Suerte al zombi. 36. Luis y Fernanda.

36. LUIS Y FERNANDA.

Cuando la noche ya había tomado posesión del cementerio y sólo creaba sombras la impresionante luna llena, Luis Marte se decidió a trepar la cúspide del panteón más antiguo del cementerio: el de la familia Goya. Allí habían dejado los restos de la joven de la cual él se había enamorado. Sus piernas parecían más afianzadas que nunca, impulsadas por el febril amor.

Primero, se sacó los auriculares y dejó el walkman en el piso. Luego, se las arregló para subir por el tronco de un olivo que crecía junto a la cripta. No le importó que rebanadas de su piel quedaran adheridas al tronco.

Ya arriba, descubrió una ancha claraboya de ventilación, ubicada en uno de los costados del cuadrilátero de cemento que servía de techo a los muertos de la familia Goya. Un inmenso ángel, cuyas alas estaban desplegadas como si estuviera dispuesto a dar un vuelo por el conjunto de mausoleos, se elevaba a la izquierda de Luis, cerca de la claraboya. El joven zombi se agachó y trató de ver a través del vidrio sucio.

Los familiares de Fernanda habían dejado dos velas grandes sobre una repisa, alumbrando a cada punta del féretro. Los pabilos apenas existían, pero las llamitas dejaban ver ciertos contornos fantasmales. Lo que Luis veía no le ampliaba mucho el conocimiento del interior de la cripta. Sí notó que algunos ataúdes, que parecían tener doscientos años de antigüedad porque casi no reflejaban la luz, parecían grises, de otro mundo, estaban apilados sobre las otras repisas. ¿Eso era el tiempo, no?, pensó.

Y también pensó que aquellos mohosos féretros no se diferenciaban mucho de los libros. Éstos dialogaban con una persona, la hacían reír o llorar, para luego, una vez terminada su lectura, ser olvidados y apilados en sucias bibliotecas. De la misma manera, esas personas de allí abajo habían reído y llorado junto a irrespetuosos nietos e insoportables hijos para convertirse, con la muerte, en archivada roña. Sólo había una diferencia: los buenos libros son recordados para siempre, mientras que las personas nunca podrían ser tan buenas como los primeros. Bueno, Fernanda sería seguramente como el mejor libro que haya leído en su vida. Tan sutil y bella como un millón de palabras lanzadas al azar y, aún así, conformando la mejor historia.

Luis se concentró en el ataúd y le pidió a la luna que su descomposición no se acelerara. Solamente quería que se le dejara tener en sus manos a la chica de sus sueños…

¡Era inútil!, no podía ocultarse a sí mismo el hecho de que tenía la esperanza de que volviera de la muerte como él lo había hecho. Si había pasado una vez… ¿por qué no otra? Si esto ocurría, tendría que decidir si alegrarse o ponerse a llorar por el insoportable destino compartido. ¿Y cómo sería ver pudrirse a su amor?

Se movió alrededor de la claraboya y cambió el ángulo de vista. Ahora podía ver con claridad el espacio que le interesaba. La lustrosa madera del ataúd brillaba bajo la luz de las velas. Vio que el cajón estaba rodeado de flores que con el fulgor amarillento a Luis le parecieron las más siniestras que había visto en su vida. Aquellas flores tenían una advertencia escrita en sus pétalos que decía: “Ella es mía. ¡No jodas con los muertos!”.

Luis se dijo que lo primero que haría cuando llegara al lado de su amor sería romperlas. Luego, por supuesto, abriría el ataúd y sacaría a la verdadera flor, la más inocente y hermosa de todas, para que el aire de la noche —que suponía fresco— la despertara de su sueño. Si entonces el aire fresco no la despertaba, invocaría al daimon y arreglaría un par de cuentas con él.

Giró una vez más alrededor de la claraboya y golpeó contra algo. Rápidamente se dio vuelta, al darse cuenta que había tropezado con el ángel y que éste se había movido.

La estatua hubiera caído, si no fuera porque Luis la sostuvo aferrándola de las alas. Tener el ángel en sus manos hizo que el demonio interno de Luis se revelara y una idea tomó posesión de él.

Posó sus manos en la parte inferior del vestido de cemento que llevaba aquel andrógino ser. Hizo fuerza con su alma. El ángel se soltó y se liberó del techo mientras Luis veía como algunos tendones de su brazo se reventaban. Sostuvo el indefinible peso entre sus manos y se acercó a la claraboya. Ya a pocos centímetros de ésta, bajó lentamente al ángel hasta el piso del techo, colocándolo de espaldas a la claraboya. A Luis le preocupaba el golpe contra el piso, ya que sus huesos podrían quebrarse y esto le impediría llegar a Fernanda. Si su cuerpo se desarticulaba luego de la caída el lugar sería también su tumba, ya que nunca podría salir de allí. Su esperanza era que la estatua atenuara el golpe.

Abrazó con sus piernas al torso del ángel y se agarró del cuello de éste mientras pegaba su cabeza contra la de piedra, no muy diferente a la suya. Imaginó hacer fuerza hacia atrás y su cuerpo recordó.

El ángel se tambaleó y cayó. El vidrio de la claraboya se hizo añicos y Luis se mantuvo aferrado a la estatua.

Al dar contra el piso, el ángel se partió en dos y perdió la cabeza, pero logró amortiguar el impacto. Luis tan sólo se destrozó un par de dedos del pie, que se machacaron dentro de su zapato. Se puso de pie para comprobar que sus huesos lo seguían acompañando. La cabeza de la estatua lo observaba desde su nuevo lugar en la oscuridad del panteón.

Se preguntó si el cuidador del cementerio habría escuchado desde el cuartucho el bochinche. No, se confortó, debía ser perezoso como un gato castrado y no iba a perder el sueño por atender a imposibles ruidos nocturnos.

Le dio gracias al ángel por ayudarlo a entrar y contempló el ataúd con sus imperturbables ojos blancos. Sonrío en aquella penumbra y se acercó a la cabeza de piedra del ángel. La agarró y caminó hasta el féretro. Levantó la cabeza de la estatua sobre la suya y luego la dejó caer sobre el candado. Éste se rompió y cayó al piso.

Una ráfaga de viento que venía de la claraboya sopló las velas y jugó con las danzantes sombras de la pared, armando otras historias.

Luis posó sus falanges contra la madera y levantó lentamente la tapa.

Cinco sombras se asomaron de la pared y sacaron sus opacas cabezas como viejas chusmas, atentas a lo que Luis descubriera.

Poco a poco, la bella durmiente más hermosa y más dormida fue apareciendo mientras la tapa se levantaba y el fulgor amarillo alumbraba el ataúd.

Luis bajó su cabeza.

Las sombras suspiraron cuando el viento sopló las llamitas.

Posó sus dientes contra los carnosos labios de la chica y soñó que la besaba. Sus párpados se cerraron por un instante mientras sentía que un nuevo sistema planetario se formaba en su interior. Estrellas, planetas, giraban a un mismo compás.

Sin embargo, el beso fue mágico pero no alcanzó para despertar a Fernanda de la muerte. Ésta seguía inerte mientras Luis la miraba. Se acercó a una vela e intento soplarla. Un recuerdo lo aguijoneó. Se vio a sí mismo, soplando las velas de su último cumpleaños mientras sus amigos cantaban.

Ni un soplo de aire salía de su interior y la vela se reía sarcásticamente, acariciada por la corriente de aire que bajaba desde la claraboya. Luis cerró lo que quedaba de su mano alrededor del pabilo —ver sus propias falanges rodeando a la llama lo llenó de asombro—. Ésta se apagó, y Luis hizo lo mismo con la otra.

Ahora se encontraba en la oscuridad. Solamente los plateados rayos lunares alcanzaban una punta del féretro y bañaban a las soberbias rosas de la repisa.

Luis se acercó a uno de los floreros y levantó los brazos para tomar la flor. Se acordó de lo que había jurado y extendió su mano sobre los pétalos. Luego, la bajó y fue cerrando cada uno de las falanges alrededor. Los pétalos se soltaron y cayeron dando vueltas hacia el suelo.

El beso había sido una emoción tan fuerte que comenzó a invertir la descomposición.

La carne creció un poco sobre su cara. Algunos de los dedos de su mano se recubrieron de piel. Sus pestañas volvieron a izarse. Sus encías taparon las raíces de los dientes y algo infló sus labios. Sus ojos volvieron a reflejar azul bajo la luz de la luna. Tuvo una erección. Sonrió. Su aspecto volvía a ser cercano al de un ser humano cuyo corazón latiera. Se sintió fuerte.

Se acercó a Fernanda y la sacó del ataúd. La apretó contra su pecho —sintió el peso de la chica y creyó llorar— mientras metía lo que quedaba de la rosa junto con el florero en el féretro. Luego lo cerró. Si hubiera tenido más tiempo hubiera hecho lo mismo con todas las otras flores. No. Tenía que salir de aquel lugar.

Caminó hasta la puerta. Entornó los párpados, que recubrieron sus ojos azules, y tiró una patada a la puerta de metal. Ésta no se abrió. Entonces se acordó que estaba del lado de adentro de la cripta.

Se acercó y movió la manija. La puerta se abrió unos centímetros y la ayudó con su pie derecho. Salió al pasillo del cementerio.

Llevó en sus brazos a su pálido tesoro pasando debajo de los desentendidos ángeles que miraban el cielo. Cuando llegó al banco de piedra, dónde había visto a Fernanda por primera vez, se detuvo y se sentó con ella en el regazo.

Levantó la cabeza y le pidió a la luna que la reviviera. Qué hiciera lo mismo que había hecho el dios loco, o quién quiera que fuese, con él. La luna siguió callada y Luis sumergió su cabeza en el vestido blanco que llevaba Fernanda. Luego levantó la cabeza y le pidió a Dios que abriera aquellos ojos. Dios debería estar durmiendo, porque no escuchó sus plegarias. Luis besó a Fernanda nuevamente, ahora eran dos labios carnosos que se juntaban.

Invocó al demonio, pero éste debía de estar en la cama con alguna bruja moderna. Se dio cuenta que el tipo de amor que él tenía a los demonios no les importaba.

Su piel volvió a rajarse, sus ojos se despintaron y sus dientes volvieron a aflorar.

Luis Marte siguió abrazando a Fernanda Goya, murmurando al cielo, hasta que escuchó unos pasos que se acercaban.

Un haz de luz bañó el camino hacia donde él estaba y recorrió su cuerpo hasta encontrar su cabeza. Pensó que era algo celestial, tal vez algo de otro mundo que venía a ayudarlo, y se dio vuelta hacia la luz.

Luis vio a un hombre gordo que se erguía cerca de él, sosteniendo una linterna. Lo apuntaba con ésta y con un arma en la otra mano; mientras otro hombre, un flaco, lo señalaba con una pala y sonreía.

Trató de apretar a Fernanda. Uno de los brazos de ella se le escapó y quedó colgando fláccido a centímetros del piso. Volvió a mirar a los dos hombres, que se tambaleaban mientras le devolvían la mirada. Estaban muy borrachos. La mole habló mientras seguía enfocando la cara de Luis.

—¡Quién quiera que seas, degenerado, la vas a pagar muy cara!

por Adrián Gastón Fares.

 

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