Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 1.

  1.

Por suerte yo, entre la carrera y el trabajo, en el que no hacía mucho la verdad, tenía textos o llamadas para estar ocupada, y enseguida olvidaba algunos detalles de las largas conversaciones con Elortis. Si no, mientras él me escribía sin parar, yo chusmeaba mi red social, o hablaba con mis amigas. También conversaba con Augustiniano y con otros amigos que íbamos conociendo en las salidas. Igual, Elortis lograba captar mi atención cuando decía que había escuchado por la calle o en algún negocio a la canción de Madonna o Ricky Martin que me gustaba, como diciendo que lo habían hecho pensar en mí —a ti que juegas a ganarme, cuando sabes bien que lo he perdido todo, era el subnick que yo usaba durante nuestras primeras conversaciones, creo, aunque ya no me acuerdo bien, que en referencia a mi ex; después usé mucho tiempo: te pido que me acompañes a cambiar de aire, pero bue… También me gustaba cuando hacía esos comentarios medio esotéricos y le prestaba mucha atención cuando hablaba de Baldomero porque me hacía acordar a los sentimientos encontrados que yo tenía hacia mi padre. Tengo que admitir que muchas veces me conectaba para hablar con él nada más o, mejor dicho, para que él hablara.

A veces se acordaba de Andrés, su trabajo de asistencia social. Ahora debía rondar los treinta, pero cuando lo conoció era un chico muy callado y reservado. Como Andrés no salía nunca de su casa y tampoco hacía amigos en el secundario, que recién había empezado, sus padres decidieron que necesitaba ayuda para salir adelante. En realidad, Baldomero le había conseguido el trabajo de asistente social de este chico porque hablaba con la madre cuando iba a comprar a la feria de la avenida Córdoba llegando a Callao. Andrés estaba enamorado de la hija del verdulero, pero cuando la chica se acercaba a hablar con su madre él no sacaba la vista del piso, y si decía algo tartamudeaba. Baldomero era buen observador, y le recomendó a la madre que le pusiera un tutor a su hijo, que se veía que era muy inteligente para su edad y tenía problemas de adaptación.

A Elortis le cayó del cielo este trabajo, aunque al principio lo odiaba porque a él le pasaba lo mismo que a Andrés; se sentía solo y apartado del mundo que lo rodeaba y tenía serios problemas para comunicarse con las mujeres en aquel entonces. Llevaba a Andrés a bares donde se sentaban a hablar de cine, música y libros. Aunque, en realidad, al principio rara vez hablaban. Elortis mostraba un libro que había conseguido en la librería de viejo a la que iba una vez por semana por lo menos, dejándolo sin ganas arriba de la mesa, y Andrés se limitaba a asentir con la cabeza, o a lo sumo a darlo vuelta y leer la contratapa. Elortis encontraba libros tan necesarios en ese momento, que llegó a pensar que alguien le dejaba esos libros apenas usados, casi nuevos, para él. Sin embargo, nunca le gustó hablar de estas cosas, no tocaba el tema con aquel chico y tampoco lo haría conmigo, me dejaba en claro. Con Andrés, después se dedicaban a mirar a la gente pasar. Tenían identificados a unos cuantos, decía Elortis, con horror, al darse cuenta que podría haber heredado la supuesta vocación espía de su padre que recién ahora, tantos años después, venía a descubrir.

Andrés parecía antipático, parco y antisocial pero pronto te dabas cuenta que era una máscara que usaba porque los demás se reían de lo ingenuo que era. Miraba el mundo de reojo pero captaba más que los que miraban de frente. Esos pensamientos que acumulaba, soltados muy de vez en cuando, lo convertían en una persona tensa pero pacífica. Su secreto era que hablaba nada más para decir las cosas que le gustaban mucho y tenía miedo que a los demás le parecieran estúpidas. Para Elortis, tenía la gracia de la torpeza hasta cuando agarraba un vaso de gaseosa y lo chocaba contra sus dientes superiores antes de inclinarlo más para tomar. Su cara estaba siempre impávida, pero por debajo de la mesa no dejaba de mover los pies. Tomaba vitaminas y un suplemento de magnesio; decía que era necesario para fijar su alma al cuerpo, para aplacar los nervios y evitar los ataques de pánico que sufría por las noches.

Para Elortis debía tener razón, porque usaban el polvo de magnesio en el gimnasio para agarrar con firmeza las pesas. Andrés sabía, por un experimento escolar, que los soportes metálicos de los sacapuntas eran de magnesio y que tenían la función de proteger la hojita de acero de la oxidación. Aparentemente el contacto entre dos metales hacía que uno protegiera al otro, en este caso el que liberaba hidrógeno era el soporte de magnesio; te dabas cuenta cuando lo sumergías. En fin, los dos llegaron a la conclusión que las burbujas no sólo señalaban la oxidación a la que se exponía el magnesio para resguardar al acero sino que también eran las imágenes más claras del paso del tiempo.

Con este tipo de charlas pasaban sus tardes. Algunos días Andrés brillaba más porque se notaba que estaba enamorado de alguna compañera. Aparecía con la mochila más pesada que de costumbre, la dejaba en el piso y sacaba los cantos de Leopardi, por ejemplo, o una antología de poemas chinos amorosos, o una selección del primer Rilke, y los dejaba reposar, uno sobre otro, en la mesa para que Elortis comentara algo. Con el tiempo, empezó a hablar más y Elortis descubrió que también tenía debilidad por las castañas de ojos claros, que era una compañera con estas características la que le gustaba, y que no se animaba a hablarle porque el único amigo —no se daba con ningún otro, aparte del preceptor— que tenía en el colegio andaba atrás de la misma chica. Vivía en un mundo de lealtades mosqueterianas. Y también cristianas, que eran las que, para Elortis, lo tenían más confundido. Andrés creía que no escuchaba nada de los sermones de los curas del colegio al que iba pero en realidad todo quedaba grabado en su cabeza.

Un día los compañeros lo habían perseguido para darle una manteada; Andrés se encajonó contra una esquina con los brazos estirados y las manos en la pared, como si estuviera esperando que unos policías lo revisaran, y les ordenó que hicieran lo que tenían que hacer. Por un momento quedaron estupefactos, se rieron, y después cumplieron con su objetivo. Según Elortis, al que se la había mostrado en el encuentro semanal, la espalda le había quedado deshecha. El chico tenía ese tipo de comportamientos, de entrega desinteresada que no podía evitar. ¿Yo le gustaba porque le recordaba a su querido Andrés?; me lo pregunto nada más. Los colegios católicos sacan  personas iguales a veces. A mí cada tanto me daban ganas de dejarlo todo para hacer caridad; se lo  había dicho a Elortis.

El gran desengaño de Andrés con el catolicismo tenía que ver con un acto impulsivo. Una mañana, en que súbitamente le había faltado el aire, corrió de un manotazo la hoja de la ventana del aula, con la mala suerte de que se salió de la guía para caer, desde los tres pisos, a la vereda del colegio. Al asomarse, los chicos presentes vieron a un hombre parado a un lado del marco metálico, sorprendido por haberse salvado de recibir el objeto en la cabeza. Andrés se quedó esperando, junto a sus compañeros, a que fuera a buscarlo algún tipo de ley divina, porque sabía que actuó por bronca acumulada, o, más excusable, por algún problema perceptivo que no le dejaba escuchar el deslizamiento de la hoja, le había contado a Elortis una vez que tomó confianza.

No había aguantado el recreo, el patio lleno de chicos y chicas que parecían que se fijaban en él para reírse, entonces había vuelto antes al aula, a quedarse tranquilo ahí, y esperar que volvieran los compañeros, tal vez cruzaba a la chica que le gustaba, pasaba algo inusual, pero cuando los demás empezaron a entrar, le agarró esa falta de aire, de percepción, que lo llevó a querer abrir la ventana. La cosa es que una vez que la hoja cayó, no apareció ningún superior y todos corrieron hacia las escaleras, algunos para desentenderse del incidente, y Andrés para encontrarse en la entrada con la directora, una monja brasileña que era una maravilla de las relaciones públicas, se disfrazaba y bailaba en las fiestas del colegio. Pero en ese momento estaba agarrándose la cabeza. Venía de rezar en la capilla para agradecer que Andrés no había matado a nadie (poco tiempo después la monja sería acusada de abusar de otras monjas, tristemente)

Lo suspendió por lo que restaba de la semana. Gracias a ese incidente, pondrían rejas a las ventanas del colegio que, casualmente, sería el mismo al que iría su hijo Martín. De ahí en más, a su amigo Andrés le quedó una especie de renuencia a actuar, un miedo que lo trabajaba por dentro, y un resentimiento hacia las instituciones, más que nada la católica. Al chico le había molestado que un representante de la religión que le enseñaba a poner la otra mejilla lo tratara de manera tan dura. Elortis notaba que su amiguito no tenía tan claro lo que había pasado.

En el bar, cuando Andrés se abría a él, no paraba de relacionar los hechos y nunca llegaba a ninguna conclusión. Elortis prefería los días que el chico aparecía con el carácter meditabundo habitual, y se quedaba callado mientras tomaba el café con leche. Entonces aprovechaba el silencio y le contaba de Miranda, del vacío que sentía, como si se hubiera olvidado algo, cuando volvía de la facultad a su casa y la encontraba esperándolo en la puerta, ¿no sería la sensación de haber dejado pasar algunas chicas que le gustaban de la época en que tenía su edad? En aquella época, enfrente de Andrés y su café con leche, sacudía la cabeza mientras hablaba, como terminando de borrar las realidades paralelas que se le ocurrían.

Elortis me aclaró que una cosa era negar con la cabeza por una ocasión perdida, pero hacerlo por un infortunio era uno de los peores síntomas que se podían encontrar en una persona, como si al hacerlo cavara en el aire, separando las partículas flotantes, su propia tumba. Por ese entonces lo había observado en un amigo de Baldomero, un profesor que murió poco tiempo después de jubilarse. Tal vez afectado por este suceso, por este hombre que visitaba su casa los fines de semana y que por algún motivo un día decidió empezar a sustraerse de la vida con ese movimiento, casi imperceptible por momentos, de la cabeza, siempre le había aconsejado a Andrés que hiciera un esfuerzo por abrirse a los demás, por contar las cosas que le pasaban y no guardárselas, por convertirlas con el tiempo en inofensivas pavadas, en derrotas pasajeras. Era más fácil empezar de chico.

Quería, por estúpido que pareciera, que Andrés fuera más avispado que el joven Elortis —lo que después intentó hacer, sin mucho éxito, con Martín—  y se largara a conquistar a las mujeres que le gustaban. Y tratando de salir un poco de lo teórico, le parecía que sería útil que Andrés debutara con alguna chica, eso alejaría falsos ideales de su cabeza y lo pondría en acción, aunque no pensaba ayudarlo con el tema. Si Baldomero se enteraba que Elortis aconsejaba de esa forma al hijo de su amiga lo hubiera desheredado.

Como le había prometido a Andrés que lo ayudaría a buscar una chica parecida a la de la película, empezó a sugerirle algunas que pasaban por la vereda del bar. A su joven amigo ninguna le gustaba, le encontraba defectos a todas; no se parecían ni remotamente a la gitana de ojos claros hollywoodense. Hasta que una vez Elortis se encontró con la misionera, justo cuando cruzaba la calle para entrar al bar donde lo esperaba Andrés. Sólo intercambiaron algunas palabras triviales; Elortis sabía que ella seguía enganchada con el estudiante de medicina. Cuando finalmente entró al bar, encontró a Andrés impresionado, buscando las palabras adecuadas para decirle que lo había visto mantener una conversación con el doble de la chica de la película. Este episodio terminó de sellar su amor por la misionera. Pero a la vez no quedó ninguna duda de que ella tenía a otra persona en la cabeza. Andrés lo alentó a olvidarla y a que tratara de ser feliz con Miranda; además tenía que acordarse que tenía un hijo que lo necesitaba.

Elortis le terminó contando la historia de Miranda y el tío Oscar, que ahora juraban ser sólo amigos, o mejor dicho parientes, y Andrés mantuvo un extraño silencio. Tal vez había llegado a la conclusión de que Elortis no era la persona adecuada para hacerlo más sociable. Después de esta confesión, Andrés empezó a faltar a los encuentros, y más adelante la madre lo llamó para avisarle que dejaría de ser el asistente social de su hijo porque había notado algunos cambios; Elortis no supo si para bien o para mal, pero las veces que se cruzó con el chico lo encontró más canchero, lo miraba como si él fuera un mamarracho del pasado, uno de esos profesores torpes de los que, sin embargo, aprendíamos algo elemental.

por Adrián Gastón Fares (2011)

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