El nombre del pueblo. El pueblo. 5.

Cuatro hombres esperaban sentados en el mejor restaurante del pueblo sin nombre. Como el pueblo, tampoco tenía nombre. En el cartel decía simplemente: Restorán.

No era un pueblo recién establecido. Sin embargo, nunca había tenido nombre. Al principio, nadie se había preocupado por dárselo. Los pobladores lo llamaban “acá”, “este pueblocho” o, a secas, “donde vinimos a parar”

Hacía unos años —y éste era uno de los asuntos en los que se había lucido el partido político al que pertenecían los reunidos— una familia había decidido dejar sin nombre a su primogénito. Sus vecinos los imitaron y tampoco nombraron a sus hijos. Luego, muchos lo hicieron a modo de protesta contra la gestión del señor Schlieman. Un grupo de vecinos se juntaba en las plazas para gritar que su descendencia llevaba el nombre del pueblo, o sea ninguno. En adelante habría mayor justicia ya que cada persona valdría por sus actos.

Entonces fue cuando Mariano Percusi, el fundador del partido “Trabajadores unidos de acá” y opositor de Schlieman, dio su discurso memorable. Los sublevados reconocieron su error y empezaron a preguntar nombres. Sin embargo, muchos de los detractores de nombres nunca se preocuparon por nombrar a sus hijos y cuando estos alcanzaron la mayoría de edad debieron bautizarse por sí mismos. En el restaurante se encontraba, ya que formaba parte del partido “Trabajadores unidos de acá”, uno de los innombrables de antaño. Cuando tuvo edad suficiente eligió llamarse Alberto.

Señaló a Juan que cerraba la puerta y, enemigo del bochinche, dejaba caer suavemente la cortina metálica. La conversación mantenida amainó y el silencio esperaba el comentario del recién llegado.

—¿Y…? —preguntó Mario Cardone.

Era el dirigente del partido, un hombre que distribuía su gordura en un metro cincuenta, rostro mancillado por cicatrices que nunca nadie sabía cómo se las ganaba y muy callado. Sólo hablaba para señalar errores. Hacía dos años que Cardone había invertido tiempo y dinero para impulsar la candidatura a gobernador de su querido amigo Juan Vergara.

—No hay caso, no quiere saber nada —contestó Juan bajando su cabeza como si súbitamente le pesara más.

Mario enrojeció y mordió una pata de pollo con avidez. El Ruso apoyó el vaso, se limpió la boca con la servilleta y dijo:

—No puede ser.

—¿Por qué no se olvida del asunto? —dijo Iván, un tipo de mucha gomina y poco pelo.

—Va porque para él es una especie de ritual, como para otros ir a la iglesia —dijo Juan.

—Che, no compares… —recomendó el Ruso.

Mario siguió comiendo, mirando de vez en cuando fijamente, pero con ojos serenos, a los que lo rodeaban.

—Piensa que ella va a aparecer un día —dijo Alberto.

—Tiene esa esperanza —murmuró Juan.

La cortina metálica de la puerta de calle estaba compuesta por abalorios de varios colores, que formaban en el medio el dibujo de un pavo real de cola desplegada. Cuando alguien entraba el pavo real desaparecía y los abalorios se entrechocaban produciendo un irritante sonido. Como en aquel momento, cuando apareció una rubia acompañada de un joven apuesto que había dejado el partido hacía un tiempo porque estaba disconforme con la presidencia de Cardone. Toda la mesa se dio vuelta para mirar con envidia al joven y con admiración y deseo a la esbelta muchacha.

Juan pidió un whisky. Mientras humedecía sus labios pensó que en el pueblo todos estaban locos. Apoyó el vaso en la mesa y preguntó:

—¿No estarán todos locos Acá y le echamos la culpa a mi hermano?

—¿Acá-acá decís? —preguntó Alberto.

—En este pueblo.

—Aburridos, pero locos no —interrumpió el Ruso.

—Preguntaba porque en Obel dicen que en los demás lugares no son así. Que acá todo es distinto.

El Ruso se quedó pensando y después dijo:

—Es que somos particulares.

Alberto levantó la cabeza:

—Ahí tenés un nombre para el pueblo: “Bienvenidos a Particular”… Si el proyecto del nombre sigue adelante yo abogo por ése.

Mario miró fijo y sereno a Alberto. El que una vez no había tenido nombre pestañeó varias veces. El Ruso, que siempre decía las cosas obvias que a Juan no le interesaba decir, se levantó y declamó:

—La gente quiere un nombre. Está con nosotros. Estoy seguro que Juan va a ganar. Y para ayudar a que eso pase estamos hoy acá. No se trata de poner el pecho nada más, sino de hacer las cosas con seguridad, dedicación y… amor. Vamos a ayudar a este pueblo a encontrar su identidad. Juan será el gobernador de un pueblo digno, con un nombre y un futuro.

Todos aplaudieron, salvo el aludido que seguía pensativo, acariciando una servilleta, como si quisiera escribir en ella una palabra.

por Adrián Gastón Fares.

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