Los tendederos, tercera parte de la reseña de Javier Burdalo de Los tendederos.

Aquí pueden leer en el blog de Javier Burdalo la tercera parte de la reseña de mi libro de cuentos Los tendederos, Adrián Gastón Fares (2019)

Reseña de Los tendederos

Sigue la reseña escrita por Javier Burdalo:

Aún están a tiempo de conseguir y degustar LOS TENDEDEROS, libro de relatos mínimos en su extensión pero grandes en sus propuestas, de Adrián Gastón (pronto pasarán por procesos editoriales y posiblemente salgan del circuito de lo gratis aquí).

Ciencia ficción, surrealismo, paranoias, asesinatos, orientalismo… Todo un universo original y curioso para el disfrute del lector. Sí, es ficción, no entren en pánico, ¿o sí? Porque por sus resquicios se escapan notas irónico-críticas a la frialdad de este nuestro siglo.

Una breve reseña de los relatos del 19 al 28:

LA EDAD DE ROBERTO (Page 80): no se sabe que es más terrorífico, si lo que no se cuenta –ese encierro al estilo La Habitación (LAbrahmson,2015)- o lo que se narra, esa lucha despiadada contra una sociedad conformista y, lo peor, conformada, que no entiende de historiales personales y que hace pasar a todo ser viviente por los esquemas estándares de la uniformidad. A tener en cuenta, la literatura, Neruda y otros valores, que salvan a nuestro protagonista de la locura total.

DESLIZATE EN EL FUEGO (Page 85): los misterios de la criogenización, donde todo lo que se despierta puede ser maligno, sirven para contar como, nosotros, los que recibiremos a los congelados, nos comportamos a veces más estúpidamente que los que dejan experimentar con sus vidas. Miedos infinitos al futuro, no asunción del papel liberalizador del pasado, y cierta ironía capitalista y pop impregnan el relato.

PADRE (Page 92): tanto la abuelita narradora, como los personajes del cuento que la anciana cuenta, dan pavor! Porque no sabemos nunca qué son, quienes son, qué pretenden… Y como contraste: ternura, porque la narración tiene el sabor añejo de los cuentos de toda la vida, con las abuelitas de siempre. ¡Cuidado! AGastón nunca dice todo a la primera, y en la sorpresa esta el riesgo del relato.

EL AGUANTE (Page 96): una monja exorcista y un púber ¿? Dejemos el misterio para el lector, porque aquí la bandera no es un trapo, el asta no es una sujeción de una bandera, y la perfección que se pretende mostrar al público presente, en este acto institucional o académico, es la metáfora perfecta de un estado político, si se me permite, demoníaco.

LAS APARECIDAS (Page 100): qué pasaría si los asesinados volvieran a la vida? A esta nuestra vida, presente de redes sociales y virilización de todo y todos, para clamar a veces venganza y a veces consuelo? Finísimo humor negro también en estas páginas de apariciones y vendettas.

LAS MIL GRULLAS (Page 104): es, quizás, con su orientalismo, el relato más dulce de todos hasta el momento. Pero no se dejen engañar: la bomba de Hiroshima y sus consecuencias silenciadas, la familia y sus rencillas por cuestiones monetarias, la mentira en las relaciones de adultos… hacen que los miedos sigan acompañándonos sí o sí, como a los protagonistas en cualquiera de sus actos.

TODO TERMINA QUE ES UN SUEÑO (Page 108): y así es, el autor no miente, pero: ¿Quién sueña? ¿Qué se sueña? ¿Cuándo? Son las cuestiones más importantes de este particular After Hours (MScorsese,1985) donde la lujuria, el sueño húmedo y los bajos ambientes se mezclan poéticamente por un lado y terroríficamente por otro (la mirada y el dolor vuelven a tener protagonismo).

LA CASA DE ORLANDO (Page 111): entre surrealismo, al estilo de Giorgio de Chirico, en cuanto a la escenografía, un pequeño homenaje a Dorian Gray (a huir de DGray para ser más exactos) y los avatares que la soledad trae consigo. Todo dentro de un estilo tan minimalista que es quizá lo que perturba: la escasez de elementos y como estos son tan dañinamente significativos (un enano, un espejo, un beso…).

TE ESPERO EN EL TECHO (Page 113): mini relato, de la sorpresa angustiante a las respuestas de una sociedad de consumo más perversa si cabe. Todo en una sola página.

LOS ENDOS (Page 114): podría funcionar como una brillante secuencia de inicio de serie tv o saga literaria. En un mundo donde “la conciencia finalmente había evolucionado”. Acción, futurismo, distopía, y esas notas de cotidianidad y de “aquí no pasa nada” propias del estilo de Adrián Gastón.

Continuará…

por Javier Burdalo

PD: Aquí pueden conocer la obra y el trabajo de guionista y escritor de Javier, en su propio sitio web:

https://burdalo-guiones.eu/acerca-de/

El viejo guardaespaldas

 

Se sabe que en el terreno de la casa donde creció Glande, había vivido un tal Barrachetti, antes policía y guardaespaldas de Yrigoyen. El ex guardaespaldas tenía joyas y armas enterradas en algún lugar del lote. El abuelo italiano de Glande, que había trabajado como un bestia toda su vida de albañil (recién ahora Glande se da cuenta que sus abuelos compartían algo, el gusto por la construcción, aunque uno era albañil y el otro maestro de obra), terminó comprándole al hombre una parte del terreno para levantar una casa donde viviría su hija y su yerno. El viejo Barrachetti enfermó y murió. Nunca se supo qué fue de sus joyas.

Un día que los padres de Glande se fueron a la costa y lo dejaron cuidando la casa, sonó el timbre dos veces. Bajó a abrir la puerta y se encontró a un hombre de larga barba blanca y bigote amarillento. Edad muy difícil de precisar. El tipo le dijo si podía darle un poco de agua, con eso se conformaba. Glande le trajo un vaso y una vez saciada la sed del extraño, cerró la puerta y volvió a la computadora. Metió un casete y después de las líneas de colores apareció un juego de matar zombis.

A la noche se hizo revuelto de arvejas, tratando de incorporar los consejos que le había dado su abuela Delfina sin ningún éxito, no la pegaba con la mezcla, pero igual quedaba comestible. Sus primeros pasos en la cocina. De noche tenía miedo en la casa grande. De chico jugaba a las escondidas con sus amigas, su hermana y su madre. Cuando la descubría con el haz de la linterna, su madre ponía los ojos blancos. Glande se pegaba cada susto. La infancia de Glande parece no haber transcurrido en Lanús, sino en algún lugar cálido y mágico. Eso habrá sido hasta los ocho años, más o menos cuando Maradona metió el famoso gol y su abuelo se murió, Glande se sintió expulsado del habitual paraíso. De a poco sus amigos y amigas se mudaron del barrio. Todo cambió, aunque tal vez la felicidad siguió mucho tiempo más y Glande no se acuerda. Esa manía de anclar algunos momentos de la vida no tiene mucho sentido.

Resulta que el hombre volvió a aparecer al día siguiente y le preguntó si tenía alguna maquinita de afeitar para prestarle. Glande decidió que no servía hacer lo que hacía siempre ahora que no estaban sus padres para controlarlo. Dejó al hombre en la puerta, entró, dobló la punta de la página del libro que estaba leyendo y volvió a buscar al hombre. Lo hizo pasar y lo acompañó al baño, donde le dio su propia máquina de afeitar y una tijera. El hombre no le agradeció, usó la tijera para cortar la punta de la barba y después dirigió la hoja reluciente a su mejilla, como si todo ya estuviera pactado de antemano y lo que Glande hacía en ese momento fuera algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Luego fueron a sentarse en el sillón frente al ventanal del primer piso que da al jardín de la casa. Los dos se quedaron en silencio, disfrutando del sol de la tarde.

La madre de Glande le contó que el ex guardaespaldas vivía en una casa prefabricada, en la punta del terreno, al que ninguno de los chicos del barrio se acercaba demasiado porque en seguida salía a través de la ligustrina su escopeta. Varias veces el abuelo de Glande lo había denunciado a la policía sin que lograran cambiarle la costumbre.

Al atardecer, el hombre se levantó, se dirigió a la puerta de la casa, la abrió y fue dejando pasar a otros seis que llevaban cada uno una bolsa de plástico negro y una pala. Él se quedó mirando desde arriba, de pie frente a la ventana. Los hombres se distribuyeron por el terreno, cerca del olivo, y empezaron a cavar. Glande se concentró tanto en distinguir las siluetas oscurecidas, que cavaban y cavaban, que se quedó dormido de pie. Soñó que él también era una de las siluetas que cavaba. Se despertó en el sillón y era todavía de noche aunque cantaba un gallo. La casa estaba vacía.

Bajó la escalera hasta el jardín y vio que en un solo lugar la tierra estaba removida en vez de los seis que esperaba. Un círculo sin césped pero nivelado. Salió a la calle a buscar al hombre. Encontró a una perra abandonada. La hizo pasar, ya tenía la coartada para la tierra removida.

Se levantó al otro día y salió al jardín. La perra estaba sobre dos patas, guardiana, cerca del círculo donde habían escavado la noche anterior. Glande no le dio importancia, entró a su casa, se puso a hacer ejercicio con pesas, después se acordó de almorzar, después intentó tocar la guitarra, después retomó su lectura, desdoblando la punta de la hoja que había doblado el día anterior, después bajó al jardín. Se estaba haciendo de noche. La perra estaba esparciendo la tierra removida. Glande se acercó lentamente, dispuesto a apartarla con el pie, cuando vio que de la tierra removida surgía la cara afeitada del hombre que lo había visitado el día anterior. Estaba con los ojos abiertos, sin pupilas, solamente lo blanco. Glande estaba pensando si alguno de sus compañeros había traicionado al hombre y lo había asesinado para repartirse lo que hubieran encontrado, cuando el hombre abrió la boca para respirar y le dijo ¿Qué pasa? Ah, Roberto, gracias por ayudarme. Te voy a explicar. De ahora en más, cada vez que quiera decirte algo, la perra ésta, no sé qué nombre le habrás puesto, se va a acercar, me va a destapar, y te voy a hablar.  Glande: Justo la agarré de la calle para que mis viejos no protestaran por el agujero. El hombre pestañeó. No le prestó atención a lo que Glande decía. Lo habían enterrado parado y miraba hacia la copa del árbol.

-Sabés que a través de la tierra puedo ver las estrellas… Igual lo que te diga cada vez que esta perra se acerque y me destape, no te lo vas a acordar. A veces vas a sentir que tenés la certeza de algo y eso va a ser porque el hombre enterrado al lado del árbol te lo dijo, a través de la tierra negra, a través del pastito que pueda crecer.

El hombre alejó con la lengua una hormiga que le molestaba en la mejilla y empezó a hablarle de uno de los soldados de Napoleón. Glande no se acuerda más. Solamente a la perra echando otra vez la tierra sobre la cara del hombre. Con el tiempo, no hizo falta que la perra se acercara a destapar al hombre enterrado para que pudiera hablarle.

por Adrián Gastón Fares

Los tendederos, reseña de Javier Burdalo.

 

Cuenta Javier Burdalo, sobre mi libro de cuentos Los tendederos. Es la segunda parte de su lectura y reseña sobre Los tendederos.

Pueden bajar y leer mi libro de cuentos Los tendederos en libro electrónico de manera gratuita (PC, Kindle, teléfono -smartphone) desde aquí):

Los tendederos, Adrián Gastón Fares (descargar)

Una amable lectura y reseña como verán:

Según Javier:

Si aún no lo han hecho, intérnense en el universo paraficticio, fantástico y espeluznante de LOS TENDEDEROS, libro de cuentos del argentino Adrián Gastón, que nos ofrece gratuitamente pinchando aquí.

No se arrepentirán, es más, como sangre para vampiro, pedirán otros…

Una breve reseña de los relatos del 10 al 18:

MADRASTRA  (Page 43): repetido como un mantra “Si uno llega, el otro parte“, relata la angustiosa felicidad que trae el nacimiento, junto a la tristeza natural de la muerte, procesos rodeados en este caso por animalidad sanguínea y brutal, y un ambiente de educación y profesorado… Desestabilizador.  

EL ANIMAL SUMERGIDO  (Page 46): cuando se juntan divorcio, custodia compartida, orcas asesinas y sacrificio de animales, nada puede ser dulce, ni etéreo; en todo caso la nada, pero una nada con pesadumbre y dolor.

NO TE DEMORES  (Page 49): una madre intenta salvar a su hija de una horda de seres extraños, que quieren a la niña con intenciones entre místicas y perversas, no del todo claras, pero parece que las prisas añaden la tensión necesaria para que todo sea una huida desesperada. “Donde no puedan amar, no se demoren“. Nervioso frenesí.

LA MUJER QUE CONOCIMOS  (Page 52): brujería y sexualidad pegajosa en una historia donde el tabú y el engaño juegan su papel, y también el incesto, y los deseos ocultos de jornadas de trabajo físico y mental, con toques caribeños y animalidad femenina por doquier.

LA ZOMBIADA  (Page 55): en tono de comedia Gastón describe un mundo donde el zombi es normalizado, y en su crítica, a un mundo cada vez mas zombi, se auto parodia incluyéndose en el relato para “culparse” a uno mismo de lo “muerto-en-vida” que podemos llegar a estar. A la par, se adelanta en el tiempo al último film de Jim Jarmusch, The dead don’t die (2019).

LA NENA DE LOS VELORIOS  (Page 60): unas sencillas lentillas, en apariencia para solucionar problemas de visión y adaptación al medio en que vivimos, pueden convertirse en el terror cotidiano de la No Inclusión, desvirtuar el día a día y hacernos sufrir más de la cuenta, tanto por lo que, en este caso, vemos, como por lo que ya no veremos más.

MUERTOS QUE GRITAN  (Page 65): impregnado del universo de Tim Burton en Bitelchus (1988), la vida ordinaria de unos No Muertos se desarrolla como la de los vivos, con sus apreciaciones y rituales en la rutina diaria: “La verdad es rápida. Transitarla, no. Ni siquiera para un fantasma“, humor negro elevado a varias potencias.

LA MÁS BUENA   (Page 72): en este relato lo que provoca desconcierto es no saber, no saber aún, o saber que no se va a saber nunca, la identidad sexual de alguien. En tiempos de abuso de las llamadas “normalizaciones” el autor opta por el desconcierto, no exento de misterio y encanto.

DE HOTELES BARATOS (Page 76): aquí el autor, no se oculta de sus lectores, desnuda parte de su biografía para mostrar como el imaginario cinematográfico le salva del “silencio”, y del pánico mental que esa ausencia puede llegar a provocarle y provocarnos. Gracias Gastón por incluirte e informarnos de nuestros miedos desde dentro. Pero no todo es negativo, el personaje-autor llega en ese buceo a los símbolos, y reflexiona para nosotros: “Lo único que equilibra nuestras intenciones con la fuerza de la naturaleza son los símbolos. Eso es hermoso, pensaba Gastón” . Una de las muchas reflexiones profundas y de interés que tiene la escritura de Adrián Gastón.

Continuará… ¡Disfruten si pueden!

por Javier Burdalo.

 

Enlace al blog de Javier Burdalo sobre Los tendederos

Por otro lado, estuve haciendo una recopilación, un Índice de mis Poemas publicados en este blog.

Pueden seguir este enlace para leerlos en órden descronológico:

Poemas de Adrián Gastón Fares

Saludos,

Adrián Gastón Fares

adriangastonfares.com

corsofilms.com/press

 

Los tendederos, de Adrián Gastón por Javier Burdalo.

Aquí los comentarios más que interesantes de otro escritor y guionista, Javier Búrdalo, sobre mi libro de cuentos Los tendederos.

Leánlo en su blog:

https://vencidosvencejos.wordpress.com/2019/07/09/los-tendederos-de-adrian-gaston/

Javier Burdalo:

Muy recomendable lectura,  gratuita y de la mano de su autor, LOS TENDEDEROS, libro de cuentos de Adrián Gastón inspirados por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Que exploran los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica: escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes… Aquí pueden descargar LOS TENDEDEROS.

Una breve reseña de los primeros 9 relatos :

LAS HERMANAS (Page 8):  erotizante, las tres gracias de las hermanas nacen del sentimiento unitario de una Muerte que ronda a una señora anciana, y el protagonista mezcla sexo, sudor e imaginación para hacerlas presente. Más que perturbador parece vampirizante, pero su erotismo es muy sensual. Decir que los poemas de Adrián Gastón siempre tienen un trasfondo perturbador, quizás por eso me gustan, porque es una poética de aristas.

LOS TENDEDEROS (Page 11): como la camiseta del jardinero de Las Hermanas, el relato anterior, el viento vuelve a hacer de las suyas dando animosidad a la escena, es inquietante si te paras a pensar el miedo que pueden causar unas simples prendas tendidas al aire. Muy visual.

REUNIÓN (Page 16): el amor como el monstruo con el que hay que luchar para la propia supervivencia. El amor de dos suicidas que “quieren más al otro” que a sí mismos, ¿o es el amor de 2 que son 1?

LA EDAD DE ROBERTO  (Page 19): me ha recordado a la película El curioso caso de Benjamín Button (2008), pero en vez de rejuvenecer y morir, solamente mantenerse. La parte mas terrorífica, la del encierro, está en elipsis, pero es donde reside lo más cruel, violento y horrible del relato.

UN CONTRATO CONMIGO MISMO  (Page 24): en este el tiempo también es la materia de la que están hechos los temores; el paso del tiempo y el volver a ser un ”yo renovado, entusiasta…”, alguien más acorde con lo que queremos siempre de nosotros mismos, pero que es tan difícil de conseguir o al menos no sin un esfuerzo ímprobo. Ciencia ficción o/y ciencia reflexión.

LO QUE ALGUNOS NO QUIEREN CONTAR  (Page 28): otro personaje solitario que, huyendo de sus propios infiernos, se aleja del mundo, y sus fantasmas le persiguen una vez más, esta vez en forma de casa que gira (como su cabeza) y de viejo suicida (que le recuerda que vivir es difícil si conlleva tanta inquietud).

BUENOS DÍAS, SR. PRESIDENTE  (Page 32): podría ser el argumento central de cualquier serie de televisión de la actualidad. En un mundo juego, que recuerda al universo de Tron (1983/2010), la realidad y la ficción se mezclan no casualmente sino para un fin importante: ser el nuevo presidente. Sólo la suerte del jugador, y en este caso la ficción, pueden hacer posible que un “cualquiera” alcance la Presidencia. Ciencia ficción thriller.

EL PERCHERO AUSENTE  (Page 37): como una minúscula falla en nuestra rutina puede desencadenar el terror absoluto dentro de los pensamientos-recuerdos, o el sentirse descolocado dentro de un espacio en principio amigo. Y de cómo la brevedad no es ápice para transmitir la inquietud.

LOS ARTISTAS  (Page 39): el universo inquietante del Arte y la Muerte, en una sociedad plagada de odio o confusión mental o locura (la distopía se inicia sin información para el lector). Con aires a The House that Jack Built, el último film de LVTrier y los desquiciantes personajes de Fantasmas, una novela de Chuck Palahniuk.

por Javier Burdalo.

https://vencidosvencejos.wordpress.com

Web: https://burdalo-guiones.eu

Nota: Recuerden que pueden descargar y leer Los tendederos aquí:

https://mega.nz/#!x9wHFQIS

Vencidos Vencejos

Muy recomendable lectura,  gratuita y de la mano de su autor, LOS TENDEDEROS, libro de cuentos de Adrián Gastón inspirados por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Que exploran los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica: escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes… Aquí pueden descargar LOS TENDEDEROS.

Una breve reseña de los primeros 9 relatos :

LAS HERMANAS (Page 8):  erotizante, las tres gracias de las hermanas nacen del sentimiento unitario de una Muerte que ronda a una señora anciana, y el protagonista mezcla sexo, sudor e imaginación para hacerlas presente. Más que perturbador parece vampirizante, pero su erotismo es muy sensual. Decir que los poemas de Adrián Gastón siempre tienen un trasfondo perturbador, quizás por eso me gustan, porque es una poética de aristas.

LOS TENDEDEROS (Page 11): como la camiseta del jardinero…

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Los tendederos. Cuentos (enlace)

¿Cómo están?

Pueden descargar Los tendederos mi colección de cuentos desde aquí.

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Está subido a MEGA así que lo descargarán sin problemas.  Es una selección de cuentos que encontrarán en este blog.

Valoro las opiniones si leen mi antología. Pueden leerla cargando el archivo en cualquier libro electrónico o directamente en la PC con el Adobe Digital Editions o cualquier programa que lea epub.

De paso, otra cosa. En un café me encontré al artista Norberto Lorenzo. Sin que lo sepas, Norberto te está dibujando. Luego entrega su obra. Dibuja a todos porque lo hace feliz dibujar. Hablamos de cine, libros y teatro, así que les dejó el dibujo que él hizo.

 

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El hombre sin cara

Un hombre sin rasgos faciales nació en el barrio de Once de Buenos Aires. Los médicos que lo extrajeron del cuerpo de su madre le advirtieron a ella que no tenía rasgos faciales, pero aclararon que gracias a Dios tenía todos los sentidos intactos. El niño había llorado y todo, luego de un minuto, ya que a través de los poros de su pielcita, salió disparada una nube de vapor, como si algo hubiera activado un rociador, que se esparció por toda la sala de la clínica.

Según el médico su verdadera cara estaba debajo de gruesos pliegues de lampiña piel, pero de alguna manera la información visual y auditiva, que son las más importantes para los humanos, ya que el olfato no parece muy útil, llegaba al cerebro, que estaba en algún lugar de esa cabeza que parecía un huevo rosáceo.

Cuando llegó el momento de pasear con el cochecito de bebé, la madre le dibujó antes con un marcador indeleble unos ojos, una nariz y una boca. El padre retocó un poco el dibujo de la madre y los dos quedaron muy contentos con el resultado. La gente quedó encantada con el resultado en la calle. Le sonreían y hasta lo acariciaban.

Aprendió a mover los rasgos como pudo y en la escuela, haciendo mucho esfuerzo, pudo estirar tanto la parte inferior del huevo que tenía de cara, lo que hubiera sido su mentón, que logró separar una hendidura parecida a una boca, justo donde tenía la boca dibujada. El tiempo pasó y el hombre sin cara creció y pasó como uno más entre los pares, salvo algunas bromas de los pocos que podían darse cuenta que su cara era un dibujo. Durante el colegio secundario el acné revistió la piel de donde hubiera ido el rostro de cráteres y eso ayudó a que otros se sintieran identificado con él. Después de todo, las caras están en proceso de erupción en esos años.

Con el tiempo, después de graduarse en Bellas Artes, el hombre sin cara se convirtió en un intérprete excepcional, aprendió a recitar obras de teatro clásicas de memoria, escribió las suyas, fue premiado, elogiado, e incluso ganó algo de dinero. Tenía ese don de contorsionista en su cara. Era un experto en la imitación. Y no sólo eso, a veces lograba transmitir estados de ánimos jamás experimentados por el público ya que podía plegar la piel de una manera nunca antes apreciada por los espectadores de teatro.

En ese momento, en la cresta de la ola de su popularidad, consiguió enamorar a una chica que con el tiempo se convirtió en su pareja. La misma chica lloró ante las menciones y premios colgados en las paredes del apartamento del hombre sin cara, donde vivía solo, con varios espejos, desde que se había mudado de su Once natal. El hombre sin cara no entendía por qué la chica había llorado, porque a él parecía irle bien.

Al poco tiempo el dinero no alcazaba. Y el hombre sin cara malgastaba en miles de lapiceras y marcadores de tinta indeleble su desequilibrada fortuna. Un primo lejano lo ayudaba en secreto económicamente y eso bastaba a esa familia para mantener la ilusión de que no habían tenido un hijo sin cara. Pero la chica ya no toleraba la situación y la gente decía que había que tener un futuro, que debía tener un PLAN B el hombre sin cara, y hacía rato que el hombre sin cara no quería hacer otra cosa que dibujar, escribir, actuar e incluso bailar; todo lo cual estaba escrito en la obra de teatro que quería presentar cuanto antes.

Así y todo, por esa época la pareja decidió festejar su unión espiritual, ya que la física no paraban de festejarla, y si bien no eligieron casarse, hicieron una fiesta en el apartamento de la suegra del hombre sin cara. Para la fiesta, fue invitado un familiar, el primo lejano que era una especie de mecenas de nuestro protagonista, que había crecido con el hombre sin cara, que había visto a los progenitores del mismo pintarle las facciones, porque era de esos hombres que siempre están en el momento justo y en lugar indicado para influir en la vida de los demás.

Es más, se vistió de lujo para la ocasión, él que era sucio y vulgar, y llevó un sombrero de vaquero, que le daba un aire de patriarca superado. Una mirada del primo lejano dejaba sin valor la de los padres del hombre sin cara. El brillo de esos ojos sagaces y resentidos era capaz de convencer al mundo de que nunca se habían destrenzado los continentes. El amor nunca tuvo un contrincante tan entrenado, tan erguido, tan lastimado como para clamar venganza.

El hombre sin cara, en la terraza donde se festejaba la unión de los amantes, se quejó de que faltaba vino para el festejo, algo de lo que se iba a encargar el primo lejano, incluso había dicho que su finalidad era alegrar la fiesta con los vinos que él mismo producía. El primo dijo, tomándose la punta de su sombrero.

–No tenés cara para decirme esto. No tenés cara.

El hombre sin cara no sabía que contestar. Empezó a sentir un remolino ardiente que nació en su estómago y subió hasta su pecho. Él había hecho las cosas bien, él había administrado las cosas para que ahora estuviera a punto de cumplir y realizar su gran obra. Las sumas que enviaba el primo lejano eran una limosna. Y hasta él había trabajado en sus viñedos al principio sin paga. Pero el primo lejano repitió.

–No tenés cara.

En ese momento el padrastro de la pareja del hombre sin cara se miró con su esposa y todos bajaron la cabeza, desilusionados del hombre con cabeza de huevo.

Unos días después, cuando seguía preparando una obra de teatro que se llamaba El hombre sin cara, el cielo ennegreció y se desató una tormenta, El hombre sin cara estaba ensayando en un galpón que había convertido en sala y se dio cuenta que era el cumpleaños de su querida y debía pasar por la florería. Olvidó su paraguas. La lluvia fue tan fuerte que borró las facciones que tenía dibujadas. Fue tanta el agua que cayó, y tan lacerante, que llegó a borrar incluso las que habían dibujado sus padres. La ciudad se inundó de agua y el semblante del hombre sin cara de tinta.

Las cejas se despintaron, cayeron sobre la nariz en una mancha que ya no tenía límites claros, la nariz se desparramó sobre lo que hubieran sido sus mejillas como si fueran los redondeles rojos de un payaso, y la boca cayó hasta la punta del huevo que debería haber sido su mentón. Aún así llegó a comprar el ramillete de flores para festejar el cumpleaños de su pareja.

Así que entró en su apartamento con las rosas y su pareja empezó a gritar. En vez de decirle que su cara se había desfigurado por el agua, le tiró un trapo y dijo que no podía seguir en la situación en que estaban. También le dejó en claro que era una maldición para sus padres, y para su primo lejano sin dudas, y que evidentemente tenía serios problemas psicológicos que había tratado de advertirle que fueran enmendados. El hombre sin cara sabía que tenía algunos problemas por no haber tenido cara, pero no eran nada comparables a los que tenían los demás. No había manera de explicar su vida.

El hombre sin cara terminó llorando y temblando en su apartamento frente a su pareja que le anunció que lo abandonaba y que se iba bien lejos porque su madre había comprado un pasaje para llevársela de viaje y alejarlo de él lo más rápido posible.

Solo en la casa, el hombre sin cara fue a una caja de madera que tenía en el placard, la abrió y sacó el certificado de hombre sin cara que le habían expedido el estado argentino hacía muy poco tiempo, mientras conocía a la que ahora era su ex pareja. No era el único, pero otros simplemente tenían un huevo en vez de cara, y desde niños andaban así, con una tez oscura, a veces con llagas de restregarla contra la pared para tratar de sentir algo de forma directa, otras veces bronceada por el sol, cuando elegían vivir alejados de la sociedad. Sabía que algunos sentían tanto que elegían esconder la cara en algún armario.

Con el certificado de hombre sin cara, y sin parar de llorar, el hombre se dirigió a la cocina, abrió la hornalla y quemó el certificado, que incluso le había sido entregado por su querida cuando llegó por correo. Luego tomó el jabón blanco de lavar la ropa, fue al baño y comenzó a lavarse la cara, hasta que no quedó ni las cicatrices de las repetidas manchas que había dibujado su madre hace tantos años, y las que él había vuelto a marcar tantas veces con ahínco; las que parecían ojos, una nariz y una diminuta boca, que él mismo había aprendido a fruncir haciendo esfuerzos desmedidos, como el mejor contorsionista, se fueron alisando y la cara quedó casi como un huevo rosado, enrojecido en su totalidad ahora y no sólo en algunas partes por la fricción del jabón y la de sus propias manos. El huevo que tenía de cara parecía ahora un gran ojo restregado.

Fue a una psicóloga, de ascendencia griega, que le dijo, como si fuera el mismo Zeus, que nadie debía quererlo si no quería estar con un hombre sin cara. No era una obligación que su ex pareja lo quisiera; con eso pareció estar descubriendo América la mujer. Luego fue a otro que le dijo que el mundo era injusto. Y que él debía ser descendiente de los primeros homínidos fallidos, esos que relataba el Popol Vuh, con caras yermas como la suya.

Desesperado, visitó a un homeópata que le dijo que tomando unas gotitas de un líquido podría empezar a recuperar sus rasgos. Todos los defectos del hombre sin cara que no tenían que ver con no tener rostro comenzaron a agigantarse ante él como terribles pesadillas que se proyectaban en la pared desnuda del apartamento donde vivía. Necesitaba salir de ese lugar cuanto antes.

Se había dado cuenta del gran sobreesfuerzo que estuvo haciendo toda su vida para encajar, para salir adelante, porque él era el primero de todos que sabía que en lugar de una cara tenía una planicie que tuvo que aprender a domar para expresar sus variadas emociones. Al principio golpeaba con su cabeza la de los demás, para dar a entender que le gustaban. Algunos, y con razón, lo tomaban a mal. Descubrir lo que ya se sabe es lo más aburrido del mundo. Y la tristeza y el sopor de lo monótono inundaron al hombre sin cara. El futuro estaba vacío.

Como el agua ahora parecía perseguirlo, el día que salió de su apartamento dispuesto a conquistar el mundo otra vez no paraba de lloviznar. En las calles céntricas de Buenos Aires, trató de encontrar a otro hombre sin cara, a una mujer sin cara también, pero fue en vano, todos parecían haber escapado de alguna manera de ese lugar. Sabía que no todos los hombres sin cara tenían cabeza de huevo, así que andaba mirando a los que tenían sombreros, a las que andaban con paraguas escondiendo la cabeza, a las niñas cuyo cabello parecía de utilería, a los niños que llevaban máscaras aunque no hubiera ninguna fiesta ni era carnaval, a los viejos que tenían una pipa más grande que su nariz, y más que nada, a los tatuados, con cuidado, porque algunos decían que traían mala suerte. Pero nada.

Entonces trastabilló y cayó en una zanja sucia, ya cuando estaba por el barrio de Palermo, y había caminado más de cinco kilómetros de donde vivía. Ahora sus facciones eran un caos organizado por el barro de la zanja. Pudo verlo en el baño de un bar y luego se alejó para meterse en el estudio donde estaba ensayando la obra. Juntó fuerzas y con la cara que parecía ser un lodazal, pero guarecido esta vez de la lluvia y de las personas, comenzó a proferir el discurso que había preparado para la obra que iba a interpretar con su amada ausente.

Odiaba realmente más que nunca a su primo lejano. Estaba dispuesto a ir a buscarlo y arrastrarlo de los pelos por todo su viñedo de uvas agrias. Pero él no era así. Sabía que la vida se desplegaba, se alisaba, se contraía, se ahuecaba, arrugaba, se desprendía y que esa verdad era inherente a todo, como si lo que lo separaba de su primo lejano fueran esas tierras resecas y partidas que generan las sequías. Y pensó que esa terracota inutilizable era la que tenía su primo en su corazón.

No había nadie en el galpón que usaba de sala de ensayo. Las ratas paseaban por las vigas y sorteaban los reflectores. Las palomas anidaban en el techo de zinc.

El hombre sin cara se mantuvo de pie una hora e interpretó todos los papeles de la obra que había escrito. Luego advirtió que por el techo, que debía estar agujereado, caía un pequeño hilo de agua. Caminó hasta el agua azul verdosa y dejó que lo salpicara para darle así un nuevo aspecto a su redondo y liso semblante. Entonces buscó una vieja silla de madera que había en un vértice de la habitación y se sentó. Levantó su mano derecha, extrajo de sus bolsillos un marcador y dibujó una cara en cada una de las yemas de sus dedos.

Una yema sonreía, la otra expresaba frustración, en el dedo medio había una asombrada, una frívola la seguía y en el meñique una carita absorta. Se quedó mirando su meñique por mucho tiempo, hasta que logró que la cara absorta comenzara a moverse.

De alguna manera, logró que la piel de su dedo meñique se estirara, cambiara de forma, comenzara a hacer una transición entre las caras que estaban dibujadas en las otras yemas. Y se distrajo tanto con eso, que la noche sobrevino, el día, las semanas, los meses y enflaqueció hasta quedar hecho un esqueleto. Un día su cabeza se desplomó del peso.

Lo encontraron, hecho un esqueleto, sin piel y con la cara que los médicos habían dicho que tenía bajo el huevo que debió contener una cara. El rostro descubierto, como el de los demás humanos, era único, y hasta en la deformidad de la muerte conservaba la pasión que lo había guiado en sus pasos por este mundo de gente que, en general, llevaba una cara bien visible.

Y así termina el relato de la vida del hombre sin cara.

Por Adrián Gastón Fares

Pueden leer este cuento y otros en mi colección de relatos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos (2019)

Los tendederos. Recopilación de cuentos de terror y ciencia ficción (2019)

Aquí debajo copio el link para lxs que quieran adquirir Los tendederos para Kindle o libro electrónico. Es mi recopilación de cuentos de terror y ciencia ficción. Pueden opinar a gusto sobre lo que quieran.

Título original: Los tendederos. Cuentos.

Número de páginas (según Amazon) 338.

Contiene los siguientes relatos, en este orden:

Las hermanas
Los tendederos
Reunión
La edad de Roberto
Un contrato conmigo mismo
Lo que algunos no quieren contar
Buenos días, Sr. Presidente
El Perchero ausente
Padre
El aguante
Las aparecidas
Las mil grullas
Todo termina que es un sueño
La casa de Orlando
Te espero en el techo
Los Endos
El reloj
Un posible fin del mundo
Bajo la manta
La casa nueva
Los cara cambiante
El vendedor de tiempo
Los dominantes
El cuento original
El hombre sin cara
La casa del temor
No es humo
Nuestros
Puntos negros
El Buscavidas
A la caza
Los encantados
Las cartas negras
Padrastro
Delcy y Nancy

Link para España (Amazon.es):

 

Está disponible también en los demás Amazon (ingresar en Amazon y en campo de búsqueda escribir Adrián Gastón Fares, Los tendederos)

 

 

Los tendederos. Libro de cuentos.

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

 

Los exultados

Limpiaba con Alicia por las mañanas y después, cuanto ella se iba al curso de literatura rusa, yo atendía a los clientes. En París, como en Buenos Aires, los abogados eran muy buscados.

Allá la gente se daba cuenta de mi sensibilidad. Ayudaba que fuera un escritor en ciernes, que hubiera publicado una novela, los clientes me hablaban más de mi obra que de los casos. Luego volvía Alicia y seguía hablando con ella de literatura. Descorchábamos un champán. Y bebíamos hasta que nos dormíamos. Un día amanecimos desnudos y juntos. Abrazados por el frío que se coló durante la noche por la ventana balcón.

 A veces el sol inundaba la habitación. Preparábamos café. Lo tomamos con tostadas con mermelada de arándanos. Poníamos un poco de jazz en el tocadiscos.

Luego de almorzar íbamos a la Rue de Fleurus. A Alicia le gustan los números tanto como a mí. Y encontrábamos una casualidad interesante en que el número de la casa de dónde habían emergido tantos artistas era el mismo en el que se había clavado el tiempo de la vida de tantas estrellas de rock.

Por la Rue de Fleurus buscábamos a una mujer maciza, de pelo dorado. Debía acompañarla otra mujer, más enjuta. La habíamos visto rondar la placa de la casa que nos interesaba sin detenerse a leer la inscripción. Nos miraba porque íbamos demasiado elegantes, yo con sombrero y Alicia con un vestido azul con volados. Zapatos, nada de zapatillas. Seguíamos a la mujer tosca hasta que se detenía en una verdulería, por ejemplo. La mirábamos sopesar pomelos, aguacates, manzanas, hasta que seguía con sus compras sabatinas. Cada tanto se detenía a mirar su teléfono celular.

Uno de los sábados entró a una librería. Con Alicia nos miramos con los ojos brillando y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de las posibilidades de que la mujer realmente fuera la buscada.

Pasó el tiempo, conocí a compañeros de curso de Alicia que parecían tener un interés que iba más allá de lo físico en ella, nos bañamos en champán y tomamos helado de limón. Rondando la madrugada volvíamos a dormirnos en cualquier lado, a veces observando el cuadro modernista de una pintora que había venido con el alquiler del departamento.

Y llegó otro sábado. La mujer maciza estaba hablando con dos jóvenes que parecían artistas. Nuestra excitación fue un aumento porque uno tenía la mandíbula cuadrada y a un niño en brazos y el otro era calvo y de mirada penetrante. Se hizo de noche y a las sillas de la mesa de la vereda donde estaban sentados nuestros objetivos se acercó un gato que estuvo un buen rato lamiéndose las patas cerca del hombre de mandíbula cuadrada. El gato siguió de largo y Alicia dejó dinero en nuestra mesa y me tomó de la mano para arrastrarme detrás del gato.

Lo perseguimos por una cuadra. El gato se detuvo quizás con la esperanza que le diéramos alguna sobra de la cena que no teníamos en nuestros bolsillos. En realidad, para poder pagar el departamento y nuestro tipo de vida, no siempre cenábamos.

Alicia se agachó, con el vestido azul redondeando todavía más su espléndido cuerpo, y llamo al gató. Ven, Blancanieves, le dijo. Recién la cuarta vez que lo acarició lo tomé con fuerza, le separé los dedos y los conté. Esperábamos seis pero era un gato común que no tenía ninguna malformación genética. Alicia, desesperanzada, insistió en pasar por el restaurante, y esta vez escuchó que los tres eran hermanos, que la mujer rellena era la tía del niño, y que estaban hablando de neurociencias y psicología.

Volvimos al departamento. Tomamos champagne. Lloramos. Guardamos nuestros manuscritos en las valijas, con cuidado de no estropearlos. Volamos a Argentina. Tal vez tuviéramos suerte cerca del cementerio asediado por una feria hippie.

En este caso parece más fácil. Tenemos que dar con un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer hermosa, casi secreta, con una mirada huidiza y, más que nada, de un ciego. Seguimos sin cenar algunas noches pero descorchando champanes y despertando felices, cada uno amodorrado en su lugar.

Creemos que un día vamos a encontrar al ciego, que la mujer de mirada huidiza, que volvímos a encontrar esperando que se detenga la lluvia en la puerta de las salas de cine, como si se fuera a lanzar al abismo húmedo en cualquier momento, debería tarde o temprano llevarnos a la mansión de la otra chica con la que suele pasearse, una que usa siempre anteojos de celuloide color marfil con cristales verde oscuro.

Y Alicia piensa que una vez que encontremos la primera repetición, podemos volver a Praga, a Boston, a París, con más probabilidad de que se den las demás.

Por Adrián Gastón Fares .

Un posible fin del mundo

Fui al colegio como en los demás días, cansado y todavía medio dormido, y en la puerta encontré a los policías. Uno tenía un mate, otros dos compartían un cigarrillo. Cerca, Bernardo, el profesor de medios audiovisuales hablaba con la monja directora.

Habían encontrado el cuerpo de Sofía. Pronto vimos llegar a la madre, que se abalanzó sobre la directora en un ataque de furia que se convirtió en abrazos y lágrimas.

Las palabras cruzaron de boca a boca, como indiscretos dardos envenenados, y pronto todos supimos que a Sofi la habían violado y asesinado. Cuando entramos al colegio ya habían retirado el cuerpo. Una silueta de tiza lo reemplazaba.

Sofi era una chica de sonrisa franca y ojos tiernos. A mí en ese momento me gustaba otra. Aunque Sofi bien me podría haber gustado porque era muy linda.

Con el profesor de medios preparábamos un cortometraje. Enseñaba por placer, porque le gustaba trasmitir su conocimiento, que lo escucharan y lo alabaran. Salía, en secreto, con una de sus alumnas, Clementina, y cuando la policía lo supo, cuando el detective privado que contrató el tío de Sofi lo supo, el profesor vio en peligro su libertad. Como era bastante amigo mío, como nos llevábamos bien, más que nada en esas charlas donde hablábamos del uso de la simetría en Kubrick y del travelling en Ophuls, como la afinidad era tal que él creaba un mundo nuevo para mí, yo lo creí siempre inocente. Además no necesitaba violar a nadie. Varias estaban enamoradas de él, aunque fuera un barbudo desgarbado. Tal es el poder el conocimiento y más todavía el de la jerarquía.

Bernardo, era el nombre de mi profesor, creía que el asesino era el cura. Visitamos el colegio de noche y entramos en la casita dónde vivía el cura, atravesando la capilla, en el medio de un patio de baldosas oscuras y paredes grises. Al padre Eusebio lo encontramos durmiendo en un sillón, con una botella de vino casi vacía en una mesa, murmurando en sueños palabras ininteligibles.

Bernardo buscó en los armarios ropa interior femenina que incriminara a Eusebio, con la intención de señalarles a los policías la guarida del que podía ser su salvador. Los armarios estaban llenos de naftalina, camisas, y algo que nos llamó la atención, un capirote blanco con una estrella roja, no sabemos de qué orden eclesiástica pero parecía ser una bastante nefasta.

No había dudas para mí de la inocencia de mi profesor. Por un lado le gustaban demasiado las chicas para matarlas, sabía que había algunas cosas que se podían hacer y otras no.

La escuela hizo hincapié en el asunto de Bernardo con su alumna, Clementina, mi compañera, la chica que negó haber tenido relaciones con él, pero los policías le preguntaron a otras alumnas que sabían que Bernardo había desvirgado a Clementina sin muchos miramientos.

Estuve triste esa semana, no sólo se acusaba a la persona que tanto me había enseñado de cine, sino que además, por los nervios, había arrojado una ventana desde el tercer piso del colegio. Me había acercado para que el aire entrara, corrí el cristal para que dejara entrar el aire y la hoja titubeó en la cornisa antes de desplomarse al vacío. Con un compañero nos asomamos y vimos el cristal hecho añicos en el piso y un hombre de pie al lado, sorprendido, tal vez agradecido por haberse salvado por casualidad. En la corrida hacia la entrada del colegio encontré a la monja directora, que venía de rezar de la capilla y agradecer a Dios que los niños de jardín no estuvieran saliendo del colegio a esa hora. Sentí culpa y no recuerdo lo que pasó en los días siguientes.

Tanta fue la culpa que me identifiqué con Bernardo, que era el sospechoso número uno en el crimen de Sofía.

Me suspendieron del colegio por lo de la ventana. Luego pusieron tejidos para que las hojas de las ventanas jamás volvieran a caer.

Mientras tanto, yo permanecía en mi cama, los días pasaban lentos, no veía a mis amigos, y hasta mis padres me recriminaron por esa acción de la que yo no tenía ninguna culpa, vamos; la ventana estaba floja, no había tejido, tarde o temprano se iba a caer, y podía haber dejado consecuencias muchas más graves. Pero en ese momento, en la confusión de la adolescencia, no lo entendí de esa manera. Creí ser el demonio, un poco influenciado por la creencia de la monja directora de que tal vez yo estuviera poseído, ya que era un adolescente bastante revoltoso.

La verdad era que yo había nacido con fórceps. Nací sin llorar. No culpo a mis padres, tal vez a la partera o al obstetra. Ellos, por lo menos hasta que fui grande, no pudieron saber qué había ocasionado en mí nacer así, y tampoco yo me di cuenta. Pero la monja directora parecía saberlo.

Una de esas noches en las que no pude ir a la secundaria, mientras descubría un cuerpo enterrado de una joven en un jardín con Miss Marple, el teléfono sonó y era un compañero que me avisaba que había muerto el padre de una compañera. Teníamos que ir al velatorio.

Yo tenía un miedo terrible. No quería saber nada con los muertos en esa época. En esta tal vez pudiera compartir habitación con alguno sin preocuparme demasiado. Pero la adolescencia es una tierra donde la levadura de la ficción crea una cerveza mental que achica al mundo, agrava las ficciones; es un barrio ficticio, un barrio donde de noche pasan cosas de las que más vale no saber nada.

Entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas, pedía que ningún vampiro se acercara para rasgarlas o tironear de ellas, y trataba de dormir de esta manera hasta el otro día sin sofocarme. Admito que nací de esa manera, sin aire, y que tal vez esa especie de mortificación se me hizo un vicio, porque hasta el día de hoy me sigo tapando la cabeza con las sábanas o la cara con los dedos. Es como si de chico hubiera visto algo monstruoso, inaudito, y ya no lo quisiera volver a ver. A veces pienso que lo inaudito puede ser la palanca del fórceps entrando en el cuello uterino de mi madre para sacarme al mundo, rompiendo huesos, deformando mi cara, mis oídos, lo que fuera que tuviera a su paso, como un robot infalible que cumplió su misión a la perfección salvo por algo: no respiré por unos segundos.

Esa noche fui rescatado de la sofocación de las sábanas con dibujos del Hombre Araña por Little, un compañero, que me necesitaba en el velatorio en veinte minutos. Así que me subí a un remís hasta Lomas.

El velatorio era cerca del cementerio de Lomas, lugar tétrico si los hay con esas estatuas que parecen estar para asustar nada más. Decidimos dejar a nuestra compañera y con tristeza y un poco de rebeldía nos dirigimos al cementerio, cosa que yo no hubiera hecho solo ni que me regalaran el último CD de Soundgarden importado con bonustrack y todo.

Rondamos los mausoleos, elegimos uno con la puerta deshecha, y entramos, asustándonos entre todos. Ahí empecé a ver que algo raro le pasaba a Little (le decíamos así porque había otro Martín, que era casi un gigante) Me confesó que tenía miedo que el profanador de tumbas, del que estaban hablando por aquellos días en la televisión, anduviera por ahí. Little y yo nos detuvimos. Los demás, dos chicas, una que parecía querer tener sexo en el cementerio y la otra que parecía no querer tener sexo en ningún lado,  avanzaron un poco más y volvieron corriendo y muy asustadas después de haber introducido el pescuezo en una tumba donde los ataúdes parecían carozos de nueces rotas donde se veía el fruto, los cadáveres momificados, a través de las grietas de la cáscara nudosa que los había cubierto.

En la corrida por las calles del cementerio dimos con un hombre que se interponía entre la salida y nosotros. La esclerótica blanca, una pala en alto, no podía ser otro que el cuidador que estaba molesto porque habíamos entrado a la fuerza a su predio. Así que le pedimos perdón, nos abrió la puerta y nos dijo que si volvíamos a hacer eso iba a llamar a la policía, o a su muerta favorita, la señorita Robinson, una japonesa asesinada por su hermana, que solía dejar su tumba para comer el cabello de adolescentes como si fueran fideos. No podíamos creer que un zombi se alimentara de cabello, así que el miedo se concentró en el cuidador del cementerio y no en la señora Robinson; la zombi degustadora de cabelleras brillantes bajo la luna.

Después de esa noche, nos dimos cuenta de que podíamos entrar al cementerio fácilmente.

Así que el sábado siguiente, en vez de juntarnos en la plaza de la estación Lanús, nos tomamos el colectivo con Little, bajamos en el cementerio y caminamos hasta el mausoleo de la familia de Sofía.

Golpeamos la puerta hasta que cedió. Alcanzamos el cajón. Lo abrimos con las manos temblando y observamos que nuestra compañera estaba hinchándose bajo la lámina de cristal que separaba las emanaciones de su cuerpo del resto del mundo. Lo que vimos no podrá ser olvidado y sin embargo es tan natural y común como la lluvia que cae mientras escribo en esta llanura. Hay pocas personas y pocas casas alrededor. Ayuda a recordar. Y hay cosas que no se olvidan.

La putrefacción, la hinchazón, la sangre que empezaba a brotar era  algo que esperábamos, pero no esperábamos que el cuerpo de Sofía pestañara. Tanto Little como yo vimos eso. Luego nos miró por el rabillo del ojo. Supusimos con Little que era una burbuja, un coágulo que había explotado, como una supernova.

Al otro día me puse un buzo con una capucha y volví al colegio, busqué a Bernardo y con él nos acercamos al salón de actos donde había sido encontrado el cuerpo de Sofía. Una monja tocaba a Bach en el piano. Encontramos al padre Eusebio con una mano en el hombro de la monja. Mientras simulábamos arreglar el proyector para una función de L´ Atalante de Vigo, observamos que tanto la monja como el padre Eusebio parecían estar emocionados por la melodía que retumbaba desde el corazón del piano.

Con Bernardo decidimos, con la ayuda de Little, y la inspiración que nos había dado ver el cuerpo de nuestra compañera pudriéndose pero tratando de comunicarse con nosotros con un pestañeo que también podría ser un diminuto anélido que navegara por la sangre que había quedado bajo sus párpados pedir la ayuda de la amante del profesor para que nos ayudara a ver la reacción de Eusebio y la monja pianista.

Hicimos que Clementina entrara a la habitación, se sentara en la única silla en el centro, casi donde habían encontrado el cuerpo de Sofi, y que simulara estar masturbándose emitiendo algunos gemidos que parecían más de alarma que de placer (no era una gran intérprete Clementina) Al rato, como si se tratara de arañas que reaccionaban a la posible víctima que había caído en su iridiscente y musical hilo, Eusebio apareció por una de las puertas para caminar directo hacia Clementina. Con el extraño capirote blanco con la estrella roja comenzó a besarla en los hombros. La instrucción había sido que Clementina se hiciera la muerta ni bien Eusebio la tocara. El cura intentó primero aprovecharse de ella, ante su resistencia usó la fuerza, y cuando vio que Clementina caía al piso, aparentemente muerta por una bofetada, la excitación del hombre aumentó tanto que pareció convertirse en otro, fuera de sí. Ahí apareció la monja que tocaba el piano, y se arrojó sobre el cuerpo de Clementina para seguir con la violación que el cura no podía consumar.

Clementina seguía actuando como podía con la mirada congelada en el cielo raso como si fuera Sofi, su amiga. La monja dejó caer su hábito, aireando unos pechos turgentes, unas axilas peludas, separó las piernas de Clementina, y sosteniéndola del cuello, intentó introducirle una especie de estaca. En ese momento,  los tres salimos de la cabina de proyección para detenerla. Little le asestó un golpe con uno de los asientos que la dejó knock-out. Yo me encargué del cura, que terminó con la nariz sangrando. Clementina se cargó a la monja directora que, siempre dispuesta a poner el orden, entraba con la voz en alto; mi compañera le asestó un puñetazo en la cara que le partió la nariz.

Al otro día, gracias a las pruebas que pudimos dar, y al testimonio de Clementina, Eusebio fue apresado. En la actualidad continúa entre rejas, donde reza todos los días a un dios que se ha hecho cada vez más difuso para él en la cárcel y que ha tomado la forma de otros hombres.

Pronto supimos algo más, el crimen de Sofía no era el único que había ocurrido ese día. No era sólo Buenos Aires.

En Madrid, en Kiev, en Moscú, en Brasil, en Roma, había ocurrido lo mismo en diversas escuelas, los curas habían comenzado a atacar a sus alumnas; las monjas también. Algunos eran simples asesinatos, en otros casos; violaciones y vejaciones que terminaban con la muerte de la víctima. El día que murió Sofía, ella no fue la única, cientos de adolescentes, mujeres y hombres, habían sido ajusticiados por líderes religiosos de cualquier orden. Las siluetas de tiza se multiplicaban en las escenas de los crímenes. El misterio que habíamos resuelto ya no tenía sentido. No había misterio. Era un caso de histeria colectiva. Una epidemia como la del baile de Estrasburgo de 1518. Una coreomanía del crimen. Pero más amplia; enseguida hablaron  de enfermedad psicogénica masiva. Y si bien las conductas extrañas habían empezado antes, nadie se dio cuenta, nadie denunció a tiempo; nadie notó que las miradas de los religiosos se llenaban de lascivia y que las monjas apuntaban con la punta húmeda de su lengua al piano mientras tocaban en muchas ciudades distintas en el piano el Jesu, Joy of Man´s Desiring, de Johann Sebastian Bach.

por Adrián Gastón Fares

22 de Marzo de 2019

La más buena. Cuento.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

Kong 25.

Querido Adrián

Entiendo tu preocupación por tu tía, tu abuelo, que hayas eliminado lo escrito incluso por temor al pasado y sus formas, pero no hay manera de arreglar ciertas cosas ni con una máquina del tiempo, que dicho sea de paso hasta ahora no han dado señales de vida.

Y tu mensaje me caló tan hondo que he decidido contarte la verdad. Ya era hora, de cualquier manera.

No soy un hombre del futuro.

No me llamo Von Kong.

Nunca tuve en mis manos una impresora Rivera.

Tal vez tenga el poder de leer tu mente. Te conocí desde que eras muy chico.

Soy médico. Mi especialización: otorrino. Pertenezco a un grupo de médicos que no hacemos lo que tenemos que hacer, con fines científicos (y admito que a veces recreativos)

Simple. Deduje tu pérdida de audición desde que leí como naciste en esa clínica en el barrio de Once. Me las arreglé para que te trajeran a mi consultorio cuando ya tenías cinco años.

Para eso tuve que dejar afuera del camino a otros médicos de este grupo secreto de experimentadores.

Una vez detectado tu problema y confirmado que hasta tu adolescencia el límite entre escuchar o no seria difuso opté por dejarte sin tratamiento.

Archive tu defectuosa audiometria y tu fantasmal potencial evocado.

Quise ver qué pasaba con tu adaptación. Hasta dónde llegabas para descubrir la verdad. Y como llegabas. Cuantos golpes te darías. Que pasaría con tu gente cercana. Como irían actuando ellos. Sabia que el Estado no te serviría de nada, así que que agradeceme que no te metí en trámites molestos desde temprano.

Hace poco coincidimos en un bar céntrico. Tocaba un DJ. Yo te observaba desde mi mesa. Noté tu cara tensa ante los ruidos fuertes amplificados por los audífonos, tu urgencia de salir de ese lugar luego de una hora de charlar con tus amigos. Pensé en cómo te estarías sintiendo. Y te compadecí. Nunca sentí nada parecido en mi vida.

Esto va con doble copia, una al Colegio de médicos para que me quiten la licencia (voy a sacarle su licencia para matar, dice una canción de Bob Dylan)

Ya estoy viejo, de cualquier manera. No tanto, todavía puedo jugar al golf con estos médicos amigos a quienes les importa poco y nada los procedimientos formales como a mí.

Nunca existió una Taka. Es el personaje femenino de un personaje de la película El último samurai. Ni yo sabía de donde había sacado ese nombre hasta que di en el cable Premium con una emisión de dicho film.

Nunca tuve a ningún No ser que eliminar o apresar.

No existen.

A raíz de una nota en una revista de divulgación científica creé ese mundo de impresoras genéticas. Craig Venter fue una inspiración.

Te escribí para darte confianza todo este tiempo. Que pensaras que eras un elegido por un detective del futuro. Creo que nunca lo creíste del todo, pero espero que haya mitigado la falta de un tratamiento adecuado. No siempre pude mantener el sentimiento de culpa a raya.

Hay una teoría que dice que todo nace de la culpa. Así nació Von Kong.

También te he enviado alguna que otra ayuda, gente de mi comunidad que te acompañó un poco; ya no están ni deben estar porque están atendiendo otros de mis conscientes deslices.

No sos el único con el que he experimentado.

Lamento tener que decirte la verdad recién ahora.

Tomo la precaución de no decirte mi nombre real para que no me persigas.

Cuelgo mi guardapolvo y pienso dedicarme a mi esposa y a mis tres hijos.

Espero que dejar mi profesión sacie tu sed de venganza si es que la hubiere.

Pronto te llegará una caja de cartón con todos los libros de ciencia ficción que he leído para crear a Von Kong y su pequeño mundo.

Agradezco que hayas contestado mis misivas. Que hasta me hayas pedido que conteste una encuesta por vos. Me he divertido un poco con la culpa.

Von Kong está vacante de ahora en más. En algún lugar de mi neuronas sigue persiguiendo a No seres que el mismo ha creado.

Si en tus sueños te diriges a esa Buenos Aires de colores, de un futuro lejano, donde un hombre persigue a las mascotas desmadradas y monstruosas de la ciudad con su ayudante No ser oriental llamada Taka podes tomar la forma de Kong. Incautar Impresoras Riviera.

También admito que me harías un favor olvidándolo todo.

He redactado un informe sobre tu vida. Lo he dejado en mano de una colega.

Por supuesto, tu nombre no está escrito en esas hojas.

Te he protegido. No soy tan desalmado.

Siento que, en parte, eres mi creación.

Pero como en este tipo de historias, te has terminado rebelando; te has proporcionado por tu cuenta lo que yo no quise darte.

Creí que te ibas a perder mucho antes. Que al descubrir la verdad te vendrías abajo como un edificio cuyas columnas son de goma. No tuve en cuenta entonces el poder de la elasticidad.

En el futuro tal vez reconozcan mi trabajo de investigación.

Eso espero.

Otra cosa no me importa.

Estoy conforme con mi trabajo.

Hasta siempre,

Doctor E

Maestre 15

06 de Febrero de 2019

 

Kong Completo – Índice

Kong 1

Kong 2

Kong 3

Kong 4

Kong 5

Kong 6

Kong 7

Kong 8

Kong 9

Kong 10

Kong 11

Kong 12

Kong 13

Kong 14

Kong 15

Kong 16

Kong 17

Kong 18

Kong 19

Kong 20

Kong 21

Kong 22

Kong 23

Kong 24 (no publicada en blog)

Kong 25

Los tendederos. Cuento.

Quizás ya lo leyeron, quizá no. Como un editor, quería dejar alineados estos tres cuentos que, con Las hermanas, tienen cierto hilo trenzado entre si. Aquí va Los tendederos. Adrian G. Fares.

Los tendederos.

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocía a un muchacho que podría hacerme madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de Luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo. Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero.

Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento. El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

El vestido ahí flotó, como empujado, otra vez hacia la cuerda primera, como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor. Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo.

Algo me acarició el brazo. Me di vuelta. A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa, como forrada en alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia. Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con su mano aferrando la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre, como si los muertos estuvieran preparándose para despertar del sueño eterno.  Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las habría alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor.

El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando, veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares

 

Los cara cambiante.

Es poco sabido pero los escritores argentinos que escribieron los primeros relatos fantásticos en el siglo XIX se autocensuraron por el contexto de la época y dejaron las historias más frescas y jugosas en los hoteles donde se alojaban, en sus casas de campo, pensiones, etcétera. Tal es el caso de Juana Manuela Gorriti, quien dejó olvidados varios relatos en un desaparecido hotel del microcentro porteño.

La paradoja es que también eran jesuitas los que escribían relatos fantásticos. Es una paradoja sostenida, ya que en la última Ventana Sur, cuando di una charla sobre la película que estoy realizando, dije en broma que me parecía gracioso que una charla de cine fantástico estuviéramos rodeados de cruces. El mercado de cine fantástico Blood Window se emplaza en el corazón de la Universidad Católica Argentina. Los curas y los demonios siempre estuvieron cerca. Por otro lado, hay un libro de Fernando Peña, que fue mi profesor en la Universidad de Buenos Aires, que cuenta como era un padre jesuita el que traía de sus viajes las copias de Drácula, y otras películas menos apreciadas, que eran programadas en las formadoras tardes del Sábado de Super Acción de Telefé (por algo el canal se llama Tele, aún hoy en día) y ciclos parecidos, que evitaron que murieran de aburrimiento muchos niños de mi generación. Tal vez el cine argentino hubiera arrancado con otras historias sobrenaturales si se hubieran encontrado estos primeros relatos más osados que los publicados. Los primeros esfuerzos, alejados de la simple tarea milenaria de contar un cuento que asuste, dedicados a acercarse a lo extraño en la hoja impresa, a lo conocido pero no sabido, son pocos en este país en los inicios de la narrativa, pocos y, lo que es peor, de resultados poco inspiradores. Tal vez sean más interesante la historia de cómo fueron escritos que lo que contienen. Como es el caso de los de Manuela Gorriti. Hay un aura de lo que pudo ser y no fue, como un amor malgastado, en los cuentos publicados de esta mujer, y en los de otros escritores.

Por suerte, para no desesperar, a veces aparecen cuentos inéditos y alimentan la raquítica literatura fantástica argentina de mediados del siglo XIX. En la mente cansada de libreros y la chispeante de otros autores se refugiaron estos relatos leídos tras ser descubiertos en cajones con doble fondo y en algunos armarios olvidados.

No siguen las reglas que Poe propuso para los cuentos. Tampoco las que rompieron el resto de los narradores para ajustarse a sus monólogos internos. No todos quieren crear un efecto perdurable. No buscan el efímero placer de las palabras bien elegidas. Su contenido y ciertamente no su forma son bastante notables. Y lo que cuentan, se dice, no es inventado. Son hechos que sucedieron y que hoy en día estarían escondidos en los rincones más oscuros de la Fosa de las Marianas. No hablo del océano pacífico, sino de un lugar impenetrable, no se sabe si real o no, de la Deep Web o Red Oscura.

Tuve la suerte de encontrar en un hotel de la costa, en Mar del Plata, un cuaderno con cuentos superiores a la producción narrativa que correspondía a aquella época. Los cuentos me sorprendieron por su estilo pero más que nada por su contenido. Pertenecían a una escritora. En esa época, como casi siempre, las escritoras eran de una clase social privilegiada. No era fácil que los hombres te dejaran tomar un bocado.

Casualmente hoy en día protegen esos cuentos, en su mayoría por mujeres, un círculo de escritores que conocen su existencia pero prefieren que permanezcan ocultos para siempre. El Argentum Hermeticum Fantástico es un breviario interesante que solamente circula en grupos reducidos de amantes de lo extraño. La hermandad, algunos alcohólicos, otros sedientos de poder, protege con cuidado la entrada a ese mundo que pondría en jaque cualquier teoría de evolución literaria.

En el Argentum Hermeticum existen muchos cuentos que señalan la costa atlántica, o la costa, como la llamamos, como un lugar plagado de hechos increíbles y entidades de otras dimensiones o directamente diabólicas. Antes era la pampa a secas que terminó siendo el Allá lejos y hace tiempo, donde tal vez esté sugerido, de pasada, un buen relato fantástico.

El siguiente relato, si bien no pertenece a ese cuerpo hermético del que sólo he leído algunos cuentos porque los escritores no lo dejan tocar, lo escuché de primera mano de un conocido. Pero al enterarme de los cuentos que señalan el lugar cercano al mar, cuyos caracoles eran más grandes y sonoros en la época de los primeros narradores argentinos, como establecimiento de entidades sobrenaturales, no puedo más que escribirlo como otra anécdota que podría reposar en esas hojas amarillas, conquistadas por las pulgas y comidas por las ratas.

Mi conocido estaba de vacaciones en el partido de la costa atlántica bonaerense, en la localidad X, no diré cuál, no quiero que los alquileres bajen de precio y las casas se devalúen, ni que ocurra lo contrario por culpa de exponer esta historia. La literatura nunca modificó la economía y este tampoco será el caso.

Cuando se cierran las sombrillas, se devuelve la arena a los agujeros que sirven para que las mismas no se vuelen y terminen clavadas en la garganta de algún desprevenido, como ya ha ocurrido, cuando todo vuelve a ser normal, cuando nos rascamos la arena de los dedos de los pies, pensamos qué haremos al alejarnos del mar.

Lo común es comprar algo, la playa da hambre, mucho, y más si uno se zambulle al mar, uno inconscientemente siempre hace fuerza para que el mar no lo arrastre, aunque a veces la tranquilidad está en mirar el sol mientras flotamos, esa paz que se pierde a la vuelta, cuando volvemos al departamento, a la casa, al hotel, a la carpa. Qué placer meterse al mar en la mañana donde el mar de aquí parece otro mar que luego se transforma a la tarde de la peor manera posible.

Pero sigamos sin opiniones personales. A mi conocido no le gustaban las ferias hippies, las calles céntricas, las caracolas con vírgenes que predicen el tiempo según sus colores,  los libros que parecen haber sido lanzados desde mediados del siglo pasado por una embarcación a punto de naufragar a las librerías de saldos, y ninguna de las alternativas que la noche de la costa puede brindar, que no sea mirar las estrellas, reposar, leer, dormir o preparar un asado.

Mi conocido solo pensaba en retornar a su departamento con su mujer. A sus años, que no eran pocos, ya estaba acostumbrado a la dinámica de la costa, de la playa, de las sombrillas, de las banderas que señalan el mar peligroso o inofensivo.

Mientras arrastraba la sombrilla a sus espaldas como si fuera un pequeño cohete inútil, pensó que lo más aventurero sería volver a su transitorio hogar por una calle no habitual poco transitada, que no le hiciera recordar que otros volvían como él de la playa con sus cohetes inútiles en sus espaldas. Dobló por la costanera y enfrentó una calle no tan arbolada como él hubiera deseado, pero desierta.

A la mitad de su caminata, entre tantos chalet californianos,mi conocido tropezó con un desnivel en la vereda de uno de ellos. Se rompió la cara. La sangre brotó de su frente. Su mejor pegó un grito.

Mientras eran observados, sin saberlo, por una pareja como ellos, pero cuyos integrantes eran más jóvenes, un hombre y una mujer que estaban sentados plácidamente en la pared baja del jardín delantero.

Lo próximo que recuerda mi conocido es el agua cayendo en su cabeza en la pileta de los testigos de su accidente y los dueños de la casa. Cuando giró la cabeza en el lavabo para observarlos de perfil, en el baño, los rasgos faciales de la pareja se deformaron con una pequeña latencia para convertirse en saturninos semblantes con ofídicas pupilas que lo miraban con fijeza.

Por lo tanto, mi conocido trató de salir rajando del lugar cuanto antes, dejando en claro que el golpe no le había causado nada grave. De hecho, la herida le dolía y mucho me confesó. Volvió a su casa con la frente tan hinchada y la nariz algo partida.

A la noche, en su habitación, mi conocido le dijo a su mujer que si bien era el deber de la pareja ayudarlo porque la vereda peligrosa era de la propiedad de ellos, en verdad habían sido muy amables en dejarlo entrar en su baño, y socorrerlo con una venda y el agua.

Pero antes de dormirse recordó el detalle alarmante: los ojos de los integrantes de la pareja se habían transformado frente a él. ¿Por qué? Esas cosas no pasaban.

Decidió retornar al otro día a la casa de sus auxiliadores para regalarles una caja de alfajores y verlos otra vez para cerciorarse de que no tuvieran una cara cambiante.

El chalet brillaba bajo el sol, ya que era la hora de estar en la playa. Mi conocido era consciente de que había sido una accidente agradable; la excusa perfecta para armar otro plan que no sea ir a la playa con su esposa.

Con la caja de alfajores en un brazo, golpeó la puerta con el otro y esperó. Nada.

Oyó un crujido, una especie de respiración jadeante que provenía de adentro, y pensó que tal vez los dueños de la casa estuviesen haciendo algo que parecía más humano que ellos. Eso lo calmó un poco y dio media vuelta, volvió sobre su paso, con la idea de comerse los alfajores a la noche con un café, después de todo, eran ricos, los más ricos de ese paraje de la costa atlántica.

Entonces sintió un escalofrío a sus espaldas.

La puerta de entrada bajo la galería exterior se estaba abriendo sola. Escuchó el sonido inconfundible de la oportunidad, el aire fresco que venía de adentro de esa casa golpeó su cuello, y supo que la puerta se abría para que él entrara al vestíbulo.

Era un vestíbulo de casa de inmigrante italiano, con dos sillones enfrentados y una mesita en el medio, como si pasaran los antiguos dueños la tarde ahí esperando una visita o levantándose, apoyados en su andador, para mirar a la calle a través de los sucios cristales de sus ventanas.

Primero, creyó que estaba vacío. Que no había nadie en esa habitación de la casa en la que no había reparado el día anterior.

Pero no era así, la pareja estaba sentada en los antiguos y duros sillones, rígidos, como si fueran autómatas, perdidos en los sueños que sugerían sus ojos cerrados. Sus manos estaban cerradas en sus regazos como en una plegaria. Enfrentados, cada uno en su pequeño sillón, la pareja parecía más separada que nunca.

Mi conocido tosió dos veces. Los ojos de sus auxiliadores se abrieron sin apuro, lentamente y se clavaron cada uno a su turno, primero los de la mujer, luego el del hombre, en los suyos. El sol se apagó detrás de la espalda de mi conocido en cuanto la pareja despertó de su trance. El día se volvió gris.  Comenzó a llover.

Mi conocido entregó la caja de alfajores a la mujer, que la recibió con unas manos de uñas largas y grises, demasiado largas y demasiado grises. Intentó conversar con ellos para saber si eran turistas o residentes pero se mostraron reticentes y molestos. Y cada tanto los dos bañaban sus labios con la saliva de sus lenguas. Por lo tanto mi conocido, en ese momento recordó que en el baño había notado lo mismo el día anterior mientras su sangre se mezclaba con el agua de la canilla del lavabo. Entonces, si bien los ojos no eran ofídicos como lo recordaba, mi conocido se dio cuenta que los habitantes de la casa tenían una cara cambiante, bastante difícil de clasificar. No podía asimilar las facciones. Eso lo hizo zozobrar, como si estuviera en el borde de la terraza de una casa, en vez de en la costa atlántica en la casa de unos posibles turistas extraños.

Al otro día, mi conocido decidió volver a la playa cuanto antes y seguir el recorrido por el que había terminado en el suelo de una vereda dos días atrás.

Su esposa lo acompañó, preocupada por lo salud mental de su compañero. La noche anterior había hablado de más. De cosas negativas. Le molestaba a ella cuando él se ponía tan serio y negativo. En general, discutían por ese tema. En realidad la que percibía lo negativo era ella, para él no eran negativas si no relatos que le gustaba contar para no aburrirse y jugar con las emociones. Después de todo, a mi conocido, como los primeros relatores de lo fantástico, le encantaba contar historias, y no todas podían ser alegres.

A la altura de la casa tuvo que bajar el cordón de la vereda y alejarse de la misma para observarlo todo desde el medio de la calle.

Había un cartel grande que decía: En Venta. Y tenía una pegatina cruzada que decía Vendida. Las puertas estaban cruzadas por maderas nuevas. Las ventanas también. El pasto había crecido por la lluvia del día anterior. Estaba demasiado alto. Le pareció que el día anterior la casa no estaba en venta. Su esposa opinó que tal vez estaban tan preocupados por el golpe que se dio que simplemente no lo habían notado.

Lo cierto era que de un día para el otro, los ocupantes se habían marchado a otras playas, a otras ciudades, vaya saber. Mi conocido jamás podría reconocerlos pero me aseguró que no eran gente ordinaria, que ni siquiera eran gente, que podían ser otro tipo de seres en los que nunca había creído del todo. Y que para que nadie sospechara nada extraño, habían agregado ese cartel que decía En Venta y Vendido a la vez. Después de todo, la gente de ese lugar está acostumbrada a una subsistencia inexplicable para ellos mismos si se les pregunta bien, y cada vez más, a la gente para ellos rara de la ciudad que escapa del bullicio para establecerse cerca del mar.

Este subgénero del cuento fantástico, que llamaré de los cara cambiante, se repite en algunos relatos que encontré en las narraciones de los primeros cuentistas argentinos, donde yace inexplorada el esplendor de la verdadera narrativa del cuento sobrenatural argentino del siglo XIX.

 

por Adrián Gastón Fares, 27 de Enero de 2019.

 

Delcy y Nancy.

¿Alguna vez leyeron sobre la princesa Caraboo? ¿Les suena el nombre Mary Baker? Ella era una inglesa que decía ser la princesa, raptada por piratas en el lejano oriente. No soy la princesa, ni Mary; me llaman Delcy, vivo en Los Ángeles, donde tiempo atrás me establecí con mi compañero.

Nunca voy a entender por qué en mi país no hicieron lo mismo con la costa atlántica. Chaplin se hubiera sentido a gusto ahí. Sí, hablo de Charles Chaplin. Lo conocí. Y también al señor Luis Buñuel. Rompí un árbol de Navidad con él en una fiesta. Eran tan simpáticos los surrealistas.

Ahora me la paso en mi casa, escribiendo, pero para mí, no para mi jefe, que después firmaba las obras como si fueran de él, pero eran mías. Escribí muchas películas, pero mi nombre no figura en ellas. Sí el de otras personas que nunca escribieron una palabra. O muy pocas.

Aquí tengo un jardín hermoso en el que siempre da el sol. A la noche, contemplo las estrellas entre las ramas, según donde esté yo plantada y los árboles.

Hubo un tiempo en que las miraba con Nancy, mi vecina, una mujer con alma de astrónoma, tan ultrajada por los hombres como la princesa Caraboo y no era una mentirosa como Mary Baker. Aunque no sabemos si Mary mentía. Es más, yo creo que ella era la princesa que creía ser.

Tengo árboles frutales, avocados, grapefruits, limones. Arbustos cuyos nombres desconozco pero que cuidé con esmero hasta que me entregué a la practica que Nancy me enseñó.

Tengo rosas, me encantan las rosas y tengo de muchos colores. Hay una que da flores amarillas que me regaló el señor Chaplin. Era tan generoso, especialmente cuando yo era joven. Como mi esposo al principio. Ahora cuido a mi manera de mi jardín, recibo cartas de antiguos admiradores, algunos todavía se acuerdan de mí.

La conexión con Nancy se dio mirando las estrellas. Porque cuando giré mi cabeza, hace ya unos cuantos años, ella estaba ahí, a diez metros de mí, mi hermosa vecina, en su jardín, con el cuello en alto. Igual que yo. Ese día señaló su oído con una mano. El gesto que hizo fue el de que escuchara. Pero yo veía porque no podía oír lo que ella oía todavía.

Antes de que Nancy me lo enseñara en su grabadora, yo sólo escuchaba el susurro de los árboles que se mecían como bañados por esa luna de plata, y no a las frecuencias que ella descubrió.

Pero siempre, antes y después de ella, me paseé por mi casa como si yo fuera una estrella de cine de las que viven cerca. El volado de mis vestidos acariciando la madera de la sala de estar. Antes lo hacía pero no era tan consciente de mis pasos, del sonido de la suela de mis tacos altos. A veces, cuando ya me los he quitado, el sonido de mi piel, de la planta y de los dedos pegándose y despegándose del piso. Eso se lo tengo que agradecer a Nancy.

Era una cubana hermosa, tez oscura y piel brillante como las hojas de los árboles en las que rebota el sol, como esos que enrojecen en la copa y que nos extasiaba mirar. Pasábamos las tardes juntas bebiendo cócteles. El esposo de Nancy se había suicidado tras perder su trabajo en la industria del cine. Aún así, no piensen mal de él; era un señor muy alegre. Nancy decía que de la alegría un día él se quito la vida. Que no crea eso de que las personas sólo se matan cuando están tristes. Por lo menos no era el caso de su esposo. Y la verdad que sí, era una hombre que hasta dejaba que Nancy pasara las noches en mi casa sin chistar. Es más, a la mañana la recibía sonriente en su cama, tarareando en sueños. Ahora sus palabras tienen más sentido. Nancy también casi siempre estaba sonriente.

Tal vez todo haya empezado cuando salíamos por el barrio a robar esquejos de plantas que luego plantábamos en su jardín o en el mío. Las más lindas iban al de ella. No me molestaba.

Primero tomábamos café helado, para despertarnos. La transpiración nos bañaba. Con nuestras mejores prendas, manchadas por el sudor, salíamos a rondar por el barrio. Los señores nos miraban detrás de los cristales de las mansiones.

Nancy me contó del sonido, del viento, por primera vez una tarde de verano.

No es lo mismo un gesto que un puñado de palabras.

Lo había empezado a oír en su jardín. Hacía una trayectoria horizontal a través de sus plantas y por eso sonaba a una frecuencia de unos cuatro mil hercios. El esposo de Nancy había sido sonidista en uno de los estudios, así que ella aprendió bastante sobre el sonido, y todo lo que aprendió me lo enseñó a mí. A veces se le opacaban los ojos y hablaba y hablaba de su esposo sin detenerse ni un poco. Repetía cosas técnicas. Creo que ella hubiera querido ser sonidista, también, y no una continuista del montón. Su relación con su esposo era uno de los raros casos donde la admiración no se trastoca en amor. O sí, nunca lo sabré. Odió afirmar con seguridad. Eso me gustaba de Nancy. Era asertiva.

Una noche me llamó, Delcy ven a mí, querida, e intenté en su jardín escuchar lo que ella decía. Imposible. Para mí eran sólo el susurro de la hoja de los árboles, pero ni siquiera los de ella, los que estaban en otros jardines más grandes.

Para mí comenzó a grabar con el magnetófono de su esposo el pitido. Ella decía que según sus cálculos los sonidos se repetían a unos cuatro mil hercios. En el living de su casa yo trababa de escuchar lo que ese gran aparato repetía. Según ella, tal vez yo pudiera escucharlo una vez que el sonido tuviera ondas más cortas. Gracias a mí mal oído, creía que ella había desarrollado una habilidad especial para oír lo que otros no podían.

Y una noche de ese verano hubo una tormenta. El cielo se partió en mil pedazos. El viento derribó algunas de las macetas que delineaban la separación entre la galería exterior de Nancy y el jardín. La noche que siguió, Nancy apareció en mi casa a las tres de la mañana y me hizo escuchar lo que había grabado. Un ruido más punzante, más sutil, molesto pero hipnótico, que debía estar clavado, según sus mediciones, a unos seis mil hercios.

En su jardín había rosales, pero también ranúnculos, cornejos, de tallo morado brillante como la piel de Nancy, y muchos helechos en macetas. Los helechos que habían sido derribados por el viento, que estaban en una hilera horizontal antes del camino que se adentraba en el jardín, fueron los que según ella, derribados, por ausencia y en contraste con las plantas que todavía seguían en pie más atrás, producían la nueva frecuencia. Por lo tanto, las demás plantas, más en el fondo de ese jardín, pinos y ciruelos, rodeados de jengibre silvestre, sostenían el pitido.

Pasaron dos noches y volvió a reproducirme lo que había captado en la grabadora de su esposo. Las repeticiones de sonidos eran más frecuentes. Cuando dimos un paso en su jardín, pude ver que el ciruelo estaba hachado. Sólo el débil tronco era iluminado por la luz tenue que provenía de la galería exterior.

Al lado de la puerta, frente a la mesita donde tomábamos a veces el café helado, Nancy ahora tenía colgando un cuadro que antes había estado en el living. Era un cuadro que le había regalado un fotógrafo de la industria a su esposo. Sí, creo que se lo había regalado uno de esos extranjeros tan cultos que se habían trasplantado con tanta destreza aquí.

¿Saben lo que hacía Nancy ahí, sobre aquella pintura? Escribía las frecuencia que escuchaba. La mujer esbozada en el cuadro, una deformidad de líneas replegadas, comenzó a desaparecer detrás de las notas de su lápiz.

La noche siguiente, decidí observarla escondida desde la cerca de mi jardín.

Nancy estaba escarbando en la tierra de un pequeño y achaparrado ciprés, que ella había plantado donde había una piedra con una inscripción que recordaba a su padre. Lo hizo hasta que extrajo una urna. Sabía que Nancy le había prometido  a su padre que lo enterraría en un jardín en un país desconocido, pero no sabía que debajo de esa piedra estaban los restos de aquel hombre fornido y moreno, cuya fotografía Nancy guardaba en su mesa de luz como un tesoro.  Vi como brillaba esa otra arena, una arena gris que eran los restos del señor Donosio. Se le fueron a la cara porque de repente el viento arrancó a soplar. Y siguieron volando hasta cruzar por detrás de mi nuca.

Me estremezco porque voy a contar lo que hizo Nancy.

Derramó las cenizas de su padre sobre su cabello largo, sedoso, oscuro, sobre su piel hermosa, lisura de brillo rojizo; dejaba que eso mancillara su cara, su cuello, sus brazos tan delgados.

Entre las hojas del arbusto, pude observar que las cenizas del señor Donosio caían en la boca abierta de Nancy.

No se lo pude perdonar. Sentí que las mejillas me ardían. Estaba aturdida y ni siquiera las enseñanzas de ese gurú al que íbamos en manada las mujeres de la vecindad cuando apareció de la nada, de la India, lograron arrancarme el deseo.

No le abrí más la puerta cuando venía para que fuéramos a robar plantas de otros jardines para enterrarlas en los nuestros. Me quedaba tomando mi cóctel a escondidas detrás de mi puerta, con mi vestido bamboleante. Ya no pude confiar en ella.

De repente, más o menos a las cinco de la tarde comenzaba un dolor que yo no podía aguantar. Sabía que ese dolor, como un patrón parecido al del sonido que decía oír Nancy, desaparecía a las ocho si yo era capaz de tomar varios tragos. Luego reaparecía nuevamente más o menos a las doce de la noche. Si es necesario, aún hoy, yo, que no soy la princesa Caraboo, ni Mary Backer, sino Delcy, me levanto del sillón, camino hasta la nevera, me sirvo gin con hielo, y el dolor vuelve a desaparecer. Es extraño. Así es como he dominado al mundo. Por lo menos al mío.

A veces río sola frente a la nevera, con mi mejor ropa interior, mientras me acuerdo de Nancy, de su cuerpo brillante en el hospital, cuando la tuve que ir a reconocer, porque se le dio por seguir otra frecuencia más alta, que le pareció tan esbelta, tan atrayente, más seguramente que esos nueve mil hercios inconstantes a los que había llegado con otra configuración de su jardín unos días antes.

Para eso había cercenado rosales, el olivo, y había atado con sogas, a la columna de su porche, las macetas con helechos para que el viento no cambiara lo que había logrado.

Ella decía que las ondas largas se convertían en cortas de una manera única, como si fuera un vals, el vals de lo imposible, lo llamaba. Cuando lo reprodujo, no me pareció un vals, sino una cacofonía bastante molesta.

Nancy en la morgue. Rígida. Incluso levanté la manta para observar por última vez aquel cuerpo. Sentí que un viento frío subía de la camilla hacia mi cara. Claro, fue mover la manta, como cuando una apoya la espalda en un almohadón que está pinchado. Parece que alguien nos soplara en la nuca, ¿no? Pero es el aire que el almohadón agujereado, como un fuelle, atrapa con fuerza y lanza hacia nuestra espalda.

Fue la noche que vi que andaba desplantando flores del jardín, desesperada, incluso desatando a los helechos. Yendo y viniendo del terreno al tablero, anotando, cambiando las plantas de lugar. Tenía una pala chica y otra grande. La chica era naranja y con esa removía la tierra. En un momento la revoleó y cruzó la cerca, casi me da en la frente.

Vi a Nancy meterse en la casa. Tan decidida. Parece ser que abrió la llave de gas y la puerta del horno casi a la vez, y reconoció que la frecuencia que tanto había buscado estaba ahí adentro. Ella, pobre, que decía que era el murmullo del universo.

Imagino que se creyó Alicia, cayendo a un agujero negro para entrar a un mundo donde las cabezas rodaban por las órdenes de una reina. Pero había perdido la suya.

Mi dormitorio quedó otra vez vacío. Como ella me había contado que había quedado el suyo cuando su padre murió, allá en su país tropical. A su esposo nunca lo había querido tanto como a su padre.

Nunca quise a nadie como a Nancy.

Por eso creo ser la princesa de Caraboo en las noches. Los piratas. Si tan sólo fuera verdad. Si tan solo fuera Mary y pudiera creerme la princesa. O si fuera Mary y la fuerza de la voz de la princesa me poseyera.

Hay algunos caminos que no valen la pena seguir, pero otros sí.

Luego de que me entregaran la urna con las cenizas de Nancy, comencé a experimentar con mi jardín, desde donde escribo esto.

He cambiado todas las plantas de lugar, hasta rompí la madera de la galería para que el césped creciera ahí también. Y los restos de Nancy están muy cerca mío; en la maceta de uno de sus helechos que me he traído.

Los sonidos son cada vez más maravillosos. En mi  caso, de repente es un ulular más grave que se convierte en una frecuencia que supera los diez mil hercios.

Tengo el cuadro de frecuencias de Nancy. Lo di vuelta y sigo anotando mis descubrimientos ahí. Primero, claro, cerré la llave de gas principal de la casa.

Una aprende en la vida, más después de saber lo que le pasó a Nancy. Estaba tan concentrada en ella cuando vivía, que no tenía oídos para lo que ella quería mostrarme sin ayuda de ese aparato horrible que quedó abandonado en su casa.

Yo no tengo a nadie que haya amado enterrado bajo la tierra de mi jardín. Tuve la precaución de poner a Nancy en una maceta de poco peso.

Más allá de eso, puedo sacar todas las raíces sin ningún contratiempo, sin aprensión. Alguna que otra vez aparecen los restos de antiguas mascotas cuyos ladridos o maullidos ya no recuerdo.

Una a una, extraigo las raíces, mientras las mojo para mantenerlas frescas, y las trasplanto lo más rápido posible.

Gracias a la jardinería, estoy en mejor estado físico que cuando era joven.

Gracias a esa frescura también, la concentración del viento, como lo atrapan las curvas, las sinuosidades de los troncos, de las ramas, de los hojas, para expulsarlo a gusto y hacerlo fluir de manera elíptica entre plantas, entre mis pies, mover mi vestido, crecer hasta alcanzarme la cara; eso hace que cierre los ojos y sueñe despierta, de pie en mi jardín trasero, viendo sonidos que suben y bajan.

Nunca imaginé que a la edad en que me estoy quedando seca como esos arbustos que trasplanto, y que ya no aguantan el sufrimiento, iba a encontrar tanta alegría.

 

por Adrián Gastón Fares (18 de Enero, 2019)

El cuento original

No fue fácil encontrarla. Días que se convertían en noches cotejando mapas, leyendo sitios de Internet, rebuscando para dar con las claves de un cuento infantil, de esos que sólo cuentan los padres cuando desean asustar a su prole, o quieren sorprenderla, sin sospechar las consecuencias que este tipo de cuentos puede tener sobre la viva imaginación de un niño.

Y cuando me hice grande, cuando dejé de leer libros de terror, de repente, un día, recordé el viejo cuento infantil. Todas las familias tienen su canción, como en La Perla, de Steinbeck, y sin duda todas tienen sus cuento. Las letanías corrosivas de estos cuentos, como los zumbidos, solamente son escuchadas por quienes los padecen. Pero a diferencia de ese descalabro que me afecta tanto, el tinnitus, el padecimiento del cuento estaba unido a cierto placer. Creo que todo me llevó a esa casa, esa tarde, en la costa atlántica, cerca de Mar de Ajó para que se ubiquen pero a la vez se pierdan, porque no se las voy a hacer fácil, porque para mí no lo fue, y las cosas que cuestan son las mejores dicen, y crucé la tranquera, para seguir el camino que me sugerían los sauces y los nogales hasta la puerta desvencijada en el frente de ese chalet californiano hundido por los vientos.

Es sabido que en la costa atlántica de Buenos Aires abundan este tipo de chalet construidos por los italianos pero menos se sabe que es un lugar mágico, plagado de entidades de difícil clasificación científica. Es la cercanía del agua, algunos dicen, de la humedad, la falta de bullicio. Pero toda la costa atlántica está plagada de seres que otros piensan que viven en otras alturas, como las de Córdoba, o en la cristalina belleza de Neuquén. Son cosas que averigüé en el camino de lecturas incansables que me llevaron a dar con la casa exacta. En foros de pesca, en foros de viajeros, hoy en día las claves están para quienes quieran buscarla y estén lo suficientemente locos para hacerlo, o sean apasionados como yo por las aventuras inusuales. Lo único que yo sabía con seguridad era que en ese lugar habitaba un ser descrito por mi padre como fantástico.

Sabía que al empujar la puerta iba a encontrar a una mesa con adornos florales, porque era la historia que contaba mi padre que a su vez le había contado su padre, y que cuando mi padre la visitó ya no había sólo un jarrón con las flores, la casa estaba un poco más venida a menos, pero había sumado un altar con incienso y deliciosas frutas frescas ofrendadas a una fotografía de un orgulloso hombre de campo. Y el ser que vivía dentro seguía apareciendo. Y mi padre también fue bendecido por la presencia radiante y fresca de un ente de difícil descripción, una ondina algunas veces que la contaba, otras una loca ciega, pero bella como pocas, que se había alejado del pueblo a su quinta para esperar a un amante que se había ahogado en su lancha en una tormenta en el mar. Cuando era más pequeño mi padre decía que era una sílfide, una especie de hada que le había dado un gran placer, yo podía entenderlo, porque una noche corrí en el barrio con mi grupo de amigos, durante una peregrinación de la misma Virgen, y había una niña que me gustaba, y jugábamos al ring raje y al llegar a mi casa me pareció que había vivido la aventura más maravillosa del mundo al lado de la niña más dulce que el cielo puede cruzarle a un niño, y soñé durante años con eso, más o menos hasta que la historia que contaba mi padre cambió de cariz, y de repente me vine a enterar que la princesa de la casa abandonada en el camino a Mar de Ajó, no era una sílfide ni un hada, sino una desquiciada que confundía a los raros visitantes de esa quinta con la vuelta de su amor perdido.

Así que ese día esperé impaciente, sentado a la mesa, mirando como el polvillo caía del cielo raso descascarado. Y la primera cosa rara que vi fue al tomar una fotografía.

El flash de la cámara iluminó la habitación y el polvo que parecía caer del cielo raso en realidad subía. O sea, las motas blancas claramente volaban hacia arriba en vez de seguir la gravedad y caer. Me di cuenta que no había razones para ese fenómeno y que el viento que entraba por el cristal roto de la ventana bien podía ser el responsable del remolino que hacía que las motas se comportaran así, aunque las puntas celestes del mantel de la mesa no se movían. Impaciente, observé mejor la mesa. El vaso de vino, la damajuana a un costado, como relataba mi abuelo según mi padre, las servilletas amarillas, como contaba mi progenitor que las había visto, el pedazo de pan negro, de cerámica, no era un pan real, si no esos que ponen de adorno en las panaderías, y los cubiertos, no tan brillantes como contaba mi padre, más bien sucios, con pedazos de algo oscuro que parecía ser sangre. ¿Y dónde estaba la sílfide o la loca de los placeres? Esperé, la sombra de una silla dispuesta en una esquina, al lado de una ventana, se estiró bajo el techo alto y triangular. La vi desplegarse en el suelo hasta que alcanzó mis zapatos (no iba a ir en zapatillas a encontrarme con esa entidad femenina fantástica)

Estaba siguiendo las reglas del cuento. Lo estaba haciendo bien. Pero la casa estaba vacía. Me iba a levantar, avergonzado por haberme creído esa historia pensada y compuesta para los niños, pero no, de repente, una de las puertas que daba a ese living comedor se abrió y una mano pálida tanteó el aire. Tragué saliva y me mantuve en mi lugar, aunque la mano tenía uñas largas y sucias, con tierra húmeda debajo, como si viniera de escarbar en la tierra.

La mujer, porque no me animo a descalificar a un ente infantil con otro nombre, y el de sílfide o loca ya no le cabe, sacó el cuello por la puerta, girándolo como si fuera de goma, y fijando la mirada acuosa de esos ojos donde yo estaba. La oscuridad no dejaba que pudiera ver su cara.

Como pude me mantuve en mi asiento y me convertí, como habían hecho mi abuelo y mi padre, en su amante recobrado, observando como sus pasos se acercaban hasta mi silla como lo había hecho antes la sombra, pero mucho más rápido. Pronto me vi oscurecido por ella y sentí sus manos que me palpaban el rostro y después vi el brillo de un solo colmillo en su dentadura, que iluminó a la vez su boca fruncida: debía tener noventa años. Me quedé quieto, apenado por el destino de lo que uno sueña, que siempre tiene que ser tan distinto a la realidad, pero aún con el objetivo de cumplir un rito familiar y complacer al ente que había agraciado a otros integrantes de mi familia.

Esperé el manoseo, que mis ropas cayeran al piso, que me poseyera como lo había hecho con mi abuelo y mi padre, hacía años que había entendido que el cuento terminó en el dormitorio de la ondina, digamos ahora porque suena más a charco y a barro, incluso ante la risa de mi abuela materna, que decía que su yerno deliraba porque la única que lo aguantaba era su hija, pero sentí que en vez de caricias me estaban atando las manos detrás del respaldo de la silla con una soga.

La luna llena se filtró a través de un tragaluz ubicado sobre la puerta y pude ver mejor la cara de la ondina, que olía a tierra fresca como la que tenía en sus uñas; no tenía noventa años, parecía una anciana porque estaba tan flaca que uno podía contar sus huesos, pero debía rondar los cincuenta o sesenta años. Y tenía la fuerza de una demente.

Atado a la silla, con la respiración de ese ser al que apenas podía ver, me entregué a su juego como si fuera una tradición que debía cumplir, en este país tan falto de tradiciones propias, quise inmolarme a la familiar, la única que conocía, la que me hacía sentir parte de una comunidad, como la que había perdido cuando una exnovia griega había retornado a su país con su alegre familia.

Y pensé que la violación iba a comenzar, los botones de mi camisa cayeron uno a uno, arrancados por esa mano delgada y bruta, y cuando la cabeza de la entidad descendió pude observar que lo que tenía en los ojos era una secreción que ocultaba dos agujeros con forma de ombligo. La nariz del ente era tan chata que parecían ser los orificios de una calavera. Estaba ahí, pero como una mala operación estética, había deformado la cara de la mujer, cuyos rastros parecían haber sido finos y bellos en el pasado, cuando no eran tan angulosos y cuando tal vez la nariz estaba, o era otra, y los párpados estuvieran cerrados quizá y no enrollados en esa forma tan particular.

Y entonces, cuando pensé que sus manos iban a bajar hasta mi cinturón, cuando imaginaba que iba a sentir el casi nulo peso de ese cuerpo sobre el mío, y la tela inmunda de ese vestido manchado de orina, que iba a ocultar el abrazo de caderas en el que íbamos a quedar ese ente ciego y yo, sentí que pegaba sus ojos a mi pecho.

Me sacudí porque un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero mi movimiento no era para escapar si no para descubrir cuál era el objetivo de la exsílfide de los cuentos familiares.

Al ser la nariz chata, sobresalían más esos ojos con párpados enrollados como una persiana metálica vieja y rota que el resto de sus facciones. Y fueron sus ojos y los pómulos de sus mejillas los que empezaron a rozar mi piel. Al principio sentí una especie de frenesí, de ganas de que el acto sexual que esperaba se consumara, medí mi duda porque tal vez los cuentos siempre son un poco más oscuros de los que parecen, y al final existía esa recompensa de la que hablaba mi abuelo, la que transmitió a mi padre.

Pero el ser siguió rascándose contra mi pecho, a veces más rápido, otra veces más lento, pero sin parar, y ya no era el viento que entraba por el cristal roto el que sentía sino el de esas fosas nasales, que solamente exhalaban aire caliente, y sentía también que me ardía la piel porque el ente no paraba de restregar su cara contra mí, y luego siguió haciéndolo contra mi cuello.

El aire empezó a enfriarse, la llegada de la madrugada no debía estar lejos, y el ser seguía empeñado en lustrar mi cuerpo con su cara. Luego encontró mis zapatos, me descalzó, me quitó las medias y empezó a hacer frotar sus ojos contra mis pies.

Me reí como un loco en ese momento, aunque el pecho y el cuello me ardían de tanta fricción y aunque al mirar hacia abajo había visto que la sangre manaba de mi pecho como si esa cara me hubiera abrasado con sus frenéticas caricias.

El calor comenzó a llegar a mis pies, mientras imaginé que la boca de la exsílfide, en la más completa oscuridad, sonreía y se deleitaba. Cuando vi que apuntaba hacia mi cara, que su idea era ahora restregarse contra ella lo más que pudiera, empujé la silla hacia atrás. El ser trastabilló, giró la cabeza velozmente y acercó los ojos al florero, al jazmín marchito que desfallecía en el cristal. Comprendí que las dos aberturas que estaban sobre su nariz no eran ojos, que la nariz no podía ser una nariz, que lo que estaba haciendo era oler con sus ojos para ubicarse y que por eso los había frotado contra casi todo mi cuerpo, de una manera no tan impúdica es verdad, pero lacerante. Cuando su dos agujeros vertiginosos volvieron a apuntar hacia mí, hacia mi cara, desaté como pude los nudos, esa soga que en el suelo me parecía un ojo ahora, y dejé al ente en el medio de la habitación. Giré la cabeza antes de cerrar la puerta y vi cómo caía al piso y luego se arrastraba hacia mí con bastante velocidad, como si esa fuera su forma de caminar por el antiguo chalet californiano.

Así que si deciden parar en la ruta en su camino a la costa atlántica en las próximas vacaciones, o si van y vienen por trabajo, recuerden que hay una casa, detrás de unos árboles, morada por un ciega que alguna vez fue hermosa pero que el tiempo ha cambiado. Y recuerden que como dijo un maestro de zazen, practica que me consoló del tinnitus y de la vida, el tiempo fluye del presente al pasado, y ese margen de tiempo es impiadoso con los bellos cuentos. Más que nada sepan que las tradiciones a veces piden un sacrificio que no estamos dispuestos a tolerar.

En cuanto a ellos, los seres que descubrí en mi búsqueda de una mujer cuyos sentidos estaban intercambiados, que olía con los ojos, pero que era real; ellos son otra cosa, no son de este mundo, no envejecen, pero sí se adaptan a las circunstancias, y es más difícil encontrarlos. Pero no imposible. Y tendré que buscarlos para poder contar mi propia historia a mis sobrinos, una historia que el tiempo no destiña, cuyo objetivo brille más que el sol de aquella mañana en la que me aleje del chalet californiano a toda velocidad, con el cuerpo dolorido por las heridas que me causaron los ojos de esa mujer.

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

La próxima. Cuento.

Las sombras de un atardecer opaco, ceniza, se cierran frente a él mientras encara otra vez la fortaleza donde termina el camino amarillento. Está el vendedor de mates, al que se acerca para preguntarle dónde está y porqué. Cuidador de cuidadores, domador de sueños, ingrávido y eterno morocho bordado de arrugas. El viejo le cuenta la historia del lugar, mezclando opiniones políticas y anécdotas sobre turistas borrachos y corridas de toros. En realidad le cuenta mucho más, pero Glande apenas puede escucharlo. Piensa que debería tener una camarita digital o algo por el estilo para grabar lo que cuenta ese viejo, la única persona en el mundo que conoce que está vendiendo algo y no le importa venderlo, le importa algo más que está, o estaba mejor dicho, justo donde empieza el portal con forma de arco de herradura. Pero cuando piensa eso ya está lejos del viejo, enfrascado en un nuevo intento de alcanzar la plaza contradictoria, con puertas enormes que invitan a entrar pero que están cerradas. Y eso que ya llega la noche y no tiene sentido querer entrar ahí. Pero igual se vuelve una y otra vez para encarar al viejo, que una y otra vez, cuando lo tiene enfrente, le cuenta las anécdotas de las jodas que se armaban en y por la plaza. Él apenas presta atención. Esa onda musulmana y española del lugar le da vuelta el marote a Glande, le hace hervir la sangre como la cercanía de una chica con activos rasgos árabes.

Agotado pero contento de estar respirando ese aire de lugar real pero a la vez posible, se acerca a la parada de colectivo a esperar uno que lo lleve cerca del puerto. Se le ocurre preguntarle al viejo otra vez, esta a los gritos, quién lo había hecho cruzar el charco y porqué. El viejo señala el amplio portal, donde Glande llega a discernir una melena parduzca que casi no se deja ver. Ese casi lo hace acercarse muchas veces más al viejo y a la antigua plaza de toros, yendo y viniendo como un borracho o un tipo hablando por celular en una esquina. Finalmente, se compra un mate.

Después Glande va feliz en el colectivo con su mate esférico, tallado y brillante como si fuera un mundo nuevo. Alguien sentado a sus espaldas le dice que mire atrás. Y ve la plaza fulgurante, inicial, repleta de gente, con toro y todo, y al viejo que, dejando su puesto de vendedor de historias, se acerca como en cámara lenta a las puertas que ahora están abiertas. La mujer parduzca abandona su escondite en el portal para ayudar a caminar al viejo, lo agarra del bracete, y juntos entran a la plaza. En ese momento, a Glande le da fiaca levantarse. Está feliz. Prefiere volver otra vez. Otro día.

Por Adrian Gaston Fares

Los dominantes

Cuando la ciudad se despertó con la niebla alta y el horizonte bajo, cuando la luna se tiñó de naranja por una semana, y otros rayos que no eran del sol alcanzaron la tierra, ellos surgieron. En ese verano yo tenía siete años y estaba jugando en la calle con mis amigos. La gente gritó tanto, que algunos se quedaron mudos para siempre.

Ese día, el mundo se pobló de fantasmas. Ahora, luego de la revolución, han encontrado esa manera tan horrible de hacerlos desaparecer otra vez, de atraparlos en esa dimensión que no es la nuestra ni era la de ellos.

Los maltrataron desde el principio ¿Qué esperaban? ¿Que fueran pacíficos?

Pero esto no es sobre lo que todos saben bien, sino sobre lo que yo viví cuando, muchos años después de esa tarde en que por primera vez se manifestaron, me encomendaron un trabajo de investigación con uno de los dominantes, Lady.

Cuando cumplí los tres años en la policía, me llamaron un día para presentarme a mi nueva compañera, una chica translúcida de unos veinte años, con frente amplia y ojos grandes, que prefería que la llamaran Lady, porque ya no era la que fue (con el tiempo averigüé que la forma dominante se había llamado Ana y que había muerto al ser arrollada por un colectivo; el vehículo la había empujado nada más, pero eso bastó para que Ana se rompiera la cabeza contra el asfalto)

Lady había sido criada en una comunidad de fantasmas en las afueras de Buenos Aires. Deben conocer una cuantas, pero estas tenían todas las tradiciones de ese tipo de comunidades; los espejos no existían en sus casas, la temperatura era siempre baja, se comunicaban con telepatía, y el silencio era tal, que se escuchaba a las ratas comer las raíces de los arbustos secos. Recién después de años de trabajar juntos, Lady me llevó a conocer a sus padres; nunca me sentí tan tranquilo como en ese lugar, con el murmullo de las copas de los pinos y esa gente transparente que, por más que fueran tantos en uno, te dejaban ver siempre lo que había detrás de ellos.

Lady apenas hablaba, como era común en la mayoría de los aparecidos, y si lo hacía su voz no parecía provenir de ella si no de algún parlante invisible ubicado en sus hombros. Así se escuchaba la voz telepática de los dominantes con más energía como el caso de Lady, que sonaba a Ana entera pero no era Ana nada más, según Lady me explicó.

Su voz era un chirrido como de silla arrastrada de punta a punta de la habitación. Es sabido que las almas hacen un esfuerzo para conservar la apariencia terrenal que alguna vez tuvieron, y el esfuerzo de Ana por ser Lady, o de Lady por quedarse en Ana, era tal que rara vez sus facciones de desfiguraban, y si lo hacían era para asustar, o para dejar ver la amalgama de espíritus que era ella, varios que ya se habían ido, hombres y mujeres, que eran comandados por Lady pero no la dominaban, por eso la forma que había conservado era la de una chica con pantalones de jean cortos, remera ajustada, pelo castaño que apenas rozaba sus hombros, y campera de cuero.

Así. Lady.

Ramón, nuestro comisario, nos encomendó visitar una casa donde los humanos estaban torturando a un espíritu común. Si no son policías, no van a saber cómo es este procedimiento, pero cuando un espíritu de la casa, de los llamados cautivos, que son sólo entes con la apariencia humana que tuvieron en vida, y que no son una amalgama de varios espíritus de atributos similares, como Lady, o sea el típico fantasma de otros tiempos, se siente amenazado por los humanos manda un mensaje de auxilio telepático a la comisaría a uno de mis superiores amalgamados. El subcomisario Jacinto, que fue el que metió en la policía a Lady, era un amalgamado; un dominante. Había entrado en la policía un año después de ese verano en que la tierra se volvió transparente y toda clase de entes comenzaron a aparecer. Era de los primeros, y como tal, nadie se atrevía a entrar a su despacho, ni siquiera el comisario Ramón, que era su jefe, pero que le tenía un terror reverencial al amable, pero horripilante, Jacinto.

Imagínense un espíritu dominante en un cuerpo explotado por una bomba en la guerra de Malvinas. Sostenía la cabeza en una mano, otras a veces rodaba la cabeza hasta sus pies y desde ahí repetía las órdenes que Ramón les daba. La oficina de Jacinto era una habitación repleta de trofeos de torneos de caza, de cascos de guerra y armas antiguas, de pieles de animales muertos, de comida pútrida que el hombre se empecinaba en comer aunque sabía que era un espíritu y no podía. Y otros espíritus luchaban por deformar su apariencia, varios compañeros de esa guerra e incluso soldados que habían levantado sus armas en otra época, cientos de años antes. El hombre realmente estaba en conflicto consigo mismo. Y con muchos otros.

Para ese primer caso, el amalgamado más horripilante de todos contactó de alguna manera con el compañero más etéreo de todos, el que realmente parecía una doncella salida de un cuento gótico de terror, o un hada malvada pero bella, por qué no: Lady.

Ramón nos pidió que nos mantuviéramos cerca de la casa de los Delano. Flavia Delano era un espíritu común que había muerto en un escape de gas junto a sus dos hijos. Los dos niños lograron formar parte de otros espíritus amalgamados, pero Flavia, con la culpa encima, quedó para siempre atrapada en la casa donde había muerto, cuyos nuevos propietarios habían transgredido la ley que decía que si había un fantasma común en la casa la convivencia debía ser pacífica, no se debía salpicar al espíritu de agua bendita, ni traer a religiosos, ni atacarlo con invocaciones desfavorables al alma sacadas de libros de dudosa procedencia. Todo eso habían logrado los dominantes para sus primos más cercanos y sufridos; los espectros a secas.

La soledad de este tipo de espíritus es tan grande, porque hay finas capas de realidad que los separan de los humanos y no tienen la fuerza de muchos que tienen los dominantes. Habrán visto alguno y espero que, si no era agresivo, lo hayan cuidado, porque si bien los amalgamados ya no están entre nosotros, sé que sigue habiendo espectros simples que habitan nuestras casas y otros que duermen en los estadios de fútbol, donde se sienten protegidos porque están acompañados por varios que sufrieron la misma suerte. Los que logran escapar de las casas que los limitan eligen los estadios porque cualquier otra casa los atrapa.

Cuando extraño a Lady, ahora, logro meterme en un estadio, prendo las luces, salgo al campo y cierro los ojos. Y ellos me hacen sentir su presencia. Es como si el estadio estuviera lleno de amapolas de muchos colores, que eran las flores que le gustaban a Lady. Pero ellos no son dominantes. Y no son Lady.

Aquel día, el primero para nosotros, estacionamos el auto en la puerta de la excasa de Flavia, un chalet californiano de esos que abundan en la costa, y Lady me pidió que le trajera una lagartija. Se estaba debilitando. Cualquiera de los otros espíritus que conformaban a Lady, y especialmente Astor, el más agresivo de todos, podría poseerla y tomar el control de su apariencia y de su accionar. Me mostró un lunar en la mejilla que Ana no tenía y que me aseguró que era de Astor. Nunca observé algo tan hermoso, un lunar iridiscente. Así que salí con el frasco, atrapé una lagartija, tarea bastante fácil en estos tiempos en Buenos Aires, y Lady logró clavarle una de sus uñas, la más larga, la de Ana. En un segundo la lagartija se desinfló y quedó reseca como esos sapos aplastados en la ruta.

En general los amalgamados pueden tocar a los seres materiales con algún miembro de su cuerpo y en Lady este era el dedo anular, con una uña larga, pintada de negra y partida. Ese dedo era la parte y el todo de Ana, más que la vestimenta y lo demás. El problema se da cuando tienen los sentidos intercambiados, y sólo tienen tacto en los párpados por ejemplo y, en cambio, ven a través de la epidermis de su torsos. Hubo casos así, difíciles, donde tuvimos que enfrentar a otros, temibles, amalgamados. Esa escuela infectada, por ejemplo. No quiero ni pensar en eso. Puede ser que allí hayan comenzado el fin de los dominantes. Mejor sigo en ese primer día que patrullamos la calle con Lady.

Cuando Lady se repuso, nos acercamos al chalet sin más dilación, ella adelante, yo detrás con una mano en la empuñadura de mi pistola, aunque no había peligro, pero tenía una familia en ese entonces, una nena hermosa de tres años, y mi mujer me dejaba verla todos los fines de semana, y quería seguir haciendo eso hasta que se terminara el mundo o me convirtiera yo también en un amalgamado o en un alma errante como la que íbamos pronto a conocer.

Lady levantó la palma de su mano; me detuve en seco. Ella siguió caminando hasta la casa. Una de las ventanas estaba abierta, se apreciaba la luz cálida de una pantalla roja de un velador, y una forma abultada, que coincidía con el aspecto del hombre de la familia de los nuevos ocupantes, un rechoncho médico. Lo que sabíamos era que Flavia había logrado pasar desapercibida hasta hacía poco, dos meses, cuando vio algo tan repugnante en la casa que su forma de espectro fue avistada por los niños.

En pocos días, había desaparecido un libro de exorcismos de una de las bibliotecas del barrio, y parecía ser que Flavia estaba siendo escupida y torturada de mil maneras por los nuevos habitantes de la casa donde había vivido y muerto junto a sus queridos niños.

Mientras Lady se acercaba a la casa, recordé que me había sonreído al conocerme, y fantaseé con que ella tenía miedo de que Astor lograra dominarla si se asustaba y yo saliera herido si eso ocurría. Los espíritus funestos como Astor son muy peligrosos, y más cuando están tratando de sobresalir y vencer a un dominante.

Observé a Lady como en cámara lenta; su pantalón azul desteñido, los contornos de sus piernas que en vez de piel dejaban ver unos malvones rojos y blancos que habían plantado en el frente del chalet, sus zapatillas lisas.

Me ordenó silencio, porque yo estaba masticando un chicle y lo hago de manera ruidosa, más cuando estoy nervioso. Lo tiré y me quedé mirando a Lady que pegó la cara contra el vidrio de la ventana para observar mejor al hombre.

Luego de un minuto, Lady me hizo una seña para que me acercara. Una mujer, que parecía ser la esposa del hombre, una rubia flaca, estaba entre los pies del hombre, cuyo cuerpo estaba reclinado hacia atrás. La mujer recuperó su altura normal, se sentó a horcajadas del hombre, que comenzó a levantarla y a bajarla como si fuera un juguete. Le dije a Lady que era nada más que sexo, que no era tan malo eso. Pero Lady alargó su mano para que la siguiera y me llevó hasta la ventana que estaba del otro lado de la puerta principal.

Se podía ver una habitación con dos sillones alrededor de una mesa ratona. En el piso estaban los niños del ingeniero, leyendo un libro que reposaba sobre la mesa. Comenté que todo estaba bien. Pero Lady negó con la cabeza. En ese momento vi como el lunar que ella atribuía a Astor brillaba. Me quedé mirando a los niños hasta que un golpe fuerte me hizo mirar hacia la ventana donde los adultos seguían teniendo sexo. Al girar la cabeza, y mirar a través de la ventana a los niños otra vez, escuché un grito horripilante y una cara deforme de mujer se pegó al vidrio.

En lugar de ojos Flavia, el espectro de la casa, tenía en cada una de sus cuencas nidos de araña, de esos que son como una cuevita, en los que de chico yo ponía un bicho bolita para que la araña apareciera y luego arrastrara a la oscuridad a su presa. A veces yo creía que esos nidos comunicaban a otro mundo, que lo que surgiera podía ser el doble de grande de lo que yo esperaba, yo creía que podía salir la pata de araña más grande que se hubiera visto jamás para tragarse entera a mi ofrenda. Ahora era como si después de años de esperar con paciencia que lo maravilloso asomara la cabeza, lo hubiera hecho con Lady, ese espectro que eran miles, y que yo tenía de compañero.

Lady me dijo que no temiera y me obligó a caminar hasta la ventana donde los padres de los niños estaban en plena culminación de su acto sexual. Los gritos del clímax de la mujer podían escucharse en la quietud de la noche de ese suburbio. Le dije a Lady que la puerta que daba a la habitación de los niños estaba cerrada. Pero Lady volvió a hacerme callar. De repente, otra vez apareció esa cara deforme, opaca, de espíritu común, con esos ojos anidados con telarañas. La cara de Flavia se dio vuelta, observó a la pareja y luego a nosotros. De uno de los agujeros de su cara donde debían estar los ojos salió una araña que quedó colgando frente a su boca, balanceándose para un costado y para el otro. La boca de Flavia escupía baba. Los labios apretados sugerían que el fantasma estaba llorando.

Lady se dio vuelta, compungida y debilitada porque había perdido esa energía que le daba coherencia como ente único, con poder sobre los demás que la conformaban, y traspasó con su cuerpo la ventana para posicionarse detrás de Flavia. Se arrodilló junto al espectro. Abrazó a Flavia. La contuvo. Por un momento, no supe si eran dos o una,

Salieron de la habitación y traspasaron la puerta hasta el living donde estaban los niños. El niño de más edad estaba leyendo un libro de gran tamaño y hojas amarillentas. Seguía con el dedo unas letras de estilo gótico y repetía en voz alta, cada vez más rápido, un sortilegio. Lady se quedó escondida detrás de una de las cortinas y Flavia no tuvo más opción que asomar su cara entre la de los dos de los niños, que empezaron a burlarse del fantasma. Habían logrado su objetivo. Que Flavia se materializara frente a ellos para echarle la culpa de la muerte de sus dos hijos.

La veían pasar. Reflejada en los espejos. Pero no les alcanzaba. Con el sortilegio congelaban al fantasma e impedían que se escondiera en el ropero o donde más le gustara. Ese mecanismo era la tortura que le inferían a Flavia. Y se reían en su cara, o por lo menos en lo que quedaba de ella, porque había olvidado la llave del gas abierta y los cerebros y los corazones de sus pequeños hijos, como el de ella, habían dejado de funcionar.

Lady con una mirada me contó que eso lo habían aprendido de sus padres. Quienes también la usaban a Flavia para que los observara durante el sexo. Y que la mujer se excitaba más cuanto más arañas salieran de las diminutas cuevas que eran los dos ojos del pobre fantasma.

Luego, mi compañera apartó a Flavia de los dos niños, no le costó dejar que otro ente la poseyera, yo creo que fue Astor porque el lunar parecía más grande y más vistoso, y la casa comenzó a temblar.

Las puertas se abrieron y cerraron de golpe. Los cuadros se dieron vuelta. Los sillones salieron como lanzados hacia las paredes. La lámpara roja del velador de la habitación donde habían tenido sexo los padres se desplegó y voló como si fuera un mapa escarlata hacia la pareja. La lamparita, desnuda, explotó. La mujer y el hombre se destrenzaron del abrazo que los unía, y fueron a constatar que sus niños estuviesen a salvo.

Con Lady escuchamos que les prohibían jugar con Flavia y les ordenaban que dejaran descansar a la pobre fantasma.

El ingeniero les quitó ese libro grueso que él mismo había robado de la biblioteca y entregado a sus dos pequeños. Lady tranquilizó a Flavia, que volvió a su armario.

Retornamos a la comisaría. Por debajo de la oficina de Jacinto se colaba una luz púrpura que indicaba que el hombre estaba luchando contra sus demonios. No entramos.

Mi compañera se sentía impotente por no haber alejado a Flavia de esa casa tan oscura en la que había quedado atrapada. Yo le comenté que eso significaría convertirla en dominante. Y ella asintió con la cabeza y me pidió que le trajera otra lagartija para aplacar a sus espíritus.

Así lo hice. Extraño las aventuras con Lady. Un detective con prosopagnosia, ese defecto que hace que no pueda reconocer las caras, no es lo más fiable del mundo y Lady me ayudaba con eso, hacía que yo no mezclara las caras, me advertía de mis errores. Y era una buena compañera.

Incluso un día conoció a mi hija. Pero eso ahora no se puede contar.

Por Adrián Gastón Fares

 

 

La piel del agua. Crónica de viaje.

En una de las vacaciones de verano, cuando trabajaba en una Obra Social, estaba solo, demasiado, y no sabía qué hacer con ese tiempo que me obligaban a tomarme en el trabajo, así que dos o tres días antes de la fecha que me había pedido, decidí anotarme en un viaje en grupo que ofrecía una estadía en unas cabañas en las orillas del Lago Nonthue, a unos treinta kilómetros de San Martín de los Andes. El Nonthue es una continuación del lago Lácar.

De entrada, en el viaje en el bus, me hice un par de amigos, uno de los cuales todavía conservo.

Las salidas eran largas y cansadoras. La más cansadora de todas fue el trekking en el Cerro Mallo, de pendiente pronunciada, seis horas de subida y seis de bajada. Los coordinadores hacían juegos, uno de ellos consistía en hacerte amigo de un árbol y abrazarlo. Para eso un compañero te guiaba con los ojos vendados hacia uno de los árboles. La cuestión era retornar algún día para saludar al árbol amigo.

Me gustan los árboles. Creo que toda familia tiene su árbol, y el de la mía es el olivo. Igual, no sé qué tipo de árbol abracé en el viaje.

Uno de los días, después de retornar de una excursión mañanera y almorzar, me acosté a dormir la siesta. Con el viento fresco que venía del lago y se colaba por la puerta de la cabaña en esa habitación mixta, se dormía con ganas bajo la bolsa de dormir.

Al despertarme, me pareció que el refugio estaba silencioso. Por mi pérdida de audición a veces no me doy cuenta de dónde proceden los sonidos. Me quedé dormido con los audífonos puestos pero el sueño fue tan profundo que no noté que en algún momento el bullicio de la gente jugando al vóley afuera amainaba. Después me dirían que me despertaron y que yo dije algo así como “ahí voy”, pero seguí durmiendo. De esto, ni enterado.

Al salir de la cabaña encontré el lugar vacío. Miré al cerro Mallo y todo era de una tranquilidad de lo más protectora. Pero, angustiado y medio nervioso, caminé unos pasos y me crucé a la señora de limpieza del albergue. El grupo había partido en el bus a una excursión al lago Hum Hum hacía diez minutos. Me quería matar ¿Qué haría esas cuatro o seis horas?

No era la mejor época para quedarme solo con mis pensamientos. Traté de dormir un poco más en la cabaña pero no pude.  Salté de la cama y caminé hasta la orilla del lago con “Levantad carpinteros, la viga del tejado” en la mano. Leí un poco y encendí un cigarrillo. Detrás de mí, separada del albergue, había una cabaña. Las gallinas andaban sueltas, dando vueltas de acá para allá. Ese día, el dueño de la casa, un hombre de unos setenta años, tenía compañía, y en la orilla del lago había unos chicos arriba de una canoa atada con una soga larga en el tronco que yo estaba sentado. Un perro también daba vueltas como las gallinas y se acercó a olfatearme. Un hombre con cara aindiada apareció y me pidió un cigarrillo. Le convidé y le conté que estaba solo porque perdí la excursión. Le comenté que debía ser lindo andar en bote en ese  lago. Me dijo que sus hijos estaban por salir, que fuera con ellos. No lo dudé y me subí al bote con una nena de unos seis años, un niño de unos once y una adolescente. El niño era el que remaba. La tenía muy clara. Cruzamos el lago Nonthue hasta una isla boscosa. Decían que por ahí había mapuches. De noche se veían luces del otro lado del lago, pero los turistas no sabíamos si eran luciérnagas o qué. Caminé un poco por la isla. La excursión en canoa me alegró el día y volví lleno de energía. Estaba seguro de haberla pasado mejor que mis compañeros del viaje.

Al retornar, a la distancia, el albergue se veía desierto todavía. Le agradecí al padre de los chicos el viaje en canoa. Estaba sentado, con su mujer, alrededor del dueño de la cabaña, que tenía un vaso de sidra en una mano y la otra sobre su rodilla. Me preguntaron si quería un poco. Les dije que no y me sumé a los mates que servía la mujer. Ya el sol había bajado y hacía frío.

El hombre estaba contando historias de rescates. Varios habían desaparecido en las excursiones de trekking, incluso un grupo de holandeses había perdido gente, y él era convocado por gendarmería para encontrarlos. Conocía esos lugares mejor que nadie.

Un nene había desaparecido y los perros de gendarmería buscaron en vano por el lugar, reclutando al tomador de sidra para la búsqueda, cuyos perros llegaron a un lugar donde se detuvieron. En ese momento, no encontraron nada.  Meses después lo encontrarían muerto  al niño cerca de ese lugar.

Cada vez que alguien salía de excursión de pesca y desaparecía era a él al que llamaban para que rastreara el lago y encontrara lo que había que encontrar. Así pasó con un pescador. Él lo encontró y lo tuvo que enganchar con sogas para sacar el cuerpo hinchado del fondo del lago. Gendarmería no sabía cómo sacarlo. Quise saber si había visto alguna vez algo raro. Dijo que sí, pero que no quería hablar de esas cosas porque lo iban a tomar por loco. La mujer, creo que la nieta del hombre, lo animó a soltar la lengua.

Contó que una vez iba en su canoa, y vio que una forma gigante lo perseguía bajo el agua. Trató de no mirar hacia atrás, pero la forma, con el color de la piel humana, rodeó su embarcación. Siguió remando para alejarse y la forma lo siguió hasta que, de repente, desapareció. Después de ese día, empezaron las pesadillas, mucho peores que la persecución real.  No podía dormir de noche. La forma que había visto se repetía en sus sueños. Dijo que a él le pareció que había un pueblo bajo el agua. Sus pesadillas tenían que ver con eso. Una suerte de inversión del bosque.

Su obsesión con la forma que lo persiguió duró años, y parece que el hombre jamás se recobró del todo de ese viaje, nunca más pudo dormir en paz. Había gente viva bajo el agua. Además de los muertos que solía desenganchar del fondo del lago.

Un forma con piel humana. La descripción es vaga, pero es lo que el hombre dijo. Contaron historias del camino de Neruda, de la construcción de un museo del Che Guevara en San Martín de los Andes, que había construido el esposo de la nieta del hombre, el que me invitó al viaje en canoa. También el hombre había domesticado a un jabalí, que termino matando, para hacer no sé cuántos kilos de chorizo.

Ya casi de noche, una chica vino corriendo desde el albergue a buscarme. Agradecí la compañía a los presentes y volví con el alegre grupo de turistas.

Sin tacto.

 

 

Algunos dicen que no se puede cambiar,

que hay cosas que nunca van a pasar,

pero las cosas que

auguran

que nunca van a pasar

pasan seguido

y los que decían eso no saben ya

qué decir.

 

No es imposible.

Uno se puede ir y puede

volver

esto es posible

En el mundo.

Hoy.

Siempre pasó,

pero hay pocos testimonios

porque lo que cambia se va,

se ausenta de un día para el otro,

como aquel hombre del que Josep Pla escribió

que dejó su pueblo,

solo,

con los reveses en su espalda,

pesando toneladas,

con la gente murmurando,

pero aquel hombre

simple

dejó su pueblo

no tan simple como él

pasó por la fuente del pueblo

bebió el agua por última vez

y partió

para nunca volver.

 

Esto es sobre el chico,

el muchacho

cambiador

No podía sentir

El sentido del tacto lo tenía muerto

como otras ilusiones

Pero un día descubrieron como hacérselo funcionar

Un científico lo hizo

Un científico loco quizás

No lo sabemos

Pero logró que el chico sintiera

Y entonces el chico rozó las palmeras con las manos

Frotó naranjas contra su piel

Sintió su propio cuerpo y el de los demás

El respirar de su perro en su cara

Lo despertó

Y la felicidad que sentía era tan grande que el chico

Que en realidad no era tan chico

Se sintió joven otra vez

Se descontó años

Multiplicó los suyos por

Cero

Coma

Siete

Y pensó

Que ahora que sentía al pasto doblarse cuando se recostaba sobre él

con la espalda

desnuda

A sus propias lágrimas derramarse sobre su cara hasta llegar

a su nariz

Pensó que si alguien podía devolverle el tacto,

entonces el podía pensar hasta llegar a lo impensado

y lo hizo.

Llegó.

Y me dijo

Que había cosas que ya no podía volver a sentir

Porque ya no estaban

Las que sólo sentía en los sueños

Y esto lo enfrentó con una pared

Una pared de sentimientos hechos con ladrillos

como las que levantaba su abuelo

cuando era chico y la vida parecía

larga

insensible

y había otras paredes

de colores de luces de ciudades ya descubiertas pero desaparecidas de bichos bolitas y de animales que corrían en el claroscuro de algún  bosque que no era bosque pero que para él lo había sido

Ojo con los bosques que no son bosques pero que para uno lo son

porque cuando desaparecen y sus árboles se secan

uno cree haber estado ahí

en lo imposible

Punto.

Entonces yo le dije

Que era como un Úlises

Un Úlises que volvía a Ítaca

Sin una Penélope que lo esperara

Y eso le dolió

le dolió como las cosas que son simples y reales

Como un Quijote sin caballo

Como un río sin cauce

Y se calmó y sonrió

Nunca entendí por qué

El chico ahora sensible se calmó

Cuando le dije algunas cosas terribles.

Y se lo dije.

Te dije cosas terribles para que entendieras

Que yo siempre sentí todo pero que era y soy como vos.

Lo que te pasa.

Lo sé.

Lo sé muy bien.

Lo que te pasa, querido.

Y me contestó que él quería ser terrible también.

Que era su derecho

Y que lo ejercería a gusto.

Y jamás lo volví a ver

pero en la noches que no llueve

pero que debería llover

a veces creo que el chico está cerca

bañándose en la agua

que debería caer.

 

por Adrián Gastón Fares

Brújula de guiones y escritos míos

Un sumario de lo que he escrito hasta el momento. No nombro los que me parecen que fueron ejercicios.

Novelas

Intransparente

El nombre del pueblo (tal vez un ejercicio)

Cuentos

ver Indice de este sitio

Relatos

Kong

Poemario

El joven pálido y otros poemas

Guiones

Mundo tributo

Gualicho / Walichu

Mr. Time

Las órdenes

El mochilero

La venta

Ojalá

La sociedad de los parientes asesinos (serie)

El Buscavidas. Cuento.

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

Por Adrián Gastón Fares

El encierro maravilloso. Joven pálido.

 

We are lost in the marvellous prison
and theres is no reason..

El joven pálido pensaba en el poco inglés
que sabía, el de las canciones…
Así que se inventó una.
La arboleda y el camino de tierra
se hacían más reales,
gracias al peso de la mochila.

Peso suficiente,
inesperado
(nunca había pensado que iba a terminar llevando eso por los senderos rústicos de su país),
en la cabeza y en la espalda.
Vayamos de frente lo que el joven pálido iba a hacer,
era buscar a la madre de su hijo.

Hija de un estanciero.
Mientras el joven pálido bajaba de la camioneta que lo acercó al pueblo,
la chica arrancaba zanahorias de una huerta.

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La casa de Orlando. Cuento

Fotografía tomada por el autor

Al jubilarse, el solitario albañil Orlando levantó una casa en poco tiempo. Los techos altos, las ventanas anchas, el recibidor chico, la cocina luminosa, el dormitorio cálido, el baño grande.

Cuando la terminó llevó una silla de mimbre al recibidor, donde se quedó mirando complacido la calle vacía. Esa misma tarde compró un enano de yeso a un vendedor callejero que ubicó al lado de la silla de mimbre.

Ya no tenía que trabajar así que leía el diario, tomaba mate y jugaba solitarios. Solamente hablaba con su perro. Lo maldecía porque atraía a otros perros a la puerta de la casa.

A veces, también le hablaba al enano.

Un día, por salir a echar a los perros, Orlando encontró un espejo de maquillaje en la puerta. Lo tiró a la basura, pero a la semana encontró otro. También pensó en tirarlo a la basura, pero notó que el espejito tenía una firma: un beso rojo profundo.

El albañil Orlando decidió, entonces, hacer algunos cambios en su casa.

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Padrastro. Cuento

Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.
Este cuento se llama Padrastro. La fotografía que lo acompaña, de Paul Camponigro, fue una inspiración para un pasaje del guion de la fantástica Mr. Time.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

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La nena de los velorios

 

Me atiende un viejo moreno, bajito y con anteojos. ¿Por qué no usa él esas prótesis que me va a vender? Parece simpático. Al costado del mostrador hay unos asientos delante de un espejo que cubre toda la pared. Receta, dice mientras me señala uno de los asientos. Revisa la receta, revuelve unas cajas sobre una repisa y saca unos estuches de plástico. Mete un dedo y lo alza con una fina baba pegada. Lentes de contacto, lentillas, de la mejor calidad.

Ni se notan, dice y agrega que debo tener paciencia con el asunto. Paso número uno; abrir grande los ojos; dos, mirar fijo adelante; tres, prohibido el pestañeo. El último era el más importante. Se acerca y me dice que abra grande.

Listo. Pestañea ahora…, así…, muy bien. Me echa unas gotitas. Seguí pestañando. Ahora el otro. Se acerca y hunde su dedo en mi ojo izquierdo. Se me caen los mocos y el viejo me alcanza un pañuelo. Me deja un rato solo y vuelve. Se sienta y me dice cabeceando complaciente: acordate que es un objeto extraño en tu ojo. Mientras tanto mis lagrimales no dejan de chorrear y siento como si tuviera espinas clavadas en los ojos. Miro con cariño a mis anteojos sobre la mesita.

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Buenos días, Sr. Presidente

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

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La más buena

 

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el volumen de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clona para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

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La madrastra

 

Bocetos de Sebastián Asato para Mr. Time.
Diseño de personajes. Bocetos Mr. Time, de Adrián Gastón Fares. Ilustración de Sebastián Asato.

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi pranaestá bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

El animal sumergido

 

Este cuento fue publicado con el nombre: Agua en movimiento.  Creo que el título El animal sumergido, le hace más justicia al cuento. Salpica una gota de ironía.

El animal sumergido

Cuando la sombra gigante llega, Lucía despega el dedo índice del vidrio y retrocede. Gira la cabeza para ofrecerle a él, cruzado de brazos, una sonrisa temerosa. Una empleada la agarra de la mano y se la lleva a recorrer el parque.

Ahora Guillermo está  sólo con Juana, la sombra. Piensa que en unas horas tiene que dejar a Lucía en la casa de su ex esposa. Nunca en la vida se le había ocurrido que una serie de situaciones desafortunadas iban a terminar en la separación. El golpe del sinsentido, de la suma de hechos que deshacen algo, era como recibir una piedra en la cabeza. ¿De dónde había caído? Produce la nada por un tiempo largo. Y la nada pesa.

Era como si la anduviera arrastrando por toda la ciudad. Nada por aquí. Nada por allá. La nada en sus ojos. La nada reflejada en los ojos de los demás. Reconocemos tu nada. Otra cosa era detenerse y ponerse a juntar los pedazos del derrumbe. Se volaban. Algunos se los alcanzaban, pero él sabía que no eran los suyos. Pertenecían a otra destrucción.

Lo único real que Guillermo veía, además de la lucha con su nada, era esa orca, maciza y resbalosa. Siempre había extraído de su trabajo las fuerzas para aguantar este tipo de contienda. Observar a estos animales que en la antigüedad eran, probablemente, los seres fabulosos de otras culturas extintas: sirenas, krakenes, leviatanes.  Conversar con ellos en su idioma oculto. ¡Qué privilegio! Ser invitado, con todo pago, al castillo del rey Ryujin.  Pocos pueden tolerar que otros tengan una profesión tan maravillosa, pensaba Guillermo.

Tenía que descubrir por qué ese animal, cuyo ojo pétreo lo observaba embutido en un cuerpo suspendido como por hilos transparentes desde la superficie, había matado a una entrenadora.

Había ido a la casa de los padres de la joven fallecida. Averiguó que era soltera, sin hijos, egresada de varias carreras, que incluían las artes circenses, los arreglos florales, la cerámica, fotografía, la administración hotelera y el turismo, y finalmente la escuela de entrenamiento de mamíferos marinos. Había nacido ciega de un ojo. Su madre dijo que siempre la trataron como si tuviera los dos sanos. Hacía diez años que la chica no tenía novio, para su hija habían terminado de común acuerdo, pero él se había alejado. Era un buen muchacho, fueron las últimas palabras de la madre, antes de largarse a llorar.

En estos momentos donde los derechos y las necesidades físicas y psicológicas de los animales se defienden en las redes sociales más que las de los seres humanos, a Guillermo le sorprendía que las medidas reglamentarias del tanque que contenía al animal no se hubieran respetado. Era la única explicación posible, mensurable. Eso, y el detalle de que un entrenador anterior la había sobre exigido. No la premiaba por las piruetas simples y demandaba que hiciera saltos imposibles.

El gerente del parque le había asegurado que los tiempos del entrenamiento del animal habían sido respetados. Juana sobresalía en inteligencia. Habían comprobado que su memoria era superior a la de otras orcas encerradas en parques marinos. En los atardeceres era un placer verla jugar con los perros.  En su tanque flotaban varias pelotas pero ella le lanzaba a cada uno la misma. Al dogo, la roja; al mestizo, la azul; a Cande, la ovejera, la naranja. También era sinéstata, si un entrenador le mostraba un número, el animal se sumergía para tocar en el piso del piletón una lámina de un determinado color. Por ejemplo:  7-naranja, 10-azul, 3 verde.

Ahora él, como perito psicológico de animales en cautiverio, debía decidir si la sacrificarían. Siente que le tiran de la manga de la remera, se da vuelta y descubre a su hija.

–¿Dónde está?

–En la otra punta de la pileta… la vez…ahí… al final del pasillo…

Lucía sale corriendo por el pasillo gris para ir a encontrarse con Juana. Aparece una terapeuta holística, una de las precursoras en el uso de esta práctica para la terapia con animales. Lo saluda y camina hasta el fondo del pasillo, hasta situarse al lado de su hija, a la que da un beso. La alza y la deja a la altura de la flotante Juana. Lucía grita, no se sabe si de alegría o de terror.  Con los compases de la La belle Hélène de Offenbach inundando el parque desde los parlantes del subsuelo, la profesora posa las palmas de sus manos sobre el vidrio, como si estuviera empujando un camión, pero sin esfuerzo.

Al minuto, la orca se aleja del vidrio, pega un salto en la mitad del tanque, que deja entrar un rayo de sol al romper el agua, y luego nada velozmente hacia Guillermo, que pensaba en la madre de Lucía, y ahora no puede creer que le hubieran encargado juzgar a ese animal.

Lucía lo llama. Guillermo camina por el pasillo hasta la otra punta del mirador del tanque. La bestia negra vuelve para dejarse imponer las manos de la terapeuta. Su hija sale corriendo, y estirando los brazos, posa las palmas de sus manos contra el vidrio como si fuera una ventosa. Pega una mejilla. Cierra y aprieta los ojos.

 

por Adrián Gastón Fares

Las mil grullas

Prólogo

El cuento corto Las mil grullas tiene personajes ficticios. Pero el contexto y la historia son reales. los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki que emigraron a Perú, Argentina y Brasil eran hasta hace poco visitados por médicos de Japón para seguir su evolución. Me han contado ciertas peripecias de estos médicos.

En el cuento aparece la niña Sadako Sasaki, cuya historia podrán encontrar en Wikipedia. Por ella viene a llamarse así el cuento.

Admito que la trama, distinta antes, la pensé para hacer un largometraje independiente. Tiene elementos que se prestan al cine, al largometraje….

En este link podrán informarse más sobre el contexto radiactivo de Las mil grullas:

https://www.clarin.com/mundo/hiroshima-70-anos-bomba-atomica-sobrevivientes-hibakusha_0_HJEglBtPXg.html

La imagen destacada la recorté del libro Monster Origami, de Duy Nguyen. Un libro que explica cómo hacer origamis de… monstruos. Este es el link para comprar el libro que me pareció divertido. Link:

http://a.co/1w7fbMp

Las mil grullas Photography Book Monster Origami Duy Nguyen

 

Lástima que no tengo tiempo ni paciencia para el arte del origami ahora.

Iré compartiendo ciertas rarezas editoriales que voy encontrando en mi camino de pulga de librerías reales y virtuales.

Con humildad, dedico este cuento a Isao Takahata.

LAS MIL GRULLAS

Los esperaba la guía turística, una nikkei, para escoltarlos a un coche que los llevaría a un hotel, ubicado en Recoleta. El doctor Nagao y el doctor Tanaka rayaban los cincuenta años. Era la primera vez que venían a Buenos Aires, de parte de la organización Nihon Hidankyo, para censar a una hibakushaHibakusha significa sobreviviente de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Ni bien se subió al coche, Nagao, de anteojos y entrecano, le preguntó a la guía turística dónde podrían comer carne argentina. Tanaka, de pelo bien negro y aspecto mucho más juvenil que su compañero, miraba por la ventanilla del coche y callaba. Pensaba en su hermana que vivía en Buenos Aires. Debía visitarla y tenía miedo de verla después de tantos años. Apenas hablaban por teléfono. La esposa de Tanaka decía que su hermana, una mujer acerada, le iba a pedir la parte de la venta de la casa familiar que le correspondía.

Le dieron una propina a la guía y subieron a sus habitaciones. En el pasillo se saludaron con una inclinación de cabeza y se separaron. Al otro día se dirigieron, con la guía turística, al barrio de Olivos. La guía tocó el timbre. La mujer, Sadako, de 86 años, abrió la puerta y los dejó pasar. Caminó lentamente, encorvada, hasta un sillón al lado de una radio antigua, y se sentó. Tanaka rellenó unos formularios mientras le hacía preguntas a Sadako. Nagao, a su vez, le tomaba la presión. Era la única sobreviviente, reconocida oficialmente, que quedaba en la Argentina. La mitad de su cuerpo era una telaraña, surcado de cicatrices menos llamativas que las arrugas que tenía el resto. Su marido había muerto. Sadako les repitió varias veces eso a los médicos y les señaló la repisa, donde estaba el altar con la foto de un japonés sonriente, acompañada de una fruta, un mango, y una tacita de té. Ella también quería morir le dijo a Nagao. Ya había vivido demasiado. Sus amigos también habían muerto. Sadako bromeó sobre su nombre y el de su tocaya, otra sobreviviente de Hiroshima más famosa, la niña que había plegado mil grullas. Según una leyenda japonesa, plegar mil grullas concede a una persona cualquier deseo. Ella, a diferencia de la niña, había construido tres. Tanaka le extrajo sangre. Antes de dejarla hundida en el sillón, recibieron dos de las grullas, que según el deseo de Sadako, debían llevar a Japón y exhibirlas en sus casas. No quiso recordar el día de la explosión, porque decía que cada vez que pensaba en eso se volvía más ciega.

Trabajo hecho, le dijeron a la guía y le preguntaron otra vez dónde podrían comer carne argentina y ver algo de tango. Fueron a un restaurante los tres, comieron un poco de un bife duro. Nagao pidió un whisky para acompañarlo. Luego fueron a una milonga por San Telmo y Nagao dio unos pasos confusos de baile con una argentina de la que se enamoró al instante. Tanaka no quiso participar y escuchó y observó, sin dejar de tomar cerveza. La guía los dejó en el hotel y les advirtió que si salían al otro día tuvieran cuidado con sus pertenencias, que las dejaran en la caja fuerte del hotel.

No esperarían al otro día. Apenas la guía se fue, Tanaka y Nagao se unieron en el pasillo del hotel y bajaron la escalera para escabullirse en la ciudad. Guiados por un taxista, fueron al Bajo, a un pub irlandés donde siguieron bebiendo whisky y cerveza, y observando a las mujeres argentinas. Apenas intercambiaron un par de palabras. Una escort que estaba en la barra se les acercó y les dijo en inglés lo que les ofrecía. Thank you, contestaron y nada más. Siguieron prendidos a sus copas, hasta que empezaron a sonreír solos, cada uno pensando en lo suyo, en recuerdos, en otros viajes.

Al otro día, Tanako fue acompañado con la guía hasta la casa de su hermana, en Burzaco. Se saludaron y se sentaron frente a frente en una mesa cuadrada de vidrio. La guía esperaba en el coche con el chofer. Yoko, la hermana del doctor Tanako, era algo más joven que él. Los ojos se le humedecieron al verlo pero pronto sintió que era un extraño. Tanako le entregó las semillas del mizuna que ella había pedido al saber de su visita. Un gato daba vueltas por la casa y se pegó a las piernas de Tanaka, que aguantó esa tortura, estoico. Odiaba a los gatos, les tenía alergia. La hermana de Tanaka no perdió la oportunidad de pedir su parte de la casa de Japón para sus nietos. Tanaka dejó en claro que no la habían vendido todavía porque su madre vivía en un geriátrico y se negaba a cualquier transacción con el inmueble. Era mejor escaparse de ahí cuanto antes.

Ya en el coche, la guía quiso saber cómo había encontrado a su hermana Tanaka. Le contestó que la persona que había visitado ya no era su hermana. A la vuelta, encontró a Nagao con su vaso de whisky, sentado en el restaurante del hotel. Al otro día volarían a Chile, a censar a otra hibakusha. Decidieron salir a caminar por Buenos Aires. Encararon la calle Corrientes. En una esquina una moto pasó rápido y el hombre que iba en el asiento trasero le arrebató el Rolex a Nagao. Apenas pudo reaccionar.

¡Eso debía notificarlo! Tenía que avisarle a la agencia de turismo que la guía no les había advertido sobre el robo de relojes. Pero lo haría cuando estuviera en Chile, o mejor en  Japón.

Encima había una marcha, la gente venía caminando por la calle con banderas. Era marzo, y la guía les había dicho que era el aniversario de un golpe de estado.

Nagao, tenía una antigua amante en Buenos Aires, una estudiante de medicina. Saludó a Tanaka, que se volvió al hotel y se dirigió a un departamento de la calle Callao. Habían mantenido una correspondencia vía email con Yoriko. Él averiguó su dirección, era traductora literaria, fácil de rastrear. Entró al edificio directamente porque la puerta estaba abierta, el portero en la vereda charlando con un vecino, y llegó al tercer piso donde tocó el timbre. Yoriko le abrió la puerta y se le escapó un grito. Con los ojos bien abiertos lo invitó a pasar a Nagao, pero le advirtió en japonés que en la pieza estaba su novio, un argentino. Tomaron el té y el novio no tardó en unírseles. Le preguntó a Nagao sobre su trabajo, cómo había encontrado a la viejita. Pero después de un rato, cuando reconoció el silencio y las miradas cómplices de Yoriko y su ex profesor, el novio apartó su vaso de té verde de un manotazo y lo acompañó hasta la puerta, donde le pegó un empujón que lo dejó en la mitad del pasillo. Nagao estaba furioso con Yoriko, para qué le había escrito todos estos años si tenía un novio.

Tomó un taxi hasta el hotel y se pidió un whisky en la barra. ¿Dónde estaría Tanaka? Se sentía solo y humillado. Volvió a su habitación y acomodó las camisas en el bolso. No sabía dónde guardar la grulla que le dio la viejita para que no se estropeara. Cortó una botella de agua por la mitad, la acomodó adentro del culo de la botella, y encastró la parte superior. Al bolso. A las tres de la tarde se encontró con Tanaka en el hall del hotel. Ahí estaba otra vez la guía, que los acompañó hasta un taxi. ¿Y les gustó la ciudad?

A la mitad del trayecto en taxi, Tanako se dio cuenta de que había olvidado su grulla en la mesa del televisor de la habitación del hotel. Mientras Nagao miraba por la ventanilla, Tanako arrancó una hoja de un cuaderno y comenzó a doblarla con mucha precisión para armar un ave de papel. Al terminarla, se la mostró a Nagao, que la tomó en sus manos, abrió la ventanilla de su lado, y la arrojó.

El doctor Tanako sonrió, arrancó otra hoja, y empezó a doblarla.

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por Adrián Gastón Fares

adrian@corsofilms.com

 

Lunes de Zombiada

Mientras sigo resumiendo Mr. Time, aquí va La zombiada, uno de mis cuentos más viscerales (no es una metáfora)

La zombiada

Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.

Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un “Gracias”, en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.

Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.

Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.

Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.

Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.

Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.

Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.

Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.

Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.

Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.

Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.

Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.

Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.

Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.

Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.

Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.

El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.

Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.

El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.

Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.

Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.

Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.

El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.

Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.

Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.

Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.

Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.

Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.

Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.

Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

Padre

Scouting Walichu Buenos Aires fotografía tomada por A. G. F.
De las historias de terror que escribí, Padre es una de las que pensé como cortometraje de ficción (de hecho, Una de terror, es el título de un cortometraje de tres minutos que nunca filmé; otra historia, que no es de terror). No suelo hacer eso porque no me gusta mezclar la literatura con el cine. Cuando vi que no daba para un cortometraje, entonces busqué una voz que la contara. No quiere decir que no se pueda adaptar al cine, pero deberíamos ver bien cómo.
Para no caer en lo ya dicho, apuntaré para otro lado.
Digo, en el género literario (cuento, novela) es importante la voz narrativa y en el género cinematográfico (en el producto película) los ojos y los oídos (¡y el espacio!)
Si no me equivoco hace seis mil años que empezamos a escribir. Más allá de Edison y los Lumiere, el cine en su formación debe tener unos doscientos años, si tomamos como punto de inicio el poder duplicar imágenes de la realidad y ¡comentarlas! (la fotografía)
Otro error muy común, sea la película que sea, incluso las que tienen mejores críticas, pero que muy poca gente conoce, las que no son populares, es el mal uso de las repetición, del sistema de imágenes y de las subtramas. Algo interesante para tener en cuenta es ver el documental de Disney Signature,  El reino de los monos (está en Netflix). Puede ser un punto de partida interesante para una discusión sobre el guión y su ¿naturaleza? ¿Será una de las mejores ficciones este “inocente” documental? Quien quiera aprender algo sobre contar historias, el cine y el guión, que lo vea. No creo que le venga mal.
Dicho esto, estoy preparando un post sobre cómo escribir para largo (cómo escribir un largometraje de ficción) pero no hablaré de puntos de giro, de construcción de personajes, de vueltas de tuercas (hay muchos libros sobre eso), sino que me centraré en el flujo de trabajo propicio para llegar a tener una historia larga que no subestime, ni engañe (malengañe), al espectador. Lo demás es responsabilidad de cada uno.
Mientras tanto, les dejo Padre un cuento que publiqué el año pasado.

Padre

Abuela, desde su sillón, al lado de la pantalla solar, todos los viernes nos cuenta una historia. En el piso un ovillo de lana violeta, al lado uno amarillo, los dos trepan hasta su panza, donde reposa un atrapasueños. Aunque decir panza para mi abuela no. Es muy flaca ella y la remera se pega a sus músculos.  El último viernes nos contó la historia de los Desmodus. Una compañera de la Policía se la había contado. La voz de mi abuela no es como la de las demás abuelas. Es un poco grave. Ella usa una peluca que la convierte en una mujer trigueña. Pero mi abuela no es una mujer. Ya cuando era policía no era una mujer pero le gustaba transformarse, como ella dice.

Nos dice, si yo pude hacerlo, convertirme en lo que yo quería, ustedes pueden lograr todo lo que se propongan. Solamente tienen que desearlo mucho. A veces dice su verdadero nombre, que no es Amalia, sino Alfonso, y lo remarca con la voz más grave, para asustarnos. Dice: Soy Alfonso y les voy a pegar. Pero mi abuela no es Alfonso. Aunque ese nombre figure en su partida de nacimiento.

La historia que nos contó hoy es la de una niña que espera a su padre, arañando la puerta, como un gato. Lo espera sentada en el piso frente a la puerta. Escucha los pasos desde que pisa el primer peldaño de la escalera porque tiene los sentidos muy desarrollados. Y cuando abre la puerta, la niña, que está con un camisón sucio, se hace a un lado. Ni bien el padre entra se franelea contra sus piernas. Y lo sigue hasta la mesita donde el padre deja su billetera, el reloj, el encendedor. Luego se saca los zapatos. Al hombre le gusta desprenderse de lo que trae de la calle. Así que queda en camisa y en pantalón negro. Según mi abuela, es un hombre muy flaco, pero es hermoso. Sus facciones están medio chupadas pero es porque se la pasa todo el día de aquí para allá cazando sus presas.

Ignora a su hija, que lo sigue por toda la casa. Aunque tiene facciones afiladas, sus mejillas están hinchadas. Al pasar por la pieza mi abuela dijo que ve a una mujer de piel color dulce de leche, con la cara chupada, los pelos pegados al cráneo que es más hueso que otra cosa. Las manos a los costados, fuera de la colcha, con las uñas largas como un bebé recién nacido. Yo no sabía que los bebés nacen con las uñas largas. Pero mi abuela dice que sí, que por eso les ponen esos guantecitos para que no se arañen.

La mujer está medio muerta pero el hombre no se inmuta. Primero va al baño y después entra al dormitorio, se sienta en la cama al lado de la mujer y la mira. Apenas respira. Tiene pelos en la nariz, aunque es joven. Acerca su cara a la de la mujer. De repente expulsa un poco de aire, la mujer, abre su boca. El hombre acerca la suya como para besarla y la mujer abre más grande. Entonces el hombre hace lo que dice mi abuela que es regurgitar. Escupe lo que tenía en su boca en la de la mujer. Sangre. La mujer absorbe hasta la última gota. El hombre se limpia la boca con un papel de cocina. La mujer inhala, su panza se hincha, mi abuela dice que para respirar bien la panza debe hincharse, y exhala, para respirar bien también la panza debe aplanarse al dejar salir el aire. Y entonces la mujer queda como una muerta otra vez. Mi hermana le preguntó si tenía cáncer pero la abuela me dijo que los Desmodus no padecen ese tipo de enfermedades.  ¿Qué son los Desmodus abuela?, le pregunté. Para eso vas a tener que esperar que esta historia termine de empezar, me dijo. ¿Termine de empezar? Sí, afirma ella. La mujer, antes de seguir durmiendo, le dice al hombre Gracias, papá. ¿Cómo es su voz abuela?, le preguntó mi hermanita. Su voz es como la de cualquier mujer, le contesta. Pero apenas puede hablar porque está débil, susurra, nena.

La niña mientras tanto estaba esperando en la puerta que su padre terminara de atender a la mujer, su hermana. Lo sigue hasta la mesa de la sala de estar. Le tira de la manga de la camisa. El padre la aparta, pero ella le clava las uñas en las piernas. Entonces el padre le agarra con brusquedad la mandíbula y la niña abre la boca. El padre deja caer la sangre en las fauces de la niña, que cierra los ojos como deleitándose y termina de rodillas, satisfecha.  Pero así y todo vuelve a tirarle de la camisa al padre, que le dice ¡Basta!, como si fuera un animal. La niña camina hasta la otra punta de la habitación, cerca de la puerta de entrada, donde tiene una carpita, se mete como si fuera un boyscout de departamento, la abrocha, y se ovilla para dormir. Y entonces golpean la puerta. El hombre ya había escuchado pasos, pero se queda mirando la puerta con su mirada acerada.

Es un policía que le da una patada a la puerta, la hace salir de sus goznes y entra con la pistola en alto. En la habitación no hay nadie. El policía observa todos los detalles lo más rápido que puede y después se dirige a la carpita, que está cerrada, claro. Va a encontrar a la nena, Abu, dijo mi hermana. Pero no, el policía desabrocha la carpita pero adentro no hay nada ni nadie.

Se mete en el dormitorio. Tampoco hay nadie. El colchón está como vencido por un peso liviano. El policía pasa la mano por las sábanas. Escucha como un gorjeo de pájaro procedente de otro lugar. Así que se levanta, entra al baño, vacío. Duda ante la puerta de otra habitación contigua, que está cerrada. El ruido proviene de ahí. Está cerrada con llave pero el policía pone una tarjeta y logra hacerla abrir, esta vez sin violentarla, como hacía ella dijo mi abuela.

En la habitación hay un cura que está amarrado con sogas a una silla, con la boca precintada. Ése era el ruido, provenía de la garganta taponada de ese hombre de camisa celeste abotonada hasta el cuello. Parece querer advertirle algo al policía porque mueve su cabeza con frenesí. El policía, asustado, se da vuelta, pero no hay nada ni nadie.

Entonces mira a un espejo que está a su derecha, en la pared del fondo de la habitación. Y ahí sí, está el hombre flaco del principio con la hija colgándole del cuello, con las piernas incrustadas en sus costillas, y la otra hija, la de la cama, a cuestas. Parecen una sola persona pero son tres, con los ojos llameantes, las fauces abiertas como serpientes que le pisan la cola, dijo mi abuela, la piel lívida, los colmillos manchados de sangre. Como si fuera un monstruo de tres cabezas. Y lo peor de todo, están muy cerca del policía.

Que mira hacia todos lados, pero no hay nada ni nadie. Quita la cinta de embalaje de la boca del cura. Y el hombre llega a decir: ¡Son invisibles, Desmodus!. Pero la cabeza del hombre comienza a ser comida como una manzana. El policía sale corriendo de la habitación y se dirige directo a la puerta de salida, logra llegar y va a traspasarla cuando cae redondo al piso. ¿Qué le pasó?, preguntó mi hermanita.

La cabeza, dijo mi abuela, está casi a cinco metros de él en el piso. Se la rebanaron ni bien salió de la habitación donde estaba el cura, pero el hombre siguió avanzando como una gallina descogotada. Y ahora que los sentidos del hombre están apagados, muertos, podemos ver otra cosa, dice mi abuela.

Arrodillada frente a él está la niña que le arranca de un mordisquito parte de una oreja, luego prueba la otra, y después le mastica la mejilla. Es una cabeza nada más, dijo mi abuela, así que el hombre ya no sufre. Aunque a los Desmodus eso los tiene sin cuidado.

¿Y cómo es la voz de la nena?, preguntó mi hermanita.

Mi abuela dice que la voz era como la de Alfonso. Y se convierte en Alfonso y nos habla con ese vozarrón que nos da un poco de miedo. Salimos corriendo.

Es la voz que le escuchamos una vez que se nos escapó Grateful, nuestro perrito, en la plaza, parecía que iba a cruzar la calle muy transitada por autos, y mi abuela lo llamó con un grito que lo detuvo casi en el cordón.

por Adrián Gastón Fares

Un contrato conmigo mismo

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa. Los gatos odiaban a las ratas, desde que Buda y el horóscopo chino los habían marginado de los doce signos representados por animales por ser arrojados al río que debían cruzar, para figurar en el horóscopo, por un roedor, que sí tenía su lugar en el horóscopo pero los felinos no y odiaban a las ratas por esa misma razón. Pero yo no era Rata, era Serpiente. Y me sucedáneo debía ser Mono. Eso me tranquilizó un poco. Pero muy poco.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenará en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño, ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido y tenido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

 

por Adrián Gastón Fares

11 años

Cuando me preguntan suelo no recordar bien cuándo empecé a escribir en este sitio (o a publicar mejor dicho) Siempre me pareció que hacía más de 10 años.

WordPress ayer zanjó el asunto cuando recibí este anuncio, junto con otro de la semana pasada que decía que este blog, El sabañon digamos, tiene más de 1000 me gusta (1000 likes) La última noticia será para el ego, porque no sé para otra cosa será. La primera para la nostalgia:

Blog Escritor Logro Adrián Gastón Fares

Hace mucho que nació Kong, El joven pálido, los relatos de  mi alter ego (¿será?) Robert o Roberto, los cuentos. Hice una especie de círculo entiendo, y el último cuento publicado, Los tendederos, se parece mucho al primero Las hermanas, que en su momento, esto sí hace más de diez años, fue rescatado por Pablo de Santis como uno de los mejores míos que le hice leer (en el transcurso de una Clínica de Obra en el Rojas)

Yo no me tenía fe como escritor. Y recuerdo que De Santis, en su carta de devolución de mi trabajo en la clínica (una carta muy personal a cada escritor, estábamos Selva Almada, Marcelo Guerrieri, y otros escritoras y escritores cuyo talento era tan visible) decía que dependía de mí tener fe en mi trabajo. Con el tiempo, como con la cámara, esa fe fue apareciendo.

Tenía que ver con escribir mucho más, aprender y experimentar, como todo en la vida.

El tiempo pasó, a veces me pregunto para qué sigo escribiendo acá, no lo voy a negar; qué sentido tiene, como me pregunto tantas otras cosas. Pero bueno aquí estoy.

No creo que pueda publicar tan frecuentemente como antes porque tengo mucho trabajo. Me ocupo de muchas cosas a la vez, soy una especie de productor, guionista director, distribuidor, diseñador de producción, como es por ahora el asunto en el cine argentino independiente.

Lo que escribo como literatura va quedando en papel por ahora, en anotadores. Aunque pronto debería salir una nueva entrega de Kong.

Además de pasarme los días trabajando, sin ver un peso todavía, en Gualicho, la película por la que gané (como director y guionista de la misma) un premio este año de estímulo al cine fantástico, estoy tras otro guión de terror, fantástico.

Tengo una road movie por escribir, cuya sinopsis y tratamiento ya está hecho, y además, Las órdenes, el guión de suspenso y drama por el que viajé a Colombia el año pasado, seleccionado por el LabGuión, al que seguramente le haré algunos cambios ni bien pueda. Y le sumo una serie de TV (podría pasar por una historia de nohéroes, cercana a las de superhéroes pero también al terror de no saber quiénes son), que escribí hace años y cuya biblia, así le dicen, debería completar.

Para el blog está el proyecto Las cartas negras, por ahora no lo he publicado, sería una novela epistolar, pero todavía estamos con Von Kong y los cuentos. Alguna vez reescribiré el poemario El joven pálido y espero poder llegar a completarlo.

Un saludo para todo el mundo (como dije alguna vez a mis dieciocho años entre la nieve argentina cuando nos grabaron para el VHS del viaje de egresados)

Adrián Gastón Fares

PD: Si no lo hicieron los invito a ver Mundo tributo, la película documental independiente, sobre la vida de algunos que imitan en mi país (aunque hay también chilenos y brasileños en el film) a grandes bandas de rock, que hicimos en Corso Films y que recorrió buena parte del mundo. Actualmente está disponible en Filmin.

Link: https://www.filmin.es/pelicula/mundo-tributo