VIII. Destinos Crueles

El Sabañon VIII. Destinos crueles

De los destinos crueles, debo confesar que no me gusta lo que le pasó a muchos escritores, estos tipos que tuvieron que escribir sobre una mujer que jamás alcanzaron. Las mujeres están y nacen para amarlas y no para construirlas a gusto y llorarlas a lo Petrarca –¡qué Sabañón hipócrita que soy–; toda nuestra extraviada suerte, todos los hechos desgraciados o venturosos que nos ocurrieron en nuestra vida, ¿a quién le importa todo eso?.

Solveig Amudsen, Magda, Beatriz Viterbo, la Maga, son algunos de los falsos nombres de las mujeres perdidas, yo no quiero que Ema se convierta en otro de estos símbolos, no quiero escribir un guión o cualquier cosa donde la figura de la mujer se esconda y aparezca para purgar circunstancias adversas.

Por otro lado, cualquier escritura tiene un fin práctico, y es que nos deja aprender; un texto es siempre de alguna manera una experiencia. Lo que nos susurra el escritor detrás del símbolo, alguno más que otro, es una advertencia.

En determinados textos está más claro este afán pedagógico; en los de Darwin, por ejemplo, entendemos que al tipo no le caían muy bien las mujeres, decía que a ellas todo le daba lo mismo, que las actitudes de la infancia en los dos sexos son análogas a la que desarrolla el femenino en toda su vida, que el masculino luego supera. Creía que en el momento de elegir pareja, una mujer no elige el que más le gusta, sino el que menos le disgusta. Lo último me parece que –no por culpa de las mujeres, sino de las convenciones– muchas veces ocurre; que el hombre sea más evolucionado que la mujer no me convence: el hombre tarda más en darse cuenta que tiene pies (Henry Miller, entre otros, decía que el sexo femenino es de la tierra mientras que el masculino está perdido definitivamente en las alturas etéreas; demasiado simple, ¿no?, y hay que tener cuidado con los aviones: a mí ya me despanzurraron varias veces)

Yo no sé…, es obvio que Ema me ignora y nunca dará un paso hacia mí, pero alcanzarla no debe ser imposible. Y en todo caso, la ley del embudo, tan difundida entre los despechados y envidiosos, es real. Si no hago nada, algún gil ocupará mi lugar.

Hace un rato, en una de las calles del barrio Pompeya, donde reconstruyen el siglo diecinueve para una película, me crucé otra vez con ella. Esta vez no vi ni al Estornudo, ni a Marte ni al Doble (el azar los habrá dejado fuera) Sí estaba el Chiquito, otro no puede ser ese tipo que llevaba una banqueta para mirar por encima de los técnicos. Lo echaron dos veces porque enrollaba con la banqueta el cable del micrófono y las dos veces volvió a entrar. El Chiquito es un desahuciado, se nota que no busca ningún amor sino entregar el mensaje. Acomoda la baqueta en línea recta a Ema, que hace de vendedora ambulante, y se queda ahí parado.

Ahora aparece otra vez; otra calle, otra escena con Ema, pero esta vez mientras ella vende pastelitos tiene que pasar la pareja protagonista de la película –es la historia de amor de un prócer– y el tipo del micrófono los va a seguir. Veo que el Chiquito está muy excitado, acomoda la banqueta, se sube y se mantiene en dudoso equilibrio apoyando sus manos en los hombros de uno de los técnicos. ¡Acción!

Los protagonistas avanzan, el que tiene el micrófono le hace una seña desesperada a uno que aguanta un cable. Éste mira igual al camarógrafo. La cámara llega a Ema. Veo que del micrófono cuelga un papelito amarillento, peor que el que llevo en el bolsillo. Ema lo mira, sin entender nada. El del micrófono sacude la caña y el papelito se desprende. El Chiquito agarra la banqueta, desbarata a media docena de técnicos y ataja el papelito en su ondulante pero segura caída. Dos tipos lo corren hasta que sale por el vallado; tropieza y pierde papelito y banqueta, los recupera, y sigue corriendo y maldiciendo hasta doblar en una esquina.

Yo ya decidí no entregarle por ahora el mensaje a Ema; hay ciertas cosas del día que no me gustaron, tienen que ver con la situación patética del Chiquito; no me convence darle el mensaje y hablarle de algo más importante todavía en un día que pasó algo así. Tampoco me gusta el sol, la manera en que los rayos caen y parece nublado aunque no lo esté. Ni la pinta de figurita de libro escolar de mi vieja que tiene la calle así retocada; todo me sugiere hastío.

Hoy no es un buen día para entregar nada. Lo único sospechoso es cómo me mira la compañera de Ema, la otra extra que hace de vendedora ambulante. Creo que sabe algo, que intuye mis intenciones o se da cuenta de lo que me pasa. Su mirada no es atrevida, ni hay enigma alguno, sólo comprensión.

No es raro que la única mirada cómplice que tuve en todo esto, que el único guiñar de ojos amigo, provenga de una mujer. Su cara reflejó mi indecisión; la hizo suya y supongo que va a contársela a Ema.

VII. Marte

El Sabañón VII. Marte

Leo Rosten, escritor norteamericano, dijo una vez sobre el actor W. C. Fields: Todos los hombres que odian a los perros y a los nenes no pueden ser malos. Fields expresaba su retorcida personalidad a través de sus gruñones personajes. Fue Micawber en la adaptación de David Copperfield. A mí me hubiera gustado que fuera otro personaje de Dickens; el contradictorio Grimwig, el tipo que resaltaba su escepticismo ante las personas con una graciosa amenaza: ¡Si vuelve a esta casa me comeré la cabeza! Grimwig siempre amenaza con comerse la cabeza; sin embargo, todo lo que no quiere creer, su razón ajustada a la realidad, nos demuestra poco a poco que es el más sensible de todos, el que entorna los párpados ante los tirones de manga de este mundo. Y lo más importante: Grimwig es escéptico, pero cuando la realidad supera su escepticismo, entonces se pone muy contento. Lo que me lleva a don Miguel de Unamuno, que expresa en su libro más conocido su incomprensión ante el ateísmo. Unamuno piensa que es común que las personas no crean en Dios, pero aberrante que no les gustara que Dios existiese.
Yo hoy no sé qué pensar. Sigo mirando al Estornudo y algo me tiembla, algo que no debería temblar, pero tenemos una confirmación clara; no somos lo únicos. El Estornudo quiere que mire otra vez por la vidriera del bar; me muestra su reloj de pulsera. La ola adolescente se dispersa y une, hay algo caótico que asegura la inminencia de un suceso. El que el Estornudo llamó Marte se abalanza sobre la salida. El que llamó Doble no deja de mirar hacia el bar, creo que no nos ve detrás del cristal, pero deber estar ahí para vigilar. Los adolescentes se agitan, vemos que hay gente que sale de la productora; Marte trata de rodear a los adolescentes, que impiden que los que van saliendo puedan llegar a la calle. El Estornudo me señala un taxi que está estacionado en la vereda de la productora. Marte se da vuelta, lo ve y se acerca como puede, dando codazos a los adolescentes, hasta el coche, que arranca y lo deja ahí mirando, no tan abatido porque lo intuyo acostumbrado.

Para todos Ema desapareció otra vez. El Doble deja de mirar hacia donde estamos, hacia donde cree que estamos (¿y si supiera que tiene razón?) Siento la mano del Estornudo en mi espalda, deja plata sobre la mesa y avanzamos hasta la puerta. Veo que Marte y el Doble también se van, miran con mala cara a los adolescentes, como si ese grupo estuviera interesado en su insulto.
El Estornudo me cuenta, mientras tratamos de no resbalar en las húmedas baldosas, mientras sorteamos deshechos soretes, que Marte fue el único hombre que alguna vez pudo hablarle a Ema. Que ese día que lo tiró de un segundo piso en una conferencia de prensa, Ema era la que acomodaba el micrófono y que cuando el Chiquito lo fue a visitar al hospital (no quiero preguntar quién es el Chiquito; algún otro mensajero, me lo imagino; no todos habrán visto el programa esta noche), le dijo que lo vio junto a ella y que Ema le sonreía a Marte. El Estornudo lloró toda la noche.
No hay explicaciones de la victoria de Marte para el Estornudo; el barbudo debe ser algún elegido o es un enviado del que nos metió en esto. Chiquito, según el Estornudo, cree, como él, que es un simple mensajero que un día tuvo suerte.
Entonces me acuerdo del mensajero atropellado frente a la Piedad. De sus manos crispadas, que querían alcanzar algo pero no podían. Le cuento al Estornudo lo que debería haberle contado antes; el hombre saca un pañuelo, asiente; es posible, dice, que Marte rondara aquella noche la Piedad. Pero también que no, sabe de muchos mensajeros que murieron en extrañas circunstancias.
Antes de separarnos, el Estornudo dice que si todavía puedo, trate de abandonar cualquier búsqueda, que tal vez es mejor estar en casa tranquilo, mirando la tele a medianoche, en vez de fatigar las calles buscando a una persona tan difícil de encontrar. Le digo que está bien, que estoy entendiendo que la vida es mucho más difícil cuando tenemos algo que perder, pero también mucho más linda.

VI. El Estornudo

El Sabañon VI. El Estornudo

Lo que molesta es la soledad, y si la juntamos con cualquier resabio de esperanza entonces molesta más, es como saber dónde vamos a terminar, y haberlo presentido más de una vez y confirmado tantas, pero igual ilusionarse con un final feliz. Es como otras cosas, pero ni ganas tengo de enumerarlas y en todo caso, ¿para qué?
Andá a saber por qué sonríe así el tachero, quizá conozca mi secreto, intuya que hoy no soy cualquiera sino un aprendiz de héroe que se anima con un extraño amor.
Y las baldosas húmedas y calles lamidas, y todo el frío y el entumecimiento me dan la bienvenida cuando bajo del taxi y doy un paso hacia la vereda de la productora de televisión (qué raro, pensé que todo iba a dilatarse, que no llegaría así nomás a ella)
Veo un grupo de adolescentes que sacude carteles y entona variaciones de cantos de hinchada cerca de la entrada del estudio; esperan a la cantante pop. Y yo que no tengo ningún conocido en esta productora, voy a tener que esperar veinte minutos a que Ema salga.
Los adolescentes saltan y bailan, se mueven como una ola que no sabe bien para donde agarrar, alejándose y acercándose a mí, que retrocedo unos cuantos pasos. Mejor sería cruzar a la vereda de enfrente y esperar la salida de la sirena desde ahí, pero temo que el club de fans, o lo que sea que fuere esos gilastros unidos, me impida ver cuando Ema salga y entonces voy a estar esperándola ahí enfrente hasta el día del juicio final.
¡Uy, lo que acabo de ver!; la ola adolescente se desplazó en uno de sus saltos, y ocupando el aire antes agitado por la ola, sonándose los mocos –y cómo no–, apareció el Estornudo, con su cara de abúlica contrición. Sorprendo una sonrisa de reconocimiento que destartala más sus facciones.

El tipo guarda su pañuelo, avanza unos pasos hacia mí, despega los labios y cuando va a soltar algo se para en seco; sigo su mirada; al desplazarse otra vez, la ola de adolescentes deja ver a dos hombres de profusa barba negra y lustrosa pelada, que miran al Estornudo con marcada antipatía.
Para hacerme el desentendido ahora que el Estornudo está parado con una postura de comprensible –los tipos le clavan la mirada– indecisión, saco el primer mensaje y me lo pongo a mirar sin interés –lo sé de memoria–, cuando veo de reojo que los hombres de barba expresan la misma antipatía hacia mí. Se los nota con intención de abordarme para dilucidar cierta cuestión que creo entrever. Avanzan.
El Estornudo me arrastra, sujetándome del brazo, calle abajo. En la esquina empuja las puertas batientes de un bar y ya me encuentro frente a él en una mesa redondita. Mientras mira hacia la vereda de la productora dice que nos olvidemos de Ema, que ya la volveremos a encontrar.
–¿Nos?–pregunto para molestar, mientras me saco los guantes.
Contesta que pensó que yo había entendido todo. Que no soy el único, no somos lo únicos, que buscamos a Ema. El Estornudo termina asegurándome que yo lo iría asimilando todo con el tiempo. Y se presenta como un hombre cualquiera, dice que no importa su nombre y que lo llame “Gil n°1” si así me gusta; agrega que él no quiere saber cómo me llamo y que ya se le ocurrió un apodo (esto tras ojear mis manos)
Pregunta si puede seguir develándome algunas cosas del asunto en el que estamos envueltos. No contesto pero igual ya me está diciendo que sabe que llevo uno o más mensajes en el bolsillo, que conoce el contenido esencial que se repite con mínimas variaciones en los mensajes (sustituyendo con X el lugar del remitente se pone a recitar el párrafo) y, después de hurgar en su campera, sacude un papelito amarillento en el aire. Silencio de un cuarto de hora. Tomamos café y fumamos sin mirarnos.
Ahora alarga su dedo índice, cuya línea imaginaria traspasa el empañado cristal del bar, evade al grupo de saltarines adolescentes y termina en los dos barbudos que miran hacia un lado y otro.
Asegura el Estornudo que el de la derecha es Marte, persona que intentó arrojarlo de un segundo piso en una conferencia de prensa el año pasado. Ante mi inminente pregunta responde que Marte, como el tipo que está a la izquierda, el Doble, también tiene un mensaje que entregar.

Por un momento, me parece no estar sentado sobre el tapizado verde y frío de la silla, sino en la rodilla gigante de un despiadado ventrílocuo.

V. Mujer entre mujeres

El Sabañón V. Mujer entre mujeres

¿En qué se parecen nuestra vida y el cinematógrafo? En éste creemos que las imágenes se mueven cuando en realidad es un engaño de nuestra retina y en aquélla, nuestra vida, pensamos que nos movemos cuando siempre estamos muy quietos, perdidos en un laberinto de vueltas y más vueltas que hasta ahora, a mí, no me alejaron mucho del comienzo. Me acuerdo de algo; los Lumière estaban convencidos de que le hacían un favor a Méliès cuando le negaron la patente de su invento, no creían que fuera un negocio (el cinematógrafo fue desarrollado a partir del kinetoscopio de Edison, pero los hermanos fueron los que patentaron la máquina) ¿Y qué fue? Entretenimiento, espectáculo. Pero en algo tenían razón esos hermanos, también fue un experimento, una manera de descomponer la realidad, de volver al principio para contarlo todo otra vez, una perversión.
¿Cambio de canal o sigo pensando pavadas? Conviene cambiar, hacer que la cara del futbolista se esfume y aparezca un tipo haciéndole preguntas a un grupo de famosos en vivo, como avisan en letra roja en la esquina superior derecha de la pantalla. Dos de los invitados, una cantante pop bastante linda y un envejecido actor, sonríen cuando el conductor hace un chiste; otro, un funcionario del gobierno, se hace el reticente cuando le preguntan algo con inocente doble sentido; una mujer muy mujer, bailarina de teatro revista, trata de tapar su cara de jirafa con unos pechos que por poco le llegan al mentón. Ahora hay chicas que bailan, la cantante pop que entona su versión en castellano de Love of my life (automáticamente los ojos de los presentes empiezan a brillar), un famoso que se abraza con otro, éste que discute con el conductor, que satisfecho termina adelantando otro bloque-lleno-de-sorpresas.
En los comienzos del cinematógrafo, después de las innovaciones fotográficas de Daguerre y Talbot, hubo un fotógrafo llamado Muybridge que fue contratado por un criador de caballos de carrera para que probase que en algún momento de la corrida estos animales levantaban las cuatro herraduras del suelo a la vez. Así el obsesivo criador de caballos demostraría, con la ayuda del fotógrafo, que los ilustradores del siglo XIX (los experimentos de Muybridge duraron del 1872 al 78) estaban equivocados. El movimiento era demasiado rápido para que el ojo humano lo percibiera; en 1877 Muybridge preparó doce cámaras; los disparadores serían activados cuando los caballos se llevaran por delante los cables que había dispuesto sobre la pista. Los caballos activaron sucesivamente los disparadores (una fotografía por cada cable); aparentemente el criador tenía razón. Pero faltaba algo; verificar que Muybridge había descompuesto bien la corrida del caballo, debía armarla otra vez; acomodó las imágenes en un disco rotativo y las proyectó en una linterna mágica; y abracadabra herradura de caballo, los cuadrúpedos corrían como en la realidad.
Los experimentos de Muybridge dispersaron lo real para volver a construirlo; no es raro que al proyectarla la realidad ya sea otra cosa. El objeto de una cámara es despabilar la mirada de la humanidad y mis ojos están entregados a esta insomne perversión. Es un engaño porque siempre termino creando algo nuevo, yéndome por las ramas en la naciente, perecedera, realidad.
Y si no, ¿cómo es que ahora me parece ver en la tele a Ema, en la tribuna de chicas que está atrás de uno de los invitados?. El actor que da la espalda a la mujer que se parece a Ema no habla por el momento, espero que lo haga pronto así confirmo. Confirmo.
¿Y qué hago? Tiemblan mis rodillas aunque esté sentado, la comida zozobra en mi estómago, mis oídos zumban como nunca; ¡¿qué hago?! Solo en este departamento, nadie me va a atar a esta silla para que no sucumba a esta sirena de pelo negro, a la terrible y dulce cara que me dicta pesadillas y sueños noche tras noche, desde el día triste en que me tuve que tropezar con un moribundo que no me buscaba, tonto yo, que creí que la libertad estaba en las calles cuando en realidad era la desesperación que me esperaba agazapada para meterme en su bolsa.
Todavía sentado, veo que es ella, extra entre los extras, mujer entre mujeres, ella. Mi estómago se resiente, imposible arrancar sin lesiones el aguijón de mi mirada una vez clavado. Si dejo que se vaya no sólo muero –el aguijón arrastrará los demás órganos, todo lo que en este momento soy, ¿no?–, sino que volverla a encontrar va a ser muy difícil.

Las nueve y cuarenta, en el diario compruebo que el programa dura dos horas así que tengo ochenta minutos para llegar a la productora (menos mal que sé dónde queda; una cochera reciclada en Palermo Viejo) Armo mi mochila de improvisado expedicionario de las calles bonaerenses; calzo mi reloj con cronómetro, acomodo unos cigarrillos aplastados en la campera, incorporo un caramelo ácido, palpo el mensaje en mi bolsillo, enfundo mis manos en guantes tapa-sabañones y, decidido a enfrentarla, me dejo arrastrar por la sirena que no espera.

IV. Strange things are happening

El Sabañón IV. Strange things are happening

Ho! Ho! He! He! Ha! Ha! Strange things are happening, cantaba el cómico Red Buttons en su show, tal vez sorprendido por la popularidad que súbitamente había ganado.
El Estornudo salta a un taxi y se pierde justo cuando desaparece el tipito rojo del semáforo. ¿Qué irresolución lo arrastraba por las calles? Seguro que los estornudos no eran más que una alergia, efecto del cagazo que debía tener frente al encuentro de Ema. ¿Qué hacemos dos tipos desandando el camino que nos llevó a una mujer en estas calles grises, desconfabulando al universo? ¿Por qué, entre tantos, nos encomendaron el encuentro fatal de Ema? Me tiemblan las rodillas, no sé por qué.
A propósito miro al piso, cierro mi visión a la ciudad, impido que las caras que se cruzan sean o no esa actriz que necesita el mensaje que llevo en el bolsillo. Camino, camino, camino.
–¡Sabañón!
El Polaco me saluda desde un coche y me invita a la fiesta del equipo de filmación (emborracharán, entre otras, la pena de haber quedado sin trabajo). ¿Voy o no voy? Arreglamos un encuentro previo en un bar.
Salgo de la estación y me entretengo en la plaza San Martín, acodado contra una baranda escucho a un mormón, Elder no sé cuánto (me explica que todos son Elder), que me pregunta, vía traductora, cuántas veces peco en un día. No sé. ¿Y los mandamientos?. Ante mi pereza, la traductora (que traduce muy mal) duda ante las últimas palabras de Elder no sé cuánto y sentencia: “Dice que vas a ir al infierno”. Les doy unos centavos por una revista que encubre intereses religiosos y comerciales con entrevistas a presos rehabilitados y consejos para cuidar bonsáis.
Los perros se muerden en el corral, la plaza es un lugar triste de por sí, como una feria hippie (el lugar más triste que existe en la tierra es una feria hippie; ni hablar si está ubicada en cualquiera de los reductos de la costa atlántica, donde más de una vez pensé en salir corriendo y zambullirme en el océano, oh Alfonsina amiga, acabo de entender por dónde habías andado antes de despedirte de todos –algún sucedáneo de feria hippie desató tu huida)

Saludos cordiales mormón, me alegra que un perro te quiera morder mientras tu compañera me devuelve unas miradas enigmáticas. Dejo la plaza, la abandono, y en un bar irlandés me encuentro con el Polaco, que ya está disponiendo cuerpo y mente para la alegría y me invita una cerveza.
Comento que hay un lugar por Once que se llama Chevecha, que desde que el Polaco escucha cumbia todo el día tendría que ir ahí, en vez de hacerse el fino en un bar irlandés. El Pola se hace el desentendido y tararea una de Dylan (la de Wonder Boys). Como no se puede hablar muy bien porque la música está fuerte entro a pensar: extraña película esa de Michael Douglas, que tiene como protagonista a un escritor malísimo que termina escribiendo un libro todavía peor, cuyo tema es lo que el protagonista vivió en la película. Otra de profesores y aplausos finales de felicitación, de rehabilitación desesperanzadora y, menos mal, música agradable.
“¿Y cómo anda tu historia?” El Polaco me sorprende con esa alusión indirecta a Ema. Le digo que no entendí. “¿Le hablaste a Ema?” Le cuento que no pude, que no se dio la situación (sé que es mentira y me siento muy mal cuando miento), que tal vez otro día; no te preocupés Polaco, no hay drama, no pasa nada, ya se va a dar. “¡Sos un nabo!”, deja en claro el Polaco y no hay otra que mirar la madera de la mesa y estudiar algunas manchas.
“Vos sabés que cagaste, nunca tenés que dejar pasar estas cosas, ¿ahora cuándo la vas a volver a ver? No sé, le digo que no estoy interesado; la vi mejor y no me gusta tanto. El Polaco me pregunta cómo me gustaba Ema si nunca la había visto (se acordó del día de filmación en la Boca cuando le pregunté por esa extra de cine y televisión). Le voy a contar lo del mensaje, pero sería revelar también que Ema me gusta demasiado, el Polaco se daría cuenta que no puedo andar atrás de Ema por ese papelito arrugado que bien puede ser un chiste.
El Polaco no cree que Ema vaya a la fiesta (y ahora ya estoy prendido, tengo que ir sí o sí, va a quedar mal que le diga que me voy porque no van los extras). Dejamos el bar irlandés.
Pienso en lo tonto que soy mientras camino calle y calle, cruzo veredas y espero al Polaco, que se entretiene más atrás pidiéndole golosinas a una  nenita que sale de un cumpleaños. Se acercan los padres y el Polaco sale rajando con un chupetín en la boca.

Entramos al bar, mis ojos no dan abasto para abarcar y desechar mujeres, descontar todas las que no son ella. Y terminó de descontar a todas y me quedo ahí parado con una tranquilidad enojosa, decepcionante.
Saludo a mucha gente; vuelto a tierra, ahora que Ema está lejos, es fácil oler la realidad detrás de cada ilusión.

III. Buenos y malos

El Sabañon III. Buenos y malos.

El William Boyd bueno y el William Boyd malo… ¿Jekyll y Hyde hollywoodense?, ¿y no era William, William Wilson, el protagonista que se enfrentaba con su doble en el cuento de Poe?
Pero William Boyd fue un personaje de la vida, quiero decir que existió, era uno de los actores favoritos de Cecil B. De Mille; trabajó también con D. W. Griffith y sufrió a causa de la aparición de William Boyd, actor de teatro envuelto en un escándalo por asuntos ilegales relacionados con la bebida y el juego. Lo que pasó fue que William Boyd, actor favorito de De Mille, también se vio envuelto en el mismo escándalo que William Boyd, actor de teatro (y sin comerla ni beberla) En hollywood pensaron que existía un solo Boyd, el malo. De ahí en más, William Boyd bueno se bautizó Bill Boyd, desesperado porque el público ya no le pedía autógrafos. Entonces aparece Bill Boyd, apodado The Cowboy Rambler, un vaquero que cantaba, para complicar todavía más el asunto. Supongo que William Boyd, actor favorito de De Mille, tuvo que decidir entre dos reputaciones: la de actor mafioso o la de actor estúpido. Cuando el William Boyd mafioso murió, el de De Mille volvió a llamarse William y vivió feliz.
Estoy averiguando si soy el Sabañón valiente o el cobarde. Ema baja los escalones, fin del último día de filmación; trato de alcanzarla en vano hasta que se pierde en el descanso. Me ato un cordón que no está desatado para dejar que se vaya (y sé que lo voy a lamentar tanto, ya me imagino en el colectivo suplicándole a los árboles olvido), que se pierda otra vez (para siempre; el Polaco se acaba de abrazar con los técnicos).
¿Qué hace ese tipo escondido detrás del ficus? Lo veo mientras prendo un cigarrillo; se asoma, se rasca los pelos, camina hasta el borde del descanso, que también es el borde de la escalera, y cuando va a dar el paso para seguir bajando recula y se da vuelta para mirarme muy de reojo, tanto que sé que no me ve. ¿Y no se está llevando la mano al bolsillo trasero, levantándose un poco el saco para acariciar un papelito amarillento que sobresale unos centímetros? Mi cigarrillo finalmente prendido, como una lamparita en el globo de los dibujitos animados; se me ocurrió que el hombre puede andar atrás de Ema, qué idea increíble la que avivo ahora con el soplo de mi fermentada imaginación: qué tal si no soy el único, si el mensaje fue entregado a otros hombres que también tienen una misión que cumplir en sus aburridos días.
Ahora el tipo parece debatirse entre seguir a Ema, que ya debe estar en la calle esperando el colectivo o parando un taxi, o darse vuelta y enfrentarme. Noto que se decide por bajar. Y empieza a estornudar y no baja nada, saca un pañuelo marrón y se lo pasa por la nariz de izquierda a derecha varias veces, y cuando va a dar otro paso esta vez un estornudo impresionante que suplica otra pasada de pañuelo.
Mientras se pasa el pañuelo avanzo viento en popa, dejó atrás al tipo, y bajo la escalera, tal vez porque estoy seguro que Ema ya está muy lejos. Los pasos detrás me confirman que el tipo también avanza.
Para evitar la tristeza del colectivo (la peor de todas; es un purgatorio con forma de bala que avanza por las calles para dejarnos una y otra vez, indefectiblemente, en el infierno) sigo las calles hasta una plaza, donde tengo pensado comer esos pochoclos rosas que les compran a los pibes y que tanto me gustan. Linda chica la que pasa; me doy vuelta para seguirla con la mirada (solamente cuando es muy linda la sigo; veo a esos tipos que se dan vuelta siempre, de vicio) y ahí está, casi respirándome en la nuca, el que se escondía en el ficus.
¿Se pensará que tengo plata? Me pongo nervioso al acordarme de las caras de sonso de los asesinos que no son de película, los que en esos documentales truchos confiesan sus crímenes como si nada. Apuro el paso, trato de alejarme, pero el Estornudo, así lo voy a llamar porque otra vez anda escupiendo (sé que está tan cerca que mi campera debe estar mojada, no de la lluvia que empieza a caer sino de la baba del Estornudo), pisa fuerte y avanza con garra.
Miro el semáforo de peatones en la esquina, el momento del tipito rojo. Calculo los pasos milimétricamente, un paso más, uno menos, veintidós justos para llegar a la esquina y si el tipito verde no aparece no hay otra que enfrentarme cara a cara con el Estornudo. Diecinueve y el cruce está lleno de coches, repleto; zambullirse sin parar sería un suicidio. Hay algo de todo esto que me hace acordar a una historia de las que contaba la abuela María, esa mujer tullida y siempre alegre, que me revelaba entre mate y mate algo de su Avellaneda, las corridas en la avenida Mitre y las arrancadas de flores en la plaza (el cuidador les tiraba un bastón). Quince pasos. Una día, me contó ella, un tipo la empezó a seguir, un tipo de traje que seguramente estaba loco, y siempre que pasaba por la calle Colón, el tipo la corría hasta que mi abuela doblaba en una avenida (entonces era ligerita, decía y no tenía joroba). Diez pasos y el semáforo sigue rojo. Un día Manolo, el hermano de mi abuela, le contó del tipo, cómo hostigaba a todos los que pasaban por Colón (hombre o mujer, él perseguía de todas formas) y cómo sus amigos habían aprendido a ahuyentar a ese loco. Cinco pasos y rojo. Había que pararse. Uno se paraba y el loco dejaba de correrte, oteaba la vereda de enfrente, cruzaba y perseguía a otro, hasta que ése se detenía.
Me detengo, de todas formas el semáforo sigue en rojo.
De reojo veo que alguien está parado a mi lado, me limpio la lluvia de la cara y lentamente giro la cabeza, cobarde hasta la médula, a punto de dejar caer el cigarrillo en un eructo de miedo. El hombre a mi lado no contesta, tiene un papelito amarillento en su mano que mira con deleite y temor y esconde rápidamente para protegerlo de la lluvia. Parece un mensaje. Entonces me mira, su cara se transforma, se estira y desarma, una contorsión terrible lo posee y cuando nuestras miradas se encuentran de frente, su nariz se arruga y sus labios se separan: ¡aaaAAchííssss!

II. ¡Sabañón!

El Sabañón II. ¡Sabañón!

Vilma Banky, actriz húngara importada a Hollywood en 1925 por Samuel Goldwyn, fue una estrella del cine mudo. “La Rapsodia Húngara”, como supieron publicitarla, actuó en dos films con Valentino y formó pareja en cinco con Ronald Colman. Con las primeras producciones sonoras, el público escuchó las voces de sus estrellas favoritas; Vilma hablaba inglés con un acento poco conveniente para encarnar heroínas americanas. La pronunciación clara de Colman hace que su carrera no decaiga al permitirle personificar caracteres británicos; otro cantar para Vilma, que quedó sin trabajo.
En cierto modo, más de una vez me pasó lo de Vilma, arruinarlo todo al hablar digo, especialmente cuando alguna chica me importa de verdad. La frente contra el vidrio del colectivo, una lucha inútil contra el sueño que siempre gana en su palestra; miro hacia arriba, trato de comprobar si alguien me vio y se ríe, pero ¿será que me creo el único? Ahora la mirada en la calle, en los conductores que se maldicen en silencio, no tanto porque suena un bocinazo y una ambulancia desparrama la fila.
¿Miré mal o es ese nombre el de una de las patentes, la de un taxi? Sí que es; EMA 567. Y justo que me acordaba del mensaje del moribundo y empezaba a imaginarme a Ema como más me gustaría que fuese. ¿Hay tantas patentes con la misma sucesión de letras que es fácil encontrar una que forme el nombre, o es un llamado de atención? Y si lo es, ¿para qué y de quién?
En la vereda camino demasiado rápido, con las manos en los bolsillos porque hace mucho frío y ni los guantes me protegen. Empujo la puerta, el guardia me pide el documento y anota mis datos en un libro; alcanzo el ascensor con unos cables, que al acomodarse dejan ver al eléctrico que los lleva con cara de no aguanto más. La productora dice que a las once nos mudamos a Caminito (y recién termina de atardecer) para filmar la escena nocturna con el actor principal y los pibes de la calle.
En Caminito las calles están desiertas y contratan a un policía por dos mangos para que no afanen los equipos. Comento algo que no concuerda con el guión; el director hace que no escucha. La asistente de producción se acerca y señala a los técnicos. Dice que falta el extra, que necesitan mi ayuda. Me tiran cincuenta mangos si acepto. Acepto. Uno de los pibes me mira y cometo el error de sostener su mirada, que no es nada amigable (debe ser porque me negué a darle un cigarrillo; me pareció demasiado chico y era el último que tenía) Ahora habla con los demás mientras me mira de reojo.
Lo que tengo que hacer es reemplazar al actor principal, Juan Rocha, en la subjetiva en que lo revientan a patadas. Me tiro al piso, avanzan los pibes de la calle (que en realidad son ex–pibes de la calle, encontrados por la asistente de producción en una parroquia) y empiezan a tirar patadas. El director debe estar muy contento, mientras trato de retener las zapatillas de los pibes (duelen más los dedos que deben estar sangrando un poco, más morados e hinchados que antes) para que no me den de lleno en las costillas.
De pie, intuyo la sonrisa de todos, camino hasta la asistente de producción y me guardo los cincuenta pesos. Le pregunto si conoce a una tal Ema Gutiérrez, extra de cine y televisión. Se ríe; el Polaco deja la cámara y se acerca. Él sí que la conoce, dice que es linda y simpática, que hace de enfermera en la otra serie que graba y habla con él en los descansos. Que si quiero conocerla debo apurarme; quedan dos grabaciones y parece que todo se suspende por bajo rating.
En el colectivo otra vez, pero ahora con una invitación a ver la filmación de Insuperables. Se resienten un poco las costillas. Las sombras se deslizan de adelante hacia atrás, donde estoy yo sentado porque de vez en cuando me gusta ir atrás de todo, en el asiento del medio, viendo los juegos de sombras que corren de punta a punta.
Una noche de pesadillas. Al levantarme compruebo que no hay mensaje en los papelitos, a no ser que Anatkh sea el mensaje (lo dudo) o el hecho de entregarlo confirme algo, con lo cual la entrega del mensaje sería ya de por sí un mensaje. En fin, con dolor de cabeza a las siete de la mañana y todavía todo el día por delante.
“¡Sabañón!”, grita el Polaco. “Sí que se divirtió barato el director ayer, che” Amago darle un empujón y aprovecha para retenerme “Ahí está la mina” Me doy vuelta y veo a una chica de espaldas, tomando un café (el vaso de plástico a un costado, ahora lo levanta y desaparece; lentamente vuelve a la posición original, junto al bolsillo del delantal blanco, y veo que la mano es agradable, una mano hecha para sostener el vaso de esa manera, evitando que el dedo meñique resulte demasiado evidente y parezca un refinamiento innecesario)
Llevo la mano al bolsillo trasero del jean y siento la textura fría y cortante de los papelitos que el moribundo me dejó como abandonando un bebé en la puerta de una mansión (salvo que yo soy el menos indicado para el asunto; un bebé hambriento dejado frente a una cucha)
El Polaco quiere saber qué me pasa y mientras miro a Ema empiezo a hablar de cualquier tema con él, de las últimas películas que vio y si le gustaron o no, de cómo anda nuestro amigo en común de facultad, cualquier cosa para dilatar la entrega del papel; quizá saboreo un momento que se perfila eterno, ignoro porqué, pero ya sé cómo va a terminar esto hoy.
Ema desaparece con otra mujer y dejo de hablar con el Polaco, de repente la conversación pierde interés y la emoción que revolvía en mi interior tantas preguntas para el Polaco se fue y quedo ahí desilusionado por haber perdido la oportunidad de aligerarme de los papelitos del bolsillo.
“¡Acción!” Ema aparece en escena, avanza con el silencio ceremonial de todo extra, el encanto del cine mudo pero sin la velocidad entrecortada de los movimientos. Al verle la cara entiendo que tengo un problema más. Cortan la escena, nuestras miradas se encuentran (ella desvía rápidamente la suya). Permanezco parado, mirándola de a ratos hasta que ya no la puedo encontrar, la escena terminó y seguramente ya se fue.
Vuelvo a casa apretado en el colectivo, molesto por un sentimiento extraño; puede ser una resaca de siglos, un encontrarse con la vida de frente para perderla otra vez esperando otra oportunidad. Acaricio los papelitos, los mensajes que ya deberían estar en sus manos. Contento, pero no tanto, porque queda un día más de filmación para hablarle.

I. The Wild Party

El Sabañón I. The Wild Party

Dos de la mañana pleno invierno en la puerta del cine. La película fue The Wild Party, en una retrospectiva de James Ivory, basada en el escándalo Arbuckle y camino hacia el departamento recordando la historia. El actor cómico Arbuckle, cara de bebé, había trabajado con Chaplin y formó parte de la compañía de Mack Sennet; como productor contrató a un desconocido llamado Buster Keaton. En una noche, en el Hotel San Francisco, lo perdió todo.
Sometió a una actriz llamada (qué lo parió) Virginia Rappe y la violó con una botella de no me acuerdo qué cosa; la mujer, novia de uno de los directores que laburaban para la productora de Arbuckle, terminó con la vejiga rota, poco después murió y el gordo fue acusado de homicidio casual.
Absuelto, de ahí en más trabajó con seudónimo, William B. Goodrich fue el que usó para filmar varias películas, hasta que quiso volver a actuar y viajó a Europa pero volvió y murió poco después. Dicen que el escándalo dio pié para que se redactara el código Hays, tan confundidos estaban los norteamericanos con Hollywood.
“¡Sabañón!”, llama Oscar desde la puerta del Politeama; presenta a su novia y quiere que los acompañe a tomar algo a un bar, dice que no sea gil, que la noche está en pañales y otras cosas así. Pero mañana tengo que escribir la sinopsis de una historia para una productora independiente que quiere cosas de vampiros o algo erótico (seguro que la novia de Oscar no va a ser una inspiración). Elvira quiere saber por qué me dicen Sabañón, basta que me saque los guantes para dejarla satisfecha y susurrando a Oscar vaya a saber qué cosas mientras me alejo.
Sigo por Paraná, paso por la salida del San Martín, por fin despejada de bailarines y personas que miran, verdaderos actores, como si todo fuera algo interesante. Fumo el último del paquete.
Cruzo hacia la Piedad, ahora enjaulada y solitaria de mendigos. En el medio de la calle hay un hombre tirado en el piso que alarga las manos hacia los santos de las columnas y me llama. Susurran mi nombre (pero es la imaginación a esa hora tan tramposa) y confirmo que no es más que la necesidad de otro cigarrillo.
Ahí estoy frente al moribundo, porque está lastimado seriamente y dice que lo pisó un coche. La calle está vacía, y más que un taxi a lo lejos no hay rastro de tráfico. Me entrega un papel, seguramente una carta, que con el tembleque del tipo parece más arrugada todavía, y ahora qué hago, es extraño estar en el medio de la calle con alguien que muere y no sea una película o una cámara oculta, pero el tipo expira sin últimas palabras y ahí ya no hay nada; camino sin mirar atrás hasta el edificio.
En el sillón desdoblo el papel; en el margen, una palabra: Anatkh. Con escalofrío recuerdo que quiere decir fatalidad y que es la misma que desencadena la escritura de Nuestra Señora de París. Doy vuelta el papel y lo acerco al velador para ver la escritura garbosa.

Mi nombre es Luis Ortiz, escribano, y necesito que esta carta llegue
a la señorita Ema Gutiérrez, que trabaja de extra en algunas series y películas.
Los hechos que me llevaron a la escritura de este manuscrito son indescriptibles. Quien lo reciba debe entregárselo a Ema lo antes posible y sin dudar. Mis deseos de suerte, L. O.

Y cómo es posible que tras esa carta haya otra, casi pegada pero de otro papel un poco más fino y sin renglones, más manoseada y antigua. Mi nombre es Alberto Anthony, director de cine, y necesito que esta carta… Iguales palabras, la misma mujer, lo que cambia es el remitente
Voy hasta el espejo, vuelvo, me siento, trago una sonrisa y dejo la habitación. Frente a la Piedad ya no hay rastros del cuerpo; sí un poco de sangre en el piso. Lejos, en el pasaje, brilla un farolito. ¿Buscaré a Ema algún día?
Escribo, sigo los párrafos que terminan en el sueño, cierro los ojos con la esperanza de que el mundo no sea más que una cosa.