La identificación.

Uno de los dos tenía que identificar el cuerpo. Estaban cerca el uno del otro. Uno de los dos debía hacerlo. Le tocaba al mayor.

Pero los dos pensaban que tenía que haber una confusión.

¿Cómo dos hermanos, un hombre y una mujer, que habían vivido toda la vida en la misma casa, estaban tan seguros de que no tenían otro familiar?

¿Cómo podía aparecer un cuerpo de golpe? De la nada. Y que los llamaran para avisarles que esa persona muerta tenía en sus bolsillos la dirección de ellos por si algo le pasara.

Le había pasado. Y ellos estaban esperando para reconocerlo y que la burocracia más rápida de todas, la de la muerte, pudiera respetarse.

Ella no tenía idea de dónde podía haber aparecido esa persona. A los treinta y tantos todavía era virgen, no había conocido hombres. Él se había separado de su única novia hacía mucho tiempo y ahora era tan sólo una amiga.

No podían comprenderlo.

Trataron de averiguar el nombre del muerto, pero nadie quiso decírselo. Mejor dicho, se lo dijeron en algún momento; era impronunciable.

No quedaba otra que esperar en la antesala, atestada de personas, de ese hospital público hasta que lo llamaran; al hermano mayor.

Se miraban unos a otros, sin entender, inseguros, hombres y mujeres. Con los ojos como un huevo frito por el asombro y el vacío.

Era una doble pena para ellos que apareciera un familiar, un muerto, ido que no debería haber aparecido. Ya no deberían existir ese tipo de sorpresas. No esperaban que se muriera nadie porque no tenían a nadie. Se habían ido antes.

¿Cómo podía morir un familiar que nunca tuvieron?

Ella trató de encontrar la respuesta en los ojos de yema de huevo de los demás presentes, de los empleados, incluso se sacó una fotografía con su teléfono inteligente y la miró, para comprabar su propia expresión absorta.

Él seguía con la cabeza baja, prefería que la solución para escapar apareciera del piso de baldosas grises del hospital. Algo se arrastraría. Algún papel, quizá el que llevaba el que lo esperaba en la morgue en la billetera, volara para introducirse en su campo visual.

Sabía que su hermana estaba tomándose fotografías. Todo le parecía inconcebible.

Esperaban ver atrocidades en el hospital, cuerpos estirados entrando y saliendo en camillas.

No pasaba.

Tampoco lloraban los demás que esperaban. Por lo tanto, la sensación de que había algo fuera de lugar crecía sin parangones en los hermanos.

La puerta de la morgue se abrió.

Salieron una mujer y un hombre de unos treinta años. Sorprendidos. Sus ojos brillaban, despiertos.

La enfermera los llamó.

La hermana quiso entrar también para reconocer el cuerpo junto a su querido hermano.

Estuvieron diez minutos tratando de comprenderlo.

Mirando al que yacía en esa camilla, largo, robusto, enorme, como era. Parecía ser tan inmenso. Si había otros cuerpos en otras camillas no los percibieron.

Ante el occiso, trataron de llorar, de sentir alguna tristeza más honda, pero no pudieron.

Salieron tomados de las manos, caminando tan rápido como podían porque no querían que los otros buscaran respuestas en sus miradas y en su manera de caminar algo apresurada.

Empujaron la puerta grande del hospital y bajaron los escalones. Se dieron cuenta de que había manchas oscuras irregulares a los costados, mirando con el rabillo de los ojos. A media cuadra voltearon sus cabezas.

La fila para entrar al hospital seguía recta hasta perderse en el horizonte. Dos cabezas juntas, dos por vez.

por Adrián Gastón Fares, 25 de octubre de 2019.

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