Suerte al zombi. 47. Fin.

47. FIN.

En una ruta desierta dos jóvenes estaban haciendo dedo. La bola que era el sol se veía nítida sobre sus cabezas, aprisionada en el azul. La temperatura era elevada, la mayor de todo aquel largo verano.

Mejor dicho, sólo uno de ellos estaba haciendo dedo, levantando su pulgar, mientras el otro fingía que orinaba contra un pequeño árbol a un costado del asfalto. Los jóvenes vestían pantalones deshilachados y remeras descoloridas. El que hacía dedo era más alto que el que orinaba y tenía entre sus piernas un portafolio marrón, el único equipaje que los dos parecían llevar.

El que estaba orinando terminó de hacerlo y se subió el cierre mientras ponía cara de alivio.

—¡Qué meada me mandé!

El joven alto siguió pensativo, haciendo dedo a inexistentes autos conducidos por invisibles conductores. El que era bajo, miraba los yuyos con desconfianza y no se decidía a sentarse sobre una piedra. De repente, una forma empezó a perfilarse en la línea gris.

Era un Chevrolet 68’ rojo, sucio y oxidado. El joven alto alargó su dedo gordo en una posición erecta imposible para un ser humano y empezó a rezar para que el auto se detuviera. El otro joven se acercó. Los dos bajaron la cabeza, como si el sol les molestara, para que el conductor no vea sus caras y acelere.

—¡Por Dios que pare!—dijo el que estaba con el dedo levantado.

El coche no aminoró la velocidad; pasó soplando los flecos de sus ropas. Torcieron sus cabezas para seguirlo:

— ¡Hijo de putaaaa!— gritaron.

Vieron que frenaba más adelante y retrocedía.

Se detuvo al lado de los jóvenes y una voz grave, tranquila, proveniente de la ventanilla baja del acompañante se esparció.

—Hola, chicos.

—¡Hola, señor!—corearon.

—¿Van para Catamarca?

—Es nuestro destino—contestó el joven más alto.

Silencio. Una pistola asomó por la ventanilla del acompañante, empuñada por una mano velluda.

—Cómo el destino de ustedes es mi destino, les aviso que si tratan de joder el mío les hago mierda el de ustedes en un abrir y cerrar de ojos.

—¡No va a haber problemas, señor!—contestó el más bajo mientras sonreía.

—Somos de buena familia—dijo el de piernas largas.

La mano con la pistola desapareció. Luego, la mano levantó la traba de la puerta trasera.

—Bueno… me gusta charlar con algunos mientras manejo por esta ruta chota. ¡Suban! ¡Los dos atrás!—demandó la voz gruesa que salía del interior.

El joven bajo miró al alto y sonrió.

—¿Estás seguro, Chula?

—Sí, tenemos que resolver los dos juntos un temita ahí.

—¿No serán trolos ustedes dos, no?—inquirió la voz dentro del auto—. No me gusta hablar con maricas.

—Morimos por las mujeres—dijo Olga.

Ya adentro del auto, el conductor se dio vuelta. Era un viejo. Sucio. Sin afeitar. Sus legañosos ojos brillaban.

Chula acomodó el portafolio entre sus piernas.

—Cuando lleguemos los voy a llevar a un lugar especial, es en un pueblito alejado de la ciudad, una de las chicas tiene tres tetas. ¡Un caso entre miles!—. Esperó escuchar la risa de los jóvenes que nunca llegó— ¡Tres hermosos pezones para chupar, uno al ladito del otro!

Los jóvenes sonrieron. El viejo enarcó las cejas al mirarlos nuevamente por el espejo.

¡Qué mal que estaban!

Sin embargo, el aspecto de los muchachos no llegó a impresionarlo ya que, debido a la sangre que habían derramado en los últimos meses, habían recuperado mucho del color y brillo de cuando estaban vivos.

Muchos asesinos —rateros que robaban camperas— habían gritado con ellos y también habían mandado a más de una docena de políticos al infierno; sin embargo, no habían podido encontrar a los asesinos de Luis ni a los del fotógrafo, tampoco a los de la Embajada. Entonces, decidieron probar en Catamarca.

—¿Saben lo que me gusta de ustedes, chicos?

Los jóvenes no contestaron, estaban pensando en la experiencia que habían ganado en los últimos días y lo que tenían planificado para Catamarca.

—¡Que tienen tanta vida por delante!

El conductor apretó el acelerador aún más y el auto bramó, hundiendo los neumáticos en el asfalto, tragando más marcas amarillas y dejando una larga marca negra en el pavimento.

FIN.

SUERTE AL ZOMBI, novela, por Adrián Gastón Fares.