Suerte al zombi. 45. Eduardo y la calavera.

45. EDUARDO Y LA CALAVERA.

Después de meter los retazos del saco de Luis que habían quedado por el piso, López levantó la pesada bolsa y empezó a caminar. Garrafa se acercó y agarró una punta, para ayudar a su amigo. Mientras llevaban los restos de Luis Marte, los dos hombres iban hablando y riendo. Hacían bromas malas y otras que no lo eran tanto. Tanto se rieron y tanto hablaron que no se dieron cuenta que la cabeza del joven se les había escurrido por un agujero de la bolsa agrandado por el peso y el movimiento.

La cabeza de Luis cayó al suelo y rodó por una pendiente que había al costado del camino al crematorio, se introdujo en el espacio existente entre dos mausoleos y resbaló hacia la pared exterior del cementerio, saliendo por una hendidura causada por la raíz gigante de un viejo sauce que crecía pegado a la misma, afuera del cementerio. Quedó escondida atrás del arrugado tronco.

Frente al árbol, un viejo camino de tierra conducía a la parte menos habitada de Mundo Viejo. Cruzando el sauce y caminando unos kilómetros se veían casas precarias que intentaban formar un nuevo barrio en el pueblo. Cerca, había una estación de ferrocarril casi abandonada —el tren sólo pasaba una vez al día—, arañada por el tiempo.

La cabeza de Luis reposó, apoyada en la parte del tronco que enfrentaba a la pared del cementerio. Allí empezó a pudrirse rápidamente.

Después de aquel día, en el que por primera vez en mucho tiempo se vio salir humo del crematorio del cementerio —un mausoleo abandonado— y el olor a carne quemada impregnó la ropa colgada en el jardín de la anciana Fanny, la persona que tenía la casa más cercana al cementerio; después de ese día, pasaron siete más hasta que la cabeza de Luis quedó convertida en una verdadera calavera, lustrada por los hambrientos gusanos que trabajaron sin descanso.

Unos días después, Eduardo, un chico de ocho años, estaba sentado cerca del árbol con un amigo y se acostó boca arriba para dormir una siesta. Un moscón se le posó en su mejilla. Eduardo abrió sus ojos y lo ahuyentó. Al dar vuelta su cabeza para asegurarse de que el insecto no volviera a molestarlo, su corazón dio un vuelco.

Se encontró con una calavera que lo observaba a través de sus cuencas. Una calavera que parecía sonreír ya que estaba completa. Al chico le causó impresión, pero se rió al imaginarse la cara que pondría su amigo cuando se la mostrara.

Luego, soltó otra risa mientras la miraba. Parecía simpática, amigable. Le gustó tanto aquella rareza que había encontrado que la agarró entre sus manos y se la mostró a su amigo, que empezó a gritar y se alejó corriendo hacia el pueblo.

Eduardo miró a la calavera y la contuvo en sus manos, asegurándose de que el maxilar superior coincidiera con el inferior. Pensó en llevársela a su casa. Pero se dio cuenta que no era buena idea ya que su madre la tiraría. Con lo supersticiosa que era. Una idea mejor acudió a su mente.

Era una broma. Tenía que ver con un chiste malo que había leído. Un chiste malo que venía en un chicle.

Se dijo que no valía la pena llevar la calavera a su casa, sólo para que su madre se asustara y la tirara, sino que quedaría mucho más linda en aquel lugar. La gente tonta del pueblo la vería al pasar y le tendría miedo. Todos la respetarían. A los más viejos les gustaban las calaveras. Como a Fanny, que era tan vieja que pronto se convertiría en una de ellas. ¿Cómo no le iban a gustar?

Entonces, antes de irse a buscar a su amigo, dejó a la calavera apoyada sobre los anillos del tronco de un árbol que se había partido. Luego la saludó con su mano y bajó por el camino.

Desde aquel lugar la calavera empezó a observar el angosto camino en pendiente, a través de aquellos huecos oscuros que alguna vez habían contenido ojos.

por Adrián Gastón Fares.

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