El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6.

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El viejo dijo que cuando la embarcación en la que él viajaba, un bergantín, entró en nuestro mar, el faro donde ahora estaban era el que había guiado a su capitán para encontrar la playa en la noche. Fernando había terminado los estudios elementales en su pueblo y, tras la peste que había diezmado a las mujeres y niños tranies, decidió unirse a la tripulación de una embarcación que visitaba las costas del mundo traficando antigüedades. El capitán le confió el control de los desembarcos y el asiento de las partidas en el libro.

Esa noche, anclaron el bergantín y se dispusieron a dormir esperando la mañana; entonces se acercarían en canoas a nuestras costas y visitarían el pueblo. Ahora debo recordarles que nuestro pueblo fue siempre propiedad de los pescadores. Al ver la embarcación anclada en sus costas una turba fue juntándose en la playa. Cuando el primero de los extranjeros caminó por la cubierta del bergantín, fue recibido por unos cuantos disparos y se vio obligado a retornar a sus aposentos. Las agresiones continuaron y la embarcación levó anclas y abandonó nuestras costas.

Pero la tripulación sufrió la baja de un hombre. El que faltaba se había despertado temprano y, viendo que no había nada que hacer hasta que el capitán diese la orden del desembarco, nadó hasta la playa y luego caminó hasta el pueblo, donde trató en vano de que le cambiasen sus monedas. Luego escuchó los gritos y cuando alcanzó la playa, vio al bergantín adentrado en las aguas. Iba a hacer señas, pero entendió que los pescadores apalearían a ese extranjero y que, de cualquier modo, el capitán no se arriesgaría a acercarse a la playa.

Su tristeza no fue tan grande. En el bergantín tenía algunos amigos y nada más y aquí había visto a las jóvenes hermosas que hacían las compras a la mañana. Esperaba conseguir algún trabajo y empezar una vida nueva.

Empeñó su anillo y el reloj, que un día el capitán de aquella embarcación le había regalado, y así vivió los primos días en nuestro pueblo entonces sin nombre, hasta que la gente lo aceptó. Un pescador le consiguió trabajo y lo dejó vivir en su casa por unos días. Allí fue donde conoció a la esposa del hombre. Pronto esta mujer y él se enamoraron.

Cuando el pescador adivinó lo que pasaba quiso matarlo y Fernando tuvo que huir de esa casa, dejar el trabajo y el pueblo. Llegó a Obel, y ahí vivió un tiempo y dos veces vino a nuestro pueblo a reunirse en la playa con la mujer. Luego, la noticia de un embarazo lo amedrentó y decidió no volver al pueblo sin nombre. La decisión le costó el sueño de muchas noches, ya que sabía que la mujer lo seguiría esperando y todo el asunto lo hacía sentir un cobarde.

Recorrió el país, y cuando vio que ya no había nada más que ver y que ningún otro lugar se parecía a éste, tuvo ganas de volver a ver a la mujer que todavía no había podido olvidar. Fernando escribió una carta, que haría entregar a su amada por la chica que vendía cosméticos (la vendedora no era otra que la madre de Amanda, la asesina serial que fue asesinada por un asesino de asesinos seriales) Así es como, cuando la mujer del pescador tuvo la carta en las manos, ideó una estratagema.

Sabía quién era el padre de su primogénito y que si su marido se enteraba no sólo la mataría a ella, sino también al hombre que había amado. Ella ya había perdido el amor por el hombre que más la había hecho sufrir en la vida y sólo una cosa le parecía justa: que Fernando conociera a su hijo.

Les contó a sus hijos una historia. Siempre su madre le relataba este tipo de cuentos y no le costó mucho inventar uno. Era la historia de una chica española, hija de una hermana que ella tenía y del despiadado hombre que la perseguía para vengar una muerte. Así lograba que sus hijos empezaran a acercarse a la playa y que su marido la creyera loca. El viejo dijo que si había algo de locura en aquella mujer, entonces se notaba en la perfección con que había trazado su plan.

por Adrián Gastón Fares. (continuará…)

Intransparente. Capítulo 6, final de la Segunda Parte.

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6.

Al otro día, mi amigo del cursor y las palabras estaba deshauciado.

No era su padre ahora el sospechoso, no era su padre el abatido. No era su padre el que había caído. Tampoco él.

Era Martín, su hijo. Esta vez no corrían tan rápidas las palabras que se iban formando en el mensajero.

Salvo cuando copiaba y pegaba.

Martín, nunca me lo había dicho, se estaba quedando ciego (ni cuando habló de Andrés el ciego que tenían empleado en la empresa de audiolibros aceptó que su hijo, al que me quería enganchar, había perdido la mayor parte de su vista) Antes de ir al Amazonas, y ahora cerraba más todo, tuvo que sacar el certificado de discapacidad, y aceptar unos tratamientos en los que le pinchaban los globos oculares. Momentáneamente, y acompañado por esa empresa más parecida a la que siempre quizo realizar su abuelo, y también sintiéndose enamorado de una chica (la que quedó en el Amazonas con el cuasi chamán, Fernando, me dijo Elortis) su hijo se sintió más seguro y olvidó un poco esa problemática.

Ahora bien, en los últimos días su hijo se arrancó de la cercanía de los fuegos mapuches, en la bella Nonthue, para ser internado por su propia decisión en una clínica mental cercana, en San Martín de los Andes. No quería que lo visitara le había escrito. Simplemente no había tolerado lo que ocurrió.

¿Qué era, Elortis, por favor? Contá las cosas más rápido. El tiempo se nos acaba, le hice notar.

Resultó que la chica del Amazonas, Bonita (se llamaba Vonisol, pero bueno le decían Voni o Bonita) le había escrito un email a su hijo Martín. Parece ser que se había cansado del viejo de la selva. En realidad ya venía escribiéndole desde antes. Martín había quedado shockeado por esa separación tan singular y no se animaba a escribirle, aunque había tratado de que supiera de ese shock a través de terceros. Pero ella le había escrito un e-mail, dos meses luego de que se separaran.  Figuraba lo siguiente de esta manera:

Hola Martino (ella le decía Martino a su hijo, cariñosamente, parece) Te pido perdón, nunca fue mi intención lastimarte. Como vos bien dijiste, tuvimos dificultad en la comunicación, la percepción y la comprensión y eso acarreó que no pudimos protegernos. Fallamos como pareja pero no significa que no nos divertimos y pasado bien (copia textual, decía Elortis) el tiempo que estuvimos juntos. Yo no estoy enojada con vos, sino al contrario, te aprecio por todo lo que compartiste conmigo. Espero que estés mejor y te deseo todo lo mejor. (Te escribo con una flor en la mano, no sé qué variedad es, Fernando tampoco lo sabe)

Este e-mail amable y dentro de todo esperanzador, medio mal escrito, pero se entiende, son e-mails de finalizar una relación, de algo que termina y deja estelas, decía Elortis, no representaba una amenaza para Martín. Parece ser que pasado el tiempo, Martín se había empecinado a hacerle saber por terceros a Bonita que había actuado mal engañándolo con el viejo chamán. También le dijo que él nunca había creído que enterrar un cuerno de vaca en la humus terroso podría fortalecer la fertilidad del suelo y que estaba en total desacuerdo con esta cuestión con el viejo Fernando. Agregó que creer en eso no hablaba bien de la salud mental del viejo. Se lo contó a una amiga en común que tenían que llegó hasta la selva y entregó el mensaje, no sabe cuán bien decía Martín, dice Elortis.

Ahora, tanto tiempo después, le había llegado otro email, pero acá Elortis dice que hay que diferenciar e-mail de carta por extensión, en esta carta felicitándolo porque había seguido adelante con sus viajes por selvas y bosques. Pero la carta cambiaba de tema abruptamente para expresar lo siguiente.

Aprovecho esta ocasión para aclararte que no quise seguir viajando con vos, porque siempre sentí que no nos entendemos. Y esa incomunicación, más teniendo en cuenta que estábamos en la selva, un lugar donde la comunicación debería fluir mejor, me generó un desgaste mental y físico. Sos una persona muy complicada de tratar; sos obsesivo, autoritario, pero lo peor es cuando te ponés violento porque no podés controlar la situación (como cuando te dije que Fernando era una buena persona, que nunca haría daño a nadie)

Al principio de la relación, en Buenos Aires, pensé que era cuestión de adaptación, porque yo estaba estudiando y trabajando, y eso te irritaba porque para vos era poco el tiempo que le podía dedicar a la relación. Los sábados trabajaba todo el día y me parecía lógico que de vez en cuando estabas malhumorado. Yo estaba agradecida que aun así me tenías paciencia y que querías estar conmigo.

Las cosas fueron avanzando, y yo, decidí viajar con vos, porque insistías que te hubiera gustado cumplir los sueños de tu abuelo, Baldomero. Muchas discusiones tuvimos en nuestro camino final al hogar de Fernando y siempre la única manera de tranquilizarte era hacerlo a tu manera. Eso me hizo sentir que no me comprendías y que no querías compartir las cosas con una persona porque siempre tenía que ser como vos decís y hacerse como vos lo hacés. Mi rol en tu vida no era más que una muñeca de trapo ya que no podía NI opinar de qué caminos íbamos a tomar para llegar a nuestro destino, ni hablar de nuestro destino como pareja.

Aun así, estaba al lado tuyo porque te quería, porque sabía que esta relación era muy compleja por tu problema de ceguera. Durante todo ese tiempo tuve que tener mucha paciencia para comprenderte y entender que sos una persona egoísta, poco observador de la realidad, obsesivo y astuto solamente para lo que te conviene, es (sic, dice Elortis) porque está relacionado a estas cuestiones sin resolver.

Pero Martín (Bonita dejaba de hablar con el sobrenombre que le había puesto, mala señal, dijo Elortis) el gran problema por la (sic) me alejé de vos no es por tu visión reducida, ni siquiera por si tenés o no un trabajo fijo y estable (siempre me hacías notar la diferencia de poder entre Fernando y vos; Fernando siempre pudo subsistir curando almas y plantando manzanas con el dinero de su padre, antes; eso es lo que aprecié en el momento decisivo) Creo que sabés bien cuál es el problema y no lo querés aceptar. Porque enfrentar problemas requiere mucha valentía y fuerza de uno mismo, y en general, es más cómodo estar metido en tus problemas que salir de ellas (sic, aclara otra vez, Elortis).

Yo tuve la paciencia, hasta traté de ayudarte a aliviar de alguna forma tus problemas (¿te acordás cuando te dije que vayas a un psicólogo de la escuela del gran Rudolf Steiner o que tengo el corazón puesto en la biodinámica?; bueno, no quisiste aceptar eso)

Pero fue mi error. Vos nunca quisiste salir de ese espacio cómodo. Aunque insistiera en aprender de lo que a mí me gustaba.

Y cuándo te enfrentaba en la selva diciéndote eso, que no querías alejarte de tu espacio cómodo, aunque estuvieramos en un lugar tan grande, o que quería pasar la noche con Fernando, te molestaba mucho, porque sabías que significaba que no podías controlar más la situación conmigo.

Entonces, tu última opción fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello, aunque no veías bien y tal vez quisiste agarrarme la boca para que dejara de gritarte, como dijiste, fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello pensé que esa situación iba a ser la única. Un momento de descontrol y nada más.  Pero resultó que se repitió tres veces (si es que no hubo muchas más)

Cuando pasó la segunda o la tercera ya no quise estar más con vos, pero como sabía que estabas en una situación vulnerable pensé en aguantar de decírtelo hasta que llegáramos a otro destino en nuestro viaje. Que no te sacaras de quicio por cualquier cosa. Quería que se terminara esa pesadilla en la selva.

La situación se fue al carajo, creo que me quisiste matar una vez que me agarraste el cuello mientras te gritaba que eras un inútil y que no podía ser que no vieras lo que yo era y tampoco lo que era Fernando y sus seguidoras. Su hermosa alma.

El día que yo te clavé las uñas y el otro que vos me doblaste la mano me perdiste completamente porque dejé de confiar en vos. La situación se fue al carajo y decidí aceptar algo que venía creciendo en mí mucho tiempo. El ser libre con los demás. Abrazar la biodinámica de Fernando, gran discípulo de Steiner (incluso en las cartas astrales que armaba él me advertía sobre lo que pasaría)

Repito, necesitás ayuda de un profesional. Yo no creo en este momento poder darte la ayuda que tal vez necesites. Por eso espero que sigas yendo al médico (en realidad no te vendría mal tomar antisicóticos; tal vez seas como el de Una mente brillante, como ya te dije una vez, sabés que me gusta Rusell Crowe). Seguir manteniendo esa posición de que el causante de estos problemas y la separación era el estrés de la selva y tu ceguera incipiente que no te dejaba ver, es ignorar la verdadera causa e ignorar todo lo que sufrí este tiempo.

Separarme de vos y de todo lo que estábamos haciendo juntos, fue muy difícil, pero lo que aprendí y viví con vos, siempre va a estar conmigo. Por eso, a pesar de todo lo que pasó, siempre voy a estar agradecida por abrirme tus puertas y por el viaje que emprendimos sin saber cómo iba a terminar.

Te deseo lo mejor con mucha fuerza.

Elortis estaba casi tan devastado como su hijo. Martín no pudo procesar como la carta lo había llevado, con esa narración tan fría, a hacerlo sentir la peor persona del mundo, un nefasto, un violento por naturaleza que había intentado tomarla del cuello mientras ella, contaba Martín, le gritaba que él no sabía cómo plantar una batata en la plantación que habían improvisado con el viejo Fernando o una de los naranjos que él creaba.

Era la misma manera que tenía de tratarlo Baldomero a él, agregó Elortis. Igualito.

Para Martín, que confesó que seguía amando a esta chica hasta que llegó la carta, porque añoraba el verde que se iba volviendo oscuro ante sus ojos, los loros amazónicos y todo lo demás colorido que había visto y cada vez menos veía, y que ya iba a terapia, la carta lo había afectado muchísimo.

Mucho tiempo después me enteré que Martín, que nunca había sido violento en su vida, según refrendaba su padre en las últimas conversaciones, terminaría suicidándose colgándose de un árbol, oscuro, opaco, helado, en San Martín de los Andes. En las declaraciones a los medios, Elortis admitió que su hijo le pedía la eutanasia desde Neuquén. Que él había tenido que explicarle que en este país no existía y que recién se estaba empezando a tratar el tema. No estamos en Holanda, Martín. Y que no podía contrariar la decisión de su hijo de no poder sobrellevar la ceguera más el contexto o entorno duro que había tenido. Lo sentía mucho por la madre de su hijo, Miranda, declaraba, que todavía no caía en lo que había ocurrido.

La carta la había enviado su compañera de la selva, recalcó Elortis en la charla en que me copió lo que le copiaba desesperadamente su hijo. No era una persona cualquiera para Martín. Después de todo, él era psicólogo, y le parecía que el e-mail que, por lo menos, era raro. Y había sido enviado por Bonita desde Nueva York.

Ese día, aunque nunca hubiera previsto el final de Martín, fui yo la que humedeció la almohada, pensando en mi amigo y en su lastimado hijo. Y en la mitad de la noche, mientras mi madre dormía, me deslicé descalza por el parquet del living, con una remera y un short, para salir al pasillo de mi edificio y recorrerlo hasta el ascensor.

Iba a ir a buscar a ese hombre porque estaba segura que podía ser capaz de evitar algo inmitente. Incluso bajé así en el ascensor, dispuesta a preguntarle la dirección exacta cuando alcanzara la calle, pero algo me detuvo.

En la mitad de mi caminata, noté que estaba casi desnuda, que el short era mi ropa interior y no short, que la remera era transparente y se me notaba todo. Me vi en el espejo grande del hall del edificio. De cuerpo entero, alta, morocha y flaca como era. Mi cuerpo. Mi cara.

Inmediatamente, giré y corrí hacia arriba por las escaleras para aminorar la velocidad y sigilosamente volver a mi cuarto mientras un viento repentino abría las hojas de una de las ventanas. Y ahí volví a correr hasta encerrarme en mi cuarto. Donde me ovillé al lado de la puerta. Luego, me tranquilicé y pude arrastrarme a la cama.

Cuando quité las sábanas, salió volando una damisela, o caballito del diablo, azulado, iridiscente. Seguramente el viento y la tormenta que se acercaba lo habían perdido en la oscuridad. Me tapé la cara con la sábana ligera, mientras, sudada, lo veía alejarse, a través de la tela, desenfocado y brillante como si fuera una luciérnaga, volando hacia el cielo raso. Al otro día, no pude encontrarlo.

Pero esa noche soñé que el insecto era mucho más grande, con el cuerpo esponjoso y de color púrpura, y que volaba desde la ciudad hasta el bosque de árboles y que el resplandor que generaba entre las cortezas y las hojas hacía que, por vez primera, algunos de los árboles transparentes, incluso los más lejanos, se descubrieran, se comunicaran, a través de una intuición y un alfabeto que nadie más podía entender.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 6.

intransparente, novela

6.

 Por fin empezaba a sincerarse conmigo, a mostrar sus debilidades, y a contarme las situaciones que lo habían llevado al estado de indecisión en que se encontraba. La acusación contra Baldomero molestaba, pero en el conjunto era menos importante de lo que parecía; me da la impresión que a Elortis no le preocupaba tanto el pasado, sino que no sabía cómo encarar la vida por las dudas que le producían las personas que lo rodeaban. ¿Iba a seguir hundiéndose en terreno pantanoso? Ahora conocía a pocas personas, y se quejaba de que la única que le importaba podía ser, tranquilamente, un mono, un travesti, o un agente de la CIA, vaya a saber quién lo interpretaba adelante de la otra computadora.

Yo tenía todo el tiempo del mundo para conocerlo y no me preocupaba que empezara a mostrar signos de querer trasladar a otro ámbito nuestra relación. Me eliminó un par de veces para evitar hablarme y ahí sí me asusté. No lo vi conectado por unos cuantos días. Le escribí para saber por qué estaba tan desaparecido. Al otro día se volvió a conectar y nos quedamos hasta las cuatro de la mañana. Averigüe el lugar en que nació, la hora exacta, y por supuesto, el día. Le explique que estos pormenores eran para calcular nuestra sinastria. En una página de Internet cargabas estos datos personales de una pareja. Obtenías como resultado la comparación de las cartas natales y la compatibilidad de la unión según en qué casa estaba el sol cuando nació cada uno. Algo así. Resultó que, a pesar de que nuestros signos eran opuestos por naturaleza, nuestra sinastria auguraba una relación llena de entendimiento, un choque promisorio de influencias planetarias, que se convertiría en un estímulo para su trabajo creativo. A su vez, Elortis promovería en mí los pensamientos espirituales y profundos típicos de mi signo. Aunque podía haber roces; nada que la paciencia y la compresión mutua no pudieran solucionar.

A Elortis le gustaron mis preguntas. Puso que se sentía bien conmigo. Yo le mandé una carita sonrojada, seguida de otra pestañeando.

Que descanses y sueñes con los angelitos, adiós, nos hablamos.

En el próximo registro leo que para matar el tiempo se dedicó a grabar con su propia voz algunos de los poemas de Ricardo Zelarrayán y un par de cuentos de Chesterton. Me lo imagino leyendo en voz alta en la soledad de su departamento, no tan lejos de donde yo vivía con mi madre. Por ese tiempo, me llamaba maestrita irónicamente, y a veces maestrita cabeceadora. Estas referencias le gustaban a él nada más.

Un día Augustiniano me fue a buscar a la facultad y me encontró sonriendo frente a la computadora del centro de cómputos. Desde ese día en adelante, fue el único que supo de Elortis y lo odió para siempre. Los celos que tenía Augustiniano eran enfermizos, en su mente Elortis era un perverso que quería aprovecharse de mí supuesta inocencia. Y como le conté la historia bastante completa, pensaba que mi amigo quería redimirse conmigo de la desilusión que le había dado su ex novia al brindarse antes a su tío. O, tal vez, peor, su plan era usarme para vengarse de la sociedad, al andar con una chica mucho más joven, casi una adolescente, igualito que el tío Oscar. La víctima pronto se convierte en victimario, más si no tiene suerte, afirmaba Augustiniano, y así crece la perfidia en el mundo.

Pero mi medio hermano exageraba; también veía con malos ojos que yo mantuviera conversaciones con otros amigos, mi argumento de que lo hacía para conocer mejor el carácter general de los hombres no lo convencía. Al igual que a Elortis; ahora me doy cuenta que los dos en el fondo eran muy parecidos.

Les gustaba tirar de los hilitos que colgaban de los pensamientos prefabricados de la gente. Yo estaba preparada para vivir, no andaba levantando las piedras como ellos para ver qué bichos encontraba abajo. Observar, describir e investigar los ecosistemas que hacían posible la vida en la tierra no era lo mío. Elortis afirmaba como su padre que no creía en los signos; sin embargo, los buscaba día y noche, se la pasaba haciendo eso en vez de disfrutar la vida de otra manera. Releía a Aristófanes y creía con Mnesíloco, y con su padre, que nos habían hecho en forma de embudo los oídos —¡un laberinto!, Elortis— para que la realidad fuera inaprensible.

Después de leer un poco de Las Tesmoforias para darle el gusto a Elortis, le comenté a Augustiniano que yo debía ser una especie de Eurípides pero a la inversa, una infiltrada, haciéndome amiga de un hombre maduro, entre comillas le aclaré, para conocer las vueltas del pensamiento masculino. Pero cuanto más conversaba con Elortis, más me daba cuenta que los hombres no tenían ningún misterio, o tenían menos que las mujeres, ellos eran los descifradores y se pasaban los días en las nubes. Hasta él reconocía que eso de que la mujer era una esfinge sin secreto sólo podía haber sido dicho por alguien que no se sentía atraído realmente por ellas como su querido Oscar Wilde.

Ya que Elortis me enseñaba algunas cosas, yo lo retribuía aconsejándole sobre los productos de limpieza que le convenía comprar en el supermercado (él también me recomendó un negocio chino donde comprar pastas integrales, jengibre y tofu entre otras cosas, aunque yo prefería las hamburguesas: para qué dietética, siempre fui flaquísima, una morocha lánguida para Elortis, de esas que nada más existen en nuestro país) y le sugería pubs o boliches con onda, para sus salidas con Romualdo, donde encontraría personas de todas las edades.

Antes Elortis tenía una amiga con la que hablaba diariamente como conmigo y se le ocurrió presentársela a su amigo para que se divirtiera un poco. Romualdo agarró viaje y terminó de novio con la chica. Elortis cortó las charlas porque de ahí en más prefería que fuera la novia de Romualdo y no su amiga. La chica se enojó. En uno de los cumpleaños de Romualdo ni siquiera lo saludó. Miranda, con la que todavía estaba de novia en ese tiempo y había ido con él a la fiesta, quiso saber por qué Romualdo no se las había presentado. No convenía armar parejas entre amigos, sugiere.

Más allá de este episodio desagradable, él respetaba a Romualdo y lo tenía por un amigo alegre y fiel, de esos que da gusto tener. Tenían códigos entre ellos que no compartían con los demás. Yo con mi amiga Agos, igual.

Cuando Elortis volvió a pedirme que nos viéramos, le pregunté si no le molestaba que fuera con ella. También lo cargaba con mi supuesta ambigüedad sexual, como si me gustaran las mujeres y por eso fuera imposible que me interesara alguna vez por él. Elortis se reía un poco con estos juegos pero enseguida se hastiaba. Algunas bromas, esas que se hacían para evadir un asunto, no le gustaban. La ironía para él era una epidemia. Sólo lo patético lo convencía y lo hacía reír espontáneamente porque iba directo al grano.

Cada tanto algún periodista lo llamaba para invitarlo a un programa de chimentos y matar dos pájaros de un tiro: que hablara de su programa y a la vez diera su versión sobre el caso Baldomero Ortiz, profesor emérito y facho. Lo bien que le hubiera venido aceptar esa plata, me decía. Pero en vez de dedicarse a algo que aumentara sus ingresos se la pasaba buscando personas que hubieran tratado a su padre. A muchos los encontraba de casualidad. Él decía que no podía hacer varias cosas a la vez y que ahora tenía que ocuparse de ver si su padre había sido un agente civil de la dictadura, o un profesor controvertido, diletante, lengua larga, provocador; o todo junto.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 6. El baile del zombi.

novela, suerte al zombi

6. EL BAILE DEL ZOMBI

 

Al despertarse, Luis sintió cómo sus huesos le demandaban una acción, su alma, movimiento. Sentía una gran excitación y odio que se transformaron en una sola necesidad; levantarse del aquel piso sucio y golpear la puerta hasta que se saliera de sus goznes para salir triunfante.

Arremetió contra la puerta del lavabo y se adentró en la pista del boliche nuevamente. Se podía ver por su paso seguro y rápido que estaba lleno de una profunda furia y que estaba decidido a hacer algo. Caminó como un zombi valiente, decidido a dar su muerte por algo, y se adentró en la pista.

Se acercó a las dos chicas que todavía estaban bailando. Ahora, ocupaban una zona  cercana al centro del boliche. El reflector blanco electrificaba a la pista con veloz intermitencia, creando un tiempo distinto, fotografiando a las danzantes figuras en caóticos segundos.

Ya cerca de la chica de cabello corto, Luis se detuvo y empezó a mover su cuerpo de una manera salvaje, como nunca lo había hecho antes. Elevaba las manos por arriba de su cabeza y luego las bajaba hasta tocarse la punta de los zapatos. Mientras levantaba las manos movía sus caderas brutalmente, cada vez con  más emoción y furia, siguiendo el ritmo de la música.

Las miradas de las dos chicas y de las demás personas fueron a parar al cuerpo de Luis, que, como un payaso empedernido, parecía querer llamar la atención recurriendo a cualquier estupidez.

Algunas personas habían retrocedido para dejar lugar al movedizo cuerpo del joven. Éste, se tapaba la cara con las manos dadas vueltas, simulando el antifaz que usaba Batman; como si fuera un tío bobo tratando de divertir a un sobrino aburrido. Dejando las manos trenzadas sobre su cara, daba pasitos adelante y atrás cantando casi por encima de la música:

—¡Besá al zombi!, ¡Besalo!

Era su canción, la música parecía haber dejado de salir de los parlantes y una banda de putrefactos músicos interpretaban una sola y única canción: ¡Besá al zombi!

Se escuchaban trompetas, trombones, bombos y platillos, una murga salida de algún extraño carnaval, todo esto mezclado con música disco de fondo. Los pasos de Luis Marte eran espantosamente frenéticos mientras abría su boca y dejaba salir los sonidos. Las dos chicas y el grupo que estaba bailando cerca se habían detenido y lo observaban con una mezcla de admiración y repulsión; sonrisas que se convertían en morisquetas de imitación y éstas en risas. Luis Marte seguía:

—¡Besá al zombi!…¡Besalo ya!…¡YA!.

Bombos sonando.

— ¡YA!—

Trompetas con platillos.

 — ¡YA! —

Otra vez los bombos.

 — ¡Nunca!…¡Nunca… lo vas a olvidar!—Horrible, sin rima ni sentido, el joven creaba su soneto.

Era su canción, la música surgía de su pútrida garganta como si ésta fuera un gran instrumento de viento: su voz, a veces grave, asemejaba a un trombón o un saxo; otras veces, trémula, se convertía en un chillido agudo y desarticulado que sonaba como una nota distorsionada por los pedales de una guitarra eléctrica. Su voz salía enérgica, ni constante ni coherente, de su garganta que había empezado a pudrirse.

Tal vez, la de Luis no fuera una voz tangible. Era posible que su alma se manifestara aún con su cuerpo y lo usara como instrumento para comunicarse.

Las dos chicas habían empezado a moverse nuevamente y mientras bailaban, moviendo sus caderas al ritmo de la música, pasaban sus manos por sus cuerpos, palpándolos y haciendo movimientos pélvicos que excitaban de sobremanera a Luis. La pelirroja miró al joven y empezó a reírse mientras le hacía señas a su amiga para que lo observara. Ésta miró a Luis a los ojos y por un momento los dos se entendieron. La chica dirigió su mirada a otro lado y trató de seguir riendo y bailando.

Luis se acercó cada vez más a ella. Puso nuevamente las manos en su cara y creó su antifaz mientras cantaba la insoportable canción y se acercaba bailando. Paso a paso, acechante:

—¡Vamos!

La cabeza un poco hacia delante.

—¡Nena!

Moviendo la cabeza para atrás y señalando a la chica con la mano.

—¡Besalo!-¡Besalo!-¡Besalo!

La cabeza para atrás, mirando los reflectores en el techo.

—¡Qué se le pudre el corazón!

Cerca, muy cerca, meneando su cadera y señalando a la chica, cuya amiga seguía mirando a Luis y riéndose.

—¡Vamos, nena!…¡Besá al zombi!—Más cerca— ¡ya!, ¡yA!, ¡YA!

Mientras la chica seguía bailando y trataba de obviarlo, Luis bajó sus manos deshaciendo el antifaz y se abalanzó hacia ella.

Buscó la cabeza, la aferró por el cuello y la acercó a su cara para besarla. La chica empezó a forcejear y le pegó un rodillazo en el estómago que no le produjo dolor a Luis, pero que lo hizo retroceder. El alboroto no solo había atraído a las personas que estaban en las mesas, que se habían reunido entorno a la pista para mirar; sino que el forcejeo de Luis había despertado a los patovicas de sus estáticos sueños.

Éstos estaban cerca de las puertas, parados y cruzados de brazos. Los dos, el musculoso de cabeza rapada y el alto de pelo largo, se acercaron empujando a la gente, sacando a los curiosos del camino, sin poder ver la causa del tumulto. Al verla, quedaron por un momento pasmados, sorprendidos.

Luis, en el tiempo que habían tardado los dos guardias en llegar hasta él, se había bajado los pantalones y se le había ocurrido una nueva canción.

Así; con los pantalones negros descansando sobre sus zapatos, plantados éstos en el piso blanco de la pista, y sus calzoncillos verdes cayendo desfallecidos, de esa manera, Luis Marte gritaba con alegría en su rostro.

—¡No pudieron matarlo!

Miraba su vientre.

—¡Vengan y cuelguen sus banderas en mi mástil!

Los guardias dejaron que el espectáculo dure un segundo más; estaban asombrados. Luis reía, como al despertar, pero aún más fuerte mientras miraba su vientre.

 —¡Está vivo!…¡Está vivo!—gritaba sobre la música; sus cuerdas vocales muertas se habían retraído en su garganta y el alma podía salir de su interior fácilmente.

Los dos guardias rompieron su estupor y actuaron rápidamente, sin darse cuenta que habían presenciado una auténtica resurrección.

por Adrián Gastón Fares