El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2.

Un hombre que deseaba llevar sobre sus hombros la administración de un pueblo no podía tener una mancha que peligrara la elección de los pobladores. Si yo quería que el partido confiase en mí, debía internar a mi hermano en el manicomio de Obel o sacarlo de la playa. De otra forma, me vería obligado a renunciar a la candidatura.

Reflexioné, y llegué a la conclusión de que mi hermano estaba realmente afectado. Sus problemas auditivos, incluido el persistente zumbido bilateral, habían creado un marco ideal para su introversión. Fui a verlo todas las tardes y no hubo caso: el hombre quería estar con su medallón mirando el mar. Muchas tardes me dijo que no era una locura, simplemente le gustaba meditar allí. Yo creía que un hombre de su edad no podía perder el tiempo de esa manera y me preocupaba su futuro. No tenía esposa, ni novia ni muchos conocidos. Era un solitario que necesitaba nada más que un sueño. Pero yo sabía de la tristeza de los que llegan a la vejez solos –ahora lo sé mejor– y, además, siempre soñé con tener un hermano mayor de verdad, maduro, con el que poder discutir mis asuntos y celebrar mis éxitos. Mi egoísmo fue, y es, la razón de mis tristezas.

Como vi que no había ninguna posibilidad de alejar a mi hermano de la playa, y Mario comenzaba a planear la deposición de mi candidatura, ideé un plan. Necesitaba la ayuda de algunas personas conocidas y de otras no tanto. Pero, ¿quién le iba a negar una mano a un posible gobernador?

Disponer de los restos del barco fue fácil. No se necesitaban más que algunas maderas y un aprendiz de carpintería. Para copiar los unicornios en el estuche, no hizo falta más que mi dibujo y las manos hábiles de un orfebre local. Consulté a un meteorólogo para que me informe sobre las mareas y dispuse todo para que los pescadores coloquen el barco donde fuera visto por mi hermano.

Al descubrirlo, comenzaron a tejerse en la mente de Miguel los enigmas y coincidencias que lo martirizan en su diario. Ya que si bien no fue difícil disponer del barco, si lo fue un poco armar la fosa de Malva y conseguir la fotografía que allí enterramos.

El Ruso conocía al anciano que cuidaba el cementerio y sabía que con poco dinero estaba arreglado el asunto. Había una estela que muy poca gente conocía pero que siempre estuvo allí. No tenía nombre, tan sólo una maldición. Allí mandamos a Eleuterio, el sepulturero, con las falanges que él mismo nos consiguió.

Encargamos el diario de Malva a un escritor recién llegado de Obel, un joven desesperanzado que no tenía otra alegría en la vida que llenar papeles, y por muy poco dinero, conseguimos un diario antiguo bastante verosímil. Allí se insinuaba la ubicación de la tumba mediante unas palabras de Castillo. Nosotros sabíamos que mi hermano solía leer en el cementerio y estábamos seguros de que encontraría el sitio señalado.

La fotografía fue lo más complicado. Jamás olvidaré las consecuencias de esa estratagema.

Allí fue donde conocí a Ingrid. Buscábamos a una chica que tuviera que dejar el pueblo y que se pareciera a la joven del retrato borroso del medallón que mi madre había entregado a mi hermano. Un domingo caminaba por unas de las calles cercanas a mi residencia cuando me crucé con una chica que por ahí paseaba.

Ingrid, de pelo rubio lacio, era más hermosa que la Malva del retrato pero sus ojos oscuros tenían ese aire triste que confería a aquella mujer gran parte de su belleza. La saludé y ella respondió que era un honor hablar conmigo. Seguimos caminando y hablando. Cuando nos separamos ya me había confesado que no estaba segura de sus sentimientos por su novio, un joven adinerado que vivía en Obel. No obstante, y debido a la locura de su padre –¿recuerdan aquel señor que Miguel encontró regando flores bajo la lluvia– quería abandonar lo más pronto posible su hogar y comenzar una vida nueva.

Me pareció la más adecuada para ser la doble de Malva y a la semana no sólo éramos cómplices, sino amantes.

Tuve en mi vida dos amores importantes. Es terrible que reconozca que ninguno de ellos fue mi esposa. La sonrisa de Ingrid es la que todavía sorprende mis sueños.

Mi esposa ya había descubierto el asunto. Ingrid estaba celosa y me quería sólo para ella, pero lo que pretendía era imposible de enfrentar para un político. Pronto me alegré de que su casamiento fuera inminente. Le conté lo que necesitaba de ella –una fotografía simple, en la que posaría con una peluca oscura y un vestido pasado de moda– y la convencí asegurándole que el futuro de mi hermano y el mío estaban en sus manos.

Cierto atardecer, mi caminata por las calles me llevó a las puertas de una casa abandonada. La atmósfera decadente del lugar cosquilleaba mi memoria, pero terminé por convencerme de que jamás la había visto. La puerta de la entrada estaba entornada y no pude evitar espiar. Así llegué al primer piso y descubrí la inmensa lámpara que colgaba del techo. Decidí que ese lugar era el ideal para recrear una mansión española.

Días después, estaba en el lugar con Ingrid y un fotógrafo. Necesitábamos esa fotografía para que mi hermano no dudase en ningún momento que el cuerpo encontrado era el de Malva. La única solución que entreví fue la de colocarla en la fosa y hacerla resaltar en el diario de mi supuesta prima. El escritor agregó en el discurso de la chica alusiones a una fotografía muy querida, que extrañamente había desaparecido. Y cuidamos de que en nuestra toma se viera en el anular de Ingrid un anillo de oro con un diamante falso incrustado, que luego pasamos a una de las falanges que enterramos. De ahí en más, estábamos seguros que todo iba a funcionar. Pero nunca, dios mío, imaginamos las complicaciones que el azar nos depararía.

¡Qué sorpresa cuando me enteré que la casa abandonada era de los Gutiérrez! Al leer el diario de mi hermano aparecieron ante mí los traviesos hermanos, siempre odiados por mi madre porque maltrataban a Miguel, no así por mi padre que veía en ellos una compañía noble para sus humildes hijos.

Yo era muy chico en la época que jugábamos con los Gutiérrez y no recordaba ni aquella mansión ni sus habitantes. De ahí la confusión de Miguel al ver la fotografía, la tulipa adornada de cristales que descendían casi hasta el piso se veía reflejada en el espejo de la vitrina y esto despertó en él la sospecha, sólo confirmada al encontrar la casa en sus caminatas. Entonces pensó en dos mansiones iguales en dos pueblos alejados y esta fantasía no hizo más que empeorar su confusión.

Otro paso fue arreglar a Falcón. Esto no fue difícil porque sabíamos que el comisario no desperdiciaba ninguna oportunidad de ganar dinero y aceptaba este tipo de donaciones. Con las condiciones de que mantuviera en secreto el plan y atendiera con disimulo a mi hermano tras el hallazgo del barco, le prometimos una buena suma de dinero.

No pudimos prever el interés de Martita por mi hermano. La casualidad quiso que fuera asesinada cuando iba a decirle algo importante a mi hermano. Estoy seguro que su intención era revelarle mi plan.

Una de las equivocaciones fue la de buscarle trabajo a Miguel. Me enteré por el Ruso que Kaufman necesitaba alguien que vendiese sus gansos. Pensé que las caminatas distraerían a mi hermano, alejándolo de la circunspecta soledad en la que lo sumiría el hallazgo de la embarcación.

Recuerden que yo tenía la esperanza de que el casamiento mantuviera a Ingrid lejos del pueblo y de esta manera nos libráramos de que mi hermano se la cruzara algún día. Pero ustedes serán, mis queridos amigos, más inteligentes que este viejo y ya habrán recordado que los refranes son tan repudiados por nuestros intelectuales como verdaderos: muchas cosas fallaron, y no fue el menor desliz la vuelta al pueblo de esa mujer.

El casamiento tuvo lugar en Obel, el pueblo del novio, un día antes de que mi hermano viera los restos del bergantín en la playa. Ingrid jamás volvería a su casa, ya que los padres del muchacho odiaban que se casara con una joven del pueblo sin nombre –recuerden que este pueblo todavía no había sido bautizado– y dábamos por sentado que la pareja evitaría nuestras inmediaciones.

Por otro lado, el padre de Ingrid la había maltratado cuando era chica y ella decía que el hombre merecía la soledad que le esperaba.

¿Hará falta agregar que no me fue muy grato estar en este pueblo, preparándome para engañar a mi hermano, mientras Ingrid se casaba en Obel? Sin embargo, seguí dirigiendo los preparativos y al otro día todo salió como esperábamos.

¡Qué felicidad cuando me acerqué a la playa ese atardecer y no vi a mi hermano sentado en la arena!

Creí que lo había curado y que podría empezar a vivir una vida normal. Sin embargo, mi sonrisa se extendía por el apoyo incondicional que de ahí en adelante iba a tener de Mario.

Mi imagen estaba asegurada ante el pueblo.

Nadie, ni siquiera Schlieman, podría aventajarme en las elecciones. Sin el miedo de que un posible fracaso se debiera a mi pasado, yo estaba seguro de mí mismo…

Por Adrián Gastón Fares. (continuará)

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 2.

2.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 2.

 2.

Se venía el invierno y empecé a notar que Elortis pasaba más tiempo conectado. Aunque la mayoría de las veces ni siquiera me saludaba, por sus palabras de reproche cuando después de ese intervalo volvimos a hablar me di cuenta que le hubiera gustado que yo iniciara la conversación. Tan grande y todavía no entendía a las mujeres. Aunque no lo hiciera notar, a mí me intrigaba lo que pudiera estar haciendo solo en su casa.

Según me constaba, veía poco y nada a Miranda, que había vuelto a rehacer la vida que llevaba antes con sus amigos de zona sur, con Sabatini se mantenía en contacto sólo por e-mail para saber si había novedades de la producción de la película de Los árboles transparentes; ahora tenía a la misionera en el mensajero, ella había aceptado su invitación para tenerla entre sus contactos, y había visto que andaba con un tipo alto que usaba una camisa rosada, por lo menos era el que la abrazaba en la fotito y hermano ella no tenía; éste debía ser el estudiante de medicina que con el tiempo había aflojado, tal vez se habían casado como correspondía según su edad —aunque Elortis le llevaba algunos años. A todo esto, había perdido el rastro de Diego, que se había encerrado a trabajar en la novela sobre Soult. Su único alumno decía que otra cosa no podía hacer; no salía con mujeres, apenas veía a sus amigos y asistía solamente a las clases indispensables de la universidad. A la bailarina Sofía la había dejado de ver por el tema del acto en el vacío. ¿Me lo había contado? Sí, sí, Elortis.

Yo empecé a distanciarme porque me había dado cuenta que hablar con él no era un juego inofensivo para mí. Aunque me mostraba fría, impasible, y esquiva con Elortis, era la persona que más me conocía en aquel tiempo; sabía, según cómo le contestaba, si estaba preocupada por alguna amiga que no me trataba como me hubiera gustado o pensando en algún chico, aunque hacía rato que pensaba en un hombre más que nada… Sabía que verlo sería mi perdición e intentaba, sin éxito, no imaginarme el encuentro. Además, había empezado a pensar otra vez en mi ex novio, un amigo en común me contó que parecía que se estaba separando de su actual novia. Sabía que lo había perdido, no por ser inflexible por el tema de la virginidad como le dije a Elortis, tampoco era una santa y con mi ex de alguna manera nos arreglábamos, sino porque me había encontrado en una actitud sospechosa con un amigo en el comedor de mi casa.

Este chico, que formaba parte del grupo de amigos que tenía en Rosario cuando iba con mi papá a visitar a unos amigos, se había aparecido súbitamente en mi casa cuando no estaba mi mamá. Dijo que había viajado para ver a sus abuelos, y aprovechaba para pasar a saludarme. Lo hice pasar, le di algo de tomar, y de repente me empezó a mirar raro y me encajó un beso en la boca. Al otro día, aunque no pasó más que eso, se lo conté a Santi, que pateó la pared de mi edificio, y corrió a tomarse el 152 para su casa. Aunque aquel día no pasó más que eso, yo había tenido algo con mi amigo rosarino cuando era más chica. Hacía tiempo que Santi estaba enfermo de celos por este chico. Empezaba a extrañar a mi ex, aunque mientras estaba conmigo ya debía andar con otra chica, porque enseguida volvió a ponerse de novio. Por eso preferí dejar de hablar tanto con Elortis; cuando me preguntaba le decía que estaba embarullada.

Pero mi amigo virtual una noche me invitó descaradamente a su casa. Veo que logró captar otra vez mi atención. Primero, me preguntó si era de las que desarmaba la cama al dormir, y yo le contesté que peor, que mis amigas decían que yo tiraba patadas por las noches, pero hacía eso nada más cuando estaba nerviosa, sino dormía como un angelito. En un arranque de sinceridad me confesó que le gustaría dormir conmigo, que esas palabras tenían una carga sexual que me asustaba y lo condenaba, pero que solamente quería tenerme a su lado un rato. Hasta me preguntó si solía tener los pies fríos. Su imaginación volaba y, de alguna manera, lo volví a a sentir cerca. Y en el estudio de abogacía, como había muy pocos llamados, yo me la pasaba escuchando canciones que me hacían pensar en él.

Uno de los fines de semana, otro de aquellos sábados que hablábamos hasta muy tarde, me puse a hacerle escuchar algunas de estas canciones, que tenía en mi computadora. Como sólo le pasaba los trozos de canciones a través de un plug-in del mensajero, se quejaba de que yo no hablaba. Reaccionaba con deferencia ante algunas, como si él tuviera una cultura musical mucho más amplia, se notaba que no significaban nada para él o que no las pasaban en los boliches que frecuentaba en sus salidas con Romualdo, pero con otras reaccionaba de otra forma; enseguida enviaba una serie de respuestas exaltadas. Se ve que esas canciones despertaban en él recuerdos todavía frescos. Más que nada reaccionaba así con las retro —como Gloria o la de Flashdance. Repetí la experiencia otra noche, y obtuve los mismos resultados. Elortis protestaba porque yo estaba monosílabica, apenas contestaba, nada más le pasaba los trocitos de canciones para que opinara. A veces me devolvía comentarios lindos sobre las canciones, como respondiendo al título que tenían las que podía adivinar cuáles eran —¡nada nos va a detener!, por ejemplo, con la canción de Mannequin o con Don´t Dream it´s Over; ¡sabemos que no van a ganar!—, ya que el plug-in no revelaba el nombre de las canciones enviadas. Yo le contestaba con el iconito que pestañaba, que tanto le gustaba.

Sabía que algunas chicas de mi edad, como una amiga de Agos, salían con tipos grandes, pero el miedo que tenía de conocer a Elortis y desilusionarme, y a la vez la seguridad de que más adelante, cuando estuviera algo más madura, podía intentar algo con él si quería, eran más fuertes. Mientras tanto, me estancaba en sus palabras, en sus largas contestaciones, revisando el registro de cada conversación, como ahora, y después me animaba a poner esos subnicks alusivos a lo nuestro pero totalmente refractarios a la idea de consumación de lo que podíamos llegar a tener en el momento, cosas como que el tiempo dirá o que el futuro es nuestro.

Justo por aquella época la profesora de Derecho Internacional de la facultad se asoció a un prestigioso estudio de abogacía y nos ofreció a mí, y a otras dos compañeras,  trabajar en ese lugar como pasantes. No lo pensé dos veces, y dejé el pequeño estudio donde más que nada pasaba la tarde mientras mi jefa salía a atender a los clientes, ver a su ex marido, y tal vez, quién sabe, a mi padre también. La psicóloga me dijo que puedo escribir todas estas cosas, que ya no es mi responsabilidad los mantener secretos de nadie. En este estudio sigo trabajando actualmente, hay días que salgo a las once de la noche.

Entre el gimnasio, yoga, los cursos de capacitación de los fines de semana, natación y reiki no me queda tiempo para nada. Mis amigas del colegio también están muy ocupadas con sus ocupaciones y sus novios. A veces salimos todos juntos a algún after hours con los chicos del estudio, o nos juntamos a ver series o a jugar a la Wii, después de las capacitaciones. A Augustiniano le va muy bien, lo veo muy cada tanto porque trabaja en una productora de publicidad, y por las noches enseña Historia del cine en una universidad.

Veo que cuando empecé con el nuevo trabajo, Elortis trataba de mejorar el video del bautismo del hijo de su amigo. Mientras lo editaban, Diego le había transmitido algunas nociones del programa de computación que dominaba. Igual no podía concentrarse, estaba muy triste porque el padre de Richard había muerto de un ataque al corazón días atrás. Era un viejo que no hablaba mucho pero que siempre estaba alegre, de buen ánimo, hasta que cayó en una depresión que empezó muchos años atrás cuando lo habían echado de la empresa de electrodomésticos en la que trabajó toda su vida. Por lo menos, lo tenía sonriendo en ese video que había grabado con tanta antelación al bautismo. Pero a Elortis le dolió la desaparición de ese viejo porque le gustaba la manera en que pronunciaba su nombre para preguntarle cómo iban sus cosas, era el único que le hacía recordar quién era con esa pronunciación marcada de su nombre para llamarle la atención y enseguida hacerle la misma pregunta de siempre, un cómo va todo, qué tal  Miranda, o cómo anda Motor. Por lo demás, era otro de los que pensaban que había cometido un error al separarse de Miranda y últimamente también le preguntaba por ella con aire socarrón en la mirada. Richard estaba devastado, pero al otro día del entierro tuvo que trabajar igual porque había mucha demanda de gaseosas. Elortis intentó escribir un digno texto elegíaco, que incluiría en el souvenir-librito del bautismo, pero no se le ocurría qué poner, las palabras no llegaban. Finalmente, le puso a Jorguito que ya entendería quién había sido su abuelo por las palabras de sus familiares, y que por lo menos podía escuchar a su abuelo diciendo su nombre en el video, eso le serviría para entender muchas cosas.

Un fin de semana cuando había ido a buscar otro cuaderno para escribir algunas notas que quería agregar sobre Baldomero (ahora usaba estos cuadernos también para recopilar frases que se le ocurrían para el librito del bautismo de Jorguito) encontró una de las cartas de Miranda. Era de la época que él vivía sólo, y ella iba a Económicas. Me la copió textualmente. Estaba haciendo tiempo, después de que le suspendieran una clase, para encontrarse con Elortis. Decía así:

Te voy a relatar lo que pienso ahora. No me estoy volviendo loca, solamente es para pasar el tiempo. Tiempo de mi vida que pierdo acá. Me aburro, ya no sé qué hacer. No tengo nada para estudiar. Se me acabó la batería del Iphone. Antes de venir a este Mac para tomarme este café horrible, estuve como una hora dando vueltas en Coto y después media hora en Farmacity. Encima compré cosas que no necesitaba (acá dice Elortis que hay unos mamarrachitos dibujados hasta terminar la línea de la hoja arrancada de un cuaderno anillado de los chiquitos).

Al lado mío se sentaron dos personas que en vez de sentarse lejos para hablar de lo que querían sin ser escuchados, hablan despacio para que no los escuche. No puedo estar acá sin hacer absolutamente nada. Por eso escribo. Igual ya conté todo lo que hice y no puedo escribir más.

 ¡Me aburro!! ¿Cuándo venís, bebé? Ya no aguanto más, estoy al límite del mal humor. No aguanto a estos tarados de al lado. Me dijiste cinco minutos y ya pasó como media hora.

Odio las personas que trabajan juntas y se toman un café para criticar a otros. Seguramente mañana en el trabajo saludan a esas personas re bien. ¡¡Qué falsos!! 

No sé qué más escribir para disimular que soy una tarada perdiendo el tiempo acá. No me animo a salir a la calle porque hay un montón de gente pidiendo y me da miedo que me quieran robar. Aparte de eso, hace mucho frío y me parece que me estoy por resfríar.

¡¡Me quiero ir!! Me gustaría que estos dos se callen y que todo el mundo se vaya. Me gustaría tirarme en un sillón, estar cómoda. No soporto este lugar lleno de gente que está con amigos y que me miran como si fuera un bicho. Me quiero ir, mi amor. Cuanta veces lo puedo escribir? Por favor, vení antes porque no sé qué más hacer. Por favor, bebé. Te imagino caminando hacia acá. Solamente quiero que falte poco porque no aguanto más la espera. Y Martincito ya debe estar llorando en lo de tu mamá.

Por favor, vení. (Y más abajo hay otro mamarrachito, según Elortis, que representa a él caminando, con la leyenda: negrito —como también lo llamaba— viniendo hacia acá. También había flores dibujadas, estrellas, arbolitos, unas especies de clave de sol con las puntas espiraladas hasta el infinito, ramas florecidas y una casa echando humo por la chimenea frente a una vía de tren)

Encontrar esta carta ablandó un poco la memoria de Elortis, que al principio temió seguir revolviendo los cajones de su casa, porque guardaban muchos más recuerdos de Miranda. Pero en su encierro voluntario, o no tanto porque decía que igual nadie lo llamaba, se le ocurrió ordenar todo. Miranda había aprovechado un fin de semana largo para irse cuatro días a la costa con sus amigos, era lo último que sabía de ella y se había llevado también a Martín y a su nueva amiga. Se alegraba que su hijo hubiera encontrado a esa chica después de la desilusión de la mochilera. Pero empezó a pensar que si era el grupo de amigos de tenis seguro que había ido con el tío Oscar y su esposa. Esta mujer debía ser muy distraída o poco celosa. A Martín le caía bien el tío Oscar porque lo llevaba a andar cada tanto en cuatriciclo cuando era chico. En su soledad, Elortis se imaginaba a una Miranda adolescente corriendo por las mañanas por la costa con el tío Oscar —que en su imaginación aparecía cada vez más viejo y todavía lampiño.

En esos días se acordaba mucho del mono Albarracín. ¿Por dónde andaría?, se preguntaba; ¿lo habrían atrapado los de las veterinaria de la vuelta? ¿y si el portero se lo había llevado a su Tucumán natal? Se sentía culpable del destino del mono. Cuando el estado de salud de su padre empeoró, discutió con Miranda, que no quería saber nada con tenerlo en su departamento, sobre el destino de Albarracín. El portero del edificio donde vivía su padre no aceptó quedárselo cuando los había llamado para pedirles que hicieran algo con el mono por los chillidos que daba desde que su padre estaba hospitalizado. Cuando finalmente Baldomero murió, y Miranda fue a buscar los papeles que requería la empresa funeraria al departamento, encontró al mono en silencio, con la mirada serena.

No les había quedado otra que llevárselo con ellos, y ubicaron la jaula en un hueco del living. Una vez que volvieron de cenar afuera, lo encontraron en el piso de la jaula con las manitos unidas y la mirada oscurecida. Recién cuando golpearon por tercera vez la jaula el mono salió del trance para abalanzarse ferozmente contra las rejas. La próxima vez que dejaron la casa sola en ese verano caluroso, encontraron la puertita abierta y la jaula vacía. La ventana estaba, como siempre, entreabierta. Las ramas de los árboles se movían por el viento, pero no había rastros de Albarracín, ni afuera, ni adentro, contaba Elortis. Su padre lo hubiera estrangulado con sus propias manos. El mono se le había escapado a él.

Ahora creía que era un sueño la duda de si Baldomero era o no un agente encubierto. La vida más allá de su departamento era algo nebuloso, donde pasaban sucesos inesperados que no podía controlar por culpa de las fuerzas corruptoras del mundo. Mejor era abrir los cajones, separar las cosas que había juntado durante todos estos años, guardar algunas y tirar las demás. Y ahí encontró más cartas de Miranda y varias fotos. Entre ellas, algunas de un viaje a Colonia con los futuros padres de Jorguito.

La típica; abrazados en la Calle de los Suspiros, una con el faro en el fondo, otra en la puerta de la muralla, una más frente a la Plaza de los Toros mostrando el mate que le compraron a un viejito, y otra más a orillas del río Uruguay. Parte de la playa había sido inundada y dividida por el río, y Miranda se había empecinado en seguir caminando hasta cruzar el vado. Llevaban mochilas y avanzaban con el agua hasta las rodillas. Elortis notó que podían quedar atrapados si el resto del trayecto era más profundo y crecía el río a sus espaldas. En el medio del vado discutió con Miranda frente a sus amigos y la convenció de volver sobre sus pasos hacia la playa seca y sucia. Ahí se sacaron otra foto sentados en la herrumbrada escalera que bajaba a la playa. Otra de las fotos, que nada tenía que ver con este viaje a Colonia, enterneció la memoria de Elortis. Le hizo pensar que podía reanudar la relación con su ex novia sin que fuera un error volver atrás. También había sido feliz con ella.

En otra que me pasó estaban en Temaiken, el bioparque, una tarde de invierno, mucho frío, con camperas y bufandas, habían peleado antes pero se habían amigado y cuando empezó a irse la luz le pidieron a un grupo de chicos que tomaran esa foto. Se veía el fogonazo del flash, que había rebotado contra el vidrio del habitáculo, y detrás de ellos, a la derecha, como ubicado idealmente en la composición, apenas se adivinaba la silueta difusa de un tigre de Bengala. Esa foto anochecida en el zoológico, lo atraía fuertemente por una razón desconocida. ¿La habrían tomado el día más corto del año?, se preguntaba Elortis.

Me di cuenta que había pensado seriamente en volver con Miranda, aunque sin que lo abandonara esa repulsión persistente hacia ella, esa manera de tratarla como a una extraña, ante la que sólo retrocedía para defenderla cuando los demás la criticaban. Elortis nunca hablaba mal de ella, solamente daba a entender que no podía amarla. Sin embargo, su mente se negaba a cortar el lazo que los unía. Había más fotos de viajes y paseos, y él las guardó todas entre las hojas de un cuaderno de tapa dura azul; el que usaba para las notas sobre Baldomero, los recuerdos y los mensajes para Jorguito era igual pero rojo.

Poco tiempo después aparece en el mensajero algo más temprano que de costumbre. La fotito de la ventanita había sido reemplazada por la de un árbol con una enredadera en el tronco. Le pregunté dónde era y no me dio precisiones, solamente dijo: la costa. Insistí: quería que me contara qué le había pasado. El día después de encontrar las fotos se había levantado con la firme convicción de que debía seguir buscando algo por su casa.

Revolvió los armarios, alacenas y cajones sin encontrar nada que le llamara la atención y después se dio cuenta que se estaba olvidando de un lugar con más posibilidades de búsqueda: la computadora. En los discos rígidos donde todavía estaban guardados los últimos trabajos prácticos de Miranda no encontró nada interesante. No había nada que lo ayudara a sacar conclusiones sobre lo que debía hacer con ella en el futuro. Entonces se acordó que su ex le había dicho una vez, para certificarle que no le ocultaba nada y podía estar tranquilo con respecto a su fidelidad, que con su amiga Paula intercambiaban contraseñas de e-mails con el nombre completo de sus parejas. O sea que la contraseña del correo de Paula sería el nombre completo de Elortis. La de Miranda debía ser el nombre completo de ese policía que echaba cada tanto a la insoportable y descerebrada Paula a la calle. Cuando pasaba eso, Paula llamaba al celular de Miranda, pero gordi esto, pero gordi lo otro; hasta una vez Miranda había tenido que irse a las corridas del centro al sur para tomarse un café con su amiga en un bar porque el novio la había dejado afuera de la casa. Al otro día se arreglaba con el tipo y poco tiempo después volvía a sonar el teléfono.

Bueno, pero como Elortis no sabía cuál era el nombre del policía, o no se acordaba, decidió probar suerte con la contraseña del e-mail de Paula; lo sabía porque estaba en su lista de correo y cada tanto esta mujer le mandaba documentos con proyecciones de fotos de la India, Egipto, hoteles en Dubai, flores exóticas, secretos del mar, y otros para juntar firmas contra un tipo que se dedicaba a colgar perros de un gancho en su tiempo libre. El hombre más odiado del mundo virtual, decía Elortis.  Ciertamente, la contraseña del e-mail de esta amiga de Miranda era el nombre y apellido de Elortis. Leyendo los mensajes, un nudo de bronca se le empezó a formar en el estómago y le subió por la garganta. Uno era el más esclarecedor. Cervantes se había tomado el trabajo de intercalar la antigua historia del curioso impertinente en el Quijote para algo. Sin embargo, él no había mandado a ningún amigo a encontrarse con la verdad, siempre la entrevistó inconscientemente y ahora la arrastraba al aire libre como si fuera una bolsa llena de cacharros viejos, entre los que había, sin dudas,  algo polvoso de valor. Miranda le comentaba a su amiga que, aunque seguía amando mucho a Elortis, al que no podía dejar, no se había encontrado a tomar algo con otro hombre que había conocido, porque no le gustaba el tono con el que se lo había propuesto. Eso estaba bien, claro que no le molestaba que conociera a otros hombres, hacía bastante que estaban separados y cada uno podía hacer su vida. Pero en la otra línea, Miranda respondía a la otra pregunta que le había hecho su amiga, tras recomendarle que dejara de ver a Elortis porque no le convenía como hombre. Ya sabía lo que ella pensaba de su ex novio, decía Paula. Le daba mucha bronca a mi amigo; por qué tenía que dar lástima, haciéndose la abandonada, la pobrecita, Miranda, y denigrarlo a él ante los demás como una persona fría y desagradable que se había negado a casarse con ella, como hubiera hecho cualquier buen hijo de vecino, después de tantos años de noviazgo y un hijo. Seguramente les contaba a sus amigos que su novio no era cariñoso, que no la agarraba de la mano cuando iban por la calle, que se reía de lo que ella miraba por televisión o se quedaba en la computadora cuando ella se metía en la cama. Cuando él era, en realidad dulce y atento. Nada más que tenía sus mañas…Y una de ellas era el tío Oscar. Después de decirle lo que pensaba de Elortis, Paula le recomendaba también, palabras textuales, que cortara las cosas con Oscarcito, y dejara de acostarse con su tío.

Elortis se acordó de la cantidad de veces que este hombre había llamado para interrumpirlo cuando él estaba con Miranda, durante la separación y antes también, incluso mientras hacían el amor; para hacerle alguna pregunta insignificante, ella explicaba, sobre trámites. No hacía mucho, un sábado que Miranda se quedó a dormir en lo de Elortis, el tío Oscar, que ya tenía cincuenta años largos, la llamó tres veces seguidas una misma mañana, su novia le respondía con risas, y entre llamada y llamada, le contó a él que la controlaba porque Oscar y el grupo de amigos de tenis no estaban de acuerdo en que se vieran si no tenían una relación formal; quería cuidarla nada más, que no perdiera el tiempo con una relación pasada.

Ahora Elortis se daba cuenta que Oscar la llamaba a su sobrina los sábados a la mañana para ver si estaba sola y así pasar sin contratiempos por su departamento para acostarse con ella. Era muy simple; y él que había comprado la historia de los celos y del tío cuida. Las veces que lo había visto a Oscar, no le sacaba los ojos del culo de cuanta mujer pasara. Era de esos tipos que le compran un skate a sus hijos y después lo usan más ellos para sacarse fotos que después suben a las redes sociales. Oscar le decía a su esposa que salía a entregar muebles los sábados por la mañana, el ancestral recorrido de los hombres para arreglar sus asuntos con los clientes que los esperaban, pero antes chequeaba si su sobrina estaba disponible.

Y ahora: ¿cuántas situaciones tenía que correr de lugar, volver a acomodar, darle vueltas y observarlas para sacarle lustre a la humillación de la que, con el consentimiento de todos, incluso los padres de Miranda y el grupo de amigos, y también Richard y su esposa —que algo tenían que sospechar—, lo habían hecho objeto? No quería caer en eso. Él siempre había sospechado la verdad. El instinto le había dicho que no podía amar a esa jovencita que era en su momento Miranda, por más que le gustara. Había algo falso en ella, fuera de lugar. Él podía notar fácilmente la trampa; que ella no pensaba bien; por ejemplo, una vez lo había amenazado con suicidarse si la dejaba tomando varias cajas de aspirinas… Desde el principio Elortis quiso desprenderse de Miranda, pero no lo había  hecho porque caía una y otra vez en el error de apiadarse de ella por considerar que no merecía el amor que —ella se lo demostraba diariamente— sentía por él. Otra vez Kierkegaard: no se podía juzgar a las mujeres porque primero se engañaban a sí mismas; qué bien decía Elortis; qué pensador. Primero vivía, para después escribir, y te hacía experimentar, sin revelarlo antes, lo que él había entrevisto en el paso por el mundo. Elortis sabía que también la comodidad había impedido que dejara a Miranda y la comodidad, como cualquier vicio, siempre tiene consecuencias imprevisibles.

El e-mail seguía, y Miranda lamentaba la decisión del tío Oscar de encargar a su esposa el manejo administrativo de la empresa de construcción de muebles, con la que su tío dejaría de pasar, para llevarle los papeles, por el estudio contable donde ella trabajaba. Se ve que Oscar había decidido frenar la relación con su sobrina, o por lo menos atenuarla, ahora que ella estaba soltera y le estaba más encima, para evitar que su familia y la de ella no tuvieran otra posibilidad más que descubrir esta relación sórdida.

¿Qué sacaba en limpio de todo esto?, le pregunté; ya le había recomendado que dejara definitivamente a su ex novia. La respuesta no llegó. En cambio, me respondió que él sabía, por lo que a Miranda le gustaba o no en la cama cuando empezaron a salir, las cosas que Oscar le había hecho cuando ella era todavía una nena…  —normales, pero algo molestas, especialmente para el pensamiento de un novio celoso.

En su adultez,  intentó desarticular este tipo de pensamiento retrógrado, pero terminó descubriendo que una vez que ciertas ilusiones inundan a un hombre en la primera juventud, no hay manera de arrancárselas. La cultura no hacía más que ahondar los caminos de la intuición inicial, con las mentes ilustres elegidas para acompañarnos y las frases subrayadas. Oscar se había interpuesto, sin quererlo tal vez, pero disfrutándolo seguro, en su camino, y también lo había modificado a él físicamente; si prefería algunas cosas a otras en la cama, era por culpa de este tipo.

Escuchar estas cosas eran demasiado para mí. No quise averiguar mucho más, aunque me pareció entender de lo que hablaba. No lo habían privado nada más de las rubias salvajes, también de tener una primera novia sin una historia tan densa y sórdida.

En el mismo instante del descubrimiento, Miranda, agraciada con los dones de la telepatía y la adivinación (cuando dormían juntos se levantaba y le decía que había soñado con los ojos de una mujer que lo miraban, y al día siguiente era fijo que él se cruzaba con esos ojos que lo hacían reconsiderar todo como los de la misionera), lo llamó para preguntarle por dónde andaba y si quería ir al cine, pero en realidad sabía que acababa de descubrir el secreto que ella le había ocultado tanto tiempo: nunca había dejado al tío Oscar.

Elortis le dijo que no podía perdonarla porque el problema era que le había mentido desde un principio; el tío Oscar era indispensable para ella. Y después de algunas explicaciones, le cortó. Me aclaró que no le perdonaría nunca que lo hubiera arrastrado al grupo de tenis de Oscar, al principio de la relación, sabiendo que había algo entre ellos. Y que lo hiciera ir a cenar tantas veces con él y su familia. Ella siempre hizo el papel de estar loca por Elortis, pero a él ahora le parecía que lo había usado para darle celos a Oscar, a ver si reaccionaba, y dejaba a su esposa. Elortis se acordaba de la vez que lo conoció en la cancha de tenis de Temperley, cuando Oscar le estrechó fuerte las manos. Ella quería, a toda costa, que lo conociera. Y él había sospechado que Miranda había quedado enganchada con su tío, pero le tomó más de treinta años descubrirlo. Entendió que nunca la quiso, siempre había sido para él una chica ingenua arrebatada por un tipo descerebrado. Aunque también pensaba que podía ser el entusiasmo de ella por la relación oscura con Oscar lo que había mantenido la suya, como si hubiera algo que, de manera morbosa, a él le gustara observar en su ex novia.

Es que cuando discutían, Miranda llegaba a llamar al tío Oscar para que opinara. Le pedía a su esposa que le pasara con él. Claro que discutían porque Elortis no quería entender que su novia había estado con su tío, un hombre mayor. Sabía que la revolución que quería llevar adelante él ya no tenía adeptos, nadie se asombraba por nada, pero cuando uno no estaba tranquilo por algo era, me decía Elortis (me acuerdo que durante esa conversación no me mandaba los mensajes enseguida, el mensajero contaba y descontaba los caracteres mientras reescribía sus frases, borrando y añadiendo). Ella lo llamaba a Oscar como una manera de hacerlo responsable de las peleas, de que se siguieran viendo. No era una sobrina llamando a su tío para que la fuera a rescatar de las garras del novio intolerante que tenía.

Entonces, ¿lo amaba su ex novia?, le pregunté. Claramente, me respondió imitando mi manera de hablar; pero eso no tenía nada que ver. Insistí: ¿por qué no la había dejado para irse con la misionera? ¿o antes, mejor, para recuperar algún amor primigenio como el de la secundaria que una vez me había contado? Para él su ex novia estaba loca y lo había arrastrado a su locura. Aunque es una locura bastante común, Elortis, agregué yo, las mujeres escondemos cosas; ya deberías saberlo. Y el me dijo que mejor era esconderlas bien o decirlas sin ningún problema. Ser transparente.

Esa noche volví a soñar con el bosque. El bosque de árboles translúcidos, brillantes y solitarios.

por Adrián Gastón Fares

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 2.

2.

En aquellos días, Elortis se dedicaba a esconderse de los periodistas que lo esperaban afuera de su edificio. Los despistaba con un bigote que su padre había comprado en una tienda de bromas (extrañado, recuerda que en una época Baldomero aparecía con ese tipo de cosas; narices falsas, antifaces o colmillos). Sin embargo, una vez lo reconocieron. Elortis no paró de caminar mientras respondía con evasivas las preguntas y apartaba las cámaras, y logró meterse en el supermercado chino de la vuelta. La china creyó que los periodistas querían hacer alguna nota inconveniente para el ramo y los sacó volando con la ayuda del verdulero centroamericano. Elortis aprovechó para comprar comida y vino tinto, y retornó a su departamento donde se escondió varios días. Lo extraño, decía, era que seguía escuchando los ruiditos de Motor. El rasguño en la alfombra. Los maullidos tenues en busca de comida y agua. Las corridas repentinas. Pero sabía que el gato no estaba; así era la imaginación. Hasta pensó que sería el mono araña, que había vuelto. ¿De qué hablaba?

Pero me dijo que alguna vez me contaría la historia de ese mono. La pérdida de Motor lo tenía confundido. Primero porque no debería haber ido al rescate imposible del pasado de su padre (¡¿Qué era lo que podía hacer él con una carta favorable?!: siempre estarían los rumores), segundo porque no debería haberse llevado al gato por dos días de viaje, a quién se le ocurriría, hubiera estado a salvo en su departamento. ¿Qué iba a hacer ahora solo como un perro?

Elortis era de esos que te hacen reír sin querer. Su intención escondía una seriedad no tan difícil de entender, era la seriedad de la persona que llegaba al momento de su vida en que tenía que volver a jugarse todo. Ya había acariciado el éxito. Pero ahora tenía que dar otro paso, uno nuevo que consistía aparentemente en vivir como él quería y volver a escribir –o simplemente a hacer, como él decía– otra cosa de peso.

Además, estaba claro que no había encontrado el amor. Más bien se le había escapado. Se había enamorado algunas veces, pero lo arruinaba todo cuando las cosas iban en serio. Elortis idealizaba a las mujeres que le gustaban y a las que no las trataba con la desidia necesaria para enamorarlas. Así pasó con Miranda.

Ahora, después de la muerte de su padre, del éxito repentino que había alcanzado con el libro y de la enemistad con Sabatini, reconocía en sí mismo la madurez necesaria para mirar de frente a las personas. Supongo que la acusación contra su padre debió renovar su fuerza, como si tuviera una tarea importante que atender.

Nunca me contó el fin de Baldomero, pero me aclaró que el asombro de no poder hablar con él desapareció un año después de su muerte. En cambio, al tocar el tema, sacó a luz una de las historias de la enanita, cuya abuela materna había fijado la hora en que moriría.

La vieja le avisó a sus familiares que a las doce en punto de esa noche se iba y que su deseo era que rodearan su cama para acompañarla en sus últimos momentos. Se acostó y cerca de la medianoche escuchó con los ojos entrecerrados, sin chistar —palabra de la enanita— la extremaunción del cura. Al rato, como no pasaba nada, le preguntó a su hermana, la tía de la enanita, la hora. Cuando le confirmó que habían pasado unos minutos de las doce, corrió su manta con desdén, se calzó las pantuflas y avisó que, por lo visto, aquella noche no se moría. Después se fue a la cocina a hacerse algo de comer. A Elortis parecían gustarle estos personajes despampanantes. Necesitaba nombrarlos cada tanto y, peor todavía, tenerlos cerca en su vida.

Sin embargo, se había pegado a Romualdo, su ex compañero de facultad, porque era la persona más callada de la cursada. Su silencio era poco discreto, molesto para los demás. Había días en que sólo abría la boca para elegir la comida en el comedor de la universidad. Elortis, que era mucho más introvertido entonces, enseguida logró llevarse bien con Romulado e iniciaron una amistad sostenida a lo largo de los años. Después que terminó la carrera, el chico tímido se convirtió en un hábil empresario, dejando de lado la psicología para invertir su dinero en una peluquería chiquita en Caballito. El negoció prosperó, y Romualdo instaló una sucursal en Barrio Norte. Se ocupaba diariamente de administrar los dos negocios y el resto del tiempo lo dedicaba al cuidado de su físico y a la diversión con mujeres. Se convirtió en un fiestero insobornable —en cuanto Elortis hablaba de proyectos conjuntos sin visión comercial, como los que llevó a cabo con Sabatini, enseguida le cambiaba de conversación— y en un vividor preciso, con pocas, o en apariencia ninguna, dudas existenciales. Él arreglaba las salidas, poniéndose al tanto de los nuevos bares y boliches, y se ocupaba de equilibrar el entusiasmo de su melancólico amigo. Aunque Elortis lo detestaba a veces, apreciaba la alegría imperturbable de Romualdo como un don invaluable.

En ese momento, me pareció que enaltecía el carácter de su amigo para que yo no pensara mal de sus salidas. Decía que no buscaban chicas; solamente pasarla bien entre amigos.

Elortis evitaba referirse a su vida sexual en las conversaciones, no sabría encuadrar los desenfrenos a los que se entregaba con nuestra diferencia de edad. Aunque alguna que otra vez quiso saber cómo estaba yo vestida y cada tanto me pedía que le mostrara una foto nueva. ¿Para cuándo en la playa? Pero enseguida aclaraba que era una broma. Recuerdo, sin mirar el registro de las conversaciones, que cuando volví a afirmarle que nadie me había tocado, por lo menos a fondo, no creas que nunca hice nada, eh, Elortis al rato me salió con que el sexo en nuestra época era la más grande de las ficciones y la única que seguíamos consumiendo con ingenuidad. Más que seguro, una carita de desconcierto, y él cambiaría de tema.

Sospechaba que su padre había sido mujeriego. Pero no se lo imaginaba arriesgando en las comidas su cátedra de Análisis Experimental de la Conducta. Los  alumnos, a pesar de sus locuras, o tal vez por eso mismo, lo querían y, cuando decidió dejar de dar clases, iban en grupo a visitarlo a su departamento. Baldomero los escuchaba en silencio, como si fuera otra persona, opuesta al profesor gritón de antaño, y después los despachaba, criticándolos apenas se cerraba la puerta. Para él estaban perdidos, había algo que se les había escapado en sus clases.

El conflicto con la verdadera identidad de su padre se agudizó cuando una ex amante, la señora Susana P., como la llamaba Elortis, apareció en un programa de televisión de la tarde diciendo que a Baldomero en el terreno sexual le gustaba dominar, debido a que sufría de complejo de inferioridad. Para ella el profesor era un agente civil de la dictadura, pero lo hacía para no perder su cátedra en la facultad. Para colmo, Susana P. había sido una conductora de televisión bastante famosa en una época.

Otra vez acampaban los periodistas afuera del edificio de Elortis. Unos días después supe que, mientras yo arreglaba una reunión con mi ex novio para terminar de aclarar las cosas, Elortis se la había pasado buscando, sin suerte, a una persona que hablara a favor de Baldomero en uno de los programas de televisión. Según decía, necesitaba encontrar a alguien que estuviera dispuesto a revertir el proceso de desmeritación iniciado contra su padre.

La visita a Ramiro, un ex gobernador tucumano, con el que Baldomero jugaba al tenis, no dio frutos. Fue, más bien, denigrante. El viejo estaba en el hospital, conectado a muchos cables y, mientras la esposa, mucho más joven, leía una revista de modas, Elortis susurró el nombre de su padre. Como resultado, Ramiro intentó sacarse la intravenosa de la mano derecha para, según le había parecido a Elortis, pegarle un cachetazo. La mujer dejó la revista y lo acompañó al pasillo de la clínica para explicarle la razón de la bronca.

Baldomero y su esposo siempre habían discutido y levantaban banderas opuestas sobre cualquier tema. Se hacía sentir la falta de los dos en la mesa del club. Que disculpara a su marido, estaba en las diez de última, como bien podía ver, y odiaba a Baldomero porque, además de haberle hecho perder una copa en un torneo de dobles, se le había tirado a su ex esposa.

Otra. Baldomero reconocía a un tal Walter como uno de sus alumnos más inteligentes. Para él, este chico era el único que entendía sus clases, en las que saltaba de un tema a otro, dejando que sus alumnos los asociaran libremente. Walter, también, estaba dispuesto a acompañarlo en la expedición a Madagascar en busca de los signos ocultos de la naturaleza que le revelarían la lengua adámica. Para esta tarea, Baldomero hasta había llegado a estudiar el arameo imperial, que usaría como lingua franca para comunicarse con los posibles habitantes en el caso de que encontraran alguna civilización escondida, aislada de la evolución sólo para conservar la pureza original del mundo primigenio. No era la única teoría excéntrica con la que el profesor amenizaba los desayunos y los almuerzos.

Elortis temía que las acusaciones contra su padre fueran reales. Después de todo, ¿no era un charlatán de primera? ¿cuándo hablaba de psicología fuera de sus clases? Y algunos alumnos, los de menos luces, es cierto, directamente no lo aguantaban, decían que se iba demasiado por las ramas. También, como para que no fuera así: había llegado a la conclusión, en la época en que era un profesor alegre y picaflor, de que en Madagascar existía una caverna, o un resquicio en la roca de la isla, que llevaba a una ciudad subterránea poblada. La fauna no podía ser lo único particular en ese lugar, sino que así como habían permanecido intactas esas especies que conservaron sus características esenciales, también los humanos lo habrían hecho, salvo que bien escondidos de la mirada del mundo. Baldomero estaba casi seguro de que sería imposible dar con el agujero en la roca que lo llevaría a esos hombres pero se conformaba con el logro que significaba convencer a alguien para que le financiara el viaje. Para intentar dar con la caverna rastrearía ciertos indicios en la fauna y la flora del lugar. De todas maneras, creía que ya ver a esas especies de cerca y en su hábitat le haría comprender la naturaleza de los demás habitantes. Yo leía absorta las palabras de Elortis. ¡Qué padre tan interesante había tenido después de todo! El mío se pasaba el tiempo alquilando departamentos y casas que mandaba a construir.

Pero sigamos, Walter no era el exitoso psicólogo que Elortis esperaba. Vivía en un departamento chico sobre la calle Paraná, pegado al barrio de Montserrat, donde atendía a sus pacientes. Elortis estuvo esperando en la puerta del edificio unos quince minutos al lado de una chica, y cuando Walter bajó para despedir a otra paciente y hacerlo pasar, le pidió a la chica si podía esperar un rato más.

Subir en el ascensor con ese otro producto de su padre lo había hecho sentir como si fuera un paciente más. Debo admitir que me causaban gracia los pensamientos de Elortis, eran los culpables de que me acordara de él cuando no hablábamos, cuando me tiraba en la cama a mirar alguna serie o cuando escuchaba música y liberaba mi imaginación.

En fin, mi amigo subió callado el ascensor con Walter y ya en el sillón de los pacientes le preguntó si podría interceder por su padre ante la opinión pública. Eso significaba escribir a los diarios una carta en la que debía contar cómo era la personalidad de su padre para despejar las dudas sobre sus actividades en la universidad. Walter sonrió y comentó que, a pesar de que apreciaba la visita y que no pasaba un día sin que se acordara de Baldomero, no era el indicado para esa tarea. Le explicó que su padre le había hecho perder tiempo y dinero con el proyecto de encontrar financiación para su viaje a Madagascar y todo por su afán de no pasar por un simple psicólogo ante los ojos de los alumnos. Quería emular a su héroe predilecto, Nansen; pero, ¿cuántas zonas inexploradas quedaban?, se preguntaba Walter ¿Hace falta que nos inventemos una para aparentar lo que no somos y, más que nada, lo que no se puede ser, ni hace falta que sea? Tenía esas mañas, contestó Elortis, medio confundido por las palabras de Walter, que siguió atacando a su padre.

Había notado al entrar que el ex alumno era bastante amanerado. Parece ser que, cuando Walter era ayudante, Baldomero no sólo le pegaba en la espalda para que adoptara una postura más erguida cuando estaba en frente de la clase, sino que frecuentemente le sugería que hiciera ejercicios vocales para engrosar su voz. Según Baldomero, si quería ser psicólogo tenía que parecer una persona normal ante sus pacientes y no como un personaje digno a ser tratado.

Elortis recordó que su padre odiaba que Walter tuviera inclinaciones. Le aseguraba a su esposa en la cena que con el tiempo su ayudante se convertiría en un puto a secas. ¿Cómo se le había ocurrido que ese psicólogo humillado en su juventud por Baldomero diariamente hablaría a su favor? Así que se levantó del sillón, y Walter le pidió si podía hacer pasar a la chica.

Confesó que se enamoraría de aquella chica si la volvía a ver. Cuando abrió la puerta para dejarla pasar, ella tenía la mirada baja, clavada en el piso, como si le diera vergüenza que la encontrara visitando al psicólogo. La nariz era perfecta. El pelo, ondulado. Alta como yo. No me dijo si era rubia o qué… Sentí celos, lo admito.

Se encontró con una tercera persona, un vicepresidente de una cámara de comercio, en un café. De paso, llevó a su hijo porque quería ayudarlo a encontrar algún trabajo con el que pudiera empezar a desenvolverse en el mundo cuando terminara su año sabático.

Fernando, un viejito que se caía a pedazos y que parecía una cabeza atada a un hilo que se perdía adentro del traje, según su hijo Martín, se dedicó por un rato a darle vueltas a la cuchara de su cortado y a contarles las cosas que le había tocado vivir en su puesto durante uno de los gobiernos militares. Apenas soltó la cuchara, afirmó que escribiría una carta a favor de su primo lejano, aunque dudaba de la importancia real que pudiera tener su palabra en la actualidad. Le preguntó a Martín qué estudiaba, si tenía novia y solo, sin que Elortis abriera la boca, le prometió buscarle una buena ocupación para que creciera aprendiendo y tuviera su propio dinero. Estrecharon la mano de Fernando y lo vieron alejarse a paso rápido hacia un edificio.

Esa misma noche, la voz de la esposa de Fernando lo despertó, para contarle que su marido tenía las facultades mentales alteradas, había una vena que no irrigaba bien y por lo tanto seguía creyendo que trabajaba en ese lugar, al que concurría todos los días que lograba escaparse de su cuidado. La señora pensó en llamarlo para avisarle apenas encontró su tarjeta en la ropa de su marido.

Elortis ya no sabía dónde buscar, y no le quedó otra que ponerse a trabajar en un prólogo para la nueva edición de su libro. Se le ocurrió llamar para eso a Sabatini.

Yo me daba cuenta de lo importante que era Sabatini para él porque las pocas veces  que lo nombraba extendía las conversaciones, dándole vueltas al asunto, aunque mi intención fuera cambiar de tema. Una noche se aferró a la figura de su amigo, o ex amigo para ser más precisa. Me confesó que extrañaba pasar las tardes con él, inmersos en proyectos irresponsables y sin futuro como el de la empresa de libros audibles.

Sabatini llegaba por las mañanas en bicicleta a la oficina que habían alquilado y, por lo general, Elortis ya estaba preparando el mate. Después, la charla variaba, según el día, sobre sus frustradas relaciones de pareja (Sabatini casado, aunque no dejaba de ser un eterno novio como Elortis —estas conversaciones terminaban siempre con una apreciación positiva de sus parejas, como para volver a poner todo en orden) o sobre las posibilidades de adquirir nuevos títulos para ofertar a sus casi inexistentes clientes. Lo que no variaba era la manía de Sabatini de contar sus sueños de la noche anterior.

A diferencia de Elortis, Sabatini soñaba todas las noches, y le gustaba expresar los cambios en la amistad y los vaivenes de la fe en la sociedad que conformaban a través del relato de sus sueños. Por ejemplo, una mañana le contó uno en el que estaban los dos en un cine, esperando que empezara la proyección de la película elegida, casualmente la proyección restaurada de Sed de Mal, una de las favoritas de Elortis, cuando notaron que la proyección había empezado debajo de sus pies en vez de en la pantalla. Discuten.

Para Ortiz era una estupidez ver una película así, pero Sabatini pensaba que era un experimento que podía enriquecer la visión de esa obra maestra. Apenas terminado el relato del sueño, Sabatini concluye que necesita más tiempo para practicar yoga y tomar clases de spinning con más regularidad para disminuir el desgaste de su organismo. Elortis no puede evitar enojarse, aunque no dice nada. Él dejaba su rutina de pesas para el fin de semana y abandonó la refacción de su departamento para apostar por la empresa. Pero Sabatini le llevaba algunos años y necesitaba equilibrar la tensión que el trabajo diario producía en su mente.

Elortis disentía porque, a pesar de que también reverenciaba el cuidado del cuerpo y de la mente, la comida macrobiótica, los tés inspiradores y los masajes relajantes, sentía que la obligación de ellos era seguir el plan que se habían propuesto desde el principio. A saber: seleccionar y editar cuatro libros audibles por mes. Obras con derecho de autor de dominio público, para evitar los problemas legales. Los clientes ciegos que tenían los necesitaban.

Habían contratado a un chico para que los distribuyera por los colegios para no videntes. Se llamaba Tony y también era ciego. Elortis le tenía bronca porque era mucho más desenvuelto que su hijo. Lo admiraba. ¿Cómo hacía para parecer uno más de la sociedad? Se suponía que su condición de discapacitado debería haberle garantizado la salida: ¿era tan necesario que sirviera a la gente de esa forma? ¿para qué tendría que adaptarse a una sociedad de la que podría prescindir con más facilidad que los demás? ¿sería feliz Tony ofreciendo sus ilustres obras en los colegios?

Elortis me parecía cada vez sospechoso cuanto más criticaba al chico que usaba para vender.

Decía que Sabatini se llevaba mejor que él con Tony. Hasta llegó a enseñarle algunas posiciones de relajación. Tony entraba, mascando chicle, revolviendo las monedas que llevaba en los bolsillos y les contaba a sus jefes sus levantes diarios. El ciego había logrado seducir a dos maestras y, por supuesto, a unas cuantas alumnas.

Aquí, Elortis se pone bastante serio y da algunas vueltas antes de soltarlo: Tony prefería a las maestras porque podían ver y él necesitaba que durante el acto sexual apreciaran con la vista su miembro. Parece ser que Sabatini y Tony se trenzaban en largas discusiones sobre variados temas sexuales. Elortis se mantenía callado o festejaba los chistes. Conmigo tampoco tocaba estos temas. Si lo hacía era tan frontal que parecía ingenuo.

Cuando tuve que contarle que me operarían de un quiste en el ovario y por lo tanto no hablaríamos durante una semana, por lo menos, me confesó que uno de sus testículos se le había subido cuando era chico. Tenía uno más grande y uno más chico; por eso debía descargar sus seminales diariamente. Tengo que admitir que este tipo de charla me divertía más que cuando me contaba los sueños de Sabatini o me llevaba al sur con la enanita.

por Adrián Gastón Fares.