Intransparente. Primera Parte. Capítulo 12 / final de la Primera parte.

12.

Muchas cosas intrigaban a Elortis, en especial las que le hacían pensar que había posibles conspiraciones para captar su atención. Por ejemplo, le parecía raro encontrar, por esos días, canciones enteras grabadas en su contestador. Primero, Sultans of swing, y después una canción más rebuscada, ochentosa, de Carly Simon, llamada Coming Around Again. A veces música electrónica, pero cuando era música electrónica era menos interesante porque no podía reconocerla, para tratar de interpretar qué le habían querido decir con el título; y ni siquiera tenía letra. La de Carly Simon la adivinó, era la canción de una película que se llamaba en castellano El difícil arte de amar. Aunque había pensado que el que actuaba era Robert De Niro, cuando en realidad, según averiguo en el IMDb, era Jack Nicholson. La confundía con otra en que los amantes se cruzaban en el subte. A ésta la había visto solo en un cine. Y Miranda le había contado que la vio en televisión, antes de conocerlo, con su tío. Tal vez en un hotel alojamiento, pensaba Elortis.

Sin embargo, él sabía que, por suerte, no podía ser Miranda la que lo hacía escuchar temas completos en el teléfono. Sospechaba que lo de música electrónica era el encargado de relaciones públicas de un boliche, por el que a veces pasaba con Romualdo, que estaba implementado una técnica de marketing de persuasión subliminal. Para él, ese mismo tema lo pasaban en el boliche, y así le recordaban a los clientes, que tenían en la base de datos, que esa noche se dieran una vuelta por el lugar.

Otro día me salió con que para él Sofía, la bailarina o stripper, nunca estaba claro, era una asistente social, como él hace años atrás con ese chico, Andrés, enviada por el Gobierno de la Ciudad para estar al tanto de lo que hacía encerrado en su departamento. Para él existía la posibilidad de que nuestras charlas en Internet fueran leídas por funcionarios que desconfiaban de él porque sabían que hablaba con una chica tan joven, casi una menor. Lo decía medio en broma, agregando unos jaja que ahondaban el carácter obsesivo y patético de sus palabras. ¿Qué stripper andaría buscando libros por Recoleta? Cuando se veían llegaba siempre tarde, como si fuera más una obligación (que cumplía con mucho placer, se preocupó de aclararme Elortis; siempre tan arrogante) que una decisión propia. También podía ser que Sofía adivinara el día que la conoció en Avellaneda, por su mirada de perro, la difícil situación que estaba pasando y, como era una chica de buen corazón, decidiera ayudarlo.

No pude evitar comentarle que para mí llegaba tarde porque atendía a sus clientes, perdón Elortis, o tardaba en vestirse cuando bajaba del caño. A Elortis le parecío raro que el bailantero le pidiera que la llevara, mucha casualidad decía. La policía pasaba siempre por la zona donde trabajaba Sofía, y él había escuchado que encargaban trabajos a civiles que cambiaban por otros favores, como dejarlos hacer su actividad ilegal sin molestarlos, o no enviarlos de vuelta a sus países si eran extranjeros indocumentados. Las ciudades estaban cada vez más controladas en el mundo, y no eran cámaras las que nos seguían sino personas que interpretaban nuestros actos según modelos de conducta sociales… Claramente, las sospechas sobre el pasado de su padre lo estaban trastornando.

Una de las razones por la que pensaba que Sofía era una enviada para controlarlo era que trabajaba en Recoleta, cerca de donde había vuelto a ver al hombre de equipo deportivo. Se preguntaba qué hacía sentado en la vereda de un bar de la calle Quintana, oteando el horizonte, palabras textuales de Elortis, a las cuatro de la tarde. Él apuró el paso hasta la avenida Alvear. Igual, le gustaba caminar rápido, decía que le hacía bien a sus piernas, que eran lo menos que ejercitaba en el gimnasio. La frutilla del postre era que cuando volvió a su edificio, treinta cuadras atrás, encontró a su amigo de gorra —¿la tendría pegada a la cabeza?— y jogging sentado en el sillón de la recepción. Justo entraba una vecina con sus dos nenes, y Elortis los empujó para subir corriendo por las escaleras.

Después, otro día, me reveló que si salía a caminar un poco, a las dos cuadras volvía a paso rápido para evitar que el hombre de gorrita violentara la puerta de su departamento para revisarle los papeles. Aunque sabía que estaban atrás suyo por algo, a ciencia cierta no podía saber a qué se debía. Tal vez temían que en un próximo libro ventilara algunas conexiones. Mal que mal, él era un escritor que había tenido algo de exposición. Algunos periodistas se interesarían en su nueva obra. Por eso prefería andar con cuidado, y pasar los días en su departamento, conversando conmigo o respondiendo a los vendedores y encuestadores telefónicos que lo llamaban.

Eran el colmo para Elortis; unas personas sin alma tomaban esos trabajos dañinos y se dedicaban a arruinarle las tardes a los muy jóvenes, viejos, o desempleados, o que trabajaban en sus casas, con todo tipo de preguntas y propuestas molestas; cuando no llamaban los del servicio telefónico para ofrecer alguna promoción fantasma, por la que te podían tener media hora, eran los bancos que ofrecían seguros por accidente o muerte, seguro que a usted le preocupa el futuro de sus seres queridos, o, directamente, los cementerios que ofrecían sus parcelas porque, aunque todavía es joven, conviene tener en cuenta todas las posibilidades.

Las encuestas de rating eran lo más digerible porque al ser electrónicas, grabadas, uno no pensaba que era una llamada importante y cortaba al instante. Pero más seguido escuchaba la voz, no menos mecánica, de esos agentes encargados de vender cualquier cosa a cualquier precio. La frialdad de una persona que llamaba a la tarde para ofrecer una parcela en un cementerio a otra, encima en esos cementerios que parecen una escenografía del paraíso, era el signo, para Elortis, de que existía la maldad encarnada en el mundo. Y los de las encuestas de ingresos: ¿querían que les contara que pagaba las expensas del departamento donde vivía con lo que sacaba del alquiler del de su padre? Prefería a esos personajes sospechosos que habían aparecido en su vida antes que las voces en el teléfono. Y eso que estaba seguro que a Sofía le gustaban más las mujeres que los hombres. Por eso mismo era tan buena en complacerlo.

En fin, para mí toda esta desconfianza, estas vueltas, solamente demostraban el miedo de Elortis a relacionarse con la gente. Se ve que, en el fondo, me animé a comentarle, él nunca había confiado en Miranda, ni en su padre. Sin embargo, él estaba seguro que sus sospechas eran fundadas, por lo menos en esencia, agregaba… Nunca hay que subestimar las intuiciones que tenemos; ya decía su padre que era lo más parecido al lenguaje adámico. Para darle una nueva meta a su vida, como él quería, primero tenía que entender al mundo, buscarle el dobladillo, y sostenía que cuando uno empezaba a hacer eso, a salirse del camino que nos tenía preparado la sociedad, aparecían estas casualidades sutiles que nos obligaban a definir una forma de pensar, y por lo tanto, de actuar; Orson Welles decía que el que no sabe bailar le echa la culpa al piso, y así le había ido. Muy bien al principio, y después lo habían abandonado, aunque era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 12. La revolución blanca.

12. LA REVOLUCIÓN BLANCA

Luis se detuvo en el portal de un viejo edificio de aquella cuadra, cerca de donde se había encontrado con el daimon, con la treinta y ocho en la mano derecha. Para su sorpresa, los tres jóvenes se escondieron en una de las entradas de los edificios cercanos a la esquina por donde habían aparecido y uno de ellos miraba continuamente calle abajo, seguramente para verificar si había rastros de los perseguidores. Luis guardó la pistola en el cinturón.

Fue ahí, mientras esperaba para descubrir quién era el que perseguía a estos jóvenes, donde vio su aspecto por segunda vez después de muerto. La primera, había sido en el espejo del baño de “La Esquina del Sol”. Ésta fue en la chapa del portero eléctrico de aquel edificio.

Deformado aún más por la naturaleza del elemento en que se veía atrapado, su reflejo convertía a Luis en un monstruo. Su cara estaba demasiado amoratada y le faltaban pedazos de carne en algunos lugares. En el pómulo izquierdo del reflejo, que sería el derecho en la realidad —¡la realidad!, pensó Luis, era una palabra demasiado obscena y soberbia como para nombrarla en aquellos momentos— había aparecido una mancha blancuzca. Al acercar su faz al portero, Luis se dio cuenta que aquella mancha no era más que el principio de su propio hueso. ¡Así que los gusanos habían disfrutado su cena de madrugada!

Rápidamente, se llevó la mano a la cara para tocar aquella zona. Al hacerlo constató nuevamente que su mano no le transmitía ninguna sensación táctil. La única bendición había sido perder el sentido del olfato, ya que gracias a eso no podía sentir su propio olor a podrido. Luis se dijo que, tal vez, todo fuera plan de un dios inepto que había fallado al resucitarlo completamente; lo había dejado en este estado, muerto, y con los sentidos táctil y olfativo atrofiados. Tal vez, las mismas leyes que actuaban en el nacimiento, lo hacían para la resurrección; él se había levantado antes de tiempo y, prematuro, estaba pagando las consecuencias de este desliz divino. Siguió mirando su cara por unos segundos, elevó los dedos de su mano izquierda y se los quedó mirando asombrado.

El dedo índice había perdido la carne que lo recubría y la falange estaba completamente desnuda, en la superficie, brillando por los reflejos de las luces de mercurio de la calle. Su uña parecía haber crecido. ¡Así que había empezado la revolución!, pensó Luis. Piel y carne reemplazadas por sucia blancura. Mientras articulaba la falange delante de su vista no pudo evitar volver a preguntarse quién le había hecho volver a la vida y para qué. No había razones en este momento y Luis pensaba que tampoco las habría en el futuro. Simplemente, era el sueño de la eternidad frustrada, porque él, sin vida, podía ver cómo se estaba pudriendo. ¿Cuantos días faltarían para que sus ligamentos y huesos se empezaran a romper y debiera arrastrarse o quedar tirado en el piso?

¿Qué razón tendría aquella existencia?, se preguntó Luis mientras bajaba su mano y escuchaba las asustadas voces de los jóvenes. Pensó que si realmente existía un Dios, éste debía estar más loco que el daimon pistolero. En ese momento, el pequeño parlantito incrustado dentro del portero del edificio comenzó a chillar interferencias.

El murmullo metálico subió de tono y se escuchó un chasquido. Alguien iba a hablar de algún piso de aquel viejo emporio. La voz del daimon fue claramente identificable. Tranquila y chillona a la vez:

 —Tenés trabajo que hacer, Luis… Ellos están por pasar y va a ser mejor que los sigás… No podés quedar mal en tu primer día. Tu cuerpo te lo va a agradecer—Calló por un momento y luego gritó:—. ¡Suerte al zombi!

El portero hizo un último chasquido y quedó callado.

Los jóvenes salieron de su escondite ante el aviso del que miraba calle abajo.

Luis se asomó y miró. Los tres chicos que venían corriendo estaban muy asustados.

El joven muerto se escondió nuevamente en la entrada del edificio y vio cómo las tres siluetas de los chicos cruzaban por un segundo ante su campo visual y seguían corriendo calle abajo. Se dio cuenta que era el turno de los perseguidores y se mantuvo apretado contra la pared. Al rato aparecieron.

Éstos eran dos y estaban muy agitados, por lo que habían dejado de correr y pasaron caminando frente a Luis. Uno era un joven alto y flaco de melena larga y negra, que movía su cabeza exageradamente mientras caminaba y, exhausto, abría la boca para dejar entrar aire en sus pulmones. El otro era mucho más bajo y llevaba pelo corto negro, crispado, y miraba al cielo mientras respiraba con dificultad y puteaba. Un punk moderado, pensó Luis y se fijó mejor en el de pelo largo; llevaba una navaja en su mano y su mirada inyectada en sangre denotaba que estaba muy puesto.

Al llegar a la esquina, el más alto gritó, maldiciendo y alentó al otro para que empezara a correr. Los dos se internaron calle abajo. Luego, volvió el silencio.

Luis Marte vio como el alumbrado público de aquella cuadra chisporroteaba y se apagaba. Trató de ver su cara nuevamente en el portero. No pudo, la luz de la luna no era suficiente. Entonces salió de su escondite y, recordando las palabras del daimon, fue tras aquellos lunáticos.

por Adrián Gastón Fares

PD: Seguirá ¡Suerte al zombi! Pero me gustaría también que lean esta entrevista en la que hablan de Beethoven:

http://negratinta.com/sergi-bellver-beethoven-llego-a-ser-un-genio-porque-se-empecino-en-ser-libre/

y que vean esta película (no se han hecho muchas sobre Beethoven) No hay mucho para elegir. Aquí un usuario la subió gratis en español. Yo la encontré en alta calidad en inglés. Se llama Copying Beethoven (La pasión de Beethoven en español) y fue dirigida por Agnieska Holland en el año 2006 (hace más de diez años).