El nombre del pueblo. El nombre. 9.

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El primer descubrimiento del día fue al despertarme: tenía un resfrío tremendo. De todas formas, fui a buscar más gansos y cumplí la jornada. La tarde pasó sin que el resfrío me hostigase el ánimo. Caminé mucho bajo la lluvia —que amainó un poco; hoy fue una llovizna persistente y fría—y siempre sintiéndome muy bien. Después de la cena me empezaron a zumbar los oídos. Estos zumbidos me comenzaron a molestar a los veinticinco años, son constantes aunque de intensidad variable. El médico los llamó zumbidos catastróficos. Y como tales, no los podía tolerar, a pesar de que los enmascaran los audífonos un poco porque fijan mi atención en otros sonidos, me cobijé en la cama, sin las lombrices mecánicas en los oídos, claro, que quedaron en la mesa de luz, y me dispuse a escribir lo que pasó esta tarde concentrandome en la escritura y no en lo que una vecina del pueblo llamó hace poco como “el ruido maravilloso del universo en tu cabeza”. La mujer, que no tenía ninguna maldad sino explicar algo que no entendía, me causó gracia con su percepción del tinnitus. Yo, que ya no recuerdo como es no oír nada, porque a pesar de que no entiendo muchas palabras, ni oigo la lluvia, estas sibilantes compañeras que tocan el arpa en mis dos orejas, nunca me dejan. Nunca podré decirle como Elías a Acab: Levántate, come y bebe, porque ya oigo el sonido de lluvia fuerte.

Pero qué bello también es soñar voces, me ha pasado, y se escuchan sin el zumbido, sin el ruido del universo como si no existiera ni el ruido ni el universo, incluso voces de personas que ya no están. Cristalinas, uno se despierta luego como si le hubieran dado una ducha caliente en una bañera o le hubieran lavado la cabellera alguna ninfa o ogresa imposible. Mejor no pensar mucho en el acúfeno, zumbido, tinnitus o como quieran que lo llamen en esta vía láctea. El trabajo es trabajo. Como llenar una página donde soy, más o menos, libre.

El de vender gansos requiere cierta táctica. Se trata de hacer lo mismo que los agricultores con el campo: rotar los cultivos y dejar descansar el suelo. Sabía que no convenía vender en el barrio residencial hoy porque había vendido ahí antes y todos ya habían comprado sus gansos. Entonces, me encaminé al centro comercial con la esperanza de concretar dos propósitos: vender las aves y ver a Lorena.

Rosa salió de su negocio en la galería y me compró un ganso. Don Mario detuvo su bicicleta y me pidió otro. Estuve parado una hora en una esquina, bajo el alero de un quiosco, ofreciendo gansos a todos los que pasaban pero no vendí ninguno más. Me disponía a irme cuando vi pasar a un anciano alto, de copiosa y encanecida barba. Llamaba la atención la roña que tenía. Su cara parecía frotada con hollín y su traje atacado por una jauría de perros rabiosos. El hombre avanzaba rápido y a sacudones, como molesto por las personas que pasaban a su alrededor. Jamás lo había visto.

Me interesó lo que llevaba. Los dedos finos y largos de su mano izquierda se cerraban en torno a un brillo que me pareció conocido. Nada más puedo decir. Entreví ese brillo y decidí seguir al viejo. De cualquier manera, yo debía ir para el lado que él había tomado. Eran las cuatro y Lorena debía estar por abrir la panadería.

Lo vi tomar una manzana y masticarla. También pararse en una peluquería y mirar con persistencia al barbero mientras atendía a un cliente. Al llegar al negocio de antigüedades se detuvo bruscamente y entró. Esperé un momento y lo seguí.

Don Humberto le estaba entregando dinero, no pude ver cuánto porque mi interés se concentró en un objeto que el dependiente guardó bajo el mostrador. Yo había dado unos pasos, asombrado por lo que había visto, cuando el hombre me rozó el hombro y salió de la tienda tan bruscamente como había entrado. ¿Era posible que el viejo hubiera vendido un medallón, uno que tenía dos unicornios que se enfrentaban en un salto? Eso fue lo que me pareció ver en las manos del anticuario.

Es más, estoy seguro que eso fue lo que vi. De otra manera me hubiera atrevido a pedirle a don Humberto que me mostrara su reciente adquisición. Creo que al abandonar la tienda tuve demasiado miedo de confirmar lo que ya sabía. Tal vez pueda volver a la casa de antigüedades, pero sé que siempre voy a tener preparada una excusa para no ir. A veces creo que existe en mí una especie de perversión en ese sentido. Las dudas que alimento se convierten con el tiempo en misterios, corroborados por otras circunstancias dudosas, y creo que son la más deliciosa tortura que un hombre puede enfrentar. Es extraño también saber que esos misterios se pueden resolver con una pregunta, una visita en un día cualquiera, pero más extraño es todavía tener al mismo tiempo la absoluta seguridad de que el tiempo pasará y que nunca me animaré a ese alivio.

Más allá del medallón, la verdadera respuesta desapareció en la calle. Cuando salí, el viejo ya no estaba y el viento sopló en mis oídos una pregunta. ¿Quién si no Castillo, el vengador, el asesino, era ese viejo que tenía el medallón? ¿A quién otro se lo había visto desde aquella tarde tormentosa en la playa?

Desde que la embarcación apareció no me tropecé más que con preguntas. La verdad debe ser tímida y cómoda, nunca sale de su casa, pretende que siempre la sorprendamos con una visita. Pero sólo me atreví a molestar a la hija del panadero.

Dejé la caña con los gansos apoyada contra la pared de la panadería. Lorena salió con una bolsa en la cabeza para no mojarse y me dijo que había rechazado a Kaufman y que lo único que quería era divertirse a la noche. Me acordé que los martes después de las siete en el cine hay teatro. La cartelera anunciaba “Las nueve tías de Apolo”. Lorena aceptó acompañarme, y me dio un beso en la mejilla.

Sólo una vez en la vida me emborraché. No sé por qué pero al enfrentar las calles mi cabeza daba vueltas como si hubiera bebido demasiado. Ya aquí me di cuenta que no era sólo mi enamoramiento: el resfrío me había abrazado y tenía fiebre. Así y todo, a las ocho arrostré la lluvia y le avisé a Lorena que no podríamos ir a la función.

“Loco”, me gritó, “no vamos a salir porque estás enfermo y me lo venís a decir todo mojado” Salió con una manta, un paraguas —yo llevaba ese cuero que encontré en un galpón— y me envolvió y me acompañó hasta mi casa. La invité a entrar y se negó diciendo que tenía que hacerle el café a su padre. Postergamos la salida esperando que mi salud mejore el sábado.

Ya aquí, releí este diario desde el comienzo y me pregunté qué clase de peces abisales micróscopicos nadaran en el café oscuro y tibio de Don Trefe. Me dije que el padre de Lorena, tan amante de la oscuridad, bien podría ser el primer sospechoso de una novela de detectives. Y su hija como sus queridos peces de las profundidades aprendió a brillar con luz propia.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 9.

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9.

 Justo unos días después de la última conversación salió a cenar con su amigo y la esposa, quienes le dieron la noticia de que se venía el bautismo del hijo que tenían. Por supuesto que estaba invitado, pero le pedían que armara un librito que ellos se encargarían de imprimir. Constaría de entrevistas y textos de producción propia sobre cómo veían a Jorguito, el bebé, sus familiares. Querían que cuando fuera grande, el chico pudiera leer las primeras impresiones que dejaba en este mundo, por si se desviaba del camino. Le dijeron que pusiera un precio y, aunque necesitaba la plata, Elortis no se animó a presupuestar el trabajo.

Aunque no dijo nada, estaba furioso por lo que su amigo le estaba pidiendo. Era como pasarle la pala a un moribundo para que cavara su propia tumba. Ni tenía fuerzas para hacer lo que le pedían, ni era justo que un escritor en ciernes se dedicara a tales asuntos. Para colmo, al otro día de la cena la suegra de su amigo lo llamó —la hija le había pasado el número— para pedirle que grabara con una cámara de video las entrevistas. Le dejó en claro que ella intentaría resaltar las raíces griegas de su familia. Quería que le dijera cuándo podían juntarse en su casa para organizar el tema del video. Elortis puso varias excusas para evitar la reunión, pero después se arrepintió, no quería quedar mal, y le escribió un e-mail para arreglar el encuentro.

Mientras tomaba una coca con la suegra de su amigo y comía la torta de manzana exquisita que le había preparado, Elortis notó que se entusiasmaba con la propuesta para el video, aunque no podía dejar de odiar a los padres de Jorguito por haberle encargado el trabajo. Después de todo, me dijo, de esas contracasualidades está hecha la vida. Esas vueltas extrañas, inesperadas, terminaban encausando las cosas a veces. Era natural. Le estaban pidiendo que hiciera lo que ellos entendían que él hacía o podía hacer. Podía disfrutarlo. Qué seríamos sin estas sorpresas, decía, notablemente molesto y avergonzado por la propuesta.

La mujer, una odontóloga, quería que escribieran juntos el guión con las apariciones de cada miembro de la familia. Por suerte, Elortis pudo convencerla de que sería mejor improvisar algo. Pero no confiaba en él, y pensaba que los iba a hacer quedar a todos como unos payasos.

Su idea era hacer una pequeña introducción en la que bailarían, dando vueltas agarradas de los hombros, el hasapiko con la madre de Jorguito, su otra hija, su consuegra y unas amigas. Luego leería en voz alta un poema que escribiría para su nieto. Elortis recordó que el hasapiko era originalmente la danza de los carniceros y que iba bien para la ocasión. Tal vez Jorguito, en el futuro, pensara que era un mensaje cifrado para convencerlo de que adoptara ese oficio. En manos de estos locos alegres no necesitaría muchos consejos, no se desviaría de ninguna senda. Aunque no se podía saber en qué se convertiría Jorguito, y qué clase de procesos mentales terminaría usando para descifrar los mensajes del librito.

Resultó que la vieja tenía preparados otros numeritos. El centenario bisabuelo del nene, por ejemplo, le dedicaría una canzonetta con su acordeón. El cuñado de Richard, chef especializado en comida oriental, le enseñaría a cocinar su primer chow fun y, mientras tanto, le daría otros consejos culinarios. Elortis le dijo que no había problemas con esas cosas, que se podían hacer tranquilamente, pero que juntaran en una misma casa a los restantes familiares del nene así despachaban los demás numeritos en un día. Tampoco iba a perder tanto tiempo, me dijo.

No sabía que estaba desencadenando una pelea en el seno de esa familia, por lo menos en apariencia, tan unida. Enseguida la madre de su amigo lo llamó para compartir su desacuerdo. ¿Cómo iban a hacer para que don Antonio agarrara el acordeón? Si apenas podía moverse. En la fiesta del bautismo, después de la proyección, los terminarían criticando. No había que olvidar que estaban invitados unos cuantos mandamases de la fábrica de gaseosas. ¿Qué iban a pensar de esa familia, mitad italiana y mitad griega, que se disfrazaban, y actuaban para un simple bautismo? ¿Con qué objetivo lo hacían? ¿No era demasiado pretencioso? Ellos aceptaban hablar a la cámara, pero no veían con buenos ojos que un miembro de la familia apareciera bailando, les parecía demasiado bizarro. De cualquier manera, la suegra de Richard, de tanto insistir, se salió con la suya.

Arreglaron la fecha y, dos semanas después, Elortis quedó muy contento con el resultado de los videos. Se puso a editarlos en su computadora con la ayuda de Diego, a quien a cambio le rebajaría el precio de las clases, y estaba preparando un extenso prólogo, un resumen de las entrevistas, que agregarían al souvenir con forma de librito — texto más DVD— que se llevarían los invitados en la fiesta del bautismo. Una edición especial, que incluiría fragmentos de Los árboles transparentes, sería guardada, para entregarla al nene cuando cumpliera dieciocho años.

Elortis sabía que la esposa de su amigo estaba del lado de Miranda y pensaba que él era un inconformista, o un descerebrado en todo caso. Richard también apreciaba a su ex novia.

Ya separados, Elortis y Miranda habían ido juntos a la clínica donde nació Jorguito, en Temperley. Le llevaron un regalito que compraron juntos —en realidad lo había pagado Miranda, Elortis le quedó debiendo la plata—, un gimnasio para bebés, mucho más práctico que el souvenir con consejos para el futuro que estaba preparando ahora.

Era chocante, recuerda Elortis, esperar en la recepción de la clínica donde nació el bebé al lado de otras familias que tenían los ojos rojos de llorar por alguna desgracia. También había sido incomodo presentarse con su ex, aunque la alegría que tenía por el nacimiento del hijo de Richard atenuara lo demás.

En la habitación donde estaba el bebé, el sol del otoño entraba por una ventana que daba a las vías del tren. Elortis no recuerda haber visto un lugar artificial tan agradable y cálido como ése. Sin embargo, pronto empezó a sentir que se le encendían las mejillas y le faltaba el aire. La habitación estaba poco ventilada para proteger a Jorguito de las posibles bacterias del exterior. También le habían pedido al entrar que se lavara las manos con alcohol en gel. Ver las manitos rosadas de Jorguito, todavía cerradas al mundo decía, lo hizo pensar. Estamos tan acostumbrados a encontrar motivos de desprecio en las personas que nos cruzamos que no podemos ver bien la cara de un bebé. ¿Cómo había que mirarlo? Tal vez eran sus únicos momentos de inocencia; al otro día Jorguito entendería en qué mundo se encontraba, empezaría a adaptarse al lugar y a las personas.

En el pasillo su amigo le comentó que le molestaba que sus familiares, que eran muchos, aparecieran a cualquier hora de la noche, con peluches, flores, juguetes y bombones; se armaba lío porque en la recepción no los dejaban pasar. En el fondo lloraba una mujer, Elortis no quiso saber por qué. Miranda estaba como loca, quería que imitaran a sus amigos, y tuvieran otro hijo, separados y todo.

La madre de Jorguito le dedicó algunas miradas de reproche cuando le preguntó cómo andaba. Para ella, Elortis no había sabido apreciar la belleza y la bondad de Miranda. Le decía en broma, mientras Miranda tenía en brazos al bebé, que ya se iba a dar cuenta de lo que había perdido. A mí me llamaba la atención que Elortis le diera la razón y, sin embargo, hubiera sido el causante de la separación. Se notaba que había cosas que no le gustaban de Miranda, además de su historia con Oscar. Pero, a la vez, dos años después de la separación seguía solo, sin darles importancia a las demás mujeres que había conocido. No me causaba gracia que hablara de sus historias enroscadas, pero quería saber, y a veces lo indagaba. Intrigada por la idea de que un sentimiento de culpa le impidiera alejarse de su ex pareja, le pregunté si había sido fiel. Me contestó que la había engañado seriamente una vez. No sé qué quiso decir con la palabra seriamente, pero debió ser alguna forma de darle seriedad a la mentira de que fue una única vez.

La chica, una misionera, hacía poco que estaba en Buenos Aires. Elortis se había mudado a vivir solo y deambulaba en los cibercafés en las noches de la semana, y también salía bastante con Romualdo. La había conocido en un bar irlandés del Bajo, donde intercambiaron sus e-mails. Era una instructora de Pilates. Hacía poco, antes de venirse a Buenos Aires, que se había separado de su novio correntino. Castaña de piel oscura y ojos verdes. Se veían los domingos por la noche, y algunos días de la semana, no tenía que olvidar, me recalcaba Elortis, que él estaba muy solo en esa época; el padre de Miranda no la dejaba quedarse a dormir en su departamento. Miranda trabajaba casi todo el día, tomaba clases de tenis y después iba a la facultad. Elortis pasaba algunas de sus noches solitarias con la misionera. En esa época un amigo le había conseguido un trabajo temporario de data-entry en una empresa de recursos humanos, y no tenía mucho tiempo. Tanto que no pudo disfrutar bien de esta relación paralela, no tenía tiempo entre el trabajo, la facultad y el noviazgo, ya algo desteñido, con Miranda. Aunque pronto vendría Martín, y por un tiempo todo cambiaría.

 Al principio a la misionera la trataba como a cualquier otra, y casi se estaba olvidando de ella, pero un día fue al cine con el chico al que tenía a su cargo en una asistencia social, y notó que la actriz principal de la película se parecía a ella. Arrellanado en la butaca se dio cuenta que la misionera revolvía algo en su interior. No le pasaba con Miranda, ni con ninguna otra que hubiera conocido antes. Salió del cine dispuesto a arreglar su vida. La madre del chico al que acompañaba le preguntó qué le pasaba que estaba tan contento cuando abrió la puerta de su departamento. Andrés, uno de los primeros bipolares, ya que en esa época el término no se usaba mucho, le dijo a su madre que los dos estaban enamorados de la actriz de la película que habían visto.

Camino a su casa, el chico le había confesado que no sabía cómo iba a conseguir novia algún día porque era muy tímido. Elortis le contestó que no se preocupara, que cuando estuviera en la facultad, o en el trabajo, algunas oportunidades iba a tener. Le pidió si en el próximo encuentro podía ayudarlo a encontrar chicas que se parecieran a la actriz de la película; Elortis no se pudo negar.  Al otro día se encontró con Miranda y le pidió un tiempo. Después se citó con la misionera, a la que no veía hacía bastante, pero resultó que había empezado a salir con un estudiante de medicina. En fin, el estudiante de medicina viajaba a ver a sus padres seguido, y no era algo serio, pero ella se había enamorado. Pagó el café y la misionera se perdió entre la gente. No sé por qué me contó esto pero una noche, cuando se veían más o menos seguido, la misionera le había pedido que le hiciera el amor en la cama donde lo hacía con Miranda. Sin embargo, ahora había aparecido un futuro médico, que tal vez le hizo ver que había un futuro mejor.

Después, Miranda le había llorado un rato en una plaza, y él accedió a reanudar la relación. De pronto, Elortis se encontró soñando con la misionera, a la que ya no tenía. Me nombró a Kierkegaard, me dijo que empezaba a entender lo que demostraba este danés en su libro sobre el tema de la repetición; cuando la había conocido esa chica parecía demasiado lejana a él, sin embargo, la tuvo pero, de repente, volvía a ser un chico anhelante; que era lo que en realidad siempre había sido. ¿Sería que la repetición era la corrección de una mala interpretación?, ¿o había entendido mal a Kierkegaard? No importa, la misionera le había advertido que las del norte eran payeras, refiriéndose al payé guaraní, la magia que usaban para asegurarse el amor de un hombre, entre otras cosas. Concluía que su payé era fuerte, mandándose la parte, pero no tan fuerte como el de esta chica, a la que había quedado prendado. Elortis era muy joven entonces y pensó que no sería tan difícil encontrar otras chicas que lo enamoraran y, más importante todavía, que aguantaran al inseguro estudiante eterno de psicología que tenía pocos amigos, y casi nunca un peso para salir con ellos. De cualquier manera, pronto Miranda quedaría embarazada y se mudaría a su departamento. Veo que le dejé en claro en esta conversación, por las dudas, que a mí la plata no me importaba. En realidad, yo no sabía qué era lo que me importaba todavía.

La pregunta sobre la fidelidad me dejó en claro que él estaba mezclando todas estas cosas de su pasado reciente, y como vemos no tan reciente, porque no sabía si arrancarse del todo o no la costra de Miranda. Según sus propias palabras, temía que al desprenderse la cascarita la sangre no parara de salir. También sabía que ahora tenía que hacer otra cosa, un segundo libro en lo posible, y si tenía un poco más de suerte que con el primero, se convertiría en un escritor de verdad. Había intentado ser una persona común, pero no le salía. Y para seguir adelante, podía remover en el pasado la figura de su padre, eso le parecía algo literario e inofensivo incluso, ya transitado, pero redefinir a Miranda tenía un sabor peligroso que no le convenía. Veo que ese día, también, me intentó convencer de que dejara la abogacía, y me decantara por la pintura; sabía que yo dibujaba garabatos en los ratos libres.

Estaba nervioso porque tenía que reunirse con Sabatini y el empresario bailantero de televisión para las ventas de los derechos del libro, tema que ni habían tocado en la reunión fallida. El programa del empresario sobre el mundo de la bailanta tenía muy buen rating. También administraba otros negocios, un boliche en Constitución y otro en Avellaneda, donde en el restaurante Pertutti se encontraron.

Elortis no podía pasar cerca de la plaza Mitre sin acordarse de la enanita. En realidad, mientras escuchaba a Al Certoni, el empresario, pensaba en la enanita, que según le contaba, saltaba con su amiga el palo de escoba que le tiraba el cuidador de la plaza cuando salían corriendo con las flores robadas. En ese entonces era una nena como cualquier otra, claro que no había nacido con la parálisis de la mitad del cuerpo.

Cuando tenía unos cinco años a Elortis lo habían paseado por varios consultorios porque renqueaba de un pie. Ningún médico daba en la tecla. Tenía una de las piernas más corta que la otra, una asimetría corporal, algo muy común. Pensaban que ese problema era la causa de la renquera hasta que un traumatólogo de la avenida Santa Fe lo observó caminar un rato. Le dijo a sus padres que no se preocuparan más, qué su hijo tenía la llamada renguera del perro. Elortis salió caminando normalmente del consultorio. Parece ser que imitaba a la enanita en su modo de caminar. El doctor les había preguntado a sus padres si había alguien en la familia que renqueara.

Como bien sabía, él se pasaba las tardes escuchando las historias de la enanita. Era uno de los pocos ejemplos que tenía, ¿por qué no copiarlo? Pero hace poco, mientras anotaba el recuerdo en su cuaderno, descubrió que la copiaba porque en ese tiempo la enanita muchas veces recibía las visitas de otro chico que la escuchaba pacientemente, un chico más grande, adoptado, según ella misma le había dicho. A Elortis apenas lo saludaba el chico cuando se cruzaban. La enanita le contaría, años más adelante, cuando este familiar lejano suyo dejara de visitarla, que también estaba hipnotizado por sus historias, que era tan sufrido como el Mono, pero educado e inteligente. Elortis se dio cuenta que renqueaba para ganarse el respeto de este chico.

Al Certoni, el empresario bailantero, era otro representante del barrio de la enanita. Su idea era meter el proyecto de Los árboles transparentes en el Instituto de Cine, y hacer la película con el crédito de esta entidad; para eso tenía a un amigo ubicado en el comité de selección de proyectos. Estaba dispuesto a comprarles los derechos del libro y prefería, por suerte para Elortis y Sabatini, que el guión lo adaptase un conocido guionista de televisión. Sabatini exigió a cambio de los derechos del libro no sólo el dinero correspondiente, sino también aparecer como productores y llevarse un veinte por ciento de lo que recaudara la película. Elortis, sorprendido por la viveza de su amigo, asintió con la cabeza, apoyando la decisión, aunque no se la hubiera consultado a él antes. El bailantero protestaba porque lo estaba esperando, fumando en la esquina, una chica  enfundada en unos jeans ajustados, que iba y venía, según podían ver. Elortis se disculpa porque tenía que agregar que hacía mucho que no veía a una mujer con tan buen físico.

Cuando salieron del bar, Al Certoni le entregó un sobre a la chica, que debía ser la paga por algún show. Después, se le quedó mirando el culo un rato; Elortis dice que debía ser un reflejo del empresario por haber soltado la plata que se ve que le debía a la chica. Al Certoni intercambió algunas palabras con ella, y se acercó a Elortis para preguntarle si podía alcanzar a Sofía, como se llamaba la bailarina, hasta el centro. Durante el viaje, Sofía le contó que se había especializado en la lambada y en el baile del caño. Tenía amigas, le dijo, estudiantes que vivían cerca de él, algunas con profesiones normales, que se habían hecho instalar un caño en su departamento, y se ejercitaban en el baile diariamente. A Elortis todo eso le parecía muy prometedor.

Le recordé que a él le gustaban las mujeres salvajes que corrían por los praderas ancestrales. Retrucó que subir y bajar de un caño no parecía algo muy civilizado, y que a algo parecido se dedicaba el mono Albarracín. Dejó a Sofía en un bar de Recoleta, cerca del cementerio. Intercambiaron los teléfonos; a ella le gustaba hablar cada tanto con hombres instruidos y sensibles.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 9. La abuela y los policías.

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9. LA ABUELA Y LOS POLICÍAS.

La abuela de Luis dormía sentada, con su cabeza apoyada en el bastón. Sonó el timbre. Una. Dos. Tres veces. La abuela se despertó y sus ojos se humedecieron. Se levantó, aferrándose del bastón, y caminó lo más rápido que pudo hasta la puerta.

—¿Quién es?—preguntó.

—¡La policía, abuela! Queremos informarle sobre su nieto.

La abuela se acercó a la ventana, corrió las cortinas y observó a los dos uniformados que estaban parados en la puerta. Volvió y la abrió.

—Soy el sargento Gómez y él es el agente Toruego.

 —¿Mi nieto sigue muerto?

Gómez, morocho teñido de rubio, puso una comprensiva sonrisa y miró a Toruego.

 —Mire, señora—dijo Gómez—. Venimos a decirle la verdad. Su nieto ha sufrido lo que los expertos llaman un “despertar”. Es común cuando la bala no alcanza el corazón, sino que sólo lo roza. Este “despertar” dura una hora o dos, según los expertos. Y durante el mismo, el muerto tiende a correr y escapar de su propio ataúd. Es una reacción refleja, ya que el corazón quedó sensible por el rozamiento y puedeee… despertar.

La abuela de Luis miraba fijamente a Gómez y movía sus labios deletreando algunas de las palabras.

 —Después del mismo—continuó Gómez mientras Toruego asentía en todo momento— el muerto deja de caminar y vuelve a estar tan muerto como antes.

 —¿Entonces, mi nieto sigue muerto?

  Gómez miró a Toruego seriamente y los dos asintieron con la cabeza.

  —Repito… tan muerto como antes—dijo Gómez.

  La abuela negó con la cabeza y les cerró la puerta en la cara.

Gómez esperó un momento y golpeó la puerta. Nadie abrió. Le hizo señas a Toruego para que empezaran a caminar hacia el patrullero. Los dos bajaron los peldaños que llevaban a la casa de dos pisos. Toruego miró a Gómez.

 —¿Se habrá creído todo este cuento?

 —Si escuchó algo…, ¿en serio me preguntás si se lo creyó?

  Toruego estaba serio y al escuchar lo anterior ensanchó su boca en una sonrisa.

 —No, no… era una broma, quería saber lo que ibas a decir.

Llegaron al patrullero, abrieron las puertas y entraron. Gómez puso en marcha el auto.

 —A mí me preocupaba el tío, pero desapareció, se tomo un avión y se fue a alguna parte de Europa…. La gente se olvidó del pibe. Todo el mundo piensa que lo encontramos a la vuelta en un terreno baldío y que el velatorio siguió a puerta cerrada para poder seguir con la investigación sobre los tipos que dispararon.

—¿Cuánto habrá pagado Soruello para que callaran todo lo que pasó?—preguntó Toruego.

—Soruello le hace favores matando a boludos que dicen cosas sobre el comisario que no tienen que decir… y, además, escuché que repartió un millón de dólares entre el comisario y los de la oficina de al lado —contestó Gómez.

—Eso basta para cocer la boca a cualquiera.

Gómez rió mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Para la mía bastó y sobró… ¡bastó y sobró la puta madre!

—¿Y el pibe dónde esta?

—No sé, todavía me cuesta creer que se haya levantado después de los tiros que le dieron los de Soruello… a mí me dijo que el pibe era su asunto, que nos ocupemos de dejar “tranquilos” a la viejita y a los amigos, escuchaste bien; “tranquilos”, si empiezan a joder hay que dejarlos tiesos… ¡qué sutil que es el viejo, eh!…¿Y qué más había dicho?…Ah, que la prensa también iba a ser su asunto.

Sonó una voz dentro del auto llamando urgentemente a los policías. Gómez pisó el acelerador.

Mientras tanto, bastante lejos, en las calles del centro de  Buenos Aires, Luis Marte caminaba con la frente alta y su cara desfigurada. Los patovicas de “La Esquina del Sol” habían ayudado a destruir, junto con la putrefacción, sus facciones. Luis tenía el mentón hundido y flojo. Sus cejas habían casi desaparecido y una piel quebradiza como tierra seca las reemplazaba. El tono de su piel era una combinación entre blanco y violeta, dejando lugar en numerosos lugares para el rojo, cuyo dominio eran las mejillas y la frente; ambas zonas mancilladas por los pequeños mordiscos de los gusanos. Una mejilla estaba raspada y la otra colgaba mientras caminaba, bamboleándose al ritmo de sus pasos. Se llevó los dedos a la piel colgante y la volvió a colocar sobre su hueso, apretándola hasta que quedó prendida.

(Tres moscones revolotearon en torno a su cabeza; estos tres insectos, desde aquella caminata nocturna, jamás abandonaron a Luis. Incansables e insobornables —Luis los quiso engañar muchas veces acercándose a diferentes asquerosidades—, en adelante siempre acompañaron a nuestro muerto; supieron escapar de sus decrépitas manos e incluso llegaron a posarse en ellas. Luis siempre odió a los cargosos bichos. Es por eso que no serán nombrados nuevamente estos heroicos moscones; no sólo para no quitar mérito a nuestro protagonista, sino porque han sabido convertirse en ambulante epíteto de éste. Tratemos, junto con Luis, de olvidarlos.)

Luis caminaba decidido y bastante rápido. Sabía que tenía poco tiempo antes de que algún otro gusano lo encontrara y aunque no sabía en qué gastarlo tampoco quería desaprovecharlo.

por Adrián Gastón Fares