El nombre del pueblo. El pueblo. 6.

En el pueblo sin nombre había un barrio pobre donde las casas eran bajas, grises y todas bastante parecidas. De cemento, cuadradas, no tenían ningún atractivo más allá de su desconcertante uniformidad. El barrio de los adinerados era un poco más vistoso. Como la de Juan Vergara, ahí las casas tenían jardines y techos a dos aguas cubiertos de tejas brillantes.

A unas veinte cuadras de la vivienda de su hermano menor, justo donde el pueblo empezaba a confundirse con el campo, vivía Miguel en una casa cuadrada de cemento a la vista.

Cerca de su casa empezaba la avenida que, cruzando todo el pueblo, llevaba a la calle comercial o principal: un camino de tierra ceñido de elevados y frondosos sauces. En otoño, cuando se levantaba una ventisca, era imposible avanzar por el camino porque las hojas se abalanzaban sobre uno hasta cortar la visión.

Siempre que había un temporal, los pobladores no salían de sus casas. Dos otoños atrás un niño y un anciano habían muerto ahogados en un torbellino de hojas. Los lugareños temían estas inclemencias del tiempo, que arruinaban sus esfuerzos con tractores, azadones y rastrillos y suspendían sus incursiones marítimas en busca de langostas, tiburones, corvinas y rayas.

Los pescadores aprovechaban la demanda de Obel, el pueblo vecino que, alejado de la costa, dependía tanto del pueblo sin nombre que sus envidiosos pobladores lo odiaban. El excedente iba a parar a las dos pescaderías de la calle principal. En esa calle había también dos carnicerías, tres verdulerías, una mueblería, dos tiendas de vestir, dos jugueterías y un teatro, que hacía las veces de cinematógrafo. Las tiendas más pintorescas eran las jugueterías de don Trefe, un pescador jubilado, obsesionado con los juguetes con forma de pescado. Una de sus vidrieras estaba decorada con horribles muñecos de peces abismales de alambre que rodeaban a un pulpo gigante de trapo, de ojos saltones pegados al vidrio y largos tentáculos —de la punta de cada uno colgada un muñeco—, que atemorizaba diariamente a los chicos. Don Trefe era, además, dueño de una ostentosa panadería, de piso de cerámica rosada con rombos negros y dos columnas con cariátides en las que había mandado a esculpir el rostro de las dos mujeres a las que había sobrevivido. En esa panadería don Trefe vendía sus famosas fresas italianas preparadas para comer —pan duro salpicado con aceite, orégano y con dos rodajas de tomate— con las que se ganaba a sus clientes.

Frente a la panadería estaba la estación de servicio que tenía dos surtidores, amarillos y oxidados. Y más allá la rotonda donde habían construido la plazoleta en el medio de la cual se erguía el cartel con la inscripción: Bienvenidos a —es evidente que los primeros pobladores pensaron que habría un nombre. Acompañando al cartel, apoyada dentro de un cantero de cemento repleto de piedras marinas, se erguía la pequeña ancla que completaba el humilladero. Era uno de los restos de la embarcación que hacía ciento cincuenta años había chocado contra la Lengua, así llamaban los pobladores a la escollera que se adentraba doscientos metros en el mar. Perpendicular a la calle comercial, enfrente de la plazoleta, corría la avenida de médanos que separaba a la playa del resto del pueblo. Si lo recorríamos empezando por el mojón de la plazoleta, pasando por el centro comercial, cruzando la avenida De los Sauces, llegábamos a la plaza principal —única—. Allí, la Municipalidad compartía edificio con la escuela. El primario y el secundario se daban de mañana y pasado el mediodía comenzaba a atender Ester, coqueta —para algunos pintarrajeada— secretaria, que se ocupaba de los impuestos y de delegar los demás asuntos a los empleados. Del otro lado de la plaza principal y única, estaba la comisaría. Allí mandaba el comisario Falcón a veinte suboficiales tan leales y honestos como ineptos.

Formando un triángulo equilátero con los dos edificios mencionados, cuyo relleno era el espacio faroleado e infestado de árboles llamado “la placita”, se levantaba la iglesia. Mezcla de estilo románico y gótico, conservaba unos interesantes ventanales coloreados que contrastaban con la precariedad de la fachada, de barro cocido. El pantocrátor era una escultura de hierro, informe, caprichosa, un Cristo que más que bendecir parecía sojuzgar. En los entreveros del hierro anidaban las palomas. Don Ramón, el cura que vivía en la iglesia, prevenía siempre a sus feligreses de la comparación con el Cristo entreverado y decía que el verdadero era un tipo común, que hacía tiempo vivía en el cielo pero pensaba en la tierra. Nadie entendía en verdad lo que el cura quería decir y disimulaban con rezos. Lo cierto es que, gracias a las digresiones teológicas de Ramón, cada vez había más tablas vacías en la iglesia. Las que se ocupaban eran las del cinematógrafo.

Párrafo aparte merecen las fiestas, a las que se acercaba casi todo el pueblo. Frente a la iglesia se armaba un escenario con unas tablas y desde allí se daban discursos y organizaban juegos ecuestres y bailes. En realidad, el pueblo tenía fama de anticuado. Hábilmente los pobladores de Obel habían alimentado este mote para contrarrestar su inferioridad en recursos naturales.

Hay que decir que no había mucha imaginación en el pueblo sin nombre y que todo era parecido. Por ejemplo, veíamos un almacén entre la comisaría y la Municipalidad sobre una vereda elevada; subiendo unos derruidos escalones nos encontrábamos con una puerta de madera de dos hojas, más arriba un cartel de madera que decía Almacén en talladas letras con firuletes, y más arriba todavía un farol. Al mirar a los costados, veías las paredes amarillentas, sucias y con grietas llenas de telarañas, más allá una ventana alta y larga, con rejas que parecían formadas por un rejunte de flechas de metal. Si antes de entrar te dabas vuelta sobre el último escalón, entonces veías al mismo almacén del otro lado de la plaza; si eras un viajero te acercabas extrañado y confirmabas los mismos escalones, el mismo cartel y farol y las mismas paredes y grietas con telarañas parecidas. Nadie sabía quién había imitado a quién. Sí sabían quién había copiado al pulpo de don Trefe, una réplica chica y desgraciada —no asustaba— podía verse en una juguetería apartada del centro comercial.

La falta de variedad se notaba también en la elección de los vehículos. La mayoría eran lentos, rojos o blancos, y de faroles grandes. Las bicicletas los aventajaban siempre.

En verano había una banda de adolescentes que le gustaba correr picadas con sus bicicletas por el centro comercial hasta la laguna ubicada a dos kilómetros de la plaza. Si los veían quienes iban en coche ya sabían quiénes eran y les cedían el paso. Después de bañarse, los chicos se tiraban en el pasto y miraban desde ahí a las aves zancudas negras, parecidas a los cisnes pero de una familia sin nombre, que de vez en cuando sumergían las cabezas en el agua.

Más tarde los chicos volvían pedaleando y se separaban en el cruce con la avenida De los Sauces. Por lo general, cuando esto pasaba las estrellas ya se animaban en el horizonte y si esperabas un rato se hacía de noche y no podías levantar la vista sin empacharte de puntitos blancos. Y si te quedabas un rato ahí parado, entonces podías escuchar como en un sueño un tintineo metálico y después ver acercarse algo negro que pronto sería un buey, un cabestro envejecido y triste pero siempre conforme con su cencerro ladeándose de un lado a otro. El dueño lo dejaba pasear a aquella hora y podías mirarlo hasta que se esfumaba en la oscuridad.

Y si desandabas un poco el camino de los chicos y pasabas la noche en la plaza, con la cabeza descansando en el regazo de la hija del verdulero por ejemplo, o en los brazos de doña Alberta, siempre amable con los jóvenes —incluso los de corazón, decían—; o si estabas solo, expectante entre las mil sombras de la luna y hamacado por susurros, acodado en uno de los siete bancos, podías ver cómo los gatos jugaban en el pasto; si había uno negro no podías darte cuenta si era la noche la que lo tragaba lentamente o si era la forma oscura del gato la que te ensombrecía con todo lo demás.

A esas horas Miguel ya había vuelto de la playa y se escabullía en su casa. Le temía a la noche y raramente salía solo después de las ocho. Creía que en la oscuridad todas las cosas se multiplicaban sin orden; eso lo aterraba. Imaginaba que estar despierto después de determinada hora era mortal. Sabía que el poder de todos sus libros, que eran pocos, se desvanecía después del atardecer. Estaba seguro que pasado cierto límite de oscuridad, cuando las cosas negras eran la noche y la noche era lo negro, si no dormías el sueño tenía sus guardianes que venían a buscarte donde quiera que estuvieras, en la playa, en el campo o en la plaza, y que entonces estabas perdido: si te atrapaban vivirías eternamente un sueño.

por Adrián Gastón Fares.

Motorhome. Cortometraje.

 

Sinopsis Español:
Un actor de películas de zombis abandona el set. Encerrado en su casa, tratará de encarar un film más “importante”, pero sus compañeros de trabajo no lo dejarán en paz.

Prólogo a un cortometraje

David Eagleman, en un libro de neurociencias, dice que es más probable encontrar parejas con nombres que comienzan con la misma letra.

Hoy me puse a repasar en una librería unos cuantos libros sobre el tema. Llegué a la conclusión que los más llevaderos son los de Oliver Sacks, porque está más cercano de la literatura que de la ciencia.

Y me fui con otra idea. El libro de Eagleman (que si mal no recuerdo se llama Incógnito) propone que la conquista de la mente, de lo que es y cómo funciona, por los científicos, se puede comparar a la del universo.

Diré que me parece un disparate esas estadísticas analizadas justamente por una mente. La mente encuentra coincidencias en muchas cosas, y más cuando está predispuesta.

Cerré los libros y me pareció que el hombre no puede encontrar su esencia y que estos libros de divulgación sobre ciencias son aburridos. Nada peor que alguien que escribe un libro y empieza a apoyarse en estadísticas para hacerlo.

Uno entiende más de ciencia leyendo a Thomas Pynchon y su V (ciertamente sobre la entropía) que leyendo estos ávidos libritos de divulgación (admito que hay otros muy buenos en otros terrenos que no sean la mente analizando la mente)

Así que voy a ayudar un poco a David Eagleman y comparto con ustedes Motorhome. Evidemente le puse ese nombre porque mi primera película se llamó Mundo tributo.

Motorhome fue realizado en 2012, si mal no recuerdo, y editado a lo largo del tiempo. Esta versión que les dejo es la corta. Lo hice con la ayuda de mis compañeros, ex egresados de la FADU, Imagen y Sonido. Fue un cortometraje de ficción grabado en un único día.

Algunos me lo nombran (lo recuerda, y no entiendo cómo llegaron a él) Sí fue reseñado por un periodista del Suplemento Sí, algo que nos asombró a todos.

Recuerdo que lo promocioné enviando email para que opinaran sobre el mismo y este periodista me pegó un llamado para entrevistarme. Fue inesperado.

En todo caso, aprendí haciéndolo, en la edición, y más que nada la pasé muy bien con los compañeros, con el actor Jonatan Jairo Nugnes, y con mi vecino de Lanús, Pablito, el que me debe odiar por haberlo hecho actuar en este cortometraje (también agradezco a Amy Rabe, a mi hermana que nos ayudó en Arte, a Marcelo, que además de hacer cámara puso la casa para filmarlo, a Diego, que se lució en la asistencia de dirección y producción, a Matías, que propuso escenas y diálogos y ayudó a que todo saliera bien, a Sebastián Medrano, otro conocido no actor, que comió una banana ante la cámara e hizo más que bien su papel)

Sé que estas menciones son tan molestas como las estadísticas de David Eagleton.

Sólo agregaré que lo hicimos sin dinero y con el esfuerzo del grupo.

A la productora la nombramos Bombay Films.

 

Aquí va la Sinopsis en inglés:

MOTORHOME SHORT FILM (11 minutes)

Motorhome is a short film that takes you into the life of a zombie movie actor (CLASE B movie actor) that leaves the set of the trilogy of zombie´s movies he´s working to develop a bigger, more “important”, social issues, project. So, the other zombies actors, will try to convince him to go back and finish his bloody performance in the zombie trilogy.

Here is the interview to the director, Adrian Fares, in Suplemento Sí, Clarín Newspaper for this premiere (the short film premiered with this link you are watching in 2011): http://www.si.clarin.com/si/Tristeza-zombies_0_SkOQTafTvXg.html

Written and directed by Adrián Fares (Mundo tributo`s rockumentary co director) Produced with Bombay Films.

 

English Sinopsis:
A class B movie actor leaves the set . He shuts himself at home to work in a “meaningful” project.