El nombre del pueblo. El pueblo. 3.

Ahora Miguel seguía sentado en la playa. Pensaba en lo que su madre les había contado. Las gaviotas se acercaban al agua y se alejaban.

En su ensueño avistaba una embarcación. El barco surgía después de una ola descomunal y su prima bajaba acompañada de Hugo, el tío de Malva y capitán del bergantín.

“Enamoró a la descendiente de una princesa. Después la abandonó para lanzarse al mar con una tripulación de jóvenes fuertes que había reunido con el fin de llegar a las regiones del mundo que estuvieran en peligro. Mi hermana, la madre de Malva, me contó de él en sus cartas. En la última recibida, me mandó este medallón con la foto de su hija y me informó de la tragedia”, había dicho su madre.

“Llegarán al atardecer. Prométanme que nunca le van a decir nada a papá. Piensa que lo inventé todo. Cuando conozca a Malva me va a pedir perdón” Los ojos de su madre se humedecían en las pausas. Domaba las lágrimas y seguía. “Vos, Miguel, por ser el mayor, siempre tenés que llevar el medallón para que al desembarcar ella sepa quiénes son. Cuando llegue el bergantín, ayúdenla con las valijas”

Hacía dos meses que su madre les había hablado de Malva y el capitán. Al mes, Miguel había visto al hombre con el puñal ensangrentado y los días siguientes no encontró más que a los pescadores de siempre.

—¿Para qué viene Malva? —le había preguntado a su madre.

—Es mi sobrina. Está en peligro.

—¿Qué le pasó?

—Su padre… murió. Lo mataron.

—¿Por qué?

—Un hombre por venganza.

—¡Lo mataron! —repitieron juntos él y Juan.

—Sí, y Malva escapa del asesino de su padre. Les voy a contar cómo fue…

A su madre le gustaba hablar. Durante media hora les contó la historia del padre de Malva. Cómo había matado a la hija única de un herrero sin querer, por un disparo que se le escapó del revolver mientras perseguía a un ladrón que le había robado un reloj de oro de la vitrina de su negocio. El herrero estaba en su taller trabajando y escuchó el grito de su hija. Se acercó al padre de Malva, arrodillado al lado del cuerpo de la joven, y lo mató a golpes con su tenaza. En la cárcel juró que cuando lo liberaran mataría a la hija del relojero. Poco tiempo antes de que el hombre terminara su condena, la madre de Malva la encomendó al amigo de su padre, el capitán Hugo, para que la alejara de su tierra.

Miguel tuvo pesadillas aquella noche. A la mañana siguiente le preguntó a su madre cómo iba a desembarcar una embarcación en el pueblo si no había ningún puerto. Ella sonrió y le dijo que Hugo era un capitán experimentado: anclaría y se acercarían a la playa en un bote.

Al ver al hombre más allá del médano tuvo la certeza de que era el herrero y que, al hundir el cuchillo en el pecho de Malva, había consumado su venganza. No obstante, le pidió el diario a su padre y en sus páginas no encontró ninguna noticia sobre la llegada de un bergantín y la aparición del cuerpo de una joven en la playa.

Él mismo había buscado en los médanos, entre los arbustos y las rocas, sin ningún resultado. Si su prima no había muerto en manos de aquel hombre al desembarcar, quedaban dos desgraciadas posibilidades. O estaba atrapada sobre el océano, en una calma chicha, o el barco había naufragado. La duda lo empezó a carcomer y unas semanas después, muchos notaron su pérdida de peso. Algunos sospecharon del cuidado de su madre.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 3.

3.

Esta relación de los enteógenos con el poder en la antigüedad, y con el color, que para él era una consecuencia secundaria, lo tuvo sin dormir un par de noches a Elortis; en la charla siguiente me confesó que mientras me hablaba empezó a tejer mejor lo que le había dicho Ponen con lo que se le había ocurrido en la cocina, más lo que había buscado en Internet para explicármelo a mí y eso le había trastornado un poco los nervios. Saber que en el rito regio destinado a producir la lluvia el rey usaba una máscara de badana granate, una imitación de la de Zeus para subir a los cielos y que mucho más adelante, en la época de Constantino, la adoratio purpurae era permitida solamente a unos elegidos, funcionarios de alto rango, que eran los únicos que podían besar el extremo inferior de la túnica púrpura del rey. ¿Sería un error creer que era una mera convención cuando en realidad el carácter religioso, palabra que viene de religar, aclaraba Elortis, de la acción estaba más presente que nunca?

La verdad que me estaba cansando este discurso y le pregunté en qué andaba, con una carita amarilla con una ceja levantada y otra con la línea de la boca ondulante se lo dejé claro, me parecían medio sospechosas tantas deducciones infundadas; le pedí que por favor volviera a Mar del Plata, a Sabatini y a Ponen, al bar de los mojitos, y así lo hizo. Antes que nada me quería dejar en claro que la receta de la púrpura de Tiro, saber que el colorante rojizo era ordeñado de los Murex y otros caracoles parecidos, se había perdido en Occidente cerca de la mitad del milenio pasado cuando el Imperio Otomano conquistó Constantinopla y recién en 1856 un zoólogo francés dio con el secreto al observar a un pescador que teñía su camisa con un caracol. ¡Bue, basta Elortis, por favor!

Ponen contaba que en otro de sus viajes ayahuasqueros interceptó una ciudad cuyos edificios estaban inundados de carteles publicitarios brillantes de diversos tamaños, aunque la mayoría eran enormes y no quedaba otra que sobrecogerse ante la precisión de las coloridas imágenes luminosas. Pudo notar que el motivo que se repetía en los carteles era el de una sirena tomando algún tipo de bebida con un enroscado sorbete fluorescente. Al otro día, se asombró cuando apareció en el campamento un vendedor ofreciendo grabados en madera de… sirenas. Ponen creía que en su viaje se había conectado con la mente del escultor, mientras la noche anterior viajaba hacia su campamento con la idea de vender las esculturas. Era muy importante para Ponen qué lugar elegías para viajar porque para él lo que hacía esa bebida sagrada espiritual era desligar tu mente con lo habitual y conectarla con lo esencial del ambiente en el que estabas.

En algún momento, Ponen cortó su discurso para saludar al productor que lo había invitado a la radio, parece que de casualidad estaba ahí, cerca de la barra cumpliendo con el ritual del after office con otros compinches. Este rubio parlanchín, como lo llamaba Elortis, enseguida se sentó con ellos, confesándose fanático de Los árboles transparentes, y les pidió por favor a Sabatini y compañía que escribieran otro libro ante el sorprendido Ponen, que solamente quería seguir hablando de su experiencia en la selva. El rubio productor de la radio se dio cuenta que estaban en medio de una conversación trascendental y fijó la atención en Ponen; algo sabía del asunto porque, cada tanto, asentía con la cabeza. El norteamericano no paraba de hablar, decía que la ayahuasca favorecía la comunicación con el entorno, era la única manera de explicar que las visiones correspondieran a las características del lugar de la sesión. Sabatini no le sacaba la vista de encima a Ponen, lo había hipnotizado con la visión de la fábrica de colchones con almohadones de plumas multicolores y la premonición de las sirenas. Elortis también creía estar frente a una persona con una capacidad singular para asociar sus experiencias. Mojar los labios en su trago a Ponen lo había soltado y hablaba con la desesperación de los aficionados que intentan demostrar que son algo más que eso.

Para el biólogo Rupert Sheldrake, existía un campo hipotético que vendría a explicar la evolución simultánea de una función adaptativa en poblaciones biológicas distantes. Para corroborarlo, un tal Watson convivió con una colonia de monos que se negaban a comer papas sucias, hasta que a una de las monas se le ocurrió lavarlas en el río. A partir de ahí, Watson descubrió que las comunidades de monos del resto del mundo seguían la conducta revolucionaria de la monita predecesora. Según Ponen, el viaje hacía más patente la conexión con el campo morfogenético, algo que también nos pasaba en los sueños —especialmente los de la mañana, antes de despertarnos, cuando la mente está limpia— y en algunos otros momentos de claridad mental en la vigilia. Reprendió a Elortis por haber puesto cara de desconfianza (a él todo esto le hacía recordar a Paulo Coelho, perdonen, pero tenía sus prejucios también y su cara no era de piedra). El productor rubio, que estaba sentado al lado de Ponen, miraba embobado. Sabatini sonreía con cara de haber descubierto un mundo nuevo.

Alexander les recordó que ellos dos, por ser psicólogos, tenían que entenderlo fácilmente; Jung había hablado del tema muchas veces, aportando las nociones de inconsciente colectivo y sincronismo. Elortis le contestó que Jung nunca fue su especialidad, y Sabatini asintió para dar a entender que tampoco era la suya. Gran decepción para Ponen, que había hecho una pausa en su discurso para retomar fuerzas. Resulta que los científicos ya habían comprobado lo del campo morfogenético con la ayuda de una oruga a la que le cortaron uno de los segmentos del cuerpo para injertarlo en el de otra para obtener como resultado una mariposa, aunque con la antena en el ala en vez de en la cabeza, por ejemplo.

Y también estaba, por otro lado, el señor Bell y su teorema que había venido a proponer que la física cuántica no pegaba con las variables ocultas de los elementos. La paradoja de Einstein, Podolwsky y Rosen (no sé si importa, pero recordé que Augustiniano llevaba en esa época un pin-up de fondo amarillo con la cara blanca de Einstein), la influencia que podía tener una partícula sobre otra en el momento de ser observada que le cambiaba instantáneamente la dirección, lo había hecho salir a Bell con el teorema que lleva su nombre, que para Ponen era un hito en la ciencia que abrió las puertas a una nueva interpretación de la relación de los elementos del universo.

John Bell, un físico irlándes que según Ponen había estado presente en una conferencia que dictó el Maharishi en 1978 y que tomaba puntualmente su té de verbena a las cuatro de la tarde (vendría a ser té de cedrón, según Elortis, que también se anotó mentalmente al recordar este detalle conseguirlo en la tienda de los chinos), dejó en claro que debíamos elegir entre la mecánica cuántica o el enlace subcuántico oculto que conectaba a partículas distantes y las hacía cambiar de dirección cuando dos personas, que sabían que estaban haciendo lo mismo, las estaban observando en un experimento, por ejemplo, porque una de las bases de la mecánica cuántica es justamente la teoría de la relatividad que postula que nada puede ir más rápido que la luz (Ponen había dicho transferencia supralumínica de información)

Por lo tanto para Ponen la teoría de Einstein era una errata a la que había que tenerle respeto, claro y ese respeto era el teorema de Bell, un hombre respetuoso este Bell, decía riéndose. En fin, había investigado todo eso gracias a la Banisteriosis caapi, esa mezcla de jugos selváticos de color rojizo ocre que, a la vez, lo había convertido en una persona de sentimientos compasivos, eliminó su ansiedad y potenció su creatividad para la recepción de las artes (según él, claro)

A Elortis le molestaba un poco que Ponen hablara como un publicista de dietética, sería por los años de trabajo marketinero en la discográfica. Alexander les advirtió que la ciencia no debería molestar a los animales. Eso de estudiarlos era peligroso. Ya con comerlos era demasiado.

Entonces, Elortis se acordó del mono Albarracín, chillando y dándose la cabeza contra las rejas de la juala, y también se permitió pensar que ese comportamiento salvaje era debido al cambio de hábitat, palabra demasiado generosa para describir al entorno que lo rodeaba en el departamento. Ponen lo miraba serio, mientras pensaba seguramente en otras cosas para afianzar sus teorías, y Elortis se atrevió a confesar que, más allá de los chamanes, los campos mórficos y la teoría de Bell, él creía que, simplemente, la generación actual había absorbido por evolución genética algunas experiencias reveladoras del siglo pasado, se refería a la contracultura de los sesenta; y que la música había acompañado un renacimiento de los sentidos.

Por lo tanto, ya no hacían falta las glándulas de los pobres sapos (tal vez nunca hizo falta, se corregía ahora Elortis) ni la tintura de los caracoles, o las lianas de la selva, para mirar de reojo alrededor con los ojos cerrados. Mientras tanto el productor rubio intercambiaba algunas palabras en voz baja con Ponen, mientras Sabatini lo miraba medio sorprendido a Elortis por su conclusión.

De repente, decidieron que irían en la combi del productor de la radio a la playa a probar una pócima que Ponen tenía en la mochila de hilo. Elortis hubiera preferido seguir bebiendo en otro bar, después de todo los escritores suelen beber en habitaciones de cuatro por cuatro y no comerse lianas de la selva; no sabía cómo escapar de la propuesta de Ponen. Sabatini estaba muy entusiasmado con la iniciación. Elortis fue al baño, y cuando volvió ya se habían ido. Salió a buscarlos.

Ya estaban los tres a media cuadra de distancia; Sabatini les hablaba sin parar, también había tomado demasiado.

Estacionaron cerca de la playa, salieron de la combi, y Ponen sacó una petaca con un líquido rojizo; les advirtió que, a pesar de que estaban al aire libre, en un lugar adecuado, habían tomado alcohol y no estaban limpios como para aprovechar la situación.

La intención era esperar en silencio que la preparación hiciera lo suyo, pero en vez de eso Sabatini le pidió a Ponen que le comentara a Elortis lo que había dicho mientras estaba en el baño. Ponen se limitó a sonreír. Sabatini comentó que para Ponen, Elortis había crecido en una familia muy represiva. ¡Para qué!; Elortis, que no compartía esa opinión (y menos mal que todavía no estaba enterado, decía, del posible pasado de Baldomero, si no la paranoia lo habría hecho maldecir a todos y volverse solo por la playa) dijo, de mala manera, que estaban equivocados, ¿de dónde sacaban eso? Después, Sabatini le dijo que tal vez Ponen lo había notado tenso por Miranda; él pensaba que esa mujer nunca había sido para él; eran diferentes. Ponen les pidió que no hablaran tanto, y que si no se llevaba bien con su pareja —aunque Elortis ya se había separado— se concentrara en eso, tal vez encontraba la respuesta a su problema.

De más está decir que me dio ganas de dejarlo a Elortis en medio de su experiencia con las drogas amazónicas, pero tenía la necesidad de quedarme, como si las confesiones más terrenales de Elortis fueran el desengaño que estaba buscando para olvidarme de él —lo mismo me pasaba cuando me hablaba de la bailarina Sofía. En realidad, quería quedarme y leer sus palabras porque parecía que tenía algo importante que decirme…

Se quedaron mirando un rato el mar callados y después, como les dio frío, se guarecieron en la combi. Sabatini y el productor rubio comentaron sus visiones, eufóricos; Ponen y Elortis se quedaron callados. Alexander la tenía clara y no dijo nada. Pero Elortis no había visto nada, se había mareado un poco y la boca se le había empastado. El productor tuvo la gentileza de dejarlos en el hotel (cuyo nombre era un anagrama de la dirección de mi casilla de e-mail, aunque en aquel momento no pudiera saberlo, decía Elortis).

Mientras Sabatini se despedía de Ponen en el asiento posterior, con la combi estacionada en la puerta del hotel, en esa calle que daba al mar, Elortis creyó que veía mal pero vio que el cielo del mar era de un negro compacto y brillante; un sobrecogimiento lo inundó, el negro se esparcía en el mar y bañaba la arena de la playa; escuchó que Sabatini cuchicheaba atrás con Ponen, asombrando porque a Elortis se le había retardado el efecto. Él estaba esperando que apareciera el monstruo de la laguna negra, que saliera del mar como Godzilla, ese monstruo japonés, para acercarse a la combi y arrastrarlos a todos hacia el agua; pero no había otra cosa más que el cielo negro chorreante e infranqueable.

Después de ese minuto eterno, se despidió, malhumorado, de Ponen y del productor, que lo miraba como diciendo a éste que le pasa, y subió en el ascensor con Sabatini. En el pasillo de la habitación del hotel, le dijo a Sabatini que había hecho mal en hablar de su vida privada con desconocidos, y le dejó en claro que no tenía derecho en meterse con Miranda, menos después de que se hiciera rogar tanto para acompañarlo. Sabatini lo mandó a cagar.

Entendieron que ahora sí estaban peleados y al otro día desayunaron serios en la misma mesa, sin decir un palabra; por suerte una periodista vino a hacerles una nota y dejaron de lado el silencio por un rato. Su amistad había sufrido un nuevo traspié, esta vez decisivo, decía Elortis.

En el encuentro literario en Villa Victoria respondieron de mala gana las preguntas del escaso público. El cielo negro, sin nubes, el monstruoso mar, decía Elortis, podía ser la falta de perspectiva que iba a tener su vida por un tiempo prolongado después de esa experiencia, o algo más, algo que no podía distinguir aún. En aquel momento se negó a ser observado por las imágenes que le llegaban y vió, a falta de espejos luminosos, al esqueleto del mundo en su más cruda realidad.

No lo sabía, pero quería ahorrarme las deducciones. Nada peor que esconder los significados. Ahora le parecía que ese día se había escapado de sí mismo.

En la combi lo tenían cercado, ya lo habían descubierto y habían seguido sus pasos, los que lo querían y lo conocían, representados por Sabatini, hasta el borde del océano. Su visión subrayaba lo que había pensado aquel día. Que en nuestra generación disfrutamos la experiencia del redescubrimiento en la anterior de la experiencia enteogénica, es algo que se lleva en la sangre desde chicos, como todos los monos ya saben pelar las papas, si había entendido bien las vagas teorías de Ponen. Los místicos eran siempre de derecha pero ahora, menos mal, ya no hablamos de misticismo, sino de la naturaleza, del problema de lo natural, o como me gustara llamarlo. Que le diera a sus palabras el beneficio de la duda. Como si hiciera falta que lo digas, Elortis.

Recuerdo que se largó a llover hacia el final de esa larga conversación. Parecía el fin del mundo. Le dije que él era un mago y que yo era una bruja, dos potencias contrarias y enemigas. Ok, brujita. No hablamos durante una semana. Lo veía conectado pero no lo saludaba; me irritaba que su orgullo le impidiera iniciar una conversación.

Cuando finalmente me saludó, al principio acordamos que iríamos a comer una hamburguesa en la hora de almuerzo que me daban en el trabajo, pero Elortis no parecía muy entusiasmado con la idea, tal vez prefería que nos viéramos en otro momento y lugar, y al final terminamos posponiendo ese encuentro.

Con las cosas que pasan yo no tenía ganas de encontrarme a la noche con alguien que en en realidad no conocía, y en una charla anterior cuando se había tocado el tema le propuse que nos podríamos ver con la condición de que estuviera presente, por lo menos, una amiga en común. Se enojó; no entendía cómo le daba tantas vueltas.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 3.

3.

A mí lo que me había dejado en claro todo esto, el descubrimiento de Elortis, que para él había sido facilitado por su propia ex novia desde que le había revelado lo de las contraseñas intercambiables, fue que yo estaba celosa de Miranda; por algo había seguido apegado, no era tan así como me decía a mí que no le gustaba y no la quería. Todo este tiempo él había estado buscando una razón para acercarse a ella con una pasión renovada. ¿Qué hubiera sido de mí si me hubiera jugado por él? ¿no sería ahora una Miranda con otro secreto que esconder? La culpa era de él, decía, por haber aceptado el inmoral juego del noviazgo. Empecé a no contestarle cuando me saludaba, a hacerme la linda, como él decía. Como no le gustaba insistir con las mujeres, tampoco me saludaba. Estábamos ahí, conectados, cada uno en su mundo, a veces hasta altas horas, y yo a veces le mandaba algunos mensajes subliminales en los subnicks, pedacitos de canciones con letras esperanzadoras, de reencuentro y vuelta a los orígenes.

Cuando por fin, después de varias semanas, retomamos la charla, fue porque me dieron ganas de contarle que finalmente había vuelto a aparecer mi ex, era verdad que se había peleado con la chica que salía y necesitaba hablar con una buena persona, según me dijo, para convencerme de que volviera a hablar con él. Elortis, que cuando lo conocí había llorado al saber que había quedado sola, se puso furioso. Dijo que no me convenía volver a tener contacto con alguien que se había alejado de mí antes, dar pasos atrás era un error grave cuyas consecuencias se descubrían sólo con el tiempo, las cosas terminaban por algo, y un largo etcétera de cuidados que quería que yo tuviera para no caer otra vez en las garras de Santi. Más que nada no le parecía bien, ahora que él había dejado de tener contacto con Miranda, que yo hablara en el mensajero con mi ex, creía que tenía que cortar cualquier lazo porque no existía la amistad entre el hombre y la mujer; ese cuento a él no se lo vendían más.

En fin, dejé de hablarle por otro tiempo, esta vez más largo. Cuando volvimos a hablarnos, Elortis me salió con otra de las historias de la enanita. Al sur otra vez, entonces, a la casucha en esa especie de conventillo donde él tomaba mates con la viejita encorvada.

Todo porque me aclaró que estaba dispuesto a convertirse en monje, quería alejarse de la sociedad para desintoxicarse de su influencia negativa.

Pensaba, como el escritor Maugham dijo, que las malas experiencias empeoran, envilecen a las personas al contrario de lo que se dice. Listo, Elortis, si vos lo decís por algo será. Dijo que iba a hacer la gran Pancho Sierra, que después de un traspié sentimental se retiró al campo a reflexionar sobre la vida y terminó siendo un sanador, un santo informal entre tantos otros santos informales. A Pancho Sierra se lo había presentado la enanita y el personaje le caía particularmente simpático.

Cerca del barrio de la enanita había una casa de dos plantas. Ahí vivía un médico y su familia. El médico había heredado de su padre alemán un Stradivarius auténtico, que guardaba en una vitrina del salón de esa casa, a la que sólo había entrado una amiga de la enanita porque salía con el hijo, un descarriado que jugaba en Independiente —en ese tiempo los futbolistas jugaban por amor al arte, así que este tipo era un mantenido. Uno de los hermanos era médico como el padre y el otro se había metido en la política, lo que en esa época, como en ésta —eso sí que no cambió—  quería decir que tenía conexiones mafiosas, así que siempre estaba bien ubicado por una serie de devolución de lealtades. Pero el futbolista embarazó a la amiga de la enanita, su percanta, a la que sólo hacía entrar a su casa cuando se iban todos, y no le quedaba otra que juntar plata para pagar un aborto. Tiempo atrás el abuelo del futbolista había muerto y en el testamento decía que el violín le correspondería al nieto que demostrara ser el mejor en lo suyo. Al médico todavía no lo convencía ninguno de sus hijos, como para cumplir el deseo de su padre. El que había seguido sus pasos en la medicina parecía ser el adecuado, era el mejor de la clase, aunque el político había hecho conocer el nombre de la familia y traía masitas, bombones, vinos y otras exquisiteces en la cenas familiares que lo hacían merecedor del violín; el futbolista quedaba último en la lista, se la pasaba en las esquinas con los amigos, le silbaba a las chicas cuando pasaban, y varias noches volvía borracho de las farras que tenía con los muchachos del club. Pero era el que más lo necesitaba para venderlo y pagar la operación, así que empezó a buscar el medio de hacerse con el violín.

La amiga de la enanita conocía a un tipo que vivía en una piecita arriba de una tintorería que decía ser espiritista. Lo fueron a ver y el hombre, un tipo de  una copiosa barba blanca que parecía más de utilería que real, decía la enanita porque ella también lo había visto varias veces caminar con la mirada ausente por las calles, le preguntó a la chica —porque el hijo del futbolista no quería saber nada con que lo vieran entrar ahí— cuál era el problema, y la chica le mostró la panza en crecimiento. El manosanta, que se llamaba Ponchilo Barracas, le preguntó a la amiga de la enanita si no le permitía realizar el procedimiento habitual. Le pidió que se pusiera de pie, y él se arrodilló e inclinó la cabeza hasta la altura del ombligo de la chica. Se quedó mirando fijo un rato sin parpadear. Había visto cuatro ojos, lo que significaba que iba a tener mellizos. La amiga de la enanita casi se desmaya, y pasó a contarle el plan para el que lo necesitaban.

El hijo del futbolista le diría a su padre que se había hecho amigo de un espiritista que podía comunicarse con los muertos y arreglaría una reunión en la que Ponchilo Barracas entraría en contacto con el alma de su abuelo para que dirimiera la cuestión del violín. Ponchilo cerró el trato al escuchar que le darían un porcentaje de la venta del preciado instrumento. El futbolista se las arregló para que toda la familia estuviera presente el día de la sesión de espiritismo, y ubicó un velador en el medio de la mesa grande del salón. Una vela iluminaba la cara de Ponchilo Barracas, que les contó a las demás siluetas oscuras cómo había empezado su camino espiritual.

Mientras caminaba por la avenida Mitre una tarde, se cruzó con un hombre de larga barba blanca y pelo largo que iba con la cabeza gacha. En aquel momento, no le dio mucha importancia al encuentro, aunque quedó impresionado por la altura y la palidez del hombre. Lo vio varias veces, siempre con la cabeza baja, concentrado en el piso. Volvió a cruzarlo, esta vez él iba acompañado de una dama, a la que se lo señaló para que conociera al extraño personaje que encontraba habitualmente en sus caminatas. Resultó que la chica no veía a ninguna persona en el lugar señalado, y en ese mismo momento el hombre de barba blanca levantó la mirada del piso y la clavó en Ponchilo. En cuanto lo perdieron de vista, la chica le pidió que le describiera al personaje que había visto. Cuando Ponchilo, que en ese momento se llamaba Ernesto, terminó la descripción, la chica ahogó un gritito con las manos, y le dijo que ese no era otro que el mismísimo Pancho Sierra.

La chica le aseguró que si lo veía era porque le quería transferir su misión. A partir de ese día, Ernesto dejó de ver a la chica, se recluyó en su piecita de arriba de la tintorería, donde mantuvo un fluido diálogo con diversos personajes y alimañas que se le presentaron, a lo san Atanasio y, poco a poco, empezó a ejercer su tarea de interpretar almas en tránsito, ya sean terrenales o etéreas. Al rato los tenía a todos agarrados de la manos, y cuando lo poseyó el abuelo del futbolista, fue para dejar en claro que el violín era propiedad del nieto que había aportado a que el club de sus amores creciera, el que hacía posible que les descargaran cada tanto carretillas de bosta en la cancha del club contrario. El violín fue entregado al futbolista esa misma noche y la enanita nunca supo con certeza si serían o no mellizos los que iba a tener su amiga en aquel momento, aunque dio la casualidad que muchos años después la chica cumplió la profecía de Ponchilo.

El espiritista intervenía en otra historia relacionada con la familia del alemán. Tiempo después del episodio del violín varias empleadas de la fábrica de fósforos donde trabajaba la enanita fueron atacadas con el mismo patrón de conducta  (mi amigo se preguntaba si ese trabajo insalubre no sería la causa de la parálisis de medio cuerpo de la enanita; ya Marx comparaba los horrores de la industria fosforera con la descripción de Dante del infierno). Además de aguantar el trabajo arduo controlado por un capataz español severo y el frío que calaba en los huesos en las instalaciones, empezó a correr el rumor entre las fosforeras de que a la salida del trabajo algunas chicas habían sido violentadas por una silueta negra, un homínido oscuro, que descendía de los árboles. El hombre, que llevaba la cabeza encapuchada, al principio se aprovechaba de ellas, pero después empezó a quitarles sus pertenencias y a robarles el insignificante pero valioso sueldo. Ahí fue que la historia empezó a difundirse.

Como los policías no lograban dar con el delincuente, y en la fábrica se decía que era una presencia sobrenatural, un sátiro que vivía en los árboles, algunas empleadas, entre las que estaban la enanita, juntaron unos pesos y se presentaron en la habitación de arriba de la tintorería para que Ponchilo Barracas pusiera fin al asunto de una vez por todas.

El espiritista esta vez pidió observar unos minutos a una de las chicas que había sido atacada por la fuerza de los árboles, como se refirió al maleante, aunque les aseguró a todas que era una persona común y corriente. Repitió la operación de mirar fijamente el ombligo de su cliente, pero esta vez subido a una mesa. Las chicas se reían de Ponchilo, agazapado como un animal sobre la mesita que usaba para atender a las personas y tomar mate. Después se paró en el medio de la habitación, cerró los ojos, y esta vez le pidió a la fosforera, que todavía tenía desabotonada la camisa y el ombligo al aire, que se acercara para soplarle en la cara. Luego garabateó unas palabras en un papel y les pidió a las chicas que lo entregaran en la comisaría cuanto antes.

Al anochecer dos policías veían salir de la casa de dos plantas a uno de los hijos del médico, el estudiante de medicina, y lo seguían de lejos. En cuanto lo vieron encarar una calle arbolada se detuvieron; mientras el estudiante aceleraba el paso, venía una chica alta y muy abrigada. En ese momento los policías se quedaron boquiabiertos, porque en un segundo de descuido perdieron al estudiante de vista y la calle apareció desierta, solamente la chica abrigada de paso torpe la atravesaba lentamente.

A mitad de cuadra la fuerza de los árboles cayó sobre la chica e intentó maniatarla. Cosa imposible porque en realidad la chica era un macizo policía disfrazado de fosforera que hizo volar al estudiante contra el tronco del árbol, donde le sacó la capucha frente a los dos policías de refuerzo. Luego corrió el rumor de que robaba los sueldos, que guardaba en una caja de cobre que no tocaba en la casa, para desviar las sospechas; quién podría pensar que el hijo del acaudalado médico necesitaba el dinero. El policía tenía experiencia en disfrazarse de mujer porque antes de ser policía lo hacía para los carnavales, hasta algunos decían que lo siguió haciendo, que era una especie de infiltrado en el corso. Era amigo de Carlitos, un travesti de la comparsa de Avellaneda, un tipo flaco y sin dientes que aparecería muerto tiempo después. En cuanto al hijo del médico, a la semana quedó libre; el hermano que se dedicaba a la política apretó con la ayuda de sus amigos mafiosos al comisario. Ponchilo no había tenido en cuenta las consecuencias de su intervención y tuvo que irse a vivir a Córdoba por un tiempo. Cuando volvió a su habitación de arriba de la tintorería tenía una barba que no parecía falsa para nada.

A mi amigo le hubiera gustado saber más de Ponchilo Barracas, pero la enanita sólo le había revelado esas dos historias. Menos mal, Elortis: ya me voy a dormir.

Augustiniano todavía no quería saber nada con Elortis, aunque yo notaba que en el fondo lo apreciaba; decía que Los árboles transparentes era un libro inclasificable. En la agencia de publicidad donde trabajaba no lo había comprado nadie y eso aumentaba su valor, no era un best-seller de esos que leía en los tiempos libres la diseñadora gráfica. Sin embargo, para él no era más que un abusador de chicas jóvenes, dispuesto a abalanzarse sobre mí en cuando pudiera. Que recordara que me había invitado a su departamento y que sólo se había rectificado en cuanto vio que yo no tomaba en serio su invitación. También creía que Elortis exageraba la historia de su padre para tener conversación.

En mi nuevo trabajo salíamos a comer puntualmente a las dos y media. A Elortis nunca lo veía conectado antes de las doce. Se ve que trasnochaba. Yo me seguía preguntando qué se quedaba haciendo por las noches, tal vez se había conseguido una reemplazante que le prestara atención. Por una charla anterior, supe que antes de conocerme había mantenido una amistad virtual con una metalera que le hizo conocer las variantes de la música que escuchaba, me las enumeró de memoria: heavy metal, trash metal, death metal, doom metal, black metal, folk metal, gothic metal, progressive metal, glam metal y hasta metal vikingo. Elortis escuchaba a volumen bajo estos pedacitos de canciones que la chica le mandaba por el mensajero, temiendo que sus vecinos pensaran que estaba poseído por el demonio. Por suerte, decía, el folk metal y el metal vikingo eran variantes bastantes alegres. También, la joven le hizo conocer algunas bandas argentinas que se dedicaban al metal; por ejemplo, la chacarera metal.

por Adrián Gastón Fares

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 3.

3.

Durante la convalecencia que siguió a la operación, no dejé de pensar en Elortis, mi querido amigo virtual, y lo que fuera que estuviera haciendo en esos momentos. Le comenté al pasar que necesitaba dadores de sangre. Se presentó al día siguiente, aunque no lo aceptaron. Dijo que porque había dicho la verdad en todas las preguntas del cuestionario. Seguro que, como un conocido, andaba con más de una y por eso lo rebotaron.

Cargándolo, le pregunte si iba a ir a visitarme a la clínica; dijo que sí pero no cumplió, aunque llegó un mensajito de él para preguntar cómo me había ido, tres horas después de que me sacaran del quirófano. Estaba mi mamá y no pude evitar la sonrisa. Le dije a Elortis que me vendrían bien algunos de sus libros audibles para la noche. Ahora no puedo evitar imaginármelo diciendo mi nombre a la enfermera, y después sentado en la sala de espera de dadores de sangre, antes que lo llamaran para llenar el formulario.

Sus audiolibros no hubieran sido muy interesantes para mí, como ya dije eran libros viejos, por esa época yo leía poco y nada —¡con todos los textos que me daban en la facultad!—, pero estaba enganchada con esos de vampiros enamorados y un tiempo estuve con los otros de tipos que van atrás de símbolos secretos. Ahora cada tanto me compro algunas novelas más interesantes que me recomiendan en el trabajo.

Sabatini y Ortiz se ocupaban de todo Jack London, Martin Eden incluido, Elortis precisa; de la obra completa de Lewis Carroll, los Cuadernos Norteamericanos de Hawthorne, las cartas de Flaubert, Allá lejos y hace tiempo, los Viajes de Marco Polo; Wilde, pero el argentino no el que había hecho envejecer a un retrato, porque no se habían animado a leerlo en voz alta. Hubo una fuerte discusión para ver quién hacía de Flaubert en las cartas, ya que siempre eran sus voces las que interpretaban las lecturas. Si eras vecino de su oficina en esa época podías escuchar la voz de Sabatini como Flaubert y la de Ortiz como Turgueniev o Maupassant. Casi se van a las manos para ver quién era el señor de Balantry y cumplieron el deseo de Borges de dividir en dos actores al señor Jeckyll y Mister Hyde. ¿A que no saben quién se ocupa de los párrafos en que aparece Hyde en la grabación? Lamento informarles que Elortis no quiso revelarlo. Y es imposible averiguarlo porque, aunque algunas grabaciones circulan, ésa se perdió en un disco rígido defectuoso.

Si se divertían tanto; ¿por qué se separaron esos dos? La culpa, tal vez, la tuvo el libro que escribieron a dos manos.

Algunos días después de mi operación, tuve una charla rápida con Elortis. Don Luciano, el vecino que le cuidaba la casa de la costa, tenía noticias de Motor, mucho no le quiso decir aunque le pidió que viajara cuanto antes. Se haría una escapada al otro día.

Ya de vuelta, en una charla más distendida, me cuenta cómo le fue. Apenas llegó, después de un viaje rápido y sin inconvenientes, aunque la soledad de la ruta lo había adormecido mediando la mañana fría y nublada de principios de otoño, Don Luciano lo acompañó hasta la casa de un vecino.

Cruzaron la plaza, un colchón de agujas de pinos (esos árboles habían crecido desde que Baldomero plantara él mismo los primeros ejemplares de la variedad pinus brutia, según había investigado recientemente mi amigo, un pino de gran altura, natural de zonas mediterráneas), hasta una casa blanca de madera donde el señor Heller, ex capitán de fragata y compañero de pesca de tiburones de su padre, pasaba la mayor parte del año, gracias a una jubilación de privilegio que, según don Luciano, ningún proceso judicial había logrado quitarle.

Ni bien entró, Elortis se fijó en los muebles pesados que tenía la casa, en las vitrinas repletas de soldados de plomo de la Segunda Guerra Mundial, iguales a los que su padre compraba en el Pasaje Obelisco —tal vez el ejemplo de su amigo había dado el puntapié inicial a su afán por coleccionarlos— y en las pieles de animales salvajes que colgaban de las paredes, particularmente en la cabeza de un tigre de Bengala, colocada arriba del hogar, adelante del cual se extendía por el piso la piel blanca del mismo animal, rodeada de un par de sillones largos tapizados en cuero negro. La piel terminó de impresionar a Elortis.

Don Luciano, entusiasmado, revelando su camaradería habitual con el propietario, lo invitó a que se sentara en el sillón frente al ya repantigado Heller. Elortis dijo que nunca probó un whisky tan bueno como el de ese hombre. Aparentemente, un marinero le regalaba lo que quedaba en el fondo de los barriles escoceses, un líquido asentado y espeso.

En esa casa, con el fragor de las ramas de los árboles que se clavaban en el cielo, mi amigo intuyó dos veces una presencia que le soplaba la nuca, y se le ocurrió, mientras don Luciano y Heller intercambiaban opiniones sobre el clima político y personajes de la farándula en la temporada de verano de Mar del Plata, que bien el ex capitán podría tener una chica enterrada en el fondo cuyo espíritu viniera a pedirle una revancha, un rescate, si es que se podía rescatar a alguien ya muerto le digo yo, pero Elortis me dice que se tiene que poder.

Por un momento, creyó ser la señora Marple, vaso de whisky en mano en vez de té, en la historia que se llamaba Némesis si mal no se acordaba, donde la heroína tenía que visitar jardines ingleses para dar con el asesino, y entonces el ex cazador de tiburoncitos fue el cómplice de un terrible crimen compartido con Baldomero. Justo apareció Motor, dio unas pisadas sobre la piel de ese otro felino, pero muerto y gigante, y saltó a la falda del señor Heller que, sonriendo, dejo reposar su mano sobre el gato.

Heller le contó que Motor se había portado de maravillas, y pasó a explicarle porqué los gatos eran sagrados para los egipcios; una razón muy práctica: la eliminación de las ratas. Elortis, al contestarle, no se sintió la señorita Marple sino su padre, por la entonación grave, calculada; también es verdad lo contrario, dijo, inventamos fundamentos prácticos para llevar a cabo las decisiones más alocadas.

No podía sacar los ojos del fondo largo, con esos árboles y un tobogán, y le echó en cara a su padre muerto no haberlo traído de chico a jugar a lo del capitán, más cuando descubrió a esas dos nenas que le sonreían desde una foto en la mesita ratona. La casa cruzando la plaza, antes un terreno con algunos arbolitos dispersos y una inscripción tímida en el cantero del medio que inauguraba un futuro espacio público, había pasado desapercibida en sus tardes solitarias.

Igual, de repente se olvidó de lo demás, y le preguntó a Heller si se animaba a escribir una nota a favor de su padre, que sería enviada a los diarios. Le contestó que con gusto escribiría una, pero le extrañaba que no supiera que una carta firmada por él comprometería más a Baldomero, aunque estaba dispuesto a desligarlo, mediante sus palabras, de cualquier sospecha. ¿Qué habría querido decir con eso?, se preguntaba Elortis; ¿sólo de palabra podía desligarlo? ¿habría algo verdadero en la acusación? Prefirió no seguir insistiendo en el pedido.

Volvió a cruzar la plaza con Motor en sus brazos y el cada vez más viejo don Luciano, quien se atrevió a contarle que Heller y Baldomero solían escaparse a Mar del Plata con la excusa de ir a pescar, pero que en realidad hacían de las suyas como cualquier hombre de antes, lo que hizo que se acordara del interés de Heller en la farándula marplatense, y también de la ex vedette Susana P. Apenas subió al auto, notó que Motor estaba un poco arisco. Cuando le preguntó sobre sus aventuras independientes, le contestó con un maullido seco, más ronquido que otra cosa, y no dejó de encorvar la espalda cada tanto durante el viaje, como echándole en cara que lo hubiera perdido.

Ya de vuelta en su departamento, con el gato recién alimentado en sus faldas, y todavía sorprendido y asqueado por las pulgas que le descubrió en el cuello y en el lomo, vio la respuesta de Sabatini; se negaba a colaborar en el prefacio de la nueva edición del libro que escribieron.

Lo de Los árboles transparentes había empezado como un chiste, una paradia. Cuando notaron que vender libros audibles no era ningún negocio se propusieron hacer un libro a manera de imitación de tantos psicoanalistas devenidos escritores. Para eso, Sabatini se encargó de seleccionar a varios conocidos, en su mayoría antiguos pacientes suyos, que darían testimonio sobre relaciones truncadas, amorosas, familiares, laborales. En el libro daban a entender que las relaciones se desgastaban por causas exteriores naturales y no por problemas inherentes a la personalidad de cada persona, idea que lo hacía parecer más una crítica al psicoanálisis que uno de esos best-sellers de autoayuda que fomentaban la profesión, y terminaba dejando a los psicoanalistas algo mal parados.        Pero, para decir la verdad, no era el medio, me decía Elortis, lo que impedía que las personas fueran felices; eran los prejuicios, las opiniones infundadas y el resto de las configuraciones mentales que el sistema cada vez más invisible y amigable en que vivíamos nos implantaba para aislarnos y conservarnos como una célula cada vez más eficiente, sin tener en cuenta las consecuencias. Las personas afines se terminaban desencontrando. La incomunicación y la soledad hacían de las suyas.

Me pareció que lo decía a propósito, pensando en mi supuesta inapetencia sexual, cuando agregó que hacía rato que la represión sexual y de los sentimientos —la que más le preocupaba— no provenía de la religión sino de las metas falsas que nos imponían. La libertad había sido manipulada tanto en los últimos tiempos y ahora era una trampa cada vez más transparente.

Sabatini fue un gran artífice del libro, preguntando sin vueltas a sus ex pacientes los secretos más íntimos de sus relaciones. Elortis escuchaba las entrevistas y se dedicaba a inventar una historia que reflejara la situación de cada entrevistado. Tengo una amiga que se sabe de memoria, y hasta copia en su mensajero, algunas de las frases de Los árboles transparentes.

El título se debe a la metáfora de Elortis de un bosque repleto de árboles que no pueden verse los unos a los otros, solamente creen percibir algún que otro reflejo, casi siempre erróneo, de una presencia ajena a la suya. Según, Elortis, que como vemos no era muy amable con su obra, es esta especie de crítica light a la sociedad la que aseguró las ventas del libro. Sin embargo, más de un crítico literario agradeció la imagen de este páramo que en realidad era un bosque.

Los árboles crecen en altura porque piensan que así podrán ver otras especies a lo lejos pero en realidad nunca ven nada y la soledad empieza a torcerlos, a doblegarlos, hasta que el bosque se vuelve además de invisible, tenebroso.

Noches después que mi amiga me hablara del libro, soñé que pisaba el bosque de árboles invisibles con pasos cada vez más rápidos que terminaban en una corrida. Mis manos rozaban cálidas y ásperas cortezas translúcidas. De repente, me dominó una alergia terrible que debía provenir del polen oculto que lanzaban al azar esos gigantes y me desperté estornudando —gracioso, pero acabo de estornudar a la mitad de la frase.

Según mi amiga —la primera vez que intenté alejarme un tiempo de Elortis, cuando las charlas se volvieron más frecuentes, me prometí no leer nunca el libro— el caso más interesante que encontró la dupla Ortiz-Sabatini era el de Roberta Catani.

Esta mujer era una histérica cleptómana, por lo tanto mitómana, así que mejor tomar con pinzas algunos detalles de su relato, también lo aclaraban en el libro, que se enamoraba, y era correspondida, de un compañero de trabajo.

La relación prospera, y los novios pasaban cada vez más tiempo juntos —en el call center donde trabajaban y en la casa— hasta que Catani descubrió que le faltaban algunos libros en su biblioteca. Otra vez, no encontraba el juego de cubiertos de plata heredado de su abuela y, finalmente, desapareció el frasco donde dejaba las monedas que separaba para el colectivo. Roberta rompía con su novio en cuanto corroboraba que era un deleznable y mentiroso ladrón, pero a la semana el muchacho la citaba para reclamar un reloj pulsera, la estilográfica que le había regalado su madre cuando terminó la secundaria, y hasta una esponja exfoliadora. Ya reconciliados, vivían felices hasta que, en un confuso episodio en una farmacia, un policía mataba de un tiro al novio.

Estos Bonnie y Clyde de sillón de psicoanalista calaron hondo en la opinión pública. A mi amiga le brillaban los ojos mientras me lo contaba.

Dos personas con individualidades complejas pero que aprendieron a compartir sus debilidades, que a la vez, como en muchos casos, comentamos con Agos, eran sus placeres ocultos.

Ninguna relación parecía tan feliz como la de Catani y su novio del call center, y la cleptómana pronto fue una invitada habitual, como Susana P. después, de los programas de chimentos. Aunque Ortiz y Sabatini trataran de convencerla al principio para que no aceptara esas invitaciones.

Ya sabía lo demás me dijo Elortis: el libro gustó, se vendió bien, y ellos también se expusieron y viajaron a Mar del Plata para dar esa charla de literatura de verano en Villa Victoria y participar del famoso almuerzo televisivo de la famosa señora. Sin embargo, Sabatini se resintió en cuanto vio que las preguntas de la prensa iban dirigidas a Elortis y cada vez que mi amigo aclaraba, condescendiente, que había escrito el libro a dos manos, no podía evitar sentirse un impostor, lo que ahondaba su bronca.  Por otro lado, el tiempo que habían trabajado en el libro con las cuentas justas, sin poder darse ningún lujo, con sus respectivas parejas manteniéndolos, y recriminándoles el desbaratado camino que había tomado la sociedad, hizo que en las etapas finales de la escritura los, hasta aquel momento, entrañables amigos de aventuras empezaran a tener algunos roces.

Elortis le había echado en cara a Sabatini que no trajera víveres para subsistir en la oficina —siempre le comía las mermeladas que él llevaba y le vaciaba sus cajitas de té— y no le perdonaba que cada día apareciera más tarde porque había empezado a atender pacientes en su domicilio por la mañana, antes que su esposa lo usara para lo mismo. La relación de estos hombres intrépidos —palabras de Elortis—, que habían intentado distanciarse del resto de su camada al ocuparse de trabajos más afines a sus gustos, empezó a desgastarse de esta manera. Tengo que admitir que a mí me molestaban estas salidas de Elortis, tanto hacerse el revolucionario, y en cuanto empecé a trabajar en el estudio de abogacía sus opiniones se hicieron cada vez más ácidas e inaguantables.

Y acá pensó que venía al caso una de las historias que contaba la enanita. Me llevó al sur otra vez, a la casucha de dos por dos donde la enanita le había contado sobre el matón Ruggiero o Ruggierito. La relación entre Ruggiero y su compinche Baigorria venía mal, desconfiaban el uno del otro. La enanita presenció la historia que relata, mientras paseaba un domingo con su amiga. Ruggiero y Baigorria salieron de una galería, donde habían ido a “cobrarle” personalmente a una joyería, y caminaban alegres con las joyas que les regalarían esa noche a sus mujeres en sus bolsillos. De un momento a otro el cielo se llenaba de nubes y el aire se tensaba en espera del inminente chaparrón. Mientras Baigorria se acomodaba el mechón de pelo que el viento le hacía caer en la cara, Ruggiero se paró en seco. Creyó ver que el canillita parado en la esquina inclinaba hacia atrás su sombrero en señal de peligro. Andaban con cuidado porque unos matones radicales se las tenían jurada. De repente, un ruido seco y sordo hizo que los dos desenfundaran sus pistolas. Por un instante, cada uno apuntaba al cuerpo del otro, aunque enseguida rectificaban el impulso y buscaban con sus armas más allá de sus espaldas, transformando la posible traición en un acto de arrojo. Rezagados, los dos matones que los acompañaban a todos lados también desenfundaban y rastreaban con sus armas al agresor hasta que se daban cuenta que el estruendo era causado por un ventarrón que había derribado al cartel de chapa de la puerta de la galería. Así y todo, la relación de Ruggierito y Baigorria ya no sería la misma después del episodio patético de la caída del cartel y el primero mandaría tiempo después a eliminar al segundo.

El éxito del libro acentuó las diferencias entre Ortiz y Sabatini. El tiempo que pasaron juntos para crearlo logró que cada uno reconociera la previsible forma de actuar del otro. Ya no había sorpresas ni risas. Le sugerí a Elortis que tal vez él no fuera tan macho como creía ser y le pregunté, medio en broma, si alguna vez no se había sentido atraído por alguna persona de su mismo sexo. Responde, típico, que no lo descarta en el futuro porque estaba algo cansado de las mujeres pero que ese detalle iba mejor para la historia de Ruggierito y Baigorria y de cómo se cuidaban las espaldas, a pesar de recelarse, el uno al otro.

Y tenía otras historias que le contaba la enanita, pero por suerte apareció mi mamá y me preguntó qué hacía tan tarde en la computadora y pude desearle las buenas noches a Elortis. No es que me fuera a retar, pero aproveché para tomar un café con ella. Nos hablamos, Elortis, que sueñes con los angelitos, adiós, le decía, siempre así.

El día después de esa charla me enteré que mi ex se había puesto de novio y a la noche se lo conté a Elortis, que trató de consolarme. Le dije que nunca había querido de verdad a mi ex y que por lo tanto no me interesaba lo que hiciera de su vida, aunque esperaba que le fuera bien. Era una posibilidad, como decía Elortis, que Santiago no aguantara mis reiteradas negativas a tener sexo pero en realidad yo no estaba preparada y no soportaba la idea de entregarme a él por completo.

También, por esa época fue que iba caminando por Callao y me pareció ver a Elortis —si era fiel a su fisonomía la foto que mostraba— bajarse de un taxi y correr con un paraguas hacia una tienda de ropa de mujer. ¿Sería? ¿Entró en la tienda de ropa o en la librería de al lado? No quise preguntarle al otro día, porque si era él, debería haberlo saludado.

Elortis decía haberme visto en tres ocasiones, y en una la pegó, era yo y era él, los dos caminando rápido en direcciones opuestas, yo con una musculosa negra y un rodete en el pelo y él con una camisa a cuadros arremangada. Por un segundo nuestras miradas se encontraron y el corazón me dio un vuelco, pero seguí caminando más rápido y me perdí con una sonrisa en la bajada del subte.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 3. Calles céntricas.

3. CALLES CÉNTRICAS

Las calles céntricas lo acogieron, deslizándolo entre empujones y golpes por sus veredas repletas de personas en ese rojo atardecer. Luis se abría paso entre las personas caminando rápidamente, como si tuviera que llegar a algún lugar o necesitara concretar algún hecho importante. Caminaba como un héroe de película; con una cara de preocupación impuesta dirigida hacia el horizonte, sus pasos rápidos y firmes.

Nunca se fijaba en las personas, su vista estaba clavada en un punto más allá. Los transeúntes intentaban, pocos con éxito, apartar la vista del extraño y atormentado joven.

Parecía caminar solo en un desierto, en el que una avalancha constante de arena arremetía contra su cara y le hacía cerrar los ojos y arrugar la frente. Trataba de convencerse de que tenía un objetivo; ¡tenía que llegar a algún lado!

Dos nenas que iban de la mano de su madre empezaron a llorar al fijarse en aquel desconocido y se lo señalaron. La madre se agachó y las abrazó para apaciguarles. Todo esto mientras Luis se adentraba todavía más en el corazón de la ciudad y se daba cuenta que ya no había lugar para él. Las baldosas le parecían demasiado chicas, las vidrieras eran ornamentados monstruos de los que había que escapar. Sentía que la ciudad lo había descartado y que su lugar ya había sido ocupado por otro.

Sus pasos eran firmes, pero odiados por el suelo ya que no deberían ser dados. De repente, se animó a mirar a los ojos de las personas y notó cómo apartaban rápidamente la vista, como si hubieran visto algo obsceno. Algunos se apretaban la nariz al pasar junto a él.

Dejaba atrás una cuadra y llegaba a otra venciendo al imán que trataba de atraerlo. En esa caminata por las calles céntricas, desafió a los autos, a las personas, a los perros y a las manos que apretaban narices y se entrenó para olvidar, objetivo que logró recién al anochecer.

A esa hora le empezó a interesar la ciudad y su gente, mientras las luces se iban prendiendo y las calles iban pareciéndose a un enorme árbol de navidad caído, acostado a lo largo de una transitada llanura.

Luis Marte iba caminando por la ciudad sin darse cuenta que su cuerpo había empezado a pudrirse y que su corazón no latía desde hacía casi dos días.

por Adrián Gastón Fares