Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 4.

 

4.

Ahora pienso; ¿qué persona adulta actual, ocupada, con actividades sociales, deportivas y culturales programadas, los días sellados a fuego contra la soledad, perdería tiempo en una amistad virtual con un tipo como Elortis? Yo en aquel tiempo estaba sola, sola como cuando decidí en estas vacaciones revisar los archivos para darle forma a esta especie de pregunta sobre Elortis.

La ciudad está casi vacía, ayer fui a tomar mate con una amiga a la placita que está en Cabrera; hoy, con el sol, agarré Callao hasta Quintana y me fui caminando hasta Plaza Francia, escuchando música, mascando un chicle por los nervios. En Recoleta vive la chica a la que le compro los cosméticos, pero es domingo y no podía pasar a buscar la crema que le encargué. En una esquina me crucé con una viejita en silla de ruedas empujada por una sirvienta negra. Tenía ganas de cruzarme con una persona en especial, tal vez por eso salí a caminar.

Mis amigas me dicen que vaya al psicólogo. Piensan que tiene que ver con la historia de mi padre. Pero últimamente tengo la cabeza puesto en esto que estoy escribiendo. Hay un chico, Hernán, con el que estoy saliendo. Me pasa a buscar en auto por mi casa y vamos a cenar. Siempre llega un poco tarde, y los fines de semana la pasa con sus amigos o visita a su madre. Para mí, mucho mejor. A mamá le cayó bien porque su padre trabaja en el Gobierno de la Ciudad. Hernán ahora se fue a recorrer el sudeste asiático y Nueva Zelanda con los amigos. Me escribe mensajes diariamente. Subió fotos de koalas, qué ternura, y de bicicletas de todo tipo, más que nada esas con techito. En otra, Hernán está en un barco de madera frente a un islote en la Ciudad Prohibida —Purple Forbidden City, puso él en las descripción de la foto.

También estuvo en Vietnam (donde vi algo que no me gustó ni medio; lo vi nadando con los amigos y un grupo de chicas, entre ellas una rubia que aparece abrazándolo en otra foto) y Camboya (paseando por una feria y frente a unos minaretes que se reflejaban en un laguito oscuro; en otra foto dice que es el templo de Angkar). También vi templos abiertos entre los árboles gigantes y hasta una estatua de cara sonriente ubicada en los huecos de una raíz enorme. Aparentemente, las raíces y los árboles dominan todo en Camboya, se derraman por todos lados.

Siempre en ojotas —yo no sé cómo hace para  recorrer tanto en ojotas— y en cuero. Le gusta mostrar los músculos. En Tailandia aparece otra vez con la rubia compartiendo nada menos que la montura de un elefante. Aparece solo delante de templos budistas dorados, y en una canoa mirando otra canoa, repleta de verduras, frutas y hortalizas. En otra mira, sonriente, como un monje abraza a un tigre encadenado. Impresionante, el agua turquesa del viaje a Ko Phi Phi.  Las últimas fotos que subió fueron las del Templo de los Monos, un lugar que sería la delicia del padre de Elortis, supongo. Ahora él y su grupo están en camino a Nueva Zelanda. A la vuelta tiene que preparar unos finales.

Augustiniano, está de novio con una amiga que conoció en mi cumpleaños, aunque creo que sigue enganchado conmigo. El año pasado seguí yendo con los compañeros de trabajo a ese bar que está en un subsuelo, más yanqui que irlandés, que se llena de extranjeros. Ahí nos habíamos cruzado con Elortis por única vez. En los televisores juegan al rugby, pasan lucha libre, boxeo o fútbol americano. Llenan jarras de cerveza mala (leyenda urbana: corre el rumor que la alteran con algunas sustancias para mantener dispuesta a la clientela femenina).

Cuando yo recién empezaba a conocer ese bar, quise que Elortis captara el mensaje subliminal de mi subnickte espero donde nadie oye mi voz—, tal día Elortis, tal día en tal lugar voy a estar yo con mis amigas, ese lugar que te comenté en una conversación, que apenas se podía hablar por el volumen alto de la música, sentada en una mesita, con la jarra de cerveza en el medio Elortis, riendo medio tensa porque vos podés aparecer en cualquier momento, y no sé si voy a poder hablar. ¿Por dónde empezar? Si ya nos hablamos todo, o por lo menos vos te hablaste todo.

Sin embargo, ahí terminé conociendo a Hernán, que es compañero de comercio internacional del novio de Agos. Ahora, a veces tengo esa sensación a la que se refería Elortis de olvidarse algo, más que nada cuando llego del trabajo y ceno con mi mamá o estoy con Hernán, es como si tratara de cerrar una puerta pesada. Confío en que este libro me ayudará a cerrarla, aunque tengo que admitir que por ahora no hizo más que hacerla batiente. Por lo menos, airea mis pensamientos.

Soy una persona feliz, de eso no me caben dudas. Sin embargo, un día le advertí a Elortis, para agregar un poco de drama al asunto, que yo no pasaría de los cuarenta años, que me veía muriendo joven como Marylin (incluso usé un tiempo de foto de perfil a una de Marylin sonriendo —los labios separados, como dejando escapar el hálito vital que le enciende los ojos. Después de todo, me resfrío fácilmente y los huesos me duelen seguido, además de la operación que tuve; por suerte las cicatrices ya se fueron.

En una conversación, Elortis se acordaba que durante la primaria fue a un asalto —de una compañera que tenía un tero suelto en el fondo de la casa—, y al principio él tenía vergüenza y se mantenía distante, pero al rato estaba haciendo chistes y bailando, me dijo, pero justo empezaron a caer los grandes para buscar a los invitados, y la fiesta se terminó. La muerte debería ser así, conveníamos, en lo mejor de la fiesta te vienen a buscar. Juancito, vinieron a buscarte.

Un día Elortis se puso en el recuadro del mensajero una foto cortada a la mitad, se notaba que había suprimido a alguien más que lo abrazaba por la cintura o por lo menos una silueta bastante pegada a él, más que seguro Miranda. Estaba sonriendo. No aguanté más. Lo saludé: Elortis, qué te hacés con esa foto. Graciosa la foto, parecía canchero y ridículo a la vez, bronceado y con el pelo revuelto porque era en la playa. Retomamos la comunicación.

Venía de comprar un repuesto para la lapicera papermate que usaba para escribir. De paso, se había traído algunos tés nuevos para probar: té abu, una cucharadita de esas semillas en medio litro de agua y hervir quince minutos como reemplazante del café (pero no le gustó mucho el sabor, y el olor era medio nauseabundo como de chino transpirado, aunque nunca olió a un chino que lo perdonaran, o a salsa de soja recalentada) té blanco que sí le gusto, té banchá, concentrado y refrescante (el empleado, muy amanerado y amable, le explicó también que, a diferencia del té verde común, el banchá se deja tres años en la planta antes de cosechar), té de vainilla, miel y manzanilla para cuando tuviera ganas de algo más dulce, y té de jengibre de Singapur. Y ya que estaba se llevó una raíz de jengibre para condimentar, y echarle al mate. También se compró un paquetito con nueces, pistachos, almendras y pasas de uva que devoró al instante porque estaba nervioso.  Al empezar la semana, se le había ocurrido llamar a la misionera para ver si estaba sola e invitarla a salir. Ahora que no estaba con Miranda se sentía libre y fuerte para hacer este tipo de locuras. Estaba pensando mucho en los ojos verdes de la misionera (¡justo se me tenía que ocurrir hablarle!)

A pesar de los años, le reconoció la voz al instante. Estaba con amigas y le pidió disculpas por no poder hablar. Elortis escuchó que alguien se reía sarcásticamente del otro lado de la línea, y se le ocurrió que tal vez ella estaba con el estudiante de medicina y, al ver que la llamaba otro hombre, un desconocido, el tipo habría decidido dar un portazo de celos. Porque eso había escuchado: un portazo. Después ella dijo que se le había escapado el perrito caniche que tenía y cortó la comunicación. Elortis, que desde que había ido a Mar del Plata con Sabatini no probaba un cigarrillo, necesitó fumar súbitamente. No podía ser que hiciera esas locuras, y además se sintió despreciado por la mujer que le gustaba. Salió disparado hacia el ascensor, y mientras caminaba por el largo pasillo advirtió que se había olvidado la llave. La única que tenía una copia de sus llaves era Miranda y no pensaba llamarla.

La puerta del edificio estaba cerrada, así que se quedó sentando en el silloncito del hall; eran casi las doce y no aparecía nadie que le pudiera abrir. No había movimiento en el estacionamiento de enfrente. Al rato escuchó el ruido del ascensor. Le pareció que tardaba mil años en llegar a planta baja y otros mil en correrse la puerta metálica. ¿Y quién había salido del ascensor con aire para nada distraído? ¡El hombre de equipo deportivo! Esta vez sin la gorrita, era medio pelado, y lo miró de reojo mientras atravesaba el hall hacia la calle. No podía aprovechar la ocasión para salir. Ya en la vereda el tipo prendió un cigarrillo, y después retrocedió para apoyar la espalda en la pared del edificio y empezar a fumarlo tranquilamente, mientras miraba hacia el fin de la calle, como si esperara que apareciera un taxi o un colectivo. Para Elortis era demasiada casualidad que bajara casi al mismo tiempo que él. Se le fueron las ganas de fumar. El miedo le dio la solución: podría pasar a través del balcón de los vecinos, una pareja de viejitos amables.

Ya me había hablado de ellos una vez. Con el alquiler de la casa con piscina que tenían en Pilar pagaban el alquiler y los gastos de su departamento. El hijo, que venía cada tanto, se ocupaba del campo que había comprado donde criaba corderos que vendía en negro a mitad de precio. A los viejitos apenas le alcanzaba con la jubilación para darse algunos gustos. Compartían con Elortis el servicio de cable. Aunque usaban más la radio, que escuchaban por la mañana temprano y a la tarde, y cuando la empleada doméstica sin querer desplazaba el dial de su emisora preferida, el viejo iba a golpear la puerta de Elortis para pedirle que le sintonizara la frecuencia. Tenía un sillón mullido al lado de la radio donde Elortis se hundía para apretar los botones. A él, que dormía hasta tarde, lo deprimía escuchar desde su cama la cortina musical del noticiero.

El día que Miranda se había llevado algunas de sus pertenencias antes de la mudanza en sí, la de los muebles y electrodomésticos más pesados que eran de ella, Elortis estaba esperando en el hall de su edificio con una bolsa a sus pies —zapatos y ropa— mientras el hermano de su ex llevaba un televisor hasta el coche que había dejado a la vuelta. Justo bajó su vecina, la vieja, y le preguntó qué estaba haciendo ahí parado, como un fantasma. Respondió que se iba a separar, que su novia se estaba llevando algunas cosas. Elortis no quería explayarse mucho —el hermano de Miranda volvería en cualquier momento. La vieja le dijo que hacía muy bien, era joven, para qué perder el tiempo en una relación que no funcionaba —se ve que Miranda nunca le había caído bien— y, de paso, le aconsejó fervientemente que no se casara nunca —debía tener algunos problemas con el viejo. Mientras Elortis escuchaba a la vieja, la puerta del ascensor se abrió y salió una rubia alta, caminando con la mirada más alta todavía, que pasó por su lado sin verlo ni tampoco reconocerlo —estaba barbudo en aquel momento. La que salió del ascensor, que era apto para profesionales y por lo tanto tenía varias oficinas, no era otra que una de las más lindas de sus compañeras de secundario. La chica, ahora una mujer claro, se mantenía muy bien. Se acordó que era la que le gustaba. No entendí bien a qué apuntaba, pero me dijo que no sabía qué mecanismos de la realidad podían llevar a un encuentro de este tipo. Prefería callar al respecto, no podía revelar los detalles que, después rememorados, vaticinaban ese encuentro. Para colmo, en un momento difícil de su vida. Mejor no hacerse el vivo con estas cosas. No sé si volvió a cruzar a su compañera del secundario. Por lo menos, no habló más del tema. Pero dijo que ese inesperado encuentro le había hecho pensar que él era inocente al dejar a Miranda y, cuando finalmente se enteró que su ex novia seguía viendo al tío Oscar, que era algo así como el hombre de su vida, lo interpretó como un signo precioso.

El fin de semana volvería el hermano de Miranda para seguir mudando cosas, y después terminarían los tres en el primer piso del McDonald’s  de la calle Uruguay, entre tomos jurídicos de yeso que decoraban las paredes (no sabía qué era ese edificio antes, pero estaba a tono con la zona cercana de tribunales). Separarse era muy doloroso; no dejaba de besar la espalda de Miranda la última noche que durmieron uno al lado del otro, aunque no la quisiera (Mmm…, Elortis) habían crecido juntos.

En fin, sin llaves, Elortis golpeó la puerta de sus vecinos, los viejitos, y a los quince minutos notó que se prendía una luz del otro lado y que preguntaban con voz dispersa y ronca quién era. Explicó que se había quedado afuera mientras el viejo, con los pelos blancos pegados a la cabeza, aparecía tras la puerta. Parecía tener cien años más. La vieja era una presencia espectral; se asomaba desde el dormitorio, con una mueca de hastío porque la había despertado. Después, Elortis se encaramó cuidadosamente a la baranda del balcón, sin soltar el panel de acrílico que separaba los balcones, y empujando con su cabeza las ramas del árbol, logró pasar primero una pierna y después la otra. Los viejos querían saber si estaba seguro que había dejado la ventana abierta y si ya había podido entrar, pero Elortis no contestó; entre los helechos de su balcón había visto a un bulto peludo que, saltando desde las barandas a las que estaba prendido, al instante se deslizó y perdió, con movimientos rápidos y precisos, por las ramas del árbol.

O la emoción del peligro de pasarse de balcón a balcón le había hecho subir la presión y como consecuencia alterado la visión o la carita que lo miró un segundo era la del mono Albarracín. Si era el mono, había crecido; era una sombra angulosa, pero bastante grande, con dos pelotitas brillantes, inexpresivas, por ojos. Si no era el mono, Elortis no podía creer que una alimaña de ese tamaño viviera en el medio de la ciudad, escondida en esos árboles. Llegó a pensar que la sombra había salido de adentro de su pieza. Pero, a pesar de todo, no podía precisar si en realidad lo había visto. Encontró todo ordenado y en su lugar, salvo un lapicero derribado en su estudio; las lapiceras, los dos sacapuntas, y los lápices esparcidos en la alfombra. Podía haber sido el viento o Motor. Aunque el gato dormía profundamente sobre un almohadón.

Al otro día escuchó la voz de la misionera en el contestador. Llegó a atender y, aunque estaba asombrada de que se acordara de ella después de tantos años, acordaron en verse por la noche; se había comprado un celular nuevo, con muchas prestaciones y no sabía cómo conectarlo a la computadora. Elortis se acordó que a la misionera siempre se le rompía algo como excusa para que él fuera a su departamento. A la noche ella estaba tan linda como siempre, a pesar de los años que pasaron desde la última vez que la había visto, y Elortis de los nervios y la emoción no podía desentrañar cómo conectar el aparatito a la computadora; el sistema operativo no lo reconocía. La misionera quiso saber qué había pasado con Miranda, y Elortis no supo explicarse bien tampoco. Le brillaban los ojos y lo miraba fijo, como evaluándolo y seduciéndolo a la vez. Su mirada, como siempre, le tiraba de las entrañas.

En el sillón tenía un peluche, un osito que le había regalado el estudiante de medicina, que a esa altura sería médico recibido ya, aunque Elortis no quiso preguntar. Igualmente, ella le comentó con tristeza que habían vivido juntos en otro lugar y ahora se habían tomado un tiempo.

Mientras Elortis trataba de que la computadora reconociera el aparatito para pasarle unos Mp3, la mujer se sentó a su lado y buscó su boca como un animal que le levantaba la cabeza a otro. Los labios de la misionera —Elortis se vengaba de que yo nunca lo saludaba— eran esponjosos y dulces, y él cerró los ojos. Pero ella no quiso acostarse con Elortis después, tal vez porque mientras lo miraba tirada boca abajo en su sillón largo, él trataba en vano de que el celular se comunicara con la computadora. Habría pensado que era un inútil o que era un mal presagio que no pudiera solucionarle el problema. Antes, cuando engañaba a Miranda con ella, le llevaba chocolates, y los comían después de hacer el amor. Aunque a ella le gustaba tomar Coca Cola cuando terminaban. Pero volviendo a los chocolates, aquel día, siguiendo la costumbre, Elortis le había llevado un chocolatín —un Jack. Aunque a Elortis no le gustaban Los Simpsons, el chocolate venía con muñequitos sorpresas de esa serie animada, y cuando ella, que sí le gustaban, lo abrió, puso cara de mal gusto al descubrir a ese empresario flaquito y jorobado: Mr. Burns. Entre tantos Jacks de la pila, ¿por qué había elegido justo ése?; si era el que estaba abajo del primero.

También me tenía que contar que antes, cuando él engañaba a Miranda con ella, su amigo —palabras de Elortis— a veces no le funcionaba como debería. Ella le gustaba mucho y se ponía nervioso, o era porque estaba actuando mal, o había algo que entre ellos no congeniaba; o eran las tres posibilidades juntas. Después de separarse de Miranda, había estado con una chica con la que le pasó lo mismo, y ella, por suerte, le confesó que siempre que se acostaba con alguien, la primera vez tenía ese problema. Como las dos mujeres tenían complejos por tener senos pequeños, y le impedían a él el acceso libre a sus pectorales, Elortis relacionaba su súbita impotencia a este tipo femenino, que debía evitar de alguna forma, aunque eran las que más le gustaban… Lo que molestaba era el complejo, algo que él no entendía porque no se fijaba en el tamaño de los senos. En cambio, le llamaban la atención las piernas, las caderas y los traseros. Y en esto último la misionera era una modelo, decía.

Nunca se le había ocurrido tomar Viagra, pero antes de ir a ver a la misionera se informó y habló por celular con un tipo llamado Tomás, que le recomendó los masticables; al rato recibía, en manos de un motoquero, un sobre de papel madera herméticamente cerrado; Elortis lo pagó sin revisar el contenido mientras el portero fingía no interesarse en ese intercambio extraño de dinero y mercadería. Hacía mucho tiempo había hecho lo mismo con el software trucho, ahora ya se podían bajar los programas por Internet.  A mí no me sorprendió lo del Viagra, porque los chicos de la oficina jodían con eso todo el tiempo y algunos confesaron tomar cada tanto. Elortis me aclaró que con las demás mujeres nunca había tenido problemas, pero había que ser precavido; los cuerpos y las mentes eran cada vez más artificiales, y eso lo afectaba.

Antes de despedirlo con un beso, la misionera le dijo que no sabía si se volverían a ver, que tenía que hacer un viaje a sus pagos. Sus padres la iban a asistir durante la operación que se haría para arreglar una imperfección. Al principio dijo que eran unas venitas en las piernas, pero después le confesó que en realidad quería las lolas. Como decía, Elortis había notado que ella anulaba esa parte de su cuerpo (o no dejaba que le sacaran el corpiño, o no parecía sentir nada cuando la besaban ahí —¡Elortisss!—; no era el único caso decía mi amigo) Por suerte, yo no tengo mucho pero estoy conforme con lo mío.

Al final, cuando ella volvió de Misiones, Elortis me contaría que habían ido al cine y a la vuelta no lo invitó a pasar; se ve que había vuelto otra vez con el médico —efectivamente, ya se había recibido. Hacía tiempo que la misionera había decidido que él no era un buen partido; ¿para qué insistir? Ella quería al médico y esperaba por la eternidad que él se decidiera a formalizar con ella. Antes, cuando la conoció, le decía terrible cuando engañaba a Miranda con ella, pero lo amaba; terrible debe significar amor terreno, aclara Elortis. Ahora le dijo que era tierno y bueno, y lo mandó de vuelta a su casa. Así que las ignotas tetas que se había puesto la misionera estaban dedicadas al médico. A Elortis le dio bronca, aunque confesó que se desenamoró muy rápido de ella; en el fondo, no se entendían. Tal vez ella había aparecido en su vida sólo para alejarlo de Miranda. Aunque todavía le gustaba porque se parecía a la actriz de la película, y no era muy distinta de las castañas que él quería encontrar en estado salvaje. Se ve que Elortis sabía engañarse a sí mismo cuando no lo querían.

Decía que las operaciones estéticas se cruzaban en la historia de su vida para darle un aire más patético. Otro ejemplo; la única vez que los padres de Miranda visitaron el departamento donde se había mudado su hija para convivir con el novio fue el día que la madre tuvo que revisarse en una clínica cercana las tetas que se había puesto. Elortis no sabía qué decir, si hacer alguna broma o no. Su suegro parecía bastante contento. Era la influencia de las amigas del club, su suegra lo aceptaba; una se hacía una operación y las demás la seguían; la sociedad era muy demandante; más adelante se haría una lipo. A Elortis no le gustaban particularmente las mujeres tetonas, pero si tenerlas chicas o caídas era un problema para ellas, en fin. Con respecto a su suegra, siempre estaba bronceada y, a veces, lo atraía más que Miranda.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 17. La fuga de los zombis.

17. La fuga de los zombis.

Aquel año hubo tantos asesinatos en el país que los muertos desbordaron las morgues oficiales. La policía improvisó morgues en comisarías. Antiguas oficinas fueron recicladas por desganados forenses. Los cuartos estaban desprovistos de ventilación y refrigeración. Pestilentes y desordenados, estos lugares servían de sala de espera a los difuntos hasta que apareciera una vacante en las morgues oficiales. Había tanto para investigar que los casos se confundían y las morgues se convertían en mausoleos comunitarios. Todo lo anterior, ha sido obviamente resguardado de oídos populares, ante los cuales sólo han circulado morbosos cuentos.

En una de estas morgues, yacían tres cadáveres que todavía no habían sido identificados. En el hueco debajo de una ventana sellada con ladrillos, un hombre de edad avanzada estaba apoyado contra la pared blanca. Los otros dos cuerpos ocupaban sendas camillas de metal en el medio del destartalado recinto. Alrededor de éstos había cuatro camillas con ocupantes amortajados en sábanas sucias. La habitación estaba bañada sólo por la espectral luz que penetraba por una translúcida mampara blanca, que la separaba de una oficina, vacía en ese momento, y en la que habían dejado por descuido los tubos prendidos.

Las caras tiesas de los jóvenes estaban deformadas por rictus indescriptibles. El cadáver que yacía bajo la ventana tenía la faz destrozada por un impacto de bala que había pintado su calvicie y así tendría que esperar a que desalojaran alguna otra camilla. A los dos jóvenes no les habían quitado la ropa que tenían puesta y ni siquiera habían cubierto los cuerpos con sábanas.

Los habían revisado y llegado a la conclusión de que trataron de robar a alguien y que éste les había dado una buena lección. Supusieron que la víctima del robo iba a ser el pelado que estaba tirado bajo la ventana y que éste se había defendido con su arma. Los policías se forzaron a armar en su mente una imagen; uno de los dos jóvenes, seguramente el que tenía los tiros en el estómago, levantaba el arma que encontraron cerca y le disparaba al pelado, dueño de aquella remisería. Claro, se dijeron los policías mientras investigaban, lo extraño era que no había huellas dactilares en el arma que encontraron. Se consolaron pensando que el rocío las había borrado, aunque sabían que era poco probable. Encontraron cuatro balas que estaban desperdigadas por la escena tras traspasar los cuerpos de las víctimas. Todas provenían de la inexplicable arma que, orgullosa, había brillado en el cemento en el momento en que la vio el oficial Gómez. El arma que tenía las huellas del pelado había sido hallada dentro de la remisería, pero ésta tenía el cargador lleno.

En ese momento, los policías que habían intervenido en el caso estaban en el despacho del subcomisario, tratando de buscar información sobre Olga y Chula. No habían podido contactar a sus padres, ya que los jóvenes no llevaban ninguna documentación.

El cadáver de Olga había sangrado desde que lo trajeron y una forense le había pegado una gasa en la frente, donde tenía un punto rojo, todavía húmedo. A pesar de su violenta muerte, el cuerpo estaba estirado y sus ojos abiertos miraban al cielo raso del aposento con indiferencia. La remera de Sepultura de Chula tenía dos agujeros en la zona de los pulmones y uno en el corazón. El joven se había desangrado, apoyado contra el cemento de la vereda de la remisería y esto contribuía a que su cara se viera excesivamente horrible; su boca estaba abierta formando un grito congelado, sus ojos no habían alcanzado a cerrarse y sus pestañas dejaban ver una porción de esclerótica. Una de sus manos colgaba de la camilla y otra estaba apoyada en su abdomen. Ambas estaban crispadas, en una previsible manera alegórica a la muerte violenta; sus dedos parecían querer arañar a un enemigo invisible. Su pelo colgaba de la camilla, largo y lacio, desparramado bajo la cabeza.

La puerta de la habitación se abrió y entraron dos enfermeros empujando una camilla. El que entró primero pulsó el interruptor de luz. Los tubos blancos tardaron dos segundos y, después de relampaguear, se prendieron revelando con su fría luz los horrores de aquella peculiar habitación.

El enfermero tardó en separarse de la pared; la mera ojeada de Chula le había producido escalofríos. El hecho era que el enfermero era muy católico y el semblante de Chula se parecía mucho al de un agónico Jesús crucificado que tenían en una iglesia de su pueblo natal y al que temía pavorosamente cuando era niño.

Acercaron la camilla vacía a la primera que se encontraba en su camino, verificaron la identificación en el pie y destaparon el cuerpo: una mujer que estaba despedazada. Todo esto lo hicieron en silencio y rápidamente. La pusieron en la camilla vacía, se acercaron al cadáver del remisero, lo levantaron y apoyaron en la que había estado la mujer. La sábana que cubría el cuerpo de ésta cayó al piso y no la levantaron. Luego, uno le hizo una broma al otro; rieron y empujaron la camilla con los restos de la mujer a la vista. Salieron y cerraron la puerta, olvidando pulsar nuevamente el interruptor de luz para dejarla apagada.

Los ojos abiertos de Olga reflejaban la luz que incidía desde los tubos que estaban sobre su cabeza. Lo mismo hacía la porción de esclerótica de Chula no cubierta por sus párpados.

Luego de un tiempo, en el transcurso del cual la luz irradiada por los tubos pareció ir creciendo en intensidad hasta convertirse en un todo blanco, claridad lechosa, casi palpable, Olga se despertó lanzando un gutural alarido. Miró a los tubos, que habían vuelto a brillar normalmente y su pupila se mantuvo constante, sin tener que cerrarse como ocurre en cualquier ser humano al mirar una fuente de luz.

Olga pensó que la vida lo había jodido bien y se acordó que le habían disparado en la cabeza. Incluso, se vio a sí mismo fumando su último porro. Obvió la gasa, que como había perdido el tacto no sentía, y trató de mover su cabeza. Ésta primero se resistió. Luego de probar dos o tres veces, logró mirar a su derecha, donde vio, después de pasar su vista por dos cadáveres tapados, al remisero en su camilla. Olga tuvo miedo y se preguntó por  su aspecto. Luego, se hizo otra pregunta; ¿Chula se habría salvado de los tiros que le había pegado aquel loco?. Y, mientras daba vuelta su cabeza para mirar a su izquierda, se encontró deseando que su amigo hubiera también muerto. No le gustaba estar solo; si él había muerto, ¿por qué no su amigo que siempre había deseado dejar este mundo? No se le ocurrió preguntarse cómo veía y escuchaba cuando igual estaba seguro de que la había palmado.

Cuando su cabeza describió un ángulo de unos ciento ochenta grados impremeditado, sólo quería doblarla para ver el resto del lugar, y cayó en el costado izquierdo de la camilla, Olga vio a su amigo. Se asustó. Muerto, Chula, de perfil, parecía un monstruo. Volvió a preguntarse cómo se vería él. Mientras miraba a Chula, empezó a crear teorías sobre el hecho de que había resucitado y se convenció de que los muertos debían soñar que vivían. Todo eso era un sueño de fiambre.

De repente, Chula empezó a mover los brazos y el grito contenido se materializó en una erupción de tos. Tras lanzar una flema blanca que se deslizó sobre el cuero negro de sus pantalones, los ojos de Chula se abrieron y sus exánimes dedos comenzaron a moverse. Levantó la mano que estaba colgando y la apoyó en la remera. Luego, miró el techo y dio lentamente vuelta su cabeza hasta encontrarse con la mirada de Olga.

 “Estás muerto”, le dijeron los ojos de Olga.

  “Vos no estás mucho mejor”, le contestó Chula con los suyos.

  Luego despegó los labios.

 —¿Vos también moriste?— desafinó con una extraña voz gruesa.

 —No, te vine a visitar a la morgue y me acosté en esta camilla para hacerte compañía—contestó Olga con voz nasal— Las flores las deje sobre la mesita, junto a los intestinos de Ruben.

 —¡Odio estar vivo!—Chula levantó la cabeza, trató de sentarse en la camilla y cayó hacia atrás como lo haría un obeso haciendo abdominales; él que era tan flaco.

 —No creo que estemos vivos… estamos muertos, pero soñamos que vivimos—aseguró Olga.

 —No siento ninguna parte de mi cuerpo pero veo tu cara fea y te escucho gangosear… ¿estaré en el infierno?—preguntó Chula.

  —¡Estamos en una morgue!—exclamó Olga.

  —Entonces… ¿estamos muertos de verdad?

  —Vos tenés dos agujeros en la remera—. Olga señalaba el pecho de Chula.

  —Y vos uno en la cabeza, boludo—. Chula levantó su índice y lo apunto a la cabeza de Olga—Te pusieron una gasa que está rojísima—dijo.

Olga levantó su espalda tratando de sentarse en la camilla. Lo logró. Detrás de él, los azulejos blancos reflejaban mechones de pelo cubiertos de sangre, que se abrían para mostrar un pequeño orificio, un ojo púrpura que miraba expectante. Olga se alisó el pelo, pasando su mano por la parte posterior de la cabeza y tapó el agujero. Miró a Chula, que seguía intentando levantarse.

—¿Sabés una cosa?—dijo Olga mirando a Chula—. Me alegro de que estés muerto— Chula lo miró asombrado— Quiero decir que… bueno… somos dos y vos sos mi mejor amigo.

 Chula logró sentarse y miró con fijeza fea a Olga.

—Yo también me puse contento al verte en la camilla, Olga— Chula se sinceró y sonrió. Olga trató de que sus labios construyeran una sonrisa.

En ese momento se escucharon unos pasos lentos que provenían del pasillo. Chula y Olga doblaron lentamente su cabeza hasta visualizar la puerta metálica por la que se accedía a la morgue. Una voz masculina, grave, viajó desde el pasillo hasta sus oídos muertos.

—¡Voy a abrir a esos pibes, Laura!… ¡Avisale a Escardo!

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca y los dos resucitados no reaccionaban, sólo miraban la puerta, desesperados ante el futuro.

Los pasos se detuvieron. Olga trató de suspirar, sin acordarse de que sus pulmones no tenían aire. Se escuchó el ruido de una puerta al abrirse acompañado de una voz femenina.

 —No tenemos el permiso todavía, doctor… No fueron reconocidos.

—¡A la mierda con el permiso! Ésta tarde tengo que destripar tres acá y a siete más en una comisaría de Caraza.

Los pasos se reanudaron. Olga pensaba que debía ser una pesadilla común en los muertos.  Su alma se estremeció. Chula no pudo pensar, tan sólo escupió la última flema que alojaba su garganta. La voz femenina llegó hasta ellos nuevamente:

 —¿Encontró el trepanador?

 —No, pero Escardo me prestó uno que usaba con los elefantes cuando trabajaba en el zoológico… ¿parece práctico, no?—contestó el forense.

Las caras de Chula y Olga se deformaron. Las mandíbulas se desencajaron mientras los ojos intentaban dejar las cuencas.

La puerta se abrió y dio contra la pared. Ante Chula y Olga apareció el forense más robusto y alto de todo la Argentina. En su mano derecha tenía una sierra circular para abrir cabezas del tamaño de una cacerola para puchero y un barbijo celeste ocultaba la mitad inferior de su cara.

Al ver el trepanador, Chula y Olga reaccionaron rápidamente. Se tiraron de las camillas y la tensión reinante en sus almas produjo un shock de adrenalina y violencia que insufló vitalidad a sus miembros dormidos, como había pasado con Luis.

La energía sustituyó a la sangre y corrió por las venas secas, inflando los canales, prestando intensidad y mucha voluntad. Las articulaciones funcionaron.

Chula y Olga corrían alrededor de las camillas; mientras, el doctor ponía cara de asombro y se acercaba a ellos blandiendo el trepanador y gritando:

—¡Ladrones de cuerpos!….¡Los voy a matar!

Chula y Olga dieron una vuelta más alrededor de las camillas, con el forense persiguiéndolos atrás, y lograron salir por la puerta que éste había dejado abierta. Chula volvió y cerró la puerta justo cuando el forense se disponía a cruzarla. Corrieron por el pasillo, abrieron la puerta entornada de una oficina y se metieron; al apoyarse contra la madera vieron a una secretaria que los amenazaba enarbolando un pisapapeles con forma de ballena. Olga se despegó de la puerta y comenzó a zarandear a la joven mientras trataba de evitar que el pisapapeles se hundiera en su cráneo.

 —¡La llave de la puerta!…¡deme la llave de la puerta!

La secretaria abrió un cajón del escritorio que se hallaba a su espalda y le lanzó una llave a Chula, que resistía los embates del forense a la puerta. Chula cerró con llave y caminó hasta la secretaria. Los gritos de la joven eran ahogados por la hedionda mano de Olga, que con la cabeza señalaba hacia un costado del escritorio, donde había una ventana. Chula arrojó una silla contra el vidrio —no se le ocurrió correrlo—, que lo desafió a un segundo embate. En éste, triunfó Chula y la ventana les ofreció una salida al nivel del suelo.

La fuga de los dos zombis coincidió con el estrépito de la puerta del pasillo y la invasión de la oficina de la secretaria por el forense, los enfermeros y un confundido policía.

Los jóvenes corrieron rápidamente por el cemento y lograron colgarse de un camión recolector de basura, que los recibió como último aporte de la ciudad a su desbordado interior.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 15. Parado en el medio de la calle.

15. PARADO EN EL MEDIO DE LA CALLE

Luis se quedó parado en el medio de aquella avenida durante un rato, observando cómo las tres siluetas desaparecían al doblar en una de las esquinas. Luego miró al cielo, que ya estaba anaranjado. Amanecía.

Aquella noche había sido simplemente inolvidable. Y allí, en el medio de aquella calle, con el pelo que le quedaba sobre su frente formando un imperfecto flequillo mientras el viento hacía que los pliegues de su saco se levantaran, recordó la manera en que se había emocionado al observar a los tres chicos desde la vereda de enfrente.

Había estado oculto detrás del puesto de diario, apoyado contra la pared. Desde allí  vio cómo los jóvenes disfrutaban de la salida y apreció la cara que pusieron cuando vieron a la prostituta adolescente. Entonces se había acordado de algunas de sus salidas. No habían sido muy buenas. Pero sentirse vivo hace que nos olvidemos de nuestra frágil condición, produciendo el aburrimiento. Él mismo había sido propenso a éste cuando vivía.

Todas las cosas le aburrían a más tardar. Cinco o diez minutos con un asunto y  ya quería pasar al siguiente. Se cansaba rápido de los juegos de computadora. Dormía en las películas que pretendían ser artísticas sin serlo. Seguro que se emocionaba con las buenas, las de terror, aventuras y algunas de yakuzas, pero con las demás era indiferente. Por otro lado, los momentos buenos, en los que se podía acariciar la felicidad como si fuera un hermoso gato, peludo y castrado; bueno, esos eran contados. Y el gato peludo rápidamente se rebelaba, recordando que alguna vez había tenido bolas y te arañaba con sus afiladas garras.

Si la vida tenía un lado impresionante, pensó Luis, ese lado era dejarnos morir sin que nada maravilloso nos ocurriera. Se dijo que “algo” le había ocurrido al levantarse de su ataúd. Su caso era horrible, pero no común. Y todo lo que no era vulgar, tedioso y cotidiano se acercaba de alguna manera a lo maravilloso. “Éso es algo para pensar”, reflexionó Luis mientras permanecía parado en la vereda.

Ver cómo los chicos se miraban entre ellos mientras la chica se dirigía a la puerta del local, a Luis le había pateado el corazón. Cómo cuando había visto a la chica que le gustaba en La Esquina del sol. Había sentido algo, no supo en qué parte de su cuerpo muerto, que fue como las descargas que dan los médicos a los que sufrieron un ataque.

Sus ojos se habían pintado de furia. Sin verlos, ni sentirlos, supo que habían adoptado una expresión maléfica mientras veía acercarse a los dos jóvenes.

Ahora, se dijo que el daimon lo había puesto allí para que se entregara a algún tipo de oscuridad. Y mientras sostenía con su mano la pistola que el engendro le había dejado, se percató que el crimen se convertiría en un vicio que lo distraería de su momentánea condición de muerto viviente en descomposición. Pronto sería polvo, ya que la putrefacción no sólo había alcanzado sus dedos y cara, sino que todo su cuerpo había empezado a derretirse y su camisa blanca estaba pegada a las costillas, que vencían a la piel.

No pasaría mucho tiempo y él no sería más que un esqueleto caminante. Y luego sus huesos se romperían y su larga caminata habría terminado. Sin embargo, en ese momento se percató de que había una oferta en lo que el daimon le había llevado a cometer aquella noche: la insoportable insensibilidad se vería aplazada siempre y  cuándo cometiera ciertos actos. Y éstas acciones serían como una sustancia tentadora, una droga y necesitaría repetirlas cada vez con más frecuencia.

Cuando él había aparecido y matado al remisero junto con esos dos estúpidos; en ése momento, sabía que no había necesidad de producir sus muertes. Sin embargo, algo que yacía dentro de él, una emoción que su alma había engendrado desde que despertó de su muerte, comenzó a florecer. Así, le había arrebatado la razón, produciendo placer en el asesinato. No había podido aguantar la idea de que aquellos seres vivieran y de que él, un chico casi “ejemplar”, hubiera recibido unos cuantos tiros en el estómago como si fuera la peor basura de la ciudad.

El odio prende mucho más fácil que el amor y se lleva mucho más tiempo dentro. Éste había poseído a Luis, haciéndolo sentir vivo en el sentido concreto y químico de la palabra. Se había despegado de la pared, lanzando una patada al puesto de diario.

Cuando había matado al remisero, advirtió cómo sus pies sentían de vuelta el peso de su cuerpo.

Le había disparado a Chula; y un mechón de pelo en su frente le empezó a molestar.

Al matar a Olga, había disfrutado mientras lo que quedaba de sus pulmones se hinchaba, repleto del aire fresco que soplaba esa noche.

Luego, cuando se le habían acabado las balas, se quedó con una sed de sangre profunda e insaciable. No, no era un vampiro que tomaba literalmente la sangre de sus víctimas. Se había convertido en un súcubo sediento de violencia. Necesitaba disparos; sangre saltando, cerebros estallando, violaciones descomunales y extravagantes orgías. La violencia había revivido a Luis.

Adivinó lo que le ofrecía el daimon: sé violento, utilizá la fuerza y tus tejidos se mantendrán fuertes por más tiempo mientras tus células se regeneran. El engendro necesitaba descubrir a qué dios servía, pero Luis sospechaba que algún día descubriría que la divinidad a la que ofrendaba era tan nefasta como los otros fanatismos a los que conducían la ignorancia mal practicada. No había duda, se buscaba siempre seguridad, se buscaba poder nombrar algo que no tenía nombre y no debería por qué tenerlo.

Dos veces había deseado ir detrás de aquellos chicos que corrían calle abajo; miraba con el arma apretada en la mano, a un costado de su cuerpo; en una postura casi desgarbada que a Luis si hubiera podido verse le habría recordado la propia silueta del daimon.

Sólo había faltado dar el primer paso. Luego de atraparlos, apoyar la mano en sus pechos y arrancarles los corazones o ahorcarlos hasta que sus caras se tornaran moradas. Dos veces había avanzado para perseguirlos y las dos veces tuvo que luchar consigo mismo.

Él no iba a seguir el juego propuesto por el daimon. No iba a convertirse en un muerto drogadicto de las contorsiones agónicas de los demás. No se encerraría en una jaula menor que la de la muerte; nunca había visto una mariposa convertirse en eterna crisálida. No mamaría de la violencia para ahogarse ante el desborde del chorro caliente succionado, que partiría sus labios y lo haría llorar por toda la eternidad.

 ¡NO!

Finalmente, intuyó que el demonio, ya no sólo daimon, era muy parecido a él y que si daba los pasos para los que le había dado la pistola, entonces, el parecido crecería y los dos serían gemelos.

Tal vez, su piel tardaría más tiempo en pudrirse, revitalizada por el torrente de sangre derramada. Acechante en la oscuridad, se convertiría en una leyenda. Ésta era otra de las tentadoras ofertas que el daimon le ofrecía; sería temido por los niños y aborrecido por mayores. Veía padres susurrando al oído de revoltosos niños su nombre. Sería un mito que cobraría sus víctimas noche tras noche y viviría no sólo del recuerdo de las personas, sino también de la sangre. Pero él no iba a ser, en este caso, más que un monstruo al que todos temerían. Luis Marte se dijo que él no había nacido para eso.

Se dijo que ya había muerto y con una vez bastaba, no necesitaba fenecer por siempre enarbolando callado la bandera de la venganza, desapareciendo en la nada de la satisfacción; prefería hundirse con las manos vacías en la oscuridad, alimentando el grito, la cosquilla, que crecía en su insondable pecho muerto.

Era ambicioso y quería algo mejor. Se lo merecía. Así que, mientras su cuerpo volvía a estar tan muerto como antes, dejó que su pistola —la pistola del daimon, ahora— se deslizara por su huesuda mano y cayera al suelo. Luego, observó lo que había causado.

Cuerpos aquí y allá, en tres puntos de la vereda de la remisería. Sangre espesa. Siempre había estado del lado de los buenos, admiraba a los héroes de las películas y estar muerto no era una excusa suficiente cómo para pasarse al otro bando, ¿no?.

Desapareció lentamente de aquel lugar como lo hacían todas las sombras de la noche mientras los faroles se apagaban y el amanecer agitaba de vuelta la vida. A lo lejos, una sirena de policía distribuía su lamento.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 14. El justiciero.

14. El justiciero.

Jorge bajó el peldaño y espió una vez más, asomando su cabeza fuera de la guarida donde estaba con sus amigos, en la entrada del edificio. Les contó a los demás lo que había visto. Los tres salieron corriendo y doblaron en la esquina, para tratar de que Chula y Olga los perdieran de vista.

Al doblar en aquella esquina, Jorge se fijó si tenían la suerte de que algún colectivo pasara en aquellas horas, pero la calle estaba vacía. Ni siquiera un taxi. Debían de ser las cuatro de la mañana y lo único que se veía en las calles de ese antiguo barrio céntrico eran gatos. Miró hacia la otra vereda, donde había una remisería. El viaje les saldría caro, se dijo Jorge, pero era la única forma de que aquella noche terminara. Los tres cruzaron corriendo, siempre con Jorge a la delantera y, gracias a que la puerta de la remisería estaba abierta, entraron.

La remisería tenía un antiguo mostrador, por lo que parecía que era un antiguo almacén reciclado. Jorge llamó, pero nadie salió. El lugar parecía estar vacío. Esperaron diez segundos y Jorge golpeó la madera del mostrador con el puño cerrado… Diez segundos más. Jorge miró a sus amigos y en silencio se dispuso a golpear nuevamente el mostrador cuando un hombre gordo, bajito y pelado, salió de una especie de biombo que separaba el negocio del interior de aquella casona. El hombre caminó hasta ellos tratando de meter su camisa dentro de sus holgados pantalones negros. Tenía la cara y la camisa tan sudada que parecía que le habían echado aceite. Sus regocijados ojos húmedos flotaban entre marcadas ojeras. La pelada brillaba y en ese reflejo, efecto de la lámpara que colgaba del techo, fue en el que se concentró Juan para no reír a carcajadas cuando el hombrecito les habló. Se acercó a ellos sonriendo:

 —Miren chicos, estoy yo sólo trabajando hoy… —Hizo una pausa, se llevó las  manos a su pelada y trató de secarse la transpiración—. Si quieren que los lleve van a tener que esperar a que cierre el negocio.

Las cortinas rosas del biombo se movieron y una pequeña mano femenina apareció ante la vista de todos. La joven salió ante la curiosa mirada de los tres amigos, acomodándose una remera ajustada. Después de ponerse la top, se calzó el zapato de taco que llevaba en la mano y se acomodó el que ya tenía puesto pisando en el piso varias veces.

Era una prostituta joven, casi adolescente, de no más de diecisiete años. Su pelo era castaño y sus facciones de gran belleza. Cuando terminó de arreglarse, levantó la vista, mostrando sus ojos azules. Al ver a los tres jóvenes, lanzó una risa inocente al aire y les dedicó una sonrisa. Se acercó al remisero, le sonrió y susurró algo al oído. Éste fue a la caja y sacó veinte pesos que le entregó a la chica, dándole una palmada en su pequeño y bien formado trasero, protegido tan sólo por una minifalda verde claro.

Por los nervios acumulados aquella noche o por otra razón, lo cierto era que Juan empezó a reír. Jorge lo siguió. ¡Así que por eso no aparecía el tipo! De repente, se sintió a salvo y una sensación grata lo colmó. Miró la cara de sus amigos; los ojos de Leonardo brillaban, Juan no paraba de ojear el culo de la chica con una sonrisa tonta.

La joven prostituta se dirigió a la puerta de calle. Por un momento todo lo que escucharon los tres chicos fue el ruido de los tacos de aquella chica golpeando el suelo de la remisería. A los jóvenes les pareció que el tiempo se detenía y los hechos se estiraban en cámara lenta; los pasos de la chica hasta la puerta, las sonrisas dibujadas en sus propias caras, la cara del remisero pelado que miraba cómo se movía el trasero de la chica mientras se alejaba. Vivieron aquel momento como ningún otro en su vida. Se sintieron jóvenes.

Eso era lo extraño; ellos eran jóvenes, casi adolescentes. Sin embargo, sentirse joven era distinto. Se miraron entre ellos y se entendieron  dejando atrás todo otro pensamiento que no sea: ¡Qué noche extraña!. Sus almas se conectaron. Estuvieron a punto de alcanzar el secreto de la inmortalidad, pero una mosca que zumbaba pegada a la lamparita que colgaba del techo los distrajo. El momento pasó y, sin embargo, parecía seguir estando ahí, tan al alcance de sus manos.

Leonardo miró al remisero, mientras la prostituta alcanzaba la puerta y preguntó:

—¿De dónde saca esas putas tan lindas?

 —Sandra no es una puta, es un ángel—contestó el remisero.

En el fondo, todos ellos estaban dispuestos a creerlo. La siguieron con la vista hasta que bajó el escalón y siguió caminando, ya fuera del negocio, pegada a la vidriera de la remisería. Luego desapareció y todos volvieron a tierra.

El remisero agarró las llaves del negocio y los chicos empezaron a discutir sobre cómo había tocado el baterista de Los Misteriosos.

—Tenía la pierna dura como sorete de terraza. Creo que fue uno de los peores días de Darío—dijo Jorge.

 —Para mí estuvo bien… el problema es que lo dejó la novia.—opinó Leonardo.

 —¿Y eso qué tiene que ver?—preguntó Juan.

—¡¿Qué tiene que ver?!—Leonardo miró a Juan cómo si éste hubiera preguntado cuantos días tiene la semana—. Cuando lo emocional va mal, todo va mal. No podés llevar el ritmo… el pibe está destruido.

Siguieron hablando sobre Darío, el baterista de Los misteriosos, sin darse cuenta que Chula y Olga aparecían en escena caminando por el mismo lado por el que se había ido la prostituta. Olga estaba fumando un porro y Chula había guardado la navaja para comer un alfajor Guaymallen que había comprado en un quiosco de por ahí. Ambos estaban cansados y se habían olvidado ya del grupo de chicos. Olga se dio media vuelta y miró hacia atrás.

 —¡Qué puta ésa eh, Chula! Si tuviera unos pesos de más… ¡Qué buena que estaba!

Chula asintió con la cabeza y cuando iba a darle un nuevo mordiscón a su alfajor, miró hacia dentro de la remisería, donde divisó a los tres amigos.

Les sonrió a través del vidrio. Los tres jóvenes miraron atónitos. Olga también los había descubierto y trataba de saludarlos con una sonrisa burlona mientras les clavaba sus desorbitados ojos.

Al ver a Olga, reaccionaron y se dirigieron velozmente a la puerta. Chula iba a meterse en la remisería, cuando los otros alcanzaron la puerta y cerraron, dejando atrapada la mitad del cuerpo del joven dentro del negocio. Éste empujó, sus desesperados ojos azules fulminando los de Jorge. Olga ayudaba tratando de abrir la puerta y maldiciendo.

Dentro, los tres jóvenes empujaban tanto que a Chula le dolía el brazo y gritaba como un cerdo degollado. De repente, se escuchó un grito que se hundió en los oídos de los tres amigos. Sin dejar de empujar, Leonardo y Juan miraron sobre sus hombros.

El remisero estaba parado en la mitad de la remisería, apuntando a la puerta con un arma. Jorge no se percató de esto hasta que sintió algo frío que le tocaba la nuca. Al darse vuelta, mientras seguía empujando para que Chula no se metiera, vio como el pelado le apuntaba a la cara.

—¡Salgan ya todos de mi negocio!…O les pongo balas hasta en el culo.

Hablaba con tranquilidad, pensó Jorge mientras empujaba. Había tenido buen sexo esa noche y por eso controlaba sus nervios. Olga maldecía a Jorge, mientras Chula seguía gritando de dolor.

—Repito: ¡Salgan todos de acá!…—Una gran gota de sudor se deslizó por la llanura de su cien y cayó al piso—. …¡Ya!…¡Dejen la puerta!…¡Voy a contar hasta tres y los cago a tiros!

Jorge dejó que sus amigos siguieran empujando y se enfrentó a la cuarenta y cinco del remisero.

—¡Uno!,…¡y  voy para dooos!

—Escúcheme—Trató de explicarse Jorge—. Si salimos, estos dos drogados van a matarnos, ¡están locos!

 —¡Dos!… ¡y  voy para treees!

Atrás de Jorge, Leonardo y Juan seguían empujando la puerta. Chula había logrado meter un brazo y trataba de agarrar la cara de Juan mientras escupía a Leonardo. Éste miró atrás y dejó de empujar.

— ¡Y….!—apuró el remisero.

—¡No dispare!—dijo Jorge y tocó a su amigo—. ¡Dejá la puerta!

Juan dejó de empujar. La puerta se abrió y dio contra la vidriera con gran estruendo. Chula quedó libre y cayó al piso, desde donde puteó. Luego se levantó, sediento de venganza, con su cara hinchada y colorada.

Olga y Chula quedaron a la vista del remisero pelado, que los apuntaba. Chula tenía un hilo de saliva que recubría sus labios haciéndolos brillar. Habló escupiendo:

—¡Hola, Ruben!

 —Arreglen sus asuntos afuera, Chula. No quiero problemas en el negocio.

 —No va a haber problemas, Ruben, ¿alguna vez nos metimos con usted?—Chula  movió su dedo índice en el aire—. ¡No! ¿Alguna vez nos metimos con sus putas?—. Chula miró a Olga que negaba con su cabeza y luego repitió— ¡Nooo!—Ahora miraba fijamente al remisero—. Usted es como nosotros, Ruben: ¡un gran pajero!—. Chula escupió la baba que le incomodaba. La saliva salió con una flema blanca que cayó en la zapatilla de Jorge, donde se quedó adherida.

 Jorge no vio la mancha blanca en su zapatilla ya que estaba pensando en como escapar. “¡Imposible!”, se dijo mientras observaba como negaba con la cabeza Olga.

 —¡Salgan!— Ruben apuntaba a la cabeza de Jorge mientras hablaba—. ¡Vamos!…

Chula y Olga se corrieron a un costado. Jorge fue el primero en salir. Olga empezó a reír con la súbita intensidad de un maníaco. Chula se metió un dedo en la nariz y extrajo una mucosidad verde que pegó en la frente de Jorge mientras éste salía. Jorge, que estaba verdaderamente asustado, lo aguantó callado.

—Traten de no ensuciar mi vereda, Chula—dijo Ruben y señaló la vereda contigua—. ¡Mátense al lado!

—Está bien, máquina—dijo Chula mientras posaba sus ojos en las figuras de los tres chicos que, en fila, habían salido del interior de la remisería.

Otra vez estaban enfrentados. Los tres vieron como la luz de los faroles se reflejaba en el filo de la navaja que Chula les enseñaba mientras Olga reía maliciosamente. Por encima de su risa, un sonido se escuchó.

Sonó a chapa. La habían golpeado fuerte. Todos torcieron sus cabezas y sólo uno acertó en la dirección.

En la vereda de enfrente había un puesto de diario cerrado. Jorge vio como una sombra salía de atrás de éste y se deslizaba lentamente hacia donde estaban ellos. No se podía ver claramente a quién pertenecía ya que en el lugar un gran árbol filtraba la luz  el alumbrado. No había duda de que era un ser humano él que la causaba, ya que podía verse la alargada sombra de dos piernas que se acercaban. Jorge miró a Chula, que parecía babear de satisfacción.  Al volver la vista la sombra se había hecho carne. Juan gritó.

Alguien estaba parado en la calle, mirando al remisero, que había empezado a cerrar su negocio. Del lado derecho de la puerta de la remisería formaban una fila los tres amigos; del lado izquierdo Chula y Olga los amenazaban. Juan había gritado porque el desconocido llevaba un arma con la que apuntaba a Ruben. Éste levantó la cuarenta y cinco.

Se escuchó un disparo y la cabeza de Ruben se echó para atrás desparramando en la vidriera buena parte de su contenido. Luego de tambalearse, todo su cuerpo se desplomó. Chula miró hacia donde venía el disparo y se encontró con el impresionante semblante del que había apretado el gatillo.

Éste parecía un justiciero, parado en el medio de la calle, con las piernas separadas. Vestía un saco negro y pantalones del mismo color. Chula le enseñó primero la navaja, luego sus dientes y se abalanzó contra el joven desfigurado.

El desconocido acercó su arma al pecho de Chula y disparó dos veces. Las balas traspasaron al joven y se perdieron dentro del local.

Olga le pegó una patada en el estómago al justiciero, mientras los tres chicos dejaban de mirar asombrados y empezaban a correr. El justiciero apenas trastabilló; avanzó, ofreció su cara y dejó que le pegara una y otra vez.

 —¡Sos más feo que un sorete!—gritó Olga mientras empezaba a darse vuelta para huir.

 —¡Date vuelta!—El desconocido hablaba guturalmente.

Olga se dio vuelta. Era imposible saber cuándo, pero había metido la mano en el bolsillo y recuperado un porro. Se plantó frente al justiciero y le dio una última pitada a aquel porro. El justiciero disparó una vez a la cabeza y observó como el porro iba cayendo. Un orificio empezó a chorrear sangre en la frente de Olga. El justiciero apretó nuevamente el gatillo pero la bala no salió. Apretó otra vez. Nada. Se le habían acabado. Olga se derrumbó.

Cuando el justiciero se dio vuelta, los otros jóvenes habían desaparecido. Corrían desesperadamente, cien metros más abajo, por el medio de la calle.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 12. La revolución blanca.

12. LA REVOLUCIÓN BLANCA

Luis se detuvo en el portal de un viejo edificio de aquella cuadra, cerca de donde se había encontrado con el daimon, con la treinta y ocho en la mano derecha. Para su sorpresa, los tres jóvenes se escondieron en una de las entradas de los edificios cercanos a la esquina por donde habían aparecido y uno de ellos miraba continuamente calle abajo, seguramente para verificar si había rastros de los perseguidores. Luis guardó la pistola en el cinturón.

Fue ahí, mientras esperaba para descubrir quién era el que perseguía a estos jóvenes, donde vio su aspecto por segunda vez después de muerto. La primera, había sido en el espejo del baño de “La Esquina del Sol”. Ésta fue en la chapa del portero eléctrico de aquel edificio.

Deformado aún más por la naturaleza del elemento en que se veía atrapado, su reflejo convertía a Luis en un monstruo. Su cara estaba demasiado amoratada y le faltaban pedazos de carne en algunos lugares. En el pómulo izquierdo del reflejo, que sería el derecho en la realidad —¡la realidad!, pensó Luis, era una palabra demasiado obscena y soberbia como para nombrarla en aquellos momentos— había aparecido una mancha blancuzca. Al acercar su faz al portero, Luis se dio cuenta que aquella mancha no era más que el principio de su propio hueso. ¡Así que los gusanos habían disfrutado su cena de madrugada!

Rápidamente, se llevó la mano a la cara para tocar aquella zona. Al hacerlo constató nuevamente que su mano no le transmitía ninguna sensación táctil. La única bendición había sido perder el sentido del olfato, ya que gracias a eso no podía sentir su propio olor a podrido. Luis se dijo que, tal vez, todo fuera plan de un dios inepto que había fallado al resucitarlo completamente; lo había dejado en este estado, muerto, y con los sentidos táctil y olfativo atrofiados. Tal vez, las mismas leyes que actuaban en el nacimiento, lo hacían para la resurrección; él se había levantado antes de tiempo y, prematuro, estaba pagando las consecuencias de este desliz divino. Siguió mirando su cara por unos segundos, elevó los dedos de su mano izquierda y se los quedó mirando asombrado.

El dedo índice había perdido la carne que lo recubría y la falange estaba completamente desnuda, en la superficie, brillando por los reflejos de las luces de mercurio de la calle. Su uña parecía haber crecido. ¡Así que había empezado la revolución!, pensó Luis. Piel y carne reemplazadas por sucia blancura. Mientras articulaba la falange delante de su vista no pudo evitar volver a preguntarse quién le había hecho volver a la vida y para qué. No había razones en este momento y Luis pensaba que tampoco las habría en el futuro. Simplemente, era el sueño de la eternidad frustrada, porque él, sin vida, podía ver cómo se estaba pudriendo. ¿Cuantos días faltarían para que sus ligamentos y huesos se empezaran a romper y debiera arrastrarse o quedar tirado en el piso?

¿Qué razón tendría aquella existencia?, se preguntó Luis mientras bajaba su mano y escuchaba las asustadas voces de los jóvenes. Pensó que si realmente existía un Dios, éste debía estar más loco que el daimon pistolero. En ese momento, el pequeño parlantito incrustado dentro del portero del edificio comenzó a chillar interferencias.

El murmullo metálico subió de tono y se escuchó un chasquido. Alguien iba a hablar de algún piso de aquel viejo emporio. La voz del daimon fue claramente identificable. Tranquila y chillona a la vez:

 —Tenés trabajo que hacer, Luis… Ellos están por pasar y va a ser mejor que los sigás… No podés quedar mal en tu primer día. Tu cuerpo te lo va a agradecer—Calló por un momento y luego gritó:—. ¡Suerte al zombi!

El portero hizo un último chasquido y quedó callado.

Los jóvenes salieron de su escondite ante el aviso del que miraba calle abajo.

Luis se asomó y miró. Los tres chicos que venían corriendo estaban muy asustados.

El joven muerto se escondió nuevamente en la entrada del edificio y vio cómo las tres siluetas de los chicos cruzaban por un segundo ante su campo visual y seguían corriendo calle abajo. Se dio cuenta que era el turno de los perseguidores y se mantuvo apretado contra la pared. Al rato aparecieron.

Éstos eran dos y estaban muy agitados, por lo que habían dejado de correr y pasaron caminando frente a Luis. Uno era un joven alto y flaco de melena larga y negra, que movía su cabeza exageradamente mientras caminaba y, exhausto, abría la boca para dejar entrar aire en sus pulmones. El otro era mucho más bajo y llevaba pelo corto negro, crispado, y miraba al cielo mientras respiraba con dificultad y puteaba. Un punk moderado, pensó Luis y se fijó mejor en el de pelo largo; llevaba una navaja en su mano y su mirada inyectada en sangre denotaba que estaba muy puesto.

Al llegar a la esquina, el más alto gritó, maldiciendo y alentó al otro para que empezara a correr. Los dos se internaron calle abajo. Luego, volvió el silencio.

Luis Marte vio como el alumbrado público de aquella cuadra chisporroteaba y se apagaba. Trató de ver su cara nuevamente en el portero. No pudo, la luz de la luna no era suficiente. Entonces salió de su escondite y, recordando las palabras del daimon, fue tras aquellos lunáticos.

por Adrián Gastón Fares

PD: Seguirá ¡Suerte al zombi! Pero me gustaría también que lean esta entrevista en la que hablan de Beethoven:

http://negratinta.com/sergi-bellver-beethoven-llego-a-ser-un-genio-porque-se-empecino-en-ser-libre/

y que vean esta película (no se han hecho muchas sobre Beethoven) No hay mucho para elegir. Aquí un usuario la subió gratis en español. Yo la encontré en alta calidad en inglés. Se llama Copying Beethoven (La pasión de Beethoven en español) y fue dirigida por Agnieska Holland en el año 2006 (hace más de diez años).

 

 

Suerte al zombi. 11. La cortó porque no le gustó.

11. LA CORTÓ PORQUE NO LE GUSTÓ.

 

López clavaba la pala en la tierra y la sacaba, arrancando nudosas raíces. Parecían pertenecer al olivo que crecía al costado de la parcela de tierra, donde estaba enterrando a la prostituta.

Garrafa dobló en un sendero del cementerio y caminó hasta el lugar con una pala, uniéndose a su amigo. Un atardecer violeta los bañaba convirtiéndolos en siluetas que se levantaban a contraluz en el horizonte, mientras la noche empezaba a dejar caer su negrura.

Garrafa dejó de cavar y observó el cuerpo de la prostituta, que yacía al lado del montículo de tierra.

—La destrozó a la Húngara. Mirá esos tajos— Clavó la pala en la tierra—. Me siento mal por esto, López.

López dejó de cavar y miró a Garrafa.

—El trabajo es muy bueno, Garrafón. Lo malo es que tengo ganas de matar al turro ese. Dicen que no sale nunca, siempre está encerrado en esa casa inmensa; los del bar la llaman “El Castillo”.

Garrafa tiró la pala y se sentó cerca del agujero. López lo miró. Hizo lo mismo, dejó caer la pala. Los dos miraban el cadáver que yacía del otro lado de la fosa.

 —Van dos veces que entierro a la Húngara y no me causa gracia, López. No me causó gracia ni la primera vez.

 —Era buena cogedora la perra.

 Garrafa rió:

—Me acuerdo que cuando tenía catorce años, el viejo me llevó a verla. Me agarró del bracito y me dijo; “Hoy vas a conocer lo que es una mujer”

Soltaron una risa tímida.

Garrafa se puso serio y le habló al sol caído mientras López se levantaba, agarraba la pala y continuaba cavando.

—Era una buena mujer… tenía hijos y los cuidaba con su trabajo. Si no, nunca hubiera permitido una puta en mi cementerio… —Miró a López—. ¿Era una buena mujer, no, López?

 —Sí, Garrafa—contestó López clavando la pala.

 —Entonces… ¿por qué se la entregamos a ese degenerado?

  —Porque nos paga bien por eso.

  Garrafa miró hacia las ramas del olivo, que se movían entre las crecientes sombras.

 —La cortó toda, López… Creo que fue mi último trabajo. Tengo el cementerio, ya es mucho.

  López dejó de excavar y miró a Garrafa con expresión seria por primera vez.

  —¿Sabés por qué la cortó, Garrafa?

—Porque es un enfermo.

  López negó con la cabeza.

 —No viejo. La cortó porque no le gustó. Cuando vos la fuiste a bajar del caballo, yo le dije que era una puta vieja y él me contestó que iba a jugar con ella porque las putas no le gustaban. “Es la última vez que me traen putas”, dijo.

Garrafa no dejaba de mirar al viejo olivo y sus inmensas facciones parecían reflejar una intensa emoción.

—Ese guacho merece morir, López.

—Si no pagara…

López escupió hacia un costado. Su amigo lo observó por el rabillo del ojo, con la vista todavía clavada en el árbol. Frunció el ceño.

—¿Sabés lo que me dijo el otro día cuando le lleve la morena?—dijo Garrafa mientras lentamente daba vuelta su cabeza para mirar a López, que negaba con la suya—. Me dijo que no quiere más viejas, quiere que le consigamos carne fresca. Cadáveres de pibas en lo posible.

López rió.

—¿De que te reís?

—Es lo mismo que me dijo ayer a mí; “No más mujeres viejas ni prostitutas”… ¿De dónde vamos a sacar pendejas?

Garrafa se levantó y caminó hasta el cadáver de la prostituta. Lo agarró de los pies y le hizo seña a López para que se ocupara de la cabeza. Éste se acercó y la levantó. Los dos se acercaron al agujero y dejaron caer el cuerpo. Luego, empezaron a tirar tierra. Garrafa lanzó la pala a un costado y se puso colorado de bronca.

—¡Escuchá, López!—. Levantó el puño y lo cerró a la altura de su cara, apretando hasta que sus nudillos quedaron blancos—. Mañana le decís a ese tipo que nos retiramos del negocio y si me llego a enterar que vos seguís con él… —Acercó aún más el puño a la cara de López—. Te estampo ésta hasta que tu cabeza se rompa. ¿Me entendiste?

 López bajo la cabeza. Luego la levantó.

 —¡Está bien!… Nos vamos a morir de hambre, Garrafa. Está bien.

Garrafa devolvió a su puño la circulación adecuada. Luego levantó la pala y los dos continuaron tirando tierra encima del cadáver.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 9. La abuela y los policías.

9. LA ABUELA Y LOS POLICÍAS.

La abuela de Luis dormía sentada, con su cabeza apoyada en el bastón. Sonó el timbre. Una. Dos. Tres veces. La abuela se despertó y sus ojos se humedecieron. Se levantó, aferrándose del bastón, y caminó lo más rápido que pudo hasta la puerta.

—¿Quién es?—preguntó.

—¡La policía, abuela! Queremos informarle sobre su nieto.

La abuela se acercó a la ventana, corrió las cortinas y observó a los dos uniformados que estaban parados en la puerta. Volvió y la abrió.

—Soy el sargento Gómez y él es el agente Toruego.

 —¿Mi nieto sigue muerto?

Gómez, morocho teñido de rubio, puso una comprensiva sonrisa y miró a Toruego.

 —Mire, señora—dijo Gómez—. Venimos a decirle la verdad. Su nieto ha sufrido lo que los expertos llaman un “despertar”. Es común cuando la bala no alcanza el corazón, sino que sólo lo roza. Este “despertar” dura una hora o dos, según los expertos. Y durante el mismo, el muerto tiende a correr y escapar de su propio ataúd. Es una reacción refleja, ya que el corazón quedó sensible por el rozamiento y puedeee… despertar.

La abuela de Luis miraba fijamente a Gómez y movía sus labios deletreando algunas de las palabras.

 —Después del mismo—continuó Gómez mientras Toruego asentía en todo momento— el muerto deja de caminar y vuelve a estar tan muerto como antes.

 —¿Entonces, mi nieto sigue muerto?

  Gómez miró a Toruego seriamente y los dos asintieron con la cabeza.

  —Repito… tan muerto como antes—dijo Gómez.

  La abuela negó con la cabeza y les cerró la puerta en la cara.

Gómez esperó un momento y golpeó la puerta. Nadie abrió. Le hizo señas a Toruego para que empezaran a caminar hacia el patrullero. Los dos bajaron los peldaños que llevaban a la casa de dos pisos. Toruego miró a Gómez.

 —¿Se habrá creído todo este cuento?

 —Si escuchó algo…, ¿en serio me preguntás si se lo creyó?

  Toruego estaba serio y al escuchar lo anterior ensanchó su boca en una sonrisa.

 —No, no… era una broma, quería saber lo que ibas a decir.

Llegaron al patrullero, abrieron las puertas y entraron. Gómez puso en marcha el auto.

 —A mí me preocupaba el tío, pero desapareció, se tomo un avión y se fue a alguna parte de Europa…. La gente se olvidó del pibe. Todo el mundo piensa que lo encontramos a la vuelta en un terreno baldío y que el velatorio siguió a puerta cerrada para poder seguir con la investigación sobre los tipos que dispararon.

—¿Cuánto habrá pagado Soruello para que callaran todo lo que pasó?—preguntó Toruego.

—Soruello le hace favores matando a boludos que dicen cosas sobre el comisario que no tienen que decir… y, además, escuché que repartió un millón de dólares entre el comisario y los de la oficina de al lado —contestó Gómez.

—Eso basta para cocer la boca a cualquiera.

Gómez rió mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Para la mía bastó y sobró… ¡bastó y sobró la puta madre!

—¿Y el pibe dónde esta?

—No sé, todavía me cuesta creer que se haya levantado después de los tiros que le dieron los de Soruello… a mí me dijo que el pibe era su asunto, que nos ocupemos de dejar “tranquilos” a la viejita y a los amigos, escuchaste bien; “tranquilos”, si empiezan a joder hay que dejarlos tiesos… ¡qué sutil que es el viejo, eh!…¿Y qué más había dicho?…Ah, que la prensa también iba a ser su asunto.

Sonó una voz dentro del auto llamando urgentemente a los policías. Gómez pisó el acelerador.

Mientras tanto, bastante lejos, en las calles del centro de  Buenos Aires, Luis Marte caminaba con la frente alta y su cara desfigurada. Los patovicas de “La Esquina del Sol” habían ayudado a destruir, junto con la putrefacción, sus facciones. Luis tenía el mentón hundido y flojo. Sus cejas habían casi desaparecido y una piel quebradiza como tierra seca las reemplazaba. El tono de su piel era una combinación entre blanco y violeta, dejando lugar en numerosos lugares para el rojo, cuyo dominio eran las mejillas y la frente; ambas zonas mancilladas por los pequeños mordiscos de los gusanos. Una mejilla estaba raspada y la otra colgaba mientras caminaba, bamboleándose al ritmo de sus pasos. Se llevó los dedos a la piel colgante y la volvió a colocar sobre su hueso, apretándola hasta que quedó prendida.

(Tres moscones revolotearon en torno a su cabeza; estos tres insectos, desde aquella caminata nocturna, jamás abandonaron a Luis. Incansables e insobornables —Luis los quiso engañar muchas veces acercándose a diferentes asquerosidades—, en adelante siempre acompañaron a nuestro muerto; supieron escapar de sus decrépitas manos e incluso llegaron a posarse en ellas. Luis siempre odió a los cargosos bichos. Es por eso que no serán nombrados nuevamente estos heroicos moscones; no sólo para no quitar mérito a nuestro protagonista, sino porque han sabido convertirse en ambulante epíteto de éste. Tratemos, junto con Luis, de olvidarlos.)

Luis caminaba decidido y bastante rápido. Sabía que tenía poco tiempo antes de que algún otro gusano lo encontrara y aunque no sabía en qué gastarlo tampoco quería desaprovecharlo.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 7. Pasame un trago.

7. PASAME UN TRAGO

El atardecer dejó paso a la noche en el viejo pueblo. López seguía tirado. Hacía una hora que el viento soplaba fuerte y las motas de polvo que daban contra su cara terminaron por despertarlo. Despegó su sangrienta cara del suelo y se levantó tambaleando. Luego se encaminó hacia “El despacho”.

Garrafa estaba sentado en el medio del cuartucho, con una botella de vino tinto en su mano derecha. Sentía el viento cálido del campo que entraba por la pequeña ventana.

Escuchó los pasos. Eran lentos y la persona que se acercaba parecía arrastrar las piernas. Se acordó de López, que no se había levantado desde que lo había dejado. “¡Qué se joda!”, pensó.

López apareció en el umbral de la puerta, su sombra proyectada en el suelo hacia el interior del cuartucho. Garrafa levantó la cabeza y miró a su amigo.

 —Entrá y cerrá la puerta—ordenó.

 López lo miró con odio, entró y se sentó en una banqueta.

 —Me sangra… —Tragó saliva—… me sangra mucho lo que me hiciste.

Garrafa llevó la botella a su boca.

 —A mí me sigue doliendo lo que me dijiste… —Se pasó la mano por la boca, limpiándose el líquido que había quedado en sus labios—. Con el cementerio no se jode.

López se levantó y se dirigió hacia una puerta que había en un costado. Garrafa siguió tomando mientras se escuchaba correr agua. López volvió con la cabeza mojada y pasándose papel higiénico por la frente.

 —Pasame un trago—dijo y se sentó.

Garrafa le pasó la botella. López la levantó por encima de su cabeza y dejó caer un poco del líquido en la herida. Luego la llevó a la boca y la sostuvo hasta que la mitad de la botella quedó vacía.

López miró a su amigo, que tenía una expresión poco amigable. Abrió la boca, pero Garrafa fue el que empezó a hablar.

 —Quiero que me cuentes del negocio.

López, dolorido, sonrió

 —Sí… escuchame… —Suspiró mientras se frotaba el papel por la frente—. Soy un hijo de puta. Todo el mundo lo sabe. Pero lo que pensé para nosotros dos es… distinto… es…algo seguro.

 —Seguro… ¿Es un trabajo de verdad, viejita?—preguntó Garrafa, mientras estiraba su brazo para sacarle la botella a López.

—¡No!, un trabajo de verdad no sólo sería seguro, también una perdida de tiempo… Lo que te ofrezco es ayudar a alguien—dijo López.

—¿Alguien? ¿Quién mierda es ese alguien?

—¿Te acordás vos de ese doctor que vino al pueblo hace poco?

—El doctor Lorenzo.

—Sí, ese matasanos tiene un hijo. El pibe estudia en otro país, Inglaterra o Irlanda no me acuerdo, y vino acá por unos meses—López tosió y se llevó el papel de la frente a la boca—. Bueno, este pendejo tiene mucha plata para gastar y, como el doctor hizo un viaje a otro país, creo que México, para investigar alguna enfermedad…

—Ése tipo no es un simple doctor; está lleno de guita—afirmó Garrafa.

—Ahí va… ¡el padre tiene guita; el hijo tiene guita también!

Garrafa miró a López y dejó que la botella reposara en su pierna.

—¿Robarle al pendejo la guita?

—¡No!, eso sería demasiado arriesgado. Escuchame bien: el hijo es un degenerado.

Garrafa dejó la botella en la mesa.

—¡¿Qué?!

—Sí, el pibe es un degenerado; le anda mal el coco—López se llevó el dedo índice a la frente—. Y ahí es dónde entramos nosotros: le gusta encamarse con muertos.

—¿Cómo sabés vos? No me vengas con esos inventos de vieja.

—¡Escuchame, Garrafón!: el otro día yo estaba en el bar de Rulfo y ¿sabés quién estaba al lado mío?

Garrafa se rascó la nariz. Sus ojos brillaban de curiosidad.

—¿El pibe?—inquirió.

—¡No!…el tipo este… —frunció la pequeña frente tratando de recordar el nombre—… Rolando… el sirviente del doctor.

Garrafa rió.

—Lo que le debe costar mantener limpio ese lugar al tal Rolando—dijo Garrafa.

López asintió y se frotó una vez más la frente. Miró la mancha oscura en el papel higiénico y lo tiró en la mesa. Luego despegó sus labios:

 —Bueno, éste tipo no estaba en pedo y me dijo que me había ido a buscar al bar porque  el dueño, el dueño es el pibe, se lo había pedido porque sabe que trabajo en el cementerio.

 —¿Y qué te dijo?

—Como no está el padre, el pibe le dijo que no le pagaba si no le conseguía lo que quería.

—¿Y él quiere…?

—Muertos… mejor dicho muertas. ¡Te dije que le gustaba —López se explicó con las manos— muertos!

Garrafa quedó absorto por unos segundos, acariciando el vidrio de la botella de vino.

 —¡Qué pedazo de mierda!

—¡Una cagada viviente!—agregó López.

Garrafa empezó a reírse y López lo siguió. Después de un rato, los dos volvieron a estar serios.

 —¿Cuál es el trato?—preguntó Garrafa.

 —Quinientos pesos por cada cadáver que le llevemos—respondió López.

 —¿Cómo los quiere?

 —Desnudos… ¡las  preguntas que me hacés vos, Garrafón!

  —Digo si lo quiere con huesos o carne.

  —Con carne… ¿Para qué va a querer huesos?

  —No sé. Hay gente para todo.

  —Sí, el mundo está lleno de porquería. Pero los huesos no le sirven a nadie, salvo a los museos. Y acá no hay ninguno.

López agarró la botella de la mesa.

—Un trago más… y a dormir—dijo.

Garrafa se levantó y se acercó a la puerta. La abrió. Se quedó con un antebrazo apoyado en el marco.

A través de la puerta se veía como la luna bañaba lápidas y mausoleos con su baba plateada. Luego de unos minutos de estar mirando hacia fuera y después de escuchar un eructo de López, que había terminado la botella de vino, Garrafa habló desde el marco.

 —Voy a charlar con ellos lo del laburo. A ver qué dicen, ¿no?

Empezó a caminar y se adentró en la fila de mausoleos, desvaneciéndose lentamente en reflejos grisáceos ante la mirada atenta de López.

La tormenta se había alejado por el momento y el viento había dejado lugar a un cielo despejado con una vistosa luna llena.

López se acercó a la puerta, la cerró y se dejó caer arriba de un sucio colchón, en una de las esquinas del cuartucho. Lo que le pagaba el municipio a Garrafa por cuidar a esos muertos no era nada. No le alcanzaba ni para comprar un buen vino, se dijo López después de eructar nuevamente.

La propina que Garrafa aceptaba por ponerle flores a los muertos o hacer la tarea de limpieza en los mausoleos no servía para comprar comida suficiente. Se arreglaban con porquerías ya que no había encontrado ninguna changa importante aquel mes y hacía mucho tiempo que una familia no mandaba a construir un nuevo mausoleo. Claro que había sacado algo con las cruces de cemento que le encargaban. Eran fáciles de construir y servía para comer algo pasable de vez en cuando. El problema era que Garrafa estaba medio raro últimamente… evasivo, serio, demasiado callado.

Peligroso, concluyó López, mientras dejaba que el sueño domara sus pensamientos.

Antes de caer totalmente en la pegajosa negrura abrió los ojos, tal vez anticipando una pesadilla. Miró a la luna por la pequeña ventana que estaba al costado de la puerta y se preguntó qué estaría haciendo Garrafa entre las tumbas. ¿Estaría más loco que el pibe del doctor? Se dijo que si le volvía a pegar, le pediría prestada la pistola al Chaqueño—Garrafa aseguraba que tenía una escondida en “el despacho” pero López nunca la había podido encontrar— y vaciaría el cargador sobre la cabeza de su amigo. No dudaría.

Apretó un poco los párpados. La negrura lo tragó.

Garrafa seguía afuera, en los más lóbregos y angostos pasillos del único cementerio de Mundo Viejo, bajo la luna, macizo y seguro, interpelando con sus dilatadas pupilas a la oscuridad de los cristales ante las puertas de los mausoleos.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 6. El baile del zombi.

6. EL BAILE DEL ZOMBI

 

Al despertarse, Luis sintió cómo sus huesos le demandaban una acción, su alma, movimiento. Sentía una gran excitación y odio que se transformaron en una sola necesidad; levantarse del aquel piso sucio y golpear la puerta hasta que se saliera de sus goznes para salir triunfante.

Arremetió contra la puerta del lavabo y se adentró en la pista del boliche nuevamente. Se podía ver por su paso seguro y rápido que estaba lleno de una profunda furia y que estaba decidido a hacer algo. Caminó como un zombi valiente, decidido a dar su muerte por algo, y se adentró en la pista.

Se acercó a las dos chicas que todavía estaban bailando. Ahora, ocupaban una zona  cercana al centro del boliche. El reflector blanco electrificaba a la pista con veloz intermitencia, creando un tiempo distinto, fotografiando a las danzantes figuras en caóticos segundos.

Ya cerca de la chica de cabello corto, Luis se detuvo y empezó a mover su cuerpo de una manera salvaje, como nunca lo había hecho antes. Elevaba las manos por arriba de su cabeza y luego las bajaba hasta tocarse la punta de los zapatos. Mientras levantaba las manos movía sus caderas brutalmente, cada vez con  más emoción y furia, siguiendo el ritmo de la música.

Las miradas de las dos chicas y de las demás personas fueron a parar al cuerpo de Luis, que, como un payaso empedernido, parecía querer llamar la atención recurriendo a cualquier estupidez.

Algunas personas habían retrocedido para dejar lugar al movedizo cuerpo del joven. Éste, se tapaba la cara con las manos dadas vueltas, simulando el antifaz que usaba Batman; como si fuera un tío bobo tratando de divertir a un sobrino aburrido. Dejando las manos trenzadas sobre su cara, daba pasitos adelante y atrás cantando casi por encima de la música:

—¡Besá al zombi!, ¡Besalo!

Era su canción, la música parecía haber dejado de salir de los parlantes y una banda de putrefactos músicos interpretaban una sola y única canción: ¡Besá al zombi!

Se escuchaban trompetas, trombones, bombos y platillos, una murga salida de algún extraño carnaval, todo esto mezclado con música disco de fondo. Los pasos de Luis Marte eran espantosamente frenéticos mientras abría su boca y dejaba salir los sonidos. Las dos chicas y el grupo que estaba bailando cerca se habían detenido y lo observaban con una mezcla de admiración y repulsión; sonrisas que se convertían en morisquetas de imitación y éstas en risas. Luis Marte seguía:

—¡Besá al zombi!…¡Besalo ya!…¡YA!.

Bombos sonando.

— ¡YA!—

Trompetas con platillos.

 — ¡YA! —

Otra vez los bombos.

 — ¡Nunca!…¡Nunca… lo vas a olvidar!—Horrible, sin rima ni sentido, el joven creaba su soneto.

Era su canción, la música surgía de su pútrida garganta como si ésta fuera un gran instrumento de viento: su voz, a veces grave, asemejaba a un trombón o un saxo; otras veces, trémula, se convertía en un chillido agudo y desarticulado que sonaba como una nota distorsionada por los pedales de una guitarra eléctrica. Su voz salía enérgica, ni constante ni coherente, de su garganta que había empezado a pudrirse.

Tal vez, la de Luis no fuera una voz tangible. Era posible que su alma se manifestara aún con su cuerpo y lo usara como instrumento para comunicarse.

Las dos chicas habían empezado a moverse nuevamente y mientras bailaban, moviendo sus caderas al ritmo de la música, pasaban sus manos por sus cuerpos, palpándolos y haciendo movimientos pélvicos que excitaban de sobremanera a Luis. La pelirroja miró al joven y empezó a reírse mientras le hacía señas a su amiga para que lo observara. Ésta miró a Luis a los ojos y por un momento los dos se entendieron. La chica dirigió su mirada a otro lado y trató de seguir riendo y bailando.

Luis se acercó cada vez más a ella. Puso nuevamente las manos en su cara y creó su antifaz mientras cantaba la insoportable canción y se acercaba bailando. Paso a paso, acechante:

—¡Vamos!

La cabeza un poco hacia delante.

—¡Nena!

Moviendo la cabeza para atrás y señalando a la chica con la mano.

—¡Besalo!-¡Besalo!-¡Besalo!

La cabeza para atrás, mirando los reflectores en el techo.

—¡Qué se le pudre el corazón!

Cerca, muy cerca, meneando su cadera y señalando a la chica, cuya amiga seguía mirando a Luis y riéndose.

—¡Vamos, nena!…¡Besá al zombi!—Más cerca— ¡ya!, ¡yA!, ¡YA!

Mientras la chica seguía bailando y trataba de obviarlo, Luis bajó sus manos deshaciendo el antifaz y se abalanzó hacia ella.

Buscó la cabeza, la aferró por el cuello y la acercó a su cara para besarla. La chica empezó a forcejear y le pegó un rodillazo en el estómago que no le produjo dolor a Luis, pero que lo hizo retroceder. El alboroto no solo había atraído a las personas que estaban en las mesas, que se habían reunido entorno a la pista para mirar; sino que el forcejeo de Luis había despertado a los patovicas de sus estáticos sueños.

Éstos estaban cerca de las puertas, parados y cruzados de brazos. Los dos, el musculoso de cabeza rapada y el alto de pelo largo, se acercaron empujando a la gente, sacando a los curiosos del camino, sin poder ver la causa del tumulto. Al verla, quedaron por un momento pasmados, sorprendidos.

Luis, en el tiempo que habían tardado los dos guardias en llegar hasta él, se había bajado los pantalones y se le había ocurrido una nueva canción.

Así; con los pantalones negros descansando sobre sus zapatos, plantados éstos en el piso blanco de la pista, y sus calzoncillos verdes cayendo desfallecidos, de esa manera, Luis Marte gritaba con alegría en su rostro.

—¡No pudieron matarlo!

Miraba su vientre.

—¡Vengan y cuelguen sus banderas en mi mástil!

Los guardias dejaron que el espectáculo dure un segundo más; estaban asombrados. Luis reía, como al despertar, pero aún más fuerte mientras miraba su vientre.

 —¡Está vivo!…¡Está vivo!—gritaba sobre la música; sus cuerdas vocales muertas se habían retraído en su garganta y el alma podía salir de su interior fácilmente.

Los dos guardias rompieron su estupor y actuaron rápidamente, sin darse cuenta que habían presenciado una auténtica resurrección.

por Adrián Gastón Fares

 

Suerte al zombi. 4. La última lágrima.

4. LA ÚLTIMA LÁGRIMA

Ya cerca de la medianoche, cuando ya se había cansado de vagar sin destino y como no tenía hambre ni sed, se detuvo y al apoyarse contra una pared llena de carteles en un lugar en construcción, empezó a pensar.

Se dio cuenta de que era una necesidad constante de ruido lo que lo había llevado a andar por esas calles tan transitadas. Incluso, se había detenido en tienda de videojuegos. Un hombre probaba su puntería en un juego de policías tridimensional. El alboroto que producían estas máquinas parecía ser lo único que saciaba su sed de sonidos.

Los únicos dos sentidos que conservaba eran los que lo dominaban: su vista, que lo obsesionaba buscando los detalles más insignificantes y así posaba su mirada en el humo que salía por la rejilla de respiración del subterráneo o en las miradas perdidas de los “calaveras”, como los llamaba su abuela, que deambulaban por la noche buscando un boliche para bailar o algún que otro sauna; el oído, que también cumplía con su función habitual, lo atraía hacia todos los sonidos, algunos provenientes de profundas cañerías que corrían bajo sus pies, otros más cercanos como bocinas, gritos, frenadas, el murmullo al oído de dos jóvenes amantes apoyados contra una pared, un cordobés que mientras le tendía la mano y ponía cara de cómplice soltaba un hipnótico:

—¿Sauna?

Luego, mientras se alejaba, Luis había escuchado cómo lo puteaba.

Contuvo sus recuerdos, se despegó de los carteles y siguió caminando. No aguantaba estar mucho en un mismo lugar. El oído era insaciable, más que la vista, y seguía hambriento de crepitantes sonidos. Así fue que cuando Luis llegó a una esquina en la que se encontraba un videoclub se paró frente a la vidriera, enfrentando las rejas negras, interesado por las cajas de películas clase B norteamericanas. Creó fantasmáticas y tenebrosas melodías mientras pasaba su mirada por Lugosi, Karloff y variados monstruos que lo miraban desde bizarras cajas. Cuando hubo terminado de crear una canción para cada película y su oído quedó libre a los ruidos externos, uno de éstos fue el que llamó su atención.

Era el chisporroteo del tubo de neón del negocio que, de repente, había empezado a encenderse y apagarse. Luis se quedó parado escuchando como hipnotizado, con la cabeza levantada, mirando hacia el cartel que constantemente prendía y apagaba sus luces fluorescentes verdes. Mientras la luz quedaba prendida leía la misma frase: “La Tienda B”, luego miraba la oscuridad hasta que el tubo se prendía nuevamente.

Estuvo parado en aquella esquina hasta que el tubo de neón no aguantó más su mirada y explotó produciendo un ruido parecido a aceite hirviendo. Luis empezó a caminar, lentamente esta vez, y no tardó en llamarle la atención un grupo de pegajosos sonidos: cumbia. Su oído no pudo resistir y lo arrastró directamente hasta la puerta del lugar del que salía la melodía. Nunca le había gustado la cumbia, simplemente aborrecía la música que se hacía específicamente para bailar, pero en aquel momento le pareció que cualquier melodía saciaría a sus oídos y esa cumplía precisamente con una consigna que le interesaba: olvidar y sonreír mientras se bailaba. Aquellos sonidos eran el perfecto afrodisíaco para su alma atormentada y llenaban una parte de él que estaba vacía.

Si él hubiera sabido en ese momento que estaba muerto habría descubierto la razón, ya que el hecho de que el corazón de una persona no esté latiendo deja al ser en el más profundo silencio. Sin embargo, Luis no podía darse cuenta de esto.

Levantó la cabeza para ver el nombre del lugar. Otra vez las luces de neón, éstas con firuleteadas letras blancas permanentemente encendidas, le gritaron: “La Esquina del Sol”. Decidió entrar.

Pasó al lado de un patovica cabezón que parecía encajado a golpes de martillo en una remerita roja. Miró los relucientes zapatos de Luis y desvió rápidamente la vista.

Mientras se adentraba en el lugar a través de un psicodélico pasillo y la intensidad de la música se elevaba y penetraba en sus oídos, se dio cuenta que caminaba más rápido y se dijo, con una sonrisa, que él sería como los protagonistas de los juegos de computadoras: la música era el alimento que encontrabas en el camino, lo tomabas y un tanto del rectángulo que indicaba la energía se llenaba. “Bueno…”, pensó Luis, “mi rectángulo está casi lleno ahora”.

El lugar era un boliche de mala muerte, sus paredes asemejaban viejas catacumbas ya que habían excavado cuadrados y rectángulos, donde las personas se sentaban con las piernas colgando en el aire y tomaban coloridas pociones. Un reflector blanco colgaba sobre la pista y despedía una frenética luz intermitente que se mezclaba con luces de diversos colores. Estaba casi lleno y había muchas personas bailando, aparte de las que se encontraban en los rectángulos. Pocos adolescentes, la mayoría tenía más de veinte. Había algunas mesas, pegadas a una barra sobre la que bailaba una voluptuosa morocha de robustas piernas.

Mientras caminaba hacia una de las mesas que estaba vacía, se pasó la mano por el pelo, tratando de acomodarlo, y pudo ver como un mechón grande se le había quedado prendido entre los dedos. Se asombró. ¿Le habrían puesto alguna sustancia extraña en el pelo los tipos de la funeraria? Aunque el mechón de pelo estaba con sangre, no sintió ningún dolor. Se sintió extraño. “A la mierda”, se dijo, “mejor” y pasó sus manos por la pared, dejando pegado el mechón mientras se acercaba a un asiento y advertía que la morocha que bailaba en la barra era en realidad un exuberante travesti. Éste, al verlo, le sopló dos besos a través de sus labios de colágeno.

Luis pasó por el medio de la pista, empujando cuando debía hacerlo por lo que se ganó muchas miradas furiosas. Al llegar a una mesa vacía, se dio vuelta y vio cómo un cuarentón sentado en una de esas catacumbas se drogaba. Simplemente, se comía el polvo blanco y reventaba a carcajadas. Se acordó de su sueño y le pareció que el tipo se parecía mucho al que se alejaba con un perro; la misma carcajada sarcástica, molesta.

La cumbia cambió por un ritmo hip-hop bastante agradable. Trató de respirar hondo y no sintió pasar ningún tipo de aire por su nariz. Se sentó en una silla de madera. Por costumbre, ya que no tenía calor ni frío, y al ver a todas las demás personas, se quitó el saco y lo tiró sobre la mesa, quedándose con la camisa blanca.

Había dos chicas muy lindas sentadas en la mesa de al lado. Luis Marte trató de mirarlas de reojo, pero ellas advirtieron su mirada. Siempre había sido torpe para disimular.

La pelirroja le murmuró algo a la morocha, se levantaron y las dos se pusieron a bailar adelante de Luis. La morocha era de las que a él le gustaban; pelo corto a la altura del cuello, ojos celestes ligeramente achinados, milagrosa nariz, mejillas encendidas, labios finos y entreabiertos. La traspasó con la vista, sintiendo como sus ojos se humedecían y dándose cuenta que todavía no había perdido la capacidad de llorar.

Después, se llevó el dedo índice de la mano derecha a su ojo izquierdo y recogió el volumen de su última lágrima. El no sabía que era la última y la dejó deslizar por su dedo hasta que cayó al piso. Mientras tenía la mirada fija en la cara de la chica que bailaba necesitó seguir llorando; imposible, ya que sus lagrimales se habían secado.

Se quedó mirándola un rato, una imagen empañada, hasta que los restos de la lágrima se evaporaron y la imagen volvió a la normalidad. Y se levantó; había tenido la idea de dirigirse al baño para lavarse la cara, sacarse todo ese pastiche que le habían puesto. Después trataría de acercarse a esa belleza. No era el típico chico que levantaba en los boliches fácilmente, pero esta vez debería tratar. Decidió dejar su traje sobre la mesa. ¿Quién iba a querer un saco en aquel lugar?

Se acercó a la barra:

—¿El baño?

El barman dejó de agitar una coctelera y le indicó:

—Seguí a la chica—. Señalaba al travesti que parecía dirigirse hacia el mismo lugar.

Llegó justo para atajar la puerta que había soltado la chica. Entró y se encontró con lo que esperaba; un baño muy sucio, con el piso salteado de manchas de orina y las instalaciones más antiguas existentes. Agradeció haber perdido el sentido del olfato.

La chica se miraba en el espejo. Después se acercó, no mucho, a un mingitorio, levantó con sus manos la minifalda negra y dejó caer un largo y famélico pene que duchó a las baldosas del lugar.

Luis lo miró desde una esquina y después se ubicó ante el espejo. Cuando se disponía a mirarse, la chica, que se había acercado para lavarse, le tomó una mano y la acercó a la minifalda. Luis la miró con una mezcla de temor y repulsión y apartó su mano rápidamente. La chica hizo una mueca, se mordió los labios y expresó con voz grave:

—Pará con el porro, nene…—. Empezó a caminar hacia la puerta mientras negaba con la cabeza.

Luis se miró al espejo.

Primero vislumbró los detalles del vidrio; una línea que cruzaba la mitad, producto de algún golpe, y los típicos puntos marrones. Después, se restregó los ojos creyendo que debían seguir húmedos y por eso veía deformado. Al restregarse nuevamente vio que le sangraban un poco. Dirigió la vista al espejo otra vez. La imagen no había cambiado. Su mano se dirigió sola hasta el pecho, donde trató de sentir el latido de su corazón… Inútil. No tenía tacto.

Volvió a mirarse. En ese momento, Luis Marte no pudo asimilar lo que veía; mejor dicho, lo que la imagen le decía y se desmoronó en el piso, acurrucándose contra una esquina del lavabo y tapándose la cara con sus manos. Al hacer esto, lastimaba su piel considerablemente, hasta el punto de que había empezado a sangrarle toda la cara.

En ese lugar fue donde durmió por primera vez después de muerto. Dormir no es la palabra adecuada, pero después de estar jadeando un rato en el piso y ante la mirada indiferente de algunas personas que entraban a orinar —lo confundían con un borracho y salían olvidándose de él para siempre—; sólo después de unos insoportables minutos, Luis Marte simplemente dejó de moverse y se quedó con los ojos abiertos mirando la nada.

Las almas suelen sufrir mucho más que los cuerpos y ésa había quedado atrapada en la tierra de la forma más deplorable; dentro de un cuerpo que, siguiendo las reglas naturales, había empezado a descomponerse.

Les debo una descripción de lo que vio Luis en aquel espejo de “La Esquina del Sol”: el mechón de pelo le faltaba cerca de la frente, aireando a un sanguinolento cuero cabelludo, su cara estaba terriblemente pálida, y había empezado a aparecer un color violáceo en toda su piel. Le faltaban algunos pedazos de carne encima de las cejas, producto de los golpes que se había dado al escapar de su propio velatorio. Pero lo que más le impresionó a Luis e hizo que dirigiera su mano hacia su corazón fueron sus ojos. Dos lunas llenas envueltas en celofán.

por Adrián Gastón Fares

Lo poco que queda de nosotros. VII.

La niña calva se adelantó con el arma que le había quitado al hombre de bata y le apuntó directamente a su padre. Su boca temblaba pero su mano estaba firme. El hombre gordo se interpuso entre la niña calva y su padre. Tenía las palmas de las manos extendidas en una señal de contención.

Hijo de puta, me abandonaste, le gritó a su padre.

Nadie contestó.

Pensá, primero, pero haz tu voluntad, le dijo el hombre gordo.

El hombre de bata estaba congelado. La niña calva apretó el gatillo. Silencio. Su padre seguía sentado dándole la espalda al escritorio. La niña calva se volteó y miró al hombre de bata, que no sabía qué decir. Entonces, asombrada, apuntó al hombre gordo.

Dale, apretá. Date el gusto. En la vida hay que darse los gustos.

El hombre gordo esperó el disparo. La niña calva temblaba tanto que la pistola se le escurrió de sus manos.

No hay que llorar. Llorar un poco está bien pero un día hay que parar. Les traje esto, les pertenece.

Eran dos anteojos con marcos circulares de cristal amarillo.

Mientras la niña calva seguía llorando el hombre de bata se puso los anteojos. Salió de la habitación. Encontró una ventana en el pasillo y se asomó a mirar. Negaba con la cabeza. La niña calva detuvo su llanto y observó la situación. Se ubicó los anteojos, temblando, y miró hacia donde había estado su padre.

¿Donde está?, pregunto al hombre gordo.

Tu padre nunca estuvo aquí.

Pero recién estaba.

No está.

¿Dónde está?

De vacaciones. En el Caribe..

La niña calva intento recoger la pistola. No estaba en el piso. Ahora estaba en las manos del hombre de bata. Que apuntaba hacia el hombre gordo.

¿Qué es lo que pasa? ¿Usted quién es?, preguntó el hombre de bata.

Soy el Dr. Herzium. No se acuerdan de mí, calculo.

No, dijo la niña calva.

¿Por qué si me saco los anteojos esta mi papá y si no… no?

Tiene razón ahora no está el viejo ese.. digo tu padre.

Lo que ocurre es que ustedes iban a morir.

Estábamos al tanto de eso, dijo el hombre de bata.

Pero sus familiares han firmado un permiso para hacer un pequeño experimento científico para salvarlos. Tuvimos algunos problemas de presupuesto. Hicimos lo que pudimos. Justo al final los problemas. Pero los salvamos, como verán.

¿Y en qué consistió el experimento?

¿Probaron en ratas antes? Sinverguenzas, maltratadores de animales, gritó la niña calva.

No. Probamos con ustedes. Esas pruebas las hicieron otros antes.

¿Qué me hicieron?, preguntó el hombre calvo.

Les hicimos. No deje a la nena afuera.  Lo que hicimos fue desconectar sus cerebros de sus cuerpos. Operar directamente sobre la materia gris. Reemplazarla por un receptor de señales bluetooth conectado a su columna vertebral. Básicamente.

¿Y el resultado?

Sobrevivieron. Sus cuerpos conservaron las funciones motoras. Pero sus mentes ven la realidad de una manera distinta a los demáss. Es como una alucinación compartida.

¿Cómo?

Ustedes no se conocían. Nunca se habían visto ni habían hablado. Pero al despertar empezaron a ver como dice esa película… Gente muerta.

Zombis que no se alimentan, no comen, que están como estúpidos hasta que mueren, dijo la niña calva, Es terrible.

Claro, es terrible, pero no existe, sentenció el hombre de bata. No existe para otras personas que no sean ustedes dos.

¿Como empezó eso?, preguntó el hombre de bata.

No empezó. Eso que ven. El futuro postapocaliptico, digamos, está en sus mentes. En la de los dos. No existe, acabo de decir.

No entiendo, contestó el hombre de bata.

Sáquese los anteojos, señorita.

La niña calva, confundida, obedeció.

Papá. Soy yo. No quería hacerte mal…

No va a contestar. No está. Está en su mente. No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos, pero tengo planes con ustedes, saben, yo empecé como psicólogo, luego psiquiatría, luego neurobiología. Me gusta tanto. Es mi pasión, sonrío el hombre gordo.

Ya vemos que le gusta, dijo el hombre de bata.

Pero al no tener fondos mi investigación quedó por la mitad. Es terrible, ¿no? Cosas de política y eso… Ya saben donde vivimos. El país…

Está destruido hace bastante, ciertamente, dijo el hombre de bata. Pero usted está mas resentido que mi amiguita con su papá.

Perdone a la niña, siempre digo que el mundo es injusto, muy injusto. Y además. No se haga el que no está resentido con su novia.

¿Donde está esa mujer?, preguntó el hombre de bata.

Se fugó con su amigo apenas entró usted a la clínica. Bueno, no sé si es su amigo. Sé poco de fútbol pero era su principal oponente futbolístico, tengo entendido. Equipos contrarios.

Ese tarado. Sí, es mi amigo. ¿Y quién acepto que experimentaran conmigo? La firma digo:  ¿quién la puso?

Su madre.

Mi madre. Está muy ida. A veces se pierde.

Claro.

¿Y en mi caso?, quiso saber la niña calva.

El hombre que usted ve pero que no está.

Qué hijo de puta.

Pero tengo buenas noticias, siguió el hombre gordo:

Como este experimento sigue en pie. Necesitamos estudiar cómo reaccionan sus cerebros a sus miedos primordiales. Necesitamos que se conecten del todo, que vean la misma realidad que todos los demás.

¿O sea que existen los demás?, dudó la niña calva.

Claramente, señorita. Describa el mundo que vio afuera.

Muertos, moscas, gente sin comer, desnutrida.

Eso está en su mente. Los demás, ciertamente, existen, pero no así. El mundo sigue normal. Bueno, como antes digamos… esa normalidad.

Qué cagada, dijo la niña calva.

Por eso como científico tengo la manera, y el deber antes que nada, de que arreglen su visión del mundo. Lo que deben tratar es un viejo truco del psiconálisis: enfrentar sus miedos.

¿Miedos?, preguntaron al unísono.

Hay un cuarto en una casa de Banfield donde usted cree que existe un ser que controla el agua.

Barleta.

Eso, busque a su novia. Busque a ese tal Berreta.

Barleta, el fantasma de Barleta.

Bueno, a Berleta (sic), búsquelo. Ya veremos qué ocurre.

Yo no tengo miedos, levantó la frente la niña calva.

¿Usted? Tiene que ir a su casa. Entrar a ese departamento oscuro y acercarse a un cuarto, un cuarto donde se escuchan ruidos que usted no soporta ni comprende.

La niña calva estaba con lágrimas en los ojos como cuando sostenía el arma contra su padre.

¿Quién se quedó a cuidarlo?, preguntó

¿A su hermanastro? Nadie. Por eso.

Lleven los anteojos para guiarse en el mundo y por favor no tomen comida sin pagarla. Tuvimos que seguirlos para que los comerciantes no los denunciaran. El arma era una pistola de carnaval, igual no les servía de mucho. Acá tienen lo necesario.

El hombre gordo le pasó una mochila roja al hombre de bata y otra azul a la niña calva.

Es el momento de la verdad, agregó.

por Adrián Gastón Fares

Nota 1: Tal vez continúe Lo poco que queda de nosotros; es una novela, por ahora, no puedo asergurarlo, sé para donde va, pero hay otras cosas para hacer.

Nota 2:

Agradezco si pueden difundir y firmar esta petición que hicieron por lo que estoy viviendo con el premio de mi película Gualicho y el INCAA (Instituto de Cine Argentino)

No hace falta que la firmen si no pueden entrar a la página de Change.org (tal vez sea molesto) pero sí que difundan lo que dice en el cuerpo de ella. Creo que es importante, tanto como lo que he contado en otras entradas en este blog sobre la situación negligente institucional de mi película Gualicho, INCAA y la productora presentante de la misma, y que también pueden leer en mi Facebook. Difundir es importante.

Saludos. A. G. F.

Link a la petición de comprensión:

http://chng.it/GrXc4CLV

 

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

Nota: Como verán, han vuelto las publicidades al blog; perdón, pero no pude pagar los dólares necesarios del plan para quitarlas esta vez.

El sabañón (Capítulo X)

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

El sabañón

 

El coreógrafo y director de cine Busby Berkeley liberó a la coreografía cinematográfica del punto de vista del espectador teatral, aportando cenitales de efectos surrealistas, generosas a la imaginación del espectador. Desde arriba nos parece descubrir formas en el baile; lo que hay que tener en cuenta es que estas formas no las descubrimos casualmente sino que hay un director ahí que las diseño, que las pensó, porque sabía que nosotros íbamos a estar arriba, sabía que iba a pedir al camarógrafo una cenital.

Lo de Berkeley me hace acordar que también hay cenitales así en la vida real; creemos en lo que vemos, nos parece intuir algo interesante en alguna situación, pero todo puede ser un quesito, listo para que le hinquemos el diente.

Ahora, creo que el problema del ratón, y por lo tanto de todo explorador, no empieza en la muerte, en la caída del frío metal sobre el cuello, sino que el ratón no se da cuenta nunca que el metal cayó y sigue creyendo que está vivo; en el segundo eterno que dura el acto de su muerte vuelve una y otra vez a recorrer los mismos desagües y aparadores, vuelve a reproducirse, hasta que llega siempre inevitablemente el momento de comer de vuelta ese quesito y cuando lo hace muere otra vez para siempre.

Hay un único pensamiento que me consuela del miedo a morir, de que me pase lo mismo que al Estornudo, y es que fue tanto el tiempo que no estuvimos en este mundo, pasaron tantas cosas sin que ni siquiera nos diéramos cuenta, que volver de vuelta a la nada no debe ser algo por lo que debamos preocuparnos demasiado.

Voy al velatorio del Estornudo, vi la foto en unas necrológicas –me dieron un diario en la calle, un diario medio trucho, nuevo, y leyendo en un bar encontré de casualidad lo que tal vez buscaba–, y tengo que ir; pensé que si los tipos soldaban el ataúd sin una última mirada a lo que fue ese hombre era como sellar para siempre demasiados secretos –¿cuántas respuestas se lleva el Estornudo?

Entro a la cochería, recorro varias salas, me enfrento con unos cuantos fiambres y con personas desconocidas que tratan en vano de recordarme, hasta que me siento mal. Me siento mal porque estoy mirando ahora al Estornudo, labios pegados, párpados que dejan adivinar la esclerótica o la pupila, que es lo mismo porque ya está todo blanco o todo negro o amarillo, y porque las narices del Estornudo también están tapadas con el mismo pegamento y ya no quiero mirar. Me siento mal por otra cosa también: el Estornudo casi no tiene familia.

En la sala contigua a la que está el ataúd, dos viejitas lo velan con expresión ausente, se nota que hace tiempo que están, o que son muy cercanas, porque casi no hablan. Entra una chica con un cochecito ofreciendo cafés y las viejas responden que no, gracié.

–¿Amico di Roberto?

–Compañero de trabajo–me oigo responder.

La señora más bajita se levanta del sillón con un suspiro, se acerca, me besa nuevamente –ya lo había hecho al entrar– cada mejilla y sostiene mis manos.

–¿Lo viste en el cacon?…, poberelo…

–Bonísimo…, propiamente bono con nui toda la vita–murmura la otra vieja, que ya se levanta para saludarme.

Descubro que son la abuela y la tía abuela del Estornudo, descubro que son hermanas. Hablamos un rato, hasta que la conversación desencadena un compasivo silencio. Las mujeres se quedarán toda la noche. Les digo que las acompaño. Con una sonrisa me lo agradecen.

Saco un papel anotador y me pongo a trabajar para el guión que me pidió el jefe, ahora la productora independiente está mejor; me piden películas que se parezcan a las iraníes pero con marginados argentinos.

Tomo café y siempre acepto las macitas que trae la chica, que me sonríe tímidamente, como si estuviera de más sonreír en un lugar así, como si estuviera de más existir en un velatorio, como si ella conociera el secreto del universo o como si lo intuyera. Trato de garabatear alguna línea en la hoja cuando me detiene la abuela del Estornudo.

–¿Estiabuco?

–¿Cómo?

–¿Repasadore?

Me limpio. La vieja se sienta a mi lado y cuando deja el repasador en una bolsa, saca de ahí un monedero, y de éste un papelito. Me lo pone en la mano, casi separándome los dedos que sostienen la lapicera.

–¿Sabañone…?

Desde mi lugar puedo ver la sala contigua, la cabecera del cajón del Estornudo, veo la única corona, y por un momento el mundo brilla y aunque estoy sentado siento como si mis pies resbalaran por las frías baldosas; hasta que me doy cuenta que la vieja me mira las manos y se refiere a que las tengo coloradas e hinchadas por el frío.

Le respondo que sí, que se me hinchan los dedos con el frío. Veo que la tía abuela del Estornudo duerme. Siento que la abuela rodea mis manos con las suyas y las aprieta fuerte sobre el mensaje. Escucho que Tito, Roberto, el Estornudo, le había pedido que si le pasaba algo debía entregar el papel al primer hombre que lo iría a despedir.

Ya no escribo. Salgo de la sala y me quedo en el pasillo. Predomina el bordó en la decoración Las demás salas están cerradas, los familiares encerraron a los muertos y volverán para enterrarlos mañana. Me siento en un sillón. Hay un ascensor grande, demasiado grande, que pasa de vez en cuando desparramando una luz demasiado blanca.

Apoyo mi cabeza en la pared. Enfrente veo el pasillo y la escalera que me dejaría en la fresca, inocente noche, lejos del olor a crisantemos que se pudren. Cierro los ojos. Los abro. A mi derecha, pegado al sillón, está la puerta de otra de las salas del velatorio. Escucho cómo rechina la madera. Parece el viento, pero tal vez no. Entre tanta soledad y silencio es como si me soplaran la nuca.

Y ahora, a mi izquierda, de repente se cierra la puerta de la sala donde están las viejitas.

Es el viento. Un viento que sopla porque alguien abrió la puerta de la calle en la planta baja. Miro hacia el principio de la escalera. Ahí hay una cara. Una sombra con cara. Iba a dar un paso, pero al verme desapareció.

Era Marte.

Ya en la calle lo busco en vano. Regreso a la otra noche, la que comparten las viejitas.

por Adrián Gaston Fares