Intransparente. Primera Parte. Capítulo 6.

6.

 Por fin empezaba a sincerarse conmigo, a mostrar sus debilidades, y a contarme las situaciones que lo habían llevado al estado de indecisión en que se encontraba. La acusación contra Baldomero molestaba, pero en el conjunto era menos importante de lo que parecía; me da la impresión que a Elortis no le preocupaba tanto el pasado, sino que no sabía cómo encarar la vida por las dudas que le producían las personas que lo rodeaban. ¿Iba a seguir hundiéndose en terreno pantanoso? Ahora conocía a pocas personas, y se quejaba de que la única que le importaba podía ser, tranquilamente, un mono, un travesti, o un agente de la CIA, vaya a saber quién lo interpretaba adelante de la otra computadora.

Yo tenía todo el tiempo del mundo para conocerlo y no me preocupaba que empezara a mostrar signos de querer trasladar a otro ámbito nuestra relación. Me eliminó un par de veces para evitar hablarme y ahí sí me asusté. No lo vi conectado por unos cuantos días. Le escribí para saber por qué estaba tan desaparecido. Al otro día se volvió a conectar y nos quedamos hasta las cuatro de la mañana. Averigüe el lugar en que nació, la hora exacta, y por supuesto, el día. Le explique que estos pormenores eran para calcular nuestra sinastria. En una página de Internet cargabas estos datos personales de una pareja. Obtenías como resultado la comparación de las cartas natales y la compatibilidad de la unión según en qué casa estaba el sol cuando nació cada uno. Algo así. Resultó que, a pesar de que nuestros signos eran opuestos por naturaleza, nuestra sinastria auguraba una relación llena de entendimiento, un choque promisorio de influencias planetarias, que se convertiría en un estímulo para su trabajo creativo. A su vez, Elortis promovería en mí los pensamientos espirituales y profundos típicos de mi signo. Aunque podía haber roces; nada que la paciencia y la compresión mutua no pudieran solucionar.

A Elortis le gustaron mis preguntas. Puso que se sentía bien conmigo. Yo le mandé una carita sonrojada, seguida de otra pestañeando.

Que descanses y sueñes con los angelitos, adiós, nos hablamos.

En el próximo registro leo que para matar el tiempo se dedicó a grabar con su propia voz algunos de los poemas de Ricardo Zelarrayán y un par de cuentos de Chesterton. Me lo imagino leyendo en voz alta en la soledad de su departamento, no tan lejos de donde yo vivía con mi madre. Por ese tiempo, me llamaba maestrita irónicamente, y a veces maestrita cabeceadora. Estas referencias le gustaban a él nada más.

Un día Augustiniano me fue a buscar a la facultad y me encontró sonriendo frente a la computadora del centro de cómputos. Desde ese día en adelante, fue el único que supo de Elortis y lo odió para siempre. Los celos que tenía Augustiniano eran enfermizos, en su mente Elortis era un perverso que quería aprovecharse de mí supuesta inocencia. Y como le conté la historia bastante completa, pensaba que mi amigo quería redimirse conmigo de la desilusión que le había dado su ex novia al brindarse antes a su tío. O, tal vez, peor, su plan era usarme para vengarse de la sociedad, al andar con una chica mucho más joven, casi una adolescente, igualito que el tío Oscar. La víctima pronto se convierte en victimario, más si no tiene suerte, afirmaba Augustiniano, y así crece la perfidia en el mundo.

Pero mi medio hermano exageraba; también veía con malos ojos que yo mantuviera conversaciones con otros amigos, mi argumento de que lo hacía para conocer mejor el carácter general de los hombres no lo convencía. Al igual que a Elortis; ahora me doy cuenta que los dos en el fondo eran muy parecidos.

Les gustaba tirar de los hilitos que colgaban de los pensamientos prefabricados de la gente. Yo estaba preparada para vivir, no andaba levantando las piedras como ellos para ver qué bichos encontraba abajo. Observar, describir e investigar los ecosistemas que hacían posible la vida en la tierra no era lo mío. Elortis afirmaba como su padre que no creía en los signos; sin embargo, los buscaba día y noche, se la pasaba haciendo eso en vez de disfrutar la vida de otra manera. Releía a Aristófanes y creía con Mnesíloco, y con su padre, que nos habían hecho en forma de embudo los oídos —¡un laberinto!, Elortis— para que la realidad fuera inaprensible.

Después de leer un poco de Las Tesmoforias para darle el gusto a Elortis, le comenté a Augustiniano que yo debía ser una especie de Eurípides pero a la inversa, una infiltrada, haciéndome amiga de un hombre maduro, entre comillas le aclaré, para conocer las vueltas del pensamiento masculino. Pero cuanto más conversaba con Elortis, más me daba cuenta que los hombres no tenían ningún misterio, o tenían menos que las mujeres, ellos eran los descifradores y se pasaban los días en las nubes. Hasta él reconocía que eso de que la mujer era una esfinge sin secreto sólo podía haber sido dicho por alguien que no se sentía atraído realmente por ellas como su querido Oscar Wilde.

Ya que Elortis me enseñaba algunas cosas, yo lo retribuía aconsejándole sobre los productos de limpieza que le convenía comprar en el supermercado (él también me recomendó un negocio chino donde comprar pastas integrales, jengibre y tofu entre otras cosas, aunque yo prefería las hamburguesas: para qué dietética, siempre fui flaquísima, una morocha lánguida para Elortis, de esas que nada más existen en nuestro país) y le sugería pubs o boliches con onda, para sus salidas con Romualdo, donde encontraría personas de todas las edades.

Antes Elortis tenía una amiga con la que hablaba diariamente como conmigo y se le ocurrió presentársela a su amigo para que se divirtiera un poco. Romualdo agarró viaje y terminó de novio con la chica. Elortis cortó las charlas porque de ahí en más prefería que fuera la novia de Romualdo y no su amiga. La chica se enojó. En uno de los cumpleaños de Romualdo ni siquiera lo saludó. Miranda, con la que todavía estaba de novia en ese tiempo y había ido con él a la fiesta, quiso saber por qué Romualdo no se las había presentado. No convenía armar parejas entre amigos, sugiere.

Más allá de este episodio desagradable, él respetaba a Romualdo y lo tenía por un amigo alegre y fiel, de esos que da gusto tener. Tenían códigos entre ellos que no compartían con los demás. Yo con mi amiga Agos, igual.

Cuando Elortis volvió a pedirme que nos viéramos, le pregunté si no le molestaba que fuera con ella. También lo cargaba con mi supuesta ambigüedad sexual, como si me gustaran las mujeres y por eso fuera imposible que me interesara alguna vez por él. Elortis se reía un poco con estos juegos pero enseguida se hastiaba. Algunas bromas, esas que se hacían para evadir un asunto, no le gustaban. La ironía para él era una epidemia. Sólo lo patético lo convencía y lo hacía reír espontáneamente porque iba directo al grano.

Cada tanto algún periodista lo llamaba para invitarlo a un programa de chimentos y matar dos pájaros de un tiro: que hablara de su programa y a la vez diera su versión sobre el caso Baldomero Ortiz, profesor emérito y facho. Lo bien que le hubiera venido aceptar esa plata, me decía. Pero en vez de dedicarse a algo que aumentara sus ingresos se la pasaba buscando personas que hubieran tratado a su padre. A muchos los encontraba de casualidad. Él decía que no podía hacer varias cosas a la vez y que ahora tenía que ocuparse de ver si su padre había sido un agente civil de la dictadura, o un profesor controvertido, diletante, lengua larga, provocador; o todo junto.

por Adrián Gastón Fares.

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