Mi historia

Mis audífonos nuevos

Nací en una clínica del barrio porteño de Once. Al otro día, mis progenitores me llevaron a Lanús, Villa Caraza, donde viví hasta los veinticuatro años.

Nací mal. Debí nacer el 20 de octubre de 1977, pero por un retraso sin solucionar en el embarazo, salí al mundo con parto asistido por forceps el 28 de octubre (del mismo año, por suerte)

En la ficha de mi nacimiento dice: Depresión Neonatal.

Esto quiere decir que nací con un problema congénito. La hipoacusia (sordera) congénita significa que fueron por causas no hereditarias si no por problemas en el momento de nacer. Eso es lo que tengo ahora y lo que siempre tuve: Hipoacusia (sordera) congénita bilateral. Así, por lo menos la llaman los médicos. Pero el camino a obtener un cuidado y un certificado de discapacidad fue largo: recién a los 36 años pude poner en orden ese aspecto médico. Costó bastante.

En el nacimiento tuve asfixia, condición que se llama hipoxia isquémica perinatal. La neonatóloga le dijo a mi madre que podía ser que su hijo, o sea yo, escribiera por debajo del reglón en el colegio. Eso no pasó, pero sí tuve una de las consecuencias de ese tipo de nacimiento que es: alteraciones auditivas (sordera, se mueren las células ciliadas del oído por lo que se sabe hasta ahora, o por lo que sé y me dijeron)

Nunca escribí por debajo del renglón y, cómo verán, la escritura siempre fue uno de mis fuertes.

Siempre escuché mal y me apoyé en gestos, el pizarrón, otros de al lado, lo que fuera, para estar a la par de los demás.

Nací mal, sin llorar. No sé cuántos segundos fueron.

De chico, recuerdo imágenes de los dibujos de la televisión, pero cuando me junto con amigos de mi edad, ellos pueden recordar nombres de los personajes y otros detalles auditivos que yo no recuerdo ni nunca supe. De hecho, mi programa favorito era La Pantera Rosa. Desde chico que me fascinan las imágenes.

Ya en el colegio secundario, bromeaban de que yo era como Forrest Gump (Run Fares, Run; me decían, no los juzgo, me causa gracia) y compañeros de otros cursos me preguntaban por qué me acercaba tanto para hablar y giraba mi cabeza en un ángulo de 45 grados. Solía evitar el recreo, la reverberación de ese techo de chapa hacía que escuchara peor a los demás.

Igual, nunca entendí bien lo que decían los demás. Un cincuenta por ciento llegaba a mis oídos. Y ese cincuenta por ciento o menos, es lo que me permitió ser hipoacúsico poslocutivo. Nunca escuché bien mi voz. Siempre fue como estar en una caja (como pueden ver en los videos de El hombre lámpara que hice en YouTube; soy yo con una lámpara en la cabeza; así era yo)

Y las condiciones de adaptación se complican mientras crecés. Esto es CLAVE (tenganlo en cuentan los que estudias estas cosas; creo que ya lo saben por lo que aprendí)

Así y todo nunca me llevé una materia, fui abanderado, esas cosas que no sirven para nada ni tampoco deberían porqué servir. Estudié inglés. Sé leer muy bien y escribir bastante bien en inglés. Pronunciar se me complica un poco (menos ahora gracias a los audífonos), como saben mis amigos. Ahora, a los 41 años, con audífonos adecuados por primera vez, me las arregló bastante bien. Pero llevó más años y pesares de los que debería haber llevado. Es como nacer de nuevo, o algo así.

Los médicos de Lanús, Caraza, les decían a mis progenitores que a su hijo “le faltaba calle”, por ejemplo. Aunque de chico tenía mi grupo y jugaba en la calle. No sé a qué tipo de calle se referían. Tenía ocho años o menos. La responsabilidad es de los supuestos “profesionales” no de mi familia. Esas cosas son nefastas.

Nunca me hicieron un potencial evocado antes de los 19 años. Ni seguimiento por cómo nací. Si me agarraba un berrinche o algo, mis progenitores pensaban que estaba poseído o que era caprichoso. Aunque siempre me porté muy bien en todos lados y nunca tuve problemas de conducta.

A los dieciocho años (19 según dice en las audiometrías), comencé a hacerme logoaudiometrías y estudios audiológicos porque algo andaba mal. Potencial evocado también. Para los suspicaces (que siempre hay) el potencial evocado no depende de responder a nada; te ponen unos electrodos en la cabeza y el cerebro responde a los estímulos auditivos mientras no hacés nada. La cara de la médica y los resultados dieron por sentado lo que ya estaba claro. En una logoaudiometría, en vez de coser, dije coger (de agarrar para mí; no lo decía como lo decimos los argentinos) La fonoaudióloga salió a entregarme el estudio riéndose. He contado alguna vez riéndome esto.

Me egresé, terminé en cuatro años la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, en la Universidad de Buenos Aires, así que en los 21 años ya estaba egresado; quería filmar. Para eso entré ahí. Quería hacer películas. En la facultad seguía viendo que todos entendían a Los Simpson y yo no, que no entendí la mayor parte de las conversaciones grupales. Terminé la facultad extenuado, muy flaco; lo recuerdo.

En ese tiempo trabajé de meritorio en una productora y luego en otra, un trabajo extenuante en el que a veces no dormía (no había horarios, ni paga correcta, nos explotaban) Ahí, a los 25 empecé a escuchar el tinnitus (zumbidos), así que definitivamente fui a pedir alguna solución a mi problema. Me dieron un audífono por primera vez en mi vida, que no servía para perdida (era un médico de tinnitus, no de sordera, así y todo dejó asentado la hipoxia perinatal) Luego, un compañero de universidad me hizo notar cómo me cambiaba la cara cuando usaba el audífono.

Trabajé en una película como compositor de efectos visuales y luego dejé todo para filmar lo mío, me puse a hacer Mundo tributo, un documental que siguen emitiendo en televisión. Lo dirigí, hice el diseño de producción y me encargué de la cámara en muchas escenas.

De ahí en más, mi vida fue una lucha constante para seguir filmando y hacer que los demás, no yo, entendieran lo que me pasaba con la audición.

A los treinta años estaba distribuyendo Mundo tributo, terminé un noviazgo de ocho años, una buena relación. Dejé entrar a otras personas en mi vida.

Una de esas personas una vez vio por su cuenta Mundo tributo. Vio que yo no podía seguir filmando por falta de medios. Se puso a llorar. Me afectó eso. Me dijo que me iba a ayudar. Me puse a trabajar en la ficción que tenía lista desde antes de Mundo tributo, una por la que luego gané un premio, y en el interín, me dieron el certificado de discapacidad (CUD), por hipoacusia bilateral de moderada a severa, dos audífonos, y me empecé a adaptar a eso, mientras era feliz porque estaba con alguien que quería y apreciaba y estaba trabajando en lo único que me hace feliz. Pero esa persona me terminó diciendo que filmara casamientos, algo que para mí (sin tener en cuenta otros detalles de mi condición, digamos) es como decirme que escale el Everest para encontrar el Santo Grial en la cima.

En ese tiempo, fui a pasar la junta para el certificado de discapacidad auditiva a las cinco de la mañana, solo, recuerdo que leyendo un libro de William Burroughs. Volví y tuve ganas de llorar. Luego seguí con esa relación amorosa y aprendiendo sobre cine, filmando como podía, y superé de alguna manera ese momento clave en mi vida.

Agradezco igual que esa persona me haya acompañado en ese momento, tal vez la vida hubiera sido más horrible si no.

Por primera vez, estaba con dos audífonos y certificaban, digamos, mi problema auditivo. El certificado sirve para obtener los audífonos (que salen como 200 mil pesos hoy en día). Para no mucho más.

Pero hubo un problema grave. Los que me dieron certificado de discapacidad y audífonos no citaron a mi familia para hablar de lo que yo iba a vivir. No citaron a mis seres queridos tampoco. Seguí solo, con una novia joven que me ayudaba como podía.

En 2014, perdí todo eso. Novia, Trabajo e Identidad (¿No entendían que era sordo? ¿Era sordo? ¿Recién me habían dado audífonos y discapacidad auditiva como todos sabían pero eso no significaba nada?)

Mis progenitores, no asesorados, negaban mi problema auditivo (duelo, negación, es de manual), mi ex novia de ese entonces no entendió lo que eso me hacía.

Quedé solo. Pero esta vez era estar solo sin mí.

Tuve que salir a descubrir y a luchar todo de nuevo. Mi sordera casi se convierte en un en Meniere (no tenía Meniere, algo que sugirió un homeópata -ocupación peligrosa si las hay- no tenía autismo, a los profesionales les causó muchísima gracia lo que ocurrió; en mi búsqueda un profesional descuidado me mandó a ver The Big One Theory, porque pensaba que yo era como Sheldon; no quiero ridiculizar más a alguien que piensa que ceguera y autismo o sordera y autismo son compatibles; tengos mis pensamientos sobre algo que he investigado hasta el fondo, acompañado con gente que sabe más que yo del tema; es sólo un ejemplo de confundir una identidad con otra, una patología con otra por simplemente no saber bien o por una conveniencia económica)

Sigamos. Me fui  a trabajar de cadete a una Obra Social, porque mi familia decía que yo no trabajaba (para ellos el cine no es trabajo, es una ilusión; para ellos todo lo que trabajé en cine y audiovisuales no era trabajo) Fui a trabajar con la esperanza de recuperar a una mujer. Algunos me decían: Los pelos de una concha tiran más que una yunta de bueyes.

Yo digo que lo que tira más que una concha y una yunta de bueyes es la identidad. Y pensar.

Estuve encerrado en una habitación oscura, sin nadie, en un trabajo donde luego llevaba empanadas, levantaba bidones de agua, llevaba cochecitos de bebé al correo, hacía trámites, y era maltratado por no escuchar la chicharra de que te están abriendo la puerta (y tocar timbre otra vez para que te abran; aunque uno lo expliqué cincuenta veces; no entienden: no pueden o no quieren entender)

Casi termino mal.

Terminar mal es relativo, pero cada uno sabe lo que significa terminar mal en algún momento de la vida.

Llegaba llorando a mi casa, caminaba el largo pasillo hasta la puerta de mi casa, mi apartamento, y luego me tiraba al piso a enrollarme como un feto. Nunca lloré tanto en mi vida.

Estaba triste. Pero mientras trabajaba en la Obra Social, me llegó una carta terrible de esa ex novia que obviaba totalmente el momento que yo estaba pasando y me trataba como un desconocido (cuando esa persona se fue riendo de mi vida) Y lo peor es que estigmatizaba mi manera de actuar y ser como un problema ajeno al auditivo. Eso me destruyó totalmente.

Pero es pedir demasiado a gente que no estudió el tema. No es su responsabilidad pero sí del contexto. De los que saben o deberían saber.

Perdido, terminé en un Hospital de Día (entrás a las dos de la tarde salías a las seis), para dejar ese trabajo al que había ido con esperanzas de que el futuro cambiara. Fumaba cigarrillos toda la mañana, luego entraba a ese lugar. No hablaba. Mis compañeros podían reír. Eran muy graciosos. Los recuerdo con mucho cariño. Pero lo negro nunca fue tan negro. Un mes y bastó para que pidiera volver al lugar oscuro y sin baño. Tenía que salir de ahí.

Un psiquiatra dijo depresión. Pero uno a veces tiene que estar triste porque pasan cosas. Tres duelos juntos es demasiado. No creo en la depresión porque hay una dicha que nunca me deja.

Hay que pasar por eso. Y a veces hay que llorar, no importa cuanto tiempo.

Así que por favor, nunca acerquen a un sordo o hipoacúsico que no sepa del tema a un psiquiatra (ni psicólogo que no esté preparado) porque es como darle un mexicano a Trump o llevarle un judío a Hitler para ver qué opina.

Un ejemplo es que mi escritura, mi manera de textear, en vez de hablar, pasaba a ser una patología, me medicaron, me hicieron perder tiempo (no todos los terapetuas son malos, algunos ayudaron con su paciencia e inteligencia; aprecio la piedad) Pero no deja de ser peligroso.

Pasó mucho tiempo para que yo torciera todo eso. Y todavía no sé cómo lo hice. Creo que con voluntad. Pero entendí muchas más cosas en el camino.

Siempre creí en la ciencia, me molestan las otras creencias, me molesta lo irracional. En ese interín, gente que quiero, para solucionar con la magia lo triste que yo estaba, me trajeron a una especie de manosanta a mi casa.

Evité una violación. Ese es el peligro de creer en estupideces en las que yo nunca creí (y las que toda la vida me molestaron profundamente y me llevaron a tener diferencias con otras personas)

Mientras tanto, una de las mejores fonoaudiólogas de acá, a la que dí en mi búsqueda, me dijo que los audífonos de 2014 estaban mal calibrados, mal adaptados y que todo era un ruido insoportable para mí; no sólo no podía escuchar bien si no que todo era más ruidoso e inentendible.

Me reguló los audífonos y cambió las puntas (ese día que volví y vi la televisión y entendí por primara vez sin subtítulos lo que decían) y pidió nuevos audífonos porque la potencia de los que tenía ya no alcanzaba.

Con certificado de discapacidad los pedí a la Obra Social y llevó cinco años que me lo otorgaran. Tuve que pedir amparo porque no había manera de obtenerlos. Recién me los dieron cuando una otorrina certificó que si no tenían que pagar implantes cocleares.

Perdí más tiempo yendo de un lado a otro, sin que me dieran audífonos hasta que el amparo surtió efecto.

Desde el año pasado (2018) que tengo audífonos nuevos con moldes personalizados a mis oídos.

Mis audífonos nuevos
Mis audífonos nuevos

No sirve de nada porque más o menos desde que me los dieron la productora de mi película decidió no hacerla (a la que el INCAA le dio todo el poder), me dejó sin trabajo, sin película, sin carrera, sin paga, en la calle prácticamente. No los uso para trabajar porque no me dejan filmar; el INCAA utilizó el dinero de mi premio en otra cosa, parece ser.

Trato de escuchar música con auriculares, algo que nunca hice en mi vida, para tolerar el tinnitus, especialmente cuando estoy solo y me sacó los dos audífonos.

No tengo inclusión. Con inclusión me refiero a poder trabajar en lo que tanto esfuerzo puse en mi vida y lo que me sacrifiqué y demostré que sé hacer. Los otros caminos llevan siempre a la brutalidad. Quiero estar con la gente que elegí estar.

Por no tener dinero, tuve que dejar ir otra relación (otra persona que se alejó porque me dijo que yo “no daba resultados”) Es fácil dejar ir a personas así. Pasa, igual, la sociedad es así; la vida social no es simple. Y del aire no se puede vivir. La gente pide cosas, y yo también.

No quiero ocultar estas cosas, porque lo que me pasó a mí, puede pasarle a otros y a otras.

Cada uno sabe lo que se merece y lo que no, y es nuestra responsabilidad luchar por eso.

Tal vez, sin darme cuenta, lo que estoy dejando ir ahora, es a este país. O a una manera de pensar y de actuar que debe, sí o sí, cambiar.

En este siglo XXI, ya no hay verdades parciales. Hay gente que actúa bien y gente que actúa mal. Hemos recorrido un largo camino para que estas injusticias e inconsistencias no vuelvan a repetirse.

por Adrián Gastón Fares, 2 de junio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

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Salir del cine, entrar a la vida

panoramaartsmagic

Hace quince años pensé en ser crítico de cine por un rato. Quería escribir en realidad.

Me anoté en un curso en APTRA donde los alumnos éramos dos: otro chico y yo. Antes de entrar buscaba CDs de jazz en la Musimundo del centro comercial Spinetto.

Lo del Curso fue raro, no me hacía falta por haber estudiado Imagen y Sonido, pero pensé que necesitaba una credencial para ejercer la crítica. Blanca López fue una amable y simpática profesora.

Al poco tiempo, en las críticas de estrenos que hice para Cineismo, no me gustaba que Ravashino, el editor, me corrigiera los textos. De más está decir que sus correcciones eran necesarias muchas veces.

Yo quería escribir como tocando jazz. Lo que salía de mí tenía que ser lo bueno sino nada tenía sentido.

En esa época, cada tanto, por la mañana, iba a una privada de cine. Un día tomé un café con leche y vi a Amanda Peet chocarse la cara con un cristal. La película no era excelente, pero salí del cine con ganas de vivir.

Yo, que no veré Games of thrones porque no me gustan los dragones que salen de huevos, diré que su productor, David Benioff, es un ganador: tiene al lado a Amanda Peet. Y eso que ya se me pasó el enamoramiento de esa mañana de cine.

El cine a la mañana producía el mismo efecto que los sueños de la madrugada, si la película gusta, te pinta el día.

Sin embargo, esas alfombras mullidas de los cines siempre me parecieron sospechosas. Pensaba que, en mi caso, quedarme con esas mañanas en el cine, era como colgar los zapatos en el tendero de Spectra. Ese pueblo de dónde un hijo escapa en la película El Gran Pez. Quería hacer películas y no escribir sobre ellas.

De cualquier manera, me las arreglé para que una empresa inglesa me enviara copias de los DVDs de películas japonesas que editaban.

Esperaba con ansias la llegada del sobre de papel marrón remitido por Phil. Era fanático en esa época del J horror. Dark Water, Ju On, A tale of two sisters y otras. También me gustaban las películas de Yakuzas.

Siempre me gustaron los japoneses y las japonesas también. Con ellos me siento más cómodo.

Ozu es uno de mis cineastas preferidos.

El cine de ojos rasgados me atrae, en general.

Hasta La isla de Kim Ki Duk me gusta, aunque no es su mejor película para nada.

Arts Magic DVD ya no existe más. ¿Dónde trabajarán Linda y Phil?

En nuestro presente, no me imagino a una editora de un país lejano enviando DVDs de películas a un crítico argentino como hacia la distribuidora Arts Magic.

Era la magia de los inicios de internet. Voy a permitirme la nostalgia tecnológica, porqué no. Internet es ahora, claramente, un lugar presentable. Antes era un lugar impresentable pero lleno de personas que parecían más reales.

De personas más lentas. Más lentas con periféricos pesados que los ataban a un lugar y los obligaban a usar de otra manera el tiempo y el espacio.

El resultado lo vemos ahora en la película Draft Day. Como en otras, cuando los personajes usan el teléfono para comunicarse la elección del director es dividir la pantalla en dos. Pero a diferencia de esas otras películas, en Draft Day una parte del cuerpo de un personaje invade el rectángulo de la escena que ocupa el otro. Hace veinte años a nadie se le hubiera ocurrido recortar la pantalla así. Esto indica que, por lo menos en el cine, el espacio no es lo que era. Y esa Internet, de antes, menos democrática, como un palacio cercano en el que conocías personas que parecían más reales, ya no existe.

Adrian Gastón Fares

Intransparente, Los tendederos y El nombre del pueblo en formato eBook, para libro electrónico.

Pueden adquirir y leer mis dos novelas en Amazon para leer en Kindle y otros dispositivos para leer libros electrónicos.

Intransparente

Sinopsis

Una veinteañera pasa en limpio sus conversaciones en el mensajero con un hombre maduro, Elortis, el hijo del psicólogo Baldomero Ortiz. El hombre destapa la crisis que atraviesa, alimentada por la ruptura con su expareja y las dudas sobre la verdadera ocupación de su padre, pero también iluminada por revelaciones importantes sobre su vida y el mundo que lo rodea. La novela comienza cuando Elortis y su exsocio Sabatini vuelven de Mar del Plata, donde participaron en el programa televisivo de Mirtha Legrand.

 

El nombre del pueblo

Sinopsis

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

 

Por otro lado, aquí pueden leer mi recolección de cuentos llamada Los tendederos

Los tendederos

Sinopsis

Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.

Los links son para Amazon españa pero están disponibles también para las demás países y sus respectivas monedas.

Saludos

Adrián Gastón Fares

Malos tratos

Hoy te entiendo, polvoroso músico
En tu guitarra había cielo
Y en tus dedos nubes
En tu cabeza no había demonios
En los de tu pueblo muchos
No fue hasta que un relámpago
Hizo caer la gota de tus acordes
Que tu diablura cantó
 lejos
Lo que vos escribías era
Lo que no podías creer
que te estuviera pasando
Tus queridos
y queridas.
El demonio.
Decían.
No te escuchaban
Pero te los echaste a la espalda
Y con ironía
Te pusiste la máscara que te habían armado
Harapo por harapo
Para los monstruos no hay caminos
Y menos encrucijadas
Porque con la mirada en la copa de los árboles
No hay polvo que la nuble
Los religiosos
Esos que creen en cosas raras
Y que les gusta tejer maldades
Bajo la luz del sol
Los malos
y los brutos
Te dieron la letra
Pero no la música
Hoy te entiendo, Robert
Porque llega un momento
Que uno escucha la risa de los demás
Más fuerte que la de uno mismo
Y vos subiste más.
Y dejaste la fuente de pueblo para nunca volver.
Entonces,
Que tu guitarra nos guíe
Y las partículas de tus uñas
Que arrancaban las cuerdas
Sigan flotando en el aire
Entre tantas señales
Que digan tu nombre
Del que te jactabas en broma
Ante tanta insistencia
Que la música sola baste
Y tus letras dolidas sean restadas
Del Producto Bruto Interno
De la sociedad que te envenenó
Porque nada cuenta el tiempo más que injustos números
Y en tu cabeza no había palabras ni pedal
Para dar marcha atrás
El mal que te hicieron.
En la encrucijada
En semicírculo
Te esperaron
Para que te pongas esa resonante máscara
Que tejieron para vos
Los que revelaron su cara en el espejismo de la leyenda
El significado de la magia es
Que un ser único
Acepte a las voces del pueblo
Y las transforme en música y carne
Cómo fin triunfal y algarabía
Cómo exorcismo supremo
Y plato
Hondo y vacío
Que refleja miradas hambrientas
Despojadas de esperanzas
Ojalá que los descendientes de los muertos que te hirieron dejen esta vida
Sin haberte escuchado
Según dicen:
Tienen toda la eternidad para hacerlo.
Cuando el cielo opaco se parta con tu voz de relampago.
Y tus dedos largos y y rápidos corran por el mástil.
Desahogantes.
por Adrián Gastón Fares

El joven pálido. Canción.

Los temerarios:

Delator, informal, invocado de día
¡sueño!
bebido de noche
¿o ya en la madrugada?
entre los pinos de la casa costera
para qué venís a recordarme
lo mucho que te quiero
encima, me limpiás los ojos
y me soplás la cara con tus dedos finos
-mi amor,
arrumándolo-
por favor
olvidarlo al despertar
o recordarlo con el tibio sol del desayuno.
(Hace bien)
Nada terrible nos separa
eso es lo terrible
felicidad
derrocharlo todo

Otra vez:
la poética de remarcar
¡Qué extraña felicidad!
derrocharlo todo
lo que otros quieren
lo que otros buscan
¡qué cobardes!
¡qué temerarios!

Repetir a partir
de otra vez
x2

por Adrián Gastón Fares

Los tendederos. Recopilación de cuentos de terror y ciencia ficción (2019)

Aquí debajo copio el link para lxs que quieran adquirir Los tendederos para Kindle o libro electrónico. Es mi recopilación de cuentos de terror y ciencia ficción. Pueden opinar a gusto sobre lo que quieran.

Título original: Los tendederos. Cuentos.

Número de páginas (según Amazon) 338.

Contiene los siguientes relatos, en este orden:

Las hermanas
Los tendederos
Reunión
La edad de Roberto
Un contrato conmigo mismo
Lo que algunos no quieren contar
Buenos días, Sr. Presidente
El Perchero ausente
Padre
El aguante
Las aparecidas
Las mil grullas
Todo termina que es un sueño
La casa de Orlando
Te espero en el techo
Los Endos
El reloj
Un posible fin del mundo
Bajo la manta
La casa nueva
Los cara cambiante
El vendedor de tiempo
Los dominantes
El cuento original
El hombre sin cara
La casa del temor
No es humo
Nuestros
Puntos negros
El Buscavidas
A la caza
Los encantados
Las cartas negras
Padrastro
Delcy y Nancy

Link para España (Amazon.es):

 

Está disponible también en los demás Amazon (ingresar en Amazon y en campo de búsqueda escribir Adrián Gastón Fares, Los tendederos)

 

 

Los tendederos. Libro de cuentos.

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

Nota: Como verán, han vuelto las publicidades al blog; perdón, pero no pude pagar los dólares necesarios del plan para quitarlas esta vez.

El joven pálido. El silencio y los árboles.

Las hojas caen en contra del viento
que las hace caer.
Las personas
vemos..

y somos tres cosas:

somos uno que sueña con los que sueñan,

somos otros que piensa y vive en una casa dónde el sol nunca se pone

y somos otro que solamente percibe sabores, caricias, golpes, miradas fuertes o vagas

somos lo que hierve cuando ya no hay nada en la cacerola

y árbol que no hace ruido en el bosque porque no hay cóclea para escucharlo

y es capaz de mover hojas, de volar la peluca de las hormigas, de generar moléculas que se desplazan

pero no suena

somos lo que no suena si no hay nadie para escucharlo.

El joven pálido,

Con las lombrices aéreas
a veces descubría
que no había mucho más de lo que buscaba
Ni había mucho menos.
Algunos días tenés lo justo
-lo justo es lo perfecto, es una caricia mental-
Y entonces:

¿Cómo afrontar la sospecha confirmada?

Coro:

“Como la planta que sabe que el agua no está lejos
después inclinándote un poco al sol
sin deformarte demasiado.”

Pero no es fácil.

Amar es desenrollarse
sin pausa.

Play.

En esta película yo camino
hasta el Museo de la Morgue
donde flota un feto
¡Oh, feto flotador
hijo de mis entrañas!
Un guardia inseguro me sigue
con la mirada,
pero cuando se descuida
rompo la pecera,
atajo el feto que cae con la viscosidad
y me lo meto en la mochila.
El guardia inseguro
un poco viejo
camina hacia mí
y se resbala.
¿Se habrá roto la cabeza?
Ya en la calle,
con mi vástago maloliente en la mochila,
subo a un taxi,
El conductor se tapa la nariz
y me ordena bajarme:

¡Bájese! ¡A lavarse!

 

por Adrián Gastón Fares

Cine argentino estatal y corrupción.

Todavía estoy aquí tratando de filmar Gualicho.

¿Por qué no se pudo aún después de tantas penurias por un… premio?

Recapitulemos primero.

A nuestro universo entra una productora presentante desde el momento que me dijeron siempre en INCAA (se llama mala informacion eso) que no podíamos presentarnos al concurso por no tener puntaje por Mundo tributo (sí, una película que emiten canales del… mismo INCAA, otros nacionales, que fue vista en festivales de cine de muchos países, y que fue realizada de manera independiente, con nuestro dinero, por Leo Rosales y el que escribe; fuera del INCAA)

Por lo tanto INCAA nos obliga a buscar un tercer productor (o no podíamos presentar)

Ahí nomás aceptó la responsabilidad, Pamela Livia Delgado, con el aval de Cepa Audiovisual y Chinita Films.

Ganamos. ¿O Ganó? No sé. El INCAA decidió no poner a director, autor y guionista en la resolución del premio pero el llamado a concurso fue a…: Un director que no hubiera estrenado una largometraje de Ficción en el territorio argentino. Eso es Ópera Prima de Ficcion. Ok. A eso respondí mandando la película en la que llevo trabajando años: Gualicho.

Pamela Livia Delgado firma convenio en 2017 con Ralph Haiek, presidente del INCAA. En ese convenio también figuro yo como autor y mis porcentajes de ganancia.

En mayo de 2018, Pamela Livia Delgado, cobra el dinero de la preproducción de la película en su cuenta bancaria.

El INCAA le pagó por el premio a Gualicho: sin haber entregado la documentación necesaria nunca (fecha de inicio de rodaje, locaciones , etc.; pudimos descubrir)

Resultado: hacernos trabajar a mí y a Leo Rosales gratis, como si hacer una película no fuera un trabajo (una película cuyo proyecto, llevado adelante completamente por el que escribe y por el productor ejecutivo Leo Rosales, fue premiado por el aparato llamado OPERA PRIMA Blood Window INCAA, bajo la LEY de FOMENTO DEL CINE, que incluyó jurados internacionales y varias vidrieras que también significaron gastos para nosotros) Resultado 2 de este sistema brutal: pase libre para ejercer poder coercivo, ejercer maltrato impiadoso hacia nosotros, especulación total con la película y nuestro trabajo.

Este desdén hacia el trabajo de desarrolladores, escritores, guionistas, autores, este menosprecio que vivimos hasta ahora por la “productora INCAA” y otros que siguen ese patrón es intolerable.

Es lo que más me preocupa, duele y molesta de todo.

Adrián Gastón Fares

Los exultados

Limpiaba con Alicia por las mañanas y después, cuanto ella se iba al curso de literatura rusa, yo atendía a los clientes. En París, como en Buenos Aires, los abogados eran muy buscados.

Allá la gente se daba cuenta de mi sensibilidad. Ayudaba que fuera un escritor en ciernes, que hubiera publicado una novela, los clientes me hablaban más de mi obra que de los casos. Luego volvía Alicia y seguía hablando con ella de literatura. Descorchábamos un champán. Y bebíamos hasta que nos dormíamos. Un día amanecimos desnudos y juntos. Abrazados por el frío que se coló durante la noche por la ventana balcón.

 A veces el sol inundaba la habitación. Preparábamos café. Lo tomamos con tostadas con mermelada de arándanos. Poníamos un poco de jazz en el tocadiscos.

Luego de almorzar íbamos a la Rue de Fleurus. A Alicia le gustan los números tanto como a mí. Y encontrábamos una casualidad interesante en que el número de la casa de dónde habían emergido tantos artistas era el mismo en el que se había clavado el tiempo de la vida de tantas estrellas de rock.

Por la Rue de Fleurus buscábamos a una mujer maciza, de pelo dorado. Debía acompañarla otra mujer, más enjuta. La habíamos visto rondar la placa de la casa que nos interesaba sin detenerse a leer la inscripción. Nos miraba porque íbamos demasiado elegantes, yo con sombrero y Alicia con un vestido azul con volados. Zapatos, nada de zapatillas. Seguíamos a la mujer tosca hasta que se detenía en una verdulería, por ejemplo. La mirábamos sopesar pomelos, aguacates, manzanas, hasta que seguía con sus compras sabatinas. Cada tanto se detenía a mirar su teléfono celular.

Uno de los sábados entró a una librería. Con Alicia nos miramos con los ojos brillando y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de las posibilidades de que la mujer realmente fuera la buscada.

Pasó el tiempo, conocí a compañeros de curso de Alicia que parecían tener un interés que iba más allá de lo físico en ella, nos bañamos en champán y tomamos helado de limón. Rondando la madrugada volvíamos a dormirnos en cualquier lado, a veces observando el cuadro modernista de una pintora que había venido con el alquiler del departamento.

Y llegó otro sábado. La mujer maciza estaba hablando con dos jóvenes que parecían artistas. Nuestra excitación fue un aumento porque uno tenía la mandíbula cuadrada y a un niño en brazos y el otro era calvo y de mirada penetrante. Se hizo de noche y a las sillas de la mesa de la vereda donde estaban sentados nuestros objetivos se acercó un gato que estuvo un buen rato lamiéndose las patas cerca del hombre de mandíbula cuadrada. El gato siguió de largo y Alicia dejó dinero en nuestra mesa y me tomó de la mano para arrastrarme detrás del gato.

Lo perseguimos por una cuadra. El gato se detuvo quizás con la esperanza que le diéramos alguna sobra de la cena que no teníamos en nuestros bolsillos. En realidad, para poder pagar el departamento y nuestro tipo de vida, no siempre cenábamos.

Alicia se agachó, con el vestido azul redondeando todavía más su espléndido cuerpo, y llamo al gató. Ven, Blancanieves, le dijo. Recién la cuarta vez que lo acarició lo tomé con fuerza, le separé los dedos y los conté. Esperábamos seis pero era un gato común que no tenía ninguna malformación genética. Alicia, desesperanzada, insistió en pasar por el restaurante, y esta vez escuchó que los tres eran hermanos, que la mujer rellena era la tía del niño, y que estaban hablando de neurociencias y psicología.

Volvimos al departamento. Tomamos champagne. Lloramos. Guardamos nuestros manuscritos en las valijas, con cuidado de no estropearlos. Volamos a Argentina. Tal vez tuviéramos suerte cerca del cementerio asediado por una feria hippie.

En este caso parece más fácil. Tenemos que dar con un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer hermosa, casi secreta, con una mirada huidiza y, más que nada, de un ciego. Seguimos sin cenar algunas noches pero descorchando champanes y despertando felices, cada uno amodorrado en su lugar.

Creemos que un día vamos a encontrar al ciego, que la mujer de mirada huidiza, que volvímos a encontrar esperando que se detenga la lluvia en la puerta de las salas de cine, como si se fuera a lanzar al abismo húmedo en cualquier momento, debería tarde o temprano llevarnos a la mansión de la otra chica con la que suele pasearse, una que usa siempre anteojos de celuloide color marfil con cristales verde oscuro.

Y Alicia piensa que una vez que encontremos la primera repetición, podemos volver a Praga, a Boston, a París, con más probabilidad de que se den las demás.

Por Adrián Gastón Fares .

Lo poco que queda de nosotros. V.

Mientras caminaban por la Avenida de Mayo y dejaban atrás al grupo de turistas pútridos, los dos sobrevivientes sintieron hambre. El hombre de bata le tiró unas Pringles a la niña calva. Ella se fijó en la etiqueta, de queso, decía, las abrió y comenzó a masticarlas. Se detuve frente a una heladería, sabiendo que el helado estaba descongelado dentro de las heladeras. Era triste. La tristeza se estiraba hasta que la niña calva se llevaba otra papa frita a la boca. La alegraba comer esa porquería. Sabía que era una porquería porque sus padres le tenían prohibido comerla. De repente, la niña calva, extrañó a su amiga, esa chica con la que iba a comer helados a Burger King. Su amiga, que se llamaba Ema, siempre llevaba puesta una remera de The Walking Dead. Ella nunca había visto la serie. No hacía falta porque su amiga se la había contado. Su amiga decía que su padre, que era psicólogo, decía que la serie era muy útil para explicarles cómo funcionaba la sociedad a sus alumnos de la facultad. Ninguna de las dos entendía por qué. Le parecía que el padre de su amiga estaba un poco loco. Más que el suyo. Y eso era ya mucho decir.

Cuando la niña calva se dio vuelta, el hombre de bata estaba arrojándose a la boca cereales de una caja que recíen había abierto.

¿Tiene pasas?

Sí.

Pasame el otro.

El hombre de bata le tiró la caja de los cereales rosados. La niña calva arrojó el paquete de Pringles y se abocó a devorarlos.

Siguieron caminando. En una esquina había una policía de tránsito. Como estaba en el medio de la calle, los cables de tensión habían hecho que la acumulación de palomas sobre su cabeza atrajeran un montón de cagadas sobre sus hombros y cabellos. La policía de tránsito parecía el hombre de las nieves. Estalactitas blancas de cagadas. Todavía respiraba y parecía alimentarse de las moscas que atraía la deposición de las aves. La niña calva la miró con pena. No había nada que hacer. La boca, como la del hombre de portafolio, se cerraba cada tanto, como si fuera una planta carnívora, sobre las moscas y mosquitos que rondaban. Daba asco. Pero la niña calva no podía permitirse pedirle al hombre de bata la pistola. Sabía que la necesitaría más adelante y pedírsela ahora para terminar con el sufrimiento de esa mujer sería un claro signo de que tramaba algo. Su padre afirmaba cuando miraba los partidos que los futbolistas de ahora eran menos hábiles pero también menos estúpidos que los de antes. Así que sabía que el hombre de bata no era un hombre de las cavernas por jugar al fútbol. Es más, ella también jugaba al fúbtol y sabía que para jugar bien había que tener la cancha en la cabeza. Cuánto más grande era la cancha más complicado era. Como cualquier otra cosa en la vida.

Ema también le había enseñado que lo que movía al ser humano era el poder. Su padre psicólogo decía eso. Y ellas dos habían llegado a la conclusión de que había un poder malo y otro bueno. Y aunque todavía no sabían mucho de sexo, más allá de algunos besos furtivos con los compañeros, las dos sabían que también el deseo era comandado por el poder. Lo mismo sabían los compañeros del colegio semi católico donde iban. Era como una intuición que se aprendía de alguna forma u otra.

La niña se dio vuelta. El mosquito no estaba más.

¿Me querés decir dónde fue Mateo?

¿Mateo?

El mosquito.

El hombre de bata frunció los labios. Era obvio que le había cortado el hilo.

¿Vos me alejaste a Mateo?

¿Vos llamabas Mateo a esa cosa horrible que podía comerte en cualquiera momento, sacarte los ojos como hizo con el viejo ese?

Sí. Era mi mascota. Mateo.

Bueno. Tenés que buscar otra.

La niña calva asintió. ¿Quién era ese tipo que le había tocado de acompañante en el fin del mundo? Un futbolista. Justo. Ella quería ser bióloga. ¿Qué la unía a un futbolista más allá de algunas coordenadas que había que tener en cuenta cuando una jugaba? La vida no era un juego. Mejor llevarle la corriente.

¿Y tus hijos?

¿Tan viejo parezco? No tengo hijos. Un gato nada más.

¿Cómo se llama?

Motor.

Lindo nombre para un gato.

¿Y a vos te gusta alguno del colegio?

¿Algún qué?

Algún compañero.

¿Si me gusta?

Sí. A mí a tu edad me gustaba una.

A la niña calva se le cruzaron algunas nubes en la mirada. No estaban en el cielo. Así que el hombre de bata, que no era tan estúpido, se dio cuenta que alguno le gustaba.

No.

¿No hablás más con uno que con otro?

No. Pero hay un chino que me hace reir.

¿Un chino?

Sí.

Seguían avanzando por Avenida de Mayo, el hombre de bata quería llegar al Barolo, aunque sabía que debía dirigirse a zona sur a buscar a su novia, pero no quería saber nada con el tema; le había parecido raro que no estuviera en el hospital. Sentía en el pecho algo muy raro cuando pensaba en ella. Era como si tuviera un Alien y le estuviera por salir del pecho. Pero esa imagen que en la película tenía nombre era una sensación que no podía nombrar. ¿Qué podía hacer con eso que en cualquier momento iba a salir de su pecho pero que no sabía nombrar?

Tenía que seguir a la niña calva, porque tal vez ella, como el director técnico, tuviera la respuesta. Y tenía que mantener la pistola alejada de ella, porque no sabía muy bien para qué quería usarla. Ninguno de los dos. ¿Ella había dicho que estaba poseída? Tal vez lo estuviera. Su novia creía en esas cosas.

Una vez le había dicho que en la casa de Banfield el agua salía de la rejilla porque un espíritu la expulsaba. También su novia creía que en el baño había un fantasma. Energías, cosas así, que se activaban más que nada cuando él perdía algún partido y su sueldo parecía peligrar. El fantasma que vivía en el baño tenía una amistad con la madre de su novia, que parecía promover las creencias fantasmales de su hija. Hasta le había puesto nombre al fantasma que vivía en el baño de su casa. Barleta.

El fantasma de Barleta era bastante insidioso y era capaz de derramar el agua de las alcantarillas, no era el pelo de su hija que se caía porque comía poco y nada para mantener la figura; era el fantasma de Barleta. Al hombre de bata le hubiera gustado que el fantasma de Barleta apareciera delante de él. Le hubiera gustado presentarle el fantasma de Barleta a la niña calva. Pero esa cosa estaba en Banfield. En su baño. Y en su debido momento, cuando ya hubiera cumplido con lo que esa niña le había pedido, iba a tratar de que lo acompañara a buscar a su novia. Y ahí se iban a encontrar, quieran o no, pensaba él, con Barleta. Tal vez la pistola sirviera para eso.

La niña calva se reía.

¿Qué es lo gracioso?

El chino dice que su papá mató a un loro.

¿Mató al loro?

Sí, tenía un loro y el papá un día se enojó porque el loro gritaba mucho y le clavó un cuchillo.

Pero estaba loco ese chino.

Dijo que también mató a la hermana.

¿A la hermana?

Dice que le nació una hermana al chino y ese día el padre la mató, porque no quería tener una hija.

El hombre de bata se reía porque no sabía si era verdad o mentira lo que contaba la niña calva y no sabía cómo reaccionar.

Ese chinito es muy mentiroso.

Dice que es verdad.

¿Lo del loro y la hermana?

Sí.

Entonces el padre es un asesino.

Es un loco.

¿El papá?

Sí, es loco.

Son inventos.

La niña calva se quedó con la mirada perdida, ahora sus ojos estaban clavados en el pasado, en el chino y los cuentos que le contaba en el aula del colegio.

De repente, una bandada de palomas cruzó el cielo formando una especie de V.

¿Ahí queda el edificio, no?

¿Dónde? ¿Qué edificio?

Donde trabaja mi papá.

¿El Barolo?

El hombre de bata no contestó. Tenía ganas de llegar de una vez por todas a ese edificio oscuro. Iba a estar vacío y el padre de la niña podrido y entonces, ¿qué? Iba a tener que consolarla. Abrazarla.

Si no quedaba nadie más en el mundo, iba a tener que criarla. Era una cargada del destino. Ahora que ya no habían partidos donde una niña lo pudiera ver jugar, ahora cuando su novia se había esfumado, de repente le habían dejado una niña a su cargo. Cualquier otra hubiera servido antes. Los dos, su novia y él se hubieran arreglado para formar un nido, hacerla crecer, mimarla, ilusionarla, pero ahora estaba sólo, y al mirarse en el reflejo en un vidrio de un zapatero cuyos huesos estaban amontonados en el banco casi en el borde de la acera, notó que su mirada era la de un niño. Mayor que la niña, pero la diferencia no era tan grande.

Está hecho polvo, dijo la niña calva.

El hombre de bata, con los ojos clavados en el espejito, no agregó nada.

 

por Adrián Gastón Fares

El libro sumergido

De nuestra especie es
unir ciertas estrellas con la vista en la mente
Y llamarlas centaurides
Pero no podemos espolearlas para que nos galopen el universo
Sin embargo
Los ojos rastreros de las Lavozas no podían
Mirar tan lejos
Y descubrieron esas blancas pupilas
En el agua calma del río
Así llegaron a la luna
Antes que nuestras naves
Así se convirtieron en nadadoras
Y tocaron lo más hondo
Dónde reina lo que no vemos
Y no existen las interpretaciones
Ni los juicios
Así saben que no sirve pensar cuando
No se Escucha
Ni se puede Mirar
En lo recóndito de lo negro
No existe la culpa
Ni la angustia
Que arruinan a los que quisieron ser humanos
Saben que solo hay que mantener la horizontalidad heredada
Las que no repiten palabras
Las que evitan las variedades
Buscan el tiempo
Mudan nuestros caminos
Aplastadas como una hoja de papel
Dejan que la gravedad escriba sobre ellas
Solo cuando un maremoto
Admite una bocanada de luz
Se curvan
Y leen los signos en su cuerpo
Luego esperan
Siguen aplastadas hasta que
Otro milagro llega
Y un astro de los que perseguían
Hace millones de años cuando se
Lanzaron a lo ignoto
Cae con tanta fuerza
Que roza lo profundo
Recuperan su volumen
Parten en dos a las mares costeros
Respiran hondo en el suelo que queda más allá de lo profundo y estiran sus piernas, sus espaldas, sus brazos
Lejos de donde ellas eran tan singulares
Que hasta se daban el lujo de repetirse
Dóciles, dejaron que les escriban todas las aventuras que vivimos
En vano si no nos animamos
a dar el segundo paso
A seguir su plateado guion
Cuando ahora miramos a los cielos
Con nuestra vista tan entrenada
No son las estrellas lo que vemos
Son las tachuelas de plata
Tras las que ellas se zambulleron
Lavozas
De canto aguado
Sus pies de barros y algas
Son a veces cercenados por los hombres
Luego besados y orados en secretos altares
En Julio y otros meses he escrito sobre lo que una Lavoza
Es capaz de hacer despegada del fondo del mar
Para cambiar lo malo
Por lo que piensa bueno
Dejo a ustedes la decisión
De recibir o no la historia
Antes de que ellas mojen mis papeles
Con sus uñas húmedas
Y los lancen al cercano río
Para que el menos abisal de los peces abisales deje el testimonio de las victorias de sus madres en el libro sumergido que van compilando sus repetidas hijas.

Por Adrián Gastón Fares, 2019.

Soñé con el amor

Soñé con el amor,
y era lo mismo que antes.

Ví caer iglesias
Crecía el fuego en la parroquia

Esa emoción parásita de los sueños
Que parece querer devolvernos a la trampa

Pero soy el resultado de miles de años de responder a este sueño

No abriré las puertas
Cerraré los postigos
Cortaré el agua
Bajaré las persianas

Y te trataré como un objeto.

Cómo una mosca atrapada en una telaraña que ni siquiera yo he tenido la suerte de tejer

Dejemos que se afilen las puntas de la verdad y que los cuerpos de los culpables se desangren sobre el metal brillante como fue anunciado por su propia estupidez.

Yo te ví sonreír mientras me clavabas el cuchillo

Eso basta para que el odio detenga los relojes.

El tiempo congelado.

Dónde uno puede pasar toda la vida, reescribiendo la historia.

No movamos un dedo.
Cruzados de brazos.

Miremos.

Cómo los gusanos despellejan
Al ser necesitado que alguna vez fuiste
Esa cosa minúscula que provoaba sonrisas
Y preocupaciones
Que nunca fueron las mías.

Sino la del ejército de imbéciles
Que son capaces de cuidar a un gorrión
Y abandonar a un ser humano

En nuestro fogón

Ellas cantan venganzas

Y escriben canciones para las cunas vacías

Luego solemos beber y pescar en un río oscuro

Y de nuestras garras peludas
Solo escapan los esqueletos
Que la corrupción y la mentira
Han carcomido

Estoy debajo de la pila de muertos
Y mi boca murmura palabras que desintoxican el veneno
Que mató a los que flotan río abajo
Donde las capullos crecen grandes
Y los vivos no los tocan

Hasta que florecen, y lloran como en el sueño donde una mujer escapa por pasillos pintados con murales con mi nombre oculto.

Conozco un concierto donde los instrumentos tocan solos una canción que ellos mismos escribieron y que evitará que empiece otro poema con la frase
Soñé con el amor y que sigue con
Llore en el sueño, pero pasó el tiempo
Y no vale la pena.

Recursos y carácter para batir estas yemas.

La guerra a las promesas
Comienza rompiendo cartas.

Tal vez en ese lugar donde lo voluntad mueve montañas y el mundo es tan justo como la cumbre nevada donde guardaron a los huesos de los animales extintos.

Tan justo para que tu asesino deje de matar personas
Porque en mi historia fue criado con palmadas leves en la espalda.

Con dulces y sonrisas
Cómo un sueño
Punto final, al desencuentro.

por Adrián Gastón Fares.

Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

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El descubrimiento de la noche

Esas alas de huesos con que descubrí el vuelo de la noche
El encanto que se haga de día
Solo y reunido
con ellas y ellos
Escribiendolos
Pensándolos
Escribiendo
sobre polillas
Y ellas acuden
Negras
Moteadas

Cómo ese remolino de hojas y basura
en un vértice del edificio de la estación Constitución
Cuando el viento sopla y paso con el 9
Cómo si rodearan algo que a la vez está
y no está

Juegan con la nada
Hasta la bolsa de plástico negra
Da vueltas
Agradecida
Porque nos gusta ser aceptados

Y ella también tiene su ego

Y ella también juega con esa sugerente nada
Que parece llena

Llena como esas noches descubiertas
En las que nos gusta saber

Para dónde navegan los botes
Porque hay fuego
Y la compañía
Necesita de hombres

Dice la canción

Me gustaría saber

Para dónde navegan los botes

Disfrutar
Con un grupo de personajes en la mano
Sacando la cabeza entre mis dedos escondo su cuerpo de palabras y espacios

Nunca me enamoré
Cómo de ese momento justo

Dónde se siente los cinco grados menos

Y las persianas dejan pasar el nuevo fresco

Porque los cuerpos están fríos en la cama

Y el viento sopla sus pesadillas
Y el frío de la soledad se calienta en la imaginación
Con ese hogar a leña que es
El Word
O la hoja de papel

De a poco me fui acercando a ese amanecer
Que no fue en la playa
Ni en la montaña
Si no en mi departamento
Con los bolsillos vacíos
Y la cabeza llena de posibles caminos
Que ni siquiera eran mios
Si no de lo que quiera que sea
Que mis pensamientos ronden
A través de unos nombres a las que no nos dejaban llamar porque había que dormirse temprano y a las doce

Los demonios aparecían de las manos de un santo atornillado para cantar los salmos que dejan sordos a los niños

De chicos no dormir es mala palabra
Esta prohibido
Y cruzar ese límite dónde clarea
El cristal de las ventanas
Cómo pupilas dilatadas
No fue tan fácil como parece

En esas horas donde no hay tantos pensamientos
Uno capta los sueños
Me gustaría saber dónde
Vivir
loco quiero
Cómo si fuera el primero
Que contó la historia
De la luna y el sol
De la tipa y el tipo
Que se calza las medias
Que se pone el sombrero
Del niño y la niña
De la chica y el chico
Y de todas las variaciones
Que salen y entran
De una cabeza
Que no sea la de un animal colgado
En una concesionaria de coches
Dónde cuidaba con mi tío abuelo
Cuando hacía esas changas el italiano
Y la noche tenía las horas contadas
Más de las doce no seguías
Llegabas a la playa
Pero no te metias
Porque es hora de tomar el sacramento de cerrar los ojos
Y los animales muertos necesitan
Que la luz de una linterna brille en sus ojos de vidrio
Pero una vez que de la mano de
Los pensamientos uno se mete en el mar
Y se deja ahogar
Descubre al fantasma de Alfonsina
Que en lo oscuro
Entre algas y caracolas
Burbujea cuentos
de miedo
Y los personajes
Todos acuden
Se sientan a compartir
Infusión
Juntos formamos una ronda
Dónde vuelan las polillas
Alrededor del río de las tramas
Encontrar el agujero
Dónde cabe tu voz
Encontrar esas voces
Que forman agujeros
Querida Elacion,
A ti me entrego

De aquí hasta que la muerte nos una y otra vez en el olvido

Nadie te espera en la noche primera
Dónde se llega tarde a la almohada
tarde a la mañana clareada
y se da la espalda al futuro de al lado
Con una sonrisa que podría ser más eterna
Que cualquier otra
Que logres dibujarte en la cara
En esa vida
Que no quisimos vivir

por Adrián Gastón Fares

Marcado. Relato.

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Alimenta tu zombi con cerebros. III. Cine y Series.

En este capítulo de Alimenta tu zombi con cerebros recomendaremos algunos libros de cine, pero daremos una vuelta en calesita alrededor de un tema que divide las aguas de las bañeras de nuestros departamentos, donde ya los zombies no nos bañamos y mantenemos algunos cuerpos flotando: ¿qué diferencia hay entre el cine y las series?

Trataré de demostrar esta diferencia tratando de repasar algunas películas de Brian de Palma y haciéndole una permanente a las series (algo más rápido y mecánico; los temas se tratan según su mérito)

De Palma, un cineasta muy particular que salió en los setenta para reescribir algunas películas, más que nada y hacernos enamorar del cine de otros. Vi a De Palma antes que a Vértigo, ese caso De Palma es como una especie de Borges que señala a Stevenson, a Chesterton a otros escritores que realmente tienen un valor (a diferencia de Tarantino que no señala como dicen; Tarantino es un valor en sí mismo, regurgita otras películas que realmente, en su maroría, no valen la pena ver; salvo algunas de John Woo)

Entonces, el cine, representado por De Palma en este artículo tiene una distancia con las series muy notable. Esa distancia está dada por un sólo hecho: las series reconstruyen la idea de vivir en comunidad. Una serie es seguida por una persona para sentirse parte de un universo de personas ficticias diariamente; ¿por qué? Vivimos absolutamente aislados. Como vivo aislado me pongo a ver Mad Men o me pongo a ver Stranger Things, para volver a esa experiencia primigenia de la niñez de estar rodeado de gente, de vivir un tiempo con personas.

A veces me preguntan cómo me gustaría conocer a una chica. Digo, me gustaría conocerla en una comunidad posapocalíptica como pasa en ciertas ficciones, los dos lavando la ropa sucia todos los días en un lago. Eso me gustaría, pero por ahora es imposible.

Entonces el aislamiento psicosocial de la globalización es el que lleva a que las personas amen a las series. Y no importa qué tema traten, la serie es escapismo a su máxima expresión (no importa si esa serie es una de Bergman, quien también ha hecho miniseries; la miniserie es mucho más noble que la serie por su extensión).

A diferencia de las películas, que (oh, casualidad las de superhéroes son las más vistas, que se parecen a las series porque nos incluyen en una comunidad de personajes que ya conocemos), a diferencia de las películas repito que son una forma de aislarse del mundo, de reflexionar, de diferenciarse, la serie tiende al cambio de figuritas en el recreo.

Incluso hoy en día se siguen vendiendo figuritas así que eso no cambió. Uno puede cambiar las figuritas de Mad Men, pero no puede ciertamente cambiar las de Sisters (Hermanas), de De Palma. Quedaría solo en el patio del recreo sin nadie que se le acerque y se volvería a su casa con las mismas figuritas de la película De Palma.

No estoy en contra de las series, me gustan varias, pero las series, antepuestas ante cualquier film son el ejemplo de escapismo máximo en este mundo, no importa lo desafiantes y buenas que sean, porque la serie trabaja con un universo continuo, con una repetición de personajes y situaciones, y con una familiarización de la ficción, y más que nada, una menor adaptación: una vez que uno entró al universo de una serie, no debe hacer un esfuerzo intelectual para adaptarse a otro universo como pasa con las personas que miran películas diariamente.

Así las cosas, diré que las series siempre serán un género menor al del cine, no importa lo buena que parezcan (aunque sea excelente el Episodio 3 de la Primera Temporada de Mad Men; eso no importa) Eso no quiere decir que no sea un gran género, pero no puede aspirar a lo mismo que el largometraje.

Por otro lado está el cine, con su aislamiento, su adaptación continúa a cada película, la isla que es cada film más allá de lo parecido que pueda ser el lenguaje de un director de una película a otra.

Entonces diremos, el género favorito de los zombis tradicionales son las series. ¿Por qué? El esfuerzo, la exigencia, de adaptación para verlas es menor. ¿Si queremos escapar del mundo qué elegiremos? Series. Si queremos pensar un poco y sentirnos más miserables o más felices, pero no al instante, ¿qué elegiremos para alimentar a nuestros zombis posapocalípticos adaptados al desastre? Cine. Películas.

Molestemos con la relación de algunos films de De Palma. Quiero que la extensión se vuelva carne:

De sus comienzos, el más desconcertante de todos fue Sisters (Hermanas, 1973), la escena del asesinato del que ha sido el protagonista los primeros minutos de la película pone los pelos de punta y lanza una intrigante, hasta el agobio, historia de siamesas y homicidios. cabe acotar que es la primera colaboración de Bernard Herrmann (el creador de la banda incidental de algunas de las mejores películas de Hitchchock) con De Palma. Herrmann sigue remarcando la escenas con su música; ya comprobamos en Psicosis que el hombre es capaz de variar nuestra respiración, en Vértigo de hacernos enamorar de un fantasma.

Carrie (1976) lo hace famoso a De Palma. La novela que Stephen King tiró a un tacho de basura fue rescatada por la Sr. King para De Palma. El director divide la pantalla para mostrar paralelismos (Tarantino, un gran fanático de De Palma, hace lo mismo en Jackie Brown, Triple Traición)

La siguiente película que rescataremos es Obsession (Fascinación), también de 1976. Nos intriga y nos agobia en igual proporción a Sisters. Herrmann otra vez hace de las suyas con su música; si hubiese sido tan desfachatado como su director, no hubiera dudado en copiar lo que se había escuchado en Vértigo. Herrmann introduce variaciones en su música, no tantas de Palma en lo que vemos: un hombre obsesionado por una mujer parecida a otra, obviamente una esposa muerta y muy amada. La historia de Vértigo, escrita por Boileau y Narcejac, se repite hasta en los detalles. Si tuviéramos que enumerar todos los parecidos de puesta en escena y argumentales entre Vértigo y Fascinación, este capítulo se convertiría en novela. Lo mismo pasa con respecto a Hitchcock en las siguientes películas. Intuyo que Fascinación, el título de la traducción es mejor que el original; de alguna manera roza una comprensión del cine con la que me siento identificado, un cine que evolucionó para volverse algo que fue vivido a partir de los sesenta por la humanidad y ya incorporado mentalmente por los que nacimos después. No ahondaré en este tepa aquí, pero el futuro del cine está en la fascinación, en la elación. Recuerden esto.

Sigamos. En The Fury (La Furia), de Palma adaptó a otro escritor de historia de terror; este muy barato, llamado John Farris. Si tenemos la oportunidad de ser chicos nuevamente, entonces tal vez nos vuelva a gustar esta película. Hay más eventos parapsicológicos. En la mayoría de los casos con la idea torpe de realizar con un tremendo esfuerzo mental lo que se puede hacer con un simple movimiento de la mano: suda la gota gorda la protagonista para desviar a una locomotora de juguete, menos a mi vecinito romper lo que tenga delante sin gastar una neurona. En La Furia, por lo menos, De Palma descansa de copiar textualmente a su querido maestro (para copiarse a sí mismo)

Encontramos más adelante Blow Out (Impacto, 1981), una versión del clásico de Antonioni que a la vez era una adaptación del cuento Las babas del diablo, de Cortázar. Esta vez Hitchcock es recordado en persecuciones a lo North by Northwest (Intriga Internacional).

La versión de Scarface de De Palma (Caracortada, 1983) una melodramática tragedia moderna, pese a los convencionalismos y a la belleza ya casi eterna de Michelle Pfeiffer, conmueve. El guión lo firma un tipo desconocido en ese entonces: Oliver Stone. Ya había escrito Midnight Express (El expreso de medianoche) para Alan Parker y después escribiría, a regañadientes, Conan, the barbarian (Cónan el bárbaro) antes de alcanzar fama y Óscar con Platoon (Pelotón).

Body Double (Doble Cuerpo, 1984), desnuda el cuerpo de Melanie Griffith y, de paso, confirma los gustos cinematográficos de nuestro sinvergüenza director. En la coctelera entra La ventana indiscreta (el protagonista es testigo de un asesinato al mirar obsesivamente por un lujoso mirador) y Vértigo (nos hace revivir la escena del beso en 360 grados y los travelling subjetivos del protagonita con la mirada fija en una melena) Por lo menos al final todo lo ocurrido resulta ser una pesadilla.

Siguen la caída del carrito de bebé de las escaleras en The Untouchables (Los Intocables, 1987; su mejor homenaje; a la escena de las escaleras de Odessa en El acorazado Potemkin, de Sergei Eisenstein) Y otra buena película : Casualties of War (Pecados de guerra, 1989)

Toparse con una oriental en un subterráneo le trae muy malos recuerdos a Michael Fox, a nosotros nos brinda un interesante desarrollo que cuestiona la ética en tiempos de guerra. De Palma se contiene en sus ejercicios visuales y termina ganando.

Luego comienza a perder, tanto que esta nota muy pronto terminará.

Adapta a Tom Wolfe, abandonando momentáneamente el suspenso en The Bonfire of the Vanities (La hoguera de las vanidades, 1990) Fracaso de crítica. Los estereotipos descuellan en el film. Nadie ve nada de la urticante novela del periodista Wolf en su película. Tras este fracaso retorna al suspenso con Raising Cain (Demente, 1992); logra una buena actuación de John Lithgow y algunos sobresaltos.

Carlito´s way (Atrapado por el pasado, 1993) es conocida aquí como la película en la que Jorge Porcel aparece con Pacino (o era) La historia del mafioso vuelve a trasuntar los tópicos del género; esta vez remeda a Scarface con un tratamiento más depurado de los personajes y una fotografía impecable. La película introduce una variante a las escena-de-acción-en-escalera (acaso John Woo supo filmar en A better tomorrow II, impunemente traducida al castellano como Amenaza Final II, una de las mejores, con Chow-Yun Fat cayendo de la escalera y disparando en cámara lenta; antes de que Woo diera el salto a Estados Unidos y dirigiera a Tom Cruise y a unas cuantas palomas en Missión Impossible II)

En los noventa, la fórmula de los estudios es más rígida que en las inmediatas décadas anteriores, una película de acción y suspenso debe tener escenas exageradas que confirmen hasta el aburrimiento la clasificación; Missión Impossible (1996) es muy buena al principio y luego bastante torpe en su desarrollo. Ha sido superada por las otras películas de la franquicia; incluso por las de John Woo (si dejamos de lado la escena de la pecera que explota y esa confusión inicial de buenos y malos tan genial; el juego de muñecas rusas de casi todas las películas que bordean de manera tan excelsa el vértigo y la ética de la niñez)

Y me detengo con una película de De Palma que disfruté muchísimo en el cine Ocean allá por los noventa, antes de que parte de la población nos convirtiéramos en zombis y ese cine Ocean fuera reemplazado por un templo evangelista. Snake Eyes (Ojos de Serpiente, 1998) tiene un comienzo espectacular, un desarrollo mediocre y un final pésimo. Hay algunas escenas parecidas a las de Doble Cuerpo, y eso sigue siendo lo mejor, esa repetición de lo mejor que agrada tanto; entre zoom in y travellings el personaje de Nicholas Cage sigue en cámara subjetiva a una misteriosa rubia.

Una de las mejores cosas del libro del filósofo argentino Domin Choi, El fin de lo nuevo, con el que comparto algunos pensamientos, es que cita a Kierkegaard, uno de mis filósofos preferidos y dice con él, que una posible felicidad es la de la repetición, quizá la única. Esto es clave.

En Mission to Mars (Misión a Marte, 2000), De Palma se dedica a chorrearle algunos planos a Kubrick (2001, Space Odissey; una película que fue señalada por la buena crítica de cine Pauline Kael, como “de un cineasta amateur” en la época de su estreno) pero la trama de ciencia ficción es poco interesante.

Zombie como somos, hemos criticado a Brian de Palma por ser un cleptómano, un descarado manipulador de materiales ajenos, que reescribe y nos hace rever ciertos films. La verdad es que ese ladrón, por lo menos, tenía buen gusto cinematográfico. Si vamos a robar, que nuestro objetivo sea digno del riesgo (la cuestión de la elección; clave para definir cualquier estrategia de adaptación y de construcción de una identidad)

Los que vaticinaban la muerte del cine lo que en realidad estaban haciendo era afirmar la muerte del autor, y elevar la figura del espectador; el espectador es el que domina ahora, y en este artículo lo que he hecho es alejarme de patio de recreo, como ejemplo, donde jugábamos los que luego nos convertimos en zombies, para demostrar que es mucho más difícil compartir figuritas con las películas que con las series, que es más fácil acercarse a la gente hoy en día con las series para charlar que para revisitar ciertas películas y ciertos autores. Cuanto más aislado viva el ser humano, más series se van a hacer y más series vamos a necesitar ver. Cuanto menos aislado esté más va a querer volver al cine, para recuperar ese lugar de diferenciación e identidad que supo ser desde que unos críticos de cine franceses, que además tenían la osadía de filmar, crearon la figura del director de cine.

Apúrense si quieren adquirir el libro de Domin Choi, que trata desde la filosofía al cine y a las series, porque la primera tirada es de 1000 ejemplares (en este blog somos casi 2500 si no me equivoco) Acaba de ser editado hace un tiempito por Libraria Ediciones:

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http://www.librariaediciones.com.ar/el-fin-de-lo-nuevo/

Si encuentran un link para comprarlo en libro electrónico sería buena que lo compartan ya que yo no lo encontré (tengo la edición impresa; pero me parece que sería bueno para los que no viven en Argentina y me están leyendo)

Aquí en Cúspide.

https://www.cuspide.com/Libro/9789873754227/El+Fin+De+Lo+Nuevo

Aquí en Gould:

https://www.gould.com.ar/cine/sobre-cine/el-fin-de-lo-nuevo-domin-choi-libraria/

Por otro lado, no puedo dejar de recomendar que lean Mi último suspiro, el libro de memorias de Luis Buñuel, tan útil para desapolliranos de tanta correción política inútil.

ETA22306

https://www.megustaleer.com/libros/mi-ultimo-suspiro/MES-001075

Y por otro lado, para ver lo capital que fue la ayuda estatal y de fundaciones en el advenimiento de ciertos cineastas lo bueno sería repasar la biografía de Polanski (y más para los que quieran preparse para el estreno de Once Upon a Time in Hollywood, la nueva película de Tarantino, y saber que Bruce Lee fue uno de los sospechosos de los crímenes de Mason, por ejemplo)

Memorias, de Roman Polasnki

9788416665877

https://www.casadellibro.com/libro-memorias/9788416665877/5420103

David Lynch por David Lynch (Lynch by Lynch, edited by Chris Rodley):

lynch por lynch

https://www.casadellibro.com/libro-david-lynch-por-david-lynch/9788489846418/630324

Editado en Argentina por El Cuenco de Plata:

https://elcuencodeplata.mitiendanube.com/cine/9789873743832/

También pueden leer de Lynch, Atrapa al pez dorado; lo esencial que hay que saber sobre él, más meditación trascendental, café oscuro y mucha azúcar para que funcione bien y rápido el cerebro zombie.

Aquí pueden leer un fragmento y también conseguirlo:

https://www.megustaleer.com.ar/libros/atrapa-el-pez-dorado/MES-013389/fragmento

por Adrián Gastón Fares. Alimenta tu zombi con Cerebros, 2019.

PD. No soy muy fan de Sherlock Holmes, pero el episodio 2 de la temporada 4, llamado El detective mentiroso es buenísimo. Y su score compuesto por David Arnold que me llevó a ella, impecable.

Lo poco que queda de nosotros, III. Novela.

Dentro del colectivo la luz atravesaba unos repasadores colgados en las ventanillas. El hedor era fuerte. Pero no era olor a podrido. Era el aroma artificial de vaporizadores de esencias. Una mezcla de aromas frutales difíciles de definir con un puntapié de vainilla que lo enviaba directo a las fosas nasales. Había uno en cada asiento. El hombre de bata inspiró hondo. La niña calva tosió.

¡Huelan lo que logré!, dijo el hombre de bufanda.

Por encima del aroma frutal avainillado flotaba un olor a desinfectantes apenas disimulado.
La niña calva siguió tosiendo y arrugó la nariz.

En vez de toser, escuchá. Agradecé. No tomen agua que no sea de botella. Quedan pocas en los supermercados pero toda la demás está enviciada.

¿Por qué enviciada?, preguntó el hombre de bata.

Probá a poner a un muerto en una pelopincho a ver lo que pasa. Acá no es un muerto. Son miles de personas pudriéndose. El peligro para nosotros es el agua y los insectos.

¿Qué es una pelopincho?, preguntó la niña calva.

Una pileta, nena.

¿De natación?

¡No!, esta pendeja no entiende nada. Tiene algún problema en la cabeza.

Tenía, dijo la niña calva, palpando el ciempiés de hilos que suturaba el corte de la operación.

Lo que importa es que todo está enviciado y que los alimentos en mal estado y los bichos nos matan a los sobrevivientes, pero no atacan a todos, es según la sangre, remató el hombre de bufanda. La mía les gusta, cómo no les va a gustar, agregó, orgulloso.

Luego, para disminuir la agresividad de sus palabras, señaló el vidrio del parabrisas. Las patas de unos diez centímetros de una especie de mosquito nadaban en un pequeño lago de sangre.

También las enfermedades evolucionaron en un segundo, dijo el hombre de bufanda y seguía pisando el acelerador a fondo.

Mientras la niña calva miraba el interior del colectivo, el hombre de bufanda ya había llegado a Avenida de Mayo, perorando y todo. Frenó en la esquina porque había una persona en una bicicleta en el medio de la calle. Tanto la bicicleta como la persona parecían estar oxidadas. Una escultura casi ecuestre en la intersección de Cerrito y Avenida de Mayo.

Nos bajamos acá, dijo el hombre de bata.

No, quiero que vean el árbol.

Tengo que llevar a la niña al Barolo.

No, estamos cerca del árbol. No hay trato. Primero el árbol y luego los dejo.

Pisó el acelerador, desintegró con el golpe del paragolpes a la bicicleta-persona que estaba en el medio de la calle y siguió de largo. Luego, estacionó cerca de edificio del Ministerio de Obras Públicas. El hombre de bufanda inspiró hondo y señaló el mural de Evita representado en una de las fachadas del edificio.

Justo acá tenía que salir. Enfrente de Ella. Cuándo no.

El hombre de bata y la niña calva giraron la cabeza para mirar hacia donde señalaba el hombre de bufanda. Detrás del edificio del Ministerio de Obras Públicas, cruzando la calle, había habido otro edificio público. El árbol gigante que había crecido en ese lugar, en vez de frutos tenía partes de oficinas colgando. Varios empleados estaban la puerta. O sea sobre los escombros y sobre las raíces. Uno sostenía un cigarrillo apagado con la mano temblando, cadavérica, la piel de los dedos cuarteada por donde se veían las falanges. Otros empleados habían quedado colgados del árbol y parecían seguir trabajando en sus sillas. Algunos movían las piernas todavía. Había una rechoncha que había partido una de las ramas por su peso, caído y estaba desplegada en el piso, ya muerta, con un agujero en el estómago del que picoteaban varias palomas sucias. La mayoría eran apenas cadáveres visibles entre las fuertes ramas del árbol cuya raíz había destruido el cemento.

Bajen, dijo el hombre de bufanda.

Así lo hicieron. El árbol desde el suelo parecía todavía más grande. Como si fuera una Magnolia desproporcionada, prehistórica.

¿Qué árbol es?, preguntó el hombre de bata.

Un Evito.

¿Qué?

Así le puse en honor a ella. El hombre de bufanda se dio vuelta otra vez, señaló el mural con forma de mujer en el edificio e inspiró hondo, para luego toser entre tanto hedor.

Veo que la política es muy importante para usted, dijo el hombre de bata, mirando con asco al hombre de bufanda.

¿Qué hace?, preguntó la niña calva.

El hombre de bufanda se estaba rociando insecticida sobre el cuerpo. Tenía un rociador en cada bolsillo de su camisón celeste. Empuñaba a los dos mientras rociaba su cuello, sus brazos y su estómago.

Mirá para otro lado, le dijo el hombre de bata a la niña calva.

El hombre de bufanda se levantó el camisón y roció con insecticida sus genitales.

Cuidado con los insectos. No me queda tanto para prestarles. Que dios los ayude. Además pichón, parece que no te caen muy simpáticos mis gustos políticos, jodete. Para ella hay.

La niña calva pareció tragarse las palabras que iba a pronunciar. El hombre de bufanda se acercó al colectivo y retornó con un pote pequeño de crema insecticida. La niña calva seguía mirando asombrada el árbol y cuando vio el pote, negó con la cabeza, rechazándolo.

Soy alérgica a eso.

Bueno, tomá vos entonces. El pote terminó en las manos del hombre de bata que se pasó la crema rápidamente por el cuerpo.

Luego, los tres se quedaron mirando las flores amarillas del árbol, que en sus ramas tenía visibles espinas. El hombre de bufanda miró su reloj.

En unos minutos escupe la porquería que causó todo esto, dijo, mirando hacia una adolescente que estaba de pie cerca.

Había estado de pie mucho tiempo, como los que estaban cerca de las raíces del árbol inmenso. La chica estaba ensangrentada del torso para abajo, se notaba que no se había movido en meses de su lugar frente al árbol. Las piernas estaban embutidas en un charco de sangre oscura. La niña calva se dijo que eso era la menstruación. Deseaba que nunca le llegara. El hombre de bata se giró para vomitar, pero aguantó por la niña.
La piel de la chica estaba negra. La niña se acercó para verla mejor. La adolescente tenía la mirada perdida y respiraba de manera intermitente. El aire salía con un resoplido por el pequeño cráter que tenía en la mejilla por dónde se veían sus muelas. La niña pegó un grito. Un gusano se asomó por el cráter de la mejilla de la adolescente y volvió a esconderse.

Esto es lo que dejó boludos a todos, dijo el viejo señalando el árbol. Nosotros somos elegidos. Yo doblemente elegido porque además de peroncho, pude sobrevivir como ustedes. Llega el momento, miren.

¿Peroncho?, preguntó la niña calva.

Que sigue a Perón, peronista, aclaró el hombre de bata.

Los tres giraron la cabeza a la vez. Las ramas del árbol se doblaron como por un viento inexistente. Las hojas, que parecían estar siendo sopladas por un gigante invisible, se separaron en la copa y acompañaron con su movimiento la expulsión silenciosa de un gas que parecía estar siendo diseminado desde varios orificios del tronco. El hombre de bata y la niña calva retrocedieron tres pasos hacia atrás, alejándose del árbol.

No tengan miedo, si están acá son elegidos como yo, no les hace nada. Bueno, no como yo, pero casi.

El gas bajaba y estaba por bañar a la adolescente. Antes de que llegara a rodearla, el hombre de bufanda se acercó a ella. Sacó un espejito pequeño, lo puso delante de la boca entreabierta de la joven. El espejo quedó empañado por la respiración débil que salía de la boca de la adolescente. El viejo se llevó las manos a su camisón, sacó una pistola y la disparó en la cabeza de la adolescente.

Adiós, gusanos, qué asco; así y todo estaba viva todavía, dijo.

Luego se volvió para enfrentar a la niña calva y al hombre de bata.

Un mosquito del tamaño de una tarántula volaba por el aire hacia el hombre de bufanda.

Cuidado, dijo la niña calva.

El hombre de bufanda, levantó su pistola y descargó un tiró que hizo explotar al mosquito dispersando oscura sangre negra que contrastaba con las partículas amarillas que parecía haber rociado el árbol gigante. Las escaras que volaban entre el polvo resaltaban más entre el líquido amarillo que había expulsado el árbol.

Vuelvan al colectivo, por favor.

¿Este arbolito causó todo el desastre?, preguntó el hombre de bata, antes.

Otra cosa rara no vi, debe ser. Además enfrente de la compañera, dijo el hombre de bata señalando el edificio de Obras Públicas. ¿Por qué los jóvenes le andan buscando causas a todo?

¿Me podría prestar la pistola?

La niña calva trataba de endulzar su mirada mientras estiraba su mano para recibir la pistola que pretendía tener.

¿Qué? ¿Para qué? ¡Una niña! ¿Una dama con pistola?

Por si alguno de estos monstruos quiere atacar a mi padre.

¿Monstruos?, dijo el hombre de bufanda señalando al cadáver de la adolescente. ¿Qué van a hacer estas mierdas? Siguen respirando después de meses, es increíble lo que sobrevive un ser humano cuando no se mueve. Sin agua ni alimento. Incluso algunos abren la boca cuando llueven. Así tiran más tiempo.

No hablaba de las personas, dijo la niña calva, que señalaba con el dedo la mejilla del hombre de bufanda.

Otro mosquito, más grande, se posó sobre la mejilla del viejo, clavó su aguijón y empezó a succionar con tal fuerza que los ojos del hombre de bufanda se desinflaron y en un segundo pasaron a formar parte del estómago abultado del insecto. El hombre de bufanda, ciego, disparó hacia cualquier lado. Ante la sorpresa del ataque, la pistola cayó al suelo. El viejo corrió hasta el colectivo, subió, logró cerrar la puerta y aceleró al máximo. El colectivo dio media vuelta alrededor del edificio de Obras Públicas. Luego se escuchó una frenada y una explosión. Las llamas del fuego se veían desde del costado de la fachada del edificio. La niña calva se acercó rápidamente a la pistola. El hombre de bata la pisó cuando ella iba a agarrarla.

Olvidate. Es mía, dijo el hombre de bata mientras la tomaba, se cercioraba de cuántas balas quedaban y la mantenía al costado de su cuerpo, mientras su bata flotaba en el viento. Ahora parecía un superhéroe caído en desgracia.

¿Los futbolistas saben usar armas?

Hay secuestros, tuve que aprender.

Bueno, no importa, cosa tuya. Yo te pedí que me llevaras a lo de mi padre, por favor.

No tengo la culpa que el loco ese nos quiso presentar a su Evito.

Yo tampoco. Necesito encontrar a mi padre.

Bueno, nena, a caminar, vamos. Tenemos que volver por lo que queda de Cerrito hasta Avenida de Mayo.

Los dos comenzaron a alejarse del árbol gigante. Un mosquito se acercó a la niña calva, pero ella, sin asustarse, lo alejó con la mano. El mosquito la siguió pero sin animarse a atacarla. El hombre de bata no se dio cuenta que con cada paso que daba, la expresión de la niña se tensaba, como si tuviera mucha, pero mucha, bronca.

por Adrián Gastón Fares, 2019.

Noticias sobre mis proyectos de cine. Muy buenas y malas.

Pronto se viene otro cortometraje de Bombay Films (nuestro primer corto fue Motorhome)

Esto quiere decir que luego de 9 años volvimos a juntarnos ex compañeros de Diseño de Imagen y Sonido para realizar otro cortometraje independiente en un fin de semana.

Aquí pueden ver el Before and After de un fotograma del nuevo film, realizado por Hernán Caratolli, como DF y corrector de color.

Esta vez con más efectos, intervenciones estelares y la vuelta de Jonathan Jairo Nugnes. Estamos en plena posproducción.

Pronto podrán ver La invocación (2019) en el canal de YouTube de Bombay Films.

Otro tema.

La tristeza es que, aún con todo listo para filmar Gualicho, un largometraje en el que vengo trabajando desde antes del exitoso Mundo tributo, habiendo ganado un premio en el Instituto de Cine Argentino en 2017, con jurados internacionales, para rodarla (Gualicho), premio como director y como autor y guionista, por la calidad del proyecto, por mala información, falta de transparencia, manejos espurios del INCAA en connivencia con la productora presentante de Gualicho, aún no inicié el rodaje (aunque la productora fue pagada por el INCAA para hacerlo en Mayo de 2018! y estuve trabajando en la película para ella y para INCAA hasta el momento, desde que gané el premio; clara estafa) Es nefasto para mí hasta el momento lo ocurrido.

Adrián Gastón Fares

Pueden chequear está página para ver en que andan mis otros proyectos cinematográficos. Y aprecio el apoyo de l@s que me leen.

http://www.corsofilms.com/press

El joven pálido. Junto al río Telodigoyo.

Bueno, es Sábado. Vamos con algo más de El joven pálido, mientras sigo rumiando el tercer capítulo de Lo poco que queda de nosotros. Se está poniendo bueno eso, eh.

Junto al río Telodigoyo encontró el Joven Pálido a la calavera roja y blanca, en el centro de cuatro rocas caída vaya a saber cuándo, la calavera, y se adentró en el agua hasta las rodillas para observarla de adelante, entre los reflejos del sol en el más allá iridiscente. Qué cosa tan extraña, se dijo, una calavera que guiña un ojo. Hay que tener insistencia para hacer del hueso expresión. Pero no sería el primero ni el último. Entonces caminó derecho y sus pies abandonaron el agua y metió el dedo en el ojo bien abierto de la calavera, y levantándola en alto, vio proyectada en el cielo violeta su historia (la de la calavera) Un día, en ese mismo río, Palantonio Rodendola (el Sr. Ahora Calavera) quien tenía el poder de cambiar de piel como las serpientes, encontró su piel intacta erguida como estatua de museo y se animó a mirarla de cerca, y como que era él y no era él. Rodendola, con un manotazo dispersó en el aire su piel que ya había dispersado en otras oportunidades, y cansado de cambiar de piel, decidió convertirse en calavera ritual. Entonces, el estimado Joven Pálido le encajó un beso en la frente, hueso frontal, a Rodendola, Atte. retornándolo así a su santuario, y los mismos pasos torpes que lo trajeron lo llevaron lejos de la cabeza y guiño del tal Rodendola.

por Adrián Gastón Fares

El joven pálido. El que desayunó alturas.

En un páramo
de pétalos rosados
se erigió el joven pálido
y miró el horizonte
contó las tumbas
y les juró que volvería
con la mínima flor
y su Diana.

Las pútridas manos surgieron
y con el pulgar hacia arriba
aceptaron el reto
Ni Fulci
ni Romero
ni hablar de Shyamalan
imaginaron
este saludar

Después
caminó en busca del ahogado
su primer enemigo

La laguna estaba mansa
y el ahogado flotaba
mirando
la grava parda
del fondo

Cada tanto el ahogado saludaba
a los oscuros peces
creía que eran las mujeres
que en el mundo de las lombrices aéreas
había amado
las despedía
con ganas

El joven pálido llamó al ahogado
éste sopló burbujas
que como todas
reventaban en la superficie

Amigo,
¿qué te pasó?

La burbuja reventó

Nada, acá terminé

Tus planes eran el arte
y el amor

El joven pálido esperó
que la burbuja
reventara

Idiota

Decime, contame, soplame
¿dónde está mi Diana?,
por la que dejé el mundo de la tierra
si mal no recuerdo
trabajaba con vos
en una oficina
de dos por dos

Ella salía con su jefe
todos los sabían
para qué querés recuperar
lo que en vida
perdiste

Quiero saber quién lo hizo
y encontrar los restos
y las palabras

Buscá a uno que tiene raíces
frescas
en el mundo de las lombrices aéreas
no lo vas a encontrar
así nomás

Quiero saber también
¿por qué me dejaste solo
en la cena del 2 del mayo?
Éramos amigos

Vos querías todo y yo quería la nada
o sea lo mismo que vos

Vos querías la nada pero de forma
que reventara
te gusta el ruido
y aparecer

Mi cerebro ya perdió las células
bailan en el agua, fueron comidas
por los peces
preguntales a ellas
yo ya no soy

¿Y por qué hablás?

Todavía me gusta

Si querés encontrar a la que decís que es
tu Diana,
preparate
y buscá al que desayunó alturas
el aire le infló los pulmones
como un paracaída
todavía tenés tiempo
antes que lleguen los policías
juntá los pedazos de la cabeza
y hacelo hablar

Tené cuidado porque rondan las
penas
que son gemelas sin manos
que te succionan el alma
y ahí olvidate
de lo que viniste a hacer
nadie es igual otra vez

También te espera
el raíz fresca

El Joven pálido miró alrededor

La laguna
era un estanque
en una casa de olivos
atrás estaba sentada
una mujer rubia bikini
tomando sol

Retrocedió
sin que lo vieran
acarició la frente de un nena
que con un portafolio de doctor
de juguete multicolor
iba al
estanque.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros. II. Novela.

La niña calva y el hombre de bata caminaron por Cerrito. El hombre de bata había elegido el camino más largo hacia el Barolo a propósito; luego deberían doblar en Avenida de Mayo. Quería inspeccionar la zona. Había estado casi dos años en coma en el Sanatorio. Las piernas le pesaban. Los brazos le dolían. Pero su cerebro parecía funcionar bien.

Su interés estaba puesto ahora en observar al mundo otra vez. En cambio, el interés de la niña calva era ir a buscar a su padre. Todo se había invertido. Para ella, era su padre el que debió haberla ido a ver antes que la operaran. Esperaba que fuera a ver su cuerpo muerto porque no tenía fe en que la operación saliera bien. No era tonta. Sin embargo, ahora era ella la que casi dirigía la expedición al estudio de Abogados donde trabajaba su padre. Quería demostrarle que estaba viva. Quería decirle que lo que había destruído a ella no la había afectado. Era una doble ganadora.

El hombre de bata recordaba que había tenido alguna vida, había sido futbolista, le llegaban esas imágenes, jugaba para Lanús, lo habían lesionado en la cabeza en un partido contra Banfield, Apolonio, uno de los mejores jugadores de ese equipo. Le asombraba que la niña calva no lo reconociera porque era bastante famoso antes de terminar en el Sanatorio. ¿Dónde estaría su novia?, pensaba. ¿Por qué no estaba en el Sanatorio cuando despertó del coma?

La niña le señaló a las personas que estaban sentadas en esos bancos de cemento que parecen de cuero, parecían ser una estatua. ¿Parece Olmedo no?, le preguntó el hombre de bata. La niña calva no sabía quién era Olmedo.

¿Quién era Olmedo?, preguntó la niña.

Un cómico argentino.

¿Cómo German Garmendia?

No sé quién es German Garmendia, pero no suena argentino.

Yo no sé quién es Olmedo.

No viste la estatua esa en la esquina, sobre Corrientes.

¿La estatua de esos dos viejos?

Uno de esos viejos es Olmedo, el otro no me acuerdo el nombre.

Ni idea.

El hombre de bata trató de explicarle que esa mujer que estaba sentada en un banco parecía otra estatua igual a las que estaban diseminadas por la calle Corrientes, una estatua grisácea, con la tez cuarteada, los huesos casi apareciendo entre la carne. Se acercaron. La niña retrocedió. La mujer parecía estar pudriéndose. A su lado había un montículo que parecía ser una pequeña pirámede negra. Pero la pirámede negra tenía cara de niña, y lo negra era su cuerpo. Debía ser una niña de tres o cuatro años. La niña giró rápidamente para no observar. De la pirámede negra salía un hilo que tenía atado un globo en forma de corazón que una vez había tenido gas y estaba aplastado en el piso. La niña casi rompe a llorar. El hombre de bata soplo a la pirámede negra. El polvo voló, los dientes de lo que había sido una niña se deshacieron en el aire, juntándose con el resto de las escaras y el polvo que volaban en ese mediodía.
Lo raro era que no estaba llena la calle de personas. El hombre de bata pensó que debían estar en otro lugar. Lo que quedaba era el resto de algunas, las que habían muerto y las que no también. Las que no habían muerto estaban cerca de los árboles, con un perro famélico tirando de una soga una joven, por ejemplo. La joven estaba flaca, raquítica, la remera sucia, los ojos casi saliéndose de la cara que más parecía una calavera. El estómago retraído, pechos inexistentes, los brazos como ramas secas a punto de partirse. Es más, a diferencia de la mujer muerta, el hombre de bata le dijo a la niña calva que no se acercara a la joven.
El perro, un bulldog francés, tiraba de la correa y ladraba enloquecido por el hambre. Los ladridos eran tenues porque el animal estaba famélico y necesitaba alimentarse. Tiraba dentelladas al aire comiendo las moscas que volaban entre las escaras grisáceas. No había heces alrededor porque se veía que el perro al no comer no cagaba. Alguien le había dejado un tarro con agua, lo que quería decir que no eran los únicos.
De hecho a lo lejos, cruzando los carriles de los colectivos, del otro lado de la 9 de Julio, cada tanto observaban a personas con camisones blancos, otros que parecían haberse escapado de instituciones, hospitales, pero que rápidamente se subían a algún auto estacionado y desaparecían. No había mucho que hacer. Pasaban tan pocos autos que cuando un colectivo se detuvo y abrió la puerta, manejado por un viejo de uniforme médico celeste y bufanda roja, se asustaron mucho.
El viejo de bufanda les preguntó si sabían algo de la enfermedad.

¿De qué enfermedad?, preguntó la niña calva.

La del árbol gigante y frondoso.

¿El árbol gigante y qué?, pregunto el hombre de bata.

Frondoso, ¿sos sordo?

Que yo sepa no, pero no conozco esa…

El viejo de bufanda se quedó mirando al hombre de bata.

¿Pero vos no sos el que hizo mierda Apolonio?

El hombre de bata se dio vuelta. No le gustaba que la primer persona que lo reconociera luego de despertar le dijera eso.

Te apoyo pichón, tu novia hizo cualquiera, te cagó mal, vos quedaste en coma y ella ahí de joda con tu amigo.

Sin darse vuelta el hombre de bata dijo:

No tengo amigos en el fúbtol. Son compañeros. Compañeros, señor. Más respeto no soy un bruto, soy un jugador del deporte más importante del mundo.

Gran deporte, pichón. ¿Y esa nena?

No sé, estábamos en el mismo Sanatorio.

¿Quieren que los alcance? ¿O sea que no vieron el árbol gigante y frondoso?

No, los únicos árboles que vimos son estos.

Los jacarandas y las tipas de la avenida estaban repletos de pájaros carroñeros, caranchos, aguiluchos, y otros que el hombre de bata no supo reconocer.

Es un árbol tan lindo el que yo digo, contestó el hombre de bufanda roja, pero tan malo.

¿Lindo y malo?, preguntó la niña calva.

¿No quieren que los acerquen donde van? ¡¿A dónde van?!

A buscar a mi padre.

El padre no se quedó cuando la operaban, explicó el hombre de bata al hombre de bufanda señalando los puntos en la cabeza de la niña calva.

El hombre de bufanda negó con la cabeza.

¿Adónde van?, volvió a preguntar.

Al Barolo.

Suban, vamos. Pero después me tienen que acompañar a ver al árbol gigante y frondoso.
Bueno, dijo la niña calva tomando de la mano al hombre de bata y subiéndolo casi a la fuerza al vehículo conducido por el viejo.

por Adrián Gastón Fares

2019 Todos los derechos reservados.

Cuento para un guerrero muerto en otro.

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso joven, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madre, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, uno sobre reinas exitosas, por ejemplo, es su libro de cabecera, quería que su hijastra tuviera contactos útiles a toda costa en el reino, y la familia del musculoso joven era más pudiente que la del primero seducido y luego enamorado príncipe.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene allí a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

Por Adrián Gastón Fares

Alimenta tu Zombi con cerebros. II. Libros de Estrategia.

Los libros de estrategia tienen algo único. Confluyen en ese río tan grande que es El arte de la guerra de Sun Tzu y por eso recomiendan el no actuar, incluso los más inmorales.

También suelen ser menos útiles de lo que parecen ser. Por ejemplo, supongamos que luego de leer el libro del difuminado señor Tzu (o sus compiladores) tenemos que enfrentar a los humanos siendo zombis. Estamos en un aprieto. El zombi teóricamente no piensa. Los zombis que yo propongo en Alimenta tu Zombi con Cerebros sí piensan, pero usan el cerebro de otra manera, son una máquina de procesar información; desechar la irrelevante y aprovechar la buena es el objetivo. De eso se trata Alimenta tu Zombi con Cerebros.

Como la pregunta de cómo siendo zombis enfrentar a los humanos con El arte de la Guerra no tiene sentido, mejor concentrarnos en cómo enfrentar a los zombis siendo humanos. Tal vez a alguno le sirva.

Tzu dice que la mejor victoria es vencer sin combatir. Si nos van a atacar una horda de zombis, no combatir no tienen ningún sentido, pero sí podemos evitarlos lo más que se pueda, hasta que uno entra a un lugar donde no debería haber ningún muerto viviente pero bueno, está. Las casas abandonadas, los cementerios, los supermercados y los centros comerciales deben ser evitados.

En realidad, los que vencen con aparente psicología al enemigo, sin combatir demasiado, avanzando en grupos numerosos y arrojándose con alma y vida contra el enemigo son los muertos vivientes, por lo tanto, los que vencen sin combatir, ni saber que combaten, son ellos, solo quieren comer algunos, y ni siquiera saben por qué.

Conocer al enemigo es un poco difícil con los zombis tradicionales (no el excelso zombi  que come cerebros de papel al que me refiero en esta columna) No piensan; por lo tanto no hay manera de conocerlos. Podemos saber que en los ochenta avanzaban a paso de tortuga pero hoy en día son cada vez más rápidos. Eso es clave, saber la velocidad de un zombi.

De cualquier manera, la regla clave de Tzu es que un ejército debe primero haber ganado la batalla en su mente, con su estrategia o como sea, antes de librarla. Esto es útil contra los zombis, se puede tratar de contenerlos con artimañas prácticas como unos lanzafuegos, ametralladores, o lo que fuera que pueda desintegrarlos en masa. Incluso tener la bomba atómica es útil en el caso de que los zombis  tomen la tierra. Dios no lo permita, pero más de uno se verá tentado a tocar el botón rojo.  Como verán, eso también es ganar la batalla antes de librarla. Y de la manera más burda.

En fin, El arte de la guerra es un texto bastante bello, pero no tanto como Los Cinco Anillos del Poder de Musashi, o más todavía, un texto muy difícil de conseguir, que ha caído en mis manos en una edición que no se consigue en nuestro país: El amo (o el maestro) del valle del demonio. Es un libro de estrategia china posterior, por no mucho, a El arte de la guerra. Es elusivo. A los monjes oscuros que lo compilaron les gustaba al juego de arrojar la moneda blanca y negra del yin y el yang. De los libros de estrategia el que más recomiendo es la traducción de Thomas Cleary de El maestro del valle del demonio (que viene con otro texto que se llama El amo de la fuente oculta) La belleza de la estrategia en su máxima expresión. La incomprensión que hace pensar lo que a uno más le conviene. Lo oculto visible. Las frases son una especie de ko-an oriental cuyo aplauso desorienta y despierta.

Pasaremos a Robert Greene, ese tipo que escribe libros sobre el poder, las estrategias, la seducción (escribió uno con el rapero 50 Cent; una paradoja: un libro de poder con un rapero) En fin, Green cuenta en uno de sus libros tan largos que se hacen pesados, que el jefe de un ejército chino ganó la guerra de una manera muy clara, más o menos como hacen los zombis (que asustamos a los seres humanos sólo con nuestra presencia), primero se labró una reputación de loco, peligroso e imbatible. Su reputación le sirvió porque cuando un ejército que lo triplicaba en número marchaba hacia su fortaleza ya diezmada para destruirlo y asesinarlo, lo que hizo es sentarse a meditar con unos sahumerios a los costados. Cuando el jefe del ejército contrario lo vio, la pensó dos veces, dijo este tipo no es tan boludo como para estar haciéndose el que medita; es una trampa, debe tener cientos de soldados ocultos: retrocedamos. De esta manera, el sabio y tremebundo guerrero chino superó al ejército contrario con sólo prender un sahumerio y sirviéndose de su temeridad previamente cultivada. El problema con los libros de Greene es que es más fácil ir a la guerra contra los humanos que leerlos; se hacen largos, Green parece ser un erudito bastante increíble, en el sentido en que usamos la palabra en la calle, pero tienen la virtud que cumplen con lo que prometen; al terminar de leer uno de esos libros es posible que ya la guerra haya pasado y uno la haya evitado bebiendo cerveza desde la cómoda reposera de su porche estadounidense.

Los libros de Robert Greene son un poco inmorales, pero eso no basta para que no lo nombre en esta columna de zombi. Después de todo, siempre ponderan la no acción, bebiendo en las fuente de Sun Tzu.

El libro de estrategia más interesante quizá para quienes escribimos o hacemos ficción es el de John Lewis Gaddis. Este estadounidense repite varias veces en su texto, On Grand Strategy, que la ficción es el mejor campo de experimentación para las situaciones que luego tenemos que enfrentar, más o menos duplicadas en el tiempo, por esa especie de entropía fácil que todos miman tratando de señalar lo que tal vez vuelva a ocurrir en la rueda del tiempo pero con ligeras alteraciones.

Lo que dice Gaddis es que la ficción es como un experimento para la vida y se sirve de La guerra y la paz del eminente ruso, y escritor ya sabrán, Tolstoi para dar un ejemplo de cómo se puede recrear una guerra y vivirla para aprender a través de los mecanismos hiperrealistas de la ficción. Hasta ahora no leí a ningún ensayista que piense que la ficción es tan útil como Gaddis; la sensación es que cree que la ficción es tan viva como la realidad. Shakespeare y Tolstoi son los maestros de la estrategia para Gaddis y leer ficción sería más efectivo que leer no ficción: más pragmático. El libro de Gaddis es largo, por momentos tedioso, pero vale la pena leerlo para encontrar este paralelo entre ficción y realidad. Es un libro más fresco que otros porque introduce ideas un poco más originales.

Entonces, recomendando que elijan el libro de estrategia que más le guste y lo lean como literatura más que como una  regla para la vida: la vida no es guerra, aunque a veces se parece, y la gente, tanto en la soledad como cuando se unen para formar ejércitos, como bien lo sabemos los zombis, no reacciona siempre igual.

No hay ningún libro de estrategia más eficaz y menos bello que el de mandar a todos a la mierda. Para eso la canción God, de John Lennon es ideal. Es un gran libro de estrategia, una declaración de principios, una negación de todo. Después de todo si la realidad no es más que apariencia; no creyendo en nada se llega muy lejos. Es la canción favorita de algun@s zombis que conozco.

Aquí tienen el link a los dos libros de estrategia que más me gustaron (aprecien el primero; es casi un secreto)

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Thunder in the Sky donde encontrarán la versión de Thomas Cleary de El maestro del valle del demonio, ese texto de la ancestral tradición china, de una secta budista que parece perdida en el tiempo, que es mejor que El arte de la guerra, y el más comprensible; El amo de la fuente oculta.

Aquí pueden conseguir La adquisición y el ejercicio del poder (perdonen a Thomas, este libro no tiene que ver mucho con la adquisición del poder, es más rico de lo que aparenta ese ingenuo nombre; La adquisición y el ejercicio del poder es El maestro del valle del demonio y El amo de la fuente oculta) Lo editó Editorial Estaciones. Creo que está tristemente fuera de catalogo. Pero circulan ediciones usadas por lugares insospechados.

Link para conseguir El Trueno en el Cielo en español (Editorial Estaciones)

Otro Link en Español:

Conseguir El Trueno en el Cielo en Casa del Libro.

Una de las maneras de conseguir Thunder in the Sky, de Thomas Cleary

Dato que podemos olvidar, salvo que Sun Bin se queje desde los tiempos ancestrales.

Entonces diremos que Sun Bin, descendiente de Sun Tzu, discípulo del estratega Wang Li, conocido como El maestro del valle del demonio (estrategas tan apreciados como von Clausewitz y Napoleón no fueron recordados con un apodo tan resonante como con el que llamaban al señor Wang Li) fue el que escribió el primer texto de El Trueno en el cielo, traducido por Thomas Cleary.

Y acá el libro de Gaddis, On Grand Strategy (tampoco en castellano, pero búsquenlo, debería estar…)

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Una de las maneras de conseguir On Grand Strategy, de John Lewis Gaddis

En la próxima entrega viajaremos al mundo de los libros de marketing, start-up y todas esas cosas tan poco interesantes y profusas que existen en el mundo literario y que así y todo pueden ser provechosas para alimentar nuestro cerebro zombi.

Un zombi debe estar dispuesto a todo hoy en día, incluso a leer cosas que escriben, o escribieron, los que sí mueren y no resucitan.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros, I. Novela.

En el medio de la calle, con el sol golpeando las fachadas de los edificios, el hombre de bata se encontró con la niña calva. La niña tenía en la cabeza una cicatriz muy marcada que parecía el cierre de una cartuchera de cuero. El hombre de bata estaba flaco y pálido. Los dos cruzaron sus miradas. No entendían cómo la ciudad podía estar tan vacía. El hombre de bata había abierto los ojos en la habitación del sanatorio en la que dormía en coma profundo. Luego había concentrado su mirada en las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol. No era el polvo habitual, parecían ser pequeños copos de nieve pero estaban dentro de la habitación.

Estaba mareado. Si cerraba los ojos veía nubes lechosas pero se obligó a estar despierto. Luego se arrancó los cables y tubos y salió al pasillo.

Estaba desierto, a no ser por una anciana ciega que miraba otro rayo de sol repleto de esas partículas tan sugerentes. Le habló a la mujer, pero parecía perdida en alguna ensoñación así que siguió caminando, vio que la niña calva tomaba el camino de las escaleras y se encaminó hacia ellas, siguiéndole el rastro. Así que no era extraño que sus miradas se cruzaran en el medio de la avenida Corrientes.

Más allá, el obelisco cuya punta estaba manchada con sangre, como si la sangre hubiera sido derramada desde las ventanillas que se veían en lo alto. La niña tenía la mirada medio perdida. Primero pensó que había muerto, pero después se dijo que era demasiado inteligente para creer que el paraíso era la avenida Corrientes vacía.

Doblaron en la esquina de Uruguay. La niña se acercó a un coche estacionado frente a un café. Miró en su interior y apartó rápido su mirada.

Está muerto, no mirés.

El hombre le advirtió a la niña y luego la apartó para mirar mejor el interior del auto. El conductor parecía una momia. Los bigotes pegados a los dientes sobresalidos y la piel cuarteada y amarillenta; los ojos se habían deslizado por las mejillas hasta resecarse en el borde de los pómulos.

Los dos se dieron vuelta juntos y al observar otra vez la esquina y las calles, notaron que volaban pequeñas partículas, no era nieve, no hacía frío, no podía ser, así que la niña calva, atrapando una en su mano dijo:
Parecen pedazos de piel. De piel de serpiente.

Escaras.

La niña lo observó confundida:

Es piel que se desarma cuando el cuerpo está demasiado tiempo acostado o en la misma posición, cuando los huesos golpean contra la piel destruyéndola, cortándola, en finas tiritas como si fueran afilados cuchillos. No deberías preguntarte demasiado qué es.

A mí todo me interesa.

Ya veo. Murió de inanición el del auto.

La niña se llevó la mano a su camisón celeste, pero no encontró lo que buscaba.

¿Qué es inanición? No tengo el celular

Es porque dejó de comer.

Ah, entiendo, claro.

Eso quiere decir que no hay comida como en esas películas del futuro.

El hombre se acercó a un quiosco que estaba abierto y le tiró una bolsita de maíz inflado a la niña.

Parece que no es así.

¿Entonces?

El hombre miró adentro del quiosco y observó a un viejo cuya panza empujaba y deshilachaba una camisa rosada por las secreciones que el cuerpo emanaba. El hombre apenas respiraba y sus manos estaban entrelazadas, con las uñas largas clavadas en la piel. El quiosquero intentaba chiflar pero solo caía saliva de sus labios finos y resecos.
Los dos tosieron al unísono, el hombre de bata y la niña calva. Las escaras que volaban se metían en sus narices y no había nada que hacer para remediarlo.

Debería volver.

Volver…

Al sanatorio

¿Para…?

Mi celular está ahí.

¿Y tus papás?

No estaban cuando desperté.

¿Por qué estabas en el Sanatorio? ¿Qué tenés?

Me llevaron. Para morir.

Pero no estás muerta.

Ah, no sé. Creo que no.

No estás muerta, ése está muerto, dijo el hombre de bata señalando a la especie de maniquí que estaba adentro del coche.

El viento jugaba con las escaras, esos pedazos de piel traslúcidos que revoloteaban alrededor de las luces de los semáforos, algunos todavía funcionando y otros no.

Siguieron caminando, cruzaron la 9 de Julio y bajaron las escaleras del subterráneo. No salía ese polvo molesto de la boca del subte y además les pareció que podrían encontrar a algunas personas que se hubieran guarecido de lo que fuera que había dejado sin instinto de vida a los de la superficie de Buenos Aires.

Cuando dejaron el último escalón atrás se encontraron con que el andén estaba vacío y el vagón estacionado. La niña se adelantó y se acercó a una de las ventanas del vagón. El hombre de bata la tomó del hombro, alejándola de la ventana. Lo que se veía era perturbador.

El vagón parecía ser un enorme tarro de mermelada de frambuesa. Grumos espesos y coágulos de un líquido rojizo impedían ver el interior. Lo único que se podía observar eran una dentadura pegada al vidrio, el cabello de una calavera que estaba diseminado entre los litros de grumosa sangre, pedazos de dedos, y las pómulos resecos de lo que había sido una mejilla con las muelas salidas, porque otra cosa no podía ser esa aglomeración de cartílagos casi invisibles por el dominio del rojo.

La niña miró las puertas del vagón que estaban cerradas, pero por los bordes se escapaba el mismo líquido espeso y rojizo que había llenado el vagón, como si los cuerpos que viajaban dentro hubieran quedado atrapados y el tiempo y la putrefacción se hubieran encargado del resto.

Si esa puerta llega abrirse, advirtió el hombre.

Uno de los cristales de las ventanas del vagón parecía estar combado como si lo rojo pudiera hacerla estallar. De repente notaron el olor, era nauseabundo, el olor de lo que antecede a la nada, con la particularidad de que tenía un dejo dulzón, como si fuera el olor de las flores que se marchitan y atraen a ciertos insectos en verano. No lo habían notado antes porque el hedor era tan fuerte ahí abajo como arriba, en la calle. La niña calva se alejó hacia la escalera y los dos pronto estuvieron fuera del subterráneo.

La niña se aferro a la mano del hombre porque tenía miedo que la escalera mecánica se activara. Se mareaba fácilmente. No en vano la habían operado. Aparentemente, lo que molestaba en su cerebro ya no estaba. Se soltó de la muñeca del hombre frente al puesto de diario que estaba casi pegado a la salida del subte.

Las portadas de las revistas estaban quemadas por el sol detrás de los cristales y los diarios eran de Febrero de 2019. Según los cálculos y el reloj que le habían dejado en su muñeca, eso había sido hacía unos tres meses. Parecía no haber nadie, pero cuando el hombre de bata se asomó para constatarlo vio a una tarima en la que estaba sentado un especie de ogro que había sido un ser humano, pero que por la falta de alimentación, había perdido la apariencia humana para convertirse en otra momia, más pequeña que la del coche, como si la gravedad hubiera aplastado el gran cráneo del revistero contra el también generoso estómago. Resonó un grito.

El hombre se dio vuelta alarmado. La niña estaba cerca de un cochecito de bebé que estaba cruzado en la vereda, frente a un teatro. Cuando el hombre la alcanzó la nena ya había soltado el maíz inflado que había comido y estaba dominando las últimas arcadas. Adentro del cochecito flotaba en un líquido acuoso, ocre, el cráneo de un bebé que al hombre de bata le pareció que era una muñeca de esas antiguas con esos párpados que se cerraban al moverlas; pero no era un muñeca, era lo que quedaba del niño que flotaba en esa piscina inmunda que se había convertido su cochecito. Cerca, en el cemento había unas relucientes tibias y el cráneo de profuso cabello largo y rubio que acariciaba el suelo y que una paloma estaba picoteando. Sin saber por qué, el hombre pateó a la paloma, que dio un salto y siguió picoteando lo que quedaba de piel del cráneo. El resto de la piel que no era engullida por el ave flotaba y se juntaba con las otras escaras que formaban esa especie de nieve que difuminaba la luz del sol dando una apariencia mágica a esa mañana en la que el hombre de bata y la niña calva se habían conocido.

El hombre de bata esta vez apuntó bien y le propinó un puntapié con sus chinelas a la paloma, que salió volando, pero aterrizo cerca, como dispuesta a continuar su tarea.

La niña calva, todavía doblada en dos por las arcadas, miró con preocupación al hombre de bata.

Más vale que no andes mirando donde no te conviene.

Necesito que me acompañe a lo de mi padre.

¿Cuanto tenés, ocho, nueve?

Casi nueve.

¿No podés ir sola?

No me sé bien el camino, además estoy… perdida. Pero no es lejos, y ahí tengo la tablet.

La tablet… No seré de mucha ayuda si sos tan curiosa. A veces es mejor cerrar los ojos.

No importa. No tengo el celular ni la tablet y mi papá ni vino a la operación. Le tengo que mostrar que estoy bien. Mi madre estaba en el hospital pero no la vi; ¿donde van las madres cuándo operan a sus hijas?

Ni idea. Es raro que tu papá no estuviera. ¿Están separados?

Un sombra muy oscura cruzó por la mirada de la niña calva.

No te preocupes. Yo tampoco tengo celular. Nunca tuve tablet.

Vamos. Mi padre tiene la oficina en el Barolo.

¿Tiene plata tu papá?

La niña frunció los labios y abrió los ojos, dando a entender que no sabía la respuesta.
Luego se acercó al hombre de bata y lo miró como esperando que la guiara.

Por Adrián Gastón Fares.

(+_+) Exhaustación. Lo poco que queda de nosotros. Derechos reservados.

Alimenta tu Zombi con Cerebros

Estreno nueva sección en este blog.

 

Alimenta su Zombi (interior) con Cerebros

Todos tenemos un zombi (o zombie como gusten) que está dentro nuestro. Diversos estudios científicos muy difusos sugieren que la meditación lo que en realidad hace es enviar sangre a otras partes del cuerpo que no sean el cerebro, por lo tanto, lo que estaría haciendo es ahogar un poco al cerebro para que no piense tanto. Eso me suena matar el cerebro. Me suena a zombi. Pero la idea aquí no es matar al cerebro si no alimentarlo para después usarlo como ustedes más quieran. Es lo que me resulta a mí por lo menos. Y lo que me ha hecho superar muchas situaciones difíciles, momentos tristes, melancólicos, aburridos, traumas, encrucijadas, desamores, senderismo de lo llano y lo alto, entre otras aventuras que viví.

No voy a citar estudios científicos como hacen los millones de libros que pueden encontrar en la web. Si leen mucho van a reconocer lo que digo pronto.

Esto que comienza aquí es un poco experiencia y mucha lectura. Iré directo al grano para ir sugiriéndoles qué libros para mí tienen valor de lo nuevo, sea ficción, divulgación, ensayo, autoayuda (tuve una columna hace años en una revista digital llamada Autoayuda para el suicidado; no seré irónico esta vez; esta es una columna práctica) lo que sea que esté bien escrito y sirva.

Tampoco seré tan meticuloso ni exigente conmigo mismo en la escritura como intentó ser en mis cuentos. Y mucho menos que en mis guiones y novelas. Estoy un poco cansado de eso. Quiero ser practico aquí y contribuir a organizar un poco los pensamientos y lecturas tanto para ustedes como para mí.

Así que así comienza Alimenta tu Zombi con Cerebros. Señalaré algunas lecturas. Libros. Trataré de citar libros nuevos (los más nuevos posibles) El único objetivo, siguiendo a la regla moral de Kant, es que estos libros no sean un medio, que sean un fin en sí mismos. Que la lectura de estos libros no sea un medio, si no que sea un fin en sí misma.

Por lo tanto, empecemos sin dar muchas más vueltas (otra estrategia para escribir libros de Cómo hacer esto y lo otro, es dar mi vueltas, como si se tratara de una película de suspenso, dosificando la información, para decir por ejemplo que comer palta hace bien; todos sabemos que comer aguacate o palta hace bien; no se necesitan cinco capítulos para llegar a eso)

De mis largas lecturas puedo decir que hay libros que están repitiendo (casi copiando y pegando) lo que escriben otros. Por ejemplo, el libro Alimenta tu cerebro de un tal Dr. Perlmutter, dice lo mismo que otro libro que se consigue en la web que escribió el hijo de una mujer con Alzheimer. Los dos libros recomiendan comer lo mismo, los dos textos tienen casi la misma información; dejo a ustedes la tarea de decidir si la repetición tiene que ver con la verdad o con la comodidad o el provecho)

Estos libros como los de Alimenta tu cerebro (o tu pene o vagina; hay de todo) parecen ser recopilaciones de otros libros y a la vez lo que hacen es citar cada dos por tres, repito, perdón, embolantes como decimos en Argentina, estudios científicos. Gran pecado de un texto de divulgación: en la era que estamos seguros que lo estudiado científicamente cambia al ser observado (soy más amigo de la ciencia que de la seudociencia, ya lo sabrán no niego la ciencia, sino que digo que obviamente no es bueno citar solamente un estudio científico que uno leyó en la web para escribir un libro)

Así nace este texto. Por eso Alimenta su Zombi con Cerebros. Somos todos zombis. Todos queremos nutrir lo que tenemos entre las dos cejas, todos queremos alimentarnos metafóricamente de lo que otros saben, en mi caso con el objetivo del placer de conocer, cotejar, pensar. Vivir así es hermoso y si siguiéramos la regla de Bertrand Russell que decía que el ser humano debía trabajar cuatro horas para servir a la comunidad y el resto tenía que ser ocio provechoso, seríamos todos (o todes) felices.

Así que empecemos con los dos libros que voy a recomendar que se compren ya mismo (nunca vendí nada, así que dejen que recomiende lecturas por las que tienen que pagar si es necesario; no son caros) Algunos de los libros se pueden comprar en Internet, otros también (broma, también se pueden comprar en las Librerías, pero no todos)

El otro día estaba en la librería Cúspide del Village Recoleta. Como es mi costumbre tomé cinco libros para leer a la vez y ver cuál me interesaba más. Vino un empleado y me dijo: No se pueden anotar los libros, señor. Le dije, pero claro, cómo voy a subrayar los libros. Me dice: no entendiste, no podés tomar notas en tu cuaderno de los libros. Ah, bueno, le dije, no hay problema, y con el índice me golpeé la frente, respondiéndole en lenguaje de señas que me iba a memorizar todos los libros como venganza. O sea, el empleado se habrá creído que yo era un escriba medieval que iba a copiar el libro entero en mi libreta de 5×5. Mis vecinos de mesa se alarmaron y uno, que le explicaba a otro cómo montar un negocio agrícola, remató; si yo fuera el dueño de esta librería, dejaría que todos tomen notas de los libros. Así atraería más gente. En fin.

Así que creo que por ahora pondré links a libros virtuales (si pueden conseguirlos impresos, mejor; como gusten, yo leo en la Tablet, en el Kindle, en el celular, en el Noblex Ebook -barato y bueno-, y en papel; no le hago asco a nada) Cuando se consiga el libro en castellano lo pondré, cuando se consiga en otro idioma nada más; también (siempre y cuando conozca el idioma, sé español, inglés y un poco de japonés, muy poco; no se preocupen que no pondré libros escritos en japonés)

Empezaremos por recomendar uno de los mejores libros que leí en lo que va del año.

Es de Carlo Rovelli. Es un físico teórico italiano. No voy a copiar su biografía porque pueden encontrarla ya saben donde.

Rovelli trata de redefinir el tiempo. Explica que el tiempo no tiene la misma duración en la cima de una montaña que cerca del suelo. Una persona que vive en una montaña tiene menos tiempo que una que vive en la llanura de la pampa, por ejemplo. La culpable es la gravedad que curva el tiempo. Es un libro muy feliz.

Divulgación científica muy poética (literalmente, cita a las Elegías de Duino de Rainer Maria Rilke más de una vez, Rovelli). Rovelli también se mete con la entropía, una ley que a mí me gusta más que el helado. El resultado es una lectura imprescindible para cualquier zombi que quiera alimentarse de materia gris. Alguien como yo, por ejemplo (y espero que ustedes, este texto trata de enaltecer la figura del zombi que después de todo es alguien que no tiene mala intención, sólo quiere comer; además recordemos que la meditación es amiga del concepto de un zombi por lo expuesto más arriba, también me caen simpáticos los yoguis)

Los libros de Carlo Rovelli que recomiendo son:

El orden del tiempo (2017)

Pueden comprarlo aquí en español (Kindle)

Link para comprarlo en Amazon

Y aquí en inglés:

https://www.amazon.es/Order-Time-Rovelli-Carlo/dp/0241292522

Y pueden también conseguirlo en librerías argentinas y españolas (es de Anagrama)

El segundo libro de Rovelli que recomiendo es:

images (1)

Link para comprarlo en Amazon

Se llama La realidad no es lo que parece (es mi traducción de Reality is not what it seems) No lo conseguí en castellano, por lo que pongo el link para obtenerlo en inglés. Traten de encontrarlo, en especial los que saben inglés.

Luego seguiré con el próximo texto de Alimenta tu Zombi con Cerebros donde iremos al mundo de la ficción a través de los libros más pragmáticos de ensayos escritos en estos últimos años.

Saludos,

Adrián Gastón Fares, zombie

El sueño de los conejos

Este japonés había construido

Como se esperaba

Un jardín japonés

(otro más)

Enfrente de su casa

Y cuentan que un amanecer lo encontraron

Durmiendo

abrazado

Al tronco de uno de sus árboles

Que estaba muriendo

No había ni una flor

En el fondo de su casa

Ni nada de lo que había en

Los parques que él diseñaba

Los japoneses usan lo bello como

Una espada que seda sentidos,

hipnotizados por pestilos

Y estambres

Te llevan de la mano a la laguna en la que se bañan las abejas

En el centro de las flores

Y entonces

es un poco tarde

para escapar

Uno quiere sacarse las sandalias Mojarse el dedo gordo del pie

Pero esta prohibido

Y solo los conejos sueñan con la laguna de las flores

Esa represa que solo se abre cuando marchitan

Sueños póstumos de carne de pescado cruda

Que se deshacen en tu boca

Como una geisha sashimizada

En un bosque donde suena una campana

No quedan ya flores por cortar

Ni arboles que defender

Las liebres corren libres en los

Campos del atardecer

Descanso paz y silencio

Espero no ser indiscreto

Ciertamente

No pueden reprimirse los aguaceros fríos

De las tardes de otoño

Por Adrían Gastón Fares

Un posible fin del mundo

Fui al colegio como en los demás días, cansado y todavía medio dormido, y en la puerta encontré a los policías. Uno tenía un mate, otros dos compartían un cigarrillo. Cerca, Bernardo, el profesor de medios audiovisuales hablaba con la monja directora.

Habían encontrado el cuerpo de Sofía. Pronto vimos llegar a la madre, que se abalanzó sobre la directora en un ataque de furia que se convirtió en abrazos y lágrimas.

Las palabras cruzaron de boca a boca, como indiscretos dardos envenenados, y pronto todos supimos que a Sofi la habían violado y asesinado. Cuando entramos al colegio ya habían retirado el cuerpo. Una silueta de tiza lo reemplazaba.

Sofi era una chica de sonrisa franca y ojos tiernos. A mí en ese momento me gustaba otra. Aunque Sofi bien me podría haber gustado porque era muy linda.

Con el profesor de medios preparábamos un cortometraje. Enseñaba por placer, porque le gustaba trasmitir su conocimiento, que lo escucharan y lo alabaran. Salía, en secreto, con una de sus alumnas, Clementina, y cuando la policía lo supo, cuando el detective privado que contrató el tío de Sofi lo supo, el profesor vio en peligro su libertad. Como era bastante amigo mío, como nos llevábamos bien, más que nada en esas charlas donde hablábamos del uso de la simetría en Kubrick y del travelling en Ophuls, como la afinidad era tal que él creaba un mundo nuevo para mí, yo lo creí siempre inocente. Además no necesitaba violar a nadie. Varias estaban enamoradas de él, aunque fuera un barbudo desgarbado. Tal es el poder el conocimiento y más todavía el de la jerarquía.

Bernardo, era el nombre de mi profesor, creía que el asesino era el cura. Visitamos el colegio de noche y entramos en la casita dónde vivía el cura, atravesando la capilla, en el medio de un patio de baldosas oscuras y paredes grises. Al padre Eusebio lo encontramos durmiendo en un sillón, con una botella de vino casi vacía en una mesa, murmurando en sueños palabras ininteligibles.

Bernardo buscó en los armarios ropa interior femenina que incriminara a Eusebio, con la intención de señalarles a los policías la guarida del que podía ser su salvador. Los armarios estaban llenos de naftalina, camisas, y algo que nos llamó la atención, un capirote blanco con una estrella roja, no sabemos de qué orden eclesiástica pero parecía ser una bastante nefasta.

No había dudas para mí de la inocencia de mi profesor. Por un lado le gustaban demasiado las chicas para matarlas, sabía que había algunas cosas que se podían hacer y otras no.

La escuela hizo hincapié en el asunto de Bernardo con su alumna, Clementina, mi compañera, la chica que negó haber tenido relaciones con él, pero los policías le preguntaron a otras alumnas que sabían que Bernardo había desvirgado a Clementina sin muchos miramientos.

Estuve triste esa semana, no sólo se acusaba a la persona que tanto me había enseñado de cine, sino que además, por los nervios, había arrojado una ventana desde el tercer piso del colegio. Me había acercado para que el aire entrara, corrí el cristal para que dejara entrar el aire y la hoja titubeó en la cornisa antes de desplomarse al vacío. Con un compañero nos asomamos y vimos el cristal hecho añicos en el piso y un hombre de pie al lado, sorprendido, tal vez agradecido por haberse salvado por casualidad. En la corrida hacia la entrada del colegio encontré a la monja directora, que venía de rezar de la capilla y agradecer a Dios que los niños de jardín no estuvieran saliendo del colegio a esa hora. Sentí culpa y no recuerdo lo que pasó en los días siguientes.

Tanta fue la culpa que me identifiqué con Bernardo, que era el sospechoso número uno en el crimen de Sofía.

Me suspendieron del colegio por lo de la ventana. Luego pusieron tejidos para que las hojas de las ventanas jamás volvieran a caer.

Mientras tanto, yo permanecía en mi cama, los días pasaban lentos, no veía a mis amigos, y hasta mis padres me recriminaron por esa acción de la que yo no tenía ninguna culpa, vamos; la ventana estaba floja, no había tejido, tarde o temprano se iba a caer, y podía haber dejado consecuencias muchas más graves. Pero en ese momento, en la confusión de la adolescencia, no lo entendí de esa manera. Creí ser el demonio, un poco influenciado por la creencia de la monja directora de que tal vez yo estuviera poseído, ya que era un adolescente bastante revoltoso.

La verdad era que yo había nacido con fórceps. Nací sin llorar. No culpo a mis padres, tal vez a la partera o al obstetra. Ellos, por lo menos hasta que fui grande, no pudieron saber qué había ocasionado en mí nacer así, y tampoco yo me di cuenta. Pero la monja directora parecía saberlo.

Una de esas noches en las que no pude ir a la secundaria, mientras descubría un cuerpo enterrado de una joven en un jardín con Miss Marple, el teléfono sonó y era un compañero que me avisaba que había muerto el padre de una compañera. Teníamos que ir al velatorio.

Yo tenía un miedo terrible. No quería saber nada con los muertos en esa época. En esta tal vez pudiera compartir habitación con alguno sin preocuparme demasiado. Pero la adolescencia es una tierra donde la levadura de la ficción crea una cerveza mental que achica al mundo, agrava las ficciones; es un barrio ficticio, un barrio donde de noche pasan cosas de las que más vale no saber nada.

Entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas, pedía que ningún vampiro se acercara para rasgarlas o tironear de ellas, y trataba de dormir de esta manera hasta el otro día sin sofocarme. Admito que nací de esa manera, sin aire, y que tal vez esa especie de mortificación se me hizo un vicio, porque hasta el día de hoy me sigo tapando la cabeza con las sábanas o la cara con los dedos. Es como si de chico hubiera visto algo monstruoso, inaudito, y ya no lo quisiera volver a ver. A veces pienso que lo inaudito puede ser la palanca del fórceps entrando en el cuello uterino de mi madre para sacarme al mundo, rompiendo huesos, deformando mi cara, mis oídos, lo que fuera que tuviera a su paso, como un robot infalible que cumplió su misión a la perfección salvo por algo: no respiré por unos segundos.

Esa noche fui rescatado de la sofocación de las sábanas con dibujos del Hombre Araña por Little, un compañero, que me necesitaba en el velatorio en veinte minutos. Así que me subí a un remís hasta Lomas.

El velatorio era cerca del cementerio de Lomas, lugar tétrico si los hay con esas estatuas que parecen estar para asustar nada más. Decidimos dejar a nuestra compañera y con tristeza y un poco de rebeldía nos dirigimos al cementerio, cosa que yo no hubiera hecho solo ni que me regalaran el último CD de Soundgarden importado con bonustrack y todo.

Rondamos los mausoleos, elegimos uno con la puerta deshecha, y entramos, asustándonos entre todos. Ahí empecé a ver que algo raro le pasaba a Little (le decíamos así porque había otro Martín, que era casi un gigante) Me confesó que tenía miedo que el profanador de tumbas, del que estaban hablando por aquellos días en la televisión, anduviera por ahí. Little y yo nos detuvimos. Los demás, dos chicas, una que parecía querer tener sexo en el cementerio y la otra que parecía no querer tener sexo en ningún lado,  avanzaron un poco más y volvieron corriendo y muy asustadas después de haber introducido el pescuezo en una tumba donde los ataúdes parecían carozos de nueces rotas donde se veía el fruto, los cadáveres momificados, a través de las grietas de la cáscara nudosa que los había cubierto.

En la corrida por las calles del cementerio dimos con un hombre que se interponía entre la salida y nosotros. La esclerótica blanca, una pala en alto, no podía ser otro que el cuidador que estaba molesto porque habíamos entrado a la fuerza a su predio. Así que le pedimos perdón, nos abrió la puerta y nos dijo que si volvíamos a hacer eso iba a llamar a la policía, o a su muerta favorita, la señorita Robinson, una japonesa asesinada por su hermana, que solía dejar su tumba para comer el cabello de adolescentes como si fueran fideos. No podíamos creer que un zombi se alimentara de cabello, así que el miedo se concentró en el cuidador del cementerio y no en la señora Robinson; la zombi degustadora de cabelleras brillantes bajo la luna.

Después de esa noche, nos dimos cuenta de que podíamos entrar al cementerio fácilmente.

Así que el sábado siguiente, en vez de juntarnos en la plaza de la estación Lanús, nos tomamos el colectivo con Little, bajamos en el cementerio y caminamos hasta el mausoleo de la familia de Sofía.

Golpeamos la puerta hasta que cedió. Alcanzamos el cajón. Lo abrimos con las manos temblando y observamos que nuestra compañera estaba hinchándose bajo la lámina de cristal que separaba las emanaciones de su cuerpo del resto del mundo. Lo que vimos no podrá ser olvidado y sin embargo es tan natural y común como la lluvia que cae mientras escribo en esta llanura. Hay pocas personas y pocas casas alrededor. Ayuda a recordar. Y hay cosas que no se olvidan.

La putrefacción, la hinchazón, la sangre que empezaba a brotar era  algo que esperábamos, pero no esperábamos que el cuerpo de Sofía pestañara. Tanto Little como yo vimos eso. Luego nos miró por el rabillo del ojo. Supusimos con Little que era una burbuja, un coágulo que había explotado, como una supernova.

Al otro día me puse un buzo con una capucha y volví al colegio, busqué a Bernardo y con él nos acercamos al salón de actos donde había sido encontrado el cuerpo de Sofía. Una monja tocaba a Bach en el piano. Encontramos al padre Eusebio con una mano en el hombro de la monja. Mientras simulábamos arreglar el proyector para una función de L´ Atalante de Vigo, observamos que tanto la monja como el padre Eusebio parecían estar emocionados por la melodía que retumbaba desde el corazón del piano.

Con Bernardo decidimos, con la ayuda de Little, y la inspiración que nos había dado ver el cuerpo de nuestra compañera pudriéndose pero tratando de comunicarse con nosotros con un pestañeo que también podría ser un diminuto anélido que navegara por la sangre que había quedado bajo sus párpados pedir la ayuda de la amante del profesor para que nos ayudara a ver la reacción de Eusebio y la monja pianista.

Hicimos que Clementina entrara a la habitación, se sentara en la única silla en el centro, casi donde habían encontrado el cuerpo de Sofi, y que simulara estar masturbándose emitiendo algunos gemidos que parecían más de alarma que de placer (no era una gran intérprete Clementina) Al rato, como si se tratara de arañas que reaccionaban a la posible víctima que había caído en su iridiscente y musical hilo, Eusebio apareció por una de las puertas para caminar directo hacia Clementina. Con el extraño capirote blanco con la estrella roja comenzó a besarla en los hombros. La instrucción había sido que Clementina se hiciera la muerta ni bien Eusebio la tocara. El cura intentó primero aprovecharse de ella, ante su resistencia usó la fuerza, y cuando vio que Clementina caía al piso, aparentemente muerta por una bofetada, la excitación del hombre aumentó tanto que pareció convertirse en otro, fuera de sí. Ahí apareció la monja que tocaba el piano, y se arrojó sobre el cuerpo de Clementina para seguir con la violación que el cura no podía consumar.

Clementina seguía actuando como podía con la mirada congelada en el cielo raso como si fuera Sofi, su amiga. La monja dejó caer su hábito, aireando unos pechos turgentes, unas axilas peludas, separó las piernas de Clementina, y sosteniéndola del cuello, intentó introducirle una especie de estaca. En ese momento,  los tres salimos de la cabina de proyección para detenerla. Little le asestó un golpe con uno de los asientos que la dejó knock-out. Yo me encargué del cura, que terminó con la nariz sangrando. Clementina se cargó a la monja directora que, siempre dispuesta a poner el orden, entraba con la voz en alto; mi compañera le asestó un puñetazo en la cara que le partió la nariz.

Al otro día, gracias a las pruebas que pudimos dar, y al testimonio de Clementina, Eusebio fue apresado. En la actualidad continúa entre rejas, donde reza todos los días a un dios que se ha hecho cada vez más difuso para él en la cárcel y que ha tomado la forma de otros hombres.

Pronto supimos algo más, el crimen de Sofía no era el único que había ocurrido ese día. No era sólo Buenos Aires.

En Madrid, en Kiev, en Moscú, en Brasil, en Roma, había ocurrido lo mismo en diversas escuelas, los curas habían comenzado a atacar a sus alumnas; las monjas también. Algunos eran simples asesinatos, en otros casos; violaciones y vejaciones que terminaban con la muerte de la víctima. El día que murió Sofía, ella no fue la única, cientos de adolescentes, mujeres y hombres, habían sido ajusticiados por líderes religiosos de cualquier orden. Las siluetas de tiza se multiplicaban en las escenas de los crímenes. El misterio que habíamos resuelto ya no tenía sentido. No había misterio. Era un caso de histeria colectiva. Una epidemia como la del baile de Estrasburgo de 1518. Una coreomanía del crimen. Pero más amplia; enseguida hablaron  de enfermedad psicogénica masiva. Y si bien las conductas extrañas habían empezado antes, nadie se dio cuenta, nadie denunció a tiempo; nadie notó que las miradas de los religiosos se llenaban de lascivia y que las monjas apuntaban con la punta húmeda de su lengua al piano mientras tocaban en muchas ciudades distintas en el piano el Jesu, Joy of Man´s Desiring, de Johann Sebastian Bach.

por Adrián Gastón Fares

22 de Marzo de 2019

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa había quedado su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes tuvieron que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente.

Glande se había mudado a vivir al centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo el único interlocutor que Glande había tenido para hablar de música y de películas.

Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio.

De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a un profesor de biología. Antes de seguir dejaremos en claro que Lanus Oeste también es visitada por seres de otro planeta, por lo que parece ser un pueblo de una de esas series norteamericanas más que el lugar aburrido que siempre fue.

En el fondo de un chalet californiano una mujer recibe mensajes de extraterrestres hasta el día de hoy, muchos años después del llamado de la abuela de Glande, tantos que ya ni Glande puede atender los llamados de su abuela porque ya pasó a mejor vida.

Pero hay que volver atrás, olvidar la muerte, los ovnis, las noches y los días que pasaron desde el llamado de la abuela de Glande. Volver atrás en un pestañeo o como si el vecino de Glande pusiera marcha atrás a toda velocidad en su taxi para hacer desaparecer a los templos evangelistas que suplantaron a los cines como el Ocean y tal vez, de yapa, plantarlo a Glande de nuevo contra el paredón dando su primer beso, un beso seco a una hermosa venezolana. O arrimarlo a esa reunión en la casa de un amigo en que había pensado que la chica más bella de su curso estaba enamorada de él. Y que su vida sería como una de esas diapositivas de luna de miel que pasaban sus padres los sábados. No hay árbol que de frutos tan dulces como algunas tardes de la pubertad; no hay oleo 25 que refresque los sentidos como haber pensado que la vida sería buena, que el amor se encontraba en un bajar de párpados, casi como lavar las ropas en una comunidad en esas películas postapocalípticas al lado de la chica con la que cambiarás el futuro.

Pero estábamos contando una noche de las noches más comunes y no trascendentales en que el taxista temía al fantasma del profesor de biología.

Entonces diremos que el profesor de biología murió al ser fulminado por un rayo cuando orientaba la antena de televisión.

El resultado fue tan nefasto que de alguna manera el espíritu de este hombre, que vivía con los que compraron la casa tenía un dominio total sobre todas las telas y ropajes de la casa. Cosas de la energía.

Así, podía hacer flotar las cortinas de las ventanas y simular que había una forma femenina detrás.

Podía dar vuelta el moño de una escarapela, deshacer el nudo de las corbatas, hacer levitar un pantalón, arremolinar las sábanas de las habitaciones.

Un día, los vecinos de Glande entraron a un cuarto que tenían vacío y descubrieron donde estaban las zapatillas de gamuza, las toallas, los repasadores, las medias, los manteles que faltaban, todo eso estaba amontonado formando un bulto como una serpiente cuya cara estaba conformada por un traje raído del ex profesor y por dos ovillos de lana que simulaban ojos asomados a los bolsillos. Era como un amigurumi gigante. Pero los amigurumi no se lanzan sobre los que abren las puertas como pasó ese día. Tuvieron que cerrar esa habitación para siempre.

En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que, además del anélido gigante de tela, había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. Y el fantasma tiraba la cadena del baño como si todavía lo usara.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. Y una ex novia de Glande sintió a una persona detrás para darse vuelta y no encontrar a nadie.

El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía un año y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así. Eso lo aterra. Pero más que sus padres creyeran que ese grito inhumano provenía de él.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña (que por lo que sabe Glande en la actualidad también podría ser una mujer abeja)

El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde; ahora Glande cree que esos cónclaves eran las reuniones secretas en las que planeaban destruir a los cines de la calle Lavalle), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad.

Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña (o abeja)

Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma del ex profesor de biología que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Quizá convertido en una mujer. En la Gran Ovilladora, un mito oriental.

Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de los integrantes de su familia que vivieron y murieron antes que él.

Y para recrear, terminar con el cuento de terror esta también aquel hombre que visitaba el trabajo de su padre que le había hecho una carta natal. Su padre decía que las uñas del hombre eran largas, duras, casi espiraladas en sus bordes por la longitud, esas uñas que habían señalado o inventado su futuro, ese futuro donde también había una llamada de su abuela, de esas que no aparecen en las cartas natales.

Si Glande hubiera sabido que su abuela no viviría mucho más habría vuelto esa noche a Lanús para enfrentar al fantasma del profesor y tal vez escuchar el mensaje de los extraterrestres.

por Adrian Gastón Fares

21 de Marzo 2019

 

 

La hermandad de las estrellas fugaces

Si denuncias

No vas a trabajar más

Vas a ser usada

Política

Mente

Si lo contas

El mar no se va a abrir en dos

La prostituta no te va a salvar

Las maderas de la cruz se pudrirán solas

No podrás menstruarla

Nadie recogerá tu sangre

El futuro que no fue

El pasado que es

El arte de la denuncia

Tiene una sola regla

Denunciar al poderoso

Y a la más poderosa

No atacar al de medio pelo

Ni a la que le cuida la barba

Embocarla donde es difícil

En el momento justo

Ahorra calvario

Si tu vida fue injusta

Si te menospreciaron

Anestesiaron

O abandonaron

en el peor momento

Yo conozco un lugar donde se cargan los cartuchos

de una pistola

Que se desliza por el suelo oscuro de una discoteca

Toca Damas gratis

Y pasan electrónica

Tu deber es tomarla cuando pase al lado tuyo

Tu pesada opaca pistola

Calibre no sé cuánto

Que podría terminar con todos los males

Pero nunca la usarás

Descargarás las balas

Dejaras que tus lágrimas las mojen

Y sentada en el vértigo sucio del baño

Leyendo malas palabras en las grasientas paredes

Juntaras fuerzas

Y te levantarás

Y le dirás a es@ otr@ que quiso

Despreciarte

Menospreciarte

Lastimarte

Destruirte

Yo soy tan ubicua

Como tu maldad

Y he retornado para

Que sufras lo que yo sufrí

Te vapulearé

Te arrastrare por el piso

Te haré arañar las paredes

Y mi venganza no estará terminado

Hasta que admitas que tu irresponsabilidad

Tu desidia

Tu indiferencia

Tu intransparencia

La falta de información

La desigualdad de oportunidades

Tu tráfico de

Influencias

El abuso de poder

Sean mitigados

Atenta contra la vida

De este universo que soy

De las que como yo

Venimos de otro planeta

Con una antena atrás

Y otra adelante

Y lo repetirás

Hasta que l@s directiv@s

Busquen sus anteojos caídos

A gachas

Por el piso

Se arrodillen

Y pidan perdón

He aquí el código de honor de la Hermandad de las Estrellas Fugaces

Aquellas que ya pasaron

Y nadie vio

Nacidas entre dos soles

Criadas en un campo

Quebradoras de cuellos de gansos

Encontradoras de

Instrucciones para llegar a la ciudad alta

Despertadoras de gigantes

Creemos mas en los hechos que en las palabras

(se las llevan las ráfagas de nuestras metralletas)

Si te han insultado

Agraviado

Si se han aprovechado de tu origen

Humilde

Somos para llevarte de la mano a al rancho

Desde donde ganaremos la contienda

En donde teñimos

De sangre los vestidos de las damas reales

Somos la vampira mayor

La despertada de noche

La iluminada de la sombra

Y declaramos la guerra por amor

La única que no termina

Porque no sabemos cuando

Ni donde

Como

Empezaron a doler nuestros

Pechos inflados

Por esas niñas que perseguían

A los pollos en el chiquero

Y que un dia

Entre faroles rojos

Tuvieron que soltar las armas

Y levantar las manos

En Villa Diamante

Entonces será

Sin alto el fuego

Sin bajar los brazos

Amor sin principio

Odio sin fin

En la comisura de mi sonrisa

Como en la tuya

Crecen pelos bien duros

Que aprendí a lamerme

Entre dos lunas

Durante la noche que antecede

A nuestra ácida batalla

Por Adrían Gastón Fares

El camino de l@s zombis

Allá por el 2000 escribíamos esto en Imagen y Sonido. Elegí el tema de esta monografía para la materia Estética del cine (en la redacción del texto colaboraron Mariana Fernández y Gabriel Quiroga) Ya había escrito mi primera novela a los dieciocho años que se llamó ¡Suerte al zombi! (trescientas páginas en un estilo medio de novela gráfica, el cine estaba muy presente ahí) En esa época me interesaba la palabra “mood” para la que no encontraba traducción al castellano (atmósfera, pero no me llenaba) Fue antes de que existiera The Walking Dead y el resurgimiento de los zombis (jamás vi The Walking Dead, perdón) Tomemos este texto como un homenaje al recientemente fallecido George Romero, Papa de la iglesia llamada Cine de Trasnoche Independiente. Disculpen el vocabulario académico, espero que sepan que no me gusta ni medio, pero es un texto que fue escrito para una materia de la Universidad de Buenos Aires. Sigue leyendo “El camino de l@s zombis”

La vida sin Mi

Cosas que nos pasan a l@s sord@s tinnutosos cuando nos sacamos los superpotentes audífonos. Me levanté de la cama para ir al baño y encontré el lavabo repleto de agua. Caía en el piso de cerámica y había llegado a la madera. Desastre, si no se me ocurría ir al baño se inundaba el edificio. O por lo menos los pisos que quedan hasta la puerta de calle. Casi termino en el baño como el monstruo de La forma del agua, pero solo (ahora entiendo mejor esa película) Por razones de este mundo desagradable, estoy muy cansado y mi mente agotada de luchar contra los desplantes de las instituciones y las personas de este país (entiendan vivo aquí en este país ) y me puse a limpiar como pude, sin fuerzas esta noche y sin ganas. El tinnitus constante desgasta. Ser sordo en un mundo oyente es un esfuerzo extra. Nadie entiende nada de eso; es bastante horrible la indiferencia. Duele verla de cerca. No sé cómo explicarlo. Otro gran problema que enfrentamos l@s discapacitad@s invisibles es la lacerante creencia en cosas raras que tiene la gente: por ejemplo; conozco gente que diría: hay algo raro en tu baño, por eso fluye la energía del agua. Respuesta: no! Soy sordo y no escucho el agua si no tengo los audífonos colocados. Es increíble pero todo continúa como en la Edad Media. Por eso la identidad es la falta de comprensión, de amor y a veces de futuro. Eso es identidad. Así se forma. Como cierta cosa dura y oscura que crea un personaje de Mr. Time. Conclusión: sin audífonos no escucho un pomo. Tanto que se me olvida cerrar la canilla porque el agua si no la veo: no existe. (Esto ya lo sé desde hace muchos años, pero es mi deber dejar constancia de esto) Conclusión 2: esto podría pasarle a cualquier otro pelotudo, incluso oyente. Pero el oyente tendría que ser más pelotudo que yo para que le ocurra. Mucho más. Síntesis: No escucho. Necesito un perro que me avise cuando pasan estas cosas (pero me gustan más los felinos, que no avisan; en un departamento de dos ambientes un perro es una incongruencia) En fin, cerraré la llave de paso del agua todas las noches (lo que puede llegar a estropearla) Ahora mi gata me lame, razón: adivina la tristeza que es bastante inevitable (el agua que derrama el vaso) salvo que yo asimile estas cosas como pequeñas aventuras (pero soy realista; en la selva no sobreviviría una noche por más optimismo que le ponga al asunto) Pero no es tan malo no sobrevivir como tener que adaptarse encima de no escuchar y al tinnitus a otra cosa: a la costumbre de pasarla mal que propone esta débil sociedad.

PD: al otro día por no oír el silbido de la pava se me quemó el café.

Adrián Gastón Fares

La casa nueva

El camino de tierra todavía está marcado por las ruedas. El coche quedó en el garaje. De vez en cuando lo miramos, con ganas de dar un paseo, pero nos contenemos. Tenemos a quien cuidar. Tuve que armar unas muñecas de trapo. Desde ese día revelador hablamos muy poco con Pececita.

Vinimos, como es habitual, para tener mucho sexo, a veces a un ritmo lento, otras rápido, a veces suave, otras fuerte, a veces intercambiamos roles, nada de monotonía, a mí me gustaba que me digan malas palabras y a ella que la trataran como si fuera una niña problemática. A veces corríamos desnudos por los yuyos altos, otras por la madera húmeda del piso de la casa. Cuando nos hartábamos, cuando ya nos dolía el cuerpo merendamos algo y después nos dedicamos a mirar por la ventana.

Bajábamos las miradas desde el dintel descolorido hasta hundirlas en el verde del pasto y en el marrón de la tierra, ese marrón que enturbiaba nuestra satisfecha mirada.

Las demás casas de esta barrio parecían estar habitadas, pero nunca vimos a nadie. Lo único que se movía más rápido que el vaivén de los pastos por el viento eran algunas lagartijas, esas cucarachas grandes y esos lechuzones blancuzcos que se volaban cuando nos acercábamos. Y nuestra única vecina visible, esa mujer encorvada, la vieja bien flaca, con el pelo desgreñado como si los mechones fueran la llama del sol rojizo que era su cara de borracha. Sigue leyendo “La casa nueva”