Corte.

Ruido sordo
Corte magro.
No completo.

Succionado.
En la mitad.

Para que sea antes:

Tiene que existir y oírse.

Como entender mal y decirlo bien.

O engañar
O mentir
O el potenciar, para expresar.

Lo verdadero.

Un grito callado
Como el llorar hasta:

Reír.

En silencio.

Imágenes.

Noches de palabras.

Mar y arena.

Retro avance.

Sosiego.

Vértigos.

Recursos estéticos,

del cine.

Desamplificarse.

Y mostrar.

Sin soñar.

Sin sonar.

Por Adrián Gastón Fares (Diciembre 2019)

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo que algunos no quieren contar forma parte del libro, antología de cuentos propios del autor, llamada Los tendederos

Los-tendederos-portada

 

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 2.

2.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 4.

 

4.

Ahora pienso; ¿qué persona adulta actual, ocupada, con actividades sociales, deportivas y culturales programadas, los días sellados a fuego contra la soledad, perdería tiempo en una amistad virtual con un tipo como Elortis? Yo en aquel tiempo estaba sola, sola como cuando decidí en estas vacaciones revisar los archivos para darle forma a esta especie de pregunta sobre Elortis.

La ciudad está casi vacía, ayer fui a tomar mate con una amiga a la placita que está en Cabrera; hoy, con el sol, agarré Callao hasta Quintana y me fui caminando hasta Plaza Francia, escuchando música, mascando un chicle por los nervios. En Recoleta vive la chica a la que le compro los cosméticos, pero es domingo y no podía pasar a buscar la crema que le encargué. En una esquina me crucé con una viejita en silla de ruedas empujada por una sirvienta negra. Tenía ganas de cruzarme con una persona en especial, tal vez por eso salí a caminar.

Mis amigas me dicen que vaya al psicólogo. Piensan que tiene que ver con la historia de mi padre. Pero últimamente tengo la cabeza puesto en esto que estoy escribiendo. Hay un chico, Hernán, con el que estoy saliendo. Me pasa a buscar en auto por mi casa y vamos a cenar. Siempre llega un poco tarde, y los fines de semana la pasa con sus amigos o visita a su madre. Para mí, mucho mejor. A mamá le cayó bien porque su padre trabaja en el Gobierno de la Ciudad. Hernán ahora se fue a recorrer el sudeste asiático y Nueva Zelanda con los amigos. Me escribe mensajes diariamente. Subió fotos de koalas, qué ternura, y de bicicletas de todo tipo, más que nada esas con techito. En otra, Hernán está en un barco de madera frente a un islote en la Ciudad Prohibida —Purple Forbidden City, puso él en las descripción de la foto.

También estuvo en Vietnam (donde vi algo que no me gustó ni medio; lo vi nadando con los amigos y un grupo de chicas, entre ellas una rubia que aparece abrazándolo en otra foto) y Camboya (paseando por una feria y frente a unos minaretes que se reflejaban en un laguito oscuro; en otra foto dice que es el templo de Angkar). También vi templos abiertos entre los árboles gigantes y hasta una estatua de cara sonriente ubicada en los huecos de una raíz enorme. Aparentemente, las raíces y los árboles dominan todo en Camboya, se derraman por todos lados.

Siempre en ojotas —yo no sé cómo hace para  recorrer tanto en ojotas— y en cuero. Le gusta mostrar los músculos. En Tailandia aparece otra vez con la rubia compartiendo nada menos que la montura de un elefante. Aparece solo delante de templos budistas dorados, y en una canoa mirando otra canoa, repleta de verduras, frutas y hortalizas. En otra mira, sonriente, como un monje abraza a un tigre encadenado. Impresionante, el agua turquesa del viaje a Ko Phi Phi.  Las últimas fotos que subió fueron las del Templo de los Monos, un lugar que sería la delicia del padre de Elortis, supongo. Ahora él y su grupo están en camino a Nueva Zelanda. A la vuelta tiene que preparar unos finales.

Augustiniano, está de novio con una amiga que conoció en mi cumpleaños, aunque creo que sigue enganchado conmigo. El año pasado seguí yendo con los compañeros de trabajo a ese bar que está en un subsuelo, más yanqui que irlandés, que se llena de extranjeros. Ahí nos habíamos cruzado con Elortis por única vez. En los televisores juegan al rugby, pasan lucha libre, boxeo o fútbol americano. Llenan jarras de cerveza mala (leyenda urbana: corre el rumor que la alteran con algunas sustancias para mantener dispuesta a la clientela femenina).

Cuando yo recién empezaba a conocer ese bar, quise que Elortis captara el mensaje subliminal de mi subnickte espero donde nadie oye mi voz—, tal día Elortis, tal día en tal lugar voy a estar yo con mis amigas, ese lugar que te comenté en una conversación, que apenas se podía hablar por el volumen alto de la música, sentada en una mesita, con la jarra de cerveza en el medio Elortis, riendo medio tensa porque vos podés aparecer en cualquier momento, y no sé si voy a poder hablar. ¿Por dónde empezar? Si ya nos hablamos todo, o por lo menos vos te hablaste todo.

Sin embargo, ahí terminé conociendo a Hernán, que es compañero de comercio internacional del novio de Agos. Ahora, a veces tengo esa sensación a la que se refería Elortis de olvidarse algo, más que nada cuando llego del trabajo y ceno con mi mamá o estoy con Hernán, es como si tratara de cerrar una puerta pesada. Confío en que este libro me ayudará a cerrarla, aunque tengo que admitir que por ahora no hizo más que hacerla batiente. Por lo menos, airea mis pensamientos.

Soy una persona feliz, de eso no me caben dudas. Sin embargo, un día le advertí a Elortis, para agregar un poco de drama al asunto, que yo no pasaría de los cuarenta años, que me veía muriendo joven como Marylin (incluso usé un tiempo de foto de perfil a una de Marylin sonriendo —los labios separados, como dejando escapar el hálito vital que le enciende los ojos. Después de todo, me resfrío fácilmente y los huesos me duelen seguido, además de la operación que tuve; por suerte las cicatrices ya se fueron.

En una conversación, Elortis se acordaba que durante la primaria fue a un asalto —de una compañera que tenía un tero suelto en el fondo de la casa—, y al principio él tenía vergüenza y se mantenía distante, pero al rato estaba haciendo chistes y bailando, me dijo, pero justo empezaron a caer los grandes para buscar a los invitados, y la fiesta se terminó. La muerte debería ser así, conveníamos, en lo mejor de la fiesta te vienen a buscar. Juancito, vinieron a buscarte.

Un día Elortis se puso en el recuadro del mensajero una foto cortada a la mitad, se notaba que había suprimido a alguien más que lo abrazaba por la cintura o por lo menos una silueta bastante pegada a él, más que seguro Miranda. Estaba sonriendo. No aguanté más. Lo saludé: Elortis, qué te hacés con esa foto. Graciosa la foto, parecía canchero y ridículo a la vez, bronceado y con el pelo revuelto porque era en la playa. Retomamos la comunicación.

Venía de comprar un repuesto para la lapicera papermate que usaba para escribir. De paso, se había traído algunos tés nuevos para probar: té abu, una cucharadita de esas semillas en medio litro de agua y hervir quince minutos como reemplazante del café (pero no le gustó mucho el sabor, y el olor era medio nauseabundo como de chino transpirado, aunque nunca olió a un chino que lo perdonaran, o a salsa de soja recalentada) té blanco que sí le gusto, té banchá, concentrado y refrescante (el empleado, muy amanerado y amable, le explicó también que, a diferencia del té verde común, el banchá se deja tres años en la planta antes de cosechar), té de vainilla, miel y manzanilla para cuando tuviera ganas de algo más dulce, y té de jengibre de Singapur. Y ya que estaba se llevó una raíz de jengibre para condimentar, y echarle al mate. También se compró un paquetito con nueces, pistachos, almendras y pasas de uva que devoró al instante porque estaba nervioso.  Al empezar la semana, se le había ocurrido llamar a la misionera para ver si estaba sola e invitarla a salir. Ahora que no estaba con Miranda se sentía libre y fuerte para hacer este tipo de locuras. Estaba pensando mucho en los ojos verdes de la misionera (¡justo se me tenía que ocurrir hablarle!)

A pesar de los años, le reconoció la voz al instante. Estaba con amigas y le pidió disculpas por no poder hablar. Elortis escuchó que alguien se reía sarcásticamente del otro lado de la línea, y se le ocurrió que tal vez ella estaba con el estudiante de medicina y, al ver que la llamaba otro hombre, un desconocido, el tipo habría decidido dar un portazo de celos. Porque eso había escuchado: un portazo. Después ella dijo que se le había escapado el perrito caniche que tenía y cortó la comunicación. Elortis, que desde que había ido a Mar del Plata con Sabatini no probaba un cigarrillo, necesitó fumar súbitamente. No podía ser que hiciera esas locuras, y además se sintió despreciado por la mujer que le gustaba. Salió disparado hacia el ascensor, y mientras caminaba por el largo pasillo advirtió que se había olvidado la llave. La única que tenía una copia de sus llaves era Miranda y no pensaba llamarla.

La puerta del edificio estaba cerrada, así que se quedó sentando en el silloncito del hall; eran casi las doce y no aparecía nadie que le pudiera abrir. No había movimiento en el estacionamiento de enfrente. Al rato escuchó el ruido del ascensor. Le pareció que tardaba mil años en llegar a planta baja y otros mil en correrse la puerta metálica. ¿Y quién había salido del ascensor con aire para nada distraído? ¡El hombre de equipo deportivo! Esta vez sin la gorrita, era medio pelado, y lo miró de reojo mientras atravesaba el hall hacia la calle. No podía aprovechar la ocasión para salir. Ya en la vereda el tipo prendió un cigarrillo, y después retrocedió para apoyar la espalda en la pared del edificio y empezar a fumarlo tranquilamente, mientras miraba hacia el fin de la calle, como si esperara que apareciera un taxi o un colectivo. Para Elortis era demasiada casualidad que bajara casi al mismo tiempo que él. Se le fueron las ganas de fumar. El miedo le dio la solución: podría pasar a través del balcón de los vecinos, una pareja de viejitos amables.

Ya me había hablado de ellos una vez. Con el alquiler de la casa con piscina que tenían en Pilar pagaban el alquiler y los gastos de su departamento. El hijo, que venía cada tanto, se ocupaba del campo que había comprado donde criaba corderos que vendía en negro a mitad de precio. A los viejitos apenas le alcanzaba con la jubilación para darse algunos gustos. Compartían con Elortis el servicio de cable. Aunque usaban más la radio, que escuchaban por la mañana temprano y a la tarde, y cuando la empleada doméstica sin querer desplazaba el dial de su emisora preferida, el viejo iba a golpear la puerta de Elortis para pedirle que le sintonizara la frecuencia. Tenía un sillón mullido al lado de la radio donde Elortis se hundía para apretar los botones. A él, que dormía hasta tarde, lo deprimía escuchar desde su cama la cortina musical del noticiero.

El día que Miranda se había llevado algunas de sus pertenencias antes de la mudanza en sí, la de los muebles y electrodomésticos más pesados que eran de ella, Elortis estaba esperando en el hall de su edificio con una bolsa a sus pies —zapatos y ropa— mientras el hermano de su ex llevaba un televisor hasta el coche que había dejado a la vuelta. Justo bajó su vecina, la vieja, y le preguntó qué estaba haciendo ahí parado, como un fantasma. Respondió que se iba a separar, que su novia se estaba llevando algunas cosas. Elortis no quería explayarse mucho —el hermano de Miranda volvería en cualquier momento. La vieja le dijo que hacía muy bien, era joven, para qué perder el tiempo en una relación que no funcionaba —se ve que Miranda nunca le había caído bien— y, de paso, le aconsejó fervientemente que no se casara nunca —debía tener algunos problemas con el viejo. Mientras Elortis escuchaba a la vieja, la puerta del ascensor se abrió y salió una rubia alta, caminando con la mirada más alta todavía, que pasó por su lado sin verlo ni tampoco reconocerlo —estaba barbudo en aquel momento. La que salió del ascensor, que era apto para profesionales y por lo tanto tenía varias oficinas, no era otra que una de las más lindas de sus compañeras de secundario. La chica, ahora una mujer claro, se mantenía muy bien. Se acordó que era la que le gustaba. No entendí bien a qué apuntaba, pero me dijo que no sabía qué mecanismos de la realidad podían llevar a un encuentro de este tipo. Prefería callar al respecto, no podía revelar los detalles que, después rememorados, vaticinaban ese encuentro. Para colmo, en un momento difícil de su vida. Mejor no hacerse el vivo con estas cosas. No sé si volvió a cruzar a su compañera del secundario. Por lo menos, no habló más del tema. Pero dijo que ese inesperado encuentro le había hecho pensar que él era inocente al dejar a Miranda y, cuando finalmente se enteró que su ex novia seguía viendo al tío Oscar, que era algo así como el hombre de su vida, lo interpretó como un signo precioso.

El fin de semana volvería el hermano de Miranda para seguir mudando cosas, y después terminarían los tres en el primer piso del McDonald’s  de la calle Uruguay, entre tomos jurídicos de yeso que decoraban las paredes (no sabía qué era ese edificio antes, pero estaba a tono con la zona cercana de tribunales). Separarse era muy doloroso; no dejaba de besar la espalda de Miranda la última noche que durmieron uno al lado del otro, aunque no la quisiera (Mmm…, Elortis) habían crecido juntos.

En fin, sin llaves, Elortis golpeó la puerta de sus vecinos, los viejitos, y a los quince minutos notó que se prendía una luz del otro lado y que preguntaban con voz dispersa y ronca quién era. Explicó que se había quedado afuera mientras el viejo, con los pelos blancos pegados a la cabeza, aparecía tras la puerta. Parecía tener cien años más. La vieja era una presencia espectral; se asomaba desde el dormitorio, con una mueca de hastío porque la había despertado. Después, Elortis se encaramó cuidadosamente a la baranda del balcón, sin soltar el panel de acrílico que separaba los balcones, y empujando con su cabeza las ramas del árbol, logró pasar primero una pierna y después la otra. Los viejos querían saber si estaba seguro que había dejado la ventana abierta y si ya había podido entrar, pero Elortis no contestó; entre los helechos de su balcón había visto a un bulto peludo que, saltando desde las barandas a las que estaba prendido, al instante se deslizó y perdió, con movimientos rápidos y precisos, por las ramas del árbol.

O la emoción del peligro de pasarse de balcón a balcón le había hecho subir la presión y como consecuencia alterado la visión o la carita que lo miró un segundo era la del mono Albarracín. Si era el mono, había crecido; era una sombra angulosa, pero bastante grande, con dos pelotitas brillantes, inexpresivas, por ojos. Si no era el mono, Elortis no podía creer que una alimaña de ese tamaño viviera en el medio de la ciudad, escondida en esos árboles. Llegó a pensar que la sombra había salido de adentro de su pieza. Pero, a pesar de todo, no podía precisar si en realidad lo había visto. Encontró todo ordenado y en su lugar, salvo un lapicero derribado en su estudio; las lapiceras, los dos sacapuntas, y los lápices esparcidos en la alfombra. Podía haber sido el viento o Motor. Aunque el gato dormía profundamente sobre un almohadón.

Al otro día escuchó la voz de la misionera en el contestador. Llegó a atender y, aunque estaba asombrada de que se acordara de ella después de tantos años, acordaron en verse por la noche; se había comprado un celular nuevo, con muchas prestaciones y no sabía cómo conectarlo a la computadora. Elortis se acordó que a la misionera siempre se le rompía algo como excusa para que él fuera a su departamento. A la noche ella estaba tan linda como siempre, a pesar de los años que pasaron desde la última vez que la había visto, y Elortis de los nervios y la emoción no podía desentrañar cómo conectar el aparatito a la computadora; el sistema operativo no lo reconocía. La misionera quiso saber qué había pasado con Miranda, y Elortis no supo explicarse bien tampoco. Le brillaban los ojos y lo miraba fijo, como evaluándolo y seduciéndolo a la vez. Su mirada, como siempre, le tiraba de las entrañas.

En el sillón tenía un peluche, un osito que le había regalado el estudiante de medicina, que a esa altura sería médico recibido ya, aunque Elortis no quiso preguntar. Igualmente, ella le comentó con tristeza que habían vivido juntos en otro lugar y ahora se habían tomado un tiempo.

Mientras Elortis trataba de que la computadora reconociera el aparatito para pasarle unos Mp3, la mujer se sentó a su lado y buscó su boca como un animal que le levantaba la cabeza a otro. Los labios de la misionera —Elortis se vengaba de que yo nunca lo saludaba— eran esponjosos y dulces, y él cerró los ojos. Pero ella no quiso acostarse con Elortis después, tal vez porque mientras lo miraba tirada boca abajo en su sillón largo, él trataba en vano de que el celular se comunicara con la computadora. Habría pensado que era un inútil o que era un mal presagio que no pudiera solucionarle el problema. Antes, cuando engañaba a Miranda con ella, le llevaba chocolates, y los comían después de hacer el amor. Aunque a ella le gustaba tomar Coca Cola cuando terminaban. Pero volviendo a los chocolates, aquel día, siguiendo la costumbre, Elortis le había llevado un chocolatín —un Jack. Aunque a Elortis no le gustaban Los Simpsons, el chocolate venía con muñequitos sorpresas de esa serie animada, y cuando ella, que sí le gustaban, lo abrió, puso cara de mal gusto al descubrir a ese empresario flaquito y jorobado: Mr. Burns. Entre tantos Jacks de la pila, ¿por qué había elegido justo ése?; si era el que estaba abajo del primero.

También me tenía que contar que antes, cuando él engañaba a Miranda con ella, su amigo —palabras de Elortis— a veces no le funcionaba como debería. Ella le gustaba mucho y se ponía nervioso, o era porque estaba actuando mal, o había algo que entre ellos no congeniaba; o eran las tres posibilidades juntas. Después de separarse de Miranda, había estado con una chica con la que le pasó lo mismo, y ella, por suerte, le confesó que siempre que se acostaba con alguien, la primera vez tenía ese problema. Como las dos mujeres tenían complejos por tener senos pequeños, y le impedían a él el acceso libre a sus pectorales, Elortis relacionaba su súbita impotencia a este tipo femenino, que debía evitar de alguna forma, aunque eran las que más le gustaban… Lo que molestaba era el complejo, algo que él no entendía porque no se fijaba en el tamaño de los senos. En cambio, le llamaban la atención las piernas, las caderas y los traseros. Y en esto último la misionera era una modelo, decía.

Nunca se le había ocurrido tomar Viagra, pero antes de ir a ver a la misionera se informó y habló por celular con un tipo llamado Tomás, que le recomendó los masticables; al rato recibía, en manos de un motoquero, un sobre de papel madera herméticamente cerrado; Elortis lo pagó sin revisar el contenido mientras el portero fingía no interesarse en ese intercambio extraño de dinero y mercadería. Hacía mucho tiempo había hecho lo mismo con el software trucho, ahora ya se podían bajar los programas por Internet.  A mí no me sorprendió lo del Viagra, porque los chicos de la oficina jodían con eso todo el tiempo y algunos confesaron tomar cada tanto. Elortis me aclaró que con las demás mujeres nunca había tenido problemas, pero había que ser precavido; los cuerpos y las mentes eran cada vez más artificiales, y eso lo afectaba.

Antes de despedirlo con un beso, la misionera le dijo que no sabía si se volverían a ver, que tenía que hacer un viaje a sus pagos. Sus padres la iban a asistir durante la operación que se haría para arreglar una imperfección. Al principio dijo que eran unas venitas en las piernas, pero después le confesó que en realidad quería las lolas. Como decía, Elortis había notado que ella anulaba esa parte de su cuerpo (o no dejaba que le sacaran el corpiño, o no parecía sentir nada cuando la besaban ahí —¡Elortisss!—; no era el único caso decía mi amigo) Por suerte, yo no tengo mucho pero estoy conforme con lo mío.

Al final, cuando ella volvió de Misiones, Elortis me contaría que habían ido al cine y a la vuelta no lo invitó a pasar; se ve que había vuelto otra vez con el médico —efectivamente, ya se había recibido. Hacía tiempo que la misionera había decidido que él no era un buen partido; ¿para qué insistir? Ella quería al médico y esperaba por la eternidad que él se decidiera a formalizar con ella. Antes, cuando la conoció, le decía terrible cuando engañaba a Miranda con ella, pero lo amaba; terrible debe significar amor terreno, aclara Elortis. Ahora le dijo que era tierno y bueno, y lo mandó de vuelta a su casa. Así que las ignotas tetas que se había puesto la misionera estaban dedicadas al médico. A Elortis le dio bronca, aunque confesó que se desenamoró muy rápido de ella; en el fondo, no se entendían. Tal vez ella había aparecido en su vida sólo para alejarlo de Miranda. Aunque todavía le gustaba porque se parecía a la actriz de la película, y no era muy distinta de las castañas que él quería encontrar en estado salvaje. Se ve que Elortis sabía engañarse a sí mismo cuando no lo querían.

Decía que las operaciones estéticas se cruzaban en la historia de su vida para darle un aire más patético. Otro ejemplo; la única vez que los padres de Miranda visitaron el departamento donde se había mudado su hija para convivir con el novio fue el día que la madre tuvo que revisarse en una clínica cercana las tetas que se había puesto. Elortis no sabía qué decir, si hacer alguna broma o no. Su suegro parecía bastante contento. Era la influencia de las amigas del club, su suegra lo aceptaba; una se hacía una operación y las demás la seguían; la sociedad era muy demandante; más adelante se haría una lipo. A Elortis no le gustaban particularmente las mujeres tetonas, pero si tenerlas chicas o caídas era un problema para ellas, en fin. Con respecto a su suegra, siempre estaba bronceada y, a veces, lo atraía más que Miranda.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 11.

11.

El Callicebus no era un mono más; Baldomero creía que entre su nueva mascota y él había una conexión ancestral. A Elortis le gustaba contarle a la gente que su padre tenía un mono amazónico en su departamento. Le dije la verdad, me parecía medio grasa, hasta perros y gatos está bien, pero no me gustan esas personas que mantienen reptiles, loros, hurones, arañas. Elortis decía que a los conocidos les encantaba el mono, tanto en la casa de su padre, como en el tiempo que estuvo en la suya; aún hoy seguían preguntando por el destino de Albarracín. Según mi punto de vista, a la gente le gustaba reírse de los excéntricos que tienen bichos raros. Y éste no era muy común, me confirmó; había averiguado recientemente en Internet, que esa subespecie de mono tití, que tenía la parte inferior de la cara, y también las rodillas, cubiertas de pelo rojizo, era un Bernhardi, un mono tití que recién fue descubierto a principios de este siglo por un primatólogo alemán que vivía en el Amazonas, y recibiría ese nombre en honor del príncipe Bernardo de Holanda.

Su padre había ubicado la jaula del mono en el lavadero, justo al lado de una ventana de vidrio esmerilado que daba a la calle. Las primeras semanas, al llegar de la universidad, Baldomero ponía una banqueta frente a la jaula y pasaba horas, bañado en una luz amarillenta tenue, observando al mono Albarracín. Antes, claro, retiraba la bandeja inferior de la jaula para reemplazar las piedritas sanitarias, le cambiaba el agua, y le ponía comida. El mono nunca hacía nada de otro mundo, más que nada saltaba de reja en reja, y rompía las cáscaras de los maníes, pero a Baldomero le gustaba mirar a Albarracín; decía que lo relajaba. La madre de Elortis pensaba que Baldomero simplemente se había dado el gusto de tener un mono, y que la costumbre era la excusa para conservarlo. No veía que obtuviera alguna conclusión sobre el tipo de comunicación básica, pero esencial, que, según él, el mono manejaba.

Lo peor de todo era que el animalito era muy agresivo. Baldomero no lo tocaba nunca, pero Elortis lo quiso agarrar un día, y terminó con el dedo sangrando. Albarracín estaba siempre mostrando los dientes, y con los ojos inyectados en sangre; ¿qué tipo de información intentaba sacar su padre de una bestia del Amazonas como Albarracín? A ciencia cierta, nadie lo sabía.

Llegó el día que a su padre se le ocurrió llevar a Albarracín a una de sus clases. Para eso, primero, había que meterlo en una jaulita más chica que había comprado especialmente. Baldomero usó una toalla, para poder apresarlo dentro de la jaula sin que le sacara el dedo. Sin embargo, Albarracín empujó con la cabeza hasta que logró salirse de la especie de bolsa que Baldomero había hecho con la toalla, y atravesó el living, arrastrando la toalla porque se le había quedado enganchada en una uña. Baldomero lo seguía de cerca, pero el mono se daba vuelta, y lo amenazaba con chillidos desesperados y amenazantes. Finalmente, el mono se detuvo para desengancharse la toalla con sus manitos, y su padre aprovechó para empujarlo dentro de la jaulita. Sí, Baldomero se había dado el gusto de divagar sobre psicología comparada con el mono al lado. No había razones para que este animal de ojos chispeantes y barba roja estuviera presente; sin embargo, cuando volvió a su casa le dijo a su esposa que los alumnos habían prestado más atención que nunca.

Al principio, Albarracín estaba como loco, y saltaba y chillaba sin parar, pero después se serenó de una manera nunca vista, y se quedó mirando a los alumnos, consciente —según su padre—  de que estaba siendo observado por mentes obtusas. Después sí, les había explicado a sus alumnos que creía que ese mono, un animal que venía directo, sin escalas, de la selva amazónica a la ciudad, no una mascota dócil y acostumbrada al trato diario con humanos, o un bicho mecanizado como los que veíamos en los zoológicos, escondía una verdad, refractaria a nuestra mente acostumbrada a lo complejo, que por lo tanto sólo podía ser reconocida luego de horas de paciente observación. Acto seguido, les aclaró que él todavía no había alcanzado a comprender esa verdad, pero que podía notar que Albarracín estaba acostumbrado a comunicarse con simpleza con el ambiente que lo rodeaba, y que un animal así era más inconsciencia que otra cosa; un sueño. Un animal así, decía enfervorizado Baldomero, debía recordarnos a Nietzche, cuando decía que la función de la conciencia era restarnos lo individual para volvernos útiles a la sociedad. También les dijo que había llegado a la conclusión que los humanos teníamos tres conciencias: una social, una íntima y otra natural. Ninguna bien desarrollada. A diferencia, su mono Albarracín era un todo indivisible, una especie de dios, un ser completo. Lo que sugería era bastante controvertido. El profesor pregonaba una vuelta a la brutalidad, lo enfrentó una alumna. Pero lo que en realidad quería, explicó Baldomero, era encontrar el camino de vuelta de las palabras, ver si había otra forma más práctica de comunicar las cosas, porque el lenguaje que utilizaba el hombre, cada vez más desvirtuado, no cumplía con su función de facilitar el entendimiento entre los humanos. Un alumno le preguntó si él estaba hablando a favor de la telepatía y la parapsicología, pero Baldomero le dejó en claro que esas eran palabras que ya tenían un significado muy marcado para usarlas; él tan solo quería encontrar la manera de que las personas se entendieran sin malentendidos, de que los sentimientos pudieran comunicarse sin expresiones ambiguas que pervertían la realidad. Descreía que las palabras fueran un buen medio de comunicación. Le preocupaba que hubiera tantos momentos, sentimientos, ideas y pensamientos huérfanos de formas adecuadas de expresarlos. Cada vez que decíamos algo, menospreciábamos a la idea que nos había hecho abrir la boca. El soplido que hacía circular la vida, el viento ancestral, se perdía en corredores sin salidas. Ahora él estaba buscando, con su querido mono Albarracín enjaulado a su lado, la corriente de aire que volaba hacia el prado ventoso donde pacían las esencias del mundo.

Un alumno aplaudió, y  gritó que un tornado se lo iba a llevar puesto. Baldomero no prestó atención a la interrupción. Redobló la apuesta: dio a entender que los animales callaban porque comprendían más que nosotros, que eran seres de una categoría superior, que se dejaban utilizar por la esencia natural del universo. Por eso saltaban, por eso volaban, por eso nadaban, con tanta facilidad; mientras que nosotros, cada vez más anquilosados, nos habíamos dedicado a perdernos en lenguajes imprecisos. Las palabras nos habían apresado; para Baldomero estábamos ciegos, y teníamos el cuerpo atrofiado. A esa altura, la mitad de la clase liberaba sus carcajadas, otros directamente no prestaban atención, como si no fuera un profesor al que tenían enfrente, sino a uno de esos desquiciados que enviaban de los loqueros para vender artículos que no sabían ofrecer, decía Elortis, que presenció la clase porque había ido para ayudarlo a meter después la jaula con el mono en un taxi; pero unos pocos miraban a su padre con tímida admiración. De cualquier manera, Diego le había contado que en la universidad, cuando un profesor se iba por las ramas, decían que estaba dando la clase del loco, refiriéndose a aquella tarde del mono y Baldomero.

Ahora bien, esa clase terminó de unir a Baldomero con el Callicebus, el objeto de su estudio, y su padre se dedicaba a observarlo con la mano en el mentón, como si notara matices cada vez más interesantes en el comportamiento, para Elortis totalmente monótono y regular, de Albarracín. Parecía rumiar, frente al mono, con los ojos achinados y masticando una sonrisa de autosuficiencia, las palabras sabias que les había transmitido a sus alumnos. Al final del discurso les había dicho que, tal como estaban las cosas, en el futuro las ciudades se verían invadidas por las alimañas y las bestias, una visión opuesta a esas pos-apocalípticas que vemos en películas y en videoclips hoy en día. Para Baldomero, los pájaros y las plantas volverían a ganar, de a poco, el terreno perdido.

Elortis estaba bastante de acuerdo; el verano anterior, acostado en su sillón mientras caía la tarde veía, a través de su persiana americana, según el día, benteveos, carpinteros, chingolos, palomas gigantes —averiguó que en realidad se llamaban tórtolas turcas—, horneros, calandrias, un picaflor, torcazas, y muchos zorzales que se dedicaban a remover la tierra de las macetas del balcón y le pegaban las pulgas a Motor. Al anochecer, aparecían por las ramas del gomero —que también como el aguacatero pertenecía al hotel vecino—, unas siluetas alargadas: Ratas.

Algunas se deslizaban por la gruesa medianera del hotel hacia su ventana, pero no importaba, Elortis las miraba con simpatía desde la oscuridad. La visión de tanta naturaleza en el medio de la ciudad no podía molestarle. Incluso una tardecita, había encontrado a un pájaro durmiendo en una rama larga que se metía en su balcón. Primero, no había prendido la luz de afuera y, maravillado por el descubrimiento, en vez de creer que era una hoja del árbol con forma de ave, se le dio por pensar que alguien, tal vez la empleada doméstica que venía una vez por semana, había colgado un figura, recortada por su nena seguro, con la forma de un pájaro, con un objetivo enigmático e indescifrable. También pensó que era el mono Albarracín, que había retornado. Sin embargo, por suerte, era un pajarito de verdad, con la cabeza metida abajo del ala.

Generalmente se la pasaba sentado a la computadora esperando que yo apareciera —en aquel momento hacía bastante que hablábamos— o que se conectara Romualdo, según decía, y mientras buscaba libros usados, o leía críticas de cine, o bajaba música; pero aquel anochecer se quedó dormido en el sillón de su estudio. Tal vez se le había ido la mano, aquella tarde, con la rutina de ejercicios en el gimnasio —siempre vacío a la hora que iba, me había dicho en otra conversación. Pero cambiar la rutina por cualquier razón, decía Elortis como acordándose, tal vez reprochándome, ese día que yo no había aparecido, daba buenos resultados.

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y llegaba a otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos.

Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina.

Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

En la época del mono Albarracín, y a pesar de la concentración que observarlo parecía requerirle, Baldomero se hacía algunas escapadas de fin de semana a pescar con amigos, seguramente con el capitán. Su padre no era de esas personas que abandonaban a sus amigos en cuanto otra meta se les cruzaba, le gustaba jugarse por la gente que apreciaba, y sus amistades prevalecían, sin duda, por sobre su familia y algunas de sus ocupaciones.

Uno de aquellos viajes de Baldomero a la costa coincidió con el momento en que Elortis estaba planeando irse a vivir solo; trataría de hacerse cargo de los gastos de un departamento que su familia tenía desocupado.

A la noche, cuando volvía de la facultad, Elortis veía al mono Albarracín colgando de las rejas de la jaula, esperando con una expresión desconcertada. Debía extrañar la mirada atenta de su padre. Sin embargo, cuando él se acercaba al resplandor amarillento, el mono empezaba a rascarse la cabeza, y enseguida convertía la acción en un acto frenético en el que parecía arrancarse los pelitos blancos que tenía en las orejas. Baldomero volvió de la costa con varios libros sobre el comportamiento animal que le habían prestado, entre ellos uno de Wolfgang Köhler. Otra casualidad, que para Elortis, que no creía en el azar, hacía más sospechoso a su padre: se creía que los experimentos con chimpancés que Köhler realizaba junto a su esposa Eva en Tenerife, en el lugar que llamaban La Casa Amarilla, eran una pantalla para encubrir sus actividades de espionaje para Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

Baldomero intentó hacer reaccionar a Albarracín a diversos estímulos, para clasificar sus modelos fijos de movimiento y sus taxias.  Luego de fracasar con los más sutiles, como pretender que con un palito chino, que le tiró en la jaula, el mono alcanzara unos maníes que le había dejado sobre una silla que ubicó bien cerca de la jaula —el mono sólo revoleaba el palito, a veces fuera la jaula—, pasó a probar los más drásticos, como encenderle un fósforo en la cara y después sólo sacar otro de la cajita para ver su reacción. Como resultado, en el invierno el mono se agarraba la cabecita cada vez que prendían la estufa del lavadero con fósforos. Sin embargo, una vez que la explosión inicial pasaba y la llama empezaba a consumir la madera, Albarracín se quedaba mirando obnubilado la llamita. Según Baldomero, el hábitat del mono en el Amazonas estaba intacto y jamás había visto arder el fuego. Siguió probando con otros trucos, pero no recibía ninguna respuesta alentadora.

El descubrimiento vino por una casualidad. Percibió que el mono se contagiaba de sus bostezos. Creyó que en el bostezo acariciábamos alguna glándula telepática. Su padre decía que hasta el zumbido en los oídos que tenía se le apaciguaba cuando bostezaba y la mente se le aclaraba. Comenté que todos sabemos que bostezar es un acto contagioso. Pero Elortis dijo que se ignoraban las razones, y agregó que de saber, a saber de verdad hay una gran diferencia. Su padre había llegado a una pregunta interesante. Cuando Baldomero hacía que bostezaba, un simulacro del bostezo, el mono no reaccionaba al estímulo y se quedaba pasándose las manitos por los pelos blancos: ¿el bostezo sería un resto, mal interpretado, de la lengua adámica que intentó rastrear toda su vida? Quién sabe qué se escapa cuando bostezamos, afirmaba por esos días Baldomero sin inmutarse en las sobremesas de la universidad, según pudo saber Elortis a través de las averiguaciones de Diego. Su padre decía que era una acción muy parecida a la de abrir los esfínteres. Tal vez sea exactamente lo contrario, pensaba Baldomero adelante de los otros profesores y ayudantes que lo escuchaban, y al bostezar estamos liberando al mundo una materia sin densidad, pura, con algún tipo de información sin procesar. No creía que fuera una manera de sincronizar las horas de sueño, como pensaban algunos. Si el mito era un producto accesorio del lenguaje, una enfermedad de la palabra, entonces el bostezo podía ser el antídoto, o tener aunque sea algunos ingredientes de la receta. Y entonces Elortis se imaginaba a su padre levantando la voz, como le había contado Diego, para aclarar sus pensamientos, que, para mi mala suerte, me iba a repetir.

Él no era un psicólogo más; estaba hecho de la misma madera que August Schleicher, Otto Jespersen y Guillermo de Humboldt, pero a diferencia de este último, no tenía un hermano que hiciera el trabajo de campo para él. Tenía que ensuciarse las manos. Costearse viajes y ayudantes para ver qué perspectiva cósmica tenía impregnada cada pueblo en su lengua estaba fuera de sus posibilidades económicas. Ni siquiera tenía plata para comprarse una buena edición de la gramática sánscrita del indio Panini, sólo tenía esas anotaciones milenarias en fotocopias que le habían prestado, y ¡cómo querían que encontrara en una fotocopia rastros del problema de origen del lenguaje! Si las lenguas eran una copia del único lenguaje, entonces alguna tenía que ser más fiel al  original; en aquel entonces no existía la reproducción en serie, que no lo olvidaran, y el sánscrito siempre había estado en el centro de todas las miradas. Diego tenía la paciencia de reproducirle estos discursos de su padre. Elortis tenía miedo que fueran invenciones de este novelista en ciernes. Según Diego, Baldomero apenas se detenía para respirar cuando hablaba. Elortis iba anotando en su cuaderno:

Su padre no entendía cómo los conceptos se habían juntado con las imágenes acústicas, y cómo estas decisiones terminaban en pueblos sistematizados. Algunos de estos pueblos, como el nuestro, nunca habían abandonado la manía de clasificar todo, etiquetaban a las personas en cuanto las veían; que tuvieran cuidado porque eso les estaban enseñando a los alumnos en las demás cátedras. ¿¡Y la energeia dónde quedaba!? Basta de despistar a la gente de lo elemental. Se habían olvidado de los sonidos emotivos de Demócrito, por eso a él le gustaba tanto escuchar esas milongas y a Shumann; expresarse a través de su lengua como lo estaba haciendo en ese momento era pragmatismo sucio de políticos y sofistas. Había que dar un paso atrás y encontrar a los filósofos chinos, el caballo blanco que no es un caballo de Gongsun Long, la rectificación de los nombres del confucionismo; en lo posible ir mas allá todavía, cruzar el mito para caer en la nada misma primigenia. A ver si entendían algo de lo que somos. Por algo Schleicher pasó de Hegel a sir Darwin. Basta de copias e imitaciones señores. Había que separar lo verdadero, el etymon, la forma original de cada término; y más todavía, escuchar la música que producían las esencias del universo, sin contar los compases, como le hubiera gustado a Johan Mattheson (esto lo decía con voz meliflua, le aclaraba Diego a Elortis, ya medio arrepentido de todo el discurso que había dado; su padre ya se sentía menospreciado por los que lo escuchaban)

Diego averiguó que los demás profesores tampoco dudaban en explicar la vuelta a las raíces que intentaba Baldomero como producto del niño resentido y solitario que había sido. Y para algunos era una forma de acabar con el tiempo, y estacionar una y otra vez su mente en una niñez que no había disfrutado, donde todavía no había palabras significativas para contar, y por lo tanto hacer realidad, su desgraciada historia. Elortis sabía que él había tenido una buena infancia, que podía aflojar las riendas de su pasado porque no tiraba tanto para atrás como el de su padre. Pero ahora estaba sufriendo, y no encontraba la manera de relacionarse con las personas; todos se habían vuelto una amenaza porque no sabía explicarles su objetivo en esta vida —le parecía que no tenía metas claras en ese momento. Lo primero que quieren saber es en qué andás.

Veía poco a Miranda y era más que obvio que estaba necesitado de compañía femenina, de una mujer que lo tranquilizara y consolara un poco. Unos días después iba por la calle Quintana, y encontró a Sofía, la bailarina, mirando la vidriera de una librería. Se asombró al reconocerlo, y dijo que había ido especialmente para ver si conseguía Los árboles transparentes, aunque cuando la abordó estaba mirando con cariño el cartel de promoción de un libro de autoayuda escrito por un periodista. Elortis tuvo un lindo gesto; le compró su libro, y también el del periodista. También la invitó a tomar un café. Fueron a La Biela; Elortis se imaginaba a Bioy almorzando con algunas de sus amigas, era la primera vez que se metía en ese lugar.

Me advirtió que no me iba a ocultar cosas. De ahí fueron a su departamento. Ella le mostró algunos videos de Lambada que estaban en Internet, había un tal Berg que, enfundado en unos pantalones blancos, bailaba muy bien; revoleaba a las chicas de acá para allá, según Elortis. Intentó que él aprendiera los pasos, pero no hubo caso, mi amigo era de madera para bailar, coordinar los movimientos no era lo suyo. En una de las vueltas Elortis la besó. Sofía se quedó a dormir. Le gustó que lo retara porque no había bolsita en el tachito que hay al lado del inodoro, y que se tomara el trabajo de ponerle la que le habían dado con los libros. En realidad, me aclaraba, todo esto fue porque a la mitad de la noche la chica se indispuso. Elortis no me quiso dar más detalles. Al otro día, apenas se fue Sofía, a pesar de estar menos tensionado, según sus propias palabras, su espíritu fue inundado por un gran pesar. Para él, ese tipo de acto amoroso, sin enamoramiento previo, a veces era como el acto en el vacío que describía Lorenz en uno de los libros sobre el comportamiento animal que tenía Baldomero. En alemán el término era difícil de repetir; mejor en inglés: vacuum activities. Actos reflejos para compensar la falta de estímulos externos reales. Lorenz lo había notado en un pájaro que, a falta de bichos para cazar, se encaramaba al respaldo de una silla al acecho de bichos invisibles. Elortis lo había visto en Motor, cuando salía corriendo como loco por todos lados, como si hubiera algo de lo que esconderse o perseguir. Y en él mismo, cuando últimamente se acostaba con alguna chica. Vacuum activity. Sofía no tenía la culpa, era linda y a ella le gustaba afirmar que tenía responsabilidad afectiva.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 10.

10.

Cansado de que los acontecimientos lo llevaran, sin sentido, de un lado para el otro, a Elortis le pareció necesario seguir entrevistando a viejos conocidos de su padre. La carta había borrado su apellido de los medios, y todavía quería encontrar al benefactor de la memoria de Baldomero. Intercambió algunos e-mails con Lito, el alumno que le había ayudado a conseguir al mono Albarracín. Lito le contaba alegremente que trabajaba en una oficina del gobierno, y le decía que fuera a verlo cuando quisiera. Elortis no tenía nada que hacer al otro día, y pasar la tarde encerrado en su departamento no le hacía bien. Aunque en la calle se sentía más solo y descarriado. Empezaba a pensar que había sido de muy mala suerte tener éxito con el libro porque lo llevó a tomarse en serio lo que él quería hacer en la vida, y eso significaba a veces alejarse de los demás. Todavía no sabía bien qué era lo próximo que iba a hacer pero estaba claro que en la calle, en los bares, rodeado de mentes ocupadas en tantas cosas, no lo iba a encontrar. Creía que mientras esperaba que hirviera el agua de la pava en su departamento, sus pensamientos se amoldaban a lo que estaba buscando. A veces en el silencio escuchaba que un vecino de un piso inferior abría la ventana. Le llegaba el olor dulce del tabaco. Él había dejado el vicio, y le molestaba el humo. Además se imaginaba a la persona que fumaba triste; ahora uno fuma si está triste, o borracho, o las dos cosas a la vez, decía. Eso era lo que hacía él, se ve, y ponía a todos en la misma bolsa.

Al otro día se fue caminando hasta la oficina de Lito. No quedó contento con la reunión. Un policía lo había acompañado hasta el cuarto piso del edificio, casi desamueblado si no fuera por el detalle de un sillón de cuero marrón largo en el medio. El policía se quedó sentado en una banqueta. Antes, le pidió que esperara a Lito en el sillón. Pasó media hora. Ya no sabía cómo ubicarse, el sillón era mullido, pero no había llevado  ningún libro, y le daba vergüenza estar ahí sentado sin hacer nada. El policía se la pasaba hablando con el celular. Al parecer tenían un asado esa noche con otros miembros de la fuerza y le pedía a otro si podía ir un poco antes a prender el fuego porque él no iba a llegar temprano, antes tenía que ver a una tal Nancy. En la red social que usaba, Elortis tenía a un policía, un ex compañero de la secundaria. El padre del futuro policía lo pasaba a buscar a las seis de la mañana todos los días para ir al colegio. Era curioso, decía, pero el policía no ponía fotos con armas verdaderas en su perfil. En cambio, tenía algunas fotos en ese juego en que los participantes se disparan con cartuchos de pintura. También Elortis tenía como amigo a un empleado de seguridad, de esos que cuidan las cadenas de farmacias o los supermercados, un familiar de Miranda, y ése sí llevaba una escopeta en la foto del perfil. La gente siempre quiere lo que no tiene, reflexionaba Elortis mientras esperaba que Lito se desocupara y lo atendiera. Y apareció, se veía mucho más viejo que él, medio quemado este Lito, decía Elortis. Aunque se movía con agilidad en el recinto vacío. Le hizo una broma al policía, y después se metió en una de las oficinas que daban al ambiente principal. Salió con unos caramelos, y obligó a Elortis a que aceptara uno antes de sentarse a su lado.

Lo primero que dijo fue que extrañaba muchísimo a Baldomero, aunque hablaban poco y nada, le gustaba saber que podía levantar el teléfono y llamarlo cuando tenía dudas existenciales. Elortis estaba acostumbrado a esas cosas. Aunque en sus últimos tiempos su padre se fue sumiendo en un silencio que sólo interrumpía para maldecir al mono Albarracín, aún hoy la persona que alquilaba su departamento se quejaba porque seguía recibiendo llamados de alumnos que querían discutir algún problema emocional con el profesor Ortiz. Una mujer llegó a dejar un mensaje donde contaba que estaba al borde del suicidio porque había vuelto su hermana de España, y ahora su esposo terminaría de enamorarse de ella. Eso fue lo que había entendido el inquilino de Elortis.

Lito decía que, sinceramente, no sabía bien qué función cumplía en ese edificio; creía que se encargaba de coordinar a los empleados. En un momento entró su jefe, un político desconocido para Elortis, y Lito se levantó para estrecharle la mano. Estaba asombrado de que Elortis no lo conociera; además de diputado nacional, era el abogado que había difundido la lista del batallón 601 de inteligencia civil militar. Mi amigo había escuchado la noticia, pero no le prestó mucha atención. Algunos de los nombres de los espías civiles se podían ver en una lista disponible en Internet. Lito le aseguró, guiñando el ojo, que la lista había sido manipulada antes de la publicación. Elortis quedó asombrado al escuchar eso en boca de Lito, porque recordó que siempre se había sospechado que su hermano, cuya muerte violenta en la época de la última dictadura nunca se había aclarado, era uno de los espías. Le llamaba la atención que Lito trabajara con el que había ayudado a que esa lista se difundiera. Decía que todavía era demasiado ingenuo como para caer en ese tipo de asombro. Se le ocurrió que podía ser el hermano de Lito el que había metido a Baldomero en esa fuerza. Claro que no había nada que lo señalara; Elortis todavía no había visto ninguna de las listas.

El padre de Lito era el que, mientras trabajaba en Puerto Iguazú, le había mandado el Callicebus a Baldomero en una camioneta. Elortis no podía olvidarse de ese día porque cuando bajó a recibir al mono, que había viajado en una caja apenas agujereada, vio que el vehículo estaba repleto de otras alimañas, más que nada reptiles varios en jaulas, aunque había una pecera con unas arañas negras ovilladas, y hasta una cajita que decía cucarachas de Madagascar, cuyo nombre científico es Gromphadorhina portentosa, especificó. Baldomero no se detuvo hasta conseguir que le vendieran, por unos cuantos pesos, dos ejemplares de estas cucarachas, que observó en una pecera un par de días, hasta que la madre de Elortis se cansó de cubrir el recipiente con una revista para no tener que verlas mientras su esposo no estaba, y las tiró por el inodoro. Le comenté a Elortis que estos insectos no eran tan difíciles de conseguir, yo misma los había visto en una veterinaria de la calle Callao, cerca de mi casa. Elortis agregó que ahora se conseguía cualquier bicho en las inmediaciones de la feria de Pompeya, que el visitaba de chico con Baldomero, dicho sea de paso. Él era hijo único, por lo tanto caprichoso, cuando no le compraban algo, se ponía a pellizcar el brazo del que lo llevaba de la mano.

Una tarde que fueron a esa feria a ver algunos pájaros en los que Baldomero tenía interés, el niño Elortis empezó a hablar peste contra su padre porque no le había comprado unos pececitos que se le metieron en la cabeza. Baldomero estacionó el auto frente a la iglesia de Pompeya, y lo llevó a rastras, de un brazo, hasta el altar, donde le pidió a la Virgen del Rosario que expulsara el demonio que su hijo tenía adentro. Le cayó muy mal el intento de purificación; detestó que su padre hiciera toda esa pantomina, si nunca iba a misa. Elortis se había confesado muchas veces, y sabía que la Iglesia generaba estos vaivenes emocionales; o te dejaba tranquilo y satisfecho como después de una confesión sin penitencia (pensaba que tal vez había empezado a ser escritor, aunque ahora relataba cosas no tan ficticias, en el confesionario; cuando era chico no sabía qué pecados contarle al cura, él se tenía por un santo, y entonces inventaba peleas con sus familiares, malas contestaciones y celos), o salías malhumorado porque te habían mandado a rezar diez avemarías. Pero que te trataran de exorcizar frente a la Virgen era otra cosa.

El niño Elortis se había ido con un nudo en el estómago, y sintiéndose también un poco culpable porque en el fondo sabía que algunas fuerzas ocultas lo hacían desear todo lo que veía, y, aquel día, los cabeza de león tenían que ser suyos a toda costa. Sus tardes, en especial la de los fines de semana, eran muy aburridas, se excusa Elortis; no tenía muchos amigos, y los animales lo distraían. Su padre, aunque cada tanto le hacía alguna broma, o le permitía cambiarle el agua y darle de comer a los pajaritos que tenía en el balcón, siempre estaba metido en lo suyo, con el ceño fruncido y sacudiendo la cabeza, como si pensara en algún problema que se le hubiera escapado durante la semana. ¿Pensaría en qué nombres poner en la lista negra que le pasaba a sus jefes? ¿en algunas de sus amantes? ¿la pelirroja inteligente con la que debía compartir interesantes conversaciones de sobrecama? ¿o sería que la japonesa lo tenía a mal traer con su idea de que con el tiempo los hombres recibían lo merecido cuando engañaban a la esposa?

Podía comprender que engañara a su madre, pero no que soplara lo que hablaban determinadas personas a otras que después se dedicaban a hacerlos humo. Los nombres de los alumnos y profesores estaban pintados en una bandera gigante en el patio central de la universidad, en cuyas aulas Elortis había aprendido una profesión que nunca ejercería y se había enamorado inútilmente de alguna compañera. Sin embargo, vino a descubrir que Baldomero, que aparentemente andaba contándole a unos desconocidos, o no tanto, seguro, qué inclinaciones políticas tenían los demás ahí, había seducido a su alumna pelirroja y quién sabe cuántas más.

Lito le dio a entender que era una posibilidad que Baldomero colaborara con su hermano, aunque no sabía quién había metido a quién en esos negocios. A Elortis le llamó la atención que llamara negocio a lo que hacía su hermano. Aunque lo que estaba haciendo ahora Lito en esa habitación desamueblada tampoco tenía un nombre más claro. Había encontrado su lugar en un tipo de panal, esa mosca lo llamaba Elortis, en el que no importaba que produjeras miel; esos lugares estaban rotulados desde siempre por amiguismos y favores devueltos, incluso para apaciguar y contentar a algunos que, desocupados, empezaban a molestar. Por eso la comunidad que se juntaba en esos lugares era tan heterogénea.

Elortis volvió con un peso extra en su espalda, el de sentirse tan cómodo, e incluso reírse de los chistes que contaba ese alegre personaje. De vuelta en su departamento, no podía estar quieto. Motor estaba más raro que nunca, se le erizaba la espalda, y lo miraba como si él fuera un ser peligroso, que estuviera pensando en hacer una locura.

No sé si ya lo dije, pero a Elortis le encantaban las paltas. Dio la casualidad que las ramas de un aguacatero, plantado en el patio del hotel de al lado, daban al contrafrente de su departamento. Las paltas estaban maduras, y Elortis escuchaba cómo se estrellaban contra el techo alambrado del patio de su edificio. Ese sonido grave lo ponía nervioso. Además no llegaba a las ramas del árbol para salvarlas de esa caída, y después comérselas.

Se sentó en la computadora y buscó la lista que había mencionado Lito. Enseguida la encontró, y la bajó en un PDF. Nómina del personal civil de inteligencia que prestó servicios en el destacamento de inteligencia 601 entre los años 1976 y 1983, tenía como título.

Los empleados estaban clasificados según el nombre completo y la especialidad. Había dactilógrafos, agentes de reunión de información, conductores de vehículos, cocineros, auxiliares de personal, fotógrafos, mozos, radiooperadores, contadores, agentes de seguridad, peones, electricistas, perfograboverificadores, mecánicos, agentes de operaciones especiales y agentes de censura, entre otros a los que no prestó atención. No había ningún Ortiz, claro. Leyó la lista de nuevo fijándose sólo en los nombres, y ahí vio que uno de los agentes de reunión se llamaba Álvaro. El segundo nombre era Daniel, y el apellido Albarracín. El nombre completo de su padre era Baldomero Álvaro Ortiz.

Mientras, cuenta Elortis, las paltas maduras sonaban como disparos al estrellarse. Le empezaron a zumbar los oídos. De algún lugar tenía que haber sacado su padre, años después, ese nombre insólito para un mono tití: Albarracín.

Igual, todo le parecía muy llevado de los pelos, no había otro indicio que señalara que el Alvaro Albarracín de la lista (al que bien le podían decir el Mono también, ya que tenía entendido que entre estos agentes era común llamarse por un sobrenombre, que señalaba alguna virtud, defecto, o característica física del portador), fuera su padre. Eso sí, en la época en que Baldomero se dejaba la barba parecía un mono sagrado de la India. Sin embargo, nada probaba que el psicólogo Baldomero Ortiz fuera el agente Álvaro Albarracín.

Elortis borró la lista de su computadora, y se dedicó a acariciar a Motor que dormitaba en el sillón; ya estaba menos arisco que cuando volvió de su experiencia independiente en la costa. Y sentado ahí, acariciando a su gato, le dieron ganas de reírse. Y lo hizo, no podía creerse del todo que Baldomero fuera un espía; sí lo veía como una reaccionario que andaba gritándole a la gente su versión de la realidad en la universidad. Todas esas casualidades que estaba encontrando tenían que estar dirigidas, diría Pascal, decía Elortis, por un sentimiento.

No había entendido del todo a Baldomero, no sabía bien quién había sido, creía que lo había engañado a él y a su madre, pero lo había hecho para salir adelante. A diferencia de él, Baldomero venía de la nada, cuando su padre, el abuelo de Elortis, se murió, muy joven, su madre lo internó por un tiempo en un colegio pupilo porque tenía que salir a trabajar y no podía ocuparse del chico.

Vivían en un departamento prestado por un tío español que era letrista de tangos y los ayudaba cada tanto con algún dinero. Al poco tiempo también la madre se murió de un infarto. Le costaba contar estas cosas a Elortis pero no podía parar. Su padre se las había revelado muy de a poco. No le gustaba hablar de su infancia. Baldomero vivió un tiempo con otro familiar de la madre, un portero español que trabajaba en el edificio donde vivía una familia adinerada, los Ramos Mejía. Detrás del edificio había una cancha de tenis y Baldomero veía por la ventana a otro chico que lo miraba como invitándolo a jugar con él, pero el padre del chico se lo llevaba y Baldomero, como años después su hijo, se pasaba las tardes revolviendo las cosas que el portero español recibía de los dueños del edificio. Tiraban muchas cosas, entre ellas esculturas, cuadros y libros, y Bautista, como se llamaba el portero, se quedaba con la mayoría. Baldomero se entretenía con esos bártulos y leía muchos libros, más que nada de historia. Con el tiempo el tío español le consiguió un buen trabajo en una empresa multinacional, y Baldomero pudo estudiar y salir adelante por sí mismo.

Las cosas para Elortis habían sido mucho más fáciles en la primera infancia y la culpa que sentía por eso hacía que mucho no le entusiasmara ponerse a analizar el pasado lejano de su padre. Por eso prefería ver en su mente la imagen todavía fresca del mono enjaulado al que se había dedicado a observar detenidamente Baldomero en sus últimos años. Sin embargo, esa imagen era también inquietante.

por Adrián Gastón Fares.

Reunión. Cuento.

Reunión

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Las máquinas y yo. Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: vuelvo a publicar Reunión un cuento que se me ocurrió y escribí en un lugar bastante extraño.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento está dentro de mi colección de cuentos Los tendederos.

 

Ayuda.

Publicando Suerte al zombi, compenetrado en eso, en este blog, en la novela, se me pasó pasarles este enlace para que puedan firmar y compartir.

Me acompañó alguien de Change.org que apareció de la nada para pedirme que me sacara esa fotografía que me costó mucho sacarme (ya había hecho yo la petición). Me dijo que un cartel ayudaría y entre fibras y pizarras, me salió esto:

Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho
Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho

El texto lo había escrito y esa persona me ayudó a dejarlo más claro, así que lo agradezco.

Estamos hablando de un logro, de diversidad, de inclusión y de todas esas cosas que hacen bien en vez de mal.

De una película en la creó firmemente porque la desarrollé durante muchísimos años y cuyo guión no estaría dispuesto a vender a nadie para dirigirlo más que yo.

Luego de desarrollar todo Gualicho (storyboard, guión, historia original, casting, locaciones, propuesta estética; eso ganó Blood Window Internacional) creé Mr. Time, que creo que tiene el mismo valor cultural y comercial que Gualicho. Me gusta. Me convence. Me atrae. La quiero hacer, tanto como Gualicho. No necesito un jurado para que me diga eso, como fue en el caso de Gualicho, que resultó ganadora de una concurso de Óperas Primas. Pero para que eso ocurra, para que pueda dirigir otras, primero tengo que hacer la valiosa e ineludible Gualicho (Walicho, o Walichu)

Firmen esta petición y compartanla si pueden porque es tan válida como todo el trabajo gratificante que vendo desarollando en este blog desde hace tantos años.

Es fácil de compartir porque el vínculo está simplificado.

Es así.

change.org/gualicho

o aquí

change.org/gualicho

o acá

Firmar petición Change.org para Adrián Gastón Fares

Ya ha sido firmada por muchos directores y directoras de argentina, entre otras personas que me conocen, y algunas que no.

Es todo un camino recorrido, entre cortos que filmé, el documental Mundo tributo, entre otras cosas, que me llevaron a esto. Ayuden a que no quede truncado esto, porque perdemos una nueva película, un nuevo guionista, y un nuevo director. Y eso no debe ocurrir.

Gracias y saludos,

Adrián Gastón Fares

Escritor, Director de Cine, Guionista

 

¿Dónde leerme?

¿Dónde leerme además de aquí?

1.

Pueden leer mi colección de cuentos, Los tendederos, con descarga gratuita (para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.)

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Lostendederos

 

Los tendederos, libro de cuentos en PDF:

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

2.

Pueden leer mi novela Intransparente aquí (descarga para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.):

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Intransparente Novela

Enlace Mobi (Kindle)

Intransparente Novela

Enlace PDF

Intransparente Novela PDF

3.

Pueden leer mi novela El nombre del pueblo aquí:

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018

El nombre del pueblo, Novela PDF

El nombre del pueblo (Epub, para Smartphone, PC, Libro electrónico)

El nombre del pueblo Novela

El nombre del pueblo (para Kindle)

El nombre del pueblo Novela

4) Pueden leer mi novela Suerte al zombi, en el enlace de aquí abajo:

Suerte al zombi. Novela completa. Índice.

 

Sobre el autor:

Escritor y Guionista. Director y Productor de Cine.

Bio:

Fares, Adrián Gastón (28 de octubre de 1977, Buenos Aires, Argentina) Egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Creció en Lanús Oeste, Buenos Aires, donde escribió su primer novela influenciada por el cine y el terror fantástico: ¡Suerte al zombi!
Luego fue crítico de cine de la pionera revista online Cineismo y fue seleccionado para una Clínica de Obra literaria en la Universidad de Buenos Aires por su novela corta El sabañon. Esta novela inauguró un blog de cuentos, notas y poemas que lleva más de doce años en línea, primero llamado El sabanón y luego adriangastonfares.com
En 2016 fue seleccionado por su guión de película, Las órdenes, para el Laboratorio Internacional de Guión (Labguión, Programa Ibermedia)
Escribió Gualicho (Walicho), que ganó el concurso Internacional de Cine Fantástico Blood Window Película de Ficción INCAA, con un jurado conformado por los directores de los festivales de Sitges, San Sebastián y periodistas de medios como SeriesMania y Variety. Acaba de desarrollar su segundo guión de película de terror fantástico llamada El señor del tiempo (Mr. Time)

También es reconocido por crear y dirigir el cortometraje de terror Motorhome, Entre nosotros, y ser el guionista, productor y director (junto a Leo Rosales) de la película rockumental argentina Mundo tributo. Este film fue programado en festivales de cine de todo el mundo (México, Brasil, Colombia, EEUU, Francia, España, India, Chile, Argentina) y adquirido y exhibido por Cine.ar, Canal Encuentro, In Edit, Mtv Brasil, entre otros medios.

Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición, sordera de origen congénito, tratada con audífonos.

Más información sobre su actividad cinematográfica:

http://www.corsofilms.com/press

Publicaciones literarias:

Novelas:
Intransparente (2011)
El nombre del pueblo (2016)

Suerte al zombi

Libro de Cuentos:
Los tendederos (2019)

Guiones de largometraje:

Mr. Time (nuevo)

Gualicho (premiado)

Las órdenes (premiado)

Embrión (título tentativo)

La venta (título tentativo)

Ojalá (título tentativo)

Guiones de series de TV:

S.P.A. (La sociedad de los parientes asesinos)

Cortometrajes:

Ver: Canal de Corso Films Argentina

Contacto: adrianfares@gmail.com

 

 

 

Trailer de mi película documental Mundo tributo (producida junto a Leo Rosales):

 

Cortometraje Entre nosotros:

 

Contacto: adrianfares@gmail.com

Este es mi blog y sitio web activo desde el año 2006 hasta la actualidad.

 

Adrián Gastón Fares (Copyright 2006-2019)

 

Yo también.

Me chiflan los audífonos.
Y los otros humanos me lo advierten.

Casi no puedo tampoco
abrazar a otros;
porque también chiflan.

Y más que nada chiflan solos.

Ahí se dan cuenta más.

Y me preguntan: ¿escuchás ese chiflido?

Y les digo que claro que no.

Desde que me di cuenta de
mi diferencia, hace ya mucho tiempo, hice un movimiento
de traslación y rotación
para ser comprendido.

Pero sólo hacía falta que algo chifle.

Moleste a los demás.

Eso genera comprensión.

Un poco.

La molestia.

Así que perturben a todas y todos,
con sus molestias.

Por mí, está bien.

Debería existir un mecanismo para el ser invisible que lo haga visible.

Como este acomple, que debería poder fabricarse en una industria que le cambiaría la vida a muchas personas.

Para que lo pulsen a gusto, en el momento necesario.

Como un timbre para decir:

Paren un poco.

No se ve, pero aquí estoy yo, y me cuesta escuchar, mucho, y así y todo lo hago como puedo.

Por eso, busquen justicia y no se dobleguen.

Porque cuando alguien diferente cae,
cada vez que ocurre eso,
caen mil matices más y más personas que los traen.

Siento compasión por las personas.

Ni eso, a veces.

Me río.
Porque ya no da para llorar.

Cuánta mímesis imposible.
En las buenas; todos quieren parecerse a vos,
¡Y en las malas también!

Ahí está.

La mentira.

Y, tal vez, una salida.

Reconocerse.

Impermeable.

Lanzar un tiro al arco desde la mitad de la cancha y que nadie mienta y diga, haya entrado o no;
¡yo también!

Vivimos en tiempos distintos.

Y estoy acá para dejar anotado lo imposible.

Para que se vuelva increíble.

Entonces,

No querida,
No querido.

Vos también, ¡no!

No es lo mismo.

Nunca hay que negar el poder de la negación.

Como Charly dijo.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. Índice. Novela completa.

Me informan que hoy hace trece años que publiqué en WordPress por vez primera.

Entonces, qué día mejor para compartir el índice de Suerte al Zombi, la primera novela que escribí en cuadernos y reescribí aquí hasta hace unos días. Ya se terminó. Es una novela de terror, en cierta forma lo es, es de zombis o zombies, en cierta forma también, es dramática, también, es cómica, también para mí. No la puedo encapsular.

También pueden buscarla en las pestañas del índice, donde están Kong, El sabañón, los cuentos de Los tendederos y en Acerca de pueden encontrar la novela que le sigue El nombre del pueblo e Intransparente.

Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019
Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice.

1. Los hombres de traje.

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

La identificación.

Uno de los dos tenía que identificar el cuerpo. Estaban cerca el uno del otro. Uno de los dos debía hacerlo. Le tocaba al mayor.

Pero los dos pensaban que tenía que haber una confusión.

¿Cómo dos hermanos, un hombre y una mujer, que habían vivido toda la vida en la misma casa, estaban tan seguros de que no tenían otro familiar?

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada. Y que los llamaran para avisarles que esa persona muerta tenía en sus bolsillos la dirección de ellos por si algo le pasara.

Le había pasado. Y ellos estaban esperando para reconocerlo y que la burocracia más rápida de todas, la de la muerte, pudiera respetarse.

Ella no tenía idea de dónde podía haber aparecido esa persona. A los treinta y tantos todavía era virgen, no había conocido hombres. Él se había separado de su única novia hacía mucho tiempo y ahora era tan sólo una amiga.

No podían comprenderlo.

Trataron de averiguar el nombre del muerto, pero nadie quiso decírselo. Mejor dicho, se lo dijeron en algún momento; era impronunciable.

No quedaba otra que esperar en la antesala, atestada de personas, de ese hospital público hasta que lo llamaran; al hermano mayor.

Se miraban unos a otros, sin entender, inseguros, hombres y mujeres. Con los ojos como un huevo frito por el asombro y el vacío.

Era una doble pena para ellos que apareciera un familiar, un muerto, ido que no debería haber aparecido. Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas. No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Se habían ido antes.

¿Cómo podía morir un familiar que nunca tuvieron?

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de yema de huevo de los demás presentes, de los empleados, incluso se sacó una fotografía con su teléfono inteligente y la miró, para comprabar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja, prefería que la solución para escapar apareciera del piso de baldosas grises del hospital. Algo se arrastraría. Algún papel, quizá el que llevaba el que lo esperaba en la morgue en la billetera, volara para introducirse en su campo visual.

Sabía que su hermana estaba tomándose fotografías. Todo le parecía inconcebible.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos estirados entrando y saliendo en camillas.

No pasaba.

Tampoco lloraban los demás que esperaban. Por lo tanto, la sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los hermanos.

La puerta de la morgue se abrió.

Salieron una mujer y un hombre de unos treinta años. Sorprendidos. Sus ojos brillaban, despiertos.

La enfermera los llamó.

La hermana quiso entrar también para reconocer el cuerpo junto a su querido hermano.

Estuvieron diez minutos tratando de comprenderlo.

Mirando al que yacía en esa camilla, largo, robusto, enorme, como era. Parecía ser tan inmenso. Si había otros cuerpos en otras camillas no los percibieron.

Ante el occiso, trataron de llorar, de sentir alguna tristeza más honda, pero no pudieron.

Salieron tomados de las manos, caminando tan rápido como podían porque no querían que los otros buscaran respuestas en sus miradas y en su manera de caminar algo apresurada.

Empujaron la puerta grande del hospital y bajaron los escalones. Se dieron cuenta de que había manchas oscuras irregulares a los costados, mirando con el rabillo de los ojos. A media cuadra voltearon sus cabezas.

La fila para entrar al hospital seguía recta hasta perderse en el horizonte. Dos cabezas juntas, dos por vez.

por Adrián Gastón Fares, 25 de octubre de 2019.

Suerte al zombi. 44. El libro.

44. EL LIBRO

Cristóforo escribió sobre Luis Marte[1]:

Había empezado la contienda un dios —pueden ustedes agregarle mayúscula si quieren— loco, senil y depravado, al haberlo despertado de la muerte con el objeto de que un alma humana pudiera habitar un cuerpo en descomposición, experimentando el fin de su obra maestra. No sólo la creación (nunca existió nadie que la recordara; tal vez éste fuera su próximo plan: enloquecer a un humano con el imposible recuerdo de la concepción), sino también el derrumbe del ser humano conforma la totalidad de su obra.

Todos sabemos que hay escritores que por no cambiar una palabra escriben diez páginas. Nuestro dios por no desechar el esfuerzo de la creación y muerte del ser humano le ha inventado una vida. Refunfuñando. Planificó así instancias superiores pero no inferiores, construyó un cielo y un infierno que permanecen vacíos hasta el día de hoy.

Aquí sabemos que la eficacia del señor Garrafa para construir mausoleos —otras son las consideraciones estéticas que podamos tener sobre nuestros aposentos— se hace evidente en su lento derrumbe; si éstos duraran para siempre no tendríamos manera de calificar. El obsesionado dios, cansado de los fríos juicios objetivos sobre el final de su obra, ha desencadenado los subjetivos. Por ésta razón, el dios había premeditado el despertar de algunas personas en sus lechos de muerte para que comprendan la belleza de lo que ha sido y así deleitarnos con la visión de nuestra organizada desorganización. Nos hemos tenido el mismo privilegio. Nuestros ojos se cerraron y se abrieron en días distintos pero cuando ya nos hubieron paseado en nuestra entrada triunfal por el cuartucho de los sepultureros de Mundo Viejo. Pertenecemos a otro estrato social de la inexistencia, pero por lo menos no hemos sido mancillados por estos dos pánfilos como le tocó en suerte a Luis Marte.

Aunque algunos hemos visto cómo la súbdita carne resbalaba por nuestros huesos. Y todo esto de manera metódica (no tengo ganas de describir los pormenores del hecho, ni creo que haga falta ya que todos ustedes los conocen); impulsándonos a convertirnos en valientes avestruces husmeando debajo de sus propias pisadas, verificando que bajo tierra no haya un silencioso mecanismo de relojería sacándonos la lengua. O enterrado en el medio del sol. O en una mosca.

¿Y si afuera de Mundo viejo, del cementerio, los humanos han encontrado la inmortalidad, si viven para siempre, muertos de risa cuando piensan en los antiguos cementerios? ¿No estaría mal eso? ¿No sería injusto con nosotros que no pudimos disfrutar de los mismos avances científicos, por irnos antes, o lo que fuere que les ha permitido a ellos seguir en esa comunidad mientras nosotros aquí estamos?

Oliendo el pasto mojado o sintiendo la tierra apisada por la lluvia. Aunque sea un placer para algunos, entre los que me encuentro.

Deberíamos salir a las calles, andar por ahí, peregrinar hasta otros cementerios para levantar a los demás, avivarlos, aunque todos los muertos vivientes seamos diferentes, y no exista un único muerto viviente, la lucha es digna y nuestro peso conjunto debería derribar el cuadrilátero de cemento que nos contiene.

Incluso si nos levantamos, nos unimos, empujamos todos juntos, y caminamos destartalados, erráticos, no menos de cómo lo hacen los vivos por estos pasillos de mala muerte, tal vez nos miren con otros ojos (o nos presten los suyos) y así hagan hasta arte, creaciones cinematográficas o literarias inclusivas, donde nos representen de otra manera a la habitual. Sólo el recuerdo, cansa, aburre. ¿Quién sabe? Tal vez en el mundo de los vivos ya existen estas creaciones que nos alegrarían el alma y harían crujir de alegría nuestros huesos.

Es necesario que nos empoderemos. Basta de depender de que otros decidan dónde tenemos que descansar, qué flores nos gustan, qué fotografías encajar en los portarretratos, y más que nada, cuál ha sido la verdad de nuestra vida.

Claro que para eso necesitaremos energía. ¡Ideas nuevas! No se me ocurre de dónde podemos sacar esas energías más que estirando nuestras intenciones en línea recta hacia la cabeza de los que están vivos, acercando nuestras bocas, nuestros ojos y nuestros oídos a los de ellos. Es una posibilidad.

De cualquier manera, no hay que contentarse con la pronoia de un muerto más de Mundo Viejo, la realidad es siempre distinta y todos aquí percibimos las cosas y tenemos losas, tumbas y mausoléos, así como ataúdes y también, porqué no, virtudes distintas.

Mejor que usemos la fuerza y la bronca de la certeza que nos une, ¿no?

Y lo único cierto es que no estamos ni aquí; estamos muertos.

por Adrián Gastón Fares.

[1] El manuscrito, aunque casi ilegible, séptico, e inexistente, ha sido descifrado y transcrito.

Suerte al zombi. 38. El mundo dando vueltas.

38. EL MUNDO DANDO VUELTAS

El primer disparo le dio en el hombro a Luis. Siguió abrazando a Fernanda. El segundo penetró por su cuello y lo traspasó para dar contra la pared de un mausoleo. Agradeció no sentir el dolor. Se dispuso a seguir abrazando a Fernanda, protegiendo a su cuerpo de las balas. Puteó nuevamente a Dios.

Garrafa apuntó al mentón de Luis y disparó. Erró, pero López se acercó blandiendo la pala gigante.

Luis estaba agachando la cabeza para cubrir la de su amada, cuando vio como el mundo daba vueltas rápidamente. Pudo ver todas las paredes del cementerio, incluso las que estaban a sus espaldas. Luego, la cabeza colgó de su destrozado cuello y ya no la pudo mover. Así que tuvo que contentarse con mirar a Fernanda a los ojos y observar de reojo lo que le estaban haciendo a él.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 32. Nos vamos, Luis.

32. ¡NOS VAMOS, LUIS!

Aquel sábado Luis estaba sentado en su habitación, pensando en como iba a encarar el trabajo de investigación que le había encargado el profesor más desalmado de la facultad. Tenía una hoja en blanco donde anotaba las ideas que se le ocurrían. Habían sido muy pocas las que habían acudido a su mente durante la mañana y se iba a levantar para salir a tomar aire cuando llamó su madre.

—¡Nos vamos, Luis!…—le gritó mientras éste estaba a dos pasos de la puerta, mirándola y sin tocarla— Te deje unos patys en el congelador, hacételos… ¿¡Luiiis!?

Luis cerró los ojos. Por un momento se sintió mal, su estómago se revolvió mientras veía la foto que le había sacado su madre cuando había sido abanderado en séptimo grado. Se acercó para verse mejor. Una sonrisa marcaba sus labios y sus ojos brillaban bajo los cabellos cubiertos de gel.

—¡Qué aparato!—dijo Luis, y sonrió.

—¿¡Luiiss!?

La voz venía desde el baño, desde donde se escuchaba el agua corriendo.

—¡Ya te escuché mamá!—. Miró de vuelta la foto— ¡Chau!

El agua dejó de correr y escuchó los pasos de su madre por el pasillo.

Resonó la bocina del auto de su padre.

Era muy impaciente. Su padre no aguantaba la coquetería de las mujeres, aunque él pasaba mucho tiempo delante del espejo. Sólo que no a último momento como su madre.

Se dijo que se había olvidado de preguntarle a su madre dónde iba. Seguramente, su padre iba a cubrir algún espectáculo y de paso la llevaba. Luis caminó hasta la cama y se sentó.

Ser periodista y meterse en la vida de los demás nunca le había parecido demasiado excitante. Era estar pendiente a historias estúpidas de empresarios aún más estúpidos: metidas de cuernos, cumpleaños, muertes, casamientos. Por otro lado no había horario fijo; en cualquier momento te podían llamar. Claro que había sentido una pequeña envidia por su padre el día que le había dicho que había entrevistado a Mick Jagger. El laburo daba buen dinero, pero ésta no era razón suficiente para arruinarse la vida; cuando su padre le había propuesto que siguiera la carrera de Comunicación había dicho que no: él tenía derecho a elegir ya que era su vida y todo eso. Y había elegido Abogacía; las leyes no tenían muchas vueltas. Iba a ganar dinero y tratar de encontrar a algún asesino olvidado, ya que iba a probar criminalística.

Se imaginaba a sí mismo llegando a la puerta de la sombría casa de un funesto asesino buscado hace mucho tiempo. Golpeaba la puerta, dispuesto a todo, cuando un viejo sin dientes se asomaba y lo recibía con una desdentada sonrisa mientras balbucía:

“Metéme en la cárcel… ¿qué tengo que perder ahora?…Si mi hija quiere meterme en un geriátrico.”

Otras veces imaginaba la misma situación, ante la puerta del asesino, con su mano apoyada sobre una pistola; sólo que el hombre que salía era tan simpático y apacible que terminaban siendo amigos. El asesino le contaba sus andanzas mientras sonreía. ¿Cómo podría estar un asesino triste en nuestro país?

Su padre había estado investigando el crimen del empresario Closas y le explicaba, durante las contadas ocasiones que cenaba en casa, que la justicia en Argentina simplemente no existía. Una noche el viejo le había dicho:

“—No puede haber justicia en un país en el que todos son delincuentes en alguna medida… acá a la gente no le gusta trabajar, le gusta hacer todo fácil… Bueno, matar es fácil… Un tiro y Closas, que intentaba poner una nueva cadena de supermercados… supermercados; no estoy hablando de droga ni nada parecido… ¡SUPER-MERCADOS!…, un tiro y el lugar que iban a ocupar los super los ocupan otros: todos sabemos quién lo hizo… yo sé quién lo hizo… y el lunes, Luis, cuando la gente vaya a comprar la revista, se van a llevar una sorpresa. Les va a parecer extraño, porque una revista que se dedica a ricachones y famosos no pública ese tipo de notas, pero Fabian le tiene bronca a éste tipo que mató a Closas—. El padre miraba a su madre, seria y cabizbaja, y seguía hablando—. Y me dio el permiso para escribirla.”

La nota había salido el miércoles siguiente y no armó gran revuelo en la opinión pública. Su padre se calló la boca y siguió trabajando en asuntos sin importancia. Parecía que nadie había leído la nota que Luis casi sabía de memoria y que dejaba las pistas muy claras para acercarse al que había mandado a meter dos balas en la cabeza de Closas y quemado su auto.

Escuchó arrancar el Escort último modelo que tenía su padre y se concentró nuevamente en la hoja en blanco. Nada se le ocurría… escuchó el sonido de una frenada…

Luis se levantó rápidamente y corrió hacia la ventana. Se asomó.

El auto de su padre había chocado en la esquina. El Escort estaba parado en el medio del cruce, interceptado por otros dos autos que le cortaban el paso. Luis podía ver la ventanilla del lado del acompañante, en el que iba su madre. Al lado estaba un Taunus negro, que tenía los paragolpes hundidos en la puerta trasera del Escort. Otro Taunus negro aplastaba la parte delantera del auto. Escuchó gritar a su padre y al dirigir la vista hacia el auto se quedó congelado.

La cabeza de su madre había explotado salpicando de sangre el vidrio. Luis logró romper el hielo que retenía su cuerpo y corrió lo más rápido que pudo escaleras abajo. Abrió la puerta y salió a la calle, donde casi resbaló al pisar una mancha de aceite y tuvo que aferrarse al tacho de basura. Corrió hasta la esquina, donde uno de los Taunus aceleraba y el otro daba contra un palo de luz al dar marcha atrás. Los dos hombres que iban en éste tenían capuchas negras y Luis pudo ver el excitado brillo de sus ojos posándose sobre él. Luego el auto se enderezó y tomó velocidad para alejarse.

Luis se acercó al Escort.

El dolor tardó en llegar. Primero sólo se preguntó por qué no había escuchado los tiros… luego se acordó que existían los silenciadores. Vacío parte de la ira que crecía en su cuerpo dando una patada contra la puerta trasera. Sintió dolor pero no más del que golpeaba su pecho. Siguió dando patadas contra la carrocería del auto.

El viejo que vivía enfrente de su casa llegó corriendo y lo abrazó mientras gritaba a los otros vecinos que llamaran una ambulancia.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 22. Tártaro.

22. TÁRTARO

La luz que refulgía en la salida de aquel pasadizo era muy fuerte pero se mantenía perfectamente fuera del lugar, sin difundirse en la penumbra. Tuvo que arreglárselas para evadir a una docena de deshilachadas y podridas raíces que en algunos tramos le impedían el paso.

Luis se acordó de lo que contaban los que afirmaban haber vuelto de la muerte, y se desdijo de la conclusión que había obtenido a la entrada; ahora la luz era la epifanía de un poderoso dios que lo llamaba para insuflarle vida. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas de que esto ocurriera.

Alcanzó el final del pasadizo. El rectángulo lumínico se agrandaba mientras Luis se acercaba. Cerró los ojos y lo traspasó.

Luis se detuvo en aquel lugar sin abrir los ojos, solamente escuchando el conocido sonido que penetraba su alma. Antes de levantar sus lívidos párpados supo en qué clase de infierno se encontraba y se dio cuenta que no habría final feliz para su historia.

Mientras mantenía sus párpados apretados y la oscuridad inundaba su alma, Luis escuchó una fuerte bocina de camión; luego una frenada, la llamada de un teléfono celular, otras bocinas de colectivos, gente que gritaba, una sirena de ambulancia, otra de policía y un evangelista que hablaba a los gritos sobre las bondades de su iglesia. Luego, algo lo empujó. Levantó sus párpados y dejó que sus indiferentes ojos muertos se bañaran de luz. Vio como el hombre que lo había empujado caminaba calle abajo y lo maldecía. Cientos de personas caminaban delante de él, apartando las miradas del tenebroso yuppie: trabajadores gemelos con teléfonos celulares pegados a sus orejas, tristes mujeres que esperaban en vano alguna mirada, camareros que llevaban bandejas con sándwichs y gaseosas, jóvenes que comían pequeños helados de chocolate y vainilla, un vagabundo que sonreía enigmáticamente, niños llorosos arañando los brazos de desentendidas madres; caras y más caras que se fundían en una sola, la que pasaba a cada instante, el cuerpo vomitado por la corriente. Una hermosa chica, cuya remera promocionaba una sala de cine, trató de darle un papel, que cayó al piso porque Luis escondió rápidamente su mano en el bolsillo del pantalón.

Miró atrás, pero la salida del túnel había desaparecido, suplantada por una casa de electrodomésticos. Vio su propia imagen asombrarse en un televisor gigante; estaba siendo filmado por una pequeña cámara que lo apuntaba desde arriba de un centro musical. Se volteó y comprobó que estaba parado cerca del cordón de la vereda, enfrentando una transitada avenida. Tenía como compañía a cientos de personas que miraban con apremio el semáforo.

El día era soleado y Luis levantó su mirada para encontrarse con el poderoso astro que iluminaba la tierra, pero en ese momento un sucio colectivo con el caño de escape destrozado pasó, dejando una desvergonzada nube de humo negro que ocultó bajo su manto a los que estaban por cruzar hacia una plaza. Luego, el semáforo cambió y  todos se lanzaron a la calle rozando a Luis, que quedó parado casi en el cordón de la vereda.

“¿Por qué no crucé?”

Se contestó a sí mismo, argumentando que no quería seguirle el ritmo a los lunáticos que todavía estaban con vida y trataban de apurarse para que no se les pasara sin haber metido unos cuántos goles. Él, cuando vivía, tampoco se había dado cuenta de que la muerte se parecía a un policía de tránsito; si andabas demasiado rápido simplemente te paraba y te hacía firmar una multa eterna. La diferencia era que la muerte no avisaba cuando iba a actuar, en cambio los canas le hacían una seña al desafortunado conductor, como en aquel momento a una respingada dama que conducía un auto último modelo.

Luis reflexionaba, cuando otra nube de humo, ésta perteneciente al caño de escape de un camión, lo rodeó. Luego escuchó unas maldiciones y las personas que estaban junto a él cruzaron. Entonces, miró hacia la plaza que había cruzando la calle y se concentró en el césped; la alfombra verde brillaba amenazante, era su enemigo, ya que se alimentaba del humus y él en aquel momento no debería ser más que una de aquellas sustancias nutrientes. Se consideró a sí mismo como una afrenta a la cadena alimenticia terrestre. Rebelde a la naturaleza, aunque no por su propia voluntad. La tierra, el suelo, los animales, los vegetales; murmuraban el nombre del odiado joven. Los humanos simplemente le deberían temer, pero sólo el reino vegetal y animal tendrían la intuición de odiarlo.

Al mirar alrededor vio como entre el cielo y la ciudad se interponía una opaca alfombra que hacía que no se apreciara nítidamente el celeste de arriba. “¡Éste sí que es verdadero!”, se dijo Luis. Y luego vio como las calles estaban repletas de pequeños papeles que se deslizaban por el piso junto con sus coloreados padres; latas de gaseosa que lanzaban reflejos fugaces a sus ojos vítreos.

Nunca había sido ecologista; pensaba que las personas dedicadas exclusivamente a la naturaleza no eran más que tontos y arrogantes jóvenes que lloraban ante un perro sarnoso y eran indiferentes frente a un niño hambriento. También estaban los que, desesperados por una candidatura, enarbolaban un verdoso eslogan. Aunque le gustaban las plantas y los árboles y si podía hacer algo en su favor, lo hacía.

Su padre solía decir que había que dejar al hombre destruir el mundo; sería la ruina de la humanidad y la salvación del universo.

Luis sospechaba que el hombre quería destruir el mundo para desaparecer. Estaba seguro de que los hombres eran un infierno en sí; corazones inundados de cientos de demonios, bípedos expulsados diariamente del paraíso, surcaban las calles buscando algo que nunca iban a encontrar. En el mundo las mejores intenciones se convertían en las peores; lo mismo le había ocurrido al laborioso viejo barbudo. Al infierno lo había creado Dios, después de verse reflejado en los ojos de Adán y Eva. Luis se dijo: “El peor infierno, el más ardiente de todos, soy (o era) yo. Por otro lado, si cada transeúnte tiene una idea propia del infierno, y éste no existe más que en nuestro pensamiento, hay tantos infiernos como personas. Por lo tanto, las ciudades son los peores infiernos; están transitadas por millones de ellos”.

Recordó que sus pensamientos habían sido avivados por el dilema con la naturaleza y, mientras observaba a los gases que flotaban en el aire, concluyó que la naturaleza estaría lejos de odiarlo. El planeta se quejaba por la misma razón que lo hacía él; tenía que ver con sus propios ojos cómo minuto tras minuto, hora tras hora, se iba pudriendo. Sonrió, mientras estaba en aquella esquina céntrica, y se dijo que la naturaleza sólo debía tenerle rencor porque había desobedecido una de sus supuestas reglas. ¡Luz verde!

Estaba divagando demasiado, se dijo Luis, y cruzó la calle con otros peatones.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 14. El justiciero.

14. El justiciero.

Jorge bajó el peldaño y espió una vez más, asomando su cabeza fuera de la guarida donde estaba con sus amigos, en la entrada del edificio. Les contó a los demás lo que había visto. Los tres salieron corriendo y doblaron en la esquina, para tratar de que Chula y Olga los perdieran de vista.

Al doblar en aquella esquina, Jorge se fijó si tenían la suerte de que algún colectivo pasara en aquellas horas, pero la calle estaba vacía. Ni siquiera un taxi. Debían de ser las cuatro de la mañana y lo único que se veía en las calles de ese antiguo barrio céntrico eran gatos. Miró hacia la otra vereda, donde había una remisería. El viaje les saldría caro, se dijo Jorge, pero era la única forma de que aquella noche terminara. Los tres cruzaron corriendo, siempre con Jorge a la delantera y, gracias a que la puerta de la remisería estaba abierta, entraron.

La remisería tenía un antiguo mostrador, por lo que parecía que era un antiguo almacén reciclado. Jorge llamó, pero nadie salió. El lugar parecía estar vacío. Esperaron diez segundos y Jorge golpeó la madera del mostrador con el puño cerrado… Diez segundos más. Jorge miró a sus amigos y en silencio se dispuso a golpear nuevamente el mostrador cuando un hombre gordo, bajito y pelado, salió de una especie de biombo que separaba el negocio del interior de aquella casona. El hombre caminó hasta ellos tratando de meter su camisa dentro de sus holgados pantalones negros. Tenía la cara y la camisa tan sudada que parecía que le habían echado aceite. Sus regocijados ojos húmedos flotaban entre marcadas ojeras. La pelada brillaba y en ese reflejo, efecto de la lámpara que colgaba del techo, fue en el que se concentró Juan para no reír a carcajadas cuando el hombrecito les habló. Se acercó a ellos sonriendo:

 —Miren chicos, estoy yo sólo trabajando hoy… —Hizo una pausa, se llevó las  manos a su pelada y trató de secarse la transpiración—. Si quieren que los lleve van a tener que esperar a que cierre el negocio.

Las cortinas rosas del biombo se movieron y una pequeña mano femenina apareció ante la vista de todos. La joven salió ante la curiosa mirada de los tres amigos, acomodándose una remera ajustada. Después de ponerse la top, se calzó el zapato de taco que llevaba en la mano y se acomodó el que ya tenía puesto pisando en el piso varias veces.

Era una prostituta joven, casi adolescente, de no más de diecisiete años. Su pelo era castaño y sus facciones de gran belleza. Cuando terminó de arreglarse, levantó la vista, mostrando sus ojos azules. Al ver a los tres jóvenes, lanzó una risa inocente al aire y les dedicó una sonrisa. Se acercó al remisero, le sonrió y susurró algo al oído. Éste fue a la caja y sacó veinte pesos que le entregó a la chica, dándole una palmada en su pequeño y bien formado trasero, protegido tan sólo por una minifalda verde claro.

Por los nervios acumulados aquella noche o por otra razón, lo cierto era que Juan empezó a reír. Jorge lo siguió. ¡Así que por eso no aparecía el tipo! De repente, se sintió a salvo y una sensación grata lo colmó. Miró la cara de sus amigos; los ojos de Leonardo brillaban, Juan no paraba de ojear el culo de la chica con una sonrisa tonta.

La joven prostituta se dirigió a la puerta de calle. Por un momento todo lo que escucharon los tres chicos fue el ruido de los tacos de aquella chica golpeando el suelo de la remisería. A los jóvenes les pareció que el tiempo se detenía y los hechos se estiraban en cámara lenta; los pasos de la chica hasta la puerta, las sonrisas dibujadas en sus propias caras, la cara del remisero pelado que miraba cómo se movía el trasero de la chica mientras se alejaba. Vivieron aquel momento como ningún otro en su vida. Se sintieron jóvenes.

Eso era lo extraño; ellos eran jóvenes, casi adolescentes. Sin embargo, sentirse joven era distinto. Se miraron entre ellos y se entendieron  dejando atrás todo otro pensamiento que no sea: ¡Qué noche extraña!. Sus almas se conectaron. Estuvieron a punto de alcanzar el secreto de la inmortalidad, pero una mosca que zumbaba pegada a la lamparita que colgaba del techo los distrajo. El momento pasó y, sin embargo, parecía seguir estando ahí, tan al alcance de sus manos.

Leonardo miró al remisero, mientras la prostituta alcanzaba la puerta y preguntó:

—¿De dónde saca esas putas tan lindas?

 —Sandra no es una puta, es un ángel—contestó el remisero.

En el fondo, todos ellos estaban dispuestos a creerlo. La siguieron con la vista hasta que bajó el escalón y siguió caminando, ya fuera del negocio, pegada a la vidriera de la remisería. Luego desapareció y todos volvieron a tierra.

El remisero agarró las llaves del negocio y los chicos empezaron a discutir sobre cómo había tocado el baterista de Los Misteriosos.

—Tenía la pierna dura como sorete de terraza. Creo que fue uno de los peores días de Darío—dijo Jorge.

 —Para mí estuvo bien… el problema es que lo dejó la novia.—opinó Leonardo.

 —¿Y eso qué tiene que ver?—preguntó Juan.

—¡¿Qué tiene que ver?!—Leonardo miró a Juan cómo si éste hubiera preguntado cuantos días tiene la semana—. Cuando lo emocional va mal, todo va mal. No podés llevar el ritmo… el pibe está destruido.

Siguieron hablando sobre Darío, el baterista de Los misteriosos, sin darse cuenta que Chula y Olga aparecían en escena caminando por el mismo lado por el que se había ido la prostituta. Olga estaba fumando un porro y Chula había guardado la navaja para comer un alfajor Guaymallen que había comprado en un quiosco de por ahí. Ambos estaban cansados y se habían olvidado ya del grupo de chicos. Olga se dio media vuelta y miró hacia atrás.

 —¡Qué puta ésa eh, Chula! Si tuviera unos pesos de más… ¡Qué buena que estaba!

Chula asintió con la cabeza y cuando iba a darle un nuevo mordiscón a su alfajor, miró hacia dentro de la remisería, donde divisó a los tres amigos.

Les sonrió a través del vidrio. Los tres jóvenes miraron atónitos. Olga también los había descubierto y trataba de saludarlos con una sonrisa burlona mientras les clavaba sus desorbitados ojos.

Al ver a Olga, reaccionaron y se dirigieron velozmente a la puerta. Chula iba a meterse en la remisería, cuando los otros alcanzaron la puerta y cerraron, dejando atrapada la mitad del cuerpo del joven dentro del negocio. Éste empujó, sus desesperados ojos azules fulminando los de Jorge. Olga ayudaba tratando de abrir la puerta y maldiciendo.

Dentro, los tres jóvenes empujaban tanto que a Chula le dolía el brazo y gritaba como un cerdo degollado. De repente, se escuchó un grito que se hundió en los oídos de los tres amigos. Sin dejar de empujar, Leonardo y Juan miraron sobre sus hombros.

El remisero estaba parado en la mitad de la remisería, apuntando a la puerta con un arma. Jorge no se percató de esto hasta que sintió algo frío que le tocaba la nuca. Al darse vuelta, mientras seguía empujando para que Chula no se metiera, vio como el pelado le apuntaba a la cara.

—¡Salgan ya todos de mi negocio!…O les pongo balas hasta en el culo.

Hablaba con tranquilidad, pensó Jorge mientras empujaba. Había tenido buen sexo esa noche y por eso controlaba sus nervios. Olga maldecía a Jorge, mientras Chula seguía gritando de dolor.

—Repito: ¡Salgan todos de acá!…—Una gran gota de sudor se deslizó por la llanura de su cien y cayó al piso—. …¡Ya!…¡Dejen la puerta!…¡Voy a contar hasta tres y los cago a tiros!

Jorge dejó que sus amigos siguieran empujando y se enfrentó a la cuarenta y cinco del remisero.

—¡Uno!,…¡y  voy para dooos!

—Escúcheme—Trató de explicarse Jorge—. Si salimos, estos dos drogados van a matarnos, ¡están locos!

 —¡Dos!… ¡y  voy para treees!

Atrás de Jorge, Leonardo y Juan seguían empujando la puerta. Chula había logrado meter un brazo y trataba de agarrar la cara de Juan mientras escupía a Leonardo. Éste miró atrás y dejó de empujar.

— ¡Y….!—apuró el remisero.

—¡No dispare!—dijo Jorge y tocó a su amigo—. ¡Dejá la puerta!

Juan dejó de empujar. La puerta se abrió y dio contra la vidriera con gran estruendo. Chula quedó libre y cayó al piso, desde donde puteó. Luego se levantó, sediento de venganza, con su cara hinchada y colorada.

Olga y Chula quedaron a la vista del remisero pelado, que los apuntaba. Chula tenía un hilo de saliva que recubría sus labios haciéndolos brillar. Habló escupiendo:

—¡Hola, Ruben!

 —Arreglen sus asuntos afuera, Chula. No quiero problemas en el negocio.

 —No va a haber problemas, Ruben, ¿alguna vez nos metimos con usted?—Chula  movió su dedo índice en el aire—. ¡No! ¿Alguna vez nos metimos con sus putas?—. Chula miró a Olga que negaba con su cabeza y luego repitió— ¡Nooo!—Ahora miraba fijamente al remisero—. Usted es como nosotros, Ruben: ¡un gran pajero!—. Chula escupió la baba que le incomodaba. La saliva salió con una flema blanca que cayó en la zapatilla de Jorge, donde se quedó adherida.

 Jorge no vio la mancha blanca en su zapatilla ya que estaba pensando en como escapar. “¡Imposible!”, se dijo mientras observaba como negaba con la cabeza Olga.

 —¡Salgan!— Ruben apuntaba a la cabeza de Jorge mientras hablaba—. ¡Vamos!…

Chula y Olga se corrieron a un costado. Jorge fue el primero en salir. Olga empezó a reír con la súbita intensidad de un maníaco. Chula se metió un dedo en la nariz y extrajo una mucosidad verde que pegó en la frente de Jorge mientras éste salía. Jorge, que estaba verdaderamente asustado, lo aguantó callado.

—Traten de no ensuciar mi vereda, Chula—dijo Ruben y señaló la vereda contigua—. ¡Mátense al lado!

—Está bien, máquina—dijo Chula mientras posaba sus ojos en las figuras de los tres chicos que, en fila, habían salido del interior de la remisería.

Otra vez estaban enfrentados. Los tres vieron como la luz de los faroles se reflejaba en el filo de la navaja que Chula les enseñaba mientras Olga reía maliciosamente. Por encima de su risa, un sonido se escuchó.

Sonó a chapa. La habían golpeado fuerte. Todos torcieron sus cabezas y sólo uno acertó en la dirección.

En la vereda de enfrente había un puesto de diario cerrado. Jorge vio como una sombra salía de atrás de éste y se deslizaba lentamente hacia donde estaban ellos. No se podía ver claramente a quién pertenecía ya que en el lugar un gran árbol filtraba la luz  el alumbrado. No había duda de que era un ser humano él que la causaba, ya que podía verse la alargada sombra de dos piernas que se acercaban. Jorge miró a Chula, que parecía babear de satisfacción.  Al volver la vista la sombra se había hecho carne. Juan gritó.

Alguien estaba parado en la calle, mirando al remisero, que había empezado a cerrar su negocio. Del lado derecho de la puerta de la remisería formaban una fila los tres amigos; del lado izquierdo Chula y Olga los amenazaban. Juan había gritado porque el desconocido llevaba un arma con la que apuntaba a Ruben. Éste levantó la cuarenta y cinco.

Se escuchó un disparo y la cabeza de Ruben se echó para atrás desparramando en la vidriera buena parte de su contenido. Luego de tambalearse, todo su cuerpo se desplomó. Chula miró hacia donde venía el disparo y se encontró con el impresionante semblante del que había apretado el gatillo.

Éste parecía un justiciero, parado en el medio de la calle, con las piernas separadas. Vestía un saco negro y pantalones del mismo color. Chula le enseñó primero la navaja, luego sus dientes y se abalanzó contra el joven desfigurado.

El desconocido acercó su arma al pecho de Chula y disparó dos veces. Las balas traspasaron al joven y se perdieron dentro del local.

Olga le pegó una patada en el estómago al justiciero, mientras los tres chicos dejaban de mirar asombrados y empezaban a correr. El justiciero apenas trastabilló; avanzó, ofreció su cara y dejó que le pegara una y otra vez.

 —¡Sos más feo que un sorete!—gritó Olga mientras empezaba a darse vuelta para huir.

 —¡Date vuelta!—El desconocido hablaba guturalmente.

Olga se dio vuelta. Era imposible saber cuándo, pero había metido la mano en el bolsillo y recuperado un porro. Se plantó frente al justiciero y le dio una última pitada a aquel porro. El justiciero disparó una vez a la cabeza y observó como el porro iba cayendo. Un orificio empezó a chorrear sangre en la frente de Olga. El justiciero apretó nuevamente el gatillo pero la bala no salió. Apretó otra vez. Nada. Se le habían acabado. Olga se derrumbó.

Cuando el justiciero se dio vuelta, los otros jóvenes habían desaparecido. Corrían desesperadamente, cien metros más abajo, por el medio de la calle.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 12. La revolución blanca.

12. LA REVOLUCIÓN BLANCA

Luis se detuvo en el portal de un viejo edificio de aquella cuadra, cerca de donde se había encontrado con el daimon, con la treinta y ocho en la mano derecha. Para su sorpresa, los tres jóvenes se escondieron en una de las entradas de los edificios cercanos a la esquina por donde habían aparecido y uno de ellos miraba continuamente calle abajo, seguramente para verificar si había rastros de los perseguidores. Luis guardó la pistola en el cinturón.

Fue ahí, mientras esperaba para descubrir quién era el que perseguía a estos jóvenes, donde vio su aspecto por segunda vez después de muerto. La primera, había sido en el espejo del baño de “La Esquina del Sol”. Ésta fue en la chapa del portero eléctrico de aquel edificio.

Deformado aún más por la naturaleza del elemento en que se veía atrapado, su reflejo convertía a Luis en un monstruo. Su cara estaba demasiado amoratada y le faltaban pedazos de carne en algunos lugares. En el pómulo izquierdo del reflejo, que sería el derecho en la realidad —¡la realidad!, pensó Luis, era una palabra demasiado obscena y soberbia como para nombrarla en aquellos momentos— había aparecido una mancha blancuzca. Al acercar su faz al portero, Luis se dio cuenta que aquella mancha no era más que el principio de su propio hueso. ¡Así que los gusanos habían disfrutado su cena de madrugada!

Rápidamente, se llevó la mano a la cara para tocar aquella zona. Al hacerlo constató nuevamente que su mano no le transmitía ninguna sensación táctil. La única bendición había sido perder el sentido del olfato, ya que gracias a eso no podía sentir su propio olor a podrido. Luis se dijo que, tal vez, todo fuera plan de un dios inepto que había fallado al resucitarlo completamente; lo había dejado en este estado, muerto, y con los sentidos táctil y olfativo atrofiados. Tal vez, las mismas leyes que actuaban en el nacimiento, lo hacían para la resurrección; él se había levantado antes de tiempo y, prematuro, estaba pagando las consecuencias de este desliz divino. Siguió mirando su cara por unos segundos, elevó los dedos de su mano izquierda y se los quedó mirando asombrado.

El dedo índice había perdido la carne que lo recubría y la falange estaba completamente desnuda, en la superficie, brillando por los reflejos de las luces de mercurio de la calle. Su uña parecía haber crecido. ¡Así que había empezado la revolución!, pensó Luis. Piel y carne reemplazadas por sucia blancura. Mientras articulaba la falange delante de su vista no pudo evitar volver a preguntarse quién le había hecho volver a la vida y para qué. No había razones en este momento y Luis pensaba que tampoco las habría en el futuro. Simplemente, era el sueño de la eternidad frustrada, porque él, sin vida, podía ver cómo se estaba pudriendo. ¿Cuantos días faltarían para que sus ligamentos y huesos se empezaran a romper y debiera arrastrarse o quedar tirado en el piso?

¿Qué razón tendría aquella existencia?, se preguntó Luis mientras bajaba su mano y escuchaba las asustadas voces de los jóvenes. Pensó que si realmente existía un Dios, éste debía estar más loco que el daimon pistolero. En ese momento, el pequeño parlantito incrustado dentro del portero del edificio comenzó a chillar interferencias.

El murmullo metálico subió de tono y se escuchó un chasquido. Alguien iba a hablar de algún piso de aquel viejo emporio. La voz del daimon fue claramente identificable. Tranquila y chillona a la vez:

 —Tenés trabajo que hacer, Luis… Ellos están por pasar y va a ser mejor que los sigás… No podés quedar mal en tu primer día. Tu cuerpo te lo va a agradecer—Calló por un momento y luego gritó:—. ¡Suerte al zombi!

El portero hizo un último chasquido y quedó callado.

Los jóvenes salieron de su escondite ante el aviso del que miraba calle abajo.

Luis se asomó y miró. Los tres chicos que venían corriendo estaban muy asustados.

El joven muerto se escondió nuevamente en la entrada del edificio y vio cómo las tres siluetas de los chicos cruzaban por un segundo ante su campo visual y seguían corriendo calle abajo. Se dio cuenta que era el turno de los perseguidores y se mantuvo apretado contra la pared. Al rato aparecieron.

Éstos eran dos y estaban muy agitados, por lo que habían dejado de correr y pasaron caminando frente a Luis. Uno era un joven alto y flaco de melena larga y negra, que movía su cabeza exageradamente mientras caminaba y, exhausto, abría la boca para dejar entrar aire en sus pulmones. El otro era mucho más bajo y llevaba pelo corto negro, crispado, y miraba al cielo mientras respiraba con dificultad y puteaba. Un punk moderado, pensó Luis y se fijó mejor en el de pelo largo; llevaba una navaja en su mano y su mirada inyectada en sangre denotaba que estaba muy puesto.

Al llegar a la esquina, el más alto gritó, maldiciendo y alentó al otro para que empezara a correr. Los dos se internaron calle abajo. Luego, volvió el silencio.

Luis Marte vio como el alumbrado público de aquella cuadra chisporroteaba y se apagaba. Trató de ver su cara nuevamente en el portero. No pudo, la luz de la luna no era suficiente. Entonces salió de su escondite y, recordando las palabras del daimon, fue tras aquellos lunáticos.

por Adrián Gastón Fares

PD: Seguirá ¡Suerte al zombi! Pero me gustaría también que lean esta entrevista en la que hablan de Beethoven:

http://negratinta.com/sergi-bellver-beethoven-llego-a-ser-un-genio-porque-se-empecino-en-ser-libre/

y que vean esta película (no se han hecho muchas sobre Beethoven) No hay mucho para elegir. Aquí un usuario la subió gratis en español. Yo la encontré en alta calidad en inglés. Se llama Copying Beethoven (La pasión de Beethoven en español) y fue dirigida por Agnieska Holland en el año 2006 (hace más de diez años).

 

 

Suerte al zombi. 10. Daimón.

10. DAIMON

Luis se encontró con el viejo daimon en una de las cuadras cercanas al boliche. Éste estaba sentado en la vereda de un negocio, reclinado contra la persiana de hierro y tenía dos armas, una en cada mano, apoyadas en el piso, con los cañones apuntando directamente al cielo. Las manos del daimon eran grandes, con uñas que serían la envidia de algunas mujeres.

Levantó la cabeza y miró a Luis por unos segundos. Entonces las palabras fluyeron de su boca:

—¡Luis Marte necesita un arma!—Remarcaba cada una de las palabras con voz de falsete—. Debe cuidarse de los asesinos. Antes que me preguntés, te voy a decir que soy un daimon, viejo pero vivito y coleando. Y a continuación, paso a leerte lo que quiere decir—Metió la mano en su tapado, sacó un libro grueso y empezó a pasar las páginas—. Haber…, acá está…, esperá, eh… —Sus labios se abrieron para dejar pasar a una risa nerviosa—. Acá—Empezó a deslizar su dedo por una página amarilla—. ¡Sí!…—Se aclaró la garganta escupiendo al piso— “…todo lo que es daimónico es intermediario entre el dios y el mortal…, el daimon se ocupa de transmitir a los dioses todo lo que procede de los hombres y a los hombres lo que procede de los dioses”—Suspiró y deslizó su dedo hasta el pie de página—Acá dice que hasta el amor es un daimon…, ¿qué me contás, eh?… ¡Sí que somos famosos!—Guardó el libro en el traje.

—El problema es que no sé a que clase de dios vos servís…

El daimon soltó una risita histérica.

—Me cagaste, hermano: Yo tampoco lo sé, pero me estoy entrenando para descubrirlo y vos vas a ayudarme. En el libro dice que los daimones conducimos a las almas en su viaje al Hades y no dejamos que se pierdan. Por lo tanto, soy tu guía. Te debo advertir, también, que no soy ningún Hermes, eh. Muchos me han confundido.

Luis se quedó parado, escuchando las palabras del demacrado engendro. Miraba abajo, tratando de encontrar los ojos del daimon, pero éste miraba el piso y su larga cabellera negra y grasosa le impedía a Luis unir las facciones para hacerse un bosquejo de su aspecto.

El daimon tenía forma humana; despatarrado en la vereda, de cuerpo fláccido, cubría sus pies con unas alpargatas destrozadas y llevaba un viejo tapado marrón descolorido y agujereado, bajo el cual una camisa, que alguna vez había sido blanca, se abría para dejar salir a los hirsutos pelos que le crecían en el pecho. Su aspecto era el de un pordiosero, un vagabundo que se alimentaba de bolsas de basura.

Seguía lloviendo y el engendro abrió la boca, dejando que gotas de lluvia bañaran su garganta. Luis descubrió con fascinación que en lugar de ojos tenía dos ombligos, pequeños y hundidos, con pequeñas pestañas que se cerraban para protegerlos. Su cara era flaca y larga, como todo su cuerpo, con una pequeña boca que se movía rápidamente. Su nariz, casi imperceptible.

Mientras Luis seguía maravillado observando el aspecto del daimon, éste cerró la boca y movió su cara para mirarlo con sus dos ombligos. Habló mientras escupía el agua que había tragado.

—¡Luis Marte necesita una pistola!—Su voz más chillona aún—. Y yo tengo dos. Unas treinta y ocho común y corriente, pero funcionan.

Luis estaba pensando que aquel daimon tenía una manera de hablar parecida a la del abuelo de Los Simpsons, cuando el desgraciado levantó la pistola de su mano derecha, apuntó rápidamente y disparó. El joven vio como un gato que estaba durmiendo arriba de unas bolsas de basura, caía, se retorcía y quedaba en el piso en una caprichosa postura. Enseguida, el daimon levantó la otra pistola y se escuchó un nuevo disparo. Luis se dio vuelta para ver qué animal había tenido mala suerte en esa oportunidad, pero la bala debió de haberse perdido en la sabana gris.

Al darse vuelta, el daimon se reía a carcajadas, dejando salir de su garganta un chirrido metálico.

—Perdoná—Se llevó una mano a la cara dejando el arma a un costado y se cubrió los dos ombligos con sus largos dedos. En una instante tapaba sus “ojos” y en otro separaba los dedos frenéticamente, espiando a Luis y soltando carcajadas— ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!…, perdoname, por favor. Esta noche estoy más estúpido que de costumbre. Puede ser que tu olor a mierda me embelezca. O que tu estado me impresiona. Por eso no soy amigo de la muerte. ¡Mirá lo que te hizo a vos!

Señaló a Luis con una de las armas y se levantó, agarrando la que había dejado en el piso. Era alto, muy alto, tenía piernas largas y, de pie, su cuerpo parecía un escarbadientes ataviado. Se acercó a Luis apuntándole a la cabeza con las dos armas.

—¿Vas a perdonarme lo de las rodillas o te disparo en la cabeza?—dijo irónicamente y acercó los cañones a los ojos de Luis— Puedo hacer que las mujeres digan que tenés dos luceros muy hermosos, que alumbran con todo su…—Se agachó como si se le hubiera ocurrido el mejor chiste del mundo y escupió una risa—. ¡Sangre! ¡Ji!, ¡Ji!, ¡Ji!

“Me tocó el daimon más estúpido del universo”, pensó un confundido Luis. El idiota apuntó nuevamente y le preguntó lo mismo… ¿Rodillas? Luis miró sus piernas y se desplomó. Tenía sangre en su pantalón negro y aunque no sentía ningún dolor, al verla cayó, dándose cuenta que el daimon, al disparar por segunda vez, le había dado en su rodilla izquierda.

Lo que le pareció gracioso a Luis y lo hizo sonreír, era que no se había caído hasta darse cuenta que estaba malherido. Esto y el hecho de que tres veces había dado su cara contra el pavimento desde que había dejado el velatorio. ¿Sería que la tierra lo reclamaba? Después de todo, él debía de estar bajo tierra hacía casi un día. Era una ley acatada por todo el mundo y él la había desobedecido.

El daimon reía sin parar. “Éste es un boludo”, pensó Luis mientras trataba sin éxito de levantarse.

—¿Me perdonás, asqueroso Luis?—Le volvió a poner las dos pistolas en los ojos, esta vez apretándolas contra las cuencas—. Decí que sí y seguirás así, decí que no y vas a ser un muerto ciego… y rengo.

Luis se vio a sí mismo personificando a una de las albóndigas vivientes que arrastraban las piernas en aquellas películas de George Romero. Esta visión fue la que lo hizo gritar:

—¡Te perdono!…Sí que te perdono demonio estúpido y logúrrr…

Iba a decir loco pero una de sus cuerdas vocales saltó, como cuando se corta la de una guitarra, y le salió ese extraño gruñido de su garganta. Luis cerró los ojos. Así que se le estaban pudriendo las cuerdas vocales; era algo en lo que no había pensado. Simplemente no se veía a sí mismo mudo. Ni ciego. Ni rengo.

En ese momento sintió cómo lo levantaban. El daimon lo agarró de las axilas y lo apoyó contra la persiana metálica de aquel negocio, sosteniéndolo con sus fuertes manos para que no cayera. Luego acercó su faz a la de Luis y le susurró:

—Te voy a recomponer la pierna porque fue mi culpa.

Se agachó, pasó su pistola a la mano derecha junto con la otra y metió la izquierda dentro del orificio que había en el pantalón de Luis, removiendo la carne. Cerró la herida dando vuelta a aquella carne como la abuelita de Luis a la masa cuando preparaba ravioles. Luego, acarició el orificio quemado en el pantalón y éste se cosió inmediatamente. Soltó a Luis. Éste se mantuvo parado por su cuenta.

—¡Ya está!—dijo el daimon, mientras limpiaba su mano ensangrentada en el mohoso saco, luego miró a Luis— ¿Somos amigos de vuelta?…Amigos son los amigos: ¿Te acordás de eso, Luis?. Carlín Calvo. Pablo Rago. ¿Y si jugamos a que yo soy Carlín y vos sos Pablito, amiguito?

Luis maldijo al dios o, mejor dicho, demonio —sí es que había alguna diferencia entre los dos— que le había mandado aquel daimon. Se apartó de la silueta expectante y empezó a caminar. La pierna no le traía ningún problema. Habló casi para sí mismo, susurrando:

— ¿Cuál es el trato que vas a tener que hacer con mi alma para descubrir a tu dios?

El engendro le sonrió a Luis sarcásticamente.

—¿Trato?. Ninguno. Sólo voy a presentarte a algunos amigos—contestó.

El daimon estaba erguido con las dos pistolas colgando de sus manos. Luis lo enfrentaba. Hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la razón de la vida?

—La muerte— contestó el daimon.

—Entonces… ¿por qué no estoy muerto totalmente?

—Porque la muerte no es la razón de tu vida. Y porque te rebelaste.

—¿A quién me rebele?—Luis había levantado un poco su tono de voz.

—Al culo de tu vieja, idiota—El daimon reía—. ¿Quién te creés que soy yo? ¿Un Yoda? No sé nada. Todo lo que te dije fueron inventos. Escuchame—Levantó su largo brazo derecho y le tendió el arma a Luis—. Sólo vine a darte esto.

Luis titubeó por un momento y luego agarró el arma. El daimon levantó su tapado y le hizo seña con el arma que todavía conservaba para que Luis guarde la suya. Éste así lo hizo. El cinturón la mantuvo entre el pantalón y la camisa blanca. Luego se acomodó el saco de vuelta.

—Te estás pudriendo, Luisito—dijo el daimon—. Voy a presentarte a un par de chicos que muy pronto van a estar tan podridos como vos. Ya vienen… —El daimon sonrió, mostrando sus dientes amarillos—. Te retuve este tiempo charlando y hablando pavadas tan sólo para que vieras a unos amigos y si querés seguirlos…

Luis escuchó el retumbe de frenéticas pisadas. Los ruidos estaban cerca. Debían ser tres o cuatro personas las que se acercaban a tropezones y corriendo. El daimon lo abofeteó para que Luis volviera a mirarlo y luego parpadeó, ocultando y mostrando nuevamente sus dos ombligos.

—Ahora usá el arma por primera vez conmigo, Luis. Dicen que traigo suerte.

Luis no dudó. Llevó su mano debajo del traje y agarró el arma atrapada en su cinturón. Se acercó dos pasos más al daimon y apuntó la treinta y ocho a la cabeza. El engendro mantuvo su arma apuntando al piso y Luis apretó tres veces el gatillo, dando de lleno en la cabeza del daimon mientras éste sonreía como un payaso de circo. Cuando la última bala penetró en el cráneo y éste se abrió dejando caer su contenido dentro de un negocio —los sesos atravesaron las persianas de hierro oxidado con forma de rombos— el daimon desapareció dejando su arma tirada en el lugar donde había estado parado.

Luis gatilló una vez más, pero el cargador estaba vacío. Los pasos se escuchaban ahora mucho más cerca y había también voces que gritaban exhaustas en la carrera. No había duda. Se acercaban hacia donde él estaba. Estarían a la vuelta de la esquina y aparecerían en ésta en cualquier momento. La lluvia cesó. Los pasos resonaron.

Luis tiró el arma usada. Se agachó y tomo el arma que había dejado el daimon en el suelo, cuando el grupo que venía corriendo alcanzaba la esquina.

Estaban desenfrenados. Eran tres jóvenes y corrían gritándose entre ellos y mirando para atrás. Sí, asustados y desesperados. Alguien o algo los corría. Luis agradeció al daimon que le hubiese dejado su pistola… —dio vuelta el cargador verificando el contenido— cargada. Y se sintió más vivo que nunca.

por Adrián Gastón Fares

Pd: (La ilustración es una que hice para otro daimon, está vez en un árbol, para uno de los poemas del joven pálido)

Suerte al zombi. 2. Colectivo.

2. COLECTIVO

Tuvo que explicarle al colectivero que no tenía plata, se excusó diciendo que le habían robado todo lo que tenía los tipos que lo perseguían. La cara del conductor reflejaba cierto vano esfuerzo de entendimiento. Sin embargo, fue el semblante de Luis el que convenció al chófer de dejar pasar aquel muchacho de traje.

Esto es lo que vio el conductor: Trajeado joven desaliñado; con una mata de pelo corto y grasoso arremolinado alrededor del cráneo, ojos azules demasiado hundidos, coronados por finas cejas que dominaban por encima de una nariz larga, labios violáceos y apretados que se abrían un poco para dejar salir las incomprensibles palabras, que sueltas peleaban cuerpo a cuerpo unas con otras; así “chorros” llegaba pegada a “hijos-de-puta” y  “por favor” se deslizaba dentro de “de-je-me pa-sar”. Lo que más le impresionó al chófer, fue el extraño color de la piel (un naranja maquillado que no llegaba a ocultar su palidez) Todo esto acompañado de manos grandes, de dedos largos y finos, que se metían constantemente en los bolsillos de los pantalones negros y salían vacías agitándose con frenesí delante de la vista del conductor.  Señalaban, con ayuda del flaco dedo índice, la dirección donde decía que le habían asaltado, aunque el lugar ya había quedado unas cuadras atrás.

Lo que terminó de convencer al chófer de dejarlo pasar, fue el penetrante olor que el joven despedía, que parecía ganarle al monóxido de carbono y a su propia transpiración. Esto le hizo pensar que el joven debía ser un infeliz y mermó su instinto vengativo contra los “pibes canutos” que siempre querían viajar gratis. Gruñó:

 —Si sube el inspector te bajás.

Así fue como pudo viajar gratis en ese día caluroso. Luis se dio cuenta que la temperatura era elevada por las gotas de transpiración que se deslizaban por la frente del chófer. Sabía que era verano.

Enfrentó la perspectiva que formaba las filas de asientos del colectivo y trató de decidirse por uno. Vio la cara de los pocos pasajeros, que tenían la mirada dirigida hacia él, salvo la de un joven que leía en el fondo. Después de mirarlo, todos fingieron que les interesaba el asfalto por el que rodaba el colectivo o algún detalle inclasificable de la máquina expendedora de boletos, que Luis obvió con aire triunfal en su destartalada caminata hasta el asiento doble elegido, ya que los individuales estaban ocupados.

Se sentó y acomodó su cuerpo en el asiento de la ventanilla. “¡Qué extraño!”, pensó. Parecía un día caluroso, sin embargo, él no transpiraba ni tenía calor, a pesar de estar vestido con un saco negro y una camisa blanca debajo. No debía diferenciarse mucho de los tipos armados.

Otra vez no sentía sus piernas y esto le producía una sensación desagradable. Al tocarse su cara, el dedo quedó anaranjado y manchado por el maquillaje que le ponen a los muertos, ya pegajoso por la temperatura. Se dijo que, sin falta, tendría que encontrar un baño, pero primero tenía que decidir donde bajar.

Enfocó la vista en los árboles, tratando de concentrarse en ellos; en la manera en que el colectivo los iba dejando atrás, en la longitud de sus ramas y en la forma de sus hojas. De esta manera, perdió el conocimiento por un tiempo y cuando se dio vuelta fue para descubrir que una mujer gorda se había sentado a su lado. La mujer apretaba contra Luis sus sobresalientes nalgas, camufladas por una pintoresca pollera celeste. Aunque no sentía a las nalgas de la gorda, se encontraba molesto. ¿Tenía que estar apretado en todo momento, en el ataúd y ahora contra la gorda en el colectivo?

Luis vio que el sol se estaba apagando poco a poco y que las casas habían dado paso a viejos edificios, mezclados con algunos negocios. “¡Así que me lleva al centro!”, se dijo y quedó conforme. Después, volvió a mirar a la mujer obesa, que movía constantemente su cabeza hacia los costados, mirando si se desalojaba algún otro asiento. Estaba evidentemente incómoda y miraba a Luis con bronca.

 ¿Qué culpa tenía él del tráfico?, pensó mientras dirigía su mirada hacia la fila de coches, taxis y colectivos que se extendía a su costado. Vio de reojo cómo la gorda lo miraba con ganas de comérselo. ¿Sería que la pomada que le ponen a los muertos despedía un olor asqueroso? No lo sabía, porque no podía oler nada.

¿Por qué sentía que todo su cuerpo estaba dormido? Sin duda había perdido completamente el sentido del olfato y casi todo el del tacto; cuando se movía no lo hacía normalmente, sino que tenía que mirar a las partes que quería mover de su cuerpo para que lo hicieran, ya que estas partes no tenían ningún tipo de sensibilidad. ¿Qué le había pasado?

La mujer obesa había empezado a taparse la nariz y miraba a Luis como si fuera una asesino. Sí, definitivamente debía ser el maquillaje el que despedía algún tipo de olor, aunque, teóricamente, los maquillajes tienen perfumes femeninos y no demasiado fuertes. ¿Le habrían puesto un maquillaje vencido? ¿La mujer tendría alergia a los perfumes? Inmediatamente lo asaltó el recuerdo de algo que había escuchado al pasar.

En este país no perdonan a nadie. No dejan tranquilos ni a los muertos”

“Muertos. Muerto. Éste mundo está loco. O yo estoy loco. O ella está loca”, se dijo mientras miraba a la mujer que se tapaba la nariz. Vio como la gorda lo miraba una vez más, se levantaba con dificultad y se iba a sentar en el último asiento del colectivo, que había quedado libre en la última parada. Luis advirtió que conservaba en perfecto estado su audición, ya que al sentarse la mujer pudo escuchar cómo lo maldecía.

 “¡Qué se vaya a la mierda!”, pensó y  se acomodó. Dio vuelta el cuerpo y estiró las piernas a lo largo del asiento, apoyando la espalda en la pared del colectivo y la cabeza en la ventana. Así, estuvo mirando a las pocas sombras que danzaban en el techo. Sus piernas yacían inertes sobre el asiento y por la hilera de asientos dobles sobresalían sus pies, mostrando los resplandecientes zapatos negros que le habían puesto para que lo acompañaran en su caminata eterna.

Teniendo apoyada la nuca en la ventana del colectivo y dando su perfil a las pocas personas que estaban sentadas detrás de él, Luis se puso a pensar en su situación y en lo que le había ocurrido en la última hora. ¿Era una hora o dos horas? No lo sabía, pero por las sombras imperantes dentro del colectivo estaba seguro que tenía que haber pasado más de una hora desde que había salido del velatorio. Del suyo.

Velatorio… sí… pero, sin embargo, no pudo recordar —ni tampoco quiso— ya que estaba demasiado maravillado con el ritmo que llevaba el colectivo; hipnotizado por la vibración que producía el ómnibus al andar; por unas chicas que paseaban sonrientes por la calle; asombrado por la gorda que lo observaba y por su propia postura, a la que no se había atrevido nunca ya que no le gustaba dar su perfil a los demás como lo estaba haciendo ahora.

Simplemente, no podía dejar la vida para pensar en la muerte. O por lo menos en que habían pensado los demás que él estaba muerto. Luis Marte… increíble.

El viaje lo estimulaba y distraía. Luis se fijaba en los detalles de las cosas; en la mirada de un viejito, en las arrugas de las orejas de una vieja, en la transpiración que seguía deslizándose por la frente del colectivero (y cómo pisaba el acelerador, cómo el colectivo respondía). Todo era impresionante, cientos de insignificantes reflexiones embriagaban su alma.

Más tarde, se dio cuenta que él viajaba hacia algún lado cuando los demás volvían de otro; se adentraba en el atardecer, surcando calles céntricas en un destartalado colectivo, cuando muchos huían a la seguridad de sus hogares. Se preguntó si su exaltación no tendría que ver con las líneas doradas dibujadas por los rayos de sol que se habían animado a cruzar el colectivo. En aquella hora; cuando la gente se desesperaba para llegar a su casa —para estar con los suyos, cenar y tener una velada frente al televisor—, el sol alumbraba las cosas de manera mágica creando una ciudad dorada, haciendo de cada objeto un reflejo del atardecer.

Incluso en las personas se reflejaba el ocaso del sol, reflexionó Luis, y la respuesta humana sería pisar un poco más el acelerador para tratar de ganarle al tiempo, aunque sea una vez. El atardecer no hacía otra cosa que recordar a los hombres que la vida no era eterna y éstos respondían; aceleraban, tocaban las chirriantes bocinas, se puteaban y sólo algunos se maravillaban por los rayos dorados del sol. Luis se encontraba en este último grupo, le resultaba todo mágico… aunque ya estaba empezando a aburrirse.

Mientras el colectivo avanzaba lentamente por las calles céntricas, Luis se dio cuenta que no tenía un lugar adónde ir, simplemente viajaba a la deriva en un devenir de ensueños. Entendió que aquella noche no tendría un lugar adonde comer, que extrañaría los churrascos jugosos de su abuela, y que su velada frente al televisor debería ser postergada durante un tiempo. En una palabra, Luis sabía que estaba huyendo: de qué, no quiso pensarlo; de dónde, no quiso acordarse y ni hablar del por qué.

Un viejo bigotudo, al pasar junto a él en su caminata hacia la puerta trasera, se llevó por delante los zapatos negros y lo maldijo. Luis notó cómo la alegría que lo había embargado hacía un “tiempo” en un “lugar”, tal vez al despertar de una siesta —aunque las odiaba— durante aquella tarde, había desaparecido.

El aburrimiento se sumó a las bocinas; éstas se juntaron con las puteadas, las maldiciones con las miradas de las personas y éstas miradas con una mirada: la de la gorda que parecía irradiar rayos hacia él. Resultado: una vorágine de violencia en la mente de Luis.

Las bocinas, puteadas, miradas y la sombra gigante de la respuesta a una pequeña pregunta, lo hicieron resbalar.

Estaba caminando tranquilo por su barrio y, de repente, se dio cuenta que el suelo que pisaba estaba lleno de sangrer. Resbalaba.

 Frenada brusca del colectivo…

Luis cayó al piso rojo y se manchó de sangre al tratar, en vano, de levantarse.

Se aferró del cuero del asiento y cayó nuevamente.

Cayó otra vez  y sus dedos se vieron obligados a dejar el pantalón blanco de la persona a la que se había aferrado para volver a la masa acuosa.

Tocó una sustancia aceitosa en el piso sucio del colectivo.

Finalmente, aferrado de la persona, manchando todo el pantalón blanco con la sangre que sus manos bebieron del piso; Luis Marte levantó su cara y vio que el hombre tenía la cara de un enano en un cuerpo de uno ochenta y cinco y que tenía un diario apretado contra su pecho. Escuchó el ladrido de un perro cerca.

Rugió el motor de una moto sobre los demás. Luis logró apoyarse en el asiento e intentó volver a su posición. Parpadeaba. Veía y no veía.

El hombre cabeza-de-enano soltó su diario. Éste dio contra la cara de Luis, que seguía arrodillado en la vereda ensangrentada.

Luis miró el techo del colectivo, ya acomodado en el asiento. Sus párpados no volvieron a bajar. Apoyaba su cabeza  contra la ventana del colectivo y tenía los ojos en blanco. En la superficie de los ojos de Luis, que miraban el techo, se empezó a proyectar una mini-película. No se movían, inertes, no tenían iris ni pupila, tan sólo un océano blanco. Y en este océano redondo se veía cómo fulguraban elementos rojos, verdes y azules. Y todos estos elementos formaban imágenes, qué sólo él veía:

Luis se levantaba y agarraba el diario en una calle arbolada, cerca de una esquina en la que había un cartel de una remisería y la indicación de una parada de colectivo.  Miró el diario que tenía en sus manos: “Tiempo”. Escuchó ladrar al perro nuevamente y se volteó para mirar calle abajo, donde divisó al hombre cabeza-de-enano, que se alejaba acompañado de un perrito cimarrón. El perro raquítico y sucio se acercaba y el hombre lo acariciaba. Estaba totalmente vestido de blanco, violentada la pureza por las manchas de sangre que le había dejado Luis en el pantalón. Éste miraba la escena,  enarcando las cejas como lo hacen los típicos hombres preocupados en las típicas películas de suspenso norteamericanas.

La cara de enano se había convertido en el semblante de un hombre normal y cincuentón, que se alejaba caminando hacia el horizonte y acariciando a su perro sarnoso mientras largaba carcajadas hacia las silenciosas casas que presenciaban su osadía. Luis volvió la vista al diario y notó que en el piso había sólo una insignificante mancha de sangre. Ni rastros de la alfombra continua en la que se había visto sumergido hacía un instante. Volvió al diario; a los titulares manchados con sangre, aportando sus manos, todavía mojadas, un poco más del líquido carmesí a ese violento pedazo de papel. Leyó los titulares: Luis Marte viaja en un colectivo huyendo de… Y en esa parte un manchón de sangre producido por su  mano inquieta le impedía leer. Luis leyó más abajo: Información en la página 65Empezó a pasar las hojas del diario; al mover la primera se deslizó una cucaracha; luego en la segunda, una oruga; en la tercera, un pichón de gorrión muerto cayó al piso. Luis cerró el diario y lo abrió al azar. Justo en la 49…

 ¡Cómo! Era la página de los muertos con todas esas crucecitas y estrellas de David. Uno de los cuadrados estaba subrayado con un redondel, como cuando se busca trabajo, y era el casillero que llevaba su nombre:

 † (Luis Marte (q.e.p.d). Falleció el 26 de febrero de 2000. Su abuela y tío invitan a acompañar sus restos al cementerio de Avellaneda, hoy a las quince horas desde casa velatoria: San Vicente 649, Villa Dominico.

Conmoción. Desesperación en la cara de Luis. Bajó la vista hasta el pie de la página: Pasar a página 77. Volvían a caer diferentes alimañas, algunas ni eran autóctonas. En la página indicada, y después de ver caer a un desmesurado ciempiés que siguió su camino en el piso, Luis Marte se dijo que todo debía ser una broma; la página contenía sólo una foto gigante, la de la gorda que lo miraba con semblante cada vez más acusador.

La cara de la gorda tomó lentamente color, aunque no tanto ya que era muy pálida. La expresión de odio se volvió incontenible. La mujer miraba hacia la ventanilla, pero con el rabillo del ojo marcaba a Luis.

Se había caído, y había tenido una alucinación. Lo aceptó todo rápidamente y se dijo que todos eran pensamientos absurdos, sin sentido, que no llevaban a ningún lugar. La sangre, ¿quería decir algo? El diario lleno de insectos, ¿estaría relacionado con su propia realidad? Bah, ¡qué importaba!

Sin embargo, no pudo evitar pensar en el diario que le había dejado aquel ¿hombre? y se acordó de otros titulares que no habían pasado desapercibidos por él en los últimos días:

Matrimonio asesinado: un periodista de cuarenta y cinco años y su esposa fueron acribillados…”. “La policía busca a los culpables del asesinato del periodista y su esposa sin tener pistas claras”.

El chófer puteaba a un taxista en ese momento; gesticulaba y dirigía maldiciones por la ventanilla. Luis volteó su cabeza. La mujer que estaba atrás lo observaba con expresión desconfiada y nerviosa por arriba de un diario. Luis le preguntó si le prestaba el diario.

 “Mi propia voz suena extraña”, pensó cuando tuvo el diario en sus manos. Su voz nunca fue tan grave y desarticulada como la que había salido en ese momento ¿Habría contraído alguna enfermedad pulmonar en algún hospital? Recordó también que en otras circunstancias le hubiera dado mucha vergüenza pedir el diario prestado, pero en las que se encontraba en ese momento ese pudor se había vuelto insignificante.

Era un Tiempo.

Empezó a hojear el diario y rápidamente encontró lo que buscaba. La noticia ocupaba un cuarto de la página número veintiséis del diario, en la sección policial:

Matan a hijo del periodista asesinado en Villa Dominico. 

Los párpados de Luis Marte se entrecerraron y un brillo inusitado renació en los ojos mientras su boca se estiraba en un rictus de dolor. De repente, le pareció haber encontrado la piedra de la sabiduría o el santo grial adentro del colectivo, en esa larga tarde. Siguió leyendo:

Luis Marte, de veinte años, falleció ayer por las heridas causadas…”

No se sorprendió al confirmar que los medios lo habían tomado por muerto, ya que él sabía que todos lo habían hecho. Ésa era la razón por la que lo estaban velando, ¿no? Todo eso lo sabía, pero lo que no entendía era cómo había sobrevivido. Había gente que despertaba en sus propios velatorios, pero eso tenía que ver con alguna extraña enfermedad, como en los relatos que había leído de Poe.

Él era un caso distinto, su cuerpo había recibido tres balas; una en el pecho, las otras dos en el estómago. Estaba escrito en el artículo. Bajó la cabeza para mirar la camisa blanca debajo del traje. Acercó los dedos a los botones y rozó uno…

Se dijo que no valía la pena fijarse. Él no sabía nada de medicina pero no había que entender mucho para darse cuenta que una persona con dos tiros en el estómago y uno en el pecho era casi imposible que sobreviviera. Casi, subrayó. Tal vez, sólo había tenido suerte y las balas no habían tocado ningún órgano vital. Tan sólo lo habían dejado insensibilizado…pero podía moverse.

Una chica linda subió al colectivo y Luis Marte se olvidó de lo que estaba pensando. Le devolvió el diario a la señora de atrás y le dio las gracias. Luego, se enfrascó en una serie de ensueños, en los cuales invitaba a salir a la chica. Se divirtió armando historias, hasta que se dijo que ya había vivido con esa chica todo lo que se podía vivir con una chica y entonces se aburrió. Trató de buscar otra, para inventar algunas variación, pero como no había, volvió a apoyar la nuca en la ventana.

Lo que Luis Marte no advirtió fue que la mujer a la que le había pedido el diario y su acompañante empezaron a hablar. Sus cuchicheos apenas se escuchaban y ambas tenían caras de horror y asco que miraban ofuscadas detrás del extraño perfil del joven, que ni se dio cuenta que las mujeres llevaban los dedos a sus narices y las apretaban. Y cuando decidió bajarse del colectivo; tampoco se avivó de que la mujer gorda, al verlo pasar y tocar el timbre, tuvo arcadas y vomitó.

por Adrián Gastón Fares

 

 

Marcado

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Los tendederos, tercera parte de la reseña de Javier Burdalo de Los tendederos.

Aquí pueden leer en el blog de Javier Burdalo la tercera parte de la reseña de mi libro de cuentos Los tendederos, Adrián Gastón Fares (2019)

Reseña de Los tendederos

Sigue la reseña escrita por Javier Burdalo:

Aún están a tiempo de conseguir y degustar LOS TENDEDEROS, libro de relatos mínimos en su extensión pero grandes en sus propuestas, de Adrián Gastón (pronto pasarán por procesos editoriales y posiblemente salgan del circuito de lo gratis aquí).

Ciencia ficción, surrealismo, paranoias, asesinatos, orientalismo… Todo un universo original y curioso para el disfrute del lector. Sí, es ficción, no entren en pánico, ¿o sí? Porque por sus resquicios se escapan notas irónico-críticas a la frialdad de este nuestro siglo.

Una breve reseña de los relatos del 19 al 28:

LA EDAD DE ROBERTO (Page 80): no se sabe que es más terrorífico, si lo que no se cuenta –ese encierro al estilo La Habitación (LAbrahmson,2015)- o lo que se narra, esa lucha despiadada contra una sociedad conformista y, lo peor, conformada, que no entiende de historiales personales y que hace pasar a todo ser viviente por los esquemas estándares de la uniformidad. A tener en cuenta, la literatura, Neruda y otros valores, que salvan a nuestro protagonista de la locura total.

DESLIZATE EN EL FUEGO (Page 85): los misterios de la criogenización, donde todo lo que se despierta puede ser maligno, sirven para contar como, nosotros, los que recibiremos a los congelados, nos comportamos a veces más estúpidamente que los que dejan experimentar con sus vidas. Miedos infinitos al futuro, no asunción del papel liberalizador del pasado, y cierta ironía capitalista y pop impregnan el relato.

PADRE (Page 92): tanto la abuelita narradora, como los personajes del cuento que la anciana cuenta, dan pavor! Porque no sabemos nunca qué son, quienes son, qué pretenden… Y como contraste: ternura, porque la narración tiene el sabor añejo de los cuentos de toda la vida, con las abuelitas de siempre. ¡Cuidado! AGastón nunca dice todo a la primera, y en la sorpresa esta el riesgo del relato.

EL AGUANTE (Page 96): una monja exorcista y un púber ¿? Dejemos el misterio para el lector, porque aquí la bandera no es un trapo, el asta no es una sujeción de una bandera, y la perfección que se pretende mostrar al público presente, en este acto institucional o académico, es la metáfora perfecta de un estado político, si se me permite, demoníaco.

LAS APARECIDAS (Page 100): qué pasaría si los asesinados volvieran a la vida? A esta nuestra vida, presente de redes sociales y virilización de todo y todos, para clamar a veces venganza y a veces consuelo? Finísimo humor negro también en estas páginas de apariciones y vendettas.

LAS MIL GRULLAS (Page 104): es, quizás, con su orientalismo, el relato más dulce de todos hasta el momento. Pero no se dejen engañar: la bomba de Hiroshima y sus consecuencias silenciadas, la familia y sus rencillas por cuestiones monetarias, la mentira en las relaciones de adultos… hacen que los miedos sigan acompañándonos sí o sí, como a los protagonistas en cualquiera de sus actos.

TODO TERMINA QUE ES UN SUEÑO (Page 108): y así es, el autor no miente, pero: ¿Quién sueña? ¿Qué se sueña? ¿Cuándo? Son las cuestiones más importantes de este particular After Hours (MScorsese,1985) donde la lujuria, el sueño húmedo y los bajos ambientes se mezclan poéticamente por un lado y terroríficamente por otro (la mirada y el dolor vuelven a tener protagonismo).

LA CASA DE ORLANDO (Page 111): entre surrealismo, al estilo de Giorgio de Chirico, en cuanto a la escenografía, un pequeño homenaje a Dorian Gray (a huir de DGray para ser más exactos) y los avatares que la soledad trae consigo. Todo dentro de un estilo tan minimalista que es quizá lo que perturba: la escasez de elementos y como estos son tan dañinamente significativos (un enano, un espejo, un beso…).

TE ESPERO EN EL TECHO (Page 113): mini relato, de la sorpresa angustiante a las respuestas de una sociedad de consumo más perversa si cabe. Todo en una sola página.

LOS ENDOS (Page 114): podría funcionar como una brillante secuencia de inicio de serie tv o saga literaria. En un mundo donde “la conciencia finalmente había evolucionado”. Acción, futurismo, distopía, y esas notas de cotidianidad y de “aquí no pasa nada” propias del estilo de Adrián Gastón.

Continuará…

por Javier Burdalo

PD: Aquí pueden conocer la obra y el trabajo de guionista y escritor de Javier, en su propio sitio web:

https://burdalo-guiones.eu/acerca-de/

El viejo guardaespaldas

 

Se sabe que en el terreno de la casa donde creció Glande, había vivido un tal Barrachetti, antes policía y guardaespaldas de Yrigoyen. El ex guardaespaldas tenía joyas y armas enterradas en algún lugar del lote. El abuelo italiano de Glande, que había trabajado como un bestia toda su vida de albañil (recién ahora Glande se da cuenta que sus abuelos compartían algo, el gusto por la construcción, aunque uno era albañil y el otro maestro de obra), terminó comprándole al hombre una parte del terreno para levantar una casa donde viviría su hija y su yerno. El viejo Barrachetti enfermó y murió. Nunca se supo qué fue de sus joyas.

Un día que los padres de Glande se fueron a la costa y lo dejaron cuidando la casa, sonó el timbre dos veces. Bajó a abrir la puerta y se encontró a un hombre de larga barba blanca y bigote amarillento. Edad muy difícil de precisar. El tipo le dijo si podía darle un poco de agua, con eso se conformaba. Glande le trajo un vaso y una vez saciada la sed del extraño, cerró la puerta y volvió a la computadora. Metió un casete y después de las líneas de colores apareció un juego de matar zombis.

A la noche se hizo revuelto de arvejas, tratando de incorporar los consejos que le había dado su abuela Delfina sin ningún éxito, no la pegaba con la mezcla, pero igual quedaba comestible. Sus primeros pasos en la cocina. De noche tenía miedo en la casa grande. De chico jugaba a las escondidas con sus amigas, su hermana y su madre. Cuando la descubría con el haz de la linterna, su madre ponía los ojos blancos. Glande se pegaba cada susto. La infancia de Glande parece no haber transcurrido en Lanús, sino en algún lugar cálido y mágico. Eso habrá sido hasta los ocho años, más o menos cuando Maradona metió el famoso gol y su abuelo se murió, Glande se sintió expulsado del habitual paraíso. De a poco sus amigos y amigas se mudaron del barrio. Todo cambió, aunque tal vez la felicidad siguió mucho tiempo más y Glande no se acuerda. Esa manía de anclar algunos momentos de la vida no tiene mucho sentido.

Resulta que el hombre volvió a aparecer al día siguiente y le preguntó si tenía alguna maquinita de afeitar para prestarle. Glande decidió que no servía hacer lo que hacía siempre ahora que no estaban sus padres para controlarlo. Dejó al hombre en la puerta, entró, dobló la punta de la página del libro que estaba leyendo y volvió a buscar al hombre. Lo hizo pasar y lo acompañó al baño, donde le dio su propia máquina de afeitar y una tijera. El hombre no le agradeció, usó la tijera para cortar la punta de la barba y después dirigió la hoja reluciente a su mejilla, como si todo ya estuviera pactado de antemano y lo que Glande hacía en ese momento fuera algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Luego fueron a sentarse en el sillón frente al ventanal del primer piso que da al jardín de la casa. Los dos se quedaron en silencio, disfrutando del sol de la tarde.

La madre de Glande le contó que el ex guardaespaldas vivía en una casa prefabricada, en la punta del terreno, al que ninguno de los chicos del barrio se acercaba demasiado porque en seguida salía a través de la ligustrina su escopeta. Varias veces el abuelo de Glande lo había denunciado a la policía sin que lograran cambiarle la costumbre.

Al atardecer, el hombre se levantó, se dirigió a la puerta de la casa, la abrió y fue dejando pasar a otros seis que llevaban cada uno una bolsa de plástico negro y una pala. Él se quedó mirando desde arriba, de pie frente a la ventana. Los hombres se distribuyeron por el terreno, cerca del olivo, y empezaron a cavar. Glande se concentró tanto en distinguir las siluetas oscurecidas, que cavaban y cavaban, que se quedó dormido de pie. Soñó que él también era una de las siluetas que cavaba. Se despertó en el sillón y era todavía de noche aunque cantaba un gallo. La casa estaba vacía.

Bajó la escalera hasta el jardín y vio que en un solo lugar la tierra estaba removida en vez de los seis que esperaba. Un círculo sin césped pero nivelado. Salió a la calle a buscar al hombre. Encontró a una perra abandonada. La hizo pasar, ya tenía la coartada para la tierra removida.

Se levantó al otro día y salió al jardín. La perra estaba sobre dos patas, guardiana, cerca del círculo donde habían escavado la noche anterior. Glande no le dio importancia, entró a su casa, se puso a hacer ejercicio con pesas, después se acordó de almorzar, después intentó tocar la guitarra, después retomó su lectura, desdoblando la punta de la hoja que había doblado el día anterior, después bajó al jardín. Se estaba haciendo de noche. La perra estaba esparciendo la tierra removida. Glande se acercó lentamente, dispuesto a apartarla con el pie, cuando vio que de la tierra removida surgía la cara afeitada del hombre que lo había visitado el día anterior. Estaba con los ojos abiertos, sin pupilas, solamente lo blanco. Glande estaba pensando si alguno de sus compañeros había traicionado al hombre y lo había asesinado para repartirse lo que hubieran encontrado, cuando el hombre abrió la boca para respirar y le dijo ¿Qué pasa? Ah, Roberto, gracias por ayudarme. Te voy a explicar. De ahora en más, cada vez que quiera decirte algo, la perra ésta, no sé qué nombre le habrás puesto, se va a acercar, me va a destapar, y te voy a hablar.  Glande: Justo la agarré de la calle para que mis viejos no protestaran por el agujero. El hombre pestañeó. No le prestó atención a lo que Glande decía. Lo habían enterrado parado y miraba hacia la copa del árbol.

-Sabés que a través de la tierra puedo ver las estrellas… Igual lo que te diga cada vez que esta perra se acerque y me destape, no te lo vas a acordar. A veces vas a sentir que tenés la certeza de algo y eso va a ser porque el hombre enterrado al lado del árbol te lo dijo, a través de la tierra negra, a través del pastito que pueda crecer.

El hombre alejó con la lengua una hormiga que le molestaba en la mejilla y empezó a hablarle de uno de los soldados de Napoleón. Glande no se acuerda más. Solamente a la perra echando otra vez la tierra sobre la cara del hombre. Con el tiempo, no hizo falta que la perra se acercara a destapar al hombre enterrado para que pudiera hablarle.

por Adrián Gastón Fares

El costado familiar

Escribo echándole un vistazo cada tanto a un cementerio que tengo frente a mí. Uno que está lejos de los que conozco, los que más conocí. Está lejos de Lanús, donde crecí, de la zona donde fui al colegio, cuyos cementerios más cercanos son los de Avellaneda y el de Lomás de Zamora.

El de Lomás apenas lo entreví en una noche luego de un velatorio del padre de una compañera de colegio. Pero no estoy seguro si ese fue un sueño o fuimos en grupo con mis compañeros de colegio a ese cementerio a la noche. Sé que es uno de los cementerios más lóbregos que hay.

El de Avellaneda fue mi campo de juegos de chico. Mi padre me llevaba los fines de semana para visitar a su madre que había muerto cuando yo tenía un año de edad.

Así que nunca conocí a mi abuela materna, y si lo hice fue descansando en su regazo como pude ver en una fotografía.

Mi abuela paterna murió de un ataque (¿ACV?) a la mitad de sus cincuenta años. Supongo que fue la cantidad de cigarrillos que fumaba, pero otra manera de verlo es que se la llevaron la calidad y cantidad de los sufrimientos que tuvo. Era una persona alegre (me contó mi tía María, la enanita de Intransparente, donde ella es la única verdad; o la única no tergiversada) a la que nada le importaba, desinteresada.

Gran persona la enanita. No existen ya así; no había estudiado ella pero leía todos los libros de Agatha Christie que les llevaba. Hasta los de Stephen King. Ella se iba al final, los ojeaba ahí y los leía de atrás para adelante. Tenía creo que setenta años o más. Para ese entonces (los ochenta) era grande. Josefa Alvarez, agradezco tu presencia y tus cuentos (o tus historias)

En fin.

Mi abuela paterna había tomado mates con mi tía María (que no era María, ni tía; se llamaba Josefa Alvarez, como dije, y llegó a mi vida más o menos de casualidad, y fue una de las que alegró mi infancia; tenía una discapacidad, digamos, su mano estaba recluida, doblada; tenía una mano inutilizable; había sido fosforera de una fábrica)

En la época de las bombas, de la Revolución Libertadora, el esposo de mi abuela materna, A., mi abuelo, que es difícil imaginarlo abuelo porque tenía veintiséis años, apareció muerto en un apartamento. Suicidio. Dejó una carta escrita a máquina. Supongo que habrán encontrado el revólver. No lo sé. Un momento: apareció muerto en su apartamento es totalmente ficción. Yo siempre pienso, mi abuelo que se mató, que se disparó, que se suicidó.

A. era maestro de obras y trabajaba en un estudio de arquitectura.

Así, a los veintiséis años, alejándose de dos niños, mi padre y su hermana, mi tía paterna V., mi abuelo desapareció del mundo, antes de que yo naciera. Los Fares eran muchos hermanos que deben saber más que yo sobre lo que estoy escribiendo. Pero la verdad es que la vida se ha llevado a unos cuantos. Y otra es que nunca los conocí. O los conocí muy poco.

Acá hago un paréntesis porque la historia se bifurca.

Hay algunas dudas y se cree que a mi abuelo lo han asesinado (la carta está escrita a máquina) y por lo tanto que la muerte que sucede a la de mi abuelo es una consecuencia más o menos tangible, más o menos, dudosa; tal vez otro asesinato. La ficción que puede tener la realidad me supera, si es así, yo no sé cómo contar esto, no creo en tantas casualidades, y uno sabe que la vida es tan dura como el más entrenado de los asesinos. Así que sigamos sin más alteraciones. Los inventos paternos son más que sospechosos y no parecen coincidir con la realidad.

A los pocos años, V., la hermana de mi padre y la que hubiera sido mi tía, o es mi tía, porque la he hecho mi tía, decidió quitarse la vida. Desconozco las causas. En mi familia las dos muertes están rodeadas de esos secretos que forma el dolor, el miedo, y el utilitarismo.

Los médicos, siempre tan doctos y tan errados, recomendaron a mis padres que no me contaran nada hasta que fuera adulto. Así que siempre creí que mi tía se había muerto en un accidente (que es lo que los médicos recomendaron que me contaran) y mucho no sabía del destino de mi abuelo, al que, como dije, hasta decían que habían asesinado. Más o menos a los dieciocho años yo me enteré. No me quedaron muchas dudas. Leí cuentos de detectives desde chico.

Una día, un día gris, observé una urna en el cementerio de Avellaneda que contenía los huesos de mi tía. Eso causa una especie de mareo muy extraño.

Ahora sus restos están próximos a los cajones donde descansan los cuerpos de los italianos por los que fui querido y, que quise, y que ya no están. A veces las familias terminan de unirse en la madera y la piedra, como todo.

Mi familia tal vez hubiera sido distinta con mi abuela materna, con mi abuelo, con mi tía. Pero el destino no puede cambiarse.

Mi padre jamás quiso hablar del tema; él dice que es un extraterrestre si le pregunto y niega más o menos los hechos, o se pone a hablar de otras familias y sus faltas.

Mi familia se fundó sobre ese duelo, ese suelo mejor dicho, nunca aceptado. Por lo menos la parte paterna. La materna es otra historia. Italianos.

Y tal vez por esa historia estoy aquí. Tal vez también mi padre se pudo escapar de la suya también por lo mismo.

Son dos cosas distintas igual.

Mi hermana, la actual, no quiere saber nada con el tema, prefiere ocultarlo también. ¿Qué puedo decir sobre eso? Es bastante perturbador todo.

Mi padre nunca quiso hablar del tema, pero es la víctima eterna en mi familia.

Será por ese secreto tan nocivo que me molestan los secretos. Y que los creo tan peligrosos.

Los muertos de una familia son más duros, compactos, pesados, y sostenidos, y más inenarrables, que los de un estado o de una nación. Cuando no hay un instigador claro, o un asesino, uno puede imaginar a miles. La víctima se multiplica y las causas victimarias también. Siempre es peor no saber que saber.

Volemos un poco en el tiempo.

La noche en que me avisaron que el proyecto de mi película Gualicho había obtenido un premio yo venía caminando por la calle Paraná con esa alegría que uno tiene cuando no sabe lo que ganó.

Crucé Lavalle, caminando por Paraná, donde había trabajado tres años en una Obra Social, justo en diagonal al apartamento donde mi abuelo paterno se había quitado la vida, donde también pensé en quitarme la mía o por lo menos en que tenía que escapar de manera urgente, y escapar ya, no había otra, y luego crucé la avenida Córdoba para acercarme más al edificio donde vivo.

Y ahí me quedé, a mitad de cuadra, sorprendido.

Un coche, un taxi, estaba cruzado en diagonal en la calle con las luces delanteras rotas y el capó hundido. Enfrente, con el torso en la vereda y la cabeza en la calle, yacía el cuerpo de una joven. Se había arrojado del sexto piso, decían. El taxista estaba en shock porque el cuerpo de la joven había caído sobre su vehículo. Un hombre culpaba a las publicidades , su “mundo perfecto”, y una psiquiatra, que justo pasaba por ahí también, murmuraba que ella trabajaba para que esas cosas no ocurrieran.

No supe qué decir.

Comenzaron a pelearse porque uno le echaba la culpa a la sociedad y la otra era la que se ocupaba de que la sociedad siguiera funcionando con reglas nefastas. Esto no quiere decir que yo esté a favor del hombre, del vecino, porque creo que los jóvenes no miran publicidades tan estúpidas como las que pasan en las salas de cine y en la televisión. Pero sí miran Facebook e Instagram lugares donde se cocinan mentiras muy hermosas y perniciosas y comparaciones ciertamente nefastas.

Reconocí algo de verdad en los dos. Pero más en el vecino porque fue el que se quedó.

No creo en las terapias porque no suelen hacer nada sobre el entorno. Por ejemplo, uno puedo contar que fue abusado y el psicoanalista decir que es uno el que tiene que cambiar. No da eso. No son curas, y los curas ya eran nefastos.

En fin, sigamos con ese día peculiar.

Hasta la dueña del supermercado, la china, había mandado señales a sus facciones: muévanse; formen una mueca de desconcierto. Había un cuerpo frente a ella. Su gesto impertérrito ya no parecía tan duro. Hay otras chinas  muy agradables, pero la china esta era incorrupta por la felicidad y por la amabilidad, se limitaba a ser con esa cara de piedra y de bronca, de estar atendiendo un supermercado a la que ella nunca perteneció ni debió pertenecer, aunque la mayor parte del tiempo sus ojos estaban clavados en un smartphone del que extraía pegajosas canciones. El chino, su pareja y padre de su hijo estaba visiblemente más consternado.

Prefería verlos a ellos, su reacción, que escuchar a la psicóloga de la calle (o la psiquiatra) compadecerse porque su profesión no servía para nada.

Yo le contestaría ahora que no pueden estar tratando los síntomas por siempre, que deben hacer algo por el contexto. Sus profesiones son muy cómodas. La agente de la salud mental es la primera que se fue, dejando al viejo todavía preocupado (ahora ya no está más la china, hay un chino que es mi gran amigo; hablo con él, no entiende mucho para hablar, pero habla igual de una manera muy graciosa y muy bondadosa también; el día del amigo le dije; feliz día, pero no le dio importancia, supongo)

Mi opinión con el tema de la terapia es que un poco de cabeza y bondad sirve en cualquier ámbito y en cualquier profesión. Pero nunca se sabe.

Caminé los metros que faltaban hasta mi apartamento, subí las escaleras o el ascensor, no recuerdo, y me largué a llorar en mi dormitorio.

Un poco por la chica tirada en la calle, otro por las vueltas de la vida que hacían posible que Gualicho tal vez se pudiera filmar después de haber perdido tanto por hacerla de manera independiente, de haber sacrificado tanto. No era que yo hubiera sacrificado tanto o supiera eso, pero los demás me lo habían hecho saber. Y además, sé de lo que es Gualicho, en parte, ¿cómo pasaba esa casualidad?

No conocía a la chica tirada en la calle, como tampoco llegué a conocer a mi tía, una belleza rubia, de ojos verdes. En la terraza de la casa de mis padres en Lanús, en un cuarto de la terraza, hay un cuadro en la que está pintada mi tía, V. Ya adolescente.

Parecía ser muy inteligente mi tía paterna, han caído en mis manos algunos cuadernos de cuando ella estudiaba.

¿De mi abuelo paterno? ¿Qué puedo decir?

Sólo vi una fotografía muy pequeña, en una ¿pileta?.

Me parezco tanto a él como a mi abuelo materno, ese que sí llegué a conocer, y que se fue del mundo por una enfermedad demasiado pronto, y que dijo a mi abuela materna cuando se lo llevaban en una ambulancia y se ve que sabía que no iba a retornar a su casa: cuiden a los nietos.

Así son los abuelos, o ¿no? Mi abuelo materno construía casas. Sin haber estudiado, la tenía muy clara con lo de levantar una casa o construir algo. Los dos estaban secretamente conectados.

Pero del lado de mi padre, mi tía V, y mi abuelo A, son dos agujeros en el tiempo. Las personas que entran y salen de nuestras vidas suelen marcar el tiempo; los muertos, y menos los que murieron antes de que naciéramos, no. No sé qué hacen; pero no lo marcan. No hay un antes y un después de ellos.

Son intemporales, reaparecen, se transforman, viven en el futuro, en el pasado, en el presente, en los sueños; nunca aparecen del todo. A veces creo que están más vivos que yo.

A mi tía y a mi abuelo, en general los imagino valientes y abnegados, otras veces trato de salvarlos aunque sé que imposible.

Son el símbolo perfecto y donde deposito todas mis ficciones, tal vez las que nunca escribo; esa donde salgo a la ciudad un determinado día a evitar, como en Volver al Futuro, que mi abuelo se lleve el arma en la cabeza, y para encontrar a mi tía adolescente antes de que sea demasiado tarde. Pero estas ficciones se desdibujan ante el peso de la realidad. Sus consecuencias en mi vida son mucho más nefastas de lo que aparentan (por mi entorno familiar)

Una familia siempre sufre con estos precedentes. En realidad las familias siempre sufren, lo importante es cómo sufren, ¿no?; ya lo dijeron de otra manera.

La trama que los alejó a los dos es desconocida para mí y sólo supuesta.

Somos y dejamos de ser. Y casi siempre hay una o dos razones y no mucho más.

Las novelas y las ficciones son un juego que muchos aman y pocos juegan. Nada tiene que ver una película con la realidad, como nada tiene que ver una montaña con una persona (salvo que las montañas están formadas por los sedimentos de humanos que han vivido y muerto antes, en parte). Arrastrando de los pelos este paréntesis: no vamos a pensar que las personas son sedimentos; no lo son. Sí sus restos, la mesa en la que estan leyendo esto puedo o no contener algún que otro resto de nuestros antepasados.

No es tan malo, ¿no?

Por lo tanto, los que se van como mi tía y mi abuelo siguen vivos en su época y todavía no han muerto.

Tal vez es demasiado exigirlos, pedirles que hubieran pensado lo que estaban haciendo a los que quedaban en el futoro, porque seguramente algo o alguien les estaba haciendo mucho a ellos. Y el tiempo pasa y todos vamos a desaparecer, tarde o temprano. Y también los cuerpos se desarman de muchas formas.

Dicen que las almas existen, pero yo no estoy seguro. Es más fácil, y más inteligente, pellizcarse el cuerpo para despertar, que el alma. A veces creo que eso habrán pensado ellos.

También creo que hay un debate sobre la eutanasia que toda sociedad debe tener. Esa isla más o menos inefable no puede estar prohibida. Evitaría secretos; por lo menos serían menos. Un secreto es válido en la ficción; en la vida está de más.

por Adrián Gastón Fares

Las patriarcales

En esta tragedia no me encuadro

Vuela la imaginación cuando tenemos que salvarnos

De un fantasma que no pide venganza

Nadie es culpable hasta que muerte llegue

Y después todo se pierde

Estampitas de casamiento

Dije

Y las copas que nunca se encuentran

Llenas se piensan

Dice

Tal vez

Aquí,

Las identidades caen y se levantan,

Digo,

Y dejemos entrechocar a las máscaras del destino

Ya no hay dolor

Que no pueda ser vertido

Ni penas

Por las que no podamos pelear

En lo negro no hay luces inútiles

En sus graves palabras

Digo

Hay algo

Arrimante

Encelado

Arrastrante como río

Y oliente como el pantano

Reconozco

Que el árbol no nació para cajón

Y la tierra no es el piso donde restan

Mis antepasados

Nada nos contiene

Digo

Joven saltadora

Corre libre a tu descuido

Rescataré

Tu trama sugerida

Ven

Paseate disfrazada

Entre tantos trajes

A tu ciudad es que te invito

Y tal vez podamos torcer el camino pisado

Donde los rezagados se han convertido

En Psicopáticos

Bufones

Compulsivos

Ya no hay nada que perder

Dice

Los pelos a veces crecen para contener las mentiras que los poros exudan

Los que vertieron el veneno en tu oreja

Tienen manos acuosas y flexibles

Dice

Es un consuelo perdido

El de los viajeros

Del espacio y el tiempo

Digo

Pero es tiempo de recreo

Y ya no hay velos

En este juego de espejos

He encontrado un camino

Las historias brillan en el cielo

Y cuentan el oculto pasado

Arriba miramos

Abajo caemos

Eso no cambiará

Hasta que de tanto caer

Creemos un agujero

Y otro universo

Nos amamante

Y dibujemos flores en papeles lisos

Con esa esperanza

Que nunca convino

El cristal estalla

Las casas caen

Una vieja cuenta cuentos

Hace temblar el húmedo pelo de su nariz

Ninguna tempestad como esa

Sacudió la tierra aún

Ningún hálito tuvo ese encanto

Para arrollar

Escribo bajo las estrellas

En un jardín descuidado

Donde un hada desprendida de un árbol me cuenta

Como la han sepultado.

Por Adrián Gastón Fares, 31 de Julio 2019

Dicha

Tierra hostil y
aparente
Cielo abarcante
Nubes blandas cumbias
Exiliadas pausadas
Hermanas, sí
Mejor adentro
Que salir a buscar
illa oscura
Ladrillo rojo
Colectivo imparable
Hasta el lugar donde perdí
Semilla y nada
Lo aprendido
Intenciones buenas
Furia
Tuya

Furia mía

Inesperable fiera en mi único

Pobre y pequeño paraíso

Es mi culpa creer que tierra

Dice verdad

Fotografía de flores

Que no brillan en tu noche sin luna.

Chau, monitor

Seré el que todo apaga

Levanto puente

Cómo un antiguo

Y terrible

Rey.

Por Adrián Gastón Fares

Los tendederos, reseña de Javier Burdalo.

 

Cuenta Javier Burdalo, sobre mi libro de cuentos Los tendederos. Es la segunda parte de su lectura y reseña sobre Los tendederos.

Pueden bajar y leer mi libro de cuentos Los tendederos en libro electrónico de manera gratuita (PC, Kindle, teléfono -smartphone) desde aquí):

Los tendederos, Adrián Gastón Fares (descargar)

Una amable lectura y reseña como verán:

Según Javier:

Si aún no lo han hecho, intérnense en el universo paraficticio, fantástico y espeluznante de LOS TENDEDEROS, libro de cuentos del argentino Adrián Gastón, que nos ofrece gratuitamente pinchando aquí.

No se arrepentirán, es más, como sangre para vampiro, pedirán otros…

Una breve reseña de los relatos del 10 al 18:

MADRASTRA  (Page 43): repetido como un mantra “Si uno llega, el otro parte“, relata la angustiosa felicidad que trae el nacimiento, junto a la tristeza natural de la muerte, procesos rodeados en este caso por animalidad sanguínea y brutal, y un ambiente de educación y profesorado… Desestabilizador.  

EL ANIMAL SUMERGIDO  (Page 46): cuando se juntan divorcio, custodia compartida, orcas asesinas y sacrificio de animales, nada puede ser dulce, ni etéreo; en todo caso la nada, pero una nada con pesadumbre y dolor.

NO TE DEMORES  (Page 49): una madre intenta salvar a su hija de una horda de seres extraños, que quieren a la niña con intenciones entre místicas y perversas, no del todo claras, pero parece que las prisas añaden la tensión necesaria para que todo sea una huida desesperada. “Donde no puedan amar, no se demoren“. Nervioso frenesí.

LA MUJER QUE CONOCIMOS  (Page 52): brujería y sexualidad pegajosa en una historia donde el tabú y el engaño juegan su papel, y también el incesto, y los deseos ocultos de jornadas de trabajo físico y mental, con toques caribeños y animalidad femenina por doquier.

LA ZOMBIADA  (Page 55): en tono de comedia Gastón describe un mundo donde el zombi es normalizado, y en su crítica, a un mundo cada vez mas zombi, se auto parodia incluyéndose en el relato para “culparse” a uno mismo de lo “muerto-en-vida” que podemos llegar a estar. A la par, se adelanta en el tiempo al último film de Jim Jarmusch, The dead don’t die (2019).

LA NENA DE LOS VELORIOS  (Page 60): unas sencillas lentillas, en apariencia para solucionar problemas de visión y adaptación al medio en que vivimos, pueden convertirse en el terror cotidiano de la No Inclusión, desvirtuar el día a día y hacernos sufrir más de la cuenta, tanto por lo que, en este caso, vemos, como por lo que ya no veremos más.

MUERTOS QUE GRITAN  (Page 65): impregnado del universo de Tim Burton en Bitelchus (1988), la vida ordinaria de unos No Muertos se desarrolla como la de los vivos, con sus apreciaciones y rituales en la rutina diaria: “La verdad es rápida. Transitarla, no. Ni siquiera para un fantasma“, humor negro elevado a varias potencias.

LA MÁS BUENA   (Page 72): en este relato lo que provoca desconcierto es no saber, no saber aún, o saber que no se va a saber nunca, la identidad sexual de alguien. En tiempos de abuso de las llamadas “normalizaciones” el autor opta por el desconcierto, no exento de misterio y encanto.

DE HOTELES BARATOS (Page 76): aquí el autor, no se oculta de sus lectores, desnuda parte de su biografía para mostrar como el imaginario cinematográfico le salva del “silencio”, y del pánico mental que esa ausencia puede llegar a provocarle y provocarnos. Gracias Gastón por incluirte e informarnos de nuestros miedos desde dentro. Pero no todo es negativo, el personaje-autor llega en ese buceo a los símbolos, y reflexiona para nosotros: “Lo único que equilibra nuestras intenciones con la fuerza de la naturaleza son los símbolos. Eso es hermoso, pensaba Gastón” . Una de las muchas reflexiones profundas y de interés que tiene la escritura de Adrián Gastón.

Continuará… ¡Disfruten si pueden!

por Javier Burdalo.

 

Enlace al blog de Javier Burdalo sobre Los tendederos

Por otro lado, estuve haciendo una recopilación, un Índice de mis Poemas publicados en este blog.

Pueden seguir este enlace para leerlos en órden descronológico:

Poemas de Adrián Gastón Fares

Saludos,

Adrián Gastón Fares

adriangastonfares.com

corsofilms.com/press

 

No es eso.

No es tu ábaco

No es tu psiquiatra

No es tu reikista

Ciertamente

No es tu nacionalista

No es tu metafísista

Más que nada

No es tu ontologisista

No es tu psicóloga,

Lo siento mucho,

Tampoco

Ni tu universidad

No es la media luna

No es la traición que le hacen a los chicos

De tergiversar la nada de la media luna por el todo de lo que la tapa

¡No!

No hay que negar el poder de la negación

Cómo escribió Charly,

En su pared

La ciencia soy Yo.

Esta cosa viviente

Con resultados

Y sin resultados.

Tu monstruo.

Tu abandono más evidente.

Y el que debería hacerte culpable

Más allá de todo.

La ciencia somos,

Nosotros.

Los demás,

sigan participando,

opinando

pero nunca pensaron dos segundos.

Creyeron en cosas pasadas.

Un grave error.

No es tu comodidad.

por Adrián Gastón Fares

Los tendederos, de Adrián Gastón por Javier Burdalo.

Aquí los comentarios más que interesantes de otro escritor y guionista, Javier Búrdalo, sobre mi libro de cuentos Los tendederos.

Leánlo en su blog:

https://vencidosvencejos.wordpress.com/2019/07/09/los-tendederos-de-adrian-gaston/

Javier Burdalo:

Muy recomendable lectura,  gratuita y de la mano de su autor, LOS TENDEDEROS, libro de cuentos de Adrián Gastón inspirados por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Que exploran los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica: escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes… Aquí pueden descargar LOS TENDEDEROS.

Una breve reseña de los primeros 9 relatos :

LAS HERMANAS (Page 8):  erotizante, las tres gracias de las hermanas nacen del sentimiento unitario de una Muerte que ronda a una señora anciana, y el protagonista mezcla sexo, sudor e imaginación para hacerlas presente. Más que perturbador parece vampirizante, pero su erotismo es muy sensual. Decir que los poemas de Adrián Gastón siempre tienen un trasfondo perturbador, quizás por eso me gustan, porque es una poética de aristas.

LOS TENDEDEROS (Page 11): como la camiseta del jardinero de Las Hermanas, el relato anterior, el viento vuelve a hacer de las suyas dando animosidad a la escena, es inquietante si te paras a pensar el miedo que pueden causar unas simples prendas tendidas al aire. Muy visual.

REUNIÓN (Page 16): el amor como el monstruo con el que hay que luchar para la propia supervivencia. El amor de dos suicidas que “quieren más al otro” que a sí mismos, ¿o es el amor de 2 que son 1?

LA EDAD DE ROBERTO  (Page 19): me ha recordado a la película El curioso caso de Benjamín Button (2008), pero en vez de rejuvenecer y morir, solamente mantenerse. La parte mas terrorífica, la del encierro, está en elipsis, pero es donde reside lo más cruel, violento y horrible del relato.

UN CONTRATO CONMIGO MISMO  (Page 24): en este el tiempo también es la materia de la que están hechos los temores; el paso del tiempo y el volver a ser un ”yo renovado, entusiasta…”, alguien más acorde con lo que queremos siempre de nosotros mismos, pero que es tan difícil de conseguir o al menos no sin un esfuerzo ímprobo. Ciencia ficción o/y ciencia reflexión.

LO QUE ALGUNOS NO QUIEREN CONTAR  (Page 28): otro personaje solitario que, huyendo de sus propios infiernos, se aleja del mundo, y sus fantasmas le persiguen una vez más, esta vez en forma de casa que gira (como su cabeza) y de viejo suicida (que le recuerda que vivir es difícil si conlleva tanta inquietud).

BUENOS DÍAS, SR. PRESIDENTE  (Page 32): podría ser el argumento central de cualquier serie de televisión de la actualidad. En un mundo juego, que recuerda al universo de Tron (1983/2010), la realidad y la ficción se mezclan no casualmente sino para un fin importante: ser el nuevo presidente. Sólo la suerte del jugador, y en este caso la ficción, pueden hacer posible que un “cualquiera” alcance la Presidencia. Ciencia ficción thriller.

EL PERCHERO AUSENTE  (Page 37): como una minúscula falla en nuestra rutina puede desencadenar el terror absoluto dentro de los pensamientos-recuerdos, o el sentirse descolocado dentro de un espacio en principio amigo. Y de cómo la brevedad no es ápice para transmitir la inquietud.

LOS ARTISTAS  (Page 39): el universo inquietante del Arte y la Muerte, en una sociedad plagada de odio o confusión mental o locura (la distopía se inicia sin información para el lector). Con aires a The House that Jack Built, el último film de LVTrier y los desquiciantes personajes de Fantasmas, una novela de Chuck Palahniuk.

por Javier Burdalo.

https://vencidosvencejos.wordpress.com

Web: https://burdalo-guiones.eu

Nota: Recuerden que pueden descargar y leer Los tendederos aquí:

https://mega.nz/#!x9wHFQIS

Vencidos Vencejos

Muy recomendable lectura,  gratuita y de la mano de su autor, LOS TENDEDEROS, libro de cuentos de Adrián Gastón inspirados por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Que exploran los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica: escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes… Aquí pueden descargar LOS TENDEDEROS.

Una breve reseña de los primeros 9 relatos :

LAS HERMANAS (Page 8):  erotizante, las tres gracias de las hermanas nacen del sentimiento unitario de una Muerte que ronda a una señora anciana, y el protagonista mezcla sexo, sudor e imaginación para hacerlas presente. Más que perturbador parece vampirizante, pero su erotismo es muy sensual. Decir que los poemas de Adrián Gastón siempre tienen un trasfondo perturbador, quizás por eso me gustan, porque es una poética de aristas.

LOS TENDEDEROS (Page 11): como la camiseta del jardinero…

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La maldición del Gualicho

Gualicho Nuevo Afiche de Producción
Gualicho Nuevo Afiche de Producción

Algo sobre mi largometraje.

Una película fantástica única. Una nueva experiencia. Un aporte al imaginario Argentino y Latinoamericano que cualquier ciudadano del mundo pueda apreciar.

La maldición del Gualicho (Gualicho) nunca deja atrás al entretenimiento y fue pensada como si cada escena fuera un fin en sí misma.

por Adrián Gastón Fares.

 

Mi historia (actualizada)

Mis audífonos nuevos

Mi historia

Nací en una clínica del barrio porteño de Once. Al otro día, mis progenitores me llevaron a Lanús, Villa Caraza, donde viví hasta los veinticuatro años.

Nací mal. Debí nacer el 20 de octubre de 1977, pero por un retraso sin solucionar en el embarazo, salí al mundo con parto asistido por forceps el 28 de octubre (del mismo año, por suerte)

En la ficha de mi nacimiento dice: Depresión Neonatal.

Esto quiere decir que nací con un problema congénito. La hipoacusia (sordera) congénita significa que fueron por causas no hereditarias si no por problemas en el momento de nacer. Eso es lo que tengo ahora y lo que siempre tuve: Hipoacusia (sordera) congénita bilateral. Así, por lo menos la llaman los médicos. Pero el camino a obtener un cuidado y un certificado de discapacidad fue largo: recién a los 36 años pude poner en orden ese aspecto médico. Costó bastante.

En el nacimiento tuve asfixia, condición que se llama hipoxia isquémica perinatal. La neonatóloga le dijo a mi madre que podía ser que su hijo, o sea yo, escribiera por debajo del renglón en el colegio. Eso no pasó, pero sí tuve una de las consecuencias de ese tipo de nacimiento que es: alteraciones auditivas (sordera, se mueren las células ciliadas del oído por lo que se sabe hasta ahora, o por lo que sé y me dijeron)

Nunca escribí por debajo del renglón y, cómo verán, la escritura siempre fue uno de mis fuertes.

Siempre escuché mal y me apoyé en gestos, el pizarrón, otros de al lado, lo que fuera, para estar a la par de los demás.

Nací mal, sin llorar. No sé cuántos segundos fueron.

De chico, recuerdo imágenes de los dibujos de la televisión, pero cuando me junto con amigos de mi edad, ellos pueden recordar nombres de los personajes y otros detalles auditivos que yo no recuerdo ni nunca supe. De hecho, mi programa favorito era La Pantera Rosa. Desde chico que me fascinan las imágenes.

Ya en el colegio secundario, bromeaban de que yo era como Forrest Gump (Run Fares, Run; me decían, no los juzgo, me causa gracia) y compañeros de otros cursos me preguntaban por qué me acercaba tanto para hablar y giraba mi cabeza en un ángulo de 45 grados. Solía evitar el recreo, la reverberación de ese techo de chapa hacía que escuchara peor a los demás.

Igual, nunca entendí bien lo que decían los demás. Un cincuenta por ciento llegaba a mis oídos. Y ese cincuenta por ciento o menos, es lo que me permitió ser hipoacúsico poslocutivo. Nunca escuché bien mi voz. Siempre fue como estar en una caja (como pueden ver en los videos de El hombre lámpara que hice en YouTube; soy yo con una lámpara en la cabeza; así era yo)

Y las condiciones de adaptación se complican mientras crecés. Esto es CLAVE (tenganlo en cuentan los que estudian estas cosas; creo que ya lo saben por lo que aprendí)

Así y todo nunca me llevé una materia, fui abanderado, esas cosas que no sirven para nada ni tampoco deberían porqué servir. Estudié inglés. Sé leer muy bien y escribir bastante bien en inglés. Pronunciar se me complica un poco (menos ahora gracias a los audífonos), como saben mis amigos. Ahora, a los 41 años, con audífonos adecuados por primera vez, me las arregló bastante bien. Pero llevó más años y pesares de los que debería haber llevado. Es como nacer de nuevo, o algo así.

Los médicos de Lanús, Caraza, les decían a mis progenitores que a su hijo “le faltaba calle”, por ejemplo. Aunque de chico tenía mi grupo y jugaba en la calle. No sé a qué tipo de calle se referían. Tenía ocho años o menos. La responsabilidad es de los supuestos “profesionales” no de mi familia. Esas cosas son nefastas.

Nunca me hicieron un potencial evocado antes de los 19 años. Ni seguimiento por cómo nací. Si me agarraba un berrinche o algo, mis progenitores pensaban que estaba poseído o que era caprichoso. Aunque siempre me porté muy bien en todos lados y nunca tuve problemas de conducta.

A los dieciocho años (19 según dice en las audiometrías), comencé a hacerme logoaudiometrías y estudios audiológicos porque algo andaba mal. Potencial evocado también. Para los suspicaces (que siempre hay) el potencial evocado no depende de responder a nada; te ponen unos electrodos en la cabeza y el cerebro responde a los estímulos auditivos mientras no hacés nada. La cara de la médica y los resultados dieron por sentado lo que ya estaba claro. En una logoaudiometría, en vez de coser, dije coger (de agarrar para mí; no lo decía como lo decimos los argentinos) La fonoaudióloga salió a entregarme el estudio riéndose. He contado alguna vez riéndome esto.

Me egresé, terminé en cuatro años la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, en la Universidad de Buenos Aires, así que en los 21 años ya estaba egresado; quería filmar. Para eso entré ahí. Quería hacer películas. En la facultad seguía viendo que todos entendían a Los Simpson y yo no, que no entendí la mayor parte de las conversaciones grupales. Terminé la facultad extenuado, muy flaco; lo recuerdo.

En ese tiempo trabajé de meritorio en una productora y luego en otra, un trabajo extenuante en el que a veces no dormía (no había horarios, ni paga correcta, nos explotaban) Ahí, a los 25 empecé a escuchar más el tinnitus (zumbidos), así que definitivamente fui a pedir alguna solución a mi problema. Me dieron un audífono por primera vez en mi vida, que no servía para perdida (era un médico de tinnitus, no de sordera, así y todo dejó asentado la hipoxia perinatal) Luego, un compañero de universidad me hizo notar cómo me cambiaba la cara cuando usaba el audífono.

Trabajé en una película como compositor de efectos visuales y luego dejé todo para filmar lo mío, me puse a crear, producir y dirigir Mundo tributo, un documental que siguen emitiendo en televisión (y cuya repercusión va más allá de mí, como debe ser con todo lo que vale).

Como dije, lo dirigí, hice el diseño de producción con Leo Rosales y también me encargué de la cámara en gran parte del largometraje documental.

De ahí en más, mi vida fue una lucha constante para seguir filmando y hacer que los demás, no yo, entendieran lo que me pasaba con la audición.

A los treinta años estaba distribuyendo sólo mi película Mundo tributo, terminé un noviazgo de ocho años, una buena relación. Dejé entrar a otras personas en mi vida.

Una de esas personas una vez vio por su cuenta Mundo tributo. Vio que yo no podía seguir filmando por falta de medios. Se puso a llorar. Me afectó eso. Me dijo que me iba a ayudar. Me puse a trabajar en la ficción que tenía lista desde antes de Mundo tributo, una por la que luego gané un premio (Gualicho), y en el interín, me dieron el certificado de discapacidad (CUD), por hipoacusia bilateral de moderada a severa, dos audífonos, y me empecé a adaptar a eso, mientras era feliz porque estaba con alguien que quería y apreciaba y estaba trabajando en lo único que me hace feliz. Pero esa persona me terminó diciendo que filmara casamientos, algo que para mí (sin tener en cuenta otros detalles de mi condición, digamos) es como decirme que escale el Everest para encontrar el Santo Grial en la cima.

En ese tiempo, fui a pasar la junta para el certificado de discapacidad auditiva a las cinco de la mañana, solo, recuerdo que leyendo un libro de William Burroughs (Ciudades de la noche roja). Volví y tuve ganas de llorar. Luego seguí con esa relación amorosa y aprendiendo sobre cine, filmando como podía, y superé de alguna manera ese momento clave en mi vida.

Agradezco igual que esa persona me haya acompañado en ese momento, tal vez la vida hubiera sido más horrible si no. Tal vez, hubiera sufrido menos también. Esa persona dijo antes de partir que no podía ser que yo no escuchar el timbre (lo que me hizo replantear mi identidad y también la de esa persona) Esas cosas comunes a los sordos (el timbre, la negación)

Ese tránsito a mi vida con audífonos no fue supervisado por nadie. Y cuando es así estás listo. Me dieron la discapacidad, los audífonos y a la calle. El entorno no caía. Y mis esfuerzos porque entendieran si caía: en una bolsa oscura sin fondo. Por eso será que en esa época hice un cortometraje llamado Cine (Cine sordo) Creo que no tengo nada que agregar al respecto. Lo que pasó después entra al terreno de la incomprensión familiar y de cómo una bola de nieve armada entre pareja y familias te puede llevar puesto y arrastrar un largo camino.

Por primera vez, estaba con dos audífonos y certificaban, digamos, mi problema auditivo. El certificado sirve para obtener los audífonos (que salen como 200 mil pesos hoy en día). Para no mucho más.

Pero hubo un problema grave. Los que me dieron certificado de discapacidad y audífonos no citaron a mi familia para hablar de lo que yo iba a vivir. No citaron a mis seres queridos tampoco. Seguí solo, con una novia joven que me ayudaba como podía.

En 2014, perdí todo eso. Novia, Trabajo e Identidad (¿No entendían que era sordo? ¿Era sordo? ¿Recién me habían dado audífonos y discapacidad auditiva como todos sabían pero eso no significaba nada?)

Mis progenitores, no asesorados, negaban mi problema auditivo (duelo, negación, es de manual), mi ex novia de ese entonces no entendió lo que eso me hacía.

Quedé solo. Pero esta vez era estar solo sin mí.

Tuve que salir a descubrir y a luchar todo de nuevo. Mi sordera casi se convierte en un en Meniere (no tenía Meniere, algo que sugirió un homeópata -ocupación peligrosa si las hay- no tenía autismo, a los profesionales les causó muchísima gracia lo que ocurrió; en mi búsqueda un profesional descuidado me mandó a ver The Big One Theory, porque pensaba que yo era como Sheldon; no quiero ridiculizar más a alguien que piensa que ceguera y autismo o sordera y autismo son compatibles; tengos mis pensamientos sobre algo que he investigado hasta el fondo, acompañado con gente que sabe más que yo del tema; es sólo un ejemplo de confundir una identidad con otra, una patología con otra por simplemente no saber bien o por una conveniencia económica)

Sigamos. Me fui a trabajar de cadete a una Obra Social, porque mi familia decía que yo no trabajaba (para ellos el cine no es trabajo, es una ilusión; para ellos todo lo que trabajé en cine y audiovisuales no era trabajo) Fui a trabajar con la esperanza de recuperar a una mujer. Algunos me decían: Los pelos de una concha tiran más que una yunta de bueyes.

Yo digo que lo que tira más que una concha y una yunta de bueyes es la identidad. Y pensar.

Estuve encerrado en una habitación oscura, sin nadie, en un trabajo donde luego llevaba empanadas, levantaba bidones de agua, llevaba cochecitos de bebé al correo, hacía trámites, y era maltratado por no escuchar la chicharra de que te están abriendo la puerta (y tocar timbre otra vez para que te abran; aunque uno lo expliqué cincuenta veces; no entienden: no pueden o no quieren entender)

Casi termino mal.

Terminar mal es relativo, pero cada uno sabe lo que significa terminar mal en algún momento de la vida.

Llegaba llorando a mi casa, caminaba el largo pasillo hasta la puerta de mi casa, mi apartamento, y luego me tiraba al piso a enrollarme como un feto. Nunca lloré tanto en mi vida.

Estaba triste. Pero mientras trabajaba en la Obra Social, me llegó una carta terrible de esa ex novia que obviaba totalmente el momento que yo estaba pasando y me trataba como un desconocido (cuando esa persona se fue riendo de mi vida) Y lo peor es que estigmatizaba mi manera de actuar y ser como un problema ajeno al auditivo. Eso me destruyó totalmente.

Pero es pedir demasiado a gente que no estudió el tema. No es su responsabilidad pero sí del contexto. De los que saben o deberían saber.

Perdido, terminé en un Hospital de Día (entrás a las dos de la tarde salís a las seis), para dejar ese trabajo al que había ido con esperanzas de que el futuro cambiara. Fumaba cigarrillos toda la mañana, luego entraba a ese lugar. No hablaba. Mis compañeros podían reír. Eran muy graciosos. Los recuerdo con mucho cariño. Pero lo negro nunca fue tan negro. Un mes y bastó para que pidiera volver al lugar oscuro y sin baño. Tenía que salir de ahí.

Un psiquiatra dijo depresión. Pero uno a veces tiene que estar triste porque pasan cosas. Tres duelos juntos es demasiado. No creo en la depresión porque hay una dicha que nunca me deja. Y la tristeza siempre existió hasta en los poetas más felices.

Hay que pasar por eso. Y a veces hay que llorar, no importa cuanto tiempo.

Así que por favor, nunca acerquen a un sordo o hipoacúsico que no sepa del tema a un psiquiatra (ni psicólogo que no esté preparado) porque es como darle un mexicano a Trump o llevarle un judío a Hitler para ver qué opina.

Un ejemplo es que mi escritura, mi manera de textear, en vez de hablar, pasaba a ser una patología, me medicaron, me hicieron perder tiempo (no todos los terapetuas son malos, algunos ayudaron con su paciencia e inteligencia; aprecio la piedad) Pero no deja de ser peligroso.

Pasó mucho tiempo para que yo torciera todo eso. Y todavía no sé cómo lo hice. Creo que con voluntad. Pero entendí muchas más cosas en el camino.

Siempre creí en la ciencia, me molestan las otras creencias, me molesta lo irracional. En ese interín, gente que quiero, para solucionar con la magia lo triste que yo estaba, me trajeron a una especie de manosanta a mi casa.

Evité una violación. Ese es el peligro de creer en estupideces en las que yo nunca creí (y las que toda la vida me molestaron profundamente y me llevaron a tener diferencias con otras personas)

Mientras tanto, una de las mejores fonoaudiólogas de acá, a la que dí en mi búsqueda, me dijo que los audífonos de 2014 estaban mal calibrados, mal adaptados y que todo era un ruido insoportable para mí; no sólo no podía escuchar bien si no que todo era más ruidoso e inentendible.

Me reguló los audífonos y cambió las puntas (ese día que volví y vi la televisión y entendí por primara vez sin subtítulos lo que decían) y pidió nuevos audífonos porque la potencia de los que tenía ya no alcanzaba.

Con certificado de discapacidad los pedí a la Obra Social y llevó cinco años que me lo otorgaran. Tuve que pedir amparo porque no había manera de obtenerlos. Recién me los dieron cuando una otorrina certificó que si no tenían que pagar implantes cocleares.

Perdí más tiempo yendo de un lado a otro, sin que me dieran audífonos hasta que el amparo surtió efecto.

Desde el año pasado (2018) que tengo audífonos nuevos con moldes personalizados a mis oídos.

No sirve de nada porque más o menos desde que me los dieron la productora de mi película decidió no hacerla (a la que el INCAA le dio todo el poder), me dejó sin trabajo, sin película, sin carrera, sin paga, en la calle prácticamente. No los uso para trabajar porque no me dejan filmar; el INCAA utilizó el dinero de mi premio en otra cosa, parece ser.

Trato de escuchar música con auriculares, algo que nunca hice en mi vida, para tolerar el tinnitus (en mi caso se llama, por la intensidad tinnitus catastrófico o severo) Es durísimo aguantar a esos grillos en mis oídos, el zumbido constante, especialmente cuando estoy solo y me quito los audífonos. Es mucho peor que no escuchar bien y si no existiera la música creería que es mucho peor que no escuchar nada.

Tengo perdida de audicion severa y tinnitus catastrófico. Lo que no tengo ahora es inclusión. Con inclusión me refiero a poder trabajar en lo que tanto esfuerzo puse en mi vida y lo que me sacrifiqué y demostré que sé hacer. Los otros caminos llevan siempre a la brutalidad. Quiero estar con la gente que elegí estar.

Por no tener dinero, tuve que dejar ir otra relación (otra persona que se alejó porque me dijo que yo “no daba resultados”) Es fácil dejar ir a personas así. Pasa, igual, la sociedad es así; la vida social no es simple. Y del aire no se puede vivir. La gente pide cosas, y yo también.

No quiero ocultar estas cosas, porque lo que me pasó a mí, puede pasarle a otros y a otras.

Cada uno sabe lo que se merece y lo que no, y es nuestra responsabilidad luchar por eso.

Tal vez, sin darme cuenta, lo que estoy dejando ir ahora, es a este país. O a una manera de pensar y de actuar que debe, sí o sí, cambiar.

En este siglo XXI, ya no hay verdades parciales. Hay gente que actúa bien y gente que actúa mal. Hemos recorrido un largo camino para que estas injusticias e inconsistencias no vuelvan a repetirse. La invisibilización, la intransparencia de las personas hacia la discapacidad auditiva, incluso las del entorno más cercano, familiar (manipulación patriarcal de la realidad, por decirlo de una manera suave, cosas que uno descubre con el tiempo) a veces duele mucho.

Ha sido un largo camino. Duele el desamparo. Duele la incomprensión. Duele la injusticia.

por Adrián Gastón Fares, 2019

PD: “…como consecuencia, el utilitarismo pasa por alto uno de los requisitos morales indispensables que, según Rawls, debería poseer una teoría de la justicia: la individualidad” Descubrir la filosofía 33. El filósofo de la justicia. John Rawls. Angel Puyot

Cita directa de Rawls: La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento.

Los tendederos. Cuentos (enlace)

¿Cómo están?

Pueden descargar Los tendederos mi colección de cuentos desde aquí.

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Está subido a MEGA así que lo descargarán sin problemas.  Es una selección de cuentos que encontrarán en este blog.

Valoro las opiniones si leen mi antología. Pueden leerla cargando el archivo en cualquier libro electrónico o directamente en la PC con el Adobe Digital Editions o cualquier programa que lea epub.

De paso, otra cosa. En un café me encontré al artista Norberto Lorenzo. Sin que lo sepas, Norberto te está dibujando. Luego entrega su obra. Dibuja a todos porque lo hace feliz dibujar. Hablamos de cine, libros y teatro, así que les dejó el dibujo que él hizo.

 

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El hombre sin cara

Un hombre sin rasgos faciales nació en el barrio de Once de Buenos Aires. Los médicos que lo extrajeron del cuerpo de su madre le advirtieron a ella que no tenía rasgos faciales, pero aclararon que gracias a Dios tenía todos los sentidos intactos. El niño había llorado y todo, luego de un minuto, ya que a través de los poros de su pielcita, salió disparada una nube de vapor, como si algo hubiera activado un rociador, que se esparció por toda la sala de la clínica.

Según el médico su verdadera cara estaba debajo de gruesos pliegues de lampiña piel, pero de alguna manera la información visual y auditiva, que son las más importantes para los humanos, ya que el olfato no parece muy útil, llegaba al cerebro, que estaba en algún lugar de esa cabeza que parecía un huevo rosáceo.

Cuando llegó el momento de pasear con el cochecito de bebé, la madre le dibujó antes con un marcador indeleble unos ojos, una nariz y una boca. El padre retocó un poco el dibujo de la madre y los dos quedaron muy contentos con el resultado. La gente quedó encantada con el resultado en la calle. Le sonreían y hasta lo acariciaban.

Aprendió a mover los rasgos como pudo y en la escuela, haciendo mucho esfuerzo, pudo estirar tanto la parte inferior del huevo que tenía de cara, lo que hubiera sido su mentón, que logró separar una hendidura parecida a una boca, justo donde tenía la boca dibujada. El tiempo pasó y el hombre sin cara creció y pasó como uno más entre los pares, salvo algunas bromas de los pocos que podían darse cuenta que su cara era un dibujo. Durante el colegio secundario el acné revistió la piel de donde hubiera ido el rostro de cráteres y eso ayudó a que otros se sintieran identificado con él. Después de todo, las caras están en proceso de erupción en esos años.

Con el tiempo, después de graduarse en Bellas Artes, el hombre sin cara se convirtió en un intérprete excepcional, aprendió a recitar obras de teatro clásicas de memoria, escribió las suyas, fue premiado, elogiado, e incluso ganó algo de dinero. Tenía ese don de contorsionista en su cara. Era un experto en la imitación. Y no sólo eso, a veces lograba transmitir estados de ánimos jamás experimentados por el público ya que podía plegar la piel de una manera nunca antes apreciada por los espectadores de teatro.

En ese momento, en la cresta de la ola de su popularidad, consiguió enamorar a una chica que con el tiempo se convirtió en su pareja. La misma chica lloró ante las menciones y premios colgados en las paredes del apartamento del hombre sin cara, donde vivía solo, con varios espejos, desde que se había mudado de su Once natal. El hombre sin cara no entendía por qué la chica había llorado, porque a él parecía irle bien.

Al poco tiempo el dinero no alcazaba. Y el hombre sin cara malgastaba en miles de lapiceras y marcadores de tinta indeleble su desequilibrada fortuna. Un primo lejano lo ayudaba en secreto económicamente y eso bastaba a esa familia para mantener la ilusión de que no habían tenido un hijo sin cara. Pero la chica ya no toleraba la situación y la gente decía que había que tener un futuro, que debía tener un PLAN B el hombre sin cara, y hacía rato que el hombre sin cara no quería hacer otra cosa que dibujar, escribir, actuar e incluso bailar; todo lo cual estaba escrito en la obra de teatro que quería presentar cuanto antes.

Así y todo, por esa época la pareja decidió festejar su unión espiritual, ya que la física no paraban de festejarla, y si bien no eligieron casarse, hicieron una fiesta en el apartamento de la suegra del hombre sin cara. Para la fiesta, fue invitado un familiar, el primo lejano que era una especie de mecenas de nuestro protagonista, que había crecido con el hombre sin cara, que había visto a los progenitores del mismo pintarle las facciones, porque era de esos hombres que siempre están en el momento justo y en lugar indicado para influir en la vida de los demás.

Es más, se vistió de lujo para la ocasión, él que era sucio y vulgar, y llevó un sombrero de vaquero, que le daba un aire de patriarca superado. Una mirada del primo lejano dejaba sin valor la de los padres del hombre sin cara. El brillo de esos ojos sagaces y resentidos era capaz de convencer al mundo de que nunca se habían destrenzado los continentes. El amor nunca tuvo un contrincante tan entrenado, tan erguido, tan lastimado como para clamar venganza.

El hombre sin cara, en la terraza donde se festejaba la unión de los amantes, se quejó de que faltaba vino para el festejo, algo de lo que se iba a encargar el primo lejano, incluso había dicho que su finalidad era alegrar la fiesta con los vinos que él mismo producía. El primo dijo, tomándose la punta de su sombrero.

–No tenés cara para decirme esto. No tenés cara.

El hombre sin cara no sabía que contestar. Empezó a sentir un remolino ardiente que nació en su estómago y subió hasta su pecho. Él había hecho las cosas bien, él había administrado las cosas para que ahora estuviera a punto de cumplir y realizar su gran obra. Las sumas que enviaba el primo lejano eran una limosna. Y hasta él había trabajado en sus viñedos al principio sin paga. Pero el primo lejano repitió.

–No tenés cara.

En ese momento el padrastro de la pareja del hombre sin cara se miró con su esposa y todos bajaron la cabeza, desilusionados del hombre con cabeza de huevo.

Unos días después, cuando seguía preparando una obra de teatro que se llamaba El hombre sin cara, el cielo ennegreció y se desató una tormenta, El hombre sin cara estaba ensayando en un galpón que había convertido en sala y se dio cuenta que era el cumpleaños de su querida y debía pasar por la florería. Olvidó su paraguas. La lluvia fue tan fuerte que borró las facciones que tenía dibujadas. Fue tanta el agua que cayó, y tan lacerante, que llegó a borrar incluso las que habían dibujado sus padres. La ciudad se inundó de agua y el semblante del hombre sin cara de tinta.

Las cejas se despintaron, cayeron sobre la nariz en una mancha que ya no tenía límites claros, la nariz se desparramó sobre lo que hubieran sido sus mejillas como si fueran los redondeles rojos de un payaso, y la boca cayó hasta la punta del huevo que debería haber sido su mentón. Aún así llegó a comprar el ramillete de flores para festejar el cumpleaños de su pareja.

Así que entró en su apartamento con las rosas y su pareja empezó a gritar. En vez de decirle que su cara se había desfigurado por el agua, le tiró un trapo y dijo que no podía seguir en la situación en que estaban. También le dejó en claro que era una maldición para sus padres, y para su primo lejano sin dudas, y que evidentemente tenía serios problemas psicológicos que había tratado de advertirle que fueran enmendados. El hombre sin cara sabía que tenía algunos problemas por no haber tenido cara, pero no eran nada comparables a los que tenían los demás. No había manera de explicar su vida.

El hombre sin cara terminó llorando y temblando en su apartamento frente a su pareja que le anunció que lo abandonaba y que se iba bien lejos porque su madre había comprado un pasaje para llevársela de viaje y alejarlo de él lo más rápido posible.

Solo en la casa, el hombre sin cara fue a una caja de madera que tenía en el placard, la abrió y sacó el certificado de hombre sin cara que le habían expedido el estado argentino hacía muy poco tiempo, mientras conocía a la que ahora era su ex pareja. No era el único, pero otros simplemente tenían un huevo en vez de cara, y desde niños andaban así, con una tez oscura, a veces con llagas de restregarla contra la pared para tratar de sentir algo de forma directa, otras veces bronceada por el sol, cuando elegían vivir alejados de la sociedad. Sabía que algunos sentían tanto que elegían esconder la cara en algún armario.

Con el certificado de hombre sin cara, y sin parar de llorar, el hombre se dirigió a la cocina, abrió la hornalla y quemó el certificado, que incluso le había sido entregado por su querida cuando llegó por correo. Luego tomó el jabón blanco de lavar la ropa, fue al baño y comenzó a lavarse la cara, hasta que no quedó ni las cicatrices de las repetidas manchas que había dibujado su madre hace tantos años, y las que él había vuelto a marcar tantas veces con ahínco; las que parecían ojos, una nariz y una diminuta boca, que él mismo había aprendido a fruncir haciendo esfuerzos desmedidos, como el mejor contorsionista, se fueron alisando y la cara quedó casi como un huevo rosado, enrojecido en su totalidad ahora y no sólo en algunas partes por la fricción del jabón y la de sus propias manos. El huevo que tenía de cara parecía ahora un gran ojo restregado.

Fue a una psicóloga, de ascendencia griega, que le dijo, como si fuera el mismo Zeus, que nadie debía quererlo si no quería estar con un hombre sin cara. No era una obligación que su ex pareja lo quisiera; con eso pareció estar descubriendo América la mujer. Luego fue a otro que le dijo que el mundo era injusto. Y que él debía ser descendiente de los primeros homínidos fallidos, esos que relataba el Popol Vuh, con caras yermas como la suya.

Desesperado, visitó a un homeópata que le dijo que tomando unas gotitas de un líquido podría empezar a recuperar sus rasgos. Todos los defectos del hombre sin cara que no tenían que ver con no tener rostro comenzaron a agigantarse ante él como terribles pesadillas que se proyectaban en la pared desnuda del apartamento donde vivía. Necesitaba salir de ese lugar cuanto antes.

Se había dado cuenta del gran sobreesfuerzo que estuvo haciendo toda su vida para encajar, para salir adelante, porque él era el primero de todos que sabía que en lugar de una cara tenía una planicie que tuvo que aprender a domar para expresar sus variadas emociones. Al principio golpeaba con su cabeza la de los demás, para dar a entender que le gustaban. Algunos, y con razón, lo tomaban a mal. Descubrir lo que ya se sabe es lo más aburrido del mundo. Y la tristeza y el sopor de lo monótono inundaron al hombre sin cara. El futuro estaba vacío.

Como el agua ahora parecía perseguirlo, el día que salió de su apartamento dispuesto a conquistar el mundo otra vez no paraba de lloviznar. En las calles céntricas de Buenos Aires, trató de encontrar a otro hombre sin cara, a una mujer sin cara también, pero fue en vano, todos parecían haber escapado de alguna manera de ese lugar. Sabía que no todos los hombres sin cara tenían cabeza de huevo, así que andaba mirando a los que tenían sombreros, a las que andaban con paraguas escondiendo la cabeza, a las niñas cuyo cabello parecía de utilería, a los niños que llevaban máscaras aunque no hubiera ninguna fiesta ni era carnaval, a los viejos que tenían una pipa más grande que su nariz, y más que nada, a los tatuados, con cuidado, porque algunos decían que traían mala suerte. Pero nada.

Entonces trastabilló y cayó en una zanja sucia, ya cuando estaba por el barrio de Palermo, y había caminado más de cinco kilómetros de donde vivía. Ahora sus facciones eran un caos organizado por el barro de la zanja. Pudo verlo en el baño de un bar y luego se alejó para meterse en el estudio donde estaba ensayando la obra. Juntó fuerzas y con la cara que parecía ser un lodazal, pero guarecido esta vez de la lluvia y de las personas, comenzó a proferir el discurso que había preparado para la obra que iba a interpretar con su amada ausente.

Odiaba realmente más que nunca a su primo lejano. Estaba dispuesto a ir a buscarlo y arrastrarlo de los pelos por todo su viñedo de uvas agrias. Pero él no era así. Sabía que la vida se desplegaba, se alisaba, se contraía, se ahuecaba, arrugaba, se desprendía y que esa verdad era inherente a todo, como si lo que lo separaba de su primo lejano fueran esas tierras resecas y partidas que generan las sequías. Y pensó que esa terracota inutilizable era la que tenía su primo en su corazón.

No había nadie en el galpón que usaba de sala de ensayo. Las ratas paseaban por las vigas y sorteaban los reflectores. Las palomas anidaban en el techo de zinc.

El hombre sin cara se mantuvo de pie una hora e interpretó todos los papeles de la obra que había escrito. Luego advirtió que por el techo, que debía estar agujereado, caía un pequeño hilo de agua. Caminó hasta el agua azul verdosa y dejó que lo salpicara para darle así un nuevo aspecto a su redondo y liso semblante. Entonces buscó una vieja silla de madera que había en un vértice de la habitación y se sentó. Levantó su mano derecha, extrajo de sus bolsillos un marcador y dibujó una cara en cada una de las yemas de sus dedos.

Una yema sonreía, la otra expresaba frustración, en el dedo medio había una asombrada, una frívola la seguía y en el meñique una carita absorta. Se quedó mirando su meñique por mucho tiempo, hasta que logró que la cara absorta comenzara a moverse.

De alguna manera, logró que la piel de su dedo meñique se estirara, cambiara de forma, comenzara a hacer una transición entre las caras que estaban dibujadas en las otras yemas. Y se distrajo tanto con eso, que la noche sobrevino, el día, las semanas, los meses y enflaqueció hasta quedar hecho un esqueleto. Un día su cabeza se desplomó del peso.

Lo encontraron, hecho un esqueleto, sin piel y con la cara que los médicos habían dicho que tenía bajo el huevo que debió contener una cara. El rostro descubierto, como el de los demás humanos, era único, y hasta en la deformidad de la muerte conservaba la pasión que lo había guiado en sus pasos por este mundo de gente que, en general, llevaba una cara bien visible.

Y así termina el relato de la vida del hombre sin cara.

Por Adrián Gastón Fares

Pueden leer este cuento y otros en mi colección de relatos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos (2019)

Mundo extraño: La invocación (estreno cortometraje)

Nos toca estrenar el nuevo cortometraje de Bombay Films.

Con este grupo de ex compañeros y egresados de Imagen y Sonido ya hemos filmado Motorhome, que he dirigido. El colectivo de trabajo se llama Bombay Films Argentina.

El nuevo cortometraje fue dirigido por Matías Donda. Hice cámara que es otra de las cosas que me gusta mucho hacer. La música de Gabriel Quiroga y la Iluminación de Hernán Caratolli. Corrección de Color: Victoria Lastiri.

Jonathan Jairo Nugnes en La Invocación
Jonathan Jairo Nugnes en La Invocación

Lo filmamos en dos días (un día para la escena de la Invocación, como Motorhome, y otra para el videoclip de… trap en el que actúa un amigo de la casa: Jonathan Jairo Nugnes)

Mundo extraño está presentado por el actor Alfredo Casero, a la manera de la Dimensión Desconocida. Con las actuaciones estelares de Robertino Grosso, Jonathan Jairo Nugnes, Federico Solla, Morena Gonzalez Masier, Diego Rosenthal, Lucía Micaela García, Paula Delgado.

Espero que lo disfruten. Lo subimos ayer.

Sinopsis: Ficción y realidad, dimensiones paralelas que se retroalimentan pero nunca han de tocarse. Dos fracasados, fabricantes de ficciones, en busca del oro de los tontos.

Pueden activar subtítulos en español debajo en YouTube.

Saludos,

Adrián Gastón Fares

Nota: Si pueden firmar esta petición para que pueda trabajar en mi película Gualicho, que vengo desarrollando hace tanto tiempo (y que también haría posible que luego realice mi otro proyecto y guión: Mr. Time) pueden pasar por aquí. No hace falta que firmen pero si pueden difundirlo o ayudar, se los agradezco.

Agradezco si pueden firmar y difundir esta petición ¿Me das una mano compartiendo y firmando esta petición?
http://chng.it/GrXc4CLV 

 

 

Malos tratos

Hoy te entiendo, polvoroso músico
En tu guitarra había cielo
Y en tus dedos nubes
En tu cabeza no había demonios
En los de tu pueblo muchos
No fue hasta que un relámpago
Hizo caer la gota de tus acordes
Que tu diablura cantó
 lejos
Lo que vos escribías era
Lo que no podías creer
que te estuviera pasando
Tus queridos
y queridas.
El demonio.
Decían.
No te escuchaban
Pero te los echaste a la espalda
Y con ironía
Te pusiste la máscara que te habían armado
Harapo por harapo
Para los monstruos no hay caminos
Y menos encrucijadas
Porque con la mirada en la copa de los árboles
No hay polvo que la nuble
Los religiosos
Esos que creen en cosas raras
Y que les gusta tejer maldades
Bajo la luz del sol
Los malos
y los brutos
Te dieron la letra
Pero no la música
Hoy te entiendo, Robert
Porque llega un momento
Que uno escucha la risa de los demás
Más fuerte que la de uno mismo
Y vos subiste más.
Y dejaste la fuente de pueblo para nunca volver.
Entonces,
Que tu guitarra nos guíe
Y las partículas de tus uñas
Que arrancaban las cuerdas
Sigan flotando en el aire
Entre tantas señales
Que digan tu nombre
Del que te jactabas en broma
Ante tanta insistencia
Que la música sola baste
Y tus letras dolidas sean restadas
Del Producto Bruto Interno
De la sociedad que te envenenó
Porque nada cuenta el tiempo más que injustos números
Y en tu cabeza no había palabras ni pedal
Para dar marcha atrás
El mal que te hicieron.
En la encrucijada
En semicírculo
Te esperaron
Para que te pongas esa resonante máscara
Que tejieron para vos
Los que revelaron su cara en el espejismo de la leyenda
El significado de la magia es
Que un ser único
Acepte a las voces del pueblo
Y las transforme en música y carne
Cómo fin triunfal y algarabía
Cómo exorcismo supremo
Y plato
Hondo y vacío
Que refleja miradas hambrientas
Despojadas de esperanzas
Ojalá que los descendientes de los muertos que te hirieron dejen esta vida
Sin haberte escuchado
Según dicen:
Tienen toda la eternidad para hacerlo.
Cuando el cielo opaco se parta con tu voz de relampago.
Y tus dedos largos y y rápidos corran por el mástil.
Desahogantes.
por Adrián Gastón Fares