Los encantados. Cuento.

Le serví el té a la señora con una tarta de manzana espolvoreada con canela.

—Nena, estás preciosa hoy ¿Te das cuenta el color de piel que tenés? Fijáte.

Sacó un espejo. Mi piel estaba bastante bien, algunos puntos negros nada más.

—Necesita anteojos—le contesté.

La señora, con una expresión algo más amarga, siguió sonriendo.

—Qué pena que no tenga nietos, señora.

—Matilde, ninguna señora, ya te dije, además te conté que no tuve hijos, ¡cómo voy a tener nietos!

—Es un deseo nada más.

—Los deseos pedílos para vos— Miró hacia la calle. Así parecía darle la espalda a su pasado.

La señora era muy flaca, con los hombros un poco caídos, y se teñía el pelo de un rubio ceniza, como para que no se notara tanto.

Seguí atendiendo hasta que escuché la ambulancia.

Afuera, en la acera, había una señora de la edad de Matilde, unos ochenta años, pero rellena. O por lo menos eso parecía tirada en el suelo.

Javier, mi compañero, volvió y me contó que la vieja se había partido la cadera. Mientras, Matilde había dejado su mesa y ya estaba al lado de la accidentada. Aproveché que Rodolfo estaba en la cocina y salí detrás de ella.

Los labios de la vieja temblaban. Al fin logró pronunciar una palabra.

—Alejandro.

—¿Quién es Alejandro, señora? ¿Su hijo?—preguntó Matilde.

—Mi nieto.

Los labios de la mujer siguieron temblando.

El de la ambulancia ordenó que se corrieran porque la iba a ubicar en la camilla a la señora. Matilde me miró un segundo, y tomó una decisión.

—Tomá, nena—. Me dio unos pesos—. Me voy.

Y se subió en la ambulancia con la vieja accidentada.

A los dos días volvió. Le pregunté sobre lo que había pasado. Llovía. Matilde parecía preocupada pero esta vez no por su pelo.

—No sabés cómo lloraba esa mujer en la ambulancia. El médico me dijo que en el estado que tiene ella, partirse la cadera… Qué mala suerte.

—¿Y quién era ese Alejandro— le pregunté.

—El nieto. Me pidió que vaya a visitarlo, que necesitaba llevarle las pastillas. Había salido para comprarle eso.

—¿Es enfermo?

—Depresión, creo.

—¿Y fue?

—Nena, no me animé. Dice que no quiere hablar con nadie. Vive encerrado.

—Hikikomori.

—¿Fujimori? Qué tiene que ver.

—Hikikomori, dije, señora. Es una expresión japonesa. Son los que no salen de la casa. A mí me gusta la cultura japonesa, Matilde. Leo mucho… libros.

—A mí no me gustan los japoneses.

—Bueno, son gustos.

—Me dijo que apenas habla, que se la pasa en la maquinita… en la computadora ¿Y si es un psicópata? Cómo le voy a llevar comida.

—¿Le pidió que le llevara comida también?

Matilde asintió.

—Espere.

Fui a la cocina y armé unos paquetes.

—¿Vos te pensás que no cocino, no?

—No, señora, es para que sea más fácil.

—¿Para el loco ése?

—Por ahí no es loco.

Matilde se quedó mirando por la ventana un momento. Inspiró hondo y expiró largo.

—¿Qué hace?

—Eso me enseñaban en yoga…. Dame, nena.

Me sacó la comida de la mano, se incorporó, apoyándose en la mesa, y caminó hacia la puerta.

La lluvia trajo a muchos clientes y ese día pasó rápido. Javier no me miraba. Me pedía opiniones sobre las chicas que intentaban seducirlo. Yo hacía rato que estaba en Argentina pero Javier hablaba con encanto, era moreno, musculoso, alto. Cuando entré pensé que iba a pasar algo entre nosotros. Pero no pasó nada y yo con las ganas. Esas esperanzas que no son buenas.

Al otro día estaba sirviendo un desayuno. Vi que Matilde me llamaba desde enfrente, cruzando la calle. Le pedí permiso al encargado.

—El Fujimori tiene la barba por el piso. Es alto. Sin barba sería un chico lindo, pobre. Pero está arruinado. Si hasta debía haber pulgas ahí. No me quería abrir la puerta al principio.

—¿Y cómo hizo?

—Le dije que su abuela se había muerto.

—¿Se murió?

—No, ¿sos tonta? Pero se lo dije para que me abra.

—¿Y le abrió?

—Sí. Y me miró con los ojos redondos como platos. Estaba en otro mundo. Había humo… Humo de la cocina no era.

—¿Y comió?

—Me sacó las pastillas de la mano. Está flaco como un esqueleto. No quiso comer.

—Tengo que volver porque si no me retan, señora.

Crucé. Me pareció que la señora me llamaba.

Rodolfo estaba con esa cara de culo que ponía cuando yo salía un momento. Si no era para sacar a los que entraban a vender cosas no me lo permitía. Yo los acompañaba hasta la puerta porque a Javier una vez le habían pegado. En cambio, conmigo no se metían. Rodolfo decía que yo tenía algo que calmaba a la gente.

Al otro día tuve franco. Así que estuve en la cama bastante, me hice las uñas, terminé de ver la serie, traté de meditar, hablé un poco con un chico, un argentino de esos cancheros de la zona, y me fui a leer a la plaza un libro. A la noche descorché un vino, estudié un poco, por suerte faltaba para el examen, pensé que iba a tomar la mitad pero me lo tomé todo.

El día siguiente ni bien llegué la señora me estaba esperando con la expresión más dulce del mundo.

—Nena, ¿se puede saber cómo te llamás?

—María.

Se hizo la señal de la cruz.

—¿Qué hace?

—Está endemoniado ese muchacho. Poseído. Se tiró en el piso y gritaba.

—¿Usted cree en esas cosas?

—Yo no pero la vieja dijo que lo maldijeron.

—¿Cómo está?

—¿La vieja? Está mal. Cada vez, peor. Delira. Que la última novia vaya a saber qué le hizo a su nietito.

—¿Quiere que le prepare comida para llevarle?

—Ya le llevé— Matilde fue tajante —. Le hice un estofado—. Qué raro una mujer de antes que no supiera mentir, pensé.

—¿Y le gustó?

—No come el encantado.

—¿Y sigue sin salir?

—No sale ni a palos. No habla mucho tampoco. Por lo que pude escuchar de la vieja, desde que lo dejó esa chica quedó así medio estúpido.

—¿Tiene paranoia? ¿Se piensan que lo persiguen? ¿Es bipolar? ¿Autista?

—No es un maníaco. Le dan pastillas porque no puede dormir.

—Bipolar no es un maníaco, señora. Yo estudio psicología, sabe.

—Yo no creo en esas cosas.

—¿En qué cosas?

—En la psicología.

—Pero no es una religión.

—La vieja me contó que el Fujimori ese fue a un montón de psicólogos. Que se gastó la jubilación de ella en eso.

—No habrá tenido suerte.

—Y supongo que no. Está… rayado… rayado pero muy triste, yo me doy cuenta, y melancólico.

—Tendrá depresión entonces ¿No dijo eso?

—Las pastillas que les llevé son para dormir.

—Entonces es insomne.

—A mí también me cuesta dormir. Tomo unas parecidas pero yo me alimento como verás—. Se llevó un pedazo de tarta a la boca y masticó con ganas.

—Espere.

Fui a la cocina y volví con un paquete lleno de dulces esta vez. Matilde sonrió. Miraba la mesa, pensativa. La situación parecía superarla. Javier estaba hablando con una chica pálida de esas de este país que no dicen nada. Más las de esa zona, era como si les faltara algo, gracia, no sé. Lo dicen mis amigos argentinos. Y también lo decía Javier. Aunque después salía con ellas. Fui a atender a una pareja. Cada uno estaba en lo suyo, con celulares en la mano a la altura de sus rostros. Después atendí a otros que era primera cita.

El señor que me miraba siempre el culo.

El que tenía “conversaciones importantes”

La chica que venía con las amigas y se rían dos horas.

Ese chico que escribía y escribía y tomaba un café tras otro y no dejaba nunca propina o dejaba poco.

El otro tipo que me miraba el culo. Y que una vez me había invitado a salir.

El viejo que miraba la carta y no entendía nada.

Había tantas caras y yo me acuerdo de todas. Nunca las olvidé.

Y tuve otro franco que terminó con una botella de champagne de las pequeñas. La disfruté y luego prendí unas velas, me senté en la alfombra a meditar, tenía que pensar porque quería estar en mi país frente al mar, pero me costó visualizar el mar, si lo veía era el mar de acá, las playas ventosas y frías, que me gustaba pero menos. Luego prendí un puro, tiré humo para alejar a los malos espíritus que pudiera haber en ese edificio tan grande que parecía una pirámide. No sabía ni cuantos vecinos tenía. Eso me daba miedo. Tantos profesionales. Para qué estaba estudiando psicología si en mi edificio ya había ocho psicólogos, casi uno por cada piso.

Llegué al otro día con ganas de trabajar y olvidarme de todo, de la carrera, de mi edificio, de las burbujas del champagne, de la playa, de los espíritus en los que apenas creía.

Y ahí estaba Matilde. Hablando con Rodolfo.

Apenas puse el pie en la alfombra de la cafetería me agarró del brazo y me sacó afuera. No pensé que tuviera tanta fuerza.

—¿Qué hace, señora?

—Matilde, te dije, caramba. Vamos. Convencí a ese pelado de que te dejara salir.

—Tengo que trabajar.— Logré soltarme de ella, mientras Rodolfo negaba con la cabeza, como diciéndome que me fuera.

—Le conté a Rodolfo que se murió la vieja. Le quise pagar tu día. No quiso. Vamos. Tenemos que ir al velorio. También lo convencí al Fujimori.

Me di media vuelta.

—¡Señora!

—¡Vos vas a ser una señora! Yo no. Dale.

Matilde paró a un taxi. El coche casi la pisa.

—¿Me quiere decir adónde vamos?

—Al cementerio.

—Qué bien.

—El chico no es feo.

—¿Qué chico?

—A vos te gusta el Javier ése que no te da ni la hora. Además es colombiano y te va a meter los cuernos.

—¿Por qué dice eso?

—Mi amiga tuvo un novio colombiano. Le metió los cuernos.

—¿Y usted qué quiere?

—Dejá de decirme usted, carajo. Acá se dice: vos ¿No, señor?

—Si usted lo dice—contestó el taxista que no era argentino tampoco.

—Más vale que le sonrías.

—¿A quién?

—A Alejandro.

—¿Fujimori?

—El nieto de la Betty que murió la pobre con el nombre de él en sus labios.

—¿Qué es lo que quiere?

—¿Vos no me dabas paquetes para él?

—Sí.

—Bueno, yo tampoco voy a vivir para siempre y la vieja se murió. No es malo el Fujimori. Lo afeité un poco y todo.

—¿Qué quiere que haga?

La señora en vez de contestar me dio vuelta la cara y se puso a mirar por la ventanilla. Hice lo mismo. Era un día de la semana ajetreado, colas en los bancos, una manifestación que había cortado la avenida. Nuestro chófer sacudía la cabeza afligido.

—Este país—murmuró, clavándome la mirada por el espejo.

Matilde dijo sin mirarme.

—Le prometí que su ex novia iba a estar en el cementerio.

—¡Pero seño… ¡Matilde!

—Pero era para que él viniera al entierro, nena ¡Es su abuela!—. La señora se dio vuelta y me miró. Sus ojos tenían un brillo que nunca había notado—. Y quiero que estés ahí.

Tragué saliva.

Matilde no volvió a hablar hasta que en el cementerio Alejandro repitió mi nombre.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo que algunos no quieren contar forma parte del libro, antología de cuentos propios del autor, llamada Los tendederos

Los-tendederos-portada

 

Reunión. Cuento.

Reunión

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Las máquinas y yo. Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: vuelvo a publicar Reunión un cuento que se me ocurrió y escribí en un lugar bastante extraño.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento está dentro de mi colección de cuentos Los tendederos.

 

La identificación.

Uno de los dos tenía que identificar el cuerpo. Estaban cerca el uno del otro. Uno de los dos debía hacerlo. Le tocaba al mayor.

Pero los dos pensaban que tenía que haber una confusión.

¿Cómo dos hermanos, un hombre y una mujer, que habían vivido toda la vida en la misma casa, estaban tan seguros de que no tenían otro familiar?

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada. Y que los llamaran para avisarles que esa persona muerta tenía en sus bolsillos la dirección de ellos por si algo le pasara.

Le había pasado. Y ellos estaban esperando para reconocerlo y que la burocracia más rápida de todas, la de la muerte, pudiera respetarse.

Ella no tenía idea de dónde podía haber aparecido esa persona. A los treinta y tantos todavía era virgen, no había conocido hombres. Él se había separado de su única novia hacía mucho tiempo y ahora era tan sólo una amiga.

No podían comprenderlo.

Trataron de averiguar el nombre del muerto, pero nadie quiso decírselo. Mejor dicho, se lo dijeron en algún momento; era impronunciable.

No quedaba otra que esperar en la antesala, atestada de personas, de ese hospital público hasta que lo llamaran; al hermano mayor.

Se miraban unos a otros, sin entender, inseguros, hombres y mujeres. Con los ojos como un huevo frito por el asombro y el vacío.

Era una doble pena para ellos que apareciera un familiar, un muerto, ido que no debería haber aparecido. Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas. No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Se habían ido antes.

¿Cómo podía morir un familiar que nunca tuvieron?

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de yema de huevo de los demás presentes, de los empleados, incluso se sacó una fotografía con su teléfono inteligente y la miró, para comprabar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja, prefería que la solución para escapar apareciera del piso de baldosas grises del hospital. Algo se arrastraría. Algún papel, quizá el que llevaba el que lo esperaba en la morgue en la billetera, volara para introducirse en su campo visual.

Sabía que su hermana estaba tomándose fotografías. Todo le parecía inconcebible.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos estirados entrando y saliendo en camillas.

No pasaba.

Tampoco lloraban los demás que esperaban. Por lo tanto, la sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los hermanos.

La puerta de la morgue se abrió.

Salieron una mujer y un hombre de unos treinta años. Sorprendidos. Sus ojos brillaban, despiertos.

La enfermera los llamó.

La hermana quiso entrar también para reconocer el cuerpo junto a su querido hermano.

Estuvieron diez minutos tratando de comprenderlo.

Mirando al que yacía en esa camilla, largo, robusto, enorme, como era. Parecía ser tan inmenso. Si había otros cuerpos en otras camillas no los percibieron.

Ante el occiso, trataron de llorar, de sentir alguna tristeza más honda, pero no pudieron.

Salieron tomados de las manos, caminando tan rápido como podían porque no querían que los otros buscaran respuestas en sus miradas y en su manera de caminar algo apresurada.

Empujaron la puerta grande del hospital y bajaron los escalones. Se dieron cuenta de que había manchas oscuras irregulares a los costados, mirando con el rabillo de los ojos. A media cuadra voltearon sus cabezas.

La fila para entrar al hospital seguía recta hasta perderse en el horizonte. Dos cabezas juntas, dos por vez.

por Adrián Gastón Fares, 25 de octubre de 2019.

Marcado

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Marcado. Relato.

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Cuento para un guerrero muerto en otro.

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso joven, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madre, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, uno sobre reinas exitosas, por ejemplo, es su libro de cabecera, quería que su hijastra tuviera contactos útiles a toda costa en el reino, y la familia del musculoso joven era más pudiente que la del primero seducido y luego enamorado príncipe.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene allí a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

Por Adrián Gastón Fares

Un posible fin del mundo

Fui al colegio como en los demás días, cansado y todavía medio dormido, y en la puerta encontré a los policías. Uno tenía un mate, otros dos compartían un cigarrillo. Cerca, Bernardo, el profesor de medios audiovisuales hablaba con la monja directora.

Habían encontrado el cuerpo de Sofía. Pronto vimos llegar a la madre, que se abalanzó sobre la directora en un ataque de furia que se convirtió en abrazos y lágrimas.

Las palabras cruzaron de boca a boca, como indiscretos dardos envenenados, y pronto todos supimos que a Sofi la habían violado y asesinado. Cuando entramos al colegio ya habían retirado el cuerpo. Una silueta de tiza lo reemplazaba.

Sofi era una chica de sonrisa franca y ojos tiernos. A mí en ese momento me gustaba otra. Aunque Sofi bien me podría haber gustado porque era muy linda.

Con el profesor de medios preparábamos un cortometraje. Enseñaba por placer, porque le gustaba trasmitir su conocimiento, que lo escucharan y lo alabaran. Salía, en secreto, con una de sus alumnas, Clementina, y cuando la policía lo supo, cuando el detective privado que contrató el tío de Sofi lo supo, el profesor vio en peligro su libertad. Como era bastante amigo mío, como nos llevábamos bien, más que nada en esas charlas donde hablábamos del uso de la simetría en Kubrick y del travelling en Ophuls, como la afinidad era tal que él creaba un mundo nuevo para mí, yo lo creí siempre inocente. Además no necesitaba violar a nadie. Varias estaban enamoradas de él, aunque fuera un barbudo desgarbado. Tal es el poder el conocimiento y más todavía el de la jerarquía.

Bernardo, era el nombre de mi profesor, creía que el asesino era el cura. Visitamos el colegio de noche y entramos en la casita dónde vivía el cura, atravesando la capilla, en el medio de un patio de baldosas oscuras y paredes grises. Al padre Eusebio lo encontramos durmiendo en un sillón, con una botella de vino casi vacía en una mesa, murmurando en sueños palabras ininteligibles.

Bernardo buscó en los armarios ropa interior femenina que incriminara a Eusebio, con la intención de señalarles a los policías la guarida del que podía ser su salvador. Los armarios estaban llenos de naftalina, camisas, y algo que nos llamó la atención, un capirote blanco con una estrella roja, no sabemos de qué orden eclesiástica pero parecía ser una bastante nefasta.

No había dudas para mí de la inocencia de mi profesor. Por un lado le gustaban demasiado las chicas para matarlas, sabía que había algunas cosas que se podían hacer y otras no.

La escuela hizo hincapié en el asunto de Bernardo con su alumna, Clementina, mi compañera, la chica que negó haber tenido relaciones con él, pero los policías le preguntaron a otras alumnas que sabían que Bernardo había desvirgado a Clementina sin muchos miramientos.

Estuve triste esa semana, no sólo se acusaba a la persona que tanto me había enseñado de cine, sino que además, por los nervios, había arrojado una ventana desde el tercer piso del colegio. Me había acercado para que el aire entrara, corrí el cristal para que dejara entrar el aire y la hoja titubeó en la cornisa antes de desplomarse al vacío. Con un compañero nos asomamos y vimos el cristal hecho añicos en el piso y un hombre de pie al lado, sorprendido, tal vez agradecido por haberse salvado por casualidad. En la corrida hacia la entrada del colegio encontré a la monja directora, que venía de rezar de la capilla y agradecer a Dios que los niños de jardín no estuvieran saliendo del colegio a esa hora. Sentí culpa y no recuerdo lo que pasó en los días siguientes.

Tanta fue la culpa que me identifiqué con Bernardo, que era el sospechoso número uno en el crimen de Sofía.

Me suspendieron del colegio por lo de la ventana. Luego pusieron tejidos para que las hojas de las ventanas jamás volvieran a caer.

Mientras tanto, yo permanecía en mi cama, los días pasaban lentos, no veía a mis amigos, y hasta mis padres me recriminaron por esa acción de la que yo no tenía ninguna culpa, vamos; la ventana estaba floja, no había tejido, tarde o temprano se iba a caer, y podía haber dejado consecuencias muchas más graves. Pero en ese momento, en la confusión de la adolescencia, no lo entendí de esa manera. Creí ser el demonio, un poco influenciado por la creencia de la monja directora de que tal vez yo estuviera poseído, ya que era un adolescente bastante revoltoso.

La verdad era que yo había nacido con fórceps. Nací sin llorar. No culpo a mis padres, tal vez a la partera o al obstetra. Ellos, por lo menos hasta que fui grande, no pudieron saber qué había ocasionado en mí nacer así, y tampoco yo me di cuenta. Pero la monja directora parecía saberlo.

Una de esas noches en las que no pude ir a la secundaria, mientras descubría un cuerpo enterrado de una joven en un jardín con Miss Marple, el teléfono sonó y era un compañero que me avisaba que había muerto el padre de una compañera. Teníamos que ir al velatorio.

Yo tenía un miedo terrible. No quería saber nada con los muertos en esa época. En esta tal vez pudiera compartir habitación con alguno sin preocuparme demasiado. Pero la adolescencia es una tierra donde la levadura de la ficción crea una cerveza mental que achica al mundo, agrava las ficciones; es un barrio ficticio, un barrio donde de noche pasan cosas de las que más vale no saber nada.

Entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas, pedía que ningún vampiro se acercara para rasgarlas o tironear de ellas, y trataba de dormir de esta manera hasta el otro día sin sofocarme. Admito que nací de esa manera, sin aire, y que tal vez esa especie de mortificación se me hizo un vicio, porque hasta el día de hoy me sigo tapando la cabeza con las sábanas o la cara con los dedos. Es como si de chico hubiera visto algo monstruoso, inaudito, y ya no lo quisiera volver a ver. A veces pienso que lo inaudito puede ser la palanca del fórceps entrando en el cuello uterino de mi madre para sacarme al mundo, rompiendo huesos, deformando mi cara, mis oídos, lo que fuera que tuviera a su paso, como un robot infalible que cumplió su misión a la perfección salvo por algo: no respiré por unos segundos.

Esa noche fui rescatado de la sofocación de las sábanas con dibujos del Hombre Araña por Little, un compañero, que me necesitaba en el velatorio en veinte minutos. Así que me subí a un remís hasta Lomas.

El velatorio era cerca del cementerio de Lomas, lugar tétrico si los hay con esas estatuas que parecen estar para asustar nada más. Decidimos dejar a nuestra compañera y con tristeza y un poco de rebeldía nos dirigimos al cementerio, cosa que yo no hubiera hecho solo ni que me regalaran el último CD de Soundgarden importado con bonustrack y todo.

Rondamos los mausoleos, elegimos uno con la puerta deshecha, y entramos, asustándonos entre todos. Ahí empecé a ver que algo raro le pasaba a Little (le decíamos así porque había otro Martín, que era casi un gigante) Me confesó que tenía miedo que el profanador de tumbas, del que estaban hablando por aquellos días en la televisión, anduviera por ahí. Little y yo nos detuvimos. Los demás, dos chicas, una que parecía querer tener sexo en el cementerio y la otra que parecía no querer tener sexo en ningún lado,  avanzaron un poco más y volvieron corriendo y muy asustadas después de haber introducido el pescuezo en una tumba donde los ataúdes parecían carozos de nueces rotas donde se veía el fruto, los cadáveres momificados, a través de las grietas de la cáscara nudosa que los había cubierto.

En la corrida por las calles del cementerio dimos con un hombre que se interponía entre la salida y nosotros. La esclerótica blanca, una pala en alto, no podía ser otro que el cuidador que estaba molesto porque habíamos entrado a la fuerza a su predio. Así que le pedimos perdón, nos abrió la puerta y nos dijo que si volvíamos a hacer eso iba a llamar a la policía, o a su muerta favorita, la señorita Robinson, una japonesa asesinada por su hermana, que solía dejar su tumba para comer el cabello de adolescentes como si fueran fideos. No podíamos creer que un zombi se alimentara de cabello, así que el miedo se concentró en el cuidador del cementerio y no en la señora Robinson; la zombi degustadora de cabelleras brillantes bajo la luna.

Después de esa noche, nos dimos cuenta de que podíamos entrar al cementerio fácilmente.

Así que el sábado siguiente, en vez de juntarnos en la plaza de la estación Lanús, nos tomamos el colectivo con Little, bajamos en el cementerio y caminamos hasta el mausoleo de la familia de Sofía.

Golpeamos la puerta hasta que cedió. Alcanzamos el cajón. Lo abrimos con las manos temblando y observamos que nuestra compañera estaba hinchándose bajo la lámina de cristal que separaba las emanaciones de su cuerpo del resto del mundo. Lo que vimos no podrá ser olvidado y sin embargo es tan natural y común como la lluvia que cae mientras escribo en esta llanura. Hay pocas personas y pocas casas alrededor. Ayuda a recordar. Y hay cosas que no se olvidan.

La putrefacción, la hinchazón, la sangre que empezaba a brotar era  algo que esperábamos, pero no esperábamos que el cuerpo de Sofía pestañara. Tanto Little como yo vimos eso. Luego nos miró por el rabillo del ojo. Supusimos con Little que era una burbuja, un coágulo que había explotado, como una supernova.

Al otro día me puse un buzo con una capucha y volví al colegio, busqué a Bernardo y con él nos acercamos al salón de actos donde había sido encontrado el cuerpo de Sofía. Una monja tocaba a Bach en el piano. Encontramos al padre Eusebio con una mano en el hombro de la monja. Mientras simulábamos arreglar el proyector para una función de L´ Atalante de Vigo, observamos que tanto la monja como el padre Eusebio parecían estar emocionados por la melodía que retumbaba desde el corazón del piano.

Con Bernardo decidimos, con la ayuda de Little, y la inspiración que nos había dado ver el cuerpo de nuestra compañera pudriéndose pero tratando de comunicarse con nosotros con un pestañeo que también podría ser un diminuto anélido que navegara por la sangre que había quedado bajo sus párpados pedir la ayuda de la amante del profesor para que nos ayudara a ver la reacción de Eusebio y la monja pianista.

Hicimos que Clementina entrara a la habitación, se sentara en la única silla en el centro, casi donde habían encontrado el cuerpo de Sofi, y que simulara estar masturbándose emitiendo algunos gemidos que parecían más de alarma que de placer (no era una gran intérprete Clementina) Al rato, como si se tratara de arañas que reaccionaban a la posible víctima que había caído en su iridiscente y musical hilo, Eusebio apareció por una de las puertas para caminar directo hacia Clementina. Con el extraño capirote blanco con la estrella roja comenzó a besarla en los hombros. La instrucción había sido que Clementina se hiciera la muerta ni bien Eusebio la tocara. El cura intentó primero aprovecharse de ella, ante su resistencia usó la fuerza, y cuando vio que Clementina caía al piso, aparentemente muerta por una bofetada, la excitación del hombre aumentó tanto que pareció convertirse en otro, fuera de sí. Ahí apareció la monja que tocaba el piano, y se arrojó sobre el cuerpo de Clementina para seguir con la violación que el cura no podía consumar.

Clementina seguía actuando como podía con la mirada congelada en el cielo raso como si fuera Sofi, su amiga. La monja dejó caer su hábito, aireando unos pechos turgentes, unas axilas peludas, separó las piernas de Clementina, y sosteniéndola del cuello, intentó introducirle una especie de estaca. En ese momento,  los tres salimos de la cabina de proyección para detenerla. Little le asestó un golpe con uno de los asientos que la dejó knock-out. Yo me encargué del cura, que terminó con la nariz sangrando. Clementina se cargó a la monja directora que, siempre dispuesta a poner el orden, entraba con la voz en alto; mi compañera le asestó un puñetazo en la cara que le partió la nariz.

Al otro día, gracias a las pruebas que pudimos dar, y al testimonio de Clementina, Eusebio fue apresado. En la actualidad continúa entre rejas, donde reza todos los días a un dios que se ha hecho cada vez más difuso para él en la cárcel y que ha tomado la forma de otros hombres.

Pronto supimos algo más, el crimen de Sofía no era el único que había ocurrido ese día. No era sólo Buenos Aires.

En Madrid, en Kiev, en Moscú, en Brasil, en Roma, había ocurrido lo mismo en diversas escuelas, los curas habían comenzado a atacar a sus alumnas; las monjas también. Algunos eran simples asesinatos, en otros casos; violaciones y vejaciones que terminaban con la muerte de la víctima. El día que murió Sofía, ella no fue la única, cientos de adolescentes, mujeres y hombres, habían sido ajusticiados por líderes religiosos de cualquier orden. Las siluetas de tiza se multiplicaban en las escenas de los crímenes. El misterio que habíamos resuelto ya no tenía sentido. No había misterio. Era un caso de histeria colectiva. Una epidemia como la del baile de Estrasburgo de 1518. Una coreomanía del crimen. Pero más amplia; enseguida hablaron  de enfermedad psicogénica masiva. Y si bien las conductas extrañas habían empezado antes, nadie se dio cuenta, nadie denunció a tiempo; nadie notó que las miradas de los religiosos se llenaban de lascivia y que las monjas apuntaban con la punta húmeda de su lengua al piano mientras tocaban en muchas ciudades distintas en el piano el Jesu, Joy of Man´s Desiring, de Johann Sebastian Bach.

por Adrián Gastón Fares

22 de Marzo de 2019

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa había quedado su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes tuvieron que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente.

Glande se había mudado a vivir al centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo el único interlocutor que Glande había tenido para hablar de música y de películas.

Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio.

De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a un profesor de biología. Antes de seguir dejaremos en claro que Lanus Oeste también es visitada por seres de otro planeta, por lo que parece ser un pueblo de una de esas series norteamericanas más que el lugar aburrido que siempre fue.

En el fondo de un chalet californiano una mujer recibe mensajes de extraterrestres hasta el día de hoy, muchos años después del llamado de la abuela de Glande, tantos que ya ni Glande puede atender los llamados de su abuela porque ya pasó a mejor vida.

Pero hay que volver atrás, olvidar la muerte, los ovnis, las noches y los días que pasaron desde el llamado de la abuela de Glande. Volver atrás en un pestañeo o como si el vecino de Glande pusiera marcha atrás a toda velocidad en su taxi para hacer desaparecer a los templos evangelistas que suplantaron a los cines como el Ocean y tal vez, de yapa, plantarlo a Glande de nuevo contra el paredón dando su primer beso, un beso seco a una hermosa venezolana. O arrimarlo a esa reunión en la casa de un amigo en que había pensado que la chica más bella de su curso estaba enamorada de él. Y que su vida sería como una de esas diapositivas de luna de miel que pasaban sus padres los sábados. No hay árbol que de frutos tan dulces como algunas tardes de la pubertad; no hay oleo 25 que refresque los sentidos como haber pensado que la vida sería buena, que el amor se encontraba en un bajar de párpados, casi como lavar las ropas en una comunidad en esas películas postapocalípticas al lado de la chica con la que cambiarás el futuro.

Pero estábamos contando una noche de las noches más comunes y no trascendentales en que el taxista temía al fantasma del profesor de biología.

Entonces diremos que el profesor de biología murió al ser fulminado por un rayo cuando orientaba la antena de televisión.

El resultado fue tan nefasto que de alguna manera el espíritu de este hombre, que vivía con los que compraron la casa tenía un dominio total sobre todas las telas y ropajes de la casa. Cosas de la energía.

Así, podía hacer flotar las cortinas de las ventanas y simular que había una forma femenina detrás.

Podía dar vuelta el moño de una escarapela, deshacer el nudo de las corbatas, hacer levitar un pantalón, arremolinar las sábanas de las habitaciones.

Un día, los vecinos de Glande entraron a un cuarto que tenían vacío y descubrieron donde estaban las zapatillas de gamuza, las toallas, los repasadores, las medias, los manteles que faltaban, todo eso estaba amontonado formando un bulto como una serpiente cuya cara estaba conformada por un traje raído del ex profesor y por dos ovillos de lana que simulaban ojos asomados a los bolsillos. Era como un amigurumi gigante. Pero los amigurumi no se lanzan sobre los que abren las puertas como pasó ese día. Tuvieron que cerrar esa habitación para siempre.

En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que, además del anélido gigante de tela, había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. Y el fantasma tiraba la cadena del baño como si todavía lo usara.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. Y una ex novia de Glande sintió a una persona detrás para darse vuelta y no encontrar a nadie.

El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía un año y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así. Eso lo aterra. Pero más que sus padres creyeran que ese grito inhumano provenía de él.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña (que por lo que sabe Glande en la actualidad también podría ser una mujer abeja)

El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde; ahora Glande cree que esos cónclaves eran las reuniones secretas en las que planeaban destruir a los cines de la calle Lavalle), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad.

Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña (o abeja)

Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma del ex profesor de biología que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Quizá convertido en una mujer. En la Gran Ovilladora, un mito oriental.

Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de los integrantes de su familia que vivieron y murieron antes que él.

Y para recrear, terminar con el cuento de terror esta también aquel hombre que visitaba el trabajo de su padre que le había hecho una carta natal. Su padre decía que las uñas del hombre eran largas, duras, casi espiraladas en sus bordes por la longitud, esas uñas que habían señalado o inventado su futuro, ese futuro donde también había una llamada de su abuela, de esas que no aparecen en las cartas natales.

Si Glande hubiera sabido que su abuela no viviría mucho más habría vuelto esa noche a Lanús para enfrentar al fantasma del profesor y tal vez escuchar el mensaje de los extraterrestres.

por Adrian Gastón Fares

21 de Marzo 2019

 

 

La casa nueva

El camino de tierra todavía está marcado por las ruedas. El coche quedó en el garaje. De vez en cuando lo miramos, con ganas de dar un paseo, pero nos contenemos. Tenemos a quien cuidar. Tuve que armar unas muñecas de trapo. Desde ese día revelador hablamos muy poco con Pececita.

Vinimos, como es habitual, para tener mucho sexo, a veces a un ritmo lento, otras rápido, a veces suave, otras fuerte, a veces intercambiamos roles, nada de monotonía, a mí me gustaba que me digan malas palabras y a ella que la trataran como si fuera una niña problemática. A veces corríamos desnudos por los yuyos altos, otras por la madera húmeda del piso de la casa. Cuando nos hartábamos, cuando ya nos dolía el cuerpo merendamos algo y después nos dedicamos a mirar por la ventana.

Bajábamos las miradas desde el dintel descolorido hasta hundirlas en el verde del pasto y en el marrón de la tierra, ese marrón que enturbiaba nuestra satisfecha mirada.

Las demás casas de esta barrio parecían estar habitadas, pero nunca vimos a nadie. Lo único que se movía más rápido que el vaivén de los pastos por el viento eran algunas lagartijas, esas cucarachas grandes y esos lechuzones blancuzcos que se volaban cuando nos acercábamos. Y nuestra única vecina visible, esa mujer encorvada, la vieja bien flaca, con el pelo desgreñado como si los mechones fueran la llama del sol rojizo que era su cara de borracha. Sigue leyendo “La casa nueva”

El futuro cantado

Hace tiempo recibí un mensaje escrito con signos extraños proveniente de una comunidad del Amazonas.

Nunca lo pude descifrar.

Venía envuelto en una fina tela de color malva.

A veces la huelo.

El olor me guía.

La carta estaba bastante manoseada.

En el sobre decía:

Para vos

Y luego:

Luchando contra el bien y contra el mal.

Eso estaba escrito en inglés.

Recordé que Hegel había dicho que la lucha entre el bien y el mal no era un problema tan grave como la lucha entre el bien y el bien.

Esa fue la última vez que pensé en Hegel.

El mensaje estaba firmado por dos jóvenes que decían pertenecer a una comunidad de hilanderas dedicadas al tejido. No reproduciré sus nombres. Parecían ser mujeres:

De las Hilanderas.

Remataban.

La carta no había sido enviada por correo. Alguien la había deslizado por el umbral de mi puerta.

Yo estaba subido en una silla.

El resto pueden adivinarlo.

Ése fue uno de los milagros que me salvó la vida.

Me recordó los signos que estaban escritos en la puerta del ascensor de mi piso. Alguna chica que escribió tal vez mi inicial y la de ella envuelta en un corazón. Por lo menos, eso parece. Pueden ser la de otros.

Entendí que el mensaje se refería a mi propia lucha entre el bien y el mal.

Tenía algo que hacer, algo que descubrir, me dije.

Pero yo, que había abandonado la carrera de antropología, no era un explorador. Ni siquiera me interesó seguir entre la selva de alumnos.

¿Qué podía hacer con esos signos que no podía descifrar?

Entonces unos días después leí la noticia que revolucionó al mundo.

El futuro está cantado.

La humanidad es capaz de prever parte del futuro, lo que ya saben.

No se puede ver todo, pero sí un retazo de lo que va a ocurrir.

Segundo milagro.

A esa altura, ya había vuelto a mirar la silla y a la viga con cariño porque no sabía qué hacer con la carta.

Los científicos que descubrieron estas imágenes grabadas en el inconsciente eran de nuestro país, cuándo no. ¡Había una razón para creernos más de lo que somos!

La arrogancia argentina, que tantos detestan, venía de algún lugar.

Ahora que vamos dejando de ser se entiende mejor por qué vivíamos arañando las paredes. Por qué todo era tan difícil.

Entendimos porqué los argentinos cruzamos la calle casi siempre mal, por ejemplo.

Estábamos condenados a desaparecer, o mejor, dicho, a fundirnos con otros países.

Apurados pero con razón.

Esa era la punta del iceberg.

Atañe a nuestra sociedad.

Ustedes están al tanto.

El resto resultó ser que  las afecciones psicológicas tenían un motivo concreto.

Y la ansiedad era la que más motivo concreto tenía.

Uno de los posibles futuros, el que se observaba, estaba escrito en nuestra mente y en nuestro tiempo.

¿Cómo no impacientarse en algunos casos?

Yo, que caminaba de un lado para el otro en un apartamento de dos ambientes sin parar, hasta que dejé de hacerlo para subirme a la silla, yo que apenas podía dormir porque me la pasaba leyendo, escribiendo, hasta que un día me acosté y ya no tenía motivos para levantarme, yo que investigaba incansablemente sobre el destino de ciertos pueblos originarios argentinos incluso en sueños, casi un etnógrafo sin matrícula digamos tenía todas las razones del mundo para hacer todas esas cosas.

Delfos, la simpática aplicación más descargada del mundo, me dijo algo que cambiaría mi vida, más o menos como estos científicos cambiaron el mundo con el descubrimiento de que parte del futuro podía leerse.

No sé si estarán de acuerdo con los que quemaron libros, ni con los que los borraron, avergonzados, del espacio virtual, pero es un hecho que la psicología dejó de tener sentido.

El proceso de reconfiguración mental llevará años a la humanidad.

Es gracioso, pero el descubrimiento del futuro semi-previsible paralizó a muchos.

Hay gobiernos que se están desmoronando.

El tiempo no perdona.

Voy reconociendo los senderos.

Incluso los que yo mismo despejo.

Escribo esto desde Iquitos.

En camino de ser el que ya era.

 

por Adrián Gastón Fares, 1 de Marzo de 2019

La más buena. Cuento.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

Luego de estrenar, digamos, Los cara cambiante, vuelvo a publicar Lo que algunos no quieren contar para los que todavía no lo descubrieron.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Los cara cambiante.

Es poco sabido pero los escritores argentinos que escribieron los primeros relatos fantásticos en el siglo XIX se autocensuraron por el contexto de la época y dejaron las historias más frescas y jugosas en los hoteles donde se alojaban, en sus casas de campo, pensiones, etcétera. Tal es el caso de Juana Manuela Gorriti, quien dejó olvidados varios relatos en un desaparecido hotel del microcentro porteño.

La paradoja es que también eran jesuitas los que escribían relatos fantásticos. Es una paradoja sostenida, ya que en la última Ventana Sur, cuando di una charla sobre la película que estoy realizando, dije en broma que me parecía gracioso que una charla de cine fantástico estuviéramos rodeados de cruces. El mercado de cine fantástico Blood Window se emplaza en el corazón de la Universidad Católica Argentina. Los curas y los demonios siempre estuvieron cerca. Por otro lado, hay un libro de Fernando Peña, que fue mi profesor en la Universidad de Buenos Aires, que cuenta como era un padre jesuita el que traía de sus viajes las copias de Drácula, y otras películas menos apreciadas, que eran programadas en las formadoras tardes del Sábado de Super Acción de Telefé (por algo el canal se llama Tele, aún hoy en día) y ciclos parecidos, que evitaron que murieran de aburrimiento muchos niños de mi generación. Tal vez el cine argentino hubiera arrancado con otras historias sobrenaturales si se hubieran encontrado estos primeros relatos más osados que los publicados. Los primeros esfuerzos, alejados de la simple tarea milenaria de contar un cuento que asuste, dedicados a acercarse a lo extraño en la hoja impresa, a lo conocido pero no sabido, son pocos en este país en los inicios de la narrativa, pocos y, lo que es peor, de resultados poco inspiradores. Tal vez sean más interesante la historia de cómo fueron escritos que lo que contienen. Como es el caso de los de Manuela Gorriti. Hay un aura de lo que pudo ser y no fue, como un amor malgastado, en los cuentos publicados de esta mujer, y en los de otros escritores.

Por suerte, para no desesperar, a veces aparecen cuentos inéditos y alimentan la raquítica literatura fantástica argentina de mediados del siglo XIX. En la mente cansada de libreros y la chispeante de otros autores se refugiaron estos relatos leídos tras ser descubiertos en cajones con doble fondo y en algunos armarios olvidados.

No siguen las reglas que Poe propuso para los cuentos. Tampoco las que rompieron el resto de los narradores para ajustarse a sus monólogos internos. No todos quieren crear un efecto perdurable. No buscan el efímero placer de las palabras bien elegidas. Su contenido y ciertamente no su forma son bastante notables. Y lo que cuentan, se dice, no es inventado. Son hechos que sucedieron y que hoy en día estarían escondidos en los rincones más oscuros de la Fosa de las Marianas. No hablo del océano pacífico, sino de un lugar impenetrable, no se sabe si real o no, de la Deep Web o Red Oscura.

Tuve la suerte de encontrar en un hotel de la costa, en Mar del Plata, un cuaderno con cuentos superiores a la producción narrativa que correspondía a aquella época. Los cuentos me sorprendieron por su estilo pero más que nada por su contenido. Pertenecían a una escritora. En esa época, como casi siempre, las escritoras eran de una clase social privilegiada. No era fácil que los hombres te dejaran tomar un bocado.

Casualmente hoy en día protegen esos cuentos, en su mayoría por mujeres, un círculo de escritores que conocen su existencia pero prefieren que permanezcan ocultos para siempre. El Argentum Hermeticum Fantástico es un breviario interesante que solamente circula en grupos reducidos de amantes de lo extraño. La hermandad, algunos alcohólicos, otros sedientos de poder, protege con cuidado la entrada a ese mundo que pondría en jaque cualquier teoría de evolución literaria.

En el Argentum Hermeticum existen muchos cuentos que señalan la costa atlántica, o la costa, como la llamamos, como un lugar plagado de hechos increíbles y entidades de otras dimensiones o directamente diabólicas. Antes era la pampa a secas que terminó siendo el Allá lejos y hace tiempo, donde tal vez esté sugerido, de pasada, un buen relato fantástico.

El siguiente relato, si bien no pertenece a ese cuerpo hermético del que sólo he leído algunos cuentos porque los escritores no lo dejan tocar, lo escuché de primera mano de un conocido. Pero al enterarme de los cuentos que señalan el lugar cercano al mar, cuyos caracoles eran más grandes y sonoros en la época de los primeros narradores argentinos, como establecimiento de entidades sobrenaturales, no puedo más que escribirlo como otra anécdota que podría reposar en esas hojas amarillas, conquistadas por las pulgas y comidas por las ratas.

Mi conocido estaba de vacaciones en el partido de la costa atlántica bonaerense, en la localidad X, no diré cuál, no quiero que los alquileres bajen de precio y las casas se devalúen, ni que ocurra lo contrario por culpa de exponer esta historia. La literatura nunca modificó la economía y este tampoco será el caso.

Cuando se cierran las sombrillas, se devuelve la arena a los agujeros que sirven para que las mismas no se vuelen y terminen clavadas en la garganta de algún desprevenido, como ya ha ocurrido, cuando todo vuelve a ser normal, cuando nos rascamos la arena de los dedos de los pies, pensamos qué haremos al alejarnos del mar.

Lo común es comprar algo, la playa da hambre, mucho, y más si uno se zambulle al mar, uno inconscientemente siempre hace fuerza para que el mar no lo arrastre, aunque a veces la tranquilidad está en mirar el sol mientras flotamos, esa paz que se pierde a la vuelta, cuando volvemos al departamento, a la casa, al hotel, a la carpa. Qué placer meterse al mar en la mañana donde el mar de aquí parece otro mar que luego se transforma a la tarde de la peor manera posible.

Pero sigamos sin opiniones personales. A mi conocido no le gustaban las ferias hippies, las calles céntricas, las caracolas con vírgenes que predicen el tiempo según sus colores,  los libros que parecen haber sido lanzados desde mediados del siglo pasado por una embarcación a punto de naufragar a las librerías de saldos, y ninguna de las alternativas que la noche de la costa puede brindar, que no sea mirar las estrellas, reposar, leer, dormir o preparar un asado.

Mi conocido solo pensaba en retornar a su departamento con su mujer. A sus años, que no eran pocos, ya estaba acostumbrado a la dinámica de la costa, de la playa, de las sombrillas, de las banderas que señalan el mar peligroso o inofensivo.

Mientras arrastraba la sombrilla a sus espaldas como si fuera un pequeño cohete inútil, pensó que lo más aventurero sería volver a su transitorio hogar por una calle no habitual poco transitada, que no le hiciera recordar que otros volvían como él de la playa con sus cohetes inútiles en sus espaldas. Dobló por la costanera y enfrentó una calle no tan arbolada como él hubiera deseado, pero desierta.

A la mitad de su caminata, entre tantos chalet californianos,mi conocido tropezó con un desnivel en la vereda de uno de ellos. Se rompió la cara. La sangre brotó de su frente. Su mejor pegó un grito.

Mientras eran observados, sin saberlo, por una pareja como ellos, pero cuyos integrantes eran más jóvenes, un hombre y una mujer que estaban sentados plácidamente en la pared baja del jardín delantero.

Lo próximo que recuerda mi conocido es el agua cayendo en su cabeza en la pileta de los testigos de su accidente y los dueños de la casa. Cuando giró la cabeza en el lavabo para observarlos de perfil, en el baño, los rasgos faciales de la pareja se deformaron con una pequeña latencia para convertirse en saturninos semblantes con ofídicas pupilas que lo miraban con fijeza.

Por lo tanto, mi conocido trató de salir rajando del lugar cuanto antes, dejando en claro que el golpe no le había causado nada grave. De hecho, la herida le dolía y mucho me confesó. Volvió a su casa con la frente tan hinchada y la nariz algo partida.

A la noche, en su habitación, mi conocido le dijo a su mujer que si bien era el deber de la pareja ayudarlo porque la vereda peligrosa era de la propiedad de ellos, en verdad habían sido muy amables en dejarlo entrar en su baño, y socorrerlo con una venda y el agua.

Pero antes de dormirse recordó el detalle alarmante: los ojos de los integrantes de la pareja se habían transformado frente a él. ¿Por qué? Esas cosas no pasaban.

Decidió retornar al otro día a la casa de sus auxiliadores para regalarles una caja de alfajores y verlos otra vez para cerciorarse de que no tuvieran una cara cambiante.

El chalet brillaba bajo el sol, ya que era la hora de estar en la playa. Mi conocido era consciente de que había sido una accidente agradable; la excusa perfecta para armar otro plan que no sea ir a la playa con su esposa.

Con la caja de alfajores en un brazo, golpeó la puerta con el otro y esperó. Nada.

Oyó un crujido, una especie de respiración jadeante que provenía de adentro, y pensó que tal vez los dueños de la casa estuviesen haciendo algo que parecía más humano que ellos. Eso lo calmó un poco y dio media vuelta, volvió sobre su paso, con la idea de comerse los alfajores a la noche con un café, después de todo, eran ricos, los más ricos de ese paraje de la costa atlántica.

Entonces sintió un escalofrío a sus espaldas.

La puerta de entrada bajo la galería exterior se estaba abriendo sola. Escuchó el sonido inconfundible de la oportunidad, el aire fresco que venía de adentro de esa casa golpeó su cuello, y supo que la puerta se abría para que él entrara al vestíbulo.

Era un vestíbulo de casa de inmigrante italiano, con dos sillones enfrentados y una mesita en el medio, como si pasaran los antiguos dueños la tarde ahí esperando una visita o levantándose, apoyados en su andador, para mirar a la calle a través de los sucios cristales de sus ventanas.

Primero, creyó que estaba vacío. Que no había nadie en esa habitación de la casa en la que no había reparado el día anterior.

Pero no era así, la pareja estaba sentada en los antiguos y duros sillones, rígidos, como si fueran autómatas, perdidos en los sueños que sugerían sus ojos cerrados. Sus manos estaban cerradas en sus regazos como en una plegaria. Enfrentados, cada uno en su pequeño sillón, la pareja parecía más separada que nunca.

Mi conocido tosió dos veces. Los ojos de sus auxiliadores se abrieron sin apuro, lentamente y se clavaron cada uno a su turno, primero los de la mujer, luego el del hombre, en los suyos. El sol se apagó detrás de la espalda de mi conocido en cuanto la pareja despertó de su trance. El día se volvió gris.  Comenzó a llover.

Mi conocido entregó la caja de alfajores a la mujer, que la recibió con unas manos de uñas largas y grises, demasiado largas y demasiado grises. Intentó conversar con ellos para saber si eran turistas o residentes pero se mostraron reticentes y molestos. Y cada tanto los dos bañaban sus labios con la saliva de sus lenguas. Por lo tanto mi conocido, en ese momento recordó que en el baño había notado lo mismo el día anterior mientras su sangre se mezclaba con el agua de la canilla del lavabo. Entonces, si bien los ojos no eran ofídicos como lo recordaba, mi conocido se dio cuenta que los habitantes de la casa tenían una cara cambiante, bastante difícil de clasificar. No podía asimilar las facciones. Eso lo hizo zozobrar, como si estuviera en el borde de la terraza de una casa, en vez de en la costa atlántica en la casa de unos posibles turistas extraños.

Al otro día, mi conocido decidió volver a la playa cuanto antes y seguir el recorrido por el que había terminado en el suelo de una vereda dos días atrás.

Su esposa lo acompañó, preocupada por lo salud mental de su compañero. La noche anterior había hablado de más. De cosas negativas. Le molestaba a ella cuando él se ponía tan serio y negativo. En general, discutían por ese tema. En realidad la que percibía lo negativo era ella, para él no eran negativas si no relatos que le gustaba contar para no aburrirse y jugar con las emociones. Después de todo, a mi conocido, como los primeros relatores de lo fantástico, le encantaba contar historias, y no todas podían ser alegres.

A la altura de la casa tuvo que bajar el cordón de la vereda y alejarse de la misma para observarlo todo desde el medio de la calle.

Había un cartel grande que decía: En Venta. Y tenía una pegatina cruzada que decía Vendida. Las puertas estaban cruzadas por maderas nuevas. Las ventanas también. El pasto había crecido por la lluvia del día anterior. Estaba demasiado alto. Le pareció que el día anterior la casa no estaba en venta. Su esposa opinó que tal vez estaban tan preocupados por el golpe que se dio que simplemente no lo habían notado.

Lo cierto era que de un día para el otro, los ocupantes se habían marchado a otras playas, a otras ciudades, vaya saber. Mi conocido jamás podría reconocerlos pero me aseguró que no eran gente ordinaria, que ni siquiera eran gente, que podían ser otro tipo de seres en los que nunca había creído del todo. Y que para que nadie sospechara nada extraño, habían agregado ese cartel que decía En Venta y Vendido a la vez. Después de todo, la gente de ese lugar está acostumbrada a una subsistencia inexplicable para ellos mismos si se les pregunta bien, y cada vez más, a la gente para ellos rara de la ciudad que escapa del bullicio para establecerse cerca del mar.

Este subgénero del cuento fantástico, que llamaré de los cara cambiante, se repite en algunos relatos que encontré en las narraciones de los primeros cuentistas argentinos, donde yace inexplorada el esplendor de la verdadera narrativa del cuento sobrenatural argentino del siglo XIX.

 

por Adrián Gastón Fares, 27 de Enero de 2019.

 

El vendedor de tiempo

Hasta sacar turno fue difícil. Tuve que armarme de paciencia para aguantar hasta ese día y de tesón para sentarme en una silla frente a su mesa en el bar. Había que traspasar a un grupo de sindicalistas que estaban buscando al manosanta para que les augurara el resultado de las elecciones del año próximo. Como el augurio no era favorable para ellos intentaban sobornarlo para que realice un gualicho político. En vano porque el manosanta tenía más guardaespaldas diseminados por el bar que el líder sindical.

Lograron echar a los sindicalistas y logré sentarme frente al gurú. Sin vueltas, le dije que necesitaba comprar tiempo. Alisó su barba, bebió un trago de moscato y respondió que eso salía caro.

–¿Cuánto?–pregunté.

–Todo el dinero que tengas.

–Ahora tengo mil pesos.

–Dame los mil pesos.

Los tomó y se los entregó a un niño que lo secundaba.

–Para los fichines–le dijo.

–¿Y?–pregunté.

–Dije todo tu dinero. Eso es un vuelto que tenías en el bolsillo.

–No tengo más–aclaré.

–Entonces nada.

Me alejé y en un rapto de locura giré otra vez hacia la mesa que ocupaba el gurú en ese bar notable del centro de Buenos Aires. A su lado había un hombre con anteojos con lentillas de un brillo rojizo.

–Ok, te voy a dar mi casa.

–¿Tu auto?–preguntó el gurú.

–Mi auto también.

Extendió un contrato que firmé sin mirar.

–¿Y ahora?–pregunté.

–¿Vos querés tiempo, no? ¿Por qué lo querés?

–Estoy enfermo. Necesito un año para termina una tesis.

Los acompañantes del gurú comenzaron a reírse en ese típico bar de Buenos Aires. Estaban realizando otras tareas pero parecían estar atentos a nuestra conversación. Hasta el jamón que colgaba del techo parecía haber cobrado vida y temblaba por el estruendo de las risas. El gurú dejó de reír y señaló al hombre de  anteojos rojizos.

–Preguntale.

–¿De qué es la tesis?–se dirigió a mí el de gafas.

–Es una investigación sobre las diferentes especies humanas que conviven en la actualidad. Sabían que los Nearderthales llegaron a convivir con los Homo Sapiens, ¿no? Incluso parece ser que los extinguieron. Estoy estudiando distintos cerebros donados a la ciencia.

–Qué lindo ¿Y necesitás un año para eso?

–Mínimo–respondí.

–¿Cuánto te queda?

–¿De vida? Como mucho seis meses.

–Bueno–leyó el contrato.– Alejandro Heredia te presento a Gustavito.

Gustavito se sacó las gafas rojizas. Tenía lentes de contactos claros que contrastaban con su piel morena. Por lo demás, parecía un ex boxeador. El gurú preguntó.

–Ahora, ¿cuánto le queda de tiempo a Alejandro, Gustavito?

–¿Para terminar su investigación y escribir la tesis?–inquirió Gustavito.

–Así es, maestro–dijo el gurú.

–Un mes.

Enloquecí. En un mes no podría escribir ni diez páginas de mi tesis, ni mucho menos reunir los datos y hacer los experimentos necesarios.

–Necesito más tiempo, no menos–contesté subrayando la palabra más.

–¿Tenía un mes no, Gustavito?

–Tiene un mes–contestó el gurú.

–¿Y si no lo termino en un mes?–pregunté.

Gustavito abrió un cajón de la mesa, extrajo una pistola y la apoyo en la madera gastada de la mesa.

–Ya está cargada. En menos de un mes te va a encontrar.

–¿Un mes?

–Sabés que, Gustavito, ya que insiste, vamos a darle treinta días corridos ¿Te parece, justo?

–A ella le parece justo–dijo Gustavito sus ojos azules clavados en el frío metal de la pistola.

–¿Y a vos?–preguntó el gurú.

–Treinta días corridos me parece más que necesario.

–¡Son unos estafadore!–grité.

Aquel manosanta era mi último recurso. Había llegado a él por un editor de ciencia ficción, un gran amigo, que me lo había recomendado como la única solución a mi problema. Como yo estaba descubriendo información sobre el ser humano que me parecía increíble hasta el momento, estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal de ganar tiempo para terminar mi trabajo científico. Según mi amigo editor, el gurú había encontrado la manera de manipular el tiempo a gusto.

–Ni en un año y medio podría terminar este trabajo–expliqué.

–Veinticinco días corridos tenés ahora–murmuró Gustavito.

–Veinticinco días corridos–repitió el gurú.

Gustavito tomó una agenda barata, marcó una fecha del mes en que estábamos, y me la entregó. Luego acarició el arma.

–Ese día ella y yo vamos a dar un paseo. Hasta donde quieras que estés.

Tragué saliva.

Así fue que compré el tiempo para terminar mi tesis. Como verán si estoy escribiendo esto es que me sobraron unos cuantos días de ocio luego de finalizar el trabajo. Antes de dejar a Gustavito y de volverlo a ver recién el día que disparó tres tiros contra el cristal de la ventana de mi apartamento, el día en que tuve que escapar y buscarme un hotel para escribir las últimas veinte páginas de la tesis, antes de entregarla a mi editor, el gurú preguntó:

–¿Vos querías comprar tiempo, no?

–Sí, pero pensé…–balbuceé.

–El dinero es para tu sicario–dijo el gurú, mirando de reojo a Gustavito

Y agregó:

–El tiempo es tuyo.

Por Adrián Gastón Fares

El hombre sin cara. Cuento.

Un hombre sin rasgos faciales nació en el barrio de Once de Buenos Aires. Los médicos que lo extrajeron del cuerpo de su madre le advirtieron a ella que no tenía rasgos faciales, pero aclararon que gracias a Dios tenía todos los sentidos intactos. El niño había llorado y todo, luego de un minuto, ya que a través de los poros de su pielcita, salió disparada una nube de vapor, como si algo hubiera activado un rociador, que se esparció por toda la sala de la clínica.

Según el médico su verdadera cara estaba debajo de gruesos pliegues de lampiña piel, pero de alguna manera la información visual y auditiva, que son las más importantes para los humanos, ya que el olfato no parece muy útil, llegaba al cerebro, que estaba en algún lugar de esa cabeza que parecía un huevo rosáceo.

Cuando llegó el momento de pasear con el cochecito de bebé, la madre le dibujó antes con un marcador indeleble unos ojos, una nariz y una boca. El padre retocó un poco el dibujo de la madre y los dos quedaron muy contentos con el resultado. La gente quedó encantada con el resultado en la calle. Le sonreían y hasta lo acariciaban.

Aprendió a mover los rasgos como pudo y en la escuela, haciendo mucho esfuerzo, pudo estirar tanto la parte inferior del huevo que tenía de cara, lo que hubiera sido su mentón, que logró separar una hendidura parecida a una boca, justo donde tenía la boca dibujada. El tiempo pasó y el hombre sin cara creció y pasó como uno más entre los pares, salvo algunas bromas de los pocos que podían darse cuenta que su cara era un dibujo. Durante el colegio secundario el acné revistió la piel de donde hubiera ido el rostro de cráteres y eso ayudó a que otros se sintieran identificado con él. Después de todo, las caras están en proceso de erupción en esos años.

Con el tiempo, después de graduarse en Bellas Artes, el hombre sin cara se convirtió en un intérprete excepcional, aprendió a recitar obras de teatro clásicas de memoria, escribió las suyas, fue premiado, elogiado, e incluso ganó algo de dinero. Tenía ese don de contorsionista en su cara. Era un experto en la imitación. Y no sólo eso, a veces lograba transmitir estados de ánimos jamás experimentados por el público ya que podía plegar la piel de una manera nunca antes apreciada por los espectadores de teatro.

En ese momento, en la cresta de la ola de su popularidad, consiguió enamorar a una chica que con el tiempo se convirtió en su pareja. La misma chica lloró ante las menciones y premios colgados en las paredes del apartamento del hombre sin cara, donde vivía solo, con varios espejos, desde que se había mudado de su Once natal. El hombre sin cara no entendía por qué la chica había llorado, porque a él parecía irle bien.

Al poco tiempo el dinero no alcazaba. Y el hombre sin cara malgastaba en miles de lapiceras y marcadores de tinta indeleble su desequilibrada fortuna. Un primo lejano lo ayudaba en secreto económicamente y eso bastaba a esa familia para mantener la ilusión de que no habían tenido un hijo sin cara. Pero la chica ya no toleraba la situación y la gente decía que había que tener un futuro, que debía tener un PLAN B el hombre sin cara, y hacía rato que el hombre sin cara no quería hacer otra cosa que dibujar, escribir, actuar e incluso bailar; todo lo cual estaba escrito en la obra de teatro que quería presentar cuanto antes.

Así y todo, por esa época la pareja decidió festejar su unión espiritual, ya que la física no paraban de festejarla, y si bien no eligieron casarse, hicieron una fiesta en el apartamento de la suegra del hombre sin cara. Para la fiesta, fue invitado un familiar, el primo lejano que era una especie de mecenas de nuestro protagonista, que había crecido con el hombre sin cara, que había visto a los progenitores del mismo pintarle las facciones, porque era de esos hombres que siempre están en el momento justo y en lugar indicado para influir en la vida de los demás.

Es más, se vistió de lujo para la ocasión, él que era sucio y vulgar, y llevó un sombrero de vaquero, que le daba un aire de patriarca superado. Una mirada del primo lejano dejaba sin valor la de los padres del hombre sin cara. El brillo de esos ojos sagaces y resentidos era capaz de convencer al mundo de que nunca se habían destrenzado los continentes. El amor nunca tuvo un contrincante tan entrenado, tan erguido, tan lastimado como para clamar venganza.

El hombre sin cara, en la terraza donde se festejaba la unión de los amantes, se quejó de que faltaba vino para el festejo, algo de lo que se iba a encargar el primo lejano, incluso había dicho que su finalidad era alegrar la fiesta con los vinos que él mismo producía. El primo dijo, tomándose la punta de su sombrero.

–No tenés cara para decirme esto. No tenés cara.

El hombre sin cara no sabía que contestar. Empezó a sentir un remolino ardiente que nació en su estómago y subió hasta su pecho. Él había hecho las cosas bien, él había administrado las cosas para que ahora estuviera a punto de cumplir y realizar su gran obra. Las sumas que enviaba el primo lejano eran una limosna. Y hasta él había trabajado en sus viñedos al principio sin paga. Pero el primo lejano repitió.

–No tenés cara.

En ese momento el padrastro de la pareja del hombre sin cara se miró con su esposa y todos bajaron la cabeza, desilusionados del hombre con cabeza de huevo.

Unos días después, cuando seguía preparando una obra de teatro que se llamaba El hombre sin cara, el cielo ennegreció y se desató una tormenta, El hombre sin cara estaba ensayando en un galpón que había convertido en sala y se dio cuenta que era el cumpleaños de su querida y debía pasar por la florería. Olvidó su paraguas. La lluvia fue tan fuerte que borró las facciones que tenía dibujadas. Fue tanta el agua que cayó, y tan lacerante, que llegó a borrar incluso las que habían dibujado sus padres. La ciudad se inundó de agua y el semblante del hombre sin cara de tinta.

Las cejas se despintaron, cayeron sobre la nariz en una mancha que ya no tenía límites claros, la nariz se desparramó sobre lo que hubieran sido sus mejillas como si fueran los redondeles rojos de un payaso, y la boca cayó hasta la punta del huevo que debería haber sido su mentón. Aún así llegó a comprar el ramillete de flores para festejar el cumpleaños de su pareja.

Así que entró en su apartamento con las rosas y su pareja empezó a gritar. En vez de decirle que su cara se había desfigurado por el agua, le tiró un trapo y dijo que no podía seguir en la situación en que estaban. También le dejó en claro que era una maldición para sus padres, y para su primo lejano sin dudas, y que evidentemente tenía serios problemas psicológicos que había tratado de advertirle que fueran enmendados. El hombre sin cara sabía que tenía algunos problemas por no haber tenido cara, pero no eran nada comparables a los que tenían los demás. No había manera de explicar su vida.

El hombre sin cara terminó llorando y temblando en su apartamento frente a su pareja que le anunció que lo abandonaba y que se iba bien lejos porque su madre había comprado un pasaje para llevársela de viaje y alejarlo de él lo más rápido posible.

Solo en la casa, el hombre sin cara fue a una caja de madera que tenía en el placard, la abrió y sacó el certificado de hombre sin cara que le habían expedido el estado argentino hacía muy poco tiempo, mientras conocía a la que ahora era su ex pareja. No era el único, pero otros simplemente tenían un huevo en vez de cara, y desde niños andaban así, con una tez oscura, a veces con llagas de restregarla contra la pared para tratar de sentir algo de forma directa, otras veces bronceada por el sol, cuando elegían vivir alejados de la sociedad. Sabía que algunos sentían tanto que elegían esconder la cara en algún armario.

Con el certificado de hombre sin cara, y sin parar de llorar, el hombre se dirigió a la cocina, abrió la hornalla y quemó el certificado, que incluso le había sido entregado por su querida cuando llegó por correo. Luego tomó el jabón blanco de lavar la ropa, fue al baño y comenzó a lavarse la cara, hasta que no quedó ni las cicatrices de las repetidas manchas que había dibujado su madre hace tantos años, y las que él había vuelto a marcar tantas veces con ahínco; las que parecían ojos, una nariz y una diminuta boca, que él mismo había aprendido a fruncir haciendo esfuerzos desmedidos, como el mejor contorsionista, se fueron alisando y la cara quedó casi como un huevo rosado, enrojecido en su totalidad ahora y no sólo en algunas partes por la fricción del jabón y la de sus propias manos. El huevo que tenía de cara parecía ahora un gran ojo restregado.

Fue a una psicóloga, de ascendencia griega, que le dijo, como si fuera el mismo Zeus, que nadie debía quererlo si no quería estar con un hombre sin cara. No era una obligación que su ex pareja lo quisiera; con eso pareció estar descubriendo América la mujer. Luego fue a otro que le dijo que el mundo era injusto. Y que él debía ser descendiente de los primeros homínidos fallidos, esos que relataba el Popol Vuh, con caras yermas como la suya.

Desesperado, visitó a un homeópata que le dijo que tomando unas gotitas de un líquido podría empezar a recuperar sus rasgos. Todos los defectos del hombre sin cara que no tenían que ver con no tener rostro comenzaron a agigantarse ante él como terribles pesadillas que se proyectaban en la pared desnuda del apartamento donde vivía. Necesitaba salir de ese lugar cuanto antes.

Se había dado cuenta del gran sobreesfuerzo que estuvo haciendo toda su vida para encajar, para salir adelante, porque él era el primero de todos que sabía que en lugar de una cara tenía una planicie que tuvo que aprender a domar para expresar sus variadas emociones. Al principio golpeaba con su cabeza la de los demás, para dar a entender que le gustaban. Algunos, y con razón, lo tomaban a mal. Descubrir lo que ya se sabe es lo más aburrido del mundo. Y la tristeza y el sopor de lo monótono inundaron al hombre sin cara. El futuro estaba vacío.

Como el agua ahora parecía perseguirlo, el día que salió de su apartamento dispuesto a conquistar el mundo otra vez no paraba de lloviznar. En las calles céntricas de Buenos Aires, trató de encontrar a otro hombre sin cara, a una mujer sin cara también, pero fue en vano, todos parecían haber escapado de alguna manera de ese lugar. Sabía que no todos los hombres sin cara tenían cabeza de huevo, así que andaba mirando a los que tenían sombreros, a las que andaban con paraguas escondiendo la cabeza, a las niñas cuyo cabello parecía de utilería, a los niños que llevaban máscaras aunque no hubiera ninguna fiesta ni era carnaval, a los viejos que tenían una pipa más grande que su nariz, y más que nada, a los tatuados, con cuidado, porque algunos decían que traían mala suerte. Pero nada.

Entonces trastabilló y cayó en una zanja sucia, ya cuando estaba por el barrio de Palermo, y había caminado más de cinco kilómetros de donde vivía. Ahora sus facciones eran un caos organizado por el barro de la zanja. Pudo verlo en el baño de un bar y luego se alejó para meterse en el estudio donde estaba ensayando la obra. Juntó fuerzas y con la cara que parecía ser un lodazal, pero guarecido esta vez de la lluvia y de las personas, comenzó a proferir el discurso que había preparado para la obra que iba a interpretar con su amada ausente.

Odiaba realmente más que nunca a su primo lejano. Estaba dispuesto a ir a buscarlo y arrastrarlo de los pelos por todo su viñedo de uvas agrias. Pero él no era así. Sabía que la vida se desplegaba, se alisaba, se contraía, se ahuecaba, arrugaba, se desprendía y que esa verdad era inherente a todo, como si lo que lo separaba de su primo lejano fueran esas tierras resecas y partidas que generan las sequías. Y pensó que esa terracota inutilizable era la que tenía su primo en su corazón.

No había nadie en el galpón que usaba de sala de ensayo. Las ratas paseaban por las vigas y sorteaban los reflectores. Las palomas anidaban en el techo de zinc.

El hombre sin cara se mantuvo de pie una hora e interpretó todos los papeles de la obra que había escrito. Luego advirtió que por el techo, que debía estar agujereado, caía un pequeño hilo de agua. Caminó hasta el agua azul verdosa y dejó que lo salpicara para darle así un nuevo aspecto a su redondo y liso semblante. Entonces buscó una vieja silla de madera que había en un vértice de la habitación y se sentó. Levantó su mano derecha, extrajo de sus bolsillos un marcador y dibujó una cara en cada una de las yemas de sus dedos.

Una yema sonreía, la otra expresaba frustración, en el dedo medio había una asombrada, una frívola la seguía y en el meñique una carita absorta. Se quedó mirando su meñique por mucho tiempo, hasta que logró que la cara absorta comenzara a moverse.

De alguna manera, logró que la piel de su dedo meñique se estirara, cambiara de forma, comenzara a hacer una transición entre las caras que estaban dibujadas en las otras yemas. Y se distrajo tanto con eso, que la noche sobrevino, el día, las semanas, los meses y enflaqueció hasta quedar hecho un esqueleto. Un día su cabeza se desplomó del peso.

Lo encontraron, hecho un esqueleto, sin piel y con la cara que los médicos habían dicho que tenía bajo el huevo que debió contener una cara. El rostro descubierto, como el de los demás humanos, era único, y hasta en la deformidad de la muerte conservaba la pasión que lo había guiado en sus pasos por este mundo de gente que, en general, llevaba una cara bien visible.

Y así termina el relato de la vida del hombre sin cara.

Por Adrián Gastón Fares

El cuento original

No fue fácil encontrarla. Días que se convertían en noches cotejando mapas, leyendo sitios de Internet, rebuscando para dar con las claves de un cuento infantil, de esos que sólo cuentan los padres cuando desean asustar a su prole, o quieren sorprenderla, sin sospechar las consecuencias que este tipo de cuentos puede tener sobre la viva imaginación de un niño.

Y cuando me hice grande, cuando dejé de leer libros de terror, de repente, un día, recordé el viejo cuento infantil. Todas las familias tienen su canción, como en La Perla, de Steinbeck, y sin duda todas tienen sus cuento. Las letanías corrosivas de estos cuentos, como los zumbidos, solamente son escuchadas por quienes los padecen. Pero a diferencia de ese descalabro que me afecta tanto, el tinnitus, el padecimiento del cuento estaba unido a cierto placer. Creo que todo me llevó a esa casa, esa tarde, en la costa atlántica, cerca de Mar de Ajó para que se ubiquen pero a la vez se pierdan, porque no se las voy a hacer fácil, porque para mí no lo fue, y las cosas que cuestan son las mejores dicen, y crucé la tranquera, para seguir el camino que me sugerían los sauces y los nogales hasta la puerta desvencijada en el frente de ese chalet californiano hundido por los vientos.

Es sabido que en la costa atlántica de Buenos Aires abundan este tipo de chalet construidos por los italianos pero menos se sabe que es un lugar mágico, plagado de entidades de difícil clasificación científica. Es la cercanía del agua, algunos dicen, de la humedad, la falta de bullicio. Pero toda la costa atlántica está plagada de seres que otros piensan que viven en otras alturas, como las de Córdoba, o en la cristalina belleza de Neuquén. Son cosas que averigüé en el camino de lecturas incansables que me llevaron a dar con la casa exacta. En foros de pesca, en foros de viajeros, hoy en día las claves están para quienes quieran buscarla y estén lo suficientemente locos para hacerlo, o sean apasionados como yo por las aventuras inusuales. Lo único que yo sabía con seguridad era que en ese lugar habitaba un ser descrito por mi padre como fantástico.

Sabía que al empujar la puerta iba a encontrar a una mesa con adornos florales, porque era la historia que contaba mi padre que a su vez le había contado su padre, y que cuando mi padre la visitó ya no había sólo un jarrón con las flores, la casa estaba un poco más venida a menos, pero había sumado un altar con incienso y deliciosas frutas frescas ofrendadas a una fotografía de un orgulloso hombre de campo. Y el ser que vivía dentro seguía apareciendo. Y mi padre también fue bendecido por la presencia radiante y fresca de un ente de difícil descripción, una ondina algunas veces que la contaba, otras una loca ciega, pero bella como pocas, que se había alejado del pueblo a su quinta para esperar a un amante que se había ahogado en su lancha en una tormenta en el mar. Cuando era más pequeño mi padre decía que era una sílfide, una especie de hada que le había dado un gran placer, yo podía entenderlo, porque una noche corrí en el barrio con mi grupo de amigos, durante una peregrinación de la misma Virgen, y había una niña que me gustaba, y jugábamos al ring raje y al llegar a mi casa me pareció que había vivido la aventura más maravillosa del mundo al lado de la niña más dulce que el cielo puede cruzarle a un niño, y soñé durante años con eso, más o menos hasta que la historia que contaba mi padre cambió de cariz, y de repente me vine a enterar que la princesa de la casa abandonada en el camino a Mar de Ajó, no era una sílfide ni un hada, sino una desquiciada que confundía a los raros visitantes de esa quinta con la vuelta de su amor perdido.

Así que ese día esperé impaciente, sentado a la mesa, mirando como el polvillo caía del cielo raso descascarado. Y la primera cosa rara que vi fue al tomar una fotografía.

El flash de la cámara iluminó la habitación y el polvo que parecía caer del cielo raso en realidad subía. O sea, las motas blancas claramente volaban hacia arriba en vez de seguir la gravedad y caer. Me di cuenta que no había razones para ese fenómeno y que el viento que entraba por el cristal roto de la ventana bien podía ser el responsable del remolino que hacía que las motas se comportaran así, aunque las puntas celestes del mantel de la mesa no se movían. Impaciente, observé mejor la mesa. El vaso de vino, la damajuana a un costado, como relataba mi abuelo según mi padre, las servilletas amarillas, como contaba mi progenitor que las había visto, el pedazo de pan negro, de cerámica, no era un pan real, si no esos que ponen de adorno en las panaderías, y los cubiertos, no tan brillantes como contaba mi padre, más bien sucios, con pedazos de algo oscuro que parecía ser sangre. ¿Y dónde estaba la sílfide o la loca de los placeres? Esperé, la sombra de una silla dispuesta en una esquina, al lado de una ventana, se estiró bajo el techo alto y triangular. La vi desplegarse en el suelo hasta que alcanzó mis zapatos (no iba a ir en zapatillas a encontrarme con esa entidad femenina fantástica)

Estaba siguiendo las reglas del cuento. Lo estaba haciendo bien. Pero la casa estaba vacía. Me iba a levantar, avergonzado por haberme creído esa historia pensada y compuesta para los niños, pero no, de repente, una de las puertas que daba a ese living comedor se abrió y una mano pálida tanteó el aire. Tragué saliva y me mantuve en mi lugar, aunque la mano tenía uñas largas y sucias, con tierra húmeda debajo, como si viniera de escarbar en la tierra.

La mujer, porque no me animo a descalificar a un ente infantil con otro nombre, y el de sílfide o loca ya no le cabe, sacó el cuello por la puerta, girándolo como si fuera de goma, y fijando la mirada acuosa de esos ojos donde yo estaba. La oscuridad no dejaba que pudiera ver su cara.

Como pude me mantuve en mi asiento y me convertí, como habían hecho mi abuelo y mi padre, en su amante recobrado, observando como sus pasos se acercaban hasta mi silla como lo había hecho antes la sombra, pero mucho más rápido. Pronto me vi oscurecido por ella y sentí sus manos que me palpaban el rostro y después vi el brillo de un solo colmillo en su dentadura, que iluminó a la vez su boca fruncida: debía tener noventa años. Me quedé quieto, apenado por el destino de lo que uno sueña, que siempre tiene que ser tan distinto a la realidad, pero aún con el objetivo de cumplir un rito familiar y complacer al ente que había agraciado a otros integrantes de mi familia.

Esperé el manoseo, que mis ropas cayeran al piso, que me poseyera como lo había hecho con mi abuelo y mi padre, hacía años que había entendido que el cuento terminó en el dormitorio de la ondina, digamos ahora porque suena más a charco y a barro, incluso ante la risa de mi abuela materna, que decía que su yerno deliraba porque la única que lo aguantaba era su hija, pero sentí que en vez de caricias me estaban atando las manos detrás del respaldo de la silla con una soga.

La luna llena se filtró a través de un tragaluz ubicado sobre la puerta y pude ver mejor la cara de la ondina, que olía a tierra fresca como la que tenía en sus uñas; no tenía noventa años, parecía una anciana porque estaba tan flaca que uno podía contar sus huesos, pero debía rondar los cincuenta o sesenta años. Y tenía la fuerza de una demente.

Atado a la silla, con la respiración de ese ser al que apenas podía ver, me entregué a su juego como si fuera una tradición que debía cumplir, en este país tan falto de tradiciones propias, quise inmolarme a la familiar, la única que conocía, la que me hacía sentir parte de una comunidad, como la que había perdido cuando una exnovia griega había retornado a su país con su alegre familia.

Y pensé que la violación iba a comenzar, los botones de mi camisa cayeron uno a uno, arrancados por esa mano delgada y bruta, y cuando la cabeza de la entidad descendió pude observar que lo que tenía en los ojos era una secreción que ocultaba dos agujeros con forma de ombligo. La nariz del ente era tan chata que parecían ser los orificios de una calavera. Estaba ahí, pero como una mala operación estética, había deformado la cara de la mujer, cuyos rastros parecían haber sido finos y bellos en el pasado, cuando no eran tan angulosos y cuando tal vez la nariz estaba, o era otra, y los párpados estuvieran cerrados quizá y no enrollados en esa forma tan particular.

Y entonces, cuando pensé que sus manos iban a bajar hasta mi cinturón, cuando imaginaba que iba a sentir el casi nulo peso de ese cuerpo sobre el mío, y la tela inmunda de ese vestido manchado de orina, que iba a ocultar el abrazo de caderas en el que íbamos a quedar ese ente ciego y yo, sentí que pegaba sus ojos a mi pecho.

Me sacudí porque un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero mi movimiento no era para escapar si no para descubrir cuál era el objetivo de la exsílfide de los cuentos familiares.

Al ser la nariz chata, sobresalían más esos ojos con párpados enrollados como una persiana metálica vieja y rota que el resto de sus facciones. Y fueron sus ojos y los pómulos de sus mejillas los que empezaron a rozar mi piel. Al principio sentí una especie de frenesí, de ganas de que el acto sexual que esperaba se consumara, medí mi duda porque tal vez los cuentos siempre son un poco más oscuros de los que parecen, y al final existía esa recompensa de la que hablaba mi abuelo, la que transmitió a mi padre.

Pero el ser siguió rascándose contra mi pecho, a veces más rápido, otra veces más lento, pero sin parar, y ya no era el viento que entraba por el cristal roto el que sentía sino el de esas fosas nasales, que solamente exhalaban aire caliente, y sentía también que me ardía la piel porque el ente no paraba de restregar su cara contra mí, y luego siguió haciéndolo contra mi cuello.

El aire empezó a enfriarse, la llegada de la madrugada no debía estar lejos, y el ser seguía empeñado en lustrar mi cuerpo con su cara. Luego encontró mis zapatos, me descalzó, me quitó las medias y empezó a hacer frotar sus ojos contra mis pies.

Me reí como un loco en ese momento, aunque el pecho y el cuello me ardían de tanta fricción y aunque al mirar hacia abajo había visto que la sangre manaba de mi pecho como si esa cara me hubiera abrasado con sus frenéticas caricias.

El calor comenzó a llegar a mis pies, mientras imaginé que la boca de la exsílfide, en la más completa oscuridad, sonreía y se deleitaba. Cuando vi que apuntaba hacia mi cara, que su idea era ahora restregarse contra ella lo más que pudiera, empujé la silla hacia atrás. El ser trastabilló, giró la cabeza velozmente y acercó los ojos al florero, al jazmín marchito que desfallecía en el cristal. Comprendí que las dos aberturas que estaban sobre su nariz no eran ojos, que la nariz no podía ser una nariz, que lo que estaba haciendo era oler con sus ojos para ubicarse y que por eso los había frotado contra casi todo mi cuerpo, de una manera no tan impúdica es verdad, pero lacerante. Cuando su dos agujeros vertiginosos volvieron a apuntar hacia mí, hacia mi cara, desaté como pude los nudos, esa soga que en el suelo me parecía un ojo ahora, y dejé al ente en el medio de la habitación. Giré la cabeza antes de cerrar la puerta y vi cómo caía al piso y luego se arrastraba hacia mí con bastante velocidad, como si esa fuera su forma de caminar por el antiguo chalet californiano.

Así que si deciden parar en la ruta en su camino a la costa atlántica en las próximas vacaciones, o si van y vienen por trabajo, recuerden que hay una casa, detrás de unos árboles, morada por un ciega que alguna vez fue hermosa pero que el tiempo ha cambiado. Y recuerden que como dijo un maestro de zazen, practica que me consoló del tinnitus y de la vida, el tiempo fluye del presente al pasado, y ese margen de tiempo es impiadoso con los bellos cuentos. Más que nada sepan que las tradiciones a veces piden un sacrificio que no estamos dispuestos a tolerar.

En cuanto a ellos, los seres que descubrí en mi búsqueda de una mujer cuyos sentidos estaban intercambiados, que olía con los ojos, pero que era real; ellos son otra cosa, no son de este mundo, no envejecen, pero sí se adaptan a las circunstancias, y es más difícil encontrarlos. Pero no imposible. Y tendré que buscarlos para poder contar mi propia historia a mis sobrinos, una historia que el tiempo no destiña, cuyo objetivo brille más que el sol de aquella mañana en la que me aleje del chalet californiano a toda velocidad, con el cuerpo dolorido por las heridas que me causaron los ojos de esa mujer.

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

Deslizate en el fuego. Cuento.

Parecía un decorado. El receptáculo blanco, con forma de molusco, que contenía a su antepasado, con trazos grises en los contornos, podía ser un dibujo en la pared. Pero no, era macizo y real. Dentro de ese hangar, en ese edificio magnánimo, descansaba un ser que había sido necesario para que él lo estuviera observando en ese instante. Sin ese ser, Oliverio nunca hubiera sido. El pensamiento lo mareó un poco. El lugar daba para ponerse a cavilar porque no había mucho que mirar. Salvo la pantalla, pero no quería que absorbiera su atención.

La habitación donde tenían a su antepasado era única. Estaba separada de la que contenía al resto de los receptáculos porque la familia de Oliverio había acumulado mucho dinero desde que el primer inmigrante italiano pisó el suelo del país, varios siglos atrás, allá por el 1900.

A Oliverio no le gustaban los números ni pensar en ellos. Con cierto desdén, aunque con un interés que no supo disimular ante el empleado de la empresa, confirmó que según el cronómetro del receptáculo faltaban tres días para que volvieran a la vida a su antepasado.

La ley exigía que un descendiente estuviera presente en el momento de la reanimación. El resto de su familia no quería hacerse cargo. Su padre, de vacaciones, tampoco hubiera existido sin la cosa que ahora flotaba en la máquina.

A Bautista lo habían criogenizado a los noventa años. El viejo se había empecinado. Al despertar su condena habría terminado. Pronto estaría libre. Lo había calculado.

Cómo odiaba los números, pensaba Oliverio. Esos números que eran tan vitales para el miembro de su estirpe.

El molusco no permitía ver las facciones de Bautista Segundo. El ser inspiraba y expiraba a través de dos tentáculos. Oliverio tenía grabada en su mente una fotografía del que estaba adentro de la caja. El ex jefe de la policía estaba en un zoológico y alzaba en sus brazos a un niño ¿Quién era ese otro antepasado?

Le daba igual a Oliverio. En la pantalla ubicada en el plexo solar del molusco podía ver las imágenes que proyectaba el ser que estaba adentro. Bautista estaba recordando como una mujer lo afeitaba frente a un espejo. Tenía que reconocer que las facciones de Bautista eran más afiladas que las suyas, su mentón más firme. Gracias a esa succión de recuerdos que demandaba la pantalla, la mente del congelado se mantenía activa. De otra manera, los recuerdos podían perderse y el que resucitara sería un ser sin pasado, con la memoria de un bebé.

La memoria era importante. El pasado. Lo que a Oliverio lo atraía de la situación era su trasfondo maléfico. Una búsqueda rápida de datos había dado como resultado lo que sus padres no quisieron nunca reconocer.

Bautista Segundo no había dudado en torturar a los que lideraban organizaciones religiosas cuando la revolución así lo había pedido. Su antepasado había mandado a asesinar a miembros de todas las religiones.

Oliverio no sabía mucho de historia pero la consigna había sido clara: exterminar las religiones organizadas. Se habían vuelto un peligro para el mundo. Su antepasado tenía un prontuario notable, incluso había practicado los últimos exorcismos, que eran una parodia de los reales, que terminaban en violaciones, estupros y asesinatos. Había sido una de las caras visibles del exterminio. La secularización había terminado con todas las creencias. Sólo algunos esperaban sin esperanza la aparición de vida extraterrestre.

Los gendarmes y la ciencia habían arrasado con todo. Era por la ciencia que Bautista estaba en ese cajón mágico y que no era una piedra, un puñado de polvo, o con suerte un par de huesos en una urna de un cementerio.

Dejó el edificio de la empresa, se subió a su motocicleta y volvió a su casa. Era la segunda vez que veía el receptáculo. En la primera había notado que otra persona lo miraba desde el otro lado de la pared de vidrio. El chico desapareció rápido.

Oliverio aceleraba mientras pensaba que la velocidad hacía que se olvidara de los números mejor. En una pisada podía pasar de 200 a 300 kilómetros por hora. Era imposible contar ese cambio en un período de tiempo tan corto. Eso lo alegraba y despreocupaba.

Pronto otra motocicleta lo alcanzó. Se le pegó y trató de desestabilizarlo para que chocara contra un camión. Oliverio traspaso el camión y aceleró, pero la motocicleta volvió a alcanzarlo con el objetivo claro de hacerlo despistar. Su motocicleta se ladeó hacia la derecha pero logró estabilizarla y esta vez alcanzó al otro motoquero. Le tiró su moto encima. A diferencia de él, su perseguidor tenía un casco, es lo que llego a ver mientras la motocicleta se metía entre las malezas a la vera de la ruta y el conductor salía expelido.

Oliverio detuvo su motocicleta y caminó hasta el tipo de casco. La motocicleta del desconocido se había arruinado pero el traje de grafeno que llevaba el motoquero lo había salvado. Oliverio buscó en su bolsillo el cuchillo y lo esgrimió contra el desconocido.

Él no se hacía problema, no llevaba casco ni nada. No le preocupaba estrellarse. El motoquero caído se quitó el caso. Oliverio reconoció al mismo chico que lo estaba espiado en la empresa.

El chico escupió y le dijo a Oliverio que no iba a permitir que despertara a ese monstruo asesino.

Oliverio, que no estaba seguro de si quería conocer o no a su antepasado, ante este exabrupto que lo ponía entre dos aguas, sintió que su vida tenía una razón y contestó.

–Es el derecho de Bautista volver. Él lo pidió. Pagó por eso.

–Pagó con la plata que le sacó a los que mató, Oliverio. Te conozco. Conozco a tu familia.

–Si seguís hablando así–contestó con seguridad Oliverio–­. Voy a clavarte esto en el ojo. Y te voy a meter ese casco caro en el culo.

El chico se levantó y le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el traje que llevaba.

–Dale, hacélo.

–¿Quién sos?–. Le preguntó Oliverio.

–No tenemos la misma sangre. Pero vengo de la familia de la hermana de tu antepasado. Bautista mató a mis precursores, unos pastores evangelistas, y entregó al bebé que tenían a su hermana.

A Oliverio le importaba poco y nada el asunto. Lo que agregó el desconocido que afirmaba ser su familiar lo hizo reaccionar.

–No voy a permitir que levanten a ese viejo.

–Bueno–dijo Oliverio–. Eso se verá en tres días.

Se subió a su motocicleta y abandonó al extraño.

La satisfacción por haber encontrado un oponente apasionado, alguien que tal vez creyera con firmeza en algo, lo hacía pisar el acelerador a fondo.

Volvió a su apartamento, un piso ubicado en la esquina de la Avenida Santa Fe y la calle Talcahuano. Durmió un día entero. Al despertar contactó a su padre. Desde una playa y con la nuca sobre los duros pechos de una joven su padre le encomendó, con la promesa de retribuirle con dinero, el resguardo de la vuelta a la vida de Bautista.

Ya tenía dos incentivos. La estupidez del desconocido y el dinero de su padre.

Entrada la noche volvió a la empresa. Tenía que firmar el contrato donde certificaba que no demandaría a la empresa si la reanimación fallaba. Por otro lado, se sorprendió cuando la empleada del turno noche le explicó que se había puesto en marcha el rejuvenecimiento que había exigido Bautista.

Que no esperase ver salir a un anciano de la máquina. Si todo iba bien Bautista saldría con unos cuarenta años, que era lo que tenía, más o menos, cuando había cumplido con sus nefastas funciones.

Oliverio se sentó en una silla y se pasó la noche mirando los recuerdos de su ascendente.

Bautista levantaba a un niño. Corría por la costa bonaerense, debía ser Mar del Plata, donde ahora estaba la ruina que había sido la casa que el viejo tenía. En otra imágenes, Bautista, con la mirada acerada, enfrenta a una junta de jueces. Margarita O., una joven, declara que Bautista había matado a sus padres a sangre fría. Eran inocentes.  Sólo organizaban reuniones evangelistas. Su objetivo era mejorar el mundo, no destruirlo. No tenían nada que ver con los fanáticos religiosos que habían iniciado esa persecución despiadada. Bautista no contesta pero aclara que seguía órdenes.

Luego, ya viejo, está solo en una habitación, intenta salir, pero hay un policía en la puerta que lo detiene, vuelve sobre sus pasos, y se sienta apesadumbrado pero con la mirada altiva.

Oliverio buscó a la empleada y le preguntó si tenía criogenizado a un descendiente de Margarita O.

–Es una de las primeras junto con Bautista, Oli–. La empleada tenía el deber de llamarlo con su diminutivo, ser cariñosa, como en las tiendas de comida–. Ahora te voy a llevar a ver a la hija de Margarita O, está en la fosa común, si no te molesta entrar ahí claro, te llevo.

Filas de esos moluscos mecánicos se sucedían hasta casi el infinito. Oliverio se puso a ver la pantallita de la hija de Margarita. Sofía, se había llamado y se seguiría llamando.

El receptáculo, como el de su abuelo, había sido reforzado, modernizado y refaccionado a través de los siglos. No parecían simples heladeras como los primeros. Para apreciar el contraste sólo hacía falta mirar hacia el fondo.

Ahí estaban los receptáculos cuyos dueños no habían pagado lo suficiente para el mantenimiento. Eran unas cajas metálicas antiguas, tipo freezer comercial, medio oxidadas. Los ocupantes tal vez seguirían adentro hasta el fin de los tiempos. Oliverio había escuchado que algunos que salían de esas cajas vivían un día y morían. Un día para ver el futuro, qué locura.

Pero no sería el caso de Sofía, que estaba sumergida en un receptáculo actualizado y bien mantenido. Por lo que podía verse, siendo aún joven, y recién enterada de la criogenización de Bautista, la chica había desembolsado lo que había cobrado de indemnización su madre por el crimen de sus progenitores para asegurarse que dos días después de que volviera a la vida Bautista, ella también lo hiciera.

En las imágenes de Sofía se la veía junto a su madre de bebé succionando la teta en un calabozo. Luego con otra mujer, que vagamente le recordaba su padre a Oliverio, Sofía daba sus primeros pasos en la calle. Ya crecida, la hija de Margarita O., patina sobre hielo y es ovacionada por una multitud. No debía haberle costado el cambio, ese exilio en la máquina, pensó Oliverio.

Siguen imágenes de juicios. Sofía llora de alegría ante policías, de mirada preocupada, más jóvenes que Bautista. Esta vez, con esa mirada esperanzadora, estúpidamente triunfal, Oliverio la encontró parecida al motoquero que lo había perseguido.

Terminó teniendo sexo con la empleada en la cocina de la empresa. Sintió que se enamoraba. ¿Era eso? ¿Así nomás? ¿Cómo se atrevía hacerlo sentir de esa manera?

El amor era tan peligroso. Si bien las religiones habían desaparecido ante los avances vertiginosos de la ciencia, el amor seguía pujando y era la próxima cruzada de los humanos. Oliverio estaba de acuerdo en que era mejor la relación que su padre tenía con ese par de tetas de plástico que la que podía generar ese sentimiento pegajoso, irresponsable, que nacía en la panza y terminaba en los labios y que el común de los humanos llamaba amor.

¿Cómo era que una idea inventada por los humanos producía cambios químicos en el cuerpo? La creencia en la precognición de algunos retrógrados estaba basada en que era un instrumento para el amor. Las pruebas se habían sumado. Las coincidencias y los augurios debían ser atendidos. Lo único que había sido capaz de atentar contra la solidez del grafeno era lo que acababa de sentir cuando introducía parte de su carne en la carne de la empleada. Se olió la mano. Ese hedor…

Volvió a su casa, le temía más volver a encontrase con la empleada que enfrentar a ese chico que quería venganza. Desde el ventanal, observó la calle vacía y los vehículos que pasaban. Un par de zapatillas expuesto en una vidriera brillaba. Con lo que le pagaría su padre podía comprarse uno de esos y pagar las expensas a la vez. Era lo único que le importaba. Con un traje de grafeno y ese par de zapatillas podría esquiar sobre lava volcánica en las vacaciones. Deslizarse en el fuego. Eso era vivir. No quería atarse a nadie, ni siquiera a esa chica y mucho menos a ese ser que irrumpiría en su mundo en poco tiempo, con el que al fin y al cabo no tenía ninguna obligación más que asegurar su venida, porque lo único que le importaba era subir a esa montaña.

Sacaron uno a una las agarraderas que mantenían unidas las tapas del molusco dentro del cual flotaba Bautista.

Oliverio, como los dos técnicos presentes, llevaba barbijo y guardapolvos blancos. La resucitación ya estaba en marcha. La tapa comenzaba a levantarse. Salía humo. El olor era parecido al formol y lo prefería al otro que le había quedado pegado a sus manos.

Escuchó unos tiros y vio que entraba ese chico que lo había perseguido. Le disparó a los dos técnicos. Las paredes blancas se rayaron de grumos de sangre. Oliverio logró sacar su cuchillo y lo clavó en el cuello del chico que cayó redondo al piso. Mucho no le había servido el traje negro de grafeno al muy estúpido, pensó Oliverio. Fue lo último que pensó, porque desde el suelo el chico sacó otra pistola y le disparó un tiro que voló a Oliverio del mundo.

El día estaba nublado. El cielo arrastraba estrías blancuzcas. El edificio de la empresa, una masa gris con una puerta enorme, se recortaba contra el horizonte como si fuera el último refugio de la humanidad.

La puerta se abrió y salió caminando un hombre de unos cuarenta años con un portafolio negro. Con paso firme, marcial, dejó el predio y se adentró en la ciudad.

por Adrián Gastón Fares

Los edificios. Cuento.

Años encerrado en una habitación de paredes ocres. A mediodía, un rayo de sol entraba por un agujero hasta asentarse en una esquina. Desde el principio, habían llegado personas, toleró a algunas, quiso a otras, venían a entregarle un mensaje, a instruirlo para las pruebas: eran las pruebas, hablaban con él, se hacían tolerar o querer, ya lo dijimos, y desaparecían. Por su situación habían pasado muchos, como los vecinos que vivían en los otros recintos y ahora trabajaban para los magos. Lo recibían, para aconsejarlo a veces, darle un talismán otras, o para castigarlo, cuando retornaba de las pruebas y era que había fallado.

Mete el dedo índice en el rayo de sol y dispersa las partículas de polvo. Pasos leves en el pasillo. Un trío de mujeres se asoma. Debe seguirlas. Significa que su estancia ha concluido. Las sigue por el pasillo hasta la luz cegadora. Fuera de la pirámide su iniciación es condecorada por la ovación de sus amigos.  Abajo, una mujer de espaldas con el pelo revuelto por el viento del río. Las tres mujeres lo animan a descender por las rocas.

por Adrián Gastón Fares

La casa del temor

Antes que ellos muchos hicieron lo mismo. En la historia de la medicina hay algo en común entre los zapatos de los grandes caminantes, los cuernos de los unicornios, los polvillos de momias egipcias, las heces de los cocodrilos, y otros remedios que nunca fueron tales, que lo fueron como tantos otros que lo son y no dan resultados positivos, pero que han sido utilizados para que los pacientes se aferraran a una esperanza y se murieran más rápido.

Antes que ellos muchos buscaron medicamentos increíbles, valiosos por su rareza, su inexistencia –el cuerno de un unicornio solía ser el de un no menos increíble rinoceronte–, por esa creencia de que los objetos conservan propiedades de sus afortunados usuarios, de que un zapato puede contener la fuerza para caminar tres kilómetros por día, una posesión benigna del calzado que traspasaba al rico noble de turno el poder del pobre al que se lo habían quitado.

En nuestra época existen menos nobles que ricos, y en este sur de un continente donde los aborígenes escasean entre matorrales lejanos, cruzando algún lago casi desconocido, donde hubieron menos guerras que desastres políticos, donde la sangre está contenida en los ataúdes de los muertos cobrados por la economía y las personas que se sientan a decidir por los demás, donde las experiencias de vida en comunidad han fracasado lamentablemente, la familia, como antesala al poder, sigue siendo lo que siempre fue y será, un instrumento perfecto de tortura. Y por lo tanto una buena exportadora de heridas, males físicos y mentales.

Mis vecinos, los Vivillos Javier, no eran elegidos de los dioses, ni tenían mucho dinero, ni poder, eran de clase media, apuntando a alta pero sin dar en el blanco, algunos dirían, algunos que no son yo que no pertenezco a ninguna clase porque me he dedicado a vivir de rentas y de dar clases baratas de castellano a los pocos extranjeros que se mudan a este barrio no cerrado de mi querida Buenos Aires.

Desde que llegaron por la manera de hablar se notaba que no eran de dinero, Jorge era contador, María era profesora de Latín, pero nunca he conocido a una profesora de Latín que le importe menos el idioma y los libros que a esa mujer, había llegado a esa época de la vida donde todo lo hacía de manera mecánica, enseñar, venir a presentarse como lo hicieron el día que llegaron, con un vino bajo el brazo; y él, Jorge, podía tanto llevar las cuentas, como hacer crucigramas o jugar al solitario, ejercer su oficio para él era lo mismo que pavonear con las últimas páginas del diario. A los padres les había sacado la ficha bastante rápido, pero los hijos parecían ser agradables, Miranda Vivillo de unos ocho años, una morochita triste, de pelo corto negro, con unos ojos que se te clavaban en la boca, porque era sorda y no quitaba la mirada de ahí, Guido, de unos cinco años, flaco y de pelo más claro que su hermana menor, y Johana, la mayor, de unos veintitrés años, la única con ojos verdes, desvaídos, que parecían reflejar el agua sucia de mi pecera, ojos teñidos por la necesidad sexual, la falta de cariño y de esperanza. Pero esta no es la historia de una familia sola. Es la historia de una familia y de una casa.

Y la casa estaba enfrente de la mía. Era más bien tétrica y estaba catalogada como maldita. La causa eran los habitantes anteriores, otra familia en la que la hermana mayor, de la misma edad que Johana, un mal día había enloquecido, y con un cuchillo de carnicero había matado a sus hermanos menores y a sus progenitores, para luego ir a la cabañita de madera donde jugaba de niña, y cercenarse de cuajo las manos. La sangre corrió tanto que tiñó el piso de madera de la casa de los juegos.

Pronto la compraron los Vivillo Javier. Y enseguida, Johana, la hija mayor, empezó a pasar las tardes en mi dormitorio, sudada, con sus miembros en las posiciones más inverosímiles en las que yo los acomodaba para llegar más adentro de ella, tanto como pudiera. Y en uno de esos días, mientras estaba en eso, llegué a sentir que amaba a esa joven, que su lengua me pertenecía, que hacerme uno con ella era lo mío, y ella terminó llorando en mis brazos. Me di cuenta que algo parecido al amor había comenzado cuando dejé de atender los llamados de otra mujer.

Al principio nos veíamos cada tanto. Mejor dicho, cada vez que había una pelea en su casa, que su padre venía frustrado del trabajo, que su madre le alzaba la voz y la mandaba a trabajar, que los gritos desarticulados o el silencio de su hermanita la cansaba, que su hermano se burlaba de ella porque tenía el pecho más plano que él, Johana venía a mi casa y se sacaba las ganas conmigo. Luego yo la acompañaba a la puerta para que se fuera, a veces sin cruzar ninguna palabra una vez concluido nuestro juego sexual. Eso, claro, antes de que el amor arribara, después nos saludábamos con un beso en la mejilla.

Nunca tuve la exigencia que tienen otros hombres con las mujeres, siempre me gustaron flacas y simples, más bien discretas, jamás me iban a ver en la calle girando la cabeza para mirar el trasero de una chica o la delantera de otra, no era eso lo que me interesaba y lo digo con el orgullo de mi masculinidad vapuleada en esta época, ubicada en esa bolsa de gatos en que se convirtió ser varón, desvaída por otros que no son como yo y que esconden sus atrocidades cotidianas debajo del brillo del parquet, del cemento, de la tierra o el suelo que nos irguió como seres humanos.

Como el profesor de facultad de Johana. Un día me contó que su jefe de cátedra –una  eminencia en Biología– había abusado de ella. Arreglada como nunca, con tacos aguja y un vestido ceñido a su cuerpo, me confesó que había dejado también la facultad, que le mentía a sus padres, que pensaban que seguía yendo. En realidad, las tardes las pasaba conmigo, este cincuentón que sigue mirando a través de su persiana baja la calle vacía.

El sexo seguía ocurriendo del mismo modo, a la misma hora y lugar, pero ella había comenzado a hablar más. Me contaba de su pasado, de sus padres, y uno de los días llegué a juntar la información necesaria –y el resentimiento justo– para escribir esto.

Me enteré que los Vivillo Javier se habían mudado a esa casa porque la familia no tenía suerte. La madre había perdido a la mayoría de los alumnos, su padre no iba a ser ascendido hasta que se jubilara y ahí ascendiera, pero las escaleras de la casa pequeña en otro barrio hasta su dormitorio, donde completaría sus crucigramas, su hermano menor tenía un problema serio de conducta, de esos catalogados en los manuales de psiquiatría, y su hermanita vivía enferma cada dos por tres, además de la sordera. Por su parte, sus padres no podían creer que ella todavía no hubiera terminado la facultad, que no hubiera tenido novio, que fuera bisexual, que estuviera tan extraviada en la vida; para molestarlos les había dicho que no sabía si le gustaban los hombres.

Su familia estaba en picada. La mudanza no había alejado la mala suerte que los perseguía. Sus progenitores no podían creer que nada cambiara, que el hogar nuevo donde pasaban sus días, compartiendo más momentos de inestabilidad que de paz con su bella y maldita progenie, no hubiera servido para cambiarles la vida.

El problema siempre había sido que se la pasaban peleando. El padre con la madre, los hermanos menores entre ellos, ella contra los padres o al revés. Pero si era ella la peleadora todo terminaba con su padre abriendo la puerta para que escucharan los vecinos, para avergonzarla y que quedara en claro que no era él si no su hija, y hasta decía su padre dijo Johana, para que escuchen los vecinos, eso decía, me dijo negando la cabeza como perturbada. Era lo que hacía su padre en la casa anterior y la misma situación de la que fui testigo yo una noche, detrás de mi persiana baja, cuando todavía no había intimado con Johana y la observaba sentada en el borde de la vereda con su cara amarillenta por la luz del farol de la calle.

Para evitar esas peleas, habían ido a terapeutas familiares, a psicólogos, a psiquiatras, a curanderos y a curas católicos, y lo único que se ganó de eso Johana, fue el abuso de un curandero, que le toqueteo los genitales en un horrible rito. Y el último psicólogo la había despachado sin más ni menos; le dijo que su terapia había concluido y ella con orgullo jamás volvió a buscar esa ayuda necesaria que ahora exigía a sus padres.

Una de las noches que el padre volvió a abrir la puerta para avergonzar a su hija en la casa anterior, el hombre tuvo la fuerza necesaria para cerrarla y comunicarles a todos que ya había encontrado la solución. Que necesitaban aire nuevo. Que había encontrado la casa ideal para que pudieran vivir mejor, usó esa expresión decía Johana, vivir mejor, para decir que se iban a acabar esas peleas tan terribles, incluso sostenidas ante su abuelo paterno, que estaba tan viejo y enfermo que un día iba a quedar seco de un ataque al corazón en el medio de las trifulcas.

Así conocí la versión de Johana de cómo llegaron los Vivillo Javier a este barrio. Acá podían ver el cielo. Podían mirar la luna y sus cráteres. Pero ver el cielo no ocultaba el infierno. Las peleas siguieron. Incluso empeoraron. La tranquilidad del barrio, el silencio más augusto de la casa, el aire de construcción sobria y equilibrada por el estilo industrial moderno, desmechado en la fachada por el peso del follaje denso e inamovible en los hombros de los sauces jóvenes que crecían en la vereda, no evitaban que la grisácea casa diera miedo, pero a la vez hacían que la familia se relajara y que sus integrantes tuvieran más fuerzas para encarar los repetidos enfrentamientos. Las peleas comenzaron a ser esporádicas pero cuando ocurrían eran prolongadas y temibles. Guido llegó a comerse el implante coclear de la hermana discapacitada para dejarla más indefensa. El padre le arrancó los pelos a la madre un día –Johana agregó que guardaba en un libro el pelo de su madre, que lo había recuperado cuando su padre los arrojó al tacho de basura del baño. La madre le tiró el agua hirviendo de la tetera al padre, agua tibia fue por suerte, porque la pelea había empezó a la mitad de la sobremesa y duró todavía más que las otras.

Cualquier diferencia en las opiniones, una frase oída al azar y sacada de contexto hacían que elevaran la voz y discutieran a veces dos o tres horas, y el padre de Johana volvió a abrir la puerta para que los nuevos vecinos escucharan al coro terrible de sus nefastos hijos, ya no sólo a ella sino a esos pequeños demonios que estaban cada vez más fortalecidos. Y cuando una noche se dio cuenta que no había nadie, que no pasaban coches, que el único que estaba atento era yo, me dijo Johana, una sombra detrás de la ventana, que los demás vecinos estaban inmersos en sus televisores anchos, en sus juegos, o en otras casas más caras de fin de semana, el padre cerró la puerta y comenzó a llorar como un niño, apoyado contra la arcada que daba al comedor. Murmuró que estaba vencido, que no había manera de evitar esas peleas familiares, que lo había intentado todo.

El señor Vivillo Javier, como el culpable desenmascarado en una novela policial, se quebró y contó que había comprado la casa con el ánimo que los espíritus que decían que vivían en ella, de niños violentados, de la hermana asesina, que hasta había dicho que nombró a Lucifer como inspiración de sus crímenes, que esos espectros que deberían estar y no estaban, los atormentaran tanto que extinguieran las peleas. Que sus hijos estuvieran tan asustados, horrorizados, desgastados, doloridos, sufriendo tanto que no pudieran pelear más ni meterse en problemas, que él estuviera tan destruido por sus hijos que deberían estar en una semana como mucho poseídos, alienados, preocupados, y que también la culpa y la aprensión lo hiciera menos beligerante con ellos.

Él entonces hubiera podido aprender a quererlos, a dejar de pelearlos, y logrado su fin; que fueran una familia normal, de una vez por todas.

Y esta vez, me siguió contando Johana, el padre cerró la puerta principal y los guió en la oscuridad a la cabañita prefabricada, la de los juegos de los habitantes anteriores, donde les reveló a todos sus hijos –su esposa ya lo sabía– que se había desangrado la joven asesina.

El padre tenía la esperanza que vieran un demonio, un fantasma, una sombra, aunque sea de una rata, que escucharan un crujido, un trueno, un quejido, grito, el aleteo de un murciélago en la oscuridad, pero nada de nada, y el resto de la casa, incluso el sótano que fue alumbrado con una linterna por su padre porque así podría atraer más fantasmas, esos fantasmas por los que él había hipotecado su vida, no estaba embrujada. Buscaron atemorizarse con los restos de los niños muertos, pelos, un pedazo de un vestido, una uña, cristales rotos, algo cuyo grado de morbosidad los perturbara tanto que tuviera el increíble poder de hacer cesar las discusiones más triviales; pero la casa estaba impoluta. Hasta las manchas de sangre de la joven asesina habían desaparecido del piso de madera de la casucha del jardín.

Johana me contó que en la oscuridad, la familia entera había subido la escalera detrás de su madre, que había apoyado la idea del esposo de comprar la casa para que los fenómenos paranormales taparan a los normales, y lo hizo, su madre, con una vela encendida con la que iba iluminando los cuartos, donde esperaban encontrar una cara blanca con la boca abierta, pero sólo iluminó la mochila que llevaba a la facultad Johana, que estaba abierta como si fuera la dentadura de un tiburón muerto, las cartucheras de los niños también abiertas que parecían las fauces vengadoras de los espíritus de los niños que no había, y que sus padres esperaban encontrar al elegir esa casa de pasado no tan único.

Aquel día terminaron con un vacío que los unió en la desesperación. Y si bien ciertamente no existían en la casa nueva los esperados demonios y fantasmas del pasado por los que la había comprado su belicoso padre, terminó su relato Johana, cuando pronto la abandonaran, los que la habitaran en el futuro no iban a librarse de las voces desengañadas y arrepentidas con la que ellos la habían poblado.

por Adrián Gastón Fares

 

 

Carta de un mono a otro. Cuento.

De repente, se puso a llorar. Había discutido con su novia. Ella estaba dando un paso fuera del zoológico. Un paso. No saldría del todo, daría una vuelta. Y lo esperaría del lado de adentro, con la cara bien larga. En parte, por eso lloraba. También porque sabía que después, todos sus planes de escapatoria, que en ese momento se le presentaban tan claros, se esfumaban y su bronca pasaba a ser un capricho irresponsable que no bastaba para patear el tablero y cambiar su vida.

Glande se acerca a Roberto, el chimpancé más viejo de la colección, como dice la placa, que está apartado de todos los demás, simio con jaula propia, por razones de seguridad (los chimpancés jóvenes discriminan y hasta llegan a matar a los viejos; más o menos como en nuestra sociedad, pensó Glande, que desconfiaba de sus pensamientos más solemnes) Por suerte, el zoológico estaba casi vacío y pudo llorar tranquilo sin que nadie lo descubra.

No le hubiera gustado que lo vieran llorando. ¿Y si pensaban que estaba loco? Qué tal, lo único que le faltaba; ya lo habían tildado de neo-hippie y lo miraban con una ternura especial cuando decía que lo suyo era trabajar.

Venía arrastrando un viejo romance, de esos furibundos y secretos que nos hacen pensar que el amor no es un invento humano. Esta clase de amor vital, al contrario del lugar común que ve al enamorado como un inútil, le daba la voluntad y la concentración que su oficio requería, tal vez porque diluía la lujuria irrefrenable que lo poseía en su ausencia. Sin embargo, Juan Roberto Glande, que antes confiaba en el poder revelador de la imaginación y la introspección, había descubierto algo elemental: la experiencia era el factor de cambio. Por lo tanto, la mejor interlocutora con la que sus pensamientos podrían discutir en adelante.

Glande:

Querido Roberto, Príncipe de los Monos (Rey de los Monos no, porque ése es Tarzán),

Me encuentro aquí moqueando de forma deplorable porque a pesar de que intenté mejorar mi vida, no logré más que éxitos parciales. Mis amigos empiezan a tenerme envidia, aunque no creo que sepan la razón. Todavía soy un guitarrista del montón, pero últimamente hay personas que van descubriendo algo en mí. Mi intención era ser más bien serio y no popular, pero resulta que se me ocurrió cantar en el último disco y enseguida me armé un pequeño círculo de admiradores. Sin embargo, mi billetera sigue tan vacía como siempre. Las personas más inteligentes, y menos estructuradas, por decir algo, que me acompañaban desde la época del conservatorio, dejaron cualquier vestigio de genialidad en el camino para dedicarse a ganar algo de dinero. Imposible que después no se dediquen a desear los éxitos parciales de los demás. En mis recitales, ahora, me ayuda un chico que lleva una computadora y ejecuta bases rítmicas. La banda ya no está. Seba por ejemplo, un excelente saxofonista, hijo del dueño de una estación de servicio, querido mono, nada menos, colgó el instrumento en el ropero y se dedica a diseñar cajas para sushi. Una de las ventajas que Seba ve en eso, es que a veces puede comer sushi gratis, incluso llevarle a la novia. El otro día, querido Roberto, a ver si te molesta que te diga mono, ya que te nombraron gentilmente los evolucionados simios que regentean este lugar como Roberto el simio más longevo del zoológico, el otro día monito, aunque ya estás viejo, perdón, mi amigo Seba me contó con lujos de detalle el revolcón que se dio con su novia después de que le ofreciera el preciado sushi. Incluso, sin ofender, me contó cómo la excitaba a su novia sentir el sushi frío sobre su rayita.

Vio a un chimpancé bebé que lo miraba desde otra jaula y se ruborizó por lo que le había dicho, telepáticamente, al simio mayor. Estuvo a punto de desistir.

Glande:

Rosmaría, que el mes pasado había propuesto la separación, en éste cambió de parecer y ahora se encuentra tan enamorada de mí como el primer día. Yo estaba planeando una existencia nueva, la culpa de dejar de lado una relación duradera y segura no me acecharía, y podría dedicarme a sentir algo real, que me alejaría de las usadas ficciones que me persiguen diariamente, algo real, claro, fuera del acto de componer canciones. Aunque, Robertito, tengo que confesar que uno de mis temores es que un amor nuevo me impida componer cosas buenas, ésa es la fe que tengo en la infelicidad, que vaya a saber de dónde viene, supongo que exactamente del mismo lugar de donde yo vengo.

Pero, contrario a lo que se puede suponer sobre una persona con esos humores, también me divierto mirando los cambios mínimos en las personas y en los objetos, sé disfrutar del sol y de los mates, de las caminatas, de leer un poco, y con eso, a veces, me conformo. Cuando yo era chico, mi papá me contaba la historia de Cat Stevens y de cómo se convirtió en una especie de monje musulmán, y no sé por qué, querido mono, a veces tengo miedo de convertirme en Cat Stevens, colgar la guitarra, como colgó el saxo mi amigo Seba, pero irme a esconder a algún monte. Al final es lo mismo.

Aunque Cat Stevens era un misterio para mí, una especie de santo al que imaginaba barbudo y con la seguridad que, supuestamente, se necesita para dejar de lado las tentaciones más oscuras ¿Qué razones lo habían alejado de la fama, empujando su voluntad hasta convertirlo en Yusuf? Sería por Cat Stevens que, tiempo después, cuando ya estaba en el conservatorio, me bajé de internet la Vida de San Antonio, por San Atanasio de Alejandría, gasté muchas hojas y tinta para imprimirla y quedé subyugado con el pasaje en que San Antonio se encierra en un sepulcro, un recinto como el tuyo mono Roberto pero en el desierto, y luego de ser azotado por demonios lo encuentran tirado en el piso, lo llevan a una iglesia y mientras todos rezan el egipcio se levanta y pide otro encierro en el sepulcro y entonces pasa una noche en que los demonios lo acosan con formas de animales que intentan desesperarlo. Y ya que estamos acá Roberto, me acuerdo que cuando era chico y tenía fiebre soñaba con jirafas y multicolores bichos rastreros.

¿Y qué mirás Roberto y por qué te rascas ahora, qué viniste a descubrir en esta piecita? Tal vez, si te ponen con los demás monos a vos no te matan a palos, como sugiere la placa, tal vez a vos justo te aceptan, qué saben de un simio como vos los que escriben cosas en esas placas verdes.

Bueno, voy terminando. Sólo te pido que me digas, por tu simpleza y tu paciente vocación de mirar: ¿Qué es lo que hay que hacer? No me puedo quedar con vos hasta que caiga la noche, aunque ahora hay visitas nocturnas, así que uno de estos días paso a saludarte. Linda forma de encerrarse en el desierto urbano cada tanto. Tal vez, hasta conviden con algún vasito de vino. Pero ahora decime, Roberto, lo que te pido.

El mono Roberto, vetusto y apenas corroído a sus cincuenta años, se rascó la cabeza y pestañeó. Acto seguido, bajó una de sus manitos y empezó a estirarse el miembro, dándose formidables sacudidas.

La novia de Glande había vuelto a buscarlo, lo tomó de la mano y juntos alcanzaron la salida.

por Adrián Gastón Fares

No es humo. Cuento.

Hubo un tiempo en que mirábamos la forma de las nubes y un día no pudimos entender cómo lo hacíamos. Eran nubes. Y sabemos que las nubes tienen muchas formas. Buscamos las palabras adecuadas para nombrarlas. Pero son nubes, deshilachadas, apretadas, compactas, estiradas, manchadas. Inasibles. Nubes que pasan.

En cambio, nos habíamos aferrado al alcohol, cuando nos reuníamos a las cinco de la tarde a comer un queso duro con un vino tinto y la reunión seguía hasta altas horas de la noche y terminaba en algún boliche donde nos agarraba el bajón.

Las personas buscan lugares para acomodar sus ilusiones. A veces puede ser el gimnasio —llegué a sentirme mal por faltar un día—, la comida, el café, los amores, y la meditación. Son vicios. Según como se vea, el alcohol y apagar la luz a la misma hora todas las noches son vicios que tienen consecuencias, beneficios y desventajas, y que sirven para sermonear a los demás. Lo que algunos llaman obsesión, otros lo hacen pasar por amor. Lo que algunos creen que es delirio, otros lo catalogan como obra de arte. Sin una mujer o un hombre obsesionado el mundo estaría vacío. El vicio y la obsesión van de la mano, y si bien aprendimos que podíamos vivir sin mirar las nubes para encontrarle formas, estoy bien seguro que no podemos vivir sin nuestros quehaceres, sin nuestras obsesiones, sin nuestros vicios, sanos o malsanos, dignificantes o nefastos, menores o mayores, agradables o asquerosos.

Martín tenía uno de los vicios que fueron importados de este lugar en el mapa, el Nuevo Mundo. Fue considerado un remedio, un anestésico, curador de todos los males, un relajante, una panacea para la amistad y el pensamiento, y luego denostado por los médicos del siglo veinte y los muertos que no pueden hablar. El tabaco.

No se la agarró con el tabaco de chico.

Un día, estábamos pasando las vacaciones en Miramar y mi hermano se había dejado un atado de cigarrillos arriba de la heladera. Estábamos medio borrachos. Martín, que tendría unos veintitrés años, tomó el paquete, sacó un cigarrillo y lo prendió. No tosió ni nada. Lo fumó. Su primer cigarrillo. Su primera humareda. Algunos asan carne y maíz, otros fuman o hacen las dos cosas. Era para demostrar la hombría, la rebeldía de la mujer, lo que fuera que nunca se hubiera imaginado el cura que llevó el tabaco a Europa y los médicos que por más de cien años dijeron que era un remedio.

El caso es que con el tiempo, con las vueltas jodidas de la vida, Martín se volvió bastante adicto al remedio indígena-colombino, el tabaco. Hasta hace un año los armaba, compraba papel, filtros y tabaco suelto, natural, orgánico, y con una maquinita hacía sus propios cigarrillos que fumaba casi uno tras otro. Yamila, que no fumaba, lo odiaba por eso. Pero también lo quería. Y no fue el cigarrillo por lo que lo dejó. Martín había renunciado a su trabajo, y otra vez estaba intentando convertirse en un periodista deportivo. Había estudiado eso y en vez de relatar partidos, lo que hacía era pasarse las tardes sentado en una oficina oscura, sin baño (estaban en el pasillo) ni comedor. Sin el verde de la cancha, decía.

Al principio Yamila aplaudió la iniciativa de Martín, pero cuando vio que las cenas en restoranes escaseaban, que Martín ya no podía pagar en el supermercado como antes y que contestaba con evasivas sobre el futuro, aunque quería construir una casa, quería tener una familia, como me decía él a mi también, bueno, ella dijo que se iba a llevar lo suyo y que se iba. Acto seguido, lo dejó.

Después de que ella se llevara las cosas fui a visitarlo. Lo encontré sentado al borde de la cama. No estaba muy triste. Estaba preocupado y más que nada derrumbado, resentido, de la manera más ingenua, como era él, como un nene, porque esa mujer lo había dejado. No daba resultados, ella le había dicho. No lo podía creer.

Le dije que lo tome como más le venga, pero que no se pusiera triste y mal como con la anterior. Martín había estado mucho tiempo melancólico y deprimido antes. La culpa casi lo destroza. En un hombre que no está demente la culpa mata. Los locos malos, como les digo yo a los psicópatas, no sienten culpa, y si la sienten, es una buena imitación.

Para Martín en la relación anterior, no con Yamila sino con la otra, como decíamos, todo lo había hecho mal. En la ruptura amorosa es común que empecemos a revisar nuestro pasado para descubrir dónde fallamos. Él había errado en todo. O por lo menos en muchas cosas que los demás le habían hecho ver que era así, en especial su exnovia. Eso casi lo mata.

Pero salió adelante, se buscó otro trabajo, consiguió otra novia sin muchas vueltas. Venían a mi casa a tomar cerveza. Mi gata se sentía bastante cómoda con Yamila. En cambio, el que estaba incómodo era Martín, porque en el fondo debía saber que Yamila no lo quería como a mi gata. O peor aún, que Yamila no podía querer, como yo le dije una vez.

Soy psicoanalista, mi padre es psicoanalista también. Mi familia atesora muchos libros, más que la de Martín que fue el que se puso a escribir de verdad cuando se dio cuenta que nunca iba a ser un gran jugador de fútbol. No le daba la cabeza para eso, decía, con una sonrisa.

Me asombró no oler el olor rancio del tabaco ni en su apartamento, ni en su ropa, no verlo con un cigarrillo en la mano. En cambio, tenía un cacharro metalizado sobre la mesa de luz. Brillaba. Yo ya los conocía porque mis compañeros en el hospital salen afuera a recibir los pedidos de líquidos que hacen, de resistencias, alambres, y muchas otras cosas para mantenerse entretenidos. Cigarrillo electrónico.

Lo agarró como si fuera una botella, pegó una calada honda, expulsó el humo (el vapor me corrigió él enseguida) y su habitación quedó grisácea. No le sentí olor, pero me picaba la nariz. Soy bastante sensible, veo poco, huelo mucho.

Ese día terminamos con unas cuantas cervezas encima. Al final del día, noté opaca la mirada de Martín. Era por el humo del cigarrillo electrónico, pero también porque se había dado cuenta que ahora tendría que estar solo. Y a conocer mujeres en esa aplicación de mierda. Prefería la soledad, dijo. Y así lo dejé.

Hubo varios problemas en el hospital esa semana. Un compañero se deprimió porque perdió sus ahorros, otro empleado fue también abandonado por su esposa, mi amiga Marita era maltratada verbalmente por su esposo alcohólico, al que igual amaba hasta la muerte, según ella, y puedo afirmarlo porque nunca accedió a salir conmigo y por eso terminamos siendo amigos.

El fin de semana llevé un vino a lo de Martín, que festejaba su cumpleaños número treinta y ocho, y hablamos toda la noche, hasta que por el vapor del cigarrillo electrónico apenas nos veíamos. El aparato parecía un arma. Ahora parece un presagio. Pero en ese momento pensé, lo sostiene como si fuera un arma, con el atomizador —Martín me enseño todo sobre el vapeo— sobresaliendo del Mod que quedaba apretujado como si fuera una naranja de las que a mí me gustan exprimir a medianoche.

Cuando estábamos bastante borrachos, Martín aseguró que veía cosas raras.  Yo le contesté que no veía mucho por el humo que me estaba tirando. Un poco para embromarlo. Y se quedó mirando el vapor espeso —glicerina y propilenglicol, y un aroma a canela mezclado con algo dulzón— y me contestó que no era joda. Que veía fantasmas. Que había estado toda la semana perfeccionando la manera de verlos.

Giré la cabeza para mirar al vapor que daba vueltas gracias al aire que entraba por la persiana baja. Comprobé que no veía ningún fantasma sino espirales de humo que en un momento estaban juntas y luego se separaban para fundirse con el resto del universo —una polilla que dormía en el techo del comedor de Martín.

Martín me dijo que no los veía (¿qué cosa?, pregunté yo; a ellos respondió) porque faltaba más humo, más vapor. El líquido que estaba usando tenía poca glicerina vegetal por lo tanto era menos denso y además debía comprarse un atomizador más potente y un Mod que permitiera vapear con temperatura o por lo menos que le diera más margen de wattage. Me pidió que no lo dejara solo. Pero que tratara de volver pronto.

El miércoles que siguió a ese fin de semana fui a lo de Martín, después de aguantar a Marita llorando porque su marido parece que encima de maltratarla andaba con otra, y de que no aceptara caer en mis brazos como compensación a su infortunio. Quería hablarle de Marita a Martín. Pero no me dejó. Me dijo que los había avistado otra vez como si se tratara de marcianos. Usó esa palabra y me explicó que era porque tenía que estar relajado, tenía que hacer una gran vaporada, la más grande que pudiera, con las resistencias adecuadas. Y empezó a hablar de ohmeaje, de las resistencias que armaba, mientras desenroscaba unos alambras que tenía en la pieza, entre los libros, como si un alambre llevara al universo de Bernhard y el otro conectara con el de Salgari. Tenía un enjambre sin avispas construido por nichrome ochenta veinte, chromalfe, y acero inoxidable. En algunos extremos de los alambres colgaba una etiqueta que describía sus milímetros y qué tipo de alambres eran.

A ellos los había descubierto probando el atomizador de su equipo de vapeo con una resistencia de cero coma veinticinco ohms. Como no entendí porque estaba al tanto de ese mundo pero no era un experto, me explicó que según las vueltas que daba a su alambre la resistencia era más alta o baja y que había tratado de armar la más baja posible para hacer más vapor y que ellos aparecieran. Lo más cercano a cero que aguantara. Los extremos se tocan, la nada y la materia, lo visible y lo que creemos inexistente pero que está ahí existiendo, proclamó como si me estuviera enseñando.

A esa altura, confundido como estaba yo con Marita y el sermón sobre vapeo de Martín, que había terminado en lo metafísico, como entienden lo metafísico mis colegas, digo, tenía ganas de rajarme de su casa cuanto antes. Para colmo, Martín pegó una humareda que me dejó rápidamente atrás y con la vista clavada a mis espaldas afirmó que ahí estaban. Cuando me di vuelta, ya era tarde, ellos habían desaparecido. Lo saqué de la casa. Fuimos a la cervecería.

Le pedí que me contará todo lo que veía. Le dije una mentira, que yo creía en fantasmas, que los había visto de niño y que por eso me había dedicado al psicoanálisis. Él me contestó que pensó que era porque mi tío se había suicidado, pero lo negué. Eran los fantasmas. La amistad se construye viviendo aventuras y no con información. Empezó a sonar Wigwan y me creí más vivo de lo que soy. Quería oírlo todo, le dije. Martín me dijo que no quería contarlo pero que lo iba a contar. Que la gente se pensaba que había que leer ese poema Sí…  de Kipling y ser estoico pero que eso se debía a que no habían leído a todo Kipling, que no habían leído Algo de mi mismo, y como Kipling criticaba a medio a mundo ahí y era terrible, bien terrible. Los poemas son nada más que poemas, y un buen partido es un buen partido, zanjó uniendo al país y a los charlatanes del mundo.

Al segundo día de estar encerrado en su casa, sin encontrar el camino para convertirse en periodista deportivo, ningún amigo de la facultad lo pudo ayudar a que encontrara su trabajo soñado, ni él tampoco, admitió, porque no le habían contestado ningún email de los doscientos que había enviado, tranquilo, comenzó a usar su aparato de hacer vapor. Fumaba —vapeaba me corregiría él— y se iba relajando. Había empezado con nicotina, pero se había pasado a cero miligramos, para que las nubes fueran más espesas y para sentir más el sabor de la cereza de uno de los líquidos que decía que lo inspiraba para que ellos aparecieran, para verlos.

Le pregunté qué eran. Me contestó que eran lo que yo había visto de chico. Dos fantasmas. Quise saber de quienes. Y me dijo que no sabía, que en otros apartamentos de su edificio había muerto gente, pero que en el suyo, según el portero, nadie. Le dije que tal vez habían muerto antes de que entrara a trabajar el portero actual. Contestó que podía ser.

Le pedí que me describiera a sus fantasmas, como si estuviera en mi consultorio en el peor de mis días. Abrió la boca y se quedó con la boca abierta. Trató de abrirla más pero no pudo.

Eso. Veía una boca. Como la del disco de The Wall, me decía, pero con dientes afilados y ojos serpiente. La vio cuando expelió el humo en el baño y se quedó mirándose al espejo. Estaba ahí. A sus espaldas. Esa boca enorme que quería engullirlo dijo y que salió volando por la ventana del baño. Suspiré, ya medio borracho pero entretenido más que preocupado por la historia que se había armado Martín. Lo dije, algunos se entretienen pegando estampillas, armando pulseras con semillas, coleccionado imanes que pegan en las heladeras, y Martín se había evadido con la ayuda de esos alambres que decoraban su potente biblioteca y con los líquidos que calentaban esas resistencias armadas por él mismo. Quise saber qué más tenía para contarme.

Afirmó que eran dos.

Que paseaban por su casa. Que se movían en el suelo, sobre el parquet a veces, como si estuvieran frotándose el uno al otro, que salían al balcón a mirar las flores ahora marchitas en el cantero de plástico abandonado cuando él también lo hacía, que parecían flotar sobre las cenas que él se preparaba como admirándolas, que querían tomar su vino; eran dos. Intenté que los describiera. Y me dijo que la mujer tenía pelo corto y que el hombre era parecido a él, de la misma estatura y con ese tipo de barba puntiaguda que él había tenido y ya no tenía.

En ese momento se me acabó la paciencia y le dije que se callara la boca, que lo que estaba viendo era a Yamila. Me dijo que Yamila no tenía pelo corto. Y para qué, porque dijo que tal vez no veía el pelo de la mujer porque le faltaba vapor.

La mujer era alta y tenía las manos largas. Parecía más esos extraterrestres que vemos en las películas me dijo. Recordé que ET no era alto. Él no quiso oír y sólo contestó que el hombre tenía una sonrisa que le molestaba muchísimo. Y la mujer solía abrir la boca para gritar. Que debía ser la mujer lo que vio atrás suyo frente al lavabo a través del espejo.

Esa noche terminé en su casa entre abultadas nubes amarillentas de vapor. En un momento creía ver una forma en espiral que parecía una rosa y una mano que la sostenía, pero no era más que mi imaginación. Martín dejó en claro que conmigo no querían aparecer. Me fui a mi casa. Al rato me llamó para pedirme permiso para pasar la noche. Acepté su propuesta pero con la condición de que sólo tirara humo en el balcón.

Vapeó por todos lados, no vio ningún fantasma, ni yo tampoco. Y se levantó a las cinco de la mañana a los gritos. Me acerqué al sillón en el que dormía y me dijo que lo que había visto en su apartamento era tremendo. Que al abrir la bañera había observado a dos formas compuestas de vapor que se abrazaban, que se convertían en una y que una forma más pequeña, de un metro, parecía salir de los dos con la mano tendida como para que él la despegara de las otras dos formas oscuras.

El vapor en la cantidad justa los hacía sobresalir. Siempre habían estado ahí para él. La glicerina resaltaba sus contornos, los acariciaba, los llenaba, en fin, los formaba en sus desplazamientos porque eran aire y eran pasado o futuro, no sabía qué eran pero estaban ahí en el presente gracias a esa resistencia y al algodón orgánico que los desnudaba como si fueran el primer hombre y la primera mujer.

Volví al hospital, a aguantar a los pacientes con los dedos amarillos que me daban ganas de comprarles a todos esos vapeadores del demonio, y a mí mismo. Tenía ganas de tomarme un vodka con Marita que amaba más que nunca a su marido. El hijo de puta estaba intentando dejar la bebida. Me había afectado un poco el estado de mi amigo, tenía miedo de que volviera a caer en la anomia de la separación amorosa anterior, será por eso que les puse a los pacientes una película donde el protagonista se termina suicidando. Por suerte, mis superiores la habían aprobado, y la familia de los pacientes en general venía poco y nada, así que no pasó nada. Dos pacientes me cancelaron esa semana. Así que no tenía mucho que hacer después del trabajo más pesado. Le avisé a Martín que iba para su casa con un vino tinto, que él preparara una picada.

La puerta estaba entreabierta y me costó encontrarlo al principio. El vapor llenaba todo el comedor. Me pareció entrever a dos personas que se elevaban desde el suelo al techo como si estuvieran saltando, pero con más gracia, con un movimiento de saludar al sol o como quiera que llamara la profesora de yoga que venía al hospital a esa postura. Era el humo, el vapor.

Entre la grisácea y densa nube con destellos cálidos de luz estaba mi amigo con su vapeador en la mano, exhalando el humo, con la boca abierta como la del espectro que él había visto en ese apartamento, en el baño.  Las dos formas, una que parecía un Martín más joven y otra que parecía otra forma conocida por mí pero olvidada, flotaban por arriba de su cabeza con una sonrisa que se iba estirando en aherrojadas nubes que se deshicieron en el techo. Ahí me di cuenta que no era el cigarrillo electrónico lo que tenía en la mano.

Era una pistola. El aire grisáceo se tiñó de rojo. Las partículas de sangre volaron a través de su boca abierta para estrellarse en el vidrio de la ventana balcón a su espalda. Martín siguió de pie, sin entender nada, como si la sorpresa lo superara.

Y es que el disparo había traspasado su boca pero no lo había matado. No había exterminado su delirio, ni sus penas, ni su dolor que escondía mejor que esas historias alucinantes. Lo llevé como pude a una clínica.

Cuando me ayudó a sacarlo, el portero nocturno, al que le brillaban los ojos,  me confesó que nunca pensó que Martín iba a terminar así, que había visto tantas cosas. En sus ojos se reflejaba una impotencia más alta que el edificio en el que pasaba sus noches. Por mi amigo. Y por los otros.

No era para tanto.

Martín se repuso y se mudó a una provincia de este país generoso, como dicen algunos, para dedicarse a escribir libros de divulgación sobre el deporte de las culturas aborígenes y otros, más legibles, sobre las formas exhaladas que él sólo puede ver.

por Adrián Gastón Fares

Nuestros. Cuento.

Despuntaba el atardecer sobre las antenas de las terrazas esa tarde agobiante de verano en una ciudad pueblo de Buenos Aires y Beatriz le pegó un grito a Josefa.

Que tuviera cuidado porque un día lo iba a pisar al Rubio. El Rubio siguió, como si nada, pasando la máquina de cortar el césped por su jardín delantero. Los tres sabían que Josefa era un peligro manejando, que sus pies apenas arañaban los pedales de su coche, pero el Rubio tenía reflejos perfectos y una vista de lince. Estaba preparado, como todos en esa ciudad pueblo.

Josefa, de unos ocho años, era un poco mayor que Beatriz. Pero Beatriz le había enseñado cómo limpiar el baño rápido para que ocupara el tiempo en otras tareas más entretenidas. También le había enseñado a educar a Rodó.

Rodó, con una lustrosa calva y unos cuarenta y cinco años se la pasaba girando discos en la bandeja de su casa. Beatriz logró que Josefa lo retara de una manera tan efectiva que Rodó terminó escondiendo todos sus discos en el sótano. Sólo los ponía cuando Josefa no estaba.

Pero estaba casi siempre así que Rodo no podía poner sus discos. Se la pasaba sentado frente a la pantalla, jugando, miraba un encadenado de series de televisión hasta que le dolían los muslos de tanto estar sentado y tenía que cambiar de posición y tirarse en el suelo, girar la cabeza y mirar desde ahí. Beatriz tampoco veía con buenos ojos que Josefa le dejara ver las maratones de series a Rodó. Pero tanto no podía meterse. Rodó era suyo, no de ella.

Así que ese día, que era como otro día cualquiera en esa ciudad pueblo, después de pegarle el grito, la pelirroja Beatriz hizo que Josefa detuviera el coche, le preguntó a dónde se dirigía, al centro comercial dijo Josefa, y aprovechó para pedirle que tuviera la mano más dura con Rodó, que suspendiera las series, porque si seguía así iba a engordar como un chancho. Y se lo iban a comer como si fuera uno, contestó, despreocupada, Josefa, copiando vayamos a saber qué clásico.

Beatriz se quedó con las manos cruzadas mientras el coche se alejaba y el Rubio, que medía un poco más de un metro de estatura, seguía cortando el césped medio molesto. Se había hecho encima.

Beatriz, cruzada de brazos, negaba con la cabeza. El pantalón del Rubio era un enchastre. Justo estaba agachado, sin doblar las rodillas, porque la ruidosa máquina se le había trabado con el césped de alto tránsito.

–Rubio, por favor,  ¿qué va a pensar Grise si te ve?

–Sería bueno que pienses en Martín ¿Acaso Grise es tuya?

–Martín siempre se portó bien, me costó alejarlo de la moto al principio.

–A Grise no le molesta que a veces haga cosas como esta. Me entiende.

–Pero tu Grise tiene como unos cincuenta, cinco años más que Martín y que Rodó.

El Rubio asintió con la cabeza y siguió cortando el césped con el pantalón color verde manchado. Beatriz esperó que su perro, un Labrador, volviera de hacer lo mismo que había hecho Rodó, pero en el suelo como debía hacerlo, y caminó hasta su casa lentamente, satisfecha. Antes de meterse en la casa, se subió a la banqueta de madera y se asomó a la hendija del buzón de cartas para ver si había alguna y si tenía que llamar a Martín para que se las alcanzara.

Notó que había telarañas en un vértice de la galería externa de la casa, así que debería llamar a Martín, otra no quedaba. El Rubio ya se había metido adentro. Seguramente estaba apurado.

Mientras tanto volvía del almacén Josefa. Se metió en su casa como si estuviera también apurada.

Como era costumbre a esa hora de un viernes, el Rubio cruzó con un vaso enorme de plástico lleno de pochoclos, un vaso casi más grande que él, a lo de Josefa y los dos se encerraron en la pieza. Decían que veían clásicos. Beatriz no sabía qué pensar.

En cambio, si sabía ordenarle a Martín que limpiara las telarañas con un plumero. Su voz se imponía sin ningún esfuerzo.

Martín sacó la cabeza de su casa, miró a un lado y otro, había un perro callejero panzudo, una lagartija cuyo tamaño era alarmante, pero que fue aplastada al instante por un auto que pasó como una luz, pero nada ni nadie más así que podía salir. Beatriz debía estar mirando esos videos para pintarse las uñas en su teléfono mientras pensaba que él era tan serio, tan obsesivo como ella limpiando, y celaba a Josefa y al Rubio. Pero él sólo quería juntarse con sus amigos.

A la vez que Martín salía, Rodó pasaba su pierna por arriba del marco de la ventana, tropezaba y caía en la vereda. Y enfrente,  Grise abría con cuidado la puerta de la casa de dos pisos en la que vivía con el Rubio. Con el dedo índice cruzando su boca Grise les pedía a Martín y a Rodó que no hicieran bochinche. Los dos ya se estaban riendo de la situación. Siempre se reían. Eran impacientes, pensó Grise.

Y bajó descalza los escalones de su casa para salir a la vereda.

Se saludaron y caminaron los tres, con los hombros bajos, como si estuvieran cansados desde antes, hasta la plaza.

El pelo blanco de Grise parecía más blanco, brillaba a esa hora donde casi reflejaba los rayos débiles del sol.

Las calles de cemento de la florida plaza convergían en el círculo con la estatua ecuestre del fundador del pueblo.  Personificaba a Don Prudencio, con capa y espada. La estatua del enorme caballo contrastaba con el tal Prudencio. Ninguno de los tres entendía cómo había logrado domarlo, ni conquistar nada, midiendo mucho menos que la mitad de ellos, y con una pelota de trapo del tamaño de un tomate en el regazo.  La cabeza redonda y la sonrisa de niño complacido de Prudencio era tal que hasta ellos podían deducir que mucho no le había costado ninguna batalla. Martín le preguntó a Rodó por Grise.

No estaba.

Rodó protestó:

–¡Grise! No esperaste que empezara a contar.

–Yo ni me escondí–dijo Martín.– No vale.

Los dos se miraron, sorprendidos por un instante, para luego concentrarse en lo que tenían cerca.

Los piernas, largas y pálidas, de Grise –que debía estar sentada en el suelo, sobre su falda–, sobresalían del entreverado pero pequeño matorral.

El juego recién había comenzado.

Y tenían la noche por delante.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

Los adultos no piden ayuda. Cuento.

Estaba muy pesado en la ciudad. Juan Roberto eligió sentarse en el medio de los últimos asientos del colectivo para que los rayos del sol no le dieran de lleno. Además le gustaba ese lugar. Se sentía guarecido.

Tenía veintitantos, iba con un pantalón corto, una remera y llevaba una mochila arriba de los muslos. El colectivo de la línea 102 que había tomado en Constitución estaba casi vacío, a excepción de una chica que viajaba de pie adelante, un hombre y una señora sentados junto al chófer en los asientos que miraban hacia atrás. A su lado, a un asiento de distancia, había un  setentón vestido con pantalón de trabajo y camisa.

Cuando se acercaban a la calle Corrientes el hombre le pidió que le abriera la ventanilla. Juan Roberto se estiró un poco, hizo fuerza y logró que la ventanilla, que estaba atascada, se abriera.  Los pocos pelos del viejo se arremolinaron.

–Gracias, muy amable.

–De nada.

El viejo lo miró fijo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Sí.

–Sos del interior, ¿no?

–No.

–Ah, porque la gente del interior suele ser más amable. Como vos. Los porteños nada que ver.

–¿Sí? Yo crecí en Lanús. No soy porteño.

–Queda poca gente amable.

Juan Roberto asintió, aunque no sabía si quedaba poca gente amable.

–Estás bronceado.

–Volví de vacaciones.

El viejo saltó la respuesta de Glande.

–Conozco muchos chicos del interior.

–¿Si?

El viejo extravió su mirada.

–Tengo una amiga. Es una señora mayor, de mucha plata. Le presento gente.

–¿Eh?

–Le presentó amigos. Cada tanto. Te convendría ¿Dónde vivís?

–Cerca.

–Es de por acá. Ella te paga la comida. Comés de maravilla. No te pide mucho. Hasta te puede pagar otras cosas.

–¿Sí?

–Sí, paga. Te puede pagar el alquiler. Un hotel. Es muy culta. Buena compañía. Todos salen beneficiados.

Juan Roberto cavilaba. El viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar.

–¿No te gustaría que te la presente?

–No. Por ahora no.

– Igual, yo ando siempre por acá.

–Ya me toca bajarme.

–Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta.

La mirada del viejo brillaba.

–Pensalo. Te convendría.

Era la parada de Juan Roberto.

Se levantó rápido.  Saltó del colectivo.

 

por Adrián Gastón Fares

Puntos negros

El panóptico se elevaba en las afueras de un barrio de Buenos Aires.

Por mucho tiempo había tenido fama de ser un lugar oscuro. Cuando digo oscuro me refiero a que los que se aventuraban en sus pasillos reportaban orbes plateadas, que en las celdas observaban sombras de figuras humanas cada dos por tres, que los gritos inexplicables despertaban a los vecinos a la mitad de la noche, y que por causa de todos estos fenómenos pocas personas se animaban a traspasar sus puertas.

Eso fue hasta que una empresa de turismo comenzó a explotar el lugar para llevar a ocultistas, morbosos, sociólogos, antropólogos, turistas aventureros, y a cualquier persona que quisiera experimentar lo que era pasar una noche en esas mazmorras viejas.

Fidelio, un hombre de unos cincuenta años, lampiño como un niño, y casi sin arrugas, era el que vendía estas excursiones. Hay otros empresarios en este tipo de negocios tenebrosos, pero ninguno como él.

En lo que me toca a mí, fui camillero de la policía toda la vida.

Sacaba a los muertos. He visto a famosos retorcidos en sus casas, los he dispuesto en mi camilla, los he acercado a la ambulancia con la misma parsimonia con la que me sirvo un vaso de vino en la noche. No me inmuté la noche que encontré a mi cantante favorito despatarrado en el baño. Lo arrastré afuera como a todos los demás, a los que, como yo, seguimos siendo los desconocidos de siempre. Pero incluso en estas tareas uno hace amigos. Y yo tenía unos cuantos. Apenas me jubilé uno de los que no habían muerto, de los que se salvaron, ya sea por la velocidad de la ambulancia o porque el corte no había sido en el lugar preciso, me recomendó la excursión de Fidelio.

De mi consejero de salidas puedo decir que agregó a su lista ideal otros lugares nefastos que él conocía. Algunos museos donde pesaba más el trauma que el arte, como el Hermitage o incluso otros más notables, cuyos visitantes no estaban buscando una copia de un DaVinci, sino más bien algún no tan ilustre espectro. Habló de Chernobyl que convertía a la muerte intangible en tangible, en dólares intercambiados por turistas interesados en adentrarse en el desastre. Enumeró, e incluso llegó a escribirme en un papel, el nombre de otros museos de leyendas, como también los llamaba, como el Glade of Fairy Tales en Crimea, el Museo de la Brujería y la Magia en Inglaterra, el de los Horrores de San Petersburgo, y otros como el Museo de los Vampiros en París, el de Los Muertos Vivos en Norteamérica, y uno más cercano y asequible para mí como el monumento que Barón Biza levantó en Córdoba para recordar a su amada esposa, cuya muerte está teñida de sospechas… negras sospechas que podían convertirse en dinero si eran bien explotadas y embellecidas. Algunos van a entender el final, a lo que alguna vez fue peligroso y ya no lo es, otros van a buscar un placer, algo muy común hoy en día, que los hace despegarse de la gente sufrida, inferior, los que habían quedado atrancados por algún truco no aprendido a tiempo en la pirámide de  la evolución. La élite es la élite, y los que no lo son a veces buscan superar a otros repasando los lugares en los que no han tenido escapatoria, los ricos, los pudientes, los enamorados, los convencidos, los fuertes.

No todos eran así, aclaró mi amigo, él era tan sólo un morboso, y dijo que también podía decirse que esos lugares poseían un magnetismo, algún tipo de amplificador social que alcanzaba los oídos y convencía a sus visitantes. Y los llamó los puntos negros. Desde su cama enorme en la que yacía cuando solía visitarlo comiendo frutas como un rey, acariciando a un hámster, me señalaba sus puntos negros, marcados en el mapa que colgaba de la pared.

Y ahora es necesario que deje a mi consejero de salidas en su cama, con el dedo tembloroso señalando uno de sus pasados destinos, y siga conmigo. Mi cama es mucho más chica que la de él. Pero sirve para apoyar mi cabeza. Y eso me permite pensar en mi pasado.

Nadie hubiera augurado en lo que me convertiría si me hubieran conocido de niño. Un poco de sangre me hacía desmayar. Me tenían que atar para vacunarme. Pero como todos, en algún momento empecé a interesarme por lo que más temía. Primero fue la sangre, luego las mujeres.

Con ellas no tuve suerte. O mejor dicho ellas no tuvieron suerte conmigo. Lo único que atesoro es un loro gris africano. Con el loro nos entendemos. Los loros grises africanos son uno de los animales más inteligentes.

Frente a Manolo, el loro, con el número de la agencia de turismo en una mano, se me ocurrió anotarme para pasar una noche infernal en una de las atracciones de Fidelio, el agente de turismo recomendado por mi amigo.

Pensé que en esa cárcel no había ningún peligro. No creo en fantasmas porque después de haber visto tantos muertos nunca se me apareció ninguno.

La excursión estaba en oferta, la cárcel había perdido su fama de macabra, los gritos apenas se escuchaban y ya nadie hablaba del lugar como si fuera maldecido.

Recordé que mi amigo me había contado que Fidelio estaba desesperado. Casi todos los lugares que ofrecía en sus oscuras visitas habían perdido su aura diabólica. Los turistas usaban sus cámaras y en ninguno se había visto nada. En Internet existían clips de variada duración y calidad de imagen de esos lugares antes temidos donde mostraban los aburridos que eran.

A diferencia de otros internacionales, el mercado de puntos negros en Argentina estaba decayendo porque eran pocos los que querían más problemas de los que tenían. Con salir a la calle, o en la oficina, uno mismo podía sentir ese placer de estar observando a otra persona que se va perdiendo en una calle oscura ¿Para qué pagar para meterse en una transitada por otros?

Empecinado con su objetivo de sobresalir en el rubro, Fidelio primero probó ofrecer algunas copas de vino para entusiasmar a los visitantes. Confundir sus cerebros para que creyeran oír o ver lo que no se oía ni se veía. Luego modificó las reglas de las visitas y exigió que nadie llevara celulares, ni cámaras para registrar imágenes o audio alguno. Había que asegurarse que la nada misma no trascendiera, que lo previsible no encontrara las alas veloces de los medios actuales.

Ese viernes saludé a Manolo, me puse una gorra, y caminé hasta el Obelisco, de donde salía la combi que conducía el mismo Fidelio.

Al entrar comprobé que tenía varios lugares vacíos y los que estaban ocupados lo eran por una mujer sesentona con el pelo blanco y anteojos gruesos, llamada Odilia, por una chica de pelo oscuro, flaca, casi raquítica, Sofía, por dos hermanas gemelas de pelo castaño y ojos claros, más de treinta años no podían tener, y por Mario, un pelado cincuentón que me presentó enseguida a todos los demás.

Fidelio estaba serio, nervioso. Estoy más acostumbrado a observar a los muertos que a los vivos, pero saltaba a la vista la inquietud del inversor. No dijo una palabra hasta que llegamos a La Lotermann, como se llamaba la cárcel en honor a su arquitecto.

Mario ofició de alma del grupo durante el trayecto. Contó historias de fantasmas, apariciones que había visto y catalogado como aficionado a los lugares malditos, sus puntos oscuros.

Dejó en claro que en la cárcel buscaba el fantasma de un hombre que había asado en su jardín a toda su familia.

Odilia, que parecía más interesada en los inofensivos cuentos victorianos que en las historias reales, se quejó de que el hombre fuera tan explícito, mientras Sofía escuchaba con la debida atención de jovencita interesada en este tipo de historias increíbles.

Las que también hablaron fueron las gemelas. Me adelantaron que no solamente compartían rostro, que no eran nada más que parecidas, sino que sus mentes eran iguales, y por eso debían estar tan conectadas. Además de telepatía,  afirmaron que lo que una soñaba le sucedía a la otra.

Para no conocernos tanto, Mario pidió que nadie develará su ocupación, ni estado civil. Me ahorró un mal momento, para ser justo con este hombre que ya no existe.

Ya en la entrada de la cárcel, rodeamos a una estatua de un caballo, sin montura ni caballero, y me esforcé por ver a la figura inquieta de Fidelio, que recitaba las reglas de la excursión.

Ninguna cámara, como ya sabíamos, si alguno de nosotros sufría algún percance era por nuestra cuenta, la empresa no se hacía responsable, etc., etc., y agregó que el silencio y la concentración eran amigos del terror. Que los fantasmas premian a los discretos. De repente, miró satisfecho a las nubes, iban cubriendo a la luna, y retornó a su silencio de conductor de vehículos.

La puerta de la cárcel era inmensa. Las ventanas estaban doblemente tapiadas.

Fidelio nos hizo entrar uno a uno, y nos entregó un crucifijo que explicó que no tenía ningún efecto, como si eso lo entretuviera, aunque era evidente que sus rasgos faciales no habían conocido la sonrisa, debía ser por eso que a pesar de su edad, que no era poca, su piel estaba tan tirante como la de un adolescente. Uno descubría el paso de los años en los ojos negros, que parecían haberse escapado en algún momento de la cara y que algún socorrista, alguien parecido a mí en el pasado, se los había pegado de manera improvisada.

Se me ocurrió que tal vez esos fueran los puntos negros a los que se refería mi amigo, y no lugares, después de todo también los ojos son lugares me dije, donde se derraman las lágrimas o se deposita el polvo, que molesta y cómo, o detrás de los cuales, dicen, se esconden las ilusiones; en los de este hombre no había rastro de ninguna.

Adentro, Fidelio, ya sin el caballo sin caballero que lo ponía en el marco tétrico adecuado, pero sí con la fría y grisácea recepción rodeándonos, aprovechó la ocasión para informarnos que la excursión de esa noche no iba a ser como las demás. Que había hecho un esfuerzo extra para alegrarnos la noche: develó que había seleccionado, capturado y extraído de la sociedad a un ente asesino que estaba entre nosotros. Si queríamos ser maltratados y nos gustaban ese tipo de excursiones nefastas, entonces nos merecíamos pasar esa prueba. El ente era un asesino implacable. Y era uno de nosotros.

Como nuestro anfitrión estaba más loco que su supuesto ayudante, sin la inteligencia o astucia que dignifica a los psicópatas, ya que por su descripción el ente parecía ser uno, no se ahorró ninguna explicación.

Aclaró que el objetivo de estos cambios de reglas era aumentar la prensa amarilla sobre la cárcel y obtener en el futuro más visitas.

Lo oscuro del lugar había mermado, las paredes necesitaban sangre nueva y fresca, la cárcel requería fantasmas más laboriosos, y como habíamos firmado un contrato con él de que no se hacía responsable de nada, no tenía la obligación de mantenernos sanos y salvos.

Estábamos a su merced. Aunque sólo sus ojos le permitían jugar el papel de malo.

Dio un par de zancadas largas, cerró la puerta con doble cerrojo, y nos dejó solos en la oscuridad.

Mientras mis ojos se iban haciendo amigos del claroscuro imperante pensé que el psicópata era Mario. No paraba de hablar. Decía que seguramente era una broma la que nos había jugado el tal Fidelio, así que no había nada que temer. Los fantasmas no mataban a nadie. Odilia respondió que sí mataban: del susto. Sofía se animó a hablar y entonces dijo que a ella no le importaba vivir, que no tenía razones y que por eso se había anotado al viaje. Las gemelas quisieron saber por qué una persona tan joven como ella temía tanto a la vida como para desear la infinita muerte. Y Sofía explicó que era eso; la muerte le parecía más basta, un lugar donde podría ser libre, donde no había diferencias. Las gemelas, a quienes trato como si fueran una, porque lo eran, parecieron entristecerse por la más entristecida Lucía.

El lugar estaba levemente iluminado por esas lámparas metalizadas que parecen una campana. Desde  mi punto de vista, era normal que hubiera perdido el candor del demonio, o como quisiera llamar Fidelio al resplandor que había aumentado la fama de esa cárcel añeja. Las campanas eran las mismas que yo tenía en mi cocina. Las había comprado en Easy. Y Fidelio también. Supuse que un hombre tan poco detallista no podía haber planeado nada perfecto.

A pesar de las lámparas, muy a su pesar, sí había elementos tenebrosos a tener en cuenta, como varios pasillos oscuros. Y, en las escaleras, escalones manchados y desgastados. Más rejas entreabiertas en todas las aberturas que se movían por un viento cuya procedencia no pude rastrear.

No tratamos el tema del ente antes de avanzar y meternos en los pasillos porque pensamos que era una broma del disparatado Fidelio. Pero pronto íbamos a descubrir que no era tan así.

En la oscuridad en la que apenas podía ver mi mano, empecé a echar de menos a mi loro, a mi sillón, a lo que yo era entre mis cuatro paredes y que ahí ya no. Pero he tratado de ser positivo en mi vida. Así que me dije, estoy con un grupo de gente, en una aventura como la que hubiera soñado de joven, donde de un momento a otro pueden ocurrir cosas impensadas, donde podía volver a enfrentar la sangre, esta vez para no caer en los brazos de ella como con mi antiguo trabajo, sino para vencerla desde otro lado.

Avanzamos por el pasillo, siguiendo a Mario, que buscaba al fantasma de Barletta, el preso que había chupado el costillar de cada uno de sus hijos.

Mario se encerró en la celda del asesino. Pidió que lo dejaran en paz. Sentía compasión por ese asesino culinario. Dijo que en la mitología así se había creado el mundo. Que lo dejaran en paz con su dios. Para eso había pagado.

Lo dejamos y seguimos el recorrido, cruzando el patio donde se recreaban los presos, con arcos de fútbol que parecían descascarados panteones  para adentrarnos en el pabellón de las mujeres.

Odilia, Sofía y las gemelas querían estar en ese pabellón.

No todas las presas habían sido culpables, explicó Odilia. La reconfortaba estar con las que habían padecido tanto oprobio, las que habían sucumbido de una u otra manera a los hombres, a la muerte, a otras mujeres, a animales, a sí mismas, en fin; a lo que fuera.

Sofía preguntó por qué Odilia afirmó tan segura que hubo presas inocentes, me parece que eso bajaba la temperatura de su termómetro de lo fatal. No es lo mismo el fantasma de una inocente que el de una consumada asesina.

Odilia reveló que en la cárcel había muerto una conocida de ella, una amiga de su madre, acusada de envenenar al marido, y que esperaba encontrarse con ella, porque el posible fantasma le haría recordar su infancia.

La excursión estaba haciendo efecto, pero en vez de sentirme un aventurero otra vez, un descubridor de muertos, yo cavilaba y pensaba como si fuera a escribir una novela. Era como estar en mi casa, como si ya no existiera ningún desplazamiento de lugar, lo bizarro de la situación anulaba todos los puntos cardinales que yo reconocía.

Seguimos el recorrido.

No escuchamos gritos, apenas el aletear de los murciélagos y las corridas de las ratas.

Al final del pabellón de mujeres las gemelas dijeron que querían separarse, así que una se volvió sola,  Agostina, y Marcela, la otra, se quedó con nosotros. Ellas, que creían ser lo más raro que habíamos visto hasta el momento, querían demostrar otra singularidad que las terminaba aplanando más; el poder de comunicar sus mentes.

Sofía, que no tenía otra cosa que hacer más que quedarse con nosotros y esperar su muerte, como nos dijo, se acuclilló en el vértice de una de las celdas y ahí se quedó como si estuviera esperando que el fantasma de un pintor apareciera con su caballete y la retratara.

Hasta que en un inevitable de repente escuchamos un grito desgarrador.

El eco todavía persiste en mis oídos.

Parecía ser Mario.

Si no lo era, debía ser una aparición de esas que decían que ya no existían. Sofía sonrió, triunfante, como si lo que esperara tanto estuviera cerca. Un rayo de preocupación cruzó la frente de Marcela, que me miró perdida por unos instantes. Luego afirmó que su hermana le estaba mandando imágenes.

Que Mario estaba muerto, degollado. Que no era el fantasma de Barletta. Había alguien más con nosotros, alguien que tenía el poder de más de una persona. Propuso que la acompañáramos para buscar a Odilia.

En mitad del camino, Odilia salió de la celda tomándose la garganta, como si hubiera tomado una pastilla de cianuro, y cayó al piso delante de nosotros, muerta. La espuma blanca salía de su boca y su cuello estaba retorcido como si fuera un títere de trapo. La muerte había vuelto natural su rostro retocado por la clínica de belleza.

Hasta Sofía pegó un grito de alarma, aunque seguía más interesada en que esas cosas ocurrieran que los demás.

Marcela informó a su hermana de la muerte de Odilia. Y dijo que Agostina le ordenaba que corriéramos a más no poder. Lo que fuera que estuviera persiguiéndonos avanzaba hacia donde estábamos.

Así que volvimos al patio. En el camino miré sobre mis hombros y observé que Sofía, que había quedado rezagada, luchaba contra una sombra que la arrastraba por las paredes. Parecía usarla para limpiar el cemento vetusto, para intentar borrar los límites de esa prisión. Después de todo, todos encontramos la muerte que buscamos. Y me pareció que Sofía se convirtió en instrumento de la libertad que tanto ansiaba.

Intenté dar un paso para retomar el pasillo y tratar de ayudarla, pero unas manos me sostuvieron. Era Marcela, que afirmaba que su hermana le decía que era imposible salvar a nadie de una fuerza tan oscura y poderosa.

Sofía terminó colgada en mitad del pasillo con la lengua afuera, que parecía negra a la distancia. El cuello partido, los pies rígidos apuntaban hacia distintos lugares. Detalles que me quedaron grabados. De repente, me sentí a gusto. Recordé el trabajo. Las bolsas de plástico negras en que encerraba los cuerpos, la seguridad de estar manejando la ambulancia hacia la morgue, el reconfortante sabor de ser útil, de que a la mañana sería libre otra vez, como si lograba  salir con vida de esa cárcel terrible.

Y mientras pensaba en eso, y esperábamos a Agostina, que volvía hacia nosotros porque por más conexión que tuviera con ella, estaba muerta de miedo, dijo Marcela, vimos que en el suelo de cemento se arrastraba una mujer cuya carne estaba entreverada como la de las cadenas. Su brazo era de carne, pero lo formaba carne eslabonada. Lo mismo su cuello, que era más largo que el de una persona normal, y estaba formado por más cuentas de carne. El ser nos miró. Y de sus ojos salieron dos cadenas de carne que casi nos decapitan.

Pero debió ser una ilusión ya que una vez que las cadenas nos hubieron cegado por un momento el ente carcelero desapareció.

Nada impedía catalogar a la ilusión como un fantasma y hasta el momento, en las declaraciones que di jamás lo mencioné.

Ni bien encaramos el camino a la recepción, vimos a una forma humana que se arrastraba en las sombras del pasillo. Cuando llegó a nosotros resultó ser Agostina. Sus manos habían sido retorcidas detrás de su espalda, como si su cuerpo fuera un endeble crucifijo, una baratija comprada en Once. Saqué el que nos había otorgado Fidelio más por desesperación que por otra cosa y vi como el mismo salía lanzado hacia la garganta de Agostina.

El crucifijo empezó a apretar el cuello de la gemela. Le dejó emitir una palabra: ¡Matálo!, antes de acabar con ella.

Al darme vuelta, Marcela estaba con un cuchillo de carnicero, con los ojos blancos. El asesino ubicuo que habitaba en ellas había saltado de uno a otra y quería continuar con su tarea.

Trastabillé. Quedé entregado en el suelo para que la gemela me asesinara a gusto, lo que hubiera ocurrido si no fuera porque algo levantó de los pelos a Marcela, hasta hacerla colgar en el aire y escupir sangre por alguna razón física que desconozco. El cuerpo volvió a caer muerto.

Escuché el entrechocar de cadenas, respiraciones jadeantes que no sabía de dónde venían, hasta vi a un hombre comer un pedazo de carne en una de las celdas mientras buscaba la salida, y lo relacioné con el pobre Mario y con el fantasma glotón de Barletta, pero después de descubrir que las hermanas gemelas eran las asesinas que había implantado Fidelio para sacrificarnos, el mundo preternatural no me parecía más raro que el humano.

Entonces recordé una de las historias que había leído sobre la cárcel.

En la historia, un niño se había perdido en una de las visitas mensuales a los presos. Luego de una semana, lo encontraron descuartizado. Dio con el más desalmado de los asesinos, el señor Bastro.

Bastro ocupaba la celda número 176. Era un morocho retacón que aún así tenía la fuerza de mil hombres.

Caminé hasta la celda, lleno del impulso de buscar la salida más fácil: la muerte.

Había sobrevivido a la locura de Fidelio, pero yo, como Sofía, tampoco quería volver ahora a la seguridad de mi apartamento, a las luces cálidas, al loro chirriante, y a mi existencia inservible. Quise morir en manos del asesino más temible de la cárcel.

En la celda lo encontré. Las manos sobre las rodillas, sentado sobre su propia orina, ese olor agrio que me hacía picar las narices. Y a su lado, sentado también, estaba el niño. Bastro reía a carcajadas y lo único que conocí del espectro fue su risa. Su mirada estaba clavada en el piso. El niño levantó la cabeza y pude ver sus ojos, que me recordaron a los de Fidelio.

Me dijo con una voz que no parecía de ningún niño y menos de uno que había sido descuartizado en el pasado:

Te ayudamos. Nosotros. Los que rodamos con vos. Nos hiciste movernos cuando ya estábamos muertos. Nos alejaste de nuestros lugares macabros, de nuestros finales imprevisibles, de nuestros puntos negros.

Escuché un crujido y supe que la puerta inmensa de la prisión se había abierto. Bastro y el niño habían desaparecido.

Caminé por el pasillo bañado por la luz de la luna, vencido, dispuesto a regresar a mi hogar. Había sobrevivido al plan macabro de Fidelio, a las gemelas.

Pero no era mi mérito.

Los que yo sacaba me habían sacado.

Muerto en vida.

Por Adrián Gastón Fares

El Buscavidas. Cuento.

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

Por Adrián Gastón Fares

Intento de desaparición

 

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio. Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo.

 

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa.

 

Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

 

por Adrián Gastón Fares

A la caza

Es de noche. Una casa grande se eleva tras un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una repleta de personas divididas en pequeños grupos, y otra que tiene un suave resplandor que titila.

El living está en penumbras, sólo el árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de luces. Se escucha el tic-tac del reloj de péndulo.

La puerta se abre; una pequeña silueta entra, la cierra suavemente, y empieza a caminar hacia el árbol de navidad. Se tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio. Llega al lado del árbol. Busca entre sus ropas. Saca un cable, fino y largo. Mira el árbol, se agacha un poco y estira los brazos, porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una luz rojiza. La desenrosca. Después, conecta la punta pelada del cable anaranjado que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lucecita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable anaranjado unos metros a la derecha y, todavía agachada, la silueta trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Mira el reloj de péndulo a sus espaldas. Se queda agazapada detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña silueta se convierte en una mueca de desilusión. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.

Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la silueta se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La poca luz deja ver una barba blanca y un capirote rojo con un pompón en la punta.

Papá Noel trata de acomodarse el capirote, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando están por ahí. Cuando termina de sonar el reloj, se agacha para agarrar un regalo. La silueta detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel mete ese regalo y todos los demás en su bolsa, y cada vez que se agacha, la silueta cierra y aprieta los ojos.

Papá Noel camina hacia la puerta, va a salir y se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Una de las lucecitas está largando chispas.

Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el lugar de la lucecita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La silueta se asoma de su escondite.

Papá Noel se estremece frenéticamente sin poder soltar el cable. Cae al piso. El árbol de navidad se apaga. Pasos en la oscuridad. Se prenden las luces.

La nena corre hasta el cuerpo en el piso. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.

La puerta se abre. Dos viejas empiezan a gritar.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

Los encantados

Monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares
Monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares
Lluvia y monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares

Le serví el té a la señora con una tarta de manzana espolvoreada con canela.

—Nena, estás preciosa hoy ¿Te das cuenta el color de piel que tenés? Fijáte.

Sacó un espejo. Mi piel estaba bastante bien, algunos puntos negros nada más.

—Necesita anteojos—le contesté.

La señora, con una expresión algo más amarga, siguió sonriendo.

—Qué pena que no tenga nietos, señora.

—Matilde, ninguna señora, ya te dije, además te conté que no tuve hijos, ¡cómo voy a tener nietos!

—Es un deseo nada más.

—Los deseos pedílos para vos— Miró hacia la calle. Así parecía darle la espalda a su pasado.

La señora era muy flaca, con los hombros un poco caídos, y se teñía el pelo de un rubio ceniza, como para que no se notara tanto.

Seguí atendiendo hasta que escuché la ambulancia.

Afuera, en la acera, había una señora de la edad de Matilde, unos ochenta años, pero rellena. O por lo menos eso parecía tirada en el suelo.

Javier, mi compañero, volvió y me contó que la vieja se había partido la cadera. Mientras, Matilde había dejado su mesa y ya estaba al lado de la accidentada. Aproveché que Rodolfo estaba en la cocina y salí detrás de ella.

Los labios de la vieja temblaban. Al fin logró pronunciar una palabra.

—Alejandro.

—¿Quién es Alejandro, señora? ¿Su hijo?—preguntó Matilde.

—Mi nieto.

Los labios de la mujer siguieron temblando.

El de la ambulancia ordenó que se corrieran porque la iba a ubicar en la camilla a la señora. Matilde me miró un segundo, y tomó una decisión.

—Tomá, nena—. Me dio unos pesos—. Me voy.

Y se subió en la ambulancia con la vieja accidentada.

A los dos días volvió. Le pregunté sobre lo que había pasado. Llovía. Matilde parecía preocupada pero esta vez no por su pelo.

—No sabés cómo lloraba esa mujer en la ambulancia. El médico me dijo que en el estado que tiene ella, partirse la cadera… Qué mala suerte.

—¿Y quién era ese Alejandro— le pregunté.

—El nieto. Me pidió que vaya a visitarlo, que necesitaba llevarle las pastillas. Había salido para comprarle eso.

—¿Es enfermo?

—Depresión, creo.

—¿Y fue?

—Nena, no me animé. Dice que no quiere hablar con nadie. Vive encerrado.

—Hikikomori.

—¿Fujimori? Qué tiene que ver.

—Hikikomori, dije, señora. Es una expresión japonesa. Son los que no salen de la casa. A mí me gusta la cultura japonesa, Matilde. Leo mucho… libros.

—A mí no me gustan los japoneses.

—Bueno, son gustos.

—Me dijo que apenas habla, que se la pasa en la maquinita… en la computadora ¿Y si es un psicópata? Cómo le voy a llevar comida.

—¿Le pidió que le llevara comida también?

Matilde asintió.

—Espere.

Fui a la cocina y armé unos paquetes.

—¿Vos te pensás que no cocino, no?

—No, señora, es para que sea más fácil.

—¿Para el loco ése?

—Por ahí no es loco.

Matilde se quedó mirando por la ventana un momento. Inspiró hondo y expiró largo.

—¿Qué hace?

—Eso me enseñaban en yoga…. Dame, nena.

Me sacó la comida de la mano, se incorporó, apoyándose en la mesa, y caminó hacia la puerta.

La lluvia trajo a muchos clientes y ese día pasó rápido. Javier no me miraba. Me pedía opiniones sobre las chicas que intentaban seducirlo. Yo hacía rato que estaba en Argentina pero Javier hablaba con encanto, era moreno, musculoso, alto. Cuando entré pensé que iba a pasar algo entre nosotros. Pero no pasó nada y yo con las ganas. Esas esperanzas que no son buenas.

Al otro día estaba sirviendo un desayuno. Vi que Matilde me llamaba desde enfrente, cruzando la calle. Le pedí permiso al encargado.

—El Fujimori tiene la barba por el piso. Es alto. Sin barba sería un chico lindo, pobre. Pero está arruinado. Si hasta debía haber pulgas ahí. No me quería abrir la puerta al principio.

—¿Y cómo hizo?

—Le dije que su abuela se había muerto.

—¿Se murió?

—No, ¿sos tonta? Pero se lo dije para que me abra.

—¿Y le abrió?

—Sí. Y me miró con los ojos redondos como platos. Estaba en otro mundo. Había humo… Humo de la cocina no era.

—¿Y comió?

—Me sacó las pastillas de la mano. Está flaco como un esqueleto. No quiso comer.

—Tengo que volver porque si no me retan, señora.

Crucé. Me pareció que la señora me llamaba.

Rodolfo estaba con esa cara de culo que ponía cuando yo salía un momento. Si no era para sacar a los que entraban a vender cosas no me lo permitía. Yo los acompañaba hasta la puerta porque a Javier una vez le habían pegado. En cambio, conmigo no se metían. Rodolfo decía que yo tenía algo que calmaba a la gente.

Al otro día tuve franco. Así que estuve en la cama bastante, me hice las uñas, terminé de ver la serie, traté de meditar, hablé un poco con un chico, un argentino de esos cancheros de la zona, y me fui a leer a la plaza un libro. A la noche descorché un vino, estudié un poco, por suerte faltaba para el examen, pensé que iba a tomar la mitad pero me lo tomé todo.

El día siguiente ni bien llegué la señora me estaba esperando con la expresión más dulce del mundo.

—Nena, ¿se puede saber cómo te llamás?

—María.

Se hizo la señal de la cruz.

—¿Qué hace?

—Está endemoniado ese muchacho. Poseído. Se tiró en el piso y gritaba.

—¿Usted cree en esas cosas?

—Yo no pero la vieja dijo que lo maldijeron.

—¿Cómo está?

—¿La vieja? Está mal. Cada vez, peor. Delira. Que la última novia vaya a saber qué le hizo a su nietito.

—¿Quiere que le prepare comida para llevarle?

—Ya le llevé— Matilde fue tajante —. Le hice un estofado—. Qué raro una mujer de antes que no supiera mentir, pensé.

—¿Y le gustó?

—No come el encantado.

—¿Y sigue sin salir?

—No sale ni a palos. No habla mucho tampoco. Por lo que pude escuchar de la vieja, desde que lo dejó esa chica quedó así medio estúpido.

—¿Tiene paranoia? ¿Se piensan que lo persiguen? ¿Es bipolar? ¿Autista?

—No es un maníaco. Le dan pastillas porque no puede dormir.

—Bipolar no es un maníaco, señora. Yo estudio psicología, sabe.

—Yo no creo en esas cosas.

—¿En qué cosas?

—En la psicología.

—Pero no es una religión.

—La vieja me contó que el Fujimori ese fue a un montón de psicólogos. Que se gastó la jubilación de ella en eso.

—No habrá tenido suerte.

—Y supongo que no. Está… rayado… rayado pero muy triste, yo me doy cuenta, y melancólico.

—Tendrá depresión entonces ¿No dijo eso?

—Las pastillas que les llevé son para dormir.

—Entonces es insomne.

—A mí también me cuesta dormir. Tomo unas parecidas pero yo me alimento como verás—. Se llevó un pedazo de tarta a la boca y masticó con ganas.

—Espere.

Fui a la cocina y volví con un paquete lleno de dulces esta vez. Matilde sonrió. Miraba la mesa, pensativa. La situación parecía superarla. Javier estaba hablando con una chica pálida de esas de este país que no dicen nada. Más las de esa zona, era como si les faltara algo, gracia, no sé. Lo dicen mis amigos argentinos. Y también lo decía Javier. Aunque después salía con ellas. Fui a atender a una pareja. Cada uno estaba en lo suyo, con celulares en la mano a la altura de sus rostros. Después atendí a otros que era primera cita.

El señor que me miraba siempre el culo.

El que tenía “conversaciones importantes”

La chica que venía con las amigas y se rían dos horas.

Ese chico que escribía y escribía y tomaba un café tras otro y no dejaba nunca propina o dejaba poco.

El otro tipo que me miraba el culo. Y que una vez me había invitado a salir.

El viejo que miraba la carta y no entendía nada.

Había tantas caras y yo me acuerdo de todas. Nunca las olvidé.

Y tuve otro franco que terminó con una botella de champagne de las pequeñas. La disfruté y luego prendí unas velas, me senté en la alfombra a meditar, tenía que pensar porque quería estar en mi país frente al mar, pero me costó visualizar el mar, si lo veía era el mar de acá, las playas ventosas y frías, que me gustaba pero menos. Luego prendí un puro, tiré humo para alejar a los malos espíritus que pudiera haber en ese edificio tan grande que parecía una pirámide. No sabía ni cuantos vecinos tenía. Eso me daba miedo. Tantos profesionales. Para qué estaba estudiando psicología si en mi edificio ya había ocho psicólogos, casi uno por cada piso.

Llegué al otro día con ganas de trabajar y olvidarme de todo, de la carrera, de mi edificio, de las burbujas del champagne, de la playa, de los espíritus en los que apenas creía.

Y ahí estaba Matilde. Hablando con Rodolfo.

Apenas puse el pie en la alfombra de la cafetería me agarró del brazo y me sacó afuera. No pensé que tuviera tanta fuerza.

—¿Qué hace, señora?

—Matilde, te dije, caramba. Vamos. Convencí a ese pelado de que te dejara salir.

—Tengo que trabajar.— Logré soltarme de ella, mientras Rodolfo negaba con la cabeza, como diciéndome que me fuera.

—Le conté a Rodolfo que se murió la vieja. Le quise pagar tu día. No quiso. Vamos. Tenemos que ir al velorio. También lo convencí al Fujimori.

Me di media vuelta.

—¡Señora!

—¡Vos vas a ser una señora! Yo no. Dale.

Matilde paró a un taxi. El coche casi la pisa.

—¿Me quiere decir adónde vamos?

—Al cementerio.

—Qué bien.

—El chico no es feo.

—¿Qué chico?

—A vos te gusta el Javier ése que no te da ni la hora. Además es colombiano y te va a meter los cuernos.

—¿Por qué dice eso?

—Mi amiga tuvo un novio colombiano. Le metió los cuernos.

—¿Y usted qué quiere?

—Dejá de decirme usted, carajo. Acá se dice: vos ¿No, señor?

—Si usted lo dice—contestó el taxista que no era argentino tampoco.

—Más vale que le sonrías.

—¿A quién?

—A Alejandro.

—¿Fujimori?

—El nieto de la Betty que murió la pobre con el nombre de él en sus labios.

—¿Qué es lo que quiere?

—¿Vos no me dabas paquetes para él?

—Sí.

—Bueno, yo tampoco voy a vivir para siempre y la vieja se murió. No es malo el Fujimori. Lo afeité un poco y todo.

—¿Qué quiere que haga?

La señora en vez de contestar me dio vuelta la cara y se puso a mirar por la ventanilla. Hice lo mismo. Era un día de la semana ajetreado, colas en los bancos, una manifestación que había cortado la avenida. Nuestro chófer sacudía la cabeza afligido.

—Este país—murmuró, clavándome la mirada por el espejo.

Matilde dijo sin mirarme.

—Le prometí que su ex novia iba a estar en el cementerio.

—¡Pero seño… ¡Matilde!

—Pero era para que él viniera al entierro, nena ¡Es su abuela!—. La señora se dio vuelta y me miró. Sus ojos tenían un brillo que nunca había notado—. Y quiero que estés ahí.

Tragué saliva.

Matilde no volvió a hablar hasta que en el cementerio Alejandro repitió mi nombre.

 

por Adrián Gastón Fares

 

Las cartas negras

Fotografía del autor A. G. F. "Contrapicado"
Fotografía del autor A. G. F. "Contrapicado"
Fotografía del autor. “Contrapicado”

Sudar no es lindo pero la adrenalina es inspiradora ¡¿A qué no?!

Algunos cuentan cinco, otros seis. Los más atrevidos dicen que diez. Los paranoicos buscan coincidencias numéricas y tiran doce como el número de la casa donde escribo esto o el día que ella nació. Ya se sabe que fanáticos nunca faltan.

Y menos en casos bien conocidos como este.

Y los que hablan de brujería ¿Saben lo que es la brujería? No hasta que se dejen prender fuego. Decíamos. Y nos reíamos a carcajadas.

Llamó la atención que ninguno de los cadáveres, sean hombres o mujeres, tuviera la cicatriz de la vacuna en el brazo. Cocido en su lugar el ombligo. Qué detallista.

El psicólogo y los psiquiatras coincidieron en que su estado mental no era el mejor. Todos esos dibujos con círculos, agujeros. El lápiz hasta que la hoja se rompiese y casi horadase la mesa. Hay que tener fuerza, ¿no? Hay que saber hacerlo sin gastar el lápiz. No tiene explicación. No importa. Me pierdo.

Su discurso era coherente. Aún con tranquilizantes. Coincidían en que mi media hermana era peligrosa, sin dudas. Psicópata, tal vez.

La verdad que era bastante inestable. Se entiende. Que su locura la llevara al arrebato incontrolable de otras vidas. Es parte de lo complejo que se vuelve simple ¿Saben de lo complejo que se vuelve simple? Ella sabía.

Pasa siempre, teorizaba.

Para perfeccionar su arte de matar lo usaba.

Vestía los cadáveres a gusto y los estropeaba con sus agujas.

Me di cuenta hasta donde podía llegar en mi cama.

Cerró la mano alrededor de mi cuello y lo apretó hasta la asfixia, mientras me montaba con las rodillas flexionabas.

En la calle ya lo había hecho con mis manos. Apretaba sus dedos sobre los míos hasta que dolían.

El orgasmo fue fuerte. Que me derramara sobre ella me causó una paz que todavía me dura.

A veces me preguntó si es esa paz la que hizo que pudiera aguantar la soledad en esta casa.

Hay cosas que duran y duran ¿No?

Sobrevino un embarazo. Ella pensó que era el hijo del medio estúpido David, que no tenía problemas con eso porque era un hombre grande, que estaba enloquecido por mi media hermana. Un hijo no le venía mal, y menos uno que perpetuara su apellido.

David la había acompañado al oftalmólogo cuando ella empezó a quedarse totalmente ciega. Pero eran las veces que yo la acompañaba cuando gritaba porque le clavaban esas agujas. Con David las aguantaba.

Mi media hermana ocultaba esa deformación casi inexplicable.

Sus ojos. La esclerótica derramaba un blanco lechoso en el iris que pasaba a la pupila. O al revés. Es lo mismo ahora.

Los ocultaba con anteojos, por lo menos desde la adolescencia. En primaria y secundaria usó lentes de contacto de colores. Así que su iris fue verde luego de color púrpura y luego marrón para terminar en la negrura. Hasta que se los sacó y los revoleó en el baño del colegio en último año. Tremendo susto se pegaron esos inadaptados.

Pero no tanto porque eso fue cuando los demás ya la conocían y no se asustaban al verla. Cuando ya eran hombres y mujeres acostumbradas a casi todo. A que los maltrataran, a que los padres fueran exigentes.  Hasta que las lágrimas saltaran, ¿no?

Tal vez que tuvieran que decidir si eran mujeres o varones. Las flechas no siempre apuntan hacia donde los demás quieren, ¿no es así? La rosa de los vientos… La que en esta casa ya no gira. No sé.

Sé que cuando el fluido llenó sus ojos se quedó ciega. Ella no estaba preparada para eso. Nadie está preparado para una inundación, no importa lo cerca que esté el río de su casa. Eso les comentó a los psicólogos. No sabían qué responder.

No siempre vibramos de amor.

De chico me mareaba.

Me sofocaba en mi casa.

Los estudios médicos daban todos bien. No tenía nada en la garganta, ni en el esófago ni en ningún órgano vital. No había razón física para mis ataques.

Pasé por un hospital lleno de pacientes con problemas más tangibles.

Pastillas como las que más tarde le darían a ella.

Miraba la pared y apenas sonreía.

Luego, otra vez en casa, cada dos por tres enfermaba.

Mientras mi hermana necesitaba más a mi madre porque, claro, ella había nacido casi ciega y su padre no había abierto jamás los ojos desde la noche en que los de su querida se cerraron, yo más me enfermaba. Mi madre no sabía cómo repartirse con los médicos. Pedía ayuda a sus amigas del barrio.

Me llevaban.

Hasta que mis enfermedades comenzaron a menguar, y mis ojos, que claro, ya se veían descoloridos en el espejo, volvieron a tomar el color que pueden ver en las fotografías, en las noticias. Estuve a punto de ser como ella. Pero el espejo no me lo permitió. Pude retroceder a tiempo.

No entiendo cómo pueden verla como una víctima.

Ni a mí tampoco.

No hay secreto. Sí un ánimo de vindicación con lo que son como el padre de ella, los que no ven. Pero muchos hombres y mujeres deberían ser más fuertes que uno. ¿No? No sé…

El padre de ella negaba absolutamente la enfermedad de su hija. Para él su hija tenía los ojos tan normales como las demás. Era imposible sacarle esa venda a ese hombre que había perdido a su mujer anterior. La madre de ella. Eso hizo que cerrara la cortina de su negocio, y también la de su vida. Y mi madre estaba ahí para ayudarlo, para sacarlo, para mimarlo, lista para hacerlo sobrevivir.

El que no veía era él, no mi media hermana. Pero la realidad…  En fin, saben cómo es la realidad. Lo que se ve no siempre es lo que es.

Nunca pensé que iba a tener tanto placer con la hija de ese abogado arriba y yo abajo, extasiado. Dicen que la primera vez no se olvida. Y menos cuando es así.

Y fue en una de esas noches cuando le dije que la cicatriz de su vacuna de nacimiento era demasiado evidente. Ella no lo soportó ¿Otro agujero deforme en su cuerpo? La contuve como pude. Volviendo a estar dispuesto, en fin… Después van a estar comentando estas cosas en las noticias.

Se trata de que estoy dispuesto a admitir de que soy tan culpable como ella. Uno tiene que medir las palabras. Más las que larga ante alguien que no ve. O que ve poco. Es como si las absorbiera.

Ahí fue que me pidió que le pasara  mis dedos sobre su estómago para demostrarle la forma de la cicatriz de la tuberculosis, la del brazo.  Con dedos pegajosos, sucios de lágrimas y otras cosas, lo hice. Esa gota rebalsó el vaso. Lo sé.

Habíamos llorado.

Nuestro suicidio no sería posible y cada uno debía buscar una vocación de ahora en más. No nos íbamos a dedicar a dar lástima.

Elegí la antropología. Y ella comenzó su relación con la muerte.

Con las personas de las que se tomaba del brazo para cruzar la calle. Los encerraba en el altillo de la casa y modificaba sus cuerpos.

El ombligo lo colocaba a la altura de la arteria humeral, en el brazo. Me decía que podía ver el color azul de las arterias. Un resplandor blanco que a veces se tornaba azul y que se intensificaba donde la sangre se acumulaba.

Sus invenciones las hacía entre el hombro y el codo. Nunca erraba. Eran dos cicatrices, decía ella. La umbilical y la de la vacuna contra la tuberculosis. Recordaba que el fórceps y un minuto sin oxígeno la habían dejado ciega. Habían pintado sus ojos, como ella decía.

Células muertas.

Médicos de mierda.

En el tanque de la casa, en vez de agua se acumulaban los cadáveres de los profesores, de una compañera, de un acompañante terapéutico, de mi profesora de particular, de un taxista, de una vecina.

Flotaban sin ombligo. Y el agua los deformó hasta que ese agujero se hizo enorme,  como ojos de esos dibujos japoneses dijo el forense.

Mangas que yo leía en voz alta a ella porque le encantaban. Una vez que uno empieza a leer al revés un libro no para.

Es ver el mundo como si retrocediera y tuviera sentido.

Y ella los llevó a todos a su estado inicial, al suyo digo, a la herida de nacimiento, a los agujeros lechosos que flotaban en su cara.

Hoy me tocó visitarla en la cárcel de mujeres. Hay otras mujeres. Algunas peligrosas, otras no tanto, pero que habían hecho lo que podían para sobrevivir frente a un hombre tan peligroso como ellas, o que simplemente habían matado a sangre fría, como las leonas lo hacen, desgarrando los músculos, chupando la sangre, hay de todo, hombres o mujeres, ya saben, el hilo se tensa hasta que se corta. Y luego tira cosas, ¿no? No sé si me entenderán…

El padre de ella la defendió bien.

Se comieron tan bien la historia del amante de mi madre. Yo no estoy en desacuerdo, ¿saben?. Todavía creo que la única justicia que existe es la del corazón.

Me desnudé para que vean que no traigo nada escondido.

No importa cuántas veces lo haga me sigue molestando.

 ¿Qué hice yo para pasar por eso? Sólo quiero visitarla.

Caminé hasta la habitación blanca. Ella me esperaba. Se levantó la remera. Me mostró el dibujo. Como una contraseña o un prólogo. Una raíz le crecía ahí. De la mugre. No le dije que parecía una rama de un rosal cubierta de hongos como esas que trataba de trasplantar su abuela en un frasco con agua y no le salía a la pobre.

Su espalda recortada contra el ventanal. Es distinto ver las rejas con ella adelante.

Le comenté que pronto la dejarían libre. Entonces se dio vuelta como si fuera un tornillo y me ordenó que vaya preparando todo. Escribo porque ni bien ella llegue ya no podré. Habrá muchas cosas que hacer.

Necesita más cicatrices. No sabe cuántas.  Y que los que quieran arreglar el mundo la tomen de la mano y la ayuden a cruzar.

Recién cuando el agua que tomábamos sabía peor que la que tomaba mi madre tuvo que empezar a plantar cuerpos en otros tanques de agua. Los vecinos ni se daban cuenta.

Le tenían tanta confianza que la invitaban a tomar el té y la dejaban sola en la casa, sabían que podía alimentar a los animales en sus vacaciones, que era ciega pero no estúpida, que en la oscuridad podía manejarse como nadie, que ella se dejaba llevar por el aire hasta que llegara donde tenía que llegar, y que sus animales estaban más a salvo con ella, que no veía el oro, ni las joyas, ni los electrodomésticos, que con otras.

Dirán que soy cómplice.

Pero un cómplice en construcción. Por ahora es todo posibilidad, incertidumbre, y esas muertes están tan lejanas como mi media hermana atornillada en la cárcel. Tan inconmovible y atrapada como el agua en el tanque de agua de la terraza.

Apenas se la llevaron empecé a tomar agua mineral. Los caños dejaron de funcionar bien. Me dediqué a arreglarlos. Compré destapadores líquidos y metí alambre y empujé con fuerza hasta sudar.

Ahora resuena el crujido del motor. Al fin.

El agua está subiendo.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

Te espero en el techo

Lo que sigue abajo de esto más largo es la reescritura de un cuento muy pero muy corto. Uno de los primeros que escribí.

Hace mucho tiempo.

Por el momento que estoy pasando, con muchos proyectos, pero también incertidumbre, creo que este cuentito que le sigue, renombrado, Te espero en el techo, viene bien.

Estoy con el trabajo de producir una película y dirigirla.

Gualicho, Walichu, o Walicho.

Pueden opinar sobre qué nombre les parece mejor o qué nombre les gusta más para esta película de esos tres.

No me pidan que les cuente la trama para eso.

Simplemente quiero saber qué les suena mejor.

Les dejo, confiando en que una imagen vale más que mil palabras, para que se inspiren, uno de los afiches que encargué al enorme ilustrador Sebastián Cabrol (es una versión de un color diferente a la elegida y sin el título)

Gualicho Tinta Desaturado Guión y Dirección Adrián Gastón Fares, ilustración de Sebastián Cabrol
Gualicho, uno de los afiches de Producción, Tinta Desaturado Autor, Guión y Dirección, Adrián Gastón Fares. Ilustración: Sebastián Cabrol

He estado desarrollando esta película durante 10 años. Me parece increíble.

Por otro lado, sigo guardando un texto sobre la escritura de guiones audiovisuales que escribí luego de enfrentar a Señor Tiempo (Mr. Time)

Para Mr. Time, escrita luego de Gualicho, tuve que usar primero la modalidad del Scriptment (un texto centrado entre el guión técnico, el literario, y el tratamiento; el scriptment no es tan famoso como su primo el tratamiento, pero ha sido acuñado por James Cameron, quien lo oficializó para la escritura de Avatar) También lo usaba John Hughes.

Y entonces, tiene más sentido que lo haya usado para Mr. Time, ¡ya verán!

A. G. F.

 

Te espero en el techo

Martín estaba con su novia en el patio de comidas del shopping.

De repente se le dio por mirar para arriba y en un rincón de la cúpula vio algo que lo aterró.

Los pelos de la nuca se le erizaron. Le saltó el corazón. Parpadeó. Le pasaron todas las cosas que le pasan a las personas cuando descubren algo que no pueden creer que están descubriendo. Pero esas cosas al minuto no suelen ser verdaderos descubrimientos, era el reflejo de, el viento la había empujado claro, lo que parecía inimaginable era una coincidencia posible qué tontería, mientras que el de Martín sí lo era.

¡Estaba ahí!

Ahí, en el vértice del cielo raso.

El esqueleto de una nena, colgando del piolín de unos globos inflados con gas, esos corazones.

Se dio cuenta que era una niña por el vestido rojo y el pelo rubio de la calavera, las dos trenzas que conservaban toda la gracia.

Agarró a la novia de la mano, la llevó por los pasillos del shooping, y cuando encontró a uno de seguridad, le explicó bien: no podían dejar el cadáver de una nena pudriéndose en lo alto del patio de comidas. También le preguntó si sabía qué había pasado.

El tipo comentó que había sido extraño, pero que la nena se había volado para arriba, alejándose a propósito de los padres, sin soltar el piolín.

Entre el guardia y una chica que atendía una góndola de golosinas le dieron a entender que el error había sido de él, por mirar hacia arriba cuando debería haber estado mirando a su novia o a lo que estuviera comiendo.

Martín tragó saliva y consoló a su novia que lloró un poco, antes de pedir que la llevara a esa tienda, la que le gustaba tanto.

 

por Adrián Gastón Fares

Más información sobre Gualicho y Mr. Time en Prensa Corso Films

 

Los Endos. Cuento.

A través de la ventana la nieve cae afuera de Los Galgos, decorado en su interior a tono con la cercanía de la Navidad. Manuel posa su mirada en la mujer que tiene enfrente, de belleza andrógina, alta, flaca, ancha espalda, con unos pechos apenas insinuados y apenas caídos debajo del vestido gris sin corpiño que la hacen más deseable. Una chica retira sus vasos.

–Hay mucho ruido en este lugar.

–Sí, es molesto.

–¿No te gustaría ir a mi casa? Es más tranquilo.

–Dale, sí.

Sigue leyendo “Los Endos. Cuento.”

Los tendederos. Cuento.

Vamos con Los tendederos. Para este Viernes 13. 

Ahora que estoy retocando el guión de Gualicho para el rodaje que se avecina (Shooting Script podríamos llamar a lo que estoy haciendo, aunque ya tenía hecho el guión técnico antes del literario; así es como nacen mis películas) recuerdo la atmósfera de este cuento con resonancias de un tema que comparte con mi largometraje: la familia (y sus desviaciones)

Estoy sorprendido con lo que intuyo que será Gualicho y muy ansioso por ponerme a trabajar luego en la dirección de Mr. Time, otra película que desarrollé desde cero y escribí cuya historia es: tre-men-da.

Tremendo viene del latín y significa lo que es digno de suscitar temblores. No solamente el miedo los suscita sino también embarcarse en una aventura, paladear el misterio. Son algunos ejemplos.

Gualicho y Mr. Time me emocionan, como esta historia corta, pensada para otro lenguaje, como es el literario, que se llama:

Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Sigue leyendo “Los tendederos. Cuento.”

La casa de Orlando. Cuento

Fotografía tomada por el autor

Al jubilarse, el solitario albañil Orlando levantó una casa en poco tiempo. Los techos altos, las ventanas anchas, el recibidor chico, la cocina luminosa, el dormitorio cálido, el baño grande.

Cuando la terminó llevó una silla de mimbre al recibidor, donde se quedó mirando complacido la calle vacía. Esa misma tarde compró un enano de yeso a un vendedor callejero que ubicó al lado de la silla de mimbre.

Ya no tenía que trabajar así que leía el diario, tomaba mate y jugaba solitarios. Solamente hablaba con su perro. Lo maldecía porque atraía a otros perros a la puerta de la casa.

A veces, también le hablaba al enano.

Un día, por salir a echar a los perros, Orlando encontró un espejo de maquillaje en la puerta. Lo tiró a la basura, pero a la semana encontró otro. También pensó en tirarlo a la basura, pero notó que el espejito tenía una firma: un beso rojo profundo.

El albañil Orlando decidió, entonces, hacer algunos cambios en su casa.

Sigue leyendo “La casa de Orlando. Cuento”