Cine, donde sea y como sea. 8 películas magníficas.

Goodbye Dragon Inn (2)

Además de las películas recientes que fui viendo y que están en el artículo anterior, quería nombrar otras que caen dentro de la categoría otro cine, art film o cine arte pero no son otro cine, son el único que existe y que tiene ejemplos como El silencio de los inocentesYi Yi, por ejemplo.

Las etiquetas que se las queden las que las ponen o las que piensan en ellas.

Uno lo que quiere cuando ve cine es traspasar la pantalla, es impregnarse de los olores y ser invadido por los sonidos, la atmósfera además de la trama que es particular en cada película notable como cada día de la vida es distinto del anterior.

Recuerdo con emoción estas películas y recomiendo que las vean.

Dónde sea y cómo sea, claro, porque no suelen estar en las plataformas que más miramos o las de más fácil acceso.

Tal vez puedan encontrar algunas en plataformas oficiales como Mubi, Filmin, Qubit.tv o buscando en listas de torrents, o en sitios de streaming de películas que llevan adelante online invisibles benefactores del cine (como zoowoman)

  1. Yi Yi, A One and a Two, de Edward Yang (parece que Yang murió joven pero dejó grandes películas)
  2. Shara, de Naomi Kawase (Kawase filma mucho pero esta es mi favorita)
  3. Syndromes and a Century, de Apichatpong Weerasethakul (me gustó tanto que aprendí el nombre del director)
  4. Goodbye Dragon Inn, de Ming-liang Tsai (sobre una sala de cine que como última proyección antes de su clausura pasa la película homónima; tal vez la que va a estimular más ese ojo de cíclope que esperemos seguir teniendo en el alma en estos tiempos cuarenténicos)

Acá hagamos una distinción porque se vienen películas clásicas:

  1. Charulata (o, La mujer solitaria, de Satyajit Ray)
  2. The Uninvited (la de 1944, de Lewis Allen)
  3. The silence of the Lambs (El silencio de los inocentes, o de los corderos, depende, de Jonathan Demme, tal vez la más conocida, quédense mirando los títulos finales más simples, potentes y orgánicos del cine)
  4. Stroszek (o La balada de Bruno S., de Werner Herzog; su mejor película de ficción hasta la fecha, cerca está Invincible)

por Adrián Gastón Fares

 

 

Novela completa: Intransparente. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela Intransparente. Escribirla fue una aventura muy particular, espero que algo de ese viaje se transmita en su lectura.

Para todos los índices pueden visitar el Menú superior de la página. También pueden consultar la sección Acerca de mí. De esta manera comienza Intransparente:

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior…

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: Intransparente, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Gabriel Quiroga.

Un contrato conmigo mismo. Cuento.

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa. Los gatos odiaban a las ratas, desde que Buda y el horóscopo chino los habían marginado de los doce signos representados por animales por ser arrojados al río que debían cruzar, para figurar en el horóscopo, por un roedor, que sí tenía su lugar en el horóscopo pero los felinos no y odiaban a las ratas por esa misma razón. Pero yo no era Rata, era Serpiente. Y me sucedáneo debía ser Mono. Eso me tranquilizó un poco. Pero muy poco.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenará en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño, ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido y tenido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

por Adrián Gastón Fares

En la sección Índice.Cuentos de este sitio pueden encontrar más relatos.