aka Memories of Murders

Al Margen

Salinui chueok, aka “Memories of Murders” (2003)

Sinopsis

Provincia de Gyunggi, Corea del Sur, 1986, durante la dictadura militar.

Aparece el cuerpo de una joven brutalmente violada y asesinada. Dos meses después, tiene lugar una serie de violaciones y asesinatos en circunstancias similares. En un país que nunca antes ha conocido semejantes atrocidades, comienza a tomar cuerpo la idea de un asesino en serie. Se organiza un destacamento especial para la zona, encabezado por el detective local Park Du-man (Song Kang-ho) y un detective procedente de Seúl, Seo Tae-yun (Kim Sang-kyung), que ha solicitado ser asignado al caso. Sin embargo, la resolución de los asesinatos parece cada vez más lejana, sumiendo a los detectives en un estado de creciente desesperación. La película está basada en una historia real.

Opinión:

Dirigida por Joon Ho Bong (en el 2003), esta película de Corea del Sur es una de las joyas del cine policial y de suspenso. El director lleva la narración con ritmo y naturalidad, presentado los puntos flojos de cuatro detectives que tratan de trabajar en equipo para encontrar al asesino de doncellas vestidas de rojo. Nunca un camino arbolado bajo la lluvia dio tanta tensión en pantalla. La ironía y la comedia se entremezclan con el terror y el puro cine policial y confabulan contra el acorralado espectador, que no tiene otra que dejarse llevar por los oscuros caminos de la película. Los personajes más interesantes:

El policía violento, que termina los interrogatorios con una patada.

El detective protagonista que trata de inculpar a las personas que se cruzan en su camino, y que tragicómicamente nos hace sentir que la búsqueda del asesino es la búsqueda de lo que siempre se nos escapa.

El asesino que se escapa una y otra vez, toma diferentes caras, está siempre más allá.

Un sospechoso: El chico retardado y con una cicatriz en la cara que (no sabemos por qué) con gracia nos recuerda al ambivalente Golum de El Señor de los Anillos. En fin, una película que parece reírse de los géneros y que acecha la memoria del espectador después de verla. El que se la pierde, se pierde un misterio.

A . F

http://www.imdb.com/title/tt0353969/

Best-sellers y cine

Al Margen

Leo la nota de Gonzalo Garcés en la Ñ (edición 5/5/2007, Nuevos trapos)

Sobre las máscaras pesadas que usan algunos best-séllers (los históricos, que siguieron la fórmula de El nombre de la rosa, de Umberto Eco) para ocultar su carencia artística y abordar el reconocimiento académico. El caso que le sirve de ejemplo es el del libro Las Benévolas (Las Bienveillantes, de Jonathan Littell), suceso editorial.
Dice:“(…) Ahora bien, el best-séller se distingue por trabajar dentro del estricto sentido común, recombinando valores aceptados y sosteniendo el interés por el suspenso y el interés especializado (…)”Y después agrega que la prueba de fuego está en la lectura: 

“(…) En esa agradable ligereza al pasar las páginas, en esa impresión de acceder a ambientes bien recreados, en esa magistral tensión al acercarse al final, en esa miserable certeza de haber perdido el tiempo.”

Hace poco pude ver Los fantasmas de Goya (Ghoya´s Ghosts, 2006) donde se nota la mano de Milos Forman y Jean-Claude Carrière. La película intercala hechos históricos mientras muestra a un Goya observador, perdido en esos hechos, con los que no puede hacer otra cosa que crear. No hay tensión de final sino abuso melodramático. La película entretiene y te lleva de la mano a ver algo que, se nota, pensaron los realizadores (el director y los guionistas) sobre el tema que abordaron. Así y todo, no es una película sobre Goya, ni una película histórica. No perdí el tiempo para nada.

Después veo Fur, Retrato de una Pasión (Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006), de Steven Shainberg (que hizo La secretaria) No es una biografía histórica, aclaran. Al comienzo la trama me viene como anillo al dedo, con música de Carter Burwell y todo, pero pronto noto los desgarros del telón, empiezo a ver al director, y al final ya me da bronca cuando la Kidman le dice a una tipa desnuda sentada a su lado: Contame tus secretos.

Parece que Shainberg gritara ahí: ¡Mirá cómo se hizo artista esa mina!. Y ¡la cara que pone la Kidman para recalcarlo! Qué desperdicio. Todo está digerido. La magistral tensión de acercarse al final. La miserable certeza de haber perdido la noche.

A. F.

Wes Anderson

ehh

La acumulación de música, películas, videoclips, novelas, en la mente de un personaje -la influencia de discursos y ficciones- es un travelling de Wes Anderson y una dirección de actores de Wes Anderson (está más claro en Hotel Chevalier y Viaje a Darjeeling que en sus películas anteriores). Algo tan artificial y, a la vez, tan natural. Lo descaradamente burgués en sus personajes: ¿no será una opción hedonista -una imitación- a la que sus personajes se acercan cuando la cultura capitalista los hace perderse entre aspiraciones, ilusiones y alusiones? ¿Cuál es el costo real de las ilusiones que nos injertan de chicos? Mucha falta de comunicación. Por ahí anda Viaje a Darjeeling…

Párrafo extraído de En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, Segunda parte: Unos amores de Swann, Marcel Proust:

“Pero, de pronto, fue como si Odette entrara, y esa aparición le dolió tanto, que tuvo que llevarse la mano al corazón. Es que el violín había subido a unas notas altas y se quedaba en ellas, esperando, con una espera que se prolongaba sin que él dejara de sostener las notas, exaltado por la esperanza de ver ya acercarse al objeto de su espera, esforzándose desesperadamente para durar hasta que llegara, para acogerlo antes de expirar, para ofrecerle el camino abierto un momento más con sus fuerzas postreras, de modo que pudiera pasar, como se sostiene una puerta que se va a caer. Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad…” (Traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas)

Adrián Fares

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El taller de Perrone (texto de 1999, nota actual agregada)

Al Margen

El taller de Perrone

“No importa el formato en que filmen, lo que importa es que cuenten una historia”, dijo alguna vez Nicholas Ray.

En el estreno de las películas de Perrone uno se siente intruso. Los demás espectadores repasan anécdotas y gritan, cómplices, ¡Cuándo no!, tras el anuncio del retraso del director para la charla preliminar. Entre los presentes no se puede terminar de desconocer a alguno; los que actuaron y actuarán se saben inútiles ahora y esperan reconocerse en el film.

El pasado jueves (8 de junio) se estrenó en la muestra “Los cineastas y el siglo XXI” *, en el Cultural San Martín, su última película: La película del taller. El título nos remite a dos espacios de trabajo: el ficticio de la imprenta en la que trabaja Víctor, el protagonista; el real que el director coordinó este verano en Ituzaingó. Allí está su barrio y también las locaciones de todos sus films. Los alumnos del taller ayudaron a realizar la película y algunos actuaron. Perrone afirma en la charla que no existió guión; la trama se iba creando día a día según ocurrencias, circunstancias e imprevistos. Agrega que le interesa más la idea que la forma.

Cuatro semanas, fijadas ahora en cuarenta minutos, le bastaron para el desarrollo de estos caracteres: un empleado de una imprenta, separado y a cargo de su familia (un hijo menor atorrante y una hija mayor que aprendió a no necesitar ningún padre) y un amigo (dueño de la imprenta) que le anuncia que lo debe despedir porque el negocio está perdido. Según el punto de vista, la película puede no ser mucho más que eso o sí; también puede ser un mediometraje largo y rehuir la solemnidad de la palabra film. Eso importaría si el director afirmara su pertenencia a la industria y fuera menos lacónico e irreverente en todas sus declaraciones sobre las instituciones cinematográficas (pregúntenle qué piensa de las escuelas de cine). En este caso sabemos que estamos en presencia de un autor que encontró una forma de expresarse verdaderamente independiente para bien de un público contado pero leal. Lo descubrieron con Labios de churrasco, su debut, y lo siguieron en Graciadió y 5 p’al peso (ésta en 16mm; el soporte de las demás era video). No seas cruel, fueron unos pilotos televisivos nunca emitidos.

Corresponde notar que encontramos al autor Perrone en sus películas. En un director de películas que rondan 60’ agrada que todos sus filmes parezcan uno. En La película del taller otra vez las calles exhalan sordidez y tristeza; otra vez sigue al protagonista mientras avanza cabizbajo por su barrio. El travelling de acompañamiento a mano, de frente o espalda del personaje avanzando es una repetición frecuente del director. También el travelling atrás que abandona el escenario de la acción sin que haya concluido nada, que simula un final cuando no lo hay o, tal vez, lo propone.

El uso de un leit-motiv musical, una canción en particular, se repite en los travelling señalados y nos recuerda a Wong Kar-Wai. En cuanto a temática, sigue hablando de marginados y afines. Ésta vez agrega las máquinas –los engranajes de las sucesoras de los caracteres móviles–; siempre intrigantes y efectivas en la cinematografía (Los actores suelen quejarse al actuar junto a niños y animales: sería coherente que nombren también bicicletas, pistolas, grúas, autos y trenes) En los primeros planos de máquinas trabajando se palpa cine: una máquina (el cinematógrafo) revelándonos otra máquina desconcierta.[i]

Raúl Perrone es también caricaturista; sus personajes del cine están lejos de esa propuesta del dibujo. Sin embargo, su última película es un ejercicio, quién quiera entenderlo mejor lo hará viendo las otras.

Entretanto, La película del taller no se verá más que en alguna muestra, reunión especial o retrospectiva. Como la que se realizará en una de las sedes de una importante multinacional de cine (¿paradoja?) en la segunda mitad del año y que durará un mes y medio. Por esos meses habrá nueva película y tendremos la oportunidad de ver la obra completa de uno de los autores (e impulsores) de nuestro cine actual.

Adrián Fares


[i] Nota agregada lunes 03 de marzo de 2008: de la maquinaria también se favorece Petróleo Sangriento, película increíblemente sobrevalorada si pensamos el cine como un arte cuya narrativa debería haber evolucionado y no como figurines proyectados a la manera de principios del siglo XX, vistos a través de teorías cinematográficas; en fin, película de una intensidad estéril, redundante, como casi todas las demás, salvo Embriagado de Amor, quizás –aunque ya no estoy tan seguro–, de Paul Thomas Anderson.

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En este cuento todo sobra

Cuentos

Rosmaría Jacinta Gómez apenas se despertó ese día miró a su novio, que seguía medio dormido a su lado y dijo: Soñé que una chica te miraba fijo.Con los ojos bien grandes. Juan Roberto Glande no supo qué decir, aunque el sueño le pareció promisorio.

Ya sentados a la mesa del casamiento al que concurrieron ese día, Juan Roberto Glande se da cuenta que entre las ocho personas que comparten esa mesa redonda grande se encuentra una chica. No puede dejar de fijarse en ella. Él, que hace poco arrastra una seguridad nueva, que todavía no sabe bien de dónde viene, de repente sabe que ella también lo mira. Compara esa situación con otras en su vida y trata de evitar dejarse llevar por su propia ficción. Se echa la culpa. Renueva sus votos de castidad mental. Piensa en elgénero humano, en viejas desconocidas que descansan en geriátricos, en donde termina todo, y en donde comienza.Otra vez sumido en su ficción. Y encima tomando vino. La música suena fuerte.Las conversaciones, siempre con Rosmaría Jacinta Gómez o con la pareja que ocupa el espacio inmediato, son entrecortadas, triviales, o no tanto. Siguen la lógica de los intervalos de la fiesta.

El momento de las fotos. El fotógrafo se acerca al primer grupo, amigos o familia que comparten el otro lado de la mesa.Glande aprovecha para mirar de lleno a la chica. Ahora le toca a su grupo, el fotógrafo se coloca enfrente, él trata de dar vida a sus ojos. Su grupo concentra la atención de la mirada de ella.

La música evita que los desconocidos crucen palabras. Juan Roberto Glande se siente culpable de dejarse llevar por sus propios instintos. Cada tanto, la gente baila. Por momentos, él también. Hasta que uno de los desconocidos se levanta y le anuncia que se dispone a partir con su pareja y su auto. Debido a que viven lejos y fueron a pie, Rosmaría Jacinta Gómez y Juan Roberto Glande tienen que aprovechar esa oportunidad.

Ya en el auto, Juan Roberto Glande piensa por qué elegimos el habla como primera forma de comunicarnos. Por eso permanece callado.

Adrián Fares

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El joven pálido. Intervalo

El joven pálido - Poemas de Cooonde

6b.jpg
INTERVALO.

Los temerarios

Delator, informal, invocado de día
¡sueño!
bebido de noche
¿o ya en la madrugada?
entre los pinos de la casa costera
para qué venís a recordarme
lo mucho que te quiero
encima, me limpiás los ojos
y me soplás la cara con tus dedos finos
-mi amor,
arrumándolo-
por favor
olvidarlo al despertar
o recordarlo con el tibio sol del desayuno.
(Hace bien)
Nada terrible nos separa
eso es lo terrible
felicidad
derrocharlo todo

otra vez:
la poética de remarcar
¡Qué extraña felicidad!
derrocharlo todo
lo que otros quieren
lo que otros buscan
¡qué cobardes!
¡qué temerarios!

Repetir a partir
de otra vez
x2

Cooonde

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El joven pálido 4

El joven pálido - Poemas de Cooonde

el joven palido 4

Las calles pasaban como locas
su propia historia ya no le interesaba
como para perder el tiempo en construirla
elige tu propia aventura, se dijo
“Miren todos”
enfrento las esquinas
respeto los semáforos
caminante entrenado
Al rato
encuentra ¡el camino de baldosas amarillas!
“¡seguilo, seguilo!”
harina, yemas de huevos y mostaza
EN las puertas de las universades
ahí estuvo parado
mirando cómo se hueveaban
¡me huele a casa!
después se limpió los zapatos

¡”You’re off to see the Wizard”…!

la sátira siempre fue
un género menor

Cooonde

Historias cruzadas

Al Margen

Expiación, deseo y pecado (Atonement):

No leí la novela de McEwan, pero el final de la película me parece un error. Hubiera estado bien si el guionista dejaba sutiles rastros que nos permitieran ir adivinando con cierta seguridad el desenlace. Los rasgos no están o son demasiado sutiles. El plano secuencia demasiado plano secuencia. Ya todos sabemos que algunas historias de amor viven en la imaginación. Qué aporta ese plano final al entendimiento humano sobre las pasiones. ¿Para qué escribió Chéjov? ¿Para qué filmó Bergman? Los temas y su desarrollo deberían abordar de lleno algunos asuntos, jugar alguna pulseada con la realidad y con las personas. Lo demás es entretenimiento para descansar al llegar del trabajo.

Igual que:

La joven vida de Juno (Juno)

La película está llena de estereotipos y tópicos transitados. Al principio rescato las ganas de convertir a la misma Juno en algo más que una adolescente tipo (las ganas de cargar en las espaldas de Juno algo más que su propia historia). Hace un tiempo pensé que el cine estilo hollywood podía seguir siendo interesante con las nuevas comedias. Ahora una comedia como ésta llega al Oscar (lo que podría ser una buena noticia, si no fuera el tipo de película que te pasan en la secundaria) ¡La madre suplente! ¡El esposo! La misma Juno es tan segura en su idiotez que da miedo. Me quedo con la otra -Supercool- donde también actuaba ese flaquito desgarbado y también me quedo con Knocked up) En el cine el humor satírico trabaja para que todo siga siendo como es. Cuando usan bien el humor los yanquis son iconoclastas, crueles, corrosivos, de Mark Twain a Philip Roth, la sátira yanqui es certera y está del lado de los personajes patéticos. En cambio, en el cine y en algunas series, se trata de personajes graciosos, que dicen o hacen (como en los Simpsons) muchas cosas ocurrentes y divertidas (más o menos lo que hacemos cuando estamos con amigos en una casa o en un bar, supongo que un poco gracias a estas películas y a esas series) Cabe aclarar que Jason Reitman es canadiense (hijo de Ivan Reitman, el director de Cazafantasmas) pero estudió y se formó en California.

Para no perder más tiempo con las novedades:

No vi Petróleo Sangriento pero esperemos que no sea una historia de vidas cruzadas porque:

Las historias de vidas cruzadas son redundantes (me pasé como cinco años tratando de encontrar Boogie Nights. Mejor hubiera sido no encontrarla) Desconfío de las historias corales en el cine (evitar Paul Haggis; y recordar la primera parte de Amores perros). Correctas para pasar el cepillo a pelo.

Sí me pareció una buena película Embriagado de amor.

Una suerte afín corren las historias cruzadas en los libros. No me parece interesante Manhattan Transfer y luché bastante con Vértice, de Gustavo Ferreyra. Aunque rescato las mañas de este escritor que hacen que sea más feliz leer esta novela. La mejor novela de Saer tiene que ser una historia coral (Cicatrices), hay dos personajes inolvidables, pero ¿de qué trata esta novela? ¿No pierde fuerza el tema con la multiplicación de protagonistas?

Lo mismo Short cuts de Robert Alman-Carver, también con personajes inolvidables.

Las formas vacías o las formas que se miran en el espejo de las formas son innecesarias. Lo peor de estas historias es que ejercen una intensidad desbocada, estéril. Los ejemplos lejanos. ¿No es mucho mejor El idiota que Los hermanos Karamasov?. Los ejemplos cercanos son más prácticos. Suburbia, dirigida por Richard Linklater y basada en el guión de la obra de Eric Bogosian, es mucho menos intensa que Magnolia y mucho más contundente. De a poco nos revela que en realidad el único protagonista es Jeff (Giovanni Ribisi) Suburbia, entre otras cosas, apunta a la influencia que tiene la ficción en las aspiraciones de las personas (en verdad, tema bastante universal)

También me quedo con Little Children, de Todd Field, aunque de entrada es más la historia de los amantes que del resto de los personajes (ese personaje que se queda mirando el partido en vez de escaparse con su amante: ¿no es la continuación del Jeff de Giovanni Ribisi? Ahora lo tiene todo, pero siempre hay algo que falta, porque desde el principio hubo algo que faltaba). La que también me gustó mucho es Nine Souls -excepción a la regla: es una historia coral algo alejada del realismo, que reanuda el tema del destino de unos presos que logran escapar de una prisión- del japonés Toshiaki Toyoda.

Adrián Fares

Las Historias del Cine de Godard (Histoire(s) du cinéma)

Cuentos

El cine que fue hecho para pensar. El cine son imágenes que piensan por sí mismas. Manet precursor del cine. Las chicas de Manet. Godard que mediante la sensación causada por las imágenes y las palabras nos hace sentir lo que va adivinando. El cine tiene muchas historias pero las de Godard tienen que ser las menos espuria de todas. Terrible cuando explica que Inglaterra nunca tuvo cine. Italia es el país del cine, Rosellini, Antonioni, Fellini, Visconti como antes Virgilio, Dante, Leopardi y Leonardo. No es casual. Francia. La Nueva Ola es sobre las obras, no sobre los autores. Hitchcock es el gran creador de formas del siglo XX.

Los franceses son los grandes profesores del cine. Los italianos y Hitchcock los grandes maestros.

Antes, en los dos primero capítulos (que en realidad son 4, divividos en a y b) Godard nos hace entender que el cine es simple y algo más. No es arte ni técnica, es misterio. ¿Para qué complicar las cosas? ¿Qué es lo que nos hace hombres? Tiempo, muerte. Cine.

Hace dos años fui a la casa de mi tía abuela. Encontramos fotos que guardaba mi tío Francisco, fallecido cuatro años atrás. Fotos amarillentas que le recordaban cómo era el país dónde había nacido, cómo eran las personas y los lugares. Entre esas fotos, había una que me impresionó. Un hombre, de mediana edad, cadavérico, amortajado en una cajón, rodeado de personas. Se la mostré a mi tía abuela. Ella, con rápida gracia, me arrancó la foto de las manos, dijo algo en dialecto, y la fue partiendo en pedacitos. Me la quedé mirando como si estuviera soplando el humo del revolver que había disparado.

El Cine es Muerte Eterna (revolución posible contra la Muerte) pero también Nacimiento Eterno (muerte eterna):

Cuando era chico lo hinchaba a mi papá hasta que volvía a buscar en un viejo armario, desenrollaba una tela blanca, la colgaba, y nos proyectaba, a mi hermana y a mí, fotos de cuando éramos todavía más chicos y de sus pequeños viajes. Con un aparatito, extensión del proyector, especie de linterna, explicaba algunas cuestiones de las fotos. Éste es tal. Aquél otro era el que una vez. Ahí pasó esto o lo otro.

Godard:

Los jóvenes deben elegir un camino, ya es imposible ver todo el cine, tendríamos que pasarnos veinte o treinta años frente a una pantalla.

De alguna forma, nuestros institutos de educación (incluso, la familia) nos llevan a no entender o a entender mal. Primero nos hacen creer que estamos necesitados de todo, después que no necesitamos nada, luego que somos muy pobres y que estamos necesitados de más cosas. La educación que nos lleva a la guerra, a las broncas, al delito, a la estupidez, a las avivadas. Después de ser educados (jardín, primaria, secundaria -tal vez, alguno tenga suerte en la secundaria con algún profesor- incluso universidad) para no entender, para que no entendamos, de que nos den las herramientas pero que las alejen de nuestra Manos (al dejarnos en claro cuántas cosas imposibles hay, cuántas categorías y cuántas jerarquías a las que no solamente hay que apuntar, sino, especialmente, rehuir)

Tal vez por eso Godard tenga tan presente las Manos en sus historias del cine: como elemento para buscar, investigar, pensar, tienen como tarea reinventarnos, dejar que nos reinventen y reinventar a los demás. Ver las historias del cine de Godard es como que te
las vayan desatando. Algunas obras tienen esa práctica virtud.

PD: Frase de Godard-Madame de Stael a Napoleón. La Gloria es el duelo de la felicidad. Godard la aplica a los Oscar y a los premios en general.

Adrián Fares

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El joven pálido 3

El joven pálido - Poemas de Cooonde

el joven palido 3

el joven pálido
se erizó de sueños
y por las calles vagó
sorbiendo cemento
soleado

el que desayunó aires
por ahora no le preocupaba
mejor era bañarse
en las islas personales
que se separaban por el cemento
en esa mañana corriente

mujer era bañarse
en las islas personales

adónde vamos
quién soy
por qué
eran palabras que a él ya no le molestaban
y a las personas que se cruzaba
parecía que
tampoco

los caminos cruzados
caminos perdidos

i will write a story
about pain and glory

en la casa del conde
dónde estará?
dónde se esconde?

entonces piensa
las mentes deberían adaptarse
a cualquier felicidad
no importa de dónde venga
ni cuánto dure
la verdad

Cooonde

El joven pálido 2

El joven pálido - Poemas de Cooonde

Dibujo El Joven Pálido 2

en un páramo
de pétalos rosados
se erigió el joven pálido
y miró el horizonte
contó las tumbas
y les juró que volvería
con la mínima flor
y su Diana

las pútridas manos surgieron
y con el pulgar hacia arriba
aceptaron el reto

ni michael jackson
ni fulci
ni romero
ni hablar de shyamalan
imaginaron
este saludar

después
caminó en busca del ahogado
su primer enemigo

la laguna estaba mansa
y el ahogado flotaba
mirando
la grava parda
del fondo

cada tanto el ahogado saludaba
a los oscuros peces
creía que eran las mujeres
que en el mundo de las lombrices aéreas
había amado
las despedía
con ganas

el joven pálido llamó al ahogado
éste sopló burbujas
que como todas
reventaban en la superficie

amigo,
qué te pasó?

la burbuja reventó

nada, acá terminé

tus planes eran el arte
y el amor

el joven pálido esperó
que la burbuja
reventara

idiota

decime, contame, soplame
dónde está mi Diana
por la que dejé el mundo de la tierra
si mal no recuerdo
trabajaba con vos
en una oficina
de dos por dos

ella salía con su jefe
todos los sabían
para qué querés recuperar
lo que en vida
perdiste

quiero saber quién lo hizo
y encontrar los restos
y las palabras

buscá a uno que tiene raíces
frescas
en el mundo de las lombrices aéreas
no lo vas a encontrar
así nomás

quiero saber también
por qué me dejaste solo
en la cena del 2 del mayo
éramos amigos

vos querías todo y yo quería la nada
o sea lo mismo que vos

vos querías la nada pero de forma
que reventara
te gusta el ruido
y aparecer

mi cerebro ya perdió las células
bailan en el agua, fueron comidas
por los peces
preguntales a ellas
yo ya no soy

y por qué hablás

todavía me gusta
si querés encontrar a la que decís que es
tu diana
preparate
y buscá al que desayunó alturas
el aire le infló los pulmones
como un paracaída
todavía tenés tiempo
antes que lleguen los policías
juntá los pedazos de la cabeza
y hacelo hablar

tené cuidado porque rondan las
penas
que son gemelas sin manos
que te succionan el alma
y ahí olvidate
de lo que viniste a hacer
nadie es igual otra vez

también te espera
el raiz fresca
el joven pálido miró alrededor
la laguna
era un estanque
en una casa de olivos
atrás estaba sentada
una mujer rubia bikini
tomando sol

retrocedió
sin que lo vieran
acarició la frente de un nena
que con un portafolio de doctor
de juguete multicolor
iba al
estanque

Cooonde

El joven pálido 1

El joven pálido - Poemas de Cooonde

Dibujo El Joven Pálido 1

El joven pálido. I.

Qué mejor idea que salir a dar vueltas
por el mundo de las lombrices aéreas
las que simulan amistad
simular es un asco
fundacional
pateo los huesos de mi gata
y afianzado a mi polvo será bastón
paseo mi mirada
por este patio de tierra
plantado de sexos profanados
de enamorados todavía desencontrados
y busco a mi Diana
la que una vez me obligó
a pronunciar su nombre
hoy me escapo
a patear la tierra que hay arriba de la mía
a arrancar por los rincones
pedazos de corazones
para encontrar la rosa marchita
de la unión con mi Diana
los de los nichos
dicen que está en un recinto
-“sí, sí, sí, está en el museo”
donde se guardan las sobras
para que las lombrices aéreas más serias
-“sí, sí, en el museo forense, Joven”
aprendan a matar mejor y más rápido
en una pecera
el vástago flota
como ejemplo de derrota
de la vida terrenal
exuberante, inocente mínima flor
que quiero traer a mi regazo
junto a los disperos restos de mi Diana postrera
aquella quimera
de las tardes soleadas
entonces
gusanos
¡retrocedan!
que el joven pálido
ya quiebra las raíces
ya sale a la gris pradera
-“mírenlo, se va a buscar a su familia”
-“atrapen la imagen
en los coágulos secos en sus secas órbitas”
Que tal vez sean el mundo
-“tal vez”.

Cooonde

Asado y asesinos

Cuentos

Ese año detuvimos nuestro recorrido en Miramar, donde compartimos un asado nocturno con unos amigos. El departamento era en un edificio lejos del centro, recortado contra la nada. Nosotros llevamos tapa parrillera y asado americano, era lo único que encontramos en el supermercado y esperábamos que hubiera pan y ensalada, pero no había nada que no fuera vino Pecarí. El visitante encontraba en una de las paredes, clavado como una mariposa de cartón, un envase.

Uno tocaba la guitarra, muy bien porque era de conservatorio, primero nos mostró que había aprendido mucho, o mejor dicho los amigos le pidieron que nos muestre, y después tocó algo de Sumo, entre otras cosas.

Pronto, no sé cómo, salió el tema de la cantidad de policía que había en la noche de Miramar y uno de mis amigos lo relacionó con la violación y asesinato de una chica el año anterior. Entonces el Pocha, rapado, uno de nuestros anfitriones, un chico que se levantaba a la mañana y se hacía mates con vino, y una de las personas más agradables y simpáticas que se pueden encontrar a los veinte años, antes que dejara embarazada a una chica que conoció en ese u otro viaje y se retiró de una vez del rito de esas vacaciones compartidas con su amigo Esteban (de hecho, no mucho después, Esteban dejaba embarazada a la hermana del Pocha, así que se habrán retirado de común acuerdo o seguirán yendo juntos, con sus familias), El Pocha apuraba el tinto cerca de la ventana, comentó que habían conocido a esa chica, que eran bastante amigos porque hacía tiempo que venían a Miramar y la encontraban siempre.

Dejó claro que ver la foto en televisión lo había asombrado. Nosotros, tontos, quisimos saber cómo era la chica, si era fácil o no como para dejarse seducir por desconocidos. Esteban, que tenía bastante pinta y la dosis de gracia que a las mujeres les gusta, preguntó a sus amigos, como si nos estuviera perdonando la vida, si sabían cómo era él con las mujeres. Los amigos asintieron riéndose y Estaban afirmó que la chica era muy tranquila, nunca había aceptado ni siquiera un beso.

Afuera brillaban las estrellas y dilemas y cuestiones que nada tenían que ver con nosotros se nos cruzaron, es fácil encontrar la ensoñación y el miedo en la noche, más en el medio del campo y con una ventana abierta a la oscuridad, donde mucho más allá, se ven las luces de los autos como perdidas pero que avanzan con curiosa intermitencia.

Se comentaba que los asesinos de la chica eran policías. No sé si ya fueron enjuiciados o si el caso quedó impune. Ahí sentado, de repente, creí escuchar el murmullo lejano de los pensamientos del asesino o asesinos, un murmullo evasivo, distante, tal vez intemporal, pero tan real como los yuyos que crecen en el mismo lugar del vivero donde encontraron el cuerpo de la chica.

Más tarde nos olvidamos del tema, se contaron otras anécdotas (en una Esteban y el Pocha iban al amanecer con cuchillos y palos a vengarse de unos pájaros que los habían atacado en la ruta cuando volvían de un bar) y después salimos a dar una vuelta.

A.F

Pareja

Cuentos

Pareja

Empezó a laburar de barman a los catorce años, en un barcito que tenía el padre. A los dieciséis conoció a Mariana, una mujer casada que iba a tomar tragos livianos cuando el marido salía con los amigos. Mariana sabía que el marido la engañaba y quería devolvérsela. La primera vez de Juanjo fue con esa mujer, en un hotel alojamiento.

Cuando el padre murió de un infarto, la madre vendió el bar y Juanjo tuvo que buscarse un laburo para pagarse los estudios y mantener la casa.  De pura suerte, cayó en el bar X. Le pagaban muy bien y el bar se llenaba de chicas lindas y fáciles. Se acostó con muchas que conoció ahí.

Una noche vio otra vez a Mariana. Juanjo pensó que era un encuentro casual, pero ella no perdió tiempo; le confesó que sabía que trabajaba en ese lugar porque lo había visto entrar una noche al volver del gimnasio y que estaba ahí porque se le había dado por contarle todo al marido con lujo de detalle y tenía miedo que fuera a buscarlo. Por eso había ido al bar. La mujer dijo que no aguantaba quedarse esa noche en su casa; que después de la confesión el marido se había ido muy tranquilo y eso era lo que más la asustaba.

Juanjo de vez en cuando le servía algo. A las tres de la mañana, un tipo de bigotes blancos y gorra con visera entró muy desenvuelto acompañado de una chica joven. El hombre miró a Mariana y pareció sorprendido, aunque no tanto. Mariana se quedó helada al ver a la pareja. Al rato, le pidió a Juanjo que le diera un beso.

Estuvo trabajando, y a cada rato atendía los pedidos de besos de Mariana. Claro que siempre veía cómo se besaba el tipo de gorra y la chica. Al mirarla bien notó que si tenía dieciocho era mucho.

A las tres de la mañana la parejita desapareció. Juanjo sirvió tragos livianos y convidó cigarrillos a Mariana hasta las cinco y media, hora en la que entró el hombre de gorra, lo saludó con una inclinación de cabeza, y se la llevó.

A.F

De caza

Cuentos

De caza.

Es de noche. Una casa grande se eleva tras un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una repleta de personas divididas en pequeños grupos, y otra que tiene un suave resplandor que titila.

El living está en penumbras, sólo el árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de luces. Se escucha el tic-tac del reloj de péndulo.

La puerta se abre; una pequeña silueta entra, la cierra suavemente, y empieza a caminar hacia el árbol de navidad. Se tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio. Llega al lado del árbol. Busca entre sus ropas. Saca un cable, fino y largo. Mira el árbol, se agacha un poco y estira los brazos, porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una luz rojiza. La desenrosca. Después, conecta la punta pelada del cable anaranjado que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lucecita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable anaranjado unos metros a la derecha y, todavía agachada, la silueta trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Mira el reloj de péndulo a sus espaldas. Se queda agazapada detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña silueta se convierte en una mueca de desilusión. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.

Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la silueta se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La poca luz deja ver una barba blanca y un capirote rojo con un pompón en la punta.

Papá Noel trata de acomodarse el capirote, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando están por ahí. Cuando termina de sonar el reloj, se agacha para agarrar un regalo. La silueta detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel mete ese regalo y todos los demás en su bolsa, y cada vez que se agacha, la silueta cierra y aprieta los ojos.

Papá Noel camina hacia la puerta, va a salir y se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Una de las lucecitas está largando chispas.

Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el lugar de la lucecita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La silueta se asoma de su escondite.

Papá Noel se estremece frenéticamente sin poder soltar el cable. Cae al piso. El árbol de navidad se apaga. Pasos en la oscuridad. Se prenden las luces.

La nena corre hasta el cuerpo en el piso. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.

La puerta se abre. Dos viejas empiezan a gritar.

Por Adrián Gastón Fares

Lemuria, o el fin del viaje

Cuentos

Lemuria, o el fin del viaje

Avanzamos por la costa de Manakara, donde las elevaciones se abrieron para ofrecernos el océano, que está ahí frente a nosotros, como una exhalación del pasado ya. En el borde de la escollera, a dos pasos del agua, esperamos que el mar se abra también, pero nada ocurre (el tiempo se detiene otra vez y nos reconocemos; sabíamos que estábamos perdidos, pero no tanto); es posible que mañana al levantarnos en la oscura roca, nos vean desde el cielo mientras se alejen y se pregunten qué hacemos acá, como nosotros nos preguntaremos por ellos, más que nada por todos esos nenes que abrirán sus ojos en otro mundo, que no sabrán que huyeron.

A las miradas escrutadoras (¿habrá alguna?; ignoramos si desde los cohetes la tierra se verá) les contaremos que seguimos al lémur y que el animalito nos paseó por vastas regiones que hasta el momento creíamos inexistentes, no por imposibles sino porque jamás las habíamos soñado en nuestra cómoda seguridad. El lémur nos mira con sus brillantes ojos, retrocede y se rasca la cabeza, mientras su cola anillada serpentea a ras del suelo.

Y nos dormimos, mirando al animalito que nos recuerda que no hay otra, que los últimos cohetes ya salen y los pobres e ingenuos quedamos afuera, qué le vamos a hacer; esta destrucción será el principio de otra evolución, la nueva selección nos apartó de los demás y nos dejó sobre esta roca fría, donde nuestras pisadas son lavadas sin asco por el agua constante, en latigazos helados que nos dejan tiritando frente al lémur.

En el sueño recordamos nuestro tránsito, las vueltas que nos llevaron por rocas y más rocas, como si éstas fueran un símbolo secreto que huyó del azar para encontrarnos a nosotros y dejarnos pensativos y confundidos frente al itinerario del lémur; el estrecho desfiladero que nos reveló Petra (el lémur husmeó con énfasis y desechó muchas grietas), el recinto del Gran Zimbabue, donde el animalito pareció por un momento encontrar lo que buscaba en la torre cónica. Recordamos nuestro suspiro y el escepticismo que nos había noqueado ya antes de que el lémur saliera de la torre y se alejara de nosotros para desandar el camino.

En el sueño visitamos las alcantarillas de Mohenjo-Daro, donde encontramos al lémur con ese aire de seguridad en la búsqueda que a todos nos faltaba. Decidimos seguirlo. Mucho tiempo después, y también en el sueño, cruzábamos en una barcaza el Canal de Mozambique, porque el lémur se encaprichó con la embarcación.

Despertamos con el ruido de las primeras explosiones; los ojos del animalito desesperan. Los cohetes nos abandonan, los niños amanecerán mañana en un nuevo hogar. Miramos al lémur, reconociendo el fin de nuestro recorrido; otra explosión (otro cohete sale al espacio, las explosiones hacen que quieran abandonar el planeta lo antes posible) y el animal corre hasta la punta de la lengua de tierra que nos sostiene y da tres alocados saltos; nosotros lo tomamos más tranquilos, ni el sueño nos repuso del escape y estamos muy cansados.

El lémur vuelve, da otro salto y reconoce una grieta, una separación en la roca tan insignificante que apenas pasaría su cuerpito. Nos acercamos y, vencidos, rodeamos al animal, mientras otra explosión hace que más cohetes se lancen al espacio. Mientras escuchamos el final de todo, la cola del lémur se tensa en un espasmo de alegría y lo perdemos en la grieta, donde se mete dichoso de encontrar la roca sumergida, el continente que siempre supimos que buscaba, pero que está vedado justo para nosotros.

Adrián Fares

Stevenson y las imágenes

Cuentos

Stevenson y las imágenes (2001)

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que los únicos films que valen la pena (los que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis) son aquellos que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson da el ejemplo literario, entre otros, de Crusoe siguiendo las pisadas. Me gustaría agregar éstos: Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca, el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. En Rayuela, Horacio buscando al azar a la Maga por las calles de París. Los ejemplos rebalsarían la hoja.

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul. Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple y maniqueísta como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen del padre del homosexual levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film?

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos; si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero).

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”. Comprobamos, en esta insignificante enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción. También que no abundan los ejemplos; esto puede ser resultado de la dificultad: encarnar un complejo carácter o un pensamiento en una situación o un acto simple no es nada fácil. Y si seguimos con la metáfora de la posesión, y la trasladamos a medias, convenientemente, a la creación; sabemos que el demonio no elige a cualquiera.

Por Adrián Gastón Fares

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio http://www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

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Visceralismo

Al Margen

Cine

Funny Games de Michel Haneke y La pianista del mismo director. No había visto mucho de Haneke salvo Cache, y pude comprobar que es un director que no termina de gustarme del todo, es demasiado frío, demasiado calculador. No me disgusta, pero no llega nunca a encandilarme. ¿Vieron que cuando a uno lo encandilan cuesta un tiempo ver otra vez? Y mientras tanto vemos otras cosas, otras formas… Me falta ver El Séptimo Continente para rematar o no mis conclusiones.

Haneke es lo contrario de David Lynch, y está en las antípodas de Luis Buñuel. En especial el cine del maestro Buñuel es visceral e intuitivo, el de Haneke es cerebral y reflexivo. Lo único que debemos esperar de un artista es que sea visceral. Por ejemplo, la Martel a veces me aburre un poco, pero indudablemente, es una artista visceral. También Buñuel es mejor en Viridiana que en El Angel exterminador. Saquen sus conclusiones.

 

Música

Immagine in Cornice, el último dvd de Pearl Jam, que los captura en su gira por Italia, dirigido por Danny Clinch. El tipo mezcló filmaciones en super 8 (en algunos casos Eddie Vedder opera la cámara) con otras en alta definición. Sin otro objetivo que lograr transmitir la intensidad de la banda en vivo y el carisma de los integrantes. El final me gustó mucho. Es el mejor registro en vivo de Pearl Jam. Pero también es algo más.

Muchachos, si alguna vez vuelven, yo me ofrezco para hacerles el dvd.

 

Acuariofilia

El domingo estuve -luego de una peregrinación por varios acuarios porteños- en la Feria de los Pájaros de Pompeya, en búsqueda de peces de agua tropical (conocidos como africanos) Comprobé que este hobby es uno de los vicios más jodidos después del pucho y los chocolates.

Todo termina que es un sueño

Cuentos

Juan estaba sentado en los parlantes y había terminado el trago cuando vio a la chica parada en la mitad de la pista. Tenía puesto un vestido blanco con rombos negros. Creyó haberla visto antes. Él la miró fijo y ella le devolvió la mirada.

Había perdido a sus amigos. El boliche tenía varias pistas. Los perdió porque al entrar estaban todos borrachos y empezaron a sacar cualquier gato que se les cruzara. Cuando se quisieron acordar estaban cada uno en una punta distinta del boliche, y si bien los demás se encontrarían más tarde, Juan no los vería nunca más.

Pensó que sería mejor bajarse y abordarla, si no sabía el tipo de infierno que le esperaba. Vio que un tipo le había ganado de mano. Ella rezongaba y el tipo le daba unas palmadas en el culo.

Sentado otra vez en el parlante, habló con una morocha que se le había sentado al lado. Le costaba cerrar los ojos y asombrado comprobó que no podía parpadear. Levantó la vista y el haz de uno de los reflectores lo alcanzó de lleno. Todo se volvió negro.

Despertó en un banco de la plaza San Martín y supo quién era pero no qué había hecho. Le pareció haber estado escuchando, en sueños, una versión de cajita de música de Para Elisa. Buscó un pañuelo y se lo llevó a los ojos. Le ardían muchísimo. Vio que tenía las manos llenas de sangre. Pensó que le sangraba la nariz. De pronto, entendió que había hecho algo muy malo, aunque no sabía qué era. Seguía con los ojos congelados y hasta el reflejo de la luna en un charco de agua lo mareaba. Parecía que el funcionamiento del nervio óptico había sido afectado de alguna forma. El diafragma ya no regulaba la luz. Cualquier reverbero podía hacerle perder la conciencia. Entonces era como tomar mucho whisky. Juan era otro. Algo le había hecho la mirada fija de la chica.

Volvió a su departamento y estuvo toda la noche mirando el techo manchado por la humedad. Una mosca frotaba sus patas en los bordes de la pantalla del velador. Eso evitó que se volviera loco.

Por la mañana, encontró un sobre de papel madera al lado de la puerta. Lo abrió y vio fotos de él arrastrando, en un páramo, el cadáver de la morocha que conoció en el boliche.

Quemó el sobre y las fotos. Decidió salir a buscar a la otra chica del boliche, la que lo había mirado fijo. Y como no sabía dónde empezar a buscarla, miró fijo el sol. Su oscuridad empezó a llenarse de Para Elisa.

Despertó en la cama de una habitación fría. En algún lugar entre Temperley y Longchamps, le explicó la chica albina y pelada (notó que era albina por las cejas y la piel) que le ponía paños fríos en los ojos. Apartó las sábanas y corrió por los pasillos de la mansión hasta dar con una puerta doble. Entró a un recinto donde un hombre lo esperaba de pie al lado de un ventanal. Se dio vuelta y vio que dos patovicas estaban parados atrás suyo a los costados de la puerta doble.

Escuchó los llantos de la pelada albina del otro lado de la puerta.

Un reloj de péndulo da la hora en una vitrina. Gerardo, que es el tipo que estaba con la chica que lo miró fijo en el boliche, le cuenta que es el dueño de una red de prostitución de jovencitas. La que mató Juan, la morocha, era una de sus empleadas más requeridas. Saca un arma con silenciador y va a dispararle cuando el sol da de lleno en el péndulo del reloj y el reflejo trae lo negro y la música para Juan.

Al volver en sí se limpia la baba y se baja del imponente escritorio de caoba, donde estaba subido como una gárgola. Camina pateando pedazos de carne con retazos de ropa de los dos patovicas y Gerardo. Un brazo por acá, un dedo por allá, un torso, una oreja. Llega a la puerta que se abre y descubre al costado a la albina pelada que esperaba sumisa, dispuesta a recibir un golpe o vaya a saber qué. Lo agarra de la mano y lo lleva por el pasillo hasta una habitación llena de peluches rosados donde la chica que lo miró en el boliche duerme tranquilamente con la mejilla sobre las dos manos cuyas uñas están pintadas de negro.

La chica se despierta. La albina sonríe y abre un cajita de música de la que sale otra cajita de música de la que sale otra más y va abriendo todas las tapas como subiendo el volumen de la difusa versión de Para Elisa que empieza a sonar.

Entonces la chica de pelo negro agarra a Juan de la mano y le dice que lo estuvo esperando. Y que deben huir. La albina asiente con la cabeza y ríe, ocultando sus desparejos dientes con una mano. Juan corre por los pasillos hacia la triunfal puerta, pero a mitad de camino se detiene y le pregunta a la chica por qué corren y ella le contesta porque así es más lindo. Cuando llegan a la puerta de la calle la cajita de música se detiene, ella abre la puerta encegueciendo a Juan y la cierra de golpe dejándolo del lado de afuera. Un enorme dogo blanco corre hacia Juan desde las rejas del jardín.

Juan no se desespera. Se vuelve, apoya la oreja en la madera de la puerta y oye el susurro de la chica que le pide perdón y le revela que él y su historia es un sueño que ella sueña casi todas las noches.

Adrián Fares

Hacer llover

Cuentos

Hacer llover

“Cómo respuesta a la censura a mi procedimiento, regalo, por intermedio de Crítica, una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”. Juan Baigorri Velar.

Hace un tiempo se me viene antojando escribir algo sobre el trabajo documental que hicimos a mediados del 98, dos años antes de que terminara la facultad, sobre Baigorri, el hombre que inventó una máquina de llover, de hacer llover.

En la facultad yo tenía un compañero que le gustaba mucho Tim Burton y tal vez así entendamos cómo se le ocurrió la idea de hacer un documental sobre este inventor fracasado. A mí me interesó tanto, que abandoné el sueño de dirigir algo ese año (manía que tiene la gente insoportable que estudia cine)

Empezamos a investigar. Había muy poca información sobre él. En la Biblioteca Nacional, la bibliotecaria nos contó que los textos se habían perdido por la censura general durante el gobierno de Perón (yo me acordé de los manuales de mis padres) Encontramos la descripción de la máquina en un tomo sobre inventos increíbles. El número 13 de Todo es Historia tenía una extensa nota. Y para archivo visual molesté varias veces a Fernando Bravo, quien me preguntó para qué nos preocupábamos por ese chanta, y gentilmente nos facilitó el número de Cambalache en que salía el supuesto inventor.

Ahí supimos que Juan Baigorri Velar nació en Concepción del Uruguay, estudió en el Nacional Buenos Aires y se graduó en geofísica en la Universidad de Milán. Después de viajar por Europa, Africa, Asia y los Estados Unidos trabajando como técnico en petróleo para compañías volvió a Buenos Aires. Enseguida, descubrió el Mesón de Hierro, un famoso aerolito caído en la región del Chaco. Sus máquinas para localizar petróleo trabajaban con ondas electromagnéticas; un día se da cuenta que cada vez que las usa el cielo oscurece (sabemos que algo parecido, la casualidad, pasó con la penicilina, los trucos cinematográficos y el dulce de leche, inventos aceptables y aceptados) Promete sacar de la sequía a Santiago del Estero y el 25 de diciembre de 1938 cae con su aparato. Sesenta milímetros de agua son recibidos con alegría y tristeza por los pobladores (muchos festejaban al aire libre) Hay algunas anécdotas del hombre: la humedad de su casa en Caballito era insoportable; un día sale a caminar con un altímetro y una libreta de apuntes; anota el punto más alto de la ciudad y decide mudarse a la casa de Ramón L. Falcón y Araujo (la casa que nosotros terminamos encontrando y visitando); otra anécdota es la de la broma que le hizo a su antagonista, el director de Meteorología que lo acusaba de chantaje, al que le envió un paraguas de regalo para que lo usara el 3 de enero, día que Baigorri prometió a todo Buenos Aires, mediante el diario Crítica, un chaparrón. Lo importante es que, no sabemos si por pura suerte o no, el ingeniero Baigorri siempre se ingeniaba para que sus promesas se cumplieran; parece ser que llovía.

Nos enteramos que tenía un hijo William, buscamos en la guía y una compañera se encargaba de los llamados; era un hijo de él que se negó a colaborar. Creo que alegó que estuvo enemistado con el padre hasta la muerte, y dio a entender que el invento no era tal.

Para empezar recorridos por Villa Luro nos juntábamos temprano los sábados o domingos. Buscábamos la casa de Baigorri y gente de edad que diera su testimonio en nuestro documental.

En una plaza encontramos a un viejo, humilde pero bien arreglado; mientras nos contaba lo que sabía de Baigorria (casi nada) y sus experiencias (casi toda su vida), trataba siempre de hacer reír a nuestra compañera pero se mostraba bastante molesto con los demás. Hablaba tanto que apagábamos la cámara y fingíamos grabarlo. Opinó que no creía en la máquina de Baigorri. En una nota leímos que la máquina estaba en el fondo de un taller en Villa Luro; preguntamos pero nunca encontramos este lugar.

Un día llegamos a una casa, una especie de centro cultural de Villa Luro, en busca de testimonios. La casa tenía un jardín adelante, muy descuidado, con unos cactus larguísimos; las persianas estaban bajas, despintadas y casi destruidas. Después de llamar un rato, escuchamos la voz de un hombre que nos comentó que la señora no estaba. La encontramos otro día, una vieja muy pálida y jorobada, que nos contó algunas cosas, muy pocas de Baigorri por cierto, e insistió en mostrarnos la casa. Nos paseó por un fondo grande y más descuidado que el de adelante, con más cactus y planta rara. En el suelo, entre yuyos y macetas, había una bañera, y la vieja nos explicó que hacía años la llenaban de hielo para los pingüinos. Creí escuchar mal, pero la mujer siguió hablando y contó que seguido los pingüinos se le escapaban a la calle y que un día se empezaron a morir. Nos fuimos, me fui, con una fuerte, dulce y descarada, sensación de irrealidad. Mi compañera anotó la dirección de una zapatería que le dictó la vieja; el dueño era un viejo coleccionista de diarios.

Nos apuramos a hacer la entrevista porque el viejito estaba muy enfermo y en cualquier momento se nos iba, tenía noventa y pico y una voz gastada que se le sofocaba mientras terminaba las frases. Por lo demás, un hombre flaco, huesudo mejor dicho, elegantísimo (con un aire de Bioy Casares en sus últimos días); tenía los dedos tan finos, largos, amarillos y temblorosos que mirar su mano daba miedo. Buscó entre las cajas de zapatos y sacó varias carpetas con diarios muy viejos. Grabamos los recortes de diarios de los días de la lluvia en Santiago y Buenos Aires y al viejito comentándolos.

Más allá de estos episodios, fue bastante fastidioso hacer el documental; perdíamos la mañana de los sábados y domingos (sagradas mañanas para los que gustan de salir un poco la noche anterior y no tratar mal a la gente después). Además, creo que empezaba a enamorarme de una chica, y cualquier cosa me parecía una pérdida de tiempo. A mi habitual distracción había que sumarle una necesidad impostergable de compañía femenina.

Tal vez por eso uno de los días que viajé a Liniers desde un lugar en que me había reunido para otro trabajo, me pasé dos o tres veces con el colectivo y no sé cómo terminé en Camino Negro. Cuando finalmente llegué a la plaza, al atardecer, mis compañeros ya se habían ido.

Cuando volvimos a la antigua casa de Baigorri, la de Falcón y Araujo, nos encontramos con una señora que nos contó el trágico y común fin del inventor (de alguna forma lo era); al venderle la casa estaba viejo, solo, con los bolsillos vacíos, y se le escaparon algunas lágrimas (igual que a la señora mientras nos contaba).

Nos sacamos seis o siete. Yo perdí la copia que tenía.

Adrián Fares

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Nenes

Cuentos

 

Gastón estaba con su novia en el patio de comidas del shopping.

Miraba a su novia y la apreciaba como algo imposible de encontrar pero encontrado, aire fresco en el momento menos pensado, una chica con una dulzura en la mirada inmerecida para cualquiera, mirarla era alegrase y sentir que él, después de todo, había tenido suerte. Sin embargo, alguien que alguna vez estuvo solo de verdad, esto es con posibilidades de estar con mucha gente o incluso rodeado de mucha gente pero igual apartado, indeciso, está siempre solo, y Gastón tenía el alma llena de moretones. No sabía ni el porqué pero era así.

De repente se le dio por mirar para arriba y en un rinconcito de la cúpula vio algo que lo aterró. Quiero decir que los pelos de la nuca se le erizaron, que le saltó el corazón, que parpadeó, que le pasaron todas las cosas que le pasan a las personas cuando ven algo increíble. Ahí en un costadito estaba el esqueleto de una nena, colgando del piolín de unos globos inflados con gas, esos corazones. Se dio cuenta que era una nena por el vestidito rojo y el pelo rubio de la calavera, las dos colitas que conservaban toda la gracia.

Agarró a la novia de la mano, la llevó por los pasillos del shooping, y cuando encontró a uno de seguridad, le explicó bien: no podían dejar el cadáver de una nena pudriéndose en lo alto del patio de comidas hasta hacerse esqueleto; además, le preguntó cómo había pasado. El tipo comentó que había sido extraño, pero que la nena se fue para arriba, alejándose a propósito de los padres, aparentemente había sido una forma de suicidio porque nunca soltó el piolín. Entre el guardia y una chica que atendía una góndola de golosinas sueltas le dieron a entender que el error había sido de él, por mirar hacia arriba cuando debería haber estado mirando a su novia o a lo que estuviera comiendo.

Gastón tragó saliva, consoló a su novia que lloraba por el destino de la nena, y siguió dando vueltas por el shopping.

Adrián Fares

Las Hermanas

Cuentos


Mientras cortaba el pasto en el fondo de una casita, cuando vivía y trabajaba en Adrogué, me empecé a acordar de Luciana, la chica que creía en cosas raras. En el fondo de ese chalet casi muerto, un esqueleto de casa con un esqueleto de habitante, que era esa viejita encorvada y con olor a arroz con leche, también me acordé de Cecilia, una chica que más de una vez me había desnudado en su dormitorio. Esas cosas me pasaban un poco porque yo hacía changas de jardinería en ese tiempo, era un tipo que sabía mantener los fondos y jardines bien, cortaba y podaba, y después, si tenía suerte, agasajaba de alguna manera a la dueña de casa.

Ese verano todos mis clientes se habían ido a la costa, a vaya saber qué costas, y peor todavía, se me habían llevado a las esposas y a las hijas. Me quedaron dos o tres, entre ellos la viejita con olor a arroz con leche. Ahí estaba cuando me acordé de esas dos chicas y conocí a las Hermanas.

La transpiración me nublaba la vista. El verde oscuro a mis pies me dio unas ganas inaguantables de tener cerca a una chica, de bajarla despacito hasta el pasto. Creo que me vi entre las piernas de una que se me hacía la difícil por esos tiempos; la poseía con la pollerita de tenis puesta y eso me calentó tanto que tuve que parar de cortar el pasto. Ahí pude sentir cómo tres miradas arañaban mi cuerpo desde una cercanía que yo no podía descifrar. Sentía sobre mi piel una caricia suave, que me impedía pasar la bordeadora como se debía.

Me saqué la remera y la tiré al piso, seguro que con lo sudada que estaba no me la volvería a poner, y mientras me pasaba la mano por la frente, mientras me enjugaba la mano en la frente mejor dicho, vi la mano de una de las Hermanas sobre la parecita de atrás que daba a otro terreno. En realidad, me pareció ver una mano fina y huesuda; sí escuché unos gemidos, como el de las crías de ratas.

Mi remera quedó al lado del montoncito de pasto, y cuando la quise agarrar se voló, como soplada por un viento fuerte, repentino, hacia la pared. Cuando la fui a buscar, los gemiditos recrudecieron y la remera se me escapó otra vez de las manos, ahora el viento la elevó en el aire hasta las macetas sobre la parecita y entonces fue sustraída por un aliento que parecía venir del otro lado. Enseguida vi dos manos color dulce de leche, apergaminadas, que se aferraban a los ladrillos para subir el resto, lo que hubiera abajo, y me di cuenta que esa cosa no tenía sangre o que la sangre no circulaba, sino que estaba como enterrada, encapsulada bajo la piel. Admito que la curiosidad sexual me impidió correr. La primera Hermana, la que usaba su mano para violarme, la que alguna vez creí que terminaría castrándome con sus tirones fuertes, apareció de un salto (después me di cuenta que no fue un salto sino que la otra, la que usaba la lengua, la había ayudado con sus manos) y quedó agazapada, como una gárgola, sobre la pared. Esa mezcla de gato enfermo y mujer (“¿hijas mogólicas de quién?”, me preguntaba) olía mi remera. Vestía un camisón rosa, al igual que las otras dos, que aparecieron al instante.

Pronto se me abalanzó, después la otra, y al rato la tercera, que al principio miraba con cierta timidez (era más alta que las demás, la última en saltar y en irse; sabía usar bien las manos y la lengua), y quedé tirado en un costado de ese fondo, sintiendo manos, lenguas, pies, labios (extrañamente suaves), sobre mí, hasta que, debo admitirlo, terminé desmayado, fresco y cansado como nunca. Esos demonios me violaron reiteradas veces. Sin embargo, no tuve contacto carnal con ellas; me guardaban para una mujer, una chica, una presencia que descubrí espiando por el paredón.

Seguido volví al fondo de la vieja, que hacía que no se daba cuenta que yo hacía que cortaba el pasto o podaba alguna planta, y no tardaba en verme rodeado por los tres demonios que formaban un innecesario triángulo de cacería.

Un día, al doblar la esquina, vi una ambulancia estacionada en la casa y debí aplazar el encuentro con las Hermanas. Al otro día llegué temprano con la máquina, la reja estaba entreabierta y avancé hasta la puerta. Un cartelito invitaba al velorio de la vieja. Como yo, previsor, me había hecho una copia de la llave de la casa, porque no podía perder mi infierno así porque sí, no podía perder mi paraíso así porque sí, me fijé que nadie espiara enfrente, abrí y me metí. Vi el paragüero lleno de revistas, las mariposas en la heladera, las tacitas colgadas –parecieron temblar cuando pasó el tren–, llegué a la puerta que da al fondo, la abrí, empujé el mosquitero, estuve un rato parado. Nada. Me tiré en el pasto. Miraba el cielo nublado, mejor dicho miraba la nube, porque era grande y con matices de oscuridad, lo único que se veía en el cielo de ese fondo. De vez en cuando ojeaba la pared o giraba la cabeza. Pero nada.

Volví a la casa, se me dio por revisar, buscar si había algo valioso que a la vieja le hubiera gustado darme, entré en el baño, pasé por los dormitorios; uno casi vacío, con algunos juguetes estropeados (un león con bigotes larguísimos, un monigote rojo con orejas largas), el otro con una cama con un crucifijo grande encima; me tiré en la cama, después abrí la mesita de luz, encontré dibujos. Yo aparecía en el medio de una confusión de cuerpos flacos, de tres cuerpos.

Me levanté, abrí una puerta que daba a un pasillo oscuro y lo seguí hasta otra puerta que resultó estar entreabierta. Entré en una habitación, había una cocina con una ventana que daba a un fondo chiquito y cuadrado. El fondo del otro terreno, el lugar por donde aparecían las Hermanas. Me imaginé a la vieja espiándome por arriba o por algún agujero de la pared. Dibujando con dedos temblorosos. Soñando.

Otras veces volví a la casa; desde que murió la vieja jamás encontré a las Hermanas.

Adrián Fares

XIV. El diario de Cutersi

El Sabañon - Novelita

 

 

Fragmento del diario de Damián Cutersi, telemarketer (conocido entre los mensajeros como El diario de Cutersi) El cuaderno fue encomendado al mensajero Juan Carlos, quien tiempo después explicaría con detalle en un programa de chimentos (Cutersi salió con una actriz muy conocida; la chica era muy parecida a una extra de televisión) cómo, mientras cumplía con su ronda de vigilador nocturno, encontró muerto al telemarketer en su casilla de trabajo con un teléfono enrollado en la garganta.
Lo de anoche fue terrible. Me hizo pensar en muchas cosas. Pobre tipo, ahí en la calle tirado. Si hubiera sabido que ese era el último día de su vida, ¿qué habría hecho? Qué mal me pongo cuando pienso que hasta a mí me puede pasar y todo va a quedar a medio terminar. Daniela nunca va a saber que no la quiero de verdad y nadie sabrá nada de las cosas buenas que me pasaron.
El tipo decía cosas muy raras. Algo de un detective, por eso creí que era una cargada o algo así, que no se estaba muriendo. Pensé que estaba borracho. Después vi la sangre, manchaba el asfalto y parecía algo negro en vez de rojo.
Se entendía poco. No sé qué del cine. Creo que había salido con una chica. Habrá ido al cine con una chica y a la vuelta lo atropelló el auto. Debía ser algo en serio, de años, en una de esas se estaría por casar o algo así.
Repetía el nombre escrito en el papelito que tengo en la mesita de luz (¿la chica del cine?) Tenía los dedos hinchados (me acordé de Daniela porque cuando hace frío se le ponen así los del pie) No me gustó nada agarrar el papelito. Cuando leí el remitente me acordé cómo se llamaba eso que tiene en los dedos. Después le miré los pantalones. Hasta me da vergüenza ponerlo acá pero de chico vi a un gato recién atropellado, se había cagado y meado y fue como un impulso el que me llevó a comprobar que el tipo no estaba como el gato.
El papelito que me dio está escrito a las apuradas y adentro hay otros dos más. ¿Y si son esos mensajes que hay que pasar de cábala? Una vez encontré uno en la facultad, me parece que había más de uno y los dejé en el asiento, la puta madre no creo en esas cosas pero qué sensación fea ese papelito en la mesita de luz.
Me acuerdo que dijo algo del cine porque me hizo pensar en ese vértigo de haberse equivocado de sala, estar sentado en el cine y por un momento creer que me equivoqué de película. Yo no sé, hay veces que siento algo parecido cuando estoy con Daniela. Y después aguantar dos horas mirando una película romántica, dos horas mirando una para chicos, y hay que tener coraje para levantarse y aceptar que uno fue un boludo y se equivocó de sala.
Mejor que saque ese papelito de la mesita de luz, mañana lo ve Daniela y el quilombo que arma. Si fuera una mina en serio valdría la pena, pero debe ser un invento, encima actriz y todo. ¿O era extra? ¡Cómo se pone Daniela si encuentra el papel! Me gustaría que pensara un ratito que salgo con una actriz. Explotaría de celos y después toda la tarde en la cama.
¿Qué había dicho del detective? Dijo que estaba buscando la verdad. Hablaba como si me conociera de toda la vida.

(en el cuaderno la tinta cambia de negra a azul; se cree que Cutersi fue a agarrar otra birome)

Cutersi Damián Cutersi Damián Gustavo Cutersi che la puta madre quiosquero de mierda escribí estoy aburrido hasta el prepucio tengo un prepucio aburrido

Sí. Decía que no me preocupase, que el martes el detective iba a encontrar la verdad. Yo tenía un cagaso, me parecía que me iban a pisar en cualquier momento y quedaba tieso (y cagado) arriba del tipo. El policía ayudó bastante, estaba muerto de frío en esa esquina donde lo encontré. Después me dijo que si la ambulancia tardaba menos el tipo se salvaba.
El moribundo alucinaba, daba a entender que pudo pisarlo cualquiera o que tal vez era alguien que le tenía bronca. Enseguida salía con lo del detective que va a buscar la verdad. Habló incoherencias hasta que expiró. El policía me dijo que seguro era chorro, trató de robar y lo pisaron. Yo no sé si dijo eso porque le van a inventar antecedentes para tapar otra cosa. No sé.
Lo del martes no lo entendí muy bien, no sé por qué repetía siempre que su muerte tenía que ver con ese día.

XIII. El Chiquito

El Sabañon - Novelita

XIII. El Chiquito

El colectivero frena, habla por la ventanilla con otro colectivero, hace pasar a unos tipos que tocan el charango y que a esa hora están muy borrachos. Los tipos suben, dicen unas palabras, se olvidan de tocar, pasan el sombrero a los pocos pasajeros y abandonan el colectivo.

Me tocan el hombro. Descubro al Chiquito, que se disculpa por haberme asustado y se me sienta al lado. Dice que me vio subir con cara de culo, no sabe qué me pasa. Mientras habla el Chiquito, pienso en Oscar Wilde, en ciertas cosas que daba a entender en sus obras; cuando decía que en la vida, en una situación trascendente, lo importante no era la sinceridad, sino el estilo. El término, así contrapuesto, por más que no sea antónimo, nos deja claro de qué está hablando, cuánto hay de mentir en el estilo y cuánto hay de triunfo en el mentir; es comprensible que en momentos difíciles sólo alejados de nosotros mismos podamos triunfar.

Una mentira, necesaria y fácil de construir para empezar un amor terrenal, es raramente urdida con éxito por el sujeto que vive el amor con mayúsculas; el pobre infeliz, ignorante de estrategia alguna, enfrenta un problema descomunal y termina olvidándose de pedir el teléfono. Sabrá que debe mentir, que no puede declarar ese tipo de amor a una desconocida (sabrá, gracias a cierto párrafo leído en alguna entrevista a Bioy Casares, que es peligroso declarar ese tipo de amor), es así que decide callarse y posponer, terriblemente, el verdadero encuentro. Como conclusión, prometo la próxima vez que me cruce a Ema proferir una palabra: Hola.

El Chiquito sabe que estuve cerca de Ema, dice que nos vio salir del cine y decidió seguirme, que le pareció muy raro que Marte y el Doble no estuvieran en la salida. Lo miro fijo al Chiquito, entiendo lo que habla, pero la laxitud de mis pensamientos impide ligar bien los hechos, ya las casualidades son demasiadas y, para que no me dañen, intento olvidarlas.

Le digo que está bien, que no significa nada que Marte no estuviera. El Chiquito me deja claro que no debo creer eso, que cada vez que Marte desaparece después desaparece alguno de los mensajeros. Que Marte sólo desaparece cuando está muy enojado, cuando la situación lo ofusca tanto que necesita salirse del juego, abrirse para mirar las cosas desde lejos. Mirar las cosas desde lejos, para el Chiquito es confabular. Y Marte sólo puede confabular lejos de Ema.

Está bien. Acepto lo que sugiere el Chiquito, que algún accidente y otro muerto, que un mensajero menos, Marte enojado, celoso. Sonrío, abstraído por el recuerdo de la salida del cine junto a Ema, de la mirada compartida. Pienso en la sinceridad nerviosa de su mirada, en la mía.

Intenté y busqué varias veces la sinceridad, es una perversión que me doblega; tal vez la confundí más de una vez con la pureza y no es lo mismo; quiero decir que no hay relación necesaria entre los términos (alguien puede ser sincero al contarnos lo ladino que es; otro puede inventar barbaridades, construir un carácter refiriendo acciones que nunca haría) La pureza es un determinado tipo de acción; exactamente lo contrario a lo requerido una y otra vez por las consultoras laborales: a saber no ser flexible, no dejarse convencer fácilmente, no adaptarse a cualquier cosa, o al hacerlo ser siempre uno mismo (aunque uno no sepa quién es; ser nadie entonces). Cuando hablo con una persona, cuando estoy con una persona, cuando me miro al espejo, busco pureza y la busco hasta en los dientes. Cuando no la encuentro, cuando la mirada del otro tiembla, cuando el espejo duda, entonces sufro, caigo. Y ahora que se me ocurre todo esto, me acuerdo que alguna vez, hace muchísimo tiempo, caí, y creo que tal vez todo el trayecto hasta este colectivo no fue más que arrastrarse, seguir porque sí, avanzar hacia una certeza que creo ver al final; qué lindo encontrarla y saber que la busqué con los ojos bien abiertos.

Miro la cara del Chiquito, y sus ojos tiemblan, sé que está conmigo porque tiene miedo de Marte y no sabe qué hacer. Dice que Marte no es normal, que todos nosotros somos normales, pero Marte es un tipo raro que sabe demasiadas cosas, que parece haber vivido trescientos años, que no se sabe por qué pero busca a Ema desde hace mucho tiempo. El Doble, que sí es mortal, que es una copia trucha de Marte, es el mejor iniciado en los secretos de su maestro. El Doble es el que le contó al Chiquito algunas cosas.

Por ejemplo que Marte es una especie de holandés errante, que necesita redimirse; cuando entregue el mensaje a una mujer pura, que lo ame de verdad y le sea fiel para siempre, Marte quedará libre. En esta versión de los hechos, Marte está muerto, no es nadie, ya no debe ser, y busca el amor de todas las mujeres, el amor de Ema, la única mujer.

A mí no me preocupan las relaciones metafísicas de este conflicto, algún día tal vez las piense, me quedo tranquilo con la certeza de que Ema sí es como el Chiquito y yo, que Marte es el complicado, el muerto, el raro, el engañoso. No puedo pensar que Ema es también inmortal, que estuvo con ese director yanqui la noche que lo asesinaron, no me hubiera enamorado de una persona así.

El Chiquito me cuenta otra cosa; Marte no se cansa de decir que si miramos bien alrededor todos son mensajeros. Rápidamente el petiso levanta el índice hacia el espejo arriba del colectivo, donde veo cómo el chofer acaricia un papelito que sobresale del bolsillo de su camisa. Entonces el Chiquito me señala a un costado, y ahí hay un adolescente que simula leer un libro, pero en realidad lee un papelito atrapado entre las páginas. El Chiquito dice que todo es azar o destino, según desde donde se lo mire, que solamente una averiguación exhaustiva, por ejemplo preguntarle al colectivero por qué está acariciando un papelito en el bolsillo, puede dar como resultado una confirmación. Dudosa: porque también el tipo puede mentirnos, y decir que es una estampita de la Virgen que lleva ahí siempre y que por religioso acaricia, o que le picaba una tetilla y era la única manera de rascarse. Dice que la decisión de alguien de mentir o no, eso es azar o destino. Lo que me lleva otra vez a Oscar Wilde.

El Chiquito susurra que, si todo sale bien, es probable que Ema empiece a salir conmigo, que voy a ser el que entregue el mensaje.

Me bajo del colectivo y el Chiquito también. Me sigue hasta el edificio y en la puerta, cuando estoy por meter la llave, hace que su cabeza vuele en pedazos (sacó el arma del sobretodo)

Subo en el ascensor, un poco manchado de sangre, decidido a lavarme y pensar si es verdad que el Chiquito acaba de volarse la cabeza en la calle.

Después de media hora se escuchan las sirenas.

XII. Hola o chau

El Sabañon - Novelita

El Sabañon XII. Hola o chau

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

Dos nenes cantan al lado del cartel de una película infantil, pero me doy vuelta otra vez y es una vieja imitando la voz estridente de un dibujo animado para divertir a una nena rubia. Los dos chicos, lampiños, no eran otra cosa que mi imaginación (si no fuera así, los chicos cantarían la cumbia villera; por otro lado, esa canción no existe, nunca la escuché antes…)

Entro a la sala (ni siquiera me piden autorización) con el mensaje un poco mojado en la mano, y un paquete grande de pochoclos (promoción al entrar) Todavía no bajaron las luces, pero la presentación terminó; los periodistas guardan libretas y grabadores. La busco; las rodillas me tiemblan y tengo el estómago frío.

Hay adelante una chica de pelo negro con bucles que podía ser Ema pero no, es alguna que le gustaría parecerse. Y ahora la veo bien, sentada al lado de su amiga y un par de tipos de traje. Avanzo hacia ella. Las luces se apagan.

Mis pochoclos ruedan por el piso. Casi me caigo pero sigo avanzando hasta que la luz blanca llena la pantalla, pero ya no distingo dónde está ella, tendría que empezar a buscarla otra vez. Empieza la película y estoy tan bien en lo oscuro, tan mal. Noto que ella no me busca como yo la busco, que sería capaz de alejarse de mí sin chistar. Y cuando respiro es como si el aire fuera metal rayado.

No puedo concentrarme en la película, es imposible, hay movimiento en la pantalla, gente que dispara y putea, actores argentinos que putean y disparan, pero yo me estoy acordando del jueves, cuando caminé hasta la oficina de un detective (un paso gigante en creerme toda esta historia: buscar en los clasificados del diario más rasca y seleccionar al azar, mejor dicho por conveniencia de ubicación, el teléfono de ese chanta que me prometió una localización rápida, nombre y apellido, dirección y, entre otros datos, breve reseña de actividades cotidianas del hombre que es Marte) A pesar de que creo que no hay explicación creíble para estos hechos, guardé mi opinión; si existe algún traspié en el orden de este mundo lo descubrirá y patentará el detective en sus investigaciones y más tarde me dará sus opiniones, el tipo filtrará toda la irrealidad y yo quedaré mentalmente ileso. Si el comentario de los demás es lo único que me mantiene lúcido. Hasta las palabras peyorativas del Polaco respecto al asunto me confortan, alejan dudas.

Porque lo único que sé con certeza es que el Estornudo, o algún otro mensajero anterior, apodó así a ese hombre pelado de barba por su belicoso desempeño en la tarea de entregar el mensaje. Ahora, cuánto hace que Marte lleva el mensaje en el bolsillo, no sé. Menos qué papel juega Ema en todo esto; la inmortalidad del mensajero, en todo caso inverosímil longevidad, presupone la del destinatario. El mensaje es otro tema, el mensaje tal vez sea eterno, duración indefinida; nuestros nombres pueden ser casilleros vacíos a llenar.

Bueno, basta. Creo que de verdad estoy mal; demasiada idealización, hasta me asusta llamar a Ema mujer: mujer son las madres, las tías y abuelas, para mí sólo existen los nombres, las manos, el pelo, los labios, los ojos.

Termina la película. El elenco se saluda e intercambia sonrisas, la mayoría nerviosas teniendo en cuenta la respuesta de los demás invitados. Decido irme sin entregar el mensaje, hoy no podría.

Pasa la viejita que me prestó el hilo dental y, mientras le da un codazo a una amiga, me sonríe. Enfrento las escaleras y cuando me doy vuelta para mirar hacia el lugar donde Ema debería estar nuestras miradas se encuentran. Yo otra vez, vuelto a nacer, Sabañón redivivo, decido avanzar de todas formas hacia la puerta y simular alejarme, para ver su reacción.

Aunque no tenga ganas de fumar, me detengo para sacar un cigarrillo. Miro hacia atrás, y veo que Ema habla con uno de los hombres trajeados; sin embargo, noto que por el rabillo del ojo me mira.

Sigo caminando y al rascarme la cabeza y darme vuelta veo que ella avanza más rápido, está ahora a dos metros. Ya en la boletería del cine pretendo mirar los carteles de la película infantil, mientras ella se detiene para comparar el vestido con el de su amiga, como son promotoras están vestidas las dos iguales pero alguna diferencia hay en la ropa y Ema parece buscarla (ojalá simule, ojalá haya otras razones en esa búsqueda de detalles)

Alcanzamos juntos la salida y ella da vuelta su cara y me mira, como para que la salude, para que diga algo, hola, o chau o no sé qué, pero yo no puedo, es demasiado, la situación es como para estar llorando tres horas sentado en la calle (¿y no será todo ensueño?, ¿no habrá mirado de casualidad?, ¿sus retardos no habrán sido inventados por mi complaciente imaginación?)

Vuelvo a casa en un colectivo viejo, ni siquiera fui rechazado y eso es lo peor, estoy mudo y lleno de cosquillas de bronca hacia mí mismo; ante Ema me comporto de manera absurda, inexplicable…

XI. Papelito

El Sabañon - Novelita

El Sabañon XI. Papelito

Camino mientras me doy cuenta que el que se asomó por las escaleras pudo ser el Doble, pero ¿qué importa? Menos ahora que tengo que pasar a máquina los garabatos que llevo en el bolsillo y que debo entregar a las dos y media sin falta a Amadeo –en el entierro sonó el celular y me gritó dos o tres veces que necesitaba urgente las historias.

Por las calles veo a muchas mujeres, hay tantas y a veces se parecen todas a ella. La creo ver en una esquina, esperando que cambie el semáforo, cruzar en otra, mirar una vidriera en Callao y Corrientes, detenerse porque rompió el taco en el San Salvador, ir de la mano de un hombre por Tucumán.

Más tarde le explico la historia a Amadeo, le cuento los trucos del argumento, le pregunto si le gusta o no. Más tarde todavía, cerca de las ocho, me encuentro con el Polaco en un bar.

Dice que Ema va a una premiere, que sabe porque la encontró en el laburo, que si estoy interesado la encuentro en Puerto Madero.

El Polaco siempre tiene algún problema; siempre hace lo mismo, de alguna manera se las arregla para ofender a los demás y en vez de criticarse a sí mismo larga frases como a mí sólo me pasan estas cosas. Me habla de una amiga que lo odia porque les fue a decir a los padres de la chica que la cuidaran, que frecuentaba malas compañías –eso es lo que para el Polaco son las demás personas que no son él. Ya me lo imagino contándole a todo el mundo lo loco que estoy con toda esta historia de Ema y los mensajes.

Lo dejo al Pola. Meriendo en algún lugar, camino un poco y a la hora señalada estoy cerca de los cines de Puerto Madero. Es de noche y las luces están tristes y frías, se estiran en el reflejo del agua y yo con ellas, como queriéndome alejar del lugar, desgastado por el destino que me lleva y trae de la mano. Pero al mirar a un costado, mientras estoy acodado en una baranda como en esas películas románticas, noto que Ema está acodada cerca. Nos miramos. Me reconoce tal vez por primera vez y en su mirada hay algo de interés, de vigilia trastocada por la intimidad de la noche que parece susurrarle al oído que se acerque, que yo la quiero. Y extasiado por la situación lanzo mi mano al bolsillo; ya tengo el mensaje y voy a avanzar…

Pero una chica de lentes gruesos llama su nombre y Ema, mirándome una vez más, se va tras el llamado. El mensaje se me vuela de las manos y lo persigo hasta que otra mano lo baraja en el aire. Levanto la cabeza para encontrarme con las miradas seguras de Marte y el Doble.

Marte, que también puede ser el Doble, a veces no se sabe, me pregunta si leí sobre Emma o. Le contesto que sí, que algo sé, pero que igual se explique.

En la religión budista Emma o es el rey de los infiernos. Marte levanta las manos y dobla dos dedos; dice que hay ocho infiernos mayores, y señalando con el dedo índice derecho el dedo medio de la izquierda asegura que si sigo molestando ese va a ser mi infierno, y que iban a tener que rezar mucho por mi alma para que fuera liberada.

Ahora dice que no escuche pavadas, que solamente está acá para decirme que tenga cuidado porque el papel se suele echar a perder con el agua. Y tras esto hace un bollito con mi mensaje y antes que yo pueda impedirlo lo arroja al río.

Me doy vuelta; Marte y el Doble ya no están. El mensaje flota en el agua, junto a un forro. Veo que Ema espera en la puerta, dubitativa de entrar, casi esperándome. Y yo sin el mensaje. La amiga de Ema, la extra que estaba en la filmación en Pompeya, la llama –seguro que la conferencia de prensa con que presentarán la película está por empezar.

Cuando la amiga me ve, noto que sonríe para adentro, pero el trabajo es trabajo y se la lleva a Ema. Yo corro hasta un coche del que baja una vieja con tapado de piel y, desesperado, le pregunto si por una de esas no tiene un hilo. La mujer me mira como cualquiera me miraría y dice que sólo dental.

Le doy las gracias –de todas formas la dejo contenta, con algo interesante para contar–, rompo un encendedor y, envidia McGyver, armo un anzuelo diez puntos que ya está bajando rumbo al mensaje, que todavía hundiéndose parece querer aferrarse del feliz profiláctico (¡¿qué raza de gigantes saldrán de los espermatozoides que navegan en las indignas aguas del Río de la Plata?!)

Rompiendo el ecosistema, rescato el mensaje junto con el profiláctico y le doy cinco pesos a un pibe de los que limpian parabrisas para que haga la tarea de pasar por agua limpia el mensaje y separarlo de su pegajoso compañero. El pibe, quince años como mucho, dice que sabe dónde yo la pasaría bien, guiñándome un ojo como si pervertidos faltarán, y me habla de un puterío que va como a trompadas

Le doy las gracias y avanzo, secando al papelito a soplidos, por el camino de los cines.

X. Dos Viejitas

El Sabañon - Novelita

El Sabañon X. Dos viejitas

El coreógrafo y director de cine Busby Berkeley liberó a la coreografía cinematográfica del punto de vista del espectador teatral, aportando cenitales de efectos surrealistas, generosas a la imaginación del espectador. Desde arriba nos parece descubrir formas en el baile; lo que hay que tener en cuenta es que estas formas no las descubrimos casualmente sino que hay un director ahí que las diseño, que las pensó, porque sabía que nosotros íbamos a estar arriba, sabía que iba a pedir al camarógrafo una cenital.

Lo de Berkeley me hace acordar que también hay cenitales así en la vida real; creemos en lo que vemos, nos parece intuir algo interesante en alguna situación, pero todo puede ser un quesito, listo para que le hinquemos el diente.

Ahora, creo que el problema del ratón, y por lo tanto de todo explorador, no empieza en la muerte, en la caída del frío metal sobre el cuello, sino que el ratón no se da cuenta nunca que el metal cayó y sigue creyendo que está vivo; en el segundo eterno que dura el acto de su muerte vuelve una y otra vez a recorrer los mismos desagües y aparadores, vuelve a reproducirse, hasta que llega siempre inevitablemente el momento de comer de vuelta ese quesito y cuando lo hace muere otra vez para siempre.

Hay un único pensamiento que me consuela del miedo a morir, de que me pase lo mismo que al Estornudo, y es que fue tanto el tiempo que no estuvimos en este mundo, pasaron tantas cosas sin que ni siquiera nos diéramos cuenta, que volver de vuelta a la nada no debe ser algo por lo que debamos preocuparnos demasiado.

Voy al velatorio del Estornudo, vi la foto en unas necrológicas –me dieron un diario en la calle, un diario medio trucho, nuevo, y leyendo en un bar encontré de casualidad lo que tal vez buscaba–, y tengo que ir; pensé que si los tipos soldaban el ataúd sin una última mirada a lo que fue ese hombre era como sellar para siempre demasiados secretos –¿cuántas respuestas se lleva el Estornudo?

Entro a la cochería, recorro varias salas, me enfrento con unos cuantos fiambres y con personas desconocidas que tratan en vano de recordarme, hasta que me siento mal. Me siento mal porque estoy mirando ahora al Estornudo, labios pegados, párpados que dejan adivinar la esclerótica o la pupila, que es lo mismo porque ya está todo blanco o todo negro o amarillo, y porque las narices del Estornudo también están tapadas con el mismo pegamento y ya no quiero mirar. Me siento mal por otra cosa también: el Estornudo casi no tiene familia.

En la sala contigua a la que está el ataúd, dos viejitas lo velan con expresión ausente, se nota que hace tiempo que están, o que son muy cercanas, porque casi no hablan. Entra una chica con un cochecito ofreciendo cafés y las viejas responden que no, gracié.

–¿Amico di Roberto?

–Compañero de trabajo–me oigo responder.

La señora más bajita se levanta del sillón con un suspiro, se acerca, me besa nuevamente –ya lo había hecho al entrar– cada mejilla y sostiene mis manos.

–¿Lo viste en el cacon?…, poberelo…

–Bonísimo…, estuvo propiamente bono con nui toda la vita–murmura la otra vieja, que ya se levanta para saludarme.

Descubro que son la abuela y la tía abuela del Estornudo, descubro que son hermanas. Hablamos un rato, hasta que la conversación desencadena un compasivo silencio. Las mujeres se quedarán toda la noche. Les digo que las acompaño. Con una sonrisa me lo agradecen.

Saco un papel anotador y me pongo a trabajar para el guión que me pidió el jefe, ahora la productora independiente está mejor; me piden películas que se parezcan a las iraníes pero con marginados argentinos.

Tomo café y siempre acepto las macitas que trae la chica, que me sonríe tímidamente, como si estuviera de más sonreír en un lugar así, como si estuviera de más existir en un velatorio, como si ella conociera el secreto del universo o como si lo intuyera. Trato de garabatear alguna línea en la hoja cuando me detiene la abuela del Estornudo.

–¿Estiabuco?

–¿Cómo?

–¿Repasadore?…, así no ensuquia la hoca.

Me limpio. La vieja se sienta a mi lado y cuando deja el repasador en una bolsa, saca de ahí un monedero, y de éste un papelito. Me lo pone en la mano, casi separándome los dedos que sostienen la lapicera.

–¿Sabañone…?

Desde mi lugar puedo ver la sala contigua, la cabecera del cajón del Estornudo, veo la única corona, y por un momento el mundo brilla y aunque estoy sentado siento como si mis pies resbalaran por las frías baldosas; hasta que me doy cuenta que la vieja me mira las manos y se refiere a que las tengo coloradas e hinchadas por el frío.

Le respondo que sí, que se me hinchan los dedos con el frío. Veo que la tía abuela del Estornudo duerme. Siento que la abuela rodea mis manos con las suyas y las aprieta fuerte sobre el mensaje. Escucho que Tito, Roberto, el Estornudo, le había pedido que si le pasaba algo debía entregar el papel al primer hombre que lo iría a despedir.

Ya no escribo. Salgo de la sala y me quedo en el pasillo. Predomina el bordó en la decoración Las demás salas están cerradas, los familiares encerraron a los muertos y volverán para enterrarlos mañana. Me siento en un sillón. Hay un ascensor grande, demasiado grande, que pasa de vez en cuando desparramando una luz demasiado blanca.

Apoyo mi cabeza en la pared. Enfrente veo el pasillo y la escalera que me dejaría en la fresca, inocente noche, lejos del olor a crisantemos que se pudren. Cierro los ojos. Los abro. A mi derecha, pegado al sillón, está la puerta de otra de las salas del velatorio. Escucho cómo rechina la madera. Parece el viento, pero tal vez no. Entre tanta soledad y silencio es como si me soplaran la nuca.

Y ahora, a mi izquierda, de repente se cierra la puerta de la sala donde están las viejitas.

Es el viento. Un viento que sopla porque alguien abrió la puerta de la calle en la planta baja. Miro hacia el principio de la escalera. Ahí hay una cara. Una sombra con cara. Iba a dar un paso, pero al verme desapareció.

Era Marte.

Ya en la calle lo busco en vano. Compro cigarrillos. Regreso a la otra noche, la que comparten las viejitas.

IX. ¿Quién alcanzará a Ema?

El Sabañon - Novelita

El Sabañon IX. ¿Quién alcanzará a Ema?

William Desmond Taylor había dirigido varios seriales, también actuado en algunos, y fue uno de los más reconocidos personajes del naciente Hollywood. Sus numerosos romances hicieron que le inventaran unos cuantos jamás comprobados. Uno de estos romances, de estos misterios, encadena su muerte, trágicamente real.

Hollywood brillaba, estaba encerrado en una bola de cristal que cuando alguien daba vuelta caían brillitos que parecían nieve, o lluvia mágica, pero eran brillitos y hubo un día en que alguien dio vuelta la bola de cristal que era Hollywood y un líquido oscuro, escarlata, reemplazó a los brillitos.

Entonces fue el escándalo del gordo Arbuckle y, poco después, sería el turno de Taylor. Se dice que los dos sucesos fueron los que desencadenaron la apertura de la oficina Hays, que intentó –entre otras cosas censurando los filmes– mejorar la imagen de Hollywood dentro y fuera de la pantalla.

Taylor estaba en su mansión cuando fue asesinado a balazos en la noche del 2 de febrero de 1922. Las circunstancias que desencadenaron su asesinato son desconocidas en la actualidad. Sí se sabe quiénes fueron las que lo visitaron aquella noche: la actriz cómica Mabel Normand y la romántica Mary Miles Minter, dos de los amores que fueron revelados a partir de la investigación que siguió al descubrimiento del asesinato. Las dos fueron declaradas inocentes.

Ayer ayudé a Oscar a elegir fotos para la enciclopedia sobre el cine que está escribiendo; los hechos me llevaron a un increíble descubrimiento: en una de las fotos, la del fin de filmación de The diamond from the sky, se lo ve a Taylor parado cerca de un hombre de barba; es terrible la semejanza entre este técnico y Marte.

Intenté comenzar un diario; imposible, no tengo tranquilidad para escribir, estoy demasiado ansioso y confundido. Me detengo para volver a pensar; el Estornudo está muerto. Sigo.

Después de cenar, pasando canales terminé en uno sensacionalista, que mostraba cómo un hombre había sido atropellado por un coche en medio de la avenida Rivadavia. Cuando tomaban el lugar del hecho, vi desparramados por el piso dos pañuelos de seda y varios de papel tissue; luego, la cara del Estornudo, con ojos que ya no verán.

Basta. El Estornudo está muerto y, puedo estar equivocado, todo puede ser mala suerte, pero debe haber gato encerrado, creo que Marte tiene que ver con todo esto. Porque si el Estornudo hubiera caído de algún piso, entonces creería sin dudas que fue Marte, pero otro atropellado como Luis, el que me entregó el mensaje que tanto temo y protejo; quién sabe, tal vez hay alguien más en esta historia, un hombre que todavía el azar no me reveló y que tiene un mensaje mucho más apremiante que el nuestro. Alguien que está dispuesto a matar para evitar que los demás cumplan con su recado.

Pero, por otro lado, es verdad que el tipo que aparece en la foto de la filmación es igual a Marte. Y tengo el dato del asesinato de Taylor; y todo esto ya es fantástico, es algo que tal vez ocurre en mi imaginación o no, tal vez mi mente dibuje estas relaciones, llene los lugares vacíos con lo que mejor convenga a la historia en la que estoy metido.

Y si no es así, Marte que ya debería estar muerto, o ser muy viejo, ¿qué hace todavía con esa piel de bebé? ¿Quién es este Marte? Esta pregunta, me lleva a otra, clara, que parece formularse sola: ¿quién es Ema?, ¿por qué la perseguimos tantos? (Marte, el Doble –ahora entiendo que debe parecerse a Marte a propósito; cuando vio que al único que Ema le daba bola era el barbudo, el Doble se dejó la barba y también se habrá cortado el pelo–, el Chiquito, y debe haber unos cuantos que ni conozco), ¿de dónde salieron esos papelitos que llenan tantos bolsillos?, ¿qué cosa cifran nuestros mensajes, que parecen no decir nada?

Taylor que era un mujeriego. Taylor que fue asesinado. Taylor que era amado por las más bellas mujeres. Antes de alimentar mi diario con alguna otra pavada, antes de empuñar esa lapicera para callar mi mente, para preocuparla en armar palabras inteligibles, antes de seguir escribiendo, voy a susurrar una posibilidad; tal vez esa noche en su mansión Taylor no sólo se reunió con esas dos actrices, quizá lo visitó otra, una extra. Quizá Taylor iba a entregarle algo a esta mujer. Sigo.

¿Quién alcanzará a Ema?

VIII. Destinos Crueles

El Sabañon - Novelita

El Sabañon VIII. Destinos crueles

De los destinos crueles, debo confesar que no me gusta lo que le pasó a muchos escritores, estos tipos que tuvieron que escribir sobre una mujer que jamás alcanzaron. Las mujeres están y nacen para amarlas y no para construirlas a gusto y llorarlas a lo Petrarca –¡qué Sabañón hipócrita que soy–; toda nuestra extraviada suerte, todos los hechos desgraciados o venturosos que nos ocurrieron en nuestra vida, ¿a quién le importa todo eso?.

Solveig Amudsen, Magda, Beatriz Viterbo, la Maga, son algunos de los falsos nombres de las mujeres perdidas, yo no quiero que Ema se convierta en otro de estos símbolos, no quiero escribir un guión o cualquier cosa donde la figura de la mujer se esconda y aparezca para purgar circunstancias adversas.

Por otro lado, cualquier escritura tiene un fin práctico, y es que nos deja aprender; un texto es siempre de alguna manera una experiencia. Lo que nos susurra el escritor detrás del símbolo, alguno más que otro, es una advertencia.

En determinados textos está más claro este afán pedagógico; en los de Darwin, por ejemplo, entendemos que al tipo no le caían muy bien las mujeres, decía que a ellas todo le daba lo mismo, que las actitudes de la infancia en los dos sexos son análogas a la que desarrolla el femenino en toda su vida, que el masculino luego supera. Creía que en el momento de elegir pareja, una mujer no elige el que más le gusta, sino el que menos le disgusta. Lo último me parece que –no por culpa de las mujeres, sino de las convenciones– muchas veces ocurre; que el hombre sea más evolucionado que la mujer no me convence: el hombre tarda más en darse cuenta que tiene pies (Henry Miller, entre otros, decía que el sexo femenino es de la tierra mientras que el masculino está perdido definitivamente en las alturas etéreas; demasiado simple, ¿no?, y hay que tener cuidado con los aviones: a mí ya me despanzurraron varias veces)

Yo no sé…, es obvio que Ema me ignora y nunca dará un paso hacia mí, pero alcanzarla no debe ser imposible. Y en todo caso, la ley del embudo, tan difundida entre los despechados y envidiosos, es real. Si no hago nada, algún gil ocupará mi lugar.

Hace un rato, en una de las calles del barrio Pompeya, donde reconstruyen el siglo diecinueve para una película, me crucé otra vez con ella. Esta vez no vi ni al Estornudo, ni a Marte ni al Doble (el azar los habrá dejado fuera) Sí estaba el Chiquito, otro no puede ser ese tipo que llevaba una banqueta para mirar por encima de los técnicos. Lo echaron dos veces porque enrollaba con la banqueta el cable del micrófono y las dos veces volvió a entrar. El Chiquito es un desahuciado, se nota que no busca ningún amor sino entregar el mensaje. Acomoda la baqueta en línea recta a Ema, que hace de vendedora ambulante, y se queda ahí parado.

Ahora aparece otra vez; otra calle, otra escena con Ema, pero esta vez mientras ella vende pastelitos tiene que pasar la pareja protagonista de la película –es la historia de amor de un prócer– y el tipo del micrófono los va a seguir. Veo que el Chiquito está muy excitado, acomoda la banqueta, se sube y se mantiene en dudoso equilibrio apoyando sus manos en los hombros de uno de los técnicos. ¡Acción!

Los protagonistas avanzan, el que tiene el micrófono le hace una seña desesperada a uno que aguanta un cable. Éste mira igual al camarógrafo. La cámara llega a Ema. Veo que del micrófono cuelga un papelito amarillento, peor que el que llevo en el bolsillo. Ema lo mira, sin entender nada. El del micrófono sacude la caña y el papelito se desprende. El Chiquito agarra la banqueta, desbarata a media docena de técnicos y ataja el papelito en su ondulante pero segura caída. Dos tipos lo corren hasta que sale por el vallado; tropieza y pierde papelito y banqueta, los recupera, y sigue corriendo y maldiciendo hasta doblar en una esquina.

Yo ya decidí no entregarle por ahora el mensaje a Ema; hay ciertas cosas del día que no me gustaron, tienen que ver con la situación patética del Chiquito; no me convence darle el mensaje y hablarle de algo más importante todavía en un día que pasó algo así. Tampoco me gusta el sol, la manera en que los rayos caen y parece nublado aunque no lo esté. Ni la pinta de figurita de libro escolar de mi vieja que tiene la calle así retocada; todo me sugiere hastío.

Hoy no es un buen día para entregar nada. Lo único sospechoso es cómo me mira la compañera de Ema, la otra extra que hace de vendedora ambulante. Creo que sabe algo, que intuye mis intenciones o se da cuenta de lo que me pasa. Su mirada no es atrevida, ni hay enigma alguno, sólo comprensión.

No es raro que la única mirada cómplice que tuve en todo esto, que el único guiñar de ojos amigo, provenga de una mujer. Su cara reflejó mi indecisión; la hizo suya y supongo que va a contársela a Ema.

VII. Marte

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El Sabañón VII. Marte

Leo Rosten, escritor norteamericano, dijo una vez sobre el actor W. C. Fields: Todos los hombres que odian a los perros y a los nenes no pueden ser malos. Fields expresaba su retorcida personalidad a través de sus gruñones personajes. Fue Micawber en la adaptación de David Copperfield. A mí me hubiera gustado que fuera otro personaje de Dickens; el contradictorio Grimwig, el tipo que resaltaba su escepticismo ante las personas con una graciosa amenaza: ¡Si vuelve a esta casa me comeré la cabeza! Grimwig siempre amenaza con comerse la cabeza; sin embargo, todo lo que no quiere creer, su razón ajustada a la realidad, nos demuestra poco a poco que es el más sensible de todos, el que entorna los párpados ante los tirones de manga de este mundo. Y lo más importante: Grimwig es escéptico, pero cuando la realidad supera su escepticismo, entonces se pone muy contento. Lo que me lleva a don Miguel de Unamuno, que expresa en su libro más conocido su incomprensión ante el ateísmo. Unamuno piensa que es común que las personas no crean en Dios, pero aberrante que no les gustara que Dios existiese.
Yo hoy no sé qué pensar. Sigo mirando al Estornudo y algo me tiembla, algo que no debería temblar, pero tenemos una confirmación clara; no somos lo únicos. El Estornudo quiere que mire otra vez por la vidriera del bar; me muestra su reloj de pulsera. La ola adolescente se dispersa y une, hay algo caótico que asegura la inminencia de un suceso. El que el Estornudo llamó Marte se abalanza sobre la salida. El que llamó Doble no deja de mirar hacia el bar, creo que no nos ve detrás del cristal, pero deber estar ahí para vigilar. Los adolescentes se agitan, vemos que hay gente que sale de la productora; Marte trata de rodear a los adolescentes, que impiden que los que van saliendo puedan llegar a la calle. El Estornudo me señala un taxi que está estacionado en la vereda de la productora. Marte se da vuelta, lo ve y se acerca como puede, dando codazos a los adolescentes, hasta el coche, que arranca y lo deja ahí mirando, no tan abatido porque lo intuyo acostumbrado.

Para todos Ema desapareció otra vez. El Doble deja de mirar hacia donde estamos, hacia donde cree que estamos (¿y si supiera que tiene razón?) Siento la mano del Estornudo en mi espalda, deja plata sobre la mesa y avanzamos hasta la puerta. Veo que Marte y el Doble también se van, miran con mala cara a los adolescentes, como si ese grupo estuviera interesado en su insulto.
El Estornudo me cuenta, mientras tratamos de no resbalar en las húmedas baldosas, mientras sorteamos deshechos soretes, que Marte fue el único hombre que alguna vez pudo hablarle a Ema. Que ese día que lo tiró de un segundo piso en una conferencia de prensa, Ema era la que acomodaba el micrófono y que cuando el Chiquito lo fue a visitar al hospital (no quiero preguntar quién es el Chiquito; algún otro mensajero, me lo imagino; no todos habrán visto el programa esta noche), le dijo que lo vio junto a ella y que Ema le sonreía a Marte. El Estornudo lloró toda la noche.
No hay explicaciones de la victoria de Marte para el Estornudo; el barbudo debe ser algún elegido o es un enviado del que nos metió en esto. Chiquito, según el Estornudo, cree, como él, que es un simple mensajero que un día tuvo suerte.
Entonces me acuerdo del mensajero atropellado frente a la Piedad. De sus manos crispadas, que querían alcanzar algo pero no podían. Le cuento al Estornudo lo que debería haberle contado antes; el hombre saca un pañuelo, asiente; es posible, dice, que Marte rondara aquella noche la Piedad. Pero también que no, sabe de muchos mensajeros que murieron en extrañas circunstancias.
Antes de separarnos, el Estornudo dice que si todavía puedo, trate de abandonar cualquier búsqueda, que tal vez es mejor estar en casa tranquilo, mirando la tele a medianoche, en vez de fatigar las calles buscando a una persona tan difícil de encontrar. Le digo que está bien, que estoy entendiendo que la vida es mucho más difícil cuando tenemos algo que perder, pero también mucho más linda.

VI. El Estornudo

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El Sabañon VI. El Estornudo

Lo que molesta es la soledad, y si la juntamos con cualquier resabio de esperanza entonces molesta más, es como saber dónde vamos a terminar, y haberlo presentido más de una vez y confirmado tantas, pero igual ilusionarse con un final feliz. Es como otras cosas, pero ni ganas tengo de enumerarlas y en todo caso, ¿para qué?
Andá a saber por qué sonríe así el tachero, quizá conozca mi secreto, intuya que hoy no soy cualquiera sino un aprendiz de héroe que se anima con un extraño amor.
Y las baldosas húmedas y calles lamidas, y todo el frío y el entumecimiento me dan la bienvenida cuando bajo del taxi y doy un paso hacia la vereda de la productora de televisión (qué raro, pensé que todo iba a dilatarse, que no llegaría así nomás a ella)
Veo un grupo de adolescentes que sacude carteles y entona variaciones de cantos de hinchada cerca de la entrada del estudio; esperan a la cantante pop. Y yo que no tengo ningún conocido en esta productora, voy a tener que esperar veinte minutos a que Ema salga.
Los adolescentes saltan y bailan, se mueven como una ola que no sabe bien para donde agarrar, alejándose y acercándose a mí, que retrocedo unos cuantos pasos. Mejor sería cruzar a la vereda de enfrente y esperar la salida de la sirena desde ahí, pero temo que el club de fans, o lo que sea que fuere esos gilastros unidos, me impida ver cuando Ema salga y entonces voy a estar esperándola ahí enfrente hasta el día del juicio final.
¡Uy, lo que acabo de ver!; la ola adolescente se desplazó en uno de sus saltos, y ocupando el aire antes agitado por la ola, sonándose los mocos –y cómo no–, apareció el Estornudo, con su cara de abúlica contrición. Sorprendo una sonrisa de reconocimiento que destartala más sus facciones.

El tipo guarda su pañuelo, avanza unos pasos hacia mí, despega los labios y cuando va a soltar algo se para en seco; sigo su mirada; al desplazarse otra vez, la ola de adolescentes deja ver a dos hombres de profusa barba negra y lustrosa pelada, que miran al Estornudo con marcada antipatía.
Para hacerme el desentendido ahora que el Estornudo está parado con una postura de comprensible –los tipos le clavan la mirada– indecisión, saco el primer mensaje y me lo pongo a mirar sin interés –lo sé de memoria–, cuando veo de reojo que los hombres de barba expresan la misma antipatía hacia mí. Se los nota con intención de abordarme para dilucidar cierta cuestión que creo entrever. Avanzan.
El Estornudo me arrastra, sujetándome del brazo, calle abajo. En la esquina empuja las puertas batientes de un bar y ya me encuentro frente a él en una mesa redondita. Mientras mira hacia la vereda de la productora dice que nos olvidemos de Ema, que ya la volveremos a encontrar.
–¿Nos?–pregunto para molestar, mientras me saco los guantes.
Contesta que pensó que yo había entendido todo. Que no soy el único, no somos lo únicos, que buscamos a Ema. El Estornudo termina asegurándome que yo lo iría asimilando todo con el tiempo. Y se presenta como un hombre cualquiera, dice que no importa su nombre y que lo llame “Gil n°1” si así me gusta; agrega que él no quiere saber cómo me llamo y que ya se le ocurrió un apodo (esto tras ojear mis manos)
Pregunta si puede seguir develándome algunas cosas del asunto en el que estamos envueltos. No contesto pero igual ya me está diciendo que sabe que llevo uno o más mensajes en el bolsillo, que conoce el contenido esencial que se repite con mínimas variaciones en los mensajes (sustituyendo con X el lugar del remitente se pone a recitar el párrafo) y, después de hurgar en su campera, sacude un papelito amarillento en el aire. Silencio de un cuarto de hora. Tomamos café y fumamos sin mirarnos.
Ahora alarga su dedo índice, cuya línea imaginaria traspasa el empañado cristal del bar, evade al grupo de saltarines adolescentes y termina en los dos barbudos que miran hacia un lado y otro.
Asegura el Estornudo que el de la derecha es Marte, persona que intentó arrojarlo de un segundo piso en una conferencia de prensa el año pasado. Ante mi inminente pregunta responde que Marte, como el tipo que está a la izquierda, el Doble, también tiene un mensaje que entregar.

Por un momento, me parece no estar sentado sobre el tapizado verde y frío de la silla, sino en la rodilla gigante de un despiadado ventrílocuo.

V. Mujer entre mujeres

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El Sabañón V. Mujer entre mujeres

¿En qué se parecen nuestra vida y el cinematógrafo? En éste creemos que las imágenes se mueven cuando en realidad es un engaño de nuestra retina y en aquélla, nuestra vida, pensamos que nos movemos cuando siempre estamos muy quietos, perdidos en un laberinto de vueltas y más vueltas que hasta ahora, a mí, no me alejaron mucho del comienzo. Me acuerdo de algo; los Lumière estaban convencidos de que le hacían un favor a Méliès cuando le negaron la patente de su invento, no creían que fuera un negocio (el cinematógrafo fue desarrollado a partir del kinetoscopio de Edison, pero los hermanos fueron los que patentaron la máquina) ¿Y qué fue? Entretenimiento, espectáculo. Pero en algo tenían razón esos hermanos, también fue un experimento, una manera de descomponer la realidad, de volver al principio para contarlo todo otra vez, una perversión.
¿Cambio de canal o sigo pensando pavadas? Conviene cambiar, hacer que la cara del futbolista se esfume y aparezca un tipo haciéndole preguntas a un grupo de famosos en vivo, como avisan en letra roja en la esquina superior derecha de la pantalla. Dos de los invitados, una cantante pop bastante linda y un envejecido actor, sonríen cuando el conductor hace un chiste; otro, un funcionario del gobierno, se hace el reticente cuando le preguntan algo con inocente doble sentido; una mujer muy mujer, bailarina de teatro revista, trata de tapar su cara de jirafa con unos pechos que por poco le llegan al mentón. Ahora hay chicas que bailan, la cantante pop que entona su versión en castellano de Love of my life (automáticamente los ojos de los presentes empiezan a brillar), un famoso que se abraza con otro, éste que discute con el conductor, que satisfecho termina adelantando otro bloque-lleno-de-sorpresas.
En los comienzos del cinematógrafo, después de las innovaciones fotográficas de Daguerre y Talbot, hubo un fotógrafo llamado Muybridge que fue contratado por un criador de caballos de carrera para que probase que en algún momento de la corrida estos animales levantaban las cuatro herraduras del suelo a la vez. Así el obsesivo criador de caballos demostraría, con la ayuda del fotógrafo, que los ilustradores del siglo XIX (los experimentos de Muybridge duraron del 1872 al 78) estaban equivocados. El movimiento era demasiado rápido para que el ojo humano lo percibiera; en 1877 Muybridge preparó doce cámaras; los disparadores serían activados cuando los caballos se llevaran por delante los cables que había dispuesto sobre la pista. Los caballos activaron sucesivamente los disparadores (una fotografía por cada cable); aparentemente el criador tenía razón. Pero faltaba algo; verificar que Muybridge había descompuesto bien la corrida del caballo, debía armarla otra vez; acomodó las imágenes en un disco rotativo y las proyectó en una linterna mágica; y abracadabra herradura de caballo, los cuadrúpedos corrían como en la realidad.
Los experimentos de Muybridge dispersaron lo real para volver a construirlo; no es raro que al proyectarla la realidad ya sea otra cosa. El objeto de una cámara es despabilar la mirada de la humanidad y mis ojos están entregados a esta insomne perversión. Es un engaño porque siempre termino creando algo nuevo, yéndome por las ramas en la naciente, perecedera, realidad.
Y si no, ¿cómo es que ahora me parece ver en la tele a Ema, en la tribuna de chicas que está atrás de uno de los invitados?. El actor que da la espalda a la mujer que se parece a Ema no habla por el momento, espero que lo haga pronto así confirmo. Confirmo.
¿Y qué hago? Tiemblan mis rodillas aunque esté sentado, la comida zozobra en mi estómago, mis oídos zumban como nunca; ¡¿qué hago?! Solo en este departamento, nadie me va a atar a esta silla para que no sucumba a esta sirena de pelo negro, a la terrible y dulce cara que me dicta pesadillas y sueños noche tras noche, desde el día triste en que me tuve que tropezar con un moribundo que no me buscaba, tonto yo, que creí que la libertad estaba en las calles cuando en realidad era la desesperación que me esperaba agazapada para meterme en su bolsa.
Todavía sentado, veo que es ella, extra entre los extras, mujer entre mujeres, ella. Mi estómago se resiente, imposible arrancar sin lesiones el aguijón de mi mirada una vez clavado. Si dejo que se vaya no sólo muero –el aguijón arrastrará los demás órganos, todo lo que en este momento soy, ¿no?–, sino que volverla a encontrar va a ser muy difícil.

Las nueve y cuarenta, en el diario compruebo que el programa dura dos horas así que tengo ochenta minutos para llegar a la productora (menos mal que sé dónde queda; una cochera reciclada en Palermo Viejo) Armo mi mochila de improvisado expedicionario de las calles bonaerenses; calzo mi reloj con cronómetro, acomodo unos cigarrillos aplastados en la campera, incorporo un caramelo ácido, palpo el mensaje en mi bolsillo, enfundo mis manos en guantes tapa-sabañones y, decidido a enfrentarla, me dejo arrastrar por la sirena que no espera.

IV. Strange things are happening

El Sabañon - Novelita

El Sabañón IV. Strange things are happening

Ho! Ho! He! He! Ha! Ha! Strange things are happening, cantaba el cómico Red Buttons en su show, tal vez sorprendido por la popularidad que súbitamente había ganado.
El Estornudo salta a un taxi y se pierde justo cuando desaparece el tipito rojo del semáforo. ¿Qué irresolución lo arrastraba por las calles? Seguro que los estornudos no eran más que una alergia, efecto del cagazo que debía tener frente al encuentro de Ema. ¿Qué hacemos dos tipos desandando el camino que nos llevó a una mujer en estas calles grises, desconfabulando al universo? ¿Por qué, entre tantos, nos encomendaron el encuentro fatal de Ema? Me tiemblan las rodillas, no sé por qué.
A propósito miro al piso, cierro mi visión a la ciudad, impido que las caras que se cruzan sean o no esa actriz que necesita el mensaje que llevo en el bolsillo. Camino, camino, camino.
–¡Sabañón!
El Polaco me saluda desde un coche y me invita a la fiesta del equipo de filmación (emborracharán, entre otras, la pena de haber quedado sin trabajo). ¿Voy o no voy? Arreglamos un encuentro previo en un bar.
Salgo de la estación y me entretengo en la plaza San Martín, acodado contra una baranda escucho a un mormón, Elder no sé cuánto (me explica que todos son Elder), que me pregunta, vía traductora, cuántas veces peco en un día. No sé. ¿Y los mandamientos?. Ante mi pereza, la traductora (que traduce muy mal) duda ante las últimas palabras de Elder no sé cuánto y sentencia: “Dice que vas a ir al infierno”. Les doy unos centavos por una revista que encubre intereses religiosos y comerciales con entrevistas a presos rehabilitados y consejos para cuidar bonsáis.
Los perros se muerden en el corral, la plaza es un lugar triste de por sí, como una feria hippie (el lugar más triste que existe en la tierra es una feria hippie; ni hablar si está ubicada en cualquiera de los reductos de la costa atlántica, donde más de una vez pensé en salir corriendo y zambullirme en el océano, oh Alfonsina amiga, acabo de entender por dónde habías andado antes de despedirte de todos –algún sucedáneo de feria hippie desató tu huida)

Saludos cordiales mormón, me alegra que un perro te quiera morder mientras tu compañera me devuelve unas miradas enigmáticas. Dejo la plaza, la abandono, y en un bar irlandés me encuentro con el Polaco, que ya está disponiendo cuerpo y mente para la alegría y me invita una cerveza.
Comento que hay un lugar por Once que se llama Chevecha, que desde que el Polaco escucha cumbia todo el día tendría que ir ahí, en vez de hacerse el fino en un bar irlandés. El Pola se hace el desentendido y tararea una de Dylan (la de Wonder Boys). Como no se puede hablar muy bien porque la música está fuerte entro a pensar: extraña película esa de Michael Douglas, que tiene como protagonista a un escritor malísimo que termina escribiendo un libro todavía peor, cuyo tema es lo que el protagonista vivió en la película. Otra de profesores y aplausos finales de felicitación, de rehabilitación desesperanzadora y, menos mal, música agradable.
“¿Y cómo anda tu historia?” El Polaco me sorprende con esa alusión indirecta a Ema. Le digo que no entendí. “¿Le hablaste a Ema?” Le cuento que no pude, que no se dio la situación (sé que es mentira y me siento muy mal cuando miento), que tal vez otro día; no te preocupés Polaco, no hay drama, no pasa nada, ya se va a dar. “¡Sos un nabo!”, deja en claro el Polaco y no hay otra que mirar la madera de la mesa y estudiar algunas manchas.
“Vos sabés que cagaste, nunca tenés que dejar pasar estas cosas, ¿ahora cuándo la vas a volver a ver? No sé, le digo que no estoy interesado; la vi mejor y no me gusta tanto. El Polaco me pregunta cómo me gustaba Ema si nunca la había visto (se acordó del día de filmación en la Boca cuando le pregunté por esa extra de cine y televisión). Le voy a contar lo del mensaje, pero sería revelar también que Ema me gusta demasiado, el Polaco se daría cuenta que no puedo andar atrás de Ema por ese papelito arrugado que bien puede ser un chiste.
El Polaco no cree que Ema vaya a la fiesta (y ahora ya estoy prendido, tengo que ir sí o sí, va a quedar mal que le diga que me voy porque no van los extras). Dejamos el bar irlandés.
Pienso en lo tonto que soy mientras camino calle y calle, cruzo veredas y espero al Polaco, que se entretiene más atrás pidiéndole golosinas a una  nenita que sale de un cumpleaños. Se acercan los padres y el Polaco sale rajando con un chupetín en la boca.

Entramos al bar, mis ojos no dan abasto para abarcar y desechar mujeres, descontar todas las que no son ella. Y terminó de descontar a todas y me quedo ahí parado con una tranquilidad enojosa, decepcionante.
Saludo a mucha gente; vuelto a tierra, ahora que Ema está lejos, es fácil oler la realidad detrás de cada ilusión.

III. Buenos y malos

El Sabañon - Novelita

El Sabañon III. Buenos y malos.

El William Boyd bueno y el William Boyd malo… ¿Jekyll y Hyde hollywoodense?, ¿y no era William, William Wilson, el protagonista que se enfrentaba con su doble en el cuento de Poe?
Pero William Boyd fue un personaje de la vida, quiero decir que existió, era uno de los actores favoritos de Cecil B. De Mille; trabajó también con D. W. Griffith y sufrió a causa de la aparición de William Boyd, actor de teatro envuelto en un escándalo por asuntos ilegales relacionados con la bebida y el juego. Lo que pasó fue que William Boyd, actor favorito de De Mille, también se vio envuelto en el mismo escándalo que William Boyd, actor de teatro (y sin comerla ni beberla) En hollywood pensaron que existía un solo Boyd, el malo. De ahí en más, William Boyd bueno se bautizó Bill Boyd, desesperado porque el público ya no le pedía autógrafos. Entonces aparece Bill Boyd, apodado The Cowboy Rambler, un vaquero que cantaba, para complicar todavía más el asunto. Supongo que William Boyd, actor favorito de De Mille, tuvo que decidir entre dos reputaciones: la de actor mafioso o la de actor estúpido. Cuando el William Boyd mafioso murió, el de De Mille volvió a llamarse William y vivió feliz.
Estoy averiguando si soy el Sabañón valiente o el cobarde. Ema baja los escalones, fin del último día de filmación; trato de alcanzarla en vano hasta que se pierde en el descanso. Me ato un cordón que no está desatado para dejar que se vaya (y sé que lo voy a lamentar tanto, ya me imagino en el colectivo suplicándole a los árboles olvido), que se pierda otra vez (para siempre; el Polaco se acaba de abrazar con los técnicos).
¿Qué hace ese tipo escondido detrás del ficus? Lo veo mientras prendo un cigarrillo; se asoma, se rasca los pelos, camina hasta el borde del descanso, que también es el borde de la escalera, y cuando va a dar el paso para seguir bajando recula y se da vuelta para mirarme muy de reojo, tanto que sé que no me ve. ¿Y no se está llevando la mano al bolsillo trasero, levantándose un poco el saco para acariciar un papelito amarillento que sobresale unos centímetros? Mi cigarrillo finalmente prendido, como una lamparita en el globo de los dibujitos animados; se me ocurrió que el hombre puede andar atrás de Ema, qué idea increíble la que avivo ahora con el soplo de mi fermentada imaginación: qué tal si no soy el único, si el mensaje fue entregado a otros hombres que también tienen una misión que cumplir en sus aburridos días.
Ahora el tipo parece debatirse entre seguir a Ema, que ya debe estar en la calle esperando el colectivo o parando un taxi, o darse vuelta y enfrentarme. Noto que se decide por bajar. Y empieza a estornudar y no baja nada, saca un pañuelo marrón y se lo pasa por la nariz de izquierda a derecha varias veces, y cuando va a dar otro paso esta vez un estornudo impresionante que suplica otra pasada de pañuelo.
Mientras se pasa el pañuelo avanzo viento en popa, dejó atrás al tipo, y bajo la escalera, tal vez porque estoy seguro que Ema ya está muy lejos. Los pasos detrás me confirman que el tipo también avanza.
Para evitar la tristeza del colectivo (la peor de todas; es un purgatorio con forma de bala que avanza por las calles para dejarnos una y otra vez, indefectiblemente, en el infierno) sigo las calles hasta una plaza, donde tengo pensado comer esos pochoclos rosas que les compran a los pibes y que tanto me gustan. Linda chica la que pasa; me doy vuelta para seguirla con la mirada (solamente cuando es muy linda la sigo; veo a esos tipos que se dan vuelta siempre, de vicio) y ahí está, casi respirándome en la nuca, el que se escondía en el ficus.
¿Se pensará que tengo plata? Me pongo nervioso al acordarme de las caras de sonso de los asesinos que no son de película, los que en esos documentales truchos confiesan sus crímenes como si nada. Apuro el paso, trato de alejarme, pero el Estornudo, así lo voy a llamar porque otra vez anda escupiendo (sé que está tan cerca que mi campera debe estar mojada, no de la lluvia que empieza a caer sino de la baba del Estornudo), pisa fuerte y avanza con garra.
Miro el semáforo de peatones en la esquina, el momento del tipito rojo. Calculo los pasos milimétricamente, un paso más, uno menos, veintidós justos para llegar a la esquina y si el tipito verde no aparece no hay otra que enfrentarme cara a cara con el Estornudo. Diecinueve y el cruce está lleno de coches, repleto; zambullirse sin parar sería un suicidio. Hay algo de todo esto que me hace acordar a una historia de las que contaba la abuela María, esa mujer tullida y siempre alegre, que me revelaba entre mate y mate algo de su Avellaneda, las corridas en la avenida Mitre y las arrancadas de flores en la plaza (el cuidador les tiraba un bastón). Quince pasos. Una día, me contó ella, un tipo la empezó a seguir, un tipo de traje que seguramente estaba loco, y siempre que pasaba por la calle Colón, el tipo la corría hasta que mi abuela doblaba en una avenida (entonces era ligerita, decía y no tenía joroba). Diez pasos y el semáforo sigue rojo. Un día Manolo, el hermano de mi abuela, le contó del tipo, cómo hostigaba a todos los que pasaban por Colón (hombre o mujer, él perseguía de todas formas) y cómo sus amigos habían aprendido a ahuyentar a ese loco. Cinco pasos y rojo. Había que pararse. Uno se paraba y el loco dejaba de correrte, oteaba la vereda de enfrente, cruzaba y perseguía a otro, hasta que ése se detenía.
Me detengo, de todas formas el semáforo sigue en rojo.
De reojo veo que alguien está parado a mi lado, me limpio la lluvia de la cara y lentamente giro la cabeza, cobarde hasta la médula, a punto de dejar caer el cigarrillo en un eructo de miedo. El hombre a mi lado no contesta, tiene un papelito amarillento en su mano que mira con deleite y temor y esconde rápidamente para protegerlo de la lluvia. Parece un mensaje. Entonces me mira, su cara se transforma, se estira y desarma, una contorsión terrible lo posee y cuando nuestras miradas se encuentran de frente, su nariz se arruga y sus labios se separan: ¡aaaAAchííssss!

II. ¡Sabañón!

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El Sabañón II. ¡Sabañón!

Vilma Banky, actriz húngara importada a Hollywood en 1925 por Samuel Goldwyn, fue una estrella del cine mudo. “La Rapsodia Húngara”, como supieron publicitarla, actuó en dos films con Valentino y formó pareja en cinco con Ronald Colman. Con las primeras producciones sonoras, el público escuchó las voces de sus estrellas favoritas; Vilma hablaba inglés con un acento poco conveniente para encarnar heroínas americanas. La pronunciación clara de Colman hace que su carrera no decaiga al permitirle personificar caracteres británicos; otro cantar para Vilma, que quedó sin trabajo.
En cierto modo, más de una vez me pasó lo de Vilma, arruinarlo todo al hablar digo, especialmente cuando alguna chica me importa de verdad. La frente contra el vidrio del colectivo, una lucha inútil contra el sueño que siempre gana en su palestra; miro hacia arriba, trato de comprobar si alguien me vio y se ríe, pero ¿será que me creo el único? Ahora la mirada en la calle, en los conductores que se maldicen en silencio, no tanto porque suena un bocinazo y una ambulancia desparrama la fila.
¿Miré mal o es ese nombre el de una de las patentes, la de un taxi? Sí que es; EMA 567. Y justo que me acordaba del mensaje del moribundo y empezaba a imaginarme a Ema como más me gustaría que fuese. ¿Hay tantas patentes con la misma sucesión de letras que es fácil encontrar una que forme el nombre, o es un llamado de atención? Y si lo es, ¿para qué y de quién?
En la vereda camino demasiado rápido, con las manos en los bolsillos porque hace mucho frío y ni los guantes me protegen. Empujo la puerta, el guardia me pide el documento y anota mis datos en un libro; alcanzo el ascensor con unos cables, que al acomodarse dejan ver al eléctrico que los lleva con cara de no aguanto más. La productora dice que a las once nos mudamos a Caminito (y recién termina de atardecer) para filmar la escena nocturna con el actor principal y los pibes de la calle.
En Caminito las calles están desiertas y contratan a un policía por dos mangos para que no afanen los equipos. Comento algo que no concuerda con el guión; el director hace que no escucha. La asistente de producción se acerca y señala a los técnicos. Dice que falta el extra, que necesitan mi ayuda. Me tiran cincuenta mangos si acepto. Acepto. Uno de los pibes me mira y cometo el error de sostener su mirada, que no es nada amigable (debe ser porque me negué a darle un cigarrillo; me pareció demasiado chico y era el último que tenía) Ahora habla con los demás mientras me mira de reojo.
Lo que tengo que hacer es reemplazar al actor principal, Juan Rocha, en la subjetiva en que lo revientan a patadas. Me tiro al piso, avanzan los pibes de la calle (que en realidad son ex–pibes de la calle, encontrados por la asistente de producción en una parroquia) y empiezan a tirar patadas. El director debe estar muy contento, mientras trato de retener las zapatillas de los pibes (duelen más los dedos que deben estar sangrando un poco, más morados e hinchados que antes) para que no me den de lleno en las costillas.
De pie, intuyo la sonrisa de todos, camino hasta la asistente de producción y me guardo los cincuenta pesos. Le pregunto si conoce a una tal Ema Gutiérrez, extra de cine y televisión. Se ríe; el Polaco deja la cámara y se acerca. Él sí que la conoce, dice que es linda y simpática, que hace de enfermera en la otra serie que graba y habla con él en los descansos. Que si quiero conocerla debo apurarme; quedan dos grabaciones y parece que todo se suspende por bajo rating.
En el colectivo otra vez, pero ahora con una invitación a ver la filmación de Insuperables. Se resienten un poco las costillas. Las sombras se deslizan de adelante hacia atrás, donde estoy yo sentado porque de vez en cuando me gusta ir atrás de todo, en el asiento del medio, viendo los juegos de sombras que corren de punta a punta.
Una noche de pesadillas. Al levantarme compruebo que no hay mensaje en los papelitos, a no ser que Anatkh sea el mensaje (lo dudo) o el hecho de entregarlo confirme algo, con lo cual la entrega del mensaje sería ya de por sí un mensaje. En fin, con dolor de cabeza a las siete de la mañana y todavía todo el día por delante.
“¡Sabañón!”, grita el Polaco. “Sí que se divirtió barato el director ayer, che” Amago darle un empujón y aprovecha para retenerme “Ahí está la mina” Me doy vuelta y veo a una chica de espaldas, tomando un café (el vaso de plástico a un costado, ahora lo levanta y desaparece; lentamente vuelve a la posición original, junto al bolsillo del delantal blanco, y veo que la mano es agradable, una mano hecha para sostener el vaso de esa manera, evitando que el dedo meñique resulte demasiado evidente y parezca un refinamiento innecesario)
Llevo la mano al bolsillo trasero del jean y siento la textura fría y cortante de los papelitos que el moribundo me dejó como abandonando un bebé en la puerta de una mansión (salvo que yo soy el menos indicado para el asunto; un bebé hambriento dejado frente a una cucha)
El Polaco quiere saber qué me pasa y mientras miro a Ema empiezo a hablar de cualquier tema con él, de las últimas películas que vio y si le gustaron o no, de cómo anda nuestro amigo en común de facultad, cualquier cosa para dilatar la entrega del papel; quizá saboreo un momento que se perfila eterno, ignoro porqué, pero ya sé cómo va a terminar esto hoy.
Ema desaparece con otra mujer y dejo de hablar con el Polaco, de repente la conversación pierde interés y la emoción que revolvía en mi interior tantas preguntas para el Polaco se fue y quedo ahí desilusionado por haber perdido la oportunidad de aligerarme de los papelitos del bolsillo.
“¡Acción!” Ema aparece en escena, avanza con el silencio ceremonial de todo extra, el encanto del cine mudo pero sin la velocidad entrecortada de los movimientos. Al verle la cara entiendo que tengo un problema más. Cortan la escena, nuestras miradas se encuentran (ella desvía rápidamente la suya). Permanezco parado, mirándola de a ratos hasta que ya no la puedo encontrar, la escena terminó y seguramente ya se fue.
Vuelvo a casa apretado en el colectivo, molesto por un sentimiento extraño; puede ser una resaca de siglos, un encontrarse con la vida de frente para perderla otra vez esperando otra oportunidad. Acaricio los papelitos, los mensajes que ya deberían estar en sus manos. Contento, pero no tanto, porque queda un día más de filmación para hablarle.