El nombre del pueblo. El pueblo. 4.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 4.

 

4.

Ahora pienso; ¿qué persona adulta actual, ocupada, con actividades sociales, deportivas y culturales programadas, los días sellados a fuego contra la soledad, perdería tiempo en una amistad virtual con un tipo como Elortis? Yo en aquel tiempo estaba sola, sola como cuando decidí en estas vacaciones revisar los archivos para darle forma a esta especie de pregunta sobre Elortis.

La ciudad está casi vacía, ayer fui a tomar mate con una amiga a la placita que está en Cabrera; hoy, con el sol, agarré Callao hasta Quintana y me fui caminando hasta Plaza Francia, escuchando música, mascando un chicle por los nervios. En Recoleta vive la chica a la que le compro los cosméticos, pero es domingo y no podía pasar a buscar la crema que le encargué. En una esquina me crucé con una viejita en silla de ruedas empujada por una sirvienta negra. Tenía ganas de cruzarme con una persona en especial, tal vez por eso salí a caminar.

Mis amigas me dicen que vaya al psicólogo. Piensan que tiene que ver con la historia de mi padre. Pero últimamente tengo la cabeza puesto en esto que estoy escribiendo. Hay un chico, Hernán, con el que estoy saliendo. Me pasa a buscar en auto por mi casa y vamos a cenar. Siempre llega un poco tarde, y los fines de semana la pasa con sus amigos o visita a su madre. Para mí, mucho mejor. A mamá le cayó bien porque su padre trabaja en el Gobierno de la Ciudad. Hernán ahora se fue a recorrer el sudeste asiático y Nueva Zelanda con los amigos. Me escribe mensajes diariamente. Subió fotos de koalas, qué ternura, y de bicicletas de todo tipo, más que nada esas con techito. En otra, Hernán está en un barco de madera frente a un islote en la Ciudad Prohibida —Purple Forbidden City, puso él en las descripción de la foto.

También estuvo en Vietnam (donde vi algo que no me gustó ni medio; lo vi nadando con los amigos y un grupo de chicas, entre ellas una rubia que aparece abrazándolo en otra foto) y Camboya (paseando por una feria y frente a unos minaretes que se reflejaban en un laguito oscuro; en otra foto dice que es el templo de Angkar). También vi templos abiertos entre los árboles gigantes y hasta una estatua de cara sonriente ubicada en los huecos de una raíz enorme. Aparentemente, las raíces y los árboles dominan todo en Camboya, se derraman por todos lados.

Siempre en ojotas —yo no sé cómo hace para  recorrer tanto en ojotas— y en cuero. Le gusta mostrar los músculos. En Tailandia aparece otra vez con la rubia compartiendo nada menos que la montura de un elefante. Aparece solo delante de templos budistas dorados, y en una canoa mirando otra canoa, repleta de verduras, frutas y hortalizas. En otra mira, sonriente, como un monje abraza a un tigre encadenado. Impresionante, el agua turquesa del viaje a Ko Phi Phi.  Las últimas fotos que subió fueron las del Templo de los Monos, un lugar que sería la delicia del padre de Elortis, supongo. Ahora él y su grupo están en camino a Nueva Zelanda. A la vuelta tiene que preparar unos finales.

Augustiniano, está de novio con una amiga que conoció en mi cumpleaños, aunque creo que sigue enganchado conmigo. El año pasado seguí yendo con los compañeros de trabajo a ese bar que está en un subsuelo, más yanqui que irlandés, que se llena de extranjeros. Ahí nos habíamos cruzado con Elortis por única vez. En los televisores juegan al rugby, pasan lucha libre, boxeo o fútbol americano. Llenan jarras de cerveza mala (leyenda urbana: corre el rumor que la alteran con algunas sustancias para mantener dispuesta a la clientela femenina).

Cuando yo recién empezaba a conocer ese bar, quise que Elortis captara el mensaje subliminal de mi subnickte espero donde nadie oye mi voz—, tal día Elortis, tal día en tal lugar voy a estar yo con mis amigas, ese lugar que te comenté en una conversación, que apenas se podía hablar por el volumen alto de la música, sentada en una mesita, con la jarra de cerveza en el medio Elortis, riendo medio tensa porque vos podés aparecer en cualquier momento, y no sé si voy a poder hablar. ¿Por dónde empezar? Si ya nos hablamos todo, o por lo menos vos te hablaste todo.

Sin embargo, ahí terminé conociendo a Hernán, que es compañero de comercio internacional del novio de Agos. Ahora, a veces tengo esa sensación a la que se refería Elortis de olvidarse algo, más que nada cuando llego del trabajo y ceno con mi mamá o estoy con Hernán, es como si tratara de cerrar una puerta pesada. Confío en que este libro me ayudará a cerrarla, aunque tengo que admitir que por ahora no hizo más que hacerla batiente. Por lo menos, airea mis pensamientos.

Soy una persona feliz, de eso no me caben dudas. Sin embargo, un día le advertí a Elortis, para agregar un poco de drama al asunto, que yo no pasaría de los cuarenta años, que me veía muriendo joven como Marylin (incluso usé un tiempo de foto de perfil a una de Marylin sonriendo —los labios separados, como dejando escapar el hálito vital que le enciende los ojos. Después de todo, me resfrío fácilmente y los huesos me duelen seguido, además de la operación que tuve; por suerte las cicatrices ya se fueron.

En una conversación, Elortis se acordaba que durante la primaria fue a un asalto —de una compañera que tenía un tero suelto en el fondo de la casa—, y al principio él tenía vergüenza y se mantenía distante, pero al rato estaba haciendo chistes y bailando, me dijo, pero justo empezaron a caer los grandes para buscar a los invitados, y la fiesta se terminó. La muerte debería ser así, conveníamos, en lo mejor de la fiesta te vienen a buscar. Juancito, vinieron a buscarte.

Un día Elortis se puso en el recuadro del mensajero una foto cortada a la mitad, se notaba que había suprimido a alguien más que lo abrazaba por la cintura o por lo menos una silueta bastante pegada a él, más que seguro Miranda. Estaba sonriendo. No aguanté más. Lo saludé: Elortis, qué te hacés con esa foto. Graciosa la foto, parecía canchero y ridículo a la vez, bronceado y con el pelo revuelto porque era en la playa. Retomamos la comunicación.

Venía de comprar un repuesto para la lapicera papermate que usaba para escribir. De paso, se había traído algunos tés nuevos para probar: té abu, una cucharadita de esas semillas en medio litro de agua y hervir quince minutos como reemplazante del café (pero no le gustó mucho el sabor, y el olor era medio nauseabundo como de chino transpirado, aunque nunca olió a un chino que lo perdonaran, o a salsa de soja recalentada) té blanco que sí le gusto, té banchá, concentrado y refrescante (el empleado, muy amanerado y amable, le explicó también que, a diferencia del té verde común, el banchá se deja tres años en la planta antes de cosechar), té de vainilla, miel y manzanilla para cuando tuviera ganas de algo más dulce, y té de jengibre de Singapur. Y ya que estaba se llevó una raíz de jengibre para condimentar, y echarle al mate. También se compró un paquetito con nueces, pistachos, almendras y pasas de uva que devoró al instante porque estaba nervioso.  Al empezar la semana, se le había ocurrido llamar a la misionera para ver si estaba sola e invitarla a salir. Ahora que no estaba con Miranda se sentía libre y fuerte para hacer este tipo de locuras. Estaba pensando mucho en los ojos verdes de la misionera (¡justo se me tenía que ocurrir hablarle!)

A pesar de los años, le reconoció la voz al instante. Estaba con amigas y le pidió disculpas por no poder hablar. Elortis escuchó que alguien se reía sarcásticamente del otro lado de la línea, y se le ocurrió que tal vez ella estaba con el estudiante de medicina y, al ver que la llamaba otro hombre, un desconocido, el tipo habría decidido dar un portazo de celos. Porque eso había escuchado: un portazo. Después ella dijo que se le había escapado el perrito caniche que tenía y cortó la comunicación. Elortis, que desde que había ido a Mar del Plata con Sabatini no probaba un cigarrillo, necesitó fumar súbitamente. No podía ser que hiciera esas locuras, y además se sintió despreciado por la mujer que le gustaba. Salió disparado hacia el ascensor, y mientras caminaba por el largo pasillo advirtió que se había olvidado la llave. La única que tenía una copia de sus llaves era Miranda y no pensaba llamarla.

La puerta del edificio estaba cerrada, así que se quedó sentando en el silloncito del hall; eran casi las doce y no aparecía nadie que le pudiera abrir. No había movimiento en el estacionamiento de enfrente. Al rato escuchó el ruido del ascensor. Le pareció que tardaba mil años en llegar a planta baja y otros mil en correrse la puerta metálica. ¿Y quién había salido del ascensor con aire para nada distraído? ¡El hombre de equipo deportivo! Esta vez sin la gorrita, era medio pelado, y lo miró de reojo mientras atravesaba el hall hacia la calle. No podía aprovechar la ocasión para salir. Ya en la vereda el tipo prendió un cigarrillo, y después retrocedió para apoyar la espalda en la pared del edificio y empezar a fumarlo tranquilamente, mientras miraba hacia el fin de la calle, como si esperara que apareciera un taxi o un colectivo. Para Elortis era demasiada casualidad que bajara casi al mismo tiempo que él. Se le fueron las ganas de fumar. El miedo le dio la solución: podría pasar a través del balcón de los vecinos, una pareja de viejitos amables.

Ya me había hablado de ellos una vez. Con el alquiler de la casa con piscina que tenían en Pilar pagaban el alquiler y los gastos de su departamento. El hijo, que venía cada tanto, se ocupaba del campo que había comprado donde criaba corderos que vendía en negro a mitad de precio. A los viejitos apenas le alcanzaba con la jubilación para darse algunos gustos. Compartían con Elortis el servicio de cable. Aunque usaban más la radio, que escuchaban por la mañana temprano y a la tarde, y cuando la empleada doméstica sin querer desplazaba el dial de su emisora preferida, el viejo iba a golpear la puerta de Elortis para pedirle que le sintonizara la frecuencia. Tenía un sillón mullido al lado de la radio donde Elortis se hundía para apretar los botones. A él, que dormía hasta tarde, lo deprimía escuchar desde su cama la cortina musical del noticiero.

El día que Miranda se había llevado algunas de sus pertenencias antes de la mudanza en sí, la de los muebles y electrodomésticos más pesados que eran de ella, Elortis estaba esperando en el hall de su edificio con una bolsa a sus pies —zapatos y ropa— mientras el hermano de su ex llevaba un televisor hasta el coche que había dejado a la vuelta. Justo bajó su vecina, la vieja, y le preguntó qué estaba haciendo ahí parado, como un fantasma. Respondió que se iba a separar, que su novia se estaba llevando algunas cosas. Elortis no quería explayarse mucho —el hermano de Miranda volvería en cualquier momento. La vieja le dijo que hacía muy bien, era joven, para qué perder el tiempo en una relación que no funcionaba —se ve que Miranda nunca le había caído bien— y, de paso, le aconsejó fervientemente que no se casara nunca —debía tener algunos problemas con el viejo. Mientras Elortis escuchaba a la vieja, la puerta del ascensor se abrió y salió una rubia alta, caminando con la mirada más alta todavía, que pasó por su lado sin verlo ni tampoco reconocerlo —estaba barbudo en aquel momento. La que salió del ascensor, que era apto para profesionales y por lo tanto tenía varias oficinas, no era otra que una de las más lindas de sus compañeras de secundario. La chica, ahora una mujer claro, se mantenía muy bien. Se acordó que era la que le gustaba. No entendí bien a qué apuntaba, pero me dijo que no sabía qué mecanismos de la realidad podían llevar a un encuentro de este tipo. Prefería callar al respecto, no podía revelar los detalles que, después rememorados, vaticinaban ese encuentro. Para colmo, en un momento difícil de su vida. Mejor no hacerse el vivo con estas cosas. No sé si volvió a cruzar a su compañera del secundario. Por lo menos, no habló más del tema. Pero dijo que ese inesperado encuentro le había hecho pensar que él era inocente al dejar a Miranda y, cuando finalmente se enteró que su ex novia seguía viendo al tío Oscar, que era algo así como el hombre de su vida, lo interpretó como un signo precioso.

El fin de semana volvería el hermano de Miranda para seguir mudando cosas, y después terminarían los tres en el primer piso del McDonald’s  de la calle Uruguay, entre tomos jurídicos de yeso que decoraban las paredes (no sabía qué era ese edificio antes, pero estaba a tono con la zona cercana de tribunales). Separarse era muy doloroso; no dejaba de besar la espalda de Miranda la última noche que durmieron uno al lado del otro, aunque no la quisiera (Mmm…, Elortis) habían crecido juntos.

En fin, sin llaves, Elortis golpeó la puerta de sus vecinos, los viejitos, y a los quince minutos notó que se prendía una luz del otro lado y que preguntaban con voz dispersa y ronca quién era. Explicó que se había quedado afuera mientras el viejo, con los pelos blancos pegados a la cabeza, aparecía tras la puerta. Parecía tener cien años más. La vieja era una presencia espectral; se asomaba desde el dormitorio, con una mueca de hastío porque la había despertado. Después, Elortis se encaramó cuidadosamente a la baranda del balcón, sin soltar el panel de acrílico que separaba los balcones, y empujando con su cabeza las ramas del árbol, logró pasar primero una pierna y después la otra. Los viejos querían saber si estaba seguro que había dejado la ventana abierta y si ya había podido entrar, pero Elortis no contestó; entre los helechos de su balcón había visto a un bulto peludo que, saltando desde las barandas a las que estaba prendido, al instante se deslizó y perdió, con movimientos rápidos y precisos, por las ramas del árbol.

O la emoción del peligro de pasarse de balcón a balcón le había hecho subir la presión y como consecuencia alterado la visión o la carita que lo miró un segundo era la del mono Albarracín. Si era el mono, había crecido; era una sombra angulosa, pero bastante grande, con dos pelotitas brillantes, inexpresivas, por ojos. Si no era el mono, Elortis no podía creer que una alimaña de ese tamaño viviera en el medio de la ciudad, escondida en esos árboles. Llegó a pensar que la sombra había salido de adentro de su pieza. Pero, a pesar de todo, no podía precisar si en realidad lo había visto. Encontró todo ordenado y en su lugar, salvo un lapicero derribado en su estudio; las lapiceras, los dos sacapuntas, y los lápices esparcidos en la alfombra. Podía haber sido el viento o Motor. Aunque el gato dormía profundamente sobre un almohadón.

Al otro día escuchó la voz de la misionera en el contestador. Llegó a atender y, aunque estaba asombrada de que se acordara de ella después de tantos años, acordaron en verse por la noche; se había comprado un celular nuevo, con muchas prestaciones y no sabía cómo conectarlo a la computadora. Elortis se acordó que a la misionera siempre se le rompía algo como excusa para que él fuera a su departamento. A la noche ella estaba tan linda como siempre, a pesar de los años que pasaron desde la última vez que la había visto, y Elortis de los nervios y la emoción no podía desentrañar cómo conectar el aparatito a la computadora; el sistema operativo no lo reconocía. La misionera quiso saber qué había pasado con Miranda, y Elortis no supo explicarse bien tampoco. Le brillaban los ojos y lo miraba fijo, como evaluándolo y seduciéndolo a la vez. Su mirada, como siempre, le tiraba de las entrañas.

En el sillón tenía un peluche, un osito que le había regalado el estudiante de medicina, que a esa altura sería médico recibido ya, aunque Elortis no quiso preguntar. Igualmente, ella le comentó con tristeza que habían vivido juntos en otro lugar y ahora se habían tomado un tiempo.

Mientras Elortis trataba de que la computadora reconociera el aparatito para pasarle unos Mp3, la mujer se sentó a su lado y buscó su boca como un animal que le levantaba la cabeza a otro. Los labios de la misionera —Elortis se vengaba de que yo nunca lo saludaba— eran esponjosos y dulces, y él cerró los ojos. Pero ella no quiso acostarse con Elortis después, tal vez porque mientras lo miraba tirada boca abajo en su sillón largo, él trataba en vano de que el celular se comunicara con la computadora. Habría pensado que era un inútil o que era un mal presagio que no pudiera solucionarle el problema. Antes, cuando engañaba a Miranda con ella, le llevaba chocolates, y los comían después de hacer el amor. Aunque a ella le gustaba tomar Coca Cola cuando terminaban. Pero volviendo a los chocolates, aquel día, siguiendo la costumbre, Elortis le había llevado un chocolatín —un Jack. Aunque a Elortis no le gustaban Los Simpsons, el chocolate venía con muñequitos sorpresas de esa serie animada, y cuando ella, que sí le gustaban, lo abrió, puso cara de mal gusto al descubrir a ese empresario flaquito y jorobado: Mr. Burns. Entre tantos Jacks de la pila, ¿por qué había elegido justo ése?; si era el que estaba abajo del primero.

También me tenía que contar que antes, cuando él engañaba a Miranda con ella, su amigo —palabras de Elortis— a veces no le funcionaba como debería. Ella le gustaba mucho y se ponía nervioso, o era porque estaba actuando mal, o había algo que entre ellos no congeniaba; o eran las tres posibilidades juntas. Después de separarse de Miranda, había estado con una chica con la que le pasó lo mismo, y ella, por suerte, le confesó que siempre que se acostaba con alguien, la primera vez tenía ese problema. Como las dos mujeres tenían complejos por tener senos pequeños, y le impedían a él el acceso libre a sus pectorales, Elortis relacionaba su súbita impotencia a este tipo femenino, que debía evitar de alguna forma, aunque eran las que más le gustaban… Lo que molestaba era el complejo, algo que él no entendía porque no se fijaba en el tamaño de los senos. En cambio, le llamaban la atención las piernas, las caderas y los traseros. Y en esto último la misionera era una modelo, decía.

Nunca se le había ocurrido tomar Viagra, pero antes de ir a ver a la misionera se informó y habló por celular con un tipo llamado Tomás, que le recomendó los masticables; al rato recibía, en manos de un motoquero, un sobre de papel madera herméticamente cerrado; Elortis lo pagó sin revisar el contenido mientras el portero fingía no interesarse en ese intercambio extraño de dinero y mercadería. Hacía mucho tiempo había hecho lo mismo con el software trucho, ahora ya se podían bajar los programas por Internet.  A mí no me sorprendió lo del Viagra, porque los chicos de la oficina jodían con eso todo el tiempo y algunos confesaron tomar cada tanto. Elortis me aclaró que con las demás mujeres nunca había tenido problemas, pero había que ser precavido; los cuerpos y las mentes eran cada vez más artificiales, y eso lo afectaba.

Antes de despedirlo con un beso, la misionera le dijo que no sabía si se volverían a ver, que tenía que hacer un viaje a sus pagos. Sus padres la iban a asistir durante la operación que se haría para arreglar una imperfección. Al principio dijo que eran unas venitas en las piernas, pero después le confesó que en realidad quería las lolas. Como decía, Elortis había notado que ella anulaba esa parte de su cuerpo (o no dejaba que le sacaran el corpiño, o no parecía sentir nada cuando la besaban ahí —¡Elortisss!—; no era el único caso decía mi amigo) Por suerte, yo no tengo mucho pero estoy conforme con lo mío.

Al final, cuando ella volvió de Misiones, Elortis me contaría que habían ido al cine y a la vuelta no lo invitó a pasar; se ve que había vuelto otra vez con el médico —efectivamente, ya se había recibido. Hacía tiempo que la misionera había decidido que él no era un buen partido; ¿para qué insistir? Ella quería al médico y esperaba por la eternidad que él se decidiera a formalizar con ella. Antes, cuando la conoció, le decía terrible cuando engañaba a Miranda con ella, pero lo amaba; terrible debe significar amor terreno, aclara Elortis. Ahora le dijo que era tierno y bueno, y lo mandó de vuelta a su casa. Así que las ignotas tetas que se había puesto la misionera estaban dedicadas al médico. A Elortis le dio bronca, aunque confesó que se desenamoró muy rápido de ella; en el fondo, no se entendían. Tal vez ella había aparecido en su vida sólo para alejarlo de Miranda. Aunque todavía le gustaba porque se parecía a la actriz de la película, y no era muy distinta de las castañas que él quería encontrar en estado salvaje. Se ve que Elortis sabía engañarse a sí mismo cuando no lo querían.

Decía que las operaciones estéticas se cruzaban en la historia de su vida para darle un aire más patético. Otro ejemplo; la única vez que los padres de Miranda visitaron el departamento donde se había mudado su hija para convivir con el novio fue el día que la madre tuvo que revisarse en una clínica cercana las tetas que se había puesto. Elortis no sabía qué decir, si hacer alguna broma o no. Su suegro parecía bastante contento. Era la influencia de las amigas del club, su suegra lo aceptaba; una se hacía una operación y las demás la seguían; la sociedad era muy demandante; más adelante se haría una lipo. A Elortis no le gustaban particularmente las mujeres tetonas, pero si tenerlas chicas o caídas era un problema para ellas, en fin. Con respecto a su suegra, siempre estaba bronceada y, a veces, lo atraía más que Miranda.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 4.

4.

Más o menos por esos días, cuando me enteré de lo de mi ex y creí ver a Elortis, apareció en los diarios el artículo que salvaría la reputación de su padre. Alguien había mandado a los principales medios una carta manuscrita firmada por el mismo Baldomero Ortiz, cuyo contenido era una crítica severa a los métodos del último gobierno militar. En la carta Baldomero consideraba el exilio y se proponía buscar una ubicación en una universidad de Estados Unidos. Pero, ¿esa carta había sido escrita verdaderamente por su padre?

Elortis estaba desconcertado. La letra era más rígida, los términos demasiado académicos para su estilo, y él nunca había tenido noticia de que pensara mudarse a otro país, más bien había escuchado a Baldomero decir que ser inmigrante era el peor de los destinos. Repetía las palabras en dialecto italiano de su suegra, cuando le rogaba no cometer el error de meter las valijas en un barco como ellos para terminar en un país desconocido. Eso que su abuela había sido una agradecida del país, a diferencia de la tía abuela de Elortis que odiaba el lugar donde había venido a parar. Para esta mujer, que vivía adelante de la casucha de la enanita —de ascendencia española— y era la dueña del terreno, los médicos eran la encarnación de la maldad argentina. En las consultas se burlaban de su cerrado dialecto y la manoseaban. Finalmente, tras operarla de un simple quiste, como a mí, le extirparon los ovarios por equivocación y la volvieron a coser como un matambre. Por lo tanto, ella y su esposo, el padrino de Elortis, no habían tenido descendencia. Pero eran visitados por muchos paisanos, que sí hablaban de la guerra, no como su padrino, y también por otros amigos argentinos; personajes que a veces Elortis se cruzaba cuando iba a visitar a la enanita.

En fin, Elortis dudaba de la carta y empezó a averiguar quién podría ser la persona que la había enviado a los diarios. ¿Sería posible que fuera el ex capitán Heller? ¿Susana P.? ¿un tío por parte de su madre? Sabía que este hombre, dueño de una curtiembre, varios años menor que su hermana, había apreciado a su padre. Pero no lo veía desde que su madre había muerto, años antes que Baldomero. Vía e-mail, intentó convencer a los jefes de redacción de algunos diarios, sin que pudiera sacar nada.

¿Quién había ayudado a su padre? ¿qué motivos tendría? Tal vez en esa época estaba tan necesitado de amistad que creyó que esa persona podría contrastar el desdén que le producían sus semejantes.

Lo cierto es que, en vez de ponerse a pensar en una idea para otro libro, dedicó unas semanas a buscar en vano al salvador de la figura de Baldomero, era lo único que llenaba su tiempo y lo alejaba de otras preocupaciones más acuciantes, tal vez, como su futuro amoroso.

Pero no encontró una respuesta ni en el cura que visitó en la iglesia de Las Esclavas, que jugaba a las damas con su padre, ni en la empleada pintarrajeada del Registro Civil, a la que Baldomero solía llevar masas secas por haberle simplificado un trámite años atrás, ni en el hijo del dueño de la pizzería donde Baldomero compraba los palos de Jacob para el postre.

La carta no logró borrar la imagen nueva que se había formado de su padre luego del primer artículo en los diarios. Lo contrario de la existencia tranquila, correcta, que él había llevado hasta el momento; un pasar libre de sobresaltos, de decisiones impensadas y apuestas fuertes, aunque se había jugado con Sabatini y, después de la edición del libro, su ánimo reflejó por un tiempo una sensación de bienestar y plenitud que no fue duradera. Pero resultó que Baldomero había logrado mantener a un séquito de tímidos defensores, aun con sus locuras. ¿De qué le habían servido las suyas?

Cuando decidió separarse de Miranda ya era tarde. Había llegado a tener un hijo con ella. Pobre Martín, se apiadaba. ¿Para qué si nunca había estado enamorado?

Tuvo que aguantar que sus amigos le advirtieran que dejar a Miranda era un error. Lo mismo cuando abandonó la práctica de su profesión para invertir su tiempo en tareas poco convenientes. Pero, por lo menos, no fue en teoría como su padre —que pasaba más tiempo hablando de Madagascar que preparando seriamente esa imposible beca— sino que se había metido de lleno en terreno desconocido, y sólo por casualidad le había ido bien. Él era inestable —lo contrario de la estabilidad emocional de Baldomero, cuyos tornillos estaban constantemente flojos y no producían contradicciones en su carácter, siempre ecuánime, bondadoso y gentil con los demás, hasta que se cerraba la puerta o le atacaban sus ideas.

Así y todo, para algunos su padre había sido un agente civil de la dictadura militar, un delator. Le dije que enfocara su atención en el presente, el pasado ya no está y el futuro no se sabe. Nuestro futuro es incierto, Elortis, todo podía ocurrir… Y si no encontrábamos a nadie nos quedaba el monasterio. Eso le gustó.

Nada mejor que el talante de un monje, un modelo de virtud y equilibrio con el entorno, para describir el estado anímico en que lo dejó por contraposición la figura maléfica paterna construida por los medios hasta que apareció la carta que instauró la duda sobre las acusaciones. Había sido capaz de sonreír con sinceridad, de ayudar a las personas sin interés y le dieron ganas, como a mí más seguido, de hacer algún tipo de trabajo comunitario. Se ve que en el fondo la culpa y la vergüenza lo corroían. Pero ese lastre que habían venido a descubrir en su progenitor lo dejaba a él en la vereda de enfrente, libre y bueno, la mayoría comentaba que un hijo no debe responder por las acciones de su padre.

No pesaban los errores que había cometido él en su vida; una trayectoria irregular en lo laboral, incierta en lo amoroso. De última, Elortis era bueno para convencerse a sí mismo, sus únicos errores habían sido engañar a su novia de tantos años y haber traído, justo con esa persona, un hijo a este mundo tramposo.

Si al principio había intentado engancharme a Martín era porque mi supuesta pureza, o mi egoísmo que reflejaba una naturaleza sincera y firme, lo habían atraído a él primero y pensó que con una chica como yo su hijo no caería en una confusión como la suya en su primera y decisiva relación. A sus ojos yo era toda posibilidad y conquista, un símbolo de otra época traído a esta de los pelos pero visible y consistente, la novia comprensiva y pura que le hubiera gustado tener en el secundario.

Su encuentro con el sexo había sido abrupto, en una fiesta del colegio conoció a una chica que parecía angelical pero resultó ser que a los diecisiete años ya había tenido una relación y, encima, incestuosa, con un tío postizo. Y esta chica no tuvo la mejor idea que contarle su iniciación sexual a Elortis la noche que se acostaron juntos por primera vez. No precisó, pero parece que cuando le propuso a la chica determinada postura en el acto amoroso, ella se asustó por las experiencias que había tenido antes… Él no tenía esas intenciones. Por algo debió recordarme alguna vez que Baldomero no se preocupó por educarlo sexualmente.

Como consecuencia, arrastró el trauma por un tiempo largo, aunque la sensación de desilusión en lo amoroso no lo abandonó en su vida adulta. ¿Cómo era que el padre de su noviecita le exigía, cuando salían, que la trajera de vuelta antes de la cinco de la mañana? Si la había dejado irse de vacaciones con la familia del tío Oscar. En ese entonces, esta familia era solamente la hermana de su suegro, y también iban con una pareja amiga. Todos compañeros de tenis de la adolescente Miranda. ¿Por qué sólo para él activaban los principios de la sociedad cuando debía haber sido tan evidente para la familia de su novia que el otro se los salteaba?

Le comenté a Elortis que tan visible no sería el asunto, sino el padre de su ex novia hubiera actuado, pero él contestó que, más allá de que los demás se movían por la apariencia, llevar o no el peso del sentido común corría por nuestra cuenta, y que si bien es un gran esfuerzo sacárselo de encima, no podemos echarle a nadie la culpa de nuestra falta de compromiso con nosotros mismos.

La familia de su ex novia se había enriquecido rápido en los noventa y en casos así los prejuicios se multiplicaban a la par que el dinero. Para Elortis eran gente maleducada, que no hacían más que darse aires y desconocían a los espíritus sensibles y elevados. Pero, ¿dónde estaban en Elortis las virtudes que pretendía que encontraran en él? Bien ocultas para que los idiotas no se confundieran, respondió. Después, me aclaró que también podía ser que él fuera un mal llevado y que actuara de incomprendido para echarle en cara a los demás su propia falta de méritos. Tal vez su indecisión lo hacía desconocer quién era para los demás, no veía en qué lugar estaba parado y cuáles eran las afrentas a las que respondía. Y por momentos su megalomanía era tan notoria como la de su padre.

Estando de novio le había tocado irse de vacaciones con la familia de Miranda —usaba el primer nombre para referirse a su ex novia, que la chica detestaba y suprimía por Laura, el segundo— y la de su tío Oscar. Tuvo que compartir asados, baños helados en la playa, y partidos de fútbol con el tío y el padre de la novia. No podía evitar darle vueltas en su cabeza a la pesadilla real que significaba para él que aquel hombre alto, fornido y orgulloso de la falta de pelo en todo su cuerpo, fuera el primer amante de Miranda.

Sin embargo, ella le había asegurado que lo suyo con Oscar no había durado mucho, unas veces nada más, que era algo irrelevante, una pavada… Aunque después le reveló que el asunto se había prolongado durante un año. Siempre antes de conocerlo a él, eh, aclaraba Elortis.

Fue una noche de esas vacaciones, mientras volvían caminando solos por la playa de la fiesta de los guardavidas. Había empezado a indagar sobre la relación y obtuvo esa respuesta. Reaccionó diciéndole de todo a su novia y le echó en cara la tortura diaria que le hacía vivir, dejando en claro que para él no era más que una loca que se había dejado seducir por un gigante lampiño que la doblaba en edad y, para colmo, era su propio tío. Al notar que Miranda había dejado de caminar para entregarse al llanto, Elortis apretó el paso, y ya bastante adelantado y casi perdiendo de vista a su novia, decidió meterse al mar. Mientras apuraba las brazadas para alejarse más de la costa hasta perderse definitivamente en la negrura, descubrió que ya no hacía pie y en la desesperación empezó a tragar agua.

El miedo le duró un momento y cuando dejó de luchar para entregarse a lo peor se dio cuenta que estaba haciendo la plancha y pensó que podría flotar boca arriba en la oscuridad hasta que la marea lo devolviera a tierra o decidiera chuparlo a los profundidades. Agradeciendo al cielo que lo dejase flotar, en las puertas de su libertad, se convirtió en un animalito más de esos que tanto le gustaba tener, como después  Motor, o todos lo que había adoptado desde que era chico y habían terminado sucumbiendo a sus cuidados.

En vez de rebobinar en su mente los hechos más importantes de su vida, ya siendo él otra criatura endeble a la deriva, vio la cara de todos los animales que había torturado, las de los conejos que reventaba de cariño en la casa de su abuela —sus familiares decían que unos días después de su visita se morían debido a sus apretones—, la gomosa y cornuda del oxolote que se secó al evaporarse totalmente el agua de la pecera y las imprecisas cabezas de las luciérnagas que atrapaba en frascos. Que lo perdonaran.

De repente, fue arrancado de todos estos pensamientos por la fuerza de unos brazos firmes que lo arrastraron poco a poco hasta la orilla. No era otro que el tío Oscar que, ante los gritos descarnados de Miranda, se había metido en el agua con un amigo para rescatarlo. Parece ser que el agua lo había arrastrado cerca de la fiesta de los guardavidas y la mitad de los invitados estaba presente, aplaudiendo medio en serio, medio creyendo que era una imitación de salvamento inspirada por el alcohol.

Elortis confiesa que, del susto y la vergüenza, pensó que le agarraría un ataque al corazón de tanto que lo sentía latir en el pecho cuando Oscar y el amigo lo dejaron en la playa, y que, aunque siguió tomando muchísimo, esa noche no había podido emborracharse. Al otro día no pudo evitar reírse de sí mismo y de la situación absurda en la que se encontraba.

Esto me hizo pensar que el día que vi a Elortis podía ser que se hubiera metido en la tienda de ropa de mujer para comprar algún regalo a su ex, ya que se seguían viendo, la mayoría de las veces sin Martín, y él nunca me negaba que algún día pudiera volver con ella, aunque le parecía improbable. Por lo menos en ese momento de nuestras charlas. Parecía una relación obsesiva pero feliz, fundada en esa desilusión inicial que a la vez lo atraía de manera morbosa, y que como era habitual, solamente la rutina se había encargado de empañar.

En cambio, Baldomero rara vez hablaba con su esposa, a la que trataba como un apéndice dedicado a higienizar y a organizar su existencia, a alejarlo de la búsqueda constante de otras mujeres en las que saciar su ego y su apetito sexual para poder dedicarse, y esto sí parecía loable, y digno de imitación para Elortis, a la reflexión, con la que intentaba conocerse a sí mismo, y al pensamiento, con el que pretendía contribuir a la cultura cuando encontrara la manera de enriquecer la comunicación destronando a ese elemento impreciso que era el lenguaje heredado.

Para eso buscó toda su vida la cultura milenaria que le transmitiría el conocimiento necesario a través de los signos unívocos de lo real, antes de que las civilizaciones siguientes lo desvirtuara al proponerse expresarlo por otros medios.  Y este tipo de actividad, que lo convertía sin dudas en un charlatán, la desarrollaba en las charlas informales de la facultad.

Por lo tanto, a Elortis se le ocurrió dar con el posible benefactor de la memoria de su padre entre sus colegas profesores. Como estaban casi todos muertos y los que no lo estaban son los que lo habían denunciado, haciendo referencia a los almuerzos en los que Baldomero apoyaba la represión, decidió hacer el experimento de hacerse pasar por un profesor suplente y comer con los demás facultativos para enterarse de qué hablaban y, más que nada, ver si alguno nombraba a su padre. Así, también, esperaba inaugurar un período de decisiones intuitivas, cercanas a lo irracional, en su vida. Aunque las pocas veces que les parecía haberlas tomado, últimamente por mujeres, no le había ido muy bien. Por suerte uno de los profesores había trabajado en la época de su padre.

A pesar de ser un viejo demacrado y que en conjunto parecía estar en las diez de última, reveló que su físico y su mente se mantenían vigorosos gracias a los beneficios de una dieta casi mediterránea a base de uvas, pan con cereales, chocolate negro y nueces, sin olvidar su copa de vino por las noches. Elortis le había dado ochenta y tantos pero el licenciado Pascual tenía noventa y seis. Y todavía dictaba, una vez al mes, clases en su cátedra. Sacó el tema de los inventores y los profesores más jóvenes lo miraban con una mezcla de reverencia y suspicacia, para Elortis era como si fueran cowboys diestros y tuvieran las manos en los cinturones para desenfundar en cuanto vieran la senilidad aparecer en cualquier desvarío vergonzoso.

El casi centenario profesor había hecho más de lo que ellos pretendían para sus vidas y todavía estaba ahí sentado, un rejunte de costumbres solidificadas, dispuesto a rebatir cualquier juicio inexperto. Además de jefe de la cátedra de Introducción a la Psicología, era pintor y venía de presentar una exposición de su obras en Londres, viaje que había aprovechado para conocer Escocia, donde visitó la casa de Graham Bell. Se hizo evidente para Elortis que ese viejo había logrado lo que Baldomero buscaba; ser respetado y que le paguen por sus caprichos.

Pascual dijo que los inventores en general no eran buenas personas, y que sería muy interesante investigar las similitudes en la educación que terminaban brindando a la sociedad esos soñadores exitosos. Agregó que todo era muy lindo pero: ¿a quién le gustaría ser el perro de Graham Bell? —algo que Elortis ya había oído en boca de su padre.

Parece que Graham Bell experimentaba con las cuerdas vocales de su perro para hacerle reproducir algunas palabras. Baldomero también decía que el perro era el precursor del teléfono. ¿No sería ese viejo el redentor de la figura de Baldomero?

Elortis acariciaba la idea, cuando una profesora de unos cincuenta años, pelirroja y todavía atractiva, confesó que Pascual le recordaba cada vez más a Baldomero Ortiz. El viejo se quedó con los ojos muy abiertos y, mientras Elortis trataba de tragar el pedazo de omelette que se había pedido y miraba fijamente la mesa para pasar desapercibido, el ayudante que estaba sentado a su lado le comentó a los presentes que tenían la suerte de estar con el creador de Los árboles transparentes, hijo del profesor Ortiz. Elortis, que no sabía dónde meterse, sonrió como un idiota y cometió el error de limpiarse la boca con una servilleta ya usada por otro. Encaró sin vueltas a la pelirroja y le preguntó por qué se había acordado de su padre. Mariana había sido alumna de su padre y, por la forma en que todos apartaron la mirada mientras le respondía, notó que la relación siguió más allá de las aulas. Envidiaba a Baldomero por sus amantes.

Explicó que se había tomado el atrevimiento de acompañarlos en la comida porque estaba investigando sobre la figura de su padre. Algunos profesores se levantaron, disculpándose, y sólo quedó Mariana, el ayudante, que se llamaba Diego, y el profesor Pascual, todavía sorprendido, no sabía Elortis si por su enigmática presencia en ese almuerzo o porque habían descubierto el origen de la anécdota que había contado.

Mariana pensaba que los medios habían tratado con excesiva crueldad a la figura de su padre y no podía entender cómo todos los importantes amigos que tenía no lo salieron a defender. ¡Amigos importantes! Elortis dudaba de que su padre hubiera tenido alguna vez ese tipo de amistades.

Pascual agregó que prefería mantener el silencio sobre las simpatías políticas de su antiguo amigo, pero que si había sido un infiltrado de la dictadura de los milicos en la facultad lo había hecho muy sutilmente porque nadie se había enterado. Que decía ese tipo de barbaridades en los almuerzos era mentira. Los alumnos lo evadían por ser muy estricto en los exámenes pero todos los recordaban por su parloteo en los pasillos sobre temas muy poco académicos, casi parapsicológicos en el sentido cabal de la palabra, como su proyecto de viajar a Madagascar para tratar de entender mediante la observación del ecosistema la verdad de una civilización perdida, que pensaba encontrar en algún momento. Esa verdad se refería a algo difuso y contradictorio; cómo eran los primeros pensamientos antes de que los gestos y después el lenguaje hablado los empobrecieran creando la conciencia.

El punto era, interrumpió el ayudante, que había muchos alumnos y profesores desaparecidos, y que algunos señalaban a Baldomero como uno de los posibles entregadores.

Nadie sabía quién había escrito la carta anónima, pero el viejo reconoció que el ex profesor que armó el escándalo y los demás que se sumaron no estimaban a Baldomero. Estos psicólogos no le encontraban la vuelta al asunto de rescatar su legado académico, ya que era recordado como un irracional, peligroso para la profesión, y que el aula magna llevara su nombre —Elortis sabía bien que ese homenaje tardío no había significado mucho para su padre— los preocupaba más que las acusaciones. Pascual aseguró que en esa época había profesores peligrosos, que no sólo se dedicaban a enseñar sino que invertían parte de su tiempo en movilizar a los alumnos con otros fines y que la bronca hacia su padre debía venir por los temas insustanciales, y pocos comprometidos, a los que se dedicaba.

Para Mariana, Baldomero hacía notar, muy cada tanto, sus preferencias conservadoras, pero no las imponía, prefería molestar a los psicólogos con la indiferencia y las teorías esotéricas.

Elortis se siente incómodo y decide agradecer a los presentes por sus palabras y alejarse cuanto antes, pero no logra sacarse de encima a Diego, el joven ayudante. Mientras lo acompaña al coche, Diego le confirma que Baldomero y Mariana habían sido amantes, lo felicita por su libro y le pregunta si podía darle clases de escritura.

Ahora bien, Elortis manejó a la vuelta ese día pensando en los colgantes que llevaba Mariana, entre los que había una vaquita de San Antonio, de oro. ¿No tenía su madre una igual?

Cuando llegó a su departamento buscó la caja de madera donde su padre guardaba los recuerdos del matrimonio, y otras cosas macabras como el diente de la abuela de Elortis, y estaba todo lo que esperaba encontrar, menos la vaquita que él recordaba haberle visto a su madre en algunas fiestas. Era tan cabezadura que no paró hasta encontrar en un álbum de fotografías a su madre luciendo el dije y despegó la foto para dejarla a mano. Elortis se sintió solo y un poco viejo.

Así que Baldomero había alcanzado el agape griego, esa unión suprema amorosa, con su alumna pelirroja, tal vez interesada en temas tan elevados como los suyos. Sabía que Baldomero tenía la seguridad que a él le faltaba para llevar adelante sus asuntos, una manera de esconderse a sí mismo el lado oscuro de sus actos, útil para no acobardarse y cumplir ciertos objetivos.

No sé por qué, pero me empezó a parecer que yo era uno de los objetivos del hijo de Baldomero.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 4. La última lágrima.

4. LA ÚLTIMA LÁGRIMA

Ya cerca de la medianoche, cuando ya se había cansado de vagar sin destino y como no tenía hambre ni sed, se detuvo y al apoyarse contra una pared llena de carteles en un lugar en construcción, empezó a pensar.

Se dio cuenta de que era una necesidad constante de ruido lo que lo había llevado a andar por esas calles tan transitadas. Incluso, se había detenido en tienda de videojuegos. Un hombre probaba su puntería en un juego de policías tridimensional. El alboroto que producían estas máquinas parecía ser lo único que saciaba su sed de sonidos.

Los únicos dos sentidos que conservaba eran los que lo dominaban: su vista, que lo obsesionaba buscando los detalles más insignificantes y así posaba su mirada en el humo que salía por la rejilla de respiración del subterráneo o en las miradas perdidas de los “calaveras”, como los llamaba su abuela, que deambulaban por la noche buscando un boliche para bailar o algún que otro sauna; el oído, que también cumplía con su función habitual, lo atraía hacia todos los sonidos, algunos provenientes de profundas cañerías que corrían bajo sus pies, otros más cercanos como bocinas, gritos, frenadas, el murmullo al oído de dos jóvenes amantes apoyados contra una pared, un cordobés que mientras le tendía la mano y ponía cara de cómplice soltaba un hipnótico:

—¿Sauna?

Luego, mientras se alejaba, Luis había escuchado cómo lo puteaba.

Contuvo sus recuerdos, se despegó de los carteles y siguió caminando. No aguantaba estar mucho en un mismo lugar. El oído era insaciable, más que la vista, y seguía hambriento de crepitantes sonidos. Así fue que cuando Luis llegó a una esquina en la que se encontraba un videoclub se paró frente a la vidriera, enfrentando las rejas negras, interesado por las cajas de películas clase B norteamericanas. Creó fantasmáticas y tenebrosas melodías mientras pasaba su mirada por Lugosi, Karloff y variados monstruos que lo miraban desde bizarras cajas. Cuando hubo terminado de crear una canción para cada película y su oído quedó libre a los ruidos externos, uno de éstos fue el que llamó su atención.

Era el chisporroteo del tubo de neón del negocio que, de repente, había empezado a encenderse y apagarse. Luis se quedó parado escuchando como hipnotizado, con la cabeza levantada, mirando hacia el cartel que constantemente prendía y apagaba sus luces fluorescentes verdes. Mientras la luz quedaba prendida leía la misma frase: “La Tienda B”, luego miraba la oscuridad hasta que el tubo se prendía nuevamente.

Estuvo parado en aquella esquina hasta que el tubo de neón no aguantó más su mirada y explotó produciendo un ruido parecido a aceite hirviendo. Luis empezó a caminar, lentamente esta vez, y no tardó en llamarle la atención un grupo de pegajosos sonidos: cumbia. Su oído no pudo resistir y lo arrastró directamente hasta la puerta del lugar del que salía la melodía. Nunca le había gustado la cumbia, simplemente aborrecía la música que se hacía específicamente para bailar, pero en aquel momento le pareció que cualquier melodía saciaría a sus oídos y esa cumplía precisamente con una consigna que le interesaba: olvidar y sonreír mientras se bailaba. Aquellos sonidos eran el perfecto afrodisíaco para su alma atormentada y llenaban una parte de él que estaba vacía.

Si él hubiera sabido en ese momento que estaba muerto habría descubierto la razón, ya que el hecho de que el corazón de una persona no esté latiendo deja al ser en el más profundo silencio. Sin embargo, Luis no podía darse cuenta de esto.

Levantó la cabeza para ver el nombre del lugar. Otra vez las luces de neón, éstas con firuleteadas letras blancas permanentemente encendidas, le gritaron: “La Esquina del Sol”. Decidió entrar.

Pasó al lado de un patovica cabezón que parecía encajado a golpes de martillo en una remerita roja. Miró los relucientes zapatos de Luis y desvió rápidamente la vista.

Mientras se adentraba en el lugar a través de un psicodélico pasillo y la intensidad de la música se elevaba y penetraba en sus oídos, se dio cuenta que caminaba más rápido y se dijo, con una sonrisa, que él sería como los protagonistas de los juegos de computadoras: la música era el alimento que encontrabas en el camino, lo tomabas y un tanto del rectángulo que indicaba la energía se llenaba. “Bueno…”, pensó Luis, “mi rectángulo está casi lleno ahora”.

El lugar era un boliche de mala muerte, sus paredes asemejaban viejas catacumbas ya que habían excavado cuadrados y rectángulos, donde las personas se sentaban con las piernas colgando en el aire y tomaban coloridas pociones. Un reflector blanco colgaba sobre la pista y despedía una frenética luz intermitente que se mezclaba con luces de diversos colores. Estaba casi lleno y había muchas personas bailando, aparte de las que se encontraban en los rectángulos. Pocos adolescentes, la mayoría tenía más de veinte. Había algunas mesas, pegadas a una barra sobre la que bailaba una voluptuosa morocha de robustas piernas.

Mientras caminaba hacia una de las mesas que estaba vacía, se pasó la mano por el pelo, tratando de acomodarlo, y pudo ver como un mechón grande se le había quedado prendido entre los dedos. Se asombró. ¿Le habrían puesto alguna sustancia extraña en el pelo los tipos de la funeraria? Aunque el mechón de pelo estaba con sangre, no sintió ningún dolor. Se sintió extraño. “A la mierda”, se dijo, “mejor” y pasó sus manos por la pared, dejando pegado el mechón mientras se acercaba a un asiento y advertía que la morocha que bailaba en la barra era en realidad un exuberante travesti. Éste, al verlo, le sopló dos besos a través de sus labios de colágeno.

Luis pasó por el medio de la pista, empujando cuando debía hacerlo por lo que se ganó muchas miradas furiosas. Al llegar a una mesa vacía, se dio vuelta y vio cómo un cuarentón sentado en una de esas catacumbas se drogaba. Simplemente, se comía el polvo blanco y reventaba a carcajadas. Se acordó de su sueño y le pareció que el tipo se parecía mucho al que se alejaba con un perro; la misma carcajada sarcástica, molesta.

La cumbia cambió por un ritmo hip-hop bastante agradable. Trató de respirar hondo y no sintió pasar ningún tipo de aire por su nariz. Se sentó en una silla de madera. Por costumbre, ya que no tenía calor ni frío, y al ver a todas las demás personas, se quitó el saco y lo tiró sobre la mesa, quedándose con la camisa blanca.

Había dos chicas muy lindas sentadas en la mesa de al lado. Luis Marte trató de mirarlas de reojo, pero ellas advirtieron su mirada. Siempre había sido torpe para disimular.

La pelirroja le murmuró algo a la morocha, se levantaron y las dos se pusieron a bailar adelante de Luis. La morocha era de las que a él le gustaban; pelo corto a la altura del cuello, ojos celestes ligeramente achinados, milagrosa nariz, mejillas encendidas, labios finos y entreabiertos. La traspasó con la vista, sintiendo como sus ojos se humedecían y dándose cuenta que todavía no había perdido la capacidad de llorar.

Después, se llevó el dedo índice de la mano derecha a su ojo izquierdo y recogió el volumen de su última lágrima. El no sabía que era la última y la dejó deslizar por su dedo hasta que cayó al piso. Mientras tenía la mirada fija en la cara de la chica que bailaba necesitó seguir llorando; imposible, ya que sus lagrimales se habían secado.

Se quedó mirándola un rato, una imagen empañada, hasta que los restos de la lágrima se evaporaron y la imagen volvió a la normalidad. Y se levantó; había tenido la idea de dirigirse al baño para lavarse la cara, sacarse todo ese pastiche que le habían puesto. Después trataría de acercarse a esa belleza. No era el típico chico que levantaba en los boliches fácilmente, pero esta vez debería tratar. Decidió dejar su traje sobre la mesa. ¿Quién iba a querer un saco en aquel lugar?

Se acercó a la barra:

—¿El baño?

El barman dejó de agitar una coctelera y le indicó:

—Seguí a la chica—. Señalaba al travesti que parecía dirigirse hacia el mismo lugar.

Llegó justo para atajar la puerta que había soltado la chica. Entró y se encontró con lo que esperaba; un baño muy sucio, con el piso salteado de manchas de orina y las instalaciones más antiguas existentes. Agradeció haber perdido el sentido del olfato.

La chica se miraba en el espejo. Después se acercó, no mucho, a un mingitorio, levantó con sus manos la minifalda negra y dejó caer un largo y famélico pene que duchó a las baldosas del lugar.

Luis lo miró desde una esquina y después se ubicó ante el espejo. Cuando se disponía a mirarse, la chica, que se había acercado para lavarse, le tomó una mano y la acercó a la minifalda. Luis la miró con una mezcla de temor y repulsión y apartó su mano rápidamente. La chica hizo una mueca, se mordió los labios y expresó con voz grave:

—Pará con el porro, nene…—. Empezó a caminar hacia la puerta mientras negaba con la cabeza.

Luis se miró al espejo.

Primero vislumbró los detalles del vidrio; una línea que cruzaba la mitad, producto de algún golpe, y los típicos puntos marrones. Después, se restregó los ojos creyendo que debían seguir húmedos y por eso veía deformado. Al restregarse nuevamente vio que le sangraban un poco. Dirigió la vista al espejo otra vez. La imagen no había cambiado. Su mano se dirigió sola hasta el pecho, donde trató de sentir el latido de su corazón… Inútil. No tenía tacto.

Volvió a mirarse. En ese momento, Luis Marte no pudo asimilar lo que veía; mejor dicho, lo que la imagen le decía y se desmoronó en el piso, acurrucándose contra una esquina del lavabo y tapándose la cara con sus manos. Al hacer esto, lastimaba su piel considerablemente, hasta el punto de que había empezado a sangrarle toda la cara.

En ese lugar fue donde durmió por primera vez después de muerto. Dormir no es la palabra adecuada, pero después de estar jadeando un rato en el piso y ante la mirada indiferente de algunas personas que entraban a orinar —lo confundían con un borracho y salían olvidándose de él para siempre—; sólo después de unos insoportables minutos, Luis Marte simplemente dejó de moverse y se quedó con los ojos abiertos mirando la nada.

Las almas suelen sufrir mucho más que los cuerpos y ésa había quedado atrapada en la tierra de la forma más deplorable; dentro de un cuerpo que, siguiendo las reglas naturales, había empezado a descomponerse.

Les debo una descripción de lo que vio Luis en aquel espejo de “La Esquina del Sol”: el mechón de pelo le faltaba cerca de la frente, aireando a un sanguinolento cuero cabelludo, su cara estaba terriblemente pálida, y había empezado a aparecer un color violáceo en toda su piel. Le faltaban algunos pedazos de carne encima de las cejas, producto de los golpes que se había dado al escapar de su propio velatorio. Pero lo que más le impresionó a Luis e hizo que dirigiera su mano hacia su corazón fueron sus ojos. Dos lunas llenas envueltas en celofán.

por Adrián Gastón Fares