Suerte al zombi. 33. Conversación.

33. CONVERSACIÓN.

Las gárgolas parecían atentas a la intensa conversación que tenía lugar dentro de Luis Marte. Había recordado aquel día y ahora intentaba olvidarlo haciéndose otras preguntas. Luego recordó el otro, cuando había sido su turno.

Sus ojos, totalmente blancos, parecieron querer brillar de furia. No parpadeaba, ya no era necesario fingir. Se sentía moralmente exaltado, excitado, hambriento. Necesitaba encontrar una respuesta al hecho de haber cruzado por el mundo para morir tan joven y sano. Y después; ¡Levántate y anda, Lázaro!; ¿qué quería decir todo esto?. Luchó pensando. La lucha que estaba tratando de ganar era con el infierno, con el demonio que vivía dentro de Luis Marte. ¿Por qué debieron disparar sobre su familia?

Pensó nuevamente en vengarse; sin embargo, la idea hizo que por un segundo dejara de pensar. Aunque sabía el nombre y apellido de aquel hijo de puta, se había olvidado de decírselos a Olga y Chula. No importaba, éstos nunca podrían encontrarlo.

Allí sentado, habló consigo mismo y reconoció que su idea de terminar su vida pudriéndose por abandonados caminos de su país no iba a dar resultado… simplemente porque su vida ya había terminado.

Por primera vez comprendió realmente que estaba muerto y dejó de ilusionarse con un final feliz. Supo que no podría aguantar mucho más tiempo el ritmo de marcha que llevaba y sus huesos cederían.

Se veía a sí mismo tirado entre los yuyales que crecían a los costados de la ruta, pudriéndose lentamente hasta que todos sus huesos quedaran desparramados por el suelo. Se estremeció al ver su calavera clavada en la tierra, y su alma tiritó ante la idea de observar por las cuencas de sus ojos y ser testigo del paso del tiempo hasta que el fin del mundo llegara… si es que había algún fin.

No sólo se odiaba y temía a sí mismo; en su largo camino había aprendido a odiar a todos los animales. Las comadrejas y ratas lo asustaban por las noches, cuando se le cruzaban al salir de sus escondites. Ni hablar de esas aves carroñeras que lo habían atacado. Le habían quitado mucho de la poca carne que le quedaba.

Luis intuía su aspecto. Sabía perfectamente que sus labios se habían retraído y que sus dientes ocupaban casi la mitad de su cara. No había mirado sus manos desde que aquellas aves lo habían atacado pero sabía que los pequeños huesos estaban allí, reflejando la poca luz de aquel día. No quiso mirar bajo su ropa, ya que sospechaba el estado que tenían aquellas partes de su cuerpo. La camisa estaba literalmente pegada contra su pecho y abdomen como consecuencia de las secreciones que emanaban de la descomposición.

De repente, Luis dejó de pensar. El sol parecía haber dado un soplo a las nubes que estaban a su alrededor y las había alejado. El cementerio volvió a brillar. Se animó a mirar sus manos; el blanco refulgía soberbiamente. Posó su mirada vacía sobre las viciosas nubes que se alejaban y luego se volvió para mirar el árbol que crecía en un costado del cementerio.

Las amarronadas ramas lo reconfortaron. Recordaba aquellas tardes de domingos cuando era chico y se sentaba bajo el viejo olivo o en la cima de la higuera de su abuela, allí jugaba y recibía el sol en la cara mientras el sueño iba poniendo pesas en sus párpados que se rendían felizmente.

Luis Marte elevó la vista hacia el cielo junto con todos los ángeles y le pareció que algo importante iba a ocurrirle aquella tarde.

por Adrián Gastón Fares.

 

La más buena.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

A. F.