Dondequiera. Fin de temporada de escritura 2020.

Con la invocación o poema o conjunto de frases Dondequiera empezaba el 30 de Marzo la temporada de escritura de este 2020 que ya venía raro, cuarentenoso y extrañado.

Un guión de largometraje de ficción, género terror y thriller psicológico fue lo primero que terminé.

Luego, seguí con una novela que me llevó bastante más tiempo y que también es hermana de Señor tiempo (Mr. Time) y de Gualicho en cierta forma.

Todavía me guardo los títulos de ambos proyectos.

Entretanto, con Bombay Films intentamos y estrenamos dos cortometrajes vía zoom en los que disfruté la cercanía virtual de trabajar con actores: Boda Negra, Anzur, se suman a otros cortometrajes en los que participe en otros años con diferentes grupos de personas, como Entre nosotros, Motorhome, Cine Sordo, Inextinguible y otras ansiedades parecidas. Y ya escribimos uno nuevo que está por producirse.

Ahora pienso qué sigue. ¿Es el camino ceremonioso de Gualicho? ¿O el del nuevo guion que terminé este año? ¿Serán otros anteriores como Las órdenes? ¿La serie La sociedad de los parientes asesinos? ¿La venta? ¿Señor tiempo?

¿O directamente dejaré el cine porque cuesta tanto y el camino ha sido tortuoso ?

¿Y que haré con esta última novela con una historia que me mueve desde lo personal y lo ficticio?

No lo sé.

Es momento de cerrar la temporada de escritura del 2020 y de comenzar a transitar las tardes soleadas y calurosas del Gran Buenos Aires con otras historias.

Hay unos ensayos que me gustaría escribir. Tal vez lo haga.

Y hay personajes que necesitan ser sacados a pasear, necesitan esa imperceptible energía de la rueda del mouse ajeno, del dedo que acaricia una pantalla para hacer desaparecer un grupo de párrafos y que aparezca otro, la señal de la punta de la hoja doblada por misteriosos dedos que les regalan ese símbolo en sus celulosos cielos.

Cierro está temporada de escritura y de trabajo 2020 con el deseo de que mis libros encuentren a sus lectores y mis películas (son guiones todavía, claro; la única realizada ha sido Mundo tributo) susurren a las cámaras que las van a grabar las palabras que no se oyen y que movilizan ejércitos de sonidos e imágenes.

Es la literatura y es el cine lo que me gusta.

Es donde encuentro todo lo que perdí.

Es donde enfrento al mundo y donde me calzo guantes para colgarme de vigas de palabras, pasar el pescuezo y mirar la luna sobre el pasillo de las baldosas que aprendieron a soñar.

El pasillo está plateado y repetimos el mantra que de poema no tiene nada:

Dondequiera que sople

leve viento.

Donde líneas y círculos

seduzcan y enciendan los motores

de la ola roja

que llevamos dentro.

(con estas palabras iniciamos esta temporada de escritura, de trabajo, y de disfrute en lo imposible y en lo posible)

En Marzo, decía:

Lxs invito a arreglar cosas, a escribir, a sudar, a mirar más y sentir más, sin dejar de reflexionar en lo que fuimos y en lo que seremos. Después de todo, seremos igual o lo que tenga que ser, será igual.

Seguimos.

Adrián Gastón Fares

Interviniendo el tiempo desde el terror, la ciencia ficción y la aventura.

El primer afiche de concepto para Mr. Time por Santiago Caruso en 2017. Ese concepto creció. Gracias, Flor Florencia Acher por recomendarme tan buenos ilustradores como Santiago Caruso (Mr. Time) y como Sebastián Cabrol (Gualicho) Si alguien compra el cuadro que me lo done, je.

Aquí el link al Instagram de Santiago Caruso donde se pueden comprar sus obras:

¿En qué anduvo el autor de este blog este año 2020? Si se estaban preguntando eso, aquí iluminamos un poco la oscura respuesta (e incluso revelamos una fotografía que la subraya)

Es hora de que cuente, aunque sea un poco, en qué anduve este año. Si hay algo que me sirve es escribirme a mí mismo. Espero que también les sirva a los que me leen.

Hay una relación extraña entre el escribir, el inventar historias en mi caso, y la vida. Por lo menos, es como que le pongo el cuerpo. No es raro verme escribiendo una novela, haciendo las voces, caras o movimientos de los personajes (aunque sé justamente que es porque nadie me mira). Más justificado es hacerlo en el guion, donde también lo hago, no sé si menos o más.

Investigué bastante y leí mucho sobre qué rumbo quería tomar en la escritura esta vez.

Arranqué este 2020 que nadie va a olvidar escribiendo un largometraje, un thriller psicológico.

Para mí fue importante hacerlo, porque luego de Gualicho (la película sigue empantanada, no sé si alguna vez se rodará) y Mr. Time, tenía que volver a escribir cine y tenía que hacerlo con un género y un tema que me motivara mucho como en los otros dos casos. Así que encontré el tema, encontré el género, y me largué.

Fue la escritura más rápida de guion que hice en mi vida, iba corrigiendo el mismo día y seguía, nunca con tanta seguridad de donde estaba el norte. Como con la novela que luego les voy a contar, me ponía en mi tarea todos los días sin faltar uno solo.

Hace rato que no existen los domingos para mí, ni los sábados y me siento bastante infeliz si no estoy escribiendo algo de ficción (como me ocurre ahora, por ejemplo)

Aclaro lo último porque hay personas que piensan que me gustaría hacer documentales. Me encanta ver documentales, la pasé muy bien haciendo Mundo tributo (que yo no considero un documental, es un musical y tiene una estructura y una búsqueda más cercana a la ficción) pero yo arranqué en la ficción y de la ficción no me iré (salvo en algún otro caso donde vea un tema tan bueno para un documental que me pueda olvidar que es un documental, como me pasó con Mundo tributo)

Mis inicios en la ficción cinematográfica fueron cortitos hechos con lo que se podía, como los que pudieron ver hace poco. Aquí me cabe recordar a El hombre lámpara (no existiría Mundo tributo sin El hombre lámpara), Motorhome y otros experimentos. Y Mundo tributo fue un documental tan sólo porque no teníamos los medios para hacer una ficción.

Mi idea es grabar esta nueva ficción de manera independiente. A lo Mundo tributo (Gualicho iba a ser grabada así antes del infortunado premio del INCAA en 2017, aclaro que me da mucha bronca no haber podido grabar aún esa película por razones ajenas a mí).

Pero estoy hablando de otro proyecto. Y en este caso, tres actrices y un actor forman el elenco. Y es una película suburbana.

Estoy afincado en Lanús, lugar donde crecí. Luego de dieciocho años de vivir en la ciudad de Buenos Aires volví a mis pagos.

Primero recalé en la casa de mis padres (no aguanté la perspectiva de pasar encerrado en un departamento sin sol, casi sin verde, la cuarentena) pero después de un tiempo (que fue un poco más de la mitad de la cuarentena) un día me encontré en otra.

Solo voy a decir, que no tenía idea de cuánto extrañaba estar en un fondo o en una terraza. También diré que me preocupa un poco estar alejado (en distancia) de mis amigos. Y que nunca en mi vida me imaginé que iba a estar escribiendo algo, y menos viviendo, donde estoy escribiendo esto.

Sigamos con el tema de la película. Tengo ganas de grabarla con una actriz que sea de la zona, algo que me tengo que poner a buscar para dar con la adecuada. Pensé en otras actrices pero hacerlas venir hasta acá todos los días que dura el rodaje me parece que va a ser engorroso para ellas y para mí. Aunque el rodaje no debería durar más de dos semanas.

Por otro lado, apenas terminé el guión lo guardé (sabiendo que no había protocolo para filmar aún, y más que nada, que no era nada seguro hacerla así para nadie en ese momento) y me puse a escribir una novela.

Empecé escribiendo sobre un lugar que no conocía. Pronto volví a comenzar la novela desde cero.

Me puse a investigar bastante, más que nada sobre el estilo que quería que tuviera la novela. Sobre la manera de escribir determinado género y sobre la manera de escribir en general.

Y miré mucho, no me canso de mirar una sombra o un detalle de lo que me rodea, que antes no había visto y entonces esa sombra o ese detalle comienza un proceso de transformación que es lo más cercano a la magia que conozco. Aunque tal vez conozca otras cosas cercanas a la magia…

(como la voluntad por ejemplo).

Recapitulemos, entonces.

En guion de largometraje, en orden de escritura, primero está Gualicho, que empecé a escribir apenas terminé la facultad, luego Las órdenes que terminé después del estreno en BAFICI de Mundo tributo, después Mr. Time y ahora se suma este nuevo proyecto. Por ahora me guardo el título.

Hay otros proyectos, entre ellos una serie, como podrán ver en corsofilms.com/press (la productora independiente que armamos con Leo Rosales, quien a su vez está con varios proyectos)

En literatura, primero surgió ¡Suerte al zombi!, novela que empecé a escribir a los dieciocho años, si mal no recuerdo y cuyo camino, por lo menos para mí, terminó este mismo año cuando la revisé para convertirla en una edición digital que publiqué en este mismo blog (entre el reposo y la reescritura de la nueva novela)

Tiempo después de ¡Suerte al zombi!, llegó El nombre del pueblo, el relato largo El sabañon, más adelante Intransparente (que primero titulé Elortis), en el intermedio tuve una temporada larga de escrituras de cuentos de las que fueron testigos casi en vivo si siguen este blog, de ahí salió Los tendederos (mi antología de cuentos de terror y ciencia ficción) y ahora le toca el turno a la bienvenida nueva novela, cuyo nombre no puedo revelar porque la envíe a un concurso que salió cuando estaba por la mitad de la aventura, más o menos.

Y hablando de aventuras: sumé un nuevo integrante a mi familia animal. Ina, es una perra con la que convivimos hace dos meses y medio, que parecen un día, mi gata (Lara), mis peces y yo.

Ina.

Adrián Gastón Fares.

Estreno cortometraje. Anzur. Bombay Films.

Este es Anzur, un cortometraje argentino independiente de terror y comedia.

En estos últimos días, luego de un año que fue intenso en lo creativo, por decirlo de alguna manera, ya les contaré, y recién mudado y trabajando en la mudanza, creamos este cortito con el staff de Bombay Films. En este caso lo escribí y dirigí con mi ex compañero de facultad y amigo, Matías. Y luego nos ayudó con las redes sociales Gabriel Quiroga, otro colaborador de Bombay Films.

Tuvimos el gusto de trabajar con un excelente elenco.

La increíble Roxana Randon, las fantásticas María Eugenia Rigon y Cecilia Heroiina y los muy buenos muchachos: Sebastián Berta Muñiz y Robertino Grosso.

Fueron pocos días y la meta era estrenarlo sí o sí el 31 de Octubre.

En ese sentido, lo logramos.

Les dejo Anzur. Ya vendrán más cosas…

Afiche de Anzur, cortometraje.

https://youtu.be/ETcUJrUoK2Y

Adrián Gastón Fares.

Sobre el estreno de Anzur. El caso de Natalia Mulching.

Este sábado a las 20:30 Bombay Films Argentina estrena Anzur, un cortometraje de cine independiente.

El cortometraje, de terror, cuándo no, está inspirado en el poemario Crónica de un exorcismo secreto de Jimena Golguev y en el caso de Natalia Mulching.

Anzur, el caso de Natalia Mulching.

Jimena Golguev tiene 26 años, estudió agronomía en la UBA y escribió un poemario dedicado al amor sapiosexual llamado Yo nunca leí a Thomas Bernhard. La autoedicion en cartón corrugado conoció muchas manos. Cada tanto arma poemas que son atrapasueños sobre el supuesto exorcismo practicado a su ex amante y amiga, Natalia Mulching.

Como este:


Natalia está muy rara.
Esto desafia mis creencias.
Convoqué a un buen psicólogo.
No es de esos que creen en cosas raras y sabe escuchar.
No confío de Beatriz la madre de Jimena, de repente me salió con un cura.
Natalia no quiere curas.
Yo tampoco.
Pero escuchar lo del hombre polilla de boca de ella llama la atención…
Se leyó todos los libros de John Alva Keel.
Y dice que estuvo vagando por los bosques y que una presencia le habló.
Eso de irse a Córdoba en cuarentena no fue una buena idea.
El hombre polilla.
Es como un búho gigante.
Algunas personas tatuadas son en realidad sombras del hombre polilla que nunca más se van… Y las esconden con más tatuajes hasta que las mismas personas se desdibujan. Y chau.

Por eso dicen que los tatuados, yeta.


(Toco madera y teta piercing)

De dónde saca esas cosas Nati?
Su imaginación parece más fermentada que fértil
Pero fermentada con qué?

Si casi no come y no toma más que agua con Romero
Le pega el Romero?


Le habrá contado a Beatriz lo del hombre polilla y apareció este cura que investiga a la variedad Anzur de hombre polilla.

Las cosas raras tienen variedades como todo en la naturaleza, me explicó Nati.

Según Natalia, Anzur no solo se aparece sino que también posee a las personas. Pero para ella no es un demonio…

Es un ser de las estrellas, ultraterreno.
Eso dice.
Ya no parece la chica de la que me enamoré mirando células cada una a su turno en el microscopio de la facu.

Ella no quiso saber nada igual. Un revolcón justo yo que cero toco y me voy. Pero de repente estábamos ahí lame lame en la mesa..


Ahora ella está bajo el microscopio…

Que es esta cámara si no?


Me preocupa lo que puedan hacerle para limpiar el nombre familiar. Para… resetearla.


Las personas se están volviendo muy… mecánicas.

No es lo mismo ablandarse que aceitar más la guillotina que corta los brotes salvajes como el de mi querida Nati.

Del diario de Jimena Golgue. 2020.

Anzur cuenta con un gran elenco. Maria Eugenia Rigon como Natalia Mulching. Roxana Randon como Beatriz (la madre) Cecilia Heroiina como Jimena. Robertino Grosso como el cura exorcista y Sebastián Berta Muniz como el Psicólogo Urquiaga.

Pueden verlo en el IGTV de Bombay Films @ bombayfilmsar (Instagram)

Y en el canal de YouTube de Bombay Films.

Dicen que todos los días son el día del terror por eso está de más recordar esta fecha pero nosotros la recordamos igual subiendo un cortometraje.

Fue un placer contar con un gran elenco y compartir guión y dirección con mi ex compañero de facultad, Matías.

Se disfrutó mucho la escritura y todavía más el trabajo con las actrices y actores.

Adrián Gastón Fares

Afiche de Anzur, cortometraje.

Aniversario: 14 años del blog.

Siempre olvido que creé el blog para estas fechas.

Pero WordPress me lo recuerda, claro.

14 años desde que iniciamos elsabanon o adriangastonfares.com una tarde o noche que ya no recuerdo (es una más entre tantas).

Así que bueno, sigamos…

¡Gracias por leerme, y saludos!

Adrián Gastón Fares, 26 de octubre 2020.

Ya no hay nada malo. Más series y películas.

Cobra Kai, la serie de YouTube Red, ahora disponible en Netflix, no da respiro. Empieza como si fuera una tontería y luego todo se trastoca, no hay buenos ni malos aquí, hay una energía que parece envalentonar a la trama casi sin historias paralelas (un vicio horrible de las series; muchas son arruinadas por estas historias paralelas que parecen pensadas para alargarlas) hacia senderos cada vez más abiertos, tanto en la primera temporada como en la segunda. El formato de 30 minutos es mucho más amigable que los más largos. En esta serie no se ven las costuras del diseño, eso se llama: magia.

Por otro lado, The Boys (Amazon Prime, basada en el comic del mismo nombre) es una serie agria, cínica, casi de terror, donde los superhéroes y las superheroínas son tan repulsivos como los lagartos de V, Invasión Extraterrestre.

Hay atrocidades de todo tipo. A pesar de toda la irreverencia que tiene The Boys, y lo molesta que llega a ser, una molestia bienvenida como esas picazones que uno se rasca con gusto, por momentos (en otros pica demasiado), a veces pierde sentido por las historias paralelas y por un gusto por los remates (je) fáciles. Y por una línea blanda de caracterización de los personajes (A lleva a B demasiado fácil aquí)

Así y todo no deja de ser aterradora.

El problema en The Boys está en que el diseño se ve. Los hilos están correosos. La magia se pierde.

El casting es notable, un hallazgo, una proeza. Son situaciones difíciles que los actores resuelven con un sostén carismático poco visto en nuevas caras.

En cuanto a películas; van dos.

Una la recomendó Stephen King.

Se llama The Rental, de Dave Franco, y es una de terror que da miedo de verdad y que juega con las percepciones de los protagonistas y las del espectador.

La otra película que vi hace poco… un poco tarde porque se estrenó hace mucho, es The Greatest Showman, de Michael Gracey.

Pensé que no me iba a gustar, y la venía dejando para más adelante a pesar de que me gustan mucho los musicales.

Al final, era ese tipo de películas que a uno le gustan porque le tienen que gustar.

Noté que en el guión de The Greatest Showman metió mano el gran Bill Condon.

Condon es un ex crítico de cine que, entre muchas otras películas, dirigió Gods and Monsters (Dioses y monstruos) y Kinsey, dos películas que son excelentes.

Volviendo a las series, hay dos nuevas a las que les pongo fichas.

Una es The third day, con Jude Law.

Y la otra es We are who we are del siempre bueno Luca Guadagnino.

Adrián Gastón Fares

PD: agradezco si pueden firmar y compartir la siguiente petición que creé en Change.

change.org/gualicho

Afuera.

Mamá, ¿por qué el vecino pone música tan linda?

Porque hace años que se le cayeron las orejas, mi amor.

Ah… ¿Y por qué la vecina tiene esa casa con colores tan lindos?

No tiene ojos.

Yo cuando sea grande voy a hacer casas coloridas así, edificios tan altos como el del otro día. ¿Se puede, mamá?

Nada es imposible para las bajitas como vos y como yo.

¿Y voy a poder ser mi propia mamá? ¿Yo sola? Cómo la señora alta que sale con la bolsa grande al supermercado. Todos los días sale.

Claro, pero esa mujer nunca tuvo madre.

¿Y de dónde salió?

De una fábrica.

En ese lugar debía haber muchas ventanas abiertas, enormes.

Claro, le gusta el fresco. Por el pelaje es.

No sabía que tenía pelos.

Son translúcidos.

¿Qué?

No importa. Seguí comiendo.

por Adrián Gastón Fares

The biggest little farm y Batman and Bill. Documentales recomendados.

Afiche The biggest little farm

Tengo dos documentales para recomendar.

El primero trata de una pareja que decide dejar un departamento, inspirados por la llamada a lo salvaje de su perro, y afrontar la enorme tarea de convertir un lugar desértico en agreste.

El ayudante de la pareja es Alan, un gurú medio alocado y entrañable, que aboga por la biodiversidad.

El documental no es todo flores y hippies cultivando al sol. Tiene los vericuetos de enfrentar esa tarea. Por lo tanto, hay algunos disparos para los coyotes, entre otras demandas de la sobrevivencia en un campo, que no son agradables para los que no nos gusta que maten animales.

Más allá de eso, la tarea de reforestar una zona inhóspita es monumental y el realizador (un camera de documentales de la naturaleza) sabe armar una estructura dónde conviven las alegrías con las tristezas.

Pueden alquilar, rentar o ver online la película en el sitio:

http://www.biggestlittlefarmmovie.com/

Por otro lado, la producción de Hulu, Batman and Bill, desvalija la pequeña oficina donde dos adolescentes crearon al Caballero Oscuro. El problema fue que uno de esos adolescentes, Bob Kane, hizo desaparecer de los créditos al otro, Bill Finger, y recién cuando este último ya había muerto en el anonimato, admitió que Batman había sido creado a dos manos. En cierto modo, es una película sobre la reparación de una identidad, sobre la justicia que un seguidor, Mark Nobleman, puede lograr para un creador. Por eso, es un documental emotivo dónde sentimos que el mundo puede ser menos injusto si una persona se lo propone. Y varias lo siguen. Con la participación de Kevin Smith, Todd McFarlane, entre otros.

En cierta forma, los dos son documentales sobre la voluntad, sobre decisiones que cambian vidas y lugares.

Batman y Bill no es para relativistas. La verdad y la justicia existen y solo cuesta encontrar la primera para equilibrar el herrumbrado gozne de la balanza de la segunda.

Cómo Desenterrando Sad Hill (el documental de Netflix sobre la restauración del cementerio donde se filmó la escena icónica de El bueno, el malo y el feo) son películas sobre una persona o un grupo de personas que logran mover del sillón a unos cuantos más, ampliar el grupo y, luego de algunas penurias, lograr su objetivo.

por Adrián Gastón Fares

La vastedad de esta noche.

Los estrenos de cine escasean y parece que las productoras se están guardando las películas para más adelante. Lo que es razonable: ¿cuánto dinero puede pagar una plataforma para adquirir un título? Bond 25 tiene un costo de 250 millones de dólares. ¿Cómo recuperar ese dinero si no es vendiendo pochoclos, bebidas y entradas de cine?

Por suerte hay otras películas que por su costo, o incluso estrategia de marketing ya pensada, pueden lanzarse.

¿Quién piensa en el cine sin recuperación de costos? ¿Sin estrategias de marketing? Hasta los directores más reacios terminan enviando sus películas a festivales. Hay que moverla, es así.

El director de The Vast of Night (2019), al que no nombraré porque eligió con humildad que su nombre no figure en los títulos de su película, decidió sacarla del cajón y enviarla a Slamdance, el festival de cine. Según lo que leí, la produjo, escribió y dirigió aparentemente sólo para tener la posibilidad de hacer la siguiente.

Pero con esta sola ya logra tirarnos de la vista, como si tuviéramos unas manos ahí en vez de ojos, por dónde él quiere, con una seguridad que al principio es aplastante.

The Vast of Night, con su título ampuloso, resonante y cierto, porque la noche es vasta, es larga (la noche: la película es gratamente corta), donde se pueden escribir cosas como estas y hacer millones de cosas más, hasta descubrir una nave extraterrestre volando encima de tu casa, si estás de suerte y se es insistente, fue adquirida por Amazon Video, donde podemos verla.

Una película más difícil de rastrear es Driveways (2019, aparentemente aún no hay título en nuestro idioma) Bien actuada, bien escrita, bien filmada, la película de Andrew Ahn, sobre una amistad entre un niño, Lucas Jaye, y un señor entrado en años (Brian Dennehy en su última actuación) nos expone, con medida pausa, la irremediabilidad de las diferencias entre los seres humanos y las impensables (y a veces olvidadas) amistades que generan estas tiernas marginalidades.

Pero tenemos que seguir hablando de dinero. Das 5 Bloods (5 sangres, de Spike Lee) fue estrenada en Netflix y tuvo un costo de 45 millones de dólares. Lo que simplemente quiere decir que una de 45 millones puede estrenarse online pero una de 250 millones, no. Tiene lógica. Hay que esperar para ver a Bond.

5 sangres, es buenísima, qué más decir, siempre Spike Lee fue un excelente director de cine y lo sigue siendo. Recuerden que no soy un crítico de cine y que solamente hablo, o trato de hablar, de las películas que me van gustando, como si esta fuera la libreta de películas ya vistas que solía llevar cuando era chico (de niño no sabía cuánto salía producir una película, cabe destacar)

La película de Spike Lee tiene la música del gran Terence Blanchard. A Blanchard también lo encontré haciendo la música jazzera de una serie estrenada hace poco, que chusmeé porque me gustan las historias sucias de detectives: Perry Mason.

Por último, voy a nombrar una miniserie documental cuyo primer capítulo tiene una buena narración, muy acorde a lo que cuenta:

I´ll be gone in the dark (2020) es un documental sobre la escritora (y bloguera) Michelle McNamara. Y sobre su asesino (no me refiero al que terminó con ella, no se apresuren, sino al que ella siguió a toda costa)

McNamara escribía en su blog sobre asesinos seriales e investigó con obsesión (siempre digo que sin obsesión no tendríamos luz de noche, por ejemplo) a uno de los más abocados y menos conocidos representantes de este temible gremio: the Golden State Killer. No diré mucho más: está disponible el primer episodio en HBO. En español el libro de la escritora, póstumo, se llama: El asesino sin rostro. Estas obsesiones sanas como inventar la luz eléctrica o seguir los rastros de un asesino son las que nos hacen humanos…

Algo más, me quedaba por ver en estas noches de cine pos-escritura una película de Wong Kar-wai: The Grandmaster (2013)

La película es sobre el maestro de Kung Fu (Kung Fu, el arte marcial, viene de Kong Fu Tsu, o sea de Confucio; Octavio Paz tiene la culpa de este paréntesis), Yip Man (Ip Man) maestro de maestros de las artes marciales, uno de sus discípulos fue Bruce Lee.

La película es hermosa. Kar-wai eleva dimensiones en el cine que a veces nos olvidamos de percibir fuera de las pantallas (capas de imágenes, esas texturas… como ya lo había hecho en In the Mood for Love)

Recuerden que el arte de elegir una buena película o un buen libro es el más difícil de todos. Lo es para cada persona. Es azaroso, imprevisible, y es tan grato que si lo logramos, se parece a la aventura de crearlas o escribirlos.

Y lo que descubrimos en esos sueños compartidos que son las películas, y que también son los libros, es difícil de transmitir con palabras. Mueve a la sangre como la luna afecta a las mareas.

Adrián Gastón Fares

Escritor, Productor de cine, Director de cine

(PD: Aguante los pedazo-de-actores Will Ferrell, Rachel McAdams y Eurovisión: La historia de Fire Saga. Ya no dudo de que existen los duendes)

Cine, donde sea y como sea. 8 películas magníficas.

Goodbye Dragon Inn (2)

Además de las películas recientes que fui viendo y que están en el artículo anterior, quería nombrar otras que caen dentro de la categoría otro cine, art film o cine arte pero no son otro cine, son el único que existe y que tiene ejemplos como El silencio de los inocentesYi Yi, por ejemplo.

Las etiquetas que se las queden las que las ponen o las que piensan en ellas.

Uno lo que quiere cuando ve cine es traspasar la pantalla, es impregnarse de los olores y ser invadido por los sonidos, la atmósfera además de la trama que es particular en cada película notable como cada día de la vida es distinto del anterior.

Recuerdo con emoción estas películas y recomiendo que las vean.

Dónde sea y cómo sea, claro, porque no suelen estar en las plataformas que más miramos o las de más fácil acceso.

Tal vez puedan encontrar algunas en plataformas oficiales como Mubi, Filmin, Qubit.tv o buscando en listas de torrents, o en sitios de streaming de películas que llevan adelante online invisibles benefactores del cine (como zoowoman)

  1. Yi Yi, A One and a Two, de Edward Yang (parece que Yang murió joven pero dejó grandes películas)
  2. Shara, de Naomi Kawase (Kawase filma mucho pero esta es mi favorita)
  3. Syndromes and a Century, de Apichatpong Weerasethakul (me gustó tanto que aprendí el nombre del director)
  4. Goodbye Dragon Inn, de Ming-liang Tsai (sobre una sala de cine que como última proyección antes de su clausura pasa la película homónima; tal vez la que va a estimular más ese ojo de cíclope que esperemos seguir teniendo en el alma en estos tiempos cuarenténicos)

Acá hagamos una distinción porque se vienen películas clásicas:

  1. Charulata (o, La mujer solitaria, de Satyajit Ray)
  2. The Uninvited (la de 1944, de Lewis Allen)
  3. The silence of the Lambs (El silencio de los inocentes, o de los corderos, depende, de Jonathan Demme, tal vez la más conocida, quédense mirando los títulos finales más simples, potentes y orgánicos del cine)
  4. Stroszek (o La balada de Bruno S., de Werner Herzog; su mejor película de ficción hasta la fecha, cerca está Invincible)

por Adrián Gastón Fares

 

 

Dondequiera.

Escritor, Guionista

Dondequiera que sople

leve viento.

Donde líneas y círculos

seduzcan y enciendan los motores

de la ola roja

que llevamos dentro.

(con estas palabras iniciamos esta temporada de escritura, de trabajo, y de disfrute en lo imposible y en lo posible)

Lxs invito a arreglar cosas, a escribir, a sudar, a mirar más y sentir más, sin dejar de reflexionar en lo que fuimos y en lo que seremos. Después de todo, seremos igual o lo que tenga que ser, será igual.

Saludos

Adrián Gastón Fares

 

Diccionario de la diferencia: opresión vs. verdad.

Después de una verdad revelada siempre sigue la victoria (paz, si la verdad es justa) u opresión (lo más común, la opresión se sostiene por una mentira útil y aprobada por la mayoría de la sociedad).

La verdad es transitoria pero necesaria para seguir creciendo, seguir haciendo. No tiene malicia.

La verdad se escribe y se dice por ese motivo salvo que quieras oprimir a otras personas a beneficio tuyo.

La verdad suele ser una respuesta a la opresión. Nunca es como la opresión totalitaria una respuesta para ocultar la verdad transitoria (la verdad). Y siempre la opresión se disfrazó de verdad.

Pero no lo es.

por Adrián Gastón Fares.

PD:

“El modelo social describe la discapacidad como un efecto opresor de la sociedad sobre algunas personas que, al estar diseñada para un tipo específico de sujetos, de cuerpos, discapacita a quienes poseen determinadas características. Así, la discapacidad es entendida como una forma específica de opresión, en términos de relaciones de poder desiguales en una sociedad.” (Corbeñas, 2016:19).

 

Tres películas de este año. Cine.

Quería ordenar un poco a este año de películas tan duras y tan buenas

Digo la últimas que recuerdo y las que me causaron una impresión para bien o para mal (diría que para bien)

Marriage Story (no voy a nombrar directores para no hacerme el sabihondo) Bueno… Sigamos.

Esa película se trata del hombre invisible. No es Kramer vs. Kramer. Es algo nuevo acorde a esta época. No habla de la Virgen María ni de la tradición judeocristiana. No es una película de una madre (no le mientan a las madres) Lo siento. Es el hombre invisible. Es un hombre el que escribe y el que dirige una película sobre una separación. Y es una película sobre una separación (a ver, no quiero quedar como un pelotudo; al pedo encima, en Mundo tributo ponemos para variar y porque era apabullante lo otro, a The Beladies, siempre me preocupé por eso, ¿y a quién le importa?, en Gualicho le pregunté a una ex pareja y a mi hermana veinte veces sobre cómo escribir escenas donde había mujeres, en Mr. Time directamente ya no me hacía falta preguntar sobre la identidad y las diferencias, porque ya había vivido demasiado eso, nunca es demasiado pero a veces parece que sí y me alcanza; pero nadie se tomó el trabajo de leer mi último guión, creo)

Decía que Marriage Story es más la película de un tipo que de una mujer. Es más la historia del marido (no tengo hijos, pero sé lo que es una separación de pareja) Y de cómo debe adaptarse a unas condiciones sociales a las que él ya se ha adaptado, y que le pesan, pero no puede expresarlo. Por eso la película. Es fuerte porque el punto de vista nunca sale de él. Trata de variar pero no se mueve mucho, a pesar de todo.

Si bien no es perfecta (ese canto de Adam Driver al final, gran actor, ¿para qué?) es una película fuerte porque habla de cómo cambiaron las subjetividades y los tiempos.

Joker. Es la historia de una persona con discapacidad y de cómo la sociedad, los otros, la destruyen hasta que no aguanta más y mata gente. No es la historia de un psicópata ni de un esquizoide (esta es la época de la diversidad, donde podemos decir que los santos que nos venden eran todos locos; que los visionarios eran todos locos si esto fuera así)

La película se focaliza en cómo explota alguien cuando le han minado todo el terreno de su vida social y afectiva. Y la actuación de don Phoenix es magistral. Tiene improvisaciones necesarias para un guión así que la mejoran. El final es perfecto (y no se puede apreciar más que en el cine; todo pasa tan detrás en el plano que se pierde en pantallas más chicas)

Parasite. Es un guión perfecto o casi perfecto. Es una película sobre cómo las nuevas clases altas o medias altas (especialmente en este caso, la de ciertos países de Asia) eran y son. Y a la vez, cómo cambió la clase baja o media baja por el acceso a Internet, a un smartphone. Como usan esos recursos para tratar de movilizarse. No eran las marchas todo: es la información y cómo buscás el Wifi para obtenerla.

En el camino, desestigmatiza la pobreza y muestra conflictos que están ocurriendo en muchos países del mundo y que seguirán ocurriendo.

También, sirve para recordar a Ford, que influenció, si mal no recuerdo, a Kurosawa y Kurosawa influenció a Lucas, de donde precede la mayor parte del cine actual.

El gran director de Parasite (de Okja y de la seminal Memories of Murders) me parece un hijo de Spielberg y un poco del animé japonés. A la vez el guión tiene algo del neorrealismo italiano. De Sica más que nada, por lo tanto parece fundir muchas tradiciones del cine y muchos países (como el realismo mágico de Francia y el cine soviético; todos han fundado lo que conocemos como Cine)

Pero Parasite no olvida la narración ecléctica, inacabable, de oriente, y transciende. Es muy buena película.

Dura, para nada fácil, nada servil, valga la redundancia, y a tono con las otras dos, mágicamente. Y la más interesante de analizar en cuanto a las influencias (lo que la dejaría inerte; no es mi intención)

Las tres, son películas muy libres y muy poco correctas (del hombre, una; del padre, de las parejas en este siglo XXI, la segunda del enfermo mental y del marginal, y la tercera, de la pobreza)

por Adrián Gastón Fares.

PD: Para fantasmizar (perdón el neologismo) este texto sobre el sagrado y a la vez sacrilego cine y devolver al vanpiro o vampiresa a la tierra fresca y oscura y a este blog a su fuente literaria; para mantener la inocencia de las imágenes de estos largometrajes invocados, el momento final mágico que cada uno fijó en su visionado, dejo esta cita de un poeta antigüo y reconocido, extraída del libro de Roger Clarke, un crítico de cine, que escribió sobre su pasión: los fantasmas (La historia de los fantasmas, Roger Clarke) que dice:

«Me preguntó una dama en una ocasión si yo creía en fantasmas y apariciones. Con sinceridad y simpleza le respondí: “¡No, señora! ¡Demasiados he visto ya con mis propios ojos!”». Samuel Taylor Coleridge.

Las vueltas

Una campana

Nunca agitada

Un pabilo

Nunca encendido

Para avisar que la oscuridad se acerca

Eran

Como todo lo que inventaron

Sin hacerse cargo

Y para aprovechar el Cargo

Olvidando

El amor y la conquista

La pérdida

Deslizo injusticias

Con la rueda del ratón

De la computadora

Personal

De los resultados y de las resultadas

De los seleccionados y de las seleccionadas

Los de siempre

Y las de siempre

Siguen

Los que nunca

Las que nunca

Los de barrios con semáforos

Nunca paran

Los de barrio con cielo alto y terrazas bajas

Nunca pueden

Se esfuerzan más

La rueda que fue inventada para ir para adelante y no hacia atrás

Porque el arte es sólo futuro

Pero todos en su burbuja horrenda

Descansando en su mentiras para alimentar

El ego

Y el dinero

Y también la líbido

Claro

No importa

Si sos negro o blanco

Ciego o ciega

No importa

De las guerras de la memoria

y del presente

Nadie ni natalidad

Te salva

Porque tu mentira es tan grande

Que repercute en tus ancestros

Que ya son piedras

O dioses

Y siempre deciden

Sin tener las manos atadas

Sin gordos ni flacos

Todos alcanzaron su peso ideal

Hablo con las mías y míos para que ayuden

Comprendan

Y accionen

Ni los que ven más lejos

Ni los que ven más cerca

Ni los que oyen más

Ni los que oyen menos

Ni los que son más altos

Ni los que son más bajos

Ni los que tienen granos

Y los que no los tienen

Nadie escapa al desastre que crea ni a la falta de responsabilidad de levantar

El polvo de viejos caminos

El mundo es tierra y es agua

Hora es

De zambullirse

Para no tocar el fondo

O de emerger

Para que los rayos del sol

Sequen las gotas de nuestras oscuras y cansadas espaldas

En ese instante

Mientras más allá, la tierra seca de lo desigual se resquebraja

En tus ojos hay palabras

Que no puedes ver

Tu piel contaba historias que

Sin cercanía

No se pueden

Descifrar

Tus pies sostienen a la luna

Y al negro cielo

Brillante que fue y ya no es

Es una voluntad que llueve

Para que los pasos sean rápidos

Y traten de que sí

Y no que No

Juntos

Vida es

Y si no es porque es de día

Y sos un niño o una niña

Corramos a la terraza donde las nubes esconden grandes naves

Extraterrestres que no verás pero que aparecerán

En tus sueños después

Cuando ya no subas corriendo ni esperes

Tanto

Porque si la voluntad es el único camino

del cuerpo y la esperanza es el de las ficciones

y los augurios de la mente,

el planeta pierde su órbita

y los muertos girarán en sus sepulcros.

Entonces el Caos

Y las vueltas serán muchas

Por Adrián Gastón Fares

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 8.

8.

 Por mi parte, durante esa época tuve mi primera entrevista laboral. Fui a ver a una amiga de mi papá, charlé con ella en su estudio y me dijo que necesitaba una secretaria. Se dedicaba más que nada a jubilaciones. Yo me quedaría en el estudio para atender el teléfono y contestar los emails, mientras ella salía a entrevistar a los posibles clientes.

El trabajo y las charlas con Elortis resultaron ser demasiado para mi amiga Agos. Empezó a darse más con sus amigas de facultad y a dejarme de lado. Mis nervios se alteraron, y mi jefa me recomendó reiki.

Una vez por semana me acostaba en una camilla y cerraba los ojos. Trataba de poner la mente en blanco pero me descubría pensando en Elortis. ¿Estaría revolcándose con alguna? Aunque me había dicho que últimamente no podía hacer otra cosa más que anotar sus recuerdos en un cuaderno, en el mismo donde tomaba notas sobre su padre. No quería escribir en el cuaderno sobre Sabatini porque tenía que verlo en esos días por un posible negocio con el libro, y no tenía intenciones de ir mal predispuesto al encuentro.    Resultó que se juntaron en un bar de Monserrat, que les quedaba a mitad de camino de donde vivía cada uno, para definir si vendían o no los derechos cinematográficos de Los árboles transparentes a un productor de televisión interesado en el cine —aunque al momento sólo había producido un conocido programa de bailanta.

Elortis irradiaba alegría ese día, satisfecho con los progresos del único alumno de su taller literario, y menos ansioso gracias al hábito de escribir sus pensamientos en el cuaderno. Sabatini empezó a hablarle de lo bien que lo habían pasado juntos trabajando en el libro, poniendo énfasis en la buena sociedad que habían formado en el pasado, que se había destruido, más que nada, y en eso coincidían los dos, por los problemas económicos. Elortis aseguró que si no fuera por las malas cuentas, hubieran seguido trabajando, y divirtiéndose, más que nada con el objetivo de hacer sentir culpable a Sabatini por no haber perseverado. Él, tomando revancha, le contó que ahora tenía más pacientes y que, sumados a los que atendía su mujer, estaban ganando bien.

Sabía que, si bien las ventas del libro les había dejado buena plata al principio, que ya habían repartido entre los dos, lo que entraba actualmente por Los árboles transparentes no alcanzaba para pagar las expensas y los gastos mensuales de una oficina. Consiguió hacerle decir a Elortis que, si seguía con lo suyo, que para él mismo era hacer nada, o mejor dicho tratar de ver en qué proyecto iba a invertir su tiempo en el futuro, era porque vivía del alquiler del departamento de sus padres. Pero algo le molestaba a Sabatini, adivinó Elortis; su revancha era imperfecta, él no sabía qué hacer con su vida y se sentía miserable escuchando diariamente a sus pacientes. Cuando él hizo un comentario sobre la simpleza de hacer lo que a uno le gusta, y saber conformarse con eso, Sabatini se sacó, y le echó en cara su insoportable arrogancia. Para ahondar el ataque, le preguntó si él pensaba que le debía algo del tiempo en que trabajaban juntos; pago de viáticos, impuestos de la oficina, y esas cosas. Elortis había comprado las computadoras, y los últimos meses se encargó de pagar también el alquiler de la oficina, pero decidió no recordarlo.

Ahora bien, Sabatini tenía un as en la manga; le confesó que uno de los personajes del libro, la cleptómana, lo había llamado para organizar nuevas entrevistas con él, y proyectar juntos Los árboles transparentes 2. En la continuación de la novela ella sería la protagonista, en vez de un personaje más de las historias del anterior, y Sabatini le dejó en claro a Elortis que como esta mujer era paciente de un amigo suyo, o sea que él la había conseguido para el libro, esta vez se iba a encargar de todo el trabajo. Así que transcribiría las entrevistas y redactaría la novela que, tal vez, llevaría como segundo título el nombre de la cleptómana. Acto seguido, dijo que aunque Elortis tenía dotes notorias para escarbar en las historias ajenas, reconocer lo que había en común entre los demás y él, jamás aceptaría que volvieran a trabajar juntos; el tiempo no vuelve atrás.

A Elortis, además de darle mucha vergüenza, le molestó que los demás clientes del bar fueran testigos del giro imprevisto de esa reunión, que había empezado con abrazos, como un cordial reencuentro. Asqueado por la trampa que le había tendido Sabatini, llamó al mozo y le pidió la cuenta. Afuera, le dejó en claro a su amigo que a él le hubiera gustado que siguieran trabajando juntos pero que ahora lo había desilusionado, y que intuía las razones de su bronca. Igual, después se volvieron a abrazar, antes de separarse. Elortis más que nada dejó caer los hombros sobre los de Sabatini. Son las personas que más lo conocen a uno las que suelen convertirse en enemigos, me dijo. Y agregó: por suerte. Después, envió el iconito de la carita sonriendo, para no hacer tan densa la conversación. Debía tener miedo que le pusiera que me iba de golpe, como hice tantas veces… Pero a mí me interesaba el tema Sabatini.

Aparentemente, su amigo tenía envidia de que a Elortis le estuviera yendo bien por su lado; le molestaba que mantuviera ese aire de alegre seguridad que lo caracterizaba, que no lo abandonara el ánimo de seguir haciendo lo que le gustaba; en resumen, que no se tirara a su pies para rogarle que volvieran a grabar libros. Pero él tenía una nueva fe, la de los que tenían muy pocas cosas que perder, me explicaba exagerando; y hasta se manejaba bien en las entrevistas. Al principio, y en Mar del Plata, cuando eran entrevistados le cedía la palabra a Sabatini. Su amigo era el que mejor se llevaba con las personas, porque su energía no estaba dirigida al trabajo sino que la concentraba en relacionarse con los demás. Con un encanto muy singular, había que aceptarlo.

A que lo atendieran en el calle cuando iba a su casa,  ahora le sumaba esta ofensa pública, ya que Sabatini había terminado a los gritos en el bar; con el objetivo de desanimarlo para ubicarlo a su lado, en el camino de los pollerudos crónicos, pero que saben bien quién les da de comer, se acordaba Elortis de Soult, y de Diego. Porqué será que a veces los temas que encontramos y la realidad son afines y parece que marchan juntos. ¿Y si el único sentido de la realidad es querer demostrarnos algo?

Le daba la impresión que su amigo había abandonado esa unión fructífera y trascendente para satisfacer los mandatos de Ornella —como administrarle un tratamiento carísimo con células jóvenes al pastor belga viejo que tenían—, y como no podía perdonarse haber actuado de esa forma, le tiraba toda la bronca a él. En parte lo entendía, porque ni los libros audibles ni escribir novelas a dos manos habían demostrado ser redituables a la larga, y hoy en día una persona que no tiene plata no le quedaba otra que apartarse de la sociedad. Antes se podía hablar, decía Elortis. Ahora todo son acciones. Viajar, conocer, comprar, probar, experimentar.

A Sabatini le gustaba hacerse el payaso, y ser el centro de atención, sin eso no era nada. Pero no podía perdonarle que tratara de desestabilizar su ánimo con ese ataque neurótico en el bar. Él quedó destruido y se apoyó en Miranda, aunque dudaba que su ex novia lo comprendiera de verdad. En resumen, quedó claro que su amigo lo odiaba porque estaba tratando de salir adelante solo, por su cuenta. Para colmo, por esos días, apareció una demanda de indemnización de Tony, el ciego que tenían contratado en la empresa de libros audibles. Aparentemente lo había convencido de ir a la justicia una de las maestras con las que andaba. Al principio lo esperaba sentado en una banqueta que le pedía al encargado del estacionamiento de enfrente del edificio donde vivía Elortis, y cuando lo veía salir se le echaba al humo para pedirle la plata que la maestra, su nena, como la llamaba, le había sugerido. Se ve que como Elortis nunca le dio un peso, la maestra le había conseguido un abogado. Si el proceso seguía adelante se llevaría aproximadamente la mitad de las regalías de Los árboles transparentes.

Tony tenía planes de casarse con la maestra, y seguía vendiendo en las escuelas las copias de los libros audibles que habían quedado en su poder. Días antes de que llegara la carta documento, dos tipos empujaron a Elortis en la puerta de su edificio. Por suerte, apareció el portero, que había trabajado en una empresa de seguridad, y apaciguó a los agresores. Tony se las arregló para que estos tipos, que trabajaban en una empresa de deudores incobrables, le siguieran los pasos durante un par de días, hasta que llegó el cartero con la intimación. La posibilidad de tener que achicar más sus gastos lo ponía muy nervioso. Ya era demasiado aceptar que Miranda le pagara sus gustos o le regalara ropa.

Lo raro de todo esto, es que un día le pareció ver a Sabatini y a Tony sentados en un bar. Aunque no estaba seguro porque iba conduciendo. Para él, había algún arreglo entre los dos, ya que la empresa de libros audibles estaba a su nombre, y aunque su ex socio estaba dispuesto a pagar la mitad de lo que pedía el ciego, todavía no habían llegado a esa instancia.

Elortis desconfiaba cada vez más de las personas que lo rodeaban. No creía que una persona cambiase con los años, sino que básicamente hay dos o tres hechos que nos marcaban en la infancia, tal vez en el vientre materno, y que a partir de ahí uno sale medio iluso como él o vivaz como las personas adaptadas a este mundo. La ausencia de flexibilidad hacía que terminara viendo a todos los demás como unos trogloditas dispuestos a ponerle el pie en cuanto se descuidara. Obvio que hay personas distintas, que se manejan de otras maneras a la de uno. Sin embargo, él creía que la sociedad le había machacado la mente a la mayoría y era difícil cambiarlos. En cualquier ámbito, enseñaban a sacar ventaja de todo sin ninguna reflexión. Según Kant, había que darle importancia al medio que usábamos para conseguir determinado fin. Era una de las máximas de Elortis; el zhong chino. Y también, después de leer a Foucault, trataba de cuidarse a sí mismo. Le gustaba dar nombres ilustres con la esperanza de que yo los buscara en Internet. Gracias a Foucault, evitaba exponerse a situaciones incómodas, y juntarse con personas que pudieran hacerle daño. Por eso le había molestado tanto lo de Sabatini aquel día. Trataba siempre de hacerme leer, pero en ese tiempo yo estaba más interesada en las letras de Ricky Martin, o Cristián Castro, entre otros, que en abrir libros. Después me interesé un poco más en la lectura. Augustiniano tiene bastante que ver con eso también. En el fondo se hubiera llevado bien con Elortis, si lo hubiera conocido.

Decía que cuando una persona estaba en dificultades tenía que sentarse a reflexionar sobre el mundo. Abdicar de una porción de la vida diaria. Siguiendo esta regla de oro, se le había ocurrido una hipótesis —aunque después me reveló que la había pensado originalmente para un trabajo práctico de una materia que cursaba Miranda.

Según él, las guerras impersonales del siglo pasado habían educado a las personas para que aceptaran con facilidad una ética alejada de la de Kant y cercana a la de Maquiavelo. Éste le hablaba a los príncipes pero esas ideas ahora las usaban los subordinados. Los políticos habían declarado guerras a base de estadísticas, y establecieron objetivos poco visibles, lejanos, a diferencia de otros siglos.

Como resultado, fortalecieron el viejo cuento de la obligación de ganarse el pan de cada día de manera brutal y violenta; las personas dejaron sus tierras, perdiendo conexión con la realidad, y se juntaron en las ciudades para ofrendar sus vidas, casi gratis, por un dudoso progreso. Terminaban abandonando sus primeras aspiraciones. Aceptando el maltrato y el sacrificio como realidad, obligaban a los demás a sumarse, y, por lo tanto, inflaron de sentido diariamente a la estructura que al explotar, en la actualidad, ya se había tragado a varias generaciones. Que culparan a las ametralladoras y a los aviones bombarderos.

Ahora, había que ver cómo la amenaza más invisible del terrorismo iba a cambiar nuestras relaciones. Suponía que las personas ya no se veían a sí mismas como blancos, sino también como posibles detonantes. En este sentido, la psicología seguiría en ebullición, más en países castigados como el nuestro. Cualquier nimiedad hacía que uno se sintiera mal, culpable. Sin embargo, las personas no se dedicaban a cambiar la realidad. Lo único que hacían era comentarla con amigos y analistas. Y esto tenía consecuencias, algunas más ridículas que importantes. Por suerte, Elortis ya se había ido por las ramas; como profesor sería un fiasco.

Sin ir más lejos, su otro amigo, el que a veces se unía a las salidas con Romualdo, visitaba a su psicóloga semanalmente. Después llegaba al departamento de Elortis, tomaban cerveza, discutían algún tema mientras picaban algo con Romualdo, y salían de bares. Era unos cuantos años más joven que los otros dos, y el menos tímido del grupo; sin embargo las mujeres lo obviaban. En realidad, él se desanimaba en cuanto encontraba la mínima oposición. Nunca estaba a la altura de los demás. Otro ejemplo de culpa. La psicóloga le recomendó que dejase de encarar mujeres. Que se quedara en el molde, y ellas se acercaran. Y que ni se le ocurra fijarse en las lindas. Así cualquiera se repone, conveníamos con Elortis. Los peligros del psicoanálisis eran ciertos analistas.

El que no necesitaba consejos era su amigo de la infancia, el ingeniero. Richard había conquistado a su futura esposa una noche que salió con Elortis, cuando eran todavía muy jóvenes. La pareja anterior de la chica la había engañado, y ella no quería saber nada con los hombres. Ni siquiera le pasó el número al amigo de Elortis, pero le indicó más o menos por dónde trabajaba, en un local de ropa.  Richard ya estaba al otro día rondando la zona del local con su auto. Aunque sus pensamientos estaban domesticados en las demás áreas, en ésta decidió entregarse a sus impulsos. Era una persona simple. Se había criado con mayoría de familia italiana, como Elortis, pero más unida y alegre. Richard no había dudado en cortejar a la chica durante año y medio. Miranda se reía al verlos a los dos ir de la mano sin haberse dado ni siquiera un beso todavía, porque ella no quería. Su amigo terminó de conquistar a la chica diciéndole que para él, ella era como el juguete que no le quisieron regalar cuando era chico. Para Elortis, Richard no hubiera desentonado como mafioso, sería uno de esos que seguían los códigos antiguos, y tendría algunos problemas para entenderse con los políticos de hoy en día; pero se las hubiera arreglado para salir adelante. Sin embargo, tenía un puesto administrativo en una conocida fábrica de gasesosas. Siempre estaba pensando en hacer negocios paralelos para no depender del trabajo diario en un futuro cercano. Cuando tocaba el tema, repetía que le gustaba llenar el changuito con todo lo que veía en el supermercado; darse los gustos. Para ahorrar el sueldo de la fábrica, compraba aceite de Oliva que fraccionaba y, con la ayuda de un sobrino, después revendía por el barrio. Hasta se consiguió un enorme castillo inflable, que habían probado con Elortis una tarde en el jardín de su casa, y salía en su camioneta a entregarlo a cumpleaños los fines de semana. Todo suma, le había dicho a Elortis mientras esperaban que se inflara el pelotero. Ahora estaba por invertir en un auto para ponerlo a trabajar en una remisería.

Un día Richard le estaba contando a Elortis lo bien que se ganaba en la fábrica, y como Elortis en ese momento no tenía trabajo le sugirió que podría ser operario. Estaba dispuesto a conseguirle una entrevista. Elortis trataba de evitar las entrevistas laborales. Era en lo último que pensaba. Esa era la diferencia entre su generación y la de su padre.  Ya intuían que te usaban, te hacían un bolllito y te tiraban.

Entonces las personas descartadas empezaban a hacer de todo para desaparecer, aburridos y desilusionados del mundo, se encerraban y empezaban a mover la cabeza de un lado para el otro, como negando una realidad intuida hacía mucho tiempo que podía haberles cambiado el rumbo. Habían formado buenas familias, con gente que se hacía querer; ése había sido su mérito más grande, pero algunos de ellos, tal vez los mejores, ya no estaban para disfrutarlas. Sin embargo, para Baldomero era importante que su hijo entablara relaciones comerciales. No se cansaba de decir que sin contactos no llegabas a ninguna parte.

Yo le decía que algo de razón tenía; sin la ayuda de mi papá, por ejemplo, yo no hubiera conseguido mi primer trabajo. Elortis decía que yo no necesitaba trabajar a mi edad, que podría haber aprovechado ese tiempo para estudiar y hacer cosas más importantes. Incluso hacerle compañía a él. Le envíe una carita de desdén, boca fruncida.

¿Quería invitarme a su casa? ¿No sería uno de estos locos que se aprovechaban de las menores de edad? No era la primera vez que lo pensaba. Yo ya no era menor, pero se notaba qué lo atraía de mí.

No le dio importancia a la carita y siguió hablando del tema de los contactos en el mundo laboral. Cuando Baldomero había sacado el tema esa tarde, él le dijo que dedicarse a hacer contactos era una perdida de tiempo porque las personas tenían un caparazón infiltrable, y lo único que sabían hacer era arrastrarte a sus metas. Antes se podía hablar de trabajo en grupo para llegar a algo, pero ahora todo estaba dado vuelta, las palabras no significaban nunca lo que debían significar.

A su padre le gustó eso, porque él había dirigido su vida a buscar una nueva forma de comunicarse o, mejor dicho, a encontrar la verdadera forma de comunicarse, perdida en una selva amazónica o africana. Le chispearon los ojos; empezó a preguntarle cosas a Richard, y a hacerle comentarios graciosos sobre las relaciones laborales. Casi siempre estaba serio, o rezongando, pero sabía como ganarse a las personas. Si no eran las bromas, entonces eran las noticias funestas. A quién le habían disparado para robarle el auto, qué conocido había quedado ciego de un ojo de repente, qué otro había ido al médico para salir contando los días que le quedaban, cuántas víctimas se había cobrado el descarrilamiento de un tren. Un verdadero catálogo de truculencias y hechos nefastos. En estos casos, casi siempre terminaba con una protesta de las personas que lo escuchaban. En cambio, las bromas y las anécdotas sobre personajes históricos eran los latiguillos que usaba su padre para apuntalar la comunicación, y ganarse la simpatía de los demás. Sólo a él lo trataba con severidad, tal vez porque no le prestaba mucha atención cuando hablaba. Elortis siempre creyó tener una meta y, aunque no sabía bien cuál era, no quería que le impusieran otra.

En fin, mi amigo no aceptó la sugerencia de trabajar de operario. Trabajó unos meses en el área administrativa de la universidad donde enseñaba su padre, hasta que llegó el verano. Richard nunca entendió a qué se dedicaba Elortis, y por eso mismo no lo podía tomar en serio del todo. Sin embargo, eso no impedía que se divirtieran cuando estaban juntos.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 5.

5.

Pero bueno, ahora debería contarles otra cosa, lo que me andaba pasando a mí por esa época. Elortis trató de sonsacarme algo, pero sólo recibió noticias de mi desencanto hacia la pareja que me había traído al mundo. Tantos cuidados de mamá y  charlas sobre la vida con papá. Y mojate los dedos en agua bendita, nena. ¿Para qué? Ahí estaba yo empezando a digerir las dos enseñanzas más consistentes de mis padres: la mentira y la simulación.

Baldomero decía que saber mentir es una virtud indispensable para vivir bien. Según Elortis, repetía eso de si quieres ser feliz como tu dices, no analices.

Yo no pensaba mucho en un detalle de mi familia. Mi padres estaban separados, yo vivía con mi mamá, pero cuando tenía doce años mi papá me había presentado, abrazado a su pareja en la puerta de su nueva casa, a Augustiniano, mi medio hermano. Al principio la regla era no contarle nada a mi mamá para evitar que, sabiendo que había formado otra familia, me prohibiera visitarlos. Cuando, después de algunos años de estricta distancia mis padres reanudaron las relaciones, y mamá tocaba el timbre para buscarme, un chico flacucho y de nariz aguileña, que no sacaba la vista de la televisión, salía corriendo.

Para tener ocho años, Augustiniano era muy inteligente y bastante rápido en sus reacciones. Le íbamos a decir a mi mamá que el chico era de una pareja anterior de la novia de papá, pero no había caso, en cuanto Augustiniano escuchaba la voz de mi mamá corría y se escondía en el hueco de la escalera o subía a encerrarse en su cuarto. Con el tiempo nos hicimos muy cercanos, y cuando ya había empezado la secundaria, según él porque hacía mucho que no me veía y me extrañaba, se apareció en mi casa, y cuando entró mi mamá se lo tuve que presentar como si fuera un amigo más. Todos me pedían demasiado, en especial mi padre, que por ser un picaflor —ya hace años que se separó de su segunda pareja— era el culpable de todo.

Dio la casualidad que ese día se le ocurrió pasar a cenar y tuve que simular que no se conocían delante de mi madre. Augustiniano, mi papá. Papá, Augustiniano. Esa gota rebalsó el vaso y cuando se fueron no pude mirar a los ojos a mi mamá. Caí en la cuenta que mi papá era un manipulador nato y que, al ser cómplice de su mentira, me había convertido en su aprendiz.

Algo me alejaba de Elortis y era muy probable que no fuera la edad nada más; tal vez yo tenía el don de la tergiversación, qué él afirmaba desconocer. Nunca entendió el porqué yo le decía que necesitaba paz. Cómo iba a saberlo si yo misma no sabía a qué me refería con esa palabra. Pero sé que no era la paz de los monasterios. Yo necesitaba tener las cosas claras en la vida. ¿Sería la paz que me permitiría moverme con la libertad necesaria para rehacer mi vida después del primer noviazgo?  Había calculado todo para que saliera bien esa relación y, sin embargo, ahora el único hombre con el que hablaba era mi medio hermano, aparte de Elortis.

¿Qué hubiera pasado si todavía seguía de novia con el celoso intolerante de mi ex? Tal vez me hubiera revisado la computadora hasta dar con el registro de las conversaciones y habría contactado a Elortis para amenazarlo. Pero mi falta de tranquilidad no provenía sólo del pasado. Me preocupaba que una persona a la que apenas conocía en la vida real empezara a ser el centro de gravedad alrededor del que giraban todas las cosas que me pasaban.  Cómo no extrañarlo cuando no hablábamos, cómo no esperarlo cuando no se conectaba.

Empecé a ser un poco más fría con Elortis. Me seguía relatando sus aventuras, hasta que se cansaba de mis respuestas cortas y me reprochaba que yo estuviera tan monosilábica.  En general, yo leía, y muy bien, lo que escribía, pero me colgaba escuchando música o miraba alguna serie.

Otra vez a lo de la enanita; me presentaba al Mono, el hijo de una sirvienta de Avellaneda. Desobediente, maleducado, contestador, el Mono era el protagonista del grupo que completaban el Bebi —un inglesito, especie de imitador del Mono en otras historias—, y Rafael y Manolo, los hermanos de la enanita.

En las casas burguesas de antes no existía el timbre, las visitas usaban los llamadores de hierro para anunciarse. El relojero judío trabajaba hasta tarde, mientras su mujer planchaba la ropa, y el Mono tenía un plan para molestarlos y reírse de ellos. Ataba un hilo tanza hasta la manopla de hierro, se sentaba en diagonal a la puerta, en la vereda de enfrente, y tiraba del hilo, mientras los amigos lo miraban desde la otra cuadra. Al rato la puerta se abría y aparecía la larga nariz arrugada del relojero buscando al gracioso que no lo dejaba trabajar. El Mono sonreía desde enfrente. Para él, era la gracia del día engañar al relojero. El relojero caía una y otra vez, incluso cuando se quedaba al lado de la puerta para abrirla de golpe. Una expresión de molesta sorpresa se dibujaba en su cara cuando veía que no había nadie cerca para retar. Y atrás aparecía su mujer, repitiendo oraciones contra los espíritus. Pero el relojero sabía que era el Mono el que de alguna forma tiraba de la manopla de hierro y al segundo día salió y miró hacia arriba, esperando ver a alguno de la pandilla de ese vago subido como por arte de magia a los relieves del frontón de su casa. Pero nada.

El Mono, desde enfrente, se retorcía las manos de contento y el relojero lo miraba con aire desafiante. Al tercer día, el Mono hizo salir otra vez al viejo justo cuando un coche apareció a velocidad por la calle, enganchó al hilo y volvió a levantar la manopla. El Mono dejó caer la tanza rápido, pero igual le dejó una raya sangrante en la mano. Tan acostumbrado estaba de su propio truco que se había olvidado que existía una conexión entre la puerta y su mano. El viejo lo descubrió, salió a correrlo con una escopeta, el Mono atravesó la calle a mil kilómetros por hora y la historia del Mono y el llamador se acabó.

Le pregunté a Elortis qué me quería enseñar con ese cuentito  para nenes, pero se enojó y me dijo que, por lo menos, que él supiera, la enanita no inventaba nada, sino que era la más pura verdad, y que no me quería decir nada, solamente contármelos. Ahora me doy cuenta que estaría pasando por un momento crítico, no podía escribir y me usaba a mí para vaciar su mente, una vez que empezaba se olvidaba que había otra persona del otro lado que leía lo que escribía y recuperaba la fuerza para hacer lo que no podía hacer en serio, directamente, que era sentarse a escribir otro libro o tratar de encontrar una persona para comenzar una nueva vida. Esas dos cosas las ensayaba conmigo, tal vez porque era chica y siempre podía haber alguna excusa para no engancharse conmigo y porque, como dije antes, debía ser una de las pocas que le prestaba atención. Tal vez nuestras conversaciones eran una especie de aplazo para él, sólo esperaba pisar tierra firme otra vez, que sus ojos no reflejaran esa tristeza perruna que lo asustaba en el espejo, y tal vez también, intuía la contracara de una revelación cercana.

Las pruebas de que estaba pasando por un mal momento eran esas frases rebuscadas que me soltaba en la conversación. Es natural, y por lo tanto más fácil, borrar unos puntos suspensivos que crearlos. La verdadera forma de leer es hacia atrás. Creer en los sentidos es lo opuesto que creer en los sentidos. Éste tipo de cosas. Parecían tener por fin confundirme o era una forma más de hacerse el interesante. Para colmo de males, terminó encontrando a otra ex amante de su padre.

Baldomero había conocido a Hiromi en un exposición de orquídeas en la Embajada de Brasil. Desde entonces, Baldomero cada tanto llegaba a su casa con unas macetitas y se dedicaba hasta la hora de la cena a buscarle un lugar a las plantas siguiendo las recomendaciones de Hiromi. Descubrió la historia el día que el portero del departamento donde vivieron sus padres, al que había ido para solucionar un problema de filtraciones con sus inquilinos, le preguntó si quería llevarse unas plantitas que le habían entregado para Baldomero. Las ubicó en su dormitorio, en una repisa que las resguardaba de Motor, pero en unos días comenzaron a marchitarse. Esta vez decidió fijarse en la dirección que figuraba en la tarjetita y matar dos pájaros de un tiro, ver qué relación había entre su padre y la persona que las mandaba y enterarse del cuidado que tenía que darle a las orquídeas.  Se subió al auto y terminó en Escobar. Casi se lo comen cinco perros akitas en la entrada de la propiedad (a Elortis, como a mí, le encantaban estos perros asiáticos, como los siberianos o el malamute, porque tienen puntos en común con los lobos, aunque sea en apariencia nada más, según dicen) pero logró llegar hasta una especie de jardín de invierno donde estaba montado el laboratorio y encontró a Hiromi retando a un empleado porque había contaminado un meristema. Le causó gracia a Elortis que el empleado, un oriental, estuviera con la cabeza baja y la mujer lo retara comparando el cuidado higiénico que debía tener con las células del meristema con la esterilización del instrumento quirúrgico usado en las operaciones. La mínima suciedad podía destruir el equilibrio necesario para obtener la reproducción perfecta de una planta. Al notar que Elortis la miraba, la japonesa intentó llevarlo al jardín de invierno donde exponía las orquídeas, creyendo que era un cliente más, tenía la vista muy gastada por el trabajo, pero mientras caminaban y le recomendaba maneras de cuidar a sus plantas, de repente se paró en seco y sonriendo le preguntó si no era el hijo de Baldomero.

Se había enterado de la muerte de su padre tiempo después de que enviara las últimas orquídeas, unas Liparis. Antes a Baldomero no le gustaban las orquídeas porque decía que era costumbre de afeminados o perversos coleccionarlas, pero su interés aumentó después de llevarse las primeras a su casa. Hiromi, a la que Baldomero le llevaba por lo menos tres décadas, creía que tenerlas le hacía recordar la peculiar amistad que los había unido…

Admitió extrañar mucho el entusiasmo que su padre ponía al hablar de los variados temas que le interesaban. Quiso invitarlo a tomar el té. La manera cadenciosa de hablar de Hiromi apaciguaba el espíritu de Elortis. Era una linda mujer todavía y sus ojos delicados rehuían la mirada inquisidora de mi amigo, que no solamente olvidó lo que había ido a buscar a ese lugar, sino que también dudaba, mientras tomaba el té, del impulso que lo venía arrancando de su casa para enfrentarlo con determinados personajes que no pertenecían a su entorno. Eran el resabio de una vida concluida. ¿Y si le hacían ver el mundo de una forma poco conveniente? No quería remover mucho la tierra del camino por el que anduvo su padre.  Ese polvo también podía confundirlo a él. Tendría que haberlo pensado antes de subirse al auto.

El control de la entonación y los modales que demostraba Hiromi al expresarse contrastaba con la crueldad de sus juicios. Para ella, Baldomero andaba en algo raro, aunque nunca le había interesado saber lo que era.

Elortis se entusiasmó al saber que la abuela de Hiromi había sido la hija de un samurai. Aunque nunca fue reconocida porque su bisabuela y el samurai eran amantes. El guerrero vivió muchos años, destino poco deseado por los samurais, y nunca tuvo honor ni fue feliz. Murió triste y solo. Su bisabuela decía que la muerte de cada persona representa su vida. Elortis se sentía muy cómodo con Hiromi, pero las cosas que decía eran terribles. ¿Insinuaba que Baldomero había tenido una muerte lenta porque había sido un picaflor toda su vida?

Hiromi le terminó de enseñar las plantas, caminaron juntos entre las hileras de macetitas, y después salieron al sol a despedirse. Se subió al auto sintiéndose recién confesado pero también asombrado por la fuerza de seducción de la japonesa. Me confesó que hacía tiempo que no deseaba tanto a una mujer.

Desubicado, Elortis. ¿Para qué me decía eso? Duro poco la Oncidium bifolium, una orquídea silvestre, que había elegido y llevaba en el asiento del acompañante; sería destruida por Motor unas horas después. Desde que lo había recuperado, el gato devoraba polillas, cucarachas, las plantas del balcón y aceptaba los restos de la comida —antes no probaba más que alimento balanceado del bueno. Ahora tampoco se acercaba a cualquier visita maullando para que lo acariciara. Se había vuelto selectivo y desconfiado con las personas y sólo después de una cautelosa aproximación restregaba su cabeza contra una pierna. Ya no trataba de sacarle en el aire el platito de comida a Elortis cuando lo levantaba para rellenarlo. Esperaba quieto su comida y parecía mirar, a él o a la comida, con cierto desdén.

A Elortis le pasaba lo mismo con las personas, en particular con su nuevo alumno Diego. Me decía que esa era una conducta común en los animales. Hasta un organismo unicelular como el paramecio, le gustaba repetir a su padre, siempre interesado en el comportamiento de los animales en general, bate sus cilios y se aleja al instante del lugar donde se concentran ciertos elementos. Diego era una especie de monstruo en formación. Algo de ese chico lo repelía. Las opiniones de Diego eran las de la mayoría pero filtradas por los lugares comunes de una supuesta alta cultura. Algunos escritores se volvían reiterativos, según su intelecto, más que nada cuando apoyar o no esa supuesta repetición significaba leerlos. Cierto sector difuso de la cultura creía algo y Diego lo seguía con mínimas variaciones. ¿No era eso parte del proceso de aprendizaje?, le pregunté a Elortis. No estaba seguro, temía que algunas personas fueran refractarias a ese proceso. Las apariencias y las clasificaciones iban de la mano para Elortis y de ahora en más estaba dispuesto a ofrecer su vida para enfrentarlas, tal vez por eso decía que en cualquier momento agarraba la sotana.

Pero no tenía problemas en usar a Diego para que investigara el parecido entre el colgante de su madre y el que llevaba la pelirroja. El chico no tardó en mostrarle la fotografía que le había sacado a la profesora con el celular, donde se veía claramente que era la misma vaquita que llevaba su madre. Ahora ya podía meterle cualquier excusa a su alumno para dejar de enseñarle. Estuvo una semana sufriendo por el tema. Para colmo, encontró una frase de H. G. Wells que decía que la indignación moral era más envidia que otra cosa.

Se preguntaba con qué ojos lo miraría a él su hijo Martín. No creía que tuviera razones para envidiarlo. Por esos días estaba de viaje por Sudamérica con una chica que conoció en una peña cerca del Abasto. Enseguida se había olvidado de su primer traspié amoroso. Elortis estaba contento porque su hijo tenía una viveza que a él le faltaba a su edad. Eso sí, vivía con su madre, era un malcriado al que le lavaban la ropa y le hacían la cama. Pero se le había dado por hacerse el mochilero. Durante el viaje, que comenzó en Tucumán para seguir por Bolivia, atravesar Manaos y terminar en Venezuela, Elortis recibía e-mails de Martín donde le contaba en detalle algunas de sus peripecias. Se entusiasmaba leyendo esos mails. Hoy Martín jugó al fútbol en una favela, me decía, orgulloso. O, hoy Martín comió seso de mono en la selva amazónica con los aborígenes. No sabía si se había cruzado con algún ayahuasquero.

Elortis todavía no me había contado cómo él había llegado a los alucinógenos, pero me aclaró que su hijo apenas tomaba alcohol, era mañoso, no lo veía entregándose a los caprichos de un chamán.

Martín viajaba para encontrarse con sí mismo en la naturaleza, quizá un poco influenciado, sin saberlo, por las ideas de su abuelo paterno. Pero no se lo tomaba en serio; antes de partir le comentó a su padre que no le gustaban las ideas trilladas.

Sin embargo, en Caracas conoció a un hombre entrado en años que había llegado como él y se había quedado de por vida. El hombre lo trataba como a un nieto más y decía que tenían la misma energía, que los había llevado a cruzarse: para él Martín era la reencarnación de un amigo que había perdido tres vidas atrás. A la que no veía con buenos ojos era a la chica. No le parecía de confianza. Martín estaba demasiado seguro de que su novia era buena. Ella lo había convencido de hacer ese viaje de iniciación que lo había reunido con su amigo de otra vida, nada menos. El hombre decía que las causas no estaban conectadas, que esta mujer le hubiera señalado el camino hacia él, no significaba que no hubiera que tener cuidado con ella. Los miraba surfear mientras mantenía avivado el fuego con leña para que pudieran calentarse a la vuelta. Les había cedido su cama de dos plazas y les cocinaba diariamente. Había estado a punto de casarse pero gracias al alcoholismo pudo seguir el solitario camino de la revelación. La chica se había encariñado con el viejo, pero se quejaba de que los espiaba por las noches. A Martín eso no le preocupaba, pero pronto el viejo le reveló que esa chica era la reencarnación de una chica que los había enemistado, una antigua novia suya que él le había robado. Después, una noche que estaban medio borrachos junto al fuego, le contó adelante de Martín lo mismo a la chica y, entre risas, sugirió que debería compartir el lecho con ellos. Elortis notaba que su hijo le escribía cada vez más seguido.

Un día, al volver de surfear, Martín se encontró con el viejo entre las piernas de su chica, en la cama de dos plazas que les había cedido gentilmente cuando llegaron. Agarró sus cosas y decidió desandar solo el camino hasta Buenos Aires. La chica se quedó a vivir en Venezuela. Martín volvió meditabundo, pero con fuerzas nuevas que lo impulsaban a hacer cosas grandes. A veces le daba ganas de costearse otro viaje a Venezuela, esta vez en avión, para moler a golpes al surfista viejo y a la que era su chica. A la vuelta decía que él siempre la vio como a una novia, la sucesora de la primera.

Su hijo empezó a hacer pesas, y se volvió robusto y musculoso. Mis amigas lo habían visto en una foto del perfil de Elortis —los dos con anteojos de sol, mirando hacia el mismo lado, y con los brazos cruzados— y se les cayó la baba. Decían que si yo salía finalmente con Elortis iba a querer darle al hijo. ¡Justo yo! Como si no me conocieran. Y, además, ¡salir con Elortis…! A mi mamá le daría un ataque al corazón y mi papá contrataría a un asesino a sueldo para que lo eliminara o algo así. Tal vez él pensaba que algún día nos encontraríamos, siempre hacíamos bromas con eso, qué sería mejor, si McDonald’s, tal vez un café espumoso, o un pub a la noche, si iríamos al cine o saldríamos a caminar por el barrio.

Un día me salió con que no soportaba la ambigüedad de las relaciones a distancia. ¿Para qué teníamos que perder tanto tiempo en la computadora? Le puse una carita de desconcierto y le aclaré que no tuviera esperanza de conocerme. ¿Por qué yo le hablaba y me interesaba por sus cosas entonces?, se enojó. Como el ever-never, agregó, de uno de sus escritores favoritos, Joyce:

God´s pardon; ever to suffer, never to enjoy; ever to be damned, never to be safe; ever, never; ever, never. O, what a dreadful punishment!

En el micro que los llevó a Mar del Plata, mientras la lluvia arreciaba y Sabatini cabeceaba a su lado, Elortis releyó A portrait of the artist as a young man —leelo, brujita, insistió—, una edición en inglés que había comprado en Uruguay, y también la Narración de Arthur Gordon Pym, de Poe. A este último lo conozco porque me obligaron a leer los cuentos de terror en el colegio. Aunque hablaron bastante durante el viaje, se sentía un poco incómodo con Sabatini. Elortis estaba enojado con él porque hasta último momento no le había confirmado si lo acompañaría.

Sabatini lo había empezado a abandonar, según Elortis, cuando los números de la empresa de libros audibles comenzaron a declinar. Mi amigo pensaba que lo había usado durante un tiempo para evitar la rutina de su hogar, y además para decirle a los demás amigos que tenía un emprendimiento propio. No se tomaba las cosas en serio. Peor cuando se empezaron a vender más ejemplares de Los árboles transparentes, y por lo tanto el trabajo comenzó a demandar otro tipo de compromiso diario con los periodistas que los buscaban; ahí Sabatini sacó cuentas y notó que ni el éxito en las ventas les dejaba a cada uno el dinero necesario para hacer reedituable la aventura de la empresa conjunta. Ahora había más obligaciones que lecturas o correcciones nocturnas con whisky o fernet-cola. Antes, una vez por semana, trabajaban hasta tarde en el libro y después se iban a un bar a seguir bebiendo. Elortis extrañaba esa época. En cambio, poco antes de Mar del Plata, cuando fue a buscar a la casa de Sabatini una grabación que necesitaba escuchar para las ampliaciones de la posible nueva edición, salió la esposa para entregársela. Ornella decía que su esposo estaba ocupado. Elortis pensaba que no querían que viera cómo habían arreglado el consultorio durante el tiempo que llegaba tarde a trabajar con él.

Así que tener a Sabatini a su lado durmiendo tan apaciblemente a Elortis lo llenaba de terror hacia lo desconocido. Para colmo, en las páginas de Poe estaba a la deriva en una balsa enclenque en el medio de un vaporoso océano con embarcaciones pútridas que se cruzaban cada tanto. No dejaba de pensar en Sabatini a su lado durmiendo el sueño de los nobles y las vueltas que había dado para decidirse a acompañarlo en el viaje. ¿Y si se le ocurría estrangularlo en la habitación compartida del hotel para quedarse con las regalías del libro? Así podría terminar de refaccionar la casa donde se turnaba con Ornella para atender a los pacientes. ¿Por qué decidió acompañarlo a último momento? Tal vez, solamente había querido pasarla bien con él como antes, y que lo vieran en la tele sus conocidos compartiendo la mesa con la señora Mirtha; lo más parecido al festín de la realeza que había en nuestro país. A su amigo, en el fondo, y a pesar de que a veces se hacía el bohemio, le gustaban los lujos.

 

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 4.

4.

Más o menos por esos días, cuando me enteré de lo de mi ex y creí ver a Elortis, apareció en los diarios el artículo que salvaría la reputación de su padre. Alguien había mandado a los principales medios una carta manuscrita firmada por el mismo Baldomero Ortiz, cuyo contenido era una crítica severa a los métodos del último gobierno militar. En la carta Baldomero consideraba el exilio y se proponía buscar una ubicación en una universidad de Estados Unidos. Pero, ¿esa carta había sido escrita verdaderamente por su padre?

Elortis estaba desconcertado. La letra era más rígida, los términos demasiado académicos para su estilo, y él nunca había tenido noticia de que pensara mudarse a otro país, más bien había escuchado a Baldomero decir que ser inmigrante era el peor de los destinos. Repetía las palabras en dialecto italiano de su suegra, cuando le rogaba no cometer el error de meter las valijas en un barco como ellos para terminar en un país desconocido. Eso que su abuela había sido una agradecida del país, a diferencia de la tía abuela de Elortis que odiaba el lugar donde había venido a parar. Para esta mujer, que vivía adelante de la casucha de la enanita —de ascendencia española— y era la dueña del terreno, los médicos eran la encarnación de la maldad argentina. En las consultas se burlaban de su cerrado dialecto y la manoseaban. Finalmente, tras operarla de un simple quiste, como a mí, le extirparon los ovarios por equivocación y la volvieron a coser como un matambre. Por lo tanto, ella y su esposo, el padrino de Elortis, no habían tenido descendencia. Pero eran visitados por muchos paisanos, que sí hablaban de la guerra, no como su padrino, y también por otros amigos argentinos; personajes que a veces Elortis se cruzaba cuando iba a visitar a la enanita.

En fin, Elortis dudaba de la carta y empezó a averiguar quién podría ser la persona que la había enviado a los diarios. ¿Sería posible que fuera el ex capitán Heller? ¿Susana P.? ¿un tío por parte de su madre? Sabía que este hombre, dueño de una curtiembre, varios años menor que su hermana, había apreciado a su padre. Pero no lo veía desde que su madre había muerto, años antes que Baldomero. Vía e-mail, intentó convencer a los jefes de redacción de algunos diarios, sin que pudiera sacar nada.

¿Quién había ayudado a su padre? ¿qué motivos tendría? Tal vez en esa época estaba tan necesitado de amistad que creyó que esa persona podría contrastar el desdén que le producían sus semejantes.

Lo cierto es que, en vez de ponerse a pensar en una idea para otro libro, dedicó unas semanas a buscar en vano al salvador de la figura de Baldomero, era lo único que llenaba su tiempo y lo alejaba de otras preocupaciones más acuciantes, tal vez, como su futuro amoroso.

Pero no encontró una respuesta ni en el cura que visitó en la iglesia de Las Esclavas, que jugaba a las damas con su padre, ni en la empleada pintarrajeada del Registro Civil, a la que Baldomero solía llevar masas secas por haberle simplificado un trámite años atrás, ni en el hijo del dueño de la pizzería donde Baldomero compraba los palos de Jacob para el postre.

La carta no logró borrar la imagen nueva que se había formado de su padre luego del primer artículo en los diarios. Lo contrario de la existencia tranquila, correcta, que él había llevado hasta el momento; un pasar libre de sobresaltos, de decisiones impensadas y apuestas fuertes, aunque se había jugado con Sabatini y, después de la edición del libro, su ánimo reflejó por un tiempo una sensación de bienestar y plenitud que no fue duradera. Pero resultó que Baldomero había logrado mantener a un séquito de tímidos defensores, aun con sus locuras. ¿De qué le habían servido las suyas?

Cuando decidió separarse de Miranda ya era tarde. Había llegado a tener un hijo con ella. Pobre Martín, se apiadaba. ¿Para qué si nunca había estado enamorado?

Tuvo que aguantar que sus amigos le advirtieran que dejar a Miranda era un error. Lo mismo cuando abandonó la práctica de su profesión para invertir su tiempo en tareas poco convenientes. Pero, por lo menos, no fue en teoría como su padre —que pasaba más tiempo hablando de Madagascar que preparando seriamente esa imposible beca— sino que se había metido de lleno en terreno desconocido, y sólo por casualidad le había ido bien. Él era inestable —lo contrario de la estabilidad emocional de Baldomero, cuyos tornillos estaban constantemente flojos y no producían contradicciones en su carácter, siempre ecuánime, bondadoso y gentil con los demás, hasta que se cerraba la puerta o le atacaban sus ideas.

Así y todo, para algunos su padre había sido un agente civil de la dictadura militar, un delator. Le dije que enfocara su atención en el presente, el pasado ya no está y el futuro no se sabe. Nuestro futuro es incierto, Elortis, todo podía ocurrir… Y si no encontrábamos a nadie nos quedaba el monasterio. Eso le gustó.

Nada mejor que el talante de un monje, un modelo de virtud y equilibrio con el entorno, para describir el estado anímico en que lo dejó por contraposición la figura maléfica paterna construida por los medios hasta que apareció la carta que instauró la duda sobre las acusaciones. Había sido capaz de sonreír con sinceridad, de ayudar a las personas sin interés y le dieron ganas, como a mí más seguido, de hacer algún tipo de trabajo comunitario. Se ve que en el fondo la culpa y la vergüenza lo corroían. Pero ese lastre que habían venido a descubrir en su progenitor lo dejaba a él en la vereda de enfrente, libre y bueno, la mayoría comentaba que un hijo no debe responder por las acciones de su padre.

No pesaban los errores que había cometido él en su vida; una trayectoria irregular en lo laboral, incierta en lo amoroso. De última, Elortis era bueno para convencerse a sí mismo, sus únicos errores habían sido engañar a su novia de tantos años y haber traído, justo con esa persona, un hijo a este mundo tramposo.

Si al principio había intentado engancharme a Martín era porque mi supuesta pureza, o mi egoísmo que reflejaba una naturaleza sincera y firme, lo habían atraído a él primero y pensó que con una chica como yo su hijo no caería en una confusión como la suya en su primera y decisiva relación. A sus ojos yo era toda posibilidad y conquista, un símbolo de otra época traído a esta de los pelos pero visible y consistente, la novia comprensiva y pura que le hubiera gustado tener en el secundario.

Su encuentro con el sexo había sido abrupto, en una fiesta del colegio conoció a una chica que parecía angelical pero resultó ser que a los diecisiete años ya había tenido una relación y, encima, incestuosa, con un tío postizo. Y esta chica no tuvo la mejor idea que contarle su iniciación sexual a Elortis la noche que se acostaron juntos por primera vez. No precisó, pero parece que cuando le propuso a la chica determinada postura en el acto amoroso, ella se asustó por las experiencias que había tenido antes… Él no tenía esas intenciones. Por algo debió recordarme alguna vez que Baldomero no se preocupó por educarlo sexualmente.

Como consecuencia, arrastró el trauma por un tiempo largo, aunque la sensación de desilusión en lo amoroso no lo abandonó en su vida adulta. ¿Cómo era que el padre de su noviecita le exigía, cuando salían, que la trajera de vuelta antes de la cinco de la mañana? Si la había dejado irse de vacaciones con la familia del tío Oscar. En ese entonces, esta familia era solamente la hermana de su suegro, y también iban con una pareja amiga. Todos compañeros de tenis de la adolescente Miranda. ¿Por qué sólo para él activaban los principios de la sociedad cuando debía haber sido tan evidente para la familia de su novia que el otro se los salteaba?

Le comenté a Elortis que tan visible no sería el asunto, sino el padre de su ex novia hubiera actuado, pero él contestó que, más allá de que los demás se movían por la apariencia, llevar o no el peso del sentido común corría por nuestra cuenta, y que si bien es un gran esfuerzo sacárselo de encima, no podemos echarle a nadie la culpa de nuestra falta de compromiso con nosotros mismos.

La familia de su ex novia se había enriquecido rápido en los noventa y en casos así los prejuicios se multiplicaban a la par que el dinero. Para Elortis eran gente maleducada, que no hacían más que darse aires y desconocían a los espíritus sensibles y elevados. Pero, ¿dónde estaban en Elortis las virtudes que pretendía que encontraran en él? Bien ocultas para que los idiotas no se confundieran, respondió. Después, me aclaró que también podía ser que él fuera un mal llevado y que actuara de incomprendido para echarle en cara a los demás su propia falta de méritos. Tal vez su indecisión lo hacía desconocer quién era para los demás, no veía en qué lugar estaba parado y cuáles eran las afrentas a las que respondía. Y por momentos su megalomanía era tan notoria como la de su padre.

Estando de novio le había tocado irse de vacaciones con la familia de Miranda —usaba el primer nombre para referirse a su ex novia, que la chica detestaba y suprimía por Laura, el segundo— y la de su tío Oscar. Tuvo que compartir asados, baños helados en la playa, y partidos de fútbol con el tío y el padre de la novia. No podía evitar darle vueltas en su cabeza a la pesadilla real que significaba para él que aquel hombre alto, fornido y orgulloso de la falta de pelo en todo su cuerpo, fuera el primer amante de Miranda.

Sin embargo, ella le había asegurado que lo suyo con Oscar no había durado mucho, unas veces nada más, que era algo irrelevante, una pavada… Aunque después le reveló que el asunto se había prolongado durante un año. Siempre antes de conocerlo a él, eh, aclaraba Elortis.

Fue una noche de esas vacaciones, mientras volvían caminando solos por la playa de la fiesta de los guardavidas. Había empezado a indagar sobre la relación y obtuvo esa respuesta. Reaccionó diciéndole de todo a su novia y le echó en cara la tortura diaria que le hacía vivir, dejando en claro que para él no era más que una loca que se había dejado seducir por un gigante lampiño que la doblaba en edad y, para colmo, era su propio tío. Al notar que Miranda había dejado de caminar para entregarse al llanto, Elortis apretó el paso, y ya bastante adelantado y casi perdiendo de vista a su novia, decidió meterse al mar. Mientras apuraba las brazadas para alejarse más de la costa hasta perderse definitivamente en la negrura, descubrió que ya no hacía pie y en la desesperación empezó a tragar agua.

El miedo le duró un momento y cuando dejó de luchar para entregarse a lo peor se dio cuenta que estaba haciendo la plancha y pensó que podría flotar boca arriba en la oscuridad hasta que la marea lo devolviera a tierra o decidiera chuparlo a los profundidades. Agradeciendo al cielo que lo dejase flotar, en las puertas de su libertad, se convirtió en un animalito más de esos que tanto le gustaba tener, como después  Motor, o todos lo que había adoptado desde que era chico y habían terminado sucumbiendo a sus cuidados.

En vez de rebobinar en su mente los hechos más importantes de su vida, ya siendo él otra criatura endeble a la deriva, vio la cara de todos los animales que había torturado, las de los conejos que reventaba de cariño en la casa de su abuela —sus familiares decían que unos días después de su visita se morían debido a sus apretones—, la gomosa y cornuda del oxolote que se secó al evaporarse totalmente el agua de la pecera y las imprecisas cabezas de las luciérnagas que atrapaba en frascos. Que lo perdonaran.

De repente, fue arrancado de todos estos pensamientos por la fuerza de unos brazos firmes que lo arrastraron poco a poco hasta la orilla. No era otro que el tío Oscar que, ante los gritos descarnados de Miranda, se había metido en el agua con un amigo para rescatarlo. Parece ser que el agua lo había arrastrado cerca de la fiesta de los guardavidas y la mitad de los invitados estaba presente, aplaudiendo medio en serio, medio creyendo que era una imitación de salvamento inspirada por el alcohol.

Elortis confiesa que, del susto y la vergüenza, pensó que le agarraría un ataque al corazón de tanto que lo sentía latir en el pecho cuando Oscar y el amigo lo dejaron en la playa, y que, aunque siguió tomando muchísimo, esa noche no había podido emborracharse. Al otro día no pudo evitar reírse de sí mismo y de la situación absurda en la que se encontraba.

Esto me hizo pensar que el día que vi a Elortis podía ser que se hubiera metido en la tienda de ropa de mujer para comprar algún regalo a su ex, ya que se seguían viendo, la mayoría de las veces sin Martín, y él nunca me negaba que algún día pudiera volver con ella, aunque le parecía improbable. Por lo menos en ese momento de nuestras charlas. Parecía una relación obsesiva pero feliz, fundada en esa desilusión inicial que a la vez lo atraía de manera morbosa, y que como era habitual, solamente la rutina se había encargado de empañar.

En cambio, Baldomero rara vez hablaba con su esposa, a la que trataba como un apéndice dedicado a higienizar y a organizar su existencia, a alejarlo de la búsqueda constante de otras mujeres en las que saciar su ego y su apetito sexual para poder dedicarse, y esto sí parecía loable, y digno de imitación para Elortis, a la reflexión, con la que intentaba conocerse a sí mismo, y al pensamiento, con el que pretendía contribuir a la cultura cuando encontrara la manera de enriquecer la comunicación destronando a ese elemento impreciso que era el lenguaje heredado.

Para eso buscó toda su vida la cultura milenaria que le transmitiría el conocimiento necesario a través de los signos unívocos de lo real, antes de que las civilizaciones siguientes lo desvirtuara al proponerse expresarlo por otros medios.  Y este tipo de actividad, que lo convertía sin dudas en un charlatán, la desarrollaba en las charlas informales de la facultad.

Por lo tanto, a Elortis se le ocurrió dar con el posible benefactor de la memoria de su padre entre sus colegas profesores. Como estaban casi todos muertos y los que no lo estaban son los que lo habían denunciado, haciendo referencia a los almuerzos en los que Baldomero apoyaba la represión, decidió hacer el experimento de hacerse pasar por un profesor suplente y comer con los demás facultativos para enterarse de qué hablaban y, más que nada, ver si alguno nombraba a su padre. Así, también, esperaba inaugurar un período de decisiones intuitivas, cercanas a lo irracional, en su vida. Aunque las pocas veces que les parecía haberlas tomado, últimamente por mujeres, no le había ido muy bien. Por suerte uno de los profesores había trabajado en la época de su padre.

A pesar de ser un viejo demacrado y que en conjunto parecía estar en las diez de última, reveló que su físico y su mente se mantenían vigorosos gracias a los beneficios de una dieta casi mediterránea a base de uvas, pan con cereales, chocolate negro y nueces, sin olvidar su copa de vino por las noches. Elortis le había dado ochenta y tantos pero el licenciado Pascual tenía noventa y seis. Y todavía dictaba, una vez al mes, clases en su cátedra. Sacó el tema de los inventores y los profesores más jóvenes lo miraban con una mezcla de reverencia y suspicacia, para Elortis era como si fueran cowboys diestros y tuvieran las manos en los cinturones para desenfundar en cuanto vieran la senilidad aparecer en cualquier desvarío vergonzoso.

El casi centenario profesor había hecho más de lo que ellos pretendían para sus vidas y todavía estaba ahí sentado, un rejunte de costumbres solidificadas, dispuesto a rebatir cualquier juicio inexperto. Además de jefe de la cátedra de Introducción a la Psicología, era pintor y venía de presentar una exposición de su obras en Londres, viaje que había aprovechado para conocer Escocia, donde visitó la casa de Graham Bell. Se hizo evidente para Elortis que ese viejo había logrado lo que Baldomero buscaba; ser respetado y que le paguen por sus caprichos.

Pascual dijo que los inventores en general no eran buenas personas, y que sería muy interesante investigar las similitudes en la educación que terminaban brindando a la sociedad esos soñadores exitosos. Agregó que todo era muy lindo pero: ¿a quién le gustaría ser el perro de Graham Bell? —algo que Elortis ya había oído en boca de su padre.

Parece que Graham Bell experimentaba con las cuerdas vocales de su perro para hacerle reproducir algunas palabras. Baldomero también decía que el perro era el precursor del teléfono. ¿No sería ese viejo el redentor de la figura de Baldomero?

Elortis acariciaba la idea, cuando una profesora de unos cincuenta años, pelirroja y todavía atractiva, confesó que Pascual le recordaba cada vez más a Baldomero Ortiz. El viejo se quedó con los ojos muy abiertos y, mientras Elortis trataba de tragar el pedazo de omelette que se había pedido y miraba fijamente la mesa para pasar desapercibido, el ayudante que estaba sentado a su lado le comentó a los presentes que tenían la suerte de estar con el creador de Los árboles transparentes, hijo del profesor Ortiz. Elortis, que no sabía dónde meterse, sonrió como un idiota y cometió el error de limpiarse la boca con una servilleta ya usada por otro. Encaró sin vueltas a la pelirroja y le preguntó por qué se había acordado de su padre. Mariana había sido alumna de su padre y, por la forma en que todos apartaron la mirada mientras le respondía, notó que la relación siguió más allá de las aulas. Envidiaba a Baldomero por sus amantes.

Explicó que se había tomado el atrevimiento de acompañarlos en la comida porque estaba investigando sobre la figura de su padre. Algunos profesores se levantaron, disculpándose, y sólo quedó Mariana, el ayudante, que se llamaba Diego, y el profesor Pascual, todavía sorprendido, no sabía Elortis si por su enigmática presencia en ese almuerzo o porque habían descubierto el origen de la anécdota que había contado.

Mariana pensaba que los medios habían tratado con excesiva crueldad a la figura de su padre y no podía entender cómo todos los importantes amigos que tenía no lo salieron a defender. ¡Amigos importantes! Elortis dudaba de que su padre hubiera tenido alguna vez ese tipo de amistades.

Pascual agregó que prefería mantener el silencio sobre las simpatías políticas de su antiguo amigo, pero que si había sido un infiltrado de la dictadura de los milicos en la facultad lo había hecho muy sutilmente porque nadie se había enterado. Que decía ese tipo de barbaridades en los almuerzos era mentira. Los alumnos lo evadían por ser muy estricto en los exámenes pero todos los recordaban por su parloteo en los pasillos sobre temas muy poco académicos, casi parapsicológicos en el sentido cabal de la palabra, como su proyecto de viajar a Madagascar para tratar de entender mediante la observación del ecosistema la verdad de una civilización perdida, que pensaba encontrar en algún momento. Esa verdad se refería a algo difuso y contradictorio; cómo eran los primeros pensamientos antes de que los gestos y después el lenguaje hablado los empobrecieran creando la conciencia.

El punto era, interrumpió el ayudante, que había muchos alumnos y profesores desaparecidos, y que algunos señalaban a Baldomero como uno de los posibles entregadores.

Nadie sabía quién había escrito la carta anónima, pero el viejo reconoció que el ex profesor que armó el escándalo y los demás que se sumaron no estimaban a Baldomero. Estos psicólogos no le encontraban la vuelta al asunto de rescatar su legado académico, ya que era recordado como un irracional, peligroso para la profesión, y que el aula magna llevara su nombre —Elortis sabía bien que ese homenaje tardío no había significado mucho para su padre— los preocupaba más que las acusaciones. Pascual aseguró que en esa época había profesores peligrosos, que no sólo se dedicaban a enseñar sino que invertían parte de su tiempo en movilizar a los alumnos con otros fines y que la bronca hacia su padre debía venir por los temas insustanciales, y pocos comprometidos, a los que se dedicaba.

Para Mariana, Baldomero hacía notar, muy cada tanto, sus preferencias conservadoras, pero no las imponía, prefería molestar a los psicólogos con la indiferencia y las teorías esotéricas.

Elortis se siente incómodo y decide agradecer a los presentes por sus palabras y alejarse cuanto antes, pero no logra sacarse de encima a Diego, el joven ayudante. Mientras lo acompaña al coche, Diego le confirma que Baldomero y Mariana habían sido amantes, lo felicita por su libro y le pregunta si podía darle clases de escritura.

Ahora bien, Elortis manejó a la vuelta ese día pensando en los colgantes que llevaba Mariana, entre los que había una vaquita de San Antonio, de oro. ¿No tenía su madre una igual?

Cuando llegó a su departamento buscó la caja de madera donde su padre guardaba los recuerdos del matrimonio, y otras cosas macabras como el diente de la abuela de Elortis, y estaba todo lo que esperaba encontrar, menos la vaquita que él recordaba haberle visto a su madre en algunas fiestas. Era tan cabezadura que no paró hasta encontrar en un álbum de fotografías a su madre luciendo el dije y despegó la foto para dejarla a mano. Elortis se sintió solo y un poco viejo.

Así que Baldomero había alcanzado el agape griego, esa unión suprema amorosa, con su alumna pelirroja, tal vez interesada en temas tan elevados como los suyos. Sabía que Baldomero tenía la seguridad que a él le faltaba para llevar adelante sus asuntos, una manera de esconderse a sí mismo el lado oscuro de sus actos, útil para no acobardarse y cumplir ciertos objetivos.

No sé por qué, pero me empezó a parecer que yo era uno de los objetivos del hijo de Baldomero.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 2.

2.

En aquellos días, Elortis se dedicaba a esconderse de los periodistas que lo esperaban afuera de su edificio. Los despistaba con un bigote que su padre había comprado en una tienda de bromas (extrañado, recuerda que en una época Baldomero aparecía con ese tipo de cosas; narices falsas, antifaces o colmillos). Sin embargo, una vez lo reconocieron. Elortis no paró de caminar mientras respondía con evasivas las preguntas y apartaba las cámaras, y logró meterse en el supermercado chino de la vuelta. La china creyó que los periodistas querían hacer alguna nota inconveniente para el ramo y los sacó volando con la ayuda del verdulero centroamericano. Elortis aprovechó para comprar comida y vino tinto, y retornó a su departamento donde se escondió varios días. Lo extraño, decía, era que seguía escuchando los ruiditos de Motor. El rasguño en la alfombra. Los maullidos tenues en busca de comida y agua. Las corridas repentinas. Pero sabía que el gato no estaba; así era la imaginación. Hasta pensó que sería el mono araña, que había vuelto. ¿De qué hablaba?

Pero me dijo que alguna vez me contaría la historia de ese mono. La pérdida de Motor lo tenía confundido. Primero porque no debería haber ido al rescate imposible del pasado de su padre (¡¿Qué era lo que podía hacer él con una carta favorable?!: siempre estarían los rumores), segundo porque no debería haberse llevado al gato por dos días de viaje, a quién se le ocurriría, hubiera estado a salvo en su departamento. ¿Qué iba a hacer ahora solo como un perro?

Elortis era de esos que te hacen reír sin querer. Su intención escondía una seriedad no tan difícil de entender, era la seriedad de la persona que llegaba al momento de su vida en que tenía que volver a jugarse todo. Ya había acariciado el éxito. Pero ahora tenía que dar otro paso, uno nuevo que consistía aparentemente en vivir como él quería y volver a escribir –o simplemente a hacer, como él decía– otra cosa de peso.

Además, estaba claro que no había encontrado el amor. Más bien se le había escapado. Se había enamorado algunas veces, pero lo arruinaba todo cuando las cosas iban en serio. Elortis idealizaba a las mujeres que le gustaban y a las que no las trataba con la desidia necesaria para enamorarlas. Así pasó con Miranda.

Ahora, después de la muerte de su padre, del éxito repentino que había alcanzado con el libro y de la enemistad con Sabatini, reconocía en sí mismo la madurez necesaria para mirar de frente a las personas. Supongo que la acusación contra su padre debió renovar su fuerza, como si tuviera una tarea importante que atender.

Nunca me contó el fin de Baldomero, pero me aclaró que el asombro de no poder hablar con él desapareció un año después de su muerte. En cambio, al tocar el tema, sacó a luz una de las historias de la enanita, cuya abuela materna había fijado la hora en que moriría.

La vieja le avisó a sus familiares que a las doce en punto de esa noche se iba y que su deseo era que rodearan su cama para acompañarla en sus últimos momentos. Se acostó y cerca de la medianoche escuchó con los ojos entrecerrados, sin chistar —palabra de la enanita— la extremaunción del cura. Al rato, como no pasaba nada, le preguntó a su hermana, la tía de la enanita, la hora. Cuando le confirmó que habían pasado unos minutos de las doce, corrió su manta con desdén, se calzó las pantuflas y avisó que, por lo visto, aquella noche no se moría. Después se fue a la cocina a hacerse algo de comer. A Elortis parecían gustarle estos personajes despampanantes. Necesitaba nombrarlos cada tanto y, peor todavía, tenerlos cerca en su vida.

Sin embargo, se había pegado a Romualdo, su ex compañero de facultad, porque era la persona más callada de la cursada. Su silencio era poco discreto, molesto para los demás. Había días en que sólo abría la boca para elegir la comida en el comedor de la universidad. Elortis, que era mucho más introvertido entonces, enseguida logró llevarse bien con Romulado e iniciaron una amistad sostenida a lo largo de los años. Después que terminó la carrera, el chico tímido se convirtió en un hábil empresario, dejando de lado la psicología para invertir su dinero en una peluquería chiquita en Caballito. El negoció prosperó, y Romualdo instaló una sucursal en Barrio Norte. Se ocupaba diariamente de administrar los dos negocios y el resto del tiempo lo dedicaba al cuidado de su físico y a la diversión con mujeres. Se convirtió en un fiestero insobornable —en cuanto Elortis hablaba de proyectos conjuntos sin visión comercial, como los que llevó a cabo con Sabatini, enseguida le cambiaba de conversación— y en un vividor preciso, con pocas, o en apariencia ninguna, dudas existenciales. Él arreglaba las salidas, poniéndose al tanto de los nuevos bares y boliches, y se ocupaba de equilibrar el entusiasmo de su melancólico amigo. Aunque Elortis lo detestaba a veces, apreciaba la alegría imperturbable de Romualdo como un don invaluable.

En ese momento, me pareció que enaltecía el carácter de su amigo para que yo no pensara mal de sus salidas. Decía que no buscaban chicas; solamente pasarla bien entre amigos.

Elortis evitaba referirse a su vida sexual en las conversaciones, no sabría encuadrar los desenfrenos a los que se entregaba con nuestra diferencia de edad. Aunque alguna que otra vez quiso saber cómo estaba yo vestida y cada tanto me pedía que le mostrara una foto nueva. ¿Para cuándo en la playa? Pero enseguida aclaraba que era una broma. Recuerdo, sin mirar el registro de las conversaciones, que cuando volví a afirmarle que nadie me había tocado, por lo menos a fondo, no creas que nunca hice nada, eh, Elortis al rato me salió con que el sexo en nuestra época era la más grande de las ficciones y la única que seguíamos consumiendo con ingenuidad. Más que seguro, una carita de desconcierto, y él cambiaría de tema.

Sospechaba que su padre había sido mujeriego. Pero no se lo imaginaba arriesgando en las comidas su cátedra de Análisis Experimental de la Conducta. Los  alumnos, a pesar de sus locuras, o tal vez por eso mismo, lo querían y, cuando decidió dejar de dar clases, iban en grupo a visitarlo a su departamento. Baldomero los escuchaba en silencio, como si fuera otra persona, opuesta al profesor gritón de antaño, y después los despachaba, criticándolos apenas se cerraba la puerta. Para él estaban perdidos, había algo que se les había escapado en sus clases.

El conflicto con la verdadera identidad de su padre se agudizó cuando una ex amante, la señora Susana P., como la llamaba Elortis, apareció en un programa de televisión de la tarde diciendo que a Baldomero en el terreno sexual le gustaba dominar, debido a que sufría de complejo de inferioridad. Para ella el profesor era un agente civil de la dictadura, pero lo hacía para no perder su cátedra en la facultad. Para colmo, Susana P. había sido una conductora de televisión bastante famosa en una época.

Otra vez acampaban los periodistas afuera del edificio de Elortis. Unos días después supe que, mientras yo arreglaba una reunión con mi ex novio para terminar de aclarar las cosas, Elortis se la había pasado buscando, sin suerte, a una persona que hablara a favor de Baldomero en uno de los programas de televisión. Según decía, necesitaba encontrar a alguien que estuviera dispuesto a revertir el proceso de desmeritación iniciado contra su padre.

La visita a Ramiro, un ex gobernador tucumano, con el que Baldomero jugaba al tenis, no dio frutos. Fue, más bien, denigrante. El viejo estaba en el hospital, conectado a muchos cables y, mientras la esposa, mucho más joven, leía una revista de modas, Elortis susurró el nombre de su padre. Como resultado, Ramiro intentó sacarse la intravenosa de la mano derecha para, según le había parecido a Elortis, pegarle un cachetazo. La mujer dejó la revista y lo acompañó al pasillo de la clínica para explicarle la razón de la bronca.

Baldomero y su esposo siempre habían discutido y levantaban banderas opuestas sobre cualquier tema. Se hacía sentir la falta de los dos en la mesa del club. Que disculpara a su marido, estaba en las diez de última, como bien podía ver, y odiaba a Baldomero porque, además de haberle hecho perder una copa en un torneo de dobles, se le había tirado a su ex esposa.

Otra. Baldomero reconocía a un tal Walter como uno de sus alumnos más inteligentes. Para él, este chico era el único que entendía sus clases, en las que saltaba de un tema a otro, dejando que sus alumnos los asociaran libremente. Walter, también, estaba dispuesto a acompañarlo en la expedición a Madagascar en busca de los signos ocultos de la naturaleza que le revelarían la lengua adámica. Para esta tarea, Baldomero hasta había llegado a estudiar el arameo imperial, que usaría como lingua franca para comunicarse con los posibles habitantes en el caso de que encontraran alguna civilización escondida, aislada de la evolución sólo para conservar la pureza original del mundo primigenio. No era la única teoría excéntrica con la que el profesor amenizaba los desayunos y los almuerzos.

Elortis temía que las acusaciones contra su padre fueran reales. Después de todo, ¿no era un charlatán de primera? ¿cuándo hablaba de psicología fuera de sus clases? Y algunos alumnos, los de menos luces, es cierto, directamente no lo aguantaban, decían que se iba demasiado por las ramas. También, como para que no fuera así: había llegado a la conclusión, en la época en que era un profesor alegre y picaflor, de que en Madagascar existía una caverna, o un resquicio en la roca de la isla, que llevaba a una ciudad subterránea poblada. La fauna no podía ser lo único particular en ese lugar, sino que así como habían permanecido intactas esas especies que conservaron sus características esenciales, también los humanos lo habrían hecho, salvo que bien escondidos de la mirada del mundo. Baldomero estaba casi seguro de que sería imposible dar con el agujero en la roca que lo llevaría a esos hombres pero se conformaba con el logro que significaba convencer a alguien para que le financiara el viaje. Para intentar dar con la caverna rastrearía ciertos indicios en la fauna y la flora del lugar. De todas maneras, creía que ya ver a esas especies de cerca y en su hábitat le haría comprender la naturaleza de los demás habitantes. Yo leía absorta las palabras de Elortis. ¡Qué padre tan interesante había tenido después de todo! El mío se pasaba el tiempo alquilando departamentos y casas que mandaba a construir.

Pero sigamos, Walter no era el exitoso psicólogo que Elortis esperaba. Vivía en un departamento chico sobre la calle Paraná, pegado al barrio de Montserrat, donde atendía a sus pacientes. Elortis estuvo esperando en la puerta del edificio unos quince minutos al lado de una chica, y cuando Walter bajó para despedir a otra paciente y hacerlo pasar, le pidió a la chica si podía esperar un rato más.

Subir en el ascensor con ese otro producto de su padre lo había hecho sentir como si fuera un paciente más. Debo admitir que me causaban gracia los pensamientos de Elortis, eran los culpables de que me acordara de él cuando no hablábamos, cuando me tiraba en la cama a mirar alguna serie o cuando escuchaba música y liberaba mi imaginación.

En fin, mi amigo subió callado el ascensor con Walter y ya en el sillón de los pacientes le preguntó si podría interceder por su padre ante la opinión pública. Eso significaba escribir a los diarios una carta en la que debía contar cómo era la personalidad de su padre para despejar las dudas sobre sus actividades en la universidad. Walter sonrió y comentó que, a pesar de que apreciaba la visita y que no pasaba un día sin que se acordara de Baldomero, no era el indicado para esa tarea. Le explicó que su padre le había hecho perder tiempo y dinero con el proyecto de encontrar financiación para su viaje a Madagascar y todo por su afán de no pasar por un simple psicólogo ante los ojos de los alumnos. Quería emular a su héroe predilecto, Nansen; pero, ¿cuántas zonas inexploradas quedaban?, se preguntaba Walter ¿Hace falta que nos inventemos una para aparentar lo que no somos y, más que nada, lo que no se puede ser, ni hace falta que sea? Tenía esas mañas, contestó Elortis, medio confundido por las palabras de Walter, que siguió atacando a su padre.

Había notado al entrar que el ex alumno era bastante amanerado. Parece ser que, cuando Walter era ayudante, Baldomero no sólo le pegaba en la espalda para que adoptara una postura más erguida cuando estaba en frente de la clase, sino que frecuentemente le sugería que hiciera ejercicios vocales para engrosar su voz. Según Baldomero, si quería ser psicólogo tenía que parecer una persona normal ante sus pacientes y no como un personaje digno a ser tratado.

Elortis recordó que su padre odiaba que Walter tuviera inclinaciones. Le aseguraba a su esposa en la cena que con el tiempo su ayudante se convertiría en un puto a secas. ¿Cómo se le había ocurrido que ese psicólogo humillado en su juventud por Baldomero diariamente hablaría a su favor? Así que se levantó del sillón, y Walter le pidió si podía hacer pasar a la chica.

Confesó que se enamoraría de aquella chica si la volvía a ver. Cuando abrió la puerta para dejarla pasar, ella tenía la mirada baja, clavada en el piso, como si le diera vergüenza que la encontrara visitando al psicólogo. La nariz era perfecta. El pelo, ondulado. Alta como yo. No me dijo si era rubia o qué… Sentí celos, lo admito.

Se encontró con una tercera persona, un vicepresidente de una cámara de comercio, en un café. De paso, llevó a su hijo porque quería ayudarlo a encontrar algún trabajo con el que pudiera empezar a desenvolverse en el mundo cuando terminara su año sabático.

Fernando, un viejito que se caía a pedazos y que parecía una cabeza atada a un hilo que se perdía adentro del traje, según su hijo Martín, se dedicó por un rato a darle vueltas a la cuchara de su cortado y a contarles las cosas que le había tocado vivir en su puesto durante uno de los gobiernos militares. Apenas soltó la cuchara, afirmó que escribiría una carta a favor de su primo lejano, aunque dudaba de la importancia real que pudiera tener su palabra en la actualidad. Le preguntó a Martín qué estudiaba, si tenía novia y solo, sin que Elortis abriera la boca, le prometió buscarle una buena ocupación para que creciera aprendiendo y tuviera su propio dinero. Estrecharon la mano de Fernando y lo vieron alejarse a paso rápido hacia un edificio.

Esa misma noche, la voz de la esposa de Fernando lo despertó, para contarle que su marido tenía las facultades mentales alteradas, había una vena que no irrigaba bien y por lo tanto seguía creyendo que trabajaba en ese lugar, al que concurría todos los días que lograba escaparse de su cuidado. La señora pensó en llamarlo para avisarle apenas encontró su tarjeta en la ropa de su marido.

Elortis ya no sabía dónde buscar, y no le quedó otra que ponerse a trabajar en un prólogo para la nueva edición de su libro. Se le ocurrió llamar para eso a Sabatini.

Yo me daba cuenta de lo importante que era Sabatini para él porque las pocas veces  que lo nombraba extendía las conversaciones, dándole vueltas al asunto, aunque mi intención fuera cambiar de tema. Una noche se aferró a la figura de su amigo, o ex amigo para ser más precisa. Me confesó que extrañaba pasar las tardes con él, inmersos en proyectos irresponsables y sin futuro como el de la empresa de libros audibles.

Sabatini llegaba por las mañanas en bicicleta a la oficina que habían alquilado y, por lo general, Elortis ya estaba preparando el mate. Después, la charla variaba, según el día, sobre sus frustradas relaciones de pareja (Sabatini casado, aunque no dejaba de ser un eterno novio como Elortis —estas conversaciones terminaban siempre con una apreciación positiva de sus parejas, como para volver a poner todo en orden) o sobre las posibilidades de adquirir nuevos títulos para ofertar a sus casi inexistentes clientes. Lo que no variaba era la manía de Sabatini de contar sus sueños de la noche anterior.

A diferencia de Elortis, Sabatini soñaba todas las noches, y le gustaba expresar los cambios en la amistad y los vaivenes de la fe en la sociedad que conformaban a través del relato de sus sueños. Por ejemplo, una mañana le contó uno en el que estaban los dos en un cine, esperando que empezara la proyección de la película elegida, casualmente la proyección restaurada de Sed de Mal, una de las favoritas de Elortis, cuando notaron que la proyección había empezado debajo de sus pies en vez de en la pantalla. Discuten.

Para Ortiz era una estupidez ver una película así, pero Sabatini pensaba que era un experimento que podía enriquecer la visión de esa obra maestra. Apenas terminado el relato del sueño, Sabatini concluye que necesita más tiempo para practicar yoga y tomar clases de spinning con más regularidad para disminuir el desgaste de su organismo. Elortis no puede evitar enojarse, aunque no dice nada. Él dejaba su rutina de pesas para el fin de semana y abandonó la refacción de su departamento para apostar por la empresa. Pero Sabatini le llevaba algunos años y necesitaba equilibrar la tensión que el trabajo diario producía en su mente.

Elortis disentía porque, a pesar de que también reverenciaba el cuidado del cuerpo y de la mente, la comida macrobiótica, los tés inspiradores y los masajes relajantes, sentía que la obligación de ellos era seguir el plan que se habían propuesto desde el principio. A saber: seleccionar y editar cuatro libros audibles por mes. Obras con derecho de autor de dominio público, para evitar los problemas legales. Los clientes ciegos que tenían los necesitaban.

Habían contratado a un chico para que los distribuyera por los colegios para no videntes. Se llamaba Tony y también era ciego. Elortis le tenía bronca porque era mucho más desenvuelto que su hijo. Lo admiraba. ¿Cómo hacía para parecer uno más de la sociedad? Se suponía que su condición de discapacitado debería haberle garantizado la salida: ¿era tan necesario que sirviera a la gente de esa forma? ¿para qué tendría que adaptarse a una sociedad de la que podría prescindir con más facilidad que los demás? ¿sería feliz Tony ofreciendo sus ilustres obras en los colegios?

Elortis me parecía cada vez sospechoso cuanto más criticaba al chico que usaba para vender.

Decía que Sabatini se llevaba mejor que él con Tony. Hasta llegó a enseñarle algunas posiciones de relajación. Tony entraba, mascando chicle, revolviendo las monedas que llevaba en los bolsillos y les contaba a sus jefes sus levantes diarios. El ciego había logrado seducir a dos maestras y, por supuesto, a unas cuantas alumnas.

Aquí, Elortis se pone bastante serio y da algunas vueltas antes de soltarlo: Tony prefería a las maestras porque podían ver y él necesitaba que durante el acto sexual apreciaran con la vista su miembro. Parece ser que Sabatini y Tony se trenzaban en largas discusiones sobre variados temas sexuales. Elortis se mantenía callado o festejaba los chistes. Conmigo tampoco tocaba estos temas. Si lo hacía era tan frontal que parecía ingenuo.

Cuando tuve que contarle que me operarían de un quiste en el ovario y por lo tanto no hablaríamos durante una semana, por lo menos, me confesó que uno de sus testículos se le había subido cuando era chico. Tenía uno más grande y uno más chico; por eso debía descargar sus seminales diariamente. Tengo que admitir que este tipo de charla me divertía más que cuando me contaba los sueños de Sabatini o me llevaba al sur con la enanita.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 1.

PRIMERA PARTE

 1.

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior. Hola, ciudad sumergida, saludás, y empezás a rearmar tu vida como si todo fuera nuevo y el peso no pesara, pero es que tus músculos ya están entrenados. Y ahí empieza lo bueno.

Amaba a las mujeres, no podía estar sin ellas, aunque eran unas manipuladoras de nacimiento las minas, decía Ortiz muy seguro de sí mismo, y esa seguridad era a la que me prendía las noches que hablábamos hasta las cinco de la mañana, increíble. Ortiz la tenía tan clara, y decía que por eso el mundo se le venía encima cada vez que abría la boca. No tardé en descubrir que hablaba conmigo porque era la única que lo respetaba. Y eso que, por lo que decía, mujeres no le faltaban. Por la foto parecía de treinta y tantos. En realidad, tenía cuarenta largos. Era lindo y se mantenía en forma. Y aunque era inteligente, entusiasta y decidido, estaba perdido. No lo deduzco yo, que estaba perdido. Él lo repetía seguido en nuestras primeras conversaciones. Y como en ese momento yo también estaba perdida en la vida, nos entendíamos. Como ya dije, no estoy muy segura de lo que pude haber ganado al conocer a Ortiz. Y como, más que nada, extraño sus opiniones, y como guardé las conversaciones que tenía con él, se me ocurrió ir leyéndolas a ver si logro entender algo de esa época de mi vida. Ahora, por ejemplo, puedo leer que en la primera charla decía casi a los gritos, en mayúscula, que estaba triste, cuando le pregunte por qué, me respondió que los hombres ya no iban a encontrar un lugar donde las mujeres estuvieran en estado salvaje, y que como a él le gustaban las castañas de ojos claros, encontrar a una castaña de ojos claros en estado salvaje, de espaldas, bañándose en un río, era muy improbable. A lo sumo habría alguna comunidad perdida en el Amazonas decía Ortiz, pero serían todas negritas y la sociedad lo había acostumbrado a las casi rubias. Las rubias del todo, las platinadas, no le gustaban. Claramente, él no creció con el furor latino en Hollywood y en las películas pornos, como mis compañeros de trabajo. Ahora la mayoría no se fija en las rubias. Mejor para mí. Pero él estaba triste, al hombre le habían robado para siempre el correr por los pastos altos con una rubia salvaje. Y encima, ante mi disconformidad hacia sus palabras, carita de decepción, los ojos bien abiertos y por boca una línea, agregó que los hombres habían preservado la esencia de su sexualidad, el contenido iracundo, irracional y volátil, pero que las mujeres habían evolucionado hacia una nueva perversión. Nos hacíamos las buenitas con todos. No quería más amigas. Yo pensaba que ese tipo era un viejo irresponsable, baboso, condenado a la soledad por lo mujeriego que era, y estaba, un poco por lo menos, equivocada.

Ortiz había estudiado psicología, aunque nunca ejerció, y mucho tiempo después, casi por casualidad, se convirtió en escritor. La embocó con un libro que escribió sobre casos psicoanalíticos. La intención había sido divertirse y, si tenían suerte, hacer algo de plata, pero a diferencia de ese tipo de libros, creó –a partir de la misma realidad– dos o tres personajes fuertes, únicos y la gente ahora apodaba a los amigos con los nombres de esos personajes. Los suplementos culturales de los diarios Clarín, La Nación, Página 12 y Perfil escribieron notas sobre el libro y también salió una entrevista a los autores en la Rolling Stone. La investigación para el libro la había realizado su socio y amigo, Emiliano Sabatini, el psicólogo con el que tenía una empresa de libros audibles. Cuando lo conocí, Ortiz acababa de volver con su socio de Mar del Plata, donde habían sido invitados para participar, en una mesa de escritores, en el programa de televisión de Mirtha Legrand. Ortiz y Sabatini se habían negado primero, pero después pensaron que la mini gira de verano, que incluía un encuentro sobre literatura y psicoanálisis en Villa Victoria, favorecería las ventas del libro, y finalmente aceptaron viajar con todo pago.

Al principio, y después de esa noche que dijimos más formalidades que otra cosa, salvo por el comentario desubicado de Ortiz de las mujeres salvajes casi rubias, hablábamos más de música y salidas. Aunque no lo crean, Ortiz seguía saliendo con su amigo de la universidad, Romualdo. A veces iban a boliches, con intención de divertirse entre amigos más que nada, recalcaba… Hacía más de un año que los dos, con pocos meses de diferencia, casualmente, se habían separado de sus novias. Como ya dije, yo estaba embarullada; también me había separado hacía poco. Ortiz había estado ocupado terminando el libro y cuando se vio con un poco de tiempo, aburrido y solo en las noches, me encontró. Con sus salidas a los boliches y todo, estaba fuera de época. Algunos de su edad seguían de fiesta pero no se comprometían; él se aferraba a algunas personas y, aunque no le gustaran demasiado, después no podía dejarlas.

Muchas veces deliraba Ortiz; por ejemplo, declaraba de la nada que a él le gustaba mirar los árboles porque, a pesar de que pensábamos que no tenían conciencia, eran seres tan concentrados en lo suyo que no gastaban energías de más. Por eso los chicos temían a los árboles gigantes. Pero a él lo asustaban las imágenes grandes de animales. De chico había entrado en una carpa que proyectaba un documental de la selva en tres dimensiones, que en aquel entonces eran unas pantallas puestas en semicírculo, y todavía no podía sacarse de encima la impresión. Lo mismo le había pasado cuando sus padres lo llevaron a uno de los primeros centros comerciales. Se escapó por los pasillos y, al doblar en uno, encontró la réplica en tamaño real de un elefante. En muchas cosas era como un nene que perdió el tren, Elortis, querido, como yo le decía cuando lo saludaba y él esperaba un rato para responder, haciéndose el interesante.

La cosa es que, al momento de conocerlo, Ortiz estaba por tropezar con un problema en su relativamente tranquila existencia. Ya se había metido en otro al dejar a su pareja, eso era algo que estaba bastante claro y que me dolía cada vez que lo pensaba; fácil descubrir los hilos que me habían llevado hasta Ortiz, aunque si la hubiera dejado antes, y también me hubiera encontrado, yo hubiera sido una nena para él. La diferencia de edad se notaba en que la conversación a veces caía en lagunas insalvables, seriedades y reflexiones oscuras sobre la vida, yo podía remontarla haciéndole alguna broma sobre sus años, preguntándole sobre la música que escuchaba, incluso echándole en cara, y exagerando, la locura que era hablar con él, otras veces abriéndome y contándole mis problemas, mis inseguridades, mostrándome de moral ambigua por momentos; no hay nada como ser voluble al principio para ganarse a una persona.

Parecía gustarle que yo, a pesar de haber tenido novio y tener casi veinte años, fuera virgen. Lo había notado la vez que hablamos directamente del tema: no lo podía creer; me dijo que lo entendía pero que le parecía muy extraño; esa perseverancia podía llevar a la desesperación a un hombre y no la aprobaba para nada… Un amigo suyo, ex novio de una chica que pensaba mantenerse intacta hasta el matrimonio, un día que había tomado de más le reveló que era capaz de provocar orgasmos a las mujeres con masajes estratégicos. Gracias, no, paso, decía Ortiz. Le expliqué que no era que yo nunca hubiera hecho nada, sino que deliberadamente no había llegado hasta ahí, no estaba segura con la relación. Más adelante, me comparó a mí con un nuevo tipo de mujer fatal siglo veintiuno, cuyas características nunca precisó.

Encuentro que se tomaba tiempo para hablarme de las clases de té que tomaba. El té verde era su preferido, por ser más fresco, sin tanto proceso y sin fermentar, pero cuando se aburría tenía siempre disponibles cantidades de té negro y rojo; de jazmín, que era como un aplauso de aroma enfrente de su cara y funcionaba como un ejercicio de budismo zen; africano, una mezcla de té negro, chocolate y jengibre, té oolong, té blanco, y cuanta infusión encontrara en la tienda china que visitaba una vez por semana, a veces con el único objetivo de tener alguna razón para salir de su departamento, según más adelante pude saber.

Otro de sus temas favoritos, que yo detestaba, era su niñez. Si le contaba de mis amistades o una discusión familiar, Ortiz me hacía viajar con él en el tiempo para enseñarme a los seres que lo habían rodeado en el pasado. Me llevaba al sur, a algún lugar entre Lanús y Banfield, a una casa de frente blanco, con un patio largo y un fondo todavía más largo, fondo y no jardín, decía, porque estaba cultivado por su padrino, un italiano flaco y con los nervios de punta, y los zapallos, los tomates y las radichetas lo llenaban. Cuando entrábamos nos esperaba, en algún lugar entre el patio y el fondo, con la pava en el fuego y las galletitas de agua con rebanadas de queso fuerte, un viejita muy petisa, casi enana, jorobada, coja y con la mano izquierda paralizada, que se había casado con el hermano de la tía abuela de Ortiz y, ya viuda, seguía viviendo en esa casa chorizo. Hacía muchos años que la enanita no salía más que hasta la puerta.

Fue la primera persona que lo hizo reír. Y para él reír quería decir encontrarle algún gusto al mundo. Antes había sonreído seguramente, como todos, con los sonajeros y las morisquetas típicas de los mayores, pero un día sus padres lo dejaron solo con esa viejita, pensó que iba a aburrirse, pero enseguida estaba mirando cómo los repasadores se habían convertido en personajes que cantaban y bailaban, igual que la enanita, al son de la milonga o el chamamé que salía de una radio enorme. Pronto descubrió que esos trapos estaban llenos de historias porque la enanita, que era de Avellaneda aclaraba Ortiz, cerca de la plaza Mitre, había conocido a muchos personajes interesantes. Se hizo costumbre dejar la casa alta en la que vivía en aquel entonces para meterse en la casucha a mitad de cuadra. Ahí conoció al Mono y a los matones de Avellaneda, que captaban su interés porque eran lo que nunca fue Ortiz, gente de la calle.

Y ahora menos que nunca; después de separarse de su novia de siempre, que era también la madre de su único hijo, y del viaje a Mar del Plata, mi amigo virtual pasaba cada vez más tiempo encerrado en su departamento, cerca del Colegio Benito Bautista (¡ahí cursé la secundaría, Elortis!). A pesar de que las mujeres lo habían rodeado desde chico, y que las prefería a los hombres, últimamente lo tenían a mal traer. Me hizo creer que se había separado de su mujer porque la relación estaba desgastada, pero a veces surgía la sombra de otra mujer, una misionera. Este tipo de charla quedó relegada cuando me confesó que estaba pasando un momento difícil por otros motivos.

Se sospechaba que el padre de Ortiz había colaborado con el secuestro de profesores y alumnos durante la última dictadura de nuestro país. Un ex profesor de psicología de la Universidad de Buenos Aires había declarado en una entrevista de un importante diario que su par, Baldomero Ortiz, era un funcionario civil del gobierno militar. Otro compañero salió a afirmar al mismo medio que en las charlas en el comedor de la facultad el profesor Ortiz relacionaba la psicología con la corrección de mentes obtusas dedicadas a la subversión. Después de que me revelara este asunto, perdí su rastro por unos días. Lo esperaba por las noches en la computadora, pero si se conectaba, volvía a desconectarse enseguida. Tal vez lo hacía sólo para ver si había cambiado mi subnick (con el tiempo supe que le prestaba atención a los pedazos de canciones que yo ponía de mensaje personal). Mientras tanto, aproveché para investigar sobre la represión y la tortura en la Argentina del siglo pasado y, por un truco de mi imaginación, lo veía al Ortiz que yo conocía, al hijo, en un centro de detención clandestino, tratando de lavarle la mente a las personas, y tachando con rojo en un lista a los más caprichosos, o directamente empujando a personas encapuchadas de los aviones. Después me enteré que aquellos días Ortiz los había pasado buscando entre los papeles de su padre algún escrito que pudiera presentar a los medios para negar la acusación. Su padre no podía defenderse. Había muerto cinco años atrás.

A los pocos días mi nuevo amigo reapareció; muy alegre me contó que su hijo se había recibido de abogado, en tiempo récord, y ahora podría ayudarlo si tenía más problemas con las rémoras que lo perseguían por el pasado de Baldomero, aunque no confiaba mucho en él porque recién estaba conociendo a las mujeres y estaba muy distraído. En la cena en un restaurante del puerto de Olivos, donde habían ido para festejar con el  graduado, Martín anunció que se tomaría un año sabático; quería viajar de mochilero por Sudamérica. Ortiz estaba seguro que su hijo intentaba olvidar a la compañera de facultad que le gustaba. Era buen padre, conocía bien a Martín. A diferencia de Baldomero, que nunca tuvo tiempo para él; se había criado con lo que encontraba al paso en la casa del sur de Buenos Aires, más que nada libros viejos con las hojas cortadas a cuchillo, pilas de revistas polvorientas, y la cajita de metal repleta de monedas antiguas —su padre le enseñaba de qué lugar procedía cada una. Pero otras cosas no había sabido o no había querido trasmitirle. No lo preparó para vivir, para relacionarse con las personas. Baldomero pasaba el tiempo al principio con sus pacientes, y después con sus amigotes, a los que mantenía lejos de la familia. Cuando le pregunté si las acusaciones eran justas, Ortiz se desconectó, y desapareció por otros tantos días.

En la próxima charla a Elortis —como lo llamaba por su nick y como a esta altura ya debería llamarlo en estos escritos— se lo nota cambiado, esta vez espera a que yo lo salude, y me contesta al instante, eufórico, con un signo de exclamación. Quería saber si yo pensaba en mi ex novio, si seguía viéndolo y me confesó que estaba muy triste por mi separación. Dijo que una noche, con la cabeza pegada a la almohada, se había puesto a pensar en mí, después de un primer noviazgo sola en el mundo, y se largó a llorar como un nene.

Yo no estaba tan sola, pero tenía algunas dudas con respecto a la moral de las personas que me habían creado. Sospechaba que mis padres no eran lo que aparentaban. Cualquiera que haya crecido con sus progenitores puede darse cuenta del tipo de zozobra que sentía mientras mis pensamientos maduraban. Me sentía culpable de que mis padres se siguieran viendo después de tantos años de separación, era una farsa sin sentido. Se lo conté a Elortis, le dije que necesitaba desprenderme de la tierra, serruchar raíces. Abrirme de esa forma lo descolocó. Hasta ese momento él pensaría que yo era una chica del montón, tal vez un poco más avispada que las demás, pero a partir de ahí algo cambió en la forma de hablarme. ¿Por qué?

Para mí se dio cuenta que podía llegar a engancharse conmigo. Enseguida hizo la broma, repetida después, en los momentos en que se encontraba en una posición de debilidad con respecto a mí, de que sería un buen partido para su hijo. Lo había visto en una foto vieja del perfil de Elortis, era un chico bastante lindo, un poco desgarbado y de mirada insegura, no tenía los ojos azules del padre, la nariz era un poco más perfecta, pero nada de la mandíbula cuadrada y el perfil de actor de serie norteamericana que lograban que te interesaras por Elortis a primera vista, con esa especie de desconfianza que generan, en algunos casos, los lindos.

Elortis, además, hacía natación y estiramientos diarios que, evidentemente, habían mantenido en buen estado su físico. En fin, cualquier chica se habría interesado por él de primera; conocerlo hacía que la relación se volviera, al comienzo, más distante porque se notaba que no era un tipo como los demás. Costaba encasillarlo, encontrarle la vuelta, saber quién era en realidad y qué lo movía. Yo, que tenía bastante experiencia en este tipo de amistades, tuve que aceptar que Elortis me divertía como ninguno y su trato me hacía descubrir algunas cosas que pasaban desapercibidas para mí antes de conocerlo.

Le gustaba contarme lo que hacía en detalle, para mi sufrimiento. Había tenido que ir a la casa de la costa de su padre, el lugar donde pasaban los veranos cuando era chico. Hizo el viaje con Motor, su hermoso gato blanco y negro. La verdad que me hubiese gustado conocerlo. Daban ganas de apachurrar a ese gatito, por lo que había visto en una de sus fotos. Me gustan mucho los animales.

A Elortis también le gustaban. Llegó a tener  a un mono araña en su departamento. Pero eso me lo contó más adelante, sigamos con la conversación de ese día. Elortis había ido a aquella casa, en Mar de Ajó Norte, un lugar reverenciado por su padre por la tranquilidad y porque podía cazar tiburones cada vez que se le antojaba. Le dije que me parecía muy rara la imagen de un psicólogo pescando tiburones. Me explicó que su padre no era un psicólogo en esencia, que tenía amistades que lo habían llevado por otros caminos; que tal vez por el descuido de Baldomero hacia la actividad que había elegido, él se empecinó en estudiar lo mismo; quién hubiera dicho que Ortiz Jr. también iba a terminar dando un paso al costado. Sin embargo, tal vez fuera ése el ejemplo que había seguido. Hacía poco, lo que rescataba de su padre era que nunca se había apoyado en su profesión para explicar quién era; ahora ese desinterés parecía el resultado natural de la doble vida que le adjudicaban.

En cuatro horas llegó a Mar de Ajó, le dio comida a Motor, y se dedicó a revolver los muebles, armarios, alacenas, cajones, y hasta las tablas de madera de las paredes de la casa para tratar de encontrar alguna carta que pudiera limpiar el nombre de Baldomero. Nada por aquí. Nada por allá. Lo que encontró fueron ediciones viejas de la National Geographic. Baldomero había estado suscripto de por vida a la revista. Decía que se había cruzado con la nena de la famosa portada en una de sus caminatas. Que la nena, ahora toda una mujer, había emigrado de su Afganistán natal a nuestro país. Después, cuando finalmente la revista logró encontrarla, su padre siguió afirmando que la había cruzado cerca del Palacio Alvear. Era encantador cuando inventaba esos misterios que ponían a volar la imaginación de un chico, recordaba Elortis. En lo demás, en apariencia se desentendía de él y dejaba que se las arreglara solo aunque, dosificando los halagos y las críticas, ejercía un control de sus impulsos e inclinaciones. Apenas le había prestado atención cuando le dijo que quería seguir su profesión.

Elortis terminó de revolverlo todo, aceptó la derrota en la búsqueda y decidió pasar el fin de semana leyendo viejos números de la National Geographic en el fondo de la casa, aunque veía una foto y leía el copete de los artículos más que nada y después miraba los árboles y se dejaba asombrar por los colibríes que también asombraban a su padre en sus visitas. Cuando se cansó de hojear la pila de revistas, empezó a buscar a Motor por la casa y no lo pudo encontrar. Salió a la calle.

Tocó el timbre de los viejos de al lado —siempre rodeado de viejos, decía Elortis, porque sus vecinos de piso también eran todos muy mayores—, que se pusieron muy contentos de verlo después de tanto tiempo, pero su gato no estaba por ningún lado. Se volvió, doblemente triste: no había encontrado ni un papelito que pudiera salvar la reputación de su padre y había perdido a la mascota que dormía con él por las noches. Ahora daba vueltas en la cama. ¡Qué sería de Motor en los fondos de esas casas deshabitadas, y cuando no, con perros guardianes y dueños hábiles en el manejo de pistolas de aire comprimido!

Era sensible con los animales. Al principio pensé que fingía para quedar bien conmigo, yo soy capaz de dar la vida por cualquier perrito de la calle. Pero después me di cuenta que el interés era sincero. Decía que era una tara que su padre le había transmitido. Baldomero creía que los hombres eran inferiores a las demás especies. El viejo Ortiz pensaba que el uso constante del lenguaje hablado había terminado por perder para siempre al hombre y que no era una evolución sino, más bien, un error lamentable. Tal vez por eso sus últimos años los pasó casi en silencio, decía Elortis.

Tengo que admitir que me asustaba la figura de Baldomero Ortiz. A Elortis no le conté, porque temí que no se soltara más conmigo, pero un día había visto la foto de Ortiz padre en el diario, un viejo en sillas de ruedas y aferrado con saña a un lustroso bastón. Daba una indefinida sensación de respeto. Pensé que si su afán era eliminar el lenguaje,  tal vez sin querer, había puesto todas sus energías en expresarse sin él. La mata de cabello oscuro, el físico robusto aún en la vejez y la discapacidad, la mirada resoluta, la mueca arrogante de la boca, la inclinación cortés de la cabeza, podrían ser los signos que lanzara al mundo. ¡Ay, de quien los viera, de quien supiera decodificarlos! Tal vez se volvería tan loco como él. Baldomero podría tener la pinta de esos viejos que invitan a las nenas a sentarse en sus faldas, si no fuera porque en sus ojos refulgía una tranquilidad y una sinceridad que lo alejaban de lo terrenal y lo rejuvenecían hasta iluminar al hombre apuesto que seguramente había sido.

por Adrián Gastón Fares.

Kunda.

Donde en las buenas y en las malas

Kunda

de las sabrosas frutillas y los hongos venenosos

Kunda

el río cenagoso que nos tragamos con el agua

de la canilla

Kunda

la palabra que repiten las naranjas en el ocaso

Kunda

el silbido del señor Tiempo haciendo llorar tus ojos

Kunda

cundió

el tiempo cundido

palabra que ya no usamos

pero que existe en tantos

libros quemados

lo que despierta, lo que nunca durmió

pero está

presente

como en esos iniciales viajes

en coches

o en colectivos

donde la verdad estaba siempre detrás

Kunda

las montañas sagradas de lo que no puede olerse pero debería escucharse

Kunda

la piel degustada luego de abandonar el tabaco

pero no la muerte

lo que sueñan los ancianos cuando

dejaron el placer

para disfrutar de lo real

Kunda

todo lo que parecer ser y no es pero que sirve para que otra cosa sea

Kunda

el tiempo que no estuvimos y no nos dimos cuenta que no

estábamos

Kunda

el tiempo que no estaremos

y no sabremos nada

aunque hayamos

estado

y todo sea distinto

Kunda

el terreno llano

entre el amor

y el desamor

entre esta vida y la otra vida

como los pasos silvestres

que llevan a la montaña de restos

de huesos

de animales

de personas

de plantas

de estrellas que buscamos en lo alto

pero que ya no están hace mucho

el polvo de su desintegración está más cerca

debajo de nuestros pies

mientras miramos y buscamos en el cielo nocturno del

Kunda

acumulación

dispersión

inspiración

desesperación

lo negativo

lo positivo

convertido en blanca piedra y luego

en ocre púrpura

piedra que

brilla

pero no existe

la pintaron,

pero nunca

Kunda

como los fantasmas de la Torre de Londres

o de los pasillos de Villa Fiorito,

un peloteo en el barro,

un fútbol sin reglas

y sin arco

sin pelotas

donde

siempre

casi

no

pasa

nada

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. Primer capítulo + Índice novela completa.

Adrián Gastón Fares autor de Suerte al Zombi convertido en Zombie

1. LOS HOMBRES DE TRAJE

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su ex compañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El colectivero esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El  chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el colectivero le preguntó adónde iba.

 

por Adrián Gastón Fares

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice de capítulos siguientes:

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

 

Ayuda.

Publicando Suerte al zombi, compenetrado en eso, en este blog, en la novela, se me pasó pasarles este enlace para que puedan firmar y compartir.

Me acompañó alguien de Change.org que apareció de la nada para pedirme que me sacara esa fotografía que me costó mucho sacarme (ya había hecho yo la petición). Me dijo que un cartel ayudaría y entre fibras y pizarras, me salió esto:

Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho
Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho

El texto lo había escrito y esa persona me ayudó a dejarlo más claro, así que lo agradezco.

Estamos hablando de un logro, de diversidad, de inclusión y de todas esas cosas que hacen bien en vez de mal.

De una película en la creó firmemente porque la desarrollé durante muchísimos años y cuyo guión no estaría dispuesto a vender a nadie para dirigirlo más que yo.

Luego de desarrollar todo Gualicho (storyboard, guión, historia original, casting, locaciones, propuesta estética; eso ganó Blood Window Internacional) creé Mr. Time, que creo que tiene el mismo valor cultural y comercial que Gualicho. Me gusta. Me convence. Me atrae. La quiero hacer, tanto como Gualicho. No necesito un jurado para que me diga eso, como fue en el caso de Gualicho, que resultó ganadora de una concurso de Óperas Primas. Pero para que eso ocurra, para que pueda dirigir otras, primero tengo que hacer la valiosa e ineludible Gualicho (Walicho, o Walichu)

Firmen esta petición y compartanla si pueden porque es tan válida como todo el trabajo gratificante que vendo desarollando en este blog desde hace tantos años.

Es fácil de compartir porque el vínculo está simplificado.

Es así.

change.org/gualicho

o aquí

change.org/gualicho

o acá

Firmar petición Change.org para Adrián Gastón Fares

Ya ha sido firmada por muchos directores y directoras de argentina, entre otras personas que me conocen, y algunas que no.

Es todo un camino recorrido, entre cortos que filmé, el documental Mundo tributo, entre otras cosas, que me llevaron a esto. Ayuden a que no quede truncado esto, porque perdemos una nueva película, un nuevo guionista, y un nuevo director. Y eso no debe ocurrir.

Gracias y saludos,

Adrián Gastón Fares

Escritor, Director de Cine, Guionista

 

Catálogo Películas en desarrollo y ya estrenadas de mi productora de cine.

Catálogo películas y proyectos Corso films
Catálogo películas y proyectos de mi productora de cine.

Gualicho, terror, drama, thriller.

Mr. Time: misterio, terror, ciencia ficción.

Las órdenes, drama, thriller.

Embrión, social, género, drama, thriller, Road movie.

SPA (serie) drama, thriller, aventuras.

Mundo tributo (largometraje estrenado) documental, comedia dramática, rock.

La venta. Suspenso, comedia, terror.

Más información:

corsofilms/press

contacto: info@corsofilms.com

En cuanto a novelas, cuentos, etc, pueden leerlas buscándo en el índice de este blog o averiguar más en este enlace:

Links a Novelas y Cuentos de Adrián Gastón Fares

Por Adrián Gastón Fares, guionista, director, productor de cine argentino.

Basta y se acabó.

Nunca hay que doblegarse a uno mismo.
La gendarmería está para eso.
Nunca hay que ceder a las estupideces de los demás.
La muerte está para eso.
No hay que pensar otro camino
Otros están para acompañarnos en esos traspiés.
Calmos.
Sin llamar la atención.
Pero cruzando miradas.
En un paso tras otro.
Nos entendemos.

Los que hemos sabido mantenernos firmes e imperturbables (y transformables cuando era y daba)

Aunque sea abrazados al suelo.

Es mejor tomarse otro Fernet en soledad que aceptar un trago más caro.

De esos sofisticados que seducen absortos por el poder.
Y atontados por el éxito.

Los que no saben el valor de una palmada de aliento en la espalda.

Que uno aprende tarde en la vida.
Como si ya no la quisiera.
Ni la necesitara.

Pero revive el cuidado.

Nuestra vida no fue cómoda.

Nuestro destino fue siempre sobrevivir
A una pelotudez detrás de la otra.

No conozco bombas
Cómo esas.

Ni columnas que no se dispersen ante el derrumbe.

Somos el derrumbe.

Y las piedras esparcidas.

La vida es dura
Y no hay estupidez compartida en Facebook que aminore
Lo dura que es.

Son paliativos idiotas que no convencen ni al que los comparte.

Esas palabras de más que nunca difundo.

Por Adrian Gastón Fares.

Los incómodos, de Elizabeth Aimar.

Después de leerlo un poco en la librería acabo de comprar el libro “Los incómodos”, Derechos y Realidades de las personas con discapacidad en la Argentina, de Elizabeth Aimar, que recomiendo.
Recién editado, Junio de 2019. Ojalá hubiera más libros sobre la temática en Argentina. Es una de las pocas brújulas que hay al respecto en el país.
Se consigue en Cúspide y otras librerías en papel y también se puede optar por la versión digital, online (como BajaLibros.com). por Adrián Gastón Fares.
Pueden adquirirlo, por ejemplo, en este link:
Editorial Paidós.
Copio la introducción, las palabras de la autora:
Son ellos, los que se alejan, los que sufren, los que no entienden, los que no pueden hablar.
Son ellos, los que no pueden preguntar, los que no llevaron el regalo porque pensaron que quizá no sobrevivía.
Que no pudieron invitarlo más a las reuniones del club porque les duele ver que el hijo de su amigo no pueda jugar a la pelota igual que los suyos.
Es ella, que no pudo visitarlo más porque no soportó el ruido de respirador y pensó que molestaba.
Es él, que faltó a la fiesta de 15 porque no sabía qué regalarle. Él, que no visita a la abuela porque no soporta que no lo reconozca más que de a ratos.
Es ella, que no se animó a decirle a su mejor amiga que su hijo se había recibido de ingeniero y se había casado, porque tenía miedo de que se pusiera triste.
Ella, que no se animó a dar el ingreso a la escuela a ese joven porque tiene síndrome de Down y no sabe cómo tratarlo.
Él, que durante años trabajó en la misma oficina y nunca se animó a preguntarle por qué está en la silla de ruedas.
Desde el título, este libro pretende interpelar la mirada social sobre la discapacidad. Sabemos que quienes conviven con ella tienen una vida más incómoda, sí, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la incomodidad que la discapacidad genera en los demás, allí donde irrumpe.
Tal vez por eso durante tanto tiempo fue ocultada, disimulada, silenciada.
Incluso en una época en la que predomina el discurso inclusivo, son muchos los que se sintieron, se sienten o se sentirán incómodos con la discapacidad.
En este libro los invitamos a conocer nuestras vidas, porque solo el conocimiento les hará perder el miedo y quizá dejen de sentirse incómodos. por Elizabeth Aimar.
Los incómodos de Elizabeth Aimar

Sensor

Ayer, ya que tenía que pasar por un médico, y estaba cerca la clínica donde nací, se me dio por ir a buscar el acta de nacimiento (¿se le dirá así?) Pasaron muchos años. Sin embargo, parece que hay un procedimiento para verla. Espero. Lo que me queda de eso es un papelito donde dice dónde y en qué fecha nací, y que nací “deprimido neonatal” Tal vez el acta diga algo más para sondear los orígenes de mi sordera.

La clínica era bastante horrible. Limpia y todo, pero con lugares para rezar por todos lados, parecía un lugar para velar muertos (en algunas el nacimiento y la muerte están más a la vista, parece) Tenía en un vértice, un triángulo cóncavo de cemento con una virgen, que daba bastante claustrofobia, donde se supone que las personas se arrodillan a rezar cuando las cosas no están muy bien en una clínica. Y cuando las cosas no están muy bien en una clínica u hospital, se supone que las cosas están muy mal.

Luego, después de ir al INCAA, ¡cuándo no!, hoy también tuve que ir, para que no haya novedades muy promisorias, estuve caminando un rato.

Se me cruzó una persona en silla de ruedas empujada por una chica. El joven (debía ser más joven que yo, o al menos tener treinta y algos) me dijo que había sido Pirata del asfalto, que lo habían abatido me dio a entender, por eso estaba en silla de ruedas, y que necesitaba ayuda. Contra todos los pronósticos, le di unos pesos. Primero miré la cara de la que lo empujaba para ver si tenía que creer eso y parece que sí. Era un auténtico ex pirata del asfalto. En rehabilitación, parecía ser.

Me pareció más creíble que todo lo que vengo escuchando hace mucho tiempo para obtener dinero en la calle. Así que me pareció correcto darle dinero al ex pirata del asfalto. Le expliqué que yo tampoco tenía mucho trabajo, por no decir nada, y que era sordo, pero mi mano fue más rápida que mi mente (no suelo darle plata a cualquiera que me lo pida, más que nada porque no la tengo o porque a veces no tengo ganas; uno es un ser humano también y a veces se cansa de todo)

Hace unas semanas crucé a un ciego. No me suele pasar, aunque me ha pasado. El ciego se empecinó en cruzar para la derecha, porque el semáforo todavía tenía unos minutos para hacerlo, y sabía que tenía que ir para ese lugar. Yo insistí en esperar que cambiara el que teníamos enfrente. El ciego se molestó bastante. Nunca pensé que el tiempo fuera importante para un ciego pero para este hombre con ceguera lo era.

Ahí me di cuenta algo que ya he visto en los ciegos. Tienen una petulancia que no tenemos los sordos (los sordos, como la novela de David Lodge, La vida en sordina, damos risa) He visto reírse en mi cara a personas y no los culpo. A mí también a veces me da risa, pero otras me quiero matar.

Y mi conclusión fue que su capacidad diferente, la del ciego, digamos, es muy clara, y están acostumbrados a ser tratados con consideración. No así los sordos que somos como una especie de seres vulnerables cuya discapacidad depende de cuánto uno se esfuerza a veces o no (no sé qué depende, pero está mucho más escondida que la de un ciego) El ciego, que sabía que era mi obligación cruzarlo, creo que ni siquiera me agradeció y se fue con su cara de piedra y su voz mandona por su camino. Los ciegos han sido bastante maltratados por la literatura (dan miedo, respeto, temor según Sábato, Eco, Sófocles) No hace falta más que recordar el diario de Bioy Casares sobre Borges donde, en un rasgo de humanidad (Borges se quedó ciego de muy grande, aclaremos) Bioy cuenta que, claro, Borges se meaba los zapatos.

A veces, cuando mis amigos me llevan a algún boliche, de los que ya no soporto el ruido más que una hora con los audífonos, suelo encontrarme con un ciego. Es joven. Parece dormitar en las mesas. Le gusta tomar. A mí también me gusta tomar (pero está caro para emborracharse en un boliche)

El ciego a veces baila solo. A veces es guiado. Acompañado por algunas mujeres o hombres que se prestan. Es grandote y si te ponés en el medio cuando estás caminando, medio que te hace correr con alguna palabra certera (que yo no suelo entender, pero su expresión ya me da autoridad). La persona ciega que busca la felicidad en las burbujas y el trap (o los hits de los ochenta; aunque es joven o parece muy joven) Me parece bastante correcto.  Al principio parece un  borracho ensimismado, pero cuando te das cuenta que tiene ceguera, uno se dice: esto está muy bien (por lo menos mientras dura la cerveza que estoy tomando)

Hoy Lucrecia (Martel) dijo en Venecia que no podía separar la obra del hombre. Y que las mujeres filman poco y nada (que es verdad) Le escribí, creo que a su Facebook para decirle que también las mujeres discapacitadas y los hombres discapacitados filman o escriben poco y nada. Es algo que se sostiene en el tiempo. Y son miradas que se pierden. No voy a negar el interés de mi parte en que esto cambie. Tampoco voy a negar que soy diferente a los demás (ahora estoy escuchando Trap o no sé, en Spotify, una lista de Éxitos Argentinos, muy rara, ciertamente; entiendo poco y nada, más entiendo las canciones que conozco y en inglés; querido Trap, no te entiendo ni medio; bueno ahora sí entendí unas palabras dicen: Quedate conmigo. Dejé por un rato los soundtracks y el rock internacional)

Siguiendo las palabras de la directora de cine argentina Lucrecia, si no podemos separar las obras del hombre, entonces tampoco deberíamos separar las circunstancias del hombre por el esfuerzo de realizar esas obras. Del hombre o mujer. Con más razón, las circunstancias personales, deberían ser tenidas en cuenta (aunque no estoy de acuerdo en que se valore una obra en función de una discapacidad, por lo menos debería ser mirada dos veces antes de descartarla; quizá con un ojo cerrado y el otro abierto, no sé) Nunca declaré una discapacidad para que se evaluara una obra hasta ahora, sí he hecho hincapié en ella para obtener trabajo o para que se reponga un premio quitado sin justificación más que seguir la lógica del poder.

Lucrecia se refería igual en juzgar moralmente a un hombre y entonces sí descartar su obra. Pero si vamos a juzgar, hay que juzgar todo, ¿o no?

Me llamó mucho la atención lo de no separar la obra del hombre (o mujer, según lo entiendo yo por la inteligencia de Lucrecia). Parece que se usa cuando a la sociedad le conviene más (no voy a opinar de Polanski, no sé su caso legalmente, leí su biografía, leí que estuvo preso, sé que mataron a su madre, a su esposa embarazada, en fin; eso no justifica su caso punible; pero para no separar al hombre de la obra hay que hacerlos con todos, entonces) El feminismo tiene que ponerse de acuerdo, el machismo también. Y los que estamos entre medio, como nosotros, lo que tenemos algún tipo de discapacidad que hace que veamos el mundo o lo escuchemos de otra manera (las mujeres con algún tipo de discapacidad no se sienten representadas por el feminismo muchas veces, lo sé) y que por lo tanto pedimos una nueva identidad, más cuando uno es lo más funcional que pueda a lo que llamamos sociedad, también tenemos que ponernos de acuerdo en si vamos a separar las obras (edificios, jardines, árboles, películas, libros, ropa, cosechas, tabaco, sillas, mesas, por poner ejemplos) del hombre, mujer y lo que llamamos diversidad y nuevas identidades.

Y hay que tener en cuenta que no todos los crímenes son visibles, si sólo perseguimos los crímenes visibles, lo que vamos a hacer es ponernos del lado del poder y del control. No creo que es lo que haya querido expresar Lucrecia, en su apoyo bienintencionado a la lucha de la mujer argentina.

por Adrián Gastón Fares

 

 

Mini manifiesto sobre el cine

El cine nunca es ficción totalmente.  A diferencia de la literatura, que también conozco bastante bien, el cine siempre enfrenta la realidad y el acto de filmar mismo es modificado por la realidad. Por lo tanto, por más que la historia sea de lo más inverosímil, el cine nunca deja de ser más real que la literatura.

La literatura tiene lo suyo igual, siempre es más personal. Es otra cosa.

Me llama la atención que las familias se desmadran cuando una figura matriarcal desaparece. ¿Cómo relacionarlo con el cine? Si no hay estrellas femeninas, si no hay una musa, todo se viene abajo tal vez. No lo sé, pero me llama la atención como tantas familias se han venido abajo cuando incluso la matriarca que habla desde una cama final deja de existir. Los primeros que caen cuando pasa eso son los más débiles, los descendientes creativos o las descendientes creativas o con algún costado artístico. O no caen pero siguen luchando a pesar de todo, con muchas dificultades.

Los extremos siempre se tocan y lo femenino y lo masculino también.

Los ensueños de la literatura parecen unos ensueños justamente al lado del cine, en el que uno debe enfrentar la realidad y modificarla. Es el arte supremo hasta ahora. El otro, la literatura, es un arte menos engorroso, suplente, muy solitario, nada bueno para un sordo como yo que igual quiere contar historias a toda costa.

por Adrián Gastón Fares

PD: Recomiendo el libro de Leila Guerreiro, Los suicidas del fin del mundo, gran crónica, gran libro, gran prosa.

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Cronología del desastre

Mis audífonos nuevos

Cronología del desastre

2007-2011 Filmo Mundo tributo con Leo Rosales, realizamos todo, es una producción independiente. Nos va muy bien. Estoy varios años distribuyéndola y nos va mejor. La película estuvo en BAFICI, y se vio en canales argentinos, brasileños y en festivales de muchos países.

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Por primera vez con audífonos en ambos oídos (como verán). Año 2012

 

2011-2012 Un otorrino me envía a sacar certificado de discapacidad y me da audífonos por primera vez en ambos oídos. A la semana de entregado los audífonos me voy a Ushuaia a realizar un trabajo audiovisual. Voy con un camarógrafo que me dice que yo no quiero escucharlo. Me hace poner mal hasta las lágrimas en el hotel. Vuelvo, con dolores terribles en el oído en el avión, y edito el trabajo (que llevo meses) y lo termino.

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Yo en “el Fin del Mundo”, Tolhuin, Tierra del Fuego

 

2013-2014 Entre algún que otro videoclip, provistos por gente que me ayudó como pudo, con los audífonos mal adaptados y sin saberlo, me pongo a realizar Gualicho de manera independiente. Para eso pido una cámara, realizo el storyboard. La cámara, por decisión del gobierno de ese entonces de cerrar importaciones, una cámara muy barata y chiquita, pero que servía para filmar un largometraje independiente, queda afuera; quedo a merced de un estafador que vive en Miami. Mi pareja tiene que hablar con él porque yo no me animaba a hablar por teléfono por temor a no escuchar bien. Meses para solucionar la estafa. No puedo ir al campo donde iba a filmar la película, estoy solo tratando de salir adelante con lo que me apasiona y estudié. Hago un casting solo con mi pareja (nadie vino a ayudar).  Fue un casting peligroso… Trato de seguir adelante luego de la tensión de la estafa y la adaptación a los audífonos. Pruebo la cámara filmando Cine sordo y otro cortometraje. Incertidumbre. Falta de autoestima. Desastre total. Termino solo y arruinado. Crisis de identidad. Me voy a buscar la solución a algo que ya tenía; era sordo (pensé que podía ser autista o tener Meniere) El momento más horrible de mi vida.

 

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Scouting de Locación para Gualicho cuando quería hacerla independiente. Merlo, Buenos Aires

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Otro Scouting de Locación para Gualicho de esa época

2014-2016 Psicólogos por primera vez en mi vida, psiquiatras, luego de un trabajo en una Obra Social en el que no me daban ninguna tarea, en un entorno hostil, donde llegué a estar en una habitación oscura sin baño, termino yendo por las tardes a un Hospital de Día (del centro, el de la Clínica Banfield)

Estaba sufriendo pero bancándola en la Obra Social hasta que me llegó una carta terrible que me pintaba como un monstruo terrible de alguien que yo apreciaba. Caigo en el abismo que explico en el párrafo anterior. No debería haberme llegado esa carta como discapacitado nunca. No era la manera de actuar en ese momento y mi familia y cualquiera que me quisiera de verdad debería haber evitado esa forma de comunicación.

Sigamos. Algunos decían duelo prolongado. Otros estrés postraumático. Terminó empastillado, tomando medicación por primera vez en mi vida para dormir y estar sedado -y un poco de antidepresivo y clonazepam- que no pude dejar hasta el día de hoy (aunque ya no creo en psiquiatras en lo más mínimo; menos en psicólogos para discapacidad) Me voy de viaje solo al sur. Un día me despierto y toda la comitiva se había ido de excursión sin que me entere. Me anotó a cursos y carreras, voy a un taller de guión para perfeccionar Las órdenes, otro de mis guiones de largometraje que pienso dirigir.

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Cuando me sacaron de la oficina solitaria y oscura por lo menos me mandaban a llevar muertos al Correo.

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Mi trabajo en la Obra Social con la estimada zorra multiuso

 

2016-2017 Las órdenes queda seleccionada en Colombia, me voy a Colombia a un taller de guión internacional (la única alegría que tuve en estos diez años desde que me dieron discapacidad) Buena gente, comprensiva. Reescribo mis novelas mientras trabajo en la Obra Social. No duermo y reescribo Gualicho, largometraje La presentamos con Leo a Ópera Prima 2016. No gana. La volvemos a presentar con otra productora presentante, que no hizo nada más que lo que yo ya había hecho, meses después yo reescribo el guión otra vez sin dormir y yendo trabajar a la Obra Social, mientras luchaba hace cuatro años para que me den los audífonos con amplificador en el oído que había pedido Magalí Legari, la fonoaudióloga que se dio cuenta que de que no había sido tratado bien en mi falta de audición.

La misma Obra Social donde trabajaba me hizo recorrer cielo y tierra hasta que me dieron los nuevos audífonos más potentes bajo amenaza de una médica del Hospital Guemes de que si era no era así cuánto antes deberían darme implantes urgentes y de un amparo que yo escribí y envíe a la Superintentendencia de Salud (recién me los dan a fines de 2018)

2017 Me acusan en el trabajo de no ir a retirar un sello durante mis vacaciones (sic, sí es así) Me cargan por no escuchar el timbre de la puerta y volver a tocar para que me abran desde afuera cumpliendo mi trabajo de cadete administrativo (en algún momento por suerte, me empezaron a mandar a todos lados, Edesur, Correo, Panadería, pagar las cuentas personales de los mismos empleados, en fin… cosas que hacen la mayoría de los sindicalistas) Dejo el trabajo en la Obra Social, ante el maltrato recibido los cito a todos en el INADI donde los ponen en su lugar, mientras mi pareja de ese año llora como una niña adelante mío por primera vez porque nota que necesito los nuevos audífonos cuanto antes (no escucho nada cuando me quito los audífonos en la cama; es así, que le vamos a hacer; en la cama me tienen que mirar a la cara sin audífonos y si no no entiendo). Salgo bastante triste del INADI y pido que no se tenga en cuenta para un juicio y digo que sólo quería que el maltrato no se repita en otros discapacitados.

Un buen abogado me ayuda a zanjar la cuestión sin juicio ni nada (no quise hacer juicio y lo del INADI me pareció bien). Mi abogado igual creía, y lo respaldo aunque no lo hice para evitar malos tragos, que era para juicio.

Justo ganamos el premio Opera Prima Largometraje de Ficción 2017 por Gualicho con Leo Rosales como productor ejecutivo, yo como autor, guionista y Director (y la desastrosa productora presentante, Pamela Livia Delgado; pueden escuchar un audio de cómo nos trató ella en el sitio de YouTube de Corsologia)

Empiezan mis peregrinaciones al INCAA a pedir buen fin y justicia, mientras Pamela y el mismo INCAA me tratan a mí y a Leo Rosales de manera coercitiva. Me mandan a reescribir el guión para hacer todavía más barata una película barata (negligencia de la productora) Lo hago. Desastre personal otra vez. Pierdo calidad de vida, pierdo otra vez, incluso con un premio. Parece ser otro desastre del país, político también. Falta de un Ministerio de Cultura, falta de conciencia y sensibilización sobre la discapacidad (colaboro con el COPIDIS mientras estoy en la Obra Social, donde me ofrecen un trabajo nocturno de guía de tránsito, en fin) Pero lo del premio es otro desastre institucional del país, más o menos como lo de la estafa por querer comprar una cámara barata que no se conseguía acá y que se les ocurra cerrar las importaciones en 2012-13.

Escribo y desarrollo totalmente Mr. Time, un nuevo largometraje fantástico (2018-2019). Al concurso Blood Window que ganó Gualicho, mientras trabajaba en la Obra Social, había enviado también Embrión, otro largometraje en desarrollo, La venta un cortometraje largo. Tres guiones en los que trabajé día y noche mientras estaba de cadete en la Obra Social (ganó el largometraje; Gualicho, quién diría)

2019 Sigo sin inclusión, con el tinnitus, mis audífonos nuevos al cohete desde el 2018, luego de tanta lucha, sigo en el desamparo, yendo al INCAA a buscar justicia como este viernes que fui solo; hago público el destrato de mi familia y negación que justamente ocurre desde 2012 en adelante con más ferocidad (momento en que por primera vez en la vida llevo audífonos en ambos oídos luego de estar con una mala praxis de unos cuantos años al no ser tratado por mi sordera)

Sin futuro ahora, pensando qué hacer. Los diez años más duros de mi vida en todo sentido, algo que con un poco de justicia social, sentido común familiar y compresión del hostil círculo afectivo del momento más duro de mi vida se podría haber subsanado. Noto que pocos sordos tienen una historia tan tortuosa como la mía y me preguntó ¿por qué?

Tengo cuarenta y un años y la vida se me hizo justamente más difícil cuando me dieron el certificado de discapacidad en 2012, a los treinta y pocos. La gente fue durísima conmigo; todos. De los treinta y pocos en adelante mi vida fue una segunda sobreadaptación, la peor de todas. Ahora, mientras sigo tomando medicación que ni sé si debo tomar, pienso en la eutanasia como algo no tan horrible, más bien es algo que en Holanda y en otros países se puede conseguir con un poco de ahínco 🙂

por Adrián Gastón Fares (24 de Agosto de 2019)

 

 

Lista de películas Agosto 2019

Vuelvo a publicar esta lista con algunos agregados. Los que ya la leyeron vayan al final que hay algunos agregados, como Us, Once Upon a Time in Hollywood y First Reformed.

Desde la mirada de director, escritor y guionista, y no la de un crítico, claro, van mis opiniones de algunas de las películas y series que fui viendo y sus efectos inmediatos y a largo plazo (en algunos casos)

Dogman, de Mateo Garrone. No podía dormir luego de verla. Buscar aprobación…

The Beach Bum, de Harmony Korine. Me gustó mucho porque estaba medio borracho ese día y me sentí cercano al personaje principal. Además tiene buenas canciones.

Call me by your name de Luca Guadagnino Guadagnino pertenece a la sociedad secreta del buen gusto. Hay que llegar a la escena final. ¡Cuánta emoción!

La Odisea de los Giles, de Sebastián Borensztein. El terror se sentía en la sala. Recordar el 2001 argentino en esta época, por más humor que tenga la película de Sebastián, creo que recortó algunas risas y potenció otras. Es de esas películas que hay que ver con la sala llena.

La escafandra y la mariposa, de Julian Schnabel. Me hizo ponerme en la piel del protagonista. Película bastante triste.

At Eternity´s Gate, de Julian Schnabel. Entendí a Van Gogh un poco más. Creo más en la versión de su historia de Carriere que en las anteriores. No sé cómo termine escuchando en Spotify la canción Vincent, de Don Mclean, que me llevó a otra que grabó el mismo artista que usó David Lynch en Mullholland Drive (Crying, si no me equivoco)

Basquiat, de Julian Schnabel. Desde que la vi, a veces tengo ganas de decir que quiero irme a Maui.

Border, de Ali Abassi. Eh, ¿quiénes éramos?

Re loca, de Martino Zaidelis, esta remake argentina me gustó por varios motivos que no esconderé. Trabaja el actor de uno de los cortometrajes que escribí y dirigí Motorhome (aparece en una de las escenas; el siempre creativo Jonathan Jairo Nugnes) Fue producida por el buen productor argentino Sebastian Aloi (quien me ha dado algunos consejos sobre Gualicho y una atención que aprecio) y el personaje de Diego Torres me pareció muy risible, real y reconocible a kilómetros de distancia.

Rocketman, de Dexter Fletcher. Me gustan las canciones de Elton John y varios de sus discos. Raro que no me gustara esta película y me dejara un poco perplejo a la vez. Nunca vi cantar con burbujas bajo el agua. Admito que su comparación incomprable, la película sobre la vida del líder de Queen, tiene otra intensidad a nivel espectáculo. Pero también con esos ojos brillantes del final recuerda un poco a las películas de Zefirelli sobre Cristo que pasaban en Pascuas (lo que da bastante miedo; ese cristo sangrante con ojos azules brillantes siempre me dio terror) Además en Mundo tributo, el documental que produje y dirigí junto a Leo Rosales, no aparece ninguna banda tributo a Elton John.

Siguiendo con Guadagnino, su Suspiria. Su final me dio ganas de cambiar mi vida para siempre. El efecto duró bastante (tal vez persista) Recuerda un poco a los inicios del cine de terror, tiene esa fuerza explícita y elegante a la vez.

Okuribito (Departures), de Yojiro Takita. La última película japonesa que se llevó el Óscar a mejor película extranjera. No la había visto aún. No quedaba otra que me gustara. No soy de piedra. Ya verán en la película.

Io sonno il amore, de Luca Guadagnino (la volví a ver), como El desprecio de Godard. Las dos grandes películas sobre lo terrible, en el bueno y en el mal sentido, que es el amor.

John Wick 2, de Chad Stahelski. Me la recomendó la directora argentina Lucila Las Heras y de las tres es la que más me gustó. Me hizo acordar y extrañar al primer John Woo.

A Star is Born, de Bradley Cooper. Claro que salí con ganas de llorar de esta película y bastante triste. Fue la primera que vi con los audífonos nuevos (esas casualidades…) Empecé a escuchar a Lady Gaga y aprecié sus cualidades camaleónicas. Incluso me enteré del lupus que sobrelleva a través de un documental sobre su vida.

Toy Story 4, Josh Cooley. Me emocionó y me entretuvo.

Aterrados, de Demian Rugna. Demian supo captar cierta atmósfera del conurbano bonaerense en la que casi todos coincidimos en que es la mejor película argentina de terror argentina hasta el momemtum. No es perfecta en el guión pero mucho en la atmósfera, lo que no es poco decir.

Bridge of Spies, de Steven Spielberg. Así creo que deben ser los abogados y las personas, como el personaje que interpreta Tom Hanks (que existió en la vida real) No comulgo mucho con el ¿Serviría de algo?, como ya se nota en lo que escribo, salvo cuando medito, pero me parece una frase encantadora.

Mary Shelley, de Haifaa al-Mansour tengo que admitir que disfruté y me inspiró más esta película que la de mi querido Ken Russell (Gothic)

El Potro, de Lorena Muñoz. La vida es una lucha aunque seas exitoso y esa es una historia que se vuelve a contar cada tanto. Más allá de la banda sonora (no las canciones sino el score me pareció ajustado), la película tiene eso mortuorio, ya le encontraré el mejor adjetivo, tan argentino que casualmente puede encontrarse en otra, por ejemplo, de terror, como Aterrados (¿quién dijo que lo nuestro es el tango?; son los cajones de madera y la música acorde a la temática)

Esa película que llevo conmigo, de Lucía Ruiz. Fui a ver el estreno al Gaumont pero entendí menos de la mitad por el sonido de la sala, porque era un documental, y porque estaba detrás de todo (invitado por Leo Rosales) Tenemos que subtitular todas las películas, ponernos de acuerdo en eso en Argentina y en España si es posible.

Dolor y Gloria, de Pedro Almodóvar. Ese toque hitchockiano de las imágenes del principio es lo que más me gusta de él. Soy así. Es su ocho y medio, ¿no? No entendí bien al niño, lo que decía.

Us, de Jordan Peele. Después de Big, de Frank Marshall, es mi película preferida con un parque de atracciones. Trastorna un poco y no a través de griterío y dilaciones faciales a lo Babadook (ese cine de terror no me gusta: otro ejemplo de lo contrario de Us es Hereditary; no ví aún Midsommar)

En Netflix para ver ya mismo:

Una de mis pocas series preferidas es Mindhunter, con algunos capítulos dirigidos por David Fincher. La temporada 2, recién estrenada, está muy bien pensada y escrita. Juega con los personajes y con el espectador de manera magistral. También tiene capítulos dirigidos por el gran Carl Franklin, que hizo una película que me hizo feliz llamada Devil in a Blue Dress.

Una de mis últimos descubrimientos preferidos en el terror, mejor dicho corto, no se rían es: Toy Story: of Terror, de Angus Maclane. Gran narración. Dura veinte minutos y está en Netflix.

HBO:

La primera temporada de Westworld, creada por Jonathan Nolan, es notable por momentos y lo hace pensar a uno en qué está pensando y cómo lo piensa, justamente. El escritor de Jurassic Park debería tener una estatua en algún lugar. Aunque la serie supera a su versión de su propia historia que veíamos en Sábados de Super Acción.

Por último una reflexión, las buenas películas son esas que recordamos planos que al verlas otra vez nunca existieron.

por Adrián Gastón Fares

PD: nadie se puede quejar de la última de Tarantino, Once upon a time in Hollywood, ni los animales, ni los hombres, ni las mujeres; los únicos que se pueden quejar son los fanáticos y a esos Tarantino los iluminó con su propia medicina. Una película que parece gestada entre vinos y actores, sincera en casi todo. Terrible, como debe ser el cine (de melancólica no tiene nada, leí por ahí que decían eso algunos; no comprenden) Más: siempre me pareció que Tarantino iba a poner Summertime, la versión de Billy Stewart, aunque sea un poco, en alguna de sus películas.

Me falta ver Parasite (Gisaengchung) de Boon Joon Ho (Memories of Murders es su mejor película hasta el momento, no me terminó de convencer ni The Host, ni menos, Snowpiercer, no sé por qué)

Otra que quiero agregar es la implacable y notable, más con el tema Amazonas y todos esos árboles que derribamos y no plantamos (no debería hacerme cargo, yo planto árboles cuando puedo) First Reformed, de Paul Schrader.

La sordera y la suerte familiar

 

Antes de leer lo que sigue me ayudaría que se empapen en el tema. Hay más estudios en España que en Argentina sobre cómo reaccionan las familias con un integrante con discapacidad adquirida. Como esta descripción simple que invito a leer.

Además de este texto me gustaría que estén al tanto de los trabajos de la terapeuta Alice Miller, que ya por finales de los 70 abogaba por un mundo donde podamos estar más cerca de nuestros sentimientos para evitar mayores males personales (de los que tal vez ella no puedo escapar) y sociales.

Las repercusiones principales de la discapacidad en la familia

La suerte familiar. 1 de Julio de 2019 (correcciones del 19 de agosto de 2019) 

Ayer mi hermana dijo enfrente de mi madre que, para no enfrentar mi discapacidad, pensé, quería llevarse a mi padre a otro país y abandonar a mi madre.

Hoy descubro que mi hermana tiene intenciones de internar sin su consentimiento a su madre porque ella reconoce mi discapacidad y mi hermana ayer me dijo que yo era un pelotudo, no un sordo. Un pelotudo que anda diciendo que tiene sordera. Lo que molesta muchísimo a este grupo familiar.

La negación que lleva adelante mi padre y mi hermana contra mi situación siempre me afligió.

No sentirse comprendido ni sentir ningún cariño a uno lo desarma y destruye psicológicamente.

Hace un año pedí ayuda a mi madre por la situación que estoy viviendo (dejé ir, o perdí, a una pareja por no tener dinero por dedicarme a trabajar para un premio que gané en el Instituto de Cine Argentino (INCAA) para filmar la película que escribí Gualicho, y tenía problemas serios con una psicópata ejemplar (¿será mejor decir esto que especuladora, negligente -no leyó nunca el guión de Gualicho según les dijo sin ningún reparo a los del propio INCAA y presentó un presupuesto falso, menospreciadora de directores y directoras, en fin: la productora presentante de mi película ante el Instituto de Cine Argentino)

Mis progenitores son buenos para ir a manosantas y curas barbudos, incluso traerme un vendehumo violador a la casa, pero no para ayudar porque no entienden que el contexto es algo que uno forma no algo que lo regala dios, la fuerza de la atracción o lo que fuera en que cada vez cree más esta sociedad que también en su conjunto mayor se dirige al oscurantismo (como ya lo expliqué bien en otro posteo)

Tampoco me conviene ir a visitarlos porque la negación que llevan a adelante hace tiempo ya es insalvable. No quieren ser tratados por psicólogos ni psiquiatras, no quieren acercarse a grupos de apoyo para entender; en fin, es una mala familia como hay tantas, pero como ya han dicho, cada mala familia es diferente.

Mi única hermana y mi padre, niegan mi discapacidad y niegan cómo nací (el otro día mi padre me dijo que cómo iba a tener sordera yo, si a pesar de no saber afinar un instrumento, en la adolescencia yo tocaba la guitarra eléctrica con amplificador)

Nací con hipoxia perinatal y tengo certificado de discapacidad por investigar por mi cuenta mi problema que no fue tratado hasta que yo fui grande.

Mi familia se desentendió del problema y ahora que lo hago visible pretenden que nunca pasó.

Especialmente mi hermana y mi padre que son causantes de que yo esté así, de que la tristeza y la desolación me haya cercado sin ningún tipo de miramiento familiar. Mi tratamiento llegó tarde por esta negación compulsiva marca Mi Familia Querida.

La actitud discriminatoria duele más en los familiares que en los demás.

Mi hermana, como otras veces, pretende internarme en un psiquiátrico si persisto en mi expresar mi identidad (acá había puesto tristeza, pero no es eso; yo para ellos no puedo haber nacido y vivido con sordera) y hacer lo mismo con mi madre, porque mi madre reconoce mi condición y es la única de la familia que sabe como nací (y ciertas cosas de cuando yo era chico que han ocultado)

Han ocultado como nací toda la vida, y ha sido un proceso de identidad descubrir mi condición y tratarla.

He luchado por mi cuenta por tener los audífonos porque nadie de mi familia me ayudó en eso. Es más, hubieran preferido que nunca los tuviera. Ahora, como pasó en las últimas fiestas, si los audífonos me acoplan, se entrecruzan miradas furtivas, que justamente por mi visión periférica adiestrada de sordera puedo ver, y son incapaces de decirme a mí que me están silbando los audífonos.

Vivo solo, con una gata, veo a algunos amigos, hablo con amigas, a veces veo a mi madre. No he podido reanudar conversaciones ni con mi padre (al que considero un psicópata moderado, casi como el Baldomero Ortiz de mi novela Intransparente; de hecho fue una gran inspiración para los costados más familiares de ese personaje) ni con mi hermana (que se ve que aprendió bien de él; nuestra relación es intermitente porque con ella yo tengo que ser alguien que no soy) Si no hay terceros presentes se me hace muy difícil hablar con ellos porque su verdadera personalidad sale a flote (especialmente la de mi padre)

Sé que esa relación a mí no me conviene porque tarde o temprano clavan el aguijón. Eso no quiere decir que no tenga deseos de estar con ellos, de hacer un asado, de que las cosas vayan bien (cosas tal vez imposibles)

Perdí a la gente que quería porque mi padre me ha hecho pasar por quien no soy, terceros llegaron a decir que estaba matando a mis progenitores (por dedicarme al cine, estudiar, no darles problemas con los estudios ni nada de eso; en fin, los sociópatas son hábiles en manipular en el entorno para quedar siempre ellos como víctimas), y siempre mis progenitores se hicieron la víctima para no aceptar mi situación. Siempre hubo alguna excusa.

Yo así como estaba y todo, siempre fui una especie de victimario y la razón no la puedo comprender. No lo fui para mis abuelas, no para mis tías (que veían con extraños ojos a mi padre) pero sí para mis progenitores, a los que nunca les traje ningún disgusto resonante (incluso mi padre, cuando yo estaba entre antropología y cine, me comentó que existía una carrera llamada Diseño de Imagen y Sonido, tampoco se opusieron a que estudiara eso ni a que yo terminara la carrera lo más rápido que pude como alguno de mis amigos y amigas para persistir en mi decisión de hacer cine, escribir y contar historias)

Todo indica que la negación es una defensa instintiva contra algo que debían aceptar y no podía ser aceptado.

Sin audífonos y gracias a la colaboración de mi abuela materna puede irme de mi casa a los veinticinco años. Viví con una sensación de que debía descubrir algo y enfrentarlo desde entonces. ¿Han tenido sueños de que siguen en la secundaria o en la universidad?No creo en casi nada, pero sí creo en los sueños.

En las reuniones sociales me iba a la cama temprano muchas veces (en la costa recuerdo, a los veinte, en la casa de un amigo, mientras los demás se quedaban jugando a las cartas, yo no podía, estaba exhausto, ya había hecho mucho esfuerzo durante el día para estar a la par de las voces)

Ahora a veces me voy a la cama esperando soñar, es una de las formas de la aventura o de la felicidad. La realidad es dura y la noche trae sueños en los que uno puede hamacarse hasta las estrellas o quitarse el pañuelo de seda de un traje que nunca compró para enjugarlo en inexistentes pero sentidas lágrimas.

Pero en la realidad, en el pasado, cuando llegó la verdad, un certificado de lo que ya venía diciendo, llegó también la incomprensión y los maltratos recrudecieron, incluso el hacerme pasar por otro que no soy delante del círculo afectivo que me sostenía.

Esta vez no quiero que me pase lo mismo.

Hace un tiempo a raíz de la situación que estaba ocurriendo con la productora presentante de mi película (que tiene de abogados a los mismos de la película La Odisea de Los Giles, para dar un ejemplo de la desigualdad social entre ella y yo), el INCAA con su negligencia y una pareja que como no pude filmar me abandonó porque esta vez decidí no seguir repartiendo empanadas en una Obra Social y aceptar un futuro porque la otra persona me pareció que me bancó cuando fui exitoso (daba resultados; ajenos a mí, un premio no es algo que uno pueda controlar) y después te da una patada en el culo (no das resultados, cuando otra cosa que sí no puedo controlar para nada como es el hecho de que una productora no acepte firmar un contrato o una institución te haga trabajar para un fraude; ahí se acaban los festejos de aniversarios en Million o las visitas a la falsa panadería francesa; no todas las mujeres lo aguantan), pedí ayuda a mi madre para que intervenga la familia (en vez de terminar solo encerrado en una habitación de una Obra Social oscura como me pasó en 2015 al pasar más o menos lo mismo pero mucho peor en esa ocasión, soledad y tristeza, sin trabajar de lo que me gusta, y recién con audífonos luego de no tenerlos nunca) prefería sentirme acompañado aunque sea los fines de semana para que me ayuden a filmar, aunque sea de manera independiente, lo que sea, algo que ellos supieran que podría hacerme feliz. Pero me equivoqué porque ellos no tienen ni idea ni nunca la tuvieron de que me puede gustar. Siempre fui yo el que piensa qué le puede gustar al otro y no ellos.

Puntualmente, le pedí a mi madre que armara una especie de red de ayuda para que yo no cayera en el desamparo y la desesperanza otra vez.

Porque ya me había caído una vez (con caer no estoy hablando de las adversidades comunes; hablo de la destrucción total de un ser humano) y me había levantado solo, pero dos veces ya es pedir demasiado. Más con lo dura (durísima) que fue la primera (la destrucción total de un ser humano)

No creo en la resiliencia eterna. No creo que nos haga mejores personas. La adversidad no siempre es buena. Un poco sí, mucho, no sabemos en qué puede terminar. Yo ya era sensible desde antes de los golpes más duros, no sé si recibirlos me ha hecho mejor. Hay que dar y no esperar nada a cambio, dicen. Tal vez sea así. Es una de las formas de ser dichoso algunos días y desdichado en otros. Pero uno no puede dar nada cuando siente opresión, no se siente útil, o está ovillado en el piso, como termina el protagonista de mi guión de largometraje Las órdenes.

Entonces, sigo, mi hermana contesta a mi pedido de ayuda diciendo que yo soy pelotudo, no sordo, que es lo mismo otra contingencia como no haber tenido hijos con su ex pareja en su caso, como dijo, que ser sordo o tener discapacidad, que yo no debería apoyarme en lo más mínimo en la familia a nivel afectivo. Que para eso están los psicólogos. Que yo ya soy un adulto con cuarenta años cumplidos y por lo tanto ahora que siga sonriendo en la estampita familiar. Esa donde uno tiene que ser quien no es, por conveniencia, pero que todos saben que es más divertido cuando uno era quien era (uno es o no es, lo feo es que no te dejen ser).

No se puede jugar con la identidad que no está formada sólo por las faltas si no también por los excesos. Con excesos me refiero que a no escuchar sigue el mirar mucho, leer mucho, curiosear mucho, pensar quizás, planear, jugar con la seriedad de cuando era niño. Uno se aleja de algunas costas y pedir que uno vuelva sin algas colgando es un poco difícil.

Mi hermana debería tener conciencia de la discriminación y el dolor que me está causando (como también debería haberla tenido mi padre)

Pero a la vez estoy luchando contra otro efecto colateral, estaba vez estatal. Mis intentos por integrarme en mi labor tienen que ver con mi objetivo final de no depender para nada de mi familia. Estos intentos han sido hasta el momento malogrados por razones ajenas a mí.

Cuando me pidieron el CUD (Certificado Único de Discapacidad por Hipoacusia Neurosensorial Bilateral), en 2012, solamente estaba mi madre el día que fui al Otorrino; no así el día que fui a las cinco de la mañana al Hospital a tramitarlo, ahí fui con un libro, solo, pero antes ese día que me lo pidieron tramitar a mi madre le dijeron que yo no podía hacer cualquier trabajo porque estaba sin tratar (sin audífonos adecuados; y podía meter preso a un inocente si era abogado; cosa que no soy, claro, por lo tanto no había problemas de ese nivel, digamos) lo que vino después fue increíble, no citaron a mi entorno (los médicos y/o terapeutas) para ponerlos al tanto de lo que yo iba a vivir, lo tuve que explicar yo, todo esto resulta en que hasta el día de hoy sigo tratando de explicarle a mi hermana, y ni hablar a mi padre, mi discapacidad (una hermana que en vez de al otorrino me había mandado en 2014 a un homeópata que me terminó diciendo que yo tenía Meniere, algo que no tengo), y tengo que aguantar que me diga que soy un pelotudo, uno que no se puede adaptar a la sociedad porque le gusta el cine, escribir y pretender haber sido sordo (yo estoy seguro de estar sobreadaptado; de haber hecho un sobreesfuerzo y que ese mismo sofreesfuerzo hizo que cosas que contentan a otros a mí no me despiertan la curiosidad ni me dan alegría para nada; a pesar de que me gustan las cosas simples como caminar y plantar un árbol, también me gusta esa palabra tan desusada llamada arte o creación artística) Dice que soy un pelotudo porque un día no oí que el agua en mi departamento fluía; pero que soy más pelotudo, me dijo ella, por haberlo publicado en mi Facebook y en este Blog (o sea, no quiere que se sepa que tengo estas dificultades; que tengo sordera y eso me afecta; porque escribir eso me hace quedar como un idiota)

Lo mismo ocurre con mi padre que me ha maltratado verbalmente (dice hasta el día de hoy que estoy poseído y me pone estampitas de santos; todo esto empezó cuando empecé decirle que era sordo, digamos, y un poco antes también; cualquier persistencia y expresión de descontento para él parece ser posesión, más cuando uno le falta el respeto que nunca se ganó o que hace mucho tiempo perdió significación para mí, el respeto familiar no significa nada para mí, el cariño, la comprensión, sí) y físicamente (golpes, los aguanté porque siempre fui de poner la otra mejilla, o porque tal vez esté acostumbrado a creer que en el fondo, los merezco; no hay otra manera de entender como he sido tan vulnerable a los demás en mi vida)

Mi hermana afirma que todos se ríen de mí porque puse en Internet que el agua caía en mi casa y yo no la escucho. No coincido con eso. A mí no me causa gracia. Y me molesta muchísimo.

Con el beneplácito de un psicólogo mi familia me ha hecho quitar una entrada de mi novela corta online Kong donde contaba mi historia familiar paterna (mi madre me mandó un mensaje diciendo que me iban a asesinar; que si los habían matado en vez de suicidio a los familiares de mi padre -sigue la mentira- el posible asesino me buscaría para acabar conmigo también; me sorprende que así y todo no me haya vuelto nunca loco, ser demasiado cuerdo es quizá mi falta)

Entonces, mi hermana no entiende mi condición y me critica impunemente de la peor manera posible para mantener un lugar en la familia (una familia que casi no existe ya, somos cuatro) de privilegio.

Me gustaría que los manden a hacer tareas comunitarias en centros de discapacidad para que se empapen de las problemáticas que tenemos, y tuvimos, los que sobrellevamos alguna discapacidad. Hay unos cuantos y cuantas que deberían ir.

No hay manera de explicar el tinnitus a 7000hz o más. No hay manera de explicar que uno empezó la carrera dos cuadras atrás, si la vida fuera una carrera. Todo el trabajo hecho, de entes internacionales incluso, para neutralizar los efectos negativos de una discapacidad cae por el piso en tu familia primero y después a nivel institucional y social. Las dos cosas juntas es demasiado.

Es pedir que una persona aguante más de lo que debería aguantar (y aquí hago un punto y aparte, hablando sobre los derechos de las personas con discapacidad, una feminista me contestó por chat; y bueno salgan a la calle a lucharlos como nosotras; yo no estaba poniendo en tela de juicio los logros de las mujeres, pero le tuve que explicar que los discapacitados a veces no pueden salir a la calle tan fácilmente como otros; yo mismo no puedo estar en una manifestación con bombos, porque el ruido me molestaría tanto que no aguantaría; debería ir con tapones, que tengo, y sin los audífonos porque si los pierdo para ponerme los tapones estoy listo; además hay muchas diferencias entre esas luchas)

Volviendo a mi hermana tanto ella como mi padre tienen esa facilidad psicopática para mentir y decir que han hablado con personas, de manera amenazante, con las que nunca han hablado, para que uno crea que el problema es uno y no ellos. Cuando uno contacta a esas personas descubre que es mentira.

En 2014 tomé las riendas, llamé a mi primera ex novia, con la que salí ocho años y conviví para opine sobre cómo era yo y cómo era mi entorno. Me contó que estaba embarazada de su actual pareja, algo que me alegró, en cierta forma, y lo referente a mí dijo que mi sordera era muy notoria (la conocí cuando yo tenía 23 y nos separamos cuando tenía treinta años) que me cansaba muchísimo de escuchar y ya no lo hacía luego de un rato (en esa época no tenía audífonos pero sí había ya audiometrías desde los dieciocho; por qué no me dieron audífonos, y bueno; no hay que negar el poder de la negación de un entorno y de unos médicos que parecen estar demasiado ocupados con tantos otros pacientes) y me alertó que mi gran problema era mi padre que era muy cabezadura, duro, por decirlo de alguna manera.

Su viveza no la tuvo otra ex novia que creyó más a mi padre que a mí. Tal vez por tener otra sensibilidad (tal vez más aún; yo también fui sensible a mi padre; tal vez por algo fue una de las que más quise) Yo estaba débil y no debí exponerme de lleno a lo que iba a ocurrir una vez que me quedara solo y sin nada (más o menos como ahora, pero como dije en otro posteo, ahora me tengo a mí, en ese momento no estaba yo; me habían destruido totalmente)

Escribo esto porque de cualquier manera me siento en peligro. Hablo con muy poca gente, esto genera que tenga audífonos pero no los esté usando para practicar el escuchar. La soledad no es la mejor amiga del sordo. Un poco es maravillosa y mucho dañina como todo. Pero en este caso, hablar con la gente del supermercado, con el chino, la china, los vendedores, etc., y nunca hablar con nadie de lo que me gusta o muy poco encima, hace que mi rehabilitación auditiva esté detenida.

Mi familia sigue negando mi pasado, negar lo que ha ocurrido. No quiere brindar ayuda de comprensión ni resarcir con actos lo mal que han actuado.

La verdad de mi familia, la que quiere sostener mi hermana y mi padre, quienes me han maltratado y abandonado repetidas veces, incluso en los peores momentos, yéndose de vacaciones meses y dejándome aquí solo, sin nadie, apenas me habían dado audífonos, no tiene ningún resultado más que el de haberme maltratado desde su conducta psicopática sin haber sido nunca puestos en su lugar por nadie (para eso está el INADI pero estoy cansado ya con el otro tema de justicia que estoy luchando)

Que esta carta sirva para ponerlos en su lugar (incluso a cualquiera que se comporte de esta manera)

Debemos ser cada día más explícitos. Nunca comulgué con lo elusivo. Una cosa es ser grotesco y otra ser explícito. Una cosa es la brutalidad escondida y otra la honestidad.

Repito, en casos de discapacidad acreditada de mayor debe hacerse un esfuerzo para citar a la familia y  al círculo afectivo y ponerlos en su lugar. Médicos y terapeutas, especialistas en el tema, o gente sabia, lo que sea. 

Especialmente, cuando a uno mismo se lo hace saber que tuvo mala praxis o descuidado de los médicos anteriores.

Para colmo, ellos, mi familia, están en un entorno, en el que crecí, donde no se comprenden las cosas que me están pasando, bastante carenciado, en Lanús Oeste, con gente con poca o nula educación y un gusto por el oscurantismo y las creencias peligrosas muy marcado.

Mi familia es de ahí, los vecinos cada vez que se acercan a ayudar es para peor (por ejemplo, me mandan una fotografía de San Cayetano, y esas cosas; hasta me trajeron a una persona peligrosa a mi departamento como ya conté)

Mi hermana dice que no puede ayudar.

Esa carta de Change (sobre mi situación con la película y mi falta de inclusión) tuve que escribirla con ella, y estuve un año pidiendo que interceda porque yo veía brutal lo que me estaba haciendo la productora presentante y el INCAA, algo más que cualquier familiar normal sale con tapones de punta para defender (no hace falta que explique como mi familia nunca me ha defendido, lo saben bien varios conocidos, que han visto como me maltrataban en una Obra Social, y que yo se los contara a ellos, a mi familia, sin que la misma reaccione en lo más mínimo; no tienen empatía)

Cuando uno siente electricidad, emoción, porque otra persona le da una palmada en el hombro se da cuenta de qué es la comprensión y a compasión. Y tal vez incluso empiece a ser compasivo con uno mismo. Primera defensa contra la negación y contra la negligencia de los que deberían querer lo mejor para uno.

Todo esto lo único que puede causar es que yo caiga en la tristeza y desesperanza total, que tenga que exponer mi vida porque no soy un monje zen, que tenga que aguantar que los míos, digamos, me estigmaticen como “poseído”, como sigue diciendo mi padre, cualquier tipo de excusa para no hacerse cargo y aceptar que no tuve el tratamiento adecuado, y que la familia ha actuado de manera descuidada conmigo. Podría agregar que ya no puedo ver El exorcista, que es una película que detesto ahora; creo que, moralmente, nunca podría filmar algo así. Es más, El exorcista, me parece una película amoral.

Hablamos de discapacidad, hablamos de sobreadaptación, de invisibilización de una identidad y de un entorno familiar (falso self, dirían algunos psicólogos) totalmente peligroso y preocupante cuando uno no sabe cómo su vida va a seguir cuando tiene demasiadas cosas que resolver.

Siento que cualquier persona como yo debería estar preocupada en sobrellevar su sordera, su discapacidad, e incluso concentrada en otras cosas, pero dejar pasar esto otra vez no me parece una buena decisión. Documentarlo me parece la correcta.

No debería seguir sobre adaptándome toda la vida a los demás, especialmente cuando son gente insensible y peligrosa para la integridad moral de uno. Es muy importante saber quiénes son los otros para que uno pueda cuidarse. No saberlo antes es un acto de irresponsabilidad del que debo hacerme cargo.

La sobreadaptación lleva a la exhaustación, tanto física como mental.

Soy una persona con sordera, no un boludo ni un idiota. Lo siento mucho si los demás o las demás les molesta y les pesa.

He bajado mi propio cuadro de mi casa paterna, he hecho un esfuerzo por ser cada vez más comprensivo, me he enfrentado a mí mismo también, y espero lo mismo, o aunque sea un poco de eso, de los demás.

por Adrián Gastón Fares

Carta sobre la tremenda negligencia con un premio que he ganado.

Como sigo viviendo este agravio institucional y total negligencia de autoridades, quería publicar esto que he adjuntado al expediente de Gualicho para hacerlo publico. A la vez, como si este blog fuera un experimento, y ante el total desconocimiento de la ley de Cine y de los derechos de las personas con discapacidad que estoy padeciendo (que tiene un alcance internacional, según entiendo, adjunto aquí mi Certificado Único de Discapacidad) No puedo tolerar más los maltratos, las incomprensiones y la negligencia absoluta de las personas y las instituciones públicas argentinas. Y me parece un buen ejemplo para la o el que esté viviendo algo parecido, porque cuesta hacer valer estos razonamientos en cualquier país (y más en este) A estas alturas parezco el personaje Herzog, de la novela homónima de Saul Bellow, con estas cartas nefastas. Sepan disculpar, pero es ciertamente necesario.

14 de Agosto de 2019, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

Gualicho Ganador Opera Prima Largometraje de Ficción

Expediente 8471/17

Estimados,

INCAA (Instituto de Cine Argentino y Artes Audiovisuales)

Presente

Gerencia Jurídicos y Presidencia INCAA

Dejo constancia, adjuntando mi Certificado de Discapacidad Único (CUD) de que consideramos un agravante que Gualicho, todo mi trabajo como Autor, Director y Guión para Gualicho (incluso el de desarrollador inicial y, por lo tanto, productor también) no llegue a buen fin con el descargo que presenté el 1 de abril de 2019 (Pedido de buen fin, cuanto antes, por mi falta de inclusión)

La manera en que fue tratado este premio Ópera Prima está en contra  de la ley 22.431    de Discapacidad, así como los artículos de la Ley 26.378 de la aplicación de la Convención Internacional de los Derechos de las personas con Discapacidad y su protección, inclusión, no discriminación e inclusión social. Lo que viví hasta el momento, con las dilaciones que el mismo INCAA puso en el camino, es totalmente negligente, por lo que considero las mismas, y a dilación aún corriente, como un grave perjuicio y daño moral y psicológico a través de los derechos nacionales e internacionales que me defienden.

Repito, es un daño y perjuicio tanto moral  como psicológico a mi persona lo que he vivido con INCAA hasta el momento (y las consecuencias que tuvo para mí, un ganador de un premio Opera Prima como Director; fui en que contestó al llamado que ustedes hicieron, por lo que considero como Fraude el accionar de los funcionarios involucrados en el mismo, más la actitud de no lograr un buen fin en trámites en que hemos sido asesorados por los mismos empleados del INCAA desde que salió el premio en 2017; incluso he expuesto a transparencia mi Discapacidad Auditiva solucionada con audífonos y también se la he explicado a la productora presentante, Pamela Livia Delgado, de que era delicado el tema de quitarme un premio y no dejarme crecer ni profesionalmente, laboralmente y creativamente, luego del gran esfuerzo que significó para mí escribir, desarrollar enteramente y trabajar en Gualicho)

Vuelvo a pedir con valor de URGENCIA que cuanto antes pueda seguir con la preproducción y producción de mi proyecto Ganador de Opera Prima Largometraje de Ficción BW INCAA.

Y si no se hará público el accionar, además de iniciar las acciones legales nacionales e internacionales, que se prestan a estos casos de mal asesoramiento, falta de transparencia, falta de decisión moral y ética en una institución pública como la que ustedes presiden.

Pido continuación URGENTE de la preproducción aún iniciada de mi película Gualicho, puesta en valor del premio como Autor, Guionista y Director, y el traspaso, según los ajustes necesarios más la actualización a mi persona, a Leo Rosales o productor responsable para la finalización del largometraje premiado. De otra manera, deberé iniciar las acciones requeridas para denunciar el delito que este expediente testifica.

Saludos cordiales,

Adrián Gastón Fares

Diseñador de Imagen y Sonido (UBA)

Autor, Guionista, Director y productor de Mundo tributo (con Leo Rosales) , Gualicho (Ganador como Guionista y Director Opera Prima Largometraje de Ficción) y Mr. Time

Certificado de Discapacidad Director de Cine Ganador Premio INCAA
CUD Certificado Único de Discapacidad Adrián Gastón Fares

 

Cine. Short Film by Adrian Gaston Fares / Cine Sordo – YouTube

Comparto un cortometraje que realice en 2013, si mal no recuerdo.

Tal vez lo hayan visto.

Varios amigos me dicen que grabe algo al respecto. Incluso que toque el tema de lleno de manera audiovisual o 360 (VR) Sería muy fácil para mí y por eso por ahora no hice una serie o una película sobre el tema.

Hay muchas cosas. Me aburre un poco algo que conozco tanto.

Sin embargo en ese momento sentí la necesidad de abordar mi sordera así. En realidad el principio y el final eran la idea de una película. El intermedio es lo que pude hacer en ese momento de manera independiente.

Puedo decir que a veces cuando no sabía era más fácil también. Cuando no entendía. Cuando pensaba que todos eran así. Cuando los audífonos no amplificaban todo sin discriminar.

También hice elecciones estúpidas. Esas elecciones son un agujero negro. La gente en la que confíe, incluso ayudé. Mi humanidad me engañó.

Ya no seré así.

Nunca olvidaré la prueba de audífonos. Ir a un bar con mis amigos y no animarme a acercarme a nadie.

La vida a veces es horrible. Tan fea que no vale la pena vivirla. Muchas veces pensé, más ahora con los inexplicables traspieses que tuve con mi trabajo audiovisual en este país, en la eutanasia. No creo que deba ser un tema tabú.

Pasa que soy demasiado curioso.

Y la balsa sigue navegando.

Por Adrián Gastón Fares

El costado familiar

Escribo echándole un vistazo cada tanto a un cementerio que tengo frente a mí. Uno que está lejos de los que conozco, los que más conocí. Está lejos de Lanús, donde crecí, de la zona donde fui al colegio, cuyos cementerios más cercanos son los de Avellaneda y el de Lomás de Zamora.

El de Lomás apenas lo entreví en una noche luego de un velatorio del padre de una compañera de colegio. Pero no estoy seguro si ese fue un sueño o fuimos en grupo con mis compañeros de colegio a ese cementerio a la noche. Sé que es uno de los cementerios más lóbregos que hay.

El de Avellaneda fue mi campo de juegos de chico. Mi padre me llevaba los fines de semana para visitar a su madre que había muerto cuando yo tenía un año de edad.

Así que nunca conocí a mi abuela materna, y si lo hice fue descansando en su regazo como pude ver en una fotografía.

Mi abuela paterna murió de un ataque (¿ACV?) a la mitad de sus cincuenta años. Supongo que fue la cantidad de cigarrillos que fumaba, pero otra manera de verlo es que se la llevaron la calidad y cantidad de los sufrimientos que tuvo. Era una persona alegre (me contó mi tía María, la enanita de Intransparente, donde ella es la única verdad; o la única no tergiversada) a la que nada le importaba, desinteresada.

Gran persona la enanita. No existen ya así; no había estudiado ella pero leía todos los libros de Agatha Christie que les llevaba. Hasta los de Stephen King. Ella se iba al final, los ojeaba ahí y los leía de atrás para adelante. Tenía creo que setenta años o más. Para ese entonces (los ochenta) era grande. Josefa Alvarez, agradezco tu presencia y tus cuentos (o tus historias)

En fin.

Mi abuela paterna había tomado mates con mi tía María (que no era María, ni tía; se llamaba Josefa Alvarez, como dije, y llegó a mi vida más o menos de casualidad, y fue una de las que alegró mi infancia; tenía una discapacidad, digamos, su mano estaba recluida, doblada; tenía una mano inutilizable; había sido fosforera de una fábrica)

En la época de las bombas, de la Revolución Libertadora, el esposo de mi abuela materna, A., mi abuelo, que es difícil imaginarlo abuelo porque tenía veintiséis años, apareció muerto en un apartamento. Suicidio. Dejó una carta escrita a máquina. Supongo que habrán encontrado el revólver. No lo sé. Un momento: apareció muerto en su apartamento es totalmente ficción. Yo siempre pienso, mi abuelo que se mató, que se disparó, que se suicidó.

A. era maestro de obras y trabajaba en un estudio de arquitectura.

Así, a los veintiséis años, alejándose de dos niños, mi padre y su hermana, mi tía paterna V., mi abuelo desapareció del mundo, antes de que yo naciera. Los Fares eran muchos hermanos que deben saber más que yo sobre lo que estoy escribiendo. Pero la verdad es que la vida se ha llevado a unos cuantos. Y otra es que nunca los conocí. O los conocí muy poco.

Acá hago un paréntesis porque la historia se bifurca.

Hay algunas dudas y se cree que a mi abuelo lo han asesinado (la carta está escrita a máquina) y por lo tanto que la muerte que sucede a la de mi abuelo es una consecuencia más o menos tangible, más o menos, dudosa; tal vez otro asesinato. La ficción que puede tener la realidad me supera, si es así, yo no sé cómo contar esto, no creo en tantas casualidades, y uno sabe que la vida es tan dura como el más entrenado de los asesinos. Así que sigamos sin más alteraciones. Los inventos paternos son más que sospechosos y no parecen coincidir con la realidad.

A los pocos años, V., la hermana de mi padre y la que hubiera sido mi tía, o es mi tía, porque la he hecho mi tía, decidió quitarse la vida. Desconozco las causas. En mi familia las dos muertes están rodeadas de esos secretos que forma el dolor, el miedo, y el utilitarismo.

Los médicos, siempre tan doctos y tan errados, recomendaron a mis padres que no me contaran nada hasta que fuera adulto. Así que siempre creí que mi tía se había muerto en un accidente (que es lo que los médicos recomendaron que me contaran) y mucho no sabía del destino de mi abuelo, al que, como dije, hasta decían que habían asesinado. Más o menos a los dieciocho años yo me enteré. No me quedaron muchas dudas. Leí cuentos de detectives desde chico.

Una día, un día gris, observé una urna en el cementerio de Avellaneda que contenía los huesos de mi tía. Eso causa una especie de mareo muy extraño.

Ahora sus restos están próximos a los cajones donde descansan los cuerpos de los italianos por los que fui querido y, que quise, y que ya no están. A veces las familias terminan de unirse en la madera y la piedra, como todo.

Mi familia tal vez hubiera sido distinta con mi abuela materna, con mi abuelo, con mi tía. Pero el destino no puede cambiarse.

Mi padre jamás quiso hablar del tema; él dice que es un extraterrestre si le pregunto y niega más o menos los hechos, o se pone a hablar de otras familias y sus faltas.

Mi familia se fundó sobre ese duelo, ese suelo mejor dicho, nunca aceptado. Por lo menos la parte paterna. La materna es otra historia. Italianos.

Y tal vez por esa historia estoy aquí. Tal vez también mi padre se pudo escapar de la suya también por lo mismo.

Son dos cosas distintas igual.

Mi hermana, la actual, no quiere saber nada con el tema, prefiere ocultarlo también. ¿Qué puedo decir sobre eso? Es bastante perturbador todo.

Mi padre nunca quiso hablar del tema, pero es la víctima eterna en mi familia.

Será por ese secreto tan nocivo que me molestan los secretos. Y que los creo tan peligrosos.

Los muertos de una familia son más duros, compactos, pesados, y sostenidos, y más inenarrables, que los de un estado o de una nación. Cuando no hay un instigador claro, o un asesino, uno puede imaginar a miles. La víctima se multiplica y las causas victimarias también. Siempre es peor no saber que saber.

Volemos un poco en el tiempo.

La noche en que me avisaron que el proyecto de mi película Gualicho había obtenido un premio yo venía caminando por la calle Paraná con esa alegría que uno tiene cuando no sabe lo que ganó.

Crucé Lavalle, caminando por Paraná, donde había trabajado tres años en una Obra Social, justo en diagonal al apartamento donde mi abuelo paterno se había quitado la vida, donde también pensé en quitarme la mía o por lo menos en que tenía que escapar de manera urgente, y escapar ya, no había otra, y luego crucé la avenida Córdoba para acercarme más al edificio donde vivo.

Y ahí me quedé, a mitad de cuadra, sorprendido.

Un coche, un taxi, estaba cruzado en diagonal en la calle con las luces delanteras rotas y el capó hundido. Enfrente, con el torso en la vereda y la cabeza en la calle, yacía el cuerpo de una joven. Se había arrojado del sexto piso, decían. El taxista estaba en shock porque el cuerpo de la joven había caído sobre su vehículo. Un hombre culpaba a las publicidades , su “mundo perfecto”, y una psiquiatra, que justo pasaba por ahí también, murmuraba que ella trabajaba para que esas cosas no ocurrieran.

No supe qué decir.

Comenzaron a pelearse porque uno le echaba la culpa a la sociedad y la otra era la que se ocupaba de que la sociedad siguiera funcionando con reglas nefastas. Esto no quiere decir que yo esté a favor del hombre, del vecino, porque creo que los jóvenes no miran publicidades tan estúpidas como las que pasan en las salas de cine y en la televisión. Pero sí miran Facebook e Instagram lugares donde se cocinan mentiras muy hermosas y perniciosas y comparaciones ciertamente nefastas.

Reconocí algo de verdad en los dos. Pero más en el vecino porque fue el que se quedó.

No creo en las terapias porque no suelen hacer nada sobre el entorno. Por ejemplo, uno puedo contar que fue abusado y el psicoanalista decir que es uno el que tiene que cambiar. No da eso. No son curas, y los curas ya eran nefastos.

En fin, sigamos con ese día peculiar.

Hasta la dueña del supermercado, la china, había mandado señales a sus facciones: muévanse; formen una mueca de desconcierto. Había un cuerpo frente a ella. Su gesto impertérrito ya no parecía tan duro. Hay otras chinas  muy agradables, pero la china esta era incorrupta por la felicidad y por la amabilidad, se limitaba a ser con esa cara de piedra y de bronca, de estar atendiendo un supermercado a la que ella nunca perteneció ni debió pertenecer, aunque la mayor parte del tiempo sus ojos estaban clavados en un smartphone del que extraía pegajosas canciones. El chino, su pareja y padre de su hijo estaba visiblemente más consternado.

Prefería verlos a ellos, su reacción, que escuchar a la psicóloga de la calle (o la psiquiatra) compadecerse porque su profesión no servía para nada.

Yo le contestaría ahora que no pueden estar tratando los síntomas por siempre, que deben hacer algo por el contexto. Sus profesiones son muy cómodas. La agente de la salud mental es la primera que se fue, dejando al viejo todavía preocupado (ahora ya no está más la china, hay un chino que es mi gran amigo; hablo con él, no entiende mucho para hablar, pero habla igual de una manera muy graciosa y muy bondadosa también; el día del amigo le dije; feliz día, pero no le dio importancia, supongo)

Mi opinión con el tema de la terapia es que un poco de cabeza y bondad sirve en cualquier ámbito y en cualquier profesión. Pero nunca se sabe.

Caminé los metros que faltaban hasta mi apartamento, subí las escaleras o el ascensor, no recuerdo, y me largué a llorar en mi dormitorio.

Un poco por la chica tirada en la calle, otro por las vueltas de la vida que hacían posible que Gualicho tal vez se pudiera filmar después de haber perdido tanto por hacerla de manera independiente, de haber sacrificado tanto. No era que yo hubiera sacrificado tanto o supiera eso, pero los demás me lo habían hecho saber. Y además, sé de lo que es Gualicho, en parte, ¿cómo pasaba esa casualidad?

No conocía a la chica tirada en la calle, como tampoco llegué a conocer a mi tía, una belleza rubia, de ojos verdes. En la terraza de la casa de mis padres en Lanús, en un cuarto de la terraza, hay un cuadro en la que está pintada mi tía, V. Ya adolescente.

Parecía ser muy inteligente mi tía paterna, han caído en mis manos algunos cuadernos de cuando ella estudiaba.

¿De mi abuelo paterno? ¿Qué puedo decir?

Sólo vi una fotografía muy pequeña, en una ¿pileta?.

Me parezco tanto a él como a mi abuelo materno, ese que sí llegué a conocer, y que se fue del mundo por una enfermedad demasiado pronto, y que dijo a mi abuela materna cuando se lo llevaban en una ambulancia y se ve que sabía que no iba a retornar a su casa: cuiden a los nietos.

Así son los abuelos, o ¿no? Mi abuelo materno construía casas. Sin haber estudiado, la tenía muy clara con lo de levantar una casa o construir algo. Los dos estaban secretamente conectados.

Pero del lado de mi padre, mi tía V, y mi abuelo A, son dos agujeros en el tiempo. Las personas que entran y salen de nuestras vidas suelen marcar el tiempo; los muertos, y menos los que murieron antes de que naciéramos, no. No sé qué hacen; pero no lo marcan. No hay un antes y un después de ellos.

Son intemporales, reaparecen, se transforman, viven en el futuro, en el pasado, en el presente, en los sueños; nunca aparecen del todo. A veces creo que están más vivos que yo.

A mi tía y a mi abuelo, en general los imagino valientes y abnegados, otras veces trato de salvarlos aunque sé que imposible.

Son el símbolo perfecto y donde deposito todas mis ficciones, tal vez las que nunca escribo; esa donde salgo a la ciudad un determinado día a evitar, como en Volver al Futuro, que mi abuelo se lleve el arma en la cabeza, y para encontrar a mi tía adolescente antes de que sea demasiado tarde. Pero estas ficciones se desdibujan ante el peso de la realidad. Sus consecuencias en mi vida son mucho más nefastas de lo que aparentan (por mi entorno familiar)

Una familia siempre sufre con estos precedentes. En realidad las familias siempre sufren, lo importante es cómo sufren, ¿no?; ya lo dijeron de otra manera.

La trama que los alejó a los dos es desconocida para mí y sólo supuesta.

Somos y dejamos de ser. Y casi siempre hay una o dos razones y no mucho más.

Las novelas y las ficciones son un juego que muchos aman y pocos juegan. Nada tiene que ver una película con la realidad, como nada tiene que ver una montaña con una persona (salvo que las montañas están formadas por los sedimentos de humanos que han vivido y muerto antes, en parte). Arrastrando de los pelos este paréntesis: no vamos a pensar que las personas son sedimentos; no lo son. Sí sus restos, la mesa en la que estan leyendo esto puedo o no contener algún que otro resto de nuestros antepasados.

No es tan malo, ¿no?

Por lo tanto, los que se van como mi tía y mi abuelo siguen vivos en su época y todavía no han muerto.

Tal vez es demasiado exigirlos, pedirles que hubieran pensado lo que estaban haciendo a los que quedaban en el futoro, porque seguramente algo o alguien les estaba haciendo mucho a ellos. Y el tiempo pasa y todos vamos a desaparecer, tarde o temprano. Y también los cuerpos se desarman de muchas formas.

Dicen que las almas existen, pero yo no estoy seguro. Es más fácil, y más inteligente, pellizcarse el cuerpo para despertar, que el alma. A veces creo que eso habrán pensado ellos.

También creo que hay un debate sobre la eutanasia que toda sociedad debe tener. Esa isla más o menos inefable no puede estar prohibida. Evitaría secretos; por lo menos serían menos. Un secreto es válido en la ficción; en la vida está de más.

por Adrián Gastón Fares