La identificación.

Uno de los dos tenía que identificar el cuerpo. Estaban cerca el uno del otro. Uno de los dos debía hacerlo. Le tocaba al mayor.

Pero los dos pensaban que tenía que haber una confusión.

¿Cómo dos hermanos, un hombre y una mujer, que habían vivido toda la vida en la misma casa, estaban tan seguros de que no tenían otro familiar?

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada. Y que los llamaran para avisarles que esa persona muerta tenía en sus bolsillos la dirección de ellos por si algo le pasara.

Le había pasado. Y ellos estaban esperando para reconocerlo y que la burocracia más rápida de todas, la de la muerte, pudiera respetarse.

Ella no tenía idea de dónde podía haber aparecido esa persona. A los treinta y tantos todavía era virgen, no había conocido hombres. Él se había separado de su única novia hacía mucho tiempo y ahora era tan sólo una amiga.

No podían comprenderlo.

Trataron de averiguar el nombre del muerto, pero nadie quiso decírselo. Mejor dicho, se lo dijeron en algún momento; era impronunciable.

No quedaba otra que esperar en la antesala, atestada de personas, de ese hospital público hasta que lo llamaran; al hermano mayor.

Se miraban unos a otros, sin entender, inseguros, hombres y mujeres. Con los ojos como un huevo frito por el asombro y el vacío.

Era una doble pena para ellos que apareciera un familiar, un muerto, ido que no debería haber aparecido. Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas. No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Se habían ido antes.

¿Cómo podía morir un familiar que nunca tuvieron?

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de yema de huevo de los demás presentes, de los empleados, incluso se sacó una fotografía con su teléfono inteligente y la miró, para comprabar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja, prefería que la solución para escapar apareciera del piso de baldosas grises del hospital. Algo se arrastraría. Algún papel, quizá el que llevaba el que lo esperaba en la morgue en la billetera, volara para introducirse en su campo visual.

Sabía que su hermana estaba tomándose fotografías. Todo le parecía inconcebible.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos estirados entrando y saliendo en camillas.

No pasaba.

Tampoco lloraban los demás que esperaban. Por lo tanto, la sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los hermanos.

La puerta de la morgue se abrió.

Salieron una mujer y un hombre de unos treinta años. Sorprendidos. Sus ojos brillaban, despiertos.

La enfermera los llamó.

La hermana quiso entrar también para reconocer el cuerpo junto a su querido hermano.

Estuvieron diez minutos tratando de comprenderlo.

Mirando al que yacía en esa camilla, largo, robusto, enorme, como era. Parecía ser tan inmenso. Si había otros cuerpos en otras camillas no los percibieron.

Ante el occiso, trataron de llorar, de sentir alguna tristeza más honda, pero no pudieron.

Salieron tomados de las manos, caminando tan rápido como podían porque no querían que los otros buscaran respuestas en sus miradas y en su manera de caminar algo apresurada.

Empujaron la puerta grande del hospital y bajaron los escalones. Se dieron cuenta de que había manchas oscuras irregulares a los costados, mirando con el rabillo de los ojos. A media cuadra voltearon sus cabezas.

La fila para entrar al hospital seguía recta hasta perderse en el horizonte. Dos cabezas juntas, dos por vez.

por Adrián Gastón Fares, 25 de octubre de 2019.

Basta y se acabó.

Nunca hay que doblegarse a uno mismo.
La gendarmería está para eso.
Nunca hay que ceder a las estupideces de los demás.
La muerte está para eso.
No hay que pensar otro camino
Otros están para acompañarnos en esos traspiés.
Calmos.
Sin llamar la atención.
Pero cruzando miradas.
En un paso tras otro.
Nos entendemos.

Los que hemos sabido mantenernos firmes e imperturbables (y transformables cuando era y daba)

Aunque sea abrazados al suelo.

Es mejor tomarse otro Fernet en soledad que aceptar un trago más caro.

De esos sofisticados que seducen absortos por el poder.
Y atontados por el éxito.

Los que no saben el valor de una palmada de aliento en la espalda.

Que uno aprende tarde en la vida.
Como si ya no la quisiera.
Ni la necesitara.

Pero revive el cuidado.

Nuestra vida no fue cómoda.

Nuestro destino fue siempre sobrevivir
A una pelotudez detrás de la otra.

No conozco bombas
Cómo esas.

Ni columnas que no se dispersen ante el derrumbe.

Somos el derrumbe.

Y las piedras esparcidas.

La vida es dura
Y no hay estupidez compartida en Facebook que aminore
Lo dura que es.

Son paliativos idiotas que no convencen ni al que los comparte.

Esas palabras de más que nunca difundo.

Por Adrian Gastón Fares.

Suerte al zombi. 47. Fin.

47. FIN.

En una ruta desierta dos jóvenes estaban haciendo dedo. La bola que era el sol se veía nítida sobre sus cabezas, aprisionada en el azul. La temperatura era elevada, la mayor de todo aquel largo verano.

Mejor dicho, sólo uno de ellos estaba haciendo dedo, levantando su pulgar, mientras el otro fingía que orinaba contra un pequeño árbol a un costado del asfalto. Los jóvenes vestían pantalones deshilachados y remeras descoloridas. El que hacía dedo era más alto que el que orinaba y tenía entre sus piernas un portafolio marrón, el único equipaje que los dos parecían llevar.

El que estaba orinando terminó de hacerlo y se subió el cierre mientras ponía cara de alivio.

—¡Qué meada me mandé!

El joven alto siguió pensativo, haciendo dedo a inexistentes autos conducidos por invisibles conductores. El que era bajo, miraba los yuyos con desconfianza y no se decidía a sentarse sobre una piedra. De repente, una forma empezó a perfilarse en la línea gris.

Era un Chevrolet 68’ rojo, sucio y oxidado. El joven alto alargó su dedo gordo en una posición erecta imposible para un ser humano y empezó a rezar para que el auto se detuviera. El otro joven se acercó. Los dos bajaron la cabeza, como si el sol les molestara, para que el conductor no vea sus caras y acelere.

—¡Por Dios que pare!—dijo el que estaba con el dedo levantado.

El coche no aminoró la velocidad; pasó soplando los flecos de sus ropas. Torcieron sus cabezas para seguirlo:

— ¡Hijo de putaaaa!— gritaron.

Vieron que frenaba más adelante y retrocedía.

Se detuvo al lado de los jóvenes y una voz grave, tranquila, proveniente de la ventanilla baja del acompañante se esparció.

—Hola, chicos.

—¡Hola, señor!—corearon.

—¿Van para Catamarca?

—Es nuestro destino—contestó el joven más alto.

Silencio. Una pistola asomó por la ventanilla del acompañante, empuñada por una mano velluda.

—Cómo el destino de ustedes es mi destino, les aviso que si tratan de joder el mío les hago mierda el de ustedes en un abrir y cerrar de ojos.

—¡No va a haber problemas, señor!—contestó el más bajo mientras sonreía.

—Somos de buena familia—dijo el de piernas largas.

La mano con la pistola desapareció. Luego, la mano levantó la traba de la puerta trasera.

—Bueno… me gusta charlar con algunos mientras manejo por esta ruta chota. ¡Suban! ¡Los dos atrás!—demandó la voz gruesa que salía del interior.

El joven bajo miró al alto y sonrió.

—¿Estás seguro, Chula?

—Sí, tenemos que resolver los dos juntos un temita ahí.

—¿No serán trolos ustedes dos, no?—inquirió la voz dentro del auto—. No me gusta hablar con maricas.

—Morimos por las mujeres—dijo Olga.

Ya adentro del auto, el conductor se dio vuelta. Era un viejo. Sucio. Sin afeitar. Sus legañosos ojos brillaban.

Chula acomodó el portafolio entre sus piernas.

—Cuando lleguemos los voy a llevar a un lugar especial, es en un pueblito alejado de la ciudad, una de las chicas tiene tres tetas. ¡Un caso entre miles!—. Esperó escuchar la risa de los jóvenes que nunca llegó— ¡Tres hermosos pezones para chupar, uno al ladito del otro!

Los jóvenes sonrieron. El viejo enarcó las cejas al mirarlos nuevamente por el espejo.

¡Qué mal que estaban!

Sin embargo, el aspecto de los muchachos no llegó a impresionarlo ya que, debido a la sangre que habían derramado en los últimos meses, habían recuperado mucho del color y brillo de cuando estaban vivos.

Muchos asesinos —rateros que robaban camperas— habían gritado con ellos y también habían mandado a más de una docena de políticos al infierno; sin embargo, no habían podido encontrar a los asesinos de Luis ni a los del fotógrafo, tampoco a los de la Embajada. Entonces, decidieron probar en Catamarca.

—¿Saben lo que me gusta de ustedes, chicos?

Los jóvenes no contestaron, estaban pensando en la experiencia que habían ganado en los últimos días y lo que tenían planificado para Catamarca.

—¡Que tienen tanta vida por delante!

El conductor apretó el acelerador aún más y el auto bramó, hundiendo los neumáticos en el asfalto, tragando más marcas amarillas y dejando una larga marca negra en el pavimento.

FIN.

SUERTE AL ZOMBI, novela, por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 46. La calavera rodante.

46. LA CALAVERA RODANTE.

Luego de un tiempo, la gente de Mundo Viejo la descubrió. Y empezaron a hablar de ella. Algunos decían que traería suerte a aquel pueblo olvidado. Entre estas personas se encontraba Fanny, la anciana que vivía cerca del cementerio. Otros pensaban que aquella calavera pronosticaba el fin del lugar y que las vacas aquel año darían poca leche. La mayo parte de la gente creía que era algo sagrado y, como tal, argumentando que era artificial, ni la policía del pueblo se atrevió a tocarla. Así que aquella calavera quedó allí mucho tiempo.

La anciana murió y la calavera vio cuando el coche negro la llevaba hacia el cementerio: Fanny Cortés decía la placa. La calavera recordó la última vez que había visto una placa.

Y empezó a llover. El agua inundaba las órbitas y afluía en las fosas nasales.

Muchos años pasaron y la calavera vio pasar a muchas personas: a algunas las aprendió a querer y les sonreía; a otras las odió eternamente y le mostraba los dientes.

Inmutable.

Allí, arriba de aquel pequeño montículo de madera podrida, daba la bienvenida a las pocas personas que se atrevían a conocer Mundo Viejo.

Ahora bien, una leyenda empezó a oírse en todo el pueblo.

Se pasó de boca en boca, cómo se pasan todas estas historias, y fue contada de noche en fogones y fiestas. Era una leyenda tan extraña como inverosímil, pero así son las leyendas, ¿no? Y todos estaban seguros de que no era un simple cuento. Todavía la creen en Mundo Viejo.

Se dice que la calavera que reposa en el árbol rueda por el antiguo camino al anochecer. Muchos dicen haberla visto desprenderse en las nudosas raíces del árbol y entonces rueda hacia las calles de Mundo Viejo.

También dicen que se lleva el alma de la personas malas, que le pide a los niños que se porten bien y que grita el nombre de una mujer a su paso.

Hacia el fin de la noche, cuando despunta el sol en la línea del horizonte llano, la calavera retorna al tronco del árbol y se mantiene allí hasta el atardecer del día siguiente.

Un año tras otro, el cráneo se conserva.

Algunos avispados acotan que alguien lo renueva por una copia, otra escultura calaverosa, al fin de cada año que pasa.

El nombre no cambia, le dicen: la calavera rodante.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 45. Eduardo y la calavera.

45. EDUARDO Y LA CALAVERA.

Después de meter los retazos del saco de Luis que habían quedado por el piso, López levantó la pesada bolsa y empezó a caminar. Garrafa se acercó y agarró una punta, para ayudar a su amigo. Mientras llevaban los restos de Luis Marte, los dos hombres iban hablando y riendo. Hacían bromas malas y otras que no lo eran tanto. Tanto se rieron y tanto hablaron que no se dieron cuenta que la cabeza del joven se les había escurrido por un agujero de la bolsa agrandado por el peso y el movimiento.

La cabeza de Luis cayó al suelo y rodó por una pendiente que había al costado del camino al crematorio, se introdujo en el espacio existente entre dos mausoleos y resbaló hacia la pared exterior del cementerio, saliendo por una hendidura causada por la raíz gigante de un viejo sauce que crecía pegado a la misma, afuera del cementerio. Quedó escondida atrás del arrugado tronco.

Frente al árbol, un viejo camino de tierra conducía a la parte menos habitada de Mundo Viejo. Cruzando el sauce y caminando unos kilómetros se veían casas precarias que intentaban formar un nuevo barrio en el pueblo. Cerca, había una estación de ferrocarril casi abandonada —el tren sólo pasaba una vez al día—, arañada por el tiempo.

La cabeza de Luis reposó, apoyada en la parte del tronco que enfrentaba a la pared del cementerio. Allí empezó a pudrirse rápidamente.

Después de aquel día, en el que por primera vez en mucho tiempo se vio salir humo del crematorio del cementerio —un mausoleo abandonado— y el olor a carne quemada impregnó la ropa colgada en el jardín de la anciana Fanny, la persona que tenía la casa más cercana al cementerio; después de ese día, pasaron siete más hasta que la cabeza de Luis quedó convertida en una verdadera calavera, lustrada por los hambrientos gusanos que trabajaron sin descanso.

Unos días después, Eduardo, un chico de ocho años, estaba sentado cerca del árbol con un amigo y se acostó boca arriba para dormir una siesta. Un moscón se le posó en su mejilla. Eduardo abrió sus ojos y lo ahuyentó. Al dar vuelta su cabeza para asegurarse de que el insecto no volviera a molestarlo, su corazón dio un vuelco.

Se encontró con una calavera que lo observaba a través de sus cuencas. Una calavera que parecía sonreír ya que estaba completa. Al chico le causó impresión, pero se rió al imaginarse la cara que pondría su amigo cuando se la mostrara.

Luego, soltó otra risa mientras la miraba. Parecía simpática, amigable. Le gustó tanto aquella rareza que había encontrado que la agarró entre sus manos y se la mostró a su amigo, que empezó a gritar y se alejó corriendo hacia el pueblo.

Eduardo miró a la calavera y la contuvo en sus manos, asegurándose de que el maxilar superior coincidiera con el inferior. Pensó en llevársela a su casa. Pero se dio cuenta que no era buena idea ya que su madre la tiraría. Con lo supersticiosa que era. Una idea mejor acudió a su mente.

Era una broma. Tenía que ver con un chiste malo que había leído. Un chiste malo que venía en un chicle.

Se dijo que no valía la pena llevar la calavera a su casa, sólo para que su madre se asustara y la tirara, sino que quedaría mucho más linda en aquel lugar. La gente tonta del pueblo la vería al pasar y le tendría miedo. Todos la respetarían. A los más viejos les gustaban las calaveras. Como a Fanny, que era tan vieja que pronto se convertiría en una de ellas. ¿Cómo no le iban a gustar?

Entonces, antes de irse a buscar a su amigo, dejó a la calavera apoyada sobre los anillos del tronco de un árbol que se había partido. Luego la saludó con su mano y bajó por el camino.

Desde aquel lugar la calavera empezó a observar el angosto camino en pendiente, a través de aquellos huecos oscuros que alguna vez habían contenido ojos.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 44. El libro.

44. EL LIBRO

Cristóforo escribió sobre Luis Marte[1]:

Había empezado la contienda un dios —pueden ustedes agregarle mayúscula si quieren— loco, senil y depravado, al haberlo despertado de la muerte con el objeto de que un alma humana pudiera habitar un cuerpo en descomposición, experimentando el fin de su obra maestra. No sólo la creación (nunca existió nadie que la recordara; tal vez éste fuera su próximo plan: enloquecer a un humano con el imposible recuerdo de la concepción), sino también el derrumbe del ser humano conforma la totalidad de su obra.

Todos sabemos que hay escritores que por no cambiar una palabra escriben diez páginas. Nuestro dios por no desechar el esfuerzo de la creación y muerte del ser humano le ha inventado una vida. Refunfuñando. Planificó así instancias superiores pero no inferiores, construyó un cielo y un infierno que permanecen vacíos hasta el día de hoy.

Aquí sabemos que la eficacia del señor Garrafa para construir mausoleos —otras son las consideraciones estéticas que podamos tener sobre nuestros aposentos— se hace evidente en su lento derrumbe; si éstos duraran para siempre no tendríamos manera de calificar. El obsesionado dios, cansado de los fríos juicios objetivos sobre el final de su obra, ha desencadenado los subjetivos. Por ésta razón, el dios había premeditado el despertar de algunas personas en sus lechos de muerte para que comprendan la belleza de lo que ha sido y así deleitarnos con la visión de nuestra organizada desorganización. Nos hemos tenido el mismo privilegio. Nuestros ojos se cerraron y se abrieron en días distintos pero cuando ya nos hubieron paseado en nuestra entrada triunfal por el cuartucho de los sepultureros de Mundo Viejo. Pertenecemos a otro estrato social de la inexistencia, pero por lo menos no hemos sido mancillados por estos dos pánfilos como le tocó en suerte a Luis Marte.

Aunque algunos hemos visto cómo la súbdita carne resbalaba por nuestros huesos. Y todo esto de manera metódica (no tengo ganas de describir los pormenores del hecho, ni creo que haga falta ya que todos ustedes los conocen); impulsándonos a convertirnos en valientes avestruces husmeando debajo de sus propias pisadas, verificando que bajo tierra no haya un silencioso mecanismo de relojería sacándonos la lengua. O enterrado en el medio del sol. O en una mosca.

¿Y si afuera de Mundo viejo, del cementerio, los humanos han encontrado la inmortalidad, si viven para siempre, muertos de risa cuando piensan en los antiguos cementerios? ¿No estaría mal eso? ¿No sería injusto con nosotros que no pudimos disfrutar de los mismos avances científicos, por irnos antes, o lo que fuere que les ha permitido a ellos seguir en esa comunidad mientras nosotros aquí estamos?

Oliendo el pasto mojado o sintiendo la tierra apisada por la lluvia. Aunque sea un placer para algunos, entre los que me encuentro.

Deberíamos salir a las calles, andar por ahí, peregrinar hasta otros cementerios para levantar a los demás, avivarlos, aunque todos los muertos vivientes seamos diferentes, y no exista un único muerto viviente, la lucha es digna y nuestro peso conjunto debería derribar el cuadrilátero de cemento que nos contiene.

Incluso si nos levantamos, nos unimos, empujamos todos juntos, y caminamos destartalados, erráticos, no menos de cómo lo hacen los vivos por estos pasillos de mala muerte, tal vez nos miren con otros ojos (o nos presten los suyos) y así hagan hasta arte, creaciones cinematográficas o literarias inclusivas, donde nos representen de otra manera a la habitual. Sólo el recuerdo, cansa, aburre. ¿Quién sabe? Tal vez en el mundo de los vivos ya existen estas creaciones que nos alegrarían el alma y harían crujir de alegría nuestros huesos.

Es necesario que nos empoderemos. Basta de depender de que otros decidan dónde tenemos que descansar, qué flores nos gustan, qué fotografías encajar en los portarretratos, y más que nada, cuál ha sido la verdad de nuestra vida.

Claro que para eso necesitaremos energía. ¡Ideas nuevas! No se me ocurre de dónde podemos sacar esas energías más que estirando nuestras intenciones en línea recta hacia la cabeza de los que están vivos, acercando nuestras bocas, nuestros ojos y nuestros oídos a los de ellos. Es una posibilidad.

De cualquier manera, no hay que contentarse con la pronoia de un muerto más de Mundo Viejo, la realidad es siempre distinta y todos aquí percibimos las cosas y tenemos losas, tumbas y mausoléos, así como ataúdes y también, porqué no, virtudes distintas.

Mejor que usemos la fuerza y la bronca de la certeza que nos une, ¿no?

Y lo único cierto es que no estamos ni aquí; estamos muertos.

por Adrián Gastón Fares.

[1] El manuscrito, aunque casi ilegible, séptico, e inexistente, ha sido descifrado y transcrito.

Suerte al zombi. 43. Y la cabeza giró en el aire.

43. Y LA CABEZA GIRÓ EN EL AIRE.

 

Y la cabeza de Luis giró en el aire.

SUELO, SEPULCROS, CIELO, SEPULCROS, SUELO, SEPULCROS, CIELO.

En ese momento, mientras su cabeza daba vueltas, Luis vio al daimon subido a un mausoleo, sentado en el techo.

Le sonreía.

¿Por qué de esa manera?

La respuesta no le importó por mucho tiempo a Luis Marte ya que al dar otra vuelta (sepulcros, suelo, sepulcros, cielo) el daimon había desaparecido.

“No fue malo vivir…”, fue lo que se dijo en aquellos últimos momentos, mientras la cabeza caía en el interior de la bolsa de residuos que sostenía López.

“No fue malo vivir…, pero podría haber sido mucho mejor”.

No tuvo tiempo de echar culpas, ni a sí mismo, ni a los demás.

Abrió la boca, recibiendo la oscuridad.

El negro del interior de la bolsa lo absorbió.

Y Luis se durmió dentro de su calavera.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 42. Atajala.

42. ¡ATAJALA!

El sol convirtió aquella noche fresca en una mañana calurosa. Luego de lavarse las manos y mojarse la cara, Garrafa caminó hacia López. Su amigo ya se había aseado y se encontraba mirando el montículo con fascinación. Lo contemplaron callados juntos por unos segundos.

Levantaron los restos de Luis. Los metieron en una bolsa de residuos negra. La sostuvo Garrafa entre sus manos y, cuando estuvo suficientemente llena, la dejaron en el piso y siguieron tirando extremidades dentro. López se agachó para mirar lo que quedaba de la cabeza de su víctima.

—Garrafa, el ojo de esta porquería se está moviendo.

—Estás más borracho que yo, viejo… yo no veo nada que se mueva—dijo Garrafa mientras entrecerraba los ojos y fruncía la frente.

—Agachate, boludo. ¡Si sos más ciego que una lombriz!

Garrafa se acercó a la cabeza de Luis y la miró por unos segundos. Luego, torció su cabezota hacia López.

—Es verdad que se mueve el ojo del guacho—Le echó una escupida a la cabeza.—¡Ja!…si hasta pestañea el hijo de puta.

—¡Qué raro, Garrafa! ¡Qué raro! En veinte años de andar con fiambres, nunca vi ni que se tiraran un pedo.

—Pero eran muertos normales, no engendros como éste ¡Nunca enterré a un anormal en mi puta vida!—dijo Garrafa.

—¡Ajá! Puede ser eso—admitió López—. Capaz que son tan tontos que ni se dan cuenta que están muertos.

—Creo que sé lo que es este tuerto, López—Garrafa dibujó una sonrisa cómplice en su cara—. ¿Sabés lo que es?

—¿Qué?—dijo López mientras se erguía tocándose la espaldas con un gesto de dolor.

—Un zombis.

—¿¡Un zombis!?

—Sí, un zombis. Más vale que lo juntemos rápido y lo llevemos al horno. No quiero zombis en mi cementerio. No vaya a ser que se reproduzcan.

Volvieron a mirar callados lo que quedaba de Luis. Después, López comenzó a reír a carcajadas.

—¡Un zombis en tu cementerio!—Miró el montículo, donde el ojo de Luis los observaba desde su cabeza pestañeando mecánicamente de vez en cuando.

Garrafa le guiñó el ojo a López y soltó una carcajada. Rieron juntos. Luego, Garrafa levantó la bolsa y se la pasó a su amigo, diciendo:

—Lo quemamos y, ya que estamos, le llevamos el cuerpo de la piba al pálido: el cementerio va a estar cerrado hasta el mediodía.

—Pasame la cabeza—dijo López mientras abría la bolsa.

Garrafa se agachó y la levantó.

—¡Atajala!

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 41. El montículo prominente.

41. EL MONTÍCULO PROMINENTE.

La linterna que arrojó Garrafa terminó a ocho metros de distancia de la escena principal y enfocaba caprichosamente hacia los dos hombres que descargaban sus palas contra el cuerpo. En la pared del mausoleo que estaba detrás del banco de piedra, las sombras de dos hombres copiaban los movimientos de bajar y subir, hundir la pala y sacarla. A veces las palas tocaban el cemento y el acero gemía. El cuerpo de aquel joven parecía estar desgastado y las extremidades se desmembraban con facilidad.

Fue así como Luis Marte quedó diseminado en varias partes, al compás del ritmo decadente danzado por los cuerpos de aquellos seres vivientes. En aquel momento, cortar y mutilar se volvió en un ritual sagrado para los sepultureros. Algo que habían llevado dentro mucho tiempo resurgió y se adueñó de sus carnes. Al moverse locamente alrededor del cuerpo, levantaban el polvo acumulado en la calle principal del cementerio y respiraban las finas partículas, sintiéndose fuertes mientras llevaban a cabo su trabajo bajo la luz de la luna.

Más tarde, sus manos fueron instrumentos tan útiles como lo habían sido la palas. Éstas fueron abandonadas cuándo la madera vieja del mango había empezado a llagar las manos.

Brazos, antebrazos, piernas, cabeza, manos, pies, cuello y torso diseminados por el suelo. Conformaban un macabro universo en torno a los verdugos.

Pronto, Luis Marte quedó reducido a un montículo prominente. Entonces, se dieron cuenta de que era tiempo de parar. Lo hicieron.

Un tímido fulgor los amaneció camino al cuartucho.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 40. La verdadera fiesta.

40. LA VERDADERA FIESTA

La poderosa luz era propiedad de los ojos de los dos sepultureros, que no veían ante sí más que la oportunidad de terminar un día aburrido con una anécdota nueva, vaciar su furia contenida por mucho tiempo y tener una nueva razón para emborracharse de por vida. No caminaban ni hablaban como borrachos porque se habían despabilado al ver a Luis. Garrafa llegó empuñando la pala. Y todo lo que sucedió después fue rápido como la muerte.

López logró arrancar de los brazos de Luis a Fernanda y la dejó tirada en el suelo, en un costado, desnudada por el manoseo, con el vestido blanco cubriendo sólo las extremidades inferiores del pálido cuerpo.

Garrafa se enfrentó con Luis, que se había parado con la cabeza totalmente colgando sobre sus hombros y movía sus manos en el aire haciendo inofensivas cabriolas mientras gruñía. La mole descargó la pala cuando el ser le dio la espalda y le quebró la columna vertebral.

Luis cayó al piso y se ovillo como un feto. López se acercó y descargó una patada en el estómago del joven muerto. Éste apenas se movió. Luego le dio con el filo de la pala en la mano derecha. Ésta se separó del resto del cuerpo.

Los dos miraron extrañados la mano cuando vieron que los huesudos dedos seguían moviéndose. “¡Éste ser está poseído!”, pensó Garrafa. “¡Es el demonio!”, se dijo López y aplastó la mano con su zapato. Los huesos crujieron. Garrafa gruñó y tiró la linterna hacia atrás.

Ahí fue cuando empezó la verdadera fiesta.

 

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 39. Garrafa y López versus Luis Marte.

39. GARRAFA Y LÓPEZ VS. LUIS MARTE

López se acercó aún más al joven y advirtió que seguía moviéndose.

El palazo le había partido el cuello y la cabeza colgaba de los hombros; sin embargo, el joven seguía abrazando a la muerta. Incluso los disparos de Garrafa no parecían haberle molestado.

Garrafa apretó el gatillo de vuelta. La pistola hizo un chasquido y no disparó. Había gastado las únicas tres balas que tenía. Apoyó la pistola en el piso y se acercó a una pared que había cerca. Dejó a López en la oscuridad junto al engendro y regresó empuñando una gigantesca pala. Caminó hacia López, mientras sostenía en una mano la pala junto con la linterna y con la otra se sacaba la sucia remera blanca. Arrojó la remera al piso. La enorme barriga se bamboleaba sobre sus gastados jeans. En sus ojos brillaba una luz pegagoza, la que reflejan en la noche las almas furiosas.

Los ojos muertos de Luis habían llevado aquella luz en La Esquina del sol, cuando se adentró en la pista de baile aquella noche. Esos ojos también habían reflejado la luz varias veces; cuando mató a los que serían sus amigos y al remisero, al optar por caminar para siempre y al decidirse a sacar a Fernanda de su nueva casa en el cementerio. Sin embargo, aquella luz se había extinguido para siempre, tal vez por culpa del aire fresco que entraba en aquella cabeza abierta de un golpe.

Ahora, los ojos de Garrafa eran los que brillaban; los de Luis eran más que nunca dos canicas lecheras dispuestas a rodar. No todo era malo; sus ojos blancos no brillaban pero reflejaban la cara de Fernanda. La suya era una derrota alegre; seguiría luchando por lo que quería, por su amada Fernanda, porque otra cosa no había. Y era un buen motivo. El único que tenía en ese momento.

Los muertos mueren, y algunos no se mueven como Luis, pero todos siguen girando en la órbita del planeta. Y esa órbita a él lo había acercado a lo que él percibía como cariño y amor y responsabilidad; aún siendo un muerto viviente.

Miró otra vez de reojo, sin poder mover la cabeza, y vio que la mole se acercaba con la pala gigante. Clavó su mirada en los párpados pegados en la funeraria, ya no tanto, de Fernanda. Algo se entrevía, algo blanco; el repetido, triunfal, blanco.

Nada hay tan oscuro como el blanco.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 38. El mundo dando vueltas.

38. EL MUNDO DANDO VUELTAS

El primer disparo le dio en el hombro a Luis. Siguió abrazando a Fernanda. El segundo penetró por su cuello y lo traspasó para dar contra la pared de un mausoleo. Agradeció no sentir el dolor. Se dispuso a seguir abrazando a Fernanda, protegiendo a su cuerpo de las balas. Puteó nuevamente a Dios.

Garrafa apuntó al mentón de Luis y disparó. Erró, pero López se acercó blandiendo la pala gigante.

Luis estaba agachando la cabeza para cubrir la de su amada, cuando vio como el mundo daba vueltas rápidamente. Pudo ver todas las paredes del cementerio, incluso las que estaban a sus espaldas. Luego, la cabeza colgó de su destrozado cuello y ya no la pudo mover. Así que tuvo que contentarse con mirar a Fernanda a los ojos y observar de reojo lo que le estaban haciendo a él.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 37. El Deformado.

37. El Deformado.

La luz de la linterna ametrallaba la imponente cara de Luis. Sus desencajadas facciones desafiando al círculo de luz amarillenta.

Lo que Garrafa y López vieron fue una cara que era mitad calavera. Pensaron que estaban delante de una abominación, un aborto de la naturaleza, pero entendieron que gente como esa existía, aún en un pueblo tan pequeño como Mundo Viejo. Aquel engendro tendría que ser el hijo deformado de alguna viuda, tal vez de una vieja loca que lo tenía encerrado de por vida. En la alucinada mente de los sepultureros, Luis era el engendro que había logrado escapar de esa vieja loca y fue a robar cadáveres al cementerio. Lo había mandado el hijo del doctor para que le llevara hasta sus manos aquella chica —tal vez le pagaría menos que a ellos—  y el pibe aprovechaba la ocasión para manosear al cadáver. Era un vástago aborrecible que nunca debió haber nacido.

De esta manera funcionaba la imaginación de estas personas a la luz de la luna, alimentada por cientos de historias oídas. No veían al verdadero Luis, muerto y podrido. Tan solo lo percibían como lo que podría llegar a ser en una de sus historias predilectas. Resultó ser que en las historias predilectas de Garrafa y López no existían los zombis, así que ellos se conformaron con lo que les decían las millones de historias escuchadas por las calles del pueblo y una de las más conocidas decía:

 “Hay una vieja que tiene a un hijo, bobo, deformado y feo. Esta vieja lo odia, no lo puede ni ver y por eso lo encierra en el sótano, donde —de vez en cuando— lo alimenta con las sobras de sus comidas y alguna que otra rata muerta”.

Garrafa y López se miraron, casi asintiendo con sus cabezas. Sus ojos decían: “Sí, el hijo de la vieja loca”. López sonrió aún más y volvió a mirar al mito que abrazaba el cadáver.

Una sensación extraña, intensa, se adueño de los sepultureros. Los dos volvieron a mirarse. La sensación se hincó mucho más en Garrafa.

Sintió ganas de matar al joven, de dejarlo tan muerto como parecía que estaba. No dejó de apuntarlo con la linterna y se aseguró de haber sacado el precinto de seguridad de la pistola.

A López se le hincharon las venas de su brazo derecho mientras apretaba con toda su fuerza la pala y la levantaba por arriba de su cabeza. “Qué ganas de partirle la cabeza”, se dijo. Garrafa levantó el percutor de la pistola.

—Si querés este cuerpo, tenés que pagarlo—dijo arqueando sus peludas cejas.

—Sí, chabón… los cuerpos acá no son gratis—aportó López.

—Y cómo estoy seguro de que vos no tenés un peso, podés ir soltando a la mujercita si no querés que te deforme más la jeta.

—Le robó el traje al tío—le dijo López a Garrafa—. ¡Cómo apesta el sucio!

Luis abrazaba a Fernanda y miraba hacia la linterna con los ojos nuevamente blancos. Trató de decirles a los tipos quién era, pero ningún sonido salió de su garganta.

López bajó la pala y lo señaló mientras se daba vuelta hacia Garrafa.

—¡Miralo! Es tan retardado que no sabe hablar. No debe saber como se llama; ni siquiera debe saber que es un macho y tiene pija. Yo digo que le demos una lección a ver si aprende algo.

Garrafa despegó sus ojos de los excitados de López y miró nuevamente al desdichado muchacho. Éste abría la boca y parecía querer hablar con el cielo, balbuciendo algo ininteligible. El balbuceo aumentó de volumen y Garrafa escuchó lo que esa cosa de traje intentaba decir.

—¡Cómo hiciste conmigo!—Luis miraba al cielo y gritaba con voz gangosa y gutural—. ¡Cómo hiciste conmigo, hijo de puta!

Garrafa miró a López. Dejó de enfocar a Luis y apuntaba al suelo.

—¡No se putea a Dios de esa manera!…no importa lo deformado que estés ¡No se putea a Dios!, ¡no en un cementerio!—La cara de Garrafa iba morándose de la emoción, toda su sangre parecía correr a su cabeza, como si estuviera dado vuelta—. ¡Y menos en mi cementerio!—Luego añadió, sin dejar de mirar hacia el banco de piedra:—. Digo que matemos a ésa porquería, López.

—Basta que yo no tenga que cavar su fosa.

—No hermano, lo quemamos.

Las puteadas de Luis al cielo parecían haber ganado volumen.

—Vamos, López—ordenó Garrafa y apretó el gatillo.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 36. Luis y Fernanda.

36. LUIS Y FERNANDA.

Cuando la noche ya había tomado posesión del cementerio y sólo creaba sombras la impresionante luna llena, Luis Marte se decidió a trepar la cúspide del panteón más antiguo del cementerio: el de la familia Goya. Allí habían dejado los restos de la joven de la cual él se había enamorado. Sus piernas parecían más afianzadas que nunca, impulsadas por el febril amor.

Primero, se sacó los auriculares y dejó el walkman en el piso. Luego, se las arregló para subir por el tronco de un olivo que crecía junto a la cripta. No le importó que rebanadas de su piel quedaran adheridas al tronco.

Ya arriba, descubrió una ancha claraboya de ventilación, ubicada en uno de los costados del cuadrilátero de cemento que servía de techo a los muertos de la familia Goya. Un inmenso ángel, cuyas alas estaban desplegadas como si estuviera dispuesto a dar un vuelo por el conjunto de mausoleos, se elevaba a la izquierda de Luis, cerca de la claraboya. El joven zombi se agachó y trató de ver a través del vidrio sucio.

Los familiares de Fernanda habían dejado dos velas grandes sobre una repisa, alumbrando a cada punta del féretro. Los pabilos apenas existían, pero las llamitas dejaban ver ciertos contornos fantasmales. Lo que Luis veía no le ampliaba mucho el conocimiento del interior de la cripta. Sí notó que algunos ataúdes, que parecían tener doscientos años de antigüedad porque casi no reflejaban la luz, parecían grises, de otro mundo, estaban apilados sobre las otras repisas. ¿Eso era el tiempo, no?, pensó.

Y también pensó que aquellos mohosos féretros no se diferenciaban mucho de los libros. Éstos dialogaban con una persona, la hacían reír o llorar, para luego, una vez terminada su lectura, ser olvidados y apilados en sucias bibliotecas. De la misma manera, esas personas de allí abajo habían reído y llorado junto a irrespetuosos nietos e insoportables hijos para convertirse, con la muerte, en archivada roña. Sólo había una diferencia: los buenos libros son recordados para siempre, mientras que las personas nunca podrían ser tan buenas como los primeros. Bueno, Fernanda sería seguramente como el mejor libro que haya leído en su vida. Tan sutil y bella como un millón de palabras lanzadas al azar y, aún así, conformando la mejor historia.

Luis se concentró en el ataúd y le pidió a la luna que su descomposición no se acelerara. Solamente quería que se le dejara tener en sus manos a la chica de sus sueños…

¡Era inútil!, no podía ocultarse a sí mismo el hecho de que tenía la esperanza de que volviera de la muerte como él lo había hecho. Si había pasado una vez… ¿por qué no otra? Si esto ocurría, tendría que decidir si alegrarse o ponerse a llorar por el insoportable destino compartido. ¿Y cómo sería ver pudrirse a su amor?

Se movió alrededor de la claraboya y cambió el ángulo de vista. Ahora podía ver con claridad el espacio que le interesaba. La lustrosa madera del ataúd brillaba bajo la luz de las velas. Vio que el cajón estaba rodeado de flores que con el fulgor amarillento a Luis le parecieron las más siniestras que había visto en su vida. Aquellas flores tenían una advertencia escrita en sus pétalos que decía: “Ella es mía. ¡No jodas con los muertos!”.

Luis se dijo que lo primero que haría cuando llegara al lado de su amor sería romperlas. Luego, por supuesto, abriría el ataúd y sacaría a la verdadera flor, la más inocente y hermosa de todas, para que el aire de la noche —que suponía fresco— la despertara de su sueño. Si entonces el aire fresco no la despertaba, invocaría al daimon y arreglaría un par de cuentas con él.

Giró una vez más alrededor de la claraboya y golpeó contra algo. Rápidamente se dio vuelta, al darse cuenta que había tropezado con el ángel y que éste se había movido.

La estatua hubiera caído, si no fuera porque Luis la sostuvo aferrándola de las alas. Tener el ángel en sus manos hizo que el demonio interno de Luis se revelara y una idea tomó posesión de él.

Posó sus manos en la parte inferior del vestido de cemento que llevaba aquel andrógino ser. Hizo fuerza con su alma. El ángel se soltó y se liberó del techo mientras Luis veía como algunos tendones de su brazo se reventaban. Sostuvo el indefinible peso entre sus manos y se acercó a la claraboya. Ya a pocos centímetros de ésta, bajó lentamente al ángel hasta el piso del techo, colocándolo de espaldas a la claraboya. A Luis le preocupaba el golpe contra el piso, ya que sus huesos podrían quebrarse y esto le impediría llegar a Fernanda. Si su cuerpo se desarticulaba luego de la caída el lugar sería también su tumba, ya que nunca podría salir de allí. Su esperanza era que la estatua atenuara el golpe.

Abrazó con sus piernas al torso del ángel y se agarró del cuello de éste mientras pegaba su cabeza contra la de piedra, no muy diferente a la suya. Imaginó hacer fuerza hacia atrás y su cuerpo recordó.

El ángel se tambaleó y cayó. El vidrio de la claraboya se hizo añicos y Luis se mantuvo aferrado a la estatua.

Al dar contra el piso, el ángel se partió en dos y perdió la cabeza, pero logró amortiguar el impacto. Luis tan sólo se destrozó un par de dedos del pie, que se machacaron dentro de su zapato. Se puso de pie para comprobar que sus huesos lo seguían acompañando. La cabeza de la estatua lo observaba desde su nuevo lugar en la oscuridad del panteón.

Se preguntó si el cuidador del cementerio habría escuchado desde el cuartucho el bochinche. No, se confortó, debía ser perezoso como un gato castrado y no iba a perder el sueño por atender a imposibles ruidos nocturnos.

Le dio gracias al ángel por ayudarlo a entrar y contempló el ataúd con sus imperturbables ojos blancos. Sonrío en aquella penumbra y se acercó a la cabeza de piedra del ángel. La agarró y caminó hasta el féretro. Levantó la cabeza de la estatua sobre la suya y luego la dejó caer sobre el candado. Éste se rompió y cayó al piso.

Una ráfaga de viento que venía de la claraboya sopló las velas y jugó con las danzantes sombras de la pared, armando otras historias.

Luis posó sus falanges contra la madera y levantó lentamente la tapa.

Cinco sombras se asomaron de la pared y sacaron sus opacas cabezas como viejas chusmas, atentas a lo que Luis descubriera.

Poco a poco, la bella durmiente más hermosa y más dormida fue apareciendo mientras la tapa se levantaba y el fulgor amarillo alumbraba el ataúd.

Luis bajó su cabeza.

Las sombras suspiraron cuando el viento sopló las llamitas.

Posó sus dientes contra los carnosos labios de la chica y soñó que la besaba. Sus párpados se cerraron por un instante mientras sentía que un nuevo sistema planetario se formaba en su interior. Estrellas, planetas, giraban a un mismo compás.

Sin embargo, el beso fue mágico pero no alcanzó para despertar a Fernanda de la muerte. Ésta seguía inerte mientras Luis la miraba. Se acercó a una vela e intento soplarla. Un recuerdo lo aguijoneó. Se vio a sí mismo, soplando las velas de su último cumpleaños mientras sus amigos cantaban.

Ni un soplo de aire salía de su interior y la vela se reía sarcásticamente, acariciada por la corriente de aire que bajaba desde la claraboya. Luis cerró lo que quedaba de su mano alrededor del pabilo —ver sus propias falanges rodeando a la llama lo llenó de asombro—. Ésta se apagó, y Luis hizo lo mismo con la otra.

Ahora se encontraba en la oscuridad. Solamente los plateados rayos lunares alcanzaban una punta del féretro y bañaban a las soberbias rosas de la repisa.

Luis se acercó a uno de los floreros y levantó los brazos para tomar la flor. Se acordó de lo que había jurado y extendió su mano sobre los pétalos. Luego, la bajó y fue cerrando cada uno de las falanges alrededor. Los pétalos se soltaron y cayeron dando vueltas hacia el suelo.

El beso había sido una emoción tan fuerte que comenzó a invertir la descomposición.

La carne creció un poco sobre su cara. Algunos de los dedos de su mano se recubrieron de piel. Sus pestañas volvieron a izarse. Sus encías taparon las raíces de los dientes y algo infló sus labios. Sus ojos volvieron a reflejar azul bajo la luz de la luna. Tuvo una erección. Sonrió. Su aspecto volvía a ser cercano al de un ser humano cuyo corazón latiera. Se sintió fuerte.

Se acercó a Fernanda y la sacó del ataúd. La apretó contra su pecho —sintió el peso de la chica y creyó llorar— mientras metía lo que quedaba de la rosa junto con el florero en el féretro. Luego lo cerró. Si hubiera tenido más tiempo hubiera hecho lo mismo con todas las otras flores. No. Tenía que salir de aquel lugar.

Caminó hasta la puerta. Entornó los párpados, que recubrieron sus ojos azules, y tiró una patada a la puerta de metal. Ésta no se abrió. Entonces se acordó que estaba del lado de adentro de la cripta.

Se acercó y movió la manija. La puerta se abrió unos centímetros y la ayudó con su pie derecho. Salió al pasillo del cementerio.

Llevó en sus brazos a su pálido tesoro pasando debajo de los desentendidos ángeles que miraban el cielo. Cuando llegó al banco de piedra, dónde había visto a Fernanda por primera vez, se detuvo y se sentó con ella en el regazo.

Levantó la cabeza y le pidió a la luna que la reviviera. Qué hiciera lo mismo que había hecho el dios loco, o quién quiera que fuese, con él. La luna siguió callada y Luis sumergió su cabeza en el vestido blanco que llevaba Fernanda. Luego levantó la cabeza y le pidió a Dios que abriera aquellos ojos. Dios debería estar durmiendo, porque no escuchó sus plegarias. Luis besó a Fernanda nuevamente, ahora eran dos labios carnosos que se juntaban.

Invocó al demonio, pero éste debía de estar en la cama con alguna bruja moderna. Se dio cuenta que el tipo de amor que él tenía a los demonios no les importaba.

Su piel volvió a rajarse, sus ojos se despintaron y sus dientes volvieron a aflorar.

Luis Marte siguió abrazando a Fernanda Goya, murmurando al cielo, hasta que escuchó unos pasos que se acercaban.

Un haz de luz bañó el camino hacia donde él estaba y recorrió su cuerpo hasta encontrar su cabeza. Pensó que era algo celestial, tal vez algo de otro mundo que venía a ayudarlo, y se dio vuelta hacia la luz.

Luis vio a un hombre gordo que se erguía cerca de él, sosteniendo una linterna. Lo apuntaba con ésta y con un arma en la otra mano; mientras otro hombre, un flaco, lo señalaba con una pala y sonreía.

Trató de apretar a Fernanda. Uno de los brazos de ella se le escapó y quedó colgando fláccido a centímetros del piso. Volvió a mirar a los dos hombres, que se tambaleaban mientras le devolvían la mirada. Estaban muy borrachos. La mole habló mientras seguía enfocando la cara de Luis.

—¡Quién quiera que seas, degenerado, la vas a pagar muy cara!

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 35. Fernanda Goya.

35. Fernanda Goya.

Las puertas del cementerio de Mundo Viejo se habían despegado hacia la mitad de la tarde, cuando el sol calentaba las tumbas dejando sedientos a los muertos. Un coche fúnebre estaba entrando lentamente con una caravana de acompañamiento.

Al final de la caravana frenó una vieja camioneta. Luis vio como del vehículo descendía un hombre gordo, una mole morocha que llevaba un sombrero gris sobre la cabeza. El gordo se acercó a las rejas y las unió, cerrándolas, sin mirar hacia adentro del cementerio dónde hubiera visto a Luis observándolo desde el banco de piedra. Volvió a la camioneta y subió.

El coche fúnebre empezó a circular por la calle principal del cementerio reflejando los rayos de sol que golpeaban su lustrada chapa. Ésta se había convertido en una poderosa superficie iridiscente; sin embargo, Luis la miraba con ojos bien abiertos. La camioneta, después de unos lastimeros ronquidos, arrancó y se unió a la marcha que encabezaba el auto negro.

“¿Tengo que ver esto?”, pensó Luis. “Alguien nuevo en este viejo cementerio”. Luego, miró el celeste claro del cielo salpicado por largas manchas blancas. Posó sus ojos en el poderoso sol. Ya ni mirar a un eclipse de lleno podía hacerle daño. Bajó la vista del cielo y centró su mirada en el desfile de autos.

Sintió que la necesidad musical renacía en su alma y puteó a la estación local por no transmitir ondas que su aparato captara. Subió el volumen del walkman y el siseo de las interferencias se incrementó.

El coche fúnebre iba a pasar por donde él estaba. Luis se quedó mirando el paragolpes delantero del auto, luego detuvo su vista en el conductor bigotudo y de pelo negro engominado. Cuando su mirada llegó a la corona de flores y empezó a bajar, palpando a través del vidrio la reluciente madera del féretro, los auriculares hicieron un chasquido y una melodía empezó a sonar.

Luis Marte se preparó para ver el nombre del ocupante del ataúd. Cuando bajó la vista se encontró con la fotografía en marco ovalado de una joven.

Debía de tener dieciocho años. Su pelo negro era largo y enrulado. Luis se concentró en los ojos azules, límpidos. Los labios, a la vez finos y carnosos, incendiaron lo quedaba del corazón del joven muerto.

Luis quiso que el sol se apagara, que el piso temblara, que las personas que iban dentro de los autos se pudrieran en cámara rápida ante su vista. Luego quiso respirar, necesitó acariciar el aire tibio en sus pulmones muertos y sentir el peso de su propio cuerpo. Deseó que aquella joven y él tuvieran alguna otra oportunidad en sus vidas. La melodía surgió del siseo. Entre el zumbido de avispas mecánicas que salía de los auriculares se hizo paso una reconocida canción. Volvió a mirar la fotografía.

“Ese lunar que tienes, cielito lindo,

junto a tu boca..”

Pasó su mirada por el ataúd, pero la misma se volvió a desviar hasta los inmortalizados ojos azules. Luis Marte pudo ver el cielo sin mirar hacia arriba, y se preguntó si aquello sería el amor. Ver los ojos de alguien y sentir que se estuviera mirando el cielo acostado en una pradera o desde un barquito en el océano.

“No se lo des a nadie, cielito lindo,

que a mí  me toca…”

En ese momento, se sintió desdichado pero con suerte, abatido pero con fuerzas. Se dijo que había perdido, pero que a la vez había ganado. Su cara estaba congelada, pétrea. Tan sólo miraba la fotografía. Había dejado nuevamente de pestañear para simular estar vivo y sus ojos blancos no reflejaban ningún sentimiento.

“…Y ese lunar que tienes, cielito lindo,

junto a tu boca…”

Si los padres de la joven muerta hubiesen mirado a un costado, hubieran visto a una estatua muy desagradable sentada sobre el banco de piedra y no habrían dado un peso por los sentimientos de aquél espantapájaros. Los auriculares, tan egoístas como siempre, sólo tiraban música hacia adentro de aquel muerto que danzaba con las estrellas aunque fuera de día.

 “…Ay, ay, ay, ay…

canta y no llores…

…porque…”

Luis se fijó en la placa debajo de la foto. Fernanda Goya, formaban las letras. Esa chica muerta le había roto el corazón en dos. No le importó mucho, ya que su corazón hacía tiempo que no funcionaba. Su estado de descomposición se aceleró, siguiendo el ritmo de los corazones enamorados. ¿Qué era eso? El amor… Esa cosa.

Obligarte a bajar la mirada sin otra clase de opresión. Él no lo podía explicar, pero eso era. Ser traspasado, fundido con el piso, con el suelo, con lo que hubiera más allá de eso. Bajar la mirada para tratar de escapar porque no hay otra resistencia ante tanta simpleza. No podía saber si eso era bueno o malo para él. Nadie puede saber.

En el fondo, ¿importaba? Él ya estaba muerto. ¿Qué sentido tenía protegerse?

En realidad, clavaba la mirada en el piso, como otros lo hacen en una mesa de madera, de piedra también, o de plástico en una cena ocasional y repetida pero distinta, definitoria en sus memorias oscuras o brillantes, en una casa, un bar, o lo que fuera. Pero en su caso era un instinto de supervivencia incoherente.

Era una imitación de lo que había sido y ya no era. Un  ser vivo. No tenía porqué protegerse de nada.

Su piel cedió más y el blanco ganó terreno. Luis miró por última vez la foto y el coche fúnebre lo dejó atrás, dando paso al Renault Fuego que lo seguía. Entonces, bajó su cabeza por algo más básico; la verguenza. Para que no le vieran la cara de cerca.

“…cantando…

se alegran…”

Al bajar la cabeza, la compasión lo volvió a inundar. Aquellos ojos que lo miraron desde la foto no podían estar muertos por la simple elección del destino, ¿quién era el destino para elegir?

“…cielito lindo…

los corazones…”

¡Esas mejillas rosadas! Luis Marte mantuvo la cabeza baja, con su escaso pelo, sucio y pegajoso, caído sobre su frente. Maldijo a este mundo, sin lograr unir las dos partes de su corazón roto.

“Ay, ay, ay, ay…”

La canción siguió sonando mientras el cortejo fúnebre desfilaba lentamente frente al banco en el que estaba sentado el  joven cabizbajo. Cuando todos los autos, incluso la  camioneta, se hubieron adentrado en la calle del cementerio, el joven se incorporó y siguió con la mirada a la caravana. Los autos doblaron en una esquina.

Luis se dirigió hacia aquel lugar con pasos decididos aunque destartalados. La canción concluyó cuando llegó a la esquina y dobló la cabeza para clavar la mirada en la fila de autos.

“…los corazoooones”

El suyo seguía roto. Iba a dedicar la noche a la tarea de arreglarlo.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 34. Luis Marte.

34. LUIS MARTE.

Algo importante le ocurrió aquella tarde. Porque el 26 de febrero de 1998 fue la fecha en que Luis Marte murió. Murió sería una forma de decirlo. Otra forma sería decir que lo mataron.

Mientras se desperezaba en la cama, se preguntó cómo haría su abuela para organizarse con el dinero que sus padres tenían guardado. Su abuela se había mudado a la casa de dos plantas de la familia. Antes, Luis la veía todos los fines de semana cuando sus padres vivían. La apreciaba.

Era una anciana que se quedaba dormida sentada por las tardes en una silla de respaldo recto. Hasta que asesinaron a su hija, había sido alegre y siempre le repetía historias sobre su juventud que le había contado mil veces cuando era chico. Luis escuchaba estas historias atentamente, como si fuera la primera vez que las oía, atraído por el tono alegre con que le hablaba y las mímicas que hacía para contarlas.

Hacía una semana que habían matado a sus padres. Desde entonces, su abuela apenas sonreía y su espalda parecía más arqueada, como si una joroba de dolor la hubiera poseído.

Luis se preparó un café y pasó su vista rápidamente por la página de espectáculos del diario, dejándola reposar sobre el afiche de una nueva película. “El miércoles que viene me hago una escapada de la Facu y la veo”, pensó. Tenía dinero ahorrado pero lo mejor sería no gastar demasiado, ya que ahora estaba solo y no había nadie que lo malcriara. Su tío tenía que viajar a Miami dentro de dos días y estaba organizando todo lo de su padre. El domingo, Tío Rico, como lo llamaba su madre, se había peleado con su abuela y había dicho que no se quedaría ni un día más; corrió a su hotel y no había vuelto a llamar; tenía miedo.

A las nueve de la mañana, mientras tomaba el café con leche que se había preparado, Luis miró los clasificados del diario esperando encontrar algún aviso que pidiera estudiantes de abogacía. Ninguno interesante. Así que cadete parecía ser la única y tortuosa salida para seguir comprando El Cazador.

A las nueve y media su abuela se acercó a la mesa y le dijo que iba a hacer las compras. Luis la miró mientras caminaba lentamente apoyada en su bastón y sonrió con tristeza. ¿Cuánto tiempo de vida le quedaría? No mucho, y luego él quedaría solo, ya que con su tío nunca se había llevado bien. El tipo vivía bien; la guita que ganaba apostando en las carreras se la gastaba cuando se iba de putas por todo el mundo, el dinero que perdía lo recuperaba mágicamente.

Todo sonaba peligroso y su futuro era incierto. La vida se había convertido en una pesadilla desde el día en que sus padres habían salido por última vez. La desesperanza, la nublación del mañana, terminaba en opresión. Y encima las personas oprimían con sus estrategias de dominación, manipulación y control. Algunas de estas estrategias, que veía en gente cercana, eran sutiles. Pero ahí estaban. Bastaban para que ya no confiara en los vivos. Y también bastaban para hacer desaparecer sus erecciones matinales.

Había comprobado su teoría sobre los periodistas. Eran desalmados. En esos pocos días, aprendió a distinguir entre sí mismo y los demás. Ahora que sus padres no estaban, ya no entraban en la ecuación que le decía como resultado que era mejor etiquetar a los demás que sentirse culpable y ahondar en uno mismo. Primero era necesario saber quiénes eran los demás.

¿Quiénes eran las personas que se acercaban con sonrisas? ¿Quiénes eran los que se acercaban con supuestos cuidados? ¿Quiénes las mujeres del barrio que parecían sonreír mientras sentían la pena? ¿Quién eran los compañeros de su padre? ¿Quiénes eran las personas que opinaban sobre él? ¿Los que narraban la historia de su familia? ¿Qué decían las manos, los tonos de voz, las miradas de esas personas? ¿No era distinto a lo que sus bocas volcaban?

¿Quién era la pelirroja? Parecía ser una amante de su padre. ¿Cómo era posible que le devolviera a él lo que pertenecía a su padre? Un anillo labrado con serpientes.

Si Luis hubiera seguido con vida luego de ese día, habría entrado en una depresión severa, una tristeza profunda. La opresión borraría la seguridad que tenía, borraría el saber que los otros: no eran él. Una subjetividad, y por lo tanto seguridad, que le había costado mucho ganar se perdería de un día para el otro, cuando se ovillara en su cama al final del verano, y él ya estuviera entregado a aceptar cualquier cosa. Incluso les hubiera dado una entrevista a los de la revista.

Y esos, los periodistas, lo habían molestado a él y a su abuela desde la noche de la muerte de sus padres; en el velatorio; los días siguientes. La revista para la que trabajaba su padre envió un fotógrafo para ilustrar la nota sobre el hijo del periodista asesinado. Luis había visto a los reporteros acercarse el sábado por la mañana. Bajó todas las persianas de la casa e hizo caso omiso al timbre.

La misma revista había empezado una investigación propia en la que volvían a nombrar al asesino de Closas. Por otro lado, la policía estaba totalmente perdida y las pistas que decía tener no eran claras y se referían a determinados empresarios de poca monta relacionados con el narcotráfico.

Luis volvió a leer el titular que decía: “Nueva pista en el asesino del periodista”. Buscó la página 34, donde leyó que alguien había llamado a una radio pidiendo dinero por un nombre implicado. No creyó en ningún momento los comentarios del comisario que decían “las investigaciones están dirigidas”

Ese último día, luego de cerrar la puerta de la calle con doble llave, empezó a caminar con sigilo. Llegó a la esquina y dobló, enfrentándose, como lo hacía casi todos los días, con las cinco cuadras que lo dejarían en la parada del colectivo. Al no haber encontrado un trabajo había decidido matar el tiempo haciendo el curso de verano en la Facultad para distraerse.

La mañana era soleada y las copas de los árboles apenas se movían, produciendo un tranquilizador siseo. Luis recordó los días del verano anterior en la costa, la playa, el mar oscuro.

El agua, el cielo y una chica irreal en bikini desaparecieron cuando sonó, potente junto a su oído, la bocina de un colectivo. Subío a la vereda. Miró al chofer que lo puteaba y siguió caminando.

Pensó en el profesor que le devolvería con indiferencia su trabajo, en la chica sin nombre que siempre le había gustado.

Antes de cruzar la última de las cinco cuadras, en el final de la cual estaba la parada de coletivos, había visto a un hombre vestido totalmente de blanco. El hombre de mediana edad tenía en las manos una correa de reluciente cuero negro que terminaba en un collar, del mismo material pero rojo, que rodeaba la cabeza de un perrito de pelaje blanco.

—¿Cómo anda Don Torso?

—Bien, bien—Escuchó Luis mientras caminaba y reía;  “¡¿Don Torso?”!—. El único problema es este perrito que me dejó la vieja al morirse.

Luis dejó al hombre de blanco atrás y llegó a la esquina.

Mientras esperaba el colectivo, pasó una chica vestida con remera y calzas amarillas que le entregó una tarjeta de colores llamativos. La tarjeta cayó de las manos del distraído Luis, que se agachó mientras la chica se alejaba. Al levantarla vio como dos enanos le sonreían desde el colorido papel, invitándolo a pasar una noche en un nuevo boliche con exóticas atracciones. “Enanos y extrañas criaturas”, decía del otro lado. Luis la dejo caer distraídamente en el bolsillo del jean.

Se apoyó contra el palo de luz que tenía el cartel con el signo del colectivo pegado y esperó con la mirada fija en el horizonte de cemento, ansioso de que el brillo amarillo de la chapa del ómnibus apareciera en la distancia. De repente, se desesperó.

Había olvidado el walkman y la perspectiva de una hora dentro del colectivo sin el reproductor de música era demasiado oscura… En ese momento fue cuando escuchó el ruido a sus espaldas.

El auto frenó bruscamente quemando las llantas, que dejaron marcas negras en el piso. Ésta vez era un Taunus rojo y Luis vio que la ventanilla del conductor estaba abierta.

Dentro había dos hombres encapuchados. Luis los miró e iba a echarse a correr cuando el que conducía le apuntó con un arma. Sólo pudo cerrar sus ojos.

No escuchó nada.

Sus ojos se abrieron al sentir que lo tiraban bruscamente hacia atrás.

Cayó al piso y se levantó sintiendo que su pecho le ardía. Sin suerte, intento respirar hondo. Trató de mirar al hombre que disparaba pero sólo volvió a ver el arma. Dio media vuelta al recibir el segundo impacto en el pecho.

En el suelo, se arrastró mientras su boca sangraba y trató de mirar al hombre del auto. No pudo. Veía todo nublado y el mundo daba vueltas. Escuchó un silbido y sintió otro pinchazo de dolor.

El mundo se borró.

TAUNUS ROJO

Aquel día un Taunus rojo cruzó la avenida de esa zona sur del Gran Buenos Aires a mucha velocidad. Adentro, Tomás hablaba mientras manejaba.

—¡La puta madre!…Si tienen que ser tres, tienen que ser tres… No podés olvidarte de un pibe, Leo.

La mirada de Tomás estaba nublada.

—Toto y el Cabezón fueron los que se olvidaron de buscar al pibe… están siempre en otra esos pajeros. ¿¡Qué querés?!

Tomás susurró:

—Hoy hace cinco años que nació.

—¿Quién?

—Mi pibe, che.

—Ah. ¡¿Y?!

—¿Tenía que ser hoy? ¿Justo hoy?

Leonardo lo miró con soberbia e indiferencia.

—Hoy no quería hacer esto. Pero hacen todo para el culo en este país… ¡La puta que te parió, Leo!

Tomás pisó más el acelerador.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 33. Conversación.

33. CONVERSACIÓN.

Las gárgolas parecían atentas a la intensa conversación que tenía lugar dentro de Luis Marte. Había recordado aquel día y ahora intentaba olvidarlo haciéndose otras preguntas. Luego recordó el otro, cuando había sido su turno.

Sus ojos, totalmente blancos, parecieron querer brillar de furia. No parpadeaba, ya no era necesario fingir. Se sentía moralmente exaltado, excitado, hambriento. Necesitaba encontrar una respuesta al hecho de haber cruzado por el mundo para morir tan joven y sano. Y después; ¡Levántate y anda, Lázaro!; ¿qué quería decir todo esto?. Luchó pensando. La lucha que estaba tratando de ganar era con el infierno, con el demonio que vivía dentro de Luis Marte. ¿Por qué debieron disparar sobre su familia?

Pensó nuevamente en vengarse; sin embargo, la idea hizo que por un segundo dejara de pensar. Aunque sabía el nombre y apellido de aquel hijo de puta, se había olvidado de decírselos a Olga y Chula. No importaba, éstos nunca podrían encontrarlo.

Allí sentado, habló consigo mismo y reconoció que su idea de terminar su vida pudriéndose por abandonados caminos de su país no iba a dar resultado… simplemente porque su vida ya había terminado.

Por primera vez comprendió realmente que estaba muerto y dejó de ilusionarse con un final feliz. Supo que no podría aguantar mucho más tiempo el ritmo de marcha que llevaba y sus huesos cederían.

Se veía a sí mismo tirado entre los yuyales que crecían a los costados de la ruta, pudriéndose lentamente hasta que todos sus huesos quedaran desparramados por el suelo. Se estremeció al ver su calavera clavada en la tierra, y su alma tiritó ante la idea de observar por las cuencas de sus ojos y ser testigo del paso del tiempo hasta que el fin del mundo llegara… si es que había algún fin.

No sólo se odiaba y temía a sí mismo; en su largo camino había aprendido a odiar a todos los animales. Las comadrejas y ratas lo asustaban por las noches, cuando se le cruzaban al salir de sus escondites. Ni hablar de esas aves carroñeras que lo habían atacado. Le habían quitado mucho de la poca carne que le quedaba.

Luis intuía su aspecto. Sabía perfectamente que sus labios se habían retraído y que sus dientes ocupaban casi la mitad de su cara. No había mirado sus manos desde que aquellas aves lo habían atacado pero sabía que los pequeños huesos estaban allí, reflejando la poca luz de aquel día. No quiso mirar bajo su ropa, ya que sospechaba el estado que tenían aquellas partes de su cuerpo. La camisa estaba literalmente pegada contra su pecho y abdomen como consecuencia de las secreciones que emanaban de la descomposición.

De repente, Luis dejó de pensar. El sol parecía haber dado un soplo a las nubes que estaban a su alrededor y las había alejado. El cementerio volvió a brillar. Se animó a mirar sus manos; el blanco refulgía soberbiamente. Posó su mirada vacía sobre las viciosas nubes que se alejaban y luego se volvió para mirar el árbol que crecía en un costado del cementerio.

Las amarronadas ramas lo reconfortaron. Recordaba aquellas tardes de domingos cuando era chico y se sentaba bajo el viejo olivo o en la cima de la higuera de su abuela, allí jugaba y recibía el sol en la cara mientras el sueño iba poniendo pesas en sus párpados que se rendían felizmente.

Luis Marte elevó la vista hacia el cielo junto con todos los ángeles y le pareció que algo importante iba a ocurrirle aquella tarde.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 32. Nos vamos, Luis.

32. ¡NOS VAMOS, LUIS!

Aquel sábado Luis estaba sentado en su habitación, pensando en como iba a encarar el trabajo de investigación que le había encargado el profesor más desalmado de la facultad. Tenía una hoja en blanco donde anotaba las ideas que se le ocurrían. Habían sido muy pocas las que habían acudido a su mente durante la mañana y se iba a levantar para salir a tomar aire cuando llamó su madre.

—¡Nos vamos, Luis!…—le gritó mientras éste estaba a dos pasos de la puerta, mirándola y sin tocarla— Te deje unos patys en el congelador, hacételos… ¿¡Luiiis!?

Luis cerró los ojos. Por un momento se sintió mal, su estómago se revolvió mientras veía la foto que le había sacado su madre cuando había sido abanderado en séptimo grado. Se acercó para verse mejor. Una sonrisa marcaba sus labios y sus ojos brillaban bajo los cabellos cubiertos de gel.

—¡Qué aparato!—dijo Luis, y sonrió.

—¿¡Luiiss!?

La voz venía desde el baño, desde donde se escuchaba el agua corriendo.

—¡Ya te escuché mamá!—. Miró de vuelta la foto— ¡Chau!

El agua dejó de correr y escuchó los pasos de su madre por el pasillo.

Resonó la bocina del auto de su padre.

Era muy impaciente. Su padre no aguantaba la coquetería de las mujeres, aunque él pasaba mucho tiempo delante del espejo. Sólo que no a último momento como su madre.

Se dijo que se había olvidado de preguntarle a su madre dónde iba. Seguramente, su padre iba a cubrir algún espectáculo y de paso la llevaba. Luis caminó hasta la cama y se sentó.

Ser periodista y meterse en la vida de los demás nunca le había parecido demasiado excitante. Era estar pendiente a historias estúpidas de empresarios aún más estúpidos: metidas de cuernos, cumpleaños, muertes, casamientos. Por otro lado no había horario fijo; en cualquier momento te podían llamar. Claro que había sentido una pequeña envidia por su padre el día que le había dicho que había entrevistado a Mick Jagger. El laburo daba buen dinero, pero ésta no era razón suficiente para arruinarse la vida; cuando su padre le había propuesto que siguiera la carrera de Comunicación había dicho que no: él tenía derecho a elegir ya que era su vida y todo eso. Y había elegido Abogacía; las leyes no tenían muchas vueltas. Iba a ganar dinero y tratar de encontrar a algún asesino olvidado, ya que iba a probar criminalística.

Se imaginaba a sí mismo llegando a la puerta de la sombría casa de un funesto asesino buscado hace mucho tiempo. Golpeaba la puerta, dispuesto a todo, cuando un viejo sin dientes se asomaba y lo recibía con una desdentada sonrisa mientras balbucía:

“Metéme en la cárcel… ¿qué tengo que perder ahora?…Si mi hija quiere meterme en un geriátrico.”

Otras veces imaginaba la misma situación, ante la puerta del asesino, con su mano apoyada sobre una pistola; sólo que el hombre que salía era tan simpático y apacible que terminaban siendo amigos. El asesino le contaba sus andanzas mientras sonreía. ¿Cómo podría estar un asesino triste en nuestro país?

Su padre había estado investigando el crimen del empresario Closas y le explicaba, durante las contadas ocasiones que cenaba en casa, que la justicia en Argentina simplemente no existía. Una noche el viejo le había dicho:

“—No puede haber justicia en un país en el que todos son delincuentes en alguna medida… acá a la gente no le gusta trabajar, le gusta hacer todo fácil… Bueno, matar es fácil… Un tiro y Closas, que intentaba poner una nueva cadena de supermercados… supermercados; no estoy hablando de droga ni nada parecido… ¡SUPER-MERCADOS!…, un tiro y el lugar que iban a ocupar los super los ocupan otros: todos sabemos quién lo hizo… yo sé quién lo hizo… y el lunes, Luis, cuando la gente vaya a comprar la revista, se van a llevar una sorpresa. Les va a parecer extraño, porque una revista que se dedica a ricachones y famosos no pública ese tipo de notas, pero Fabian le tiene bronca a éste tipo que mató a Closas—. El padre miraba a su madre, seria y cabizbaja, y seguía hablando—. Y me dio el permiso para escribirla.”

La nota había salido el miércoles siguiente y no armó gran revuelo en la opinión pública. Su padre se calló la boca y siguió trabajando en asuntos sin importancia. Parecía que nadie había leído la nota que Luis casi sabía de memoria y que dejaba las pistas muy claras para acercarse al que había mandado a meter dos balas en la cabeza de Closas y quemado su auto.

Escuchó arrancar el Escort último modelo que tenía su padre y se concentró nuevamente en la hoja en blanco. Nada se le ocurría… escuchó el sonido de una frenada…

Luis se levantó rápidamente y corrió hacia la ventana. Se asomó.

El auto de su padre había chocado en la esquina. El Escort estaba parado en el medio del cruce, interceptado por otros dos autos que le cortaban el paso. Luis podía ver la ventanilla del lado del acompañante, en el que iba su madre. Al lado estaba un Taunus negro, que tenía los paragolpes hundidos en la puerta trasera del Escort. Otro Taunus negro aplastaba la parte delantera del auto. Escuchó gritar a su padre y al dirigir la vista hacia el auto se quedó congelado.

La cabeza de su madre había explotado salpicando de sangre el vidrio. Luis logró romper el hielo que retenía su cuerpo y corrió lo más rápido que pudo escaleras abajo. Abrió la puerta y salió a la calle, donde casi resbaló al pisar una mancha de aceite y tuvo que aferrarse al tacho de basura. Corrió hasta la esquina, donde uno de los Taunus aceleraba y el otro daba contra un palo de luz al dar marcha atrás. Los dos hombres que iban en éste tenían capuchas negras y Luis pudo ver el excitado brillo de sus ojos posándose sobre él. Luego el auto se enderezó y tomó velocidad para alejarse.

Luis se acercó al Escort.

El dolor tardó en llegar. Primero sólo se preguntó por qué no había escuchado los tiros… luego se acordó que existían los silenciadores. Vacío parte de la ira que crecía en su cuerpo dando una patada contra la puerta trasera. Sintió dolor pero no más del que golpeaba su pecho. Siguió dando patadas contra la carrocería del auto.

El viejo que vivía enfrente de su casa llegó corriendo y lo abrazó mientras gritaba a los otros vecinos que llamaran una ambulancia.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 31. En el cementerio de Mundo Viejo.

31. EN EL CEMENTERIO DE MUNDO VIEJO.

Luis Marte supo que había llegado el momento de detenerse. Lo hizo ante las herrumbradas rejas y se dijo que no había tardado en encontrar el lugar más adecuado para su situación. El cementerio lo sedujo. Luis se acercó a las rejas y empujó.

Se separaron lentamente, lanzando un chirrido que por unos segundos se convirtió en el único sonido de aquella tarde húmeda y nublada. Luis dio un paso y pisó la tierra sagrada del cementerio.

Mientras caminaba, rompiendo a su paso la triste atmósfera que se asentaba sobre la calle principal, miró hacia el cuartucho que estaba cerca de la entrada. La puerta estaba abierta. Sólo las sombras moraban el interior. Dejó atrás el cuartucho y se fijó en el banco de piedra, justo cuando la nube que tapaba el sol se deslizaba dejando que algunos de los débiles rayos rozara el cementerio. Ángeles, gárgolas y lápidas, así como los bancos de piedra, reflejaron la leve luz dorada y se volvieron maravillosos por unos irrepetibles segundos, luego de los cuales la nube volvió a dialogar de frente con el sol y todo lo gris y oscuro volvió a ser gris y oscuro. Luis se dio cuenta que había sentido deja vu; como si él fuera un surfista y una gran ola de emoción y recuerdo misterioso lo hubiera izado varios metros ignorando la gravedad por un segundo. Luego, su tabla se rompió y todo lo gris fue como la ola gigante rompiendo su alma. Recordó haber tenido una sensación parecida hacía mucho tiempo. Se dirigió al banco de piedra y se sentó.

Acomodó como pudo los auriculares del pequeño walkman en la parte con carne de sus orejas y escuchó las interferencias. Puteó al darse cuenta que la onda de la radio del pueblo no llegaba hasta el cementerio y le pareció extraño, ya que ahora se encontraba más cerca. Se dijo que con las nubes amenazando lluvia el día debía ser húmedo y concluyó que eso era lo que impedía que llegaran las frecuencias hasta su receptor.

“Se va a la mierda la música… ¿ahora qué hago?… Muerto en un cementerio… Solo, veo cómo me pudro… la puta madre… ¿Cómo estará la abuela?…Me mataron… ya no voy a poder tener una novia… esa novia nunca se va a convertir en esposa… tampoco voy a tener hijos… ninguna casa propia… ningún jardín al que cuidar… nada de sexo… mi pene está muerto… la chica que me miraba va a mirar a otro, será penetrada mil veces por otro… ¿El destino existirá?…

¿O será que los seres humanos se creen demasiado importantes y se piensan que hay cosas que los joden para verlos sufrir?… Si el destino existe en una de esas es un tipo… y así personificado lo podría encontrar… si me lo cruzo, lo mato… lo cago a trompadas…

El mundo estuvo en contra mía… pero no sé… ¿y si fui yo el pelotudo?…¿y si ese día me hubiera quedado en casa?…

No había ninguna clase importante en la facultad… quería ver a la chica sin nombre, sólo sentarme detrás de ella y mirarla… igual me hubieran matado… tarde o temprano… El viejo y la vieja también estaban muertos… No hubo opción… Ay, ay, ay… la puta madre… ”

por Adrián Gastón Fares.

Firmen y compartan esta petición para filmar Gualicho, si pueden: change.org/gualicho

Suerte al zombi. 30. Párrafos muertos.

30. PÁRRAFOS MUERTOS.

El cementerio se eleva penumbroso y frío. El valle de la muerte. El lugar donde se espantan las miradas furtivas de las pocas personas que se atreven a dejar el pueblo en los días tristes y oscuros como éste y, hundiéndose en el negro que lacera la piel a cada paso, caminan sin rumbo hasta la conglomeración de tumbas que los llama con una hipnótica canción de paz.

Pocos se atreven a mirar más allá de las rejas que marcan la línea en la cual se separa lo vivo de lo muerto, lo compuesto de lo descompuesto. Pretenden mirar, pero al hacerlo se concentran en una imagen única y estática construida en su mente, en donde apagan, como si se tratara de un simple artefacto, el circuito que da energía a su imaginación.

La inscripción en letras de hierro puesta sobre el arco de la entrada reza:

CEMENTERIO DE MUNDO VIEJO

Dentro, extrañas gárgolas y sobrecogedores ángeles imploran al cielo desde los mausoleos, que forman interminables pasillos. Es en estas calles donde terminan todas las demás; autopistas, rutas y caminos nos deslizan lentamente a estos morbosos pasillos.

La congregación de tumbas y mausoleos produce una sensación claustrofóbica a cualquiera que se atreva a andar por los viejos senderos, plagados de placas marcadas con los epitafios de los antiguos moradores del pueblo. Una pastosa, casi sólida, sensación de desamparo y soledad está esperándonos en cada una de las esquinas.

El melancólico visitante disminuye el paso al tratar de ahuyentar sin fortuna a los danzarines y pegajosos fantasmas, que tienen como única misión recordarle que ésa será algún día su casa. Un pequeño fantasma blanco, parecido al típico de la sábana pero líquido, como si estuviera cubierto por leche, se acerca al oído del desdichado transeúnte y le murmura en el oído una sola palabra, señalándole el interior de un pequeño sepulcro: “Pútrido”, dice. “Él está podrido”, susurra con su resbaladiza, sibilante voz, y se esconde detrás de un gato gris que aparece desde la nada; una lápida. El hombre se acerca al mausoleo y conteniendo una lágrima, deja caer la otra y toca la placa con el nombre de su hermano grabado. Luego sigue caminando hasta desvanecerse en una curva.

A otro visitante le parece ser observado por alguien. Se da cuenta que es un ente que acerca su cabeza a las configuraciones vidriosas de las puertas de hierro de un mausoleo. Es un familiar, alguien que lo conoce. El hombre se acerca, ve las desaliñadas facciones del ser horrendo y escucha el repiquetear de sus largas uñas contra el vidrio. Se da cuenta que se equivocó. Éste no era su familiar, sino que era otro desdichado. Al darse cuenta de esto, espantado, apresura su paso.

El deformado ente golpea su cabeza contra el vidrio y se hunde aún más el cráneo, mientras una sustancia amarilla y gelatinosa sale de la nueva hendidura y se desliza por la puerta hasta el suelo de mármol de su recinto. Grita, de manera inaudible para el oído humano, y se deshace las uñas al rasgarlas con la pintura de la puerta. Luego se tranquiliza y piensa, mientras apoya contra el vidrio el único ojo que le queda y observa el camino por el que había aparecido el hombre.

“Por un momento”, se dice, “pensé que éste era mi padre”. Luego sigue llorando sangre.

Es tan sólo una de las personas muertas que escapan de sus ataúdes y se apoyan en los vidrios para esperar a sus familiares y amigos. Claro que pasan días y noches interminables hasta que algún ser humano dobla en una esquina y se adentra en la calle del cementerio donde su mausoleo se encuentra. En ese momento es cuando clava el único ojo que le queda en el visitante y, al darse cuenta de que éste no es el que pensaba, entonces se vuelve loco y solloza, mientras los fantasmas lechosos se burlan de su suerte.

Mientras el ente trata de tranquilizarse, piensa en los otros muertos que conoce, que, encerrados en mausoleos como el de él, pequeños y descoloridos, rompen sus podridos ataúdes y rasguñan con sus uñas las puertas, vidrios y cortinas. Acaso, ¿no está el viejo que espera a sus nietos todos los días y grita por las noches? Cerca, se encuentra la desconsolada madre que gime todas las noches pidiéndole a su marido, que sólo aparece los dieciséis de noviembre, que le traiga a su bebe para ver como ha crecido. Sin embargo, el más famoso de todos, recordado por las bromas que los fantasmas lechosos le juegan, es el joven amante que espera pacientemente que su amor camine por aquellos pasillos algún día; suspira vapores amarillos y de noche se hace el poeta escribiendo versos en las paredes de su mausoleo con sus propios jugos gástricos.

Al ente se le dibuja una sonrisa al acordarse del único que había logrado huir y hacer una visita sorpresa, por su cuenta, a sus familiares. Su nombre, Fernando Esperpento, es venerado por la comuna y su suerte fue imaginada por el único escritor local; Juan Cristóforo. Éste escribe cuentos y ensayos sobre su fosa, bajo un frondoso árbol que le da sombra a su achicharrada carne. Es afamado en el cementerio no sólo por literato, sino porque es el único de los que están bajo tierra que se atreve a salir. Su tarea es difícil, ya que mientras con un ojo mira lo que escribe, otea con el otro a la curva del pasillo por la que suelen aparecer los cuidadores. Cuando ve la sombra de alguno de éstos deslizarse, da un rápido salto a su fosa y en la oscuridad acomoda nuevamente la plancha de cemento; así disimula sus andares y aparenta que es un muerto decente. Luego, espera que los cuidadores pasen y vuelve al árbol.  Cristóforo es misántropo, dicen las malas lenguas, y por eso prefiere vivir en aquel agujero a escaparse como Esperpento. No quiere ver más a sus amigos egoístas que le causaron la muerte.

El ente deja caer el recuerdo del escritor por una de las grietas de su cráneo y sonríe al mirar hacia la claraboya, por la que entra un rayo de luz que ilumina su deshilachada ropa. Sigue sonriendo mientras piensa que algún día él será como Esperpento; alcanzará aquel agujero y saldrá al mundo para visitar a su familia. ¿Qué dirían cuando lo vieran entrar?, se pregunta mientras su sonrisa se extiende como si fuera de plastilina.

Los muertos se acongojan los domingos, día de visita en el que los vivos desfilan cancheros por los pasillos. Ven flores coloridas y llamativas en manos de personas tan vivas y libres, y así es como la envidia y el resentimiento encuentra la razón de ser en algunos de ellos.

Ahora, permítanme sonreírles… sí, a ustedes que leen esto. Cómo todos sabemos, lo escrito anteriormente son inventos, mentiras que escribe una imaginación fermentada—fértiles hay demasiadas— en un típico verano húmedo y caluroso de la zona sur de Buenos Aires.

Los cementerios son sitios desolados y tristes donde reina la paz y ningún sentimiento, bueno o malo, aflora de esas viejas paredes. Sin embargo, y después de haber escrito el último párrafo, un irreverente pensamiento me domina y me dice que Cristóforo y los demás entes existen y los vuelvo a ver a todos reunidos, en Mundo Viejo, mientras me apeno por el ente que quiere alcanzar la claraboya y escapar. Un resumen:

Los cementerios son lugares que existen para lo que ya no existe. Y qué mejor lugar para Luis Marte dónde encontrarse consigo mismo.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Suerte al zombi. 29. Carroñeros.

29. CARROÑEROS.

Los auriculares hicieron un chasquido y las primeras notas de una guitarra penetraron en lo que quedaba de Luis Marte. Aquella mañana el sol brillaba tenuemente, escondido la mayor parte del tiempo detrás de una nube.

Lo que sonaba era una vidala y la estación de radio del pueblo más cercano vació su cacofonía por los auriculares dando paso a un alegre locutor que publicitaba un almacén. Luis movió su cabeza y dejó caer los auriculares, que se posaron sobre sus hombros, junto a su mancillado cuello.

Hacia el atardecer del día anterior, el walkman había enmudecido. En el amanecer que siguió, algo había brillado en el piso; Luis se agachó y así fue como encontró dos pilas sulfatadas, de plástico derretido por el sol. Las puso en el walkman y los auriculares empezaron a zumbar como un mosquito.

La noche anterior, como en las otras, había caminado en la oscuridad. Sin el walkman el silencio lo había invadido y su ánimo trastabilló con trémulos mugidos que entenebrecieron su andar. En la oscuridad total, su alma había tiritado ante la idea de que el sol brillara repentinamente y se encontrara cara a cara con el inmenso bovino que mugía grave y parecía seguirlo de cerca. Había marchado por el costado del camino de tierra —aunque no estaba seguro—, esperando, en vano, que algún coche iluminara el sendero. Al amanecer, antes de encontrar las pilas, se había preguntado qué era lo que le dictaba la dirección en las noches; no entendía cómo no se había apartado de aquella ruta, ya que ni siquiera podía sentir si caminaba sobre girasoles o la tierra del camino, de día reconocía andar por ésta porque la veía delante y aquéllos los oteaba alejados a los costados. Temía verse sumergido súbitamente en los matorrales.

Ese temor, que le hacía mirar al piso, había contribuido al hallazgo de las pilas. Ahí se había preguntado qué clase de providencia era la que lo acompañaba, ya que no podía explicarse el hecho de que una par de pilas sulfatadas aún tuvieran energía. Se había dicho que lo de las pilas era sólo un hecho inexplicable en aquel mundo irracional que le fue revelado después de muerto y que siempre estuvo vedado por lo cotidiano cuando vivía.

Así que había deambulado por horas escuchando los ruidos de interferencia por los que se filtraban de vez en cuando los cantos de solitarios pájaros. Después de mucho tiempo sonó la vidala, seguida por la tanda comercial.

Luis vio que el sendero doblaba y trató de detenerse. Al hacerlo sintió que su cuerpo se lo impedía, ya que desde que se había despedido de sus dos amigos no había hecho otra cosa que avanzar con un paso enérgico y constante, aunque algo destartalado. Logró que sus articulaciones se mantuvieran estáticas y enfrentó el nuevo camino, insólita curva del que venía transitando, mientras recordaba todos los demás.

(Cientos de kilómetros, a través de interminables caminos habían serpenteado hacia el horizonte. Primero, transitadas calles fueron testigo del paso de Luis; luego, interminables rutas con sus kilómetros garabateados en oxidadas chapas observaron como el joven vestido con saco y pantalones negros se retiraba de lo urbano. Cuando el suelo que pisaba se había transformado, cambiando del gris sólido del cemento al olvidado ocre de los viejos caminos, pensó que no podía seguir caminando por mucho tiempo. La monotonía del trayecto le había hecho creer que caminaba sobre una inmensa y oscura serpiente que se deslizaba eternamente hacia el horizonte.)

Y allí, ante el nuevo camino, era consciente de su aspecto. Sabía que las suelas de sus zapatos se habían achicharrado bajo el ardiente sol del verano, mientras lo que quedaba de su piel estaba agrietado como la tierra reseca que pisaban sus recalcitrados pies. Intuía que sus facciones estaban tremendamente desfiguradas.

También se había dado cuenta que los rayos solares las habían disecado y éstas permanecían adheridas contra los huesos de su calavera. Era una trajeada momia perdida en la llanura de su propia maldición. Su piel había adoptado un color marrón claro, parecido al ocre del camino, que sustituía a la exótica mezcla entre celeste y violeta que la coloreaba hacía unos días. Sus ojos eran dos botones blancos.

Luis enfrentó la curva, y vio que el nuevo camino terminaba en un callejón sin salida; de lo que dedujo que los cientos de kilómetros del anterior habían sido transitados al cohete.

Al final de éste, una pequeña tranquera, de un gastado y resquebrajado blanco, se imponía. Dos perros le mostraron los dientes y ladraron salvajemente. ¡Otra vez ante un callejón sin salida!… La sensación de estar parado sobre una serpiente se diluyó y fue suplantada por una fuerte desesperación ante la inminencia de una decisión que podía cambiar su destino. ¡Destino! ¿Acaso tenía él algo que perder? ¿Debía volver sobre sus pasos y retroceder para pudrirse borrando sus propias huellas? ¿O sería mejor acostarse de espaldas sobre la tierra y ver como se mezclaba lentamente con el polvo? ¿Y que tal sabría a los perros?

Entonces dio unos pasos y, al mirar a su derecha, vio una  senda que discurría junto a la cerca de la estancia. Advirtió que había llegado al final de la larga perpendicular de la L por la que había transitado; ahora tendría que ir por la línea horizontal más corta. El nuevo camino era mucho más angosto que el anterior, tan estrecho que casi lo había pasado por alto. La tierra de esta nueva senda era más oscura, casi negra en algunas zonas. Estaba limitada: a la izquierda, por la trinchera que separaba a la propiedad privada del camino, detrás de la cuál sauces llorones derramaban sus follajes; a la derecha, por los mismos pastos altos y girasoles que lo habían acompañado en el último tramo del camino que iba a dejar atrás. Delante de Luis, a varios kilómetros, se podía divisar una conglomeración de casas y ranchos que relacionó con la publicidad del almacén, dándose cuenta que era la entrada de un pueblo. Comenzó a avanzar. Ya no se sentía aburrido. Había cierta opresión en el aire.

Los mosquitos cesaron y los auriculares, desde sus hombros, vomitaron una samba. Luis apagó el walkman, porque había otro sonido que le había resultado amenazador además del ladrido de los perros que, a pesar de estar cientos de metros atrás, seguían lacerando intermitentemente el suave murmullo que producían las hojas de los sauces. ¡Otra vez el inquietante sonido! Un aleteo distante, que se sumaba a otros.

Había escuchado un graznido muy cerca de su cabeza, justo en su nuca, y se preguntaba a qué se debería cuando al voltear divisó un pájaro negro que aterrizaba cerca de él y adelantaba el pescuezo. Luis siguió caminando y se había olvidado casi del animal, cuando algo negro se le cruzó delante, posándose por un instante en su hombro para seguir volando con un pedazo de algo rojizo en el pico.

Luis se dio cuenta que aquel pájaro le había arrancado un pedazo de la poca carne que le quedaba en el cuello justo cuando levantó su mano, acostumbrado a tener que hacer una visera para mirar el sol cuando vivía, y descubrió a otra ave prendida de la carne de su palma; cómo si él fuera una anciana de una alocada plaza en la que no sólo se ofrecían miguitas de pan, sino también el propio cuerpo a unas confianzudas palomas carnívoras.   Sacudió su mano y el pájaro zigzagueó en el aire. Apresuró el paso mientras se decía que aquellos animales eran carroñeros y, ahora que él estaba muerto, querían comerlo. “Qué aciago era su destino”, pensó, inspirado, mientras apuraba el paso.

Aquellos pájaros no eran muy diferentes a los gusanos que lo habían buscado, simplemente era la naturaleza reclamando lo que era suyo. Miró al cielo, que se había nublado repentinamente. Contó a diez de los pájaros, una bandada que formaba una desordenada V sobre su cabeza; aves hambrientas que alargaban los pescuezos y abrían los picos, mientras se separaban y graznaban dispuestas a arrojarse contra su cuerpo. “En una de esas son caranchos”, pensó Luis y, mientras seguía caminando, se le ocurrió que había una contienda de la que él era objeto.

La lucha era entre un dios enfermo y viejo, que lo había despertado de la muerte, y la naturaleza que quería que todo vuelva a ser como tenía que ser y, rebelde, mandaba a sus vástagos para que sus reglas volvieran a cumplirse. Luis se dio cuenta que, en la historia que había inventado, el dios loco iba perdiendo puntos, ya que no se le ocurría como podría evadir a estos pájaros para conservar la poca carne que le quedaba.

Los pájaros atacaron, lanzándose hacia él. Se aferraban con sus uñas de las costuras del saco y lo picoteaban y a los pantalones también hasta deshilacharlos. Algunos llegaban hasta la carne y lograban arrancar un pedazo. Luis trataba de ahuyentarlos con su huesuda mano.

A uno lo golpeó en la cabeza y el pájaro cayó a sus pies mientras largaba un lastimero graznido. Siguió caminando, ya que, si hubiera podido, no serviría de nada correr. Se sacó un pájaro del pecho; éste había logrado desgarrar la camisa blanca y había empezado a arrancar trozos de carne. Otro posó las patas en su frente y dirigió el pico hacia su mejilla. El ave logró sacar un pedazo de la piel seca y liberó más blanco. Luis lo aplastó contra su cara. El pájaro graznó y rápidamente voló dando tumbos.

Levantó la cabeza. Vio como los pájaros se alejaban por arriba de los sauces y cruzaban el camino hacia los girasoles. “Habrán encontrado otro cadáver, alguna vaca”, pensó Luis y siguió caminando, al mismo paso, pero agazapado como un animal a la defensiva.

Los daños a su carne eran muchos, pero no encontró el sentido de contarlos. Caminó mirando algunas veces con desconfianza hacia el cada vez más plomizo cielo, comprobando que no estuviera salpicado de agazapantes formas negras. Miraba también hacia los girasoles, para asegurarse de que ninguna comadreja o animal parecido lo atacara de manera desprevenida. Las trincheras quedaron atrás y, mientras la mañana seguía convirtiéndose en una oscura tarde, se adentró aún más en el camino ahora limitado tan sólo por pastos secos y algún que otro árbol.

El pueblo que parecía pequeño no lo era tanto y Luis se concentró en unas paredes de piedra gris que formaban un cuadrilátero en el medio del campo, paredes altas separadas dos kilómetros del pueblo por los terrenos verdes. El camino que transitaba se dividía en dos; uno llevaba al pueblo y el otro a las paredes grises. Cuando llegó a la bifurcación se decidió por el último, que lo dejaría después de una larga caminata, en un pueblo distinto, en una ciudad distinta; la ciudad de los muertos, su ciudad.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 28. Pueblo chico, casa grande.

Ilustración boceto de Sebastián Cabrol para Gualicho

28. Pueblo chico, casa grande.

 

La silueta se acercaba lentamente, llevando el cuerpo entre sus brazos.

La mano de la joven colgaba y se mecía en el aire al compás de los destartalados pasos de Garrafa.

La finca había ido creciendo delante de él en la última media hora, desde que había tomado el viejo camino. El camino serpenteaba a lo largo de zanjones para terminar en un callejón aparentemente sin salida. Sin embargo, el camino doblaba a la izquierda y se convertía en una pequeña senda bordeada de largos yuyos y dispersos arbustos. Garrafa caminaba conteniendo la respiración, ya que el aire fresco de la noche pampeana no impedía que el putrefacto olor que el cuerpo despedía se inmiscuyera en sus fosas nasales y le hiciera desear abandonarlo en el camino. Cada tanto, bajaba la cabeza, ponía los extremos de los labios hacia fuera, exhalaba, y reacomodaba en sus brazos el cuerpo de la chica. Odiaba lo que iba a hacer, pero si alguien tenía que hacer negocios con el cementerio, entonces el más indicado era él.

Su espalda era la que se había doblado tantas veces para clavar la punta de la pala en la tierra, su espíritu el que sufría en las noches de soledad en el medio del campo santo, y su vida entera había sido como una ofrenda a las almas de los muertos que moraban en el cementerio; sin embargo —la vida siempre tiene un puñado de estos sin-embargo—, los familiares de los cadáveres a los que él había dedicado su existencia no reconocían el sacrificado trabajo que había estado llevando a cabo para mantener lo que quedaba de la estirpe de todo aquel pueblo y continuar así con la labor desempeñada por su padre. Lo que llevaba en sus manos, el cuerpo de aquella joven, no era más que la muestra de que su paciencia había cedido y de que había puesto nuevas reglas en el estatuto de sus muertos.

Simplemente los trataría como si todavía estuvieran con vida. Si así fuera actuarían como sus familiares vivos; olvidándose de la labor del sepulturero de Mundo viejo. Se había cansado de que los habitantes del pueblo lo usaran y lo que estaba haciendo era una procesión dedicada a sí mismo en la que dejaba claro que, mientras él estuviera vivo, los cuerpos de los muertos le darían la merecida propina que nunca le habían dado en vida.

Lo único que ahora le molestaba era tener que ver el semblante de ese pálido tipo que se sombreaba los párpados, alargaba las pestañas como las mujeres y vestía siempre de negro. ¡¿Qué clase de payaso era ese gilún?!, se preguntaba Garrafa mientras cruzaba la cerca que llevaba a la mansión.

Sus ojos se perdieron entre el resplandor de las rosas que bajo los rayos de la luna reflejaban un tenue carmín, y luego se encontraron con extrañas plantas exóticas cuyos agobiantes perfumes llegaban hasta él por encima del olor que el cuerpo despedía. Garrafa empezó a caminar por un pasillo iluminado por dos faroles de una fuerte luz blanca. En este tramo insólitas flores amarillas y violetas desfilaban a la sombra de una exuberante enredadera que, decorada por arbustos de cuyas ramas colgaban como guirnaldas pequeños frutos rojos, formaba un pasaje que conducía hasta una bruñida puerta de ébano. En la mitad del pasillo, las flores violetas y amarillas eran suplantadas por amapolas rojas, cuyos pétalos se movían acariciados por el fuerte viento que había comenzado a soplar. Los pétalos desprendidos se lanzaban a la ventisca, y daban vueltas por el aire, pasando por delante de la nerviosa mirada de Garrafa. La cabeza de la joven colgaba del brazo de éste y una de las flores se posó en la pálida mejilla, donde quedó adherida. Cuando estaba ya cerca de la puerta, ésta se abrió lentamente.

Un joven pálido, de facciones afiladas, sonrió desde la sombra que producía el marco y lamió sus labios con su rosada lengua al posar los tristes ojos negros en el cadáver que Garrafa le ofrecía.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 27. Atardecer.

Suerte al zombi. 27. Atardecer.

Los tres zombis estaban parados cerca de la puerta de La Esquina del Sol. Apoyados sobre el paredón.

Un nuevo atardecer se reflejaba en el horizonte de la transitada avenida. El sonido de la música enlatada dentro de aquel boliche repercutía hasta penetrar en las almas del trío.

Luis tenía mejor humor, a pesar de su aspecto exterior. En las muñecas, una zona cubierta por el sucio traje, el hueso blanco había ganado otra de sus guerras contra la piel. Su cuello parecía más largo y flaco y la nuez sobresalía de su garganta como un gancho. Sus ojos se conservaban aunque iris y pupila se habían convertido en una masa blancuzca amalgamada a la esclerótica, y todo el conjunto parecía querer dejar las cuencas. Sobre su frente tenía una mata de cabello negro, que cedía cada vez que Luis se lo tocaba. Bajo la ahora achatada nariz, los dientes afloraban gigantescos, como si tuviera una eterna sonrisa. La piel de la frente presentaba un suave color celeste y estaba muy pegada al hueso. Empezaba a ser un muerto vivo consumido, que contrastaba con los otros dos zombis que llevaban sólo algunos signos de descomposición (lividez, ojos hundidos, encías retraídas que hacían parecer que sus dientes habían crecido, uñas alargadas por la putrefacción de las yemas de los dedos), pero que todavía podían pasar como representantes de una decadente raza humana. Sin embargo, pensaba Luis mientras miraba a sus nuevos amigos, a pesar de que no había pasado mucho tiempo de sus muertes la descomposición era más rápida en ellos. Se dijo que esos chicos necesitarían mucha violencia y kilos de emociones fuertes para contener toda aquella naturaleza que trataba de adueñarse de sus cuerpos. Se dio cuenta de que, aunque sus amigos eran estúpidos y lentos, sedientos de sangre serían unos asesinos temibles y alocados.

Sabía que su aspecto era atemorizante, ya que las personas quitaban enseguida la mirada de él. Así era cómo, por la cruenta suma de la imagen y el olor del decadente trío, las personas se alejaban, llegando a caminar por la calle para evadir al grupo.

Luis se dijo que advertirían su verdad más allá de la muerte: algunos dirían que era un payaso que promocionaba algún macabro centro de juegos; otros, un simple muñeco de yeso. Efectivamente, muchos de los que pasaban creían que los tres personajes eran mascaritas de carnaval, perdidos de algún corso, que el dueño del local había puesto allí para promocionarse.

Una anciana que vestía un abrigo de pana, atuendo exagerado para la temperatura de aquel día, y pasaba hablando sola, se detuvo al ver a Chula. Éste estaba apoyado contra la pared de una manera muy extraña; al doblar las piernas, sus largos brazos colgaban mientras las manos pendían a escasos centímetros del piso. Chula era alto pero la postura lo dejaba a la altura de la anciana. Ésta se acercó un poco más y le preguntó:

—¿Necesita ayuda, muchacho?

Chula levantó la cabeza lentamente, con la expresión de quién acaba de chupar limón.

—¿Qué parece, vieja loca?

—Los tres la necesitan, ¡drogadictos!— contestó la vieja mirando a los otros dos.

Olga se despegó de la pared y se acercó a la anciana.

—Si éste fuera un día común le robaría señora, de verdad, pero cómo hoy me acabo de enterar de que estoy muerto voy a preguntarle si quiere que le ayude a cruzar… ¿Quiere que le ayude?—dijo y tendió su mano a la anciana. Los ojos de la mujer se abrieron aún más.

—Miren chicos… yo todavía puedo cuidarme sola, pero ustedes… —dio un largo suspiro—. ¡Qué Dios los ayude!

La vieja cruzó y desapareció, ante la indiferente mirada del grupo, en una de las tiendas de la otra vereda. Olga se acercó a Luis, cuya mirada seguía perdida.

—¡Vieja de mierda!…, estaba tratando de hacer las pases con Dios—dijo Olga mientras clavaba sus dos globos oculares en los de Luis.

Chula levantó sus largos brazos y llevó sus manos a la cabeza mientras estiraba las piernas y recuperaba su metro ochenta y ocho.

—¡Dios no existe, Olga! ¿Cuántas veces te lo dije?

Olga lo miró con una sombra de temor en sus ojos.

—¿Y qué si existe? Nos puede mandar al infierno—. En su faz, una fatídica sonrisa brilló—. O por ahí, éste es el infierno; estar muerto y seguir consciente, pudriéndonos mientras los vivos pasan a nuestro lado. ¿No lo pensaste, Chula?—inquirió Olga y miró a Luis—. ¿No?

Un transeúnte tiró una colilla de cigarrillo que cayó cerca de la zapatilla de Olga. Otro que pasaba lo pisó. Olga se agachó maldiciendo, agarró la colilla y se la metió entre las comisuras de sus labios. Luego, volvió a su posición.

—Éste no es el infierno, amigos—dijo Luis, que se había puesto adelante de los dos chicos; sus ojos no reflejaban la emoción de su voz desarticulada.

—¿Cómo lo sabes, Luis?—preguntó Chula.

—Porque yo no hice nada malo cómo para estar ahí—sentenció Luis mientras sus ojos parecían estar a punto de separarse de sus cuencas, justo en el borde del precipicio.

Chula miró a Olga.

—Nosotros no fuimos tan malos tampoco…, ¿no Olga?

—¿Vos decís antes de estar muertos o después, Chula? Porque hay una gran diferencia.

Chula le pegó en la frente a su amigo.

—¡Antes boludo!

Olga se dirigió a Luis como si su asesino fuera un cura.

—Creo que no fuimos tan malos como para ganarnos el infierno.

Luis trató de enfocar la vista en su propia cara y vio la textura áspera de la piel que recubría la nariz, acompañada por la opacidad de las pútridas mejillas. Levantó la mirada.

—Entonces, ¿estamos de acuerdo en que éste no es el infierno?—preguntó con el tono de quien quiere concluir con un tema.

—Sí—contestó Chula.

—Estoy seguro—afirmó Olga y se llevó la mano al aro de River.

—¡¿Entonces qué somos?!, ¡¿Zombis?!—exclamó Luis enfrentando las pavorosas facciones de sus dos amigos— ¡¿Eso es todo?!

—Por ahí tenemos una misión en esta tierra—inquirió Olga.

—¿Te creés que esto es una película?—Luis estaba un poco convulsionado mientras hablaba, escupiendo las palabras de su boca como si fueran saliva infectada de gérmenes que le mordían su morada y rígida lengua—. Yo no tengo a ninguna chica enamorada a la que besar. Están ustedes.

—Vos te pusiste en ángel, de repente, así como si fuera fácil y trataste de empezar bien con tu papel cruzando a la vieja—disparó Chula mirando a Olga—. Pero mirate, alas no tenés.

—¿Qué pensas de nosotros, Chula?—preguntó Luis.

Chula rió dos veces, abrió su boca para decir algo, luego la cerró y la volvió abrir tratando de ocultar una sonrisa.

—Creo que muchos nos verían como el ejemplo de nuestra generación, Luis. Y saldría en las revistas de esa manera si conocieran nuestra historia. Algunos boludos la llamaron “Generación X”. Creo que no tendrían ningún problema en cambiarlo por “Generación Zombi”… ¿No?—Luis era todo ojos, casi en el sentido literal de la frase—. Escuché por ahí que no tenemos ideales. La gente dice que no somos como los de los sesenta o los setenta, no sé bien qué putas épocas eran, donde peleaban por una razón. Y los de los ochenta eran como los del siglo diecinueve; Nietzsche pensó en el eterno retorno en los ochenta de míl ochocientos, cien años pasan y acá nos vendieron La Historia sin Fin. Los de los setenta, bueno, ellos tenían enemigos. Odiaban a los tipos que había en el poder y peleaban por conseguir algo mejor. Ahora, nosotros tres estamos congelados acá, sabiendo perfectamente que no hay nada mejor que obtener en este mundo. Por otro lado, la ciencia nos mostró hasta donde puede llegar y tenemos ese instinto incorporado de no maravillarnos por nada. Los jóvenes de antes estaban en medio del camino del arco iris. Nosotros alcanzamos el final y ¿sabés lo que encontramos, Luis?— Chula rió nervioso—. Encontramos a una gran puta abierta de gambas. Esa es la realidad: el mundo es una gran puta abierta de gambas que nos coge a todos por igual ¡No,no,no,no,no!—remarcó Chula moviendo frenéticamente su largo dedo índice—. Nunca se enamora de uno en particular, sino que mete a todos entre sus piernas y simula que goza con nuestros gritos de victoria, cuando sabe exactamente donde estos terminan: un lugar muy parecido a éste, donde tres pibes muertos se miran estúpidamente unos a otros.

Luis reconoció que, aunque a veces ingenuo, el sermón que dio Chula lo había llegado a asombrar y que gran parte de lo que decía parecía verdad. Decidió intervenir para dar su modesta opinión, otra no tenía:

—No me veo como el ejemplo de nuestra generación, Chula. Pero es un buen argumento el tuyo.

Chula asintió con la cabeza.

—Creo que es una mierda tu punto de vista—dijo Olga y miró rápidamente hacia otro lado, como restándole importancia a la conversación.

Más tarde, Chula y Olga empezaron a tirarse puñetazos mientras se burlaban de los pocos jóvenes que salían de La Esquina del sol.

Mientras tanto, Luis había encontrado un envoltorio de chicle en el piso, que contenía el típico papelito con un chiste. Lo leyó mientras recordaba las veces que lo había hecho cuando era chico y sentía como alrededor de la garganta de su alma, se formaba un nudo fuerte que lo sofocaba. Dejó que el papel se deslizará de sus manos y lo siguió con la vista mientras daba vueltas en el aire y se metía bajo un auto estacionado. Luego levantó la vista y al mirar el cielo rojo, que se asomaba por arriba de los edificios, se dio cuenta que había encontrado una parte de la verdad. Había algo que tenía que hacer y aquel chiste le había dado la pauta a seguir. El chiste connotaba una parte tal vez nunca escrita sobre la verdadera naturaleza de la vida. Sintió como su alma daba vueltas en éxtasis y se percató de que el chiste había unido todos los otros pedazos de realidad de su vida y los había compuesto en uno solo. Había visto el rompecabezas completo por un minuto. Luego, los pedazos se separaron y parecieron volar junto con el chiste en el aire.

Se dijo que sí algún ser humano vivo encontraba aquel papelito y entendía lo que las pocas palabras ilustradas con feos dibujos querían decir, éste ser humano, poseería la clave de la inmortalidad. Pero la verdad estaba contenida en un tonto chiste de chicle y las personas mayores nunca leían estos papelitos, simplemente los tiraban. Algunos jóvenes los leían de paso cuando no tenían nada que hacer, pero nunca les prestaban atención. Por un lado, se sintió más tranquilo al pensar que ese secreto estaba en aquel momento bajo la carrocería de aquel auto, tal vez junto a sus neumáticos, y que pronto el viento lo llevaría a otro lugar.

Pensó en el viento. Pensó en el papelito. Pensó en Chula y en Olga que seguían riendo y tirándose golpes. Vio un cartel que reclamaba justicia para el asesinato de un joven periodista. Se acordó de otros titulares parecidos y recordó su propia muerte. Y se dio cuenta que él también era un chiste sagrado. Un chiste negro que también tenía que volar, escondiendo su secreto. Luis Marte se acercó a sus dos amigos, que seguían riendo cuando lo miraron.

—Yo los dejo, chicos—dijo.

Los dos torcieron sus cabezas.

—¿No te gusta estar con nosotros, cadáver?—preguntó Olga.

—No es eso. Sería un lió explicárselos; digamos que necesito paz. Un poco.

—¿Paz?—Chula volvía a escupir palabras, que salían con un poco de saliva casi seca y sangre—. ¿Ahora sos un zombi hippie?

Ni sombra de sonrisa apareció en la inmutable faz de Luis.

—¿Les explicó el daimon lo que necesitan para no ver como se pudren en este mundo?

—Violencia y muertes. Los tres lo podríamos hacer muy bien—insistió Olga.

Luis Marte frunció la piel que quedaba en su frente y habló:

—Estoy decidido a dejarme pudrir, Olga—dijo y su nuez de adán bajó y subió por instinto aunque ya no había saliva, luego continuó mientras dirigía su vista al automóvil estacionado—. No quiero perder el tiempo en eso. Escuchen: estaba mirando a la calle y tomé una decisión—Luis señaló la avenida sombreada por anaranjados edificios— Voy a caminar derecho hasta que me pudra totalmente. Y espero que todo termine ahí. No le voy a dar el gusto ni al demonio-daimon, ni a la fuerza loca que nos hizo volver; Dios o como quiera que se llame. Voy a seguir mi camino.

—Respeto tu decisión, Luis—dijo Chula mientras tiraba su larga y sucia cabellera hacia atrás, como si fuera un reconocido músico glam, a pesar de que a él esa música no le había gustado nunca, la escuchaba sólo con auriculares— En una de esas debería seguirte. Pero quiero intentar matar antes y probar como es sentirse un monstruo; una leyenda.

—Ya matamos en la morgue—dijo sonriendo Olga—. Pero lo quiero volver a hacer. Voy a seguir al demonio, ahora que estoy en el infierno.

Luis estiró sus brazos y posó sus manos sobre los hombros de sus amigos.

—Yo fui el que los mató—les recordó y volvió a simular que tragaba saliva— Se me ocurrió algo para que se entretengan mientras tratan de ganarle a la muerte en la tierra. Creo que inclusive al daimon le va a gustar.

Luis los atrajo más contra su cuerpo; la idea de vengarse había renacido.

—Me acordé de mis asesinos; quiero que empiecen a practicar el crimen con ellos. Ustedes van a ser una especie de detectives—Sabía que sus amigos nunca iban a alcanzarlos y que esta orden moral era lo único que evitaría que cometieran peores crímenes; quién no había deseado ser un héroe de historieta con la obligación de luchar contra el mal.

—¡Detectives monstruosos!—exclamó Olga.

—¡Los detectives zombis!—gritó Chula.

—Cómo quieran llamarse… los encuentran y después: ¡Zas!—Luis zarandeaba a Olga mientras hablaba—. Los matan horriblemente; los hacen sufrir antes de morir, ¿entendieron?—Luis hablaba como si fuera un director técnico en el entrenamiento de su desafortunado equipo—. Quiero que practiquen con ellos, ya que va a ser su primera matanza—Los ojos de Luis habían recuperado algo de brillo—. El daimon me enseñó a disparar en la cabeza. Yo soy el daimon de ustedes y les digo: ¡Primero les arrancan los huevos y después se ocupan de la cabeza!

—¿Y si son mujeres?—preguntó Olga.

—No creo. Pero si son… no sé, les rompen la cabeza solamente… ¡¿Está claro!?

—Sí, Luis—chillaron las dos voces al unísono.

—Nunca usen armas de fuego, arréglense con sus manos y usen cuchillos.

—Ésa va a ser nuestra manera de matar, daimon Luis—dijeron las dos voces a coro.

—Hay otra cosa que quiero que se acuerden: encuentren al que mandó a matar al fotógrafo de la revista, ¿se acuerdan del caso?—Las voces afirmaron—. Quiero que torturen al autor intelectual y a los que lo llevaron a cabo ¡¿Está claro?!

—Sí—dijo Olga.

—Sí, Luis—dijo Chula.

—Den una vuelta por Catamarca, encuentren a todos los que mataron a esa chica y háganle lo suyo a esos hijos de puta. ¿Van a ir a Catamarca?

—Así es, Luis. Hasta Catamarca también—corearon las voces.

Luis apretó más los hombros de los otros dos zombis.

—Persigan al llamado loco de la ruta, a los que tuvieron que ver con la embajada, a los policías asesinos ¡Ataquen a la corrupción, muchachos!—Luis simuló suspirar—. Después pueden seguir con estafadores y políticos menores. Nunca se rindan en la búsqueda; ¡¿Está claro?!

—¡Sí!

Luis soltó a los dos zombis, que eran los únicos amigos que había hecho después de muerto, y bajó el tono de voz. Les dedicó unas últimas palabras.

—Ustedes me preguntaban por su misión en la tierra. Ahora tienen una. Adiós, muertos queridos.

—Nos vemos, cadáver—dijo Olga.

—Chau, Luis—se despidió Chula.

Luis se dio vuelta y empezó a caminar enfrentando el horizonte. Luego de un tiempo, desapareció de la vista de los dos muertos vivientes.

Chula miró a Olga y le dijo:

—Es mucho trabajo para dos muertos.

—Demasiado—contestó Olga.

Pronto, ellos también desaparecieron del lugar, justo cuando el motor del auto estacionado en la otra vereda rugía y arrancaba, dejando que el pestilente humo de su caño de escape viciara el aire de la ciudad. Cuando aceleró, un papelito salió de abajo de uno de los neumáticos y se remontó en el aire, donde se pegó a otros autos y siguió volando.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 26. La chica que buscás.

26. La chica que buscás.

El hombre enfiló el último tramo del viejo camino y se paró en frente de las oxidadas rejas del cementerio. El cielo presentaba una inmensa luna llena que producía intrigantes sombras alrededor de las lápidas que estaban cerca de la entrada. Miró hacia el cuartucho, que tenía las luces apagadas. Los dos tipos estarían durmiendo profundamente después de haber tomado unos tragos de más.

Se arrimó a las rejas y las trepó rápidamente. Primero pasó una de sus piernas por encima de las letras de hierro que explicaban que aquél era el cementerio de Mundo Viejo, luego la otra, y pegó un salto. Tocó el suelo con sus manos y, mientras permanecía agachado, se aseguró que nadie hubiera oído el ruido metálico que había producido al golpear contra la tierra la pequeña mochila que llevaba a sus espaldas. Luego se levantó y se adentró con paso firme en el camino, dejando atrás las lápidas.

La calle principal del cementerio era bastante ancha y tenía veredas asfaltadas, donde se encontraban dos bancos rectangulares de piedra enfrentados. Estaban separados cada uno, simétricamente, por la mezcla de tierra y pedregullo que oficiaba de piso del camino cuyas diferentes bifurcaciones eran calles mucho más angostas, en las que se erguían los mausoleos de las familias más importantes de Mundo Viejo y de los otros dos pueblos circundantes. El hombre se sentó en uno de los bancos de piedra, quitándose la mochila y apoyándola sobre sus rodillas. Aprovechó los rayos lunares y hurgó dentro del bolso, encontrando rápidamente lo que buscaba.

El pequeño gancho con forma de pata de cóndor reflejó un rayo de luna. El hombre lo miró, pasando un dedo por la punta filosa y lo devolvió a la mochila. Luego, metió la mano dentro del bolso y sacó una linterna de grandes dimensiones.

¡Cuidado!

Alguien había dado un paso en uno de los caminos que nacían en la encrucijada del centro. El sonido de una pisada, claramente audible, en el medio de una noche en la que podría escucharse el movimiento casual de los huesos de algún antepasado.

Se levantó del asiento de piedra, metió su temblorosa mano en la mochila y sacó un revolver. Caminó sigilosamente hasta la encrucijada. Se detuvo, aguantando la respiración y pegó su cuerpo contra la porosa pared de un mausoleo; a la vuelta se abría una angosta calle que se adentraba en el cementerio. El hombre levantó el arma y deslizó lentamente su cabeza hasta que esta quedó en el borde de la pared. Se asomó y divisó la forma que se acercaba velozmente hacia su cara. El pasillo estaba vacío, sin embargo, su corazón dio un vuelco.

La araña, cuyas dimensiones eran similares a la de un puño apretado, se movía a gran velocidad por la pared del primer mausoleo de aquella calle, dirigiéndose directamente hacia su cabeza. Se quitó del camino del bicho y vio cómo doblaba en la esquina, y se alejaba por la pared, con un alocado movimiento de patas.

Se acercó al banco, guardó el arma, se llevó la mochila a la espalda y agarró a la linterna mientras tragaba una sonrisa. Luego la prendió y se adentró en el camino, bordeando los mausoleos en cuyas cúpulas inmensos ángeles desplegaban sus alas honrando a la amarillenta luna llena.

De repente, escuchó otra pisada que provenía de arriba. Levantó la cabeza y apuntó con su linterna. Le pareció ver una sombra al lado de una de las estatuas. Sin embargo, se dijo que debía de ser su linterna que convertía a todas las sombras en acechantes, libérrimas, marionetas.

Siguió caminando y se detuvo frente a un suntuoso mausoleo. Centró el haz luminoso de la linterna en las letras de bronce que formaban el nombre de la familia: Losuardo. Sacó el gancho de la mochila, apoyó ésta en el piso y se acercó a la puerta de hierro. Metió la punta afilada del gancho en el agujero de la cerradura. Después de dar dos vueltas, la cerradura cedió con un chasquido y la puerta se abrió unos centímetros. El hombre le dio un golpe y dejó que la puerta chocara contra la pared interior del mausoleo. La piedra chilló. Guardó la garra en los bolsillos de sus pantalones y entró en el mausoleo apuntando con su linterna el suelo.

Un fuerte olor a humedad y a madera podrida lo inundó, junto con el viciado perfume de flores marchitas. Levantó la linterna y centró el haz luminoso en un ataúd cuya superficie brillante contrastaba con la opacidad de las maderas antiguas de los que estaban a su lado. Un pequeño florero con varios gladiolos y rosas marchitas estaba apoyado en el mármol de una repisa que había arriba del féretro. El hombre movió su linterna para descubrir un portarretratos con la foto de una joven de singular belleza, que miraba tímidamente.

Se acercó al féretro mientras sacaba el gancho de su bolsillo. Recorrió la superficie de lustrosa madera con el haz de la linterna, y lo centró en un pequeño candado. La punta del gancho entró perfectamente en el candado, que cedió en la primera vuelta. El hombre sacó el candado de la argolla y lo dejó encima de la repisa. Posó sus manos en la tapa del ataúd e intentó abrirlo. La tapa se levantó unos centímetros. El hombre suspiró y la levantó, dejándola apoyada contra la pared. Enfocó su linterna. Sus facciones se crisparon.

El cuerpo no estaba; en su lugar había un gran escuerzo.

Entonces, se dio vuelta al escuchar un ruido a sus espaldas. La luz de la luna convertía al pasillo en un ámbito alado. Un ángel de piedra está tratando de caer del cielo,  llegó a pensar. Vio como una figura gigante caía en la tierra frente a la puerta y lo miraba, atravesándolo con amenazantes ojos negros mientras fruncía la boca en una muestra de odio incontenible. ¿Quién era aquél mastodonte?. Al lado del corpachón apareció una flaca silueta que tenía a otra más fina en sus brazos; la última era femenina y tenía un vestido blanco que el tibio viento hacia flotar. El mastodonte habló:

—¿Esto buscás?

El hombre miró a Garrafa con ojos implorantes y  luego a la silueta encorvada por el peso que llevaba.

—Mantengo a mis hijos haciendo esto… —dijo con voz desesperada—. Me pagan…

—¡Yo también te voy a pagar!—gritó Garrafa y se abalanzó dentro del mausoleo, dándole un puñetazo al hombre en la cara. La linterna voló dirigida hacia la pared, donde se rompió mientras el hombre perdía el equilibro y se aferraba del ataúd, derribándolo en la caída. El escuerzo dio un salto y desapareció entre las sombras—. ¡¿Te pagan?!—repitió y le dio un fuerte puntapié en el estómago.

López dejó el cadáver de la joven en el piso del pasillo y cruzó la puerta para darle unos cuantos puntapiés al desafortunado profanador de tumbas. Sus agudos gritos hicieron que los huesos de varios de los antepasados de los Losuardo se movieran por primera vez en mucho tiempo. Después de un minuto de golpes, Garrafa levantó al sangrante hombre y le gritó:

—¡No se jode con el trabajo de los demás!…

Luego abrió la tapa del ataúd con sus zapatillas rotas y, de un empujón, acostó al hombre en el rectángulo. Bajó la tapa, se sentó arriba y esperó mientras la sudorosa mano de López se acercaba con el candado. López puso el candado en la argolla y lo cerró. Los desesperados gritos del hombre y sus inútiles golpes a la tapa del ataúd reverberaban en el recinto.

Los sepultureros retrocedieron hasta la puerta y se quedaron allí, apoyados contra el marco, hasta que los golpes en el ataúd fueron amainando y los gritos bajaron de intensidad. Luego, cuando el silencio gritó triunfal, cerraron la pesada puerta.

Levantaron el cuerpo de la joven y lo llevaron hasta “el despacho” sin dirigirse una palabra en todo el camino. Al llegar, López miró a Garrafa con una sonrisa burlona y dijo:

—Me olvidé de echarle el escuerzo en el ataúd, Garrafón.

—Siempre el mismo boludo.

Luego entraron y apoyaron el cuerpo en el suelo. Garrafa se dirigió al baño, donde orinó y se lavó la cara.

—¡La llevamos ya!—gritó desde el baño nauseabundo dónde recibía el agua fresca sobre la nuca.

López vociferaba palabras incoherentes.

Garrafa, molesto, decidió ver qué ocurría.

López miraba con fijeza al cuerpo de la chica mientras se manoseaba la entrepierna.

Garrafa tomó impulso y le dio un puntapié en la mandíbula.

Lopéz quedó tirado, bien retorcido, en el piso.

por Adrián Gastón Fares

 

 

Suerte al zombi. 25. Los muertos no fuman.

25. Los muertos no fuman.

Estaban pálidos, muy pálidos. Olga tenía la frente cubierta con la gasa, que se le había pegado a la herida abierta. Algunas moscas revoloteaban alrededor de su cara. Ésta se conservaba bastante bien, ya que la descomposición parecía actuar lentamente en las primeras horas para ir acelerándose cuando el cuerpo iba tomando contacto con el nocivo medio ambiente de la ciudad. Los ojos conservaban el aspecto de pereza y poca lucidez y los pies planos seguían apuntando a diferentes direcciones, separando las puntas de las zapatillas en un ángulo cada vez más abierto. Se llevó la mano al aro de River y ensayó en voz baja el estribillo de un cántico de hinchada. El sol brillaba detrás de los jóvenes asesinados. Chula se acercó y su sombra retrocedió de los antebrazos de Luis hasta las rodillas.

Hacía tiempo que Chula no pasaba la mano por su cabello y éste colgaba en una masa mugrienta detrás de la nuca. Los agujeros de los disparos de Luis todavía estaban frescos. Los ojos vítreos de Chula eran terriblemente indiferentes. Luis se dijo que su mirada debía ser peor, si es que se podía llamar mirada lo que producían aquellas dos canicas yertas. En ese momento la atención fue atraída por los gritos de alegría de un niño que corría tras una paloma lastimada. Los tres muertos estaban parados, inmóviles, en la elevación de aquella plaza, mientras la vida seguía circulando a su alrededor.

Chula y Olga miraron con el entrecejo fruncido al hombre que les había quitado la vida. El alto habló primero:

 —Vamos al pasto—dijo, y cruzó las cadenas sin darse vuelta para mirar si lo seguían.

Los tres bajaron y se internaron en un espacio verde, donde el césped estaba crecido y húmedo. Los dos jóvenes volvieron a enfrentar a Luis. Chula frunció el entrecejo nuevamente.

—¿Tenés un porro, cadáver?…—dijo Olga y hundió las manos en los bolsillos de su ancho pantalón negro—. Los canas me los sacaron todos.

Luis tenía la mirada perdida, trataba de no mirar a aquellos dos chicos. Sabía que vería su propia imagen reflejada, aunque su aspecto sería mucho peor. Así que, mientras simulaba un repentino interés por un niño que jugaba con una pelota a lo lejos, sentenció:

—Los muertos no fuman.

Luis no pudo distinguir si la frase había salido de su boca o había flotado desde algún recoveco interno; tal vez su alma.

—¡Vos no fumarás!…Nosotros sí—dijo Chula mientras alzaba despectivamente las pelusas que tenía por cejas.

—Ustedes están muertos—dijo Luis mientras miraba el cielo.

—Ya sabemos—resaltó Chula—. Pero igual fumamos…, por eso afané esto.

Chula revolvió en el pequeño bolsillo de su pantalón, tratando de que su descabalado anillo con forma de serpiente no se enganchara en el doblez. Sacó un encendedor azul que sostuvo delante de los indiferentes ojos de Luis. Éste se había decido por contemplar a aquellos dos payasos, desechando en su mente la posibilidad de que buscaran venganza. Chula dio vuelta su deformada cabeza y se quedó mirando el cigarro. luego levantó su mano ofreciéndole el porro a Luis, que negó con la cabeza.

—¡En la tierra es dónde tendríamos que estar, Chula!—gritó alegremente Olga.

Luis se había distanciado unos pasos de ellos y les daba la espalda. Su mirada se dirigía al añoso árbol que crecía en una de las esquinas de la plaza. Habló desde esa posición, sin mirar a los otros dos:

—Mejor que te levantes rápido del suelo…

—¡No!, ¡No!, ¡No!… ¡Estar en el piso es lo mejor!—exclamó Olga.

Chula seguía fingiendo que fumaba, convenciéndose a sí mismo de que sus pulmones estaban llenos de humo mientras comía la punta del cigarro y la escupía cuando Olga no lo miraba. Así el cigarrillo parecía consumirse rápidamente. Luis decidió callar y dejar que los acontecimientos tuvieran lugar. Después de todo, ¿él no estaba muerto?

Chula escupió otra parte del cigarro y miró a Olga, que seguía sonriendo.

—¡Escuchá, boludo!—dejó caer el cigarro cuando Olga lo miró—. Tenemos que hablar con la calavera ésta—Señaló a Luis y continuó—. El daimon lo dijo, ¿te acordás?.

Olga estalló a carcajadas.

—¡El daimon!— dijo y largo otra risotada— ¡Nooo…, yo me quedo acá!—Parecía que el suelo le hacía irresistibles cosquillas—. ¡El pasto es genial, Chula!—Arrancó un pedazo de césped y se lo esparció por lo que quedaba de su cara—. ¿No está hecho de pasto el porro?  Es un yuyito como estos—Arrancó más césped, que tiró hacia la cara de Chula. Éste miró a su amigo como si fuera un caso perdido.

—¡Cómo vos quieras! Si querés quedarte ahí tirado como el sorete de perro más grande de toda la plaza, bueno… ¡si ésa es tu decisión!

Chula dejó a Olga y se dirigió con aire resuelto, soltando maldiciones mientras caminaba, al joven de traje negro que les daba la espalda.

—¡Cadáver! El daimon…, él nos dijo que vos nos mataste porque éramos una mierda… ¿Es verdad?

Luis permaneció de espaldas.

—Sí—contestó.

Chula miraba su espalda sin atreverse a tocarlo.

—¿Por qué nos mataste?—preguntó Chula con cierto rencor en su voz.

—No sé— respondió Luis.

La voz no pareció sonar más fuerte que el murmullo que produjeron las hojas del antiguo árbol al ser sopladas por un repentino ventarrón, que, amainado, se convirtió en una brisa constante cuando las nubes taparon el sol.

—¡Muerto de mierda!—gritó Olga.

Luis Marte no contestó. Chula fue el que habló:

—¡Callate la boca, Olga!… Los soretes no hablan.

Luis se dio vuelta en ese momento y enfrentó a sus víctimas.

—¿Cómo se escaparon de la morgue?—preguntó secamente aunque con un tono que no ocultaba cierta curiosidad.

—Acuchillando… —dijo Chula seriamente—. Destrozando… — Asintió con el aire trágico de un actor de telenovela—. Cuando nos levantamos en esa sala repleta de cadáveres como vos, un forense estaba en el baño. Abrí la puerta y lo maté con mis propias manos—Chula agitó sus manos en el aire simulando la estrangulación de una persona.—. Otro estaba haciendo fucky-fucky con su novia en una de las camillas… —Alzó sus manos en el aire y frunció el ceño mientras abría la boca en una imitación perfecta de un confundido monstruo de película clase B—. Le arranqué el corazón a los dos… pero sólo uno me comí; el otro lo tiré.

Luis escuchaba esta conversación con interés, alucinado por la actuación de Chula. Olga gritaba eufórico y reía, desde su posición de excremento, ante las diferentes atrocidades que su amigo pronunciaba. Algunas veces, un ¡sí! gigante era el que acompañaba las putrefactas y detalladas descripciones de Chula; otras, una risa estúpida. Luego se metió en la conversación de su amigo para contar sus propias experiencias:

—Cuando salimos de esa morgue asquerosa agarré a un tipo…, creo que era un policía—Simuló dudar, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño, y arrancó más césped, que arrojó hacia arriba para recibirlo en su cara con una sonrisa—. ¡Bah!, ¿Era un policía Chula?—Ante la vacilación de éste negó con la cabeza y continuó—. No importa, lo habría matado igual fuese lo que fuese… agarré al policía y…, ¿sabés lo que le hice, cadáver?— Luis miraba a Olga fríamente—. Le abrí la cabeza con las manos, le saqué el cerebro y me lo comí—Luego pasó lentamente su morada lengua por sus labios—. Estaba delicioso… ¡Sí que estuvo bueno ese cerebro, Chula!…tan bueno como estar tirado en el pasto.

Luis se había cansado de mirar hacia abajo para ver las muecas que hacía la desfigurada cara de Olga. Así que se dio vuelta y miró a Chula, ya que había una pregunta que tenía que hacer:

—¿No me tienen bronca porque les cagué sus vidas?—Fijó sus cuencas en las de Chula, que lo miró con cierta fascinación reflejada en el azul traslúcido en que se había convertido su iris.

—El daimon me dijo que te encontraríamos y yo pensé que sería una buena ocasión para darte las gracias.

—¿Gracias?—largó un confundido Luis— Creí que iban a querer matarme.

Chula llevaba la sombra de una gran sonrisa en los pliegues de sus labios.

—Mirá; yo había intentado suicidarme tres veces… una vez tomé pastillas— Extendió su mano derecha ante Luis—. Cinco—Olga rió en el piso—. No me dí cuenta de que eran los supositorios de mi vieja; no pude morir— Luis se llenó de un profundo sentimiento de culpa y advirtió que la causa era que se estaba divirtiendo con lo que decía aquel zombi—. Otra vez quise pasarme de merca, pero no tenía guita para comprarla, así que fue una simple sobredosis. La tercera me disparé un tiró a la cabeza con la veintidós de mi viejo, erré y rompí la pecera—Chula miró hacia Olga, que reía y se revolcaba en el césped—. Mi vieja quería mucho a esos peces…, AHHHH—suspiró Chula— Nunca tuve bolas para tirarme bajo un tren.

Luis miró hacia Olga.

—Decile a tu amigo que se levante del suelo si quiere seguir hablando pavadas por un tiempo.

—¡Ya le dije, cadáver! No seas rompebolas— se quejó Chula.

 —No me digas cadáver… me llamo Luis.

Chula le tendió la mano a Luis. El bullicio del tráfico cercaba la plaza mientras las dos manos—la descarnada y apestosa de Luis, la macilenta y violácea de Chula— se estrechaban levemente.

 —Mucho gusto en conocerte, Luis—dijo Chula y Luis trató en vano de calcular la presión de la apretada. Los dedos de Chula crujieron—. Y muchas gracias por matarme.

Los dientes de Luis resaltaron más en su cara al tratar que la piel remanente se dilatara para formar una sonrisa. Casi lo logra.

—De nada Chula—dijo y miró a Olga—. Tu amigo…, ¿no me odia?

—Olga es un boludo—contestó Chula mirando despectivamente a su amigo—. Pero es buena persona.

—Olga, levantate del piso y vayamos a un lugar un poco más alegre—dijo Luis.

—¡Ya voy, cadáver! No hinchés las pelotas.

Luis permaneció callado y mirando a Olga.

El joven agarraba con su mano derecha un pedazo de césped y movía la cabeza para arrancar otro con la izquierda. Al hacerlo vio como unos gusanos blancos, largos y gordos, se le acercaban arrastrando sus blandos y húmedos cuerpos por la tierra. Olga los miró y se quedó congelado, mas frío de lo que estaba, mientras soltaba la mata de césped que había estado tratando de arrancar. Algunos gusanos ya se le habían trepado al brazo y lo mordían, arrancando con sus tenazas pedazos de carne. Su antebrazo derecho contenía diez de estos gusanos que habían roído su carne hasta alcanzar el hueso. Uno había llegado a la cara e hincaba sus poderosas tenazas en la fláccida carne de una de las mejillas. Al no funcionar las terminaciones nerviosas, Olga podía haber seguido en el piso hasta quedar convertido en un montón de huesos.

Se levantó rápidamente y se sacó el gusano que tenía en la mejilla. Luego sacudió su brazo. Los gusanos cayeron al césped donde lentamente desaparecieron. Luis le habló al asustado zombi:

—Ellos reclaman lo suyo. Vos sos la carne de ellos, su comida. Así que nunca te vuelvas a tirar en el suelo… no si querés conservar tu carne unida.

Los tres empezaron a caminar, mientras el sol empezaba a chorrear el naranja del crepúsculo por las cumbres de los edificios, y se adentraron en el asfalto de la bulliciosa ciudad.

por Adrián Gastón Fares.

Índice de la Novela Suerte al zombi hasta el momento:

Índice novela Suerte al Zombi.

 

Suerte al zombi. 24. Está bien.

24. ESTÁ BIEN.

 

—¡López! ¡¡Lóoopez!!…Vení, pelotudo.

—¿Qué te duele, Garrafón?

—Mirá.

—Te la olvidaste abierta.

—No. Entrá y mirá el cajón de la piba

—…

—Si sabés que siempre cierro todo.

—…¡Uuh!, falta la mina.

—¿Cuánto te pagó por ésta, hijo de puta?

—¡¡Noo!!, ¡no!, Garrafón. Estás equivocado. Yo no tengo nada que ver.

—…

—Cuando vos dijiste basta yo también.

—…

—¡Escuchame!…, es normal, si dejás un laburo el puesto se lo dan a otro.

—…

—¡No me mirés a mí!

—Está bien… Te creo.

Sabías que si no lo hacíamos nosotros, otros se iban a encargar, no son todos santurrones como vos acá… ¿Preferís que los demás se queden con la guita?

—…

—¡Dale, Garrafa, nos estamos cagando de hambre!

—Está bien. Primero encontramos al que hizo esto y después seguimos nosotros.

 

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 23. Florida-Plaza San Martín.

3. FLORIDA-PLAZA SAN MARTÍN

 

Caminó por la calle Florida. La peatonal estaba repleta de sonrientes peatones reunidos en torno a diferentes espectáculos; un tipo que pintaba con aerosoles lúgubres paisajes, una persona sin piernas que tocaba el saxo, una grácil estatua viviente que pestañeó y cambió de posición al entrever algunos rasgos del despechado joven.

Clavó la mirada al piso y siguió, y entró en un negocio donde logró robar unos anteojos negros que usó para disimular su estado. El trajeado personaje olía a cloaca centenaria, tenía la mejilla derecha pegada al hueso, los ojos hundidos y las encías retraídas de su maxilar superior dejaban transparentar a las raíces de sus dientes. Extrañamente, sus orejas eran las únicas que habían aguantado la descomposición. Los lóbulos estaban arrugados, pero completos. Su nariz empezaba a hundirse en la punta. La camisa seguía pegada a las costillas y se había convertido, casi secretamente bajo su traje, en lo que suplantaba a la piel.

Luis Marte caminaba mirando el suelo y hundía sus manos en los bolsillos del pantalón, lo que le daba cierto aire de tímida determinación.

Pasó cerca de una pareja que bailaba tango furiosamente, agasajados por satisfechos turistas. Más adelante, un hombre morocho y bigotudo le dio una tarjeta, invitándolo a pasar a un sauna. A Luis le hubiera gustado ceder a la tentación, pero se acordó quién era y en el estado en que estaba.

Debían ser cerca de las dos de la tarde y cómo no tenía hambre, por razones que eran obvias, se dijo que debía hacer algo para distraerse. De repente, necesitó algo estridente que llenara el silencio interior y, cómo el timbre de los sonidos de la calle no le agradaba, decidió buscar algo de música que penetrara en sus oídos. Con su aspecto de yuppie derrotado, se acercó a una tienda que vendía esas pequeñas radios amarillas y se robó una. Simplemente pasó al lado de una canasta que estaba llena de esos aparatos; se aseguró que nadie lo mirara, sacó su mano derecha y agarró su trofeo mientras con la otra abría el bolsillo derecho del pantalón y dejaba caer la radio dentro. Afortunadamente, el cartel que estaba pegado en la pared decía: “Con pilas incluidas”.

Luis pasó unas cuantas vidrieras y al llegar a la esquina sacó la radio y se acomodó los auriculares en las oreja. La prendió y la dejó en el bolsillo mientras dejaba que la música de la emisora sintonizada lo inundara. La cumbia, que a él nunca le había gustado, le llenó sus oídos. Luego, un viejo tema de Los Fabulosos Cadillacs lo alegró. Caminó con la cabeza baja, siempre mirando al suelo y sonriendo cuando alguna canción lo animaba. De vez en cuando, como al cruzar las calles, por alguna razón la frecuencia modulada no llegaba al receptor de la radio en su bolsillo y Luis disfrutaba de las interferencias que largaban los pequeños parlantes. En otra cuadra, los últimos escupieron a Los Auténticos Decadentes. Luego a Los Rodríguez.

A veces alzaba su vista para mirar a chicas, muchas de las cuáles pasaban de la mano de orgullosos jóvenes que las abrazaban como si fueran un trofeo digno de mostrar en público.

Luis las miraba a los ojos por un instante y luego bajaba la vista rápidamente para no perderse en fugaces infiernos celestes, azul-grisáceos, verdosos o negros, que horadaban su temple.

Terminó de recorrer la peatonal y cruzó hacia la plaza San Martín, ya que su instinto de muerto se lo dijo. Subió las escaleras de la plaza y miró a un viejo árbol, cuyas raíces, dos veces mayores que las del túnel, brotaban enredadas de la tierra. Secretamente, la ciudad le pertenecía a aquel árbol de incalculables años, se dijo Luis. Luego, caminó hasta la parte más alta de las pequeñas elevaciones que poseía la plaza, cerca de donde una bajada llevaba al monumento en honor de los caídos en las Islas Malvinas; algo lo hizo detenerse en aquel lugar.

Miró pendiente abajo, y no se sorprendió cuando vio a los dos jóvenes que salían de atrás del monumento.  Se llevó las manos a los anteojos negros y los dejó caer al suelo.

Al reconocer a Luis, un joven empujó al otro y así, entre maldiciones, subieron por la senda de tierra. Cruzaron las cadenas que separaban el césped del cemento donde estaba Luis y se detuvieron delante de éste acusándolo con sus desfiguradas caras. Luis dejó caer los auriculares sobre sus hombros y apagó la radio.

Justo cuando empezaba la tanda comercial.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 22. Tártaro.

22. TÁRTARO

La luz que refulgía en la salida de aquel pasadizo era muy fuerte pero se mantenía perfectamente fuera del lugar, sin difundirse en la penumbra. Tuvo que arreglárselas para evadir a una docena de deshilachadas y podridas raíces que en algunos tramos le impedían el paso.

Luis se acordó de lo que contaban los que afirmaban haber vuelto de la muerte, y se desdijo de la conclusión que había obtenido a la entrada; ahora la luz era la epifanía de un poderoso dios que lo llamaba para insuflarle vida. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas de que esto ocurriera.

Alcanzó el final del pasadizo. El rectángulo lumínico se agrandaba mientras Luis se acercaba. Cerró los ojos y lo traspasó.

Luis se detuvo en aquel lugar sin abrir los ojos, solamente escuchando el conocido sonido que penetraba su alma. Antes de levantar sus lívidos párpados supo en qué clase de infierno se encontraba y se dio cuenta que no habría final feliz para su historia.

Mientras mantenía sus párpados apretados y la oscuridad inundaba su alma, Luis escuchó una fuerte bocina de camión; luego una frenada, la llamada de un teléfono celular, otras bocinas de colectivos, gente que gritaba, una sirena de ambulancia, otra de policía y un evangelista que hablaba a los gritos sobre las bondades de su iglesia. Luego, algo lo empujó. Levantó sus párpados y dejó que sus indiferentes ojos muertos se bañaran de luz. Vio como el hombre que lo había empujado caminaba calle abajo y lo maldecía. Cientos de personas caminaban delante de él, apartando las miradas del tenebroso yuppie: trabajadores gemelos con teléfonos celulares pegados a sus orejas, tristes mujeres que esperaban en vano alguna mirada, camareros que llevaban bandejas con sándwichs y gaseosas, jóvenes que comían pequeños helados de chocolate y vainilla, un vagabundo que sonreía enigmáticamente, niños llorosos arañando los brazos de desentendidas madres; caras y más caras que se fundían en una sola, la que pasaba a cada instante, el cuerpo vomitado por la corriente. Una hermosa chica, cuya remera promocionaba una sala de cine, trató de darle un papel, que cayó al piso porque Luis escondió rápidamente su mano en el bolsillo del pantalón.

Miró atrás, pero la salida del túnel había desaparecido, suplantada por una casa de electrodomésticos. Vio su propia imagen asombrarse en un televisor gigante; estaba siendo filmado por una pequeña cámara que lo apuntaba desde arriba de un centro musical. Se volteó y comprobó que estaba parado cerca del cordón de la vereda, enfrentando una transitada avenida. Tenía como compañía a cientos de personas que miraban con apremio el semáforo.

El día era soleado y Luis levantó su mirada para encontrarse con el poderoso astro que iluminaba la tierra, pero en ese momento un sucio colectivo con el caño de escape destrozado pasó, dejando una desvergonzada nube de humo negro que ocultó bajo su manto a los que estaban por cruzar hacia una plaza. Luego, el semáforo cambió y  todos se lanzaron a la calle rozando a Luis, que quedó parado casi en el cordón de la vereda.

“¿Por qué no crucé?”

Se contestó a sí mismo, argumentando que no quería seguirle el ritmo a los lunáticos que todavía estaban con vida y trataban de apurarse para que no se les pasara sin haber metido unos cuántos goles. Él, cuando vivía, tampoco se había dado cuenta de que la muerte se parecía a un policía de tránsito; si andabas demasiado rápido simplemente te paraba y te hacía firmar una multa eterna. La diferencia era que la muerte no avisaba cuando iba a actuar, en cambio los canas le hacían una seña al desafortunado conductor, como en aquel momento a una respingada dama que conducía un auto último modelo.

Luis reflexionaba, cuando otra nube de humo, ésta perteneciente al caño de escape de un camión, lo rodeó. Luego escuchó unas maldiciones y las personas que estaban junto a él cruzaron. Entonces, miró hacia la plaza que había cruzando la calle y se concentró en el césped; la alfombra verde brillaba amenazante, era su enemigo, ya que se alimentaba del humus y él en aquel momento no debería ser más que una de aquellas sustancias nutrientes. Se consideró a sí mismo como una afrenta a la cadena alimenticia terrestre. Rebelde a la naturaleza, aunque no por su propia voluntad. La tierra, el suelo, los animales, los vegetales; murmuraban el nombre del odiado joven. Los humanos simplemente le deberían temer, pero sólo el reino vegetal y animal tendrían la intuición de odiarlo.

Al mirar alrededor vio como entre el cielo y la ciudad se interponía una opaca alfombra que hacía que no se apreciara nítidamente el celeste de arriba. “¡Éste sí que es verdadero!”, se dijo Luis. Y luego vio como las calles estaban repletas de pequeños papeles que se deslizaban por el piso junto con sus coloreados padres; latas de gaseosa que lanzaban reflejos fugaces a sus ojos vítreos.

Nunca había sido ecologista; pensaba que las personas dedicadas exclusivamente a la naturaleza no eran más que tontos y arrogantes jóvenes que lloraban ante un perro sarnoso y eran indiferentes frente a un niño hambriento. También estaban los que, desesperados por una candidatura, enarbolaban un verdoso eslogan. Aunque le gustaban las plantas y los árboles y si podía hacer algo en su favor, lo hacía.

Su padre solía decir que había que dejar al hombre destruir el mundo; sería la ruina de la humanidad y la salvación del universo.

Luis sospechaba que el hombre quería destruir el mundo para desaparecer. Estaba seguro de que los hombres eran un infierno en sí; corazones inundados de cientos de demonios, bípedos expulsados diariamente del paraíso, surcaban las calles buscando algo que nunca iban a encontrar. En el mundo las mejores intenciones se convertían en las peores; lo mismo le había ocurrido al laborioso viejo barbudo. Al infierno lo había creado Dios, después de verse reflejado en los ojos de Adán y Eva. Luis se dijo: “El peor infierno, el más ardiente de todos, soy (o era) yo. Por otro lado, si cada transeúnte tiene una idea propia del infierno, y éste no existe más que en nuestro pensamiento, hay tantos infiernos como personas. Por lo tanto, las ciudades son los peores infiernos; están transitadas por millones de ellos”.

Recordó que sus pensamientos habían sido avivados por el dilema con la naturaleza y, mientras observaba a los gases que flotaban en el aire, concluyó que la naturaleza estaría lejos de odiarlo. El planeta se quejaba por la misma razón que lo hacía él; tenía que ver con sus propios ojos cómo minuto tras minuto, hora tras hora, se iba pudriendo. Sonrió, mientras estaba en aquella esquina céntrica, y se dijo que la naturaleza sólo debía tenerle rencor porque había desobedecido una de sus supuestas reglas. ¡Luz verde!

Estaba divagando demasiado, se dijo Luis, y cruzó la calle con otros peatones.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 21. Tenemos trabajo hoy.

21. TENEMOS TRABAJO HOY

 

Las negras paredes y el cemento de la celda atormentaron a Garrafa durante un mes. Las rejas le demostraron que su vida había sido buena hasta ese momento. Se dijo que a pesar de no tener dinero, llevaba una vida interesante comparada con la de otros. Cuidar de un cementerio en el medio de la noche, “¡eso era una tarea para hombres!”, pensó mientras miraba a la carcelera morocha de unos cincuenta años que, agachada en el pasillo de aquella vieja cárcel, fregaba un trapo por el piso.

El lugar estaba impregnado de un fuerte olor a orina. Al principio le producía arcadas pero con el pasar de los días descubrió que el olor aletargaba sus sentidos. De noche, cuando recordaba a los muertos que debían estar reclamando su cuidado, Garrafa lloraba y le pedía a gritos a la carcelera que lo dejara salir. La mujer le contestaba que estaba loco y Garrafa le describía detalladamente cómo había cuidado la lápida de su abuela, pidiéndole que reconsiderara su actitud ya que López no era tan delicado. La carcelera lo dejaba siempre hablando solo y desaparecía por el pasillo para luego retornar con un mate, que tomaba mientras leía el diario sentada en un destartalado banquito.

Las celdas contiguas contenían a jóvenes delincuentes que entraban y salían de la comisaría más veces que las ratas.

López lo iba a ver cada semana y le llevaba cigarrillos. Garrafa no comprendía el origen de una ofensa de semejante calibre a él, que era tan importante para Mundo Viejo.

Una noche empezó a llorar silenciosamente y se llevó la mano a sus bigotes. Agarró un pelo cuidadosamente, lo estiró y se lo arrancó. Luego empezó con otro. Estuvo haciendo ese trabajo toda la noche, hasta que cayó rendido por el sueño. A la mañana siguiente, el bigote de Garrafa había desaparecido. Sangrantes agujeritos enmarcaban su abultado labio superior.

Un día la carcelera se acercó y abrió su celda. Garrafa caminó por el pasillo y se obligó a escupirlo antes de salir al sol del mediodía. Se puso triste porque afuera no había nadie para recibirlo. Luego se dirigió a un almacén, no al de Rulfo, y se compró una cerveza. La tomó mientras se dirigía al viejo camino que llevaba al cementerio.

López salió del cuartucho y lo recibió con un abrazo. Luego, le señaló el fondo del cementerio, donde había un grupo de personas que estaban reunidas alrededor de una parcela de tierra removida.

—Tenemos trabajo hoy…, del verdadero eh…—dijo López y sonrió mostrando sus rojísimas encías—. ¿Seguro que no querés seguir con el otro laburito?… El mayordomo siempre me pregunta.

Garrafa miraba callado hacia el fondo del cementerio. López le preguntó por los bigotes. Garrafa no contestó y se dirigió al cuartucho.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 20. ¡Suerte al zombi!

20. ¡SUERTE AL ZOMBI!

Luis Marte caminaba con su frente alta desafiando al anaranjado cielo, mezclando reminiscencias de canciones en su mente. El asfalto iba a estar muy caliente aquel día, pensó mientras inventaba una nueva canción de extraña melodía. El sol imprimía una aureola a los edificios mientras ascendía para colocarse en su cenit.

De repente, se escuchó un chasquido en el aire y el portero eléctrico del edificio por el que pasaba Luis empezó a sonar. Era un chillido eléctrico constante. Miró al portero y  siguió caminando sin prestarle atención.

El portero eléctrico del edificio contiguo empezó a sonar en ese momento y a éste se unieron todos los demás de aquella zona del centro de Buenos Aires. A Luis le pareció que todos estos aparatos estaban siendo activados por una fuerza desconocida. El murmullo metálico llevaba la delantera, desplazando a los demás ruidos del amanecer urbano. Para Luis era el ruido del infierno, imprecación que atentaba contra el alma todavía contenida en su cuerpo. El joven muerto siguió caminando, lento pero decidido, con aquel aire de seguridad y firmeza que había estrenado en su gloriosa salida del baño de “La Esquina del Sol”.

Llegó a una esquina y la cruzó con aquél sonido amplificado persiguiéndolo de cerca. En la otra vereda, se agachó y ató los cordones de su zapato. Siguió caminando.

En la mitad de la cuadra, al pasar frente a un anciano que estaba parado en la puerta de un edificio, Luis miró al suelo y simuló una escupida cuya saliva nunca llegó a las húmedas baldosas; las glándulas salivales se habían secado junto con sus lagrimales la noche anterior. Luego ahuecó sus labios y fingió silbar. El murmullo metálico pareció ganar intensidad mientras Luis se decía que solamente él parecía escuchar el ruido —o el viejo lo escuchaba y se hacía el tonto como él.

El sonido era simplemente insoportable y  fluía por los oídos de Luis hasta su triste alma. El chillido metálico crecía en intensidad y todos los porteros eléctricos parecían ser los mensajeros de un solo y caprichoso grito:

¡ChhhhhhChhhhhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhChhhhhh!

El ruido seguía a Luis en todas las calles por las que caminaba.

Se sorprendió al darse cuenta que no había caños de escape arremetiendo contra la capa de ozono. Los automotores simplemente parecían no existir a aquella hora de la mañana, lo que le pareció bastante extraño. ¿Sería domingo?, se preguntó. Y así siguió caminando, sin que los sonidos de los motores de los autos, que cualquier otro día hubieran explotado en el aire, aparecieran. Solamente el llamado de algo que iba a comunicarse por los porteros y que había reunido a todos éstos para un único y delirante fin. El objetivo no sería solamente hacer ruido, pensó; alguien o algo iba a hablar.

El sol iba situándose lentamente en la cúspide del cielo. Pocos seres humanos daban muestra de su existencia en aquel universo porteño; tan sólo el anciano y un joven cartero habían representado a la humanidad. En ese instante advirtió que una anciana, que plantaba flores en un cantero cerca de la vereda por la que él caminaba, lo observaba. Luis paró de caminar y se acercó a un frondoso arbusto que crecía frente a un edificio antiguo. Se bajó el cierre de sus pantalones y fingió orinar. Simplemente se mantuvo erguido un minuto, en una  posición de éxtasis, con su mano apretando lo que quedaba de su pene. No se animó a bajar la vista para mirarlo; la tenía clavada en el tronco de aquel arbusto. La vieja lo miraba atentamente y movía sus hundidos labios formulando una protesta interior contra toda la juventud moderna.

Luis, en ese minuto, pensó que lo que había hecho era una burla a la tierra; una venganza contra aquel suelo que lo reclamaba, una irrespetuosa ofrenda al  dios demente que lo había despertado de la muerte, por cuya culpa estaba ahora caminando por aquellas extrañamente desoladas calles. Sin embargo, una gran porción de su alma reconoció que simulaba que orinaba, como antes salivado, para pretender que todavía vivía. Éstos pensamientos eran los que aportaban una nueva pena al acongojado espíritu de Luis.

Luego, se subió el cierre, tratando de no mirar hacia la tierra seca que rodeaba al árbol y siguió caminando con el mismo paso firme. Cuando pasó delante de la anciana, vio como ésta seguía murmurando y lo miraba con temor y repugnancia.

Cuando cruzaba una calle, el sonido metálico se apagó con un nuevo chasquido y reinó el silencio total por un segundo. Luego sonó una única voz. La voz del daimon parecía venir de todos lados, producida por todos los porteros y al mismo tiempo proveniente de uno solo:

 —¡Despedido el primer día de trabajo!…¡Ja!, ¡Ja!—dijo el daimon con voz de locutor, imitando a algún conductor conocido de televisión. Un coro de risas televisivas, de las que acompañan a los chistes de las comedias, esparció su falsa alegría.

Luis siguió caminando, tratando, en vano, de ignorar a la imponente voz del daimon.

—¡Dios maldiga al zombi!—Una amarga ironía tocaba ahora las cuerdas vocales del engendro; el coro rió con indiferencia—. Podías haber sido una leyenda—Ésta vez el coro se abstuvo. La voz eléctrica del daimon dejó de lado la ironía para expresarse francamente—. Pero elegiste pudrirte en la ciudad… —Un suspiro profundo y luego un solo grito—. ¡Suerte al zombi!…— Las risas televisivas sonaron más histéricas que nunca.

El silencio invadió a Luis. Caminó hasta llegar a la esquina mientras se daba cuenta que las calles se interrumpían allí; la que él transitaba desembocaba en un gigante edificio gris que impedía avanzar. Rápidamente miró hacia atrás, pero la calle por la que venía caminando había sido suplantada por otro edificio gris. Levantó la cabeza y se asombró ante el edificio más alto que había visto. No se veían puertas en la fachada. Tenía ventanas, pero debían empezar en el piso trescientos. El alma de Luis sintió escalofríos.  Delante de él, a su izquierda y a la derecha, descomunales edificios grises, todos sin ventanas ni puertas, le cerraban el paso. Armaban una habitación cuyas cuatro paredes estaban conformadas por las fachadas de los cuatro edificios gigantescos y el techo por el compacto celeste del cielo.

Bajó el cordón y se quedó parado en el medio del asfaltado cubículo. El silencio era inmejorable. Miró al frío cielo celeste. Se asemejaba a un cartón pintado, una escenografía barata cuya desenfadada artificialidad apisonaba aún más el alma de Luis. Todo le producía una insoportable sensación claustrofóbica. Bajó su cabeza, vencido, pero volvió a levantarla para desafiar el retazo de firmamento. Se le ocurrió que éste no debía estar muy arriba.

Estiró su huesudo índice para alcanzarlo y se dio cuenta que se había equivocado. El cielo volvió a estar tan alto como en el primer momento. Tenía su mirada clavada en aquel homogéneo firmamento celeste, cuando se percató de que algo insignificante caía en línea recta hacia su cabeza. Tratando de descubrir la naturaleza del ¿objeto?, ¿tal vez sustancia?, olvidó apartarse.

Una pequeña gota cayó en su maxilar inferior; el hueso conservaba todavía un poco de piel y el pastoso líquido se posó justo donde se unía con sus incisivos, que dominaban gran parte de la cara. Luis se llevó la falange del dedo índice al maxilar y recogió el líquido. La falange no estaba enteramente descubierta; todavía conservaba una parte de la yema que recubría la punta del dedo. Luis vio allí una manchita celeste.

¡Era pintura! El cielo estaba verdaderamente pintado. Se preguntó si no sería un muerto  viviente loco, cuando se dijo que el pintor era muy malo porque no había pintado ninguna nube.

La sensación de claustrofobia se incrementó y Luis buscó una salida. Miró nuevamente los edificios. Ni siquiera una claraboya por la que se pudiera pasar. Se detuvo en un detalle que imperaba en las uniones de los cuatro emporios. Las moles grises estaban separadas por unos centímetros en las uniones, formando angostos túneles al final de los cuales refulgían pequeñas luces blancas. Luis caminó hasta la vereda, subió el cordón y examinó de cerca una de las entradas; era tan estrecha que apenas permitía el paso de un humano. ¿Llevarían todas al mismo lugar? Era probable que no. Se dijo que era la única manera de salir de allí y se decidió por la entrada que tenía delante. Metió su cabeza y después todo su cuerpo.

El túnel tenía paredes compuestas por una mezcla de arcilla, humus y cientos de lombrices que, enterradas sus mitades en la tierra, ondulaban frenéticamente la porción libre de sus cuerpos. Luis descubrió, con intolerable aprensión, que sus serpenteos eran espasmódicos; aquellos gusanos estaban atrapados allí y se retorcían ante el insignificante fulgor del final del túnel. Seguramente, la sensibilidad de aquellos bichos era mucho mayor que la de los humanos. ¿Y cuántas veces más que la de un muerto?

Aquella pregunta, aún cuando su respuesta fue oportunamente evadida por Luis, despertó muchas otras. Sin atreverse avanzar —¿acaso no es el temor la base del pensamiento?— se preguntó por las formas del lugar que lo había atrapado.

Parecía ser que el túnel constituía la bisectriz del ángulo recto formado por las paredes laterales de los edificios; éstas concurrían en un vértice: la abertura por la que él había entrado. De lo anterior dedujo que el espacio existente entre las paredes laterales de los edificios y el túnel estaría relleno por la mezcla terrosa que conformaba las paredes del último. Al mirar hacia arriba, apenas percibió un tenue centelleo celeste, suspiro de luz, que le recordó que en inenarrables alturas había un cielo, éste tal vez real. Luego, ante la presión de otra pregunta, elevó su imaginación: el conjunto, visto desde arriba, formaba una cruz latina, cuyo centro era el cubículo donde él había sido atrapado; las uniones de los edificios eran las salidas, una de éstas la que él se iba a disponer a transitar, que llevaban hacia la luz, cuyo conmovedor significado comenzó a prever.

Entonces, lo perturbó el recuerdo de lo que una encrucijada significaba para un alma y la ulterior deducción de que su cautiverio allí remarcaba lo irrevocable de su muerte. Se dijo que la encrucijada de cielo pintado no era más que un agravio de la ciudad contra su espíritu, una advertencia de que ya no debía andar por aquellas calles. Luego se desdijo: la encrucijada era la abstracción de todas las calles que conformaban nuestra ciudad; consistía en un aislamiento pedagógico construido para prepararlo ante la inminencia de su verdadera muerte —la separación de cuerpo y alma—. De lo que obtuvo dos conclusiones: una obvia, el que lo había despertado lo esperaba del otro lado de la luz; la otra vital, la encrucijada había atrapado su alma, que aún perseveraba en seguir unida al cuerpo, y el túnel era el tránsito a la vida eterna. Miró hacia la beatífica luz y sonrió.

Empezó a caminar rápidamente por el angosto túnel, clavando su vista en el resplandor blanco que brillaba en la salida. “Sólo faltarán unos metros”, pensó mientras tropezaba con una raíz; más adelante percibió las caprichosas formas de las demás. El suelo se veía repleto de petrificados tentáculos, que el muerto viviente comparaba con los de los iracundos moluscos que asediaban la imaginación de antiguos navegantes. Su alma se mareó. Creyó caminar por una infectada garganta; él era un germen más, otra agitada lombriz dispuesta a ser escupida.

Las raíces debían pertenecer a un árbol de unos trescientos años. No pudo evitar preguntarse dónde crecería aquel árbol.

Siguió caminando hacia la luz.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 19. El mundo tendría que ser como este lugar.

Garrafa estaba con López, los dos sentados en la puerta del cementerio, sobre unos banquitos de madera. Estaban callados, escuchando cómo el viento hacía de las suyas al zambullirse entre las viejas lápidas. Garrafa tenía hinchadas sus mejillas y sus morados labios estaban más apretados que nunca. López se metía un yuyo en la boca y lo masticaba frenéticamente. El viento fuerte pronosticaba una tormenta y los pelos sucios de los hombres apenas llegaban a moverse.

De repente, el cielo se abrió, no para dejar paso a los dorados rayos de sol, sino para verter toda el agua contenida durante ese mes. La llovizna se convirtió rápidamente en un torrente violento que arremetía sobre la tierra. Sin embargo, Garrafa y López se quedaron quietos, recibiendo el agua que caía sobre ellos como si fuera una bendición. No dijeron ni una palabra y observaron como la tierra sanaba las heridas, ya que hacía un mes que no llovía tanto en Mundo Viejo y el suelo estaba seco y resquebrajado.

Garrafa siguió con las mejillas hinchadas y los labios fuertemente apretados y López no dejó de masticar el yuyo. La lluvia amainó de repente, como si alguien hubiera cerrado un poco el grifo, después de una hora. Garrafa miró a López y separó sus labios.

—No tengo un mango, López— Éste dejó caer el yuyo al suelo— Hace un mes que no enterramos a nadie… si no fuera por el Tano… ¡La puta madre!…, encima todavía me deben el trabajo que hice para la familia del dentista.

 —La gente parece que dejó de estirar la pata por acá—dijo López.

 —En todo el país muere mucha gente todos los días; hay más asesinos que pulgas. Acá, ni los viejos palman… —Garrafa asentía ante sus propias palabras— Creo que es un castigo de arriba, López.

 —¿Te parece?

—El otro día, antes de oír los disparos del loco ése, fui a tomar una cerveza al bar del Rulfo… ¡el muy hijo de puta me trató mal!…—Movió su cabeza negando tozudamente— ¡Muy mal!…Todo porque no tengo guita y no puedo pagar mis propios tragos… ¡qué culpa tengo yo de que no haya laburo acá!

—Un hombre que no puede pagar por una cerveza no tendría que vivir.

—La vida está siendo muy hija de puta conmigo últimamente… —Se dio vuelta y señaló con la mano el portal del cementerio— ¡El mundo tendría que ser como este lugar!

 López rió, amargamente.

—Muy aburrido—dijo y se levantó.

—¡Aburrido para vos!… ¿les preguntaste a los muertos si se aburren de mí cementerio!…, ¿viste a uno dejar mi cementerio porque se aburría?

 —Se está volviendo loco—murmuró para sí López.

De repente, un patrullero frenó a unos metros de donde estaban los sepultureros. En la frenada, el barro les salpicó un poco la cara. La puerta del conductor se abrió y un agente narigón bajó y se acercó a Garrafa.

—Señor González, va a tener que acompañarme a la comisaría.

Garrafa lo miró como si fuera el demonio.

 —Yo no hice ningún mal para tener que ir con usted.

 —Tengo una orden de arresto, señor González. Levántese, por favor.

 Garrafa se levantó y clavó sus ojos en los del agente.

 —¿Sabés que yo soy el que cuidó todos estos años a tu viejo?

Garrafa miró por unos segundos hacia el cementerio y luego volvió a posar sus ojos negros en los azules del policía. López lo miraba todo como si estuviera viendo una película porno en el pequeño cine de Mundo Viejo; una gran satisfacción encendía sus pupilas y arqueaba las comisuras de sus labios.

 —Está bien—dijo Garrafa y se dio vuelta—. Un santo debe tener sus sacrificios, sino no sería santo.

El oficial le puso las esposas y lo acompañó hasta la patrulla. Abrió la puerta trasera, esperó a que Garrafa se acomodara en el asiento y luego la cerró.

 —¡Oficial!—llamaba López sentado nuevamente en su banquito— ¡Oficial!…, venga.

 El policía se acercó a López.

 —¿Por qué arrestan al Garrafón?

 —La nueva viuda del pueblo lo denunció por intento de violación cuando su esposo se suicidó el otro día. La tipa no tuvo coraje para denunciarlo mientras quemaban al marido, pero después se decidió.

 —¿Tiene para mucho?

 —Depende… —contestó el oficial mientras se alejaba.

López se quedó sentado mirando como el policía subía al patrullero. El auto arrancó, y se llevó a Garrafa.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 18. Velados.

18. VELADOS

 

El caso del remisero y los dos chicos quedó cerrado para la policía. Luego de dos días, los padres de Olga y Chula pudieron velar a los supuestos restos de sus hijos, que habían recibido en ataúdes herméticamente cerrados. Uno contenía el cadáver del remisero —al que nadie había reclamado— y el otro, el de una mujer despedazada. Los padres de Olga y Chula nunca supieron que dentro de estos ataúdes descansaban los cuerpos de otras personas y aceptaron la muerte violenta de sus hijos como lo habían hecho miles de argentinos aquel año.

 

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 17. La fuga de los zombis.

17. La fuga de los zombis.

Aquel año hubo tantos asesinatos en el país que los muertos desbordaron las morgues oficiales. La policía improvisó morgues en comisarías. Antiguas oficinas fueron recicladas por desganados forenses. Los cuartos estaban desprovistos de ventilación y refrigeración. Pestilentes y desordenados, estos lugares servían de sala de espera a los difuntos hasta que apareciera una vacante en las morgues oficiales. Había tanto para investigar que los casos se confundían y las morgues se convertían en mausoleos comunitarios. Todo lo anterior, ha sido obviamente resguardado de oídos populares, ante los cuales sólo han circulado morbosos cuentos.

En una de estas morgues, yacían tres cadáveres que todavía no habían sido identificados. En el hueco debajo de una ventana sellada con ladrillos, un hombre de edad avanzada estaba apoyado contra la pared blanca. Los otros dos cuerpos ocupaban sendas camillas de metal en el medio del destartalado recinto. Alrededor de éstos había cuatro camillas con ocupantes amortajados en sábanas sucias. La habitación estaba bañada sólo por la espectral luz que penetraba por una translúcida mampara blanca, que la separaba de una oficina, vacía en ese momento, y en la que habían dejado por descuido los tubos prendidos.

Las caras tiesas de los jóvenes estaban deformadas por rictus indescriptibles. El cadáver que yacía bajo la ventana tenía la faz destrozada por un impacto de bala que había pintado su calvicie y así tendría que esperar a que desalojaran alguna otra camilla. A los dos jóvenes no les habían quitado la ropa que tenían puesta y ni siquiera habían cubierto los cuerpos con sábanas.

Los habían revisado y llegado a la conclusión de que trataron de robar a alguien y que éste les había dado una buena lección. Supusieron que la víctima del robo iba a ser el pelado que estaba tirado bajo la ventana y que éste se había defendido con su arma. Los policías se forzaron a armar en su mente una imagen; uno de los dos jóvenes, seguramente el que tenía los tiros en el estómago, levantaba el arma que encontraron cerca y le disparaba al pelado, dueño de aquella remisería. Claro, se dijeron los policías mientras investigaban, lo extraño era que no había huellas dactilares en el arma que encontraron. Se consolaron pensando que el rocío las había borrado, aunque sabían que era poco probable. Encontraron cuatro balas que estaban desperdigadas por la escena tras traspasar los cuerpos de las víctimas. Todas provenían de la inexplicable arma que, orgullosa, había brillado en el cemento en el momento en que la vio el oficial Gómez. El arma que tenía las huellas del pelado había sido hallada dentro de la remisería, pero ésta tenía el cargador lleno.

En ese momento, los policías que habían intervenido en el caso estaban en el despacho del subcomisario, tratando de buscar información sobre Olga y Chula. No habían podido contactar a sus padres, ya que los jóvenes no llevaban ninguna documentación.

El cadáver de Olga había sangrado desde que lo trajeron y una forense le había pegado una gasa en la frente, donde tenía un punto rojo, todavía húmedo. A pesar de su violenta muerte, el cuerpo estaba estirado y sus ojos abiertos miraban al cielo raso del aposento con indiferencia. La remera de Sepultura de Chula tenía dos agujeros en la zona de los pulmones y uno en el corazón. El joven se había desangrado, apoyado contra el cemento de la vereda de la remisería y esto contribuía a que su cara se viera excesivamente horrible; su boca estaba abierta formando un grito congelado, sus ojos no habían alcanzado a cerrarse y sus pestañas dejaban ver una porción de esclerótica. Una de sus manos colgaba de la camilla y otra estaba apoyada en su abdomen. Ambas estaban crispadas, en una previsible manera alegórica a la muerte violenta; sus dedos parecían querer arañar a un enemigo invisible. Su pelo colgaba de la camilla, largo y lacio, desparramado bajo la cabeza.

La puerta de la habitación se abrió y entraron dos enfermeros empujando una camilla. El que entró primero pulsó el interruptor de luz. Los tubos blancos tardaron dos segundos y, después de relampaguear, se prendieron revelando con su fría luz los horrores de aquella peculiar habitación.

El enfermero tardó en separarse de la pared; la mera ojeada de Chula le había producido escalofríos. El hecho era que el enfermero era muy católico y el semblante de Chula se parecía mucho al de un agónico Jesús crucificado que tenían en una iglesia de su pueblo natal y al que temía pavorosamente cuando era niño.

Acercaron la camilla vacía a la primera que se encontraba en su camino, verificaron la identificación en el pie y destaparon el cuerpo: una mujer que estaba despedazada. Todo esto lo hicieron en silencio y rápidamente. La pusieron en la camilla vacía, se acercaron al cadáver del remisero, lo levantaron y apoyaron en la que había estado la mujer. La sábana que cubría el cuerpo de ésta cayó al piso y no la levantaron. Luego, uno le hizo una broma al otro; rieron y empujaron la camilla con los restos de la mujer a la vista. Salieron y cerraron la puerta, olvidando pulsar nuevamente el interruptor de luz para dejarla apagada.

Los ojos abiertos de Olga reflejaban la luz que incidía desde los tubos que estaban sobre su cabeza. Lo mismo hacía la porción de esclerótica de Chula no cubierta por sus párpados.

Luego de un tiempo, en el transcurso del cual la luz irradiada por los tubos pareció ir creciendo en intensidad hasta convertirse en un todo blanco, claridad lechosa, casi palpable, Olga se despertó lanzando un gutural alarido. Miró a los tubos, que habían vuelto a brillar normalmente y su pupila se mantuvo constante, sin tener que cerrarse como ocurre en cualquier ser humano al mirar una fuente de luz.

Olga pensó que la vida lo había jodido bien y se acordó que le habían disparado en la cabeza. Incluso, se vio a sí mismo fumando su último porro. Obvió la gasa, que como había perdido el tacto no sentía, y trató de mover su cabeza. Ésta primero se resistió. Luego de probar dos o tres veces, logró mirar a su derecha, donde vio, después de pasar su vista por dos cadáveres tapados, al remisero en su camilla. Olga tuvo miedo y se preguntó por  su aspecto. Luego, se hizo otra pregunta; ¿Chula se habría salvado de los tiros que le había pegado aquel loco?. Y, mientras daba vuelta su cabeza para mirar a su izquierda, se encontró deseando que su amigo hubiera también muerto. No le gustaba estar solo; si él había muerto, ¿por qué no su amigo que siempre había deseado dejar este mundo? No se le ocurrió preguntarse cómo veía y escuchaba cuando igual estaba seguro de que la había palmado.

Cuando su cabeza describió un ángulo de unos ciento ochenta grados impremeditado, sólo quería doblarla para ver el resto del lugar, y cayó en el costado izquierdo de la camilla, Olga vio a su amigo. Se asustó. Muerto, Chula, de perfil, parecía un monstruo. Volvió a preguntarse cómo se vería él. Mientras miraba a Chula, empezó a crear teorías sobre el hecho de que había resucitado y se convenció de que los muertos debían soñar que vivían. Todo eso era un sueño de fiambre.

De repente, Chula empezó a mover los brazos y el grito contenido se materializó en una erupción de tos. Tras lanzar una flema blanca que se deslizó sobre el cuero negro de sus pantalones, los ojos de Chula se abrieron y sus exánimes dedos comenzaron a moverse. Levantó la mano que estaba colgando y la apoyó en la remera. Luego, miró el techo y dio lentamente vuelta su cabeza hasta encontrarse con la mirada de Olga.

 “Estás muerto”, le dijeron los ojos de Olga.

  “Vos no estás mucho mejor”, le contestó Chula con los suyos.

  Luego despegó los labios.

 —¿Vos también moriste?— desafinó con una extraña voz gruesa.

 —No, te vine a visitar a la morgue y me acosté en esta camilla para hacerte compañía—contestó Olga con voz nasal— Las flores las deje sobre la mesita, junto a los intestinos de Ruben.

 —¡Odio estar vivo!—Chula levantó la cabeza, trató de sentarse en la camilla y cayó hacia atrás como lo haría un obeso haciendo abdominales; él que era tan flaco.

 —No creo que estemos vivos… estamos muertos, pero soñamos que vivimos—aseguró Olga.

 —No siento ninguna parte de mi cuerpo pero veo tu cara fea y te escucho gangosear… ¿estaré en el infierno?—preguntó Chula.

  —¡Estamos en una morgue!—exclamó Olga.

  —Entonces… ¿estamos muertos de verdad?

  —Vos tenés dos agujeros en la remera—. Olga señalaba el pecho de Chula.

  —Y vos uno en la cabeza, boludo—. Chula levantó su índice y lo apunto a la cabeza de Olga—Te pusieron una gasa que está rojísima—dijo.

Olga levantó su espalda tratando de sentarse en la camilla. Lo logró. Detrás de él, los azulejos blancos reflejaban mechones de pelo cubiertos de sangre, que se abrían para mostrar un pequeño orificio, un ojo púrpura que miraba expectante. Olga se alisó el pelo, pasando su mano por la parte posterior de la cabeza y tapó el agujero. Miró a Chula, que seguía intentando levantarse.

—¿Sabés una cosa?—dijo Olga mirando a Chula—. Me alegro de que estés muerto— Chula lo miró asombrado— Quiero decir que… bueno… somos dos y vos sos mi mejor amigo.

 Chula logró sentarse y miró con fijeza fea a Olga.

—Yo también me puse contento al verte en la camilla, Olga— Chula se sinceró y sonrió. Olga trató de que sus labios construyeran una sonrisa.

En ese momento se escucharon unos pasos lentos que provenían del pasillo. Chula y Olga doblaron lentamente su cabeza hasta visualizar la puerta metálica por la que se accedía a la morgue. Una voz masculina, grave, viajó desde el pasillo hasta sus oídos muertos.

—¡Voy a abrir a esos pibes, Laura!… ¡Avisale a Escardo!

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca y los dos resucitados no reaccionaban, sólo miraban la puerta, desesperados ante el futuro.

Los pasos se detuvieron. Olga trató de suspirar, sin acordarse de que sus pulmones no tenían aire. Se escuchó el ruido de una puerta al abrirse acompañado de una voz femenina.

 —No tenemos el permiso todavía, doctor… No fueron reconocidos.

—¡A la mierda con el permiso! Ésta tarde tengo que destripar tres acá y a siete más en una comisaría de Caraza.

Los pasos se reanudaron. Olga pensaba que debía ser una pesadilla común en los muertos.  Su alma se estremeció. Chula no pudo pensar, tan sólo escupió la última flema que alojaba su garganta. La voz femenina llegó hasta ellos nuevamente:

 —¿Encontró el trepanador?

 —No, pero Escardo me prestó uno que usaba con los elefantes cuando trabajaba en el zoológico… ¿parece práctico, no?—contestó el forense.

Las caras de Chula y Olga se deformaron. Las mandíbulas se desencajaron mientras los ojos intentaban dejar las cuencas.

La puerta se abrió y dio contra la pared. Ante Chula y Olga apareció el forense más robusto y alto de todo la Argentina. En su mano derecha tenía una sierra circular para abrir cabezas del tamaño de una cacerola para puchero y un barbijo celeste ocultaba la mitad inferior de su cara.

Al ver el trepanador, Chula y Olga reaccionaron rápidamente. Se tiraron de las camillas y la tensión reinante en sus almas produjo un shock de adrenalina y violencia que insufló vitalidad a sus miembros dormidos, como había pasado con Luis.

La energía sustituyó a la sangre y corrió por las venas secas, inflando los canales, prestando intensidad y mucha voluntad. Las articulaciones funcionaron.

Chula y Olga corrían alrededor de las camillas; mientras, el doctor ponía cara de asombro y se acercaba a ellos blandiendo el trepanador y gritando:

—¡Ladrones de cuerpos!….¡Los voy a matar!

Chula y Olga dieron una vuelta más alrededor de las camillas, con el forense persiguiéndolos atrás, y lograron salir por la puerta que éste había dejado abierta. Chula volvió y cerró la puerta justo cuando el forense se disponía a cruzarla. Corrieron por el pasillo, abrieron la puerta entornada de una oficina y se metieron; al apoyarse contra la madera vieron a una secretaria que los amenazaba enarbolando un pisapapeles con forma de ballena. Olga se despegó de la puerta y comenzó a zarandear a la joven mientras trataba de evitar que el pisapapeles se hundiera en su cráneo.

 —¡La llave de la puerta!…¡deme la llave de la puerta!

La secretaria abrió un cajón del escritorio que se hallaba a su espalda y le lanzó una llave a Chula, que resistía los embates del forense a la puerta. Chula cerró con llave y caminó hasta la secretaria. Los gritos de la joven eran ahogados por la hedionda mano de Olga, que con la cabeza señalaba hacia un costado del escritorio, donde había una ventana. Chula arrojó una silla contra el vidrio —no se le ocurrió correrlo—, que lo desafió a un segundo embate. En éste, triunfó Chula y la ventana les ofreció una salida al nivel del suelo.

La fuga de los dos zombis coincidió con el estrépito de la puerta del pasillo y la invasión de la oficina de la secretaria por el forense, los enfermeros y un confundido policía.

Los jóvenes corrieron rápidamente por el cemento y lograron colgarse de un camión recolector de basura, que los recibió como último aporte de la ciudad a su desbordado interior.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 16. Algo mejor.

16. Algo mejor.

Garrafa había entrado en el almacén y ocupaba la mesa de siempre, cerca de la ventana. Desde allí, miraba la calle. Mantenía sus ojos entrecerrados, ya que el reflejo del sol en el cemento le molestaba.

El viejo Rulfo se acercó, más lento que nunca, y posó su mirada estéril en el gordo. Garrafa maldijo por dentro y trató de ignorarlo.

—¿Una cerveza, no?—Rulfo sonrió aireando sus tres dientes.

Garrafa trataba de verse despreocupado, pero la situación no se lo permitía. Se sentía nervioso como si presintiera algo. Miró a Rulfo y asintió.

—Y yo que pensaba que iríamos adelante con el cemento… —comentó tristemente el viejo mirando a través de la ventana—. Extraño barrer la tierra.

Rulfo se acercó a la heladera —regalo de una importante empresa de gaseosa—, extrajo una lata de cerveza norteamericana de nombre impronunciable para ellos y se la tendió a Garrafa. Garrafa la vació casi de un trago. Rulfo lo miraba del otro lado del mostrador.

—¡La próxima vez en vaso!—gruñó, clavando la vista en Rulfo.

 El viejo movió su boca, maldiciendo en silencio.

—¡Nunca me pagás, Garrafa!—Tosió, escupió  y continuó— Si me pagaras, te daría un vaso… Y también algo mejor.

Garrafa volvió a mirar hacia el cemento caliente, entornando aún más sus párpados.

—¿Mejor? Yo me merezco algo mejor—susurró.

—¡Enterrás dos fiambres por mes y después te rascas todo el año! Yo atiendo a los vivos no a los muertos, negro—gritaba Rulfo, mientras dejaba escapar gotas de saliva que se filtraban por sus arrugados y hundidos labios.

Garrafa se levantó, camino lentamente y salió a la calle sin darse vuelta para mirar a Rulfo. Cuando pasó por la ventana, las manos del viejo lo señalaron a través del vidrio. Su boca se abría y cerraba escupiendo maldiciones. Garrafa siguió caminando con la mirada fija en el pavimento.

Dos disparos resonaron en la húmeda tarde. Garrafa levantó la cabeza, caminó más rápido, luego trotó como pudo y dobló en la esquina.

En la mitad de la calle había un hombre abatido y cuatro personas lo rodeaban. Una de éstas era López, otra era una mujer en cuclillas, que no paraba de llorar, y los otros dos eran hombres de unos cuarenta años.

López miró a su amigo con cierta ironía. Garrafa le hizo la pregunta inevitable, mientras miraba a la mujer.

—El esposo de ella le disparó a éste— Hizo una pausa, como estaba medio borracho le costaba encontrar las palabras—. Tres tiros y se escapó—contestó finalmente López.

Garrafa miró al muerto, que tenía un agujero en la ceja, justo al lado del ojo, y otros dos en el pecho. Luego miró a la mujer.

 —¿Por qué llora ella entonces?

Los dos que estaban discutiendo dejaron de hacerlo y miraron a Garrafa. Uno era bajo y tenía una  barba puntiaguda. El maestro de la escuelita, recordó Garrafa. El otro era el mecánico al que había recurrido una vez, para arreglar el resorte de la tapa de un ataúd muy particular que no quería cerrarse. Éste señaló al muerto:

 —Llora porque éste tipo se la tiraba —Miró al maestro y asintió—. Yo lo veía entrar, como si nada, cuando el Pato salía a laburar. El cornudo del Pato lo esperó hoy y cuando éste le tocó la puerta, le apuntó con un arma y le disparó.

—Siguió disparando mientras este se arrastraba… —agregó el maestro mientras seguía con el dedo índice la sangre que había en el  cemento— Le dio una bala en el pecho y cuando este llegó acá— Miró al cadáver y se rascó la barba. “¡Qué tipo raro éste maestro barbudo!”, pensó Garrafa, “¡seguro que era maricón!”—. Le pegó un tiro en el ojo.

 —¿Llamaron a la policía?—preguntó Garrafa.

 —No—contestó el mecánico— ¡Fulci es un tránsfuga!  El Pato es mi amigo. Si no hubiera estado yo acá ella estaría muerta… ¡Le disparó también! Y le erró, el boludo… Ahí nos vio y corrió hasta la esquina, dobló, y habrá seguido corriendo el Pato porque nosotros nos quedamos viendo si ella estaba lastimada. ¡Está loco! Y guarda que puede volver, eh… Es el Pato.

López asentía con la cabeza y empezó a alejarse del cadáver, indeciso, como si tuviera ganas de irse y le diera vergüenza decirlo. Garrafa se disponía a acompañar a su amigo, cuando se escuchó un disparo y el maestro cayó al piso y empezó a gritar.

Todos miraron hacia la esquina, donde un tipo, el Pato, con una pistola les apuntaba. La mujer se levantó y chillando se metió dentro de la casa, cerrando la puerta a su paso.

Garrafa, López y el mecánico miraron al maestro barbudo que estaba en el piso agarrándose la rodilla y lamentándose. El mecánico corrió y golpeó con furia a la puerta.

—¡Pato a mí no!— gritó el mecánico.

—¡Hijo de puta!—gritaba el maestro— ¡Llamen al hospital que me desangro!

El Pato levantó su arma y disparó nuevamente. El disparo dio en el tronco de uno de los árboles de aquella cuadra, detrás del cual estaba escondido López. Garrafa corrió hacia la puerta de la casa. De un solo golpe la derribó.

La sala de estar era pequeña y Garrafa no tardó en escuchar el suspiro entrecortado. La mujer estaba escondida debajo el sillón, donde seguía llorando y se tapaba la cara con las manos.

Resonó otro disparo, esta vez cerca.

Garrafa levantó el sillón y se tiró al lado de la mujer. Se acomodó tratando que su cuerpo no sostuviera el sillón en el aire. En el momento en que el Pato se disponía a traspasar el umbral de la puerta, Garrafa le susurró a la mujer que se callara. Ésta siguió gritando y le dio a Garrafa un puntapié en los testículos. El hombre aguantó el dolor, abrazó con sus carnosos brazos a la mujer y le tapó la boca con su sudada mano.

El Pato entró y caminó hasta el dormitorio. Al rato, apareció gritando el nombre de la esposa. Miró hacia el sillón y se encaminó hacia allí balbuciendo frases ininteligibles. Se sentó y miró el techo de la habitación.

Garrafa apretó su mano con más fuerza contra la boca de la mujer. El Pato levantó el arma y la dirigió a su boca.

La pared blanca se oscureció mientras resonaba el disparo en las cuatro habitaciones de la casa.

Garrafa se asustó y soltó a la mujer, que le arañó la cara. Trató de agarrarla de la cintura y ella de darle de lleno en los genitales. Entonces la atrajo hacia sí y le metió la mano en la entrepierna. La mujer le dio un golpe en el mentón. Garrafa se excitó.  Empezó a fregarse contra ella.

La mujer lo golpeaba y escupía mientras Garrafa se restregaba contra ella. Ante otro rodillazo en el estómago, Garrafa le dio un puñetazo en la cara. La mujer se desmayó.

Garrafa corrió las piernas del Pato y se arrastró afuera del sillón. Caminó hasta la puerta y salió a la calle.

El sol le volvió a hacer entrecerrar los párpados junto con los gritos del maestro postrado, que seguía agarrándose la pierna. Garrafa miró hacia otro lado.

Ya tenía a dos para enterrar, pero si este también se moría, pensó, sería uno más. Así podría conseguir algo mejor.

López había desaparecido. Garrafa dobló en la esquina. Enfiló hacia el camino que llevaba al cementerio.

Se sintió más relajado al pisar el primer tramo que la Municipalidad de Mundo Viejo no había aún asfaltado.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 15. Parado en el medio de la calle.

15. PARADO EN EL MEDIO DE LA CALLE

Luis se quedó parado en el medio de aquella avenida durante un rato, observando cómo las tres siluetas desaparecían al doblar en una de las esquinas. Luego miró al cielo, que ya estaba anaranjado. Amanecía.

Aquella noche había sido simplemente inolvidable. Y allí, en el medio de aquella calle, con el pelo que le quedaba sobre su frente formando un imperfecto flequillo mientras el viento hacía que los pliegues de su saco se levantaran, recordó la manera en que se había emocionado al observar a los tres chicos desde la vereda de enfrente.

Había estado oculto detrás del puesto de diario, apoyado contra la pared. Desde allí  vio cómo los jóvenes disfrutaban de la salida y apreció la cara que pusieron cuando vieron a la prostituta adolescente. Entonces se había acordado de algunas de sus salidas. No habían sido muy buenas. Pero sentirse vivo hace que nos olvidemos de nuestra frágil condición, produciendo el aburrimiento. Él mismo había sido propenso a éste cuando vivía.

Todas las cosas le aburrían a más tardar. Cinco o diez minutos con un asunto y  ya quería pasar al siguiente. Se cansaba rápido de los juegos de computadora. Dormía en las películas que pretendían ser artísticas sin serlo. Seguro que se emocionaba con las buenas, las de terror, aventuras y algunas de yakuzas, pero con las demás era indiferente. Por otro lado, los momentos buenos, en los que se podía acariciar la felicidad como si fuera un hermoso gato, peludo y castrado; bueno, esos eran contados. Y el gato peludo rápidamente se rebelaba, recordando que alguna vez había tenido bolas y te arañaba con sus afiladas garras.

Si la vida tenía un lado impresionante, pensó Luis, ese lado era dejarnos morir sin que nada maravilloso nos ocurriera. Se dijo que “algo” le había ocurrido al levantarse de su ataúd. Su caso era horrible, pero no común. Y todo lo que no era vulgar, tedioso y cotidiano se acercaba de alguna manera a lo maravilloso. “Éso es algo para pensar”, reflexionó Luis mientras permanecía parado en la vereda.

Ver cómo los chicos se miraban entre ellos mientras la chica se dirigía a la puerta del local, a Luis le había pateado el corazón. Cómo cuando había visto a la chica que le gustaba en La Esquina del sol. Había sentido algo, no supo en qué parte de su cuerpo muerto, que fue como las descargas que dan los médicos a los que sufrieron un ataque.

Sus ojos se habían pintado de furia. Sin verlos, ni sentirlos, supo que habían adoptado una expresión maléfica mientras veía acercarse a los dos jóvenes.

Ahora, se dijo que el daimon lo había puesto allí para que se entregara a algún tipo de oscuridad. Y mientras sostenía con su mano la pistola que el engendro le había dejado, se percató que el crimen se convertiría en un vicio que lo distraería de su momentánea condición de muerto viviente en descomposición. Pronto sería polvo, ya que la putrefacción no sólo había alcanzado sus dedos y cara, sino que todo su cuerpo había empezado a derretirse y su camisa blanca estaba pegada a las costillas, que vencían a la piel.

No pasaría mucho tiempo y él no sería más que un esqueleto caminante. Y luego sus huesos se romperían y su larga caminata habría terminado. Sin embargo, en ese momento se percató de que había una oferta en lo que el daimon le había llevado a cometer aquella noche: la insoportable insensibilidad se vería aplazada siempre y  cuándo cometiera ciertos actos. Y éstas acciones serían como una sustancia tentadora, una droga y necesitaría repetirlas cada vez con más frecuencia.

Cuando él había aparecido y matado al remisero junto con esos dos estúpidos; en ése momento, sabía que no había necesidad de producir sus muertes. Sin embargo, algo que yacía dentro de él, una emoción que su alma había engendrado desde que despertó de su muerte, comenzó a florecer. Así, le había arrebatado la razón, produciendo placer en el asesinato. No había podido aguantar la idea de que aquellos seres vivieran y de que él, un chico casi “ejemplar”, hubiera recibido unos cuantos tiros en el estómago como si fuera la peor basura de la ciudad.

El odio prende mucho más fácil que el amor y se lleva mucho más tiempo dentro. Éste había poseído a Luis, haciéndolo sentir vivo en el sentido concreto y químico de la palabra. Se había despegado de la pared, lanzando una patada al puesto de diario.

Cuando había matado al remisero, advirtió cómo sus pies sentían de vuelta el peso de su cuerpo.

Le había disparado a Chula; y un mechón de pelo en su frente le empezó a molestar.

Al matar a Olga, había disfrutado mientras lo que quedaba de sus pulmones se hinchaba, repleto del aire fresco que soplaba esa noche.

Luego, cuando se le habían acabado las balas, se quedó con una sed de sangre profunda e insaciable. No, no era un vampiro que tomaba literalmente la sangre de sus víctimas. Se había convertido en un súcubo sediento de violencia. Necesitaba disparos; sangre saltando, cerebros estallando, violaciones descomunales y extravagantes orgías. La violencia había revivido a Luis.

Adivinó lo que le ofrecía el daimon: sé violento, utilizá la fuerza y tus tejidos se mantendrán fuertes por más tiempo mientras tus células se regeneran. El engendro necesitaba descubrir a qué dios servía, pero Luis sospechaba que algún día descubriría que la divinidad a la que ofrendaba era tan nefasta como los otros fanatismos a los que conducían la ignorancia mal practicada. No había duda, se buscaba siempre seguridad, se buscaba poder nombrar algo que no tenía nombre y no debería por qué tenerlo.

Dos veces había deseado ir detrás de aquellos chicos que corrían calle abajo; miraba con el arma apretada en la mano, a un costado de su cuerpo; en una postura casi desgarbada que a Luis si hubiera podido verse le habría recordado la propia silueta del daimon.

Sólo había faltado dar el primer paso. Luego de atraparlos, apoyar la mano en sus pechos y arrancarles los corazones o ahorcarlos hasta que sus caras se tornaran moradas. Dos veces había avanzado para perseguirlos y las dos veces tuvo que luchar consigo mismo.

Él no iba a seguir el juego propuesto por el daimon. No iba a convertirse en un muerto drogadicto de las contorsiones agónicas de los demás. No se encerraría en una jaula menor que la de la muerte; nunca había visto una mariposa convertirse en eterna crisálida. No mamaría de la violencia para ahogarse ante el desborde del chorro caliente succionado, que partiría sus labios y lo haría llorar por toda la eternidad.

 ¡NO!

Finalmente, intuyó que el demonio, ya no sólo daimon, era muy parecido a él y que si daba los pasos para los que le había dado la pistola, entonces, el parecido crecería y los dos serían gemelos.

Tal vez, su piel tardaría más tiempo en pudrirse, revitalizada por el torrente de sangre derramada. Acechante en la oscuridad, se convertiría en una leyenda. Ésta era otra de las tentadoras ofertas que el daimon le ofrecía; sería temido por los niños y aborrecido por mayores. Veía padres susurrando al oído de revoltosos niños su nombre. Sería un mito que cobraría sus víctimas noche tras noche y viviría no sólo del recuerdo de las personas, sino también de la sangre. Pero él no iba a ser, en este caso, más que un monstruo al que todos temerían. Luis Marte se dijo que él no había nacido para eso.

Se dijo que ya había muerto y con una vez bastaba, no necesitaba fenecer por siempre enarbolando callado la bandera de la venganza, desapareciendo en la nada de la satisfacción; prefería hundirse con las manos vacías en la oscuridad, alimentando el grito, la cosquilla, que crecía en su insondable pecho muerto.

Era ambicioso y quería algo mejor. Se lo merecía. Así que, mientras su cuerpo volvía a estar tan muerto como antes, dejó que su pistola —la pistola del daimon, ahora— se deslizara por su huesuda mano y cayera al suelo. Luego, observó lo que había causado.

Cuerpos aquí y allá, en tres puntos de la vereda de la remisería. Sangre espesa. Siempre había estado del lado de los buenos, admiraba a los héroes de las películas y estar muerto no era una excusa suficiente cómo para pasarse al otro bando, ¿no?.

Desapareció lentamente de aquel lugar como lo hacían todas las sombras de la noche mientras los faroles se apagaban y el amanecer agitaba de vuelta la vida. A lo lejos, una sirena de policía distribuía su lamento.

por Adrián Gastón Fares.