Afuera.

Mamá, ¿por qué el vecino pone música tan linda?

Porque hace años que se le cayeron las orejas, mi amor.

Ah… ¿Y por qué la vecina tiene esa casa con colores tan lindos?

No tiene ojos.

Yo cuando sea grande voy a hacer casas coloridas así, edificios tan altos como el del otro día. ¿Se puede, mamá?

Nada es imposible para las bajitas como vos y como yo.

¿Y voy a poder ser mi propia mamá? ¿Yo sola? Cómo la señora alta que sale con la bolsa grande al supermercado. Todos los días sale.

Claro, pero esa mujer nunca tuvo madre.

¿Y de dónde salió?

De una fábrica.

En ese lugar debía haber muchas ventanas abiertas, enormes.

Claro, le gusta el fresco. Por el pelaje es.

No sabía que tenía pelos.

Son translúcidos.

¿Qué?

No importa. Seguí comiendo.

por Adrián Gastón Fares

Algunas pruebas de que el amor existió en la tierra hace miles de años. Poema.

Seré pedestre como la oliva

Tosco como un pollo

Infernal como las polillas

Y diré que existe un amor

De simulacro

ese cosquilleo

Que uno siente en el alma

Emoticon sonrojado

Amor errado

Lejos de lo insolente

La necesidad no se lleva bien

Con el pensamiento

Soledad está de turno en

El hospital de los más sanos

Donde existe el amor clavoso

El Hara

Kiri

Donde las cosas grandes se asientan

para solazarnos

los días antiguos

de felicidad

insospechada

Y ese otro amor que es descubrimiento

También hay para fundir tus fundaciones

Algunos testimonios:

Soy dueño del cine

Y tengo enrollada la pantalla

En la terraza de mi templo

Soy el barco hundido

Debajo del cielo frío

De las furiosas olas

Soy lo que nunca contesté

Por no haberlo escuchado

El río enamorado del descampado

Como verán

Queridos alumnos muertos

La dicha es un tiempo ganado a la tristeza

De incontable valor

Para cuando amarronea tu mundo

No hay mejor producto

En la feria vacía de los Miércoles

Los pájaros se amontonan

Alrededor de algo que parece nada

Pero es todo

Un portal en el cielo donde sus cantos son traducidos al idioma nativo del viento

Decir que un pájaro vuela es no saber que repta por el aire

Y posa sus patas sobre los abismos de otra desconocida dimensión

Rodeamos la incertidumbre

Somos tu señal favorita

Ritmo

abismo

lanzados

Es que pensamos en el misterio

Porque el amor es un sobrante

De la cena del linyera

Ese viejo cualquiera

Que también tuvo padre y madre

De lo que la gente llama amor

Nada hay que pueda salvarse

Tal vez ese mitológico ser

transformación sin final

los señores amores,

las amorosas señoras,

Todos casi empiezan

Y luego nunca terminan

Hubo un tiempo que fui horrible

Y fui libre de verdad

Dice una vieja canción

Que cantaba un monstruo nunca

Inventado para un proyecto de

Mario

Nunca filmado

Bava

Deleuze decía

Déjenlo (a Straub)

A la mierda con el vacío

En el cine

Lo bello se halla en las

Del señor Mario

A la medianoche en el templo proyectábamos películas

De miedo

El Señor ya no las quiere pasar

Pero yo

Yo

Lo que se dice yo

Solo digo

Que no es casualidad que el horror prosiga al amor

Esa extasiada flecha no existía

La inventamos para vivir

Para que sea más lindo

Decir adiós.

por Adrian Gastón Fares, 4 de Marzo de 2019

The biggest little farm y Batman and Bill. Documentales recomendados.

Afiche The biggest little farm

Tengo dos documentales para recomendar.

El primero trata de una pareja que decide dejar un departamento, inspirados por la llamada a lo salvaje de su perro, y afrontar la enorme tarea de convertir un lugar desértico en agreste.

El ayudante de la pareja es Alan, un gurú medio alocado y entrañable, que aboga por la biodiversidad.

El documental no es todo flores y hippies cultivando al sol. Tiene los vericuetos de enfrentar esa tarea. Por lo tanto, hay algunos disparos para los coyotes, entre otras demandas de la sobrevivencia en un campo, que no son agradables para los que no nos gusta que maten animales.

Más allá de eso, la tarea de reforestar una zona inhóspita es monumental y el realizador (un camera de documentales de la naturaleza) sabe armar una estructura dónde conviven las alegrías con las tristezas.

Pueden alquilar, rentar o ver online la película en el sitio:

http://www.biggestlittlefarmmovie.com/

Por otro lado, la producción de Hulu, Batman and Bill, desvalija la pequeña oficina donde dos adolescentes crearon al Caballero Oscuro. El problema fue que uno de esos adolescentes, Bob Kane, hizo desaparecer de los créditos al otro, Bill Finger, y recién cuando este último ya había muerto en el anonimato, admitió que Batman había sido creado a dos manos. En cierto modo, es una película sobre la reparación de una identidad, sobre la justicia que un seguidor, Mark Nobleman, puede lograr para un creador. Por eso, es un documental emotivo dónde sentimos que el mundo puede ser menos injusto si una persona se lo propone. Y varias lo siguen. Con la participación de Kevin Smith, Todd McFarlane, entre otros.

En cierta forma, los dos son documentales sobre la voluntad, sobre decisiones que cambian vidas y lugares.

Batman y Bill no es para relativistas. La verdad y la justicia existen y solo cuesta encontrar la primera para equilibrar el herrumbrado gozne de la balanza de la segunda.

Cómo Desenterrando Sad Hill (el documental de Netflix sobre la restauración del cementerio donde se filmó la escena icónica de El bueno, el malo y el feo) son películas sobre una persona o un grupo de personas que logran mover del sillón a unos cuantos más, ampliar el grupo y, luego de algunas penurias, lograr su objetivo.

por Adrián Gastón Fares

Cosa nuestra.

Scouting Walichu Fotografía de Adrian G Fares

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada misma. Y que los llamaran para avisarles que la persona muerta tenía en su teléfono la dirección de ellos por si algo le ocurriese.

Ahora estaban esperando para reconocer el cuerpo. No tenían la más mínima idea de dónde podría haber salido esa persona.

A los cuarenta y tantos años ninguno de los dos hermanos habían tenido hijos. Era una noticia impensable para ellos que apareciera un familiar nuevo. Y muerto, encima.

¡Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas! No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Los que estaban antes se habían ido antes

Trataron de averiguar el nombre de la persona, pero los enfermeros negaban con la cabeza. Uno murmuró algo. La palabra era irrepetible. ¿Género? Movían la cabeza. ¿Edad? Inestimable, dijeron.

No quedaba otra que esperar en la antesala atestada de personas de ese hospital público hasta que les tocara el turno.

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de los demás con hombros bajos que la rodeaban. Pero las miradas de la sala no reflejaban la pena esperada. Se tomó una fotografía con su celular y la miró para comprobar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja. Se suponía que era la postura correcta para esa circunstancia.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos retorcidos entrando y saliendo en camillas. Pero, por suerte, nada de ese macabro desfile.

La sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los dos hermanos. La puerta de la morgue se abrió. Salieron, cabizbajos, una mujer y un hombre de unos cuarenta años.

¿No se parecían a ellos?, pensaron.

Les tocaba. Debían estar preparados para enfrentar lo inevitable. La enfermera les hizo una seña con la mano para que se acercaran.

Estuvieron diez minutos mirando a lo que yacía en esa camilla.

Era un rostro que se parecía y a la vez no a los de las personas de la sala de espera. Y se parecía y a la vez no a ellos también y a otros rostros que habían visto en viejas fotografías familiares.

Llenaba la sábana blanca y luego la desinflaba. Los ojos parecían los de una mujer, luego los de un hombre, para terminar dividiéndose en varios, como los de una araña. La boca diminuta, luego ancha. Las orejas grandes y después chicas. Todo cambiaba y cambiaba.

Ante la camilla, trataron de llorar, de sentir algo que no fuera mero desconcierto y un poco de miedo. Pero nada los conmovía. Lo más fuerte había sido la emoción vaga de confirmar lo que ya sabían. No era cosa de ellos.

Empujaron la puerta principal del hospital y bajaron los anchos y gastados escalones. Enseguida notaron manchas oscuras, irregulares, a los costados.

Aceleraron el paso. No querían que los apostados cerca de las rejas de entrada buscaran respuestas en sus miradas.

En la esquina se voltearon.

Atrás, en la vereda, la fila de personas seguía recta. Una cuadra tras otra. A lo lejos, se veían carpas para afrontar la larga espera.

Empezaron a caminar. Las cabezas de los que esperaban en la fila giraron para seguirlos.

Llegar hasta el final sería un buen ejercicio para sus piernas. Y llevaría mucho más tiempo traspasar esta vez las rejas del hospital. Tal vez hasta llegaran a descifrar qué era lo que habían visto estirado en la camilla. Era cuestión de encontrar algún recoveco para guarecerse del viento fresco que se había levantado.

por Adrián Gastón Fares (segunda versión de un cuento que no forma parte de Los tendederos)

Rising Phoenix. Y otras películas recomendadas.

Les recomiendo el documental de Netflix, Rising Phoenix (Historia de los Juegos Paralímpicos, 2020) Sobre los juegos para personas con discapacidad paralelos a las olimpiadas.

https://www.netflix.com/ar/title/81122408

Para pensar, para discutir y para ver que hay ciertas cosas que más allá de todo son necesarias para que la vida persista y nuevas identidades puedan respirar como otras, como se les cante, sin la indiferencia y sin la opresión de las hasta ahora dominantes. #risingphoenix #personascondiscapacidad #cine

Afiche de Rising Phoenix (2020, Ian Bonhôte, Peter Ettedgui) Producida por
Tatyana McFadden
, entre otros.

La banda de sonido está demasiado presente. A mí no me molestó. Y creo que a esta altura se merece un párrafo aparte el trabajo que viene haciendo el compositor Daniel Pemberton (Spider Man: Into the Spider Verse, entre muchas otras)

Por otro lado, también son recomendables de la misma temática (personas con discapacidades) Campamento Extraordinario (Crip Camp) y la miniserie Love on the Spectrum (Amor en el espectro)

Ahora me acordé que tengo que encontrar Hush, una película (terror, ficción oscura) de Mike Flanagan, a ver qué tal… También iré por otras de Jeff Nichols. Y ya que estamos recomiendo de terror las siguientes: Relic (2020, Natalie Erika James) y Amulet (2020, Romola Garai)

Adrián Gastón Fares

Boda negra. Lanzamiento. Cortometraje.

Boda Negra. Cortometraje. 2020. Producido por Bombay Films. Escrito por Matías Donda y Adrián Gastón Fares.

En la pandemia de 1918, según el libro de Laura Spinney, El jinete pálido, se organizaban bodas negras para sanar a los infectados.

Este corto está inspirado en parte en el libro de Laura Spinney y ciertas situaciones en las videollamadas.

Bombay Films, creadora de Motorhome y otras molestias parecidas, volvió.

Durante la cuarentena hicimos este cortito. Fue un placer colaborar con los actores; Eloísa Colussi, Jonatan Jairo Nugnes, Paula Brasca, Lu García, Robertino Grosso.

Y la participación especial de Alfredo Casero.

Con la música original de Juanma Prats.


Fue un gran trabajo de Matías Donda también, con quien siempre es un placer hablar de cine y tratar de hacerlo. El corto fue subido y estrenado online la semana pasada.

Cómo Prólogo al cortito:

La siguiente es una cita del libro El jinete pálido, de la periodista investigadora Laura Spinney que cuenta el derrotero de la gripe mal llamada española: la pandemia de influenza A de 1918. Parte del corto está inspirado en las bodas negras de Odessa.

Recomiendo el libro.

En palabras de Laura Spinney:

Un shvartze khasene, en yidis, es un antiguo ritual judío para protegerse de las epidemias mortales y consiste en casar a una pareja en un cementerio. De acuerdo con la tradición, se debe elegir a la novia y al novio entre los más desfavorecidos de la sociedad, «entre los tullidos más espantosos, los indigentes más degradados y los inútiles más lamentables que hubiera en el distrito», según explicaba Mendele Mocher Sforim, un escritor odesano del siglo XIX, al describir en la ficción una de estas bodas.
Tras una oleada de bodas negras en Kiev y en otras ciudades, un grupo de comerciantes de Odesa se reunió en septiembre, mientras arreciaban las epidemias de cólera e ispanka, y decidió organizar la suya. Algunos miembros de la comunidad judía desaprobaban rotundamente lo que consideraban una práctica pagana e incluso blasfema, pero el rabino de la ciudad dio el visto bueno y también el alcalde, quien consideró que no constituía una amenaza para el orden público. Enviaron exploradores a los cementerios judíos para buscar a dos candidatos entre los mendigos que los frecuentaban y eligieron a un novio y a una novia debidamente pintorescos y desaliñados. Una vez que estos accedieron a casarse en su «lugar de trabajo», los comerciantes comenzaron a recaudar fondos para sufragar la celebración.
Miles de personas se congregaron para presenciar la ceremonia, que se celebró a las tres de la tarde en el primer cementerio judío. A continuación, el cortejo se dirigió hacia el centro de la ciudad acompañado por músicos. Cuando llegó al salón donde se iba a celebrar el banquete, había tal cantidad de gente presionando para poder ver a los recién casados, que estos no pudieron bajar del carruaje. Finalmente, la multitud retrocedió y la pareja pudo entrar en el salón, donde se celebraron las nupcias con un banquete y colmaron de regalos caros a los recién casados.

Debido a mi labor imparable y constante de escritura desde que empezó todo esto (terminé un nuevo guión de largometraje y una nueva novela), todavía no pude hacerle los Closed Caption para personas sordas.

Sepan disculpar entonces por eso, ya vendrán, espero…

Es difícil trabajar sin ningún tipo de estímulo y apoyo.

Pero allí vamos, como siempre.

Adrián Gastón Fares

¡Suerte al zombi!. Capítulo, más enlaces.

Aquí el primer capítulo del último lanzamiento de este blog (una novela escrita y editada de manera digital por quien les escribe): Suerte al zombi.

De paso comparto una variación de la imagen de portada.

suerte-al-zombi-nueva-prueba-5

En la reescritura la catalogué mentalmente como una novela de tragicómica de terror, si me permiten la combinación. O de comedia, terror, para ser más llano.

Si les gusta, pueden descargar la novela directamente desde el siguiente link:

en PDF (alojado en este sitio web):

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

O en otros formatos siguiendo este link: Página de Inicio Blog Adrián Gastón Fares

En Página de Inicio Blog Adrián Gastón Fares  encontrarán los links a algunos de mis otros trabajos literario: la novela Intransparente, el thriller policial El nombre del pueblo y el libro de cuentos de terror Los tendederos. También a la lista de mis proyectos activos de cine.

Eso es todo por hoy. Debo seguir escribiendo.

Los dejo con el protagonista de Suerte al zombi, Luis Marte:

 

  1.   Los hombres de traje.

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su excompañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El conductor esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el conductor le preguntó adonde iba.

Autor, Adrián Gastón Fares.

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Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

Suerte al zombi portada 3d Adrián Gastón Fares

O en formato Epub o Kindle en los links de página de Inicio de este sitio, junto con otras ediciones del blog.

Los exultados.

Limpiaba con Alicia por las mañanas y después, cuanto ella se iba al curso de literatura rusa, yo atendía a los clientes. En París, como en Buenos Aires, los abogados eran muy buscados.

Allá la gente se daba cuenta de mi sensibilidad. Ayudaba que fuera un escritor en ciernes, que hubiera publicado una novela, los clientes me hablaban más de mi obra que de los casos. Luego volvía Alicia y seguía hablando con ella de literatura. Descorchábamos un champán. Y bebíamos hasta que nos dormíamos. Un día amanecimos desnudos y juntos. Abrazados por el frío que se coló durante la noche por la ventana balcón.

 A veces el sol inundaba la habitación. Preparábamos café. Lo tomamos con tostadas con mermelada de arándanos. Poníamos un poco de jazz en el tocadiscos.

Luego de almorzar íbamos a la Rue de Fleurus. A Alicia le gustan los números tanto como a mí. Y encontrábamos una casualidad interesante en que el número de la casa de dónde habían emergido tantos artistas era el mismo en el que se había clavado el tiempo de la vida de tantas estrellas de rock.

Por la Rue de Fleurus buscábamos a una mujer maciza, de pelo dorado. Debía acompañarla otra mujer, más enjuta. La habíamos visto rondar la placa de la casa que nos interesaba sin detenerse a leer la inscripción. Nos miraba porque íbamos demasiado elegantes, yo con sombrero y Alicia con un vestido azul con volados. Zapatos, nada de zapatillas. Seguíamos a la mujer tosca hasta que se detenía en una verdulería, por ejemplo. La mirábamos sopesar pomelos, aguacates, manzanas, hasta que seguía con sus compras sabatinas. Cada tanto se detenía a mirar su teléfono celular.

Uno de los sábados entró a una librería. Con Alicia nos miramos con los ojos brillando y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de las posibilidades de que la mujer realmente fuera la buscada.

Pasó el tiempo, conocí a compañeros de curso de Alicia que parecían tener un interés que iba más allá de lo físico en ella, nos bañamos en champán y tomamos helado de limón. Rondando la madrugada volvíamos a dormirnos en cualquier lado, a veces observando el cuadro modernista de una pintora que había venido con el alquiler del departamento.

Y llegó otro sábado. La mujer maciza estaba hablando con dos jóvenes que parecían artistas. Nuestra excitación fue en aumento porque uno tenía la mandíbula cuadrada y un niño en brazos y el otro era calvo y de mirada penetrante. Se hizo de noche y a las sillas de la mesa de la vereda donde estaban sentados nuestros objetivos se acercó un gato que estuvo un buen rato lamiéndose las patas cerca del hombre de mandíbula cuadrada. El gato siguió de largo y Alicia dejó dinero en nuestra mesa y me tomó de la mano para arrastrarme detrás del gato.

Lo perseguimos por una cuadra. El gato se detuvo quizá con la esperanza que le diéramos alguna sobra de la cena. En realidad, para poder pagar el departamento y nuestro tipo de vida, no siempre cenábamos.

Alicia se agachó, con el vestido azul redondeando todavía más su espléndido cuerpo, y llamó al gato. Ven, Blancanieves, le dijo. Recién la cuarta vez que lo acarició lo tomé con fuerza, le separé los dedos y los conté. Esperábamos seis pero era un gato común que no tenía ninguna malformación genética. Alicia, desesperanzada, insistió en pasar por el restaurante, y esta vez escuchó que los tres eran hermanos, que la mujer rellena era la tía del niño, y que estaban hablando de neurociencias y psicología.

Volvimos al departamento. Tomamos champagne. Lloramos. Guardamos nuestros manuscritos en las valijas, con cuidado de no estropearlos. Volamos a Argentina. Tal vez tuviéramos suerte cerca del cementerio asediado por una feria hippie.

En este caso parece más fácil. Tenemos que dar con un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer hermosa, casi secreta, con una mirada huidiza y, más que nada, de un ciego. Seguimos sin cenar algunas noches pero descorchando champanes y despertando felices, cada uno amodorrado en su lugar.

Creemos que un día vamos a encontrar al ciego, que la mujer de mirada huidiza, que volvimos a encontrar esperando que se detenga la lluvia en la puerta de las salas de cine, como si se fuera a lanzar al abismo húmedo en cualquier momento, debería tarde o temprano llevarnos a la mansión de la otra chica con la que suele pasearse, una que usa siempre anteojos de celuloide color marfil con cristales verde oscuro.

Y Alicia piensa que una vez que encontremos la primera repetición, podemos volver a Praga, a Boston, a París, con más probabilidad de que se den las demás.

Por Adrián Gastón Fares.

adriangastonfares.com

La abandonada.

Dejada.
Separada.

Por un varón al que quería como a nadie.
Verde ágape en una casa chica y austera pero luminosa
Decidí vivir sola en la mansión López
La que embrujada
La que gritos sin gargantas
La que sombras sin cuerpos
Que corrían por las paredes
La que los pomos de las puertas giraban sin que hubiera nadie detrás
Enseguida los conocí
Eran cinco
O más bien una sola presencia
Dividida en varias
Y encontré otra vez la esperanza
entre cuadros que se desplomaban
Entre hábitos blancos que solo el viento inflaba en los corredores
Entre cadenas que rodeaban mi cama
Y me alegraban
Con sus fríos sonidos
Pero un sábado, justo, vino rosado descorchado,
para otra noche de difusa compañía
Para bañarme en los orbes brillantes en la penumbra
Ver levantarse sin motivo el polvo del suelo y hasta pegarse al techo.
Iba a recibir nuevos mensajes
Escritos en las paredes por esa entidad de manos virtuales
No importa que;
eran a mí las palabras.
Mi solitaria aventura desconocida.
Otro ágape peculiar.
Yo también era lo que no es
percibido.
Pero llegó el atardecer y el fulgor naranja despintó las paredes empapelando negro
Y en mi querida mansión
Nada crujió
Nada aulló
Las incoherentes palabras no escritas.
Las invisibles manos, desaparecidas.
Ni las cortinas se mecian abrazando a la forma que una vez quise acariciar como si pudiera.
Ni las luces se apagaban y prendían sin razón.
Ellos
también,
se habían ido.

Y entonces,
junte fuerzas.

Grité,
hasta que mi voz también se fue.

Poema por Adrián Gastón Fares adriangastonfares.com

PH: Adrián Fares
ph: Adrián Fares

Libro digital: ¡Suerte al zombi! ¡Lanzamiento!

Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares

Estuve trabajando en la edición digital de mi novela ¡Suerte al zombi! Entre otras cosas que contaré cuando sea el momento.

Me lo tomé en serio. Presté atención a los detalles mientras la editaba. Fue un desafío. Revisar el código para obtener un buen libro digital y a la vez detenerse en la corrección del texto. También le diseñé una cubierta o portada original.

Espero haberlo hecho bien.

Suerte al zombi - Adrian Gaston Fares

 

Suerte al zombi. Novela. Géneros: Terror sobrenatural, Comedia, Aventuras, Juvenil. Páginas: 180 aprox.

Sinopsis

Luis Marte despierta en su propio ataúd, durante su velatorio, frente a sus compañeros de colegio. Inmediatamente, dos hombres de traje le disparan. No logran dar en el blanco. Luis, sintiéndose más vivo que nunca, logra escapar. En el camino reconoce que no percibe las cosas como antes. Algo ha cambiado. ¿Está realmente vivo? ¿O su mente está atrapada en un cuerpo que, siguiendo las leyes de la naturaleza, ha empezado a descomponerse? Luis Marte debe encontrar la explicación en la ciudad. Por otro lado, en el cementerio de un pueblo, dos sepultureros no tienen mucho trabajo y aceptan el encargo de un personaje siniestro.

 

Pueden descargar la novela directamente desde los siguientes links:

en PDF (alojado en este sitio web):

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en Epub (Mediafire)

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en AZW3 (Mediafire):

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

en Mobi (Mediafire)

Suerte al zombi – Adrian Gaston Fares

 

Créditos
Título original: ¡Suerte al zombi!
©1999, Adrián Gastón Fares
©2020, Adrián Gastón Fares
Diseño de portada: Adrián Gastón Fares, 2020
Edición y  Maquetación en formato digital: Julio de 2020.
Composición digital: Adrián Gastón Fares

 

La vastedad de esta noche.

Los estrenos de cine escasean y parece que las productoras se están guardando las películas para más adelante. Lo que es razonable: ¿cuánto dinero puede pagar una plataforma para adquirir un título? Bond 25 tiene un costo de 250 millones de dólares. ¿Cómo recuperar ese dinero si no es vendiendo pochoclos, bebidas y entradas de cine?

Por suerte hay otras películas que por su costo, o incluso estrategia de marketing ya pensada, pueden lanzarse.

¿Quién piensa en el cine sin recuperación de costos? ¿Sin estrategias de marketing? Hasta los directores más reacios terminan enviando sus películas a festivales. Hay que moverla, es así.

El director de The Vast of Night (2019), al que no nombraré porque eligió con humildad que su nombre no figure en los títulos de su película, decidió sacarla del cajón y enviarla a Slamdance, el festival de cine. Según lo que leí, la produjo, escribió y dirigió aparentemente sólo para tener la posibilidad de hacer la siguiente.

Pero con esta sola ya logra tirarnos de la vista, como si tuviéramos unas manos ahí en vez de ojos, por dónde él quiere, con una seguridad que al principio es aplastante.

The Vast of Night, con su título ampuloso, resonante y cierto, porque la noche es vasta, es larga (la noche: la película es gratamente corta), donde se pueden escribir cosas como estas y hacer millones de cosas más, hasta descubrir una nave extraterrestre volando encima de tu casa, si estás de suerte y se es insistente, fue adquirida por Amazon Video, donde podemos verla.

Una película más difícil de rastrear es Driveways (2019, aparentemente aún no hay título en nuestro idioma) Bien actuada, bien escrita, bien filmada, la película de Andrew Ahn, sobre una amistad entre un niño, Lucas Jaye, y un señor entrado en años (Brian Dennehy en su última actuación) nos expone, con medida pausa, la irremediabilidad de las diferencias entre los seres humanos y las impensables (y a veces olvidadas) amistades que generan estas tiernas marginalidades.

Pero tenemos que seguir hablando de dinero. Das 5 Bloods (5 sangres, de Spike Lee) fue estrenada en Netflix y tuvo un costo de 45 millones de dólares. Lo que simplemente quiere decir que una de 45 millones puede estrenarse online pero una de 250 millones, no. Tiene lógica. Hay que esperar para ver a Bond.

5 sangres, es buenísima, qué más decir, siempre Spike Lee fue un excelente director de cine y lo sigue siendo. Recuerden que no soy un crítico de cine y que solamente hablo, o trato de hablar, de las películas que me van gustando, como si esta fuera la libreta de películas ya vistas que solía llevar cuando era chico (de niño no sabía cuánto salía producir una película, cabe destacar)

La película de Spike Lee tiene la música del gran Terence Blanchard. A Blanchard también lo encontré haciendo la música jazzera de una serie estrenada hace poco, que chusmeé porque me gustan las historias sucias de detectives: Perry Mason.

Por último, voy a nombrar una miniserie documental cuyo primer capítulo tiene una buena narración, muy acorde a lo que cuenta:

I´ll be gone in the dark (2020) es un documental sobre la escritora (y bloguera) Michelle McNamara. Y sobre su asesino (no me refiero al que terminó con ella, no se apresuren, sino al que ella siguió a toda costa)

McNamara escribía en su blog sobre asesinos seriales e investigó con obsesión (siempre digo que sin obsesión no tendríamos luz de noche, por ejemplo) a uno de los más abocados y menos conocidos representantes de este temible gremio: the Golden State Killer. No diré mucho más: está disponible el primer episodio en HBO. En español el libro de la escritora, póstumo, se llama: El asesino sin rostro. Estas obsesiones sanas como inventar la luz eléctrica o seguir los rastros de un asesino son las que nos hacen humanos…

Algo más, me quedaba por ver en estas noches de cine pos-escritura una película de Wong Kar-wai: The Grandmaster (2013)

La película es sobre el maestro de Kung Fu (Kung Fu, el arte marcial, viene de Kong Fu Tsu, o sea de Confucio; Octavio Paz tiene la culpa de este paréntesis), Yip Man (Ip Man) maestro de maestros de las artes marciales, uno de sus discípulos fue Bruce Lee.

La película es hermosa. Kar-wai eleva dimensiones en el cine que a veces nos olvidamos de percibir fuera de las pantallas (capas de imágenes, esas texturas… como ya lo había hecho en In the Mood for Love)

Recuerden que el arte de elegir una buena película o un buen libro es el más difícil de todos. Lo es para cada persona. Es azaroso, imprevisible, y es tan grato que si lo logramos, se parece a la aventura de crearlas o escribirlos.

Y lo que descubrimos en esos sueños compartidos que son las películas, y que también son los libros, es difícil de transmitir con palabras. Mueve a la sangre como la luna afecta a las mareas.

Adrián Gastón Fares

Escritor, Productor de cine, Director de cine

(PD: Aguante los pedazo-de-actores Will Ferrell, Rachel McAdams y Eurovisión: La historia de Fire Saga. Ya no dudo de que existen los duendes)

Poema para no olvidar.

El amor es un mensajero
Y no hay que olvidarlo
Porque ese sentimiento
Es un un cuento
Una narración
Un invento
Del homo sapiens
Una historia de sangre, inocencia, sensualidad y seducción, sin sinopsis, ni reseña en idioma conocido
Que no suele parir
A los que la sienten
Ni a los que la cuentan
Ni a los que la viven
No hay barreras, ni sabiduría, grietas,
Ni razonamiento
En los embrujos
De las ilusiones muertas
Que no ventilamos
Pero SÍ soñamos
Porque la verdad de la historia está detrás de la hoja del libro abierto que un exagerado suspiro volteó
Es un dominó empujado y con tantos brazos enmarañados como un rompecabezas de esos pulpos gigantes que se tragaban a las naves
Un dominó
Que un encuentro incongruente
Aparentemente infructifero
Desvía hacia donde nunca imaginaste que apuntaba
Y las fichas que nunca cayeron
Son las paredes de las habitaciones de tus sueños mansos
Y las caídas formaron las escaleras por las que desciendes hacia la ciudad hoy, el pueblo, tu vía crucis,
porque en todas las esquinas hay uno, dónde revolotean en círculos los papeles de las promociones rechazadas
Con los dientes apretados debajo de pañuelos que parecen las anheladas sonrisas de los finales felices de algo que no tuvo inicio ni fin
Porque ese no era su objetivo
Un mensajero
Y no hay que olvidarlo
Es un chiste,
El desencanto canta
Lo que te ocultaron:
Naciste en un establo donde
Todas las estrellas señalaban el camino para los que debían encontrarte
Pero allá lejos y hace tiempo
El cielo es mudo y ya no brilla
Por eso es un secreto el camino a tu oscuridad
que solo roza las historias que cuentan los grillos aplastados entre los pastos quemados por el meteorito anunciado y nunca estrellado
Los que no saben hacer la pregunta
De por qué vieron
prodigios en un castillo sin suelo
Deben salir al mundo
A lanza y espada por no haber preguntado como se pregunta en la noche inmóvil por qué se consumen los pabilos sin el oxígeno de la duda.

Por Adrián Gastón Fares.

Cine, donde sea y como sea. 8 películas magníficas.

Goodbye Dragon Inn (2)

Además de las películas recientes que fui viendo y que están en el artículo anterior, quería nombrar otras que caen dentro de la categoría otro cine, art film o cine arte pero no son otro cine, son el único que existe y que tiene ejemplos como El silencio de los inocentesYi Yi, por ejemplo.

Las etiquetas que se las queden las que las ponen o las que piensan en ellas.

Uno lo que quiere cuando ve cine es traspasar la pantalla, es impregnarse de los olores y ser invadido por los sonidos, la atmósfera además de la trama que es particular en cada película notable como cada día de la vida es distinto del anterior.

Recuerdo con emoción estas películas y recomiendo que las vean.

Dónde sea y cómo sea, claro, porque no suelen estar en las plataformas que más miramos o las de más fácil acceso.

Tal vez puedan encontrar algunas en plataformas oficiales como Mubi, Filmin, Qubit.tv o buscando en listas de torrents, o en sitios de streaming de películas que llevan adelante online invisibles benefactores del cine (como zoowoman)

  1. Yi Yi, A One and a Two, de Edward Yang (parece que Yang murió joven pero dejó grandes películas)
  2. Shara, de Naomi Kawase (Kawase filma mucho pero esta es mi favorita)
  3. Syndromes and a Century, de Apichatpong Weerasethakul (me gustó tanto que aprendí el nombre del director)
  4. Goodbye Dragon Inn, de Ming-liang Tsai (sobre una sala de cine que como última proyección antes de su clausura pasa la película homónima; tal vez la que va a estimular más ese ojo de cíclope que esperemos seguir teniendo en el alma en estos tiempos cuarenténicos)

Acá hagamos una distinción porque se vienen películas clásicas:

  1. Charulata (o, La mujer solitaria, de Satyajit Ray)
  2. The Uninvited (la de 1944, de Lewis Allen)
  3. The silence of the Lambs (El silencio de los inocentes, o de los corderos, depende, de Jonathan Demme, tal vez la más conocida, quédense mirando los títulos finales más simples, potentes y orgánicos del cine)
  4. Stroszek (o La balada de Bruno S., de Werner Herzog; su mejor película de ficción hasta la fecha, cerca está Invincible)

por Adrián Gastón Fares

 

 

Novela completa: Intransparente. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela Intransparente. Escribirla fue una aventura muy particular, espero que algo de ese viaje se transmita en su lectura.

Para todos los índices pueden visitar el Menú superior de la página. También pueden consultar la sección Acerca de mí. De esta manera comienza Intransparente:

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior…

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: Intransparente, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Gabriel Quiroga.

Un contrato conmigo mismo. Cuento.

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa. Los gatos odiaban a las ratas, desde que Buda y el horóscopo chino los habían marginado de los doce signos representados por animales por ser arrojados al río que debían cruzar, para figurar en el horóscopo, por un roedor, que sí tenía su lugar en el horóscopo pero los felinos no y odiaban a las ratas por esa misma razón. Pero yo no era Rata, era Serpiente. Y me sucedáneo debía ser Mono. Eso me tranquilizó un poco. Pero muy poco.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenará en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño, ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido y tenido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

por Adrián Gastón Fares

En la sección Índice.Cuentos de este sitio pueden encontrar más relatos.

Novela completa: El nombre del pueblo. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela El nombre del pueblo. Espero que la disfruten.

Para todos los índices visiten la parte superior de la página (El Menú: esas tres rayitas arriba de este post despliegan el contenido del sitio) y/o también revisen la sección Acerca de mí.

PRIMERA PARTE. PUEBLO.

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 1

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 2

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 3

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 4

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 5

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 6

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 7

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 8

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 9

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 10

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 11

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 12

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 13

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 14

SEGUNDA PARTE. EL NOMBRE.

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 1

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 2

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 3

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 4

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 5

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 6

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 7

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 8

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 9

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 10

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 11

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 12

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 13

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 14

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 15

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 16

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 17

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 18

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 19

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 20

TERCERA PARTE. EL CANSANCIO DE LAS BALLENAS.

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8

Fin. El nombre del pueblo. Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: El nombre del pueblo, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Sebastián Cabrol.

La habitación de las estrellas.

En esta habitación
Donde el viento apenas asoma su cabeza de polvo grisáceo
Pensé dos historias
Y viví una tercera
Hay estrellas
De mentira
En el techo que brillan
En la oscuridad
Es una habitación de niña
Pero soy un niño
Que camina
Entre las estrellas
Al que nunca se le hubiera ocurrido algo tan bello
Cómo pegar la escurridiza luna arriba de la cama
Ahora busco el camino en el cielo raso
Evito las aspas del ventilador si está encendido
Dicen
Que de un laberinto se sale por arriba
Pero no sé qué dicen
Sobre escapar de un nudo de estrellas dónde los hilos no se ven y tal vez sean la materia oscura que apaga la bombita incandescente
Todo lo que podía salvar
Al niño cielo raso
De estrellas artificiales y cajitas musicales nunca usadas
Está escondido
Entre dos o tres palabras de distancia
Ocultas en las historias pensadas en esta habitación.
Pero que en la oscuridad, a diferencia de las pléyades adherentes y fosforescentes,
no pueden verse hasta que el niño cierre los ojos y sus neuronas bostezen e iluminen el amplio y verde sendero dónde a los costados, entre los pastizales, se esconden de la lumbre de otras estrellas de ignoto y desinteresado brillo.

Por Adrián Gastón Fares.

Dondequiera.

Escritor, Guionista

Dondequiera que sople

leve viento.

Donde líneas y círculos

seduzcan y enciendan los motores

de la ola roja

que llevamos dentro.

(con estas palabras iniciamos esta temporada de escritura, de trabajo, y de disfrute en lo imposible y en lo posible)

Lxs invito a arreglar cosas, a escribir, a sudar, a mirar más y sentir más, sin dejar de reflexionar en lo que fuimos y en lo que seremos. Después de todo, seremos igual o lo que tenga que ser, será igual.

Saludos

Adrián Gastón Fares

 

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8. Final.

…Pero creo que fue así como en verdad ocurrió lo demás:

Mi hermano fue visto por don Trefe, el dependiente bajaba la persiana de su negocio cuando lo vio pasar con la mirada perdida y una carretilla vacía.

También por Kaufman, que sentado en un bar tomaba el primer trago de la noche y se extraño al ver la expresión rígida de su antiguo empleado. Me comentó que parecía un sonámbulo con una misión que cumplir.

Hay muchos otros que dicen ahora que lo vieron; yo no les creo, me parece que engañan a sus nietos al inventar que fueron testigos del bautizo de este pueblo.

El diario deja claro que nunca iba a permitir que nadie viese su cuerpo sin vida. Cuando decidió matarse, recordó las cosas que contaban sobre el cuerpo de mi madre. Entonces se acordó del ancla y también del nombre que había pensado para el pueblo.

Es un misterio cómo hizo para empujar la carretilla con el ancla hasta la punta de la casi interminable escollera que denominamos Lengua. ¿Qué otra persona que no estuviese dominada por un espíritu conmovido habría podido siquiera moverla de ahí?

Al llegar, rodeó su torso con la cadena del ancla y arrojó la carretilla al vació. Desde un bote dos pescadores, que como había mejorado un poco el tiempo trabajaban cuando un ventarrón los había acercado peligrosamente a la escollera, lo vieron caer. Reconocieron a mi hermano, lograron alejarse de las piedras, y al ganar la playa fueron a la comisaría a contarle a Falcón.

Después, los seguidores de Schlieman denunciaron que nunca habían encontrado el cuerpo, que los dos pescadores, borrachos a esa hora, no eran buenos testigos, que mi hermano podía no ser el inventor del nombre del pueblo. Hasta dijeron que yo había encargado el asesinato de mi hermano y lo tapaba con la historia del suicidio.

Algunos hechos no pueden negarse.

¿Dónde fue a parar el ancla del humilladero?

¿Quién escribió la palabra que ahora repetimos para referirnos a nuestro pueblo?

Quién si no mi hermano era el más adecuado para expresarse de este modo.

La palabra, lo irrefutable, la palabra encontrada en nuestro incompleto cartel de bienvenida, escrita en la madera con el azul de las piedras marinas del cantero que, humedecidas por la continua lluvia, sirvieron de pluma al verdadero fundador de nuestro pueblo.

Y así es como venimos a llamarnos DESESPERACIÓN.

FIN.

Adrián Gastón Fares.

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¿Dónde leer mis libros además de aquí?

1.

Pueden leer mi colección de cuentos, Los tendederos, con descarga gratuita (para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.)

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Lostendederos

 

Los tendederos, libro de cuentos en PDF:

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

2.

Pueden leer mi novela Intransparente aquí (descarga para Ebook, PC, Libro electrónico, Smartphone, etc.):

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

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3.

Pueden leer mi novela El nombre del pueblo aquí:

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018

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El nombre del pueblo (para Kindle)

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4) Pueden leer mi novela Suerte al zombi, en el enlace de aquí abajo:

Suerte al zombi. Novela completa. Índice.

 

Sobre el autor:

Escritor y Guionista. Director y Productor de Cine.

Bio:

Fares, Adrián Gastón (28 de octubre de 1977, Buenos Aires, Argentina) Egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Creció en Lanús Oeste, Buenos Aires, donde escribió su primer novela influenciada por el cine y el terror fantástico: ¡Suerte al zombi!
Luego fue crítico de cine de la pionera revista online Cineismo y fue seleccionado para una Clínica de Obra literaria en la Universidad de Buenos Aires por su novela corta El sabañon. Esta novela inauguró un blog de cuentos, notas y poemas que lleva más de doce años en línea, primero llamado El sabanón y luego adriangastonfares.com
En 2016 fue seleccionado por su guión de película, Las órdenes, para el Laboratorio Internacional de Guión (Labguión, Programa Ibermedia)
Escribió Gualicho (Walicho), que ganó el concurso Internacional de Cine Fantástico Blood Window Película de Ficción INCAA, con un jurado conformado por los directores de los festivales de Sitges, San Sebastián y periodistas de medios como SeriesMania y Variety. Acaba de desarrollar su segundo guión de película de terror fantástico llamada El señor del tiempo (Mr. Time)

También es reconocido por crear y dirigir el cortometraje de terror Motorhome, Entre nosotros, y ser el guionista, productor y director (junto a Leo Rosales) de la película rockumental argentina Mundo tributo. Este film fue programado en festivales de cine de todo el mundo (México, Brasil, Colombia, EEUU, Francia, España, India, Chile, Argentina) y adquirido y exhibido por Cine.ar, Canal Encuentro, In Edit, Mtv Brasil, entre otros medios.

Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición, sordera de origen congénito, tratada con audífonos.

Más información sobre su actividad cinematográfica:

http://www.corsofilms.com/press

 

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7.

Fernando recibió la carta donde la mujer le explicaba cuáles eran sus intenciones: no había posibilidades de que se siguieran viendo y sólo quería que se encontrase con el chico que él le había dado. Lo estaba despidiendo de su vida y Fernando creyó que eso no estaba bien, porque sabía que el pescador era un buen hombre pero eso nunca le había alcanzado a la mujer para amarlo. Comprendió que ya a él no lo quería y decidió seguir recorriendo el país. Pero antes iría al encuentro de su hijo, con la esperanza de que ella fuera y juntos huyeran. En ese momento no le importaba el destino del niño, sólo la mujer.

Cerca de la Lengua se elevan los médanos más altos de la costa, en sus inmediaciones era donde antaño se encontraban. Ella le indicó el lugar. La mujer le escribió diciendo que irían sus dos chicos y que el hijo de él era el que llevaba el medallón que le había regalado; le advertía que podía hablarle, pero que no se atreviese a decirle la verdad.

Durante dos meses, los chicos fueron una y otra vez a la playa a esperar la embarcación que traería a su prima. En las cartas a Fernando le comentaba que estaba muy alegre del plan, porque como había pensado, mantenía a sus hijos lejos de la casa y evitaba que sufrieran las continuas peleas del matrimonio. Sin embargo, todavía faltaba que el objetivo final se cumpliese.

Fernando con la esperanza que la mujer volviera a enamorarse de él, pospuso una y otra vez la fecha de encuentro. Finalmente, en una de las cartas la mujer le decía que enfrentaría el peligro e iría a la playa con los chicos para despedirlo. Él había soñado muchas veces con el naufragio de la embarcación del pescador, del odiado esposo; ahora el hombre había enfermado y a duras penas trabajaba la huerta de su casa. Fernando pensó que podría convencer a la mujer para que huyera con él.

Así fue como se acercó a la playa aquel día y vio a mi hermano subir los médanos. Lo acompañaba otro chico, yo, pero nadie más. Reconoció el medallón que mi madre le había señalado en la mano de Miguel y, enfurecido, arrojó el idéntico que él traía al suelo. Y al ver al chico más cerca, recordó que lo único que le importaba era la mujer; insultó a Dios en el dialecto de su pueblo, buscó su puñal –al desenfundarlo bruscamente el filo cortó la palma de su mando– y lo blandió en el aire para asustar a Miguel.

El viejo dijo que muchas veces se había arrepentido en la vida de lo que había hecho. Miguel tenía una pregunta que hacer; como me pasó a mí en el bar, sintió que había algo que estaba por entender, pero lo que era aún no se diferenciaba de las otras sombras y permanecía oculto esperando su momento. Le preguntó al anciano por qué había dos medallones idénticos.

Fernando sonrió y repuso que eran una consecuencia del comienzo del amor. Cierto día habían planeado un escape a Obel. La mujer, un poco para divertirse y otro para espistar, se oscureció y enruló el pelo. El viejo dijo que aquel había sido el mejor día de su vida, que nunca se había divertido así. Encontraron una tienda fotográfica, donde eligieron vestirse de época para las tomas.

Mi hermano había terminado de comprender y apenas seguía escuchando lo que el anciano le contaba; cómo habían resuelto que él se quedase con la fotografía en la que posaban juntos y mi madre con la que posaba sola. Luego, cuando mi padre le pagó por primera vez, Fernando compró el par de medallones idénticos y le mostró a mi madre dónde guardaría su fotografía y le regaló el otro para que allí pusiera la de ella.

Entonces el anciano le pidió disculpas por no haberlo saludado aquel día. Y se conmovió al recordar el suicidio de mi madre (se había enterado por la madre de Amanda) y el tiempo que él había viajado por el mundo, hasta que decidió volver y morir en el pueblo en el que había conocido a la única mujer que había querido de verdad. Dijo que jamás se atrevió a acercarse a su hijo.

Sé que en ese momento mi hermano se levantó, despidiéndose con una sonrisa, y abandonó el faro. Fernando me contó esa misma noche en la playa, mientras los policías iban y venían por la escollera, lo que yo repito en estas páginas.

No se sabe con certeza lo que ocurrió después. Todos tienen en este pueblo su versión y tal vez la mía no sea la más verosímil… (Continuará)

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6.

El viejo dijo que cuando la embarcación en la que él viajaba, un bergantín, entró en nuestro mar, el faro donde ahora estaban era el que había guiado a su capitán para encontrar la playa en la noche. Fernando había terminado los estudios elementales en su pueblo y, tras la peste que había diezmado a las mujeres y niños tranies, decidió unirse a la tripulación de una embarcación que visitaba las costas del mundo traficando antigüedades. El capitán le confió el control de los desembarcos y el asiento de las partidas en el libro.

Esa noche, anclaron el bergantín y se dispusieron a dormir esperando la mañana; entonces se acercarían en canoas a nuestras costas y visitarían el pueblo. Ahora debo recordarles que nuestro pueblo fue siempre propiedad de los pescadores. Al ver la embarcación anclada en sus costas una turba fue juntándose en la playa. Cuando el primero de los extranjeros caminó por la cubierta del bergantín, fue recibido por unos cuantos disparos y se vio obligado a retornar a sus aposentos. Las agresiones continuaron y la embarcación levó anclas y abandonó nuestras costas.

Pero la tripulación sufrió la baja de un hombre. El que faltaba se había despertado temprano y, viendo que no había nada que hacer hasta que el capitán diese la orden del desembarco, nadó hasta la playa y luego caminó hasta el pueblo, donde trató en vano de que le cambiasen sus monedas. Luego escuchó los gritos y cuando alcanzó la playa, vio al bergantín adentrado en las aguas. Iba a hacer señas, pero entendió que los pescadores apalearían a ese extranjero y que, de cualquier modo, el capitán no se arriesgaría a acercarse a la playa.

Su tristeza no fue tan grande. En el bergantín tenía algunos amigos y nada más y aquí había visto a las jóvenes hermosas que hacían las compras a la mañana. Esperaba conseguir algún trabajo y empezar una vida nueva.

Empeñó su anillo y el reloj, que un día el capitán de aquella embarcación le había regalado, y así vivió los primos días en nuestro pueblo entonces sin nombre, hasta que la gente lo aceptó. Un pescador le consiguió trabajo y lo dejó vivir en su casa por unos días. Allí fue donde conoció a la esposa del hombre. Pronto esta mujer y él se enamoraron.

Cuando el pescador adivinó lo que pasaba quiso matarlo y Fernando tuvo que huir de esa casa, dejar el trabajo y el pueblo. Llegó a Obel, y ahí vivió un tiempo y dos veces vino a nuestro pueblo a reunirse en la playa con la mujer. Luego, la noticia de un embarazo lo amedrentó y decidió no volver al pueblo sin nombre. La decisión le costó el sueño de muchas noches, ya que sabía que la mujer lo seguiría esperando y todo el asunto lo hacía sentir un cobarde.

Recorrió el país, y cuando vio que ya no había nada más que ver y que ningún otro lugar se parecía a éste, tuvo ganas de volver a ver a la mujer que todavía no había podido olvidar. Fernando escribió una carta, que haría entregar a su amada por la chica que vendía cosméticos (la vendedora no era otra que la madre de Amanda, la asesina serial que fue asesinada por un asesino de asesinos seriales) Así es como, cuando la mujer del pescador tuvo la carta en las manos, ideó una estratagema.

Sabía quién era el padre de su primogénito y que si su marido se enteraba no sólo la mataría a ella, sino también al hombre que había amado. Ella ya había perdido el amor por el hombre que más la había hecho sufrir en la vida y sólo una cosa le parecía justa: que Fernando conociera a su hijo.

Les contó a sus hijos una historia. Siempre su madre le relataba este tipo de cuentos y no le costó mucho inventar uno. Era la historia de una chica española, hija de una hermana que ella tenía y del despiadado hombre que la perseguía para vengar una muerte. Así lograba que sus hijos empezaran a acercarse a la playa y que su marido la creyera loca. El viejo dijo que si había algo de locura en aquella mujer, entonces se notaba en la perfección con que había trazado su plan.

por Adrián Gastón Fares. (continuará…)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5.

Cerré los ojos con mi mejilla apoyada en la de la morena. Sentí el calor del baile. Me vi bailar. Vi a una mujer bailar conmigo y luego volvía a mí para apretar más los ojos. Me hundí en el fluido invisible que une a dos cuerpos, aunque apenas sus mentes se conozcan. Noté que el recuerdo era mío pero podía haber sido también de ella, de la chica con la que me mecía en esa pista de baile:

Entraba corriendo en el baño de mi casa junto a mi hermano. Otra vez éramos pibes. Miguel buscaba la brocha de enjabonarse de mi padre para jugar, la agarraba pero al cerrar el cajón la manga se le enganchaba en el que estaba debajo. El cajón salía lanzado hacia delante. En el suelo quedaban esparcidos varios ruleros. Nos quedábamos con dos, para armar gomeras, y tratábamos de devolver los demás a su lugar.

Recordé a Malva, la joven de pelo oscuro enrulado de la desvaída fotografía del medallón. ¿Cómo estábamos seguros de cuáles eran sus facciones si no se vía más que una sombra? Los contornos sugerían una cara, pero nada más que eso. La imagen estaba borroneada en círculos, como si un dedo la hubiera desgastado a propósito, pero esto nunca impidió que Malva nos resultara conocida a mi hermano y a mí, como con esas personas que no podemos creer que estamos viendo por primera vez. Entonces entendí.

Abrí los ojos y, afectado por el alcohol y la música, besé apasionadamente a la morena. Esto arruinó mi matrimonio pero no mi carrera. Le susurré al oído que debía irme. Salí al jardín delantero de la casa y ahí me quedé, esperando bajo la lluvia que el efecto del alcohol me abandonase. Al rato escuché la frenada de un coche. Atrás de la reja estaba Rolando, el tío de mi esposa. Entendí que algo le había pasado a mi hermano por su ojos entrecerrados pero fijos los míos. Pero para que yo siga, tengo que dar rodeos porque hay cosas que no se aceptan fáciles sin escribirlas parráfo a párrafo primero o hay temas que no se tocan sin acariciarlos primero, como un tigre en un baldio, diría Miguel, ¿no? Un tigre fuera de lugar, del lugar donde uno esperaría encontrarlo, te puede arrancar algo más que la mano.

Hacía cincuenta años que un rayo había derribado el faro, cuando mi hermano se acercó a sus ruinas. La base había quedado de pie y la estructura superior le había caído encima formando una especie de techo. Entre vigas y escombros derruidos vivía el viejo que Miguel visitó aquella noche. Golpeó la puerta, una chapa oxidada. Nadie contestó. Entró, vio las sombras que crecían y disminuían. El fuego estaba prendido a un costado y el anciano seguramente dormitaba en un catre. Al ver al intruso, gritó que sabían que no se iba a mover de ahí y que si eso querían, que le consiguieran entonces una casa. Miguel le explicó que no era su intención molestarlo. Solo quería hablarle.

Entonces mi hermano reconoció en aquel hombre las facciones del viejo que había empeñado el medallón.

El viejo enderezó la espalda, apoyándose en la pared, y esforzó sus legañosos ojos para ver quién lo interpelaba. Seguro que al hablar la oscuridad entraba en su boca; muchos eran los dientes que le faltaban. Le preguntó a mi hermano qué tenía que hablar un hombre joven con un viejo vagabundo. Miguel repuso que él no era tan joven y que nunca le había molestado conversar con un anciano. El viejo quiso saber el nombre de mi hermano y agregó que el suyo era Fernando.

Miguel hundió las manos en el bolsillo de su pantalón y sacó el medallón tallado con los dos unicornios. Caminó hasta el fuego y le dijo a Fernando que se acercase. Cuando estuvo a su lado, acercó el medallón a las llamas y le preguntó si había visto uno igual. No bien Fernando posó la mirada en el objeto, sus ojos se enturbiaron y todo su cuerpo empezó a temblar. Mi hermano le preguntó qué le pasaba. El viejo respondió que estaba muy triste porque hacía cuarenta y cinco años que había llegado a este país. Miguel le preguntó dónde había nacido: En Tranir, una isla autónoma perdida en el Golfo de México. Los ojos del viejo estaban cubiertos de lágrimas y Miguel quiso saber por qué. Fernando repuso que se había acordado de la última vez que había visto a mi hermano.

Esto habrá helado la sangre de Miguel. El viejo continuó.

El día que lo vio estaba en la playa esperando a una mujer. Estoy seguro que en ese momento la voz de mi hermano se habrá quebrado. Sé que comentó que un hombre no espera a una dama con un puñal. Pero el viejo contestó que siempre llevaba el arma blanca bajo su abrigo y que sólo la había sacado cuando vio a los chicos sobre el médano. Mi hermano titubeó, y Fernando le dijo que se sentase en el catre porque debía contarle algo. Y por la mirada de aquel hombre afantasmado, yo imagino, la palabra algo podría significar más que todo para mi hermano.

por Adrián Gastón Fares (continuará)

 

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4.

Todo empezó la noche que mi hermano se encontró con el pescador en el restaurante. Nosotros estábamos en un bar cercano, esperando que don Isidoro termine de hacer su trabajo para que nos cuente la reacción de Miguel.

Cuando entendí que éste creía de verdad que Castillo estaba en el pueblo, y que era un viejo que había empeñado un medallón, caminé por la playa tratando de encontrar a ese hombre. Como no me fue posible, le pregunté a don Isidoro si había visto a un vagabundo. Ahí me contó la historia del viejo que vivía en el faro. Se me ocurrió, entonces, citar al pescador con mi hermano en el restaurante y que lo convenciera de visitarlo. Así sabría que aquel hombre era un pobre vagabundo. Esto coincidió con la muerte violenta de Amanda, pensé que mi hermano todavía no se había convencido de la identidad del asesino.

Don Isidoro estaba, como siempre necesitado de dinero y volvió al bar muy contento, pidió ginebra y nos contó que había impresionado a mi hermano y que sin ninguna duda iría a ver quién era el zaparrastroso del faro. Luego contó los billetes que le habíamos dado y se fue. El Ruso tenía una cita en el restaurante y dejó el bar.

Me quedé solo, pensando en nada, revolviendo un café que no quería tomar. El bar estaba muy concurrido, ya que a esa hora servían chocolate y el frío y la lluvia propiciaban su consumo. Tanto que, apartando mi café, me pedí uno dispuesto a no ver nada más que a la barra derretirse lentamente.

Cerca de mi mesa, un nene reía mientras su madre le pasaba una servilleta por la boca. Esa risa hizo que se me pasara el mal humor que tenía. Si bien un chico que llora puede hacernos caer en la más acerba desesperación, uno que ríe nos hace felices. Imaginaba a mi esposa sonriendo con un bebé en brazos y pensé lo feliz que toda la gente sería si las cosas ocurriesen como esperaban. Poco a poco, algo se fue esparciendo en mi memoria como el chocolate en la leche. Y el recuerdo era tan oscuro y extraño, que las imágenes acudían a mi mente poco iluminadas y vaporosas, y no podía ordenarlas porque casi no podía ver lo que eran.

Sin embargo, ahí estaba mi madre. De pie, frente al espejo del baño, alisaba con un cepillo las ondas de su pelo. Y había alguien frente a ella, un chico casi tan bajito como yo en la época del recuerdo. Estaba parado delante de la puerta del baño y alzaba la cabeza mirando cómo mi madre se peinaba. La cabellera rubia se movía y brillaba. Miguel estaba quieto y abstraído en aquello que observaba. Yo bajaba la vista y seguía leyendo el libro de estudios sobre la mesa de la cocina, la levantaba de nuevo y Miguel seguía ahí. En algún momento mi madre se daba vuelta súbitamente y le hacía una morisqueta a mi hermano, que reía y salía corriendo a su pieza. Entonces, mientras seguía alisando su pelo, yo escuchaba la risa clara de la mujer.

Tan enfrascado estaba en mi recuerdo que no me di cuenta que miraba fijamente al nene que estaba con la madre. El mocoso me mostraba la lengua muy enojado. En ese momento recordé que aquella noche tenía una fiesta en lo de Mario y lo mejor era que fuese a prepararme.

Más tarde discutí con mi esposa porque ella no quería ir a la fiesta. Una amiga le había contado un rumor sobre mí, que mi mujer ya había confirmado hacía tiempo, y estaba muy enojada. La dejé sola y llamé al Ruso para que pasara a buscarme con su coche. Ahí conocí a la mujer con la que el Ruso se había citado en el restaurante. Iba en el asiento del acompañante y cada tanto se daba vuelta y me sonreía. No era muy linda, pero su cabellera oscura y ondulada me atraía.

¡Cómo se besaban esos dos! Por un momento temí que fuéramos a chocar. Me sentía solo y tonto, estaba contento de que mi mujer no hubiese venido, pero me veía explicándoles a todos que estaba descompuesta y les mandaba saludos.

No podía evitar mirarle el pelo a aquella chica. Había algo que me perturbaba: era como saber lo que otros no saben y, por cortesía, callarse. Era no animarse a mirar por segunda vez a alguien que parece conocido, y sin embargo, quedarse para siempre con la duda.

La fiesta estaba muy alegre. Habíamos llegado un poco tarde y ya todos bailaban. La orquesta tocaba milongas y ni bien entré me ofrecieron whisky. Mientras hablaba con los invitados tomaba como nunca. Tanto que noté que varias veces Mario me miraba fijamente. Después de la comida sirvieron champán y no pude negarme. Pronto bailaba con una morena. Había muchos invitados bailando junto a mí. A un costado, la mujer de Mario intentaba convencer a su marido de que se sumara al grupo.

Mientras bailaba con la morena, yo no podía sacar los ojos de la novia del Ruso. Todo ese pelo hamacándose sobre sus hombros. Y entonces fue como si los que bailaban en esa habitación cayeran encima de mí. Recuerdo haber apoyado la mejilla en la de la morena. Cerré los ojos… (continuará)

Por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3.

Pero mi hermano no estaba para nada curado. De alguna forma, que debía haber previsto, Miguel empeoró. Alucinaba por las calles y su mirada estaba más perdida que cuando la distraía mirando entrechocar las olas. Empezó a sospechar relaciones entre las cosas, algunas increíbles.

El meteorólogo me había prevenido de las tormentas que se acercaban. Ésa fue la causa del adelanto en la aparición de la embarcación. Debíamos aprovechar rápidamente la marea baja.

Ese año llovió todo el otoño y el invierno. Hacía un mes que mi hermano había desaparecido cuando las tormentas amainaron. Él no pudo evitar relacionar la inclemencia del tiempo con la profanación de aquella fosa.

El escritor del diario exageró la venganza de Castillo. Cuando asesinaron a Martita, mi hermano empezó a pensar que la advertencia de la estela era real: no sólo se había descompuesto el tiempo para siempre, sino que habíamos despertado a un asesino insatisfecho de su venganza. Si era una joven cercana a él la que moría: ¿Quién otro que el temerario Castillo iba a tener razones para castigarlo tan severamente? ¿Qué otra persona había jurado eterna venganza ante la infortunada muerte de su hija?

Y el joven escritor inventó en el diario una compañía para Castillo: aquel perrito cimarrón que aullaba siempre y que rara vez se lo veía. La casualidad quiso que Amanda tuviera a ese molesto pequinés y que, cuando ella merodeaba por las noches la casa de mi hermano para espiar si estaba acompañado, éste oyera el lastimero ladrido que el animal profería y lo confundiese con el del ficticio cimarrón de Castillo.

Les decía que nunca había imaginado el retorno de Ingrid.

El matrimonio se desmoronó en la primera semana, el novio se enteró de unos rumores sobre mi relación con la joven y hubo una pelea. Ingrid volvió al pueblo y me reprochó haberle arruinado su vida. Estaba enamorada de mí. Yo no podía arriesgar mi reputación y abandonar a mi esposa. Además, le tenía lástima a la pobre, siempre sensible porque no me había dado ningún hijo.

Miguel volvía de vender sus gansos cuando descubrió a Ingrid. Quedó, obviamente, desconcertado. Ella bajó de uno de esos taxis de Obel y yo iba a acercarme cuando vi a mi hermano. Cuando, días después, finalmente la dejé, el azar jugó otra vez y Miguel vio cómo la mujer lloraba en la vereda. No hay más que decir sobre este traspié tan doloroso en mi vida. Jamás la volví a ver.

Transcurrió un año de la desaparición de mi hermano cuando un día lluvioso pasé por aquella casa y vi al viejo regando las flores bajo su paraguas. Ignoro qué fue de Ingrid, si vivió en Obel o en algún otro pueblo.

Hasta acá llegan las explicaciones de la confusión de mi hermano por las consecuencias de mi engaño. Lo que les voy a contar a continuación es lo que muy pocos saben. Cómo descubrí la terrible verdad. Qué hechos sirvieron para que deduzca la verdadera identidad de Malva.

Y éste es, quizá, el giro más trágico de esta historia.

por Adrián Gastón Fares. (continuará)

Reunión. Cuento.

Reunión.

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Que ayudó la l-lisina, que había tomado para aumentar las defensas en un período de estrés. Pero ese suplemento dietario no resultó con mis perros. Ni con los familiares y conocidos que la tomaban. Así que quedamos las máquinas y yo.

Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: Agrego que vuelvo a publicar Reunión ahora por razones de tema y contenido. Fue escrito en 2018, si mal no recuerdo.

Este 2020 no debería detenernos sino todo lo contrario. Aunque tal vez sea también momento de pausa y reflexión, de unirse en la distancia y en la nuevas formas de acercamiento humano. Tocando el acordeón en el balcón o aprendiendo nuevas tareas u oficios. O, como escribió una persona en un Facebook, de retirarse a un campo como en el Decamerón, o a un baldío, a contarnos cuentos.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento fue incluido dentro de mi colección de cuentos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2.

Un hombre que deseaba llevar sobre sus hombros la administración de un pueblo no podía tener una mancha que peligrara la elección de los pobladores. Si yo quería que el partido confiase en mí, debía internar a mi hermano en el manicomio de Obel o sacarlo de la playa. De otra forma, me vería obligado a renunciar a la candidatura.

Reflexioné, y llegué a la conclusión de que mi hermano estaba realmente afectado. Sus problemas auditivos, incluido el persistente zumbido bilateral, habían creado un marco ideal para su introversión. Fui a verlo todas las tardes y no hubo caso: el hombre quería estar con su medallón mirando el mar. Muchas tardes me dijo que no era una locura, simplemente le gustaba meditar allí. Yo creía que un hombre de su edad no podía perder el tiempo de esa manera y me preocupaba su futuro. No tenía esposa, ni novia ni muchos conocidos. Era un solitario que necesitaba nada más que un sueño. Pero yo sabía de la tristeza de los que llegan a la vejez solos –ahora lo sé mejor– y, además, siempre soñé con tener un hermano mayor de verdad, maduro, con el que poder discutir mis asuntos y celebrar mis éxitos. Mi egoísmo fue, y es, la razón de mis tristezas.

Como vi que no había ninguna posibilidad de alejar a mi hermano de la playa, y Mario comenzaba a planear la deposición de mi candidatura, ideé un plan. Necesitaba la ayuda de algunas personas conocidas y de otras no tanto. Pero, ¿quién le iba a negar una mano a un posible gobernador?

Disponer de los restos del barco fue fácil. No se necesitaban más que algunas maderas y un aprendiz de carpintería. Para copiar los unicornios en el estuche, no hizo falta más que mi dibujo y las manos hábiles de un orfebre local. Consulté a un meteorólogo para que me informe sobre las mareas y dispuse todo para que los pescadores coloquen el barco donde fuera visto por mi hermano.

Al descubrirlo, comenzaron a tejerse en la mente de Miguel los enigmas y coincidencias que lo martirizan en su diario. Ya que si bien no fue difícil disponer del barco, si lo fue un poco armar la fosa de Malva y conseguir la fotografía que allí enterramos.

El Ruso conocía al anciano que cuidaba el cementerio y sabía que con poco dinero estaba arreglado el asunto. Había una estela que muy poca gente conocía pero que siempre estuvo allí. No tenía nombre, tan sólo una maldición. Allí mandamos a Eleuterio, el sepulturero, con las falanges que él mismo nos consiguió.

Encargamos el diario de Malva a un escritor recién llegado de Obel, un joven desesperanzado que no tenía otra alegría en la vida que llenar papeles, y por muy poco dinero, conseguimos un diario antiguo bastante verosímil. Allí se insinuaba la ubicación de la tumba mediante unas palabras de Castillo. Nosotros sabíamos que mi hermano solía leer en el cementerio y estábamos seguros de que encontraría el sitio señalado.

La fotografía fue lo más complicado. Jamás olvidaré las consecuencias de esa estratagema.

Allí fue donde conocí a Ingrid. Buscábamos a una chica que tuviera que dejar el pueblo y que se pareciera a la joven del retrato borroso del medallón que mi madre había entregado a mi hermano. Un domingo caminaba por unas de las calles cercanas a mi residencia cuando me crucé con una chica que por ahí paseaba.

Ingrid, de pelo rubio lacio, era más hermosa que la Malva del retrato pero sus ojos oscuros tenían ese aire triste que confería a aquella mujer gran parte de su belleza. La saludé y ella respondió que era un honor hablar conmigo. Seguimos caminando y hablando. Cuando nos separamos ya me había confesado que no estaba segura de sus sentimientos por su novio, un joven adinerado que vivía en Obel. No obstante, y debido a la locura de su padre –¿recuerdan aquel señor que Miguel encontró regando flores bajo la lluvia– quería abandonar lo más pronto posible su hogar y comenzar una vida nueva.

Me pareció la más adecuada para ser la doble de Malva y a la semana no sólo éramos cómplices, sino amantes.

Tuve en mi vida dos amores importantes. Es terrible que reconozca que ninguno de ellos fue mi esposa. La sonrisa de Ingrid es la que todavía sorprende mis sueños.

Mi esposa ya había descubierto el asunto. Ingrid estaba celosa y me quería sólo para ella, pero lo que pretendía era imposible de enfrentar para un político. Pronto me alegré de que su casamiento fuera inminente. Le conté lo que necesitaba de ella –una fotografía simple, en la que posaría con una peluca oscura y un vestido pasado de moda– y la convencí asegurándole que el futuro de mi hermano y el mío estaban en sus manos.

Cierto atardecer, mi caminata por las calles me llevó a las puertas de una casa abandonada. La atmósfera decadente del lugar cosquilleaba mi memoria, pero terminé por convencerme de que jamás la había visto. La puerta de la entrada estaba entornada y no pude evitar espiar. Así llegué al primer piso y descubrí la inmensa lámpara que colgaba del techo. Decidí que ese lugar era el ideal para recrear una mansión española.

Días después, estaba en el lugar con Ingrid y un fotógrafo. Necesitábamos esa fotografía para que mi hermano no dudase en ningún momento que el cuerpo encontrado era el de Malva. La única solución que entreví fue la de colocarla en la fosa y hacerla resaltar en el diario de mi supuesta prima. El escritor agregó en el discurso de la chica alusiones a una fotografía muy querida, que extrañamente había desaparecido. Y cuidamos de que en nuestra toma se viera en el anular de Ingrid un anillo de oro con un diamante falso incrustado, que luego pasamos a una de las falanges que enterramos. De ahí en más, estábamos seguros que todo iba a funcionar. Pero nunca, dios mío, imaginamos las complicaciones que el azar nos depararía.

¡Qué sorpresa cuando me enteré que la casa abandonada era de los Gutiérrez! Al leer el diario de mi hermano aparecieron ante mí los traviesos hermanos, siempre odiados por mi madre porque maltrataban a Miguel, no así por mi padre que veía en ellos una compañía noble para sus humildes hijos.

Yo era muy chico en la época que jugábamos con los Gutiérrez y no recordaba ni aquella mansión ni sus habitantes. De ahí la confusión de Miguel al ver la fotografía, la tulipa adornada de cristales que descendían casi hasta el piso se veía reflejada en el espejo de la vitrina y esto despertó en él la sospecha, sólo confirmada al encontrar la casa en sus caminatas. Entonces pensó en dos mansiones iguales en dos pueblos alejados y esta fantasía no hizo más que empeorar su confusión.

Otro paso fue arreglar a Falcón. Esto no fue difícil porque sabíamos que el comisario no desperdiciaba ninguna oportunidad de ganar dinero y aceptaba este tipo de donaciones. Con las condiciones de que mantuviera en secreto el plan y atendiera con disimulo a mi hermano tras el hallazgo del barco, le prometimos una buena suma de dinero.

No pudimos prever el interés de Martita por mi hermano. La casualidad quiso que fuera asesinada cuando iba a decirle algo importante a mi hermano. Estoy seguro que su intención era revelarle mi plan.

Una de las equivocaciones fue la de buscarle trabajo a Miguel. Me enteré por el Ruso que Kaufman necesitaba alguien que vendiese sus gansos. Pensé que las caminatas distraerían a mi hermano, alejándolo de la circunspecta soledad en la que lo sumiría el hallazgo de la embarcación.

Recuerden que yo tenía la esperanza de que el casamiento mantuviera a Ingrid lejos del pueblo y de esta manera nos libráramos de que mi hermano se la cruzara algún día. Pero ustedes serán, mis queridos amigos, más inteligentes que este viejo y ya habrán recordado que los refranes son tan repudiados por nuestros intelectuales como verdaderos: muchas cosas fallaron, y no fue el menor desliz la vuelta al pueblo de esa mujer.

El casamiento tuvo lugar en Obel, el pueblo del novio, un día antes de que mi hermano viera los restos del bergantín en la playa. Ingrid jamás volvería a su casa, ya que los padres del muchacho odiaban que se casara con una joven del pueblo sin nombre –recuerden que este pueblo todavía no había sido bautizado– y dábamos por sentado que la pareja evitaría nuestras inmediaciones.

Por otro lado, el padre de Ingrid la había maltratado cuando era chica y ella decía que el hombre merecía la soledad que le esperaba.

¿Hará falta agregar que no me fue muy grato estar en este pueblo, preparándome para engañar a mi hermano, mientras Ingrid se casaba en Obel? Sin embargo, seguí dirigiendo los preparativos y al otro día todo salió como esperábamos.

¡Qué felicidad cuando me acerqué a la playa ese atardecer y no vi a mi hermano sentado en la arena!

Creí que lo había curado y que podría empezar a vivir una vida normal. Sin embargo, mi sonrisa se extendía por el apoyo incondicional que de ahí en adelante iba a tener de Mario.

Mi imagen estaba asegurada ante el pueblo.

Nadie, ni siquiera Schlieman, podría aventajarme en las elecciones. Sin el miedo de que un posible fracaso se debiera a mi pasado, yo estaba seguro de mí mismo…

Por Adrián Gastón Fares. (continuará)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1.

Sirvan estos párrafos para honrar el terrible destino de mi hermano. La única esperanza de redención de mi parte reside en la redacción de estas notas en mis pocos momentos de ocio, donde confesaré mi culpa en la desaparición de Miguel y revelaré las desgracias que lo llevaron a tomar esa terrible decisión.

Los diarios dicen que hago prosperar al pueblo. Yo sólo sé que no fui un buen hermano. Sin embargo, tuve mis razones para hacer lo que hice y la vida las burló y se llevó a un hombre alucinado, pero de bien, dejándome a mí el sabor acre de la culpa. Estoy seguro de no ser un criminal. Pero en las noches mi conciencia zozobra como en el peor de los mares y mi vigilia no tiene fin. Recemos todos nosotros, pobladores de este triste pueblo, por el alma de Miguel.

Revolviendo los enseres de mi hermano, uno de mis hombres encontró un diario donde cuenta los hechos que atormentaron los últimos días de su vida. Es mi deber explicarlos, porque a primera vista pueden esquivar la compresión del hombre más sagaz del pueblo, pero todo tiene una explicación.

Son treinta los años que pasaron –reelecto una y otra vez por la honestidad que me caracteriza– desde que asumí la gobernanta de este pueblo. Veo ahora mis fuerzas aplacarse. Mi fin será tan terrible y común como justo. Déjenme entonces olvidarme de la enfermedad que me acosa. Les contaré todo. Y dejaré un testamento para que no bien yo abandone este hermoso mundo –ya que los caminos de este pueblo volverán a ser transitados si la muerte es algo más que nada–, el diario de mi hermano y estas notas que ahora me propongo escribir se den a conocer y sean aprovechadas por mis lectores según les convenga.

Mi labor será la de recordar y créanme que, habiendo estos asuntos arruinado el sueño de muchas de mis noches, no me será grato; al menos no tendré que esforzarme demasiado.

Todo empezó con la candidatura.

Los hombres del partido político confiaban en mí, pero Mario Cardone, el presidente, el hombre más callado que conocí en mi vida pero también el más pérfido, decía que mi imagen no era la adecuada. Que yo tenía un pasado difícil y que, despiertas las imaginaciones por la obsesión de mi hermano con la playa, todos señalaban el precario estado mental de mi familia. El suicidio de mi madre era recordado en el pueblo.

Cuando yo tenía cinco años, ella empezó a reñir diariamente con mi padre. Cualquier nimiedad bastaba para que se enojara. Se peleaban y mi madre salía a caminar. Me contaron que llegaba hasta la playa y que allí se quedaba de pie, mirando la nada. Luego volvía a mi casa y lo mismo al día siguiente. Dos años después, mi madre le habló a Miguel, luego a mí, de una prima lejana y nos mandó a esperar en la playa a la embarcación en la que la chica escapaba de una venganza. Obedecí porque me pareció divertido. Nunca imaginé el efecto que estas tardes tendrían en el ánimo de mi hermano.

Poco a poco empezó a volverse triste. Él tenía dos años más que yo y leí muchas novelas, tantas como mi padre le traía de la feria. Las mujeres ya habían empezado a gustarle, pero las idealizaba y, como todavía era un mocoso, estaba lejos de acercárseles. Siempre me comentaba que era desdichado porque no tenía ninguna amiga. Era verdad, jugábamos mucho, pero siempre con los mismos pibes: el Rulo, Albertito, los Gutiérrez. Nunca una chica. El decía que los personajes de sus novelas tenían amigas con las que compartir sus aventuras.

Entonces, a la manera del afamado hidalgo de la literatura, mi hermano trastocó la realidad a gusto. Empujado por la imaginación de mi madre y las largas esperas en la playa, se enamoró de una mujer que no conocía y que apenas había visto en una desvaída fotografía. Malva era la posibilidad de conocer a una extraña de otras tierras, pero nada más que eso para mí. Para mi hermano lo era todo.

Cierto atardecer, mis padres discutieron y mi madre abandonó la casa para no volver jamás. El cuerpo fue encontrado varios días después. Estaba muy golpeado, lo que hacía suponer que había caído del extremo de la Lengua y que dio contra las rocas antes de que el mar lo paseara por sus fondos.

Al empezar este relato dije que Cardone, el presidente del partido, necesitaba que yo limpiase el nombre de mi familia.

Otro día volvió a hablarme del suicidio de mi madre y del problema de mi hermano. La dilatada espera en la playa era su verdadera preocupación…

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 20.

Vi que se entrechocaban los abalorios y ahí estaba Isidoro, el hombre con el que quería que me encontrara mi hermano.

Se sentó y miró este cuaderno de notas. Me preguntó si escribía historias. Repuse que no, que las historias son inventadas y lo que yo anotaba era real. Se alegró y dijo que contar historias era de tontos y que lo único importante en la vida era saber armar un anzuelo. Sin embargo, antes de pedir una medida de ginebra, me aclaró que iba a contarme una historia.

La historia que tenía para contarme, me dijo, era del mar y también de fantasmas.

En los últimos tiempos, muchos pibes se habían asustado de un hombre, un viejo vagabundo que andaba por la playa al anochecer. Sabía que yo nunca lo había visto, porque no me sentaba en la playa del faro abandonado. Dijo que ahí era por donde caminaba ese fantasma.

En esas playas habían corrido varias leyendas. Era ése el lugar donde habían aparecido, hacía muchos años, las estatuas del llamado “escultor enamorado”. Jamás habían visto al hombre trabajar, pero allí estaban, todas las mañanas, las formas de mujeres esculpidas en la arena. Y a estas mujeres se las llevaba el agua en las noches, dijo el viejo, como el trascurso de la vida a las nuestras. Él sabía que yo había sufrido mucho, pero mi hermano le había pedido que me ayudase y lo intentaría.

Le pregunté si nadie pensaba que ese viejo podría ser cualquier tipo. Contestó que un fantasma era justamente eso, un tipo cualquiera. Y éste vivía en las ruinas del faro, era un ermitaño: un borracho que no tenía dónde ir. Pescaba de noche y de día casi nunca salía del faro. Ese hombre podía ser un fantasma, agregó, o no. Terminó su vaso de ginebra, me dijo que visitara al hombre del faro, que era el que yo había visto de casualidad en la ciudad, y se retiró.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 19.

Escribo en el restaurante, mientras espero que aparezca el hombre de mi hermano. Ahora creo que uno de los misterios está resuelto. Es muy posible que los lastimeros ladridos del perro que yo escuchaba fueran los del pequinés de Amanda. La mujer rondaría mi casa con la intención de escuchar mis conversaciones con la pobre Lorena.

En cuanto al tiempo, no deja de llover.

No sé qué sería ahora de mi vida si Luciana hubiese muerto. Estoy demasiado sensible. Me molestan las miradas de las personas y el paso de los coches afuera. Sé que todos llevan existencias secretas, mienten, encubren algo.

Uno cree que tocó fondo, pero siempre hay un escalón más que descender. Nunca se puede empezar de cero y olvidar lo que intentamos ser.

Acabo de releer este cuaderno. No me quedó otra que acordarme del sueño en que me transformaba en ballena, del hermético e incomprensible cansancio que me aletargaba, que ahora entiendo.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 18.

Son las tres de la mañana y desafío mi temor por estas horas escribiendo. La razón es que no habrá más crímenes en este pueblo.

Estaba durmiendo cuando escuché que golpeaban la puerta. Al abrirla me encontré con Luciana. Estaba empapada y sus dientes castañeteaban. La chica se lanzó a mis hombros, hundió la cabeza en mi pecho y, mientras se deshacía en lágrimas, me contó que una mujer había querido asesinarla.

Su perro, un ovejero bastante viejo, empezó a ladrar en el jardín delantero a eso de las diez de la noche. Entonces sonó el timbre y su madre –el padre de Luciana murió cuando era una niña– fue a ver quién era. Amanda estaba, con el pequinés, en la vereda. La directora del colegio le preguntó a la vendedora de cosméticos qué era lo que necesitaba a esas horas. Amanda respondió que recién había llegado de Obel y traía una nueva crema que curaría instantáneamente el acné de Luciana. Como la directora sabía lo nerviosa que estaba su hija por esta causa, la dejó entrar muy contenta y la acompañó al primer piso, donde Luciana hacía su tarea. Mientras Amanda le enseñaba a desparramar la crema en círculos a su hija, la mujer fue a ver qué le pasaba al pequinés de la vendedora, que en la planta baja ladraba como un condenado.

Luciana notó que la expresión de Amanda cambiaba y sintió la presión del algodón en su mejilla. Las dos estaban sentadas en la cama y la vendedora se disculpó. Había lastimado uno de los granos y necesitaba limpiarlo. Caminó hasta el tocador, revolvió en su bolso y se acercó sigilosamente con la mano derecha escondida tras el vestido. Al apoyar el algodón, mi alumna vio el filo del cuchillo brillar y empezó a gritar. La estocada se hundió en las sábanas y ella corrió escaleras abajo. La madre tenía en brazos al pequinés y lo acariciaba cuando escuchó los gritos y vio a la hija bajar la escalera desesperada. Luciana arrastró a la madre a la calle y las dos se alejaron de la casa.

Parece que Falcón estaba tomando café en su despacho, revisando unos expedientes, cuando irrumpieron las dos mujeres. La unidad que el comisario mandó encontró muerta a Amanda. El cuchillo con el que iba a cometer el crimen estaba clavado en su pecho. Luciana huyó de la comisaría al saber esto y vino a contármelo, porque sabía lo preocupado que yo estaba con respecto a las muertes y Falcón le había dicho que ya no habría más.

Debo admitir que, a pesar de que sus crímenes eran aberrantes y de lo que significaban para mí sus dos víctimas, siento cierta lástima por Amanda. No era una mujer normal. Igual que el personaje del libro que leí de chico, ella tenía dos personalidades. Tampoco descarto la posibilidad de que Amanda fuese poseída por la maldición que alude la estela.

No creo, como Falcón dice, que estuviese interesada en mí. De otra forma, ella hubiera notado que sus sórdidas visitas no me interesaban. Cuando apareció con la madre de Luciana, pasada ya la madrugada, y vio que la chica ya me había contado todo, Falcón me guiñó un ojo. Creo que con eso quiso decir que el justiciero fue el asesino de Obel. Si es así, él no debe considerarse un asesino más porque no se mató. No encontraron rastros de que alguien más entrara en la casa y el cuchillo tiene sólo huellas de Amanda.

Todavía tengo una duda. ¿Quién es, entonces, el viejo que empeñó el medallón?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 17.

Luciana se sentó a mi lado en el recreo. Estaba preocupada por mis ojeras. Me mantuve callado. Sin embargo, ella siguió junto a mí. Las compañeras la molestaron por eso. Dice que no importa, ya que su madre puede echarlas cuando quiera. ¡Qué tonta que es!

En las clases, muchos de los chicos permanecen callados y noto en las miradas de algunos cierto brillo que me hace pensar que entienden algo. Sin embargo, otros me ponen el cesto de basura abajo del pizarrón, en el medio, para que al desplazarme escribiendo me lo lleve por delante. Siempre lo hago. No puedo evitarlo.

Pero Luciana realmente se hace querer. Hoy a la tarde gritó cuando iba a llevarme el cesto por delante.

Volvía a casa cuando escuché un motor (un sonido grave, de los que suelo oír más) a mis espaldas y me alcanzó el coche de mi hermano. Sacó la cabeza por la ventanilla y me citó mañana a las tres de la tarde en el restaurante. Dijo que allí me encontraría con alguien. Lo seguí con la mirada cuando doblaba en la esquina y sospeché que estaba preocupado por otro asunto. Decidí pasar una vez más por la casa de la mujer parecida a mi prima. Caminé lo más rápido que pude y al doblar la esquina tuve que esconderme. Ahí estaban los dos. La mujer, de pie en la vereda, escuchaba lo que mi hermano le decía desde la ventanilla de su coche.

Me asomé. Confirmé las sospechas: ella lloraba mientras mi hermano le hablaba. La escuché gritar. El coche de mi hermano arrancó hundiendo los neumáticos en el asfalto.

Al asomarme otra vez la vi parada junto a la reja de su casa. Desconsolada, se llevaba un pañuelo a los ojos. Decidí volver por donde había llegado.

Creo que mi hermano quiere aprovecharse de esta mujer. Tal vez tiene un amorío y ella pretende más. De cualquier modo, el parecido con Malva, mi prima, es notable.

Mañana debo encontrarme con quien sea en el restaurante.

Y como un fantasma no respeta ninguna cita, me parece que mi hermano reclutó algún viejo vagabundo para que me explique cómo llegó a sus manos ese medallón. Si es así, aprovecharé para fingir que tiene razón.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 16.

El pobre Kaufman sigue detenido. Hoy vi dos veces a ese tipo que anda por los faroles. Sin embargo, Falcón dice que no cree que sea el asesino de asesino seriales, que también tenemos que pensar que es probable que tenga asuntos más apremiantes que atender. Escuché a Daniela durante dos horas; me contó toda su vida y luego se empeñó en conocer la mía, ante lo que me negué rotundamente.

Estaba dando clases cuando golpearon la puerta. Era Juan, que necesitaba hablar conmigo. La directora, siempre estricta, ni siquiera frunció la frente cuando vio al visitante; sus labios se extendieron en una sonrisa de bienvenida. Juan quería saber por qué yo andaba tan obsesionado con esa idea de que Castillo era el asesino. Le repetí lo del viejo y él se enojó mucho. Dijo que mi imaginación era el problema y que buscaría a ese viejo y me lo iba a presentar, si era necesario, para que me diese cuenta de lo tonto que yo era. Gritó que no podía perder tiempo con eso y que me comportase. Luego agregó, con una sonrisa orgullosa, que pronto el pueblo tendría nombre. Todas las encuestas siguen indicando que ellos van a ganar.

No sé qué es lo que me pasa, pero el velo del sueño todavía oscurece mis pensamientos y sospecho de todo.

Volvía por el barrio residencial, cuando se me ocurrió que era mejor doblar una esquina antes de la siempre para ver si el hombre que anda por los faroles me seguía. Lo que pasó fue que me perdí. Tan abstraído miraba hacia los faroles que cuando bajé la vista para reconocer mi rumbo vi que estaba en una calle que no recordé haber transitado nunca.

Atardecía, pero las copas de los árboles ya estaban oscuras y la noche parecía agazapada en las ramas para abalanzarse sobre las casas. Una de éstas es muy antigua, el musgo que recubre las paredes no llega a ocultar que fue hermosa. Dos leones de yeso –uno conserva sólo la mitad de la cabeza– franquean la escalera de mármol.

La reja estaba abierta y entré. A los costados de la escalera está el jardín, donde se yerguen los cactus más largos que haya visto. Sobrepasan el ventanal del primer piso de la casa.

Entonces me sentí extraño. Deja vu, el sentimiento tan conocido por todos de haber transitado un lugar desconocido aún (estuve en este lugar antes lo conozco y pisé está tierra aunque mis pies no lo recuerden), hizo que dudase de la realidad de lo que me rodeaba.

Mientras subía la escalera hacia la inmensa puerta de madera oscura, hacia la argolla atrapada en las fauces del león, pisé mal, resbalé y mi frente dio contra el borde de un escalón. Antes de recobrar el sentido, como en un ensueño vi a dos chicos que reían delante de los cactus.

Cuando me levanté supe donde estaba; una alucinación ya me había traído a esa casa, pero antes la había conocido en mi niñez. Los dos chicos que reían siempre me hacían bromas, aquella vez habían rociado cera en los zócalos de la escalera. Eso fue mucho antes de que mi madre nos contara de una prima que cruzaba los mares.

Así recordé a los hermanos Gutiérrez, yo debía tener cinco años entonces. Me vi aguijoneado por la curiosidad; quise saber lo que había sido de la sala de estar en donde nos deslizábamos subidos a las alfombras. El recuerdo del destino de Enrique, el menor de los hermanos que había muerto al incendiarse su habitación en la planta alta, me hizo temblar.

Noté que la puerta principal estaba entreabierta. Después de la tragedia el matrimonio se mudó a Obel y, como todas las casas donde pasó algo así, ésta fue imposible de vender.

Al entrar en la planta baja me topé con lo que había sido el salón. Los sillones están oscurecidos de tierra y los únicos dos cuadros que quedan están en el suelo. La escalera que comunica al primer piso me pareció insignificante al lado de la recordada. La subí mientras miraba los muebles acumulados frente a la puerta de la cocina. Ya en el descanso me estremecí, como cuando era chico, ante la escultura de hierro que representa la cabeza de un elefante. La puerta del primer piso estaba cerrada. Dudé un instante.

Siempre temí abrir una puerta y encontrar algo desmesurado. Es uno de mis peores miedos; por eso temo todavía al elefante de hierro de orejas desplegadas y por eso fue que temblé cuando en la Municipalidad encontré una habitación en penumbras, no acondicionada todavía para la exposición, que tenía ordenada en el piso la osamenta de la ballena que apareció una vez en nuestras costas. Ante la puerta del primer piso de los Gutierréz, de todas formas, me armé de valor y di vuelta la manija.

La oscuridad era total.

Tanteé la pared, temiendo encontrar algún insecto, encontré el dispositivo y lo accioné. Luego de titilar varias veces, la luz me encegueció.

Allí, en medio de esa sala de estar con suelo de parqué a la que comunican todas las habitaciones de ese piso, está la lámpara que vi en la fotografía de Malva, la araña adornada de cristales se refleja, como en la imagen, en el espejo adosado a uno de los estantes de una desierta vitrina.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí parado, tratando de entender cómo puede ser todo esto; cuál es la coincidencia que hace que el mobiliario de dos casas sea el mismo en dos distantes pueblos en este mundo; cómo puede ser, en defecto, que mi prima se hubiese fotografiado en esa casa. Lo último es imposible: todavía vivían los Gutiérrez y nunca se supo que ellos alojaran a nadie por esos tiempos. Al ver la puerta oscura en la había ocurrido la tragedia decidí dejar la mansión. El aire fresco me hizo bien y llegué rápido a mi casa, donde ahora escribo.

Algo retorcido pasa en este pueblo.

La marea baja nos descubrió al bergantín y todos sus misterios.

A los asesinatos hay que agregar el viejo, ¡un fantasma!, que empeñó un medallón idéntico al que tenía mi prima, la mujer que se parece a ésta, el comportamiento extraño de mi hermano, los aullidos del perro muerto, el hombre de los faroles, la lluvia constante. Y ahora esta casa que aparece en una fotografía supuestamente tomada en otra parte del mundo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 15.

En el recreo comía una manzana refugiado de la lluvia en la glorieta del jardín de la escuela cuando Luciana se acercó. Me contó lo que decía de mí su madre y quiso saber por qué había vivido de esa manera siendo un hombre culto. Le contesté que no tuve opción, que no se elegía vivir de una u otra manera sino que algo pasaba y entonces había que atenerse a eso. Mi respuesta la puso muy triste. Me dijo que el mundo así no servía y que uno tenía que superarse. Agregó que si ella alguna vez se enamoraba de un fantasma –me di cuenta que repetía las palabras de su madre–, entonces lucharía para que ese amor se esfumara. Yo no estaba muy locuaz ni alegre, y después de unos minutos de silencio, ella se alejó dejándome solo y deseando su compañía.

Fue un día difícil, mis presentimientos eran fundados; mi sensibilidad es peligrosa y mi falta de subjetividad por no haber tenido audífonos (tratamiento, claro hasta ahora acepté cosas que no debería haber aceptado porque cualquier persona que me traducía algo valía mucho) es evidente.

Al volver traté de evitar las calles transitadas del centro y corté camino por el barrio residencial. Por ahí vi a un hombre arreglando uno de los faroles del alumbrado.

Atardecía y las luces estaban todavía apagadas –no se prenden hasta las siete–. Me llamó la atención que arriesgase su vida tocando cables bajo la lluvia. Noté que el extraño llevaba unas antiparras y de vez en cuando me miraba. Estoy seguro que no estaba trabajando en esas luces, sino que era una excusa que le permitía tener una atalaya donde quisiera a fin de seguir mis movimientos y, quizá, los del asesino.

A pesar de que Falcón no me dijo nada al respecto, sospecho que ese hombre es el asesino de Obel. ¡Qué otra persona andaría bajo la lluvia arreglando faroles! Alquien que ya no le importa la muerte. Alquien que busca más allá de su propia muerte algo que nunca encontró en la vida.

por Adrián Gastón Fares.