El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7.

Fernando recibió la carta donde la mujer le explicaba cuáles eran sus intenciones: no había posibilidades de que se siguieran viendo y sólo quería que se encontrase con el chico que él le había dado. Lo estaba despidiendo de su vida y Fernando creyó que eso no estaba bien, porque sabía que el pescador era un buen hombre pero eso nunca le había alcanzado a la mujer para amarlo. Comprendió que ya a él no lo quería y decidió seguir recorriendo el país. Pero antes iría al encuentro de su hijo, con la esperanza de que ella fuera y juntos huyeran. En ese momento no le importaba el destino del niño, sólo la mujer.

Cerca de la Lengua se elevan los médanos más altos de la costa, en sus inmediaciones era donde antaño se encontraban. Ella le indicó el lugar. La mujer le escribió diciendo que irían sus dos chicos y que el hijo de él era el que llevaba el medallón que le había regalado; le advertía que podía hablarle, pero que no se atreviese a decirle la verdad.

Durante dos meses, los chicos fueron una y otra vez a la playa a esperar la embarcación que traería a su prima. En las cartas a Fernando le comentaba que estaba muy alegre del plan, porque como había pensado, mantenía a sus hijos lejos de la casa y evitaba que sufrieran las continuas peleas del matrimonio. Sin embargo, todavía faltaba que el objetivo final se cumpliese.

Fernando con la esperanza que la mujer volviera a enamorarse de él, pospuso una y otra vez la fecha de encuentro. Finalmente, en una de las cartas la mujer le decía que enfrentaría el peligro e iría a la playa con los chicos para despedirlo. Él había soñado muchas veces con el naufragio de la embarcación del pescador, del odiado esposo; ahora el hombre había enfermado y a duras penas trabajaba la huerta de su casa. Fernando pensó que podría convencer a la mujer para que huyera con él.

Así fue como se acercó a la playa aquel día y vio a mi hermano subir los médanos. Lo acompañaba otro chico, yo, pero nadie más. Reconoció el medallón que mi madre le había señalado en la mano de Miguel y, enfurecido, arrojó el idéntico que él traía al suelo. Y al ver al chico más cerca, recordó que lo único que le importaba era la mujer; insultó a Dios en el dialecto de su pueblo, buscó su puñal –al desenfundarlo bruscamente el filo cortó la palma de su mando– y lo blandió en el aire para asustar a Miguel.

El viejo dijo que muchas veces se había arrepentido en la vida de lo que había hecho. Miguel tenía una pregunta que hacer; como me pasó a mí en el bar, sintió que había algo que estaba por entender, pero lo que era aún no se diferenciaba de las otras sombras y permanecía oculto esperando su momento. Le preguntó al anciano por qué había dos medallones idénticos.

Fernando sonrió y repuso que eran una consecuencia del comienzo del amor. Cierto día habían planeado un escape a Obel. La mujer, un poco para divertirse y otro para espistar, se oscureció y enruló el pelo. El viejo dijo que aquel había sido el mejor día de su vida, que nunca se había divertido así. Encontraron una tienda fotográfica, donde eligieron vestirse de época para las tomas.

Mi hermano había terminado de comprender y apenas seguía escuchando lo que el anciano le contaba; cómo habían resuelto que él se quedase con la fotografía en la que posaban juntos y mi madre con la que posaba sola. Luego, cuando mi padre le pagó por primera vez, Fernando compró el par de medallones idénticos y le mostró a mi madre dónde guardaría su fotografía y le regaló el otro para que allí pusiera la de ella.

Entonces el anciano le pidió disculpas por no haberlo saludado aquel día. Y se conmovió al recordar el suicidio de mi madre (se había enterado por la madre de Amanda) y el tiempo que él había viajado por el mundo, hasta que decidió volver y morir en el pueblo en el que había conocido a la única mujer que había querido de verdad. Dijo que jamás se atrevió a acercarse a su hijo.

Sé que en ese momento mi hermano se levantó, despidiéndose con una sonrisa, y abandonó el faro. Fernando me contó esa misma noche en la playa, mientras los policías iban y venían por la escollera, lo que yo repito en estas páginas.

No se sabe con certeza lo que ocurrió después. Todos tienen en este pueblo su versión y tal vez la mía no sea la más verosímil… (Continuará)

por Adrián Gastón Fares.

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