El futuro cantado

Hace tiempo recibí un mensaje escrito con signos extraños proveniente de una comunidad del Amazonas.

Nunca lo pude descifrar.

Venía envuelto en una fina tela de color malva.

A veces la huelo.

El olor me guía.

La carta estaba bastante manoseada.

En el sobre decía:

Para vos

Y luego:

Luchando contra el bien y contra el mal.

Eso estaba escrito en inglés.

Recordé que Hegel había dicho que la lucha entre el bien y el mal no era un problema tan grave como la lucha entre el bien y el bien.

Esa fue la última vez que pensé en Hegel.

El mensaje estaba firmado por dos jóvenes que decían pertenecer a una comunidad de hilanderas dedicadas al tejido. No reproduciré sus nombres. Parecían ser mujeres:

De las Hilanderas.

Remataban.

La carta no había sido enviada por correo. Alguien la había deslizado por el umbral de mi puerta.

Yo estaba subido en una silla.

El resto pueden adivinarlo.

Ése fue uno de los milagros que me salvó la vida.

Me recordó los signos que estaban escritos en la puerta del ascensor de mi piso. Alguna chica que escribió tal vez mi inicial y la de ella envuelta en un corazón. Por lo menos, eso parece. Pueden ser la de otros.

Entendí que el mensaje se refería a mi propia lucha entre el bien y el mal.

Tenía algo que hacer, algo que descubrir, me dije.

Pero yo, que había abandonado la carrera de antropología, no era un explorador. Ni siquiera me interesó seguir entre la selva de alumnos.

¿Qué podía hacer con esos signos que no podía descifrar?

Entonces unos días después leí la noticia que revolucionó al mundo.

El futuro está cantado.

La humanidad es capaz de prever parte del futuro, lo que ya saben.

No se puede ver todo, pero sí un retazo de lo que va a ocurrir.

Segundo milagro.

A esa altura, ya había vuelto a mirar la silla y a la viga con cariño porque no sabía qué hacer con la carta.

Los científicos que descubrieron estas imágenes grabadas en el inconsciente eran de nuestro país, cuándo no. ¡Había una razón para creernos más de lo que somos!

La arrogancia argentina, que tantos detestan, venía de algún lugar.

Ahora que vamos dejando de ser se entiende mejor por qué vivíamos arañando las paredes. Por qué todo era tan difícil.

Entendimos porqué los argentinos cruzamos la calle casi siempre mal, por ejemplo.

Estábamos condenados a desaparecer, o mejor, dicho, a fundirnos con otros países.

Apurados pero con razón.

Esa era la punta del iceberg.

Atañe a nuestra sociedad.

Ustedes están al tanto.

El resto resultó ser que  las afecciones psicológicas tenían un motivo concreto.

Y la ansiedad era la que más motivo concreto tenía.

Uno de los posibles futuros, el que se observaba, estaba escrito en nuestra mente y en nuestro tiempo.

¿Cómo no impacientarse en algunos casos?

Yo, que caminaba de un lado para el otro en un apartamento de dos ambientes sin parar, hasta que dejé de hacerlo para subirme a la silla, yo que apenas podía dormir porque me la pasaba leyendo, escribiendo, hasta que un día me acosté y ya no tenía motivos para levantarme, yo que investigaba incansablemente sobre el destino de ciertos pueblos originarios argentinos incluso en sueños, casi un etnógrafo sin matrícula digamos tenía todas las razones del mundo para hacer todas esas cosas.

Delfos, la simpática aplicación más descargada del mundo, me dijo algo que cambiaría mi vida, más o menos como estos científicos cambiaron el mundo con el descubrimiento de que parte del futuro podía leerse.

No sé si estarán de acuerdo con los que quemaron libros, ni con los que los borraron, avergonzados, del espacio virtual, pero es un hecho que la psicología dejó de tener sentido.

El proceso de reconfiguración mental llevará años a la humanidad.

Es gracioso, pero el descubrimiento del futuro semi-previsible paralizó a muchos.

Hay gobiernos que se están desmoronando.

El tiempo no perdona.

Voy reconociendo los senderos.

Incluso los que yo mismo despejo.

Escribo esto desde Iquitos.

En camino de ser el que ya era.

 

por Adrián Gastón Fares, 1 de Marzo de 2019

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