Mi historia (actualizada)

Mis audífonos nuevos

Mi historia

Nací en una clínica del barrio porteño de Once. Al otro día, mis progenitores me llevaron a Lanús, Villa Caraza, donde viví hasta los veinticuatro años.

Nací mal. Debí nacer el 20 de octubre de 1977, pero por un retraso sin solucionar en el embarazo, salí al mundo con parto asistido por forceps el 28 de octubre (del mismo año, por suerte)

En la ficha de mi nacimiento dice: Depresión Neonatal.

Esto quiere decir que nací con un problema congénito. La hipoacusia (sordera) congénita significa que fueron por causas no hereditarias si no por problemas en el momento de nacer. Eso es lo que tengo ahora y lo que siempre tuve: Hipoacusia (sordera) congénita bilateral. Así, por lo menos la llaman los médicos. Pero el camino a obtener un cuidado y un certificado de discapacidad fue largo: recién a los 36 años pude poner en orden ese aspecto médico. Costó bastante.

En el nacimiento tuve asfixia, condición que se llama hipoxia isquémica perinatal. La neonatóloga le dijo a mi madre que podía ser que su hijo, o sea yo, escribiera por debajo del renglón en el colegio. Eso no pasó, pero sí tuve una de las consecuencias de ese tipo de nacimiento que es: alteraciones auditivas (sordera, se mueren las células ciliadas del oído por lo que se sabe hasta ahora, o por lo que sé y me dijeron)

Nunca escribí por debajo del renglón y, cómo verán, la escritura siempre fue uno de mis fuertes.

Siempre escuché mal y me apoyé en gestos, el pizarrón, otros de al lado, lo que fuera, para estar a la par de los demás.

Nací mal, sin llorar. No sé cuántos segundos fueron.

De chico, recuerdo imágenes de los dibujos de la televisión, pero cuando me junto con amigos de mi edad, ellos pueden recordar nombres de los personajes y otros detalles auditivos que yo no recuerdo ni nunca supe. De hecho, mi programa favorito era La Pantera Rosa. Desde chico que me fascinan las imágenes.

Ya en el colegio secundario, bromeaban de que yo era como Forrest Gump (Run Fares, Run; me decían, no los juzgo, me causa gracia) y compañeros de otros cursos me preguntaban por qué me acercaba tanto para hablar y giraba mi cabeza en un ángulo de 45 grados. Solía evitar el recreo, la reverberación de ese techo de chapa hacía que escuchara peor a los demás.

Igual, nunca entendí bien lo que decían los demás. Un cincuenta por ciento llegaba a mis oídos. Y ese cincuenta por ciento o menos, es lo que me permitió ser hipoacúsico poslocutivo. Nunca escuché bien mi voz. Siempre fue como estar en una caja (como pueden ver en los videos de El hombre lámpara que hice en YouTube; soy yo con una lámpara en la cabeza; así era yo)

Y las condiciones de adaptación se complican mientras crecés. Esto es CLAVE (tenganlo en cuentan los que estudias estas cosas; creo que ya lo saben por lo que aprendí)

Así y todo nunca me llevé una materia, fui abanderado, esas cosas que no sirven para nada ni tampoco deberían porqué servir. Estudié inglés. Sé leer muy bien y escribir bastante bien en inglés. Pronunciar se me complica un poco (menos ahora gracias a los audífonos), como saben mis amigos. Ahora, a los 41 años, con audífonos adecuados por primera vez, me las arregló bastante bien. Pero llevó más años y pesares de los que debería haber llevado. Es como nacer de nuevo, o algo así.

Los médicos de Lanús, Caraza, les decían a mis progenitores que a su hijo “le faltaba calle”, por ejemplo. Aunque de chico tenía mi grupo y jugaba en la calle. No sé a qué tipo de calle se referían. Tenía ocho años o menos. La responsabilidad es de los supuestos “profesionales” no de mi familia. Esas cosas son nefastas.

Nunca me hicieron un potencial evocado antes de los 19 años. Ni seguimiento por cómo nací. Si me agarraba un berrinche o algo, mis progenitores pensaban que estaba poseído o que era caprichoso. Aunque siempre me porté muy bien en todos lados y nunca tuve problemas de conducta.

A los dieciocho años (19 según dice en las audiometrías), comencé a hacerme logoaudiometrías y estudios audiológicos porque algo andaba mal. Potencial evocado también. Para los suspicaces (que siempre hay) el potencial evocado no depende de responder a nada; te ponen unos electrodos en la cabeza y el cerebro responde a los estímulos auditivos mientras no hacés nada. La cara de la médica y los resultados dieron por sentado lo que ya estaba claro. En una logoaudiometría, en vez de coser, dije coger (de agarrar para mí; no lo decía como lo decimos los argentinos) La fonoaudióloga salió a entregarme el estudio riéndose. He contado alguna vez riéndome esto.

Me egresé, terminé en cuatro años la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, en la Universidad de Buenos Aires, así que en los 21 años ya estaba egresado; quería filmar. Para eso entré ahí. Quería hacer películas. En la facultad seguía viendo que todos entendían a Los Simpson y yo no, que no entendí la mayor parte de las conversaciones grupales. Terminé la facultad extenuado, muy flaco; lo recuerdo.

En ese tiempo trabajé de meritorio en una productora y luego en otra, un trabajo extenuante en el que a veces no dormía (no había horarios, ni paga correcta, nos explotaban) Ahí, a los 25 empecé a escuchar más el tinnitus (zumbidos), así que definitivamente fui a pedir alguna solución a mi problema. Me dieron un audífono por primera vez en mi vida, que no servía para perdida (era un médico de tinnitus, no de sordera, así y todo dejó asentado la hipoxia perinatal) Luego, un compañero de universidad me hizo notar cómo me cambiaba la cara cuando usaba el audífono.

Trabajé en una película como compositor de efectos visuales y luego dejé todo para filmar lo mío, me puse a crear, producir y dirigir Mundo tributo, un documental que siguen emitiendo en televisión (y cuya repercusión va más allá de mí, como debe ser con todo lo que vale). Como dije, lo dirigí, hice el diseño de producción con Leo Rosales y también me encargué de la cámara en muchas escenas.

De ahí en más, mi vida fue una lucha constante para seguir filmando y hacer que los demás, no yo, entendieran lo que me pasaba con la audición.

A los treinta años estaba distribuyendo sólo mi película Mundo tributo, terminé un noviazgo de ocho años, una buena relación. Dejé entrar a otras personas en mi vida.

Una de esas personas una vez vio por su cuenta Mundo tributo. Vio que yo no podía seguir filmando por falta de medios. Se puso a llorar. Me afectó eso. Me dijo que me iba a ayudar. Me puse a trabajar en la ficción que tenía lista desde antes de Mundo tributo, una por la que luego gané un premio, y en el interín, me dieron el certificado de discapacidad (CUD), por hipoacusia bilateral de moderada a severa, dos audífonos, y me empecé a adaptar a eso, mientras era feliz porque estaba con alguien que quería y apreciaba y estaba trabajando en lo único que me hace feliz. Pero esa persona me terminó diciendo que filmara casamientos, algo que para mí (sin tener en cuenta otros detalles de mi condición, digamos) es como decirme que escale el Everest para encontrar el Santo Grial en la cima.

En ese tiempo, fui a pasar la junta para el certificado de discapacidad auditiva a las cinco de la mañana, solo, recuerdo que leyendo un libro de William Burroughs (Ciudades de la noche roja). Volví y tuve ganas de llorar. Luego seguí con esa relación amorosa y aprendiendo sobre cine, filmando como podía, y superé de alguna manera ese momento clave en mi vida.

Agradezco igual que esa persona me haya acompañado en ese momento, tal vez la vida hubiera sido más horrible si no.

Por primera vez, estaba con dos audífonos y certificaban, digamos, mi problema auditivo. El certificado sirve para obtener los audífonos (que salen como 200 mil pesos hoy en día). Para no mucho más.

Pero hubo un problema grave. Los que me dieron certificado de discapacidad y audífonos no citaron a mi familia para hablar de lo que yo iba a vivir. No citaron a mis seres queridos tampoco. Seguí solo, con una novia joven que me ayudaba como podía.

En 2014, perdí todo eso. Novia, Trabajo e Identidad (¿No entendían que era sordo? ¿Era sordo? ¿Recién me habían dado audífonos y discapacidad auditiva como todos sabían pero eso no significaba nada?)

Mis progenitores, no asesorados, negaban mi problema auditivo (duelo, negación, es de manual), mi ex novia de ese entonces no entendió lo que eso me hacía.

Quedé solo. Pero esta vez era estar solo sin mí.

Tuve que salir a descubrir y a luchar todo de nuevo. Mi sordera casi se convierte en un en Meniere (no tenía Meniere, algo que sugirió un homeópata -ocupación peligrosa si las hay- no tenía autismo, a los profesionales les causó muchísima gracia lo que ocurrió; en mi búsqueda un profesional descuidado me mandó a ver The Big One Theory, porque pensaba que yo era como Sheldon; no quiero ridiculizar más a alguien que piensa que ceguera y autismo o sordera y autismo son compatibles; tengos mis pensamientos sobre algo que he investigado hasta el fondo, acompañado con gente que sabe más que yo del tema; es sólo un ejemplo de confundir una identidad con otra, una patología con otra por simplemente no saber bien o por una conveniencia económica)

Sigamos. Me fui a trabajar de cadete a una Obra Social, porque mi familia decía que yo no trabajaba (para ellos el cine no es trabajo, es una ilusión; para ellos todo lo que trabajé en cine y audiovisuales no era trabajo) Fui a trabajar con la esperanza de recuperar a una mujer. Algunos me decían: Los pelos de una concha tiran más que una yunta de bueyes.

Yo digo que lo que tira más que una concha y una yunta de bueyes es la identidad. Y pensar.

Estuve encerrado en una habitación oscura, sin nadie, en un trabajo donde luego llevaba empanadas, levantaba bidones de agua, llevaba cochecitos de bebé al correo, hacía trámites, y era maltratado por no escuchar la chicharra de que te están abriendo la puerta (y tocar timbre otra vez para que te abran; aunque uno lo expliqué cincuenta veces; no entienden: no pueden o no quieren entender)

Casi termino mal.

Terminar mal es relativo, pero cada uno sabe lo que significa terminar mal en algún momento de la vida.

Llegaba llorando a mi casa, caminaba el largo pasillo hasta la puerta de mi casa, mi apartamento, y luego me tiraba al piso a enrollarme como un feto. Nunca lloré tanto en mi vida.

Estaba triste. Pero mientras trabajaba en la Obra Social, me llegó una carta terrible de esa ex novia que obviaba totalmente el momento que yo estaba pasando y me trataba como un desconocido (cuando esa persona se fue riendo de mi vida) Y lo peor es que estigmatizaba mi manera de actuar y ser como un problema ajeno al auditivo. Eso me destruyó totalmente.

Pero es pedir demasiado a gente que no estudió el tema. No es su responsabilidad pero sí del contexto. De los que saben o deberían saber.

Perdido, terminé en un Hospital de Día (entrás a las dos de la tarde salías a las seis), para dejar ese trabajo al que había ido con esperanzas de que el futuro cambiara. Fumaba cigarrillos toda la mañana, luego entraba a ese lugar. No hablaba. Mis compañeros podían reír. Eran muy graciosos. Los recuerdo con mucho cariño. Pero lo negro nunca fue tan negro. Un mes y bastó para que pidiera volver al lugar oscuro y sin baño. Tenía que salir de ahí.

Un psiquiatra dijo depresión. Pero uno a veces tiene que estar triste porque pasan cosas. Tres duelos juntos es demasiado. No creo en la depresión porque hay una dicha que nunca me deja. Y la tristeza siempre existió hasta en los poetas más felices.

Hay que pasar por eso. Y a veces hay que llorar, no importa cuanto tiempo.

Así que por favor, nunca acerquen a un sordo o hipoacúsico que no sepa del tema a un psiquiatra (ni psicólogo que no esté preparado) porque es como darle un mexicano a Trump o llevarle un judío a Hitler para ver qué opina.

Un ejemplo es que mi escritura, mi manera de textear, en vez de hablar, pasaba a ser una patología, me medicaron, me hicieron perder tiempo (no todos los terapetuas son malos, algunos ayudaron con su paciencia e inteligencia; aprecio la piedad) Pero no deja de ser peligroso.

Pasó mucho tiempo para que yo torciera todo eso. Y todavía no sé cómo lo hice. Creo que con voluntad. Pero entendí muchas más cosas en el camino.

Siempre creí en la ciencia, me molestan las otras creencias, me molesta lo irracional. En ese interín, gente que quiero, para solucionar con la magia lo triste que yo estaba, me trajeron a una especie de manosanta a mi casa.

Evité una violación. Ese es el peligro de creer en estupideces en las que yo nunca creí (y las que toda la vida me molestaron profundamente y me llevaron a tener diferencias con otras personas)

Mientras tanto, una de las mejores fonoaudiólogas de acá, a la que dí en mi búsqueda, me dijo que los audífonos de 2014 estaban mal calibrados, mal adaptados y que todo era un ruido insoportable para mí; no sólo no podía escuchar bien si no que todo era más ruidoso e inentendible.

Me reguló los audífonos y cambió las puntas (ese día que volví y vi la televisión y entendí por primara vez sin subtítulos lo que decían) y pidió nuevos audífonos porque la potencia de los que tenía ya no alcanzaba.

Con certificado de discapacidad los pedí a la Obra Social y llevó cinco años que me lo otorgaran. Tuve que pedir amparo porque no había manera de obtenerlos. Recién me los dieron cuando una otorrina certificó que si no tenían que pagar implantes cocleares.

Perdí más tiempo yendo de un lado a otro, sin que me dieran audífonos hasta que el amparo surtió efecto.

Desde el año pasado (2018) que tengo audífonos nuevos con moldes personalizados a mis oídos.

No sirve de nada porque más o menos desde que me los dieron la productora de mi película decidió no hacerla (a la que el INCAA le dio todo el poder), me dejó sin trabajo, sin película, sin carrera, sin paga, en la calle prácticamente. No los uso para trabajar porque no me dejan filmar; el INCAA utilizó el dinero de mi premio en otra cosa, parece ser.

Trato de escuchar música con auriculares, algo que nunca hice en mi vida, para tolerar el tinnitus (en mi caso se llama, por la intensidad tinnitus catastrófico o severo) Es durísimo aguantar a esos grillos en mis oídos, el zumbido constante, especialmente cuando estoy solo y me quito los audífonos. Es mucho peor que no escuchar bien y si no existiera la música creería que es mucho peor que no escuchar nada.

Tengo perdida de audicion severa y tinnitus catastrófico. Lo que no tengo ahora es inclusión. Con inclusión me refiero a poder trabajar en lo que tanto esfuerzo puse en mi vida y lo que me sacrifiqué y demostré que sé hacer. Los otros caminos llevan siempre a la brutalidad. Quiero estar con la gente que elegí estar.

Por no tener dinero, tuve que dejar ir otra relación (otra persona que se alejó porque me dijo que yo “no daba resultados”) Es fácil dejar ir a personas así. Pasa, igual, la sociedad es así; la vida social no es simple. Y del aire no se puede vivir. La gente pide cosas, y yo también.

No quiero ocultar estas cosas, porque lo que me pasó a mí, puede pasarle a otros y a otras.

Cada uno sabe lo que se merece y lo que no, y es nuestra responsabilidad luchar por eso.

Tal vez, sin darme cuenta, lo que estoy dejando ir ahora, es a este país. O a una manera de pensar y de actuar que debe, sí o sí, cambiar.

En este siglo XXI, ya no hay verdades parciales. Hay gente que actúa bien y gente que actúa mal. Hemos recorrido un largo camino para que estas injusticias e inconsistencias no vuelvan a repetirse. La invisibilización, la intransparencia de las personas hacia la discapacidad auditiva, incluso las del entorno más cercano, familiar, a veces duele mucho.

Ha sido un largo camino. Duele el desamparo. Duele la incomprensión. Duele la injusticia.

por Adrián Gastón Fares, 2019

PD: “…como consecuencia, el utilitarismo pasa por alto uno de los requisitos morales indispensables que, según Rawls, debería poseer una teoría de la justicia: la individualidad” Descubrir la filosofía 33. El filósofo de la justicia. John Rawls. Angel Puyot

Cita directa de Rawls: La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento.

Anuncios

Lo poco que queda de nosotros. VII.

La niña calva se adelantó con el arma que le había quitado al hombre de bata y le apuntó directamente a su padre. Su boca temblaba pero su mano estaba firme. El hombre gordo se interpuso entre la niña calva y su padre. Tenía las palmas de las manos extendidas en una señal de contención.

Hijo de puta, me abandonaste, le gritó a su padre.

Nadie contestó.

Pensá, primero, pero haz tu voluntad, le dijo el hombre gordo.

El hombre de bata estaba congelado. La niña calva apretó el gatillo. Silencio. Su padre seguía sentado dándole la espalda al escritorio. La niña calva se volteó y miró al hombre de bata, que no sabía qué decir. Entonces, asombrada, apuntó al hombre gordo.

Dale, apretá. Date el gusto. En la vida hay que darse los gustos.

El hombre gordo esperó el disparo. La niña calva temblaba tanto que la pistola se le escurrió de sus manos.

No hay que llorar. Llorar un poco está bien pero un día hay que parar. Les traje esto, les pertenece.

Eran dos anteojos con marcos circulares de cristal amarillo.

Mientras la niña calva seguía llorando el hombre de bata se puso los anteojos. Salió de la habitación. Encontró una ventana en el pasillo y se asomó a mirar. Negaba con la cabeza. La niña calva detuvo su llanto y observó la situación. Se ubicó los anteojos, temblando, y miró hacia donde había estado su padre.

¿Donde está?, pregunto al hombre gordo.

Tu padre nunca estuvo aquí.

Pero recién estaba.

No está.

¿Dónde está?

De vacaciones. En el Caribe..

La niña calva intento recoger la pistola. No estaba en el piso. Ahora estaba en las manos del hombre de bata. Que apuntaba hacia el hombre gordo.

¿Qué es lo que pasa? ¿Usted quién es?, preguntó el hombre de bata.

Soy el Dr. Herzium. No se acuerdan de mí, calculo.

No, dijo la niña calva.

¿Por qué si me saco los anteojos esta mi papá y si no… no?

Tiene razón ahora no está el viejo ese.. digo tu padre.

Lo que ocurre es que ustedes iban a morir.

Estábamos al tanto de eso, dijo el hombre de bata.

Pero sus familiares han firmado un permiso para hacer un pequeño experimento científico para salvarlos. Tuvimos algunos problemas de presupuesto. Hicimos lo que pudimos. Justo al final los problemas. Pero los salvamos, como verán.

¿Y en qué consistió el experimento?

¿Probaron en ratas antes? Sinverguenzas, maltratadores de animales, gritó la niña calva.

No. Probamos con ustedes. Esas pruebas las hicieron otros antes.

¿Qué me hicieron?, preguntó el hombre calvo.

Les hicimos. No deje a la nena afuera.  Lo que hicimos fue desconectar sus cerebros de sus cuerpos. Operar directamente sobre la materia gris. Reemplazarla por un receptor de señales bluetooth conectado a su columna vertebral. Básicamente.

¿Y el resultado?

Sobrevivieron. Sus cuerpos conservaron las funciones motoras. Pero sus mentes ven la realidad de una manera distinta a los demáss. Es como una alucinación compartida.

¿Cómo?

Ustedes no se conocían. Nunca se habían visto ni habían hablado. Pero al despertar empezaron a ver como dice esa película… Gente muerta.

Zombis que no se alimentan, no comen, que están como estúpidos hasta que mueren, dijo la niña calva, Es terrible.

Claro, es terrible, pero no existe, sentenció el hombre de bata. No existe para otras personas que no sean ustedes dos.

¿Como empezó eso?, preguntó el hombre de bata.

No empezó. Eso que ven. El futuro postapocaliptico, digamos, está en sus mentes. En la de los dos. No existe, acabo de decir.

No entiendo, contestó el hombre de bata.

Sáquese los anteojos, señorita.

La niña calva, confundida, obedeció.

Papá. Soy yo. No quería hacerte mal…

No va a contestar. No está. Está en su mente. No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos, pero tengo planes con ustedes, saben, yo empecé como psicólogo, luego psiquiatría, luego neurobiología. Me gusta tanto. Es mi pasión, sonrío el hombre gordo.

Ya vemos que le gusta, dijo el hombre de bata.

Pero al no tener fondos mi investigación quedó por la mitad. Es terrible, ¿no? Cosas de política y eso… Ya saben donde vivimos. El país…

Está destruido hace bastante, ciertamente, dijo el hombre de bata. Pero usted está mas resentido que mi amiguita con su papá.

Perdone a la niña, siempre digo que el mundo es injusto, muy injusto. Y además. No se haga el que no está resentido con su novia.

¿Donde está esa mujer?, preguntó el hombre de bata.

Se fugó con su amigo apenas entró usted a la clínica. Bueno, no sé si es su amigo. Sé poco de fútbol pero era su principal oponente futbolístico, tengo entendido. Equipos contrarios.

Ese tarado. Sí, es mi amigo. ¿Y quién acepto que experimentaran conmigo? La firma digo:  ¿quién la puso?

Su madre.

Mi madre. Está muy ida. A veces se pierde.

Claro.

¿Y en mi caso?, quiso saber la niña calva.

El hombre que usted ve pero que no está.

Qué hijo de puta.

Pero tengo buenas noticias, siguió el hombre gordo:

Como este experimento sigue en pie. Necesitamos estudiar cómo reaccionan sus cerebros a sus miedos primordiales. Necesitamos que se conecten del todo, que vean la misma realidad que todos los demás.

¿O sea que existen los demás?, dudó la niña calva.

Claramente, señorita. Describa el mundo que vio afuera.

Muertos, moscas, gente sin comer, desnutrida.

Eso está en su mente. Los demás, ciertamente, existen, pero no así. El mundo sigue normal. Bueno, como antes digamos… esa normalidad.

Qué cagada, dijo la niña calva.

Por eso como científico tengo la manera, y el deber antes que nada, de que arreglen su visión del mundo. Lo que deben tratar es un viejo truco del psiconálisis: enfrentar sus miedos.

¿Miedos?, preguntaron al unísono.

Hay un cuarto en una casa de Banfield donde usted cree que existe un ser que controla el agua.

Barleta.

Eso, busque a su novia. Busque a ese tal Berreta.

Barleta, el fantasma de Barleta.

Bueno, a Berleta (sic), búsquelo. Ya veremos qué ocurre.

Yo no tengo miedos, levantó la frente la niña calva.

¿Usted? Tiene que ir a su casa. Entrar a ese departamento oscuro y acercarse a un cuarto, un cuarto donde se escuchan ruidos que usted no soporta ni comprende.

La niña calva estaba con lágrimas en los ojos como cuando sostenía el arma contra su padre.

¿Quién se quedó a cuidarlo?, preguntó

¿A su hermanastro? Nadie. Por eso.

Lleven los anteojos para guiarse en el mundo y por favor no tomen comida sin pagarla. Tuvimos que seguirlos para que los comerciantes no los denunciaran. El arma era una pistola de carnaval, igual no les servía de mucho. Acá tienen lo necesario.

El hombre gordo le pasó una mochila roja al hombre de bata y otra azul a la niña calva.

Es el momento de la verdad, agregó.

por Adrián Gastón Fares

Nota 1: Tal vez continúe Lo poco que queda de nosotros; es una novela, por ahora, no puedo asergurarlo, sé para donde va, pero hay otras cosas para hacer.

Nota 2:

Agradezco si pueden difundir y firmar esta petición que hicieron por lo que estoy viviendo con el premio de mi película Gualicho y el INCAA (Instituto de Cine Argentino)

No hace falta que la firmen si no pueden entrar a la página de Change.org (tal vez sea molesto) pero sí que difundan lo que dice en el cuerpo de ella. Creo que es importante, tanto como lo que he contado en otras entradas en este blog sobre la situación negligente institucional de mi película Gualicho, INCAA y la productora presentante de la misma, y que también pueden leer en mi Facebook. Difundir es importante.

Saludos. A. G. F.

Link a la petición de comprensión:

http://chng.it/GrXc4CLV

 

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

Nota: Como verán, han vuelto las publicidades al blog; perdón, pero no pude pagar los dólares necesarios del plan para quitarlas esta vez.

Lo poco que queda de nosotros. V.

Mientras caminaban por la Avenida de Mayo y dejaban atrás al grupo de turistas pútridos, los dos sobrevivientes sintieron hambre. El hombre de bata le tiró unas Pringles a la niña calva. Ella se fijó en la etiqueta, de queso, decía, las abrió y comenzó a masticarlas. Se detuve frente a una heladería, sabiendo que el helado estaba descongelado dentro de las heladeras. Era triste. La tristeza se estiraba hasta que la niña calva se llevaba otra papa frita a la boca. La alegraba comer esa porquería. Sabía que era una porquería porque sus padres le tenían prohibido comerla. De repente, la niña calva, extrañó a su amiga, esa chica con la que iba a comer helados a Burger King. Su amiga, que se llamaba Ema, siempre llevaba puesta una remera de The Walking Dead. Ella nunca había visto la serie. No hacía falta porque su amiga se la había contado. Su amiga decía que su padre, que era psicólogo, decía que la serie era muy útil para explicarles cómo funcionaba la sociedad a sus alumnos de la facultad. Ninguna de las dos entendía por qué. Le parecía que el padre de su amiga estaba un poco loco. Más que el suyo. Y eso era ya mucho decir.

Cuando la niña calva se dio vuelta, el hombre de bata estaba arrojándose a la boca cereales de una caja que recíen había abierto.

¿Tiene pasas?

Sí.

Pasame el otro.

El hombre de bata le tiró la caja de los cereales rosados. La niña calva arrojó el paquete de Pringles y se abocó a devorarlos.

Siguieron caminando. En una esquina había una policía de tránsito. Como estaba en el medio de la calle, los cables de tensión habían hecho que la acumulación de palomas sobre su cabeza atrajeran un montón de cagadas sobre sus hombros y cabellos. La policía de tránsito parecía el hombre de las nieves. Estalactitas blancas de cagadas. Todavía respiraba y parecía alimentarse de las moscas que atraía la deposición de las aves. La niña calva la miró con pena. No había nada que hacer. La boca, como la del hombre de portafolio, se cerraba cada tanto, como si fuera una planta carnívora, sobre las moscas y mosquitos que rondaban. Daba asco. Pero la niña calva no podía permitirse pedirle al hombre de bata la pistola. Sabía que la necesitaría más adelante y pedírsela ahora para terminar con el sufrimiento de esa mujer sería un claro signo de que tramaba algo. Su padre afirmaba cuando miraba los partidos que los futbolistas de ahora eran menos hábiles pero también menos estúpidos que los de antes. Así que sabía que el hombre de bata no era un hombre de las cavernas por jugar al fútbol. Es más, ella también jugaba al fúbtol y sabía que para jugar bien había que tener la cancha en la cabeza. Cuánto más grande era la cancha más complicado era. Como cualquier otra cosa en la vida.

Ema también le había enseñado que lo que movía al ser humano era el poder. Su padre psicólogo decía eso. Y ellas dos habían llegado a la conclusión de que había un poder malo y otro bueno. Y aunque todavía no sabían mucho de sexo, más allá de algunos besos furtivos con los compañeros, las dos sabían que también el deseo era comandado por el poder. Lo mismo sabían los compañeros del colegio semi católico donde iban. Era como una intuición que se aprendía de alguna forma u otra.

La niña se dio vuelta. El mosquito no estaba más.

¿Me querés decir dónde fue Mateo?

¿Mateo?

El mosquito.

El hombre de bata frunció los labios. Era obvio que le había cortado el hilo.

¿Vos me alejaste a Mateo?

¿Vos llamabas Mateo a esa cosa horrible que podía comerte en cualquiera momento, sacarte los ojos como hizo con el viejo ese?

Sí. Era mi mascota. Mateo.

Bueno. Tenés que buscar otra.

La niña calva asintió. ¿Quién era ese tipo que le había tocado de acompañante en el fin del mundo? Un futbolista. Justo. Ella quería ser bióloga. ¿Qué la unía a un futbolista más allá de algunas coordenadas que había que tener en cuenta cuando una jugaba? La vida no era un juego. Mejor llevarle la corriente.

¿Y tus hijos?

¿Tan viejo parezco? No tengo hijos. Un gato nada más.

¿Cómo se llama?

Motor.

Lindo nombre para un gato.

¿Y a vos te gusta alguno del colegio?

¿Algún qué?

Algún compañero.

¿Si me gusta?

Sí. A mí a tu edad me gustaba una.

A la niña calva se le cruzaron algunas nubes en la mirada. No estaban en el cielo. Así que el hombre de bata, que no era tan estúpido, se dio cuenta que alguno le gustaba.

No.

¿No hablás más con uno que con otro?

No. Pero hay un chino que me hace reir.

¿Un chino?

Sí.

Seguían avanzando por Avenida de Mayo, el hombre de bata quería llegar al Barolo, aunque sabía que debía dirigirse a zona sur a buscar a su novia, pero no quería saber nada con el tema; le había parecido raro que no estuviera en el hospital. Sentía en el pecho algo muy raro cuando pensaba en ella. Era como si tuviera un Alien y le estuviera por salir del pecho. Pero esa imagen que en la película tenía nombre era una sensación que no podía nombrar. ¿Qué podía hacer con eso que en cualquier momento iba a salir de su pecho pero que no sabía nombrar?

Tenía que seguir a la niña calva, porque tal vez ella, como el director técnico, tuviera la respuesta. Y tenía que mantener la pistola alejada de ella, porque no sabía muy bien para qué quería usarla. Ninguno de los dos. ¿Ella había dicho que estaba poseída? Tal vez lo estuviera. Su novia creía en esas cosas.

Una vez le había dicho que en la casa de Banfield el agua salía de la rejilla porque un espíritu la expulsaba. También su novia creía que en el baño había un fantasma. Energías, cosas así, que se activaban más que nada cuando él perdía algún partido y su sueldo parecía peligrar. El fantasma que vivía en el baño tenía una amistad con la madre de su novia, que parecía promover las creencias fantasmales de su hija. Hasta le había puesto nombre al fantasma que vivía en el baño de su casa. Barleta.

El fantasma de Barleta era bastante insidioso y era capaz de derramar el agua de las alcantarillas, no era el pelo de su hija que se caía porque comía poco y nada para mantener la figura; era el fantasma de Barleta. Al hombre de bata le hubiera gustado que el fantasma de Barleta apareciera delante de él. Le hubiera gustado presentarle el fantasma de Barleta a la niña calva. Pero esa cosa estaba en Banfield. En su baño. Y en su debido momento, cuando ya hubiera cumplido con lo que esa niña le había pedido, iba a tratar de que lo acompañara a buscar a su novia. Y ahí se iban a encontrar, quieran o no, pensaba él, con Barleta. Tal vez la pistola sirviera para eso.

La niña calva se reía.

¿Qué es lo gracioso?

El chino dice que su papá mató a un loro.

¿Mató al loro?

Sí, tenía un loro y el papá un día se enojó porque el loro gritaba mucho y le clavó un cuchillo.

Pero estaba loco ese chino.

Dijo que también mató a la hermana.

¿A la hermana?

Dice que le nació una hermana al chino y ese día el padre la mató, porque no quería tener una hija.

El hombre de bata se reía porque no sabía si era verdad o mentira lo que contaba la niña calva y no sabía cómo reaccionar.

Ese chinito es muy mentiroso.

Dice que es verdad.

¿Lo del loro y la hermana?

Sí.

Entonces el padre es un asesino.

Es un loco.

¿El papá?

Sí, es loco.

Son inventos.

La niña calva se quedó con la mirada perdida, ahora sus ojos estaban clavados en el pasado, en el chino y los cuentos que le contaba en el aula del colegio.

De repente, una bandada de palomas cruzó el cielo formando una especie de V.

¿Ahí queda el edificio, no?

¿Dónde? ¿Qué edificio?

Donde trabaja mi papá.

¿El Barolo?

El hombre de bata no contestó. Tenía ganas de llegar de una vez por todas a ese edificio oscuro. Iba a estar vacío y el padre de la niña podrido y entonces, ¿qué? Iba a tener que consolarla. Abrazarla.

Si no quedaba nadie más en el mundo, iba a tener que criarla. Era una cargada del destino. Ahora que ya no habían partidos donde una niña lo pudiera ver jugar, ahora cuando su novia se había esfumado, de repente le habían dejado una niña a su cargo. Cualquier otra hubiera servido antes. Los dos, su novia y él se hubieran arreglado para formar un nido, hacerla crecer, mimarla, ilusionarla, pero ahora estaba sólo, y al mirarse en el reflejo en un vidrio de un zapatero cuyos huesos estaban amontonados en el banco casi en el borde de la acera, notó que su mirada era la de un niño. Mayor que la niña, pero la diferencia no era tan grande.

Está hecho polvo, dijo la niña calva.

El hombre de bata, con los ojos clavados en el espejito, no agregó nada.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

PD: Si quieren leer otra de mis novelas, Intransparente, esta ya terminada, pueden descargarla aquí:
Bajar Epub Novela Intransparente
Leer PDF Novela Intransparente

 

 

Lo poco que queda de nosotros, III. Novela.

Dentro del colectivo la luz atravesaba unos repasadores colgados en las ventanillas. El hedor era fuerte. Pero no era olor a podrido. Era el aroma artificial de vaporizadores de esencias. Una mezcla de aromas frutales difíciles de definir con un puntapié de vainilla que lo enviaba directo a las fosas nasales. Había uno en cada asiento. El hombre de bata inspiró hondo. La niña calva tosió.

¡Huelan lo que logré!, dijo el hombre de bufanda.

Por encima del aroma frutal avainillado flotaba un olor a desinfectantes apenas disimulado.
La niña calva siguió tosiendo y arrugó la nariz.

En vez de toser, escuchá. Agradecé. No tomen agua que no sea de botella. Quedan pocas en los supermercados pero toda la demás está enviciada.

¿Por qué enviciada?, preguntó el hombre de bata.

Probá a poner a un muerto en una pelopincho a ver lo que pasa. Acá no es un muerto. Son miles de personas pudriéndose. El peligro para nosotros es el agua y los insectos.

¿Qué es una pelopincho?, preguntó la niña calva.

Una pileta, nena.

¿De natación?

¡No!, esta pendeja no entiende nada. Tiene algún problema en la cabeza.

Tenía, dijo la niña calva, palpando el ciempiés de hilos que suturaba el corte de la operación.

Lo que importa es que todo está enviciado y que los alimentos en mal estado y los bichos nos matan a los sobrevivientes, pero no atacan a todos, es según la sangre, remató el hombre de bufanda. La mía les gusta, cómo no les va a gustar, agregó, orgulloso.

Luego, para disminuir la agresividad de sus palabras, señaló el vidrio del parabrisas. Las patas de unos diez centímetros de una especie de mosquito nadaban en un pequeño lago de sangre.

También las enfermedades evolucionaron en un segundo, dijo el hombre de bufanda y seguía pisando el acelerador a fondo.

Mientras la niña calva miraba el interior del colectivo, el hombre de bufanda ya había llegado a Avenida de Mayo, perorando y todo. Frenó en la esquina porque había una persona en una bicicleta en el medio de la calle. Tanto la bicicleta como la persona parecían estar oxidadas. Una escultura casi ecuestre en la intersección de Cerrito y Avenida de Mayo.

Nos bajamos acá, dijo el hombre de bata.

No, quiero que vean el árbol.

Tengo que llevar a la niña al Barolo.

No, estamos cerca del árbol. No hay trato. Primero el árbol y luego los dejo.

Pisó el acelerador, desintegró con el golpe del paragolpes a la bicicleta-persona que estaba en el medio de la calle y siguió de largo. Luego, estacionó cerca de edificio del Ministerio de Obras Públicas. El hombre de bufanda inspiró hondo y señaló el mural de Evita representado en una de las fachadas del edificio.

Justo acá tenía que salir. Enfrente de Ella. Cuándo no.

El hombre de bata y la niña calva giraron la cabeza para mirar hacia donde señalaba el hombre de bufanda. Detrás del edificio del Ministerio de Obras Públicas, cruzando la calle, había habido otro edificio público. El árbol gigante que había crecido en ese lugar, en vez de frutos tenía partes de oficinas colgando. Varios empleados estaban la puerta. O sea sobre los escombros y sobre las raíces. Uno sostenía un cigarrillo apagado con la mano temblando, cadavérica, la piel de los dedos cuarteada por donde se veían las falanges. Otros empleados habían quedado colgados del árbol y parecían seguir trabajando en sus sillas. Algunos movían las piernas todavía. Había una rechoncha que había partido una de las ramas por su peso, caído y estaba desplegada en el piso, ya muerta, con un agujero en el estómago del que picoteaban varias palomas sucias. La mayoría eran apenas cadáveres visibles entre las fuertes ramas del árbol cuya raíz había destruido el cemento.

Bajen, dijo el hombre de bufanda.

Así lo hicieron. El árbol desde el suelo parecía todavía más grande. Como si fuera una Magnolia desproporcionada, prehistórica.

¿Qué árbol es?, preguntó el hombre de bata.

Un Evito.

¿Qué?

Así le puse en honor a ella. El hombre de bufanda se dio vuelta otra vez, señaló el mural con forma de mujer en el edificio e inspiró hondo, para luego toser entre tanto hedor.

Veo que la política es muy importante para usted, dijo el hombre de bata, mirando con asco al hombre de bufanda.

¿Qué hace?, preguntó la niña calva.

El hombre de bufanda se estaba rociando insecticida sobre el cuerpo. Tenía un rociador en cada bolsillo de su camisón celeste. Empuñaba a los dos mientras rociaba su cuello, sus brazos y su estómago.

Mirá para otro lado, le dijo el hombre de bata a la niña calva.

El hombre de bufanda se levantó el camisón y roció con insecticida sus genitales.

Cuidado con los insectos. No me queda tanto para prestarles. Que dios los ayude. Además pichón, parece que no te caen muy simpáticos mis gustos políticos, jodete. Para ella hay.

La niña calva pareció tragarse las palabras que iba a pronunciar. El hombre de bufanda se acercó al colectivo y retornó con un pote pequeño de crema insecticida. La niña calva seguía mirando asombrada el árbol y cuando vio el pote, negó con la cabeza, rechazándolo.

Soy alérgica a eso.

Bueno, tomá vos entonces. El pote terminó en las manos del hombre de bata que se pasó la crema rápidamente por el cuerpo.

Luego, los tres se quedaron mirando las flores amarillas del árbol, que en sus ramas tenía visibles espinas. El hombre de bufanda miró su reloj.

En unos minutos escupe la porquería que causó todo esto, dijo, mirando hacia una adolescente que estaba de pie cerca.

Había estado de pie mucho tiempo, como los que estaban cerca de las raíces del árbol inmenso. La chica estaba ensangrentada del torso para abajo, se notaba que no se había movido en meses de su lugar frente al árbol. Las piernas estaban embutidas en un charco de sangre oscura. La niña calva se dijo que eso era la menstruación. Deseaba que nunca le llegara. El hombre de bata se giró para vomitar, pero aguantó por la niña.
La piel de la chica estaba negra. La niña se acercó para verla mejor. La adolescente tenía la mirada perdida y respiraba de manera intermitente. El aire salía con un resoplido por el pequeño cráter que tenía en la mejilla por dónde se veían sus muelas. La niña pegó un grito. Un gusano se asomó por el cráter de la mejilla de la adolescente y volvió a esconderse.

Esto es lo que dejó boludos a todos, dijo el viejo señalando el árbol. Nosotros somos elegidos. Yo doblemente elegido porque además de peroncho, pude sobrevivir como ustedes. Llega el momento, miren.

¿Peroncho?, preguntó la niña calva.

Que sigue a Perón, peronista, aclaró el hombre de bata.

Los tres giraron la cabeza a la vez. Las ramas del árbol se doblaron como por un viento inexistente. Las hojas, que parecían estar siendo sopladas por un gigante invisible, se separaron en la copa y acompañaron con su movimiento la expulsión silenciosa de un gas que parecía estar siendo diseminado desde varios orificios del tronco. El hombre de bata y la niña calva retrocedieron tres pasos hacia atrás, alejándose del árbol.

No tengan miedo, si están acá son elegidos como yo, no les hace nada. Bueno, no como yo, pero casi.

El gas bajaba y estaba por bañar a la adolescente. Antes de que llegara a rodearla, el hombre de bufanda se acercó a ella. Sacó un espejito pequeño, lo puso delante de la boca entreabierta de la joven. El espejo quedó empañado por la respiración débil que salía de la boca de la adolescente. El viejo se llevó las manos a su camisón, sacó una pistola y la disparó en la cabeza de la adolescente.

Adiós, gusanos, qué asco; así y todo estaba viva todavía, dijo.

Luego se volvió para enfrentar a la niña calva y al hombre de bata.

Un mosquito del tamaño de una tarántula volaba por el aire hacia el hombre de bufanda.

Cuidado, dijo la niña calva.

El hombre de bufanda, levantó su pistola y descargó un tiró que hizo explotar al mosquito dispersando oscura sangre negra que contrastaba con las partículas amarillas que parecía haber rociado el árbol gigante. Las escaras que volaban entre el polvo resaltaban más entre el líquido amarillo que había expulsado el árbol.

Vuelvan al colectivo, por favor.

¿Este arbolito causó todo el desastre?, preguntó el hombre de bata, antes.

Otra cosa rara no vi, debe ser. Además enfrente de la compañera, dijo el hombre de bata señalando el edificio de Obras Públicas. ¿Por qué los jóvenes le andan buscando causas a todo?

¿Me podría prestar la pistola?

La niña calva trataba de endulzar su mirada mientras estiraba su mano para recibir la pistola que pretendía tener.

¿Qué? ¿Para qué? ¡Una niña! ¿Una dama con pistola?

Por si alguno de estos monstruos quiere atacar a mi padre.

¿Monstruos?, dijo el hombre de bufanda señalando al cadáver de la adolescente. ¿Qué van a hacer estas mierdas? Siguen respirando después de meses, es increíble lo que sobrevive un ser humano cuando no se mueve. Sin agua ni alimento. Incluso algunos abren la boca cuando llueven. Así tiran más tiempo.

No hablaba de las personas, dijo la niña calva, que señalaba con el dedo la mejilla del hombre de bufanda.

Otro mosquito, más grande, se posó sobre la mejilla del viejo, clavó su aguijón y empezó a succionar con tal fuerza que los ojos del hombre de bufanda se desinflaron y en un segundo pasaron a formar parte del estómago abultado del insecto. El hombre de bufanda, ciego, disparó hacia cualquier lado. Ante la sorpresa del ataque, la pistola cayó al suelo. El viejo corrió hasta el colectivo, subió, logró cerrar la puerta y aceleró al máximo. El colectivo dio media vuelta alrededor del edificio de Obras Públicas. Luego se escuchó una frenada y una explosión. Las llamas del fuego se veían desde del costado de la fachada del edificio. La niña calva se acercó rápidamente a la pistola. El hombre de bata la pisó cuando ella iba a agarrarla.

Olvidate. Es mía, dijo el hombre de bata mientras la tomaba, se cercioraba de cuántas balas quedaban y la mantenía al costado de su cuerpo, mientras su bata flotaba en el viento. Ahora parecía un superhéroe caído en desgracia.

¿Los futbolistas saben usar armas?

Hay secuestros, tuve que aprender.

Bueno, no importa, cosa tuya. Yo te pedí que me llevaras a lo de mi padre, por favor.

No tengo la culpa que el loco ese nos quiso presentar a su Evito.

Yo tampoco. Necesito encontrar a mi padre.

Bueno, nena, a caminar, vamos. Tenemos que volver por lo que queda de Cerrito hasta Avenida de Mayo.

Los dos comenzaron a alejarse del árbol gigante. Un mosquito se acercó a la niña calva, pero ella, sin asustarse, lo alejó con la mano. El mosquito la siguió pero sin animarse a atacarla. El hombre de bata no se dio cuenta que con cada paso que daba, la expresión de la niña se tensaba, como si tuviera mucha, pero mucha, bronca.

por Adrián Gastón Fares, 2019.

Lo poco que queda de nosotros. II. Novela.

La niña calva y el hombre de bata caminaron por Cerrito. El hombre de bata había elegido el camino más largo hacia el Barolo a propósito; luego deberían doblar en Avenida de Mayo. Quería inspeccionar la zona. Había estado casi dos años en coma en el Sanatorio. Las piernas le pesaban. Los brazos le dolían. Pero su cerebro parecía funcionar bien.

Su interés estaba puesto ahora en observar al mundo otra vez. En cambio, el interés de la niña calva era ir a buscar a su padre. Todo se había invertido. Para ella, era su padre el que debió haberla ido a ver antes que la operaran. Esperaba que fuera a ver su cuerpo muerto porque no tenía fe en que la operación saliera bien. No era tonta. Sin embargo, ahora era ella la que casi dirigía la expedición al estudio de Abogados donde trabajaba su padre. Quería demostrarle que estaba viva. Quería decirle que lo que había destruído a ella no la había afectado. Era una doble ganadora.

El hombre de bata recordaba que había tenido alguna vida, había sido futbolista, le llegaban esas imágenes, jugaba para Lanús, lo habían lesionado en la cabeza en un partido contra Banfield, Apolonio, uno de los mejores jugadores de ese equipo. Le asombraba que la niña calva no lo reconociera porque era bastante famoso antes de terminar en el Sanatorio. ¿Dónde estaría su novia?, pensaba. ¿Por qué no estaba en el Sanatorio cuando despertó del coma?

La niña le señaló a las personas que estaban sentadas en esos bancos de cemento que parecen de cuero, parecían ser una estatua. ¿Parece Olmedo no?, le preguntó el hombre de bata. La niña calva no sabía quién era Olmedo.

¿Quién era Olmedo?, preguntó la niña.

Un cómico argentino.

¿Cómo German Garmendia?

No sé quién es German Garmendia, pero no suena argentino.

Yo no sé quién es Olmedo.

No viste la estatua esa en la esquina, sobre Corrientes.

¿La estatua de esos dos viejos?

Uno de esos viejos es Olmedo, el otro no me acuerdo el nombre.

Ni idea.

El hombre de bata trató de explicarle que esa mujer que estaba sentada en un banco parecía otra estatua igual a las que estaban diseminadas por la calle Corrientes, una estatua grisácea, con la tez cuarteada, los huesos casi apareciendo entre la carne. Se acercaron. La niña retrocedió. La mujer parecía estar pudriéndose. A su lado había un montículo que parecía ser una pequeña pirámede negra. Pero la pirámede negra tenía cara de niña, y lo negra era su cuerpo. Debía ser una niña de tres o cuatro años. La niña giró rápidamente para no observar. De la pirámede negra salía un hilo que tenía atado un globo en forma de corazón que una vez había tenido gas y estaba aplastado en el piso. La niña casi rompe a llorar. El hombre de bata soplo a la pirámede negra. El polvo voló, los dientes de lo que había sido una niña se deshacieron en el aire, juntándose con el resto de las escaras y el polvo que volaban en ese mediodía.
Lo raro era que no estaba llena la calle de personas. El hombre de bata pensó que debían estar en otro lugar. Lo que quedaba era el resto de algunas, las que habían muerto y las que no también. Las que no habían muerto estaban cerca de los árboles, con un perro famélico tirando de una soga una joven, por ejemplo. La joven estaba flaca, raquítica, la remera sucia, los ojos casi saliéndose de la cara que más parecía una calavera. El estómago retraído, pechos inexistentes, los brazos como ramas secas a punto de partirse. Es más, a diferencia de la mujer muerta, el hombre de bata le dijo a la niña calva que no se acercara a la joven.
El perro, un bulldog francés, tiraba de la correa y ladraba enloquecido por el hambre. Los ladridos eran tenues porque el animal estaba famélico y necesitaba alimentarse. Tiraba dentelladas al aire comiendo las moscas que volaban entre las escaras grisáceas. No había heces alrededor porque se veía que el perro al no comer no cagaba. Alguien le había dejado un tarro con agua, lo que quería decir que no eran los únicos.
De hecho a lo lejos, cruzando los carriles de los colectivos, del otro lado de la 9 de Julio, cada tanto observaban a personas con camisones blancos, otros que parecían haberse escapado de instituciones, hospitales, pero que rápidamente se subían a algún auto estacionado y desaparecían. No había mucho que hacer. Pasaban tan pocos autos que cuando un colectivo se detuvo y abrió la puerta, manejado por un viejo de uniforme médico celeste y bufanda roja, se asustaron mucho.
El viejo de bufanda les preguntó si sabían algo de la enfermedad.

¿De qué enfermedad?, preguntó la niña calva.

La del árbol gigante y frondoso.

¿El árbol gigante y qué?, pregunto el hombre de bata.

Frondoso, ¿sos sordo?

Que yo sepa no, pero no conozco esa…

El viejo de bufanda se quedó mirando al hombre de bata.

¿Pero vos no sos el que hizo mierda Apolonio?

El hombre de bata se dio vuelta. No le gustaba que la primer persona que lo reconociera luego de despertar le dijera eso.

Te apoyo pichón, tu novia hizo cualquiera, te cagó mal, vos quedaste en coma y ella ahí de joda con tu amigo.

Sin darse vuelta el hombre de bata dijo:

No tengo amigos en el fúbtol. Son compañeros. Compañeros, señor. Más respeto no soy un bruto, soy un jugador del deporte más importante del mundo.

Gran deporte, pichón. ¿Y esa nena?

No sé, estábamos en el mismo Sanatorio.

¿Quieren que los alcance? ¿O sea que no vieron el árbol gigante y frondoso?

No, los únicos árboles que vimos son estos.

Los jacarandas y las tipas de la avenida estaban repletos de pájaros carroñeros, caranchos, aguiluchos, y otros que el hombre de bata no supo reconocer.

Es un árbol tan lindo el que yo digo, contestó el hombre de bufanda roja, pero tan malo.

¿Lindo y malo?, preguntó la niña calva.

¿No quieren que los acerquen donde van? ¡¿A dónde van?!

A buscar a mi padre.

El padre no se quedó cuando la operaban, explicó el hombre de bata al hombre de bufanda señalando los puntos en la cabeza de la niña calva.

El hombre de bufanda negó con la cabeza.

¿Adónde van?, volvió a preguntar.

Al Barolo.

Suban, vamos. Pero después me tienen que acompañar a ver al árbol gigante y frondoso.
Bueno, dijo la niña calva tomando de la mano al hombre de bata y subiéndolo casi a la fuerza al vehículo conducido por el viejo.

por Adrián Gastón Fares

2019 Todos los derechos reservados.

Lo poco que queda de nosotros, I. Novela.

En el medio de la calle, con el sol golpeando las fachadas de los edificios, el hombre de bata se encontró con la niña calva. La niña tenía en la cabeza una cicatriz muy marcada que parecía el cierre de una cartuchera de cuero. El hombre de bata estaba flaco y pálido. Los dos cruzaron sus miradas. No entendían cómo la ciudad podía estar tan vacía. El hombre de bata había abierto los ojos en la habitación del sanatorio en la que dormía en coma profundo. Luego había concentrado su mirada en las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol. No era el polvo habitual, parecían ser pequeños copos de nieve pero estaban dentro de la habitación.

Estaba mareado. Si cerraba los ojos veía nubes lechosas pero se obligó a estar despierto. Luego se arrancó los cables y tubos y salió al pasillo.

Estaba desierto, a no ser por una anciana ciega que miraba otro rayo de sol repleto de esas partículas tan sugerentes. Le habló a la mujer, pero parecía perdida en alguna ensoñación así que siguió caminando, vio que la niña calva tomaba el camino de las escaleras y se encaminó hacia ellas, siguiéndole el rastro. Así que no era extraño que sus miradas se cruzaran en el medio de la avenida Corrientes.

Más allá, el obelisco cuya punta estaba manchada con sangre, como si la sangre hubiera sido derramada desde las ventanillas que se veían en lo alto. La niña tenía la mirada medio perdida. Primero pensó que había muerto, pero después se dijo que era demasiado inteligente para creer que el paraíso era la avenida Corrientes vacía.

Doblaron en la esquina de Uruguay. La niña se acercó a un coche estacionado frente a un café. Miró en su interior y apartó rápido su mirada.

Está muerto, no mirés.

El hombre le advirtió a la niña y luego la apartó para mirar mejor el interior del auto. El conductor parecía una momia. Los bigotes pegados a los dientes sobresalidos y la piel cuarteada y amarillenta; los ojos se habían deslizado por las mejillas hasta resecarse en el borde de los pómulos.

Los dos se dieron vuelta juntos y al observar otra vez la esquina y las calles, notaron que volaban pequeñas partículas, no era nieve, no hacía frío, no podía ser, así que la niña calva, atrapando una en su mano dijo:
Parecen pedazos de piel. De piel de serpiente.

Escaras.

La niña lo observó confundida:

Es piel que se desarma cuando el cuerpo está demasiado tiempo acostado o en la misma posición, cuando los huesos golpean contra la piel destruyéndola, cortándola, en finas tiritas como si fueran afilados cuchillos. No deberías preguntarte demasiado qué es.

A mí todo me interesa.

Ya veo. Murió de inanición el del auto.

La niña se llevó la mano a su camisón celeste, pero no encontró lo que buscaba.

¿Qué es inanición? No tengo el celular

Es porque dejó de comer.

Ah, entiendo, claro.

Eso quiere decir que no hay comida como en esas películas del futuro.

El hombre se acercó a un quiosco que estaba abierto y le tiró una bolsita de maíz inflado a la niña.

Parece que no es así.

¿Entonces?

El hombre miró adentro del quiosco y observó a un viejo cuya panza empujaba y deshilachaba una camisa rosada por las secreciones que el cuerpo emanaba. El hombre apenas respiraba y sus manos estaban entrelazadas, con las uñas largas clavadas en la piel. El quiosquero intentaba chiflar pero solo caía saliva de sus labios finos y resecos.
Los dos tosieron al unísono, el hombre de bata y la niña calva. Las escaras que volaban se metían en sus narices y no había nada que hacer para remediarlo.

Debería volver.

Volver…

Al sanatorio

¿Para…?

Mi celular está ahí.

¿Y tus papás?

No estaban cuando desperté.

¿Por qué estabas en el Sanatorio? ¿Qué tenés?

Me llevaron. Para morir.

Pero no estás muerta.

Ah, no sé. Creo que no.

No estás muerta, ése está muerto, dijo el hombre de bata señalando a la especie de maniquí que estaba adentro del coche.

El viento jugaba con las escaras, esos pedazos de piel traslúcidos que revoloteaban alrededor de las luces de los semáforos, algunos todavía funcionando y otros no.

Siguieron caminando, cruzaron la 9 de Julio y bajaron las escaleras del subterráneo. No salía ese polvo molesto de la boca del subte y además les pareció que podrían encontrar a algunas personas que se hubieran guarecido de lo que fuera que había dejado sin instinto de vida a los de la superficie de Buenos Aires.

Cuando dejaron el último escalón atrás se encontraron con que el andén estaba vacío y el vagón estacionado. La niña se adelantó y se acercó a una de las ventanas del vagón. El hombre de bata la tomó del hombro, alejándola de la ventana. Lo que se veía era perturbador.

El vagón parecía ser un enorme tarro de mermelada de frambuesa. Grumos espesos y coágulos de un líquido rojizo impedían ver el interior. Lo único que se podía observar eran una dentadura pegada al vidrio, el cabello de una calavera que estaba diseminado entre los litros de grumosa sangre, pedazos de dedos, y las pómulos resecos de lo que había sido una mejilla con las muelas salidas, porque otra cosa no podía ser esa aglomeración de cartílagos casi invisibles por el dominio del rojo.

La niña miró las puertas del vagón que estaban cerradas, pero por los bordes se escapaba el mismo líquido espeso y rojizo que había llenado el vagón, como si los cuerpos que viajaban dentro hubieran quedado atrapados y el tiempo y la putrefacción se hubieran encargado del resto.

Si esa puerta llega abrirse, advirtió el hombre.

Uno de los cristales de las ventanas del vagón parecía estar combado como si lo rojo pudiera hacerla estallar. De repente notaron el olor, era nauseabundo, el olor de lo que antecede a la nada, con la particularidad de que tenía un dejo dulzón, como si fuera el olor de las flores que se marchitan y atraen a ciertos insectos en verano. No lo habían notado antes porque el hedor era tan fuerte ahí abajo como arriba, en la calle. La niña calva se alejó hacia la escalera y los dos pronto estuvieron fuera del subterráneo.

La niña se aferro a la mano del hombre porque tenía miedo que la escalera mecánica se activara. Se mareaba fácilmente. No en vano la habían operado. Aparentemente, lo que molestaba en su cerebro ya no estaba. Se soltó de la muñeca del hombre frente al puesto de diario que estaba casi pegado a la salida del subte.

Las portadas de las revistas estaban quemadas por el sol detrás de los cristales y los diarios eran de Febrero de 2019. Según los cálculos y el reloj que le habían dejado en su muñeca, eso había sido hacía unos tres meses. Parecía no haber nadie, pero cuando el hombre de bata se asomó para constatarlo vio a una tarima en la que estaba sentado un especie de ogro que había sido un ser humano, pero que por la falta de alimentación, había perdido la apariencia humana para convertirse en otra momia, más pequeña que la del coche, como si la gravedad hubiera aplastado el gran cráneo del revistero contra el también generoso estómago. Resonó un grito.

El hombre se dio vuelta alarmado. La niña estaba cerca de un cochecito de bebé que estaba cruzado en la vereda, frente a un teatro. Cuando el hombre la alcanzó la nena ya había soltado el maíz inflado que había comido y estaba dominando las últimas arcadas. Adentro del cochecito flotaba en un líquido acuoso, ocre, el cráneo de un bebé que al hombre de bata le pareció que era una muñeca de esas antiguas con esos párpados que se cerraban al moverlas; pero no era un muñeca, era lo que quedaba del niño que flotaba en esa piscina inmunda que se había convertido su cochecito. Cerca, en el cemento había unas relucientes tibias y el cráneo de profuso cabello largo y rubio que acariciaba el suelo y que una paloma estaba picoteando. Sin saber por qué, el hombre pateó a la paloma, que dio un salto y siguió picoteando lo que quedaba de piel del cráneo. El resto de la piel que no era engullida por el ave flotaba y se juntaba con las otras escaras que formaban esa especie de nieve que difuminaba la luz del sol dando una apariencia mágica a esa mañana en la que el hombre de bata y la niña calva se habían conocido.

El hombre de bata esta vez apuntó bien y le propinó un puntapié con sus chinelas a la paloma, que salió volando, pero aterrizo cerca, como dispuesta a continuar su tarea.

La niña calva, todavía doblada en dos por las arcadas, miró con preocupación al hombre de bata.

Más vale que no andes mirando donde no te conviene.

Necesito que me acompañe a lo de mi padre.

¿Cuanto tenés, ocho, nueve?

Casi nueve.

¿No podés ir sola?

No me sé bien el camino, además estoy… perdida. Pero no es lejos, y ahí tengo la tablet.

La tablet… No seré de mucha ayuda si sos tan curiosa. A veces es mejor cerrar los ojos.

No importa. No tengo el celular ni la tablet y mi papá ni vino a la operación. Le tengo que mostrar que estoy bien. Mi madre estaba en el hospital pero no la vi; ¿donde van las madres cuándo operan a sus hijas?

Ni idea. Es raro que tu papá no estuviera. ¿Están separados?

Un sombra muy oscura cruzó por la mirada de la niña calva.

No te preocupes. Yo tampoco tengo celular. Nunca tuve tablet.

Vamos. Mi padre tiene la oficina en el Barolo.

¿Tiene plata tu papá?

La niña frunció los labios y abrió los ojos, dando a entender que no sabía la respuesta.
Luego se acercó al hombre de bata y lo miró como esperando que la guiara.

Por Adrián Gastón Fares.

(+_+) Exhaustación. Lo poco que queda de nosotros. Derechos reservados.