novel Reviews, para mi sorpresa. Decía:

“…if you’ve got three minutes and change to spare and are up for a Rod Serling-styled piece of weirdness, then check this out… big shout out to Gonzalo who gave us the heads-up on this…” Maat Molgaard / HORROR NOVEL REVIEWS

 

 

Inextinguible Horror Novel Reviews.jpg

 

Luego por pudor, como explico mas abajo, lo pase a privado durante estos años.

Lo hice para probar una cámara y unos lentes, cuando estaba intentando hacer Gualicho / Walichu de manera independiente, hace más de cuatro años.

Tal vez le tenía que haber puesto de nombre Detrás de una puerta cerrada (Behind that looked door, como la canción de George Harrison)

En todo caso, Inextinguible es un ejercicio en el género terror.

Así y todo, por pudor, entre otras cosas, luego lo mantuve oculto en el canal de Corso Films (Corsologia YouTube)

Creo que aprendí a filmar con estas cosas, los cortometrajes Entre nosotros, Cine (El corazón del silencio), Inextinguible, Motorhome, Gloria (de la época de la facultad) más otros de distinta duración que he escrito y dirigido ¡en la casa de mi abuela materna!

Por otro lado, en el largometraje Mundo tributo, además de la dirección, el guión y el diseño de producción, la distribución (muy importante este punto), hice cámara (todo lo que ven en el largometraje en Mar del Plata, más lo de Kissmanía y otras cosas, lo filmé con mi cámara, y la segunda cámara era Leo Rosales en el palco) Tuve que tomar decisiones rápidas y aprendí mucho.

Luego vendrían los guiones de ficción. Las órdenes, que escribí apenas estrené Mundo tributo y que me llevó a Colombia, Gualicho, con el que gané el premio Ópera Prima Largometraje de Ficción Blood Window / INCAA (Instituto de Cine Argentino) como autor, guionista y director y Mr. Time con el que espero mezclar la temática de identidad, aventuras y terror. Hay más pero elijo esos tres de una lista larga de guiones y proyectos que desarrollé y que ojalá, paso a paso, lleguen todos a grabarse, a rodarse, a filmarse.

Me parece bien mostrar mi proceso de aprendizaje.

Las investigaciones previas me enseñaron mucho. Las lecturas me enseñaron mucho. Meter mano en la cámara y en edición, me enseñó mucho. Ver películas también, claro, de todo tipo.

Los dejo entonces con Inextinguible.

Me verán actuando en el cortometraje. No soy actor ni tengo entrenamiento en eso así que sepan disculpar.

Creo en lo que dice uno de los personajes del film Los siete sumarais, de Akira Kurosawa; uno puede estar toda la vida perfeccionando su trabajo, verá irse a los cercanos, las canas saldrán, uno envejecerá en resumen y los demás también, y el mundo pasará mientras buscamos la perfección.

Por eso prefiero hacer y mostrar.

Es vital para mí.

¡Saludos!

Adrián Gastón Fares

El silencio

 

Estoy en el pasado por una noche, por unos minutos, por unos segundos. Retrocediendo a velocidad, pisando el acelerador a fondo. Luego volveré al presente, como si ya no fuera yo, y es que ya no lo soy, soy el que una vez quise ser. Paso a paso. Quitando las máscaras.

Máscara a máscara.

A. G. F.

 

Como las cosas que duelen cuando ni se saben,

para el que anduvo adivinando qué quieren decir toda su vida.

Como el silencio que ya no escucho.

Como las cosas que antes no eran y ahora son y serán.

Como tu mirada vacía y llena.

Recuerdo nuestro somos y estamos en la desesperanza,

y cómo se fue construyendo de la nada este todo tan a lo lejos

(Y te cuento, por acá, que sí, llegaron: hace mucho, una noche, en sueños,

unas manos invisibles apretaron fuerte las mías)

El tiempo que pasó me dice basta.

 

Pero mi esencia busca la tuya. No perderte la alimenta.

Luces brillantes y con alas oscuras que me vuelan y me hablan,

del nido bueno que teníamos.

 

El agua que baja desde la cima de la montaña para asentarse en lo profundo

y reflejar el cielo oscuro.

 

En ese charco, nuestras miradas, a la deriva.

Unos pies embarrados, chiquitos como los tuyos, lo pisan.

 

No vemos su cara, pero él nos reconoce, y se agacha para beber.

 

Adrián Gastón Fares

Padrastro. Cuento

Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.
Este cuento se llama Padrastro. La fotografía que lo acompaña, de Paul Camponigro, fue una inspiración para un pasaje del guion de la fantástica Mr. Time.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Sigue leyendo “Padrastro. Cuento”

Las aparecidas / Índice de Cuentos

Scouting Walichu Fotografía de Adrian G Fares

 

Este es un cuento corto que escribí de una sentada una mañana en una café de San Telmo con vista a la plaza. Luego, lo reescribí y trabajé para publicarlo aquí.

Entre la preproducción de Gualicho (la fotografía la tomé en el scouting de Walichu, una… cabaña del terror perdida en una arboleda cercana a la locación) y el trabajo para el universo de Mr. Time, más el seguimiento de mis otros trabajos audiovisuales y narrativos, se me hace difícil mantener el ritmo de un cuento por semana.

De cualquier modo, sigo escribiendo y llenando cuadernos.

Por otro lado, estuve -y sigo- buscando el diseño adecuado para este refugio que he construido a través del tiempo, que ha pasado de tener el nombre de un relato largo (El Sabañón, seleccionado en una Clínica de Obra del Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires) para llevar el que me han sugerido mi madre y mi padre al nacer.

Si quieren leer todos mis cuentos publicados en este sitio, que no contiene sólo cuentos, los invito a repasar al Índice.

Están en orden cronológico.

Sigamos entonces para dejar que vuelvan las aparecidas….

 

Las aparecidas

En un día con neblina, que hacía que el edificio de IBM se difuminara de la mitad para abajo, como si flotara la parte superior en la ciudad, la primera de las chicas apareció en la parada del Metrobus: Cecilia O.

Lívida, con la bikini que tenía puesta cuando la mataron, mejor dicho, cuando el portero Romualdo intentó violarla y terminó dándole con un estuche de madera de vino hasta hundirle el cráneo. Así que su frente estaba hundida y el pelo ensangrentado. La parte de abajo de la bikini estaba corrida.

Sostener la mirada en ese espectáculo era difícil y sin embargo los que pasaban con el colectivo 152 por la zona no sólo la miraron, sino que le sacaron fotos y grabaron videos con sus celulares que luego subirían a las redes sociales.

La segunda aparición fue cerca, en una casona antigua que estaban tirando abajo en San Telmo. El obrero estaba en la planta superior y entró al dormitorio. Acostada en la cama estaba Margarita S.

Margarita tenía el vestido de novia puesto, estaba con los ojos blancos, la tez color dulce de leche, y tenía un disparo en el medio del pecho. Habló con voz gutural. Sus cuerdas vocales podridas reclamaron un té de la India. Se ve que pensó, por el color de la piel, que el obrero era su esclavo o su mayordomo, pero en realidad era Ricardito, que había crecido en Caraza, tenía tres hijos y tomaba el 20 todos los días para llegar a la obra en la que trabajaba.

Ricardito, que ya había visto en las redes la aparición de Cecilia O, le convidó un mate, que Margarita rechazó, y le dijo que le esperaba un choripán para el mediodía, que fuera a comer con los muchachos.

Margarita S. estaba encantada con la obra. Comió el choripán con voracidad. A los obreros no parecían molestarle el color pútrido de su piel ni el agujero que la chica llevaba en el pecho. El arquitecto tampoco se sorprendió.

Le mostró fotografías de cómo quedaría la casa en la que ella había vivido hacía más de un siglo y le pidió disculpas por intervenirla. Margarita se sintió triste porque ya no tendría su cama pero dijo que merodearía la franquicia de café que estaban construyendo. El arquitecto le aclaró que tal vez tendrían ahí un té parecido al que ella solía tomar. Agregó que el resultado no sería tan imponente como su casa de estilo francés.

Aquí hubo un problema. Porque Margarita entendió impotente. Sus oídos no funcionaban bien, las células ciliadas muertas, como debía ser. Dijo que su esposo era impotente. O eso le había parecido cuando intentaron tener relaciones en su noche de bodas. Le explicó al arquitecto que le tenía mucho miedo a los hombres de traje, como los que estaban pasando por la vereda de su antigua casa.

En su noche de bodas, tras no poder consumar el acto sexual, el que había sido su novio intentó desvirgarla con un porta velas que había en el dormitorio, y a pesar del tamaño, largo y filo del mismo, Margarita no había sangrado. Ante sus gritos, su esposo la golpeó y le desencajó un tiro en el pecho.

Sonreía, Margarita, mientras contaba su triste final sosteniendo con delicadeza, con el dedo meñique en alto y la falange que se trasparentaba, el choripán, cuya miga de pan era manchada con sus encías sangrantes.

En los alrededores de Nonthue, a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes, a la noche duermen a la vera del lago, con sus bolsas, los turistas que elijen la manera más linda de viajar. Antes de que uno de esos grupos pernoctara en la orilla del lago, el coordinador propuso un juego para integrarlos.

En la noche, todos se adentrarían al bosque, con una linterna por equipo de cuatro personas, y tratarían de dar en la oscuridad con el ayudante, escondido, que imitaría el grito de un animal para guiarlos. El grupo que primero lo encontrara sería el ganador, pero no deberían advertir a los otros, que seguirían buscando. El ayudante podría estar debajo del tronco de un árbol derribado o entre la vegetación del lugar.

Gilberto salió con el grupo, se perdió, porque él no llevaba la linterna, trastabilló con una rama y cayó al suelo. La luz de la luna rescataba algunas imágenes. El turista siguió el graznido que parecía llevarlo a encontrar al hombre escondido, pero en vez de dar con el ayudante del coordinador se topó con la tercera aparición.

Una adolescente estaba de espaldas, desnuda, con el cabello hasta la cintura, casi acariciando su trasero o culo, como gusten.

Gilberto, que estaba al tanto de las otras apariciones, controló el instinto animal de salir corriendo a los gritos, se tensó pero se armó de valor y caminó hasta la chica. Le puso la mano en el hombro, y como un rayo de luna parecía caer directamente en ese lugar, leyó lo que había escrito en el tronco.

Lo había escrito la chica con sus uñas largas. Decía: El hijo del gobernador. Alfonso y Eugenio. Soledad los cubrió, mintió a la policía.

La chica se dio vuelta, estaba llorando lágrimas de sangre que cayeron en el dorso de la mano de Gilberto, sus ojos estaban negros. En el suelo había tierra removida y una remera con la inscripción I Walk The Line.

Gilberto logró extraer la botella hundida entre las nalgas de Clara U. Había sido golpeada y enterrada viva. Ella le pidió que le prestara el celular.

Le mostró su Facebook repleto de mensajes de condolencias de sus amigos y de pedidos de justicia de sus familiares. Se la veía linda en las fotos y las últimas eran con un grupo de chicos y Soledad en la orilla de ese lago.

Después se sacó una foto con su celular y la posteó en Facebook e Instagram con la descripción: Soy un fantasma.

Los ojos negros y la piel descascarada, que dejaba ver algunos dientes de su maxilar superior, ayudaron a que la fotografía se viralizara. Gilberto la llevó, así como estaba, al campamento, donde justo estaban contando historias de fantasmas caseros, y esta aparecida del bosque fue bien recibida.

Se sentó junto al fuego, no quiso probar bocado del guiso que preparó el coordinador, y se fue a dormir a la bolsa con Gilberto, que tiritaba de frío y se abrazó a Clara durante la noche, aunque ella estaba más helada que el rocío que caía.

Al otro día, Clara no estaba y había dejado un mensaje. Te espero en mi árbol. Esta relación de Clara con Gilberto dio mucho que hablar.

En otros países hubo aparecidas y cuanto más desapariciones había más eran las mujeres que hacían dedo, sin un dedo, al costado de la ruta, merodeaban las tumbas de algún músico famoso, o eran avistadas en balcones, cárceles, en boliches, fiestas y hasta en los baúles de los autos.

Ahora bien, a los meses la primera que seguía con una bikini en el Metrobus, cerca del edificio de IBM, Cecilia O, fue ahorcada por un hombre de traje. La violó y la tiró en la reserva de Costanera Sur. Ahí volvió a aparecer con una marca en el cuello y la mirada más vacía que antes.

Lo mismo le pasó a las otras, salvo a la que salía con Gilberto, donde hubo una pequeña variación. Ella misma le pidió a Gilberto que la asesinara, porque sentía una enorme culpa por las demás, y necesitaba que él la matara una y otra vez.

Yo, que no soy popular porque aparecí en esta casa en el Tigre, donde un día recibí a un empresario que apenas conocía, también fui asesinada.

Lo presentaron como un suicidio. Pero no fue así.

 

por Adrián Gastón Fares

Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

El fantasma acomodado

El hueco de la escalera (lleno de herramientas y revistas viejas) está habitado. Cuando todos se van, cuando las cerraduras crujen, salgo y recorro la casa.

El problema es que hay otro fantasma en el chalet de al lado. Es el de un hombre que supo ser viejo y rechoncho (todos saben que en nosotros la apariencia es lo único que importa) Ignora la ley; deja el chalet y deambula por el pueblo raptando chicos. Ahora lo veo en el jardín, jugando con el perro y riendo hasta que el perro se enoja y lo quiere morder. Para los mortales sería un perro ladrando al aire.

Como no puedo ver mi reflejo en el espejo, lo primero que hago cuando se van es correr hacia el armario y abrir la caja de fotografías; al fin mi recuerdo, la foto en la que sonrío con el vestido azul hasta las rodillas y el regalo de navidad en el regazo. Cuando mis padres miran las fotos, Rodrigo pregunta en vano, una y otra vez, quién es la chica que ahí aparece. Entonces, tiendo a creer que lloro en el hueco de la escalera y siento bronca por esas personas que no quieren reconocer que alguna vez tuvieron una hija. Ya ni me siento un fantasma decente, desde que ellos pretenden que no existí.

Escucho un grito agudo. Sé que es la desesperación de la chica que tiene encerrada Mario el fantasma de al lado. Los padres también la olvidaron; en este pueblo (que ni siquiera es un pueblo común ahora; todas las personas que quieren visitar a la que fue mi familia deben tener una autorización de un vigilante que está parado en la entrada del pueblo y que llama por teléfono a la casa para anunciar las visitas) las personas no quieren recordar.

Golpean la puerta. Debe ser Mario, que huele a los demás fantasmas como los gatos a las ratas. Corro por el pasillo, bajo la escalera (el armario con las fotos está en el primer piso) y llego al hueco; cierro la puertita y me hago un ovillo contra las revistas.

“¡Mariaaaaaa!”

Se piensa que todos somos como él, que lo único que queremos es molestar a la gente. Sé que ya entró, que se acerca lentamente a la puerta que me esconde y la abrirá en cualquier momento.

Aguanto el grito (nunca un fantasma debe gritar, estos gritos son los que hacen que los perros aúllen en la noche y que las personas se lleven la mano al pecho y caigan de repente al piso -le dio un ataque, dicen-). No debo gritar. No debo gritar (La puerta se abre un poco y) No debo gritar (y veo una mano grande, demasiado grande y arrugada, tan arrugada que parece sin huesos, que parece sin huesos más todavía porque le falta las uñas; y sé que Mario se come las uñas, por la ventana siempre lo veo comérselas en la calle mientras mira con avidez a algún chico; es lo único que hace, comerse las uñas todo el tiempo porque odia que le crezcan una y otra vez; y así la mano que avanza en el hueco de la escalera hacia mí está baboseada y) ¡No debo gritar! Pero la mano avanza y grito.

El eco de una risa. La mano desaparece. Era lo que quería, que gritase para que a mí me cobren las muertes. Voy a tener que ser más tiempo fantasma; él se divierte con los sufrimientos de los chicos que secuestra (para que no mueran del susto esconde la cabeza en una bolsa de arpillera) pero solamente está mal para Alberto que matemos a las personas con gritos o apariciones (Alberto ocupa el mismo puesto que el vigilante del country -como todos llaman al pueblo- pero en el cielo; el problema es que Mario, cuando vivía, le hizo un favor y ahora Alberto es incapaz de juzgar a Mario por sus salidas). Cada muerte son cien años más en la casa.

Ahora espero la visita. Todo fantasma que hace un daño físico a una persona “espera la visita”. Ya no estaré sola en este barrio; otra persona ocupará algún otro hueco en alguna otra casa.

Esa persona ahora, como siempre que pasa esto, estará saliendo por última vez de la casa para visitar a quien lo dejó fantasma. Yo salgo del hueco y miro la puerta de la calle una y otra vez. Espero que golpeen antes de que llegue la familia, de otra forma no sé cómo voy a hacer para darle las indicaciones y despedirlo al pobre que le haya tocado.

Me acerco a la ventana. Pasa una ambulancia. Otras personas. Un chico viene caminando, debe tener ocho años, tiene la mirada perdida y mira varias veces hacia atrás.

Golpean (¿cómo es que saben dónde tienen que golpear?) ¿Qué hago? Si abro la puerta y es una persona, el susto la mata. Doy dos pasos hacia la cocina para buscar una bolsa y esconder la cara pero desisto. Avanzo y abro la puerta.

Es el chico. Pobre. Mira para un lado y otro. Le digo que sé lo que le pasó, que me disculpe pero que el grito me salió de adentro y era la primera vez que me pasaba. Lo hago pasar, le sirvo un té (hace que lo toma y parece más tranquilo). Me cuenta que le dicen Edu, que ya le explicó Alberto lo que le pasó. Tiene lástima por mí; cien años en esta casa va a ser aburrido. Le empiezo a explicar algunas cosas, pero dice que Alberto ya le dijo todo. Que el vigilante le contó que era amigo de su padre y que para él corrían otras reglas.

Le cuento de Mario y dice que hay que hacer algo, que él puede salir como Mario a la calle y que tratará de hacerlo gritar diez veces en una semana (mucho le explicó Alberto a Edu; sabe que el fantasma que grita diez veces en siete días va directo al infierno, por más que tuviera conocidos en el cielo).

Pregunto por las consecuencias de su plan; en el pueblo habrá diez fantasmas más. Se preocupa. Mi solución lo tranquiliza; de noche, cuando la gente duerme profundamente, el grito no dañará a nadie (menos los perros, todos creen que es una pesadilla). El plan nos alegra. Pensamos en la forma de ponerlo en práctica.

¡El bip-bip de la alarma del coche!

Corremos hasta el hueco de la escalera y cerramos la puertita. La familia entra. Edu me susurra que cuando se acuesten va a visitar al fantasma de al lado para tratar de sacarle el primer grito de los diez.

A. F

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa quedó su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes habían tenido que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente. Glande se había mudado a vivir al Centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo él único interlocutor que Glande tuvo para hablar de música y de películas. Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio. De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista, y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.1

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a una joven que murió, luego de una enfermedad, en pleno embarazo. Cuentan que la casa fue maldecida por la madre de la chica muerta, que era la hermana del suegro de Jorge, luego de una pelea familiar por esa propiedad. La sobrina de la mujer se casó con Jorge y se mudaron a la casa. Tuvieron dos hijas. Al poco tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Glande se enteró por terceros, ya que nunca habló del tema con su amigo, que había objetos que se cambiaban solos de lugar. Los gemidos que se escuchaban cuando la casa estaba en silencio hicieron más ruidosos a sus habitantes. En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. En la actualidad, el ente sumó otra modalidad de manifestación: en las noches, tira de la cadena del inodoro.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Ésto se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía dos años y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña. No sabe qué le puede pasar si ve eso. El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad. Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña. Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves2, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero ahora, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma de la chica que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de algunos de los integrantes de la familia en que había nacido su padre.

A. F.

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