Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 4.

4.

En ese tiempo rondaba por mi barrio, que era el mismo que el de Elortis, un abusador serial que había violado a varias chicas. Augustiniano me dijo que anduviera con cuidado. Un día mi papá apareció en mi casa con un regalo: un spray con gas paralizante. Igual, cuando dijimos lo de encontrarnos al mediodía, ya habían apresado al violador. Y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser Elortis…  Decían que venía de otro barrio y que, después de seguirte por varias cuadras, lograba su objetivo en el hall del edificio o al compartir el ascensor con la víctima.

Por lo que me decía Elortis, él últimamente permanecía encerrado en su departamento, y además era demasiado paranoico para convertirse en un victimario con móviles sexuales. Espero que nunca sepa que relacioné con él este asunto policial.

En una de las últimas conversaciones me comentó que a su amigo Romualdo se le había ocurrido un plan para sacarlo del departamento. Quería implementar un servicio de medición de radiaciones de microondas para los consorcios de los edificios, a través de un conocido suyo que trabajaba en la seguridad del Ministerio de Educación, en el palacio Pizzurno, donde guardaban, sin usar, la instrumentación necesaria para este tipo de emprendimiento. Como Romualdo trabajaba full-time administrando sus peluquerías, lo que Elortis tenía que hacer era salir por las inmediaciones de su departamento con una libretita para anotar la dirección de los edificios que tenían esa antena gigante con forma de araña patona muerta en la terraza. Con esos datos, Romualdo redactaría las cartas que después entregarían a los consorcios de la zona. Así podrían armar un emprendimiento conjunto, como Elortis siempre había querido, ganar unos pesos, y de paso Elortis pasearía y disfrutaría del sol que tanto le gustaba. Romualdo pensó en encomendarle el trabajo a su hermana, una solterona depresiva, que su familia internaba en un loquero cada tanto, pero le parecía mejor empezar con él. Elortis fingió que tomaba en serio la propuesta de su amigo. Pero para su asombro llegaría a cumplir con uno de los recorridos.

El día anterior a la charla registrada venía de caminar, con libretita anillada en mano, la calle Vicente López hasta la Recoleta para hacer un relevamiento de los edificios que tenían esas antenas, que según algunos estudios eran peligrosas para la salud. Mientras observaba uno de esas arañas metálicas, se acordó de su padre; si cumplía con el trabajo del que lo habían acusado, debía dar una imagen parecida a la de él ese día por las calles, apretando el paso para camuflarse entre la multitud cuando visitaba el edificio donde entregaba sus relevamientos, por lo que dio medio vuelta y desanduvo el trayecto hasta su edificio. Y ahí se quedó, sentado en su sillón, con una taza de té en la mano, mirando los árboles a través de la persiana americana.

Su padre le decía a los demás psicólogos que se fueran a trabajar con los arqueólogos si querían entender algo del mundo en que vivimos. Y también estaba interesado en las excavaciones del Golfo de México. De algún modo, el encuentro con Ponen parecía encajar en los planes de Baldomero, tal vez el viejo en el fondo quería que su hijo continuara la osada labor que había comenzado. Si Baldomero había sido uno de los batidores, un soplón de la dictadura, como había dicho un profesor en la nota de un diario, no era su culpa. Estaba contento porque mientras tomaba el té se había acordado de aquel día de verano con el sol radiante en el que salió, como era costumbre después de merendar con la enanita, a ver el fondo largo y se lo encontró lleno de unas plantitas con flores violetas. Apenas se metió entre las radichetas y los tomates para cortar una de esas flores que lo atraían tanto apareció su tía abuela gritando ¡tinta mía!, esa alerta siciliana o calabresa irreproducible que escuchó tantas veces de las bocas de esa mujer y su abuela, y le ordenó que se alejara de esos yuyos peliquerosos que crecían en su fondo. Eran amapolas y después de un tiempo, de tanto que sus familiares las arrancaban para exterminarlas, desaparecieron.

por Adrián Gastón Fares (2011)