¿En qué anduvo el autor de este blog este año 2020? Si se estaban preguntando eso, aquí iluminamos un poco la oscura respuesta (e incluso revelamos una fotografía que la subraya)

Es hora de que cuente, aunque sea un poco, en qué anduve este año. Si hay algo que me sirve es escribirme a mí mismo. Espero que también les sirva a los que me leen.

Hay una relación extraña entre el escribir, el inventar historias en mi caso, y la vida. Por lo menos, es como que le pongo el cuerpo. No es raro verme escribiendo una novela, haciendo las voces, caras o movimientos de los personajes (aunque sé justamente que es porque nadie me mira). Más justificado es hacerlo en el guion, donde también lo hago, no sé si menos o más.

Investigué bastante y leí mucho sobre qué rumbo quería tomar en la escritura esta vez.

Arranqué este 2020 que nadie va a olvidar escribiendo un largometraje, un thriller psicológico.

Para mí fue importante hacerlo, porque luego de Gualicho (la película sigue empantanada, no sé si alguna vez se rodará) y Mr. Time, tenía que volver a escribir cine y tenía que hacerlo con un género y un tema que me motivara mucho como en los otros dos casos. Así que encontré el tema, encontré el género, y me largué.

Fue la escritura más rápida de guion que hice en mi vida, iba corrigiendo el mismo día y seguía, nunca con tanta seguridad de donde estaba el norte. Como con la novela que luego les voy a contar, me ponía en mi tarea todos los días sin faltar uno solo.

Hace rato que no existen los domingos para mí, ni los sábados y me siento bastante infeliz si no estoy escribiendo algo de ficción (como me ocurre ahora, por ejemplo)

Aclaro lo último porque hay personas que piensan que me gustaría hacer documentales. Me encanta ver documentales, la pasé muy bien haciendo Mundo tributo (que yo no considero un documental, es un musical y tiene una estructura y una búsqueda más cercana a la ficción) pero yo arranqué en la ficción y de la ficción no me iré (salvo en algún otro caso donde vea un tema tan bueno para un documental que me pueda olvidar que es un documental, como me pasó con Mundo tributo)

Mis inicios en la ficción cinematográfica fueron cortitos hechos con lo que se podía, como los que pudieron ver hace poco. Aquí me cabe recordar a El hombre lámpara (no existiría Mundo tributo sin El hombre lámpara), Motorhome y otros experimentos. Y Mundo tributo fue un documental tan sólo porque no teníamos los medios para hacer una ficción.

Mi idea es grabar esta nueva ficción de manera independiente. A lo Mundo tributo (Gualicho iba a ser grabada así antes del infortunado premio del INCAA en 2017, aclaro que me da mucha bronca no haber podido grabar aún esa película por razones ajenas a mí).

Pero estoy hablando de otro proyecto. Y en este caso, tres actrices y un actor forman el elenco. Y es una película suburbana.

Estoy afincado en Lanús, lugar donde crecí. Luego de dieciocho años de vivir en la ciudad de Buenos Aires volví a mis pagos.

Primero recalé en la casa de mis padres (no aguanté la perspectiva de pasar encerrado en un departamento sin sol, casi sin verde, la cuarentena) pero después de un tiempo (que fue un poco más de la mitad de la cuarentena) un día me encontré en otra.

Solo voy a decir, que no tenía idea de cuánto extrañaba estar en un fondo o en una terraza. También diré que me preocupa un poco estar alejado (en distancia) de mis amigos. Y que nunca en mi vida me imaginé que iba a estar escribiendo algo, y menos viviendo, donde estoy escribiendo esto.

Sigamos con el tema de la película. Tengo ganas de grabarla con una actriz que sea de la zona, algo que me tengo que poner a buscar para dar con la adecuada. Pensé en otras actrices pero hacerlas venir hasta acá todos los días que dura el rodaje me parece que va a ser engorroso para ellas y para mí. Aunque el rodaje no debería durar más de dos semanas.

Por otro lado, apenas terminé el guión lo guardé (sabiendo que no había protocolo para filmar aún, y más que nada, que no era nada seguro hacerla así para nadie en ese momento) y me puse a escribir una novela.

Empecé escribiendo sobre un lugar que no conocía. Pronto volví a comenzar la novela desde cero.

Me puse a investigar bastante, más que nada sobre el estilo que quería que tuviera la novela. Sobre la manera de escribir determinado género y sobre la manera de escribir en general.

Y miré mucho, no me canso de mirar una sombra o un detalle de lo que me rodea, que antes no había visto y entonces esa sombra o ese detalle comienza un proceso de transformación que es lo más cercano a la magia que conozco. Aunque tal vez conozca otras cosas cercanas a la magia…

(como la voluntad por ejemplo).

Recapitulemos, entonces.

En guion de largometraje, en orden de escritura, primero está Gualicho, que empecé a escribir apenas terminé la facultad, luego Las órdenes que terminé después del estreno en BAFICI de Mundo tributo, después Mr. Time y ahora se suma este nuevo proyecto. Por ahora me guardo el título.

Hay otros proyectos, entre ellos una serie, como podrán ver en corsofilms.com/press (la productora independiente que armamos con Leo Rosales, quien a su vez está con varios proyectos)

En literatura, primero surgió ¡Suerte al zombi!, novela que empecé a escribir a los dieciocho años, si mal no recuerdo y cuyo camino, por lo menos para mí, terminó este mismo año cuando la revisé para convertirla en una edición digital que publiqué en este mismo blog (entre el reposo y la reescritura de la nueva novela)

Tiempo después de ¡Suerte al zombi!, llegó El nombre del pueblo, el relato largo El sabañon, más adelante Intransparente (que primero titulé Elortis), en el intermedio tuve una temporada larga de escrituras de cuentos de las que fueron testigos casi en vivo si siguen este blog, de ahí salió Los tendederos (mi antología de cuentos de terror y ciencia ficción) y ahora le toca el turno a la bienvenida nueva novela, cuyo nombre no puedo revelar porque la envíe a un concurso que salió cuando estaba por la mitad de la aventura, más o menos.

Y hablando de aventuras: sumé un nuevo integrante a mi familia animal. Ina, es una perra con la que convivimos hace dos meses y medio, que parecen un día, mi gata (Lara), mis peces y yo.

Ina.

Adrián Gastón Fares.

Aniversario: 14 años del blog.

Siempre olvido que creé el blog para estas fechas.

Pero WordPress me lo recuerda, claro.

14 años desde que iniciamos elsabanon o adriangastonfares.com una tarde o noche que ya no recuerdo (es una más entre tantas).

Así que bueno, sigamos…

¡Gracias por leerme, y saludos!

Adrián Gastón Fares, 26 de octubre 2020.

¡Suerte al zombi! Capítulo más enlaces: Pueblo chico, casa grande.

Aquí el capítulo 28 del último lanzamiento de este blog: Suerte al zombi.

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Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares
Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares
en PDF (alojado en este sitio web):
Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

28. Pueblo chico, casa grande.

La silueta se acercaba lentamente, llevando el cuerpo entre sus brazos.

La mano de la joven colgaba y se mecía en el aire al compás de los destartalados pasos de Garrafa.

La finca había ido creciendo delante de él en la última media hora, desde que había tomado el viejo camino. El camino serpenteaba a lo largo de zanjones para terminar en un callejón aparentemente sin salida. Sin embargo, el camino doblaba a la izquierda y se convertía en una pequeña senda bordeada de largos yuyos y dispersos arbustos. Garrafa caminaba conteniendo la respiración, ya que el aire fresco de la noche pampeana no impedía que el putrefacto olor que el cuerpo despedía se inmiscuyera en sus fosas nasales y le hiciera desear abandonarlo en el camino. Cada tanto, bajaba la cabeza, ponía los extremos de los labios hacia fuera, exhalaba, y reacomodaba en sus brazos el cuerpo de la chica. Odiaba lo que iba a hacer, pero si alguien tenía que hacer negocios con el cementerio, entonces el más indicado era él.

Su espalda era la que se había doblado tantas veces para clavar la punta de la pala en la tierra, su espíritu el que sufría en las noches de soledad en el medio del campo santo, y su vida entera había sido como una ofrenda a las almas de los muertos que moraban en el cementerio; sin embargo —la vida siempre tiene un puñado de estos sin-embargo—, los familiares de los cadáveres a los que él había dedicado su existencia no reconocían el sacrificado trabajo que había estado llevando a cabo para mantener lo que quedaba de la estirpe de todo aquel pueblo y continuar así con la labor desempeñada por su padre. Lo que llevaba en sus manos, el cuerpo de aquella joven, no era más que la muestra de que su paciencia había cedido y de que había puesto nuevas reglas en el estatuto de sus muertos.

Simplemente los trataría como si todavía estuvieran con vida. Si así fuera actuarían como sus familiares vivos; olvidándose de la labor del sepulturero de Mundo viejo. Se había cansado de que los habitantes del pueblo lo usaran y lo que estaba haciendo era una procesión dedicada a sí mismo en la que dejaba claro que, mientras él estuviera vivo, los cuerpos de los muertos le darían la merecida propina que nunca le habían dado en vida.

Lo único que ahora le molestaba era tener que ver el semblante de ese pálido tipo que se sombreaba los párpados, alargaba las pestañas como las mujeres y vestía siempre de negro. ¡¿Qué clase de payaso era ese gilún?!, se preguntaba Garrafa mientras cruzaba la cerca que llevaba a la mansión.

Sus ojos se perdieron entre el resplandor de las rosas que bajo los rayos de la luna reflejaban un tenue carmín, y luego se encontraron con extrañas plantas exóticas cuyos agobiantes perfumes llegaban hasta él por encima del olor que el cuerpo despedía. Garrafa empezó a caminar por un pasillo iluminado por dos faroles de una fuerte luz blanca. En este tramo insólitas flores amarillas y violetas desfilaban a la sombra de una exuberante enredadera que, decorada por arbustos de cuyas ramas colgaban como guirnaldas pequeños frutos rojos, formaba un pasaje que conducía hasta una bruñida puerta de ébano. En la mitad del pasillo, las flores violetas y amarillas eran suplantadas por amapolas rojas, cuyos pétalos se movían acariciados por el fuerte viento que había comenzado a soplar. Los pétalos desprendidos se lanzaban a la ventisca, y daban vueltas por el aire, pasando por delante de la nerviosa mirada de Garrafa. La cabeza de la joven colgaba del brazo de éste y una de las flores se posó en la pálida mejilla, donde quedó adherida. Cuando estaba ya cerca de la puerta, ésta se abrió lentamente.

Un joven pálido, de facciones afiladas, sonrió desde la sombra que producía el marco y lamió sus labios con su rosada lengua al posar los tristes ojos negros en el cadáver que Garrafa le ofrecía.

por Adrián Gastón Fares.

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Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

Por otro lado, si quieren colaborar con que puedan llegarles otros trabajos míos del género terror (o ficción oscura, como me gusta llamarlo) pueden firmar esta petición para mi querida película Gualicho (Walichu): change.org/gualicho Hay otras historias esperando y es importante dar este paso…

¡Suerte al zombi!. Capítulo, más enlaces.

Aquí el primer capítulo del último lanzamiento de este blog (una novela escrita y editada de manera digital por quien les escribe): Suerte al zombi.

De paso comparto una variación de la imagen de portada.

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En la reescritura la catalogué mentalmente como una novela de tragicómica de terror, si me permiten la combinación. O de comedia, terror, para ser más llano.

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Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

O en otros formatos siguiendo este link: Página de Inicio Blog Adrián Gastón Fares

En Página de Inicio Blog Adrián Gastón Fares  encontrarán los links a algunos de mis otros trabajos literario: la novela Intransparente, el thriller policial El nombre del pueblo y el libro de cuentos de terror Los tendederos. También a la lista de mis proyectos activos de cine.

Eso es todo por hoy. Debo seguir escribiendo.

Los dejo con el protagonista de Suerte al zombi, Luis Marte:

 

  1.   Los hombres de traje.

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su excompañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El conductor esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el conductor le preguntó adonde iba.

Autor, Adrián Gastón Fares.

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Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

Suerte al zombi portada 3d Adrián Gastón Fares

O en formato Epub o Kindle en los links de página de Inicio de este sitio, junto con otras ediciones del blog.

Libro digital: ¡Suerte al zombi! ¡Lanzamiento!

Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares

Estuve trabajando en la edición digital de mi novela ¡Suerte al zombi! Entre otras cosas que contaré cuando sea el momento.

Me lo tomé en serio. Presté atención a los detalles mientras la editaba. Fue un desafío. Revisar el código para obtener un buen libro digital y a la vez detenerse en la corrección del texto. También le diseñé una cubierta o portada original.

Espero haberlo hecho bien.

Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares

 

Suerte al zombi. Novela. Géneros: Terror sobrenatural, Comedia, Aventuras, Juvenil. Páginas: 180 aprox.

Sinopsis

Luis Marte despierta en su propio ataúd, durante su velatorio, frente a sus compañeros de colegio. Inmediatamente, dos hombres de traje le disparan. No logran dar en el blanco. Luis, sintiéndose más vivo que nunca, logra escapar. En el camino reconoce que no percibe las cosas como antes. Algo ha cambiado. ¿Está realmente vivo? ¿O su mente está atrapada en un cuerpo que, siguiendo las leyes de la naturaleza, ha empezado a descomponerse? Luis Marte debe encontrar la explicación en la ciudad. Por otro lado, en el cementerio de un pueblo, dos sepultureros no tienen mucho trabajo y aceptan el encargo de un personaje siniestro.

 

Pueden descargar la novela directamente desde los siguientes links:

en PDF (alojado en este sitio web):

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en Epub (Mediafire)

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en AZW3 (Mediafire):

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en Mobi (Mediafire)

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

 

Créditos
Título original: ¡Suerte al zombi!
©1999, Adrián Gastón Fares
©2020, Adrián Gastón Fares
Diseño de portada: Adrián Gastón Fares, 2020
Edición y  Maquetación en formato digital: Julio de 2020.
Composición digital: Adrián Gastón Fares

 

Novela completa: El nombre del pueblo. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela El nombre del pueblo. Espero que la disfruten.

Para todos los índices visiten la parte superior de la página (El Menú: esas tres rayitas arriba de este post despliegan el contenido del sitio) y/o también revisen la sección Acerca de mí.

PRIMERA PARTE. PUEBLO.

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 1

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 2

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 3

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 4

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 5

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 6

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 7

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 8

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 9

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 10

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 11

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 12

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 13

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 14

SEGUNDA PARTE. EL NOMBRE.

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 1

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 2

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 3

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 4

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 5

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 6

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 7

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 8

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 9

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 10

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 11

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 12

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 13

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 14

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 15

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 16

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 17

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 18

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 19

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 20

TERCERA PARTE. EL CANSANCIO DE LAS BALLENAS.

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8

Fin. El nombre del pueblo. Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: El nombre del pueblo, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Sebastián Cabrol.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8. Final.

…Pero creo que fue así como en verdad ocurrió lo demás:

Mi hermano fue visto por don Trefe, el dependiente bajaba la persiana de su negocio cuando lo vio pasar con la mirada perdida y una carretilla vacía.

También por Kaufman, que sentado en un bar tomaba el primer trago de la noche y se extraño al ver la expresión rígida de su antiguo empleado. Me comentó que parecía un sonámbulo con una misión que cumplir.

Hay muchos otros que dicen ahora que lo vieron; yo no les creo, me parece que engañan a sus nietos al inventar que fueron testigos del bautizo de este pueblo.

El diario deja claro que nunca iba a permitir que nadie viese su cuerpo sin vida. Cuando decidió matarse, recordó las cosas que contaban sobre el cuerpo de mi madre. Entonces se acordó del ancla y también del nombre que había pensado para el pueblo.

Es un misterio cómo hizo para empujar la carretilla con el ancla hasta la punta de la casi interminable escollera que denominamos Lengua. ¿Qué otra persona que no estuviese dominada por un espíritu conmovido habría podido siquiera moverla de ahí?

Al llegar, rodeó su torso con la cadena del ancla y arrojó la carretilla al vació. Desde un bote dos pescadores, que como había mejorado un poco el tiempo trabajaban cuando un ventarrón los había acercado peligrosamente a la escollera, lo vieron caer. Reconocieron a mi hermano, lograron alejarse de las piedras, y al ganar la playa fueron a la comisaría a contarle a Falcón.

Después, los seguidores de Schlieman denunciaron que nunca habían encontrado el cuerpo, que los dos pescadores, borrachos a esa hora, no eran buenos testigos, que mi hermano podía no ser el inventor del nombre del pueblo. Hasta dijeron que yo había encargado el asesinato de mi hermano y lo tapaba con la historia del suicidio.

Algunos hechos no pueden negarse.

¿Dónde fue a parar el ancla del humilladero?

¿Quién escribió la palabra que ahora repetimos para referirnos a nuestro pueblo?

Quién si no mi hermano era el más adecuado para expresarse de este modo.

La palabra, lo irrefutable, la palabra encontrada en nuestro incompleto cartel de bienvenida, escrita en la madera con el azul de las piedras marinas del cantero que, humedecidas por la continua lluvia, sirvieron de pluma al verdadero fundador de nuestro pueblo.

Y así es como venimos a llamarnos DESESPERACIÓN.

FIN.

Adrián Gastón Fares.

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¿Dónde leer mis libros además de aquí?

1.

Pueden leer mi colección de cuentos, Los tendederos, con descarga gratuita (para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.)

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Lostendederos

 

Los tendederos, libro de cuentos en PDF:

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

2.

Pueden leer mi novela Intransparente aquí (descarga para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.):

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

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Intransparente Novela PDF

3.

Pueden leer mi novela El nombre del pueblo aquí:

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018

El nombre del pueblo, Novela PDF

El nombre del pueblo (Epub, para Smartphone, PC, Libro electrónico)

El nombre del pueblo Novela

El nombre del pueblo (para Kindle)

El nombre del pueblo Novela

4) Pueden leer mi novela Suerte al zombi, en el enlace de aquí abajo:

Suerte al zombi. Novela completa. Índice.

 

Sobre el autor:

Escritor y Guionista. Director y Productor de Cine.

Bio:

Fares, Adrián Gastón (28 de octubre de 1977, Buenos Aires, Argentina) Egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Creció en Lanús Oeste, Buenos Aires, donde escribió su primer novela influenciada por el cine y el terror fantástico: ¡Suerte al zombi!
Luego fue crítico de cine de la pionera revista online Cineismo y fue seleccionado para una Clínica de Obra literaria en la Universidad de Buenos Aires por su novela corta El sabañon. Esta novela inauguró un blog de cuentos, notas y poemas que lleva más de doce años en línea, primero llamado El sabanón y luego adriangastonfares.com
En 2016 fue seleccionado por su guión de película, Las órdenes, para el Laboratorio Internacional de Guión (Labguión, Programa Ibermedia)
Escribió Gualicho (Walicho), que ganó el concurso Internacional de Cine Fantástico Blood Window Película de Ficción INCAA, con un jurado conformado por los directores de los festivales de Sitges, San Sebastián y periodistas de medios como SeriesMania y Variety. Acaba de desarrollar su segundo guión de película de terror fantástico llamada El señor del tiempo (Mr. Time)

También es reconocido por crear y dirigir el cortometraje de terror Motorhome, Entre nosotros, y ser el guionista, productor y director (junto a Leo Rosales) de la película rockumental argentina Mundo tributo. Este film fue programado en festivales de cine de todo el mundo (México, Brasil, Colombia, EEUU, Francia, España, India, Chile, Argentina) y adquirido y exhibido por Cine.ar, Canal Encuentro, In Edit, Mtv Brasil, entre otros medios.

Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición, sordera de origen congénito, tratada con audífonos.

Más información sobre su actividad cinematográfica:

http://www.corsofilms.com/press

 

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7.

Fernando recibió la carta donde la mujer le explicaba cuáles eran sus intenciones: no había posibilidades de que se siguieran viendo y sólo quería que se encontrase con el chico que él le había dado. Lo estaba despidiendo de su vida y Fernando creyó que eso no estaba bien, porque sabía que el pescador era un buen hombre pero eso nunca le había alcanzado a la mujer para amarlo. Comprendió que ya a él no lo quería y decidió seguir recorriendo el país. Pero antes iría al encuentro de su hijo, con la esperanza de que ella fuera y juntos huyeran. En ese momento no le importaba el destino del niño, sólo la mujer.

Cerca de la Lengua se elevan los médanos más altos de la costa, en sus inmediaciones era donde antaño se encontraban. Ella le indicó el lugar. La mujer le escribió diciendo que irían sus dos chicos y que el hijo de él era el que llevaba el medallón que le había regalado; le advertía que podía hablarle, pero que no se atreviese a decirle la verdad.

Durante dos meses, los chicos fueron una y otra vez a la playa a esperar la embarcación que traería a su prima. En las cartas a Fernando le comentaba que estaba muy alegre del plan, porque como había pensado, mantenía a sus hijos lejos de la casa y evitaba que sufrieran las continuas peleas del matrimonio. Sin embargo, todavía faltaba que el objetivo final se cumpliese.

Fernando con la esperanza que la mujer volviera a enamorarse de él, pospuso una y otra vez la fecha de encuentro. Finalmente, en una de las cartas la mujer le decía que enfrentaría el peligro e iría a la playa con los chicos para despedirlo. Él había soñado muchas veces con el naufragio de la embarcación del pescador, del odiado esposo; ahora el hombre había enfermado y a duras penas trabajaba la huerta de su casa. Fernando pensó que podría convencer a la mujer para que huyera con él.

Así fue como se acercó a la playa aquel día y vio a mi hermano subir los médanos. Lo acompañaba otro chico, yo, pero nadie más. Reconoció el medallón que mi madre le había señalado en la mano de Miguel y, enfurecido, arrojó el idéntico que él traía al suelo. Y al ver al chico más cerca, recordó que lo único que le importaba era la mujer; insultó a Dios en el dialecto de su pueblo, buscó su puñal –al desenfundarlo bruscamente el filo cortó la palma de su mando– y lo blandió en el aire para asustar a Miguel.

El viejo dijo que muchas veces se había arrepentido en la vida de lo que había hecho. Miguel tenía una pregunta que hacer; como me pasó a mí en el bar, sintió que había algo que estaba por entender, pero lo que era aún no se diferenciaba de las otras sombras y permanecía oculto esperando su momento. Le preguntó al anciano por qué había dos medallones idénticos.

Fernando sonrió y repuso que eran una consecuencia del comienzo del amor. Cierto día habían planeado un escape a Obel. La mujer, un poco para divertirse y otro para espistar, se oscureció y enruló el pelo. El viejo dijo que aquel había sido el mejor día de su vida, que nunca se había divertido así. Encontraron una tienda fotográfica, donde eligieron vestirse de época para las tomas.

Mi hermano había terminado de comprender y apenas seguía escuchando lo que el anciano le contaba; cómo habían resuelto que él se quedase con la fotografía en la que posaban juntos y mi madre con la que posaba sola. Luego, cuando mi padre le pagó por primera vez, Fernando compró el par de medallones idénticos y le mostró a mi madre dónde guardaría su fotografía y le regaló el otro para que allí pusiera la de ella.

Entonces el anciano le pidió disculpas por no haberlo saludado aquel día. Y se conmovió al recordar el suicidio de mi madre (se había enterado por la madre de Amanda) y el tiempo que él había viajado por el mundo, hasta que decidió volver y morir en el pueblo en el que había conocido a la única mujer que había querido de verdad. Dijo que jamás se atrevió a acercarse a su hijo.

Sé que en ese momento mi hermano se levantó, despidiéndose con una sonrisa, y abandonó el faro. Fernando me contó esa misma noche en la playa, mientras los policías iban y venían por la escollera, lo que yo repito en estas páginas.

No se sabe con certeza lo que ocurrió después. Todos tienen en este pueblo su versión y tal vez la mía no sea la más verosímil… (Continuará)

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6.

El viejo dijo que cuando la embarcación en la que él viajaba, un bergantín, entró en nuestro mar, el faro donde ahora estaban era el que había guiado a su capitán para encontrar la playa en la noche. Fernando había terminado los estudios elementales en su pueblo y, tras la peste que había diezmado a las mujeres y niños tranies, decidió unirse a la tripulación de una embarcación que visitaba las costas del mundo traficando antigüedades. El capitán le confió el control de los desembarcos y el asiento de las partidas en el libro.

Esa noche, anclaron el bergantín y se dispusieron a dormir esperando la mañana; entonces se acercarían en canoas a nuestras costas y visitarían el pueblo. Ahora debo recordarles que nuestro pueblo fue siempre propiedad de los pescadores. Al ver la embarcación anclada en sus costas una turba fue juntándose en la playa. Cuando el primero de los extranjeros caminó por la cubierta del bergantín, fue recibido por unos cuantos disparos y se vio obligado a retornar a sus aposentos. Las agresiones continuaron y la embarcación levó anclas y abandonó nuestras costas.

Pero la tripulación sufrió la baja de un hombre. El que faltaba se había despertado temprano y, viendo que no había nada que hacer hasta que el capitán diese la orden del desembarco, nadó hasta la playa y luego caminó hasta el pueblo, donde trató en vano de que le cambiasen sus monedas. Luego escuchó los gritos y cuando alcanzó la playa, vio al bergantín adentrado en las aguas. Iba a hacer señas, pero entendió que los pescadores apalearían a ese extranjero y que, de cualquier modo, el capitán no se arriesgaría a acercarse a la playa.

Su tristeza no fue tan grande. En el bergantín tenía algunos amigos y nada más y aquí había visto a las jóvenes hermosas que hacían las compras a la mañana. Esperaba conseguir algún trabajo y empezar una vida nueva.

Empeñó su anillo y el reloj, que un día el capitán de aquella embarcación le había regalado, y así vivió los primos días en nuestro pueblo entonces sin nombre, hasta que la gente lo aceptó. Un pescador le consiguió trabajo y lo dejó vivir en su casa por unos días. Allí fue donde conoció a la esposa del hombre. Pronto esta mujer y él se enamoraron.

Cuando el pescador adivinó lo que pasaba quiso matarlo y Fernando tuvo que huir de esa casa, dejar el trabajo y el pueblo. Llegó a Obel, y ahí vivió un tiempo y dos veces vino a nuestro pueblo a reunirse en la playa con la mujer. Luego, la noticia de un embarazo lo amedrentó y decidió no volver al pueblo sin nombre. La decisión le costó el sueño de muchas noches, ya que sabía que la mujer lo seguiría esperando y todo el asunto lo hacía sentir un cobarde.

Recorrió el país, y cuando vio que ya no había nada más que ver y que ningún otro lugar se parecía a éste, tuvo ganas de volver a ver a la mujer que todavía no había podido olvidar. Fernando escribió una carta, que haría entregar a su amada por la chica que vendía cosméticos (la vendedora no era otra que la madre de Amanda, la asesina serial que fue asesinada por un asesino de asesinos seriales) Así es como, cuando la mujer del pescador tuvo la carta en las manos, ideó una estratagema.

Sabía quién era el padre de su primogénito y que si su marido se enteraba no sólo la mataría a ella, sino también al hombre que había amado. Ella ya había perdido el amor por el hombre que más la había hecho sufrir en la vida y sólo una cosa le parecía justa: que Fernando conociera a su hijo.

Les contó a sus hijos una historia. Siempre su madre le relataba este tipo de cuentos y no le costó mucho inventar uno. Era la historia de una chica española, hija de una hermana que ella tenía y del despiadado hombre que la perseguía para vengar una muerte. Así lograba que sus hijos empezaran a acercarse a la playa y que su marido la creyera loca. El viejo dijo que si había algo de locura en aquella mujer, entonces se notaba en la perfección con que había trazado su plan.

por Adrián Gastón Fares. (continuará…)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5.

Cerré los ojos con mi mejilla apoyada en la de la morena. Sentí el calor del baile. Me vi bailar. Vi a una mujer bailar conmigo y luego volvía a mí para apretar más los ojos. Me hundí en el fluido invisible que une a dos cuerpos, aunque apenas sus mentes se conozcan. Noté que el recuerdo era mío pero podía haber sido también de ella, de la chica con la que me mecía en esa pista de baile:

Entraba corriendo en el baño de mi casa junto a mi hermano. Otra vez éramos pibes. Miguel buscaba la brocha de enjabonarse de mi padre para jugar, la agarraba pero al cerrar el cajón la manga se le enganchaba en el que estaba debajo. El cajón salía lanzado hacia delante. En el suelo quedaban esparcidos varios ruleros. Nos quedábamos con dos, para armar gomeras, y tratábamos de devolver los demás a su lugar.

Recordé a Malva, la joven de pelo oscuro enrulado de la desvaída fotografía del medallón. ¿Cómo estábamos seguros de cuáles eran sus facciones si no se vía más que una sombra? Los contornos sugerían una cara, pero nada más que eso. La imagen estaba borroneada en círculos, como si un dedo la hubiera desgastado a propósito, pero esto nunca impidió que Malva nos resultara conocida a mi hermano y a mí, como con esas personas que no podemos creer que estamos viendo por primera vez. Entonces entendí.

Abrí los ojos y, afectado por el alcohol y la música, besé apasionadamente a la morena. Esto arruinó mi matrimonio pero no mi carrera. Le susurré al oído que debía irme. Salí al jardín delantero de la casa y ahí me quedé, esperando bajo la lluvia que el efecto del alcohol me abandonase. Al rato escuché la frenada de un coche. Atrás de la reja estaba Rolando, el tío de mi esposa. Entendí que algo le había pasado a mi hermano por su ojos entrecerrados pero fijos los míos. Pero para que yo siga, tengo que dar rodeos porque hay cosas que no se aceptan fáciles sin escribirlas parráfo a párrafo primero o hay temas que no se tocan sin acariciarlos primero, como un tigre en un baldio, diría Miguel, ¿no? Un tigre fuera de lugar, del lugar donde uno esperaría encontrarlo, te puede arrancar algo más que la mano.

Hacía cincuenta años que un rayo había derribado el faro, cuando mi hermano se acercó a sus ruinas. La base había quedado de pie y la estructura superior le había caído encima formando una especie de techo. Entre vigas y escombros derruidos vivía el viejo que Miguel visitó aquella noche. Golpeó la puerta, una chapa oxidada. Nadie contestó. Entró, vio las sombras que crecían y disminuían. El fuego estaba prendido a un costado y el anciano seguramente dormitaba en un catre. Al ver al intruso, gritó que sabían que no se iba a mover de ahí y que si eso querían, que le consiguieran entonces una casa. Miguel le explicó que no era su intención molestarlo. Solo quería hablarle.

Entonces mi hermano reconoció en aquel hombre las facciones del viejo que había empeñado el medallón.

El viejo enderezó la espalda, apoyándose en la pared, y esforzó sus legañosos ojos para ver quién lo interpelaba. Seguro que al hablar la oscuridad entraba en su boca; muchos eran los dientes que le faltaban. Le preguntó a mi hermano qué tenía que hablar un hombre joven con un viejo vagabundo. Miguel repuso que él no era tan joven y que nunca le había molestado conversar con un anciano. El viejo quiso saber el nombre de mi hermano y agregó que el suyo era Fernando.

Miguel hundió las manos en el bolsillo de su pantalón y sacó el medallón tallado con los dos unicornios. Caminó hasta el fuego y le dijo a Fernando que se acercase. Cuando estuvo a su lado, acercó el medallón a las llamas y le preguntó si había visto uno igual. No bien Fernando posó la mirada en el objeto, sus ojos se enturbiaron y todo su cuerpo empezó a temblar. Mi hermano le preguntó qué le pasaba. El viejo respondió que estaba muy triste porque hacía cuarenta y cinco años que había llegado a este país. Miguel le preguntó dónde había nacido: En Tranir, una isla autónoma perdida en el Golfo de México. Los ojos del viejo estaban cubiertos de lágrimas y Miguel quiso saber por qué. Fernando repuso que se había acordado de la última vez que había visto a mi hermano.

Esto habrá helado la sangre de Miguel. El viejo continuó.

El día que lo vio estaba en la playa esperando a una mujer. Estoy seguro que en ese momento la voz de mi hermano se habrá quebrado. Sé que comentó que un hombre no espera a una dama con un puñal. Pero el viejo contestó que siempre llevaba el arma blanca bajo su abrigo y que sólo la había sacado cuando vio a los chicos sobre el médano. Mi hermano titubeó, y Fernando le dijo que se sentase en el catre porque debía contarle algo. Y por la mirada de aquel hombre afantasmado, yo imagino, la palabra algo podría significar más que todo para mi hermano.

por Adrián Gastón Fares (continuará)

 

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4.

Todo empezó la noche que mi hermano se encontró con el pescador en el restaurante. Nosotros estábamos en un bar cercano, esperando que don Isidoro termine de hacer su trabajo para que nos cuente la reacción de Miguel.

Cuando entendí que éste creía de verdad que Castillo estaba en el pueblo, y que era un viejo que había empeñado un medallón, caminé por la playa tratando de encontrar a ese hombre. Como no me fue posible, le pregunté a don Isidoro si había visto a un vagabundo. Ahí me contó la historia del viejo que vivía en el faro. Se me ocurrió, entonces, citar al pescador con mi hermano en el restaurante y que lo convenciera de visitarlo. Así sabría que aquel hombre era un pobre vagabundo. Esto coincidió con la muerte violenta de Amanda, pensé que mi hermano todavía no se había convencido de la identidad del asesino.

Don Isidoro estaba, como siempre necesitado de dinero y volvió al bar muy contento, pidió ginebra y nos contó que había impresionado a mi hermano y que sin ninguna duda iría a ver quién era el zaparrastroso del faro. Luego contó los billetes que le habíamos dado y se fue. El Ruso tenía una cita en el restaurante y dejó el bar.

Me quedé solo, pensando en nada, revolviendo un café que no quería tomar. El bar estaba muy concurrido, ya que a esa hora servían chocolate y el frío y la lluvia propiciaban su consumo. Tanto que, apartando mi café, me pedí uno dispuesto a no ver nada más que a la barra derretirse lentamente.

Cerca de mi mesa, un nene reía mientras su madre le pasaba una servilleta por la boca. Esa risa hizo que se me pasara el mal humor que tenía. Si bien un chico que llora puede hacernos caer en la más acerba desesperación, uno que ríe nos hace felices. Imaginaba a mi esposa sonriendo con un bebé en brazos y pensé lo feliz que toda la gente sería si las cosas ocurriesen como esperaban. Poco a poco, algo se fue esparciendo en mi memoria como el chocolate en la leche. Y el recuerdo era tan oscuro y extraño, que las imágenes acudían a mi mente poco iluminadas y vaporosas, y no podía ordenarlas porque casi no podía ver lo que eran.

Sin embargo, ahí estaba mi madre. De pie, frente al espejo del baño, alisaba con un cepillo las ondas de su pelo. Y había alguien frente a ella, un chico casi tan bajito como yo en la época del recuerdo. Estaba parado delante de la puerta del baño y alzaba la cabeza mirando cómo mi madre se peinaba. La cabellera rubia se movía y brillaba. Miguel estaba quieto y abstraído en aquello que observaba. Yo bajaba la vista y seguía leyendo el libro de estudios sobre la mesa de la cocina, la levantaba de nuevo y Miguel seguía ahí. En algún momento mi madre se daba vuelta súbitamente y le hacía una morisqueta a mi hermano, que reía y salía corriendo a su pieza. Entonces, mientras seguía alisando su pelo, yo escuchaba la risa clara de la mujer.

Tan enfrascado estaba en mi recuerdo que no me di cuenta que miraba fijamente al nene que estaba con la madre. El mocoso me mostraba la lengua muy enojado. En ese momento recordé que aquella noche tenía una fiesta en lo de Mario y lo mejor era que fuese a prepararme.

Más tarde discutí con mi esposa porque ella no quería ir a la fiesta. Una amiga le había contado un rumor sobre mí, que mi mujer ya había confirmado hacía tiempo, y estaba muy enojada. La dejé sola y llamé al Ruso para que pasara a buscarme con su coche. Ahí conocí a la mujer con la que el Ruso se había citado en el restaurante. Iba en el asiento del acompañante y cada tanto se daba vuelta y me sonreía. No era muy linda, pero su cabellera oscura y ondulada me atraía.

¡Cómo se besaban esos dos! Por un momento temí que fuéramos a chocar. Me sentía solo y tonto, estaba contento de que mi mujer no hubiese venido, pero me veía explicándoles a todos que estaba descompuesta y les mandaba saludos.

No podía evitar mirarle el pelo a aquella chica. Había algo que me perturbaba: era como saber lo que otros no saben y, por cortesía, callarse. Era no animarse a mirar por segunda vez a alguien que parece conocido, y sin embargo, quedarse para siempre con la duda.

La fiesta estaba muy alegre. Habíamos llegado un poco tarde y ya todos bailaban. La orquesta tocaba milongas y ni bien entré me ofrecieron whisky. Mientras hablaba con los invitados tomaba como nunca. Tanto que noté que varias veces Mario me miraba fijamente. Después de la comida sirvieron champán y no pude negarme. Pronto bailaba con una morena. Había muchos invitados bailando junto a mí. A un costado, la mujer de Mario intentaba convencer a su marido de que se sumara al grupo.

Mientras bailaba con la morena, yo no podía sacar los ojos de la novia del Ruso. Todo ese pelo hamacándose sobre sus hombros. Y entonces fue como si los que bailaban en esa habitación cayeran encima de mí. Recuerdo haber apoyado la mejilla en la de la morena. Cerré los ojos… (continuará)

Por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3.

Pero mi hermano no estaba para nada curado. De alguna forma, que debía haber previsto, Miguel empeoró. Alucinaba por las calles y su mirada estaba más perdida que cuando la distraía mirando entrechocar las olas. Empezó a sospechar relaciones entre las cosas, algunas increíbles.

El meteorólogo me había prevenido de las tormentas que se acercaban. Ésa fue la causa del adelanto en la aparición de la embarcación. Debíamos aprovechar rápidamente la marea baja.

Ese año llovió todo el otoño y el invierno. Hacía un mes que mi hermano había desaparecido cuando las tormentas amainaron. Él no pudo evitar relacionar la inclemencia del tiempo con la profanación de aquella fosa.

El escritor del diario exageró la venganza de Castillo. Cuando asesinaron a Martita, mi hermano empezó a pensar que la advertencia de la estela era real: no sólo se había descompuesto el tiempo para siempre, sino que habíamos despertado a un asesino insatisfecho de su venganza. Si era una joven cercana a él la que moría: ¿Quién otro que el temerario Castillo iba a tener razones para castigarlo tan severamente? ¿Qué otra persona había jurado eterna venganza ante la infortunada muerte de su hija?

Y el joven escritor inventó en el diario una compañía para Castillo: aquel perrito cimarrón que aullaba siempre y que rara vez se lo veía. La casualidad quiso que Amanda tuviera a ese molesto pequinés y que, cuando ella merodeaba por las noches la casa de mi hermano para espiar si estaba acompañado, éste oyera el lastimero ladrido que el animal profería y lo confundiese con el del ficticio cimarrón de Castillo.

Les decía que nunca había imaginado el retorno de Ingrid.

El matrimonio se desmoronó en la primera semana, el novio se enteró de unos rumores sobre mi relación con la joven y hubo una pelea. Ingrid volvió al pueblo y me reprochó haberle arruinado su vida. Estaba enamorada de mí. Yo no podía arriesgar mi reputación y abandonar a mi esposa. Además, le tenía lástima a la pobre, siempre sensible porque no me había dado ningún hijo.

Miguel volvía de vender sus gansos cuando descubrió a Ingrid. Quedó, obviamente, desconcertado. Ella bajó de uno de esos taxis de Obel y yo iba a acercarme cuando vi a mi hermano. Cuando, días después, finalmente la dejé, el azar jugó otra vez y Miguel vio cómo la mujer lloraba en la vereda. No hay más que decir sobre este traspié tan doloroso en mi vida. Jamás la volví a ver.

Transcurrió un año de la desaparición de mi hermano cuando un día lluvioso pasé por aquella casa y vi al viejo regando las flores bajo su paraguas. Ignoro qué fue de Ingrid, si vivió en Obel o en algún otro pueblo.

Hasta acá llegan las explicaciones de la confusión de mi hermano por las consecuencias de mi engaño. Lo que les voy a contar a continuación es lo que muy pocos saben. Cómo descubrí la terrible verdad. Qué hechos sirvieron para que deduzca la verdadera identidad de Malva.

Y éste es, quizá, el giro más trágico de esta historia.

por Adrián Gastón Fares. (continuará)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2.

Un hombre que deseaba llevar sobre sus hombros la administración de un pueblo no podía tener una mancha que peligrara la elección de los pobladores. Si yo quería que el partido confiase en mí, debía internar a mi hermano en el manicomio de Obel o sacarlo de la playa. De otra forma, me vería obligado a renunciar a la candidatura.

Reflexioné, y llegué a la conclusión de que mi hermano estaba realmente afectado. Sus problemas auditivos, incluido el persistente zumbido bilateral, habían creado un marco ideal para su introversión. Fui a verlo todas las tardes y no hubo caso: el hombre quería estar con su medallón mirando el mar. Muchas tardes me dijo que no era una locura, simplemente le gustaba meditar allí. Yo creía que un hombre de su edad no podía perder el tiempo de esa manera y me preocupaba su futuro. No tenía esposa, ni novia ni muchos conocidos. Era un solitario que necesitaba nada más que un sueño. Pero yo sabía de la tristeza de los que llegan a la vejez solos –ahora lo sé mejor– y, además, siempre soñé con tener un hermano mayor de verdad, maduro, con el que poder discutir mis asuntos y celebrar mis éxitos. Mi egoísmo fue, y es, la razón de mis tristezas.

Como vi que no había ninguna posibilidad de alejar a mi hermano de la playa, y Mario comenzaba a planear la deposición de mi candidatura, ideé un plan. Necesitaba la ayuda de algunas personas conocidas y de otras no tanto. Pero, ¿quién le iba a negar una mano a un posible gobernador?

Disponer de los restos del barco fue fácil. No se necesitaban más que algunas maderas y un aprendiz de carpintería. Para copiar los unicornios en el estuche, no hizo falta más que mi dibujo y las manos hábiles de un orfebre local. Consulté a un meteorólogo para que me informe sobre las mareas y dispuse todo para que los pescadores coloquen el barco donde fuera visto por mi hermano.

Al descubrirlo, comenzaron a tejerse en la mente de Miguel los enigmas y coincidencias que lo martirizan en su diario. Ya que si bien no fue difícil disponer del barco, si lo fue un poco armar la fosa de Malva y conseguir la fotografía que allí enterramos.

El Ruso conocía al anciano que cuidaba el cementerio y sabía que con poco dinero estaba arreglado el asunto. Había una estela que muy poca gente conocía pero que siempre estuvo allí. No tenía nombre, tan sólo una maldición. Allí mandamos a Eleuterio, el sepulturero, con las falanges que él mismo nos consiguió.

Encargamos el diario de Malva a un escritor recién llegado de Obel, un joven desesperanzado que no tenía otra alegría en la vida que llenar papeles, y por muy poco dinero, conseguimos un diario antiguo bastante verosímil. Allí se insinuaba la ubicación de la tumba mediante unas palabras de Castillo. Nosotros sabíamos que mi hermano solía leer en el cementerio y estábamos seguros de que encontraría el sitio señalado.

La fotografía fue lo más complicado. Jamás olvidaré las consecuencias de esa estratagema.

Allí fue donde conocí a Ingrid. Buscábamos a una chica que tuviera que dejar el pueblo y que se pareciera a la joven del retrato borroso del medallón que mi madre había entregado a mi hermano. Un domingo caminaba por unas de las calles cercanas a mi residencia cuando me crucé con una chica que por ahí paseaba.

Ingrid, de pelo rubio lacio, era más hermosa que la Malva del retrato pero sus ojos oscuros tenían ese aire triste que confería a aquella mujer gran parte de su belleza. La saludé y ella respondió que era un honor hablar conmigo. Seguimos caminando y hablando. Cuando nos separamos ya me había confesado que no estaba segura de sus sentimientos por su novio, un joven adinerado que vivía en Obel. No obstante, y debido a la locura de su padre –¿recuerdan aquel señor que Miguel encontró regando flores bajo la lluvia– quería abandonar lo más pronto posible su hogar y comenzar una vida nueva.

Me pareció la más adecuada para ser la doble de Malva y a la semana no sólo éramos cómplices, sino amantes.

Tuve en mi vida dos amores importantes. Es terrible que reconozca que ninguno de ellos fue mi esposa. La sonrisa de Ingrid es la que todavía sorprende mis sueños.

Mi esposa ya había descubierto el asunto. Ingrid estaba celosa y me quería sólo para ella, pero lo que pretendía era imposible de enfrentar para un político. Pronto me alegré de que su casamiento fuera inminente. Le conté lo que necesitaba de ella –una fotografía simple, en la que posaría con una peluca oscura y un vestido pasado de moda– y la convencí asegurándole que el futuro de mi hermano y el mío estaban en sus manos.

Cierto atardecer, mi caminata por las calles me llevó a las puertas de una casa abandonada. La atmósfera decadente del lugar cosquilleaba mi memoria, pero terminé por convencerme de que jamás la había visto. La puerta de la entrada estaba entornada y no pude evitar espiar. Así llegué al primer piso y descubrí la inmensa lámpara que colgaba del techo. Decidí que ese lugar era el ideal para recrear una mansión española.

Días después, estaba en el lugar con Ingrid y un fotógrafo. Necesitábamos esa fotografía para que mi hermano no dudase en ningún momento que el cuerpo encontrado era el de Malva. La única solución que entreví fue la de colocarla en la fosa y hacerla resaltar en el diario de mi supuesta prima. El escritor agregó en el discurso de la chica alusiones a una fotografía muy querida, que extrañamente había desaparecido. Y cuidamos de que en nuestra toma se viera en el anular de Ingrid un anillo de oro con un diamante falso incrustado, que luego pasamos a una de las falanges que enterramos. De ahí en más, estábamos seguros que todo iba a funcionar. Pero nunca, dios mío, imaginamos las complicaciones que el azar nos depararía.

¡Qué sorpresa cuando me enteré que la casa abandonada era de los Gutiérrez! Al leer el diario de mi hermano aparecieron ante mí los traviesos hermanos, siempre odiados por mi madre porque maltrataban a Miguel, no así por mi padre que veía en ellos una compañía noble para sus humildes hijos.

Yo era muy chico en la época que jugábamos con los Gutiérrez y no recordaba ni aquella mansión ni sus habitantes. De ahí la confusión de Miguel al ver la fotografía, la tulipa adornada de cristales que descendían casi hasta el piso se veía reflejada en el espejo de la vitrina y esto despertó en él la sospecha, sólo confirmada al encontrar la casa en sus caminatas. Entonces pensó en dos mansiones iguales en dos pueblos alejados y esta fantasía no hizo más que empeorar su confusión.

Otro paso fue arreglar a Falcón. Esto no fue difícil porque sabíamos que el comisario no desperdiciaba ninguna oportunidad de ganar dinero y aceptaba este tipo de donaciones. Con las condiciones de que mantuviera en secreto el plan y atendiera con disimulo a mi hermano tras el hallazgo del barco, le prometimos una buena suma de dinero.

No pudimos prever el interés de Martita por mi hermano. La casualidad quiso que fuera asesinada cuando iba a decirle algo importante a mi hermano. Estoy seguro que su intención era revelarle mi plan.

Una de las equivocaciones fue la de buscarle trabajo a Miguel. Me enteré por el Ruso que Kaufman necesitaba alguien que vendiese sus gansos. Pensé que las caminatas distraerían a mi hermano, alejándolo de la circunspecta soledad en la que lo sumiría el hallazgo de la embarcación.

Recuerden que yo tenía la esperanza de que el casamiento mantuviera a Ingrid lejos del pueblo y de esta manera nos libráramos de que mi hermano se la cruzara algún día. Pero ustedes serán, mis queridos amigos, más inteligentes que este viejo y ya habrán recordado que los refranes son tan repudiados por nuestros intelectuales como verdaderos: muchas cosas fallaron, y no fue el menor desliz la vuelta al pueblo de esa mujer.

El casamiento tuvo lugar en Obel, el pueblo del novio, un día antes de que mi hermano viera los restos del bergantín en la playa. Ingrid jamás volvería a su casa, ya que los padres del muchacho odiaban que se casara con una joven del pueblo sin nombre –recuerden que este pueblo todavía no había sido bautizado– y dábamos por sentado que la pareja evitaría nuestras inmediaciones.

Por otro lado, el padre de Ingrid la había maltratado cuando era chica y ella decía que el hombre merecía la soledad que le esperaba.

¿Hará falta agregar que no me fue muy grato estar en este pueblo, preparándome para engañar a mi hermano, mientras Ingrid se casaba en Obel? Sin embargo, seguí dirigiendo los preparativos y al otro día todo salió como esperábamos.

¡Qué felicidad cuando me acerqué a la playa ese atardecer y no vi a mi hermano sentado en la arena!

Creí que lo había curado y que podría empezar a vivir una vida normal. Sin embargo, mi sonrisa se extendía por el apoyo incondicional que de ahí en adelante iba a tener de Mario.

Mi imagen estaba asegurada ante el pueblo.

Nadie, ni siquiera Schlieman, podría aventajarme en las elecciones. Sin el miedo de que un posible fracaso se debiera a mi pasado, yo estaba seguro de mí mismo…

Por Adrián Gastón Fares. (continuará)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1.

Sirvan estos párrafos para honrar el terrible destino de mi hermano. La única esperanza de redención de mi parte reside en la redacción de estas notas en mis pocos momentos de ocio, donde confesaré mi culpa en la desaparición de Miguel y revelaré las desgracias que lo llevaron a tomar esa terrible decisión.

Los diarios dicen que hago prosperar al pueblo. Yo sólo sé que no fui un buen hermano. Sin embargo, tuve mis razones para hacer lo que hice y la vida las burló y se llevó a un hombre alucinado, pero de bien, dejándome a mí el sabor acre de la culpa. Estoy seguro de no ser un criminal. Pero en las noches mi conciencia zozobra como en el peor de los mares y mi vigilia no tiene fin. Recemos todos nosotros, pobladores de este triste pueblo, por el alma de Miguel.

Revolviendo los enseres de mi hermano, uno de mis hombres encontró un diario donde cuenta los hechos que atormentaron los últimos días de su vida. Es mi deber explicarlos, porque a primera vista pueden esquivar la compresión del hombre más sagaz del pueblo, pero todo tiene una explicación.

Son treinta los años que pasaron –reelecto una y otra vez por la honestidad que me caracteriza– desde que asumí la gobernanta de este pueblo. Veo ahora mis fuerzas aplacarse. Mi fin será tan terrible y común como justo. Déjenme entonces olvidarme de la enfermedad que me acosa. Les contaré todo. Y dejaré un testamento para que no bien yo abandone este hermoso mundo –ya que los caminos de este pueblo volverán a ser transitados si la muerte es algo más que nada–, el diario de mi hermano y estas notas que ahora me propongo escribir se den a conocer y sean aprovechadas por mis lectores según les convenga.

Mi labor será la de recordar y créanme que, habiendo estos asuntos arruinado el sueño de muchas de mis noches, no me será grato; al menos no tendré que esforzarme demasiado.

Todo empezó con la candidatura.

Los hombres del partido político confiaban en mí, pero Mario Cardone, el presidente, el hombre más callado que conocí en mi vida pero también el más pérfido, decía que mi imagen no era la adecuada. Que yo tenía un pasado difícil y que, despiertas las imaginaciones por la obsesión de mi hermano con la playa, todos señalaban el precario estado mental de mi familia. El suicidio de mi madre era recordado en el pueblo.

Cuando yo tenía cinco años, ella empezó a reñir diariamente con mi padre. Cualquier nimiedad bastaba para que se enojara. Se peleaban y mi madre salía a caminar. Me contaron que llegaba hasta la playa y que allí se quedaba de pie, mirando la nada. Luego volvía a mi casa y lo mismo al día siguiente. Dos años después, mi madre le habló a Miguel, luego a mí, de una prima lejana y nos mandó a esperar en la playa a la embarcación en la que la chica escapaba de una venganza. Obedecí porque me pareció divertido. Nunca imaginé el efecto que estas tardes tendrían en el ánimo de mi hermano.

Poco a poco empezó a volverse triste. Él tenía dos años más que yo y leí muchas novelas, tantas como mi padre le traía de la feria. Las mujeres ya habían empezado a gustarle, pero las idealizaba y, como todavía era un mocoso, estaba lejos de acercárseles. Siempre me comentaba que era desdichado porque no tenía ninguna amiga. Era verdad, jugábamos mucho, pero siempre con los mismos pibes: el Rulo, Albertito, los Gutiérrez. Nunca una chica. El decía que los personajes de sus novelas tenían amigas con las que compartir sus aventuras.

Entonces, a la manera del afamado hidalgo de la literatura, mi hermano trastocó la realidad a gusto. Empujado por la imaginación de mi madre y las largas esperas en la playa, se enamoró de una mujer que no conocía y que apenas había visto en una desvaída fotografía. Malva era la posibilidad de conocer a una extraña de otras tierras, pero nada más que eso para mí. Para mi hermano lo era todo.

Cierto atardecer, mis padres discutieron y mi madre abandonó la casa para no volver jamás. El cuerpo fue encontrado varios días después. Estaba muy golpeado, lo que hacía suponer que había caído del extremo de la Lengua y que dio contra las rocas antes de que el mar lo paseara por sus fondos.

Al empezar este relato dije que Cardone, el presidente del partido, necesitaba que yo limpiase el nombre de mi familia.

Otro día volvió a hablarme del suicidio de mi madre y del problema de mi hermano. La dilatada espera en la playa era su verdadera preocupación…

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 20.

Vi que se entrechocaban los abalorios y ahí estaba Isidoro, el hombre con el que quería que me encontrara mi hermano.

Se sentó y miró este cuaderno de notas. Me preguntó si escribía historias. Repuse que no, que las historias son inventadas y lo que yo anotaba era real. Se alegró y dijo que contar historias era de tontos y que lo único importante en la vida era saber armar un anzuelo. Sin embargo, antes de pedir una medida de ginebra, me aclaró que iba a contarme una historia.

La historia que tenía para contarme, me dijo, era del mar y también de fantasmas.

En los últimos tiempos, muchos pibes se habían asustado de un hombre, un viejo vagabundo que andaba por la playa al anochecer. Sabía que yo nunca lo había visto, porque no me sentaba en la playa del faro abandonado. Dijo que ahí era por donde caminaba ese fantasma.

En esas playas habían corrido varias leyendas. Era ése el lugar donde habían aparecido, hacía muchos años, las estatuas del llamado “escultor enamorado”. Jamás habían visto al hombre trabajar, pero allí estaban, todas las mañanas, las formas de mujeres esculpidas en la arena. Y a estas mujeres se las llevaba el agua en las noches, dijo el viejo, como el trascurso de la vida a las nuestras. Él sabía que yo había sufrido mucho, pero mi hermano le había pedido que me ayudase y lo intentaría.

Le pregunté si nadie pensaba que ese viejo podría ser cualquier tipo. Contestó que un fantasma era justamente eso, un tipo cualquiera. Y éste vivía en las ruinas del faro, era un ermitaño: un borracho que no tenía dónde ir. Pescaba de noche y de día casi nunca salía del faro. Ese hombre podía ser un fantasma, agregó, o no. Terminó su vaso de ginebra, me dijo que visitara al hombre del faro, que era el que yo había visto de casualidad en la ciudad, y se retiró.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 19.

Escribo en el restaurante, mientras espero que aparezca el hombre de mi hermano. Ahora creo que uno de los misterios está resuelto. Es muy posible que los lastimeros ladridos del perro que yo escuchaba fueran los del pequinés de Amanda. La mujer rondaría mi casa con la intención de escuchar mis conversaciones con la pobre Lorena.

En cuanto al tiempo, no deja de llover.

No sé qué sería ahora de mi vida si Luciana hubiese muerto. Estoy demasiado sensible. Me molestan las miradas de las personas y el paso de los coches afuera. Sé que todos llevan existencias secretas, mienten, encubren algo.

Uno cree que tocó fondo, pero siempre hay un escalón más que descender. Nunca se puede empezar de cero y olvidar lo que intentamos ser.

Acabo de releer este cuaderno. No me quedó otra que acordarme del sueño en que me transformaba en ballena, del hermético e incomprensible cansancio que me aletargaba, que ahora entiendo.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 18.

Son las tres de la mañana y desafío mi temor por estas horas escribiendo. La razón es que no habrá más crímenes en este pueblo.

Estaba durmiendo cuando escuché que golpeaban la puerta. Al abrirla me encontré con Luciana. Estaba empapada y sus dientes castañeteaban. La chica se lanzó a mis hombros, hundió la cabeza en mi pecho y, mientras se deshacía en lágrimas, me contó que una mujer había querido asesinarla.

Su perro, un ovejero bastante viejo, empezó a ladrar en el jardín delantero a eso de las diez de la noche. Entonces sonó el timbre y su madre –el padre de Luciana murió cuando era una niña– fue a ver quién era. Amanda estaba, con el pequinés, en la vereda. La directora del colegio le preguntó a la vendedora de cosméticos qué era lo que necesitaba a esas horas. Amanda respondió que recién había llegado de Obel y traía una nueva crema que curaría instantáneamente el acné de Luciana. Como la directora sabía lo nerviosa que estaba su hija por esta causa, la dejó entrar muy contenta y la acompañó al primer piso, donde Luciana hacía su tarea. Mientras Amanda le enseñaba a desparramar la crema en círculos a su hija, la mujer fue a ver qué le pasaba al pequinés de la vendedora, que en la planta baja ladraba como un condenado.

Luciana notó que la expresión de Amanda cambiaba y sintió la presión del algodón en su mejilla. Las dos estaban sentadas en la cama y la vendedora se disculpó. Había lastimado uno de los granos y necesitaba limpiarlo. Caminó hasta el tocador, revolvió en su bolso y se acercó sigilosamente con la mano derecha escondida tras el vestido. Al apoyar el algodón, mi alumna vio el filo del cuchillo brillar y empezó a gritar. La estocada se hundió en las sábanas y ella corrió escaleras abajo. La madre tenía en brazos al pequinés y lo acariciaba cuando escuchó los gritos y vio a la hija bajar la escalera desesperada. Luciana arrastró a la madre a la calle y las dos se alejaron de la casa.

Parece que Falcón estaba tomando café en su despacho, revisando unos expedientes, cuando irrumpieron las dos mujeres. La unidad que el comisario mandó encontró muerta a Amanda. El cuchillo con el que iba a cometer el crimen estaba clavado en su pecho. Luciana huyó de la comisaría al saber esto y vino a contármelo, porque sabía lo preocupado que yo estaba con respecto a las muertes y Falcón le había dicho que ya no habría más.

Debo admitir que, a pesar de que sus crímenes eran aberrantes y de lo que significaban para mí sus dos víctimas, siento cierta lástima por Amanda. No era una mujer normal. Igual que el personaje del libro que leí de chico, ella tenía dos personalidades. Tampoco descarto la posibilidad de que Amanda fuese poseída por la maldición que alude la estela.

No creo, como Falcón dice, que estuviese interesada en mí. De otra forma, ella hubiera notado que sus sórdidas visitas no me interesaban. Cuando apareció con la madre de Luciana, pasada ya la madrugada, y vio que la chica ya me había contado todo, Falcón me guiñó un ojo. Creo que con eso quiso decir que el justiciero fue el asesino de Obel. Si es así, él no debe considerarse un asesino más porque no se mató. No encontraron rastros de que alguien más entrara en la casa y el cuchillo tiene sólo huellas de Amanda.

Todavía tengo una duda. ¿Quién es, entonces, el viejo que empeñó el medallón?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 17.

Luciana se sentó a mi lado en el recreo. Estaba preocupada por mis ojeras. Me mantuve callado. Sin embargo, ella siguió junto a mí. Las compañeras la molestaron por eso. Dice que no importa, ya que su madre puede echarlas cuando quiera. ¡Qué tonta que es!

En las clases, muchos de los chicos permanecen callados y noto en las miradas de algunos cierto brillo que me hace pensar que entienden algo. Sin embargo, otros me ponen el cesto de basura abajo del pizarrón, en el medio, para que al desplazarme escribiendo me lo lleve por delante. Siempre lo hago. No puedo evitarlo.

Pero Luciana realmente se hace querer. Hoy a la tarde gritó cuando iba a llevarme el cesto por delante.

Volvía a casa cuando escuché un motor (un sonido grave, de los que suelo oír más) a mis espaldas y me alcanzó el coche de mi hermano. Sacó la cabeza por la ventanilla y me citó mañana a las tres de la tarde en el restaurante. Dijo que allí me encontraría con alguien. Lo seguí con la mirada cuando doblaba en la esquina y sospeché que estaba preocupado por otro asunto. Decidí pasar una vez más por la casa de la mujer parecida a mi prima. Caminé lo más rápido que pude y al doblar la esquina tuve que esconderme. Ahí estaban los dos. La mujer, de pie en la vereda, escuchaba lo que mi hermano le decía desde la ventanilla de su coche.

Me asomé. Confirmé las sospechas: ella lloraba mientras mi hermano le hablaba. La escuché gritar. El coche de mi hermano arrancó hundiendo los neumáticos en el asfalto.

Al asomarme otra vez la vi parada junto a la reja de su casa. Desconsolada, se llevaba un pañuelo a los ojos. Decidí volver por donde había llegado.

Creo que mi hermano quiere aprovecharse de esta mujer. Tal vez tiene un amorío y ella pretende más. De cualquier modo, el parecido con Malva, mi prima, es notable.

Mañana debo encontrarme con quien sea en el restaurante.

Y como un fantasma no respeta ninguna cita, me parece que mi hermano reclutó algún viejo vagabundo para que me explique cómo llegó a sus manos ese medallón. Si es así, aprovecharé para fingir que tiene razón.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 16.

El pobre Kaufman sigue detenido. Hoy vi dos veces a ese tipo que anda por los faroles. Sin embargo, Falcón dice que no cree que sea el asesino de asesino seriales, que también tenemos que pensar que es probable que tenga asuntos más apremiantes que atender. Escuché a Daniela durante dos horas; me contó toda su vida y luego se empeñó en conocer la mía, ante lo que me negué rotundamente.

Estaba dando clases cuando golpearon la puerta. Era Juan, que necesitaba hablar conmigo. La directora, siempre estricta, ni siquiera frunció la frente cuando vio al visitante; sus labios se extendieron en una sonrisa de bienvenida. Juan quería saber por qué yo andaba tan obsesionado con esa idea de que Castillo era el asesino. Le repetí lo del viejo y él se enojó mucho. Dijo que mi imaginación era el problema y que buscaría a ese viejo y me lo iba a presentar, si era necesario, para que me diese cuenta de lo tonto que yo era. Gritó que no podía perder tiempo con eso y que me comportase. Luego agregó, con una sonrisa orgullosa, que pronto el pueblo tendría nombre. Todas las encuestas siguen indicando que ellos van a ganar.

No sé qué es lo que me pasa, pero el velo del sueño todavía oscurece mis pensamientos y sospecho de todo.

Volvía por el barrio residencial, cuando se me ocurrió que era mejor doblar una esquina antes de la siempre para ver si el hombre que anda por los faroles me seguía. Lo que pasó fue que me perdí. Tan abstraído miraba hacia los faroles que cuando bajé la vista para reconocer mi rumbo vi que estaba en una calle que no recordé haber transitado nunca.

Atardecía, pero las copas de los árboles ya estaban oscuras y la noche parecía agazapada en las ramas para abalanzarse sobre las casas. Una de éstas es muy antigua, el musgo que recubre las paredes no llega a ocultar que fue hermosa. Dos leones de yeso –uno conserva sólo la mitad de la cabeza– franquean la escalera de mármol.

La reja estaba abierta y entré. A los costados de la escalera está el jardín, donde se yerguen los cactus más largos que haya visto. Sobrepasan el ventanal del primer piso de la casa.

Entonces me sentí extraño. Deja vu, el sentimiento tan conocido por todos de haber transitado un lugar desconocido aún (estuve en este lugar antes lo conozco y pisé está tierra aunque mis pies no lo recuerden), hizo que dudase de la realidad de lo que me rodeaba.

Mientras subía la escalera hacia la inmensa puerta de madera oscura, hacia la argolla atrapada en las fauces del león, pisé mal, resbalé y mi frente dio contra el borde de un escalón. Antes de recobrar el sentido, como en un ensueño vi a dos chicos que reían delante de los cactus.

Cuando me levanté supe donde estaba; una alucinación ya me había traído a esa casa, pero antes la había conocido en mi niñez. Los dos chicos que reían siempre me hacían bromas, aquella vez habían rociado cera en los zócalos de la escalera. Eso fue mucho antes de que mi madre nos contara de una prima que cruzaba los mares.

Así recordé a los hermanos Gutiérrez, yo debía tener cinco años entonces. Me vi aguijoneado por la curiosidad; quise saber lo que había sido de la sala de estar en donde nos deslizábamos subidos a las alfombras. El recuerdo del destino de Enrique, el menor de los hermanos que había muerto al incendiarse su habitación en la planta alta, me hizo temblar.

Noté que la puerta principal estaba entreabierta. Después de la tragedia el matrimonio se mudó a Obel y, como todas las casas donde pasó algo así, ésta fue imposible de vender.

Al entrar en la planta baja me topé con lo que había sido el salón. Los sillones están oscurecidos de tierra y los únicos dos cuadros que quedan están en el suelo. La escalera que comunica al primer piso me pareció insignificante al lado de la recordada. La subí mientras miraba los muebles acumulados frente a la puerta de la cocina. Ya en el descanso me estremecí, como cuando era chico, ante la escultura de hierro que representa la cabeza de un elefante. La puerta del primer piso estaba cerrada. Dudé un instante.

Siempre temí abrir una puerta y encontrar algo desmesurado. Es uno de mis peores miedos; por eso temo todavía al elefante de hierro de orejas desplegadas y por eso fue que temblé cuando en la Municipalidad encontré una habitación en penumbras, no acondicionada todavía para la exposición, que tenía ordenada en el piso la osamenta de la ballena que apareció una vez en nuestras costas. Ante la puerta del primer piso de los Gutierréz, de todas formas, me armé de valor y di vuelta la manija.

La oscuridad era total.

Tanteé la pared, temiendo encontrar algún insecto, encontré el dispositivo y lo accioné. Luego de titilar varias veces, la luz me encegueció.

Allí, en medio de esa sala de estar con suelo de parqué a la que comunican todas las habitaciones de ese piso, está la lámpara que vi en la fotografía de Malva, la araña adornada de cristales se refleja, como en la imagen, en el espejo adosado a uno de los estantes de una desierta vitrina.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí parado, tratando de entender cómo puede ser todo esto; cuál es la coincidencia que hace que el mobiliario de dos casas sea el mismo en dos distantes pueblos en este mundo; cómo puede ser, en defecto, que mi prima se hubiese fotografiado en esa casa. Lo último es imposible: todavía vivían los Gutiérrez y nunca se supo que ellos alojaran a nadie por esos tiempos. Al ver la puerta oscura en la había ocurrido la tragedia decidí dejar la mansión. El aire fresco me hizo bien y llegué rápido a mi casa, donde ahora escribo.

Algo retorcido pasa en este pueblo.

La marea baja nos descubrió al bergantín y todos sus misterios.

A los asesinatos hay que agregar el viejo, ¡un fantasma!, que empeñó un medallón idéntico al que tenía mi prima, la mujer que se parece a ésta, el comportamiento extraño de mi hermano, los aullidos del perro muerto, el hombre de los faroles, la lluvia constante. Y ahora esta casa que aparece en una fotografía supuestamente tomada en otra parte del mundo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 15.

En el recreo comía una manzana refugiado de la lluvia en la glorieta del jardín de la escuela cuando Luciana se acercó. Me contó lo que decía de mí su madre y quiso saber por qué había vivido de esa manera siendo un hombre culto. Le contesté que no tuve opción, que no se elegía vivir de una u otra manera sino que algo pasaba y entonces había que atenerse a eso. Mi respuesta la puso muy triste. Me dijo que el mundo así no servía y que uno tenía que superarse. Agregó que si ella alguna vez se enamoraba de un fantasma –me di cuenta que repetía las palabras de su madre–, entonces lucharía para que ese amor se esfumara. Yo no estaba muy locuaz ni alegre, y después de unos minutos de silencio, ella se alejó dejándome solo y deseando su compañía.

Fue un día difícil, mis presentimientos eran fundados; mi sensibilidad es peligrosa y mi falta de subjetividad por no haber tenido audífonos (tratamiento, claro hasta ahora acepté cosas que no debería haber aceptado porque cualquier persona que me traducía algo valía mucho) es evidente.

Al volver traté de evitar las calles transitadas del centro y corté camino por el barrio residencial. Por ahí vi a un hombre arreglando uno de los faroles del alumbrado.

Atardecía y las luces estaban todavía apagadas –no se prenden hasta las siete–. Me llamó la atención que arriesgase su vida tocando cables bajo la lluvia. Noté que el extraño llevaba unas antiparras y de vez en cuando me miraba. Estoy seguro que no estaba trabajando en esas luces, sino que era una excusa que le permitía tener una atalaya donde quisiera a fin de seguir mis movimientos y, quizá, los del asesino.

A pesar de que Falcón no me dijo nada al respecto, sospecho que ese hombre es el asesino de Obel. ¡Qué otra persona andaría bajo la lluvia arreglando faroles! Alquien que ya no le importa la muerte. Alquien que busca más allá de su propia muerte algo que nunca encontró en la vida.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 14.

Escribo por primera vez de mañana, nunca lo hago, pero tuve un sueño. En él estaba mi madre.

Otra vez niño subía ansioso el médano de la playa. Era de noche. Se oía el estrépito de las olas rompiendo en la Lengua, pero en vano intentaba llegar a la cima del médano; a unos metros siempre resbalaba y caía dando muchas vueltas. Una de las caídas fue más prolongada y supe que sería la última. Al levantarme estaba mirando el sendero que llevaba a mi casa, por el que siempre me acercaba a aquellos médanos. Al darme vuelta los vi más grandes en el sueño, casi montañas que franqueaban el acceso a la playa. Entonces una sombra pasó cerca de mí y me asusté. La seguí con la vista. Era una mujer. El vestido verde claro reflejaba la luz de la luna, el pelo oscuro y enrulado acariciaba los pálidos hombros. Reconocí a Malva, que esta vez había llegado al pueblo y se dirigía a mi casa. Pensé en el sueño que tal vez estuviera reviviendo el pasado. Sin embargo, yo era un niño; estaba en el pasado.

Entonces un relámpago dividió el cielo en dos y pensé que si era ese día Castillo rondaba la playa. Corrí hasta los médanos y al llegar a la cima caí sobre mis rodillas. Allí estaba el hombre, su cuerpo creciendo mientras subía los médanos del lado del mar. Yo hincaba las rodillas en la arena y lloraba.

Rápidamente me di vuelta y descendí, mejor dicho resbalé, hasta Malva, que seguía alejándose del médano sin escuchar mis gritos. Cuando la alcancé puse mis manos en sus hombros. Se volteó.

Aquella no era Malva. El pelo ahora se había vuelto claro, los rulos habían desaparecido, y aunque conservaba su vestido verde, el rostro inundado en lágrimas que me miraba era el de mi madre. Grité que Castillo la mataría a ella también, que había llegado el bergantín. Mi madre escondió la cara en sus manos. Al darme vuelta vi que Castillo nos alcanzaba. El puñal de doble filo chorreaba sangre. Ahora nosotros alimentaríamos su venganza. Entonces desperté.

Si me teoría de los sueños no falla, y sé que no, mis pensamientos de este día estarán filtrados por esta pesadilla. Mientras me aseaba –ya salgo para el colegio– no pude evitar acordarme cómo habían encontrado el cuerpo de mi madre en la playa, hinchado y con los ojos comidos por los peces. Un amigo me lo contó cuando tenía dieciséis años, siete años después de la muerte de mi madre, y jamás lo pude olvidar. Si tuviese que hacer lo que ella hizo me aseguraría que mi cuerpo jamás fuese devuelto a las playas de este mundo. Si alguien entonces me ve, así, sin ojos y panzudo, seré recordado.

Hoy no será un día fácil. Por la noche viene Daniela y tendré que escuchar sus pavadas. Ella hace que Amanda resulte entrañable.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 13.

Hoy a la ocho recibí a mi hermano. Se lo veía muy preocupado por mi salud. Le dijeron que yo andaba hablando pavadas por el pueblo, que asusté a unos nenes con supersticiones. Nada puedo reprocharle a Juan, él no sabe que Castillo está entre nosotros, que camina por el centro como si fuera un hombre más. Dice que un fantasma no puede envejecer, que tendría que verlo tan joven como cuando murió. Son pavadas, un fantasma hace lo que quiere, nosotros lo vemos como a él más le gusta y pienso que pasar desapercibido en la tierra le debe gustar; por qué no ser un viejo, al que se olvida fácilmente.

Juan también está enojado. Debe ser muy inoportuno que justo ahora, cuando tiene todo a su favor para salir electo, yo le salga con todo esto que pasa en el pueblo. Y cómo no contarle que volví a ver al viejo y que lo perseguí por las calles sin animarme a abordarlo. Aunque dos veces mis manos rozaron los hombros del extraño, en el último momento no tuve valor. Ahora mi hermano cree que estoy más loco que antes.

Sin embargo, las calles del pueblo siguen embarradas por la persistente llovizna. Para demostrar a Castillo que no temo su maldición y que el dios que lo secunda no es más que un marginado del cielo que, aburrido, nos molesta, abro en los atardeceres la puerta y le gritó a la lluvia.

Volví a la comisaría. Falcón me confirmó que a Lorena el asesino le hizo lo mismo que a Martita. La encontró don Isidoro.

Al anochecer, el pescador fue a la laguna a juntar carnada –el comisario dijo que intentaba agarrar un cisne para cocinarlo, porque encontraron a uno bastante desplumado, casi muerto– y al acercarse a la orilla le llamó la atención un cisne que parecía levitar sobre el agua. Isidoro contó que se asustó al recordar las cosas raras que estaban pasando en el pueblo y tuvo ganas de salir corriendo. Enseguida notó que el cisne estaba posado sobre el vientre de un cuerpo femenino que flotaba entre los nenúfares. El viejo empezó a vadear la orilla y el cisne volvió al agua. Cuando llegó al cuerpo reconoció a Lorena.

Don Trefe aseguró que mientras él cerraba la panadería, su hija le había dicho que iba a visitarme a mí. Le pregunté a Falcón por qué yo no era el principal sospechoso y me dijo que, además de que Kaufman casi se había declarado culpable, él no creía que yo fuera sospechoso nada más que de estupidez –me dijo lo que pensaba de mis esperas en la playa– y que era imposible –miraba el titular de un diario con una encuesta electoral– que yo hubiera matado a alguien. Agregó que no me preocupase porque, si bien ellos no tenían ninguna pista que encaminara la investigación, el loco, que él también pensaba que no era el pobre Kaufman, pronto cometería un error y sería ajusticiado.

Entonces me contó la historia del asesino de Obel. Falcón explicó que tenía dos amigos en una comisaría del pueblo vecino que a él lo querían como un hermano y le pasaban información.

El comisario dijo que de las cosas que en este mundo no tenían explicación ésa era una de las más extrañas. El asesino de asesino seriales, así lo llaman en Obel, actúa de la siguiente manera: cuando se cometen dos asesinatos que tienen características parecidas, entonces él se acerca y mata al culpable antes de que cometa el tercero. En Obel creen que lo hace por la deficiente justicia que ejercen las autoridades, pero Falcón dice que acá no ve la razón –afirma que él siempre resuelve sus casos–. Después se quedó pensando y, desilusionado, agregó que era muy probable que el asesino de asesinos se suicidara antes de cometer otro crimen: él también era un asesino serial.

De cualquier modo, según el comisario debemos esperar porque, si todo el asunto es verdad y el asesino no se considera un asesino más, el hombre estará viajando al pueblo y cuando vaya a cometer el tercer crimen nuestro asesino, entonces él lo eliminará y nosotros vamos a salvarnos del juicio. No hubo caso. Por más que le expliqué que a un fantasma no se lo puede matar, no lo quiso entender. Él dice que un espectro no necesita hacer las cosas que nuestro asesino hace, que es muy humano y por eso necesita matar. Terminó repitiendo que lo mejor era esperar y que, mientras tanto, iba a mandar a mi casa a una oficial de civil de anzuelo porque tenía serias razones para sospechar que al asesino no le agradaba que yo tuviera compañía femenina. Él no quiere creer en la maldición, está ciego, no ve que Castillo necesita prolongar su venganza hasta el fin de los tiempos y que eligió a nuestras jóvenes para eso.

Hoy recibí otra vez a la mujer, a esa policía de civil. Se llama Daniela y es muy fea. Hace que añore la mirada de Martita y la gracia de Lorena. Tiene sarpullidos en la cara y una voz demasiado estridente. Le gusta hablar de ejercicios gimnásticos y de cómo se murió su gato. Ya me contó por lo menos cinco veces la agonía de este pobre animal.

A pesar de la muerte de Lorena, el lunes me vinieron a buscar de la escuela para que me presente a dar clases. No sé cómo insisten con un hombre como yo. Claro que mi hermano habrá arreglado todo. Ahora que será gobernador de nuestro pueblo, no tiene más objetivos que limpiar el nombre de la familia. Soy, estoy seguro, su peor pesadilla.

Entonces, el lunes fui a dar clases. Conocí a la directora y me hice amigo de su hija, que me vino a felicitar por el programa que les dicté. Ella está muy triste, dice que nunca va a poder demostrar lo que sabe en esta escuela porque todos los profesores la tratan demasiado bien. Yo le hice un chiste: la traté muy mal toda la clase, cosa que no me fue tan difícil por el ánimo que tenía ese día. A pesar de todo, uno de los alumnos quiso saber cómo era posible que un vendedor de gansos medio sordo fuera profesor y ella me defendió alegando que esas cosas no eran importantes. Luciana, ése es su nombre, es muy divertida y poco supersticiosa, cree que la tormenta se debe a los insoportables calores del verano pasado. Yo trato de hacer mi papel de profesor y dejo que esta quinceañera diga lo que yo mismo diría si no supiera ciertas cosas.

El resfrío no me abandona, así que es mejor que cierre este cuaderno y descanse un poco.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 12.

 

Son las cuatro de la tarde. Releí el diario y encontré la última nota. El que golpeaba era Ernesto, el oficial. Venía a informarme que no volveré a ver a Lorena. La asesinaron como a Martita. Hoy sí que me arrepiento de haber profanado esa sepultura.

Soy el culpable de todos los sufrimientos. Sé que nunca quise dañar a nadie, pero importa tan poco ahora.

¿Qué perro es el que aulla tras mi puerta? ¿Qué poder desperté en los muertos? ¿Cómo es que Castillo vuelve a transitar este pueblo?

El pobre Kaufman está preso. Falcón lo indagó. Como seguía borracho dijo muchas pavadas. Yo soy, quizá, el único que puede salvarlo: sé quién es el verdadero culpable. Me refugié a escribir, tras haber pasado las pericias de Falcón que, por cierto, fue bastante amable conmigo y en ningún momento insinuó que yo fuese un sospechoso. El comisario dijo que me contaría los pormenores.

Ahora Cartasa, la fría prisión de Obel, espera el juicio a Kaufman: allí, en pocas horas, y debido al encono que nos tienen los pobladores de ese pueblo, matarán a ese prisionero del pueblo sin nombre. Ellos no temen lo que la historia pueda reclamarle.

¿Cómo temer los reproches de un pueblo que jamás será recordado, que se perderá, como yo y todos lo que aquí hemos nacido, en la noche de las noches, aunque siga existiendo para siempre? Porque, si yo no me equivoco, el resto del mundo nos ignora.

Nadie sabe quiénes somos ni dónde vivimos ni cuáles son nuestras costumbres, ni –y cómo iban a saberlo si nosotros mismos lo ignoramos– quiénes pisaron por primera vez estas tierras y con qué intenciones. Nuestros ancestros quizá fueron unos tontos.

Pero hoy es tan grande mi tristeza, que llegué a experimentar en mí mismo el final de una historia antigua. La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los matorrales seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta.

“¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?”

Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía.

Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy los chicos. Y que toda mi vida fue el resultado de un error.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 11.

En la Municipalidad me hicieron algunas preguntas. La mujer que atendía no sabía leer, y hablar muy poco. Así están las cosas en este pueblo. Empiezo a trabajar el próximo lunes. Aunque repetí que prefería la literatura, debo enseñar teatro. Me prestaron varias obras, ya que mis conocimientos de teatro son mínimos. Ahora tengo sobre la mesita de luz una obra de Ibsen; hasta donde llegué la encontré fantástica y entretenida y, a la vez, triste. También tengo Las nueve tías de Apolo.

Traté de ser sincero con Amanda. Le expliqué que mi vida había cambiado, sugiriéndole que estaba enamorado de una mujer y asegurándole que siempre la recordaría pero que no podía evitar prohibirle de ahora en más las visitas. Ella estaba a punto de empezar su espectáculo. Su mirada huyó de la mía, profirió una especie de bufido y luego su cara pareció abotagarse de ira. Sin embargo, un momento después sonreía con expresión tranquila. Su perro parecía más afectado que ella, empeñado esta vez en deshilachar con sus dientecitos el dobladillo de mis pantalones. Amanda comentó que había oído sobre mis amoríos y que primero le había molestado mucho, pero que hacía tiempo que había desentrañado los secretos de la vida, y sabía cómo terminaban los amores fundados en una ilusión. Agregó que yo también debería saberlo.

Le pregunté qué quería decir. Respondió que era obvio que Lorena estaba enamorado de mi vida triste, que mi soledad y pureza enternecían a los corazones, y si sumaba lo anterior a la timidez que me caracterizaba, el resultado podía hacer que hasta Kaufman se enamorara de mí. Negué todo aquello, ya que mi vida no fue ni tan triste ni solitaria y Kaufman me odia.

Entonces Amanda me preguntó si alguna vez mis labios habían probado la suave piel de una chica, si había palpado una cintura en la oscuridad, si había sentido el corazón de una mujer latir bajo mi pecho u observado cómo se entrecierran las pestañas de las que aman. Sus palabras me recordaron ensoñaciones hace ya tiempo olvidadas. Quise saber cómo ella, siendo mujer, podía saber tanto sobre eso.

Amanda se levantó, acarició a su pequinés y me dijo que ella tenía mucha imaginación. Tanto que podía inventar cosas que no habían existido jamás y sentir sus olores y movimientos y que ésa era la razón por la que todavía seguía viviendo. Entonces le aseguré que cada cosa llevaba su tiempo, y que recién ahora yo disfrutaría de los placeres que ella había relatado. Sin volver a contestar, empuño su inmenso paraguas, alzó al pequinés en brazos, arropándolo con su largo chal, y se perdió en la llovizna de la tarde. El viento filtrándose por las casi ya muertas hojas de los árboles y rompiendo ramas enteras engañó a mis duros oídos, que creyeron escuchar, por sobre el zumbido persistente, luego de unos minutos de haber partido la mujer, el lastimero ronquido de un perro, que mi imaginación no dejó de atribuir al de Castillo.

Pasé el resto de la tarde leyendo y, por momentos, volvía el terrible sollozo. Dediqué un rato, me cuesta admitirlo, a pensar un nombre para el pueblo. El anterior, el que iba a decirle a Juan, ya no me parece interesante. Creo que me dejé influir por las palabras de Amanda y que el nombre nuevo –que se me ocurrió esta tarde mientras escuchaba el ladrido gutural del perro y repasaba todas las esperanzas que alguna vez tuve en este pueblo– tiene mucho que ver con mi historia. No sería malo que el pueblo alguna vez se llame así. De cualquier modo, rompí el papel en el que había escrito el nombre elegido. Me da pudor anotarlo en este diario y no lo hago porque tal vez se me ocurra otro mejor, y entonces si lo escriba.

¡Golpean la puerta!

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 10.

El resfrío desapareció esta mañana. Aunque la lluvia no deja de ser constante, el frío amainó, reemplazado por una humedad insoportable que hizo que pudiera desayunar con la esperanza de trabajar. Estuve todo día sin mocos ni mareos, afrontando mis zumbidos con tranquilidad.

Alrededor de las nueve caminé a lo de Kaufman. Golpeé varias veces y nada. El Colorado habitaba una casa chica pero repleta de ventanas. Todas estaban cerradas. Al mirar por el ojo de la cerradura lo descubrí arrellanado en un sillón, con el mentón apoyado en el pecho y los pelos rojos alborotados y caídos alrededor de la frente. Pensé en el asesino y me di vuelta bruscamente. ¿Otro asesinato? ¿Kaufman?

El cielo seguía tan negro y las oscurecidas copas de los árboles apenas se movían, todo era tétrico pero inocente: no había nadie conmigo. Volví a mirar por el ojo de la cerradura. Kaufman estaba tapado con una manta y en su regazo abrazaba una botella. Pensé que era mejor dejarlo al pobre. Ya había oído que tenía algunos problemas con el alcohol.

Volví a casa y hasta el mediodía me dediqué a pensar. En mis tardes en la playa, en mi amor por un fantasma, en saberlo ya acabado. Sin embargo, todavía me sorprende y tortura que exista en el pueblo una mujer parecida a mi prima. Pensé en Martita y en la coincidencia de la maldición y el mal tiempo. También en Lorena, que es mi esperanza, la única mujer que puede ayudarme a olvidar todo. Porque ahora quiero olvidar.

Me dormí con la frente apoyada en la mesa. Más tarde, unos golpes en la puerta me despertaron. Dejaron de sonar mientras me acercaba y escuché uno tremendo, grave, que casi me arranca la puerta de cuajo. Miré por la ventana y vi a Kaufman parado afuera, con la botella en la mano. Lo vi mirar hacia la puerta, enojado, y entonces desaparecer. Otra vez el golpe. Me iba a tirar la casa abajo. Corrí hacia la puerta, la abrí y Kaufman irrumpió en mi comedor. Siguió de largo unos metros y cerca de la estufa se detuvo y me miró de arriba abajo.

Gruñó que le habían arruinado la vida. Le pregunté quién y por qué y me contestó que le había pedido la mano a una mujer, que lo había despreciado y que ahora iba a terminar sus días solo porque no le gustaba ninguna otra. El Colorado daba lástima, estaba al borde de las lágrimas y yo traté de calmarlo.

Entonces pasó lo increíble, terrible suerte la mía, mientras tranquilizaba a Kaufman se escuchó la voz tranquila y grave de Lorena que me llamaba. A Kaufman le cayó como un balde de agua fría, clavó la mirada en el piso, caminó hasta la puerta y salió. La miró de soslayo a Lorena y con bronca a mí y continúo alejándose, tambaleante, de mi casa.

Cerré la puerta y le pregunté a Lorena por qué se preocupaba tanto por mí. Ella sonrió, se ruborizó y dijo que no lo sabía. La invité a tomar mate y conversamos toda la tarde sobre el pueblo, las personas que habíamos conocido y las cosas que habían cambiado. Descubrimos que los dos no habíamos conocido a demasiadas personas y que nos gustaban las tardes soleadas y frías, también otras cosas que sé no debo escribirlas. Cuando la tarde mediaba y tuvimos hambre, decidimos dar una vuelta por el centro y visitar el restaurante. Lo que me gusta de Lorena es que con ella no es necesario andar vistiéndose bien. Bastó que me pusiera una corbata y un saco viejo para que dijera que yo estaba muy galán. Que queda claro que jamás voy a creerlo, pero conforta que una persona le diga a uno esas cosas. Traté de devolverle el cumplido, que no debería haberme costado mucho porque ella es hermosa a pesar de que muchos digan lo contrario, pero no pude. La espontaneidad se me escapa en cuanto abro la boca y de mis sentimientos sólo quedan estupideces.

En el restaurante ella tomó un chocolate caliente y yo un café con leche. Hacía tres años que no pisaba el negocio. Pude ver cómo los mozos se sorprendían al verme. Raúl le decía a uno, muy joven, algo en el oído. Después se acercó y me preguntó cómo andaba. Me di cuenta que quería que le dijese algo sobre el bergantín. Mi atención estaba concentrada en Lorena y el dueño del local no me pudo arrancar una palabra. La verdad que pasamos una tarde divertida hasta que llegó mi hermano. Los abalorios de la puerta se entrechocaron y Juan estaba ahí parado con el Ruso. Lorena se dio cuenta que yo estaba distraído y me preguntó por qué no saludaba a mi hermano.

El Ruso se sentó y Juan le daba el abrigo al mozo cuando me vio. Sonrió y se acercó, con el Ruso atrás. Me dijo que se alegraba de verme tan bien; qué bien que estaba acompañado y otras cosas por el estilo. A Lorena parecía encantarle el porte de mi hermano. El sí que hace acordar a la robustez de mi padre y tiene la misma voz grave y clara que usaba el viejo tanto para regañarnos como para leernos los cuentos del diario. Estaba mejor peinado que de costumbre y parecía haberse bañado en una fuente de perfume. Se notaba que una noticia había inflamado su orgullo y no tardó mucho en decirnos que los resultados de la última encuesta lo proclamaban como el candidato con más posibilidades de ganar. El Ruso sonreía, con esa mirada baja, rastrera, que a mí siempre me molestó. No importa que el Ruso esté triste, contento, le peguen un tiro o gane la lotería. Siempre los párpados parecen pesarle y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

Antes de volver a su mesa, mi hermano me preguntó si había pensado un nombre para el pueblo. Mi respuesta fue un irónico sí. Iba a decir el nombre cuando me arrepentí y le dije que le había tomado el pelo. Yo no perdía el tiempo con esas pavadas. Sonriendo a Lorena, contestó que podía darse cuenta y se retiró. De cualquier modo, el nombre no le hubiera gustado.

Estábamos hablando con Lorena sobre su primo, que había embarazado a una vecina que no llegaba a trece años, cuando noté que mi hermano no tomaba su café ni contestaba lo que el Ruso le decía. Estaba preocupado y buscaba mi mirada como para interrumpir la conversación. Entonces levantó la mano y me preguntó si podía molestarme un minuto. El Ruso se levantó para ir al baño y yo, luego de disculparme ante Lorena, me senté frente a mi hermano.

Me convidó un cigarrillo, como si no supiera que no fumo, y dijo que le gustaría que dejase de vender gansos, que había otras cosas más interesantes para hacer. Quería que me dedicase a escribir, a contar cuentos como los que yo siempre había leído. Mi respuesta fue que se quedase tranquilo porque no iba a vender gansos nunca más, pero que por otro lado no iba a perder el tiempo escribiendo. Tenía ganas de hacerlo enojar.

Agregó que no sería perder el tiempo porque él me pagaría por cuentos que honraran el pueblo. Como yo no contestaba dijo que si eso no me gustaba entonces había un puesto de maestro vacante en el colegio. Había hablado con la directora, que le aseguró que no habría problemas con el nivel de mis estudios; sólo me tomaría un examen elemental. Asentí y al ver al Ruso de pie esperando cerca de la puerta del baño el fin de nuestra conversación, me levanté y volví a mi mesa. Ellos siguieron hablando y yo pagué y salí del restaurante, por primera vez en mi vida, de la mano de una mujer.

Ahora creo que mi hermano no quería que yo siguiese vendiendo gansos porque así rondaba el barrio residencial. No me basta el motivo de la apariencia, si realmente nunca quiso que vendiera gansos no me hubiese recomendado a Kaufman. Hay otras cosas raras: ¿por qué teme que yo me acerqué al barrio residencial, su barrio?

¿Es que engaña a su mujer y teme que lo descubran? ¿Habrá encontrado un nuevo amor en la joven parecida a mi prima? No me olvido de aquella tarde en que rondaba como un loco en su coche espiando quién sabe qué cosa. Mi hermano está muy enamorado de la candidatura, pero cuando se trata de mujeres sé que los hombres somos capaces de caminar con las manos. No me interesa escribir cuentos para subsistir. Sí me parece razonable lo del colegio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 9.

El primer descubrimiento del día fue al despertarme: tenía un resfrío tremendo. De todas formas, fui a buscar más gansos y cumplí la jornada. La tarde pasó sin que el resfrío me hostigase el ánimo. Caminé mucho bajo la lluvia —que amainó un poco; hoy fue una llovizna persistente y fría—y siempre sintiéndome muy bien. Después de la cena me empezaron a zumbar los oídos. Estos zumbidos me comenzaron a molestar a los veinticinco años, son constantes aunque de intensidad variable. El médico los llamó zumbidos catastróficos. Y como tales, no los podía tolerar, a pesar de que los enmascaran los audífonos un poco porque fijan mi atención en otros sonidos, me cobijé en la cama, sin las lombrices mecánicas en los oídos, claro, que quedaron en la mesa de luz, y me dispuse a escribir lo que pasó esta tarde concentrandome en la escritura y no en lo que una vecina del pueblo llamó hace poco como “el ruido maravilloso del universo en tu cabeza”. La mujer, que no tenía ninguna maldad sino explicar algo que no entendía, me causó gracia con su percepción del tinnitus. Yo, que ya no recuerdo como es no oír nada, porque a pesar de que no entiendo muchas palabras, ni oigo la lluvia, estas sibilantes compañeras que tocan el arpa en mis dos orejas, nunca me dejan. Nunca podré decirle como Elías a Acab: Levántate, come y bebe, porque ya oigo el sonido de lluvia fuerte.

Pero qué bello también es soñar voces, me ha pasado, y se escuchan sin el zumbido, sin el ruido del universo como si no existiera ni el ruido ni el universo, incluso voces de personas que ya no están. Cristalinas, uno se despierta luego como si le hubieran dado una ducha caliente en una bañera o le hubieran lavado la cabellera alguna ninfa o ogresa imposible. Mejor no pensar mucho en el acúfeno, zumbido, tinnitus o como quieran que lo llamen en esta vía láctea. El trabajo es trabajo. Como llenar una página donde soy, más o menos, libre.

El de vender gansos requiere cierta táctica. Se trata de hacer lo mismo que los agricultores con el campo: rotar los cultivos y dejar descansar el suelo. Sabía que no convenía vender en el barrio residencial hoy porque había vendido ahí antes y todos ya habían comprado sus gansos. Entonces, me encaminé al centro comercial con la esperanza de concretar dos propósitos: vender las aves y ver a Lorena.

Rosa salió de su negocio en la galería y me compró un ganso. Don Mario detuvo su bicicleta y me pidió otro. Estuve parado una hora en una esquina, bajo el alero de un quiosco, ofreciendo gansos a todos los que pasaban pero no vendí ninguno más. Me disponía a irme cuando vi pasar a un anciano alto, de copiosa y encanecida barba. Llamaba la atención la roña que tenía. Su cara parecía frotada con hollín y su traje atacado por una jauría de perros rabiosos. El hombre avanzaba rápido y a sacudones, como molesto por las personas que pasaban a su alrededor. Jamás lo había visto.

Me interesó lo que llevaba. Los dedos finos y largos de su mano izquierda se cerraban en torno a un brillo que me pareció conocido. Nada más puedo decir. Entreví ese brillo y decidí seguir al viejo. De cualquier manera, yo debía ir para el lado que él había tomado. Eran las cuatro y Lorena debía estar por abrir la panadería.

Lo vi tomar una manzana y masticarla. También pararse en una peluquería y mirar con persistencia al barbero mientras atendía a un cliente. Al llegar al negocio de antigüedades se detuvo bruscamente y entró. Esperé un momento y lo seguí.

Don Humberto le estaba entregando dinero, no pude ver cuánto porque mi interés se concentró en un objeto que el dependiente guardó bajo el mostrador. Yo había dado unos pasos, asombrado por lo que había visto, cuando el hombre me rozó el hombro y salió de la tienda tan bruscamente como había entrado. ¿Era posible que el viejo hubiera vendido un medallón, uno que tenía dos unicornios que se enfrentaban en un salto? Eso fue lo que me pareció ver en las manos del anticuario.

Es más, estoy seguro que eso fue lo que vi. De otra manera me hubiera atrevido a pedirle a don Humberto que me mostrara su reciente adquisición. Creo que al abandonar la tienda tuve demasiado miedo de confirmar lo que ya sabía. Tal vez pueda volver a la casa de antigüedades, pero sé que siempre voy a tener preparada una excusa para no ir. A veces creo que existe en mí una especie de perversión en ese sentido. Las dudas que alimento se convierten con el tiempo en misterios, corroborados por otras circunstancias dudosas, y creo que son la más deliciosa tortura que un hombre puede enfrentar. Es extraño también saber que esos misterios se pueden resolver con una pregunta, una visita en un día cualquiera, pero más extraño es todavía tener al mismo tiempo la absoluta seguridad de que el tiempo pasará y que nunca me animaré a ese alivio.

Más allá del medallón, la verdadera respuesta desapareció en la calle. Cuando salí, el viejo ya no estaba y el viento sopló en mis oídos una pregunta. ¿Quién si no Castillo, el vengador, el asesino, era ese viejo que tenía el medallón? ¿A quién otro se lo había visto desde aquella tarde tormentosa en la playa?

Desde que la embarcación apareció no me tropecé más que con preguntas. La verdad debe ser tímida y cómoda, nunca sale de su casa, pretende que siempre la sorprendamos con una visita. Pero sólo me atreví a molestar a la hija del panadero.

Dejé la caña con los gansos apoyada contra la pared de la panadería. Lorena salió con una bolsa en la cabeza para no mojarse y me dijo que había rechazado a Kaufman y que lo único que quería era divertirse a la noche. Me acordé que los martes después de las siete en el cine hay teatro. La cartelera anunciaba “Las nueve tías de Apolo”. Lorena aceptó acompañarme, y me dio un beso en la mejilla.

Sólo una vez en la vida me emborraché. No sé por qué pero al enfrentar las calles mi cabeza daba vueltas como si hubiera bebido demasiado. Ya aquí me di cuenta que no era sólo mi enamoramiento: el resfrío me había abrazado y tenía fiebre. Así y todo, a las ocho arrostré la lluvia y le avisé a Lorena que no podríamos ir a la función.

“Loco”, me gritó, “no vamos a salir porque estás enfermo y me lo venís a decir todo mojado” Salió con una manta, un paraguas —yo llevaba ese cuero que encontré en un galpón— y me envolvió y me acompañó hasta mi casa. La invité a entrar y se negó diciendo que tenía que hacerle el café a su padre. Postergamos la salida esperando que mi salud mejore el sábado.

Ya aquí, releí este diario desde el comienzo y me pregunté qué clase de peces abisales micróscopicos nadaran en el café oscuro y tibio de Don Trefe. Me dije que el padre de Lorena, tan amante de la oscuridad, bien podría ser el primer sospechoso de una novela de detectives. Y su hija como sus queridos peces de las profundidades aprendió a brillar con luz propia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 8.

¡Todo el día lloviendo! Las bolsas no sirven para cubrirse de la lluvia, los paraguas me son incómodos para trabajar. En el galpón descubrí un cuero viejo que era lo que necesitaba.

Kaufman estuvo muy contento con la venta. Antes de irme, me preguntó, como tantos otros por estos días, si sabía a qué partido iba a votar. Acompañó la pregunta con una sonrisa que me hizo entender que se refería a que yo era el hermano de uno de los candidatos. Respondí que votaría a mi sangre, pero que no entendía nada de política.

Me llevé seis gansos más del rancho de Kaufman. Cuando llegaba a mi casa escuché que me llamaban. Al darme vuelta casi me golpeé la cara con un ganso al ver a Lorena sentada al pie del sauce. Me esperaba porque necesitaba mi opinión sobre un hombre que la había invitado a salir. Apoyé la vara en el tronco del sauce –me di cuenta que debía parecer un espantapájaros con esa caña sobre el hombro– y le contesté que no podía hablar de un hombre que no conocía. Ella sonrió y dijo que sí lo conocía. No era otro que Roberto Kaufman.

Comenté que mi jefe tenía un temperamento ambiguo, o era tranquilo como los gansos muertos que me entregaba o hacía honor a su cabellera roja. No podía mentir y decirle que me parecía un buen hombre. Lorena río y dijo que ya lo sabía. Que había aprendido a conocer a los hombres apenas los veía. ¿Entonces qué pretendía?, pensé y pregunté. “Es que hay pocos como usted”, fue la respuesta. Y a paso rápido se alejó por el camino.

Dos certezas me torturan. La primera es que estoy seguro que Lorena quería que la alcanzara, la segunda que soy más cobarde que tonto. Todo lo demás es incertidumbre, sospecha. No me atrevo a relacionar este interés en mí de las mujeres, que me obviaron siempre, decían que estaba loco (me veían lejano, en mi mundo, como un idiota) con la fosa profanada, la probable maldición y la lluvia incesante.

Después de vender cinco gansos me acerqué a la calle setenta. En la vereda de la casa en la que había visto entrar a la chica parecida a mi prima un anciano regaba, bajo un inmenso paraguas, las flores de un cantero que rodeaba un arbusto. Esto era totalmente incomprensible. Seguía lloviendo a cántaros y este hombre con un regadero de chapa fustigando a los pobres crisantemos amarillos. Al pasar lo miré de lleno. Antes había pensado en ofrecerle el último ganso, pero el hombre parecía tan absorbido en su labor que resolví no molestarlo. Alcancé el final de la cuadra y me volví. El viejo seguía ahí, esperando quizá que el regadero se vaciase para volverlo a llenar con toda esa lluvia. ¿Será familiar de la mujer parecida a mi prima?

Cuando tengo una duda me concentro tanto en ella que pierdo el rumbo. Así es cómo resuelvo los problemas simples y los no tan simples.

Caminé un buen rato cavilando y luego pensé que sería bueno acercarme a la comisaría para preguntar si había noticias sobre el asesinato de Martita.

Encontré a Falcón recostado en un sillón de pana en su despacho, leyendo con avidez un informe. El sillón no es lo único nuevo, una lámpara de fastuoso pie lo alumbra, parece de marfil, tallado con cuatro pisos alternados de elefantes y mujeres desnudas, extrañamente las últimas sostienen a los primeros y todo termina en cuatro patas de elefante por base, y una alfombra persa completa el mejunje. Sobre el escritorio brilla una máquina de escribir. Lo felicité por el cambio.

Contestó que hacía tiempo que lo necesitaba. Luego hizo, como siempre, un chiste referido a la vara que llevo. Le retribuí preguntándole si quería comprar el último ganso. “Las aves me caen muy mal, querido Miguel”, respondió Falcón. Agregó que especialmente después de leer los resultados de una autopsia. Le pregunté a qué se refería. Obviamente, contestó que a la de Martita.

Antes de contarme lo que había leído, me pidió que dejara la vara con el ganso en la otra oficina, no fuera cosa que ensuciara con su sangre su alfombra nueva. Después escuché el crudo relato del informe forense.

La autopsia había revelado que antes del cuchillazo en el pecho el asesino la había herido en los genitales. Intenté alejar la imagen que Falcón evocaba con sus palabras, que fueron muy descriptivas. El comisario sentenció que la autopsia probaba que el asesino era un psicópata y que era muy posible que volviese a matar.

Volví a casa en la oscuridad y miré tanto a los costados que no pude evitar resbalar dos o tres veces.

Si la tormenta sigue se perderá toda la cosecha. Los agricultores, como los pescadores, tendrán que buscarse otro trabajo.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Hoy (ayer) rodeé el cementerio de Recoleta, un guitarrista cantaba Aleluya (Hallelujah), de Leonard Cohen, pegado a la pared del cementerio, di una vuelta, caminé un poco más, y una violonchelista tocaba Aleluya de Leonard Cohen, más pegada a esa pared que guarda lo que no se puede guardar. Más tarde, salí otra vez, caminé por Corrientes y una vocalista cantaba Aleluya, de Leonard Cohen. La cuarta, la quinta, la menor cae y la mayor aparece… dice. El mundo, a veces, es difuminante, imitativo. Estas cosas van más para la entropía y una novela de Thomas Pynchon que para la realidad. Pero parece que la realidad imita al arte a esta altura de los años y los siglos. Y por eso hacemos cosas. (Y también por eso no las hacemos, un poco de amor es necesario, empatía -palabra que repiten y yo también-, reconocer, dejarse ir, hemos perdido el camino a lo irreal que es lo que nos hizo seres humanos)

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 6.

Falcón me mandó a llamar para que dé el testimonio de lo que sabía sobre Martita. En la comisaría, mientras un ayudante escribía a máquina, pude escucharme relatar lo del teléfono y la espera. Mi mente estaba en otro lado, recorriendo junto a Malva el sendero que conduce al lago. No sé cómo me pasan estas cosas, pero tiendo a distraerme del mundo demasiado seguido. Más tarde, mientras dejaba la comisaría, tropecé con la razón de mi ensueño.

Recordé lo que ayer soñé. Estaba en el fondo de mi casa en el amanecer, y veía a muchas personas que entraban y se ponían a conversar. Entre ellas estaba Malva, pero apartada y con cara de aburrida. Yo trataba de acercarme a ella y sólo me alejaba. Un paso adelante significaba varios hacia atrás en ese sueño. No recuerdo dónde lo abandoné, sólo un insoportable difuminar de la figura de Malva hasta el vértigo.

El sabor que nos dejan los sueños se adueña de las impresiones del día. Nuestro carácter está dominado por las experiencias oníricas de la noche, somos caballeros o desatentos, esperanzados o tristes, osados o pusilánimes, geniales o absurdos según lo que hayamos soñado. Lo soñado nos lanza un velo, imposible de evadir, que filtra la realidad.

Caminaba hacia mi casa con el velo que me impedía asir la realidad. Mientras oscurecía, las calles vacías eran más hermosas que las conocidas y cada paso que daba extrañaba aún más mi entorno. De repente, mis ojos se humedecieron ante la ventisca fría y las hojas se reunieron alrededor de mis zapatos. Me vi súbitamente detenido por el remolino de hojas, que se alzaba hasta mi cintura. Y, mientras me agachaba para dispersarlas, fui tragado literalmente por ellas.

De la oscuridad me vi lanzado a otra calle, tal vez otra noche, donde una mansión se levantaba. La reja de la entrada, abierta, invitaba a transitar la senda circundada de arbustos que terminaba en una escalera de mármol. Mientras subía con el objeto de alcanzar una inmensa y oscura puerta de madera, en cuyo centro un león mordía eternamente una argolla resbalé.

Al abrir los ojos, la punzada en la frente era insoportable. Mi sangre brillaba en el escalón. Desde allí pude ver cómo, delante de los cactus largos del jardín delantero, dos chicos me señalaban y reían.

Iba a levantarme para enfrentarlos cuando las hojas que pisaban los chicos se izaron en el aire y volaron hacia mí, envolviéndome en el acto y devolviéndome a los verdaderos caminos de este mundo, a las calles de mi pueblo.

Por lo visto, había entrado en el ensueño bruscamente. Debo reconocer que, después, al cruzar la calle, sentí una especie de escalofrío ante un pequeño remolino de hojas que había delante de un sauce.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo que lean esa enorme novela que es Más que humano, de Theodore Sturgeon, escritor de otro género que este libro, pero que no se nota, me gusta cuando el género no se nota, precedió a Bradbury y otros admirados, pero la humanidad, la sensibilidad, y el talento de Sturgeon se lee en cada párrafo de Más que humano. Y, más que nada, gracias a la persona que me la recomendó.

El nombre del pueblo. El nombre. 5.

Dudo que logre escribir esta noche. Pero es la única manera de volver a mí. Si termino esta página tal vez recupere mi templanza; de lo contrario, estas notas testificarán mi perdición. Referiré los hechos tal como ocurrieron.

El día amaneció tan oscuro como el anterior. En el camino a la comisaría volvió a llover a raudales. Al entrar encontré a Falcón leyendo el diario. Murmuró que no le contara a nadie dónde habíamos cavado. Si los pescadores se enteraban de lo hicimos nos colgarían: la tormenta había impedido que los más valientes se embarcaran.

Falcón estaba muy nervioso y no hice bien en recordarle lo que habíamos firmado en el cementerio. Me dijo que ese papel no servía para nada y que él no era supersticioso. Dijo que lo que pasaba era extraño pero que todo en el mundo lo era. Dios sabe que iba a preguntarle por Martita cuando sonó el teléfono.

El comisario atendió y vi cómo su cara se transformaba. La voz en el teléfono sonaba aterrada y los gritos llegaron hasta mí. Al colgar, Falcón se puso el camperón que tenía colgado en la silla y llamó a un tal Marcelo, que apareció tranquilo por una de las puertas que dan a los fondos. Yo miraba azorado y no me animaba a preguntar qué pasaba. Falcón le dijo al oficial que Martita estaba en peligro. Alguien la perseguía en la calle catorce. Corrieron a la patrulla y me dejaron solo.

Estaba en el umbral de la comisaría, mirando la lluvia, escuchándola –antes de que me pusieran las prótesis auditivas no podía escucharla–, protegido de la ansiedad que el llamado de Martita me había producido gracias a la curiosidad de mi oídos, que intentaban absorber sonidos nuevos interesantes y descartar otros superfluos y molestos, como los bocinazos de los choches que pasaban, cuando el teléfono volvió a sonar a mis espaldas.

Me acerqué lentamente y esperé que algún oficial apareciera. Temo atender el teléfono porque el audífono no me permite entender bien y no sé qué contestar. Descubrí que es mejor quitármelo para mantener una conversación normal en lo posible. Aunque siempre me han dado algo de miedo los teléfonos.

Miré la habitación y me di cuenta que no había nadie en ese edificio. Me quité el audífono derecho y atendí, pero un segundo antes el teléfono dejó de sonar.

Pasé un rato largo sentado en un escalón de la entrada. La lluvia fue amainando. Las gotas habían dejado de caer cuando vi perfilarse a la patrulla. Detrás venía una ambulancia. Falcón se bajó y cuando le pregunté qué había pasado me contestó algo que no logré comprender. Volví a preguntar. “Nos la mataron”, había dicho.

Mientras bajaban el cuerpo para alojarlo en la morgue le pregunté cómo había sido. Me tuve que enterar, entonces, de los terribles pormenores.

La habían apuñalado por la espalda. La encontraron muerta junto a un teléfono público descolgado mientras la lluvia lavaba las huellas de sangre. No había rastros del asesino. Sólo puedo agregar que Falcón espera que la autopsia nos ayude.

En el vacío al que me dirijo vive la locura, que se codea con su amiga: la casualidad. Si no qué otra cosa pudo hacer que ignore para siempre lo que Martita quería decirme.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 4.

¡Qué día! Nunca vi llover tanto.

No entiendo por qué salí si sabía que Kaufman me iba a echar a patadas. Dos días sin presentarme. Me miró como si fuera la muerte y dijo que me quedaba sin trabajo. Gritó que yo era un tonto, un desgraciado, vago, estúpido, inservible, idiota, inútil y otras cosas más. No pienso acercarme a esa granja nunca más ni por casualidad.

Volví empapado y mientras mateaba golpearon la puerta. Me acordé del día y pensé que era Amanda. Hoy no estaba de ánimo para eso.

Pero no era ella. Al abrir la puerta me encontré con Martita o mejor dicho con su paraguas. Lo cerró mientras me preguntaba si podía pasar.

Le convidé mate y hablamos pavadas del tiempo, de la preocupación de que hubiera otro remolino de hojas. Asociamos la tormenta con la maldición. Temimos que la nube hubiera llegado para quedarse y que la oscuridad fuera eterna. Repentinamente, me preguntó si seguiría esperando a Malva. Miré sus ojos negros y no contesté. Sabía que tenía que hablar pero no pude. Entonces dijo que tenía que contarme algo importante, pero que antes yo debía jurarle que no le diría a nadie que ella me lo había dicho. Martita iba a hablar, cuando escuché unos rasguños en la puerta. Me preguntó por qué ponía mala cara. Le dije que esperaba a alguien. Que debía irse y que podía contarme eso en otro momento.

La dejé salir por la puerta que da a la huerta y le abrí la principal a Amanda. Estaba empapada e intenté no mirar sus senos que casi se le escapaban de la camisa. Hablé más de lo común: le pregunté por su paraguas. Contesto que tenía calor y que estaba bien mojarse.

Cuando se fue Amanda, me acordé de Martita y tuve una linda sensación.

Por primera vez en mi vida había entrado una mujer de verdad en mi casa. Es extraño que ella, una mujer tan delicada, ande con ese uniforme. Quiero decir que no parece una mujer para ese tipo de vida.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 2.

Falcón me invitó a reunirme con él en la comisaría para poder transcribir el manuscrito antes de entregarlo al estudio de los expertos de la Municipalidad. Dejó claro que era un favor que me concedía por mi consabido interés en el tema.

El mate que cebaba era un mate de policía. Los paraguayos largos que flotaban me dieron ganas de que la pava se vaciara pronto. Me prohibió que tocara el manuscrito antes de haber tomado, por lo menos, cinco mates. Al sexto, dijo que podíamos empezar, que su estómago ya estaba caliente.

Abrió el cuaderno, lo hojeó y me lo pasó. Señaló una máquina de escribir antigua y me ordenó que lo transcribiera. Comencé a hojear el diario y Falcón se disculpó porque tenía otros asuntos que atender. Se llevó la pava y el mate y cerró la puerta de la oficina.

No pude contener mi emoción y ataqué el cuaderno con mis dedos, que temblaban mientras corrían por la hoja. Tuve una desilusión: el diario era muy corto y no daba suficiente información sobre el carácter de Malva. En dos horas había terminado el trabajo encomendado. Las tristezas de Malva llenaron veinte hojas mecanografiadas en mayúscula. Transcribo el resumen que pensé mientras volvía a casa y que releo en mi memoria desde que llegué.

Malva relata el abordaje al bergantín San Tormes y su tristeza al contemplar cómo se alejaba de su patria. Hace referencia a nuestro pueblo y a encontrarse con gente de su sangre. Dedica dos páginas a don Hugo, su tío, el capitán del que me habló mi madre, recalcando lo bueno que era y expone las aventuras fantásticas que le contaba, en las que él era una especie de intrépido explorador. Malva creía todo esto, que le hacía olvidar su terrible destino.

Eran amables y divertidos. Malva jugaba con los dos chicos de los Gracián. Eduardo, de chispeantes ojos negros y risa contagiosa y Josefa, cuyos apacibles ojos celestes hacían recordar los de su madre y, a pesar de que una deformidad en la planta del pie izquierdo la condenaba a renquear de por vida, su carácter alegre al señor Gracián.

En el segundo día de viaje Malva jugaba con Josefa en cubierta cuando advirtió que un hombre la espiaba entre las mantas con que se tapaba para dormir. Al hombre ya lo había visto acercarse lentamente a ella y dudar en el último momento, como si quisiera abordarla pero un lazo invisible se lo impidiese. Dormía sobre cubierta como los demás y, a diferencia del resto, llevaba un extraño acompañante: un perro del que sólo se veían los pelos negros que sobresalían de la manta con la que lo arropaba. Este animal no se movía nunca. Sólo cuando el pasajero extraño lo acariciaba se oía un lastimero ronquido, una especie de gruñido agónico, que los demás tripulantes no sabían si atribuir al perro o al hombre. Después de pasarse un rato apaciguando a la mascota, el hombre agarraba un cuaderno y se ponía a escribir con inusitado fervor. Los ojos de Malva se encontraron de nuevo con los del extraño esa tarde y ella reconoció un fulgor que sólo había visto una vez: en los ojos de un violador a punto de ser ahorcado en una plaza. Cuando le confesó a su tío lo que temía, el capitán comentó que sus peores sospechas se estaban confirmando.

Don Hugo interpeló al hombre y al volver estuvo meditabundo toda la tarde. Al anochecer mi prima lo vio conversar con su ayudante. Esa noche la habitación de Malva estuvo custodiada por dos hombres a los que el capitán Hugo había dado una suma generosa de dinero. Ésta fue la causa del desvelo que mantuvo a Malva pegada a la ventanilla que daba a cubierta.

Pasada la medianoche vio que dos sombras se acercaban a los guardias y les hablaban en murmullos. No pude entender lo que decían pero reconoció a su tío y al ayudante. Al terminar de hablar el capitán se dio vuelta y fue directo a proa acompañado por los tres hombres.

Rodearon al sospechoso que dormía en cubierta con el perro y uno de los hombres le pegó una patada en el estómago. El perro chilló e intentó escaparse. Era una bola de pelo flaca con un hocico puntiagudo y uñas largas y afiladas. Malva pensó que era una rata gigante.

Los otros dos hombres, con la ayuda de don Hugo, arrojaron primero al perro al agua y luego lanzaron al hombre. Recién cuando los gritos de socorro del pordiosero cesaron, Don Hugo le explicó a Malva que era el hombre que había jurado vengarse y que estaba en el barco para matarla. Mi prima lloró toda la noche.

El diario sufre aquí una interrupción de diez días y cuando se reanuda mi prima parece otra. El relato es ahora el de una persona obsesionada con la personalidad de su verdugo. Dice que pudo sonsacarle a don Hugo las últimas palabras del vagabundo mientras se ahogaba. Fueron: ¡Seguirá! ¡La venganza seguirá!

Días después, una mañana Malva paseaba por cubierta cuando Josefa se le acercó. La cojera de la chica se había intensificado tras el incidente con el vagabundo. Los gritos agónicos del hombre le habían estropeado los nervios. Josefa sonrió y le dijo que había algo que sólo ella tenía en el mundo. Malva, como es común en estas situaciones, le siguió el apunte. Entonces se dio cuenta que la chica hablaba en serio y que creía poseer un gran secreto. Josefa quería que Malva le prometiese que si se lo mostraba no se lo robaría. Malva juró y la chica salió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno. Se lo tendió a mi prima, advirtiéndole que era de su propiedad. Malva lo hojeó.

Estaba escrito en imprenta, en letras de trazos gruesos, como si el escritor repasara las letras con el lápiz. El autor no era otro que el vagabundo.

La pluma de mi prima transcribe las palabras de ese diario. Primero nos cuenta que hizo un trato con Josefa. Si le entregaba el diario ella le regalaría un anillo. Anillo que tenía engarzada una piedra roja, tan brillante como falsa. Malva le aseguró que bajo la piedra vivía un duende, también rojo y brillante, que se ocuparía de que Josefa fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi prima se arrepintió de haber dicho lo último. Recordó que en estas promesas suele haber siempre algo de verdad, que las monedas aparecen bajo la almohada por el favor de los padres a cambio de los dientes perdidos, y que una niña que no cojea siempre puede transformarse en una bella mujer.

El vagabundo firmó una de las entradas del diario con el nombre de Castillo. El hombre contaba su vida. Era huérfano, se había enamorado de una pastora, a la que había perseguido noche y día, hasta que en una fuente le declaró su amor, al hacerle descubrir un anillo de oro posado en el fondo, que lo había arrojado él con el propósito de regalárselo. Para asegurarse un oficio y formar una familia, fue aprendiz de herrero durante cinco años. Luego describe su casamiento y el nacimiento de su hija única, a la que adoraba tanto como a su esposa. Los trazos gruesos terminaban el día que el padre de Malva mató sin querer a su hija y comenzaba de nuevo, con ligeras variaciones, como si el hombre quisiera recuperar su felicidad al escribirla una y otra vez. La letra se va haciendo más chica mientras menos hojas le quedan, hasta que es casi ilegible su repetición de su tragedia y felicidad.

En los márgenes del diario, anotaciones onomatopéyicas. Amenazas. “Te mataré, joven virgen, y todas las que me recuerden a ti conocerán el filo de mi puñal”.

Otra. Mi puñal será como los relámpagos, que una y otra vez vuelven a hundirse en la misma nube. Y la siguiente, terrible: “Polvo nuevo serás en la nueva tierra”

Malva se apiada del alma del asesino. Recuerda que era un padre deshecho por la muerte de su hija. Pero en otra página anota que la tenía preocupada la desaparición en su camarote de un retrato suyo. Cree que Castillo abordaba el bergantín en las noches y que en una de sus visitas se lo sustrajo. Más adelante escribe que guardaría su diario en una de las cajitas de oro que había en el camarote del capitán. Si algo le ocurría, entonces las personas que la esperaban en su nuevo hogar sabrían la verdad. De ahí en más, aparecen dos anotaciones.

Una describe la inesperada muerte del señor Gracián de un infarto. El cuerpo fue encontrado en cubierta y las facciones desencajadas hacían suponer que había visto algo que lo sorprendió. La otra, exhibe, con trazos apurados, los temores de que Castillo no hubiese muerto. Después, páginas en blanco.

Ahora sé quién era el hombre que vi ese día en la playa. La sangre que humedecía el puñal no era otra que la temida. Ignoro cómo pudo saciar su venganza. Imagino que habrá nadado hasta nuestras costas y allí los habrá esperado. El estuche encadenado al mástil debió haber sido la estrategia de mi prima para evitar que el fantasma de Castillo, que ella creía que entraba por las noches en su camarote para extraerle sus pertenencias, le arrebatara el diario.

Mañana hablaré con Falcón. Le pediré que me acompañe a revisar una de las tumbas del cementerio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 1.

Saccopharynx es el nombre de un pez, parecido a una anguila, que vive en las profundidades abismales de los océanos. Son casi ciegos, sus ojos están muy poco desarrollados porque viven en la oscuridad. Es raro que Don Trefe no lo tenga en sus vidrieras.

Lo descubrí hojeando una enciclopedia hace unos días y soñé varias noches que era uno de estos peces. Era insoportable tener tanta agua sobre mí y estar ciego en esa profundidad. El océano clavaba sus uñas en mis escamas para hundirme más y obligarme a otros cambios físicos relacionados con la evolución. Me volví más finito y mis ojos brillaban en la oscuridad. Luego me transformé en una ballena, grande y blanca, y sentí que me cansaba pero ya no me acuerdo.

¿Cómo será el cansancio de las ballenas?

Yo no estoy ciego. Pero me fui quedando sordo. Hace un año que el doctor López, otorrinolaringólogo, se dio cuenta del error que cometió el fallecido doctor Roitman. Decía que mi problema tenía que ver con un nivel de autismo. En cambio, mi sordera congénita era progresiva. Me pusieron unos audífonos, que bien podrían ser peces abisales por su forma agusanada.

Cuando me los quito a la noche, en mi mesita de luz, los agarres para la orejas de plástico parecen querer estirarse como si fueran la extensión de lombrices acuáticas y buscaran la manera de volver a su medio idóneo. Mis orejas.

El día que salí de la consulta, con los aparatos pagados por mi hermano Juan, repasé mi vida. Mi personalidad estuvo signada por la falta de tratamiento para mi problema. ¿Qué podía esperar en un pueblo como este? En Obel hubieran dado con la solución para mi mal mucho tiempo antes. López había consultado con médicos del pueblo para construir mi diagnóstico.

Ante el médano que tantas veces había subido, sin animarme a dar un paso súbitamente me encontré en una encrucijada. La espera fue un espejismo al que me fui acercando cada vez más. Lo sabía. Pero los espejismos son fenómenos reales. Suceden por algo. Empecé a entender quien era, a ver lo que había atrás de los médanos y no adelante.

Comprendí mi aislamiento.

Me vi de chico, en el colegio, estirando el cuello para poder leer los labios de los profesores. No entendía bien lo que pasaba alrededor. Las bromas de los compañeros. La burla de uno que me decía que me acercaba demasiado a su cara cuando hablábamos en el recreo. En las salidas con Juan y sus amigos, me abstraía mirando el paisaje. De cualquier modo, por las palabras que agarraba al vuelo, sabía que ellos comentaban sus hazañas deportivas y criticaban o alababan a determinadas mujeres.

Yo siempre en mi mundo.

¿Fui egoísta, terco, obsesivo por iluso? como decía mi hermano, Juan, como siempre decía y repetía cuando me difamaba adelante de otras personas hasta que lograba que mi mirada se clavara en otro lado, en el suelo que aún en invierno parecía menos frío que él. ¿Es por culpa de mi sordera o mi sordera una consecuencia de mi carácter?

Él me daba a entender que yo no servía para alguna cosa u la otra. Sólo para lo que a él le convenía.

Para él yo no daba resultados.

Lo tengo en claro. Aunque ya no era lo mismo para mí, seguí cruzando el médano y sentándome en la playa. Después de todo, era lo único que sabía hacer.

Y hace unos días, cuando ya no esperaba nada, encontré los restos del barco. La costumbre de repente es perserverancia.

La costumbre inútil de repente es perserverancia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.