Afuera.

Mamá, ¿por qué el vecino pone música tan linda?

Porque hace años que se le cayeron las orejas, mi amor.

Ah… ¿Y por qué la vecina tiene esa casa con colores tan lindos?

No tiene ojos.

Yo cuando sea grande voy a hacer casas coloridas así, edificios tan altos como el del otro día. ¿Se puede, mamá?

Nada es imposible para las bajitas como vos y como yo.

¿Y voy a poder ser mi propia mamá? ¿Yo sola? Cómo la señora alta que sale con la bolsa grande al supermercado. Todos los días sale.

Claro, pero esa mujer nunca tuvo madre.

¿Y de dónde salió?

De una fábrica.

En ese lugar debía haber muchas ventanas abiertas, enormes.

Claro, le gusta el fresco. Por el pelaje es.

No sabía que tenía pelos.

Son translúcidos.

¿Qué?

No importa. Seguí comiendo.

por Adrián Gastón Fares

Cosa nuestra.

Scouting Walichu Fotografía de Adrian G Fares

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada misma. Y que los llamaran para avisarles que la persona muerta tenía en su teléfono la dirección de ellos por si algo le ocurriese.

Ahora estaban esperando para reconocer el cuerpo. No tenían la más mínima idea de dónde podría haber salido esa persona.

A los cuarenta y tantos años ninguno de los dos hermanos habían tenido hijos. Era una noticia impensable para ellos que apareciera un familiar nuevo. Y muerto, encima.

¡Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas! No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Los que estaban antes se habían ido antes

Trataron de averiguar el nombre de la persona, pero los enfermeros negaban con la cabeza. Uno murmuró algo. La palabra era irrepetible. ¿Género? Movían la cabeza. ¿Edad? Inestimable, dijeron.

No quedaba otra que esperar en la antesala atestada de personas de ese hospital público hasta que les tocara el turno.

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de los demás con hombros bajos que la rodeaban. Pero las miradas de la sala no reflejaban la pena esperada. Se tomó una fotografía con su celular y la miró para comprobar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja. Se suponía que era la postura correcta para esa circunstancia.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos retorcidos entrando y saliendo en camillas. Pero, por suerte, nada de ese macabro desfile.

La sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los dos hermanos. La puerta de la morgue se abrió. Salieron, cabizbajos, una mujer y un hombre de unos cuarenta años.

¿No se parecían a ellos?, pensaron.

Les tocaba. Debían estar preparados para enfrentar lo inevitable. La enfermera les hizo una seña con la mano para que se acercaran.

Estuvieron diez minutos mirando a lo que yacía en esa camilla.

Era un rostro que se parecía y a la vez no a los de las personas de la sala de espera. Y se parecía y a la vez no a ellos también y a otros rostros que habían visto en viejas fotografías familiares.

Llenaba la sábana blanca y luego la desinflaba. Los ojos parecían los de una mujer, luego los de un hombre, para terminar dividiéndose en varios, como los de una araña. La boca diminuta, luego ancha. Las orejas grandes y después chicas. Todo cambiaba y cambiaba.

Ante la camilla, trataron de llorar, de sentir algo que no fuera mero desconcierto y un poco de miedo. Pero nada los conmovía. Lo más fuerte había sido la emoción vaga de confirmar lo que ya sabían. No era cosa de ellos.

Empujaron la puerta principal del hospital y bajaron los anchos y gastados escalones. Enseguida notaron manchas oscuras, irregulares, a los costados.

Aceleraron el paso. No querían que los apostados cerca de las rejas de entrada buscaran respuestas en sus miradas.

En la esquina se voltearon.

Atrás, en la vereda, la fila de personas seguía recta. Una cuadra tras otra. A lo lejos, se veían carpas para afrontar la larga espera.

Empezaron a caminar. Las cabezas de los que esperaban en la fila giraron para seguirlos.

Llegar hasta el final sería un buen ejercicio para sus piernas. Y llevaría mucho más tiempo traspasar esta vez las rejas del hospital. Tal vez hasta llegaran a descifrar qué era lo que habían visto estirado en la camilla. Era cuestión de encontrar algún recoveco para guarecerse del viento fresco que se había levantado.

por Adrián Gastón Fares (segunda versión de un cuento que no forma parte de Los tendederos)

Los exultados.

Limpiaba con Alicia por las mañanas y después, cuanto ella se iba al curso de literatura rusa, yo atendía a los clientes. En París, como en Buenos Aires, los abogados eran muy buscados.

Allá la gente se daba cuenta de mi sensibilidad. Ayudaba que fuera un escritor en ciernes, que hubiera publicado una novela, los clientes me hablaban más de mi obra que de los casos. Luego volvía Alicia y seguía hablando con ella de literatura. Descorchábamos un champán. Y bebíamos hasta que nos dormíamos. Un día amanecimos desnudos y juntos. Abrazados por el frío que se coló durante la noche por la ventana balcón.

 A veces el sol inundaba la habitación. Preparábamos café. Lo tomamos con tostadas con mermelada de arándanos. Poníamos un poco de jazz en el tocadiscos.

Luego de almorzar íbamos a la Rue de Fleurus. A Alicia le gustan los números tanto como a mí. Y encontrábamos una casualidad interesante en que el número de la casa de dónde habían emergido tantos artistas era el mismo en el que se había clavado el tiempo de la vida de tantas estrellas de rock.

Por la Rue de Fleurus buscábamos a una mujer maciza, de pelo dorado. Debía acompañarla otra mujer, más enjuta. La habíamos visto rondar la placa de la casa que nos interesaba sin detenerse a leer la inscripción. Nos miraba porque íbamos demasiado elegantes, yo con sombrero y Alicia con un vestido azul con volados. Zapatos, nada de zapatillas. Seguíamos a la mujer tosca hasta que se detenía en una verdulería, por ejemplo. La mirábamos sopesar pomelos, aguacates, manzanas, hasta que seguía con sus compras sabatinas. Cada tanto se detenía a mirar su teléfono celular.

Uno de los sábados entró a una librería. Con Alicia nos miramos con los ojos brillando y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de las posibilidades de que la mujer realmente fuera la buscada.

Pasó el tiempo, conocí a compañeros de curso de Alicia que parecían tener un interés que iba más allá de lo físico en ella, nos bañamos en champán y tomamos helado de limón. Rondando la madrugada volvíamos a dormirnos en cualquier lado, a veces observando el cuadro modernista de una pintora que había venido con el alquiler del departamento.

Y llegó otro sábado. La mujer maciza estaba hablando con dos jóvenes que parecían artistas. Nuestra excitación fue en aumento porque uno tenía la mandíbula cuadrada y un niño en brazos y el otro era calvo y de mirada penetrante. Se hizo de noche y a las sillas de la mesa de la vereda donde estaban sentados nuestros objetivos se acercó un gato que estuvo un buen rato lamiéndose las patas cerca del hombre de mandíbula cuadrada. El gato siguió de largo y Alicia dejó dinero en nuestra mesa y me tomó de la mano para arrastrarme detrás del gato.

Lo perseguimos por una cuadra. El gato se detuvo quizá con la esperanza que le diéramos alguna sobra de la cena. En realidad, para poder pagar el departamento y nuestro tipo de vida, no siempre cenábamos.

Alicia se agachó, con el vestido azul redondeando todavía más su espléndido cuerpo, y llamó al gato. Ven, Blancanieves, le dijo. Recién la cuarta vez que lo acarició lo tomé con fuerza, le separé los dedos y los conté. Esperábamos seis pero era un gato común que no tenía ninguna malformación genética. Alicia, desesperanzada, insistió en pasar por el restaurante, y esta vez escuchó que los tres eran hermanos, que la mujer rellena era la tía del niño, y que estaban hablando de neurociencias y psicología.

Volvimos al departamento. Tomamos champagne. Lloramos. Guardamos nuestros manuscritos en las valijas, con cuidado de no estropearlos. Volamos a Argentina. Tal vez tuviéramos suerte cerca del cementerio asediado por una feria hippie.

En este caso parece más fácil. Tenemos que dar con un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer hermosa, casi secreta, con una mirada huidiza y, más que nada, de un ciego. Seguimos sin cenar algunas noches pero descorchando champanes y despertando felices, cada uno amodorrado en su lugar.

Creemos que un día vamos a encontrar al ciego, que la mujer de mirada huidiza, que volvimos a encontrar esperando que se detenga la lluvia en la puerta de las salas de cine, como si se fuera a lanzar al abismo húmedo en cualquier momento, debería tarde o temprano llevarnos a la mansión de la otra chica con la que suele pasearse, una que usa siempre anteojos de celuloide color marfil con cristales verde oscuro.

Y Alicia piensa que una vez que encontremos la primera repetición, podemos volver a Praga, a Boston, a París, con más probabilidad de que se den las demás.

Por Adrián Gastón Fares.

adriangastonfares.com

Un contrato conmigo mismo. Cuento.

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa. Los gatos odiaban a las ratas, desde que Buda y el horóscopo chino los habían marginado de los doce signos representados por animales por ser arrojados al río que debían cruzar, para figurar en el horóscopo, por un roedor, que sí tenía su lugar en el horóscopo pero los felinos no y odiaban a las ratas por esa misma razón. Pero yo no era Rata, era Serpiente. Y me sucedáneo debía ser Mono. Eso me tranquilizó un poco. Pero muy poco.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenará en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño, ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido y tenido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

por Adrián Gastón Fares

En la sección Índice.Cuentos de este sitio pueden encontrar más relatos.

Reunión. Cuento.

Reunión.

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Que ayudó la l-lisina, que había tomado para aumentar las defensas en un período de estrés. Pero ese suplemento dietario no resultó con mis perros. Ni con los familiares y conocidos que la tomaban. Así que quedamos las máquinas y yo.

Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: Agrego que vuelvo a publicar Reunión ahora por razones de tema y contenido. Fue escrito en 2018, si mal no recuerdo.

Este 2020 no debería detenernos sino todo lo contrario. Aunque tal vez sea también momento de pausa y reflexión, de unirse en la distancia y en la nuevas formas de acercamiento humano. Tocando el acordeón en el balcón o aprendiendo nuevas tareas u oficios. O, como escribió una persona en un Facebook, de retirarse a un campo como en el Decamerón, o a un baldío, a contarnos cuentos.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento fue incluido dentro de mi colección de cuentos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1.

Sirvan estos párrafos para honrar el terrible destino de mi hermano. La única esperanza de redención de mi parte reside en la redacción de estas notas en mis pocos momentos de ocio, donde confesaré mi culpa en la desaparición de Miguel y revelaré las desgracias que lo llevaron a tomar esa terrible decisión.

Los diarios dicen que hago prosperar al pueblo. Yo sólo sé que no fui un buen hermano. Sin embargo, tuve mis razones para hacer lo que hice y la vida las burló y se llevó a un hombre alucinado, pero de bien, dejándome a mí el sabor acre de la culpa. Estoy seguro de no ser un criminal. Pero en las noches mi conciencia zozobra como en el peor de los mares y mi vigilia no tiene fin. Recemos todos nosotros, pobladores de este triste pueblo, por el alma de Miguel.

Revolviendo los enseres de mi hermano, uno de mis hombres encontró un diario donde cuenta los hechos que atormentaron los últimos días de su vida. Es mi deber explicarlos, porque a primera vista pueden esquivar la compresión del hombre más sagaz del pueblo, pero todo tiene una explicación.

Son treinta los años que pasaron –reelecto una y otra vez por la honestidad que me caracteriza– desde que asumí la gobernanta de este pueblo. Veo ahora mis fuerzas aplacarse. Mi fin será tan terrible y común como justo. Déjenme entonces olvidarme de la enfermedad que me acosa. Les contaré todo. Y dejaré un testamento para que no bien yo abandone este hermoso mundo –ya que los caminos de este pueblo volverán a ser transitados si la muerte es algo más que nada–, el diario de mi hermano y estas notas que ahora me propongo escribir se den a conocer y sean aprovechadas por mis lectores según les convenga.

Mi labor será la de recordar y créanme que, habiendo estos asuntos arruinado el sueño de muchas de mis noches, no me será grato; al menos no tendré que esforzarme demasiado.

Todo empezó con la candidatura.

Los hombres del partido político confiaban en mí, pero Mario Cardone, el presidente, el hombre más callado que conocí en mi vida pero también el más pérfido, decía que mi imagen no era la adecuada. Que yo tenía un pasado difícil y que, despiertas las imaginaciones por la obsesión de mi hermano con la playa, todos señalaban el precario estado mental de mi familia. El suicidio de mi madre era recordado en el pueblo.

Cuando yo tenía cinco años, ella empezó a reñir diariamente con mi padre. Cualquier nimiedad bastaba para que se enojara. Se peleaban y mi madre salía a caminar. Me contaron que llegaba hasta la playa y que allí se quedaba de pie, mirando la nada. Luego volvía a mi casa y lo mismo al día siguiente. Dos años después, mi madre le habló a Miguel, luego a mí, de una prima lejana y nos mandó a esperar en la playa a la embarcación en la que la chica escapaba de una venganza. Obedecí porque me pareció divertido. Nunca imaginé el efecto que estas tardes tendrían en el ánimo de mi hermano.

Poco a poco empezó a volverse triste. Él tenía dos años más que yo y leí muchas novelas, tantas como mi padre le traía de la feria. Las mujeres ya habían empezado a gustarle, pero las idealizaba y, como todavía era un mocoso, estaba lejos de acercárseles. Siempre me comentaba que era desdichado porque no tenía ninguna amiga. Era verdad, jugábamos mucho, pero siempre con los mismos pibes: el Rulo, Albertito, los Gutiérrez. Nunca una chica. El decía que los personajes de sus novelas tenían amigas con las que compartir sus aventuras.

Entonces, a la manera del afamado hidalgo de la literatura, mi hermano trastocó la realidad a gusto. Empujado por la imaginación de mi madre y las largas esperas en la playa, se enamoró de una mujer que no conocía y que apenas había visto en una desvaída fotografía. Malva era la posibilidad de conocer a una extraña de otras tierras, pero nada más que eso para mí. Para mi hermano lo era todo.

Cierto atardecer, mis padres discutieron y mi madre abandonó la casa para no volver jamás. El cuerpo fue encontrado varios días después. Estaba muy golpeado, lo que hacía suponer que había caído del extremo de la Lengua y que dio contra las rocas antes de que el mar lo paseara por sus fondos.

Al empezar este relato dije que Cardone, el presidente del partido, necesitaba que yo limpiase el nombre de mi familia.

Otro día volvió a hablarme del suicidio de mi madre y del problema de mi hermano. La dilatada espera en la playa era su verdadera preocupación…

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 17.

Luciana se sentó a mi lado en el recreo. Estaba preocupada por mis ojeras. Me mantuve callado. Sin embargo, ella siguió junto a mí. Las compañeras la molestaron por eso. Dice que no importa, ya que su madre puede echarlas cuando quiera. ¡Qué tonta que es!

En las clases, muchos de los chicos permanecen callados y noto en las miradas de algunos cierto brillo que me hace pensar que entienden algo. Sin embargo, otros me ponen el cesto de basura abajo del pizarrón, en el medio, para que al desplazarme escribiendo me lo lleve por delante. Siempre lo hago. No puedo evitarlo.

Pero Luciana realmente se hace querer. Hoy a la tarde gritó cuando iba a llevarme el cesto por delante.

Volvía a casa cuando escuché un motor (un sonido grave, de los que suelo oír más) a mis espaldas y me alcanzó el coche de mi hermano. Sacó la cabeza por la ventanilla y me citó mañana a las tres de la tarde en el restaurante. Dijo que allí me encontraría con alguien. Lo seguí con la mirada cuando doblaba en la esquina y sospeché que estaba preocupado por otro asunto. Decidí pasar una vez más por la casa de la mujer parecida a mi prima. Caminé lo más rápido que pude y al doblar la esquina tuve que esconderme. Ahí estaban los dos. La mujer, de pie en la vereda, escuchaba lo que mi hermano le decía desde la ventanilla de su coche.

Me asomé. Confirmé las sospechas: ella lloraba mientras mi hermano le hablaba. La escuché gritar. El coche de mi hermano arrancó hundiendo los neumáticos en el asfalto.

Al asomarme otra vez la vi parada junto a la reja de su casa. Desconsolada, se llevaba un pañuelo a los ojos. Decidí volver por donde había llegado.

Creo que mi hermano quiere aprovecharse de esta mujer. Tal vez tiene un amorío y ella pretende más. De cualquier modo, el parecido con Malva, mi prima, es notable.

Mañana debo encontrarme con quien sea en el restaurante.

Y como un fantasma no respeta ninguna cita, me parece que mi hermano reclutó algún viejo vagabundo para que me explique cómo llegó a sus manos ese medallón. Si es así, aprovecharé para fingir que tiene razón.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 2.

Falcón me invitó a reunirme con él en la comisaría para poder transcribir el manuscrito antes de entregarlo al estudio de los expertos de la Municipalidad. Dejó claro que era un favor que me concedía por mi consabido interés en el tema.

El mate que cebaba era un mate de policía. Los paraguayos largos que flotaban me dieron ganas de que la pava se vaciara pronto. Me prohibió que tocara el manuscrito antes de haber tomado, por lo menos, cinco mates. Al sexto, dijo que podíamos empezar, que su estómago ya estaba caliente.

Abrió el cuaderno, lo hojeó y me lo pasó. Señaló una máquina de escribir antigua y me ordenó que lo transcribiera. Comencé a hojear el diario y Falcón se disculpó porque tenía otros asuntos que atender. Se llevó la pava y el mate y cerró la puerta de la oficina.

No pude contener mi emoción y ataqué el cuaderno con mis dedos, que temblaban mientras corrían por la hoja. Tuve una desilusión: el diario era muy corto y no daba suficiente información sobre el carácter de Malva. En dos horas había terminado el trabajo encomendado. Las tristezas de Malva llenaron veinte hojas mecanografiadas en mayúscula. Transcribo el resumen que pensé mientras volvía a casa y que releo en mi memoria desde que llegué.

Malva relata el abordaje al bergantín San Tormes y su tristeza al contemplar cómo se alejaba de su patria. Hace referencia a nuestro pueblo y a encontrarse con gente de su sangre. Dedica dos páginas a don Hugo, su tío, el capitán del que me habló mi madre, recalcando lo bueno que era y expone las aventuras fantásticas que le contaba, en las que él era una especie de intrépido explorador. Malva creía todo esto, que le hacía olvidar su terrible destino.

Eran amables y divertidos. Malva jugaba con los dos chicos de los Gracián. Eduardo, de chispeantes ojos negros y risa contagiosa y Josefa, cuyos apacibles ojos celestes hacían recordar los de su madre y, a pesar de que una deformidad en la planta del pie izquierdo la condenaba a renquear de por vida, su carácter alegre al señor Gracián.

En el segundo día de viaje Malva jugaba con Josefa en cubierta cuando advirtió que un hombre la espiaba entre las mantas con que se tapaba para dormir. Al hombre ya lo había visto acercarse lentamente a ella y dudar en el último momento, como si quisiera abordarla pero un lazo invisible se lo impidiese. Dormía sobre cubierta como los demás y, a diferencia del resto, llevaba un extraño acompañante: un perro del que sólo se veían los pelos negros que sobresalían de la manta con la que lo arropaba. Este animal no se movía nunca. Sólo cuando el pasajero extraño lo acariciaba se oía un lastimero ronquido, una especie de gruñido agónico, que los demás tripulantes no sabían si atribuir al perro o al hombre. Después de pasarse un rato apaciguando a la mascota, el hombre agarraba un cuaderno y se ponía a escribir con inusitado fervor. Los ojos de Malva se encontraron de nuevo con los del extraño esa tarde y ella reconoció un fulgor que sólo había visto una vez: en los ojos de un violador a punto de ser ahorcado en una plaza. Cuando le confesó a su tío lo que temía, el capitán comentó que sus peores sospechas se estaban confirmando.

Don Hugo interpeló al hombre y al volver estuvo meditabundo toda la tarde. Al anochecer mi prima lo vio conversar con su ayudante. Esa noche la habitación de Malva estuvo custodiada por dos hombres a los que el capitán Hugo había dado una suma generosa de dinero. Ésta fue la causa del desvelo que mantuvo a Malva pegada a la ventanilla que daba a cubierta.

Pasada la medianoche vio que dos sombras se acercaban a los guardias y les hablaban en murmullos. No pude entender lo que decían pero reconoció a su tío y al ayudante. Al terminar de hablar el capitán se dio vuelta y fue directo a proa acompañado por los tres hombres.

Rodearon al sospechoso que dormía en cubierta con el perro y uno de los hombres le pegó una patada en el estómago. El perro chilló e intentó escaparse. Era una bola de pelo flaca con un hocico puntiagudo y uñas largas y afiladas. Malva pensó que era una rata gigante.

Los otros dos hombres, con la ayuda de don Hugo, arrojaron primero al perro al agua y luego lanzaron al hombre. Recién cuando los gritos de socorro del pordiosero cesaron, Don Hugo le explicó a Malva que era el hombre que había jurado vengarse y que estaba en el barco para matarla. Mi prima lloró toda la noche.

El diario sufre aquí una interrupción de diez días y cuando se reanuda mi prima parece otra. El relato es ahora el de una persona obsesionada con la personalidad de su verdugo. Dice que pudo sonsacarle a don Hugo las últimas palabras del vagabundo mientras se ahogaba. Fueron: ¡Seguirá! ¡La venganza seguirá!

Días después, una mañana Malva paseaba por cubierta cuando Josefa se le acercó. La cojera de la chica se había intensificado tras el incidente con el vagabundo. Los gritos agónicos del hombre le habían estropeado los nervios. Josefa sonrió y le dijo que había algo que sólo ella tenía en el mundo. Malva, como es común en estas situaciones, le siguió el apunte. Entonces se dio cuenta que la chica hablaba en serio y que creía poseer un gran secreto. Josefa quería que Malva le prometiese que si se lo mostraba no se lo robaría. Malva juró y la chica salió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno. Se lo tendió a mi prima, advirtiéndole que era de su propiedad. Malva lo hojeó.

Estaba escrito en imprenta, en letras de trazos gruesos, como si el escritor repasara las letras con el lápiz. El autor no era otro que el vagabundo.

La pluma de mi prima transcribe las palabras de ese diario. Primero nos cuenta que hizo un trato con Josefa. Si le entregaba el diario ella le regalaría un anillo. Anillo que tenía engarzada una piedra roja, tan brillante como falsa. Malva le aseguró que bajo la piedra vivía un duende, también rojo y brillante, que se ocuparía de que Josefa fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi prima se arrepintió de haber dicho lo último. Recordó que en estas promesas suele haber siempre algo de verdad, que las monedas aparecen bajo la almohada por el favor de los padres a cambio de los dientes perdidos, y que una niña que no cojea siempre puede transformarse en una bella mujer.

El vagabundo firmó una de las entradas del diario con el nombre de Castillo. El hombre contaba su vida. Era huérfano, se había enamorado de una pastora, a la que había perseguido noche y día, hasta que en una fuente le declaró su amor, al hacerle descubrir un anillo de oro posado en el fondo, que lo había arrojado él con el propósito de regalárselo. Para asegurarse un oficio y formar una familia, fue aprendiz de herrero durante cinco años. Luego describe su casamiento y el nacimiento de su hija única, a la que adoraba tanto como a su esposa. Los trazos gruesos terminaban el día que el padre de Malva mató sin querer a su hija y comenzaba de nuevo, con ligeras variaciones, como si el hombre quisiera recuperar su felicidad al escribirla una y otra vez. La letra se va haciendo más chica mientras menos hojas le quedan, hasta que es casi ilegible su repetición de su tragedia y felicidad.

En los márgenes del diario, anotaciones onomatopéyicas. Amenazas. “Te mataré, joven virgen, y todas las que me recuerden a ti conocerán el filo de mi puñal”.

Otra. Mi puñal será como los relámpagos, que una y otra vez vuelven a hundirse en la misma nube. Y la siguiente, terrible: “Polvo nuevo serás en la nueva tierra”

Malva se apiada del alma del asesino. Recuerda que era un padre deshecho por la muerte de su hija. Pero en otra página anota que la tenía preocupada la desaparición en su camarote de un retrato suyo. Cree que Castillo abordaba el bergantín en las noches y que en una de sus visitas se lo sustrajo. Más adelante escribe que guardaría su diario en una de las cajitas de oro que había en el camarote del capitán. Si algo le ocurría, entonces las personas que la esperaban en su nuevo hogar sabrían la verdad. De ahí en más, aparecen dos anotaciones.

Una describe la inesperada muerte del señor Gracián de un infarto. El cuerpo fue encontrado en cubierta y las facciones desencajadas hacían suponer que había visto algo que lo sorprendió. La otra, exhibe, con trazos apurados, los temores de que Castillo no hubiese muerto. Después, páginas en blanco.

Ahora sé quién era el hombre que vi ese día en la playa. La sangre que humedecía el puñal no era otra que la temida. Ignoro cómo pudo saciar su venganza. Imagino que habrá nadado hasta nuestras costas y allí los habrá esperado. El estuche encadenado al mástil debió haber sido la estrategia de mi prima para evitar que el fantasma de Castillo, que ella creía que entraba por las noches en su camarote para extraerle sus pertenencias, le arrebatara el diario.

Mañana hablaré con Falcón. Le pediré que me acompañe a revisar una de las tumbas del cementerio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 5.

Cuatro hombres esperaban sentados en el mejor restaurante del pueblo sin nombre. Como el pueblo, tampoco tenía nombre. En el cartel decía simplemente: Restorán.

No era un pueblo recién establecido. Sin embargo, nunca había tenido nombre. Al principio, nadie se había preocupado por dárselo. Los pobladores lo llamaban “acá”, “este pueblocho” o, a secas, “donde vinimos a parar”

Hacía unos años —y éste era uno de los asuntos en los que se había lucido el partido político al que pertenecían los reunidos— una familia había decidido dejar sin nombre a su primogénito. Sus vecinos los imitaron y tampoco nombraron a sus hijos. Luego, muchos lo hicieron a modo de protesta contra la gestión del señor Schlieman. Un grupo de vecinos se juntaba en las plazas para gritar que su descendencia llevaba el nombre del pueblo, o sea ninguno. En adelante habría mayor justicia ya que cada persona valdría por sus actos.

Entonces fue cuando Mariano Percusi, el fundador del partido “Trabajadores unidos de acá” y opositor de Schlieman, dio su discurso memorable. Los sublevados reconocieron su error y empezaron a preguntar nombres. Sin embargo, muchos de los detractores de nombres nunca se preocuparon por nombrar a sus hijos y cuando estos alcanzaron la mayoría de edad debieron bautizarse por sí mismos. En el restaurante se encontraba, ya que formaba parte del partido “Trabajadores unidos de acá”, uno de los innombrables de antaño. Cuando tuvo edad suficiente eligió llamarse Alberto.

Señaló a Juan que cerraba la puerta y, enemigo del bochinche, dejaba caer suavemente la cortina metálica. La conversación mantenida amainó y el silencio esperaba el comentario del recién llegado.

—¿Y…? —preguntó Mario Cardone.

Era el dirigente del partido, un hombre que distribuía su gordura en un metro cincuenta, rostro mancillado por cicatrices que nunca nadie sabía cómo se las ganaba y muy callado. Sólo hablaba para señalar errores. Hacía dos años que Cardone había invertido tiempo y dinero para impulsar la candidatura a gobernador de su querido amigo Juan Vergara.

—No hay caso, no quiere saber nada —contestó Juan bajando su cabeza como si súbitamente le pesara más.

Mario enrojeció y mordió una pata de pollo con avidez. El Ruso apoyó el vaso, se limpió la boca con la servilleta y dijo:

—No puede ser.

—¿Por qué no se olvida del asunto? —dijo Iván, un tipo de mucha gomina y poco pelo.

—Va porque para él es una especie de ritual, como para otros ir a la iglesia —dijo Juan.

—Che, no compares… —recomendó el Ruso.

Mario siguió comiendo, mirando de vez en cuando fijamente, pero con ojos serenos, a los que lo rodeaban.

—Piensa que ella va a aparecer un día —dijo Alberto.

—Tiene esa esperanza —murmuró Juan.

La cortina metálica de la puerta de calle estaba compuesta por abalorios de varios colores, que formaban en el medio el dibujo de un pavo real de cola desplegada. Cuando alguien entraba el pavo real desaparecía y los abalorios se entrechocaban produciendo un irritante sonido. Como en aquel momento, cuando apareció una rubia acompañada de un joven apuesto que había dejado el partido hacía un tiempo porque estaba disconforme con la presidencia de Cardone. Toda la mesa se dio vuelta para mirar con envidia al joven y con admiración y deseo a la esbelta muchacha.

Juan pidió un whisky. Mientras humedecía sus labios pensó que en el pueblo todos estaban locos. Apoyó el vaso en la mesa y preguntó:

—¿No estarán todos locos Acá y le echamos la culpa a mi hermano?

—¿Acá-acá decís? —preguntó Alberto.

—En este pueblo.

—Aburridos, pero locos no —interrumpió el Ruso.

—Preguntaba porque en Obel dicen que en los demás lugares no son así. Que acá todo es distinto.

El Ruso se quedó pensando y después dijo:

—Es que somos particulares.

Alberto levantó la cabeza:

—Ahí tenés un nombre para el pueblo: “Bienvenidos a Particular”… Si el proyecto del nombre sigue adelante yo abogo por ése.

Mario miró fijo y sereno a Alberto. El que una vez no había tenido nombre pestañeó varias veces. El Ruso, que siempre decía las cosas obvias que a Juan no le interesaba decir, se levantó y declamó:

—La gente quiere un nombre. Está con nosotros. Estoy seguro que Juan va a ganar. Y para ayudar a que eso pase estamos hoy acá. No se trata de poner el pecho nada más, sino de hacer las cosas con seguridad, dedicación y… amor. Vamos a ayudar a este pueblo a encontrar su identidad. Juan será el gobernador de un pueblo digno, con un nombre y un futuro.

Todos aplaudieron, salvo el aludido que seguía pensativo, acariciando una servilleta, como si quisiera escribir en ella una palabra.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 4.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

 

La edad de Roberto.

La edad de Roberto.

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

por Adrián Gastón Fares.

Más relatos, cuentos, están en la sección Índice. Este cuento lo publiqué en este blog originalmente el 20 de junio de 2017.

PD: La edad de Roberto está incluído en mi primera colección de relatos llamada Los tendederos.

Intentos de desaparición.

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio.

 

Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo. El padre de Glande, que de forma irresponsable a veces contribuía a su fama de compositor en ciernes, en esos momentos trataba de explicarle a Martín que si bien su hijo había editado un disco, no se dedicaba a eso todo el tiempo, y que también hacía otros trabajos relacionados con la carrera de Diseño Audiovisual, que había abandonado en el segundo cuatrimestre para meterse en el conservatorio. Luego Glande decidió cortar con esos trabajos, a los que no podía responder del todo debido al zumbido en los oídos que disminuía su poder de concentración para escuchar las órdenes de sus jefes, y su padre tuvo que inventar otras respuestas.

 

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa.

 

Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

 

por Adrián Gastón Fares, 21 de julio de 2008 (viejo, ¿no?)

Intrasparente. Novela. Índice.

Tardé un poco, pero armé el índice de Intransparente o Intrasparente (parece que las dos grafías dan lo mismo… ) Pueden encontrar mi novela sin problemas, rápido y simple, en este blog y más fácil siguiendo este índice:

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Autor: Adrián Gastón Fares.

Los tendederos. Cuentos.

Dejo nuevamente estas notas del proceso de crear el libro y el link a los cuentos en PDF, de mi libro, Los tendederos.
En este mismo blog pueden leer, si rebuscan un poco, mi novela Instransparente y mi otra novela ¡Suerte al zombi! (falta publicar El nombre del pueblo, pero creo que pueden encontrarla por ahí…) A. G. F.
Nota:
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

Los encantados. Cuento.

Le serví el té a la señora con una tarta de manzana espolvoreada con canela.

—Nena, estás preciosa hoy ¿Te das cuenta el color de piel que tenés? Fijáte.

Sacó un espejo. Mi piel estaba bastante bien, algunos puntos negros nada más.

—Necesita anteojos—le contesté.

La señora, con una expresión algo más amarga, siguió sonriendo.

—Qué pena que no tenga nietos, señora.

—Matilde, ninguna señora, ya te dije, además te conté que no tuve hijos, ¡cómo voy a tener nietos!

—Es un deseo nada más.

—Los deseos pedílos para vos— Miró hacia la calle. Así parecía darle la espalda a su pasado.

La señora era muy flaca, con los hombros un poco caídos, y se teñía el pelo de un rubio ceniza, como para que no se notara tanto.

Seguí atendiendo hasta que escuché la ambulancia.

Afuera, en la acera, había una señora de la edad de Matilde, unos ochenta años, pero rellena. O por lo menos eso parecía tirada en el suelo.

Javier, mi compañero, volvió y me contó que la vieja se había partido la cadera. Mientras, Matilde había dejado su mesa y ya estaba al lado de la accidentada. Aproveché que Rodolfo estaba en la cocina y salí detrás de ella.

Los labios de la vieja temblaban. Al fin logró pronunciar una palabra.

—Alejandro.

—¿Quién es Alejandro, señora? ¿Su hijo?—preguntó Matilde.

—Mi nieto.

Los labios de la mujer siguieron temblando.

El de la ambulancia ordenó que se corrieran porque la iba a ubicar en la camilla a la señora. Matilde me miró un segundo, y tomó una decisión.

—Tomá, nena—. Me dio unos pesos—. Me voy.

Y se subió en la ambulancia con la vieja accidentada.

A los dos días volvió. Le pregunté sobre lo que había pasado. Llovía. Matilde parecía preocupada pero esta vez no por su pelo.

—No sabés cómo lloraba esa mujer en la ambulancia. El médico me dijo que en el estado que tiene ella, partirse la cadera… Qué mala suerte.

—¿Y quién era ese Alejandro— le pregunté.

—El nieto. Me pidió que vaya a visitarlo, que necesitaba llevarle las pastillas. Había salido para comprarle eso.

—¿Es enfermo?

—Depresión, creo.

—¿Y fue?

—Nena, no me animé. Dice que no quiere hablar con nadie. Vive encerrado.

—Hikikomori.

—¿Fujimori? Qué tiene que ver.

—Hikikomori, dije, señora. Es una expresión japonesa. Son los que no salen de la casa. A mí me gusta la cultura japonesa, Matilde. Leo mucho… libros.

—A mí no me gustan los japoneses.

—Bueno, son gustos.

—Me dijo que apenas habla, que se la pasa en la maquinita… en la computadora ¿Y si es un psicópata? Cómo le voy a llevar comida.

—¿Le pidió que le llevara comida también?

Matilde asintió.

—Espere.

Fui a la cocina y armé unos paquetes.

—¿Vos te pensás que no cocino, no?

—No, señora, es para que sea más fácil.

—¿Para el loco ése?

—Por ahí no es loco.

Matilde se quedó mirando por la ventana un momento. Inspiró hondo y expiró largo.

—¿Qué hace?

—Eso me enseñaban en yoga…. Dame, nena.

Me sacó la comida de la mano, se incorporó, apoyándose en la mesa, y caminó hacia la puerta.

La lluvia trajo a muchos clientes y ese día pasó rápido. Javier no me miraba. Me pedía opiniones sobre las chicas que intentaban seducirlo. Yo hacía rato que estaba en Argentina pero Javier hablaba con encanto, era moreno, musculoso, alto. Cuando entré pensé que iba a pasar algo entre nosotros. Pero no pasó nada y yo con las ganas. Esas esperanzas que no son buenas.

Al otro día estaba sirviendo un desayuno. Vi que Matilde me llamaba desde enfrente, cruzando la calle. Le pedí permiso al encargado.

—El Fujimori tiene la barba por el piso. Es alto. Sin barba sería un chico lindo, pobre. Pero está arruinado. Si hasta debía haber pulgas ahí. No me quería abrir la puerta al principio.

—¿Y cómo hizo?

—Le dije que su abuela se había muerto.

—¿Se murió?

—No, ¿sos tonta? Pero se lo dije para que me abra.

—¿Y le abrió?

—Sí. Y me miró con los ojos redondos como platos. Estaba en otro mundo. Había humo… Humo de la cocina no era.

—¿Y comió?

—Me sacó las pastillas de la mano. Está flaco como un esqueleto. No quiso comer.

—Tengo que volver porque si no me retan, señora.

Crucé. Me pareció que la señora me llamaba.

Rodolfo estaba con esa cara de culo que ponía cuando yo salía un momento. Si no era para sacar a los que entraban a vender cosas no me lo permitía. Yo los acompañaba hasta la puerta porque a Javier una vez le habían pegado. En cambio, conmigo no se metían. Rodolfo decía que yo tenía algo que calmaba a la gente.

Al otro día tuve franco. Así que estuve en la cama bastante, me hice las uñas, terminé de ver la serie, traté de meditar, hablé un poco con un chico, un argentino de esos cancheros de la zona, y me fui a leer a la plaza un libro. A la noche descorché un vino, estudié un poco, por suerte faltaba para el examen, pensé que iba a tomar la mitad pero me lo tomé todo.

El día siguiente ni bien llegué la señora me estaba esperando con la expresión más dulce del mundo.

—Nena, ¿se puede saber cómo te llamás?

—María.

Se hizo la señal de la cruz.

—¿Qué hace?

—Está endemoniado ese muchacho. Poseído. Se tiró en el piso y gritaba.

—¿Usted cree en esas cosas?

—Yo no pero la vieja dijo que lo maldijeron.

—¿Cómo está?

—¿La vieja? Está mal. Cada vez, peor. Delira. Que la última novia vaya a saber qué le hizo a su nietito.

—¿Quiere que le prepare comida para llevarle?

—Ya le llevé— Matilde fue tajante —. Le hice un estofado—. Qué raro una mujer de antes que no supiera mentir, pensé.

—¿Y le gustó?

—No come el encantado.

—¿Y sigue sin salir?

—No sale ni a palos. No habla mucho tampoco. Por lo que pude escuchar de la vieja, desde que lo dejó esa chica quedó así medio estúpido.

—¿Tiene paranoia? ¿Se piensan que lo persiguen? ¿Es bipolar? ¿Autista?

—No es un maníaco. Le dan pastillas porque no puede dormir.

—Bipolar no es un maníaco, señora. Yo estudio psicología, sabe.

—Yo no creo en esas cosas.

—¿En qué cosas?

—En la psicología.

—Pero no es una religión.

—La vieja me contó que el Fujimori ese fue a un montón de psicólogos. Que se gastó la jubilación de ella en eso.

—No habrá tenido suerte.

—Y supongo que no. Está… rayado… rayado pero muy triste, yo me doy cuenta, y melancólico.

—Tendrá depresión entonces ¿No dijo eso?

—Las pastillas que les llevé son para dormir.

—Entonces es insomne.

—A mí también me cuesta dormir. Tomo unas parecidas pero yo me alimento como verás—. Se llevó un pedazo de tarta a la boca y masticó con ganas.

—Espere.

Fui a la cocina y volví con un paquete lleno de dulces esta vez. Matilde sonrió. Miraba la mesa, pensativa. La situación parecía superarla. Javier estaba hablando con una chica pálida de esas de este país que no dicen nada. Más las de esa zona, era como si les faltara algo, gracia, no sé. Lo dicen mis amigos argentinos. Y también lo decía Javier. Aunque después salía con ellas. Fui a atender a una pareja. Cada uno estaba en lo suyo, con celulares en la mano a la altura de sus rostros. Después atendí a otros que era primera cita.

El señor que me miraba siempre el culo.

El que tenía “conversaciones importantes”

La chica que venía con las amigas y se rían dos horas.

Ese chico que escribía y escribía y tomaba un café tras otro y no dejaba nunca propina o dejaba poco.

El otro tipo que me miraba el culo. Y que una vez me había invitado a salir.

El viejo que miraba la carta y no entendía nada.

Había tantas caras y yo me acuerdo de todas. Nunca las olvidé.

Y tuve otro franco que terminó con una botella de champagne de las pequeñas. La disfruté y luego prendí unas velas, me senté en la alfombra a meditar, tenía que pensar porque quería estar en mi país frente al mar, pero me costó visualizar el mar, si lo veía era el mar de acá, las playas ventosas y frías, que me gustaba pero menos. Luego prendí un puro, tiré humo para alejar a los malos espíritus que pudiera haber en ese edificio tan grande que parecía una pirámide. No sabía ni cuantos vecinos tenía. Eso me daba miedo. Tantos profesionales. Para qué estaba estudiando psicología si en mi edificio ya había ocho psicólogos, casi uno por cada piso.

Llegué al otro día con ganas de trabajar y olvidarme de todo, de la carrera, de mi edificio, de las burbujas del champagne, de la playa, de los espíritus en los que apenas creía.

Y ahí estaba Matilde. Hablando con Rodolfo.

Apenas puse el pie en la alfombra de la cafetería me agarró del brazo y me sacó afuera. No pensé que tuviera tanta fuerza.

—¿Qué hace, señora?

—Matilde, te dije, caramba. Vamos. Convencí a ese pelado de que te dejara salir.

—Tengo que trabajar.— Logré soltarme de ella, mientras Rodolfo negaba con la cabeza, como diciéndome que me fuera.

—Le conté a Rodolfo que se murió la vieja. Le quise pagar tu día. No quiso. Vamos. Tenemos que ir al velorio. También lo convencí al Fujimori.

Me di media vuelta.

—¡Señora!

—¡Vos vas a ser una señora! Yo no. Dale.

Matilde paró a un taxi. El coche casi la pisa.

—¿Me quiere decir adónde vamos?

—Al cementerio.

—Qué bien.

—El chico no es feo.

—¿Qué chico?

—A vos te gusta el Javier ése que no te da ni la hora. Además es colombiano y te va a meter los cuernos.

—¿Por qué dice eso?

—Mi amiga tuvo un novio colombiano. Le metió los cuernos.

—¿Y usted qué quiere?

—Dejá de decirme usted, carajo. Acá se dice: vos ¿No, señor?

—Si usted lo dice—contestó el taxista que no era argentino tampoco.

—Más vale que le sonrías.

—¿A quién?

—A Alejandro.

—¿Fujimori?

—El nieto de la Betty que murió la pobre con el nombre de él en sus labios.

—¿Qué es lo que quiere?

—¿Vos no me dabas paquetes para él?

—Sí.

—Bueno, yo tampoco voy a vivir para siempre y la vieja se murió. No es malo el Fujimori. Lo afeité un poco y todo.

—¿Qué quiere que haga?

La señora en vez de contestar me dio vuelta la cara y se puso a mirar por la ventanilla. Hice lo mismo. Era un día de la semana ajetreado, colas en los bancos, una manifestación que había cortado la avenida. Nuestro chófer sacudía la cabeza afligido.

—Este país—murmuró, clavándome la mirada por el espejo.

Matilde dijo sin mirarme.

—Le prometí que su ex novia iba a estar en el cementerio.

—¡Pero seño… ¡Matilde!

—Pero era para que él viniera al entierro, nena ¡Es su abuela!—. La señora se dio vuelta y me miró. Sus ojos tenían un brillo que nunca había notado—. Y quiero que estés ahí.

Tragué saliva.

Matilde no volvió a hablar hasta que en el cementerio Alejandro repitió mi nombre.

por Adrián Gastón Fares

 

Corte.

Ruido sordo
Corte magro.
No completo.

Succionado.
En la mitad.

Para que sea antes:

Tiene que existir y oírse.

Como entender mal y decirlo bien.

O engañar
O mentir
O el potenciar, para expresar.

Lo verdadero.

Un grito callado
Como el llorar hasta:

Reír.

En silencio.

Imágenes.

Noches de palabras.

Mar y arena.

Retro avance.

Sosiego.

Vértigos.

Recursos estéticos,

del cine.

Desamplificarse.

Y mostrar.

Sin soñar.

Sin sonar.

Por Adrián Gastón Fares (Diciembre 2019)

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo que algunos no quieren contar forma parte del libro, antología de cuentos propios del autor, llamada Los tendederos

Los-tendederos-portada

 

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 2.

2.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 4.

 

4.

Ahora pienso; ¿qué persona adulta actual, ocupada, con actividades sociales, deportivas y culturales programadas, los días sellados a fuego contra la soledad, perdería tiempo en una amistad virtual con un tipo como Elortis? Yo en aquel tiempo estaba sola, sola como cuando decidí en estas vacaciones revisar los archivos para darle forma a esta especie de pregunta sobre Elortis.

La ciudad está casi vacía, ayer fui a tomar mate con una amiga a la placita que está en Cabrera; hoy, con el sol, agarré Callao hasta Quintana y me fui caminando hasta Plaza Francia, escuchando música, mascando un chicle por los nervios. En Recoleta vive la chica a la que le compro los cosméticos, pero es domingo y no podía pasar a buscar la crema que le encargué. En una esquina me crucé con una viejita en silla de ruedas empujada por una sirvienta negra. Tenía ganas de cruzarme con una persona en especial, tal vez por eso salí a caminar.

Mis amigas me dicen que vaya al psicólogo. Piensan que tiene que ver con la historia de mi padre. Pero últimamente tengo la cabeza puesto en esto que estoy escribiendo. Hay un chico, Hernán, con el que estoy saliendo. Me pasa a buscar en auto por mi casa y vamos a cenar. Siempre llega un poco tarde, y los fines de semana la pasa con sus amigos o visita a su madre. Para mí, mucho mejor. A mamá le cayó bien porque su padre trabaja en el Gobierno de la Ciudad. Hernán ahora se fue a recorrer el sudeste asiático y Nueva Zelanda con los amigos. Me escribe mensajes diariamente. Subió fotos de koalas, qué ternura, y de bicicletas de todo tipo, más que nada esas con techito. En otra, Hernán está en un barco de madera frente a un islote en la Ciudad Prohibida —Purple Forbidden City, puso él en las descripción de la foto.

También estuvo en Vietnam (donde vi algo que no me gustó ni medio; lo vi nadando con los amigos y un grupo de chicas, entre ellas una rubia que aparece abrazándolo en otra foto) y Camboya (paseando por una feria y frente a unos minaretes que se reflejaban en un laguito oscuro; en otra foto dice que es el templo de Angkar). También vi templos abiertos entre los árboles gigantes y hasta una estatua de cara sonriente ubicada en los huecos de una raíz enorme. Aparentemente, las raíces y los árboles dominan todo en Camboya, se derraman por todos lados.

Siempre en ojotas —yo no sé cómo hace para  recorrer tanto en ojotas— y en cuero. Le gusta mostrar los músculos. En Tailandia aparece otra vez con la rubia compartiendo nada menos que la montura de un elefante. Aparece solo delante de templos budistas dorados, y en una canoa mirando otra canoa, repleta de verduras, frutas y hortalizas. En otra mira, sonriente, como un monje abraza a un tigre encadenado. Impresionante, el agua turquesa del viaje a Ko Phi Phi.  Las últimas fotos que subió fueron las del Templo de los Monos, un lugar que sería la delicia del padre de Elortis, supongo. Ahora él y su grupo están en camino a Nueva Zelanda. A la vuelta tiene que preparar unos finales.

Augustiniano, está de novio con una amiga que conoció en mi cumpleaños, aunque creo que sigue enganchado conmigo. El año pasado seguí yendo con los compañeros de trabajo a ese bar que está en un subsuelo, más yanqui que irlandés, que se llena de extranjeros. Ahí nos habíamos cruzado con Elortis por única vez. En los televisores juegan al rugby, pasan lucha libre, boxeo o fútbol americano. Llenan jarras de cerveza mala (leyenda urbana: corre el rumor que la alteran con algunas sustancias para mantener dispuesta a la clientela femenina).

Cuando yo recién empezaba a conocer ese bar, quise que Elortis captara el mensaje subliminal de mi subnickte espero donde nadie oye mi voz—, tal día Elortis, tal día en tal lugar voy a estar yo con mis amigas, ese lugar que te comenté en una conversación, que apenas se podía hablar por el volumen alto de la música, sentada en una mesita, con la jarra de cerveza en el medio Elortis, riendo medio tensa porque vos podés aparecer en cualquier momento, y no sé si voy a poder hablar. ¿Por dónde empezar? Si ya nos hablamos todo, o por lo menos vos te hablaste todo.

Sin embargo, ahí terminé conociendo a Hernán, que es compañero de comercio internacional del novio de Agos. Ahora, a veces tengo esa sensación a la que se refería Elortis de olvidarse algo, más que nada cuando llego del trabajo y ceno con mi mamá o estoy con Hernán, es como si tratara de cerrar una puerta pesada. Confío en que este libro me ayudará a cerrarla, aunque tengo que admitir que por ahora no hizo más que hacerla batiente. Por lo menos, airea mis pensamientos.

Soy una persona feliz, de eso no me caben dudas. Sin embargo, un día le advertí a Elortis, para agregar un poco de drama al asunto, que yo no pasaría de los cuarenta años, que me veía muriendo joven como Marylin (incluso usé un tiempo de foto de perfil a una de Marylin sonriendo —los labios separados, como dejando escapar el hálito vital que le enciende los ojos. Después de todo, me resfrío fácilmente y los huesos me duelen seguido, además de la operación que tuve; por suerte las cicatrices ya se fueron.

En una conversación, Elortis se acordaba que durante la primaria fue a un asalto —de una compañera que tenía un tero suelto en el fondo de la casa—, y al principio él tenía vergüenza y se mantenía distante, pero al rato estaba haciendo chistes y bailando, me dijo, pero justo empezaron a caer los grandes para buscar a los invitados, y la fiesta se terminó. La muerte debería ser así, conveníamos, en lo mejor de la fiesta te vienen a buscar. Juancito, vinieron a buscarte.

Un día Elortis se puso en el recuadro del mensajero una foto cortada a la mitad, se notaba que había suprimido a alguien más que lo abrazaba por la cintura o por lo menos una silueta bastante pegada a él, más que seguro Miranda. Estaba sonriendo. No aguanté más. Lo saludé: Elortis, qué te hacés con esa foto. Graciosa la foto, parecía canchero y ridículo a la vez, bronceado y con el pelo revuelto porque era en la playa. Retomamos la comunicación.

Venía de comprar un repuesto para la lapicera papermate que usaba para escribir. De paso, se había traído algunos tés nuevos para probar: té abu, una cucharadita de esas semillas en medio litro de agua y hervir quince minutos como reemplazante del café (pero no le gustó mucho el sabor, y el olor era medio nauseabundo como de chino transpirado, aunque nunca olió a un chino que lo perdonaran, o a salsa de soja recalentada) té blanco que sí le gusto, té banchá, concentrado y refrescante (el empleado, muy amanerado y amable, le explicó también que, a diferencia del té verde común, el banchá se deja tres años en la planta antes de cosechar), té de vainilla, miel y manzanilla para cuando tuviera ganas de algo más dulce, y té de jengibre de Singapur. Y ya que estaba se llevó una raíz de jengibre para condimentar, y echarle al mate. También se compró un paquetito con nueces, pistachos, almendras y pasas de uva que devoró al instante porque estaba nervioso.  Al empezar la semana, se le había ocurrido llamar a la misionera para ver si estaba sola e invitarla a salir. Ahora que no estaba con Miranda se sentía libre y fuerte para hacer este tipo de locuras. Estaba pensando mucho en los ojos verdes de la misionera (¡justo se me tenía que ocurrir hablarle!)

A pesar de los años, le reconoció la voz al instante. Estaba con amigas y le pidió disculpas por no poder hablar. Elortis escuchó que alguien se reía sarcásticamente del otro lado de la línea, y se le ocurrió que tal vez ella estaba con el estudiante de medicina y, al ver que la llamaba otro hombre, un desconocido, el tipo habría decidido dar un portazo de celos. Porque eso había escuchado: un portazo. Después ella dijo que se le había escapado el perrito caniche que tenía y cortó la comunicación. Elortis, que desde que había ido a Mar del Plata con Sabatini no probaba un cigarrillo, necesitó fumar súbitamente. No podía ser que hiciera esas locuras, y además se sintió despreciado por la mujer que le gustaba. Salió disparado hacia el ascensor, y mientras caminaba por el largo pasillo advirtió que se había olvidado la llave. La única que tenía una copia de sus llaves era Miranda y no pensaba llamarla.

La puerta del edificio estaba cerrada, así que se quedó sentando en el silloncito del hall; eran casi las doce y no aparecía nadie que le pudiera abrir. No había movimiento en el estacionamiento de enfrente. Al rato escuchó el ruido del ascensor. Le pareció que tardaba mil años en llegar a planta baja y otros mil en correrse la puerta metálica. ¿Y quién había salido del ascensor con aire para nada distraído? ¡El hombre de equipo deportivo! Esta vez sin la gorrita, era medio pelado, y lo miró de reojo mientras atravesaba el hall hacia la calle. No podía aprovechar la ocasión para salir. Ya en la vereda el tipo prendió un cigarrillo, y después retrocedió para apoyar la espalda en la pared del edificio y empezar a fumarlo tranquilamente, mientras miraba hacia el fin de la calle, como si esperara que apareciera un taxi o un colectivo. Para Elortis era demasiada casualidad que bajara casi al mismo tiempo que él. Se le fueron las ganas de fumar. El miedo le dio la solución: podría pasar a través del balcón de los vecinos, una pareja de viejitos amables.

Ya me había hablado de ellos una vez. Con el alquiler de la casa con piscina que tenían en Pilar pagaban el alquiler y los gastos de su departamento. El hijo, que venía cada tanto, se ocupaba del campo que había comprado donde criaba corderos que vendía en negro a mitad de precio. A los viejitos apenas le alcanzaba con la jubilación para darse algunos gustos. Compartían con Elortis el servicio de cable. Aunque usaban más la radio, que escuchaban por la mañana temprano y a la tarde, y cuando la empleada doméstica sin querer desplazaba el dial de su emisora preferida, el viejo iba a golpear la puerta de Elortis para pedirle que le sintonizara la frecuencia. Tenía un sillón mullido al lado de la radio donde Elortis se hundía para apretar los botones. A él, que dormía hasta tarde, lo deprimía escuchar desde su cama la cortina musical del noticiero.

El día que Miranda se había llevado algunas de sus pertenencias antes de la mudanza en sí, la de los muebles y electrodomésticos más pesados que eran de ella, Elortis estaba esperando en el hall de su edificio con una bolsa a sus pies —zapatos y ropa— mientras el hermano de su ex llevaba un televisor hasta el coche que había dejado a la vuelta. Justo bajó su vecina, la vieja, y le preguntó qué estaba haciendo ahí parado, como un fantasma. Respondió que se iba a separar, que su novia se estaba llevando algunas cosas. Elortis no quería explayarse mucho —el hermano de Miranda volvería en cualquier momento. La vieja le dijo que hacía muy bien, era joven, para qué perder el tiempo en una relación que no funcionaba —se ve que Miranda nunca le había caído bien— y, de paso, le aconsejó fervientemente que no se casara nunca —debía tener algunos problemas con el viejo. Mientras Elortis escuchaba a la vieja, la puerta del ascensor se abrió y salió una rubia alta, caminando con la mirada más alta todavía, que pasó por su lado sin verlo ni tampoco reconocerlo —estaba barbudo en aquel momento. La que salió del ascensor, que era apto para profesionales y por lo tanto tenía varias oficinas, no era otra que una de las más lindas de sus compañeras de secundario. La chica, ahora una mujer claro, se mantenía muy bien. Se acordó que era la que le gustaba. No entendí bien a qué apuntaba, pero me dijo que no sabía qué mecanismos de la realidad podían llevar a un encuentro de este tipo. Prefería callar al respecto, no podía revelar los detalles que, después rememorados, vaticinaban ese encuentro. Para colmo, en un momento difícil de su vida. Mejor no hacerse el vivo con estas cosas. No sé si volvió a cruzar a su compañera del secundario. Por lo menos, no habló más del tema. Pero dijo que ese inesperado encuentro le había hecho pensar que él era inocente al dejar a Miranda y, cuando finalmente se enteró que su ex novia seguía viendo al tío Oscar, que era algo así como el hombre de su vida, lo interpretó como un signo precioso.

El fin de semana volvería el hermano de Miranda para seguir mudando cosas, y después terminarían los tres en el primer piso del McDonald’s  de la calle Uruguay, entre tomos jurídicos de yeso que decoraban las paredes (no sabía qué era ese edificio antes, pero estaba a tono con la zona cercana de tribunales). Separarse era muy doloroso; no dejaba de besar la espalda de Miranda la última noche que durmieron uno al lado del otro, aunque no la quisiera (Mmm…, Elortis) habían crecido juntos.

En fin, sin llaves, Elortis golpeó la puerta de sus vecinos, los viejitos, y a los quince minutos notó que se prendía una luz del otro lado y que preguntaban con voz dispersa y ronca quién era. Explicó que se había quedado afuera mientras el viejo, con los pelos blancos pegados a la cabeza, aparecía tras la puerta. Parecía tener cien años más. La vieja era una presencia espectral; se asomaba desde el dormitorio, con una mueca de hastío porque la había despertado. Después, Elortis se encaramó cuidadosamente a la baranda del balcón, sin soltar el panel de acrílico que separaba los balcones, y empujando con su cabeza las ramas del árbol, logró pasar primero una pierna y después la otra. Los viejos querían saber si estaba seguro que había dejado la ventana abierta y si ya había podido entrar, pero Elortis no contestó; entre los helechos de su balcón había visto a un bulto peludo que, saltando desde las barandas a las que estaba prendido, al instante se deslizó y perdió, con movimientos rápidos y precisos, por las ramas del árbol.

O la emoción del peligro de pasarse de balcón a balcón le había hecho subir la presión y como consecuencia alterado la visión o la carita que lo miró un segundo era la del mono Albarracín. Si era el mono, había crecido; era una sombra angulosa, pero bastante grande, con dos pelotitas brillantes, inexpresivas, por ojos. Si no era el mono, Elortis no podía creer que una alimaña de ese tamaño viviera en el medio de la ciudad, escondida en esos árboles. Llegó a pensar que la sombra había salido de adentro de su pieza. Pero, a pesar de todo, no podía precisar si en realidad lo había visto. Encontró todo ordenado y en su lugar, salvo un lapicero derribado en su estudio; las lapiceras, los dos sacapuntas, y los lápices esparcidos en la alfombra. Podía haber sido el viento o Motor. Aunque el gato dormía profundamente sobre un almohadón.

Al otro día escuchó la voz de la misionera en el contestador. Llegó a atender y, aunque estaba asombrada de que se acordara de ella después de tantos años, acordaron en verse por la noche; se había comprado un celular nuevo, con muchas prestaciones y no sabía cómo conectarlo a la computadora. Elortis se acordó que a la misionera siempre se le rompía algo como excusa para que él fuera a su departamento. A la noche ella estaba tan linda como siempre, a pesar de los años que pasaron desde la última vez que la había visto, y Elortis de los nervios y la emoción no podía desentrañar cómo conectar el aparatito a la computadora; el sistema operativo no lo reconocía. La misionera quiso saber qué había pasado con Miranda, y Elortis no supo explicarse bien tampoco. Le brillaban los ojos y lo miraba fijo, como evaluándolo y seduciéndolo a la vez. Su mirada, como siempre, le tiraba de las entrañas.

En el sillón tenía un peluche, un osito que le había regalado el estudiante de medicina, que a esa altura sería médico recibido ya, aunque Elortis no quiso preguntar. Igualmente, ella le comentó con tristeza que habían vivido juntos en otro lugar y ahora se habían tomado un tiempo.

Mientras Elortis trataba de que la computadora reconociera el aparatito para pasarle unos Mp3, la mujer se sentó a su lado y buscó su boca como un animal que le levantaba la cabeza a otro. Los labios de la misionera —Elortis se vengaba de que yo nunca lo saludaba— eran esponjosos y dulces, y él cerró los ojos. Pero ella no quiso acostarse con Elortis después, tal vez porque mientras lo miraba tirada boca abajo en su sillón largo, él trataba en vano de que el celular se comunicara con la computadora. Habría pensado que era un inútil o que era un mal presagio que no pudiera solucionarle el problema. Antes, cuando engañaba a Miranda con ella, le llevaba chocolates, y los comían después de hacer el amor. Aunque a ella le gustaba tomar Coca Cola cuando terminaban. Pero volviendo a los chocolates, aquel día, siguiendo la costumbre, Elortis le había llevado un chocolatín —un Jack. Aunque a Elortis no le gustaban Los Simpsons, el chocolate venía con muñequitos sorpresas de esa serie animada, y cuando ella, que sí le gustaban, lo abrió, puso cara de mal gusto al descubrir a ese empresario flaquito y jorobado: Mr. Burns. Entre tantos Jacks de la pila, ¿por qué había elegido justo ése?; si era el que estaba abajo del primero.

También me tenía que contar que antes, cuando él engañaba a Miranda con ella, su amigo —palabras de Elortis— a veces no le funcionaba como debería. Ella le gustaba mucho y se ponía nervioso, o era porque estaba actuando mal, o había algo que entre ellos no congeniaba; o eran las tres posibilidades juntas. Después de separarse de Miranda, había estado con una chica con la que le pasó lo mismo, y ella, por suerte, le confesó que siempre que se acostaba con alguien, la primera vez tenía ese problema. Como las dos mujeres tenían complejos por tener senos pequeños, y le impedían a él el acceso libre a sus pectorales, Elortis relacionaba su súbita impotencia a este tipo femenino, que debía evitar de alguna forma, aunque eran las que más le gustaban… Lo que molestaba era el complejo, algo que él no entendía porque no se fijaba en el tamaño de los senos. En cambio, le llamaban la atención las piernas, las caderas y los traseros. Y en esto último la misionera era una modelo, decía.

Nunca se le había ocurrido tomar Viagra, pero antes de ir a ver a la misionera se informó y habló por celular con un tipo llamado Tomás, que le recomendó los masticables; al rato recibía, en manos de un motoquero, un sobre de papel madera herméticamente cerrado; Elortis lo pagó sin revisar el contenido mientras el portero fingía no interesarse en ese intercambio extraño de dinero y mercadería. Hacía mucho tiempo había hecho lo mismo con el software trucho, ahora ya se podían bajar los programas por Internet.  A mí no me sorprendió lo del Viagra, porque los chicos de la oficina jodían con eso todo el tiempo y algunos confesaron tomar cada tanto. Elortis me aclaró que con las demás mujeres nunca había tenido problemas, pero había que ser precavido; los cuerpos y las mentes eran cada vez más artificiales, y eso lo afectaba.

Antes de despedirlo con un beso, la misionera le dijo que no sabía si se volverían a ver, que tenía que hacer un viaje a sus pagos. Sus padres la iban a asistir durante la operación que se haría para arreglar una imperfección. Al principio dijo que eran unas venitas en las piernas, pero después le confesó que en realidad quería las lolas. Como decía, Elortis había notado que ella anulaba esa parte de su cuerpo (o no dejaba que le sacaran el corpiño, o no parecía sentir nada cuando la besaban ahí —¡Elortisss!—; no era el único caso decía mi amigo) Por suerte, yo no tengo mucho pero estoy conforme con lo mío.

Al final, cuando ella volvió de Misiones, Elortis me contaría que habían ido al cine y a la vuelta no lo invitó a pasar; se ve que había vuelto otra vez con el médico —efectivamente, ya se había recibido. Hacía tiempo que la misionera había decidido que él no era un buen partido; ¿para qué insistir? Ella quería al médico y esperaba por la eternidad que él se decidiera a formalizar con ella. Antes, cuando la conoció, le decía terrible cuando engañaba a Miranda con ella, pero lo amaba; terrible debe significar amor terreno, aclara Elortis. Ahora le dijo que era tierno y bueno, y lo mandó de vuelta a su casa. Así que las ignotas tetas que se había puesto la misionera estaban dedicadas al médico. A Elortis le dio bronca, aunque confesó que se desenamoró muy rápido de ella; en el fondo, no se entendían. Tal vez ella había aparecido en su vida sólo para alejarlo de Miranda. Aunque todavía le gustaba porque se parecía a la actriz de la película, y no era muy distinta de las castañas que él quería encontrar en estado salvaje. Se ve que Elortis sabía engañarse a sí mismo cuando no lo querían.

Decía que las operaciones estéticas se cruzaban en la historia de su vida para darle un aire más patético. Otro ejemplo; la única vez que los padres de Miranda visitaron el departamento donde se había mudado su hija para convivir con el novio fue el día que la madre tuvo que revisarse en una clínica cercana las tetas que se había puesto. Elortis no sabía qué decir, si hacer alguna broma o no. Su suegro parecía bastante contento. Era la influencia de las amigas del club, su suegra lo aceptaba; una se hacía una operación y las demás la seguían; la sociedad era muy demandante; más adelante se haría una lipo. A Elortis no le gustaban particularmente las mujeres tetonas, pero si tenerlas chicas o caídas era un problema para ellas, en fin. Con respecto a su suegra, siempre estaba bronceada y, a veces, lo atraía más que Miranda.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 11.

11.

El Callicebus no era un mono más; Baldomero creía que entre su nueva mascota y él había una conexión ancestral. A Elortis le gustaba contarle a la gente que su padre tenía un mono amazónico en su departamento. Le dije la verdad, me parecía medio grasa, hasta perros y gatos está bien, pero no me gustan esas personas que mantienen reptiles, loros, hurones, arañas. Elortis decía que a los conocidos les encantaba el mono, tanto en la casa de su padre, como en el tiempo que estuvo en la suya; aún hoy seguían preguntando por el destino de Albarracín. Según mi punto de vista, a la gente le gustaba reírse de los excéntricos que tienen bichos raros. Y éste no era muy común, me confirmó; había averiguado recientemente en Internet, que esa subespecie de mono tití, que tenía la parte inferior de la cara, y también las rodillas, cubiertas de pelo rojizo, era un Bernhardi, un mono tití que recién fue descubierto a principios de este siglo por un primatólogo alemán que vivía en el Amazonas, y recibiría ese nombre en honor del príncipe Bernardo de Holanda.

Su padre había ubicado la jaula del mono en el lavadero, justo al lado de una ventana de vidrio esmerilado que daba a la calle. Las primeras semanas, al llegar de la universidad, Baldomero ponía una banqueta frente a la jaula y pasaba horas, bañado en una luz amarillenta tenue, observando al mono Albarracín. Antes, claro, retiraba la bandeja inferior de la jaula para reemplazar las piedritas sanitarias, le cambiaba el agua, y le ponía comida. El mono nunca hacía nada de otro mundo, más que nada saltaba de reja en reja, y rompía las cáscaras de los maníes, pero a Baldomero le gustaba mirar a Albarracín; decía que lo relajaba. La madre de Elortis pensaba que Baldomero simplemente se había dado el gusto de tener un mono, y que la costumbre era la excusa para conservarlo. No veía que obtuviera alguna conclusión sobre el tipo de comunicación básica, pero esencial, que, según él, el mono manejaba.

Lo peor de todo era que el animalito era muy agresivo. Baldomero no lo tocaba nunca, pero Elortis lo quiso agarrar un día, y terminó con el dedo sangrando. Albarracín estaba siempre mostrando los dientes, y con los ojos inyectados en sangre; ¿qué tipo de información intentaba sacar su padre de una bestia del Amazonas como Albarracín? A ciencia cierta, nadie lo sabía.

Llegó el día que a su padre se le ocurrió llevar a Albarracín a una de sus clases. Para eso, primero, había que meterlo en una jaulita más chica que había comprado especialmente. Baldomero usó una toalla, para poder apresarlo dentro de la jaula sin que le sacara el dedo. Sin embargo, Albarracín empujó con la cabeza hasta que logró salirse de la especie de bolsa que Baldomero había hecho con la toalla, y atravesó el living, arrastrando la toalla porque se le había quedado enganchada en una uña. Baldomero lo seguía de cerca, pero el mono se daba vuelta, y lo amenazaba con chillidos desesperados y amenazantes. Finalmente, el mono se detuvo para desengancharse la toalla con sus manitos, y su padre aprovechó para empujarlo dentro de la jaulita. Sí, Baldomero se había dado el gusto de divagar sobre psicología comparada con el mono al lado. No había razones para que este animal de ojos chispeantes y barba roja estuviera presente; sin embargo, cuando volvió a su casa le dijo a su esposa que los alumnos habían prestado más atención que nunca.

Al principio, Albarracín estaba como loco, y saltaba y chillaba sin parar, pero después se serenó de una manera nunca vista, y se quedó mirando a los alumnos, consciente —según su padre—  de que estaba siendo observado por mentes obtusas. Después sí, les había explicado a sus alumnos que creía que ese mono, un animal que venía directo, sin escalas, de la selva amazónica a la ciudad, no una mascota dócil y acostumbrada al trato diario con humanos, o un bicho mecanizado como los que veíamos en los zoológicos, escondía una verdad, refractaria a nuestra mente acostumbrada a lo complejo, que por lo tanto sólo podía ser reconocida luego de horas de paciente observación. Acto seguido, les aclaró que él todavía no había alcanzado a comprender esa verdad, pero que podía notar que Albarracín estaba acostumbrado a comunicarse con simpleza con el ambiente que lo rodeaba, y que un animal así era más inconsciencia que otra cosa; un sueño. Un animal así, decía enfervorizado Baldomero, debía recordarnos a Nietzche, cuando decía que la función de la conciencia era restarnos lo individual para volvernos útiles a la sociedad. También les dijo que había llegado a la conclusión que los humanos teníamos tres conciencias: una social, una íntima y otra natural. Ninguna bien desarrollada. A diferencia, su mono Albarracín era un todo indivisible, una especie de dios, un ser completo. Lo que sugería era bastante controvertido. El profesor pregonaba una vuelta a la brutalidad, lo enfrentó una alumna. Pero lo que en realidad quería, explicó Baldomero, era encontrar el camino de vuelta de las palabras, ver si había otra forma más práctica de comunicar las cosas, porque el lenguaje que utilizaba el hombre, cada vez más desvirtuado, no cumplía con su función de facilitar el entendimiento entre los humanos. Un alumno le preguntó si él estaba hablando a favor de la telepatía y la parapsicología, pero Baldomero le dejó en claro que esas eran palabras que ya tenían un significado muy marcado para usarlas; él tan solo quería encontrar la manera de que las personas se entendieran sin malentendidos, de que los sentimientos pudieran comunicarse sin expresiones ambiguas que pervertían la realidad. Descreía que las palabras fueran un buen medio de comunicación. Le preocupaba que hubiera tantos momentos, sentimientos, ideas y pensamientos huérfanos de formas adecuadas de expresarlos. Cada vez que decíamos algo, menospreciábamos a la idea que nos había hecho abrir la boca. El soplido que hacía circular la vida, el viento ancestral, se perdía en corredores sin salidas. Ahora él estaba buscando, con su querido mono Albarracín enjaulado a su lado, la corriente de aire que volaba hacia el prado ventoso donde pacían las esencias del mundo.

Un alumno aplaudió, y  gritó que un tornado se lo iba a llevar puesto. Baldomero no prestó atención a la interrupción. Redobló la apuesta: dio a entender que los animales callaban porque comprendían más que nosotros, que eran seres de una categoría superior, que se dejaban utilizar por la esencia natural del universo. Por eso saltaban, por eso volaban, por eso nadaban, con tanta facilidad; mientras que nosotros, cada vez más anquilosados, nos habíamos dedicado a perdernos en lenguajes imprecisos. Las palabras nos habían apresado; para Baldomero estábamos ciegos, y teníamos el cuerpo atrofiado. A esa altura, la mitad de la clase liberaba sus carcajadas, otros directamente no prestaban atención, como si no fuera un profesor al que tenían enfrente, sino a uno de esos desquiciados que enviaban de los loqueros para vender artículos que no sabían ofrecer, decía Elortis, que presenció la clase porque había ido para ayudarlo a meter después la jaula con el mono en un taxi; pero unos pocos miraban a su padre con tímida admiración. De cualquier manera, Diego le había contado que en la universidad, cuando un profesor se iba por las ramas, decían que estaba dando la clase del loco, refiriéndose a aquella tarde del mono y Baldomero.

Ahora bien, esa clase terminó de unir a Baldomero con el Callicebus, el objeto de su estudio, y su padre se dedicaba a observarlo con la mano en el mentón, como si notara matices cada vez más interesantes en el comportamiento, para Elortis totalmente monótono y regular, de Albarracín. Parecía rumiar, frente al mono, con los ojos achinados y masticando una sonrisa de autosuficiencia, las palabras sabias que les había transmitido a sus alumnos. Al final del discurso les había dicho que, tal como estaban las cosas, en el futuro las ciudades se verían invadidas por las alimañas y las bestias, una visión opuesta a esas pos-apocalípticas que vemos en películas y en videoclips hoy en día. Para Baldomero, los pájaros y las plantas volverían a ganar, de a poco, el terreno perdido.

Elortis estaba bastante de acuerdo; el verano anterior, acostado en su sillón mientras caía la tarde veía, a través de su persiana americana, según el día, benteveos, carpinteros, chingolos, palomas gigantes —averiguó que en realidad se llamaban tórtolas turcas—, horneros, calandrias, un picaflor, torcazas, y muchos zorzales que se dedicaban a remover la tierra de las macetas del balcón y le pegaban las pulgas a Motor. Al anochecer, aparecían por las ramas del gomero —que también como el aguacatero pertenecía al hotel vecino—, unas siluetas alargadas: Ratas.

Algunas se deslizaban por la gruesa medianera del hotel hacia su ventana, pero no importaba, Elortis las miraba con simpatía desde la oscuridad. La visión de tanta naturaleza en el medio de la ciudad no podía molestarle. Incluso una tardecita, había encontrado a un pájaro durmiendo en una rama larga que se metía en su balcón. Primero, no había prendido la luz de afuera y, maravillado por el descubrimiento, en vez de creer que era una hoja del árbol con forma de ave, se le dio por pensar que alguien, tal vez la empleada doméstica que venía una vez por semana, había colgado un figura, recortada por su nena seguro, con la forma de un pájaro, con un objetivo enigmático e indescifrable. También pensó que era el mono Albarracín, que había retornado. Sin embargo, por suerte, era un pajarito de verdad, con la cabeza metida abajo del ala.

Generalmente se la pasaba sentado a la computadora esperando que yo apareciera —en aquel momento hacía bastante que hablábamos— o que se conectara Romualdo, según decía, y mientras buscaba libros usados, o leía críticas de cine, o bajaba música; pero aquel anochecer se quedó dormido en el sillón de su estudio. Tal vez se le había ido la mano, aquella tarde, con la rutina de ejercicios en el gimnasio —siempre vacío a la hora que iba, me había dicho en otra conversación. Pero cambiar la rutina por cualquier razón, decía Elortis como acordándose, tal vez reprochándome, ese día que yo no había aparecido, daba buenos resultados.

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y llegaba a otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos.

Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina.

Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

En la época del mono Albarracín, y a pesar de la concentración que observarlo parecía requerirle, Baldomero se hacía algunas escapadas de fin de semana a pescar con amigos, seguramente con el capitán. Su padre no era de esas personas que abandonaban a sus amigos en cuanto otra meta se les cruzaba, le gustaba jugarse por la gente que apreciaba, y sus amistades prevalecían, sin duda, por sobre su familia y algunas de sus ocupaciones.

Uno de aquellos viajes de Baldomero a la costa coincidió con el momento en que Elortis estaba planeando irse a vivir solo; trataría de hacerse cargo de los gastos de un departamento que su familia tenía desocupado.

A la noche, cuando volvía de la facultad, Elortis veía al mono Albarracín colgando de las rejas de la jaula, esperando con una expresión desconcertada. Debía extrañar la mirada atenta de su padre. Sin embargo, cuando él se acercaba al resplandor amarillento, el mono empezaba a rascarse la cabeza, y enseguida convertía la acción en un acto frenético en el que parecía arrancarse los pelitos blancos que tenía en las orejas. Baldomero volvió de la costa con varios libros sobre el comportamiento animal que le habían prestado, entre ellos uno de Wolfgang Köhler. Otra casualidad, que para Elortis, que no creía en el azar, hacía más sospechoso a su padre: se creía que los experimentos con chimpancés que Köhler realizaba junto a su esposa Eva en Tenerife, en el lugar que llamaban La Casa Amarilla, eran una pantalla para encubrir sus actividades de espionaje para Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

Baldomero intentó hacer reaccionar a Albarracín a diversos estímulos, para clasificar sus modelos fijos de movimiento y sus taxias.  Luego de fracasar con los más sutiles, como pretender que con un palito chino, que le tiró en la jaula, el mono alcanzara unos maníes que le había dejado sobre una silla que ubicó bien cerca de la jaula —el mono sólo revoleaba el palito, a veces fuera la jaula—, pasó a probar los más drásticos, como encenderle un fósforo en la cara y después sólo sacar otro de la cajita para ver su reacción. Como resultado, en el invierno el mono se agarraba la cabecita cada vez que prendían la estufa del lavadero con fósforos. Sin embargo, una vez que la explosión inicial pasaba y la llama empezaba a consumir la madera, Albarracín se quedaba mirando obnubilado la llamita. Según Baldomero, el hábitat del mono en el Amazonas estaba intacto y jamás había visto arder el fuego. Siguió probando con otros trucos, pero no recibía ninguna respuesta alentadora.

El descubrimiento vino por una casualidad. Percibió que el mono se contagiaba de sus bostezos. Creyó que en el bostezo acariciábamos alguna glándula telepática. Su padre decía que hasta el zumbido en los oídos que tenía se le apaciguaba cuando bostezaba y la mente se le aclaraba. Comenté que todos sabemos que bostezar es un acto contagioso. Pero Elortis dijo que se ignoraban las razones, y agregó que de saber, a saber de verdad hay una gran diferencia. Su padre había llegado a una pregunta interesante. Cuando Baldomero hacía que bostezaba, un simulacro del bostezo, el mono no reaccionaba al estímulo y se quedaba pasándose las manitos por los pelos blancos: ¿el bostezo sería un resto, mal interpretado, de la lengua adámica que intentó rastrear toda su vida? Quién sabe qué se escapa cuando bostezamos, afirmaba por esos días Baldomero sin inmutarse en las sobremesas de la universidad, según pudo saber Elortis a través de las averiguaciones de Diego. Su padre decía que era una acción muy parecida a la de abrir los esfínteres. Tal vez sea exactamente lo contrario, pensaba Baldomero adelante de los otros profesores y ayudantes que lo escuchaban, y al bostezar estamos liberando al mundo una materia sin densidad, pura, con algún tipo de información sin procesar. No creía que fuera una manera de sincronizar las horas de sueño, como pensaban algunos. Si el mito era un producto accesorio del lenguaje, una enfermedad de la palabra, entonces el bostezo podía ser el antídoto, o tener aunque sea algunos ingredientes de la receta. Y entonces Elortis se imaginaba a su padre levantando la voz, como le había contado Diego, para aclarar sus pensamientos, que, para mi mala suerte, me iba a repetir.

Él no era un psicólogo más; estaba hecho de la misma madera que August Schleicher, Otto Jespersen y Guillermo de Humboldt, pero a diferencia de este último, no tenía un hermano que hiciera el trabajo de campo para él. Tenía que ensuciarse las manos. Costearse viajes y ayudantes para ver qué perspectiva cósmica tenía impregnada cada pueblo en su lengua estaba fuera de sus posibilidades económicas. Ni siquiera tenía plata para comprarse una buena edición de la gramática sánscrita del indio Panini, sólo tenía esas anotaciones milenarias en fotocopias que le habían prestado, y ¡cómo querían que encontrara en una fotocopia rastros del problema de origen del lenguaje! Si las lenguas eran una copia del único lenguaje, entonces alguna tenía que ser más fiel al  original; en aquel entonces no existía la reproducción en serie, que no lo olvidaran, y el sánscrito siempre había estado en el centro de todas las miradas. Diego tenía la paciencia de reproducirle estos discursos de su padre. Elortis tenía miedo que fueran invenciones de este novelista en ciernes. Según Diego, Baldomero apenas se detenía para respirar cuando hablaba. Elortis iba anotando en su cuaderno:

Su padre no entendía cómo los conceptos se habían juntado con las imágenes acústicas, y cómo estas decisiones terminaban en pueblos sistematizados. Algunos de estos pueblos, como el nuestro, nunca habían abandonado la manía de clasificar todo, etiquetaban a las personas en cuanto las veían; que tuvieran cuidado porque eso les estaban enseñando a los alumnos en las demás cátedras. ¿¡Y la energeia dónde quedaba!? Basta de despistar a la gente de lo elemental. Se habían olvidado de los sonidos emotivos de Demócrito, por eso a él le gustaba tanto escuchar esas milongas y a Shumann; expresarse a través de su lengua como lo estaba haciendo en ese momento era pragmatismo sucio de políticos y sofistas. Había que dar un paso atrás y encontrar a los filósofos chinos, el caballo blanco que no es un caballo de Gongsun Long, la rectificación de los nombres del confucionismo; en lo posible ir mas allá todavía, cruzar el mito para caer en la nada misma primigenia. A ver si entendían algo de lo que somos. Por algo Schleicher pasó de Hegel a sir Darwin. Basta de copias e imitaciones señores. Había que separar lo verdadero, el etymon, la forma original de cada término; y más todavía, escuchar la música que producían las esencias del universo, sin contar los compases, como le hubiera gustado a Johan Mattheson (esto lo decía con voz meliflua, le aclaraba Diego a Elortis, ya medio arrepentido de todo el discurso que había dado; su padre ya se sentía menospreciado por los que lo escuchaban)

Diego averiguó que los demás profesores tampoco dudaban en explicar la vuelta a las raíces que intentaba Baldomero como producto del niño resentido y solitario que había sido. Y para algunos era una forma de acabar con el tiempo, y estacionar una y otra vez su mente en una niñez que no había disfrutado, donde todavía no había palabras significativas para contar, y por lo tanto hacer realidad, su desgraciada historia. Elortis sabía que él había tenido una buena infancia, que podía aflojar las riendas de su pasado porque no tiraba tanto para atrás como el de su padre. Pero ahora estaba sufriendo, y no encontraba la manera de relacionarse con las personas; todos se habían vuelto una amenaza porque no sabía explicarles su objetivo en esta vida —le parecía que no tenía metas claras en ese momento. Lo primero que quieren saber es en qué andás.

Veía poco a Miranda y era más que obvio que estaba necesitado de compañía femenina, de una mujer que lo tranquilizara y consolara un poco. Unos días después iba por la calle Quintana, y encontró a Sofía, la bailarina, mirando la vidriera de una librería. Se asombró al reconocerlo, y dijo que había ido especialmente para ver si conseguía Los árboles transparentes, aunque cuando la abordó estaba mirando con cariño el cartel de promoción de un libro de autoayuda escrito por un periodista. Elortis tuvo un lindo gesto; le compró su libro, y también el del periodista. También la invitó a tomar un café. Fueron a La Biela; Elortis se imaginaba a Bioy almorzando con algunas de sus amigas, era la primera vez que se metía en ese lugar.

Me advirtió que no me iba a ocultar cosas. De ahí fueron a su departamento. Ella le mostró algunos videos de Lambada que estaban en Internet, había un tal Berg que, enfundado en unos pantalones blancos, bailaba muy bien; revoleaba a las chicas de acá para allá, según Elortis. Intentó que él aprendiera los pasos, pero no hubo caso, mi amigo era de madera para bailar, coordinar los movimientos no era lo suyo. En una de las vueltas Elortis la besó. Sofía se quedó a dormir. Le gustó que lo retara porque no había bolsita en el tachito que hay al lado del inodoro, y que se tomara el trabajo de ponerle la que le habían dado con los libros. En realidad, me aclaraba, todo esto fue porque a la mitad de la noche la chica se indispuso. Elortis no me quiso dar más detalles. Al otro día, apenas se fue Sofía, a pesar de estar menos tensionado, según sus propias palabras, su espíritu fue inundado por un gran pesar. Para él, ese tipo de acto amoroso, sin enamoramiento previo, a veces era como el acto en el vacío que describía Lorenz en uno de los libros sobre el comportamiento animal que tenía Baldomero. En alemán el término era difícil de repetir; mejor en inglés: vacuum activities. Actos reflejos para compensar la falta de estímulos externos reales. Lorenz lo había notado en un pájaro que, a falta de bichos para cazar, se encaramaba al respaldo de una silla al acecho de bichos invisibles. Elortis lo había visto en Motor, cuando salía corriendo como loco por todos lados, como si hubiera algo de lo que esconderse o perseguir. Y en él mismo, cuando últimamente se acostaba con alguna chica. Vacuum activity. Sofía no tenía la culpa, era linda y a ella le gustaba afirmar que tenía responsabilidad afectiva.

por Adrián Gastón Fares.

 

Intransparente. Primera Parte. Capítulo 10.

10.

Cansado de que los acontecimientos lo llevaran, sin sentido, de un lado para el otro, a Elortis le pareció necesario seguir entrevistando a viejos conocidos de su padre. La carta había borrado su apellido de los medios, y todavía quería encontrar al benefactor de la memoria de Baldomero. Intercambió algunos e-mails con Lito, el alumno que le había ayudado a conseguir al mono Albarracín. Lito le contaba alegremente que trabajaba en una oficina del gobierno, y le decía que fuera a verlo cuando quisiera. Elortis no tenía nada que hacer al otro día, y pasar la tarde encerrado en su departamento no le hacía bien. Aunque en la calle se sentía más solo y descarriado. Empezaba a pensar que había sido de muy mala suerte tener éxito con el libro porque lo llevó a tomarse en serio lo que él quería hacer en la vida, y eso significaba a veces alejarse de los demás. Todavía no sabía bien qué era lo próximo que iba a hacer pero estaba claro que en la calle, en los bares, rodeado de mentes ocupadas en tantas cosas, no lo iba a encontrar. Creía que mientras esperaba que hirviera el agua de la pava en su departamento, sus pensamientos se amoldaban a lo que estaba buscando. A veces en el silencio escuchaba que un vecino de un piso inferior abría la ventana. Le llegaba el olor dulce del tabaco. Él había dejado el vicio, y le molestaba el humo. Además se imaginaba a la persona que fumaba triste; ahora uno fuma si está triste, o borracho, o las dos cosas a la vez, decía. Eso era lo que hacía él, se ve, y ponía a todos en la misma bolsa.

Al otro día se fue caminando hasta la oficina de Lito. No quedó contento con la reunión. Un policía lo había acompañado hasta el cuarto piso del edificio, casi desamueblado si no fuera por el detalle de un sillón de cuero marrón largo en el medio. El policía se quedó sentado en una banqueta. Antes, le pidió que esperara a Lito en el sillón. Pasó media hora. Ya no sabía cómo ubicarse, el sillón era mullido, pero no había llevado  ningún libro, y le daba vergüenza estar ahí sentado sin hacer nada. El policía se la pasaba hablando con el celular. Al parecer tenían un asado esa noche con otros miembros de la fuerza y le pedía a otro si podía ir un poco antes a prender el fuego porque él no iba a llegar temprano, antes tenía que ver a una tal Nancy. En la red social que usaba, Elortis tenía a un policía, un ex compañero de la secundaria. El padre del futuro policía lo pasaba a buscar a las seis de la mañana todos los días para ir al colegio. Era curioso, decía, pero el policía no ponía fotos con armas verdaderas en su perfil. En cambio, tenía algunas fotos en ese juego en que los participantes se disparan con cartuchos de pintura. También Elortis tenía como amigo a un empleado de seguridad, de esos que cuidan las cadenas de farmacias o los supermercados, un familiar de Miranda, y ése sí llevaba una escopeta en la foto del perfil. La gente siempre quiere lo que no tiene, reflexionaba Elortis mientras esperaba que Lito se desocupara y lo atendiera. Y apareció, se veía mucho más viejo que él, medio quemado este Lito, decía Elortis. Aunque se movía con agilidad en el recinto vacío. Le hizo una broma al policía, y después se metió en una de las oficinas que daban al ambiente principal. Salió con unos caramelos, y obligó a Elortis a que aceptara uno antes de sentarse a su lado.

Lo primero que dijo fue que extrañaba muchísimo a Baldomero, aunque hablaban poco y nada, le gustaba saber que podía levantar el teléfono y llamarlo cuando tenía dudas existenciales. Elortis estaba acostumbrado a esas cosas. Aunque en sus últimos tiempos su padre se fue sumiendo en un silencio que sólo interrumpía para maldecir al mono Albarracín, aún hoy la persona que alquilaba su departamento se quejaba porque seguía recibiendo llamados de alumnos que querían discutir algún problema emocional con el profesor Ortiz. Una mujer llegó a dejar un mensaje donde contaba que estaba al borde del suicidio porque había vuelto su hermana de España, y ahora su esposo terminaría de enamorarse de ella. Eso fue lo que había entendido el inquilino de Elortis.

Lito decía que, sinceramente, no sabía bien qué función cumplía en ese edificio; creía que se encargaba de coordinar a los empleados. En un momento entró su jefe, un político desconocido para Elortis, y Lito se levantó para estrecharle la mano. Estaba asombrado de que Elortis no lo conociera; además de diputado nacional, era el abogado que había difundido la lista del batallón 601 de inteligencia civil militar. Mi amigo había escuchado la noticia, pero no le prestó mucha atención. Algunos de los nombres de los espías civiles se podían ver en una lista disponible en Internet. Lito le aseguró, guiñando el ojo, que la lista había sido manipulada antes de la publicación. Elortis quedó asombrado al escuchar eso en boca de Lito, porque recordó que siempre se había sospechado que su hermano, cuya muerte violenta en la época de la última dictadura nunca se había aclarado, era uno de los espías. Le llamaba la atención que Lito trabajara con el que había ayudado a que esa lista se difundiera. Decía que todavía era demasiado ingenuo como para caer en ese tipo de asombro. Se le ocurrió que podía ser el hermano de Lito el que había metido a Baldomero en esa fuerza. Claro que no había nada que lo señalara; Elortis todavía no había visto ninguna de las listas.

El padre de Lito era el que, mientras trabajaba en Puerto Iguazú, le había mandado el Callicebus a Baldomero en una camioneta. Elortis no podía olvidarse de ese día porque cuando bajó a recibir al mono, que había viajado en una caja apenas agujereada, vio que el vehículo estaba repleto de otras alimañas, más que nada reptiles varios en jaulas, aunque había una pecera con unas arañas negras ovilladas, y hasta una cajita que decía cucarachas de Madagascar, cuyo nombre científico es Gromphadorhina portentosa, especificó. Baldomero no se detuvo hasta conseguir que le vendieran, por unos cuantos pesos, dos ejemplares de estas cucarachas, que observó en una pecera un par de días, hasta que la madre de Elortis se cansó de cubrir el recipiente con una revista para no tener que verlas mientras su esposo no estaba, y las tiró por el inodoro. Le comenté a Elortis que estos insectos no eran tan difíciles de conseguir, yo misma los había visto en una veterinaria de la calle Callao, cerca de mi casa. Elortis agregó que ahora se conseguía cualquier bicho en las inmediaciones de la feria de Pompeya, que el visitaba de chico con Baldomero, dicho sea de paso. Él era hijo único, por lo tanto caprichoso, cuando no le compraban algo, se ponía a pellizcar el brazo del que lo llevaba de la mano.

Una tarde que fueron a esa feria a ver algunos pájaros en los que Baldomero tenía interés, el niño Elortis empezó a hablar peste contra su padre porque no le había comprado unos pececitos que se le metieron en la cabeza. Baldomero estacionó el auto frente a la iglesia de Pompeya, y lo llevó a rastras, de un brazo, hasta el altar, donde le pidió a la Virgen del Rosario que expulsara el demonio que su hijo tenía adentro. Le cayó muy mal el intento de purificación; detestó que su padre hiciera toda esa pantomina, si nunca iba a misa. Elortis se había confesado muchas veces, y sabía que la Iglesia generaba estos vaivenes emocionales; o te dejaba tranquilo y satisfecho como después de una confesión sin penitencia (pensaba que tal vez había empezado a ser escritor, aunque ahora relataba cosas no tan ficticias, en el confesionario; cuando era chico no sabía qué pecados contarle al cura, él se tenía por un santo, y entonces inventaba peleas con sus familiares, malas contestaciones y celos), o salías malhumorado porque te habían mandado a rezar diez avemarías. Pero que te trataran de exorcizar frente a la Virgen era otra cosa.

El niño Elortis se había ido con un nudo en el estómago, y sintiéndose también un poco culpable porque en el fondo sabía que algunas fuerzas ocultas lo hacían desear todo lo que veía, y, aquel día, los cabeza de león tenían que ser suyos a toda costa. Sus tardes, en especial la de los fines de semana, eran muy aburridas, se excusa Elortis; no tenía muchos amigos, y los animales lo distraían. Su padre, aunque cada tanto le hacía alguna broma, o le permitía cambiarle el agua y darle de comer a los pajaritos que tenía en el balcón, siempre estaba metido en lo suyo, con el ceño fruncido y sacudiendo la cabeza, como si pensara en algún problema que se le hubiera escapado durante la semana. ¿Pensaría en qué nombres poner en la lista negra que le pasaba a sus jefes? ¿en algunas de sus amantes? ¿la pelirroja inteligente con la que debía compartir interesantes conversaciones de sobrecama? ¿o sería que la japonesa lo tenía a mal traer con su idea de que con el tiempo los hombres recibían lo merecido cuando engañaban a la esposa?

Podía comprender que engañara a su madre, pero no que soplara lo que hablaban determinadas personas a otras que después se dedicaban a hacerlos humo. Los nombres de los alumnos y profesores estaban pintados en una bandera gigante en el patio central de la universidad, en cuyas aulas Elortis había aprendido una profesión que nunca ejercería y se había enamorado inútilmente de alguna compañera. Sin embargo, vino a descubrir que Baldomero, que aparentemente andaba contándole a unos desconocidos, o no tanto, seguro, qué inclinaciones políticas tenían los demás ahí, había seducido a su alumna pelirroja y quién sabe cuántas más.

Lito le dio a entender que era una posibilidad que Baldomero colaborara con su hermano, aunque no sabía quién había metido a quién en esos negocios. A Elortis le llamó la atención que llamara negocio a lo que hacía su hermano. Aunque lo que estaba haciendo ahora Lito en esa habitación desamueblada tampoco tenía un nombre más claro. Había encontrado su lugar en un tipo de panal, esa mosca lo llamaba Elortis, en el que no importaba que produjeras miel; esos lugares estaban rotulados desde siempre por amiguismos y favores devueltos, incluso para apaciguar y contentar a algunos que, desocupados, empezaban a molestar. Por eso la comunidad que se juntaba en esos lugares era tan heterogénea.

Elortis volvió con un peso extra en su espalda, el de sentirse tan cómodo, e incluso reírse de los chistes que contaba ese alegre personaje. De vuelta en su departamento, no podía estar quieto. Motor estaba más raro que nunca, se le erizaba la espalda, y lo miraba como si él fuera un ser peligroso, que estuviera pensando en hacer una locura.

No sé si ya lo dije, pero a Elortis le encantaban las paltas. Dio la casualidad que las ramas de un aguacatero, plantado en el patio del hotel de al lado, daban al contrafrente de su departamento. Las paltas estaban maduras, y Elortis escuchaba cómo se estrellaban contra el techo alambrado del patio de su edificio. Ese sonido grave lo ponía nervioso. Además no llegaba a las ramas del árbol para salvarlas de esa caída, y después comérselas.

Se sentó en la computadora y buscó la lista que había mencionado Lito. Enseguida la encontró, y la bajó en un PDF. Nómina del personal civil de inteligencia que prestó servicios en el destacamento de inteligencia 601 entre los años 1976 y 1983, tenía como título.

Los empleados estaban clasificados según el nombre completo y la especialidad. Había dactilógrafos, agentes de reunión de información, conductores de vehículos, cocineros, auxiliares de personal, fotógrafos, mozos, radiooperadores, contadores, agentes de seguridad, peones, electricistas, perfograboverificadores, mecánicos, agentes de operaciones especiales y agentes de censura, entre otros a los que no prestó atención. No había ningún Ortiz, claro. Leyó la lista de nuevo fijándose sólo en los nombres, y ahí vio que uno de los agentes de reunión se llamaba Álvaro. El segundo nombre era Daniel, y el apellido Albarracín. El nombre completo de su padre era Baldomero Álvaro Ortiz.

Mientras, cuenta Elortis, las paltas maduras sonaban como disparos al estrellarse. Le empezaron a zumbar los oídos. De algún lugar tenía que haber sacado su padre, años después, ese nombre insólito para un mono tití: Albarracín.

Igual, todo le parecía muy llevado de los pelos, no había otro indicio que señalara que el Alvaro Albarracín de la lista (al que bien le podían decir el Mono también, ya que tenía entendido que entre estos agentes era común llamarse por un sobrenombre, que señalaba alguna virtud, defecto, o característica física del portador), fuera su padre. Eso sí, en la época en que Baldomero se dejaba la barba parecía un mono sagrado de la India. Sin embargo, nada probaba que el psicólogo Baldomero Ortiz fuera el agente Álvaro Albarracín.

Elortis borró la lista de su computadora, y se dedicó a acariciar a Motor que dormitaba en el sillón; ya estaba menos arisco que cuando volvió de su experiencia independiente en la costa. Y sentado ahí, acariciando a su gato, le dieron ganas de reírse. Y lo hizo, no podía creerse del todo que Baldomero fuera un espía; sí lo veía como una reaccionario que andaba gritándole a la gente su versión de la realidad en la universidad. Todas esas casualidades que estaba encontrando tenían que estar dirigidas, diría Pascal, decía Elortis, por un sentimiento.

No había entendido del todo a Baldomero, no sabía bien quién había sido, creía que lo había engañado a él y a su madre, pero lo había hecho para salir adelante. A diferencia de él, Baldomero venía de la nada, cuando su padre, el abuelo de Elortis, se murió, muy joven, su madre lo internó por un tiempo en un colegio pupilo porque tenía que salir a trabajar y no podía ocuparse del chico.

Vivían en un departamento prestado por un tío español que era letrista de tangos y los ayudaba cada tanto con algún dinero. Al poco tiempo también la madre se murió de un infarto. Le costaba contar estas cosas a Elortis pero no podía parar. Su padre se las había revelado muy de a poco. No le gustaba hablar de su infancia. Baldomero vivió un tiempo con otro familiar de la madre, un portero español que trabajaba en el edificio donde vivía una familia adinerada, los Ramos Mejía. Detrás del edificio había una cancha de tenis y Baldomero veía por la ventana a otro chico que lo miraba como invitándolo a jugar con él, pero el padre del chico se lo llevaba y Baldomero, como años después su hijo, se pasaba las tardes revolviendo las cosas que el portero español recibía de los dueños del edificio. Tiraban muchas cosas, entre ellas esculturas, cuadros y libros, y Bautista, como se llamaba el portero, se quedaba con la mayoría. Baldomero se entretenía con esos bártulos y leía muchos libros, más que nada de historia. Con el tiempo el tío español le consiguió un buen trabajo en una empresa multinacional, y Baldomero pudo estudiar y salir adelante por sí mismo.

Las cosas para Elortis habían sido mucho más fáciles en la primera infancia y la culpa que sentía por eso hacía que mucho no le entusiasmara ponerse a analizar el pasado lejano de su padre. Por eso prefería ver en su mente la imagen todavía fresca del mono enjaulado al que se había dedicado a observar detenidamente Baldomero en sus últimos años. Sin embargo, esa imagen era también inquietante.

por Adrián Gastón Fares.

Reunión. Cuento.

Reunión

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Las máquinas y yo. Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: vuelvo a publicar Reunión un cuento que se me ocurrió y escribí en un lugar bastante extraño.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento está dentro de mi colección de cuentos Los tendederos.

 

Ayuda.

Publicando Suerte al zombi, compenetrado en eso, en este blog, en la novela, se me pasó pasarles este enlace para que puedan firmar y compartir.

Me acompañó alguien de Change.org que apareció de la nada para pedirme que me sacara esa fotografía que me costó mucho sacarme (ya había hecho yo la petición). Me dijo que un cartel ayudaría y entre fibras y pizarras, me salió esto:

Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho
Adrián Gastón Fares Mi Petición en Change.org Fácil: change.org/gualicho

El texto lo había escrito y esa persona me ayudó a dejarlo más claro, así que lo agradezco.

Estamos hablando de un logro, de diversidad, de inclusión y de todas esas cosas que hacen bien en vez de mal.

De una película en la creó firmemente porque la desarrollé durante muchísimos años y cuyo guión no estaría dispuesto a vender a nadie para dirigirlo más que yo.

Luego de desarrollar todo Gualicho (storyboard, guión, historia original, casting, locaciones, propuesta estética; eso ganó Blood Window Internacional) creé Mr. Time, que creo que tiene el mismo valor cultural y comercial que Gualicho. Me gusta. Me convence. Me atrae. La quiero hacer, tanto como Gualicho. No necesito un jurado para que me diga eso, como fue en el caso de Gualicho, que resultó ganadora de una concurso de Óperas Primas. Pero para que eso ocurra, para que pueda dirigir otras, primero tengo que hacer la valiosa e ineludible Gualicho (Walicho, o Walichu)

Firmen esta petición y compartanla si pueden porque es tan válida como todo el trabajo gratificante que vendo desarollando en este blog desde hace tantos años.

Es fácil de compartir porque el vínculo está simplificado.

Es así.

change.org/gualicho

o aquí

change.org/gualicho

o acá

Firmar petición Change.org para Adrián Gastón Fares

Ya ha sido firmada por muchos directores y directoras de argentina, entre otras personas que me conocen, y algunas que no.

Es todo un camino recorrido, entre cortos que filmé, el documental Mundo tributo, entre otras cosas, que me llevaron a esto. Ayuden a que no quede truncado esto, porque perdemos una nueva película, un nuevo guionista, y un nuevo director. Y eso no debe ocurrir.

Gracias y saludos,

Adrián Gastón Fares

Escritor, Director de Cine, Guionista

 

¿Dónde leerme?

¿Dónde leerme además de aquí?

1.

Pueden leer mi colección de cuentos, Los tendederos, con descarga gratuita (para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.)

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Lostendederos

 

Los tendederos, libro de cuentos en PDF:

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

2.

Pueden leer mi novela Intransparente aquí (descarga para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.):

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Intransparente Novela

Enlace Mobi (Kindle)

Intransparente Novela

Enlace PDF

Intransparente Novela PDF

3.

Pueden leer mi novela El nombre del pueblo aquí:

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018

El nombre del pueblo, Novela PDF

El nombre del pueblo (Epub, para Smartphone, PC, Libro electrónico)

El nombre del pueblo Novela

El nombre del pueblo (para Kindle)

El nombre del pueblo Novela

4) Pueden leer mi novela Suerte al zombi, en el enlace de aquí abajo:

Suerte al zombi. Novela completa. Índice.

 

Sobre el autor:

Escritor y Guionista. Director y Productor de Cine.

Bio:

Fares, Adrián Gastón (28 de octubre de 1977, Buenos Aires, Argentina) Egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Creció en Lanús Oeste, Buenos Aires, donde escribió su primer novela influenciada por el cine y el terror fantástico: ¡Suerte al zombi!
Luego fue crítico de cine de la pionera revista online Cineismo y fue seleccionado para una Clínica de Obra literaria en la Universidad de Buenos Aires por su novela corta El sabañon. Esta novela inauguró un blog de cuentos, notas y poemas que lleva más de doce años en línea, primero llamado El sabanón y luego adriangastonfares.com
En 2016 fue seleccionado por su guión de película, Las órdenes, para el Laboratorio Internacional de Guión (Labguión, Programa Ibermedia)
Escribió Gualicho (Walicho), que ganó el concurso Internacional de Cine Fantástico Blood Window Película de Ficción INCAA, con un jurado conformado por los directores de los festivales de Sitges, San Sebastián y periodistas de medios como SeriesMania y Variety. Acaba de desarrollar su segundo guión de película de terror fantástico llamada El señor del tiempo (Mr. Time)

También es reconocido por crear y dirigir el cortometraje de terror Motorhome, Entre nosotros, y ser el guionista, productor y director (junto a Leo Rosales) de la película rockumental argentina Mundo tributo. Este film fue programado en festivales de cine de todo el mundo (México, Brasil, Colombia, EEUU, Francia, España, India, Chile, Argentina) y adquirido y exhibido por Cine.ar, Canal Encuentro, In Edit, Mtv Brasil, entre otros medios.

Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición, sordera de origen congénito, tratada con audífonos.

Más información sobre su actividad cinematográfica:

http://www.corsofilms.com/press

Publicaciones literarias:

Novelas:
Intransparente (2011)
El nombre del pueblo (2016)

Suerte al zombi

Libro de Cuentos:
Los tendederos (2019)

Guiones de largometraje:

Mr. Time (nuevo)

Gualicho (premiado)

Las órdenes (premiado)

Embrión (título tentativo)

La venta (título tentativo)

Ojalá (título tentativo)

Guiones de series de TV:

S.P.A. (La sociedad de los parientes asesinos)

Cortometrajes:

Ver: Canal de Corso Films Argentina

Contacto: adrianfares@gmail.com

 

 

 

Trailer de mi película documental Mundo tributo (producida junto a Leo Rosales):

 

Cortometraje Entre nosotros:

 

Contacto: adrianfares@gmail.com

Este es mi blog y sitio web activo desde el año 2006 hasta la actualidad.

 

Adrián Gastón Fares (Copyright 2006-2019)

 

Yo también.

Me chiflan los audífonos.
Y los otros humanos me lo advierten.

Casi no puedo tampoco
abrazar a otros;
porque también chiflan.

Y más que nada chiflan solos.

Ahí se dan cuenta más.

Y me preguntan: ¿escuchás ese chiflido?

Y les digo que claro que no.

Desde que me di cuenta de
mi diferencia, hace ya mucho tiempo, hice un movimiento
de traslación y rotación
para ser comprendido.

Pero sólo hacía falta que algo chifle.

Moleste a los demás.

Eso genera comprensión.

Un poco.

La molestia.

Así que perturben a todas y todos,
con sus molestias.

Por mí, está bien.

Debería existir un mecanismo para el ser invisible que lo haga visible.

Como este acomple, que debería poder fabricarse en una industria que le cambiaría la vida a muchas personas.

Para que lo pulsen a gusto, en el momento necesario.

Como un timbre para decir:

Paren un poco.

No se ve, pero aquí estoy yo, y me cuesta escuchar, mucho, y así y todo lo hago como puedo.

Por eso, busquen justicia y no se dobleguen.

Porque cuando alguien diferente cae,
cada vez que ocurre eso,
caen mil matices más y más personas que los traen.

Siento compasión por las personas.

Ni eso, a veces.

Me río.
Porque ya no da para llorar.

Cuánta mímesis imposible.
En las buenas; todos quieren parecerse a vos,
¡Y en las malas también!

Ahí está.

La mentira.

Y, tal vez, una salida.

Reconocerse.

Impermeable.

Lanzar un tiro al arco desde la mitad de la cancha y que nadie mienta y diga, haya entrado o no;
¡yo también!

Vivimos en tiempos distintos.

Y estoy acá para dejar anotado lo imposible.

Para que se vuelva increíble.

Entonces,

No querida,
No querido.

Vos también, ¡no!

No es lo mismo.

Nunca hay que negar el poder de la negación.

Como Charly dijo.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. Índice. Novela completa.

Me informan que hoy hace trece años que publiqué en WordPress por vez primera.

Entonces, qué día mejor para compartir el índice de Suerte al Zombi, la primera novela que escribí en cuadernos y reescribí aquí hasta hace unos días. Ya se terminó. Es una novela de terror, en cierta forma lo es, es de zombis o zombies, en cierta forma también, es dramática, también, es cómica, también para mí. No la puedo encapsular.

También pueden buscarla en las pestañas del índice, donde están Kong, El sabañón, los cuentos de Los tendederos y en Acerca de pueden encontrar la novela que le sigue El nombre del pueblo e Intransparente.

Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019
Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice.

1. Los hombres de traje.

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 44. El libro.

44. EL LIBRO

Cristóforo escribió sobre Luis Marte[1]:

Había empezado la contienda un dios —pueden ustedes agregarle mayúscula si quieren— loco, senil y depravado, al haberlo despertado de la muerte con el objeto de que un alma humana pudiera habitar un cuerpo en descomposición, experimentando el fin de su obra maestra. No sólo la creación (nunca existió nadie que la recordara; tal vez éste fuera su próximo plan: enloquecer a un humano con el imposible recuerdo de la concepción), sino también el derrumbe del ser humano conforma la totalidad de su obra.

Todos sabemos que hay escritores que por no cambiar una palabra escriben diez páginas. Nuestro dios por no desechar el esfuerzo de la creación y muerte del ser humano le ha inventado una vida. Refunfuñando. Planificó así instancias superiores pero no inferiores, construyó un cielo y un infierno que permanecen vacíos hasta el día de hoy.

Aquí sabemos que la eficacia del señor Garrafa para construir mausoleos —otras son las consideraciones estéticas que podamos tener sobre nuestros aposentos— se hace evidente en su lento derrumbe; si éstos duraran para siempre no tendríamos manera de calificar. El obsesionado dios, cansado de los fríos juicios objetivos sobre el final de su obra, ha desencadenado los subjetivos. Por ésta razón, el dios había premeditado el despertar de algunas personas en sus lechos de muerte para que comprendan la belleza de lo que ha sido y así deleitarnos con la visión de nuestra organizada desorganización. Nos hemos tenido el mismo privilegio. Nuestros ojos se cerraron y se abrieron en días distintos pero cuando ya nos hubieron paseado en nuestra entrada triunfal por el cuartucho de los sepultureros de Mundo Viejo. Pertenecemos a otro estrato social de la inexistencia, pero por lo menos no hemos sido mancillados por estos dos pánfilos como le tocó en suerte a Luis Marte.

Aunque algunos hemos visto cómo la súbdita carne resbalaba por nuestros huesos. Y todo esto de manera metódica (no tengo ganas de describir los pormenores del hecho, ni creo que haga falta ya que todos ustedes los conocen); impulsándonos a convertirnos en valientes avestruces husmeando debajo de sus propias pisadas, verificando que bajo tierra no haya un silencioso mecanismo de relojería sacándonos la lengua. O enterrado en el medio del sol. O en una mosca.

¿Y si afuera de Mundo viejo, del cementerio, los humanos han encontrado la inmortalidad, si viven para siempre, muertos de risa cuando piensan en los antiguos cementerios? ¿No estaría mal eso? ¿No sería injusto con nosotros que no pudimos disfrutar de los mismos avances científicos, por irnos antes, o lo que fuere que les ha permitido a ellos seguir en esa comunidad mientras nosotros aquí estamos?

Oliendo el pasto mojado o sintiendo la tierra apisada por la lluvia. Aunque sea un placer para algunos, entre los que me encuentro.

Deberíamos salir a las calles, andar por ahí, peregrinar hasta otros cementerios para levantar a los demás, avivarlos, aunque todos los muertos vivientes seamos diferentes, y no exista un único muerto viviente, la lucha es digna y nuestro peso conjunto debería derribar el cuadrilátero de cemento que nos contiene.

Incluso si nos levantamos, nos unimos, empujamos todos juntos, y caminamos destartalados, erráticos, no menos de cómo lo hacen los vivos por estos pasillos de mala muerte, tal vez nos miren con otros ojos (o nos presten los suyos) y así hagan hasta arte, creaciones cinematográficas o literarias inclusivas, donde nos representen de otra manera a la habitual. Sólo el recuerdo, cansa, aburre. ¿Quién sabe? Tal vez en el mundo de los vivos ya existen estas creaciones que nos alegrarían el alma y harían crujir de alegría nuestros huesos.

Es necesario que nos empoderemos. Basta de depender de que otros decidan dónde tenemos que descansar, qué flores nos gustan, qué fotografías encajar en los portarretratos, y más que nada, cuál ha sido la verdad de nuestra vida.

Claro que para eso necesitaremos energía. ¡Ideas nuevas! No se me ocurre de dónde podemos sacar esas energías más que estirando nuestras intenciones en línea recta hacia la cabeza de los que están vivos, acercando nuestras bocas, nuestros ojos y nuestros oídos a los de ellos. Es una posibilidad.

De cualquier manera, no hay que contentarse con la pronoia de un muerto más de Mundo Viejo, la realidad es siempre distinta y todos aquí percibimos las cosas y tenemos losas, tumbas y mausoléos, así como ataúdes y también, porqué no, virtudes distintas.

Mejor que usemos la fuerza y la bronca de la certeza que nos une, ¿no?

Y lo único cierto es que no estamos ni aquí; estamos muertos.

por Adrián Gastón Fares.

[1] El manuscrito, aunque casi ilegible, séptico, e inexistente, ha sido descifrado y transcrito.

Suerte al zombi. 38. El mundo dando vueltas.

38. EL MUNDO DANDO VUELTAS

El primer disparo le dio en el hombro a Luis. Siguió abrazando a Fernanda. El segundo penetró por su cuello y lo traspasó para dar contra la pared de un mausoleo. Agradeció no sentir el dolor. Se dispuso a seguir abrazando a Fernanda, protegiendo a su cuerpo de las balas. Puteó nuevamente a Dios.

Garrafa apuntó al mentón de Luis y disparó. Erró, pero López se acercó blandiendo la pala gigante.

Luis estaba agachando la cabeza para cubrir la de su amada, cuando vio como el mundo daba vueltas rápidamente. Pudo ver todas las paredes del cementerio, incluso las que estaban a sus espaldas. Luego, la cabeza colgó de su destrozado cuello y ya no la pudo mover. Así que tuvo que contentarse con mirar a Fernanda a los ojos y observar de reojo lo que le estaban haciendo a él.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 32. Nos vamos, Luis.

32. ¡NOS VAMOS, LUIS!

Aquel sábado Luis estaba sentado en su habitación, pensando en como iba a encarar el trabajo de investigación que le había encargado el profesor más desalmado de la facultad. Tenía una hoja en blanco donde anotaba las ideas que se le ocurrían. Habían sido muy pocas las que habían acudido a su mente durante la mañana y se iba a levantar para salir a tomar aire cuando llamó su madre.

—¡Nos vamos, Luis!…—le gritó mientras éste estaba a dos pasos de la puerta, mirándola y sin tocarla— Te deje unos patys en el congelador, hacételos… ¿¡Luiiis!?

Luis cerró los ojos. Por un momento se sintió mal, su estómago se revolvió mientras veía la foto que le había sacado su madre cuando había sido abanderado en séptimo grado. Se acercó para verse mejor. Una sonrisa marcaba sus labios y sus ojos brillaban bajo los cabellos cubiertos de gel.

—¡Qué aparato!—dijo Luis, y sonrió.

—¿¡Luiiss!?

La voz venía desde el baño, desde donde se escuchaba el agua corriendo.

—¡Ya te escuché mamá!—. Miró de vuelta la foto— ¡Chau!

El agua dejó de correr y escuchó los pasos de su madre por el pasillo.

Resonó la bocina del auto de su padre.

Era muy impaciente. Su padre no aguantaba la coquetería de las mujeres, aunque él pasaba mucho tiempo delante del espejo. Sólo que no a último momento como su madre.

Se dijo que se había olvidado de preguntarle a su madre dónde iba. Seguramente, su padre iba a cubrir algún espectáculo y de paso la llevaba. Luis caminó hasta la cama y se sentó.

Ser periodista y meterse en la vida de los demás nunca le había parecido demasiado excitante. Era estar pendiente a historias estúpidas de empresarios aún más estúpidos: metidas de cuernos, cumpleaños, muertes, casamientos. Por otro lado no había horario fijo; en cualquier momento te podían llamar. Claro que había sentido una pequeña envidia por su padre el día que le había dicho que había entrevistado a Mick Jagger. El laburo daba buen dinero, pero ésta no era razón suficiente para arruinarse la vida; cuando su padre le había propuesto que siguiera la carrera de Comunicación había dicho que no: él tenía derecho a elegir ya que era su vida y todo eso. Y había elegido Abogacía; las leyes no tenían muchas vueltas. Iba a ganar dinero y tratar de encontrar a algún asesino olvidado, ya que iba a probar criminalística.

Se imaginaba a sí mismo llegando a la puerta de la sombría casa de un funesto asesino buscado hace mucho tiempo. Golpeaba la puerta, dispuesto a todo, cuando un viejo sin dientes se asomaba y lo recibía con una desdentada sonrisa mientras balbucía:

“Metéme en la cárcel… ¿qué tengo que perder ahora?…Si mi hija quiere meterme en un geriátrico.”

Otras veces imaginaba la misma situación, ante la puerta del asesino, con su mano apoyada sobre una pistola; sólo que el hombre que salía era tan simpático y apacible que terminaban siendo amigos. El asesino le contaba sus andanzas mientras sonreía. ¿Cómo podría estar un asesino triste en nuestro país?

Su padre había estado investigando el crimen del empresario Closas y le explicaba, durante las contadas ocasiones que cenaba en casa, que la justicia en Argentina simplemente no existía. Una noche el viejo le había dicho:

“—No puede haber justicia en un país en el que todos son delincuentes en alguna medida… acá a la gente no le gusta trabajar, le gusta hacer todo fácil… Bueno, matar es fácil… Un tiro y Closas, que intentaba poner una nueva cadena de supermercados… supermercados; no estoy hablando de droga ni nada parecido… ¡SUPER-MERCADOS!…, un tiro y el lugar que iban a ocupar los super los ocupan otros: todos sabemos quién lo hizo… yo sé quién lo hizo… y el lunes, Luis, cuando la gente vaya a comprar la revista, se van a llevar una sorpresa. Les va a parecer extraño, porque una revista que se dedica a ricachones y famosos no pública ese tipo de notas, pero Fabian le tiene bronca a éste tipo que mató a Closas—. El padre miraba a su madre, seria y cabizbaja, y seguía hablando—. Y me dio el permiso para escribirla.”

La nota había salido el miércoles siguiente y no armó gran revuelo en la opinión pública. Su padre se calló la boca y siguió trabajando en asuntos sin importancia. Parecía que nadie había leído la nota que Luis casi sabía de memoria y que dejaba las pistas muy claras para acercarse al que había mandado a meter dos balas en la cabeza de Closas y quemado su auto.

Escuchó arrancar el Escort último modelo que tenía su padre y se concentró nuevamente en la hoja en blanco. Nada se le ocurría… escuchó el sonido de una frenada…

Luis se levantó rápidamente y corrió hacia la ventana. Se asomó.

El auto de su padre había chocado en la esquina. El Escort estaba parado en el medio del cruce, interceptado por otros dos autos que le cortaban el paso. Luis podía ver la ventanilla del lado del acompañante, en el que iba su madre. Al lado estaba un Taunus negro, que tenía los paragolpes hundidos en la puerta trasera del Escort. Otro Taunus negro aplastaba la parte delantera del auto. Escuchó gritar a su padre y al dirigir la vista hacia el auto se quedó congelado.

La cabeza de su madre había explotado salpicando de sangre el vidrio. Luis logró romper el hielo que retenía su cuerpo y corrió lo más rápido que pudo escaleras abajo. Abrió la puerta y salió a la calle, donde casi resbaló al pisar una mancha de aceite y tuvo que aferrarse al tacho de basura. Corrió hasta la esquina, donde uno de los Taunus aceleraba y el otro daba contra un palo de luz al dar marcha atrás. Los dos hombres que iban en éste tenían capuchas negras y Luis pudo ver el excitado brillo de sus ojos posándose sobre él. Luego el auto se enderezó y tomó velocidad para alejarse.

Luis se acercó al Escort.

El dolor tardó en llegar. Primero sólo se preguntó por qué no había escuchado los tiros… luego se acordó que existían los silenciadores. Vacío parte de la ira que crecía en su cuerpo dando una patada contra la puerta trasera. Sintió dolor pero no más del que golpeaba su pecho. Siguió dando patadas contra la carrocería del auto.

El viejo que vivía enfrente de su casa llegó corriendo y lo abrazó mientras gritaba a los otros vecinos que llamaran una ambulancia.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 22. Tártaro.

22. TÁRTARO

La luz que refulgía en la salida de aquel pasadizo era muy fuerte pero se mantenía perfectamente fuera del lugar, sin difundirse en la penumbra. Tuvo que arreglárselas para evadir a una docena de deshilachadas y podridas raíces que en algunos tramos le impedían el paso.

Luis se acordó de lo que contaban los que afirmaban haber vuelto de la muerte, y se desdijo de la conclusión que había obtenido a la entrada; ahora la luz era la epifanía de un poderoso dios que lo llamaba para insuflarle vida. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas de que esto ocurriera.

Alcanzó el final del pasadizo. El rectángulo lumínico se agrandaba mientras Luis se acercaba. Cerró los ojos y lo traspasó.

Luis se detuvo en aquel lugar sin abrir los ojos, solamente escuchando el conocido sonido que penetraba su alma. Antes de levantar sus lívidos párpados supo en qué clase de infierno se encontraba y se dio cuenta que no habría final feliz para su historia.

Mientras mantenía sus párpados apretados y la oscuridad inundaba su alma, Luis escuchó una fuerte bocina de camión; luego una frenada, la llamada de un teléfono celular, otras bocinas de colectivos, gente que gritaba, una sirena de ambulancia, otra de policía y un evangelista que hablaba a los gritos sobre las bondades de su iglesia. Luego, algo lo empujó. Levantó sus párpados y dejó que sus indiferentes ojos muertos se bañaran de luz. Vio como el hombre que lo había empujado caminaba calle abajo y lo maldecía. Cientos de personas caminaban delante de él, apartando las miradas del tenebroso yuppie: trabajadores gemelos con teléfonos celulares pegados a sus orejas, tristes mujeres que esperaban en vano alguna mirada, camareros que llevaban bandejas con sándwichs y gaseosas, jóvenes que comían pequeños helados de chocolate y vainilla, un vagabundo que sonreía enigmáticamente, niños llorosos arañando los brazos de desentendidas madres; caras y más caras que se fundían en una sola, la que pasaba a cada instante, el cuerpo vomitado por la corriente. Una hermosa chica, cuya remera promocionaba una sala de cine, trató de darle un papel, que cayó al piso porque Luis escondió rápidamente su mano en el bolsillo del pantalón.

Miró atrás, pero la salida del túnel había desaparecido, suplantada por una casa de electrodomésticos. Vio su propia imagen asombrarse en un televisor gigante; estaba siendo filmado por una pequeña cámara que lo apuntaba desde arriba de un centro musical. Se volteó y comprobó que estaba parado cerca del cordón de la vereda, enfrentando una transitada avenida. Tenía como compañía a cientos de personas que miraban con apremio el semáforo.

El día era soleado y Luis levantó su mirada para encontrarse con el poderoso astro que iluminaba la tierra, pero en ese momento un sucio colectivo con el caño de escape destrozado pasó, dejando una desvergonzada nube de humo negro que ocultó bajo su manto a los que estaban por cruzar hacia una plaza. Luego, el semáforo cambió y  todos se lanzaron a la calle rozando a Luis, que quedó parado casi en el cordón de la vereda.

“¿Por qué no crucé?”

Se contestó a sí mismo, argumentando que no quería seguirle el ritmo a los lunáticos que todavía estaban con vida y trataban de apurarse para que no se les pasara sin haber metido unos cuántos goles. Él, cuando vivía, tampoco se había dado cuenta de que la muerte se parecía a un policía de tránsito; si andabas demasiado rápido simplemente te paraba y te hacía firmar una multa eterna. La diferencia era que la muerte no avisaba cuando iba a actuar, en cambio los canas le hacían una seña al desafortunado conductor, como en aquel momento a una respingada dama que conducía un auto último modelo.

Luis reflexionaba, cuando otra nube de humo, ésta perteneciente al caño de escape de un camión, lo rodeó. Luego escuchó unas maldiciones y las personas que estaban junto a él cruzaron. Entonces, miró hacia la plaza que había cruzando la calle y se concentró en el césped; la alfombra verde brillaba amenazante, era su enemigo, ya que se alimentaba del humus y él en aquel momento no debería ser más que una de aquellas sustancias nutrientes. Se consideró a sí mismo como una afrenta a la cadena alimenticia terrestre. Rebelde a la naturaleza, aunque no por su propia voluntad. La tierra, el suelo, los animales, los vegetales; murmuraban el nombre del odiado joven. Los humanos simplemente le deberían temer, pero sólo el reino vegetal y animal tendrían la intuición de odiarlo.

Al mirar alrededor vio como entre el cielo y la ciudad se interponía una opaca alfombra que hacía que no se apreciara nítidamente el celeste de arriba. “¡Éste sí que es verdadero!”, se dijo Luis. Y luego vio como las calles estaban repletas de pequeños papeles que se deslizaban por el piso junto con sus coloreados padres; latas de gaseosa que lanzaban reflejos fugaces a sus ojos vítreos.

Nunca había sido ecologista; pensaba que las personas dedicadas exclusivamente a la naturaleza no eran más que tontos y arrogantes jóvenes que lloraban ante un perro sarnoso y eran indiferentes frente a un niño hambriento. También estaban los que, desesperados por una candidatura, enarbolaban un verdoso eslogan. Aunque le gustaban las plantas y los árboles y si podía hacer algo en su favor, lo hacía.

Su padre solía decir que había que dejar al hombre destruir el mundo; sería la ruina de la humanidad y la salvación del universo.

Luis sospechaba que el hombre quería destruir el mundo para desaparecer. Estaba seguro de que los hombres eran un infierno en sí; corazones inundados de cientos de demonios, bípedos expulsados diariamente del paraíso, surcaban las calles buscando algo que nunca iban a encontrar. En el mundo las mejores intenciones se convertían en las peores; lo mismo le había ocurrido al laborioso viejo barbudo. Al infierno lo había creado Dios, después de verse reflejado en los ojos de Adán y Eva. Luis se dijo: “El peor infierno, el más ardiente de todos, soy (o era) yo. Por otro lado, si cada transeúnte tiene una idea propia del infierno, y éste no existe más que en nuestro pensamiento, hay tantos infiernos como personas. Por lo tanto, las ciudades son los peores infiernos; están transitadas por millones de ellos”.

Recordó que sus pensamientos habían sido avivados por el dilema con la naturaleza y, mientras observaba a los gases que flotaban en el aire, concluyó que la naturaleza estaría lejos de odiarlo. El planeta se quejaba por la misma razón que lo hacía él; tenía que ver con sus propios ojos cómo minuto tras minuto, hora tras hora, se iba pudriendo. Sonrió, mientras estaba en aquella esquina céntrica, y se dijo que la naturaleza sólo debía tenerle rencor porque había desobedecido una de sus supuestas reglas. ¡Luz verde!

Estaba divagando demasiado, se dijo Luis, y cruzó la calle con otros peatones.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 14. El justiciero.

14. El justiciero.

Jorge bajó el peldaño y espió una vez más, asomando su cabeza fuera de la guarida donde estaba con sus amigos, en la entrada del edificio. Les contó a los demás lo que había visto. Los tres salieron corriendo y doblaron en la esquina, para tratar de que Chula y Olga los perdieran de vista.

Al doblar en aquella esquina, Jorge se fijó si tenían la suerte de que algún colectivo pasara en aquellas horas, pero la calle estaba vacía. Ni siquiera un taxi. Debían de ser las cuatro de la mañana y lo único que se veía en las calles de ese antiguo barrio céntrico eran gatos. Miró hacia la otra vereda, donde había una remisería. El viaje les saldría caro, se dijo Jorge, pero era la única forma de que aquella noche terminara. Los tres cruzaron corriendo, siempre con Jorge a la delantera y, gracias a que la puerta de la remisería estaba abierta, entraron.

La remisería tenía un antiguo mostrador, por lo que parecía que era un antiguo almacén reciclado. Jorge llamó, pero nadie salió. El lugar parecía estar vacío. Esperaron diez segundos y Jorge golpeó la madera del mostrador con el puño cerrado… Diez segundos más. Jorge miró a sus amigos y en silencio se dispuso a golpear nuevamente el mostrador cuando un hombre gordo, bajito y pelado, salió de una especie de biombo que separaba el negocio del interior de aquella casona. El hombre caminó hasta ellos tratando de meter su camisa dentro de sus holgados pantalones negros. Tenía la cara y la camisa tan sudada que parecía que le habían echado aceite. Sus regocijados ojos húmedos flotaban entre marcadas ojeras. La pelada brillaba y en ese reflejo, efecto de la lámpara que colgaba del techo, fue en el que se concentró Juan para no reír a carcajadas cuando el hombrecito les habló. Se acercó a ellos sonriendo:

 —Miren chicos, estoy yo sólo trabajando hoy… —Hizo una pausa, se llevó las  manos a su pelada y trató de secarse la transpiración—. Si quieren que los lleve van a tener que esperar a que cierre el negocio.

Las cortinas rosas del biombo se movieron y una pequeña mano femenina apareció ante la vista de todos. La joven salió ante la curiosa mirada de los tres amigos, acomodándose una remera ajustada. Después de ponerse la top, se calzó el zapato de taco que llevaba en la mano y se acomodó el que ya tenía puesto pisando en el piso varias veces.

Era una prostituta joven, casi adolescente, de no más de diecisiete años. Su pelo era castaño y sus facciones de gran belleza. Cuando terminó de arreglarse, levantó la vista, mostrando sus ojos azules. Al ver a los tres jóvenes, lanzó una risa inocente al aire y les dedicó una sonrisa. Se acercó al remisero, le sonrió y susurró algo al oído. Éste fue a la caja y sacó veinte pesos que le entregó a la chica, dándole una palmada en su pequeño y bien formado trasero, protegido tan sólo por una minifalda verde claro.

Por los nervios acumulados aquella noche o por otra razón, lo cierto era que Juan empezó a reír. Jorge lo siguió. ¡Así que por eso no aparecía el tipo! De repente, se sintió a salvo y una sensación grata lo colmó. Miró la cara de sus amigos; los ojos de Leonardo brillaban, Juan no paraba de ojear el culo de la chica con una sonrisa tonta.

La joven prostituta se dirigió a la puerta de calle. Por un momento todo lo que escucharon los tres chicos fue el ruido de los tacos de aquella chica golpeando el suelo de la remisería. A los jóvenes les pareció que el tiempo se detenía y los hechos se estiraban en cámara lenta; los pasos de la chica hasta la puerta, las sonrisas dibujadas en sus propias caras, la cara del remisero pelado que miraba cómo se movía el trasero de la chica mientras se alejaba. Vivieron aquel momento como ningún otro en su vida. Se sintieron jóvenes.

Eso era lo extraño; ellos eran jóvenes, casi adolescentes. Sin embargo, sentirse joven era distinto. Se miraron entre ellos y se entendieron  dejando atrás todo otro pensamiento que no sea: ¡Qué noche extraña!. Sus almas se conectaron. Estuvieron a punto de alcanzar el secreto de la inmortalidad, pero una mosca que zumbaba pegada a la lamparita que colgaba del techo los distrajo. El momento pasó y, sin embargo, parecía seguir estando ahí, tan al alcance de sus manos.

Leonardo miró al remisero, mientras la prostituta alcanzaba la puerta y preguntó:

—¿De dónde saca esas putas tan lindas?

 —Sandra no es una puta, es un ángel—contestó el remisero.

En el fondo, todos ellos estaban dispuestos a creerlo. La siguieron con la vista hasta que bajó el escalón y siguió caminando, ya fuera del negocio, pegada a la vidriera de la remisería. Luego desapareció y todos volvieron a tierra.

El remisero agarró las llaves del negocio y los chicos empezaron a discutir sobre cómo había tocado el baterista de Los Misteriosos.

—Tenía la pierna dura como sorete de terraza. Creo que fue uno de los peores días de Darío—dijo Jorge.

 —Para mí estuvo bien… el problema es que lo dejó la novia.—opinó Leonardo.

 —¿Y eso qué tiene que ver?—preguntó Juan.

—¡¿Qué tiene que ver?!—Leonardo miró a Juan cómo si éste hubiera preguntado cuantos días tiene la semana—. Cuando lo emocional va mal, todo va mal. No podés llevar el ritmo… el pibe está destruido.

Siguieron hablando sobre Darío, el baterista de Los misteriosos, sin darse cuenta que Chula y Olga aparecían en escena caminando por el mismo lado por el que se había ido la prostituta. Olga estaba fumando un porro y Chula había guardado la navaja para comer un alfajor Guaymallen que había comprado en un quiosco de por ahí. Ambos estaban cansados y se habían olvidado ya del grupo de chicos. Olga se dio media vuelta y miró hacia atrás.

 —¡Qué puta ésa eh, Chula! Si tuviera unos pesos de más… ¡Qué buena que estaba!

Chula asintió con la cabeza y cuando iba a darle un nuevo mordiscón a su alfajor, miró hacia dentro de la remisería, donde divisó a los tres amigos.

Les sonrió a través del vidrio. Los tres jóvenes miraron atónitos. Olga también los había descubierto y trataba de saludarlos con una sonrisa burlona mientras les clavaba sus desorbitados ojos.

Al ver a Olga, reaccionaron y se dirigieron velozmente a la puerta. Chula iba a meterse en la remisería, cuando los otros alcanzaron la puerta y cerraron, dejando atrapada la mitad del cuerpo del joven dentro del negocio. Éste empujó, sus desesperados ojos azules fulminando los de Jorge. Olga ayudaba tratando de abrir la puerta y maldiciendo.

Dentro, los tres jóvenes empujaban tanto que a Chula le dolía el brazo y gritaba como un cerdo degollado. De repente, se escuchó un grito que se hundió en los oídos de los tres amigos. Sin dejar de empujar, Leonardo y Juan miraron sobre sus hombros.

El remisero estaba parado en la mitad de la remisería, apuntando a la puerta con un arma. Jorge no se percató de esto hasta que sintió algo frío que le tocaba la nuca. Al darse vuelta, mientras seguía empujando para que Chula no se metiera, vio como el pelado le apuntaba a la cara.

—¡Salgan ya todos de mi negocio!…O les pongo balas hasta en el culo.

Hablaba con tranquilidad, pensó Jorge mientras empujaba. Había tenido buen sexo esa noche y por eso controlaba sus nervios. Olga maldecía a Jorge, mientras Chula seguía gritando de dolor.

—Repito: ¡Salgan todos de acá!…—Una gran gota de sudor se deslizó por la llanura de su cien y cayó al piso—. …¡Ya!…¡Dejen la puerta!…¡Voy a contar hasta tres y los cago a tiros!

Jorge dejó que sus amigos siguieran empujando y se enfrentó a la cuarenta y cinco del remisero.

—¡Uno!,…¡y  voy para dooos!

—Escúcheme—Trató de explicarse Jorge—. Si salimos, estos dos drogados van a matarnos, ¡están locos!

 —¡Dos!… ¡y  voy para treees!

Atrás de Jorge, Leonardo y Juan seguían empujando la puerta. Chula había logrado meter un brazo y trataba de agarrar la cara de Juan mientras escupía a Leonardo. Éste miró atrás y dejó de empujar.

— ¡Y….!—apuró el remisero.

—¡No dispare!—dijo Jorge y tocó a su amigo—. ¡Dejá la puerta!

Juan dejó de empujar. La puerta se abrió y dio contra la vidriera con gran estruendo. Chula quedó libre y cayó al piso, desde donde puteó. Luego se levantó, sediento de venganza, con su cara hinchada y colorada.

Olga y Chula quedaron a la vista del remisero pelado, que los apuntaba. Chula tenía un hilo de saliva que recubría sus labios haciéndolos brillar. Habló escupiendo:

—¡Hola, Ruben!

 —Arreglen sus asuntos afuera, Chula. No quiero problemas en el negocio.

 —No va a haber problemas, Ruben, ¿alguna vez nos metimos con usted?—Chula  movió su dedo índice en el aire—. ¡No! ¿Alguna vez nos metimos con sus putas?—. Chula miró a Olga que negaba con su cabeza y luego repitió— ¡Nooo!—Ahora miraba fijamente al remisero—. Usted es como nosotros, Ruben: ¡un gran pajero!—. Chula escupió la baba que le incomodaba. La saliva salió con una flema blanca que cayó en la zapatilla de Jorge, donde se quedó adherida.

 Jorge no vio la mancha blanca en su zapatilla ya que estaba pensando en como escapar. “¡Imposible!”, se dijo mientras observaba como negaba con la cabeza Olga.

 —¡Salgan!— Ruben apuntaba a la cabeza de Jorge mientras hablaba—. ¡Vamos!…

Chula y Olga se corrieron a un costado. Jorge fue el primero en salir. Olga empezó a reír con la súbita intensidad de un maníaco. Chula se metió un dedo en la nariz y extrajo una mucosidad verde que pegó en la frente de Jorge mientras éste salía. Jorge, que estaba verdaderamente asustado, lo aguantó callado.

—Traten de no ensuciar mi vereda, Chula—dijo Ruben y señaló la vereda contigua—. ¡Mátense al lado!

—Está bien, máquina—dijo Chula mientras posaba sus ojos en las figuras de los tres chicos que, en fila, habían salido del interior de la remisería.

Otra vez estaban enfrentados. Los tres vieron como la luz de los faroles se reflejaba en el filo de la navaja que Chula les enseñaba mientras Olga reía maliciosamente. Por encima de su risa, un sonido se escuchó.

Sonó a chapa. La habían golpeado fuerte. Todos torcieron sus cabezas y sólo uno acertó en la dirección.

En la vereda de enfrente había un puesto de diario cerrado. Jorge vio como una sombra salía de atrás de éste y se deslizaba lentamente hacia donde estaban ellos. No se podía ver claramente a quién pertenecía ya que en el lugar un gran árbol filtraba la luz  el alumbrado. No había duda de que era un ser humano él que la causaba, ya que podía verse la alargada sombra de dos piernas que se acercaban. Jorge miró a Chula, que parecía babear de satisfacción.  Al volver la vista la sombra se había hecho carne. Juan gritó.

Alguien estaba parado en la calle, mirando al remisero, que había empezado a cerrar su negocio. Del lado derecho de la puerta de la remisería formaban una fila los tres amigos; del lado izquierdo Chula y Olga los amenazaban. Juan había gritado porque el desconocido llevaba un arma con la que apuntaba a Ruben. Éste levantó la cuarenta y cinco.

Se escuchó un disparo y la cabeza de Ruben se echó para atrás desparramando en la vidriera buena parte de su contenido. Luego de tambalearse, todo su cuerpo se desplomó. Chula miró hacia donde venía el disparo y se encontró con el impresionante semblante del que había apretado el gatillo.

Éste parecía un justiciero, parado en el medio de la calle, con las piernas separadas. Vestía un saco negro y pantalones del mismo color. Chula le enseñó primero la navaja, luego sus dientes y se abalanzó contra el joven desfigurado.

El desconocido acercó su arma al pecho de Chula y disparó dos veces. Las balas traspasaron al joven y se perdieron dentro del local.

Olga le pegó una patada en el estómago al justiciero, mientras los tres chicos dejaban de mirar asombrados y empezaban a correr. El justiciero apenas trastabilló; avanzó, ofreció su cara y dejó que le pegara una y otra vez.

 —¡Sos más feo que un sorete!—gritó Olga mientras empezaba a darse vuelta para huir.

 —¡Date vuelta!—El desconocido hablaba guturalmente.

Olga se dio vuelta. Era imposible saber cuándo, pero había metido la mano en el bolsillo y recuperado un porro. Se plantó frente al justiciero y le dio una última pitada a aquel porro. El justiciero disparó una vez a la cabeza y observó como el porro iba cayendo. Un orificio empezó a chorrear sangre en la frente de Olga. El justiciero apretó nuevamente el gatillo pero la bala no salió. Apretó otra vez. Nada. Se le habían acabado. Olga se derrumbó.

Cuando el justiciero se dio vuelta, los otros jóvenes habían desaparecido. Corrían desesperadamente, cien metros más abajo, por el medio de la calle.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 12. La revolución blanca.

12. LA REVOLUCIÓN BLANCA

Luis se detuvo en el portal de un viejo edificio de aquella cuadra, cerca de donde se había encontrado con el daimon, con la treinta y ocho en la mano derecha. Para su sorpresa, los tres jóvenes se escondieron en una de las entradas de los edificios cercanos a la esquina por donde habían aparecido y uno de ellos miraba continuamente calle abajo, seguramente para verificar si había rastros de los perseguidores. Luis guardó la pistola en el cinturón.

Fue ahí, mientras esperaba para descubrir quién era el que perseguía a estos jóvenes, donde vio su aspecto por segunda vez después de muerto. La primera, había sido en el espejo del baño de “La Esquina del Sol”. Ésta fue en la chapa del portero eléctrico de aquel edificio.

Deformado aún más por la naturaleza del elemento en que se veía atrapado, su reflejo convertía a Luis en un monstruo. Su cara estaba demasiado amoratada y le faltaban pedazos de carne en algunos lugares. En el pómulo izquierdo del reflejo, que sería el derecho en la realidad —¡la realidad!, pensó Luis, era una palabra demasiado obscena y soberbia como para nombrarla en aquellos momentos— había aparecido una mancha blancuzca. Al acercar su faz al portero, Luis se dio cuenta que aquella mancha no era más que el principio de su propio hueso. ¡Así que los gusanos habían disfrutado su cena de madrugada!

Rápidamente, se llevó la mano a la cara para tocar aquella zona. Al hacerlo constató nuevamente que su mano no le transmitía ninguna sensación táctil. La única bendición había sido perder el sentido del olfato, ya que gracias a eso no podía sentir su propio olor a podrido. Luis se dijo que, tal vez, todo fuera plan de un dios inepto que había fallado al resucitarlo completamente; lo había dejado en este estado, muerto, y con los sentidos táctil y olfativo atrofiados. Tal vez, las mismas leyes que actuaban en el nacimiento, lo hacían para la resurrección; él se había levantado antes de tiempo y, prematuro, estaba pagando las consecuencias de este desliz divino. Siguió mirando su cara por unos segundos, elevó los dedos de su mano izquierda y se los quedó mirando asombrado.

El dedo índice había perdido la carne que lo recubría y la falange estaba completamente desnuda, en la superficie, brillando por los reflejos de las luces de mercurio de la calle. Su uña parecía haber crecido. ¡Así que había empezado la revolución!, pensó Luis. Piel y carne reemplazadas por sucia blancura. Mientras articulaba la falange delante de su vista no pudo evitar volver a preguntarse quién le había hecho volver a la vida y para qué. No había razones en este momento y Luis pensaba que tampoco las habría en el futuro. Simplemente, era el sueño de la eternidad frustrada, porque él, sin vida, podía ver cómo se estaba pudriendo. ¿Cuantos días faltarían para que sus ligamentos y huesos se empezaran a romper y debiera arrastrarse o quedar tirado en el piso?

¿Qué razón tendría aquella existencia?, se preguntó Luis mientras bajaba su mano y escuchaba las asustadas voces de los jóvenes. Pensó que si realmente existía un Dios, éste debía estar más loco que el daimon pistolero. En ese momento, el pequeño parlantito incrustado dentro del portero del edificio comenzó a chillar interferencias.

El murmullo metálico subió de tono y se escuchó un chasquido. Alguien iba a hablar de algún piso de aquel viejo emporio. La voz del daimon fue claramente identificable. Tranquila y chillona a la vez:

 —Tenés trabajo que hacer, Luis… Ellos están por pasar y va a ser mejor que los sigás… No podés quedar mal en tu primer día. Tu cuerpo te lo va a agradecer—Calló por un momento y luego gritó:—. ¡Suerte al zombi!

El portero hizo un último chasquido y quedó callado.

Los jóvenes salieron de su escondite ante el aviso del que miraba calle abajo.

Luis se asomó y miró. Los tres chicos que venían corriendo estaban muy asustados.

El joven muerto se escondió nuevamente en la entrada del edificio y vio cómo las tres siluetas de los chicos cruzaban por un segundo ante su campo visual y seguían corriendo calle abajo. Se dio cuenta que era el turno de los perseguidores y se mantuvo apretado contra la pared. Al rato aparecieron.

Éstos eran dos y estaban muy agitados, por lo que habían dejado de correr y pasaron caminando frente a Luis. Uno era un joven alto y flaco de melena larga y negra, que movía su cabeza exageradamente mientras caminaba y, exhausto, abría la boca para dejar entrar aire en sus pulmones. El otro era mucho más bajo y llevaba pelo corto negro, crispado, y miraba al cielo mientras respiraba con dificultad y puteaba. Un punk moderado, pensó Luis y se fijó mejor en el de pelo largo; llevaba una navaja en su mano y su mirada inyectada en sangre denotaba que estaba muy puesto.

Al llegar a la esquina, el más alto gritó, maldiciendo y alentó al otro para que empezara a correr. Los dos se internaron calle abajo. Luego, volvió el silencio.

Luis Marte vio como el alumbrado público de aquella cuadra chisporroteaba y se apagaba. Trató de ver su cara nuevamente en el portero. No pudo, la luz de la luna no era suficiente. Entonces salió de su escondite y, recordando las palabras del daimon, fue tras aquellos lunáticos.

por Adrián Gastón Fares

PD: Seguirá ¡Suerte al zombi! Pero me gustaría también que lean esta entrevista en la que hablan de Beethoven:

http://negratinta.com/sergi-bellver-beethoven-llego-a-ser-un-genio-porque-se-empecino-en-ser-libre/

y que vean esta película (no se han hecho muchas sobre Beethoven) No hay mucho para elegir. Aquí un usuario la subió gratis en español. Yo la encontré en alta calidad en inglés. Se llama Copying Beethoven (La pasión de Beethoven en español) y fue dirigida por Agnieska Holland en el año 2006 (hace más de diez años).

 

 

Suerte al zombi. 10. Daimón.

10. DAIMON

Luis se encontró con el viejo daimon en una de las cuadras cercanas al boliche. Éste estaba sentado en la vereda de un negocio, reclinado contra la persiana de hierro y tenía dos armas, una en cada mano, apoyadas en el piso, con los cañones apuntando directamente al cielo. Las manos del daimon eran grandes, con uñas que serían la envidia de algunas mujeres.

Levantó la cabeza y miró a Luis por unos segundos. Entonces las palabras fluyeron de su boca:

—¡Luis Marte necesita un arma!—Remarcaba cada una de las palabras con voz de falsete—. Debe cuidarse de los asesinos. Antes que me preguntés, te voy a decir que soy un daimon, viejo pero vivito y coleando. Y a continuación, paso a leerte lo que quiere decir—Metió la mano en su tapado, sacó un libro grueso y empezó a pasar las páginas—. A ver…, acá está…, esperá, eh… —Sus labios se abrieron para dejar pasar a una risa nerviosa—. Acá—Empezó a deslizar su dedo por una página amarilla—. ¡Sí!…—Se aclaró la garganta escupiendo al piso— “…todo lo que es daimónico es intermediario entre el dios y el mortal…, el daimon se ocupa de transmitir a los dioses todo lo que procede de los hombres y a los hombres lo que procede de los dioses”—Suspiró y deslizó su dedo hasta el pie de página—Acá dice que hasta el amor es un daimon…, ¿qué me contás, eh?… ¡Sí que somos famosos!—Guardó el libro en el traje.

—El problema es que no sé a que clase de dios vos servís…

El daimon soltó una risita histérica.

—Me cagaste, hermano: Yo tampoco lo sé, pero me estoy entrenando para descubrirlo y vos vas a ayudarme. En el libro dice que los daimones conducimos a las almas en su viaje al Hades y no dejamos que se pierdan. Por lo tanto, soy tu guía. Te debo advertir, también, que no soy ningún Hermes, eh. Muchos me han confundido.

Luis se quedó parado, escuchando las palabras del demacrado engendro. Miraba abajo, tratando de encontrar los ojos del daimon, pero éste miraba el piso y su larga cabellera negra y grasosa le impedía a Luis unir las facciones para hacerse un bosquejo de su aspecto.

El daimon tenía forma humana; despatarrado en la vereda, de cuerpo fláccido, cubría sus pies con unas alpargatas destrozadas y llevaba un viejo tapado marrón descolorido y agujereado, bajo el cual una camisa, que alguna vez había sido blanca, se abría para dejar salir a los hirsutos pelos que le crecían en el pecho. Su aspecto era el de un pordiosero, un vagabundo que se alimentaba de bolsas de basura.

Seguía lloviendo y el engendro abrió la boca, dejando que gotas de lluvia bañaran su garganta. Luis descubrió con fascinación que en lugar de ojos tenía dos ombligos, pequeños y hundidos, con pequeñas pestañas que se cerraban para protegerlos. Su cara era flaca y larga, como todo su cuerpo, con una pequeña boca que se movía rápidamente. Su nariz, casi imperceptible.

Mientras Luis seguía maravillado observando el aspecto del daimon, éste cerró la boca y movió su cara para mirarlo con sus dos ombligos. Habló mientras escupía el agua que había tragado.

—¡Luis Marte necesita una pistola!—Su voz más chillona aún—. Y yo tengo dos. Unas treinta y ocho común y corriente, pero funcionan.

Luis estaba pensando que aquel daimon tenía una manera de hablar parecida a la del abuelo de Los Simpsons, cuando el desgraciado levantó la pistola de su mano derecha, apuntó rápidamente y disparó. El joven vio como un gato que estaba durmiendo arriba de unas bolsas de basura, caía, se retorcía y quedaba en el piso en una caprichosa postura. Enseguida, el daimon levantó la otra pistola y se escuchó un nuevo disparo. Luis se dio vuelta para ver qué animal había tenido mala suerte en esa oportunidad, pero la bala debió de haberse perdido en la sabana gris.

Al darse vuelta, el daimon se reía a carcajadas, dejando salir de su garganta un chirrido metálico.

—Perdoná—Se llevó una mano a la cara dejando el arma a un costado y se cubrió los dos ombligos con sus largos dedos. En una instante tapaba sus “ojos” y en otro separaba los dedos frenéticamente, espiando a Luis y soltando carcajadas— ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!…, perdoname, por favor. Esta noche estoy más estúpido que de costumbre. Puede ser que tu olor a mierda me embelezca. O que tu estado me impresiona. Por eso no soy amigo de la muerte. ¡Mirá lo que te hizo a vos!

Señaló a Luis con una de las armas y se levantó, agarrando la que había dejado en el piso. Era alto, muy alto, tenía piernas largas y, de pie, su cuerpo parecía un escarbadientes ataviado. Se acercó a Luis apuntándole a la cabeza con las dos armas.

—¿Vas a perdonarme lo de las rodillas o te disparo en la cabeza?—dijo irónicamente y acercó los cañones a los ojos de Luis— Puedo hacer que las mujeres digan que tenés dos luceros muy hermosos, que alumbran con todo su…—Se agachó como si se le hubiera ocurrido el mejor chiste del mundo y escupió una risa—. ¡Sangre! ¡Ji!, ¡Ji!, ¡Ji!

“Me tocó el daimon más estúpido del universo”, pensó un confundido Luis. El idiota apuntó nuevamente y le preguntó lo mismo… ¿Rodillas? Luis miró sus piernas y se desplomó. Tenía sangre en su pantalón negro y aunque no sentía ningún dolor, al verla cayó, dándose cuenta que el daimon, al disparar por segunda vez, le había dado en su rodilla izquierda.

Lo que le pareció gracioso a Luis y lo hizo sonreír, era que no se había caído hasta darse cuenta que estaba malherido. Esto y el hecho de que tres veces había dado su cara contra el pavimento desde que había dejado el velatorio. ¿Sería que la tierra lo reclamaba? Después de todo, él debía de estar bajo tierra hacía casi un día. Era una ley acatada por todo el mundo y él la había desobedecido.

El daimon reía sin parar. “Éste es un boludo”, pensó Luis mientras trataba sin éxito de levantarse.

—¿Me perdonás, asqueroso Luis?—Le volvió a poner las dos pistolas en los ojos, esta vez apretándolas contra las cuencas—. Decí que sí y seguirás así, decí que no y vas a ser un muerto ciego… y rengo.

Luis se vio a sí mismo personificando a una de las albóndigas vivientes que arrastraban las piernas en aquellas películas de George Romero. Esta visión fue la que lo hizo gritar:

—¡Te perdono!…Sí que te perdono demonio estúpido y logúrrr…

Iba a decir loco pero una de sus cuerdas vocales saltó, como cuando se corta la de una guitarra, y le salió ese extraño gruñido de su garganta. Luis cerró los ojos. Así que se le estaban pudriendo las cuerdas vocales; era algo en lo que no había pensado. Simplemente no se veía a sí mismo mudo. Ni ciego. Ni rengo.

En ese momento sintió cómo lo levantaban. El daimon lo agarró de las axilas y lo apoyó contra la persiana metálica de aquel negocio, sosteniéndolo con sus fuertes manos para que no cayera. Luego acercó su faz a la de Luis y le susurró:

—Te voy a recomponer la pierna porque fue mi culpa.

Se agachó, pasó su pistola a la mano derecha junto con la otra y metió la izquierda dentro del orificio que había en el pantalón de Luis, removiendo la carne. Cerró la herida dando vuelta a aquella carne como la abuelita de Luis a la masa cuando preparaba ravioles. Luego, acarició el orificio quemado en el pantalón y éste se cosió inmediatamente. Soltó a Luis. Éste se mantuvo parado por su cuenta.

—¡Ya está!—dijo el daimon, mientras limpiaba su mano ensangrentada en el mohoso saco, luego miró a Luis— ¿Somos amigos de vuelta?…Amigos son los amigos: ¿Te acordás de eso, Luis?. Carlín Calvo. Pablo Rago. ¿Y si jugamos a que yo soy Carlín y vos sos Pablito, amiguito?

Luis maldijo al dios o, mejor dicho, demonio —sí es que había alguna diferencia entre los dos— que le había mandado aquel daimon. Se apartó de la silueta expectante y empezó a caminar. La pierna no le traía ningún problema. Habló casi para sí mismo, susurrando:

— ¿Cuál es el trato que vas a tener que hacer con mi alma para descubrir a tu dios?

El engendro le sonrió a Luis sarcásticamente.

—¿Trato?. Ninguno. Sólo voy a presentarte a algunos amigos—contestó.

El daimon estaba erguido con las dos pistolas colgando de sus manos. Luis lo enfrentaba. Hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la razón de la vida?

—La muerte— contestó el daimon.

—Entonces… ¿por qué no estoy muerto totalmente?

—Porque la muerte no es la razón de tu vida. Y porque te rebelaste.

—¿A quién me rebele?—Luis había levantado un poco su tono de voz.

—Al culo de tu vieja, idiota—El daimon reía—. ¿Quién te creés que soy yo? ¿Un Yoda? No sé nada. Todo lo que te dije fueron inventos. Escuchame—Levantó su largo brazo derecho y le tendió el arma a Luis—. Sólo vine a darte esto.

Luis titubeó por un momento y luego agarró el arma. El daimon levantó su tapado y le hizo seña con el arma que todavía conservaba para que Luis guarde la suya. Éste así lo hizo. El cinturón la mantuvo entre el pantalón y la camisa blanca. Luego se acomodó el saco de vuelta.

—Te estás pudriendo, Luisito—dijo el daimon—. Voy a presentarte a un par de chicos que muy pronto van a estar tan podridos como vos. Ya vienen… —El daimon sonrió, mostrando sus dientes amarillos—. Te retuve este tiempo charlando y hablando pavadas tan sólo para que vieras a unos amigos y si querés seguirlos…

Luis escuchó el retumbe de frenéticas pisadas. Los ruidos estaban cerca. Debían ser tres o cuatro personas las que se acercaban a tropezones y corriendo. El daimon lo abofeteó para que Luis volviera a mirarlo y luego parpadeó, ocultando y mostrando nuevamente sus dos ombligos.

—Ahora usá el arma por primera vez conmigo, Luis. Dicen que traigo suerte.

Luis no dudó. Llevó su mano debajo del traje y agarró el arma atrapada en su cinturón. Se acercó dos pasos más al daimon y apuntó la treinta y ocho a la cabeza. El engendro mantuvo su arma apuntando al piso y Luis apretó tres veces el gatillo, dando de lleno en la cabeza del daimon mientras éste sonreía como un payaso de circo. Cuando la última bala penetró en el cráneo y éste se abrió dejando caer su contenido dentro de un negocio —los sesos atravesaron las persianas de hierro oxidado con forma de rombos— el daimon desapareció dejando su arma tirada en el lugar donde había estado parado.

Luis gatilló una vez más, pero el cargador estaba vacío. Los pasos se escuchaban ahora mucho más cerca y había también voces que gritaban exhaustas en la carrera. No había duda. Se acercaban hacia donde él estaba. Estarían a la vuelta de la esquina y aparecerían en ésta en cualquier momento. La lluvia cesó. Los pasos resonaron.

Luis tiró el arma usada. Se agachó y tomo el arma que había dejado el daimon en el suelo, cuando el grupo que venía corriendo alcanzaba la esquina.

Estaban desenfrenados. Eran tres jóvenes y corrían gritándose entre ellos y mirando para atrás. Sí, asustados y desesperados. Alguien o algo los corría. Luis agradeció al daimon que le hubiese dejado su pistola… —dio vuelta el cargador verificando el contenido— cargada. Y se sintió más vivo que nunca.

por Adrián Gastón Fares

Pd: (La ilustración es una que hice para otro daimon, está vez en un árbol, para uno de los poemas del joven pálido)