El nombre del pueblo. El nombre. 11.

En la Municipalidad me hicieron algunas preguntas. La mujer que atendía no sabía leer, y hablar muy poco. Así están las cosas en este pueblo. Empiezo a trabajar el próximo lunes. Aunque repetí que prefería la literatura, debo enseñar teatro. Me prestaron varias obras, ya que mis conocimientos de teatro son mínimos. Ahora tengo sobre la mesita de luz una obra de Ibsen; hasta donde llegué la encontré fantástica y entretenida y, a la vez, triste. También tengo Las nueve tías de Apolo.

Traté de ser sincero con Amanda. Le expliqué que mi vida había cambiado, sugiriéndole que estaba enamorado de una mujer y asegurándole que siempre la recordaría pero que no podía evitar prohibirle de ahora en más las visitas. Ella estaba a punto de empezar su espectáculo. Su mirada huyó de la mía, profirió una especie de bufido y luego su cara pareció abotagarse de ira. Sin embargo, un momento después sonreía con expresión tranquila. Su perro parecía más afectado que ella, empeñado esta vez en deshilachar con sus dientecitos el dobladillo de mis pantalones. Amanda comentó que había oído sobre mis amoríos y que primero le había molestado mucho, pero que hacía tiempo que había desentrañado los secretos de la vida, y sabía cómo terminaban los amores fundados en una ilusión. Agregó que yo también debería saberlo.

Le pregunté qué quería decir. Respondió que era obvio que Lorena estaba enamorado de mi vida triste, que mi soledad y pureza enternecían a los corazones, y si sumaba lo anterior a la timidez que me caracterizaba, el resultado podía hacer que hasta Kaufman se enamorara de mí. Negué todo aquello, ya que mi vida no fue ni tan triste ni solitaria y Kaufman me odia.

Entonces Amanda me preguntó si alguna vez mis labios habían probado la suave piel de una chica, si había palpado una cintura en la oscuridad, si había sentido el corazón de una mujer latir bajo mi pecho u observado cómo se entrecierran las pestañas de las que aman. Sus palabras me recordaron ensoñaciones hace ya tiempo olvidadas. Quise saber cómo ella, siendo mujer, podía saber tanto sobre eso.

Amanda se levantó, acarició a su pequinés y me dijo que ella tenía mucha imaginación. Tanto que podía inventar cosas que no habían existido jamás y sentir sus olores y movimientos y que ésa era la razón por la que todavía seguía viviendo. Entonces le aseguré que cada cosa llevaba su tiempo, y que recién ahora yo disfrutaría de los placeres que ella había relatado. Sin volver a contestar, empuño su inmenso paraguas, alzó al pequinés en brazos, arropándolo con su largo chal, y se perdió en la llovizna de la tarde. El viento filtrándose por las casi ya muertas hojas de los árboles y rompiendo ramas enteras engañó a mis duros oídos, que creyeron escuchar, por sobre el zumbido persistente, luego de unos minutos de haber partido la mujer, el lastimero ronquido de un perro, que mi imaginación no dejó de atribuir al de Castillo.

Pasé el resto de la tarde leyendo y, por momentos, volvía el terrible sollozo. Dediqué un rato, me cuesta admitirlo, a pensar un nombre para el pueblo. El anterior, el que iba a decirle a Juan, ya no me parece interesante. Creo que me dejé influir por las palabras de Amanda y que el nombre nuevo –que se me ocurrió esta tarde mientras escuchaba el ladrido gutural del perro y repasaba todas las esperanzas que alguna vez tuve en este pueblo– tiene mucho que ver con mi historia. No sería malo que el pueblo alguna vez se llame así. De cualquier modo, rompí el papel en el que había escrito el nombre elegido. Me da pudor anotarlo en este diario y no lo hago porque tal vez se me ocurra otro mejor, y entonces si lo escriba.

¡Golpean la puerta!

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 1.

Saccopharynx es el nombre de un pez, parecido a una anguila, que vive en las profundidades abismales de los océanos. Son casi ciegos, sus ojos están muy poco desarrollados porque viven en la oscuridad. Es raro que Don Trefe no lo tenga en sus vidrieras.

Lo descubrí hojeando una enciclopedia hace unos días y soñé varias noches que era uno de estos peces. Era insoportable tener tanta agua sobre mí y estar ciego en esa profundidad. El océano clavaba sus uñas en mis escamas para hundirme más y obligarme a otros cambios físicos relacionados con la evolución. Me volví más finito y mis ojos brillaban en la oscuridad. Luego me transformé en una ballena, grande y blanca, y sentí que me cansaba pero ya no me acuerdo.

¿Cómo será el cansancio de las ballenas?

Yo no estoy ciego. Pero me fui quedando sordo. Hace un año que el doctor López, otorrinolaringólogo, se dio cuenta del error que cometió el fallecido doctor Roitman. Decía que mi problema tenía que ver con un nivel de autismo. En cambio, mi sordera congénita era progresiva. Me pusieron unos audífonos, que bien podrían ser peces abisales por su forma agusanada.

Cuando me los quito a la noche, en mi mesita de luz, los agarres para la orejas de plástico parecen querer estirarse como si fueran la extensión de lombrices acuáticas y buscaran la manera de volver a su medio idóneo. Mis orejas.

El día que salí de la consulta, con los aparatos pagados por mi hermano Juan, repasé mi vida. Mi personalidad estuvo signada por la falta de tratamiento para mi problema. ¿Qué podía esperar en un pueblo como este? En Obel hubieran dado con la solución para mi mal mucho tiempo antes. López había consultado con médicos del pueblo para construir mi diagnóstico.

Ante el médano que tantas veces había subido, sin animarme a dar un paso súbitamente me encontré en una encrucijada. La espera fue un espejismo al que me fui acercando cada vez más. Lo sabía. Pero los espejismos son fenómenos reales. Suceden por algo. Empecé a entender quien era, a ver lo que había atrás de los médanos y no adelante.

Comprendí mi aislamiento.

Me vi de chico, en el colegio, estirando el cuello para poder leer los labios de los profesores. No entendía bien lo que pasaba alrededor. Las bromas de los compañeros. La burla de uno que me decía que me acercaba demasiado a su cara cuando hablábamos en el recreo. En las salidas con Juan y sus amigos, me abstraía mirando el paisaje. De cualquier modo, por las palabras que agarraba al vuelo, sabía que ellos comentaban sus hazañas deportivas y criticaban o alababan a determinadas mujeres.

Yo siempre en mi mundo.

¿Fui egoísta, terco, obsesivo por iluso? como decía mi hermano, Juan, como siempre decía y repetía cuando me difamaba adelante de otras personas hasta que lograba que mi mirada se clavara en otro lado, en el suelo que aún en invierno parecía menos frío que él. ¿Es por culpa de mi sordera o mi sordera una consecuencia de mi carácter?

Él me daba a entender que yo no servía para alguna cosa u la otra. Sólo para lo que a él le convenía.

Para él yo no daba resultados.

Lo tengo en claro. Aunque ya no era lo mismo para mí, seguí cruzando el médano y sentándome en la playa. Después de todo, era lo único que sabía hacer.

Y hace unos días, cuando ya no esperaba nada, encontré los restos del barco. La costumbre de repente es perserverancia.

La costumbre inútil de repente es perserverancia.

por Adrián Gastón Fares.