Seré nada / Serenade. 19. Nueva novela.

Leyendo Capítulo 19 de mi novela Seré nada, que trata de tres #personassordas que, luego de una nueva #pandemia , salen en búsqueda del #mito suburbano de una colonia sorda. Pero las cosas no parecen estar saliendo como pensaban y lo que encuentran puede cambiarles la #vida para siempre.

19.

Cuando bajó Silvina, el metalero estaba dormido.

Silvina aprovechó para quitarle el celular. Seguida por los otros dos se detuvo en la oscuridad del pasillo que daba a los dormitorios. Los tres inclinaron las cabezas para mirar la pantalla.

El celular no estaba bloqueado. Roger tenía instalada tres aplicaciones. Una de ellas era el mensajero. No tenía ningún mensaje guardado. Estaba programado para que se borraran.

Las otras dos aplicaciones eran una brújula que también precisaba la hora exacta del amanecer, del atardecer y del crepúsculo, y un lector de libros digitales. Los libros que tenía en el estante de la biblioteca digital eran el Mahabharata, seguido del Popol Vul y de Perceval o el cuento del Grial.

Silvina retornó al sofá. Introdujo con cuidado el borde inferior del celular en el bolsillo raído de los jeans de Roger, tratando de no despertarlo.

Volvió al pasillo y los tres entraron en silencio al dormitorio de Ersatz.

Cerraron la puerta.

Silvina y Manuel se sentaron en el piso. Ersatz en la cama, apoyando la espalda en la pared y mirando la habitación como si la desconociera. Silvina, que parecía agotada, se acariciaba los hombros. Dijo que no se alarmaran, que el dolor había desaparecido. Ersatz no sabía cómo no se había lastimado al caer de esa altura.

¿Para qué había aceptado esa idea de traerla a ese barrio? Miró las estrellas pegadas por su hermana en el techo y luego bajó la vista para mirar por sobre las cabezas de sus amigos. La habitación estaba en penumbras.

Recordó que él también había leído un libro que trataba del Grial, y decía que todo había comenzado con el libro que tenía Roger en el celular, la novela cortés de Chrétien de Troyes, quien prácticamente había inventado esa leyenda. Luego otros habían buscado el Grial como si fuera un objeto real.

En esa historia todos los problemas que tenía que enfrentar Perceval se debían a haber abandonado un castillo en el que había visto desfilar ante su mirada objetos extraños sin haber preguntado qué significaban. Eso lo había llevado al caballero medieval a muchas peripecias en el relato de Troyes y todo era por: ¡no preguntar! ¿Cuántas cosas nunca vamos a saber por no preguntarlas?, pensó Ersatz.

Compartió sus pensamientos con Silvina y Manuel. Lo miraron con preocupación y un brillo tenue en los ojos. No pudo evitar sentirse un niño al que le iban a leer un libro para que se durmiera. Necesitaba hablar para quitarse de encima ese velo que parecía haber caído sobre ellos desde que habían llegado.

—¿No estaremos enloqueciendo por el parásito? —preguntó mirando la colcha rosada de la cama.

—Er, no, por favor, eso sí que es un cuento —dijo Manuel.

—Sabés muy bien que no creemos en el Tyson21. Si no, yo también me hubiera ido de Buenos Aires —afirmó Silvina y agregó—: No hay pruebas fehacientes.

—Si Perceval le hubiera preguntado al Rey Pescador…  —comentó Ersatz, suspiró y miró a Silvina a los ojos—. Necesitaba preguntarles qué pensaban, perdón… ¿Qué es lo que hacía esa mujer en el techo?

—No se comunica mucho como para saberlo —dijo Manuel, pensativo.

—Y ese… —Ersatz señaló a través de la pared con su dedo índice—. Tiene los labios cosidos —susurró.

—Por ahí lo operaron de algo, andá a saber —comentó Silvina.

—Ahora lo van a tener que operar de algo… Y no sé dónde —dijo Ersatz.

Silvina bajó la mirada.

Manuel iba a aportar su teoría, cuando golpearon en la puerta del dormitorio.

Eran los gemelos otra vez, les dejaron dos paquetes de harina y un pedazo grande de queso fresco sobre el arrimadero que había pertenecido a la hermana de Ersatz. Luego dieron la vuelta y desaparecieron. Por esa razón Gema les había dicho que no se preocuparan…

Manuel pensó que habían interrumpido la teoría que iba a formular porque era verdadera. Murmuró que lo que pasaba ahí era que eran una secta, no una comunidad de sordos y que tal vez la colonia de Riannon había degenerado en eso al morir la fundadora.

—No me convence —dijo Silvina con la mirada clavada en el queso.

—¿El queso o lo que dije?

—Las dos cosas. Ya saben que el queso no me parece un alimento bueno.

—Es lo que hay —dijo Manuel.

—No seas desagradecida —bromeó Ersatz.

—Lo mejor va a ser que despertemos al metalero ese y le hagamos escribir un poco más —propuso Silvina—, leer le gusta así que… —agregó poniéndose de pie.

Pero cuando los tres salieron del dormitorio Roger ya no estaba.

Se lo debían haber llevado los gemelos, pensaron. No podía haber ido muy lejos con la escalera de por medio y el pie torcido. De cualquier manera, les pareció un alivio.

Manuel usó la harina para hacer la masa para dos pizzas. Separó algunos cherrys y rúcula. El queso olía bien, aunque era bastante cremoso. Lo cortó en fetas y se comió algunas, mientras esperaba que elevara la masa. Luego tomó su linterna, se agachó y abrió el horno. Tenía que poder arreglarlo.

Mientras tanto, Ersatz y Silvina salieron a la calle para buscar a Roger.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

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