Intransparente. Primera Parte. Capítulo 5.

5.

Pero bueno, ahora debería contarles otra cosa, lo que me andaba pasando a mí por esa época. Elortis trató de sonsacarme algo, pero sólo recibió noticias de mi desencanto hacia la pareja que me había traído al mundo. Tantos cuidados de mamá y  charlas sobre la vida con papá. Y mojate los dedos en agua bendita, nena. ¿Para qué? Ahí estaba yo empezando a digerir las dos enseñanzas más consistentes de mis padres: la mentira y la simulación.

Baldomero decía que saber mentir es una virtud indispensable para vivir bien. Según Elortis, repetía eso de si quieres ser feliz como tu dices, no analices.

Yo no pensaba mucho en un detalle de mi familia. Mi padres estaban separados, yo vivía con mi mamá, pero cuando tenía doce años mi papá me había presentado, abrazado a su pareja en la puerta de su nueva casa, a Augustiniano, mi medio hermano. Al principio la regla era no contarle nada a mi mamá para evitar que, sabiendo que había formado otra familia, me prohibiera visitarlos. Cuando, después de algunos años de estricta distancia mis padres reanudaron las relaciones, y mamá tocaba el timbre para buscarme, un chico flacucho y de nariz aguileña, que no sacaba la vista de la televisión, salía corriendo.

Para tener ocho años, Augustiniano era muy inteligente y bastante rápido en sus reacciones. Le íbamos a decir a mi mamá que el chico era de una pareja anterior de la novia de papá, pero no había caso, en cuanto Augustiniano escuchaba la voz de mi mamá corría y se escondía en el hueco de la escalera o subía a encerrarse en su cuarto. Con el tiempo nos hicimos muy cercanos, y cuando ya había empezado la secundaria, según él porque hacía mucho que no me veía y me extrañaba, se apareció en mi casa, y cuando entró mi mamá se lo tuve que presentar como si fuera un amigo más. Todos me pedían demasiado, en especial mi padre, que por ser un picaflor —ya hace años que se separó de su segunda pareja— era el culpable de todo.

Dio la casualidad que ese día se le ocurrió pasar a cenar y tuve que simular que no se conocían delante de mi madre. Augustiniano, mi papá. Papá, Augustiniano. Esa gota rebalsó el vaso y cuando se fueron no pude mirar a los ojos a mi mamá. Caí en la cuenta que mi papá era un manipulador nato y que, al ser cómplice de su mentira, me había convertido en su aprendiz.

Algo me alejaba de Elortis y era muy probable que no fuera la edad nada más; tal vez yo tenía el don de la tergiversación, qué él afirmaba desconocer. Nunca entendió el porqué yo le decía que necesitaba paz. Cómo iba a saberlo si yo misma no sabía a qué me refería con esa palabra. Pero sé que no era la paz de los monasterios. Yo necesitaba tener las cosas claras en la vida. ¿Sería la paz que me permitiría moverme con la libertad necesaria para rehacer mi vida después del primer noviazgo?  Había calculado todo para que saliera bien esa relación y, sin embargo, ahora el único hombre con el que hablaba era mi medio hermano, aparte de Elortis.

¿Qué hubiera pasado si todavía seguía de novia con el celoso intolerante de mi ex? Tal vez me hubiera revisado la computadora hasta dar con el registro de las conversaciones y habría contactado a Elortis para amenazarlo. Pero mi falta de tranquilidad no provenía sólo del pasado. Me preocupaba que una persona a la que apenas conocía en la vida real empezara a ser el centro de gravedad alrededor del que giraban todas las cosas que me pasaban.  Cómo no extrañarlo cuando no hablábamos, cómo no esperarlo cuando no se conectaba.

Empecé a ser un poco más fría con Elortis. Me seguía relatando sus aventuras, hasta que se cansaba de mis respuestas cortas y me reprochaba que yo estuviera tan monosilábica.  En general, yo leía, y muy bien, lo que escribía, pero me colgaba escuchando música o miraba alguna serie.

Otra vez a lo de la enanita; me presentaba al Mono, el hijo de una sirvienta de Avellaneda. Desobediente, maleducado, contestador, el Mono era el protagonista del grupo que completaban el Bebi —un inglesito, especie de imitador del Mono en otras historias—, y Rafael y Manolo, los hermanos de la enanita.

En las casas burguesas de antes no existía el timbre, las visitas usaban los llamadores de hierro para anunciarse. El relojero judío trabajaba hasta tarde, mientras su mujer planchaba la ropa, y el Mono tenía un plan para molestarlos y reírse de ellos. Ataba un hilo tanza hasta la manopla de hierro, se sentaba en diagonal a la puerta, en la vereda de enfrente, y tiraba del hilo, mientras los amigos lo miraban desde la otra cuadra. Al rato la puerta se abría y aparecía la larga nariz arrugada del relojero buscando al gracioso que no lo dejaba trabajar. El Mono sonreía desde enfrente. Para él, era la gracia del día engañar al relojero. El relojero caía una y otra vez, incluso cuando se quedaba al lado de la puerta para abrirla de golpe. Una expresión de molesta sorpresa se dibujaba en su cara cuando veía que no había nadie cerca para retar. Y atrás aparecía su mujer, repitiendo oraciones contra los espíritus. Pero el relojero sabía que era el Mono el que de alguna forma tiraba de la manopla de hierro y al segundo día salió y miró hacia arriba, esperando ver a alguno de la pandilla de ese vago subido como por arte de magia a los relieves del frontón de su casa. Pero nada.

El Mono, desde enfrente, se retorcía las manos de contento y el relojero lo miraba con aire desafiante. Al tercer día, el Mono hizo salir otra vez al viejo justo cuando un coche apareció a velocidad por la calle, enganchó al hilo y volvió a levantar la manopla. El Mono dejó caer la tanza rápido, pero igual le dejó una raya sangrante en la mano. Tan acostumbrado estaba de su propio truco que se había olvidado que existía una conexión entre la puerta y su mano. El viejo lo descubrió, salió a correrlo con una escopeta, el Mono atravesó la calle a mil kilómetros por hora y la historia del Mono y el llamador se acabó.

Le pregunté a Elortis qué me quería enseñar con ese cuentito  para nenes, pero se enojó y me dijo que, por lo menos, que él supiera, la enanita no inventaba nada, sino que era la más pura verdad, y que no me quería decir nada, solamente contármelos. Ahora me doy cuenta que estaría pasando por un momento crítico, no podía escribir y me usaba a mí para vaciar su mente, una vez que empezaba se olvidaba que había otra persona del otro lado que leía lo que escribía y recuperaba la fuerza para hacer lo que no podía hacer en serio, directamente, que era sentarse a escribir otro libro o tratar de encontrar una persona para comenzar una nueva vida. Esas dos cosas las ensayaba conmigo, tal vez porque era chica y siempre podía haber alguna excusa para no engancharse conmigo y porque, como dije antes, debía ser una de las pocas que le prestaba atención. Tal vez nuestras conversaciones eran una especie de aplazo para él, sólo esperaba pisar tierra firme otra vez, que sus ojos no reflejaran esa tristeza perruna que lo asustaba en el espejo, y tal vez también, intuía la contracara de una revelación cercana.

Las pruebas de que estaba pasando por un mal momento eran esas frases rebuscadas que me soltaba en la conversación. Es natural, y por lo tanto más fácil, borrar unos puntos suspensivos que crearlos. La verdadera forma de leer es hacia atrás. Creer en los sentidos es lo opuesto que creer en los sentidos. Éste tipo de cosas. Parecían tener por fin confundirme o era una forma más de hacerse el interesante. Para colmo de males, terminó encontrando a otra ex amante de su padre.

Baldomero había conocido a Hiromi en un exposición de orquídeas en la Embajada de Brasil. Desde entonces, Baldomero cada tanto llegaba a su casa con unas macetitas y se dedicaba hasta la hora de la cena a buscarle un lugar a las plantas siguiendo las recomendaciones de Hiromi. Descubrió la historia el día que el portero del departamento donde vivieron sus padres, al que había ido para solucionar un problema de filtraciones con sus inquilinos, le preguntó si quería llevarse unas plantitas que le habían entregado para Baldomero. Las ubicó en su dormitorio, en una repisa que las resguardaba de Motor, pero en unos días comenzaron a marchitarse. Esta vez decidió fijarse en la dirección que figuraba en la tarjetita y matar dos pájaros de un tiro, ver qué relación había entre su padre y la persona que las mandaba y enterarse del cuidado que tenía que darle a las orquídeas.  Se subió al auto y terminó en Escobar. Casi se lo comen cinco perros akitas en la entrada de la propiedad (a Elortis, como a mí, le encantaban estos perros asiáticos, como los siberianos o el malamute, porque tienen puntos en común con los lobos, aunque sea en apariencia nada más, según dicen) pero logró llegar hasta una especie de jardín de invierno donde estaba montado el laboratorio y encontró a Hiromi retando a un empleado porque había contaminado un meristema. Le causó gracia a Elortis que el empleado, un oriental, estuviera con la cabeza baja y la mujer lo retara comparando el cuidado higiénico que debía tener con las células del meristema con la esterilización del instrumento quirúrgico usado en las operaciones. La mínima suciedad podía destruir el equilibrio necesario para obtener la reproducción perfecta de una planta. Al notar que Elortis la miraba, la japonesa intentó llevarlo al jardín de invierno donde exponía las orquídeas, creyendo que era un cliente más, tenía la vista muy gastada por el trabajo, pero mientras caminaban y le recomendaba maneras de cuidar a sus plantas, de repente se paró en seco y sonriendo le preguntó si no era el hijo de Baldomero.

Se había enterado de la muerte de su padre tiempo después de que enviara las últimas orquídeas, unas Liparis. Antes a Baldomero no le gustaban las orquídeas porque decía que era costumbre de afeminados o perversos coleccionarlas, pero su interés aumentó después de llevarse las primeras a su casa. Hiromi, a la que Baldomero le llevaba por lo menos tres décadas, creía que tenerlas le hacía recordar la peculiar amistad que los había unido…

Admitió extrañar mucho el entusiasmo que su padre ponía al hablar de los variados temas que le interesaban. Quiso invitarlo a tomar el té. La manera cadenciosa de hablar de Hiromi apaciguaba el espíritu de Elortis. Era una linda mujer todavía y sus ojos delicados rehuían la mirada inquisidora de mi amigo, que no solamente olvidó lo que había ido a buscar a ese lugar, sino que también dudaba, mientras tomaba el té, del impulso que lo venía arrancando de su casa para enfrentarlo con determinados personajes que no pertenecían a su entorno. Eran el resabio de una vida concluida. ¿Y si le hacían ver el mundo de una forma poco conveniente? No quería remover mucho la tierra del camino por el que anduvo su padre.  Ese polvo también podía confundirlo a él. Tendría que haberlo pensado antes de subirse al auto.

El control de la entonación y los modales que demostraba Hiromi al expresarse contrastaba con la crueldad de sus juicios. Para ella, Baldomero andaba en algo raro, aunque nunca le había interesado saber lo que era.

Elortis se entusiasmó al saber que la abuela de Hiromi había sido la hija de un samurai. Aunque nunca fue reconocida porque su bisabuela y el samurai eran amantes. El guerrero vivió muchos años, destino poco deseado por los samurais, y nunca tuvo honor ni fue feliz. Murió triste y solo. Su bisabuela decía que la muerte de cada persona representa su vida. Elortis se sentía muy cómodo con Hiromi, pero las cosas que decía eran terribles. ¿Insinuaba que Baldomero había tenido una muerte lenta porque había sido un picaflor toda su vida?

Hiromi le terminó de enseñar las plantas, caminaron juntos entre las hileras de macetitas, y después salieron al sol a despedirse. Se subió al auto sintiéndose recién confesado pero también asombrado por la fuerza de seducción de la japonesa. Me confesó que hacía tiempo que no deseaba tanto a una mujer.

Desubicado, Elortis. ¿Para qué me decía eso? Duro poco la Oncidium bifolium, una orquídea silvestre, que había elegido y llevaba en el asiento del acompañante; sería destruida por Motor unas horas después. Desde que lo había recuperado, el gato devoraba polillas, cucarachas, las plantas del balcón y aceptaba los restos de la comida —antes no probaba más que alimento balanceado del bueno. Ahora tampoco se acercaba a cualquier visita maullando para que lo acariciara. Se había vuelto selectivo y desconfiado con las personas y sólo después de una cautelosa aproximación restregaba su cabeza contra una pierna. Ya no trataba de sacarle en el aire el platito de comida a Elortis cuando lo levantaba para rellenarlo. Esperaba quieto su comida y parecía mirar, a él o a la comida, con cierto desdén.

A Elortis le pasaba lo mismo con las personas, en particular con su nuevo alumno Diego. Me decía que esa era una conducta común en los animales. Hasta un organismo unicelular como el paramecio, le gustaba repetir a su padre, siempre interesado en el comportamiento de los animales en general, bate sus cilios y se aleja al instante del lugar donde se concentran ciertos elementos. Diego era una especie de monstruo en formación. Algo de ese chico lo repelía. Las opiniones de Diego eran las de la mayoría pero filtradas por los lugares comunes de una supuesta alta cultura. Algunos escritores se volvían reiterativos, según su intelecto, más que nada cuando apoyar o no esa supuesta repetición significaba leerlos. Cierto sector difuso de la cultura creía algo y Diego lo seguía con mínimas variaciones. ¿No era eso parte del proceso de aprendizaje?, le pregunté a Elortis. No estaba seguro, temía que algunas personas fueran refractarias a ese proceso. Las apariencias y las clasificaciones iban de la mano para Elortis y de ahora en más estaba dispuesto a ofrecer su vida para enfrentarlas, tal vez por eso decía que en cualquier momento agarraba la sotana.

Pero no tenía problemas en usar a Diego para que investigara el parecido entre el colgante de su madre y el que llevaba la pelirroja. El chico no tardó en mostrarle la fotografía que le había sacado a la profesora con el celular, donde se veía claramente que era la misma vaquita que llevaba su madre. Ahora ya podía meterle cualquier excusa a su alumno para dejar de enseñarle. Estuvo una semana sufriendo por el tema. Para colmo, encontró una frase de H. G. Wells que decía que la indignación moral era más envidia que otra cosa.

Se preguntaba con qué ojos lo miraría a él su hijo Martín. No creía que tuviera razones para envidiarlo. Por esos días estaba de viaje por Sudamérica con una chica que conoció en una peña cerca del Abasto. Enseguida se había olvidado de su primer traspié amoroso. Elortis estaba contento porque su hijo tenía una viveza que a él le faltaba a su edad. Eso sí, vivía con su madre, era un malcriado al que le lavaban la ropa y le hacían la cama. Pero se le había dado por hacerse el mochilero. Durante el viaje, que comenzó en Tucumán para seguir por Bolivia, atravesar Manaos y terminar en Venezuela, Elortis recibía e-mails de Martín donde le contaba en detalle algunas de sus peripecias. Se entusiasmaba leyendo esos mails. Hoy Martín jugó al fútbol en una favela, me decía, orgulloso. O, hoy Martín comió seso de mono en la selva amazónica con los aborígenes. No sabía si se había cruzado con algún ayahuasquero.

Elortis todavía no me había contado cómo él había llegado a los alucinógenos, pero me aclaró que su hijo apenas tomaba alcohol, era mañoso, no lo veía entregándose a los caprichos de un chamán.

Martín viajaba para encontrarse con sí mismo en la naturaleza, quizá un poco influenciado, sin saberlo, por las ideas de su abuelo paterno. Pero no se lo tomaba en serio; antes de partir le comentó a su padre que no le gustaban las ideas trilladas.

Sin embargo, en Caracas conoció a un hombre entrado en años que había llegado como él y se había quedado de por vida. El hombre lo trataba como a un nieto más y decía que tenían la misma energía, que los había llevado a cruzarse: para él Martín era la reencarnación de un amigo que había perdido tres vidas atrás. A la que no veía con buenos ojos era a la chica. No le parecía de confianza. Martín estaba demasiado seguro de que su novia era buena. Ella lo había convencido de hacer ese viaje de iniciación que lo había reunido con su amigo de otra vida, nada menos. El hombre decía que las causas no estaban conectadas, que esta mujer le hubiera señalado el camino hacia él, no significaba que no hubiera que tener cuidado con ella. Los miraba surfear mientras mantenía avivado el fuego con leña para que pudieran calentarse a la vuelta. Les había cedido su cama de dos plazas y les cocinaba diariamente. Había estado a punto de casarse pero gracias al alcoholismo pudo seguir el solitario camino de la revelación. La chica se había encariñado con el viejo, pero se quejaba de que los espiaba por las noches. A Martín eso no le preocupaba, pero pronto el viejo le reveló que esa chica era la reencarnación de una chica que los había enemistado, una antigua novia suya que él le había robado. Después, una noche que estaban medio borrachos junto al fuego, le contó adelante de Martín lo mismo a la chica y, entre risas, sugirió que debería compartir el lecho con ellos. Elortis notaba que su hijo le escribía cada vez más seguido.

Un día, al volver de surfear, Martín se encontró con el viejo entre las piernas de su chica, en la cama de dos plazas que les había cedido gentilmente cuando llegaron. Agarró sus cosas y decidió desandar solo el camino hasta Buenos Aires. La chica se quedó a vivir en Venezuela. Martín volvió meditabundo, pero con fuerzas nuevas que lo impulsaban a hacer cosas grandes. A veces le daba ganas de costearse otro viaje a Venezuela, esta vez en avión, para moler a golpes al surfista viejo y a la que era su chica. A la vuelta decía que él siempre la vio como a una novia, la sucesora de la primera.

Su hijo empezó a hacer pesas, y se volvió robusto y musculoso. Mis amigas lo habían visto en una foto del perfil de Elortis —los dos con anteojos de sol, mirando hacia el mismo lado, y con los brazos cruzados— y se les cayó la baba. Decían que si yo salía finalmente con Elortis iba a querer darle al hijo. ¡Justo yo! Como si no me conocieran. Y, además, ¡salir con Elortis…! A mi mamá le daría un ataque al corazón y mi papá contrataría a un asesino a sueldo para que lo eliminara o algo así. Tal vez él pensaba que algún día nos encontraríamos, siempre hacíamos bromas con eso, qué sería mejor, si McDonald’s, tal vez un café espumoso, o un pub a la noche, si iríamos al cine o saldríamos a caminar por el barrio.

Un día me salió con que no soportaba la ambigüedad de las relaciones a distancia. ¿Para qué teníamos que perder tanto tiempo en la computadora? Le puse una carita de desconcierto y le aclaré que no tuviera esperanza de conocerme. ¿Por qué yo le hablaba y me interesaba por sus cosas entonces?, se enojó. Como el ever-never, agregó, de uno de sus escritores favoritos, Joyce:

God´s pardon; ever to suffer, never to enjoy; ever to be damned, never to be safe; ever, never; ever, never. O, what a dreadful punishment!

En el micro que los llevó a Mar del Plata, mientras la lluvia arreciaba y Sabatini cabeceaba a su lado, Elortis releyó A portrait of the artist as a young man —leelo, brujita, insistió—, una edición en inglés que había comprado en Uruguay, y también la Narración de Arthur Gordon Pym, de Poe. A este último lo conozco porque me obligaron a leer los cuentos de terror en el colegio. Aunque hablaron bastante durante el viaje, se sentía un poco incómodo con Sabatini. Elortis estaba enojado con él porque hasta último momento no le había confirmado si lo acompañaría.

Sabatini lo había empezado a abandonar, según Elortis, cuando los números de la empresa de libros audibles comenzaron a declinar. Mi amigo pensaba que lo había usado durante un tiempo para evitar la rutina de su hogar, y además para decirle a los demás amigos que tenía un emprendimiento propio. No se tomaba las cosas en serio. Peor cuando se empezaron a vender más ejemplares de Los árboles transparentes, y por lo tanto el trabajo comenzó a demandar otro tipo de compromiso diario con los periodistas que los buscaban; ahí Sabatini sacó cuentas y notó que ni el éxito en las ventas les dejaba a cada uno el dinero necesario para hacer reedituable la aventura de la empresa conjunta. Ahora había más obligaciones que lecturas o correcciones nocturnas con whisky o fernet-cola. Antes, una vez por semana, trabajaban hasta tarde en el libro y después se iban a un bar a seguir bebiendo. Elortis extrañaba esa época. En cambio, poco antes de Mar del Plata, cuando fue a buscar a la casa de Sabatini una grabación que necesitaba escuchar para las ampliaciones de la posible nueva edición, salió la esposa para entregársela. Ornella decía que su esposo estaba ocupado. Elortis pensaba que no querían que viera cómo habían arreglado el consultorio durante el tiempo que llegaba tarde a trabajar con él.

Así que tener a Sabatini a su lado durmiendo tan apaciblemente a Elortis lo llenaba de terror hacia lo desconocido. Para colmo, en las páginas de Poe estaba a la deriva en una balsa enclenque en el medio de un vaporoso océano con embarcaciones pútridas que se cruzaban cada tanto. No dejaba de pensar en Sabatini a su lado durmiendo el sueño de los nobles y las vueltas que había dado para decidirse a acompañarlo en el viaje. ¿Y si se le ocurría estrangularlo en la habitación compartida del hotel para quedarse con las regalías del libro? Así podría terminar de refaccionar la casa donde se turnaba con Ornella para atender a los pacientes. ¿Por qué decidió acompañarlo a último momento? Tal vez, solamente había querido pasarla bien con él como antes, y que lo vieran en la tele sus conocidos compartiendo la mesa con la señora Mirtha; lo más parecido al festín de la realeza que había en nuestro país. A su amigo, en el fondo, y a pesar de que a veces se hacía el bohemio, le gustaban los lujos.

 

por Adrián Gastón Fares.

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