El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 11.

Los continuos relámpagos hacían brillar las maderas, negras y carcomidas, que sobresalían medio metro de la negra arena en dos filas enfrentadas. Miguel avanzó y el agua mojó sus zapatos. Se los quito y los tomo con la mano derecha, el izquierdo con el dedo índice hundido en el empeine y el derecho con el dedo medio. Iba a seguir avanzando cuando tropezó con algo y cayó. Llegó a poner las manos adelante, evitando que su frente chocara contra una madera que surgía de las cuadernas y se extendía hasta donde él había caído. Después buscó los zapatos, los encontró gracias al inesperado asomo de la luna, y se adentró en el agua hasta alcanzar la primera cuaderna.

Agachado tocó la madera, pasando suavemente la mano por la superficie áspera y teniendo cuidado de no pincharse con un clavo largo, forjado a mano. Una ola rompió cerca y el agua salpicó sus manos y le llegó hasta los tobillos. Se limpió las astillas de la palma de la mano y retrocedió para buscar un ángulo que le permitiera ver con claridad el conjunto.

Se preguntaba cuánto tenía de alto el casco de aquella embarcación, cuánto había enterrado ahí abajo, cuando empezó a llover. Los zapatos se mojaban en sus manos. Dejó caer a uno cuando vio una aguda forma negra que emergía del agua cerca de lo que debía ser la popa y lo levantó sin dejar de mirar hacia delante.

Era otro mástil del bergantín, creyó que eso era la embarcación, que surgía oblicuo al agua y apuntaba hacia él. De la punta colgaba algo que brillaba hasta en la penumbra. Avanzó a través de las cuadernas, como si éstas fueran los canteros de un jardín y marcaran el sendero que concluía en la punta sobresaliente del enterrado mástil, donde refulgía algo dorado. Chapoteaba mientras avanzaba, ya que el agua le llegaba hasta los tobillos. Vio que un estuche estaba encadenado al mástil, que llegaba hasta sus hombros, y tuvo que agacharse un poco para mirarlo mejor.

Los dos unicornios grabados en el estuche se enfrentaban en un salto.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 10.

Esa noche tuvo extraños sueños y al otro día necesitó pasear para despejarlos. Eran las dos de la tarde y caminaba cerca de la laguna cuando un hombre lo paró y le ofreció trabajo. El hombre criaba gansos y le dijo que le daría una comisión por cada uno que vendiese. A la gente del pueblo siempre le gustaban las aves, que rellenaba con nueces y pasas de uvas y aprovechaba en las sopas. Miguel sonrió tímidamente, se rascó la nariz y aceptó.

Después de leer un poco junto al lago, cortó dos cañas, que unió en su casa con hilo, y probó la cosa atando cuatro gallinas de las patas. Se mecieron en el aire y chillaron tanto que tuvo que desatarlas y dos se le escaparon. Con las que quedaban zarandeándose pasó el palo por arriba de sus hombros y empezó a gritar: “¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos”. Entonces se dio cuenta que era una pavada decir pelaos cuando él hablaba como se debía siempre. Pero sabía que lo miraban raro cuando decía la palabra sanguches. Para él sanguche era sambuche. En este caso, en el que no estaba comprando sino vendiendo, siguió imitando algo que sabía que estaba mal.

—¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos.

Más tarde fue a buscar los gansos a la granja de Kaufman, diez minutos en bicicleta hacia el sur de su casa. Kaufman era un hombre que sonreía con facilidad y que gritaba demasiado. Pelirrojo y ancho de hombros, le gustaba palmear en la espalda a toda persona que tuviera delante. Remarcaba sus palabras con esas palmeadas que harían tambalear a un elefante.

Miguel estrechó la mano del hombre, que inmediatamente fue a buscar una caja repleta de gansos pelados y la amarró con sogas en el asiento trasero de la bicicleta. Después sonrió, palmeó a Miguel en la espalda y le explicó a cuánto debía venderlos y cuándo debía traerle lo recaudado. Palmeó a Miguel nuevamente y lo miró pedalear por un buen rato mientras dudaba de haberle dado una responsabilidad. Pero tenía sus razones: el hermano del hombre se lo había pedido y no convenía desilusionar a un candidato a gobernador.

Ya en su casa, Miguel se preguntó si debía devolver o no los gansos a Kaufman. Creía que le dejaría menos tiempo para leer y que vender gansos no era algo digno. Más que nada, pensaba así porque debía gritar y la gente lo escuchaba. En cambio, cuando llevaba zapallos calladito de punta a punta del pueblo para el verdulero, otra de sus changas, pasaba desapercibido.

Estuvo apoyado con los codos en la mesa, el mentón sobre las manos y la mirada perdida más allá de la ventana hasta que se cansó de pensar y se levantó. Concluyó que ya se había aburrido de los zapallos y esto era por lo menos algo nuevo.

Ató los gansos al palo, tres empezando de cada punta, se lo pasó por encima de los hombros y dejó la tranquera camino al barrio más cercano.

“Gaaansoos, Gaaaansos, baratos y pelaos”, gritaba mientras miraba de reojo a las fachadas de las casas. Nadie salía ni nadie lo llamaba. Repetía la frase y se acomodaba en los hombros el palo, tratando de que le raspase lo menos posible el cuello. En una de las cuadras un nene jugaba pateando una pelota de cuero contra un paredón. Al verlo agarró la pelota y se metió en una casa. Miguel giró la cabeza por arriba del palo de cañas, y vio cómo una mujer lo miraba desde la puerta donde el nene había entrado.

En una esquina descansó sentado en un banco rectangular de cemento, frente a un quiosco. Un perro, gris y sarnoso, se acercó con ganas a la caña. Miguel decidió seguir caminando.

Esa tarde vendió dos gansos y volvió a su casa con la caña ladeada hacia un costado y totalmente empapado por una repentina llovizna, fría y persistente. Al otro día debía volver a lo de Kaufman para darle lo ganado, recibir su parte y cargar más gansos.

Descansó un buen rato. Después a eso de las siete, salió de su casa caminando lentamente. Le dolía el cuello. Cuando llegó al médano había dejado de llover pero tronaba y el cielo estaba tan negro que le dio miedo quedarse ahí parado. Los relámpagos se ramificaban. Eran los más largos que había visto en mucho tiempo.

Metió la mano en el bolsillo y acarició el relieve de los fríos unicornios. Subió al médano y lo bajó trastabillando y descubriendo un mar enfurecido. Las olas reventaban contra la playa. Parecían que estuvieran a punto de perderse en el revuelto azul y que, desesperadas, estiraran sus oscuros brazos para asirse a la costa.

No se sentó y contempló extasiado el espectáculo. Un relámpago estalló en el cielo, ganándole a todos los demás en intensidad y fulgor. Iluminó la superficie del mar unos segundos y Miguel creyó ver, después de la retirada de la ola, una confusa forma negra. La luz del relámpago se extinguió.

Cerró los ojos y los volvió a abrir y vio nuevamente a la cosa negra yacente en la arena.

Comenzó a avanzar rápidamente hacia el objeto, cuando un relámpago menor al anterior alcanzó para que viera que era una palo renegrido que la marea ocultaba al subir.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 8.

—Hasta el miércoles, Amanda.

Se quedó mirando cómo la mujer gorda se alejaba. El sauce estaba repleto de cotorras y el perro les ladró hasta que se levantó un ventarrón y todas volaron. Amanda caminaba lentamente y el vestido se pegaba a su cuerpo y después se despegaba y se alzaba hasta dejar ver la ropa interior, y su pelo negro se arremolinaba y ella trataba de asentarlo y también el vestido. En vano porque siempre llegaba tarde a alguno.

Miguel entró en la casa, se sentó y contó los billetes que le había dejado la mujer sobre la mesa. Después caminó hasta la cocina, abrió un cofrecito de cobre y depositó la plata. Tenía mucho cambio y todo lo que había juntado le serviría para sobrevivir hasta el mes próximo.

Ese día no fue a la playa.

Cuando venía la Garzón nunca iba.

por Adrián Gastón Fares.