La más buena. Cuento.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

La historia de mis oídos.

A veces tomo la forma de una bola de cristal

que refleja el pasado.

Como si me agitaran

la nieve empieza a caer.

Lo bueno es que puedo lanzar la bola de cristal

tan lejos

como se me antoje.

He creído ser oyente

Uno más de la manada

Pero no lo era.

No del todo.

Nunca olvido

que en el año dos mil doce

me dieron el certificado

porque, paradoja para esta hoja,

nunca escuché bien;

seguía tocando el timbre de aquel edificio

cuando ya me habían abierto la puerta

desde arriba.

Entonces, recién en el año dos mil doce, con mis queridos

audífonos, esas joyas tan preciadas,

tuve que adaptarme al rugido de un mundo

del que muchos

no quieren saber nada.

Me daba vergüenza acercarme a las chicas en un bar. Nunca olvidaré la distancia autoimpuesta. Y la zozobra del ser o ya no ser.

Así y todo elegí usarlos.

Era eso o no entender.

El sol se pone,

pero el ruido se impone.

Los seres humanos cerramos los ojos,

nunca los oídos.

Tan vitales son que permanecen atentos

aún cuando la alarma resuena

y los tapamos con las manos.

Mis oídos eran como viejos caracoles

que retumbaban con el viento.

Antes de los audífonos,

para la risa ajena

subtítulos, por favor.

Ahora:

También ayudan.

Todavía no sé lenguaje de señas

pero conozco las marcas que deja la creciente

sensación de no comprender.

Aunque lo que no se dice a veces lo entiendo bien.

La mayoría desconoce

la balada del tinnitus constante.

Pagué el precio de la incomprensión y

de los que saben pero se hacen que no saben,

de los que querían que fuera otro que,

ah, montaña blanca,

no soy.

He sido abandonado:

En los peores momentos

Empujado al abismo:

En los peores momentos

Es un fundido lento como en las películas:

A otro ser,

devenir otro.

Entusiasmo.

Renovado.

Tirité descalzo

como más me gusta

en el vacío.

Y un día apareció la casa,

la rosa

y, ah,

la gran montaña blanca.

Yo que le temía a lo desproporcionado

a las imágenes grandes de animales,

a la boca abierta del elefante marino,

a la trompa de la orca encostrada en la diapositiva;

a los dinosaurios de museo

y a los restos flacos de las ballenas que ya no nadan

en pisos de madera

de esas feas instituciones.

Pero los dinosaurios fueron animales,

¿quién era yo?

El que seguía algunas reglas

escritas por seres que tenían un sentido

distinto al mío;

he sido ingenuo.

Y tan seguro

como mis orejas me han permitido ser.

Más allá de todo,

sé que no hay piedad en el mundo,

ni camino recorrido.

Para la historia de mis oídos.

por Adrián Gastón Fares, 22 enero de 2019.

Gualicho Storyboard

Este es el #storyboard de Gualicho / Walichu. Lo hice durante 6 meses. Toda la película en un software #3d #peliculas #cineargentino #incaa En la locación, tomamos las medidas y lo volcanos al #story. También agregue distancia focal según la cámara y composición del plano, angulaciones. #cine #audiovisuales #cultura #largometraje #bloodwindow #premio

La hora de los talveces….

Dibujo Adrian Gaston Fares para El Amancebador, el Joven Pálido
Este poema, o prosa cantada en silencio como me gusta llamar a los poemas narrativos, forma parte del work in progress del poemario El Joven Pálido.

El dibujo es mío también.

Dibujo bajo el seudónimo Cooonde así puedo garabatear bien pequeño a gusto.

Saludos, A.

El amancebador

Déjame,
corazón de las horas perdidas.

Lánzate al viento, capataz de las luciérnagas, y
aléjate del río de las sensaciones,
donde duermen los maestros.

Cede la bronca a las esclavas abejas,
abandona las grillas horarias,
aliviate de la busca de hidras en las zanjas,
acaricia las crines de tu caballo
aunque no tengas ninguno.

Sigue leyendo “La hora de los talveces….”