Suerte al zombi. 35. Fernanda Goya.

35. Fernanda Goya.

Las puertas del cementerio de Mundo Viejo se habían despegado hacia la mitad de la tarde, cuando el sol calentaba las tumbas dejando sedientos a los muertos. Un coche fúnebre estaba entrando lentamente con una caravana de acompañamiento.

Al final de la caravana frenó una vieja camioneta. Luis vio como del vehículo descendía un hombre gordo, una mole morocha que llevaba un sombrero gris sobre la cabeza. El gordo se acercó a las rejas y las unió, cerrándolas, sin mirar hacia adentro del cementerio dónde hubiera visto a Luis observándolo desde el banco de piedra. Volvió a la camioneta y subió.

El coche fúnebre empezó a circular por la calle principal del cementerio reflejando los rayos de sol que golpeaban su lustrada chapa. Ésta se había convertido en una poderosa superficie iridiscente; sin embargo, Luis la miraba con ojos bien abiertos. La camioneta, después de unos lastimeros ronquidos, arrancó y se unió a la marcha que encabezaba el auto negro.

“¿Tengo que ver esto?”, pensó Luis. “Alguien nuevo en este viejo cementerio”. Luego, miró el celeste claro del cielo salpicado por largas manchas blancas. Posó sus ojos en el poderoso sol. Ya ni mirar a un eclipse de lleno podía hacerle daño. Bajó la vista del cielo y centró su mirada en el desfile de autos.

Sintió que la necesidad musical renacía en su alma y puteó a la estación local por no transmitir ondas que su aparato captara. Subió el volumen del walkman y el siseo de las interferencias se incrementó.

El coche fúnebre iba a pasar por donde él estaba. Luis se quedó mirando el paragolpes delantero del auto, luego detuvo su vista en el conductor bigotudo y de pelo negro engominado. Cuando su mirada llegó a la corona de flores y empezó a bajar, palpando a través del vidrio la reluciente madera del féretro, los auriculares hicieron un chasquido y una melodía empezó a sonar.

Luis Marte se preparó para ver el nombre del ocupante del ataúd. Cuando bajó la vista se encontró con la fotografía en marco ovalado de una joven.

Debía de tener dieciocho años. Su pelo negro era largo y enrulado. Luis se concentró en los ojos azules, límpidos. Los labios, a la vez finos y carnosos, incendiaron lo quedaba del corazón del joven muerto.

Luis quiso que el sol se apagara, que el piso temblara, que las personas que iban dentro de los autos se pudrieran en cámara rápida ante su vista. Luego quiso respirar, necesitó acariciar el aire tibio en sus pulmones muertos y sentir el peso de su propio cuerpo. Deseó que aquella joven y él tuvieran alguna otra oportunidad en sus vidas. La melodía surgió del siseo. Entre el zumbido de avispas mecánicas que salía de los auriculares se hizo paso una reconocida canción. Volvió a mirar la fotografía.

“Ese lunar que tienes, cielito lindo,

junto a tu boca..”

Pasó su mirada por el ataúd, pero la misma se volvió a desviar hasta los inmortalizados ojos azules. Luis Marte pudo ver el cielo sin mirar hacia arriba, y se preguntó si aquello sería el amor. Ver los ojos de alguien y sentir que se estuviera mirando el cielo acostado en una pradera o desde un barquito en el océano.

“No se lo des a nadie, cielito lindo,

que a mí  me toca…”

En ese momento, se sintió desdichado pero con suerte, abatido pero con fuerzas. Se dijo que había perdido, pero que a la vez había ganado. Su cara estaba congelada, pétrea. Tan sólo miraba la fotografía. Había dejado nuevamente de pestañear para simular estar vivo y sus ojos blancos no reflejaban ningún sentimiento.

“…Y ese lunar que tienes, cielito lindo,

junto a tu boca…”

Si los padres de la joven muerta hubiesen mirado a un costado, hubieran visto a una estatua muy desagradable sentada sobre el banco de piedra y no habrían dado un peso por los sentimientos de aquél espantapájaros. Los auriculares, tan egoístas como siempre, sólo tiraban música hacia adentro de aquel muerto que danzaba con las estrellas aunque fuera de día.

 “…Ay, ay, ay, ay…

canta y no llores…

…porque…”

Luis se fijó en la placa debajo de la foto. Fernanda Goya, formaban las letras. Esa chica muerta le había roto el corazón en dos. No le importó mucho, ya que su corazón hacía tiempo que no funcionaba. Su estado de descomposición se aceleró, siguiendo el ritmo de los corazones enamorados. ¿Qué era eso? El amor… Esa cosa.

Obligarte a bajar la mirada sin otra clase de opresión. Él no lo podía explicar, pero eso era. Ser traspasado, fundido con el piso, con el suelo, con lo que hubiera más allá de eso. Bajar la mirada para tratar de escapar porque no hay otra resistencia ante tanta simpleza. No podía saber si eso era bueno o malo para él. Nadie puede saber.

En el fondo, ¿importaba? Él ya estaba muerto. ¿Qué sentido tenía protegerse?

En realidad, clavaba la mirada en el piso, como otros lo hacen en una mesa de madera, de piedra también, o de plástico en una cena ocasional y repetida pero distinta, definitoria en sus memorias oscuras o brillantes, en una casa, un bar, o lo que fuera. Pero en su caso era un instinto de supervivencia incoherente.

Era una imitación de lo que había sido y ya no era. Un  ser vivo. No tenía porqué protegerse de nada.

Su piel cedió más y el blanco ganó terreno. Luis miró por última vez la foto y el coche fúnebre lo dejó atrás, dando paso al Renault Fuego que lo seguía. Entonces, bajó su cabeza por algo más básico; la verguenza. Para que no le vieran la cara de cerca.

“…cantando…

se alegran…”

Al bajar la cabeza, la compasión lo volvió a inundar. Aquellos ojos que lo miraron desde la foto no podían estar muertos por la simple elección del destino, ¿quién era el destino para elegir?

“…cielito lindo…

los corazones…”

¡Esas mejillas rosadas! Luis Marte mantuvo la cabeza baja, con su escaso pelo, sucio y pegajoso, caído sobre su frente. Maldijo a este mundo, sin lograr unir las dos partes de su corazón roto.

“Ay, ay, ay, ay…”

La canción siguió sonando mientras el cortejo fúnebre desfilaba lentamente frente al banco en el que estaba sentado el  joven cabizbajo. Cuando todos los autos, incluso la  camioneta, se hubieron adentrado en la calle del cementerio, el joven se incorporó y siguió con la mirada a la caravana. Los autos doblaron en una esquina.

Luis se dirigió hacia aquel lugar con pasos decididos aunque destartalados. La canción concluyó cuando llegó a la esquina y dobló la cabeza para clavar la mirada en la fila de autos.

“…los corazoooones”

El suyo seguía roto. Iba a dedicar la noche a la tarea de arreglarlo.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

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