El nombre del pueblo. El nombre. 14.

Escribo por primera vez de mañana, nunca lo hago, pero tuve un sueño. En él estaba mi madre.

Otra vez niño subía ansioso el médano de la playa. Era de noche. Se oía el estrépito de las olas rompiendo en la Lengua, pero en vano intentaba llegar a la cima del médano; a unos metros siempre resbalaba y caía dando muchas vueltas. Una de las caídas fue más prolongada y supe que sería la última. Al levantarme estaba mirando el sendero que llevaba a mi casa, por el que siempre me acercaba a aquellos médanos. Al darme vuelta los vi más grandes en el sueño, casi montañas que franqueaban el acceso a la playa. Entonces una sombra pasó cerca de mí y me asusté. La seguí con la vista. Era una mujer. El vestido verde claro reflejaba la luz de la luna, el pelo oscuro y enrulado acariciaba los pálidos hombros. Reconocí a Malva, que esta vez había llegado al pueblo y se dirigía a mi casa. Pensé en el sueño que tal vez estuviera reviviendo el pasado. Sin embargo, yo era un niño; estaba en el pasado.

Entonces un relámpago dividió el cielo en dos y pensé que si era ese día Castillo rondaba la playa. Corrí hasta los médanos y al llegar a la cima caí sobre mis rodillas. Allí estaba el hombre, su cuerpo creciendo mientras subía los médanos del lado del mar. Yo hincaba las rodillas en la arena y lloraba.

Rápidamente me di vuelta y descendí, mejor dicho resbalé, hasta Malva, que seguía alejándose del médano sin escuchar mis gritos. Cuando la alcancé puse mis manos en sus hombros. Se volteó.

Aquella no era Malva. El pelo ahora se había vuelto claro, los rulos habían desaparecido, y aunque conservaba su vestido verde, el rostro inundado en lágrimas que me miraba era el de mi madre. Grité que Castillo la mataría a ella también, que había llegado el bergantín. Mi madre escondió la cara en sus manos. Al darme vuelta vi que Castillo nos alcanzaba. El puñal de doble filo chorreaba sangre. Ahora nosotros alimentaríamos su venganza. Entonces desperté.

Si me teoría de los sueños no falla, y sé que no, mis pensamientos de este día estarán filtrados por esta pesadilla. Mientras me aseaba –ya salgo para el colegio– no pude evitar acordarme cómo habían encontrado el cuerpo de mi madre en la playa, hinchado y con los ojos comidos por los peces. Un amigo me lo contó cuando tenía dieciséis años, siete años después de la muerte de mi madre, y jamás lo pude olvidar. Si tuviese que hacer lo que ella hizo me aseguraría que mi cuerpo jamás fuese devuelto a las playas de este mundo. Si alguien entonces me ve, así, sin ojos y panzudo, seré recordado.

Hoy no será un día fácil. Por la noche viene Daniela y tendré que escuchar sus pavadas. Ella hace que Amanda resulte entrañable.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 13.

Hoy a la ocho recibí a mi hermano. Se lo veía muy preocupado por mi salud. Le dijeron que yo andaba hablando pavadas por el pueblo, que asusté a unos nenes con supersticiones. Nada puedo reprocharle a Juan, él no sabe que Castillo está entre nosotros, que camina por el centro como si fuera un hombre más. Dice que un fantasma no puede envejecer, que tendría que verlo tan joven como cuando murió. Son pavadas, un fantasma hace lo que quiere, nosotros lo vemos como a él más le gusta y pienso que pasar desapercibido en la tierra le debe gustar; por qué no ser un viejo, al que se olvida fácilmente.

Juan también está enojado. Debe ser muy inoportuno que justo ahora, cuando tiene todo a su favor para salir electo, yo le salga con todo esto que pasa en el pueblo. Y cómo no contarle que volví a ver al viejo y que lo perseguí por las calles sin animarme a abordarlo. Aunque dos veces mis manos rozaron los hombros del extraño, en el último momento no tuve valor. Ahora mi hermano cree que estoy más loco que antes.

Sin embargo, las calles del pueblo siguen embarradas por la persistente llovizna. Para demostrar a Castillo que no temo su maldición y que el dios que lo secunda no es más que un marginado del cielo que, aburrido, nos molesta, abro en los atardeceres la puerta y le gritó a la lluvia.

Volví a la comisaría. Falcón me confirmó que a Lorena el asesino le hizo lo mismo que a Martita. La encontró don Isidoro.

Al anochecer, el pescador fue a la laguna a juntar carnada –el comisario dijo que intentaba agarrar un cisne para cocinarlo, porque encontraron a uno bastante desplumado, casi muerto– y al acercarse a la orilla le llamó la atención un cisne que parecía levitar sobre el agua. Isidoro contó que se asustó al recordar las cosas raras que estaban pasando en el pueblo y tuvo ganas de salir corriendo. Enseguida notó que el cisne estaba posado sobre el vientre de un cuerpo femenino que flotaba entre los nenúfares. El viejo empezó a vadear la orilla y el cisne volvió al agua. Cuando llegó al cuerpo reconoció a Lorena.

Don Trefe aseguró que mientras él cerraba la panadería, su hija le había dicho que iba a visitarme a mí. Le pregunté a Falcón por qué yo no era el principal sospechoso y me dijo que, además de que Kaufman casi se había declarado culpable, él no creía que yo fuera sospechoso nada más que de estupidez –me dijo lo que pensaba de mis esperas en la playa– y que era imposible –miraba el titular de un diario con una encuesta electoral– que yo hubiera matado a alguien. Agregó que no me preocupase porque, si bien ellos no tenían ninguna pista que encaminara la investigación, el loco, que él también pensaba que no era el pobre Kaufman, pronto cometería un error y sería ajusticiado.

Entonces me contó la historia del asesino de Obel. Falcón explicó que tenía dos amigos en una comisaría del pueblo vecino que a él lo querían como un hermano y le pasaban información.

El comisario dijo que de las cosas que en este mundo no tenían explicación ésa era una de las más extrañas. El asesino de asesino seriales, así lo llaman en Obel, actúa de la siguiente manera: cuando se cometen dos asesinatos que tienen características parecidas, entonces él se acerca y mata al culpable antes de que cometa el tercero. En Obel creen que lo hace por la deficiente justicia que ejercen las autoridades, pero Falcón dice que acá no ve la razón –afirma que él siempre resuelve sus casos–. Después se quedó pensando y, desilusionado, agregó que era muy probable que el asesino de asesinos se suicidara antes de cometer otro crimen: él también era un asesino serial.

De cualquier modo, según el comisario debemos esperar porque, si todo el asunto es verdad y el asesino no se considera un asesino más, el hombre estará viajando al pueblo y cuando vaya a cometer el tercer crimen nuestro asesino, entonces él lo eliminará y nosotros vamos a salvarnos del juicio. No hubo caso. Por más que le expliqué que a un fantasma no se lo puede matar, no lo quiso entender. Él dice que un espectro no necesita hacer las cosas que nuestro asesino hace, que es muy humano y por eso necesita matar. Terminó repitiendo que lo mejor era esperar y que, mientras tanto, iba a mandar a mi casa a una oficial de civil de anzuelo porque tenía serias razones para sospechar que al asesino no le agradaba que yo tuviera compañía femenina. Él no quiere creer en la maldición, está ciego, no ve que Castillo necesita prolongar su venganza hasta el fin de los tiempos y que eligió a nuestras jóvenes para eso.

Hoy recibí otra vez a la mujer, a esa policía de civil. Se llama Daniela y es muy fea. Hace que añore la mirada de Martita y la gracia de Lorena. Tiene sarpullidos en la cara y una voz demasiado estridente. Le gusta hablar de ejercicios gimnásticos y de cómo se murió su gato. Ya me contó por lo menos cinco veces la agonía de este pobre animal.

A pesar de la muerte de Lorena, el lunes me vinieron a buscar de la escuela para que me presente a dar clases. No sé cómo insisten con un hombre como yo. Claro que mi hermano habrá arreglado todo. Ahora que será gobernador de nuestro pueblo, no tiene más objetivos que limpiar el nombre de la familia. Soy, estoy seguro, su peor pesadilla.

Entonces, el lunes fui a dar clases. Conocí a la directora y me hice amigo de su hija, que me vino a felicitar por el programa que les dicté. Ella está muy triste, dice que nunca va a poder demostrar lo que sabe en esta escuela porque todos los profesores la tratan demasiado bien. Yo le hice un chiste: la traté muy mal toda la clase, cosa que no me fue tan difícil por el ánimo que tenía ese día. A pesar de todo, uno de los alumnos quiso saber cómo era posible que un vendedor de gansos medio sordo fuera profesor y ella me defendió alegando que esas cosas no eran importantes. Luciana, ése es su nombre, es muy divertida y poco supersticiosa, cree que la tormenta se debe a los insoportables calores del verano pasado. Yo trato de hacer mi papel de profesor y dejo que esta quinceañera diga lo que yo mismo diría si no supiera ciertas cosas.

El resfrío no me abandona, así que es mejor que cierre este cuaderno y descanse un poco.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 12.

 

Son las cuatro de la tarde. Releí el diario y encontré la última nota. El que golpeaba era Ernesto, el oficial. Venía a informarme que no volveré a ver a Lorena. La asesinaron como a Martita. Hoy sí que me arrepiento de haber profanado esa sepultura.

Soy el culpable de todos los sufrimientos. Sé que nunca quise dañar a nadie, pero importa tan poco ahora.

¿Qué perro es el que aulla tras mi puerta? ¿Qué poder desperté en los muertos? ¿Cómo es que Castillo vuelve a transitar este pueblo?

El pobre Kaufman está preso. Falcón lo indagó. Como seguía borracho dijo muchas pavadas. Yo soy, quizá, el único que puede salvarlo: sé quién es el verdadero culpable. Me refugié a escribir, tras haber pasado las pericias de Falcón que, por cierto, fue bastante amable conmigo y en ningún momento insinuó que yo fuese un sospechoso. El comisario dijo que me contaría los pormenores.

Ahora Cartasa, la fría prisión de Obel, espera el juicio a Kaufman: allí, en pocas horas, y debido al encono que nos tienen los pobladores de ese pueblo, matarán a ese prisionero del pueblo sin nombre. Ellos no temen lo que la historia pueda reclamarle.

¿Cómo temer los reproches de un pueblo que jamás será recordado, que se perderá, como yo y todos lo que aquí hemos nacido, en la noche de las noches, aunque siga existiendo para siempre? Porque, si yo no me equivoco, el resto del mundo nos ignora.

Nadie sabe quiénes somos ni dónde vivimos ni cuáles son nuestras costumbres, ni –y cómo iban a saberlo si nosotros mismos lo ignoramos– quiénes pisaron por primera vez estas tierras y con qué intenciones. Nuestros ancestros quizá fueron unos tontos.

Pero hoy es tan grande mi tristeza, que llegué a experimentar en mí mismo el final de una historia antigua. La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los matorrales seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta.

“¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?”

Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía.

Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy los chicos. Y que toda mi vida fue el resultado de un error.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 11.

En la Municipalidad me hicieron algunas preguntas. La mujer que atendía no sabía leer, y hablar muy poco. Así están las cosas en este pueblo. Empiezo a trabajar el próximo lunes. Aunque repetí que prefería la literatura, debo enseñar teatro. Me prestaron varias obras, ya que mis conocimientos de teatro son mínimos. Ahora tengo sobre la mesita de luz una obra de Ibsen; hasta donde llegué la encontré fantástica y entretenida y, a la vez, triste. También tengo Las nueve tías de Apolo.

Traté de ser sincero con Amanda. Le expliqué que mi vida había cambiado, sugiriéndole que estaba enamorado de una mujer y asegurándole que siempre la recordaría pero que no podía evitar prohibirle de ahora en más las visitas. Ella estaba a punto de empezar su espectáculo. Su mirada huyó de la mía, profirió una especie de bufido y luego su cara pareció abotagarse de ira. Sin embargo, un momento después sonreía con expresión tranquila. Su perro parecía más afectado que ella, empeñado esta vez en deshilachar con sus dientecitos el dobladillo de mis pantalones. Amanda comentó que había oído sobre mis amoríos y que primero le había molestado mucho, pero que hacía tiempo que había desentrañado los secretos de la vida, y sabía cómo terminaban los amores fundados en una ilusión. Agregó que yo también debería saberlo.

Le pregunté qué quería decir. Respondió que era obvio que Lorena estaba enamorado de mi vida triste, que mi soledad y pureza enternecían a los corazones, y si sumaba lo anterior a la timidez que me caracterizaba, el resultado podía hacer que hasta Kaufman se enamorara de mí. Negué todo aquello, ya que mi vida no fue ni tan triste ni solitaria y Kaufman me odia.

Entonces Amanda me preguntó si alguna vez mis labios habían probado la suave piel de una chica, si había palpado una cintura en la oscuridad, si había sentido el corazón de una mujer latir bajo mi pecho u observado cómo se entrecierran las pestañas de las que aman. Sus palabras me recordaron ensoñaciones hace ya tiempo olvidadas. Quise saber cómo ella, siendo mujer, podía saber tanto sobre eso.

Amanda se levantó, acarició a su pequinés y me dijo que ella tenía mucha imaginación. Tanto que podía inventar cosas que no habían existido jamás y sentir sus olores y movimientos y que ésa era la razón por la que todavía seguía viviendo. Entonces le aseguré que cada cosa llevaba su tiempo, y que recién ahora yo disfrutaría de los placeres que ella había relatado. Sin volver a contestar, empuño su inmenso paraguas, alzó al pequinés en brazos, arropándolo con su largo chal, y se perdió en la llovizna de la tarde. El viento filtrándose por las casi ya muertas hojas de los árboles y rompiendo ramas enteras engañó a mis duros oídos, que creyeron escuchar, por sobre el zumbido persistente, luego de unos minutos de haber partido la mujer, el lastimero ronquido de un perro, que mi imaginación no dejó de atribuir al de Castillo.

Pasé el resto de la tarde leyendo y, por momentos, volvía el terrible sollozo. Dediqué un rato, me cuesta admitirlo, a pensar un nombre para el pueblo. El anterior, el que iba a decirle a Juan, ya no me parece interesante. Creo que me dejé influir por las palabras de Amanda y que el nombre nuevo –que se me ocurrió esta tarde mientras escuchaba el ladrido gutural del perro y repasaba todas las esperanzas que alguna vez tuve en este pueblo– tiene mucho que ver con mi historia. No sería malo que el pueblo alguna vez se llame así. De cualquier modo, rompí el papel en el que había escrito el nombre elegido. Me da pudor anotarlo en este diario y no lo hago porque tal vez se me ocurra otro mejor, y entonces si lo escriba.

¡Golpean la puerta!

por Adrián Gastón Fares.

Diccionario de la diferencia: opresión vs. verdad.

Después de una verdad revelada siempre sigue la victoria (paz, si la verdad es justa) u opresión (lo más común, la opresión se sostiene por una mentira útil y aprobada por la mayoría de la sociedad).

La verdad es transitoria pero necesaria para seguir creciendo, seguir haciendo. No tiene malicia.

La verdad se escribe y se dice por ese motivo salvo que quieras oprimir a otras personas a beneficio tuyo.

La verdad suele ser una respuesta a la opresión. Nunca es como la opresión totalitaria una respuesta para ocultar la verdad transitoria (la verdad). Y siempre la opresión se disfrazó de verdad.

Pero no lo es.

por Adrián Gastón Fares.

PD:

“El modelo social describe la discapacidad como un efecto opresor de la sociedad sobre algunas personas que, al estar diseñada para un tipo específico de sujetos, de cuerpos, discapacita a quienes poseen determinadas características. Así, la discapacidad es entendida como una forma específica de opresión, en términos de relaciones de poder desiguales en una sociedad.” (Corbeñas, 2016:19).

 

El nombre del pueblo. El nombre. 10.

El resfrío desapareció esta mañana. Aunque la lluvia no deja de ser constante, el frío amainó, reemplazado por una humedad insoportable que hizo que pudiera desayunar con la esperanza de trabajar. Estuve todo día sin mocos ni mareos, afrontando mis zumbidos con tranquilidad.

Alrededor de las nueve caminé a lo de Kaufman. Golpeé varias veces y nada. El Colorado habitaba una casa chica pero repleta de ventanas. Todas estaban cerradas. Al mirar por el ojo de la cerradura lo descubrí arrellanado en un sillón, con el mentón apoyado en el pecho y los pelos rojos alborotados y caídos alrededor de la frente. Pensé en el asesino y me di vuelta bruscamente. ¿Otro asesinato? ¿Kaufman?

El cielo seguía tan negro y las oscurecidas copas de los árboles apenas se movían, todo era tétrico pero inocente: no había nadie conmigo. Volví a mirar por el ojo de la cerradura. Kaufman estaba tapado con una manta y en su regazo abrazaba una botella. Pensé que era mejor dejarlo al pobre. Ya había oído que tenía algunos problemas con el alcohol.

Volví a casa y hasta el mediodía me dediqué a pensar. En mis tardes en la playa, en mi amor por un fantasma, en saberlo ya acabado. Sin embargo, todavía me sorprende y tortura que exista en el pueblo una mujer parecida a mi prima. Pensé en Martita y en la coincidencia de la maldición y el mal tiempo. También en Lorena, que es mi esperanza, la única mujer que puede ayudarme a olvidar todo. Porque ahora quiero olvidar.

Me dormí con la frente apoyada en la mesa. Más tarde, unos golpes en la puerta me despertaron. Dejaron de sonar mientras me acercaba y escuché uno tremendo, grave, que casi me arranca la puerta de cuajo. Miré por la ventana y vi a Kaufman parado afuera, con la botella en la mano. Lo vi mirar hacia la puerta, enojado, y entonces desaparecer. Otra vez el golpe. Me iba a tirar la casa abajo. Corrí hacia la puerta, la abrí y Kaufman irrumpió en mi comedor. Siguió de largo unos metros y cerca de la estufa se detuvo y me miró de arriba abajo.

Gruñó que le habían arruinado la vida. Le pregunté quién y por qué y me contestó que le había pedido la mano a una mujer, que lo había despreciado y que ahora iba a terminar sus días solo porque no le gustaba ninguna otra. El Colorado daba lástima, estaba al borde de las lágrimas y yo traté de calmarlo.

Entonces pasó lo increíble, terrible suerte la mía, mientras tranquilizaba a Kaufman se escuchó la voz tranquila y grave de Lorena que me llamaba. A Kaufman le cayó como un balde de agua fría, clavó la mirada en el piso, caminó hasta la puerta y salió. La miró de soslayo a Lorena y con bronca a mí y continúo alejándose, tambaleante, de mi casa.

Cerré la puerta y le pregunté a Lorena por qué se preocupaba tanto por mí. Ella sonrió, se ruborizó y dijo que no lo sabía. La invité a tomar mate y conversamos toda la tarde sobre el pueblo, las personas que habíamos conocido y las cosas que habían cambiado. Descubrimos que los dos no habíamos conocido a demasiadas personas y que nos gustaban las tardes soleadas y frías, también otras cosas que sé no debo escribirlas. Cuando la tarde mediaba y tuvimos hambre, decidimos dar una vuelta por el centro y visitar el restaurante. Lo que me gusta de Lorena es que con ella no es necesario andar vistiéndose bien. Bastó que me pusiera una corbata y un saco viejo para que dijera que yo estaba muy galán. Que queda claro que jamás voy a creerlo, pero conforta que una persona le diga a uno esas cosas. Traté de devolverle el cumplido, que no debería haberme costado mucho porque ella es hermosa a pesar de que muchos digan lo contrario, pero no pude. La espontaneidad se me escapa en cuanto abro la boca y de mis sentimientos sólo quedan estupideces.

En el restaurante ella tomó un chocolate caliente y yo un café con leche. Hacía tres años que no pisaba el negocio. Pude ver cómo los mozos se sorprendían al verme. Raúl le decía a uno, muy joven, algo en el oído. Después se acercó y me preguntó cómo andaba. Me di cuenta que quería que le dijese algo sobre el bergantín. Mi atención estaba concentrada en Lorena y el dueño del local no me pudo arrancar una palabra. La verdad que pasamos una tarde divertida hasta que llegó mi hermano. Los abalorios de la puerta se entrechocaron y Juan estaba ahí parado con el Ruso. Lorena se dio cuenta que yo estaba distraído y me preguntó por qué no saludaba a mi hermano.

El Ruso se sentó y Juan le daba el abrigo al mozo cuando me vio. Sonrió y se acercó, con el Ruso atrás. Me dijo que se alegraba de verme tan bien; qué bien que estaba acompañado y otras cosas por el estilo. A Lorena parecía encantarle el porte de mi hermano. El sí que hace acordar a la robustez de mi padre y tiene la misma voz grave y clara que usaba el viejo tanto para regañarnos como para leernos los cuentos del diario. Estaba mejor peinado que de costumbre y parecía haberse bañado en una fuente de perfume. Se notaba que una noticia había inflamado su orgullo y no tardó mucho en decirnos que los resultados de la última encuesta lo proclamaban como el candidato con más posibilidades de ganar. El Ruso sonreía, con esa mirada baja, rastrera, que a mí siempre me molestó. No importa que el Ruso esté triste, contento, le peguen un tiro o gane la lotería. Siempre los párpados parecen pesarle y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

Antes de volver a su mesa, mi hermano me preguntó si había pensado un nombre para el pueblo. Mi respuesta fue un irónico sí. Iba a decir el nombre cuando me arrepentí y le dije que le había tomado el pelo. Yo no perdía el tiempo con esas pavadas. Sonriendo a Lorena, contestó que podía darse cuenta y se retiró. De cualquier modo, el nombre no le hubiera gustado.

Estábamos hablando con Lorena sobre su primo, que había embarazado a una vecina que no llegaba a trece años, cuando noté que mi hermano no tomaba su café ni contestaba lo que el Ruso le decía. Estaba preocupado y buscaba mi mirada como para interrumpir la conversación. Entonces levantó la mano y me preguntó si podía molestarme un minuto. El Ruso se levantó para ir al baño y yo, luego de disculparme ante Lorena, me senté frente a mi hermano.

Me convidó un cigarrillo, como si no supiera que no fumo, y dijo que le gustaría que dejase de vender gansos, que había otras cosas más interesantes para hacer. Quería que me dedicase a escribir, a contar cuentos como los que yo siempre había leído. Mi respuesta fue que se quedase tranquilo porque no iba a vender gansos nunca más, pero que por otro lado no iba a perder el tiempo escribiendo. Tenía ganas de hacerlo enojar.

Agregó que no sería perder el tiempo porque él me pagaría por cuentos que honraran el pueblo. Como yo no contestaba dijo que si eso no me gustaba entonces había un puesto de maestro vacante en el colegio. Había hablado con la directora, que le aseguró que no habría problemas con el nivel de mis estudios; sólo me tomaría un examen elemental. Asentí y al ver al Ruso de pie esperando cerca de la puerta del baño el fin de nuestra conversación, me levanté y volví a mi mesa. Ellos siguieron hablando y yo pagué y salí del restaurante, por primera vez en mi vida, de la mano de una mujer.

Ahora creo que mi hermano no quería que yo siguiese vendiendo gansos porque así rondaba el barrio residencial. No me basta el motivo de la apariencia, si realmente nunca quiso que vendiera gansos no me hubiese recomendado a Kaufman. Hay otras cosas raras: ¿por qué teme que yo me acerqué al barrio residencial, su barrio?

¿Es que engaña a su mujer y teme que lo descubran? ¿Habrá encontrado un nuevo amor en la joven parecida a mi prima? No me olvido de aquella tarde en que rondaba como un loco en su coche espiando quién sabe qué cosa. Mi hermano está muy enamorado de la candidatura, pero cuando se trata de mujeres sé que los hombres somos capaces de caminar con las manos. No me interesa escribir cuentos para subsistir. Sí me parece razonable lo del colegio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 9.

El primer descubrimiento del día fue al despertarme: tenía un resfrío tremendo. De todas formas, fui a buscar más gansos y cumplí la jornada. La tarde pasó sin que el resfrío me hostigase el ánimo. Caminé mucho bajo la lluvia —que amainó un poco; hoy fue una llovizna persistente y fría—y siempre sintiéndome muy bien. Después de la cena me empezaron a zumbar los oídos. Estos zumbidos me comenzaron a molestar a los veinticinco años, son constantes aunque de intensidad variable. El médico los llamó zumbidos catastróficos. Y como tales, no los podía tolerar, a pesar de que los enmascaran los audífonos un poco porque fijan mi atención en otros sonidos, me cobijé en la cama, sin las lombrices mecánicas en los oídos, claro, que quedaron en la mesa de luz, y me dispuse a escribir lo que pasó esta tarde concentrandome en la escritura y no en lo que una vecina del pueblo llamó hace poco como “el ruido maravilloso del universo en tu cabeza”. La mujer, que no tenía ninguna maldad sino explicar algo que no entendía, me causó gracia con su percepción del tinnitus. Yo, que ya no recuerdo como es no oír nada, porque a pesar de que no entiendo muchas palabras, ni oigo la lluvia, estas sibilantes compañeras que tocan el arpa en mis dos orejas, nunca me dejan. Nunca podré decirle como Elías a Acab: Levántate, come y bebe, porque ya oigo el sonido de lluvia fuerte.

Pero qué bello también es soñar voces, me ha pasado, y se escuchan sin el zumbido, sin el ruido del universo como si no existiera ni el ruido ni el universo, incluso voces de personas que ya no están. Cristalinas, uno se despierta luego como si le hubieran dado una ducha caliente en una bañera o le hubieran lavado la cabellera alguna ninfa o ogresa imposible. Mejor no pensar mucho en el acúfeno, zumbido, tinnitus o como quieran que lo llamen en esta vía láctea. El trabajo es trabajo. Como llenar una página donde soy, más o menos, libre.

El de vender gansos requiere cierta táctica. Se trata de hacer lo mismo que los agricultores con el campo: rotar los cultivos y dejar descansar el suelo. Sabía que no convenía vender en el barrio residencial hoy porque había vendido ahí antes y todos ya habían comprado sus gansos. Entonces, me encaminé al centro comercial con la esperanza de concretar dos propósitos: vender las aves y ver a Lorena.

Rosa salió de su negocio en la galería y me compró un ganso. Don Mario detuvo su bicicleta y me pidió otro. Estuve parado una hora en una esquina, bajo el alero de un quiosco, ofreciendo gansos a todos los que pasaban pero no vendí ninguno más. Me disponía a irme cuando vi pasar a un anciano alto, de copiosa y encanecida barba. Llamaba la atención la roña que tenía. Su cara parecía frotada con hollín y su traje atacado por una jauría de perros rabiosos. El hombre avanzaba rápido y a sacudones, como molesto por las personas que pasaban a su alrededor. Jamás lo había visto.

Me interesó lo que llevaba. Los dedos finos y largos de su mano izquierda se cerraban en torno a un brillo que me pareció conocido. Nada más puedo decir. Entreví ese brillo y decidí seguir al viejo. De cualquier manera, yo debía ir para el lado que él había tomado. Eran las cuatro y Lorena debía estar por abrir la panadería.

Lo vi tomar una manzana y masticarla. También pararse en una peluquería y mirar con persistencia al barbero mientras atendía a un cliente. Al llegar al negocio de antigüedades se detuvo bruscamente y entró. Esperé un momento y lo seguí.

Don Humberto le estaba entregando dinero, no pude ver cuánto porque mi interés se concentró en un objeto que el dependiente guardó bajo el mostrador. Yo había dado unos pasos, asombrado por lo que había visto, cuando el hombre me rozó el hombro y salió de la tienda tan bruscamente como había entrado. ¿Era posible que el viejo hubiera vendido un medallón, uno que tenía dos unicornios que se enfrentaban en un salto? Eso fue lo que me pareció ver en las manos del anticuario.

Es más, estoy seguro que eso fue lo que vi. De otra manera me hubiera atrevido a pedirle a don Humberto que me mostrara su reciente adquisición. Creo que al abandonar la tienda tuve demasiado miedo de confirmar lo que ya sabía. Tal vez pueda volver a la casa de antigüedades, pero sé que siempre voy a tener preparada una excusa para no ir. A veces creo que existe en mí una especie de perversión en ese sentido. Las dudas que alimento se convierten con el tiempo en misterios, corroborados por otras circunstancias dudosas, y creo que son la más deliciosa tortura que un hombre puede enfrentar. Es extraño también saber que esos misterios se pueden resolver con una pregunta, una visita en un día cualquiera, pero más extraño es todavía tener al mismo tiempo la absoluta seguridad de que el tiempo pasará y que nunca me animaré a ese alivio.

Más allá del medallón, la verdadera respuesta desapareció en la calle. Cuando salí, el viejo ya no estaba y el viento sopló en mis oídos una pregunta. ¿Quién si no Castillo, el vengador, el asesino, era ese viejo que tenía el medallón? ¿A quién otro se lo había visto desde aquella tarde tormentosa en la playa?

Desde que la embarcación apareció no me tropecé más que con preguntas. La verdad debe ser tímida y cómoda, nunca sale de su casa, pretende que siempre la sorprendamos con una visita. Pero sólo me atreví a molestar a la hija del panadero.

Dejé la caña con los gansos apoyada contra la pared de la panadería. Lorena salió con una bolsa en la cabeza para no mojarse y me dijo que había rechazado a Kaufman y que lo único que quería era divertirse a la noche. Me acordé que los martes después de las siete en el cine hay teatro. La cartelera anunciaba “Las nueve tías de Apolo”. Lorena aceptó acompañarme, y me dio un beso en la mejilla.

Sólo una vez en la vida me emborraché. No sé por qué pero al enfrentar las calles mi cabeza daba vueltas como si hubiera bebido demasiado. Ya aquí me di cuenta que no era sólo mi enamoramiento: el resfrío me había abrazado y tenía fiebre. Así y todo, a las ocho arrostré la lluvia y le avisé a Lorena que no podríamos ir a la función.

“Loco”, me gritó, “no vamos a salir porque estás enfermo y me lo venís a decir todo mojado” Salió con una manta, un paraguas —yo llevaba ese cuero que encontré en un galpón— y me envolvió y me acompañó hasta mi casa. La invité a entrar y se negó diciendo que tenía que hacerle el café a su padre. Postergamos la salida esperando que mi salud mejore el sábado.

Ya aquí, releí este diario desde el comienzo y me pregunté qué clase de peces abisales micróscopicos nadaran en el café oscuro y tibio de Don Trefe. Me dije que el padre de Lorena, tan amante de la oscuridad, bien podría ser el primer sospechoso de una novela de detectives. Y su hija como sus queridos peces de las profundidades aprendió a brillar con luz propia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 8.

¡Todo el día lloviendo! Las bolsas no sirven para cubrirse de la lluvia, los paraguas me son incómodos para trabajar. En el galpón descubrí un cuero viejo que era lo que necesitaba.

Kaufman estuvo muy contento con la venta. Antes de irme, me preguntó, como tantos otros por estos días, si sabía a qué partido iba a votar. Acompañó la pregunta con una sonrisa que me hizo entender que se refería a que yo era el hermano de uno de los candidatos. Respondí que votaría a mi sangre, pero que no entendía nada de política.

Me llevé seis gansos más del rancho de Kaufman. Cuando llegaba a mi casa escuché que me llamaban. Al darme vuelta casi me golpeé la cara con un ganso al ver a Lorena sentada al pie del sauce. Me esperaba porque necesitaba mi opinión sobre un hombre que la había invitado a salir. Apoyé la vara en el tronco del sauce –me di cuenta que debía parecer un espantapájaros con esa caña sobre el hombro– y le contesté que no podía hablar de un hombre que no conocía. Ella sonrió y dijo que sí lo conocía. No era otro que Roberto Kaufman.

Comenté que mi jefe tenía un temperamento ambiguo, o era tranquilo como los gansos muertos que me entregaba o hacía honor a su cabellera roja. No podía mentir y decirle que me parecía un buen hombre. Lorena río y dijo que ya lo sabía. Que había aprendido a conocer a los hombres apenas los veía. ¿Entonces qué pretendía?, pensé y pregunté. “Es que hay pocos como usted”, fue la respuesta. Y a paso rápido se alejó por el camino.

Dos certezas me torturan. La primera es que estoy seguro que Lorena quería que la alcanzara, la segunda que soy más cobarde que tonto. Todo lo demás es incertidumbre, sospecha. No me atrevo a relacionar este interés en mí de las mujeres, que me obviaron siempre, decían que estaba loco (me veían lejano, en mi mundo, como un idiota) con la fosa profanada, la probable maldición y la lluvia incesante.

Después de vender cinco gansos me acerqué a la calle setenta. En la vereda de la casa en la que había visto entrar a la chica parecida a mi prima un anciano regaba, bajo un inmenso paraguas, las flores de un cantero que rodeaba un arbusto. Esto era totalmente incomprensible. Seguía lloviendo a cántaros y este hombre con un regadero de chapa fustigando a los pobres crisantemos amarillos. Al pasar lo miré de lleno. Antes había pensado en ofrecerle el último ganso, pero el hombre parecía tan absorbido en su labor que resolví no molestarlo. Alcancé el final de la cuadra y me volví. El viejo seguía ahí, esperando quizá que el regadero se vaciase para volverlo a llenar con toda esa lluvia. ¿Será familiar de la mujer parecida a mi prima?

Cuando tengo una duda me concentro tanto en ella que pierdo el rumbo. Así es cómo resuelvo los problemas simples y los no tan simples.

Caminé un buen rato cavilando y luego pensé que sería bueno acercarme a la comisaría para preguntar si había noticias sobre el asesinato de Martita.

Encontré a Falcón recostado en un sillón de pana en su despacho, leyendo con avidez un informe. El sillón no es lo único nuevo, una lámpara de fastuoso pie lo alumbra, parece de marfil, tallado con cuatro pisos alternados de elefantes y mujeres desnudas, extrañamente las últimas sostienen a los primeros y todo termina en cuatro patas de elefante por base, y una alfombra persa completa el mejunje. Sobre el escritorio brilla una máquina de escribir. Lo felicité por el cambio.

Contestó que hacía tiempo que lo necesitaba. Luego hizo, como siempre, un chiste referido a la vara que llevo. Le retribuí preguntándole si quería comprar el último ganso. “Las aves me caen muy mal, querido Miguel”, respondió Falcón. Agregó que especialmente después de leer los resultados de una autopsia. Le pregunté a qué se refería. Obviamente, contestó que a la de Martita.

Antes de contarme lo que había leído, me pidió que dejara la vara con el ganso en la otra oficina, no fuera cosa que ensuciara con su sangre su alfombra nueva. Después escuché el crudo relato del informe forense.

La autopsia había revelado que antes del cuchillazo en el pecho el asesino la había herido en los genitales. Intenté alejar la imagen que Falcón evocaba con sus palabras, que fueron muy descriptivas. El comisario sentenció que la autopsia probaba que el asesino era un psicópata y que era muy posible que volviese a matar.

Volví a casa en la oscuridad y miré tanto a los costados que no pude evitar resbalar dos o tres veces.

Si la tormenta sigue se perderá toda la cosecha. Los agricultores, como los pescadores, tendrán que buscarse otro trabajo.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Hoy (ayer) rodeé el cementerio de Recoleta, un guitarrista cantaba Aleluya (Hallelujah), de Leonard Cohen, pegado a la pared del cementerio, di una vuelta, caminé un poco más, y una violonchelista tocaba Aleluya de Leonard Cohen, más pegada a esa pared que guarda lo que no se puede guardar. Más tarde, salí otra vez, caminé por Corrientes y una vocalista cantaba Aleluya, de Leonard Cohen. La cuarta, la quinta, la menor cae y la mayor aparece… dice. El mundo, a veces, es difuminante, imitativo. Estas cosas van más para la entropía y una novela de Thomas Pynchon que para la realidad. Pero parece que la realidad imita al arte a esta altura de los años y los siglos. Y por eso hacemos cosas. (Y también por eso no las hacemos, un poco de amor es necesario, empatía -palabra que repiten y yo también-, reconocer, dejarse ir, hemos perdido el camino a lo irreal que es lo que nos hizo seres humanos)

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 6.

Falcón me mandó a llamar para que dé el testimonio de lo que sabía sobre Martita. En la comisaría, mientras un ayudante escribía a máquina, pude escucharme relatar lo del teléfono y la espera. Mi mente estaba en otro lado, recorriendo junto a Malva el sendero que conduce al lago. No sé cómo me pasan estas cosas, pero tiendo a distraerme del mundo demasiado seguido. Más tarde, mientras dejaba la comisaría, tropecé con la razón de mi ensueño.

Recordé lo que ayer soñé. Estaba en el fondo de mi casa en el amanecer, y veía a muchas personas que entraban y se ponían a conversar. Entre ellas estaba Malva, pero apartada y con cara de aburrida. Yo trataba de acercarme a ella y sólo me alejaba. Un paso adelante significaba varios hacia atrás en ese sueño. No recuerdo dónde lo abandoné, sólo un insoportable difuminar de la figura de Malva hasta el vértigo.

El sabor que nos dejan los sueños se adueña de las impresiones del día. Nuestro carácter está dominado por las experiencias oníricas de la noche, somos caballeros o desatentos, esperanzados o tristes, osados o pusilánimes, geniales o absurdos según lo que hayamos soñado. Lo soñado nos lanza un velo, imposible de evadir, que filtra la realidad.

Caminaba hacia mi casa con el velo que me impedía asir la realidad. Mientras oscurecía, las calles vacías eran más hermosas que las conocidas y cada paso que daba extrañaba aún más mi entorno. De repente, mis ojos se humedecieron ante la ventisca fría y las hojas se reunieron alrededor de mis zapatos. Me vi súbitamente detenido por el remolino de hojas, que se alzaba hasta mi cintura. Y, mientras me agachaba para dispersarlas, fui tragado literalmente por ellas.

De la oscuridad me vi lanzado a otra calle, tal vez otra noche, donde una mansión se levantaba. La reja de la entrada, abierta, invitaba a transitar la senda circundada de arbustos que terminaba en una escalera de mármol. Mientras subía con el objeto de alcanzar una inmensa y oscura puerta de madera, en cuyo centro un león mordía eternamente una argolla resbalé.

Al abrir los ojos, la punzada en la frente era insoportable. Mi sangre brillaba en el escalón. Desde allí pude ver cómo, delante de los cactus largos del jardín delantero, dos chicos me señalaban y reían.

Iba a levantarme para enfrentarlos cuando las hojas que pisaban los chicos se izaron en el aire y volaron hacia mí, envolviéndome en el acto y devolviéndome a los verdaderos caminos de este mundo, a las calles de mi pueblo.

Por lo visto, había entrado en el ensueño bruscamente. Debo reconocer que, después, al cruzar la calle, sentí una especie de escalofrío ante un pequeño remolino de hojas que había delante de un sauce.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo que lean esa enorme novela que es Más que humano, de Theodore Sturgeon, escritor de otro género que este libro, pero que no se nota, me gusta cuando el género no se nota, precedió a Bradbury y otros admirados, pero la humanidad, la sensibilidad, y el talento de Sturgeon se lee en cada párrafo de Más que humano. Y, más que nada, gracias a la persona que me la recomendó.

El nombre del pueblo. El nombre. 5.

Dudo que logre escribir esta noche. Pero es la única manera de volver a mí. Si termino esta página tal vez recupere mi templanza; de lo contrario, estas notas testificarán mi perdición. Referiré los hechos tal como ocurrieron.

El día amaneció tan oscuro como el anterior. En el camino a la comisaría volvió a llover a raudales. Al entrar encontré a Falcón leyendo el diario. Murmuró que no le contara a nadie dónde habíamos cavado. Si los pescadores se enteraban de lo hicimos nos colgarían: la tormenta había impedido que los más valientes se embarcaran.

Falcón estaba muy nervioso y no hice bien en recordarle lo que habíamos firmado en el cementerio. Me dijo que ese papel no servía para nada y que él no era supersticioso. Dijo que lo que pasaba era extraño pero que todo en el mundo lo era. Dios sabe que iba a preguntarle por Martita cuando sonó el teléfono.

El comisario atendió y vi cómo su cara se transformaba. La voz en el teléfono sonaba aterrada y los gritos llegaron hasta mí. Al colgar, Falcón se puso el camperón que tenía colgado en la silla y llamó a un tal Marcelo, que apareció tranquilo por una de las puertas que dan a los fondos. Yo miraba azorado y no me animaba a preguntar qué pasaba. Falcón le dijo al oficial que Martita estaba en peligro. Alguien la perseguía en la calle catorce. Corrieron a la patrulla y me dejaron solo.

Estaba en el umbral de la comisaría, mirando la lluvia, escuchándola –antes de que me pusieran las prótesis auditivas no podía escucharla–, protegido de la ansiedad que el llamado de Martita me había producido gracias a la curiosidad de mi oídos, que intentaban absorber sonidos nuevos interesantes y descartar otros superfluos y molestos, como los bocinazos de los choches que pasaban, cuando el teléfono volvió a sonar a mis espaldas.

Me acerqué lentamente y esperé que algún oficial apareciera. Temo atender el teléfono porque el audífono no me permite entender bien y no sé qué contestar. Descubrí que es mejor quitármelo para mantener una conversación normal en lo posible. Aunque siempre me han dado algo de miedo los teléfonos.

Miré la habitación y me di cuenta que no había nadie en ese edificio. Me quité el audífono derecho y atendí, pero un segundo antes el teléfono dejó de sonar.

Pasé un rato largo sentado en un escalón de la entrada. La lluvia fue amainando. Las gotas habían dejado de caer cuando vi perfilarse a la patrulla. Detrás venía una ambulancia. Falcón se bajó y cuando le pregunté qué había pasado me contestó algo que no logré comprender. Volví a preguntar. “Nos la mataron”, había dicho.

Mientras bajaban el cuerpo para alojarlo en la morgue le pregunté cómo había sido. Me tuve que enterar, entonces, de los terribles pormenores.

La habían apuñalado por la espalda. La encontraron muerta junto a un teléfono público descolgado mientras la lluvia lavaba las huellas de sangre. No había rastros del asesino. Sólo puedo agregar que Falcón espera que la autopsia nos ayude.

En el vacío al que me dirijo vive la locura, que se codea con su amiga: la casualidad. Si no qué otra cosa pudo hacer que ignore para siempre lo que Martita quería decirme.

por Adrián Gastón Fares.

Kong 5. King Kong y San Valentín.

¿Cómo están? Recordé esta entrada de Kong del 2011. Increíble como fui retomando Kong cada tanto, tal vez es la única novela a la que no le he puesto punto final. Ni siquiera el nombre me convence mucho en este caso. Ya veremos. De paso vuelvo a decir cuáles son mis películas sobre ese mensajero que es el amor a veces, de esas flechas invisibles. Sin duda, El desprecio de Godard, Two Lovers, de James Gray ( esta de Gray viene con Joaquín Phoenix de regalo, más la adaptación del mismo cuento de Dostoievski -Noches Blancas- de Robert Bresson, Four nights of a dreamer; justamente lo opuesto) y mi preferida de todas, Io sonno il amore (I´m love) de Luca Guadagnino. Cuando en una película uno cree recordar una escena que nunca existió cuando la mira otra vez, quiere decir que todo está bien hecho. La metonimia y la sugerencia que nos lleva de las manos a abrir puertas a ese prado, como decía Cortázar, donde relincha el unicornio (si no se lo ha cenado el Hitler de Jojo Rabbit) PD: también Cold War, y cuantas quieran añadir. Por ejemplo Dogman, otra italiana, que bien podría ser cercana a King Kong, el querer a una bestia, o respetar a una bestia, que te encumbra.

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Kong 5.

¿Cómo va ese futuro?

Por acá te cuento que todo bien.  Este fin de semana vi King Kong, la de Peter Jackson. A mí no me gusta Peter Jackson, pero bueno, el guión de King Kong está bastante bien.

Me hizo acordar  de tus cartas, más que nada de tu nombre, o mejor dicho tu seudónimo. Se me ocurrió que el mono era la reencarnación de algún tipo que le había gustado en otra vida a la rubia y que por eso estaba tan prendido de él (esas miradas tan significativas entre la malogradaestrelladecine y el gorilagigante…) Si no es imposible explicarse por qué lo sigue hasta la cúpula del Empire State Building, si fuera un perro todavía, pero siendo un mono, bastante agresivo, asesino, me quedan muchas dudas. Las mujeres simpatizan con los perros. Los monos son bastante desagrables, mucho más parecidos a los hombres y a los humanos en general. Pero viendo King Kong, entendí que esta historia hubiera sido aprobada por Pitágoras. Es una buena historia, también, para el día de San Valentín.

No sé qué significa San Valentín, pero noté que todo el mundo está enamorado de este día. Hoy estuve haciendo la cola en Pago Fácil y se notaba que, más que nada las chicas, estaban pensando que era San Valentín, y que no podían estar haciendo una cola en Pago Facil el día de San Valentín, aunque tampoco debían saber bien qué era. La cajera estaba contenta, con un ramo de flores a un costado: sin dudas estaba pensando en San Valentín. Una amiga, me recordó que era San Valentín hace una semana, por ejemplo;  me aclaró que no le daba ninguna importancia a estas cosas, que era un invento de marketing para vender más chocolates y regalos de todo tipo, pero después me preguntó si ya había planeado lo que iba a hacer ese día. Yo ni sabía que hoy era San Valentín.

En fin, te dejo esta sutil reflexión, se me acabaron las ganas de escribir.

Me voy a hacer un revuelto de arvejas.

Saludos cordiales,
Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 4.

¡Qué día! Nunca vi llover tanto.

No entiendo por qué salí si sabía que Kaufman me iba a echar a patadas. Dos días sin presentarme. Me miró como si fuera la muerte y dijo que me quedaba sin trabajo. Gritó que yo era un tonto, un desgraciado, vago, estúpido, inservible, idiota, inútil y otras cosas más. No pienso acercarme a esa granja nunca más ni por casualidad.

Volví empapado y mientras mateaba golpearon la puerta. Me acordé del día y pensé que era Amanda. Hoy no estaba de ánimo para eso.

Pero no era ella. Al abrir la puerta me encontré con Martita o mejor dicho con su paraguas. Lo cerró mientras me preguntaba si podía pasar.

Le convidé mate y hablamos pavadas del tiempo, de la preocupación de que hubiera otro remolino de hojas. Asociamos la tormenta con la maldición. Temimos que la nube hubiera llegado para quedarse y que la oscuridad fuera eterna. Repentinamente, me preguntó si seguiría esperando a Malva. Miré sus ojos negros y no contesté. Sabía que tenía que hablar pero no pude. Entonces dijo que tenía que contarme algo importante, pero que antes yo debía jurarle que no le diría a nadie que ella me lo había dicho. Martita iba a hablar, cuando escuché unos rasguños en la puerta. Me preguntó por qué ponía mala cara. Le dije que esperaba a alguien. Que debía irse y que podía contarme eso en otro momento.

La dejé salir por la puerta que da a la huerta y le abrí la principal a Amanda. Estaba empapada e intenté no mirar sus senos que casi se le escapaban de la camisa. Hablé más de lo común: le pregunté por su paraguas. Contesto que tenía calor y que estaba bien mojarse.

Cuando se fue Amanda, me acordé de Martita y tuve una linda sensación.

Por primera vez en mi vida había entrado una mujer de verdad en mi casa. Es extraño que ella, una mujer tan delicada, ande con ese uniforme. Quiero decir que no parece una mujer para ese tipo de vida.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 2.

Falcón me invitó a reunirme con él en la comisaría para poder transcribir el manuscrito antes de entregarlo al estudio de los expertos de la Municipalidad. Dejó claro que era un favor que me concedía por mi consabido interés en el tema.

El mate que cebaba era un mate de policía. Los paraguayos largos que flotaban me dieron ganas de que la pava se vaciara pronto. Me prohibió que tocara el manuscrito antes de haber tomado, por lo menos, cinco mates. Al sexto, dijo que podíamos empezar, que su estómago ya estaba caliente.

Abrió el cuaderno, lo hojeó y me lo pasó. Señaló una máquina de escribir antigua y me ordenó que lo transcribiera. Comencé a hojear el diario y Falcón se disculpó porque tenía otros asuntos que atender. Se llevó la pava y el mate y cerró la puerta de la oficina.

No pude contener mi emoción y ataqué el cuaderno con mis dedos, que temblaban mientras corrían por la hoja. Tuve una desilusión: el diario era muy corto y no daba suficiente información sobre el carácter de Malva. En dos horas había terminado el trabajo encomendado. Las tristezas de Malva llenaron veinte hojas mecanografiadas en mayúscula. Transcribo el resumen que pensé mientras volvía a casa y que releo en mi memoria desde que llegué.

Malva relata el abordaje al bergantín San Tormes y su tristeza al contemplar cómo se alejaba de su patria. Hace referencia a nuestro pueblo y a encontrarse con gente de su sangre. Dedica dos páginas a don Hugo, su tío, el capitán del que me habló mi madre, recalcando lo bueno que era y expone las aventuras fantásticas que le contaba, en las que él era una especie de intrépido explorador. Malva creía todo esto, que le hacía olvidar su terrible destino.

Eran amables y divertidos. Malva jugaba con los dos chicos de los Gracián. Eduardo, de chispeantes ojos negros y risa contagiosa y Josefa, cuyos apacibles ojos celestes hacían recordar los de su madre y, a pesar de que una deformidad en la planta del pie izquierdo la condenaba a renquear de por vida, su carácter alegre al señor Gracián.

En el segundo día de viaje Malva jugaba con Josefa en cubierta cuando advirtió que un hombre la espiaba entre las mantas con que se tapaba para dormir. Al hombre ya lo había visto acercarse lentamente a ella y dudar en el último momento, como si quisiera abordarla pero un lazo invisible se lo impidiese. Dormía sobre cubierta como los demás y, a diferencia del resto, llevaba un extraño acompañante: un perro del que sólo se veían los pelos negros que sobresalían de la manta con la que lo arropaba. Este animal no se movía nunca. Sólo cuando el pasajero extraño lo acariciaba se oía un lastimero ronquido, una especie de gruñido agónico, que los demás tripulantes no sabían si atribuir al perro o al hombre. Después de pasarse un rato apaciguando a la mascota, el hombre agarraba un cuaderno y se ponía a escribir con inusitado fervor. Los ojos de Malva se encontraron de nuevo con los del extraño esa tarde y ella reconoció un fulgor que sólo había visto una vez: en los ojos de un violador a punto de ser ahorcado en una plaza. Cuando le confesó a su tío lo que temía, el capitán comentó que sus peores sospechas se estaban confirmando.

Don Hugo interpeló al hombre y al volver estuvo meditabundo toda la tarde. Al anochecer mi prima lo vio conversar con su ayudante. Esa noche la habitación de Malva estuvo custodiada por dos hombres a los que el capitán Hugo había dado una suma generosa de dinero. Ésta fue la causa del desvelo que mantuvo a Malva pegada a la ventanilla que daba a cubierta.

Pasada la medianoche vio que dos sombras se acercaban a los guardias y les hablaban en murmullos. No pude entender lo que decían pero reconoció a su tío y al ayudante. Al terminar de hablar el capitán se dio vuelta y fue directo a proa acompañado por los tres hombres.

Rodearon al sospechoso que dormía en cubierta con el perro y uno de los hombres le pegó una patada en el estómago. El perro chilló e intentó escaparse. Era una bola de pelo flaca con un hocico puntiagudo y uñas largas y afiladas. Malva pensó que era una rata gigante.

Los otros dos hombres, con la ayuda de don Hugo, arrojaron primero al perro al agua y luego lanzaron al hombre. Recién cuando los gritos de socorro del pordiosero cesaron, Don Hugo le explicó a Malva que era el hombre que había jurado vengarse y que estaba en el barco para matarla. Mi prima lloró toda la noche.

El diario sufre aquí una interrupción de diez días y cuando se reanuda mi prima parece otra. El relato es ahora el de una persona obsesionada con la personalidad de su verdugo. Dice que pudo sonsacarle a don Hugo las últimas palabras del vagabundo mientras se ahogaba. Fueron: ¡Seguirá! ¡La venganza seguirá!

Días después, una mañana Malva paseaba por cubierta cuando Josefa se le acercó. La cojera de la chica se había intensificado tras el incidente con el vagabundo. Los gritos agónicos del hombre le habían estropeado los nervios. Josefa sonrió y le dijo que había algo que sólo ella tenía en el mundo. Malva, como es común en estas situaciones, le siguió el apunte. Entonces se dio cuenta que la chica hablaba en serio y que creía poseer un gran secreto. Josefa quería que Malva le prometiese que si se lo mostraba no se lo robaría. Malva juró y la chica salió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno. Se lo tendió a mi prima, advirtiéndole que era de su propiedad. Malva lo hojeó.

Estaba escrito en imprenta, en letras de trazos gruesos, como si el escritor repasara las letras con el lápiz. El autor no era otro que el vagabundo.

La pluma de mi prima transcribe las palabras de ese diario. Primero nos cuenta que hizo un trato con Josefa. Si le entregaba el diario ella le regalaría un anillo. Anillo que tenía engarzada una piedra roja, tan brillante como falsa. Malva le aseguró que bajo la piedra vivía un duende, también rojo y brillante, que se ocuparía de que Josefa fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi prima se arrepintió de haber dicho lo último. Recordó que en estas promesas suele haber siempre algo de verdad, que las monedas aparecen bajo la almohada por el favor de los padres a cambio de los dientes perdidos, y que una niña que no cojea siempre puede transformarse en una bella mujer.

El vagabundo firmó una de las entradas del diario con el nombre de Castillo. El hombre contaba su vida. Era huérfano, se había enamorado de una pastora, a la que había perseguido noche y día, hasta que en una fuente le declaró su amor, al hacerle descubrir un anillo de oro posado en el fondo, que lo había arrojado él con el propósito de regalárselo. Para asegurarse un oficio y formar una familia, fue aprendiz de herrero durante cinco años. Luego describe su casamiento y el nacimiento de su hija única, a la que adoraba tanto como a su esposa. Los trazos gruesos terminaban el día que el padre de Malva mató sin querer a su hija y comenzaba de nuevo, con ligeras variaciones, como si el hombre quisiera recuperar su felicidad al escribirla una y otra vez. La letra se va haciendo más chica mientras menos hojas le quedan, hasta que es casi ilegible su repetición de su tragedia y felicidad.

En los márgenes del diario, anotaciones onomatopéyicas. Amenazas. “Te mataré, joven virgen, y todas las que me recuerden a ti conocerán el filo de mi puñal”.

Otra. Mi puñal será como los relámpagos, que una y otra vez vuelven a hundirse en la misma nube. Y la siguiente, terrible: “Polvo nuevo serás en la nueva tierra”

Malva se apiada del alma del asesino. Recuerda que era un padre deshecho por la muerte de su hija. Pero en otra página anota que la tenía preocupada la desaparición en su camarote de un retrato suyo. Cree que Castillo abordaba el bergantín en las noches y que en una de sus visitas se lo sustrajo. Más adelante escribe que guardaría su diario en una de las cajitas de oro que había en el camarote del capitán. Si algo le ocurría, entonces las personas que la esperaban en su nuevo hogar sabrían la verdad. De ahí en más, aparecen dos anotaciones.

Una describe la inesperada muerte del señor Gracián de un infarto. El cuerpo fue encontrado en cubierta y las facciones desencajadas hacían suponer que había visto algo que lo sorprendió. La otra, exhibe, con trazos apurados, los temores de que Castillo no hubiese muerto. Después, páginas en blanco.

Ahora sé quién era el hombre que vi ese día en la playa. La sangre que humedecía el puñal no era otra que la temida. Ignoro cómo pudo saciar su venganza. Imagino que habrá nadado hasta nuestras costas y allí los habrá esperado. El estuche encadenado al mástil debió haber sido la estrategia de mi prima para evitar que el fantasma de Castillo, que ella creía que entraba por las noches en su camarote para extraerle sus pertenencias, le arrebatara el diario.

Mañana hablaré con Falcón. Le pediré que me acompañe a revisar una de las tumbas del cementerio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 1.

Saccopharynx es el nombre de un pez, parecido a una anguila, que vive en las profundidades abismales de los océanos. Son casi ciegos, sus ojos están muy poco desarrollados porque viven en la oscuridad. Es raro que Don Trefe no lo tenga en sus vidrieras.

Lo descubrí hojeando una enciclopedia hace unos días y soñé varias noches que era uno de estos peces. Era insoportable tener tanta agua sobre mí y estar ciego en esa profundidad. El océano clavaba sus uñas en mis escamas para hundirme más y obligarme a otros cambios físicos relacionados con la evolución. Me volví más finito y mis ojos brillaban en la oscuridad. Luego me transformé en una ballena, grande y blanca, y sentí que me cansaba pero ya no me acuerdo.

¿Cómo será el cansancio de las ballenas?

Yo no estoy ciego. Pero me fui quedando sordo. Hace un año que el doctor López, otorrinolaringólogo, se dio cuenta del error que cometió el fallecido doctor Roitman. Decía que mi problema tenía que ver con un nivel de autismo. En cambio, mi sordera congénita era progresiva. Me pusieron unos audífonos, que bien podrían ser peces abisales por su forma agusanada.

Cuando me los quito a la noche, en mi mesita de luz, los agarres para la orejas de plástico parecen querer estirarse como si fueran la extensión de lombrices acuáticas y buscaran la manera de volver a su medio idóneo. Mis orejas.

El día que salí de la consulta, con los aparatos pagados por mi hermano Juan, repasé mi vida. Mi personalidad estuvo signada por la falta de tratamiento para mi problema. ¿Qué podía esperar en un pueblo como este? En Obel hubieran dado con la solución para mi mal mucho tiempo antes. López había consultado con médicos del pueblo para construir mi diagnóstico.

Ante el médano que tantas veces había subido, sin animarme a dar un paso súbitamente me encontré en una encrucijada. La espera fue un espejismo al que me fui acercando cada vez más. Lo sabía. Pero los espejismos son fenómenos reales. Suceden por algo. Empecé a entender quien era, a ver lo que había atrás de los médanos y no adelante.

Comprendí mi aislamiento.

Me vi de chico, en el colegio, estirando el cuello para poder leer los labios de los profesores. No entendía bien lo que pasaba alrededor. Las bromas de los compañeros. La burla de uno que me decía que me acercaba demasiado a su cara cuando hablábamos en el recreo. En las salidas con Juan y sus amigos, me abstraía mirando el paisaje. De cualquier modo, por las palabras que agarraba al vuelo, sabía que ellos comentaban sus hazañas deportivas y criticaban o alababan a determinadas mujeres.

Yo siempre en mi mundo.

¿Fui egoísta, terco, obsesivo por iluso? como decía mi hermano, Juan, como siempre decía y repetía cuando me difamaba adelante de otras personas hasta que lograba que mi mirada se clavara en otro lado, en el suelo que aún en invierno parecía menos frío que él. ¿Es por culpa de mi sordera o mi sordera una consecuencia de mi carácter?

Él me daba a entender que yo no servía para alguna cosa u la otra. Sólo para lo que a él le convenía.

Para él yo no daba resultados.

Lo tengo en claro. Aunque ya no era lo mismo para mí, seguí cruzando el médano y sentándome en la playa. Después de todo, era lo único que sabía hacer.

Y hace unos días, cuando ya no esperaba nada, encontré los restos del barco. La costumbre de repente es perserverancia.

La costumbre inútil de repente es perserverancia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 12.

Durante la noche la tormenta se disipó, y el alba descubrió a un grupo de hombres que rodeaban los restos del bergantín. Venían de la comisaría del pueblo y asentían demasiado con sus cabezas y parecían muy disgustados.

Miguel, que se había levantado al oír el primer gallo, espió tras los médanos y, después de considerarlo un momento, avanzó lentamente hasta el grupo. Pretendieron no verlo mientras se acercaba y cuando le tendió la mano, Augusto Falcón, el comisario, se la estrechó.

—¿Se cayó de la cama, amigo? —. Era un hombre alto, flaco, morocho, con la cabeza llena de rulos, que el viento fuerte apenas despeinaba. Vestía, como los tres policías, un camperón gris que le llegaba hasta la rodilla. Lo único que lo diferenciaba de los demás era su mirada, entre sagaz y burlona.

Miguel se adelantó.

—Yo descubrí esto —informó, abarcando con sus manos las cuadernas.

Falcón miró a los policías y volvió a Miguel.

—¿Y con eso qué quiere decir?

—Que me gustaría que me digan de qué se trata.

—¿De qué se trata? —murmuró el comisario y apretó los labios y volvió a pasar la mirada por los demás para concluir en su interlocutor—. De un naufragio, amigo. ¿No ve? —. Sonrió—. Y usted es el testigo que necesitamos para seguir con nuestras investigaciones.

—Si no es molestia, me gustaría ver qué hay adentro de esa cajita—dijo Miguel, adelantándose.

—Justamente, no podíamos dar ese paso sin un testigo como usted. Carlos, tómele los datos por favor.

Miguel firmó un papel y después avanzó unos pasos hacia el estuche, que seguía colgando de la madera que parecía ser un mástil y que apuntaba al cielo. El mar había retrocedido y sus zapatos se hundieron en la arena húmeda. Falcón siguió a Miguel y le tocó el hombro.

—Señor, no lo haga. Es tarea de Ernesto —Miguel se detuvo en seco.

Ernesto era un policía morocho y de baja estatura, que avanzó rápidamente hacia el mástil. Lo estuvo mirando un rato. Se dio vuelta y miró a Falcón.

—No tenemos la llave —dijo.

El comisario revolvió en los bolsillos del camperón gris que llevaba y sacó una aguja de borde ligeramente dentado, tan larga como el dedo índice que la sostenía. Miguel la miró extrañado mientras Ernesto la recibía. Al levantar la cabeza se encontró con los ojos chispeantes de Falcón.

—Bien usada es una especie de llave universal —explicó el comisario.

Ernesto, en punta de pies, introdujo la llave en la cerradura. La giro y el estuche se abrió: una caja de metal opaco, que contrastaba demasiado con la resplandeciente que la contenía, cayó y se hundió en la arena.

Los policías asintieron con sus cabezas, con aire de augures satisfechos. Falcón cruzó los brazos.

—Es verdad que es extraño, pero todo en el mundo lo es… Ernesto, si es necesario meta la lleva en la nueva cerradura.

El policía se agachó, trató en vano de abrir la cajita, introdujo la llave en la ranura y suavemente giró hacia la derecha. La tapa saltó.

En el fondo había un cuaderno con tapa forrada de cuero negro. Ernesto se levantó con el tomo en sus manos y se lo pasó a Falcón. Miguel se acercó al comisario.

La tapa tenía grabada una M dorada en el ángulo de la esquina derecha inferior. La mano de Falcón la desplazó. Quedó al descubierto una escritura de tinta negra, de letras inclinadas y redondas.

—Amigo… —susurró—. Es increíble pero la caja es impermeable.

Y cerró el libro y les ordenó a los tres policías que notificaran el hallazgo a la Municipalidad.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 11.

Los continuos relámpagos hacían brillar las maderas, negras y carcomidas, que sobresalían medio metro de la negra arena en dos filas enfrentadas. Miguel avanzó y el agua mojó sus zapatos. Se los quito y los tomo con la mano derecha, el izquierdo con el dedo índice hundido en el empeine y el derecho con el dedo medio. Iba a seguir avanzando cuando tropezó con algo y cayó. Llegó a poner las manos adelante, evitando que su frente chocara contra una madera que surgía de las cuadernas y se extendía hasta donde él había caído. Después buscó los zapatos, los encontró gracias al inesperado asomo de la luna, y se adentró en el agua hasta alcanzar la primera cuaderna.

Agachado tocó la madera, pasando suavemente la mano por la superficie áspera y teniendo cuidado de no pincharse con un clavo largo, forjado a mano. Una ola rompió cerca y el agua salpicó sus manos y le llegó hasta los tobillos. Se limpió las astillas de la palma de la mano y retrocedió para buscar un ángulo que le permitiera ver con claridad el conjunto.

Se preguntaba cuánto tenía de alto el casco de aquella embarcación, cuánto había enterrado ahí abajo, cuando empezó a llover. Los zapatos se mojaban en sus manos. Dejó caer a uno cuando vio una aguda forma negra que emergía del agua cerca de lo que debía ser la popa y lo levantó sin dejar de mirar hacia delante.

Era otro mástil del bergantín, creyó que eso era la embarcación, que surgía oblicuo al agua y apuntaba hacia él. De la punta colgaba algo que brillaba hasta en la penumbra. Avanzó a través de las cuadernas, como si éstas fueran los canteros de un jardín y marcaran el sendero que concluía en la punta sobresaliente del enterrado mástil, donde refulgía algo dorado. Chapoteaba mientras avanzaba, ya que el agua le llegaba hasta los tobillos. Vio que un estuche estaba encadenado al mástil, que llegaba hasta sus hombros, y tuvo que agacharse un poco para mirarlo mejor.

Los dos unicornios grabados en el estuche se enfrentaban en un salto.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 10.

Esa noche tuvo extraños sueños y al otro día necesitó pasear para despejarlos. Eran las dos de la tarde y caminaba cerca de la laguna cuando un hombre lo paró y le ofreció trabajo. El hombre criaba gansos y le dijo que le daría una comisión por cada uno que vendiese. A la gente del pueblo siempre le gustaban las aves, que rellenaba con nueces y pasas de uvas y aprovechaba en las sopas. Miguel sonrió tímidamente, se rascó la nariz y aceptó.

Después de leer un poco junto al lago, cortó dos cañas, que unió en su casa con hilo, y probó la cosa atando cuatro gallinas de las patas. Se mecieron en el aire y chillaron tanto que tuvo que desatarlas y dos se le escaparon. Con las que quedaban zarandeándose pasó el palo por arriba de sus hombros y empezó a gritar: “¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos”. Entonces se dio cuenta que era una pavada decir pelaos cuando él hablaba como se debía siempre. Pero sabía que lo miraban raro cuando decía la palabra sanguches. Para él sanguche era sambuche. En este caso, en el que no estaba comprando sino vendiendo, siguió imitando algo que sabía que estaba mal.

—¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos.

Más tarde fue a buscar los gansos a la granja de Kaufman, diez minutos en bicicleta hacia el sur de su casa. Kaufman era un hombre que sonreía con facilidad y que gritaba demasiado. Pelirrojo y ancho de hombros, le gustaba palmear en la espalda a toda persona que tuviera delante. Remarcaba sus palabras con esas palmeadas que harían tambalear a un elefante.

Miguel estrechó la mano del hombre, que inmediatamente fue a buscar una caja repleta de gansos pelados y la amarró con sogas en el asiento trasero de la bicicleta. Después sonrió, palmeó a Miguel en la espalda y le explicó a cuánto debía venderlos y cuándo debía traerle lo recaudado. Palmeó a Miguel nuevamente y lo miró pedalear por un buen rato mientras dudaba de haberle dado una responsabilidad. Pero tenía sus razones: el hermano del hombre se lo había pedido y no convenía desilusionar a un candidato a gobernador.

Ya en su casa, Miguel se preguntó si debía devolver o no los gansos a Kaufman. Creía que le dejaría menos tiempo para leer y que vender gansos no era algo digno. Más que nada, pensaba así porque debía gritar y la gente lo escuchaba. En cambio, cuando llevaba zapallos calladito de punta a punta del pueblo para el verdulero, otra de sus changas, pasaba desapercibido.

Estuvo apoyado con los codos en la mesa, el mentón sobre las manos y la mirada perdida más allá de la ventana hasta que se cansó de pensar y se levantó. Concluyó que ya se había aburrido de los zapallos y esto era por lo menos algo nuevo.

Ató los gansos al palo, tres empezando de cada punta, se lo pasó por encima de los hombros y dejó la tranquera camino al barrio más cercano.

“Gaaansoos, Gaaaansos, baratos y pelaos”, gritaba mientras miraba de reojo a las fachadas de las casas. Nadie salía ni nadie lo llamaba. Repetía la frase y se acomodaba en los hombros el palo, tratando de que le raspase lo menos posible el cuello. En una de las cuadras un nene jugaba pateando una pelota de cuero contra un paredón. Al verlo agarró la pelota y se metió en una casa. Miguel giró la cabeza por arriba del palo de cañas, y vio cómo una mujer lo miraba desde la puerta donde el nene había entrado.

En una esquina descansó sentado en un banco rectangular de cemento, frente a un quiosco. Un perro, gris y sarnoso, se acercó con ganas a la caña. Miguel decidió seguir caminando.

Esa tarde vendió dos gansos y volvió a su casa con la caña ladeada hacia un costado y totalmente empapado por una repentina llovizna, fría y persistente. Al otro día debía volver a lo de Kaufman para darle lo ganado, recibir su parte y cargar más gansos.

Descansó un buen rato. Después a eso de las siete, salió de su casa caminando lentamente. Le dolía el cuello. Cuando llegó al médano había dejado de llover pero tronaba y el cielo estaba tan negro que le dio miedo quedarse ahí parado. Los relámpagos se ramificaban. Eran los más largos que había visto en mucho tiempo.

Metió la mano en el bolsillo y acarició el relieve de los fríos unicornios. Subió al médano y lo bajó trastabillando y descubriendo un mar enfurecido. Las olas reventaban contra la playa. Parecían que estuvieran a punto de perderse en el revuelto azul y que, desesperadas, estiraran sus oscuros brazos para asirse a la costa.

No se sentó y contempló extasiado el espectáculo. Un relámpago estalló en el cielo, ganándole a todos los demás en intensidad y fulgor. Iluminó la superficie del mar unos segundos y Miguel creyó ver, después de la retirada de la ola, una confusa forma negra. La luz del relámpago se extinguió.

Cerró los ojos y los volvió a abrir y vio nuevamente a la cosa negra yacente en la arena.

Comenzó a avanzar rápidamente hacia el objeto, cuando un relámpago menor al anterior alcanzó para que viera que era una palo renegrido que la marea ocultaba al subir.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 9.

Al otro día caminó otra vez hasta la playa. Había sido una hermosa tarde y el sol sabía hacerse respetar en el horizonte. Casi no había viento. Sentado en la arena, miró el océano y rescató el medallón de su bolsillo. Estuvo pensativo, con las cejas arqueadas y la frente arrugada. Algunas voces llegaron hasta él. Se dio vuelta y vio cómo dos policías bajaban los médanos. Tuvo que apartar la mirada para borrar de su mente una imagen que súbitamente lo había embargado.

Su madre en la orilla, el cuerpo hinchado y las uñas oscuras. Unas chicas mirando estupefactas y susurrándose al oído. Su padre rascándose la nuca y mirando, sin ver, la arena. Los policías cargando el cuerpo. A pesar de que no había estado ahí cuando lo encontraron, siempre se veía junto a su padre en el lugar, haciéndoles muchas preguntas a los policías.

Los de ahora bajaban charlando, cuidando de que la arena no se les metiera en los zapatos. A pesar de la humedad, vestían trajes azules de pana y llevaban una gorra con la inicial R (Raimundo Demás: el primer comisario del pueblo)

Avanzaron unos pasos más allá del médano y se detuvieron bruscamente. Se quedaron mirando el mar y asintiendo y negando con las cabezas mientras hablaban.

Miguel se sintió incómodo al descubrir que lo miraban de reojo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 8.

—Hasta el miércoles, Amanda.

Se quedó mirando cómo la mujer gorda se alejaba. El sauce estaba repleto de cotorras y el perro les ladró hasta que se levantó un ventarrón y todas volaron. Amanda caminaba lentamente y el vestido se pegaba a su cuerpo y después se despegaba y se alzaba hasta dejar ver la ropa interior, y su pelo negro se arremolinaba y ella trataba de asentarlo y también el vestido. En vano porque siempre llegaba tarde a alguno.

Miguel entró en la casa, se sentó y contó los billetes que le había dejado la mujer sobre la mesa. Después caminó hasta la cocina, abrió un cofrecito de cobre y depositó la plata. Tenía mucho cambio y todo lo que había juntado le serviría para sobrevivir hasta el mes próximo.

Ese día no fue a la playa.

Cuando venía la Garzón nunca iba.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 7.

Esperaba que se hicieran las tortas fritas; el mate en la mano y la mirada lavada como la yerba que succionaba. Su madre sabía hacerlas exquisitas. Las sacaba del horno y las traía en una fuente de cristal. Recordó que cuando ella traía las tortas fritas y se sentaba a la mesa él miraba alternadamente la cara satisfecha de su madre y las manos de dedos finos y largos que se posaban una encima de la otra. Como si ella acariciara sus manos y eso fuera lo que enternecía tanto su mirada.

Succionó largo rato la bombilla, hasta que la superficie de la yerba empezó a ahuecarse. Levantó la mirada y se acercó a la cocina. Alguien golpeó la puerta.

—¿Sí?

—¡Miguel! —gritó una voz aguda.

Apagó la hornalla, cerró la garrafa y se acercó a la puerta. Algo raspaba la madera cerca del suelo. Abrió la puerta y el perro precedió a la mujer gorda.

—¿Cómo anda, Amanda?

La mujer sonreía mientras miraba a su mascota, un amarronado pequinés de bigotes largos, que se lanzó hacia la cocina y se sentó erigiendo el dorso y señalando con la cabeza el lugar donde estaban las tortas fritas.

—Y a usted, Miguel: ¿Cómo le va?

—Igual que siempre… —Miguel abrió una de las puertas del aparador, agarró una fuente de chapa, en cuyo centro destacaba el dibujo de un ramillete de flores azules, y dejó caer las tortas fritas. Después buscó un frasco de vidrio, lo destapó y las espolvoreó con azúcar. La mujer se había sentado y lo miraba. Miguel se acercó a la fuente, la apoyó en la mesa y se sentó.

—Lo extrañé —dijo Amanda mientras se levantaba del asiento y acomodaba los pliegues de su vestido rosado.

Miguel asintió y miró las baldosas bordó del piso. Levantó rápidamente la cabeza y vio que la mujer lo miraba fijo. Entonces sintió que algo lo tocaba del otro lado y se sobresaltó. Siempre le pasaba, aunque estaba acostumbrado.

El perro gruñía y le rasguñaba la camisa. Miguel le sirvió un mate a la mujer y se lo pasó. El gruñido subió en intensidad junto con los rasguños. El hombre se corrió un poco en su silla, miró al perro fijamente y después agarró una torta frita y la arrojó al suelo. El perro saltó, la engulló y volvió a subir a la silla desde donde siguió gruñendo.

La mujer no dejaba de mirar fijamente a Miguel. La mirada iba dirigida al pecho, hacia el lugar donde la camisa se abría y algunos pelos enrulados asomaban. Vio cómo las pestañas falsas de la mujer se cerraban lentamente y volvían a abrirse. También cómo los labios se desplazaban hacia delante.

—¿Vendió mucho? —preguntó Miguel mientras tiraba otra torta frita al perro. Amanda Garzón era una vendedora de cosméticos.

—No, no… mucho, no. Nos tienen envidia, Miguel. Estoy segura. Obel está moribundo, tambaléandose y no soportan a las personas de Acá.

—Por lo menos tiene nombre —dijo Miguel, sonrió para sí y miró al suelo.

—Con el nombre ése cómo no nos van a envidiar.

Miguel no agregó nada y los dos estuvieron callados. El perro zarandeaba un pedazo de torta frita en el piso. La mujer gorda levantó la mirada de la que ella comía, se limpió con el dedo índice el azúcar de sus labios, sonrió y dijo:

—¡Tampoco tienen un hombre tan buen mozo como usted! —. Y sus labios rojos se expandieron ansiosos.

El hombre siguió mirando el suelo. Como si nadie hubiese hablado jamás en esa habitación. Amanda había dejado el mate junto a la fláccida piel que desparramaba su brazo por la mesa. Miguel miró de reojo, alargó su brazo y manoteó el mate. Agarró la pava y sirvió hasta que el agua mojó el borde superior. Sorbió detenidamente y vio una hormiga colorada avanzar hacia su mano, que estaba posada cerca del mate. La aplastó con el índice y apretó hasta que la circulación se cortó y el dedo se puso rojo.

—Qué hermosos dedos tiene usted, Miguel. ¿Alguna vez se lo dijeron?

Miguel presionó menos y deslizó lo que quedaba de la hormiga hasta que cayó por el borde de la mesa. Levantó la mirada y la posó sobre la de la mujer. Sus ojos brillaban. Los gigantes senos que dejaba entrever el vértice del escote del vestido subían y bajaban. Entonces Miguel sintió que bajo la mesa algo se metía entre sus pantalones. Buscó con la vista y encontró al perro; estaba oliendo algo en el piso, lejos de él y de la mesa. Sintió otra vez algo frío que subía y bajaba por su tobillo derecho. Aclaró la garganta y tragó saliva. Iba a hablar pero vio lo que hacía la mujer y calló. La lengua estaba fuera de la boca y se movía hacia los costados lentamente. Luego, ahuecando las mejillas y haciendo sobresalir los labios, le lanzó un sonoro beso.

Entonces Amanda subió una mano por el aire, pareció saborear la vista de todos sus dedos, y la bajó hasta el escote. Metió la mano a través del vestido y empezó a frotarse mientras observaba a Miguel, que había bajado la mirada y permanecía encorvado, ahora con las dos piernas cruzadas y el brazo derecho extendido encima daba vueltas y miraba el anillo que tenía en el dedo índice. La forma tallada en la piedra negra le recordaba el ojo de una cerradura.

La mujer alborotó el escote con su mano derecha y del vestido sacó un portentoso seno que se desbordó del apriete. Después lo dejó caer y, mientras tenía los ojos clavados en la mirada esquiva de Miguel, siguió bajando la mano. Empezó a suspirar levemente. Pronto los suspiros estallaron en jadeos. Miguel levantó la vista y vio cómo la mujer sacaba la lengua y la movía hacia atrás y delante. Después siguió mirando el anillo mientras escuchaba toda esa respiración.

Se sobresaltó cuando algo lo tocó en la espalda y se dio vuelta para encontrar al pequinés con las patas anteriores en el borde de la silla. El animal tenía la lengua afuera y respiraba con esa intermitencia desesperada de los perros mientras raspaba a Miguel con una pata.

Le tiró la última torta frita.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 6.

En el pueblo sin nombre había un barrio pobre donde las casas eran bajas, grises y todas bastante parecidas. De cemento, cuadradas, no tenían ningún atractivo más allá de su desconcertante uniformidad. El barrio de los adinerados era un poco más vistoso. Como la de Juan Vergara, ahí las casas tenían jardines y techos a dos aguas cubiertos de tejas brillantes.

A unas veinte cuadras de la vivienda de su hermano menor, justo donde el pueblo empezaba a confundirse con el campo, vivía Miguel en una casa cuadrada de cemento a la vista.

Cerca de su casa empezaba la avenida que, cruzando todo el pueblo, llevaba a la calle comercial o principal: un camino de tierra ceñido de elevados y frondosos sauces. En otoño, cuando se levantaba una ventisca, era imposible avanzar por el camino porque las hojas se abalanzaban sobre uno hasta cortar la visión.

Siempre que había un temporal, los pobladores no salían de sus casas. Dos otoños atrás un niño y un anciano habían muerto ahogados en un torbellino de hojas. Los lugareños temían estas inclemencias del tiempo, que arruinaban sus esfuerzos con tractores, azadones y rastrillos y suspendían sus incursiones marítimas en busca de langostas, tiburones, corvinas y rayas.

Los pescadores aprovechaban la demanda de Obel, el pueblo vecino que, alejado de la costa, dependía tanto del pueblo sin nombre que sus envidiosos pobladores lo odiaban. El excedente iba a parar a las dos pescaderías de la calle principal. En esa calle había también dos carnicerías, tres verdulerías, una mueblería, dos tiendas de vestir, dos jugueterías y un teatro, que hacía las veces de cinematógrafo. Las tiendas más pintorescas eran las jugueterías de don Trefe, un pescador jubilado, obsesionado con los juguetes con forma de pescado. Una de sus vidrieras estaba decorada con horribles muñecos de peces abismales de alambre que rodeaban a un pulpo gigante de trapo, de ojos saltones pegados al vidrio y largos tentáculos —de la punta de cada uno colgada un muñeco—, que atemorizaba diariamente a los chicos. Don Trefe era, además, dueño de una ostentosa panadería, de piso de cerámica rosada con rombos negros y dos columnas con cariátides en las que había mandado a esculpir el rostro de las dos mujeres a las que había sobrevivido. En esa panadería don Trefe vendía sus famosas fresas italianas preparadas para comer —pan duro salpicado con aceite, orégano y con dos rodajas de tomate— con las que se ganaba a sus clientes.

Frente a la panadería estaba la estación de servicio que tenía dos surtidores, amarillos y oxidados. Y más allá la rotonda donde habían construido la plazoleta en el medio de la cual se erguía el cartel con la inscripción: Bienvenidos a —es evidente que los primeros pobladores pensaron que habría un nombre. Acompañando al cartel, apoyada dentro de un cantero de cemento repleto de piedras marinas, se erguía la pequeña ancla que completaba el humilladero. Era uno de los restos de la embarcación que hacía ciento cincuenta años había chocado contra la Lengua, así llamaban los pobladores a la escollera que se adentraba doscientos metros en el mar. Perpendicular a la calle comercial, enfrente de la plazoleta, corría la avenida de médanos que separaba a la playa del resto del pueblo. Si lo recorríamos empezando por el mojón de la plazoleta, pasando por el centro comercial, cruzando la avenida De los Sauces, llegábamos a la plaza principal —única—. Allí, la Municipalidad compartía edificio con la escuela. El primario y el secundario se daban de mañana y pasado el mediodía comenzaba a atender Ester, coqueta —para algunos pintarrajeada— secretaria, que se ocupaba de los impuestos y de delegar los demás asuntos a los empleados. Del otro lado de la plaza principal y única, estaba la comisaría. Allí mandaba el comisario Falcón a veinte suboficiales tan leales y honestos como ineptos.

Formando un triángulo equilátero con los dos edificios mencionados, cuyo relleno era el espacio faroleado e infestado de árboles llamado “la placita”, se levantaba la iglesia. Mezcla de estilo románico y gótico, conservaba unos interesantes ventanales coloreados que contrastaban con la precariedad de la fachada, de barro cocido. El pantocrátor era una escultura de hierro, informe, caprichosa, un Cristo que más que bendecir parecía sojuzgar. En los entreveros del hierro anidaban las palomas. Don Ramón, el cura que vivía en la iglesia, prevenía siempre a sus feligreses de la comparación con el Cristo entreverado y decía que el verdadero era un tipo común, que hacía tiempo vivía en el cielo pero pensaba en la tierra. Nadie entendía en verdad lo que el cura quería decir y disimulaban con rezos. Lo cierto es que, gracias a las digresiones teológicas de Ramón, cada vez había más tablas vacías en la iglesia. Las que se ocupaban eran las del cinematógrafo.

Párrafo aparte merecen las fiestas, a las que se acercaba casi todo el pueblo. Frente a la iglesia se armaba un escenario con unas tablas y desde allí se daban discursos y organizaban juegos ecuestres y bailes. En realidad, el pueblo tenía fama de anticuado. Hábilmente los pobladores de Obel habían alimentado este mote para contrarrestar su inferioridad en recursos naturales.

Hay que decir que no había mucha imaginación en el pueblo sin nombre y que todo era parecido. Por ejemplo, veíamos un almacén entre la comisaría y la Municipalidad sobre una vereda elevada; subiendo unos derruidos escalones nos encontrábamos con una puerta de madera de dos hojas, más arriba un cartel de madera que decía Almacén en talladas letras con firuletes, y más arriba todavía un farol. Al mirar a los costados, veías las paredes amarillentas, sucias y con grietas llenas de telarañas, más allá una ventana alta y larga, con rejas que parecían formadas por un rejunte de flechas de metal. Si antes de entrar te dabas vuelta sobre el último escalón, entonces veías al mismo almacén del otro lado de la plaza; si eras un viajero te acercabas extrañado y confirmabas los mismos escalones, el mismo cartel y farol y las mismas paredes y grietas con telarañas parecidas. Nadie sabía quién había imitado a quién. Sí sabían quién había copiado al pulpo de don Trefe, una réplica chica y desgraciada —no asustaba— podía verse en una juguetería apartada del centro comercial.

La falta de variedad se notaba también en la elección de los vehículos. La mayoría eran lentos, rojos o blancos, y de faroles grandes. Las bicicletas los aventajaban siempre.

En verano había una banda de adolescentes que le gustaba correr picadas con sus bicicletas por el centro comercial hasta la laguna ubicada a dos kilómetros de la plaza. Si los veían quienes iban en coche ya sabían quiénes eran y les cedían el paso. Después de bañarse, los chicos se tiraban en el pasto y miraban desde ahí a las aves zancudas negras, parecidas a los cisnes pero de una familia sin nombre, que de vez en cuando sumergían las cabezas en el agua.

Más tarde los chicos volvían pedaleando y se separaban en el cruce con la avenida De los Sauces. Por lo general, cuando esto pasaba las estrellas ya se animaban en el horizonte y si esperabas un rato se hacía de noche y no podías levantar la vista sin empacharte de puntitos blancos. Y si te quedabas un rato ahí parado, entonces podías escuchar como en un sueño un tintineo metálico y después ver acercarse algo negro que pronto sería un buey, un cabestro envejecido y triste pero siempre conforme con su cencerro ladeándose de un lado a otro. El dueño lo dejaba pasear a aquella hora y podías mirarlo hasta que se esfumaba en la oscuridad.

Y si desandabas un poco el camino de los chicos y pasabas la noche en la plaza, con la cabeza descansando en el regazo de la hija del verdulero por ejemplo, o en los brazos de doña Alberta, siempre amable con los jóvenes —incluso los de corazón, decían—; o si estabas solo, expectante entre las mil sombras de la luna y hamacado por susurros, acodado en uno de los siete bancos, podías ver cómo los gatos jugaban en el pasto; si había uno negro no podías darte cuenta si era la noche la que lo tragaba lentamente o si era la forma oscura del gato la que te ensombrecía con todo lo demás.

A esas horas Miguel ya había vuelto de la playa y se escabullía en su casa. Le temía a la noche y raramente salía solo después de las ocho. Creía que en la oscuridad todas las cosas se multiplicaban sin orden; eso lo aterraba. Imaginaba que estar despierto después de determinada hora era mortal. Sabía que el poder de todos sus libros, que eran pocos, se desvanecía después del atardecer. Estaba seguro que pasado cierto límite de oscuridad, cuando las cosas negras eran la noche y la noche era lo negro, si no dormías el sueño tenía sus guardianes que venían a buscarte donde quiera que estuvieras, en la playa, en el campo o en la plaza, y que entonces estabas perdido: si te atrapaban vivirías eternamente un sueño.

por Adrián Gastón Fares.