El nombre del pueblo. El nombre. 16.

el nombre del pueblo, novela

El pobre Kaufman sigue detenido. Hoy vi dos veces a ese tipo que anda por los faroles. Sin embargo, Falcón dice que no cree que sea el asesino de asesino seriales, que también tenemos que pensar que es probable que tenga asuntos más apremiantes que atender. Escuché a Daniela durante dos horas; me contó toda su vida y luego se empeñó en conocer la mía, ante lo que me negué rotundamente.

Estaba dando clases cuando golpearon la puerta. Era Juan, que necesitaba hablar conmigo. La directora, siempre estricta, ni siquiera frunció la frente cuando vio al visitante; sus labios se extendieron en una sonrisa de bienvenida. Juan quería saber por qué yo andaba tan obsesionado con esa idea de que Castillo era el asesino. Le repetí lo del viejo y él se enojó mucho. Dijo que mi imaginación era el problema y que buscaría a ese viejo y me lo iba a presentar, si era necesario, para que me diese cuenta de lo tonto que yo era. Gritó que no podía perder tiempo con eso y que me comportase. Luego agregó, con una sonrisa orgullosa, que pronto el pueblo tendría nombre. Todas las encuestas siguen indicando que ellos van a ganar.

No sé qué es lo que me pasa, pero el velo del sueño todavía oscurece mis pensamientos y sospecho de todo.

Volvía por el barrio residencial, cuando se me ocurrió que era mejor doblar una esquina antes de la siempre para ver si el hombre que anda por los faroles me seguía. Lo que pasó fue que me perdí. Tan abstraído miraba hacia los faroles que cuando bajé la vista para reconocer mi rumbo vi que estaba en una calle que no recordé haber transitado nunca.

Atardecía, pero las copas de los árboles ya estaban oscuras y la noche parecía agazapada en las ramas para abalanzarse sobre las casas. Una de éstas es muy antigua, el musgo que recubre las paredes no llega a ocultar que fue hermosa. Dos leones de yeso –uno conserva sólo la mitad de la cabeza– franquean la escalera de mármol.

La reja estaba abierta y entré. A los costados de la escalera está el jardín, donde se yerguen los cactus más largos que haya visto. Sobrepasan el ventanal del primer piso de la casa.

Entonces me sentí extraño. Deja vu, el sentimiento tan conocido por todos de haber transitado un lugar desconocido aún (estuve en este lugar antes lo conozco y pisé está tierra aunque mis pies no lo recuerden), hizo que dudase de la realidad de lo que me rodeaba.

Mientras subía la escalera hacia la inmensa puerta de madera oscura, hacia la argolla atrapada en las fauces del león, pisé mal, resbalé y mi frente dio contra el borde de un escalón. Antes de recobrar el sentido, como en un ensueño vi a dos chicos que reían delante de los cactus.

Cuando me levanté supe donde estaba; una alucinación ya me había traído a esa casa, pero antes la había conocido en mi niñez. Los dos chicos que reían siempre me hacían bromas, aquella vez habían rociado cera en los zócalos de la escalera. Eso fue mucho antes de que mi madre nos contara de una prima que cruzaba los mares.

Así recordé a los hermanos Gutiérrez, yo debía tener cinco años entonces. Me vi aguijoneado por la curiosidad; quise saber lo que había sido de la sala de estar en donde nos deslizábamos subidos a las alfombras. El recuerdo del destino de Enrique, el menor de los hermanos que había muerto al incendiarse su habitación en la planta alta, me hizo temblar.

Noté que la puerta principal estaba entreabierta. Después de la tragedia el matrimonio se mudó a Obel y, como todas las casas donde pasó algo así, ésta fue imposible de vender.

Al entrar en la planta baja me topé con lo que había sido el salón. Los sillones están oscurecidos de tierra y los únicos dos cuadros que quedan están en el suelo. La escalera que comunica al primer piso me pareció insignificante al lado de la recordada. La subí mientras miraba los muebles acumulados frente a la puerta de la cocina. Ya en el descanso me estremecí, como cuando era chico, ante la escultura de hierro que representa la cabeza de un elefante. La puerta del primer piso estaba cerrada. Dudé un instante.

Siempre temí abrir una puerta y encontrar algo desmesurado. Es uno de mis peores miedos; por eso temo todavía al elefante de hierro de orejas desplegadas y por eso fue que temblé cuando en la Municipalidad encontré una habitación en penumbras, no acondicionada todavía para la exposición, que tenía ordenada en el piso la osamenta de la ballena que apareció una vez en nuestras costas. Ante la puerta del primer piso de los Gutierréz, de todas formas, me armé de valor y di vuelta la manija.

La oscuridad era total.

Tanteé la pared, temiendo encontrar algún insecto, encontré el dispositivo y lo accioné. Luego de titilar varias veces, la luz me encegueció.

Allí, en medio de esa sala de estar con suelo de parqué a la que comunican todas las habitaciones de ese piso, está la lámpara que vi en la fotografía de Malva, la araña adornada de cristales se refleja, como en la imagen, en el espejo adosado a uno de los estantes de una desierta vitrina.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí parado, tratando de entender cómo puede ser todo esto; cuál es la coincidencia que hace que el mobiliario de dos casas sea el mismo en dos distantes pueblos en este mundo; cómo puede ser, en defecto, que mi prima se hubiese fotografiado en esa casa. Lo último es imposible: todavía vivían los Gutiérrez y nunca se supo que ellos alojaran a nadie por esos tiempos. Al ver la puerta oscura en la había ocurrido la tragedia decidí dejar la mansión. El aire fresco me hizo bien y llegué rápido a mi casa, donde ahora escribo.

Algo retorcido pasa en este pueblo.

La marea baja nos descubrió al bergantín y todos sus misterios.

A los asesinatos hay que agregar el viejo, ¡un fantasma!, que empeñó un medallón idéntico al que tenía mi prima, la mujer que se parece a ésta, el comportamiento extraño de mi hermano, los aullidos del perro muerto, el hombre de los faroles, la lluvia constante. Y ahora esta casa que aparece en una fotografía supuestamente tomada en otra parte del mundo.

por Adrián Gastón Fares.