El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

el nombre del pueblo, novela

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

Cuentos, el nombre del pueblo, novela

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 12.

el nombre del pueblo, novela

Durante la noche la tormenta se disipó, y el alba descubrió a un grupo de hombres que rodeaban los restos del bergantín. Venían de la comisaría del pueblo y asentían demasiado con sus cabezas y parecían muy disgustados.

Miguel, que se había levantado al oír el primer gallo, espió tras los médanos y, después de considerarlo un momento, avanzó lentamente hasta el grupo. Pretendieron no verlo mientras se acercaba y cuando le tendió la mano, Augusto Falcón, el comisario, se la estrechó.

—¿Se cayó de la cama, amigo? —. Era un hombre alto, flaco, morocho, con la cabeza llena de rulos, que el viento fuerte apenas despeinaba. Vestía, como los tres policías, un camperón gris que le llegaba hasta la rodilla. Lo único que lo diferenciaba de los demás era su mirada, entre sagaz y burlona.

Miguel se adelantó.

—Yo descubrí esto —informó, abarcando con sus manos las cuadernas.

Falcón miró a los policías y volvió a Miguel.

—¿Y con eso qué quiere decir?

—Que me gustaría que me digan de qué se trata.

—¿De qué se trata? —murmuró el comisario y apretó los labios y volvió a pasar la mirada por los demás para concluir en su interlocutor—. De un naufragio, amigo. ¿No ve? —. Sonrió—. Y usted es el testigo que necesitamos para seguir con nuestras investigaciones.

—Si no es molestia, me gustaría ver qué hay adentro de esa cajita—dijo Miguel, adelantándose.

—Justamente, no podíamos dar ese paso sin un testigo como usted. Carlos, tómele los datos por favor.

Miguel firmó un papel y después avanzó unos pasos hacia el estuche, que seguía colgando de la madera que parecía ser un mástil y que apuntaba al cielo. El mar había retrocedido y sus zapatos se hundieron en la arena húmeda. Falcón siguió a Miguel y le tocó el hombro.

—Señor, no lo haga. Es tarea de Ernesto —Miguel se detuvo en seco.

Ernesto era un policía morocho y de baja estatura, que avanzó rápidamente hacia el mástil. Lo estuvo mirando un rato. Se dio vuelta y miró a Falcón.

—No tenemos la llave —dijo.

El comisario revolvió en los bolsillos del camperón gris que llevaba y sacó una aguja de borde ligeramente dentado, tan larga como el dedo índice que la sostenía. Miguel la miró extrañado mientras Ernesto la recibía. Al levantar la cabeza se encontró con los ojos chispeantes de Falcón.

—Bien usada es una especie de llave universal —explicó el comisario.

Ernesto, en punta de pies, introdujo la llave en la cerradura. La giro y el estuche se abrió: una caja de metal opaco, que contrastaba demasiado con la resplandeciente que la contenía, cayó y se hundió en la arena.

Los policías asintieron con sus cabezas, con aire de augures satisfechos. Falcón cruzó los brazos.

—Es verdad que es extraño, pero todo en el mundo lo es… Ernesto, si es necesario meta la lleva en la nueva cerradura.

El policía se agachó, trató en vano de abrir la cajita, introdujo la llave en la ranura y suavemente giró hacia la derecha. La tapa saltó.

En el fondo había un cuaderno con tapa forrada de cuero negro. Ernesto se levantó con el tomo en sus manos y se lo pasó a Falcón. Miguel se acercó al comisario.

La tapa tenía grabada una M dorada en el ángulo de la esquina derecha inferior. La mano de Falcón la desplazó. Quedó al descubierto una escritura de tinta negra, de letras inclinadas y redondas.

—Amigo… —susurró—. Es increíble pero la caja es impermeable.

Y cerró el libro y les ordenó a los tres policías que notificaran el hallazgo a la Municipalidad.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 11.

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Los continuos relámpagos hacían brillar las maderas, negras y carcomidas, que sobresalían medio metro de la negra arena en dos filas enfrentadas. Miguel avanzó y el agua mojó sus zapatos. Se los quito y los tomo con la mano derecha, el izquierdo con el dedo índice hundido en el empeine y el derecho con el dedo medio. Iba a seguir avanzando cuando tropezó con algo y cayó. Llegó a poner las manos adelante, evitando que su frente chocara contra una madera que surgía de las cuadernas y se extendía hasta donde él había caído. Después buscó los zapatos, los encontró gracias al inesperado asomo de la luna, y se adentró en el agua hasta alcanzar la primera cuaderna.

Agachado tocó la madera, pasando suavemente la mano por la superficie áspera y teniendo cuidado de no pincharse con un clavo largo, forjado a mano. Una ola rompió cerca y el agua salpicó sus manos y le llegó hasta los tobillos. Se limpió las astillas de la palma de la mano y retrocedió para buscar un ángulo que le permitiera ver con claridad el conjunto.

Se preguntaba cuánto tenía de alto el casco de aquella embarcación, cuánto había enterrado ahí abajo, cuando empezó a llover. Los zapatos se mojaban en sus manos. Dejó caer a uno cuando vio una aguda forma negra que emergía del agua cerca de lo que debía ser la popa y lo levantó sin dejar de mirar hacia delante.

Era otro mástil del bergantín, creyó que eso era la embarcación, que surgía oblicuo al agua y apuntaba hacia él. De la punta colgaba algo que brillaba hasta en la penumbra. Avanzó a través de las cuadernas, como si éstas fueran los canteros de un jardín y marcaran el sendero que concluía en la punta sobresaliente del enterrado mástil, donde refulgía algo dorado. Chapoteaba mientras avanzaba, ya que el agua le llegaba hasta los tobillos. Vio que un estuche estaba encadenado al mástil, que llegaba hasta sus hombros, y tuvo que agacharse un poco para mirarlo mejor.

Los dos unicornios grabados en el estuche se enfrentaban en un salto.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 10.

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Esa noche tuvo extraños sueños y al otro día necesitó pasear para despejarlos. Eran las dos de la tarde y caminaba cerca de la laguna cuando un hombre lo paró y le ofreció trabajo. El hombre criaba gansos y le dijo que le daría una comisión por cada uno que vendiese. A la gente del pueblo siempre le gustaban las aves, que rellenaba con nueces y pasas de uvas y aprovechaba en las sopas. Miguel sonrió tímidamente, se rascó la nariz y aceptó.

Después de leer un poco junto al lago, cortó dos cañas, que unió en su casa con hilo, y probó la cosa atando cuatro gallinas de las patas. Se mecieron en el aire y chillaron tanto que tuvo que desatarlas y dos se le escaparon. Con las que quedaban zarandeándose pasó el palo por arriba de sus hombros y empezó a gritar: “¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos”. Entonces se dio cuenta que era una pavada decir pelaos cuando él hablaba como se debía siempre. Pero sabía que lo miraban raro cuando decía la palabra sanguches. Para él sanguche era sambuche. En este caso, en el que no estaba comprando sino vendiendo, siguió imitando algo que sabía que estaba mal.

—¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos.

Más tarde fue a buscar los gansos a la granja de Kaufman, diez minutos en bicicleta hacia el sur de su casa. Kaufman era un hombre que sonreía con facilidad y que gritaba demasiado. Pelirrojo y ancho de hombros, le gustaba palmear en la espalda a toda persona que tuviera delante. Remarcaba sus palabras con esas palmeadas que harían tambalear a un elefante.

Miguel estrechó la mano del hombre, que inmediatamente fue a buscar una caja repleta de gansos pelados y la amarró con sogas en el asiento trasero de la bicicleta. Después sonrió, palmeó a Miguel en la espalda y le explicó a cuánto debía venderlos y cuándo debía traerle lo recaudado. Palmeó a Miguel nuevamente y lo miró pedalear por un buen rato mientras dudaba de haberle dado una responsabilidad. Pero tenía sus razones: el hermano del hombre se lo había pedido y no convenía desilusionar a un candidato a gobernador.

Ya en su casa, Miguel se preguntó si debía devolver o no los gansos a Kaufman. Creía que le dejaría menos tiempo para leer y que vender gansos no era algo digno. Más que nada, pensaba así porque debía gritar y la gente lo escuchaba. En cambio, cuando llevaba zapallos calladito de punta a punta del pueblo para el verdulero, otra de sus changas, pasaba desapercibido.

Estuvo apoyado con los codos en la mesa, el mentón sobre las manos y la mirada perdida más allá de la ventana hasta que se cansó de pensar y se levantó. Concluyó que ya se había aburrido de los zapallos y esto era por lo menos algo nuevo.

Ató los gansos al palo, tres empezando de cada punta, se lo pasó por encima de los hombros y dejó la tranquera camino al barrio más cercano.

“Gaaansoos, Gaaaansos, baratos y pelaos”, gritaba mientras miraba de reojo a las fachadas de las casas. Nadie salía ni nadie lo llamaba. Repetía la frase y se acomodaba en los hombros el palo, tratando de que le raspase lo menos posible el cuello. En una de las cuadras un nene jugaba pateando una pelota de cuero contra un paredón. Al verlo agarró la pelota y se metió en una casa. Miguel giró la cabeza por arriba del palo de cañas, y vio cómo una mujer lo miraba desde la puerta donde el nene había entrado.

En una esquina descansó sentado en un banco rectangular de cemento, frente a un quiosco. Un perro, gris y sarnoso, se acercó con ganas a la caña. Miguel decidió seguir caminando.

Esa tarde vendió dos gansos y volvió a su casa con la caña ladeada hacia un costado y totalmente empapado por una repentina llovizna, fría y persistente. Al otro día debía volver a lo de Kaufman para darle lo ganado, recibir su parte y cargar más gansos.

Descansó un buen rato. Después a eso de las siete, salió de su casa caminando lentamente. Le dolía el cuello. Cuando llegó al médano había dejado de llover pero tronaba y el cielo estaba tan negro que le dio miedo quedarse ahí parado. Los relámpagos se ramificaban. Eran los más largos que había visto en mucho tiempo.

Metió la mano en el bolsillo y acarició el relieve de los fríos unicornios. Subió al médano y lo bajó trastabillando y descubriendo un mar enfurecido. Las olas reventaban contra la playa. Parecían que estuvieran a punto de perderse en el revuelto azul y que, desesperadas, estiraran sus oscuros brazos para asirse a la costa.

No se sentó y contempló extasiado el espectáculo. Un relámpago estalló en el cielo, ganándole a todos los demás en intensidad y fulgor. Iluminó la superficie del mar unos segundos y Miguel creyó ver, después de la retirada de la ola, una confusa forma negra. La luz del relámpago se extinguió.

Cerró los ojos y los volvió a abrir y vio nuevamente a la cosa negra yacente en la arena.

Comenzó a avanzar rápidamente hacia el objeto, cuando un relámpago menor al anterior alcanzó para que viera que era una palo renegrido que la marea ocultaba al subir.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 9.

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Al otro día caminó otra vez hasta la playa. Había sido una hermosa tarde y el sol sabía hacerse respetar en el horizonte. Casi no había viento. Sentado en la arena, miró el océano y rescató el medallón de su bolsillo. Estuvo pensativo, con las cejas arqueadas y la frente arrugada. Algunas voces llegaron hasta él. Se dio vuelta y vio cómo dos policías bajaban los médanos. Tuvo que apartar la mirada para borrar de su mente una imagen que súbitamente lo había embargado.

Su madre en la orilla, el cuerpo hinchado y las uñas oscuras. Unas chicas mirando estupefactas y susurrándose al oído. Su padre rascándose la nuca y mirando, sin ver, la arena. Los policías cargando el cuerpo. A pesar de que no había estado ahí cuando lo encontraron, siempre se veía junto a su padre en el lugar, haciéndoles muchas preguntas a los policías.

Los de ahora bajaban charlando, cuidando de que la arena no se les metiera en los zapatos. A pesar de la humedad, vestían trajes azules de pana y llevaban una gorra con la inicial R (Raimundo Demás: el primer comisario del pueblo)

Avanzaron unos pasos más allá del médano y se detuvieron bruscamente. Se quedaron mirando el mar y asintiendo y negando con las cabezas mientras hablaban.

Miguel se sintió incómodo al descubrir que lo miraban de reojo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 8.

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—Hasta el miércoles, Amanda.

Se quedó mirando cómo la mujer gorda se alejaba. El sauce estaba repleto de cotorras y el perro les ladró hasta que se levantó un ventarrón y todas volaron. Amanda caminaba lentamente y el vestido se pegaba a su cuerpo y después se despegaba y se alzaba hasta dejar ver la ropa interior, y su pelo negro se arremolinaba y ella trataba de asentarlo y también el vestido. En vano porque siempre llegaba tarde a alguno.

Miguel entró en la casa, se sentó y contó los billetes que le había dejado la mujer sobre la mesa. Después caminó hasta la cocina, abrió un cofrecito de cobre y depositó la plata. Tenía mucho cambio y todo lo que había juntado le serviría para sobrevivir hasta el mes próximo.

Ese día no fue a la playa.

Cuando venía la Garzón nunca iba.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 7.

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Esperaba que se hicieran las tortas fritas; el mate en la mano y la mirada lavada como la yerba que succionaba. Su madre sabía hacerlas exquisitas. Las sacaba del horno y las traía en una fuente de cristal. Recordó que cuando ella traía las tortas fritas y se sentaba a la mesa él miraba alternadamente la cara satisfecha de su madre y las manos de dedos finos y largos que se posaban una encima de la otra. Como si ella acariciara sus manos y eso fuera lo que enternecía tanto su mirada.

Succionó largo rato la bombilla, hasta que la superficie de la yerba empezó a ahuecarse. Levantó la mirada y se acercó a la cocina. Alguien golpeó la puerta.

—¿Sí?

—¡Miguel! —gritó una voz aguda.

Apagó la hornalla, cerró la garrafa y se acercó a la puerta. Algo raspaba la madera cerca del suelo. Abrió la puerta y el perro precedió a la mujer gorda.

—¿Cómo anda, Amanda?

La mujer sonreía mientras miraba a su mascota, un amarronado pequinés de bigotes largos, que se lanzó hacia la cocina y se sentó erigiendo el dorso y señalando con la cabeza el lugar donde estaban las tortas fritas.

—Y a usted, Miguel: ¿Cómo le va?

—Igual que siempre… —Miguel abrió una de las puertas del aparador, agarró una fuente de chapa, en cuyo centro destacaba el dibujo de un ramillete de flores azules, y dejó caer las tortas fritas. Después buscó un frasco de vidrio, lo destapó y las espolvoreó con azúcar. La mujer se había sentado y lo miraba. Miguel se acercó a la fuente, la apoyó en la mesa y se sentó.

—Lo extrañé —dijo Amanda mientras se levantaba del asiento y acomodaba los pliegues de su vestido rosado.

Miguel asintió y miró las baldosas bordó del piso. Levantó rápidamente la cabeza y vio que la mujer lo miraba fijo. Entonces sintió que algo lo tocaba del otro lado y se sobresaltó. Siempre le pasaba, aunque estaba acostumbrado.

El perro gruñía y le rasguñaba la camisa. Miguel le sirvió un mate a la mujer y se lo pasó. El gruñido subió en intensidad junto con los rasguños. El hombre se corrió un poco en su silla, miró al perro fijamente y después agarró una torta frita y la arrojó al suelo. El perro saltó, la engulló y volvió a subir a la silla desde donde siguió gruñendo.

La mujer no dejaba de mirar fijamente a Miguel. La mirada iba dirigida al pecho, hacia el lugar donde la camisa se abría y algunos pelos enrulados asomaban. Vio cómo las pestañas falsas de la mujer se cerraban lentamente y volvían a abrirse. También cómo los labios se desplazaban hacia delante.

—¿Vendió mucho? —preguntó Miguel mientras tiraba otra torta frita al perro. Amanda Garzón era una vendedora de cosméticos.

—No, no… mucho, no. Nos tienen envidia, Miguel. Estoy segura. Obel está moribundo, tambaléandose y no soportan a las personas de Acá.

—Por lo menos tiene nombre —dijo Miguel, sonrió para sí y miró al suelo.

—Con el nombre ése cómo no nos van a envidiar.

Miguel no agregó nada y los dos estuvieron callados. El perro zarandeaba un pedazo de torta frita en el piso. La mujer gorda levantó la mirada de la que ella comía, se limpió con el dedo índice el azúcar de sus labios, sonrió y dijo:

—¡Tampoco tienen un hombre tan buen mozo como usted! —. Y sus labios rojos se expandieron ansiosos.

El hombre siguió mirando el suelo. Como si nadie hubiese hablado jamás en esa habitación. Amanda había dejado el mate junto a la fláccida piel que desparramaba su brazo por la mesa. Miguel miró de reojo, alargó su brazo y manoteó el mate. Agarró la pava y sirvió hasta que el agua mojó el borde superior. Sorbió detenidamente y vio una hormiga colorada avanzar hacia su mano, que estaba posada cerca del mate. La aplastó con el índice y apretó hasta que la circulación se cortó y el dedo se puso rojo.

—Qué hermosos dedos tiene usted, Miguel. ¿Alguna vez se lo dijeron?

Miguel presionó menos y deslizó lo que quedaba de la hormiga hasta que cayó por el borde de la mesa. Levantó la mirada y la posó sobre la de la mujer. Sus ojos brillaban. Los gigantes senos que dejaba entrever el vértice del escote del vestido subían y bajaban. Entonces Miguel sintió que bajo la mesa algo se metía entre sus pantalones. Buscó con la vista y encontró al perro; estaba oliendo algo en el piso, lejos de él y de la mesa. Sintió otra vez algo frío que subía y bajaba por su tobillo derecho. Aclaró la garganta y tragó saliva. Iba a hablar pero vio lo que hacía la mujer y calló. La lengua estaba fuera de la boca y se movía hacia los costados lentamente. Luego, ahuecando las mejillas y haciendo sobresalir los labios, le lanzó un sonoro beso.

Entonces Amanda subió una mano por el aire, pareció saborear la vista de todos sus dedos, y la bajó hasta el escote. Metió la mano a través del vestido y empezó a frotarse mientras observaba a Miguel, que había bajado la mirada y permanecía encorvado, ahora con las dos piernas cruzadas y el brazo derecho extendido encima daba vueltas y miraba el anillo que tenía en el dedo índice. La forma tallada en la piedra negra le recordaba el ojo de una cerradura.

La mujer alborotó el escote con su mano derecha y del vestido sacó un portentoso seno que se desbordó del apriete. Después lo dejó caer y, mientras tenía los ojos clavados en la mirada esquiva de Miguel, siguió bajando la mano. Empezó a suspirar levemente. Pronto los suspiros estallaron en jadeos. Miguel levantó la vista y vio cómo la mujer sacaba la lengua y la movía hacia atrás y delante. Después siguió mirando el anillo mientras escuchaba toda esa respiración.

Se sobresaltó cuando algo lo tocó en la espalda y se dio vuelta para encontrar al pequinés con las patas anteriores en el borde de la silla. El animal tenía la lengua afuera y respiraba con esa intermitencia desesperada de los perros mientras raspaba a Miguel con una pata.

Le tiró la última torta frita.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 6.

el nombre del pueblo, novela

En el pueblo sin nombre había un barrio pobre donde las casas eran bajas, grises y todas bastante parecidas. De cemento, cuadradas, no tenían ningún atractivo más allá de su desconcertante uniformidad. El barrio de los adinerados era un poco más vistoso. Como la de Juan Vergara, ahí las casas tenían jardines y techos a dos aguas cubiertos de tejas brillantes.

A unas veinte cuadras de la vivienda de su hermano menor, justo donde el pueblo empezaba a confundirse con el campo, vivía Miguel en una casa cuadrada de cemento a la vista.

Cerca de su casa empezaba la avenida que, cruzando todo el pueblo, llevaba a la calle comercial o principal: un camino de tierra ceñido de elevados y frondosos sauces. En otoño, cuando se levantaba una ventisca, era imposible avanzar por el camino porque las hojas se abalanzaban sobre uno hasta cortar la visión.

Siempre que había un temporal, los pobladores no salían de sus casas. Dos otoños atrás un niño y un anciano habían muerto ahogados en un torbellino de hojas. Los lugareños temían estas inclemencias del tiempo, que arruinaban sus esfuerzos con tractores, azadones y rastrillos y suspendían sus incursiones marítimas en busca de langostas, tiburones, corvinas y rayas.

Los pescadores aprovechaban la demanda de Obel, el pueblo vecino que, alejado de la costa, dependía tanto del pueblo sin nombre que sus envidiosos pobladores lo odiaban. El excedente iba a parar a las dos pescaderías de la calle principal. En esa calle había también dos carnicerías, tres verdulerías, una mueblería, dos tiendas de vestir, dos jugueterías y un teatro, que hacía las veces de cinematógrafo. Las tiendas más pintorescas eran las jugueterías de don Trefe, un pescador jubilado, obsesionado con los juguetes con forma de pescado. Una de sus vidrieras estaba decorada con horribles muñecos de peces abismales de alambre que rodeaban a un pulpo gigante de trapo, de ojos saltones pegados al vidrio y largos tentáculos —de la punta de cada uno colgada un muñeco—, que atemorizaba diariamente a los chicos. Don Trefe era, además, dueño de una ostentosa panadería, de piso de cerámica rosada con rombos negros y dos columnas con cariátides en las que había mandado a esculpir el rostro de las dos mujeres a las que había sobrevivido. En esa panadería don Trefe vendía sus famosas fresas italianas preparadas para comer —pan duro salpicado con aceite, orégano y con dos rodajas de tomate— con las que se ganaba a sus clientes.

Frente a la panadería estaba la estación de servicio que tenía dos surtidores, amarillos y oxidados. Y más allá la rotonda donde habían construido la plazoleta en el medio de la cual se erguía el cartel con la inscripción: Bienvenidos a —es evidente que los primeros pobladores pensaron que habría un nombre. Acompañando al cartel, apoyada dentro de un cantero de cemento repleto de piedras marinas, se erguía la pequeña ancla que completaba el humilladero. Era uno de los restos de la embarcación que hacía ciento cincuenta años había chocado contra la Lengua, así llamaban los pobladores a la escollera que se adentraba doscientos metros en el mar. Perpendicular a la calle comercial, enfrente de la plazoleta, corría la avenida de médanos que separaba a la playa del resto del pueblo. Si lo recorríamos empezando por el mojón de la plazoleta, pasando por el centro comercial, cruzando la avenida De los Sauces, llegábamos a la plaza principal —única—. Allí, la Municipalidad compartía edificio con la escuela. El primario y el secundario se daban de mañana y pasado el mediodía comenzaba a atender Ester, coqueta —para algunos pintarrajeada— secretaria, que se ocupaba de los impuestos y de delegar los demás asuntos a los empleados. Del otro lado de la plaza principal y única, estaba la comisaría. Allí mandaba el comisario Falcón a veinte suboficiales tan leales y honestos como ineptos.

Formando un triángulo equilátero con los dos edificios mencionados, cuyo relleno era el espacio faroleado e infestado de árboles llamado “la placita”, se levantaba la iglesia. Mezcla de estilo románico y gótico, conservaba unos interesantes ventanales coloreados que contrastaban con la precariedad de la fachada, de barro cocido. El pantocrátor era una escultura de hierro, informe, caprichosa, un Cristo que más que bendecir parecía sojuzgar. En los entreveros del hierro anidaban las palomas. Don Ramón, el cura que vivía en la iglesia, prevenía siempre a sus feligreses de la comparación con el Cristo entreverado y decía que el verdadero era un tipo común, que hacía tiempo vivía en el cielo pero pensaba en la tierra. Nadie entendía en verdad lo que el cura quería decir y disimulaban con rezos. Lo cierto es que, gracias a las digresiones teológicas de Ramón, cada vez había más tablas vacías en la iglesia. Las que se ocupaban eran las del cinematógrafo.

Párrafo aparte merecen las fiestas, a las que se acercaba casi todo el pueblo. Frente a la iglesia se armaba un escenario con unas tablas y desde allí se daban discursos y organizaban juegos ecuestres y bailes. En realidad, el pueblo tenía fama de anticuado. Hábilmente los pobladores de Obel habían alimentado este mote para contrarrestar su inferioridad en recursos naturales.

Hay que decir que no había mucha imaginación en el pueblo sin nombre y que todo era parecido. Por ejemplo, veíamos un almacén entre la comisaría y la Municipalidad sobre una vereda elevada; subiendo unos derruidos escalones nos encontrábamos con una puerta de madera de dos hojas, más arriba un cartel de madera que decía Almacén en talladas letras con firuletes, y más arriba todavía un farol. Al mirar a los costados, veías las paredes amarillentas, sucias y con grietas llenas de telarañas, más allá una ventana alta y larga, con rejas que parecían formadas por un rejunte de flechas de metal. Si antes de entrar te dabas vuelta sobre el último escalón, entonces veías al mismo almacén del otro lado de la plaza; si eras un viajero te acercabas extrañado y confirmabas los mismos escalones, el mismo cartel y farol y las mismas paredes y grietas con telarañas parecidas. Nadie sabía quién había imitado a quién. Sí sabían quién había copiado al pulpo de don Trefe, una réplica chica y desgraciada —no asustaba— podía verse en una juguetería apartada del centro comercial.

La falta de variedad se notaba también en la elección de los vehículos. La mayoría eran lentos, rojos o blancos, y de faroles grandes. Las bicicletas los aventajaban siempre.

En verano había una banda de adolescentes que le gustaba correr picadas con sus bicicletas por el centro comercial hasta la laguna ubicada a dos kilómetros de la plaza. Si los veían quienes iban en coche ya sabían quiénes eran y les cedían el paso. Después de bañarse, los chicos se tiraban en el pasto y miraban desde ahí a las aves zancudas negras, parecidas a los cisnes pero de una familia sin nombre, que de vez en cuando sumergían las cabezas en el agua.

Más tarde los chicos volvían pedaleando y se separaban en el cruce con la avenida De los Sauces. Por lo general, cuando esto pasaba las estrellas ya se animaban en el horizonte y si esperabas un rato se hacía de noche y no podías levantar la vista sin empacharte de puntitos blancos. Y si te quedabas un rato ahí parado, entonces podías escuchar como en un sueño un tintineo metálico y después ver acercarse algo negro que pronto sería un buey, un cabestro envejecido y triste pero siempre conforme con su cencerro ladeándose de un lado a otro. El dueño lo dejaba pasear a aquella hora y podías mirarlo hasta que se esfumaba en la oscuridad.

Y si desandabas un poco el camino de los chicos y pasabas la noche en la plaza, con la cabeza descansando en el regazo de la hija del verdulero por ejemplo, o en los brazos de doña Alberta, siempre amable con los jóvenes —incluso los de corazón, decían—; o si estabas solo, expectante entre las mil sombras de la luna y hamacado por susurros, acodado en uno de los siete bancos, podías ver cómo los gatos jugaban en el pasto; si había uno negro no podías darte cuenta si era la noche la que lo tragaba lentamente o si era la forma oscura del gato la que te ensombrecía con todo lo demás.

A esas horas Miguel ya había vuelto de la playa y se escabullía en su casa. Le temía a la noche y raramente salía solo después de las ocho. Creía que en la oscuridad todas las cosas se multiplicaban sin orden; eso lo aterraba. Imaginaba que estar despierto después de determinada hora era mortal. Sabía que el poder de todos sus libros, que eran pocos, se desvanecía después del atardecer. Estaba seguro que pasado cierto límite de oscuridad, cuando las cosas negras eran la noche y la noche era lo negro, si no dormías el sueño tenía sus guardianes que venían a buscarte donde quiera que estuvieras, en la playa, en el campo o en la plaza, y que entonces estabas perdido: si te atrapaban vivirías eternamente un sueño.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 5.

Cuentos, el nombre del pueblo, novela

Cuatro hombres esperaban sentados en el mejor restaurante del pueblo sin nombre. Como el pueblo, tampoco tenía nombre. En el cartel decía simplemente: Restorán.

No era un pueblo recién establecido. Sin embargo, nunca había tenido nombre. Al principio, nadie se había preocupado por dárselo. Los pobladores lo llamaban “acá”, “este pueblocho” o, a secas, “donde vinimos a parar”

Hacía unos años —y éste era uno de los asuntos en los que se había lucido el partido político al que pertenecían los reunidos— una familia había decidido dejar sin nombre a su primogénito. Sus vecinos los imitaron y tampoco nombraron a sus hijos. Luego, muchos lo hicieron a modo de protesta contra la gestión del señor Schlieman. Un grupo de vecinos se juntaba en las plazas para gritar que su descendencia llevaba el nombre del pueblo, o sea ninguno. En adelante habría mayor justicia ya que cada persona valdría por sus actos.

Entonces fue cuando Mariano Percusi, el fundador del partido “Trabajadores unidos de acá” y opositor de Schlieman, dio su discurso memorable. Los sublevados reconocieron su error y empezaron a preguntar nombres. Sin embargo, muchos de los detractores de nombres nunca se preocuparon por nombrar a sus hijos y cuando estos alcanzaron la mayoría de edad debieron bautizarse por sí mismos. En el restaurante se encontraba, ya que formaba parte del partido “Trabajadores unidos de acá”, uno de los innombrables de antaño. Cuando tuvo edad suficiente eligió llamarse Alberto.

Señaló a Juan que cerraba la puerta y, enemigo del bochinche, dejaba caer suavemente la cortina metálica. La conversación mantenida amainó y el silencio esperaba el comentario del recién llegado.

—¿Y…? —preguntó Mario Cardone.

Era el dirigente del partido, un hombre que distribuía su gordura en un metro cincuenta, rostro mancillado por cicatrices que nunca nadie sabía cómo se las ganaba y muy callado. Sólo hablaba para señalar errores. Hacía dos años que Cardone había invertido tiempo y dinero para impulsar la candidatura a gobernador de su querido amigo Juan Vergara.

—No hay caso, no quiere saber nada —contestó Juan bajando su cabeza como si súbitamente le pesara más.

Mario enrojeció y mordió una pata de pollo con avidez. El Ruso apoyó el vaso, se limpió la boca con la servilleta y dijo:

—No puede ser.

—¿Por qué no se olvida del asunto? —dijo Iván, un tipo de mucha gomina y poco pelo.

—Va porque para él es una especie de ritual, como para otros ir a la iglesia —dijo Juan.

—Che, no compares… —recomendó el Ruso.

Mario siguió comiendo, mirando de vez en cuando fijamente, pero con ojos serenos, a los que lo rodeaban.

—Piensa que ella va a aparecer un día —dijo Alberto.

—Tiene esa esperanza —murmuró Juan.

La cortina metálica de la puerta de calle estaba compuesta por abalorios de varios colores, que formaban en el medio el dibujo de un pavo real de cola desplegada. Cuando alguien entraba el pavo real desaparecía y los abalorios se entrechocaban produciendo un irritante sonido. Como en aquel momento, cuando apareció una rubia acompañada de un joven apuesto que había dejado el partido hacía un tiempo porque estaba disconforme con la presidencia de Cardone. Toda la mesa se dio vuelta para mirar con envidia al joven y con admiración y deseo a la esbelta muchacha.

Juan pidió un whisky. Mientras humedecía sus labios pensó que en el pueblo todos estaban locos. Apoyó el vaso en la mesa y preguntó:

—¿No estarán todos locos Acá y le echamos la culpa a mi hermano?

—¿Acá-acá decís? —preguntó Alberto.

—En este pueblo.

—Aburridos, pero locos no —interrumpió el Ruso.

—Preguntaba porque en Obel dicen que en los demás lugares no son así. Que acá todo es distinto.

El Ruso se quedó pensando y después dijo:

—Es que somos particulares.

Alberto levantó la cabeza:

—Ahí tenés un nombre para el pueblo: “Bienvenidos a Particular”… Si el proyecto del nombre sigue adelante yo abogo por ése.

Mario miró fijo y sereno a Alberto. El que una vez no había tenido nombre pestañeó varias veces. El Ruso, que siempre decía las cosas obvias que a Juan no le interesaba decir, se levantó y declamó:

—La gente quiere un nombre. Está con nosotros. Estoy seguro que Juan va a ganar. Y para ayudar a que eso pase estamos hoy acá. No se trata de poner el pecho nada más, sino de hacer las cosas con seguridad, dedicación y… amor. Vamos a ayudar a este pueblo a encontrar su identidad. Juan será el gobernador de un pueblo digno, con un nombre y un futuro.

Todos aplaudieron, salvo el aludido que seguía pensativo, acariciando una servilleta, como si quisiera escribir en ella una palabra.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 4.

Cuentos, el nombre del pueblo, novela

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

 

Amargos. Diccionario de la diferencia.

Al Margen

Amargo, Amarga: Persona que no está de acuerdo con el orden vigente y que lo pone a prueba, especialmente cuando propone alternativas, entra dentro de esta definición, con el objetivo de desarmarlo antes de que destruya nuestra frágil identidad (o que deje desnuda nuestra falta de pensamiento; y recuerden que la ignorancia no es problema pero sí lo es su acompañante habitual: LA MALICIA) Es Amargo porque señala el punto frágil en que se apoya la concepción del mundo de las personas Noamargas (díficiles de definir desde el punto de vista de un Amargo; porque el Amargo no puede definir tan rápidamente:  el Amargo suele detenerse a pensar).

La persona que por nacimiento o circunstancias posteriores es diferente también es un Amargo, indudablemente. No importa que esté claro que no tuvo opción o que su mundo es distinto por percepción, es un amargo también porque no es como yo, y yo no puedo entender eso fácilmente, ni tengo por qué hacerlo. Es más fácil que sea un: Amargo.

¿No te gustan los Simpsons? Pero cómo, si hasta grabó la voz Pynchon. Tal vez sea porque no tiene subtítulos y no escuchás, pero igual: SOS UN AMARGO. ¿No sabés si te gusta Regina Spektor? Mmm…

¿No te gusta lo que a mí me gusta?: Sos un amargo. ¿No te reís de las boludeces que a mí me gustan? Amargo. ¿No estás de acuerdo en que la carne argentina es la mejor? Qué amargo. ¿No te gusta ése video de YouTube? ¿Cómo, mezclás cosas raras en la comida? ¿Tomás mate con stevia? ¿Mate con chocolate? ¿Te parece atroz la inversión de dinero público en el fútbol, pero te gusta el deporte en general y el ejercicio físico? No importa: ya te saqué, lo que sos: sos un amargo.

¿Te parece que mi espectáculo, película, obra, novela, guión, es deficiente y que le falta trabajo? Amargo. Amargo. Amargo. Amargo.

El amargo es  un entusiasta que quiere llegar a algún resultado mediante algún método. Como no existen los métodos porque no se busca ningún resultado, el entusiasta pasa a ser un: amargo. No molestes más, sonreí, aceptá. Dalé para adelante, y que no se note.

El amargo es un colmo: un inconformista en un país donde no hay manera de conformar porque hacerlo es siempre un atentado contra la persona que no está conformando nada, y vive de eso, en desmedro de los que sí conforman, que habitualmente terminan con mucha angustia: amargados.

Yo suelo usar la palabra para pedir chocolate.

por Adrián Gastón Fares.

(Escrito originalmente en 2015)

El nombre del pueblo. El pueblo. 3.

el nombre del pueblo, novela

Ahora Miguel seguía sentado en la playa. Pensaba en lo que su madre les había contado. Las gaviotas se acercaban al agua y se alejaban.

En su ensueño avistaba una embarcación. El barco surgía después de una ola descomunal y su prima bajaba acompañada de Hugo, el tío de Malva y capitán del bergantín.

“Enamoró a la descendiente de una princesa. Después la abandonó para lanzarse al mar con una tripulación de jóvenes fuertes que había reunido con el fin de llegar a las regiones del mundo que estuvieran en peligro. Mi hermana, la madre de Malva, me contó de él en sus cartas. En la última recibida, me mandó este medallón con la foto de su hija y me informó de la tragedia”, había dicho su madre.

“Llegarán al atardecer. Prométanme que nunca le van a decir nada a papá. Piensa que lo inventé todo. Cuando conozca a Malva me va a pedir perdón” Los ojos de su madre se humedecían en las pausas. Domaba las lágrimas y seguía. “Vos, Miguel, por ser el mayor, siempre tenés que llevar el medallón para que al desembarcar ella sepa quiénes son. Cuando llegue el bergantín, ayúdenla con las valijas”

Hacía dos meses que su madre les había hablado de Malva y el capitán. Al mes, Miguel había visto al hombre con el puñal ensangrentado y los días siguientes no encontró más que a los pescadores de siempre.

—¿Para qué viene Malva? —le había preguntado a su madre.

—Es mi sobrina. Está en peligro.

—¿Qué le pasó?

—Su padre… murió. Lo mataron.

—¿Por qué?

—Un hombre por venganza.

—¡Lo mataron! —repitieron juntos él y Juan.

—Sí, y Malva escapa del asesino de su padre. Les voy a contar cómo fue…

A su madre le gustaba hablar. Durante media hora les contó la historia del padre de Malva. Cómo había matado a la hija única de un herrero sin querer, por un disparo que se le escapó del revolver mientras perseguía a un ladrón que le había robado un reloj de oro de la vitrina de su negocio. El herrero estaba en su taller trabajando y escuchó el grito de su hija. Se acercó al padre de Malva, arrodillado al lado del cuerpo de la joven, y lo mató a golpes con su tenaza. En la cárcel juró que cuando lo liberaran mataría a la hija del relojero. Poco tiempo antes de que el hombre terminara su condena, la madre de Malva la encomendó al amigo de su padre, el capitán Hugo, para que la alejara de su tierra.

Miguel tuvo pesadillas aquella noche. A la mañana siguiente le preguntó a su madre cómo iba a desembarcar una embarcación en el pueblo si no había ningún puerto. Ella sonrió y le dijo que Hugo era un capitán experimentado: anclaría y se acercarían a la playa en un bote.

Al ver al hombre más allá del médano tuvo la certeza de que era el herrero y que, al hundir el cuchillo en el pecho de Malva, había consumado su venganza. No obstante, le pidió el diario a su padre y en sus páginas no encontró ninguna noticia sobre la llegada de un bergantín y la aparición del cuerpo de una joven en la playa.

Él mismo había buscado en los médanos, entre los arbustos y las rocas, sin ningún resultado. Si su prima no había muerto en manos de aquel hombre al desembarcar, quedaban dos desgraciadas posibilidades. O estaba atrapada sobre el océano, en una calma chicha, o el barco había naufragado. La duda lo empezó a carcomer y unas semanas después, muchos notaron su pérdida de peso. Algunos sospecharon del cuidado de su madre.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 2.

el nombre del pueblo, novela

Unos días antes, estaba parado al lado de la puerta de su habitación con la mirada clavada en la cerradura. A sus espaldas, en una de las camas, Juan ojeaba sin ganas La narración de Arthur Gordon Pym.

Miguel escuchó los pasos, luego el tintineó de las llaves. Al abrirse la puerta apareció Nadia, rubia, de pelo lacio, ojos negros y mejillas encendidas. Les sonrió, acercó el dedo índice a su boca, y se apartó de la puerta para dejarlos pasar.

Cruzaron sigilosamente el comedor. Juan sacó la cabeza. En un costado del jardín, más allá de cosmos, rosas y azucenas, su padre trabajaba la tierra con una zapa. Bajaron los tres escalones de madera. El segundo crujió —siempre a punto de partirse—. Caminaron hasta la cerca, sorprendidos por un trueno. Osvaldo, el padre, dejó la zapa. Miraba el cielo ennegrecido y negaba con la cabeza mientras sus hijos abrían la puerta de la cerca y salían al camino.

La tormenta los alcanzó al pasar por el rancho de don Isidoro, el iracundo pescador que se nombraba hijo del mar porque había nacido en una barca mientras su padre lanzaba las redes. Entonces corrieron más rápido.

Llegaron al médano y lo subieron. Miguel, que había precedido a Juan, resbaló y con el mentón sobre la arena miró el horizonte.

Un hombre estaba parado frente al mar donde el médano se confundía con la playa. Empapados el pantalón negro y la capa del mismo color, su perfil parecía obviar el monstruoso choque de las aguas. Tampoco lo asustaba el cielo ardiente, iluminado por relámpagos que se ramificaban hasta la línea del horizonte.

Miguel, sin apartar la mirada de la figura del extraño, trató de levantarse cuando un trueno hizo que un cosquilleo le corriera por la nuca. Entonces el hombre se dio vuelta, y el chico estuvo a punto de ensuciar sus pantalones.

De la barba negra goteaba agua. Al ver los ojos inyectados en sangre, Miguel dio un grito, eclipsado por otro trueno. Chorreando agua por su frente y mejillas, el hombre profirió unas palabras, extendió su brazo y blandió un puñal hacia Miguel, que al ver el ensangrentado doble filo empezó a temblar. Iba a darse vuelta para correr, pero vio algo que brillaba sobre la arena.

Reconoció el medallón de los unicornios y se llevó rápidamente la mano al bolsillo. Trató de entender. Miró el puñal describiendo círculos en el aire, luego al medallón que había rescatado de su bolsillo y comprendió, pero tuvo miedo, mucho miedo.

Su hermano alcanzó la cima del médano y al ver al hombre empuñar el puñal empezó a bajar. Volvió y tiró de la remera de Miguel, que finalmente se dejó llevar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 1.

el nombre del pueblo

TAMBIÉN fueron ese día a la playa.

Miguel más cerca del mar, todavía exaltado. Enfrentaba el horizonte como si hubiera algo que descifrar en el oscuro verde.

—El viento no empujaría una hoja —dijo Juan.

— ¿Y si los agarró una tempestad? —murmuró Miguel.

—Si nada se mueve.

—¿Sabés lo que basta para dar vuelta una barcaza? —Sonrió nervioso a Juan, que empezó a gritar:

—Están estancados en alta mar… Los cuerpos pudriéndose sobre las tablas…—Estremecida su cara en un rictus que pretendía ser terrorífico — Los ojos resbalando por sus mejillas… Las uñas de ella más largas…

Cayó, embestido por Miguel.

Dieron vuelta por la arena. Juan, el hermano menor, logró zafarse, y se alejó agitado. Desde unos metros gritó:

— ¡Si la esperé más que vos! Tenés que pensar. Hace dos meses que tenía que haber llegado. Todo esto fue un invento de mamá. No te diste cuenta. Malva no existe.

Miguel miraba a su hermano con ojos húmedos y perdidos.

—Papá hizo bien en encerrarnos —agregó Juan. Miguel levantó la mirada, apartó el flequillo que ocultaba sus lágrimas y susurró:

—¿Y si el tipo la mató? ¿Si mató a todos los tripulantes? ¡Viste cómo nos miraba!

—Te estás pareciendo a mamá.

—¿Qué hacía con un medallón igual?

Juan puso los ojos en blanco y agitó la melena.

—Siempre inventás algo nuevo. —Hundió sus pies en la arena. Empezó a alejarse.

Miguel se acostó en la arena húmeda. Sacó de sus raídos pantalones un medallón de oro adornado con dos unicornios negros que chocaban sus cuerpos en un salto a manera de espadachines. Clavó la mirada en las nubes anaranjadas. Levantó el medallón. Hizo saltar los goznes de la tapa.

Una chica pálida de oscuro pelo rizado sonreía.

por Adrián Gastón Fares.

Es grupo.

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Somos casi

Y lo casi no es el todo

Que llaman grupos

También aquí en Argentina:

Para decir que es mentira

Decimos

O decían

Es grupo

Significado:

Es mentira.

Es grupo.

La verdad duerme en las cajas

que no tienen fuerzas para iluminar los nombres escritos en cielo.

Pero hasta cuándo no será perceptible

El exceso de ataque silente

Del halago complaciente

Hasta cuándo nada de responsabilidad

afectiva,

modas

operandis

que merece escucharse

Medios y fines.

Hay que remarcar en rojo

O con el color que más te guste

Fines.

Hasta cuándo

Por un grupo

Hasta cuándo tu coraza puede aguantar el calor

Eso que se divide antes y luego de golpear

El gran golpe

El pequeño desmonte

Como los que roban un banco y luego se traicionan unos a otros por el botín

del grupo.

El sufrimiento.

No es un camino

No es el destino

Es cosa del grupo

Casi siempre de un:

Grupo.

por Adrián Gastón Fares.

Confiesa.

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Confiesa! Vos, primera.
Confiesen!
Es el momento de que caigan las máscaras
Es el momento del climax
Donde todos los datos se cruzan en la mente del detective
Donde todos están reunidos en la casa para escuchar el misterio revelado
Las pesquisas
Las conclusiones
Que llevaron a descubrir
Por eso hace rato que
Le pedi a los míos que confiesen
Lo que hicieron conmigo desde que tengo 34 años
Y certificado de discapacidad por sordera
Persona sorda
Les pedí que reparen el mal que me hicieron
Por como actuaron ante un diagnóstico
Que querían ocultar toda la vida
Estos años
Desde 2012
Fin del mundo
En adelante
Desde los dos audífonos
Y mi redoblar fuerzas para seguir
En la sociedad digamos:

(I was born but not in 1977

Not in 2012, I was born but not;

Two times)

Que uno puede elegir no sufrir
Con audífonos y no escuchar
Porque amplifican todo
Y duelen como algo que te clavan en el cuerpo
En este caso en los oídos
Se te clavan en los sueños
Estos años fueron los peores
De mi vida
Los de ver la indiferencia
Los de malos consejos
Los de caer en malas personas porque uno en el estrato de la soledad injusta trata con almas en pena
Estos años fueron impunes
Los sigo sufriendo y ninguno
De los involucrados en lo que paso desde 2012 (peor en 2014) hasta ahora
Se preocuparon por mi jamás
Confiesen
Padres
Hermanas
Madres
Ex cuñados
Ex parejas
Lo que han hecho con un sordo
Lo que han dejado que le suceda
Sin responsabilidad alguna
No tienen perdón.
Es el momento de prender un puro.

De exhalar verdad y obnubilarlo todo para volverlo primero.

Por Adrián Gastón Fares.

La edad de Roberto.

Cuentos

La edad de Roberto.

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

por Adrián Gastón Fares.

Más relatos, cuentos, están en la sección Índice. Este cuento lo publiqué en este blog originalmente el 20 de junio de 2017.

PD: La edad de Roberto está incluído en mi primera colección de relatos llamada Los tendederos.

Intentos de desaparición.

Cuentos

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio.

 

Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo. El padre de Glande, que de forma irresponsable a veces contribuía a su fama de compositor en ciernes, en esos momentos trataba de explicarle a Martín que si bien su hijo había editado un disco, no se dedicaba a eso todo el tiempo, y que también hacía otros trabajos relacionados con la carrera de Diseño Audiovisual, que había abandonado en el segundo cuatrimestre para meterse en el conservatorio. Luego Glande decidió cortar con esos trabajos, a los que no podía responder del todo debido al zumbido en los oídos que disminuía su poder de concentración para escuchar las órdenes de sus jefes, y su padre tuvo que inventar otras respuestas.

 

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa.

 

Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

 

por Adrián Gastón Fares, 21 de julio de 2008 (viejo, ¿no?)

Intrasparente. Índice.

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Tardé un poco, pero armé el índice de Intransparente o Intrasparente (parece que las dos grafías dan lo mismo; de cualquier manera el término Instrasparente no existe) Pueden encontrar mi novela sin problemas, rápido y simple, en este blog y más fácil siguiendo este índice:

INTRASPARENTE – ÍNDICE.

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

 

 

El monstruo. Poema.

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Dejar este mundo porque ya nada vale la pena.

Extrañar los atardeceres promisorios,

las comidas imperiales,

el sol fuerte,

las copas de los árboles,

pero más que nada el trabajo como un fin y no como un medio.

El crepitar de las hojas bajo cuatro pies.

La comprensión,

las miradas ardientes,

las lenguas entrelazadas que al soltarse charlan de cosas triviales y necesarias.

Lo que parecía natural y ahora es

como la carcasa de un robot destruido en una ciudad de lata.

Incomparables las órdenes de las esperanzas y los desórdenes del cuerpo.

Dejar este mundo de una vez por todas cuando falta lo elemental y lo natural se hizo mecánica y palabra.

Yo no soy este monstruo que decidieron soñar una tarde en familia.

Mis pies están desnudos en la playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

Sobre una película de Godard (Histoire(s) du cinéma)

Al Margen

El cine que fue hecho para pensar. El cine son imágenes que piensan por sí mismas. Manet precursor del cine. Las chicas de Manet. Godard que mediante la sensación causada por las imágenes y las palabras nos hace sentir lo que va adivinando.

El cine tiene muchas historias pero las de Godard tienen que ser las menos espuria de todas. Terrible cuando explica que Inglaterra nunca tuvo cine. Italia es el país del cine, Rosellini, Antonioni, Fellini, Visconti como antes Virgilio, Dante, Leopardi y Leonardo. No es casual. Francia. La Nueva Ola es sobre las obras, no sobre los autores. Hitchcock es el gran creador de formas del siglo XX.

Los franceses son los grandes profesores del cine. Los italianos y Hitchcock los grandes maestros.

Antes, en los dos primero capítulos (que en realidad son 4, divividos en a y b) Godard nos hace entender que el cine es simple y algo más.

No es arte ni técnica, es misterio.

¿Para qué complicar las cosas? ¿Qué es lo que nos hace seres humanos? Tiempo, muerte. Cine.

Hace dos años fui a la casa de mi tía abuela. Encontramos fotos que guardaba mi tío Francisco, fallecido cuatro años atrás (ahora mientras respoteo esto mi tía abuela también se fue hace un tiempo). Ah, familia de la infancia que ya no estás.

Fotos amarillentas de mi tía abuela que le recordaban cómo era el país dónde había nacido, cómo eran las personas y los lugares. Entre esas fotos, había una que me impresionó. Un hombre, de mediana edad, cadavérico, amortajado en una cajón, rodeado de personas. La aparté.

Mi tía abuela, con rápida gracia, me arrancó la foto de las manos, dijo algo en dialecto italiano, y la fue partiendo en pedacitos. Me la quedé mirando como si estuviera soplando el humo del revolver que había disparado.

El Cine es Muerte Eterna (revolución posible contra la Muerte) pero también Nacimiento Eterno (muerte eterna):

Cuando era chico lo hinchaba a mi papá hasta que volvía a buscar en un viejo armario, desenrollaba una tela blanca, la colgaba, y nos proyectaba, a mi hermana y a mí, fotos de cuando éramos todavía más chicos y de sus discretos viajes. Con un aparatito, extensión del proyector, especie de linterna, explicaba algunas cuestiones de las fotos. Éste es tal. Aquél otro era el que una vez. Ahí pasó esto o lo otro.

Godard:

Los jóvenes deben elegir un camino, ya es imposible ver todo el cine, tendríamos que pasarnos veinte o treinta años frente a una pantalla.

De alguna forma, nuestros institutos de educación (incluso, la familia) nos llevan a no entender o a entender mal. Primero nos hacen creer que estamos necesitados de todo, después que no necesitamos nada, luego que somos muy pobres y que estamos necesitados de más cosas.

La educación que nos lleva a la guerra, a las broncas, al delito, a la estupidez, a las avivadas. Después de ser educados (jardín, primaria, secundaria -tal vez, alguno tenga suerte en la secundaria con algún profesor o en la universidad) para no entender, para que no entendamos, de que nos den las herramientas pero que las alejen de nuestras Manos (al dejarnos en claro cuántas cosas imposibles hay, cuántas categorías y cuántas jerarquías a las que no solamente hay que apuntar, sino, especialmente, rehuir)

Tal vez por eso Godard tenga tan presente las Manos en sus historias del cine: como elemento para buscar, investigar, pensar, tienen como tarea reinventarnos, dejar que nos reinventen y reinventar a los demás. Ver las historias del cine de Godard es como que te las vayan desatando. Algunas obras tienen esa práctica virtud.

por Adrián Gastón Fares

Donde el silencio no reina. Poema.

poemas

Por que yo no olvido
A los que quiero
Por más mal que me hicieron
Porque recuerdo a la Lavoza
La del afluente canto y torrente
Señor Tiempo, presente.

Distraigo a las amapolas
De los gigantes melódicos
Donde el silencio no reina.

Ancianas del tiempo
Perdido
Las llevo conmigo

En el el altar de los cuentos
Arranco las hojas de los libros
Las profano en sus honores
Las arrugo y machaco
Hasta formar una cara de papel
Y pegamento

El busto de los callados
Arrastra la sombra de un barco de piedra

En el altar te rezo
Debajo de tu falda de vuelo y delantal

Todos se huelen la mano
En los viajes primeros
Donde se descubre el sexo y su caudal.

A mí mismo me recuerdo que
No he de perdonar
Que nos separaron a todos
Y nos hicieran llorar

En estos ritos que llaman
Querida Sociedad
En lo mejor de la fiesta
Te vienen a buscar.

Arreglate un poco
Te vamos a llevar
a Sorpresas-Festejar
Que bueno ese lugar
En la pena caerás
Cuando la luz se prenda y no estemos nomás

Somos lo que soy
Mientras me derramaba al mundo
Con la ayuda de un atrapa almas cucharón
Escucharon
Esos son los salmos que rezamos en su altar

La anciana que convida
Serenidad Sirena
Lavoza primera
Mucho gusto,
Doña Sincera.

Por ti no nos perdonamos
Por ti nos matamos
Por ti clavamos las uñas en la pizarra.

La idea era conservar el verano, el zumbido de las chicharras
Esas frecuencias agudas
Que se clavan como la punta de De la Torre de Interama
En el reflejo pútrido
Del riachuelo
Donde los colectivos afluyen
Y el agua traspasa las napas
del sur profundo en los fondos del reino Chorizo

Sociedad querida degollarte quisiera y que cruzar el rio turbio fuera un delito
De esos que encarcelan
para que sea difícil llegar al templo tuyo, Sirenidad sincera.

por Adrián Gastón Fares.

La abandonada.

poemas

Dejada.
Separada,

Por un varón al que quería como a nadie.
Verde ágape en una casa chica y austera pero luminosa
Decidí vivir sola en la mansión López
La que embrujada
La que gritos sin gargantas
La que sombras sin cuerpos
Que corrían por las paredes
La que los pomos de las puertas giraban sin que hubiera nadie detrás
Enseguida los conocí
Eran cinco
O más bien una sola presencia
Dividida en varias
Y encontré otra vez la esperanza
entre cuadros que se desplomaban
Entre hábitos blancos que solo el viento inflaba en los corredores
Entre cadenas que rodeaban mi cama
Y me alegraban
Con sus fríos sonidos
Pero un sábado, justo, vino rosado descorchado,
para otra noche de difusa compañía
Para bañarme en los orbes brillantes en la penumbra
Ver levantarse sin motivo el polvo del suelo y hasta pegarse al techo.
Iba a recibir nuevos mensajes
Escritos en las paredes por esa entidad de manos virtuales
No importa que;
eran a mí las palabras.
Mi solitaria aventura desconocida.
Otro ágape peculiar.
Yo también era lo que no es
percibido.
Pero llegó el atardecer y el fulgor naranja despintó las paredes empapelando negro
Y en mi querida mansión
Nada crujió
Nada aulló
Las incoherentes palabras no escritas.
Las invisibles manos, desaparecidas.
Ni las cortinas se mecian abrazando a la forma que una vez quise acariciar como si pudiera.
Ni las luces se apagaban y prendían sin razón.
Ellos
también,
se habían ido.

Y entonces,
junte fuerzas.

Grité,
hasta que mi voz también se fue.

Por Adrián Gastón Fares, 17 de diciembre de 2019.

Tres películas de este año. Cine.

Al Margen, ehh

Quería ordenar un poco a este año de películas tan duras y tan buenas

Digo la últimas que recuerdo y las que me causaron una impresión para bien o para mal (diría que para bien)

Marriage Story (no voy a nombrar directores para no hacerme el sabihondo) Bueno… Sigamos.

Esa película se trata del hombre invisible. No es Kramer vs. Kramer. Es algo nuevo acorde a esta época. No habla de la Virgen María ni de la tradición judeocristiana. No es una película de una madre (no le mientan a las madres) Lo siento. Es el hombre invisible. Es un hombre el que escribe y el que dirige una película sobre una separación. Y es una película sobre una separación (a ver, no quiero quedar como un pelotudo; al pedo encima, en Mundo tributo ponemos para variar y porque era apabullante lo otro, a The Beladies, siempre me preocupé por eso, ¿y a quién le importa?, en Gualicho le pregunté a una ex pareja y a mi hermana veinte veces sobre cómo escribir escenas donde había mujeres, en Mr. Time directamente ya no me hacía falta preguntar sobre la identidad y las diferencias, porque ya había vivido demasiado eso, nunca es demasiado pero a veces parece que sí y me alcanza; pero nadie se tomó el trabajo de leer mi último guión, creo)

Decía que Marriage Story es más la película de un tipo que de una mujer. Es más la historia del marido (no tengo hijos, pero sé lo que es una separación de pareja) Y de cómo debe adaptarse a unas condiciones sociales a las que él ya se ha adaptado, y que le pesan, pero no puede expresarlo. Por eso la película. Es fuerte porque el punto de vista nunca sale de él. Trata de variar pero no se mueve mucho, a pesar de todo.

Si bien no es perfecta (ese canto de Adam Driver al final, gran actor, ¿para qué?) es una película fuerte porque habla de cómo cambiaron las subjetividades y los tiempos.

Joker. Es la historia de una persona con discapacidad y de cómo la sociedad, los otros, la destruyen hasta que no aguanta más y mata gente. No es la historia de un psicópata ni de un esquizoide (esta es la época de la diversidad, donde podemos decir que los santos que nos venden eran todos locos; que los visionarios eran todos locos si esto fuera así)

La película se focaliza en cómo explota alguien cuando le han minado todo el terreno de su vida social y afectiva. Y la actuación de don Phoenix es magistral. Tiene improvisaciones necesarias para un guión así que la mejoran. El final es perfecto (y no se puede apreciar más que en el cine; todo pasa tan detrás en el plano que se pierde en pantallas más chicas)

Parasite. Es un guión perfecto o casi perfecto. Es una película sobre cómo las nuevas clases altas o medias altas (especialmente en este caso, la de ciertos países de Asia) eran y son. Y a la vez, cómo cambió la clase baja o media baja por el acceso a Internet, a un smartphone. Como usan esos recursos para tratar de movilizarse. No eran las marchas todo: es la información y cómo buscás el Wifi para obtenerla.

En el camino, desestigmatiza la pobreza y muestra conflictos que están ocurriendo en muchos países del mundo y que seguirán ocurriendo.

También, sirve para recordar a Ford, que influenció, si mal no recuerdo, a Kurosawa y Kurosawa influenció a Lucas, de donde precede la mayor parte del cine actual.

El gran director de Parasite (de Okja y de la seminal Memories of Murders) me parece un hijo de Spielberg y un poco del animé japonés. A la vez el guión tiene algo del neorrealismo italiano. De Sica más que nada, por lo tanto parece fundir muchas tradiciones del cine y muchos países (como el realismo mágico de Francia y el cine soviético; todos han fundado lo que conocemos como Cine)

Pero Parasite no olvida la narración ecléctica, inacabable, de oriente, y transciende. Es muy buena película.

Dura, para nada fácil, nada servil, valga la redundancia, y a tono con las otras dos, mágicamente. Y la más interesante de analizar en cuanto a las influencias (lo que la dejaría inerte; no es mi intención)

Las tres, son películas muy libres y muy poco correctas (del hombre, una; del padre, de las parejas en este siglo XXI, la segunda del enfermo mental y del marginal, y la tercera, de la pobreza)

por Adrián Gastón Fares.

PD: Para fantasmizar (perdón el neologismo) este texto sobre el sagrado y a la vez sacrilego cine y devolver al vanpiro o vampiresa a la tierra fresca y oscura y a este blog a su fuente literaria; para mantener la inocencia de las imágenes de estos largometrajes invocados, el momento final mágico que cada uno fijó en su visionado, dejo esta cita de un poeta antigüo y reconocido, extraída del libro de Roger Clarke, un crítico de cine, que escribió sobre su pasión: los fantasmas (La historia de los fantasmas, Roger Clarke) que dice:

«Me preguntó una dama en una ocasión si yo creía en fantasmas y apariciones. Con sinceridad y simpleza le respondí: “¡No, señora! ¡Demasiados he visto ya con mis propios ojos!”». Samuel Taylor Coleridge.

Los tendederos. Cuentos.

Cuentos
Dejo nuevamente estas notas del proceso de crear el libro y el link a los cuentos en PDF, de mi libro, Los tendederos.
En este mismo blog pueden leer, si rebuscan un poco, mi novela Instransparente y mi otra novela ¡Suerte al zombi! (falta publicar El nombre del pueblo, pero creo que pueden encontrarla por ahí…) A. G. F.
Nota:
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

El colmillo de la noche. Poema.

poemas

En una cripta a ras del piso
Restaba mi pasado
Los que conocí y los que no
También
(Más que nada los que no)
Todo era gris
El cemento reluciente y frío
Me asomé a la cripta
Y a través del vidrio y de los herrajes
Ví la melena roja del león
Aunque en la cementeriosa penumbra
El felino y sus fauces apenas reflejaban su temible custodia de la cripta.

Huido,
luego conocí una máquina de decir la verdad
Era como la de un parque de diversiones
Esas máquinas que el abismo dispone
Algunos sacaban un papelito con una pregunta
Pero no sabían la respuesta
Era fácil
Y además estaba escrita del otro lado
Soñar;

Vicio interminable y no empezado,
dicha de los reclusos
El oro de los tontos
La vedette de los viejos
La pradera azul de tus ojos
Lo perdido por no luchado no es peor que lo perdido por demasiado
Pedido como la burocracia del caparazón de la tortuga
Que no se formó de una,
Que como un querer creció con el tiempo
Como crece
La oscura trama de la noche bajo mis párpados
En el templo de los sueños
En el baile nocturno de las neuronas muertas
Que también sueñan

En revivir
En pasarse de las rayas ausentes
De mi entrecejo aplanado
Esa llanura o cielo que les regalo por las noches;
Porque en los sueños nunca hizo falta esforzarse
Para entender nada
Y las arrugas olvidan la piel
Y todo es permeable, transparente;
Contado sin ser.

Noble cielo chispeante. Ojalá se hubieran conocido antes.

Por Adrián Gastón Fares.

Veníamos a buscarte.

poemas

Nunca olvides nuestra intención.

Si no pasa, debería haber pasado.

Conocemos las maneras de tirar del hilo

que deshilacha la realidad.

De acceder a las cañerías del gigante dormido en una terraza.

Tal vez caminar tanto nos cansó.

No era nuestra idea.

Por eso volamos.

Recuerda que en los pastos negros de la ciudad una noche:

Una mujer espera afuera de un casorio porque no aguanta la iglesia y no aguanta lo que dicta el amor. Mira un destino más allá de la oscuridad y un joven, un conocido, pasa de los brazos de otra que lo iba a llevar

¿Adónde?

Pero las miradas se cruzan.

Y todas van más allá.

Allí estamos.

Alineadas.

Si tu vida es vieja
Pero no tanto
Y la zozobra y el llanto
Te enseñaron el canto.

Calla.

Porque es hora de retroceder en el tiempo para esculpir un grito.

Nuestro trabajo,

La puerta entornada.

Él y ella sueñan despiertos.

No podemos.

No usarlos.

El tren de la oportunidad

Pasa infinitas veces.

Nosotras no.

Nunca hubo escrituras que nos descansaran.

Las tres les diremos:

De aquí en más,
jamas nos separaremos.

Nada era auténtico.

Nunca escriban en las vísperas cartas de amor.

Antes borramos los libros de
literatura comparada y maniobramos por la ciudad
hacia la bruma que no alcanza para bañarnos.

Las pantallas bajan solas su nivel de brillo.

Justo a tiempo.

A cosechar pasillos.

A traspasar muros.

Mientras, sostenemos la repisa donde descansan las biografías de los abecedarios.

Es que nuestra empresa es la más grande proveedora

de lo que flota

entre letras y murmullos.

Silencio.

Juntos.

No paramos hasta el barrio de las intuiciones.

Falta poco.

Nuestras manos tiemblan.

 

Por Adrian Gastón Fares.

El hombre sin tacto.

poemas

Algunos dicen que no se puede cambiar,

que hay cosas que nunca van a pasar,

pero las cosas que

auguran

que nunca van a pasar

pasan seguido

y los que decían eso no saben ya

qué decir.

No es imposible.

Uno se puede ir y puede

volver

esto es posible

En el mundo.

Hoy.

Siempre pasó,

pero hay pocos testimonios

porque lo que cambia se va,

se ausenta de un día para el otro,

como aquel hombre del que Josep Pla escribió

que dejó su pueblo,

solo,

con los reveses en su espalda,

pesando toneladas,

con la gente murmurando,

pero aquel hombre

simple

dejó su pueblo

no tan simple como él

pasó por la fuente del pueblo

bebió el agua por última vez

y partió

para nunca volver.

Esto es sobre el chico,

el muchacho

cambiador

No podía sentir

El sentido del tacto lo tenía muerto

como otras ilusiones

Pero un día descubrieron como hacérselo funcionar

Un científico lo hizo

Un científico loco quizás

No lo sabemos

Pero logró que el chico sintiera

Y entonces el chico rozó las palmeras con las manos

Frotó naranjas contra su piel

Sintió su propio cuerpo y el de los demás

El respirar de su perro en su cara

Lo despertó

Y la felicidad que sentía era tan grande que el chico

Que en realidad no era tan chico

Se sintió joven otra vez

Se descontó años

Multiplicó los suyos por

Cero

Coma

Siete

Y pensó

Que ahora que sentía al pasto doblarse cuando se recostaba sobre él

con la espalda

desnuda

A sus propias lágrimas derramarse sobre su cara hasta llegar

a su nariz

Pensó que si alguien podía devolverle el tacto,

entonces el podía pensar hasta llegar a lo impensado

y lo hizo.

Llegó.

Y me dijo

Que había cosas que ya no podía volver a sentir

Porque ya no estaban

Las que sólo sentía en los sueños

Y esto lo enfrentó con una pared

Una pared de sentimientos hechos con ladrillos

como las que levantaba su abuelo

cuando era chico y la vida parecía

larga

insensible

y había otras paredes

de colores de luces de ciudades ya descubiertas pero desaparecidas de bichos bolitas y de animales que corrían en el claroscuro de algún bosque que no era bosque pero que para él lo había sido

Ojo con los bosques que no son bosques pero que para uno lo son

porque cuando desaparecen y sus árboles se secan

uno cree haber estado ahí

en lo imposible

Punto.

Entonces yo le dije

Que era como un Úlises

Un Úlises que volvía a Ítaca

Sin una Penélope que lo esperara

Y eso le dolió

le dolió como las cosas que son simples y reales

Como un Quijote sin caballo

Como un río sin cauce

Y se calmó y sonrió

Nunca entendí por qué

El chico ahora sensible se calmó

Cuando le dije algunas cosas terribles.

Y se lo dije.

Te dije cosas terribles para que entendieras

Que yo siempre sentí todo pero que era y soy como vos.

Lo que te pasa.

Lo sé.

Lo sé muy bien.

Lo que te pasa, querido.

Y me contestó que él quería ser terrible también.

Que era su derecho

Y que lo ejercería a gusto.

Y jamás lo volví a ver

pero en la noches que no llueve

pero que debería llover

a veces creo que el chico está cerca

bañándose en la agua

que debería caer.

por Adrián Gastón Fares

La forma de la memoria.

poemas

Los santos sobre mi cara para alejar el silencio.
Y digo lindo, con ironía.
Cómo diciéndo qué horrible.
Cómo si ya no hubiera explicado que eso me duele.
Pero no porque odiara santos
Si no porque reconozco la falta de sensibilidad
De las estatuas…
vivientes.

Cómo si quisieran enterrar árboles presionando desde la copa,
los gigantes del ritmo
repetido a propósito
en un bosque que no es mío
y no existe pero cuido.

La forma de la memoria es la rima,
y como nunca debió haber ocurrido afrentar mi inocencia
paciencia y comprensión.
Porque de estúpido no tengo nada
lo feo de tan desagradable lo rimo
para recordar y que no se ensañen conmigo,
los errores del olvido.

Por Adrián Gastón Fares.

Los encantados. Cuento.

Cuentos

Le serví el té a la señora con una tarta de manzana espolvoreada con canela.

—Nena, estás preciosa hoy ¿Te das cuenta el color de piel que tenés? Fijáte.

Sacó un espejo. Mi piel estaba bastante bien, algunos puntos negros nada más.

—Necesita anteojos—le contesté.

La señora, con una expresión algo más amarga, siguió sonriendo.

—Qué pena que no tenga nietos, señora.

—Matilde, ninguna señora, ya te dije, además te conté que no tuve hijos, ¡cómo voy a tener nietos!

—Es un deseo nada más.

—Los deseos pedílos para vos— Miró hacia la calle. Así parecía darle la espalda a su pasado.

La señora era muy flaca, con los hombros un poco caídos, y se teñía el pelo de un rubio ceniza, como para que no se notara tanto.

Seguí atendiendo hasta que escuché la ambulancia.

Afuera, en la acera, había una señora de la edad de Matilde, unos ochenta años, pero rellena. O por lo menos eso parecía tirada en el suelo.

Javier, mi compañero, volvió y me contó que la vieja se había partido la cadera. Mientras, Matilde había dejado su mesa y ya estaba al lado de la accidentada. Aproveché que Rodolfo estaba en la cocina y salí detrás de ella.

Los labios de la vieja temblaban. Al fin logró pronunciar una palabra.

—Alejandro.

—¿Quién es Alejandro, señora? ¿Su hijo?—preguntó Matilde.

—Mi nieto.

Los labios de la mujer siguieron temblando.

El de la ambulancia ordenó que se corrieran porque la iba a ubicar en la camilla a la señora. Matilde me miró un segundo, y tomó una decisión.

—Tomá, nena—. Me dio unos pesos—. Me voy.

Y se subió en la ambulancia con la vieja accidentada.

A los dos días volvió. Le pregunté sobre lo que había pasado. Llovía. Matilde parecía preocupada pero esta vez no por su pelo.

—No sabés cómo lloraba esa mujer en la ambulancia. El médico me dijo que en el estado que tiene ella, partirse la cadera… Qué mala suerte.

—¿Y quién era ese Alejandro— le pregunté.

—El nieto. Me pidió que vaya a visitarlo, que necesitaba llevarle las pastillas. Había salido para comprarle eso.

—¿Es enfermo?

—Depresión, creo.

—¿Y fue?

—Nena, no me animé. Dice que no quiere hablar con nadie. Vive encerrado.

—Hikikomori.

—¿Fujimori? Qué tiene que ver.

—Hikikomori, dije, señora. Es una expresión japonesa. Son los que no salen de la casa. A mí me gusta la cultura japonesa, Matilde. Leo mucho… libros.

—A mí no me gustan los japoneses.

—Bueno, son gustos.

—Me dijo que apenas habla, que se la pasa en la maquinita… en la computadora ¿Y si es un psicópata? Cómo le voy a llevar comida.

—¿Le pidió que le llevara comida también?

Matilde asintió.

—Espere.

Fui a la cocina y armé unos paquetes.

—¿Vos te pensás que no cocino, no?

—No, señora, es para que sea más fácil.

—¿Para el loco ése?

—Por ahí no es loco.

Matilde se quedó mirando por la ventana un momento. Inspiró hondo y expiró largo.

—¿Qué hace?

—Eso me enseñaban en yoga…. Dame, nena.

Me sacó la comida de la mano, se incorporó, apoyándose en la mesa, y caminó hacia la puerta.

La lluvia trajo a muchos clientes y ese día pasó rápido. Javier no me miraba. Me pedía opiniones sobre las chicas que intentaban seducirlo. Yo hacía rato que estaba en Argentina pero Javier hablaba con encanto, era moreno, musculoso, alto. Cuando entré pensé que iba a pasar algo entre nosotros. Pero no pasó nada y yo con las ganas. Esas esperanzas que no son buenas.

Al otro día estaba sirviendo un desayuno. Vi que Matilde me llamaba desde enfrente, cruzando la calle. Le pedí permiso al encargado.

—El Fujimori tiene la barba por el piso. Es alto. Sin barba sería un chico lindo, pobre. Pero está arruinado. Si hasta debía haber pulgas ahí. No me quería abrir la puerta al principio.

—¿Y cómo hizo?

—Le dije que su abuela se había muerto.

—¿Se murió?

—No, ¿sos tonta? Pero se lo dije para que me abra.

—¿Y le abrió?

—Sí. Y me miró con los ojos redondos como platos. Estaba en otro mundo. Había humo… Humo de la cocina no era.

—¿Y comió?

—Me sacó las pastillas de la mano. Está flaco como un esqueleto. No quiso comer.

—Tengo que volver porque si no me retan, señora.

Crucé. Me pareció que la señora me llamaba.

Rodolfo estaba con esa cara de culo que ponía cuando yo salía un momento. Si no era para sacar a los que entraban a vender cosas no me lo permitía. Yo los acompañaba hasta la puerta porque a Javier una vez le habían pegado. En cambio, conmigo no se metían. Rodolfo decía que yo tenía algo que calmaba a la gente.

Al otro día tuve franco. Así que estuve en la cama bastante, me hice las uñas, terminé de ver la serie, traté de meditar, hablé un poco con un chico, un argentino de esos cancheros de la zona, y me fui a leer a la plaza un libro. A la noche descorché un vino, estudié un poco, por suerte faltaba para el examen, pensé que iba a tomar la mitad pero me lo tomé todo.

El día siguiente ni bien llegué la señora me estaba esperando con la expresión más dulce del mundo.

—Nena, ¿se puede saber cómo te llamás?

—María.

Se hizo la señal de la cruz.

—¿Qué hace?

—Está endemoniado ese muchacho. Poseído. Se tiró en el piso y gritaba.

—¿Usted cree en esas cosas?

—Yo no pero la vieja dijo que lo maldijeron.

—¿Cómo está?

—¿La vieja? Está mal. Cada vez, peor. Delira. Que la última novia vaya a saber qué le hizo a su nietito.

—¿Quiere que le prepare comida para llevarle?

—Ya le llevé— Matilde fue tajante —. Le hice un estofado—. Qué raro una mujer de antes que no supiera mentir, pensé.

—¿Y le gustó?

—No come el encantado.

—¿Y sigue sin salir?

—No sale ni a palos. No habla mucho tampoco. Por lo que pude escuchar de la vieja, desde que lo dejó esa chica quedó así medio estúpido.

—¿Tiene paranoia? ¿Se piensan que lo persiguen? ¿Es bipolar? ¿Autista?

—No es un maníaco. Le dan pastillas porque no puede dormir.

—Bipolar no es un maníaco, señora. Yo estudio psicología, sabe.

—Yo no creo en esas cosas.

—¿En qué cosas?

—En la psicología.

—Pero no es una religión.

—La vieja me contó que el Fujimori ese fue a un montón de psicólogos. Que se gastó la jubilación de ella en eso.

—No habrá tenido suerte.

—Y supongo que no. Está… rayado… rayado pero muy triste, yo me doy cuenta, y melancólico.

—Tendrá depresión entonces ¿No dijo eso?

—Las pastillas que les llevé son para dormir.

—Entonces es insomne.

—A mí también me cuesta dormir. Tomo unas parecidas pero yo me alimento como verás—. Se llevó un pedazo de tarta a la boca y masticó con ganas.

—Espere.

Fui a la cocina y volví con un paquete lleno de dulces esta vez. Matilde sonrió. Miraba la mesa, pensativa. La situación parecía superarla. Javier estaba hablando con una chica pálida de esas de este país que no dicen nada. Más las de esa zona, era como si les faltara algo, gracia, no sé. Lo dicen mis amigos argentinos. Y también lo decía Javier. Aunque después salía con ellas. Fui a atender a una pareja. Cada uno estaba en lo suyo, con celulares en la mano a la altura de sus rostros. Después atendí a otros que era primera cita.

El señor que me miraba siempre el culo.

El que tenía “conversaciones importantes”

La chica que venía con las amigas y se rían dos horas.

Ese chico que escribía y escribía y tomaba un café tras otro y no dejaba nunca propina o dejaba poco.

El otro tipo que me miraba el culo. Y que una vez me había invitado a salir.

El viejo que miraba la carta y no entendía nada.

Había tantas caras y yo me acuerdo de todas. Nunca las olvidé.

Y tuve otro franco que terminó con una botella de champagne de las pequeñas. La disfruté y luego prendí unas velas, me senté en la alfombra a meditar, tenía que pensar porque quería estar en mi país frente al mar, pero me costó visualizar el mar, si lo veía era el mar de acá, las playas ventosas y frías, que me gustaba pero menos. Luego prendí un puro, tiré humo para alejar a los malos espíritus que pudiera haber en ese edificio tan grande que parecía una pirámide. No sabía ni cuantos vecinos tenía. Eso me daba miedo. Tantos profesionales. Para qué estaba estudiando psicología si en mi edificio ya había ocho psicólogos, casi uno por cada piso.

Llegué al otro día con ganas de trabajar y olvidarme de todo, de la carrera, de mi edificio, de las burbujas del champagne, de la playa, de los espíritus en los que apenas creía.

Y ahí estaba Matilde. Hablando con Rodolfo.

Apenas puse el pie en la alfombra de la cafetería me agarró del brazo y me sacó afuera. No pensé que tuviera tanta fuerza.

—¿Qué hace, señora?

—Matilde, te dije, caramba. Vamos. Convencí a ese pelado de que te dejara salir.

—Tengo que trabajar.— Logré soltarme de ella, mientras Rodolfo negaba con la cabeza, como diciéndome que me fuera.

—Le conté a Rodolfo que se murió la vieja. Le quise pagar tu día. No quiso. Vamos. Tenemos que ir al velorio. También lo convencí al Fujimori.

Me di media vuelta.

—¡Señora!

—¡Vos vas a ser una señora! Yo no. Dale.

Matilde paró a un taxi. El coche casi la pisa.

—¿Me quiere decir adónde vamos?

—Al cementerio.

—Qué bien.

—El chico no es feo.

—¿Qué chico?

—A vos te gusta el Javier ése que no te da ni la hora. Además es colombiano y te va a meter los cuernos.

—¿Por qué dice eso?

—Mi amiga tuvo un novio colombiano. Le metió los cuernos.

—¿Y usted qué quiere?

—Dejá de decirme usted, carajo. Acá se dice: vos ¿No, señor?

—Si usted lo dice—contestó el taxista que no era argentino tampoco.

—Más vale que le sonrías.

—¿A quién?

—A Alejandro.

—¿Fujimori?

—El nieto de la Betty que murió la pobre con el nombre de él en sus labios.

—¿Qué es lo que quiere?

—¿Vos no me dabas paquetes para él?

—Sí.

—Bueno, yo tampoco voy a vivir para siempre y la vieja se murió. No es malo el Fujimori. Lo afeité un poco y todo.

—¿Qué quiere que haga?

La señora en vez de contestar me dio vuelta la cara y se puso a mirar por la ventanilla. Hice lo mismo. Era un día de la semana ajetreado, colas en los bancos, una manifestación que había cortado la avenida. Nuestro chófer sacudía la cabeza afligido.

—Este país—murmuró, clavándome la mirada por el espejo.

Matilde dijo sin mirarme.

—Le prometí que su ex novia iba a estar en el cementerio.

—¡Pero seño… ¡Matilde!

—Pero era para que él viniera al entierro, nena ¡Es su abuela!—. La señora se dio vuelta y me miró. Sus ojos tenían un brillo que nunca había notado—. Y quiero que estés ahí.

Tragué saliva.

Matilde no volvió a hablar hasta que en el cementerio Alejandro repitió mi nombre.

por Adrián Gastón Fares

 

Corte.

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Ruido sordo
Corte magro.
No completo.

Succionado.
En la mitad.

Para que sea antes:

Tiene que existir y oírse.

Como entender mal y decirlo bien.

O engañar
O mentir
O el potenciar, para expresar.

Lo verdadero.

Un grito callado
Como el llorar hasta:

Reír.

En silencio.

Imágenes.

Noches de palabras.

Mar y arena.

Retro avance.

Sosiego.

Vértigos.

Recursos estéticos,

del cine.

Desamplificarse.

Y mostrar.

Sin soñar.

Sin sonar.

Por Adrián Gastón Fares (Diciembre 2019)

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

Cuentos

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo que algunos no quieren contar forma parte del libro, antología de cuentos propios del autor, llamada Los tendederos

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Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 4.

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4.

En ese tiempo rondaba por mi barrio, que era el mismo que el de Elortis, un abusador serial que había violado a varias chicas. Augustiniano me dijo que anduviera con cuidado. Un día mi papá apareció en mi casa con un regalo: un spray con gas paralizante. Igual, cuando dijimos lo de encontrarnos al mediodía, ya habían apresado al violador. Y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser Elortis…  Decían que venía de otro barrio y que, después de seguirte por varias cuadras, lograba su objetivo en el hall del edificio o al compartir el ascensor con la víctima.

Por lo que me decía Elortis, él últimamente permanecía encerrado en su departamento, y además era demasiado paranoico para convertirse en un victimario con móviles sexuales. Espero que nunca sepa que relacioné con él este asunto policial.

En una de las últimas conversaciones me comentó que a su amigo Romualdo se le había ocurrido un plan para sacarlo del departamento. Quería implementar un servicio de medición de radiaciones de microondas para los consorcios de los edificios, a través de un conocido suyo que trabajaba en la seguridad del Ministerio de Educación, en el palacio Pizzurno, donde guardaban, sin usar, la instrumentación necesaria para este tipo de emprendimiento. Como Romualdo trabajaba full-time administrando sus peluquerías, lo que Elortis tenía que hacer era salir por las inmediaciones de su departamento con una libretita para anotar la dirección de los edificios que tenían esa antena gigante con forma de araña patona muerta en la terraza. Con esos datos, Romualdo redactaría las cartas que después entregarían a los consorcios de la zona. Así podrían armar un emprendimiento conjunto, como Elortis siempre había querido, ganar unos pesos, y de paso Elortis pasearía y disfrutaría del sol que tanto le gustaba. Romualdo pensó en encomendarle el trabajo a su hermana, una solterona depresiva, que su familia internaba en un loquero cada tanto, pero le parecía mejor empezar con él. Elortis fingió que tomaba en serio la propuesta de su amigo. Pero para su asombro llegaría a cumplir con uno de los recorridos.

El día anterior a la charla registrada venía de caminar, con libretita anillada en mano, la calle Vicente López hasta la Recoleta para hacer un relevamiento de los edificios que tenían esas antenas, que según algunos estudios eran peligrosas para la salud. Mientras observaba uno de esas arañas metálicas, se acordó de su padre; si cumplía con el trabajo del que lo habían acusado, debía dar una imagen parecida a la de él ese día por las calles, apretando el paso para camuflarse entre la multitud cuando visitaba el edificio donde entregaba sus relevamientos, por lo que dio medio vuelta y desanduvo el trayecto hasta su edificio. Y ahí se quedó, sentado en su sillón, con una taza de té en la mano, mirando los árboles a través de la persiana americana.

Su padre le decía a los demás psicólogos que se fueran a trabajar con los arqueólogos si querían entender algo del mundo en que vivimos. Y también estaba interesado en las excavaciones del Golfo de México. De algún modo, el encuentro con Ponen parecía encajar en los planes de Baldomero, tal vez el viejo en el fondo quería que su hijo continuara la osada labor que había comenzado. Si Baldomero había sido uno de los batidores, un soplón de la dictadura, como había dicho un profesor en la nota de un diario, no era su culpa. Estaba contento porque mientras tomaba el té se había acordado de aquel día de verano con el sol radiante en el que salió, como era costumbre después de merendar con la enanita, a ver el fondo largo y se lo encontró lleno de unas plantitas con flores violetas. Apenas se metió entre las radichetas y los tomates para cortar una de esas flores que lo atraían tanto apareció su tía abuela gritando ¡tinta mía!, esa alerta siciliana o calabresa irreproducible que escuchó tantas veces de las bocas de esa mujer y su abuela, y le ordenó que se alejara de esos yuyos peliquerosos que crecían en su fondo. Eran amapolas y después de un tiempo, de tanto que sus familiares las arrancaban para exterminarlas, desaparecieron.

por Adrián Gastón Fares (2011)